Marzo 2005
Ella en mi cabeza
En su nueva condición de dramaturgo y director Oscar Martínez suma en esta pieza una serie de aciertos. No sólo aborda un tema de manifiesta actualidad, pero poco transitado en nuestro teatro los conflictos de comunicación en una pareja de clase media acomodada, sino que lo hace a través de una estructura dramática sólida y efectiva dentro del género de la comedia.
Después de diez años de matrimonio con una mujer exitosa y atractiva, Adrián el protagonista vive en un estado de perpetua angustia, patentizado por su insomnio. Adentrarse teatralmente en su complejo mundo interior, dividido como está por sentimientos encontrados hacia su esposa y perseguido por su imagen y una maraña de complejos no verbalizados, es un desafío considerable si se pretende, además, rehuir la morosidad que atenta contra el dinamismo propio de la comedia. De allí que el autor opte por alternar, en un constante movimiento de vaivén, escenas de la vida conyugal reales o fantaseadas con las sesiones de terapia en las que el obsesionado Adrián intenta encontrar respuesta a su paradójica situación emocional. En unas y otras Laura se hace presente, a través de su voz o de su imagen, en un juego ambiguo que termina por problematizar los rasgos de su personalidad: ¿hasta qué punto responde Laura a la construcción que su marido se ha hecho de ella? Este contrapunto entre lo vivido y lo vivenciado, entre lo real y lo imaginado, entre lo dicho y lo silenciado, va desnudando las causas de su desequilibrio y lleva al protagonista a enfrentar la culpa que ha puesto en movimiento su crisis para liberarse de ella. Tanto la índole del neurótico y verborrágico Adrián como la agudeza de diálogos y monólogos permiten conectar esta pieza con el teatro y la filmografía de Woody Allen.
La puesta en escena del propio Martínez articula con precisión y fluidez los distintos planos temporales y niveles de realidad apelando a una escenografía muy escueta pero funcional, diseño de Emilio Basaldúa, y a la iluminación de Ariel del Mastro. Un desempeño actoral sin fisuras completa esta propuesta. Julio Chávez se destaca en su impecable composición del alterado protagonista, personaje radicalmente distinto del que encarna en su último film Extraño. Lo secundan con solvencia Juan Leyrado y Soledad Villamil.
Escrituras indispensables
Recientes ciclos realizados en ámbitos de rigurosa selección cinematográfica, y algunos otros que se anuncian prometedores, revelan que el éxito de público reafirma el carácter eminentemente universal que históricamente ha tenido Buenos Aires en relación con su oferta cultural. La que aquí nos ocupa la específica del cine sirve también para la reflexión dado que está casi en contraposición con la presencia de otras cinematografías en las pantallas comerciales.
Durante el mes de enero el Centro Cultural Borges realizó un homenaje a Pier Paolo Pasolini a treinta años de su muerte. De esta forma, los films del legendario cineasta nacido en Bolonia el 5 de marzo de 1922 se reencontraban con el público luego de casi cuatro décadas de su estreno en el, ya mítico, cine Lorraine de la calle Corrientes. Mamma Roma, segundo largometraje de Pasolini luego de Accattone, configura una lejana, pero precisa, mirada a la juventud desencantada y a los deseos de prosperidad bajo el axioma burgués que no había devenido aún en consumismo. La historia de Mamma Roma, eterna y maravillosa Anna Magnani, es la de una prostituta que decide rehacer su vida e intentar rehabilitar la de su hijo Ettore, aunque el muchacho no pueda finalmente superar la degradación de su entorno social. Así terminan los sueños y anhelos de la madre que mutan en brutal realidad cuando vuelve a la calle. Pajarracos y pajaritos y ¿Qué son las nubes? con el casi olvidado e igualmente inolvidable Totó; El Decamerón, Los Cuentos de Canterbury, Saló o los 120 días de Sodoma (basados en Boccaccio, Chaucer y el Marqués de Sade, respectivamente) son también otros puntos altos del programa junto a la exhibición de Teorema, oportunamente censurada en la Argentina y que le valiera a su valiente distribuidor, Vicente Vigo, el haberle ganado luego un juicio al Estado por la prohibición de una obra que se consideraba irrespetuosa con los valores familiares y que, triunfante, también obtenía el premio de la Oficina Católica del Cine (OCIC) en Venecia. Se extrañaron dos grandes ausencias: La Riccota (de RoGoPac) y Medea que, precisamente, trajo a Pasolini como ilustre invitado del Festival de Mar del Plata junto a su protagonista, la no menos mítica Maria Callas. En los ambientes marginales que solía frecuentar, Pasolini fue asesinado en circunstancias poco clara el 2 de noviembre de 1975. El Centro Borges propició el reencuentro, durante el mes de febrero, con algunos títulos de Ingmar Bergman como: Persona, Cuando huye el día, Gritos y susurros, entre otros.
Recientemente el Malba había organizado la propia sobre el maestro sueco preestrenando su último trabajo, Sarabanda, que se convirtió en un inesperado éxito del circuito de exhibición independiente, superando los 15 mil espectadores, y trajo de vuelta a la pantalla a un dúo memorable: el de Erland Josephson y Liv Ullmann, a treinta años de Escenas de la vida conyugal, en una memorable meditación sobre el amor, de carácter imperdible.
La Sala Leopoldo Lugones (del Teatro San Martín) repasó una de las poéticas más importantes de los movimientos del cine moderno, el del New American Cinema con directores como: John Cassavettes, Leslie Stevens, Roger Corman y Jonas Mekas, entre otros; y se apresta a exhibir ciclos de gran valía como los dedicados a Luchino Visconti, Werner Herzog y el nuevo cine francés y portugués. Este rico panorama, y exitoso dentro de sus parámetros en índice de público, contrasta con una paupérrima cartelera comercial donde sólo brillan con luz propia títulos como Zatoichi, Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera, Sarabanda, Mar Adentro, La ventana de enfrente y Crimen ferpecto, confirmando una tendencia que como balance de 2004 encendió la alarma: el 85, 8 % de las entradas vendidas correspondió a las filiales del cine de Hollywood. Tan sólo siete films de factura no hollywoodense obtuvieron cifras exitosas: Las invasiones bárbaras y Good bye Lenin! a la cabeza, pero muy lejos de ¿Bailamos?, el 25º estreno más visto con 370.000 espectadores. Los restantes títulos, en forma ascendente, muestran una clara hegemonía del cine estadounidense, sólo quebrada por tres éxitos vernáculos: Luna de Avellaneda, Peligrosa obsesión y Patoruzito.
Los rumores de cierre del tradicional cine Metro y el deficiente estado general de los cines de las calles Lavalle y Corrientes empujarán aún más a los espectadores hacia las multipantallas en donde la oferta del cine norteamericano es de primer orden. En este sentido, es auspiciosa la noticia de apertura del primer complejo de cine arte de la argentina en el barrio de Belgrano y si bien la oferta de esta temporada incluye a films de Claude Chabrol, Jean Pierre Jeunet, Francois Ozon, István Szabó, Lasse Hallström, Mike Leigh, Zhang Yimou y Wong Kar Wai, es de esperar que los grandes directores tengan la salida en video o DVD como única alternativa para el espectador argentino. Un lejano artículo de Alexandre Austruc afirmaba que «se acerca el día en que cada cual tendrá en su casa unos aparatos de proyección e irá a alquilar al librero de la esquina unos films escritos sobre cualquier tema
». El futuro previsto por Astruc llegó, aunque a medias, dado que su famosa «Camera-stylo» no devino en el rostro futuro del cine. Igualmente, el de calidad de ayer y de hoy sigue configurando con su escritura certera la gran preocupación sobre el lenguaje del cine y la comunicación entre los hombres. Quizás solamente resta salir en su defensa.
Cinco aspirantes al Oscar y “Como una imagen”
Coinciden este mes, en la lista de candidatos al Oscar, cinco relatos sobre vidas de enorme potencial, frustradas por un capricho del destino al que deben enfrentarse, con mayor o menor suerte. A ellos se suma una comedia sobre gente sencillamente frustrada y malhumorada, que al fin logrará reconciliarse, en primer lugar, consigo misma. Vayamos por partes.
El aviador (M. Scorsese, EE.UU., 2004)
En primer término, pero sólo en función de los premios, está El aviador, nueva incursión de Martin Scorsese en el género histórico, y también nueva incursión del cine norteamericano en la extraña historia de Howard Hughes, el millonario que lo tuvo todo y terminó loco. Productor de cine, cuyas luchas contribuyeron a debilitar la censura, y cuyos antojos debilitaron, aún más rápidamente, a su propia empresa, la RKO. Rico carilindo y elegante, que supo conquistar a bellezas como Katharine Hepburn, Faith Domergue (luego casada con el director argentino Hugo Fregonese) y Ava Gardner, la única que lo asistiría después en la caída. Inventivo impulsor de proyectos tan ambiciosos que difícilmente podían concretarse en esa época, pero que él probó «en carne propia», como un velocísimo avión espía, y un enorme transporte de carga con estructura de madera y motores propios (mejor que el planeador Amilcar de 16 toneladas que usaron los ingleses en 1944 para invadir Holanda, y que debía ser remolcado por poderosos cuadrimotores). Empresario aeronáutico con agallas para enfrentar al monopolio de Pan Am, que hasta tenía todo un lobby de senadores nacionales a su servicio.
La película ofrece los atractivos de glamour y los chismes de alcoba propios de Hughes en Hollywood, pero, con inteligencia, va desplazando el interés hacia otros aspectos igualmente atractivos, sobre todo para los norteamericanos: el empuje creativo del amor a las máquinas, a la técnica, y también del amor a las manipulaciones comerciales y políticas. Características, en fin, de un «american hero» bien representativo, tanto que terminó con una paranoia galopante. Grandes momentos: la escena de un accidente sobre los techos de Beverly Hills y la secuencia del enfrentamiento en Washington, cuando desenmascara públicamente al senador Owen Brewster. Gran pecado, al menos para nosotros que lo vemos de afuera: la extensión del film, de casi tres horas.
Million Dollar Baby (C. Eastwood, EE.UU., 2004)
Curiosamente, también dura lo suyo casi dos horas y media Million Dollar Baby del maestro Clint Eastwood, y sin embargo parece bastante más corta. Será quizá porque es como una novela breve, una de esas historias que alguien nos cuenta, con la perspectiva del tiempo y la experiencia, entreteniéndonos con humor y admiración, y dejándonos al final una cuota de tristeza, y una moraleja, un poco como la «Balada del viejo marinero», de la que uno se aleja, «si no más rico, más sabio».
En sus dos primeros tercios, Million Dollar Baby, vulgo «la nena del millón de dólares», que es como algunos padres llaman a su hija, es la creciente relación de un viejo instructor que ha perdido contacto con su hija, y la joven empleada que necesita alguien que la guíe para desahogar y canalizar su fuerza y su amargura acumuladas, todo visto a través de otro viejo, un negro que ya sabe lo que son la vida y las personas. Esos dos primeros tercios se ambientan en el mundo del boxeo. El último, en un hospital.
Dos veces repite una frase el narrador. La primera, para decir que la chica viene de uno de esos lugares perdidos del interior. Da el nombre, que apenas logramos ubicar en el mapa, y lo describe «entre los cedros y los robles, entre la nada y el adiós». La segunda vez que repite esa descripción está aplicada a otra persona, y con otro sentido metafórico. ¿No es de cedros y robles que se hacen ciertas casas, y ciertas cosas, y no es entre la nada y el adiós que se desarrolla nuestra existencia?
Por si alguien piensa que ésta es sólo otra película más de boxeo, corresponde anotar que el relato original fue escrito por un «zurcidor de heridas», un tal F. X. Toole, que vio mucho desde el corner, antes de contarlo desde el escritorio. Y que (nos consta personalmente) una boxeadora local, la campeona Tigresa Acuña, ha visto la película y ha comentado que todo eso es cierto, la necesidad de descargarse que tienen las chicas, la relación casi de padre-hija con el manager, las maldades y las bondades del ambiente, el angustioso riesgo de la suerte con su cambio de mano, la enorme importancia de la familia, y del verdadero amor en la familia, agregando, eso sí, con alegría, que, en la vida real, ella le ganó a la boxeadora que acá hace de mala. Ojala también pueda ganarle al peligro y despedirse bien de la profesión, porque es buena persona.
Mar adentro (A. Amenábar, España, 2004)
Reflexionaba François Truffaut en Las películas de mi vida, sobre ciertas obras muy tristes, que supuestamente deberían espantar al público, pero resultan todo un éxito porque el público encuentra en ellas «la curva ascendente del arte, compensando la curva descendente de la vida». Y más, cuando ese arte es debidamente sincero, creativo, e intenso, e incorpora ciertas enseñanzas para soportar tantos dolores que uno sufre fuera de la sala. Él ponía como ejemplo la tremenda Gritos y susurros, de Ingmar Bergman, con su absorbente uso del color rojo. Hoy pondría los fundidos en negro de Million Dollar Baby, o los verdes luminosos y el infinito azul final de Mar adentro, y el hermoso Descubriendo el país de Nunca Jamás, con ese final de lentísimo fundido y suave música que llega hasta el blanco absoluto.
Como se sabe, Mar adentro, de Alejandro Amenábar, elabora el verídico caso de Ramón Sampedro, un cuadripléjico que luchó casi treinta años por su derecho a la eutanasia para liberar a sus familiares de la esclavitud de atenderlo, y para liberarse él mismo de sus tristezas y amarguras. Sampedro logró al fin sus propósitos, dejando encima el estremecedor testimonio de sus últimos minutos, que fueron vistos por una inmensa, desprevenida, teleaudiencia de toda España, desatando polémicas que todavía no tienen fin ni resolución, y que la película resume en las breves discusiones del personaje con su hermano, que se niega a dejarlo aunque haya arruinado su propia vida por cuidarlo, con su amiga y vecina, que lo ama y admira, y con un cura también cuadripléjico, que le ofrece consuelos y seguridades que el otro ya no tiene ganas de escuchar. En este caso, se trata de un típico héroe gallego: testarudo, práctico, terminante, y en buena parte individualista. Se niega a asumirse como bandera de cualquier otro enfermo, él sólo habla por él, y punto. Lo que no le impide preocuparse por los demás, incluyendo al sobrino medio bruto; a la cuñada de pocas letras pero muchas luces y manos callosas; y al padre, ese anciano que volverá a sentarse junto a la cama, cuando la cama ya quede vacía.
Historia fuerte, de esas que no provocan tristeza sino directamente dolor en el pecho; sin embargo, está llena de momentos divertidos, porque el personaje es tremendamente vital, con un humorismo medio socarrón, que hasta lo pone por encima de su desgracia. Hay una escena sin palabras de especial emoción. Es cuando a él lo llevan en ambulancia, a ver a los jueces que pueden decidir sobre el tema. Por primera vez en muchos años sale de su casa. Y mira por la ventanilla: las otras casas, la gente en sus quehaceres, los animales en su plenitud, los molinos. Los nuevos molinos de viento. Imposible no asociar esa imagen con la de cualquier otro hombre camino a alguna lucha quijotesca, aunque nada se diga de eso en esta historia, que incluye un polémico contrapunto, entre quien muere con dignidad, y quien ya sólo da lástima (y trabajo) con su decadencia.
Descubriendo el país de Nunca Jamás (M. Forster, EE.UU., 2004)
Descubriendo el país de Nunca Jamás, de Marc Forster, sobre pieza de Allan Knee adaptada por David Magee, es otra cosa. Precioso relato ambientado en 1904 sobre el fin de la infancia y la aceptación de las pérdidas familiares, nos habla con gran belleza de un exitoso dramaturgo en la vida social, melancólico «hombre que no tuvo infancia» en la soledad de sus paseos. Del momento en que un hijo mayor debe hacerse cargo de la madre, y también de cómo una señora mayor recupera, aunque sea por un instante, la ilusión de la infancia. Habla del niño todavía bien protegido, que rechaza juegos y fantasías por temor a desilusionarse, y de la inocencia desarmante y contagiosa de otros 25 niños que ya están maltratados por la realidad, pero siguen plenamente dispuestos a gozar del bellísimo engaño del teatro. «A play», según recuerda el productor que ahí se juega sus ganancias casi por puro gusto. Y habla además de la esposa que no sabe cómo aflojarse y entrar en el mundo donde vive su amado, tan inmerso en él que ni siquiera la registra como posible compañera de viaje.
En suma, es la historia, no muy veraz pero bien emotiva, de cómo James Mathew Barrie creó en 1904 la comedia teatral Peter Pan. Buscando compensar y sublimar las penas de una familia amiga, compuso una pieza festiva pero no por eso frívola. Si se la mira con detenimiento, es más bien agridulce. Ofrece el consuelo de un refugio maravilloso, pero acepta la indeclinable suerte de madurar a la intemperie. Porque aunque nadie quiera, todos los niños crecerán, sufrirán penurias, envejecerán. El cocodrilo que lleva consigo la voz implacable del tiempo no busca sólo al capitán Garfio. Pero pintarlo de ese modo nos alivia. Por eso en esta película la señora Snow (nieve) puede decir con una sonrisa que se quedó sola. «Creo que la culpa es del cocodrilo», dice. Y sonríe.
Inquieta, fuera del cine, ese monstruo que nunca vemos, pero nos hace crecer a la fuerza. Inquieta, además, la ambivalencia del título. Porque, en el fondo, ¿cuál es el Neverland que realmente descubrimos, y que de algún modo nos recuerda también el «nevermore» del cuervo de Edgar Allan Poe, heraldo de nefastas confirmaciones que nos estremecen de dolor y fascinación? Y molesta, que es otra cosa, la poca imaginación de los autores de efectos especiales para las escenas en que nuestros personajes juegan a estar en alta mar, o en cualquier otra parte menos en el patio de su casa. Se ha recurrido a ciertos programas de animación por computadora, con ilusión de 3-D, que nos sacan de clima porque suenan demasiado modernos. Ideal hubiera sido ilustrar esas escenas con alusiones a los grabados de época, esos que seguramente inspiraban a los chicos de entonces, y que, entre 1956 y 1957, es decir, sin los recursos de ahora, utilizó el checo Karel Zeman para Una invención diabólica, fascinante mezcla de actores, trucos, muñecos y dibujos inspirados en las primeras ilustraciones de los libros de Julio Verne. Pero no todo es posible en la vida, ni siquiera en el cine.
Algo en qué creer: «Cada hada nace con la primera risa de un niño, y muere cuando él anuncia que ya no cree en las hadas» (de la obra teatral de Barrie). Y algo sobre la escena final, cuando sólo quedan el banco de plaza, y el sombrero y el paraguas negros de Barrie. Y pensamos si esos objetos realmente lo representan. ¿Qué nos queda del espíritu de las personas? Más que el sombrero y el paraguas, nos queda ese gesto del autor, cuando donó a perpetuidad los derechos de su obra a un asilo de huérfanos y chicos de la calle.
Los coristas (Ch. Barratier, Francia, 2004)
Dicho sea de paso, en la realidad, la vida de Peter y sus hermanos fue otra, aún más triste. También triste pudo haber sido la vida de los chicos internados en Le fond de lEtang, algo así como «el fondo del pozo», uno de esos lugares que parecen salidos de cualquier novela de Dickens pero que, en este caso, salen de las afueras de un pueblito de LAuvergne. Y de donde los chicos no salen sino en forma antirreglamentaria. Y los reglamentos los crea a su antojo un hombre que no los quiere. Hasta que viene otro que sí los quiere, y con paciencia y tolerancia les va enseñando a confiar, hacerse cargo de sus macanitas, soportar las burlas de los demás si ellos se burlan de los otros, y desarrollar el sentido de la disciplina, el espíritu de grupo que también incluye al docente, al auxiliar, acaso a la comunidad y, en este caso en particular, desarrollar también el sentido musical. Es a través de ese sentido artístico, que cuaja todo lo demás.
La historia es vieja, fue llevada al cine en 1945 como La cage aux rossignols, la jaula de los ruiseñores, por Michel Dreville (no confundir con el posterior Deville), con el comediante Noel-Noel como el celador que logra armar un coro celestial con unos niños que todos creían apenas pequeños demonios inadaptados. No recordamos su título de estreno en la Argentina, y apenas nos surge vagamente el recuerdo de una escena del coro en la iglesia, escena que aquí ha sido cambiada por otra, como cambian los tiempos, de la posguerra (cuando surgía, por ejemplo, En cualquier lugar de Europa, sobre grupos de niños vagabundos), al 1949, casi 1950, en que se ambienta la nueva versión, más liviana, llamada Los coristas, del afortunado director Christophe Barratier, pero sobre todo del bendito productor Jacques Perrin, el de Cinema Paradiso y Microcosmos.
Todo se ve aquí en la lectura post-mortem del diario íntimo del celador: su encuentro con la realidad del lugar, su paulatino y constante esfuerzo por cambiarla, sus momentos de satisfacción ante el crecimiento espiritual y moral de los niños, el gusto de ver el orgullo, la alegría, y el agradecimiento en los ojos de un chico, y también, claro, las limitaciones del «experimento pedagógico». Todo se equilibra, las situaciones feas e injustas con las simpáticas y satisfactorias. Y todo se sublima, en la evocación de viejas canciones populares cuando se prueban las voces, en la explosión de hermosos temas de Bruno Coulais, y en La nuit de Rameau, y en una despedida que pocos se imaginan (ahí tenemos una objeción, porque el maestro hubiera juntado los papelitos de cada uno de sus alumnos, sin dejar ninguno, pero la imagen, ah, la composición de la imagen, qué difícil es discutir un carácter con un diseñador de imagen).
En verdad, la obra merece pocas objeciones, y ninguna de importancia. Y en cambio merece verse, porque es de las que se ven con encanto: uno sale del cine con una sonrisa de ternura, y también con varias reflexiones acerca del rol docente. Ideal para verla, para disfrutarla, y para conversar después sobre sus contenidos. Otro detalle: acá el héroe es un gordito pelado, medio petiso, buenote, creíble, nada que ver con los héroes hollywoodenses.
Como una imagen (A. Jaoui, Francia, 2004)
La sexta película, que no va por ningún Oscar pero bien se merecería alguno, es la comedia Como una imagen, de Agnes Jaoui (la misma de El gusto de los otros), y trata sobre una gordita que sufre la indiferencia de su exitoso padre, y la desconfianza ante cualquiera que se le acerque (piensa que todos lo hacen para conocer al padre, y no por ella). Y goza, eso sí, del canto. Muy buenos diálogos, bien risueños, muy buena música, con mucho Mozart (el título de la película iba a ser Così fan tutte), mucha observación, harto deleite.
Mar adentro y los otros
La historia real de Ramón Sampedro, correctamente interpretado por Javier Bardem, es la vida de un gallego que lleva casi treinta años postrado en una cama al cuidado de su familia. Su única ventana al mundo es la de su habitación frente al mar, por el que tanto viajó en su infancia y donde sufrió el accidente que lo dejo parapléjico. Desde entonces, su único deseo es terminar con la vida.
La llegada de dos mujeres alterará su mundo: Julia (Belén Rueda), la abogada que quiere apoyar su lucha, y Rosa (
Mar adentro debería despertar un debate provocador, más allá de los tópicos de la eutanasia, la vida y la muerte. Porque no se trata de una película sobre el suicidio, sino sobre una persona que se quiere morir y no se puede matar.
Las distintas posiciones ante la decisión de Sampedro están representadas por diferentes personajes seguramente inspirados en el caso real que sorprenden por su dispar capacidad de formular y defender sus argumentaciones. El director se esfuerza para que el protagonista sea percibido como un héroe, subraya su valentía en la forma de resolver su conflicto existencial. Es interesante no perder esta clave interpretativa: ¿es Ramón Sampedro un héroe?
También la Iglesia aparece en el guión representada por un caricaturizado sacerdote, tratado irónicamente por el protagonista, con razón o no
El guión de Alejandro Amenábar y Mateo Gil mantiene al espectador que desde el principio conoce el final pendiente de las argumentaciones que los distintos personajes plantean a Ramón para convencerlo de que recapacite.
Los verdaderos protagonistas de la película son «los otros». Porque lo único que le hubiese dado a Ramón Sampedro un sentido para su sufrimiento no olvidemos que no cree en Dios aunque está muy enojado con él, es darse cuenta de que su decisión final afecta a sus seres queridos tanto como las de éstos a él. ¿Qué habría pasado si su cuñada hubiese decidido no cuidarlo todos los días durante más de 25 años? ¿Y si su sobrino no le hubiese fabricado los artefactos que utiliza para pintar,
Lo que hace más dura la película es la pasión y la capacidad de su protagonista para argumentar su muerte. Mar adentro deja al espectador con un profundo sentimiento de impotencia al no poder persuadir a un hombre muy enfermo físicamente, y quizá más aún psicológicamente, que reclama ayuda para matarse, de que a pesar de todo la vida vale la pena.
La película es de lo mejor que ha mostrado el cine español durante el último año; una demostración más de la profunda crisis que está atravesando un sector rico en subvenciones del Estado y muy en deuda con el talento.
Homenaje a Victoria de los Ángeles
La muerte de la gran soprano catalana cubre de luto el mundo de la lírica. Aquí un breve recuerdo.
Victoria Gómez Cima había nacido en Barcelona en 1923, en el seno de una familia de músicos. A los quince años ingresó en el Conservatorio de su ciudad para estudiar canto y piano. En sólo tres años completó el curso, que habitualmente demandaba seis, graduándose con honores.
Al poco tiempo se relacionó con el Ars Musicae, iniciándose en un amplio repertorio de canción lírica alemana, francesa y española, abordando también obras de compositores del barroco y del renacimiento.
Gracias a su musicalidad, a su exquisito timbre de voz y a su versatilidad para interpretar en varios idiomas, tuvo una inmediata aceptación por parte del público desde sus primeros recitales en el Palacio de la Música Catalana, en 1944.
Su debut operístico fue en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, interpretando el rol de la Condesa en Las bodas de Figaro .
Victoria de los Ángeles se presentó en los más prestigiosos escenarios de la lírica mundial y abarcó un extensísimo repertorio debido a su asombroso registro, su dicción perfecta y sus notables dotes de actriz. Su relación con el sello grabador EMI comenzó en 1948 y se extendió por casi treinta años. Para esa compañía, grabó más de ochenta discos, incluyendo 21 óperas y varios recitales como solista.
Algunas de las obras que integraron su repertorio fueron: La vida breve (M. de Falla), La Bohème (G. Puccini), Ariadna en Naxos (R. Strauss), Fausto (Ch. Gounod), Lohengrin (R. Wagner), Manon (J. Massenet), Madama Butterfly (G. Puccini), I Pagliacci (R. Leoncavallo), Cavalleria Rusticana (P. Mascagni), Carmen (G. Bizet), El barbero de Sevilla (G. Rossini), Acis y Galatea (G. F. Haendel), Simon Boccanegra (G. Verdi), Dido y Eneas (H. Purcell) y otras.
La cantante catalana fue merecedora de múltiples y prestigiosos galardones, desde los premios de la Academia Francesa al mejor disco del año (1953-1955-1956) hasta el Príncipe de Asturias de las Artes (1978).
Victoria en Buenos Aires
El Teatro Colón invitó a Victoria de los Ángeles en 1952 para integrar el elenco de Manon, bajo la dirección de Albert Wolf, y el de Madama Butterfly dirigida por Héctor Panizza (autor de la ópera Aurora). Su participación en estas obras causó gran impacto emocional en el público y generó largas ovaciones en cada una de las representaciones.
En 1954 regresó para ofrecer otras cinco presentaciones de Manon, junto al tenor Albino Misciano, con la dirección orquestal de Ferruccio Calusio.
Vuelve a Buenos Aires en 1962, cuando era ya una de las figuras más jerarquizadas de la época, para componer a Rossina en El barbero de Sevilla, y Melisandre en Pelleas et Melisandre. Durante esa visita también dio recitales dedicados a la canción y al lied.
En 1964 se presentó en Las bodas de Figaro y en Lohengrin. Y en 1979, el año de su último trabajo operístico en nuestro medio, cantó Werther de Massenet.
En 1992 visitó por última vez nuestro país y ofreció un recital de cámara.
Pesar de colegas y compatriotas
El presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, destacó que la muerte de Victoria de los Ángeles es una pérdida para el mundo de la cultura y de la música. Ella ha sido entrañable para la gente. Sin embargo, Maragall lamentó la soledad que sufriera la artista en sus últimos años, ya que esto demuestra cómo la sociedad puede ser ingrata y hacer infeliz a alguien que ha hecho feliz a tantos.
El concejal de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, Ferrán Mascarell, la describió como una persona de origen humilde, de gran personalidad, llena de alegrías y de silencios.
Por su parte, el ministro de Cultura francés, Renaud Donnadieu de Vabres, señaló que fue una de las mejores voces de la escena lírica del mundo.
Otra gran artista de la lírica española, Montserrat Caballé, afirmó: Ha desaparecido una voz de un color único en toda la historia de la música.
Señora maravillosa y cantante sublime, la definió el barítono Manuel Ausensi, con quien compartiera varios escenarios.
La soprano y presidenta de Amics de l´Opera de Sabadell observó al recordar la época en que estudiaba con ella: Era la estrella en la que todos queríamos reflejarnos.
* * *
Victoria de los Ángeles cantaba con la misma calidad y profesionalismo tanto obras líricas como dramáticas, gracias a su voz ilimitada que le permitía interpretar a los más destacados compositores.
Desde el 15 de enero último forma parte de esa galería exclusiva que la inmortalidad le tiene reservada sólo a los grandes.
En nuestro medio, la recordaron con particular emoción entre otros: Juan Carlos Montero, Víctor Hugo Morales y Nelson Castro en sus programas radiales dedicados a la música. Montero, además, publicó oportunas notas gráficas, dando testimonio de su admiración por Victoria de los Ángeles y de la amistad que ella le dispensó.
Juana Molina o ¿el triunfo de la monotonía?
Hacia fines de diciembre pasado nos llegaba la noticia: el CD Tres cosas, de la cantautora argentina Juana Molina, había sido incluido por Jon Pareles, crítico de The New York Times, entre los diez mejores trabajos pop del año. En efecto, el disco editado por el sello inglés Domino figura en el sexto puesto de ese ranking, junto a intérpretes tales como U2, Brian Wilson, Björk, Green Day y otros.
Sin embargo, ya se sabe que lo mejor es enemigo de lo bueno.
De no existir las pausas entre pista y pista, resultaría arduo para muchos precisar dónde termina un tema y dónde comienza el siguiente, porque se trata de un trabajo conformado por una sucesión algo monótona de canciones durante casi una hora.
Las composiciones que integran este compacto están armadas sobre una base de dos o tres tonos o acordes, sobre los que se deslizan las frases de Molina expresadas sin matices. Por momentos, da trabajo creer que la cantante sea la misma talentosa artista que años atrás nos deleitara con sus acertadas interpretaciones actorales en Juana y sus hermanas.
Cantar no es sólo emitir con la voz una serie de sonidos afinados. La tarea requiere esforzado trabajo para alcanzar una buena colocación del sonido, mediante la respiración adecuada, el manejo de matices y la variedad en la expresión. A Juana Molina parecen no preocuparle, por momentos, estos elementos y, si bien afinada, emite un hilo de voz de connotaciones infantiles y con reminiscencias de algunos temas de Vivencia o de Sui Generis.
Dominan armonías exóticas interpretadas con sintetizadores, que convierten al trabajo en algo que recuerda a la música hindú, una suerte de música para la meditación.
Ella misma, respondiendo en una entrevista a la pregunta de si le gustaba ser rara, se expresó textualmente: Me gusta, pero no es una cuestión de ser rara. Es que lo que hago encaja en cualquier parte, no es encasillable. Puedo estar en todas partes, eso me parece gracioso. Me parece valiosísimo. No es algo que yo me había propuesto, pero es lo que está pasando. Por ejemplo, en las disquerías de Japón estoy en seis lugares distintos porque no saben dónde ponerme; me encontrás en Latin, en World Music, en Avant-garde….
Lo de Juana puede sonar a facilismo. A esta altura uno cree que debería saber bien qué es lo que hace. Y si realmente inventó algo nuevo, ¿por qué no lo bautiza?
El crítico de The New York Times escribió: Este disco susurrante es la última invitación a la ensoñación de la compositora argentina Juana Molina, construido con su guitarra acústica, su voz silenciosa y sus melodías simples.
La simpleza melódica a nuestro parecer se ensambla con letras no menos simples: Olas y olas que vienen del mar / olas y olas que vuelven al mar / olas y olas me llaman del mar / olas y olas me llaman al mar / me llaman, me llaman… (El cristal). O Yo sé que no sé tomar una decisión / ando como perro en cancha de bochas / quiero algo pero digo no / y en vez de irme siempre me quedo (Yo sé que). También dice que Las frutillas, los tomates, ahora no son tan ricos… ó que Cuando amanece, el sol parece una bola roja, que a veces me moja con calor.
Quizá, y a despecho de otras críticas, convenga esperar que Juana Molina decida regresar al lugar que le pertenece y que es sin duda el ámbito de la actuación y de la creación de personajes.
El desafío tecnológico en el mundo globalizado
El título de este libro nos impacta y despierta nuestra atención e interés, nos hace pensar y profundizar en la relación entre el avance de la tecnología, a partir de mediados del siglo XX, y la globalización del mundo en que vivimos. Paradójicamente, la globalización fue posible gracias al desarrollo avasallador de la ciencia, de la tecnología y de la ingeniería, particularmente en el campo de las comunicaciones y el transporte.
El libro, que leva como subtítulo Visión humanística y técnica para un futuro argentino, transcribe las exposiciones, los debates abiertos y la mesa redonda final del encuentro de distinguidos especialistas de diferente formación, que analizaron en profundidad y con responsabilidad el avance de la tecnología, sus condicionamientos, sus límites, su problemática, y las circunstancias que permitan alcanzar el desarrollo humano dentro de la equidad en lo social, económico y ambiental, como paradigma de un desarrollo sostenible. Además, cómo debemos los argentinos visualizar este impacto del avance tecnológico a la vista de un mundo globalizado, a fin de que contribuya a un debate de contenido cultural para el mejor desarrollo de nuestra patria.
Así nos lo da a entender el ingeniero C. Bauer en la presentación: Aun dentro de un alcance limitado, quisimos hacer nuestro aporte al diálogo nacional, para que los argentinos nos entendamos mejor y nos respetemos más, reconociendo que compartimos el país para una empresa común. Aunque el título no lo dice, el tema central fue: Argentina y los argentinos.
La lectura secuencial de los diferentes temas de las reuniones, volcados en las cuatro partes y el anexo del libro, muestra una presentación ordenada su objetivo general, de forma tal que el lector pueda realmente tener un panorama claro. Así fue destacado por el presidente del Centro Argentino de Ingenieros, Roberto Echarte y el secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Tulio del Bono, en la apertura.
La segunda parte desarrolla el tema El desafío tecnológico. Los disertantes que participaron en la correspondiente reunión nos ponen frente a la controversia de un desarrollo sin límites, deshumanizado, que hace gala de sus conocimientos, o bien a la capacidad del hombre de conducir la investigación y la tecnología para bien de sí mismo y de la humanidad.
En este sentido el doctor Alberto Guillermo Ranea dice: …. que la tecnología no tiene vida propia independiente de los seres humanos. El ingeniero Eitel Lauría, por su parte, luego de una descripción de las áreas tecnológicas con desarrollos y resultados importantes, afirma que si bien el desarrollo tecnológico crea condiciones para una mejor calidad de vida, debemos estar alerta ante sus consecuencias y, en lo posible, anticiparnos a ellas. Por su parte, el presbítero Lucio Florio, en su disertación, hace referencia a una alocución de Juan Pablo II a los profesores y estudiantes en la Universidad de Colonia: … la dignidad personal representa el criterio por el cual debe ser juzgada toda la aplicación cultural del saber técnico-científico. En esta reunión participaron además de los conferenciantes citados, los doctores Vicente Donato y Víctor Massuh.
El libro presenta en la tercera parte La visión ética, tema convocante de la respectiva reunión en la que distinguidas personalidades aportaron su pensamiento para discernir cuál deberá ser la actitud y la medida para adoptar normas éticas que encaucen el desarrollo tecnológico hacia al bien del hombre en un mundo globalizado. De destacar los conceptos del presbítero Juan José Sanguineti al final de su disertación: El hombre técnico tiene que aprender a ser hombre ético precisamente en cuanto es técnico y no meramente fuera de sus actividades. En el fondo el hombre siempre se dirige primariamente hacia los grandes fines morales, pues incluso cuando actúa técnicamente lo hace por que ve en ello muchos valores humanos. La dimensión ética existe, entonces, como responsabilidad ante los valores humanos dignos de ser custodiados. Esta tercera parte se completa con disertaciones sobre la ética en la formación universitaria y en la práctica profesional de los ingenieros, desde el punto de vista de la ética y la economía y de la ética en las comunicaciones, disertaciones pronunciadas respectivamente por Ernesto G. Bendinger, Roberto Crespo e Ignacio López.
En la cuarta parte se desarrollan las disertaciones y debates que tuvieron lugar en una mesa redonda, para evaluar lo expuesto en las reuniones anteriores: Síntesis de ideas y propuestas. Esta última parte resume, en cierta medida, lo expresado en las reuniones anteriores más el aporte de E. Lauría y J.J. Sanguineti, Mario Mariscotti y Guillermo Jaim Etcheverry.
La publicación fue realizada por el Centro Argentino de Ingenieros con la conducción de Ingenieros Conrado Bauer y Mario dOrmea como editores responsables.
La ilustración de tapa, titulada Homenaje a Nicholas Negroponte es obra del artista plástico Gyula Kosice.
El curioso incidente del perro a medianoche
Esta inteligente novela, escrita por el inglés Mark Haddon (1963), comienza siete minutos después de medianoche. El yo-narrante es un extraño muchacho de quince años (15 años, 3 meses y 2 días), perspicaz y autista, que descubre un crimen: El perro estaba tumbado en la hierba, en medio del jardín de la casa de la señora Shears. Tenía los ojos cerrados. Parecía estar corriendo echado, como corren los perros cuando, en sueños, creen que persiguen a un gato. Pero el perro no estaba corriendo o dormido. El perro estaba muerto.
El animal se llamaba Wellington y alguien le había quitado la vida atravesándolo con un rastrillo de jardín. Christopher John Francis Boone acaricia al caniche negro y rizado y se pregunta quién lo habría matado y por qué. Ya están todos los elementos para una novela policial. Hay que encontrar al asesino y descubrir las razones que lo llevaron al crimen.
Christopher quiere a los perros porque, dice, uno siempre sabe en qué están pensando. Un perro tiene cuatro estados de ánimo: contento, triste, enojado y concentrado. Además observa- los perros son fieles y no dicen mentiras porque no hablan.
El muchacho vive solo con su padre, que se ocupa mucho de él. Cuenta que la madre ha muerto hace dos años. Es obsesivo con los números, tanto que ordena sus capítulos no siguiendo los cardinales sino los primos. No explica por qué elimina el 1 y su primer capítulo es el 2. Siguen luego el 3, el 5, el 7, el 11
(El chico dice que puede explicar la teoría de la relatividad y recitar los números primos hasta el 7.507).
De manera muy habilidosa, Haddon sabe crear una interpretación del mundo que responde a la mentalidad del chico, y el lector se va identificando con sus angustias y con su exquisito humor. Al mismo tiempo, alternando los breves capítulos construye a la vez la trama policial y una suerte de curiosa autobiografía del muchacho. Pero en un punto de la narración estos dos trazos paralelos se entrecruzan en una misma historia. El escritor sabe transmitir con acierto el mundo interior y los estremecimientos del chico. Las figuras están tan bien delineadas que le resulta muy difícil al lector emitir un juicio sobre ellas: cada una puede ser comprendida desde su propio point de vue, cada una tiene sus cualidades y sus límites. No hay espacio para superficiales divisiones entre buenos y malos.
Elogiada con entusiasmo por escritores de la talla de Ian McEwan, la novela ha ganado importantes premios y ha sido traducida ya a varias lenguas.
Si bien el protagonista apenas conoce su casa, la escuela cercana y pocas cuadras a la redonda, y tiene graves dificultades para relacionarse con los demás, odia el color amarillo, el marrón o que lo toquen, sigue con solvencia los pasos de su ídolo Sherlock Holmes.
La narración se alterna, por otra parte, con dibujos, cuadros y cuestiones matemáticas.
Este debut literario ubica a Mark Haddon, que es ilustrador, pintor, poeta y autor de varios libros para niños, en un lugar privilegiado de la narrativa europea contemporánea.
La traducción de Patricia Antón, firmada en Barcelona, pareciera no salvarse de ciertas rigideces. ¿Será por eso de que al escribir en castellano algunos catalanes reconocen que lo hacen en una lengua ajena?
La Eucaristía como proyecto*
La Argentina, un pueblo muy bautizado y muy poco eucarístico. Es lo que nos dicen las estadísticas y la propia observación de nuestra realidad eclesial. Las cifras dan una brecha enorme: 85 a 90 % de bautizados, 4 al 15 % que van a misa semanalmente 1. Esta realidad despierta nuestra reflexión y nos sugiere la hipótesis que queremos desarrollar.
Hace dos años imaginábamos para la Iglesia en la Argentina un paso a la adultez que consistiría en que la Eucaristía pasara a ser el centro de la vida y del culto de este pueblo de Dios 2.
Unos meses después, en Navega Mar Adentro nos proponen los pastores que la Nueva Evangelización se dirige, primaria y principalmente, a los bautizados no practicantes que todavía no se sienten Iglesia, pero tienen derecho a recibir de ella la plenitud del Evangelio y de la gracia de Jesucristo (90) 3.
La figura para ese trayecto a la adultez podemos plasmarla en el paso del bautismo a la eucaristía. Es una figura dinámica. Más parecida al cine que a la fotografía, al teatro que a la pintura. El paso de una Iglesia mayoritariamente bautizada a una Iglesia que participa mayormente de la Eucaristía. El desafío sería continuar nuestra iniciación cristiana, pasando de una vida bautismal a una vida eucarística, de un pueblo generado por Dios en el bautismo a la maduración como Pueblo eucarístico.
Nos referimos a los sacramentas en cuanto integradores de la persona y la comunidad, pero también al sacramento en sí, que tiene su primacía, porque Dios nos amó primero (1 Jn 3,19).
El bautismo, cuya vinculación con la eucaristía es estrecha, introduce en la Iglesia sólo porque es inseparable del deseo de la eucaristía 4. El bautismo sin la eucaristía es un ansia sin respuesta, una promesa sin cumplimiento, una historia fascinante de la que se nos esconde el final.
Las misas y nosotros
Para quienes participamos en la eucaristía con cierta frecuencia, hay algunos hechos que conviene repasar. La realidad, mirada con honestidad y cierta ternura, nos abre a explorar caminos de madurez.
¡Uf!
No sé si la expresión es excesiva. Pero ¿no refleja algo del sentimiento que tenemos, o tienen bastantes personas, cuando al despertar el domingo se dan cuenta que tienen que ir a misa? El caso se agrava si nos toca despertar a los chicos para que nos acompañen, o para que vayan. Para muchos la misa semanal es un deber. Y encima, un deber aburrido.
Oir misa
Porque la misa suele ser algo a que vamos a oír. También decimos que el sacerdote dijo misa o que la dio. Estas expresiones indican que quedamos un poco fuera de la participación. O que participamos sólo pasivamente. De parte del cura, pareciera que cuando dice misa lo que hace es recitar un texto muy largo, que lee de un libro grande y gordo, un poco misterioso. Otras veces nos da la misa, con lo cual se patentiza nuestra pasividad.
Los comentarios
La valoración de esa hora que vivimos el domingo suele ser variada, pero voy a ejemplificarla con algunos comentarios que escuchamos o decimos: El cura estuvo muy bien, habla bárbaro, y encima corto; o por el contrario: me perdí, dijo tantas cosas que no sé cuál era el tema. Cuando no: llegué al ofertorio o sea que me valió la misa. Además de lo lapidario de algunas aprobaciones o condenas, muchas veces lo que se valora de la Eucaristía es la homilía. Es cierto que algunas personas van a escuchar al cura que habla bien. Después, quizás, se van a veces porque no pueden comulgar. Otras, en cambio, que tienen otro registro, no tan común ahora como en el pasado, llegan al ofertorio o al sanctus, porque total es lo que vale.
Yo voy a la parroquia vecina porque la misa es más corta. No necesariamente lo más largo es lo mejor. Pero tampoco lo más corto. En este caso, teniendo en cuenta que se trata de un domingo, pareciera que se presupone una valoración más bien negativa del acto en sí, en cuanto que no se aprecia el dedicarle más tiempo.
En cambio, prefiero la de mi parroquia porque los cantos son más vivos, los jóvenes animan y da ganas de cantar. Donde se ve que gustamos de la música, y que el canto resulta significativo para estas personas en la celebración litúrgica. Queda la duda de si se entró en lo hondo de la misa.
La vida, los símbolos, el misterio y el sacramento
La formación que recibimos en la escuela y la universidad era mayormente racional, y también positivista. Esto condicionó que al acceder a algunas experiencias tuviéramos poco en cuenta lo corporal, lo afectivo, incluso la parte de misterio que tiene la vida. Y los sacramentos son una realidad precisamente afectiva, corporal, física y de fe.
La sabiduría de Dios también se ha manifestado en la encarnación y en organizar sacramentalmente nuestra vida con él y la vida que compartimos los creyentes. Misterio son esas realidades humanas y divinas que nos tocan, que nos engendran como seres personales, que nos constituyen, y que normalmente se expresan a través de los signos, de los símbolos, del cuerpo y de los sacramentos, tanto en lo humano como en lo divino. Y además, esas realidades son eficaces, cada una en su orden: como el beso es eficaz para acrecentar el amor, como los colores muchas veces condicionan nuestro ánimo y nuestras capacidades (que lo diga si no el feng-shui), como la sonrisa de un niño es más poderosa que las exigencias racionales de cualquier jefe.
Además, aquí no se trata de un signo estático, sino de un símbolo en movimiento 5: podemos comparar analógicamente la misa con una acción dramática, con una obra de teatro. En nuestro caso, actúan varias personas, y esta obra de la Eucaristía encuentra su sentido cuando todos actúan, incluso todos son protagonistas, cada uno en su papel. La Eucaristía es una representación: un hacer presente el misterio a través de la acción de las personas que actúan. Una representación que actualiza el misterio, lo realiza: el Padre recibe la entrega del Hijo y la hace eficaz por el Espíritu, que obra en Jesús y en nosotros. Esto es la gracia: el don de Dios tejido con nuestros gestos y nuestros corazones humanos.
Acerca de estos temas, dice Anselm Grün: El concepto de teatro completó el de misterio. La Eucaristía es un juego-teatro en el que mediante ritos simples se representa la vida de Jesús… No se trata sólo de mirar, sino de entrar-en-el-juego… Al realizar ciertos ritos los creyentes se convierten en actores que entran en el divino juego de la redención 6.
Facilitar el trayecto
Ayuda volver a contemplar el misterio, contrastar nuestra realidad con la verdad del sacramento. Volver a descubrir los senderos de esta vida que se nos presenta en la acción dramática de la misa. No podemos temer encontrarnos con la verdad de Dios, con la realidad del don. Estos pasos pueden facilitar el trayecto desde la iglesia de los bautizados a la asamblea de quienes celebran e intentan vivir de la Eucaristía.
De la Palabra al diálogo
Los Padres de la Iglesia decían que en la misa se nos ofrece un doble alimento: el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía. Y es así, que la celebración eucarística tiene dos grandes partes: la liturgia de la Palabra y la liturgia de la Eucaristía. La Palabra de Dios es realmente nuestro alimento, un alimento de luz y de consuelo, una palabra de amor.
Sin embargo esta expresión deja de lado otra referencia de la misa, que es el diálogo. Dios no quiere que permanezcamos mudos antes su Palabra, más bien desea, anhela, nuestra respuesta. O sea que cuando decimos liturgia de la Palabra, si bien la protagonista principal es la Palabra del Señor que se proclama con las lecturas de la Escritura y se explica en la homilía, también esta parte de la misa, y en realidad toda ella, se refiere a las pequeñas y necesarias palabras de los seres humanos, las palabras que el Padre anhela escuchar de nosotros: las palabras del estar dispuestos a escucharlo, de alentarnos unos a otros (el Señor esté con ustedes y con tu espíritu; levantemos el corazón), del desear recibirlo (no soy digna… pero una palabra tuya bastará…), del alabarlo (santo, santo…), del proclamarlo (… anunciamos tu resurrección), del desearnos mutuamente la paz (esté contigo y con tu espíritu), de invocarlo como Jesús nos enseñó (Padre nuestro)… y tantas otras.
La misma escucha de la Palabra de Dios es un escuchar compartido. El Padre da su Palabra a los hijos reunidos. Escuchamos como asamblea, y el escuchar juntos nos permite comprender mejor sus Palabras de luz y de amor, nos purifica de nuestros encierros y miedos que enturbian la escucha y entorpecen la capacidad de respuesta. Él espera una respuesta personal y comunitaria.
Tenemos que devolverle a la misa su condición de diálogo. Diálogo donde hay que escuchar atentamente y responder. Diálogo que plasma el diálogo de la salvación, que es de lo que todos vivimos, como escribiera Pablo VI 7. La Palabra espera nuestra palabra: la busca, la invoca, la sugiere, la suscita. No podemos reducirla a un monólogo que es como una herejía sobre nuestro Dios-Trinidad, una herejía acerca del Dios que nos crea a su imagen y semejanza soñando con un interlocutor. Un Dios que también escucha nuestras conversaciones, así como nuestros susurros y nuestros gritos para continuar su diálogo de misericordia y de vida, de comunión. Hay que pasar por la comunión de la Palabra y de las palabras para acceder a la comunión con su Cuerpo, con su Sangre y su Corazón. Y llegar a la comunión entre nosotros, que se abre a todos.
Del espectáculo a la acción
Es otro aspecto del protagonismo que los bautizados, como actores imprescindibles, estamos llamados a tener en la acción dramática que es la Eucaristía. El sacerdote que la preside tiene que cuidar siempre el lugar activo de los bautizados en la celebración. Los bautizados ejercemos en ella el sacerdocio real, común a los fieles, un sacerdocio que tiene que tener su expresión externa en la liturgia, sobre todo en la liturgia eucarística. Esto no depende únicamente del ministro ordenado, sino de todos: primeramente en el querer actuar, hacer tanto como recibir el banquete y el sacrificio; además, en el buscar juntos las maneras, los espacios de esa participación.
Son muchos los gestos que podemos hacer en la misa, además de tomar parte activa en el diálogo. Pero la celebración tiene dos actividades centrales: el ofrecer y ofrecernos en el sacrificio, y el comer en la comunión. Es una acción eminentemente personal, que realizamos en comunión con los demás. Es el gesto humano más activo, más pleno: el hombre, única criatura a la que Dios ha amado por sí mismo, sólo puede encontrar su propia plenitud en la entrega sincera de sí mismo a los demás 8. Cuando lo hacemos con otros, la Iglesia y nuestra misma persona se consolidan.
Estamos en nuestros bancos, en la asamblea, pero estamos en el altar, ejercitando nuestra entrega en la medida en que unimos nuestra persona a la persona del Señor que nos incluye. El altar es también mesa de la comida, mesa del banquete. Allí están el pan y el vino.
El pan indica el alimento más simple y cotidiano: indica a Jesús que se hace compañero de camino, Dios que se pone a nuestra altura, entreverado en nuestra existencia, tal como es: no sin defectos, sino real y humana, con sus luces y sombras, sus fuerzas y sus fragilidades, sus luchas y sus esperanzas. El vino indica que aceptamos los riesgos del camino, la pasión y también la fiesta, la alegría, ese plus que hace el camino menos cansador, y la meta más clara, más alcanzable y cercana. O bien, lo que nos permite festejar aunque no hemos llegado: sin preocuparnos demasiado de nuestras frustraciones y desaciertos.
De la soledad a la comunión
La pasividad va de la mano del individualismo. Si no nos movemos no nos comunicamos, si no nos comunicamos la comunión se debilita. Es cierto que el sacramento tiene su propia eficacia, que va más allá de lo que hacemos en la celebración. Pero también lo es que en el sacramento los signos son esenciales. Los símbolos, las cosas, los gestos, el cuerpo son la materia prima del sacramento.
Y la gracia propia de la Eucaristía es hacer la Iglesia: la Eucaristía hace la comunión, es decir: genera vínculos, fortalece los que ya existen y los hace durables, les da estabilidad.
Comunión es un vocablo forjado por la teología cristiana, y acuñado al calor de la Eucaristía: común unión: todos formamos un solo cuerpo porque todos participamos del único pan (1 Co 10,16)
Volcarnos hacia afuera, extravertirnos, es gesto que va del corazón hacia el cuerpo. Sale del corazón, por eso no va en contra de la interioridad, sino que la personaliza, la torna más consistente.
La sencillez del alimento explica la dimensión de la mesa: el Señor que se entrega por todos ofrece una mesa donde todos caben. Es el gran desafío en este hoy que vivimos la Iglesia y el mundo: incluir. La Eucaristía tiene que expresar ineludiblemente la catolicidad de la Iglesia: que todos tienen allí un lugar reservado, con nombre, aunque también tiene que estar la pasión por los hijos ausentes, por los lugares vacíos, por las personas que no se atreven o no pueden sentarse a la mesa: la Eucaristía tiene que expresar, connaturalmente, el puesto privilegiado para los últimos.
De la moral a la religión, de la ley a la fe
A veces escuchamos que para qué ir a misa si los que van a misa no son mejores que los que no van. Otras veces, se nos insiste en el compromiso moral que supone participar en los sacramentos, en especial en la Eucaristía. Sabemos que gran parte de la crisis que vivimos es una crisis de valores. Pero los valores vienen abrochados a los vínculos. Difícilmente aprendemos valores en los libros, o en la filosofía. Los aprendemos a partir de la comunidad que va troquelando nuestra persona, que no es lo mismo que una moral heterónoma.
El seguimiento de Jesús supone una revolución del comportamiento, una conversión, que además es continuada. Pero es el seguimiento de una Persona que primero ha captado nuestro corazón, que nos damos cuenta que nos quiere incondicionalmente, y de la cual nos hemos enamorado. La experiencia religiosa es el mejor fundamento de una conducta ética.
Jesús nos pidió que hiciéramos la Eucaristía en memoria suya. Nos propuso también los mandamientos, sobre todo el del amor. Pero esto tiene sentido a partir del encuentro con él, a partir de la fe. Es cierto que tenemos deberes, y que ir a misa es un deber. Pero la calidad de nuestra vida queda muy exhausta si afirmamos el cristianismo en la ley. Porque el cristianismo se propuso desde el principio como superación de la ley: es vivir de la gracia, de la gratuidad, del amor que desborda.
La Eucaristía nos propone antes que nada, una forma dramática de incluirnos en el misterio de la Redención, de tomar parte en la compasión de Dios por la humanidad, de dejar que ese drama siga impregnando y dando forma a nuestra personalidad y nuestra vida; esto supone partir de la experiencia de Dios en vivo y en directo, porque el Señor no sólo se nos muestra, sino que nos invita a tomar parte con él en esta historia de salvación, que es un asunto de Corazón a corazón. Esta es la experiencia religiosa. La experiencia ética viene en un segundo momento, porque no es más que sobreabundancia de un corazón enamorado.
La fiesta de los peregrinos
Esta acción dramática que es pan de los peregrinos y vino de comunión. Algunas misas sobre todo las del domingo expresarán más la fiesta, otras celebraciones reflejarán más bien la cotidianeidad, el alimento diario, el pan nuestro de cada día.
En los días del hombre están los días del tiempo, dice Borges 9. La Eucaristía es como esa cifra de la historia que todos buscamos, donde el todo se juega en el instante: eso es el tiempo escatológico, donde deseamos se apague en el presente el futuro, el ayer, lo que ahora es mío. Una cifra que condensa en el presente la memoria y el horizonte, y desde cuya celebración miramos la cotidianeidad con confianza, y decimos Dame, Señor, coraje y alegría para escalar la cumbre de este día (ibid).
Poner entre paréntesis lo que nos tiene prisionero el corazón, ayuda a purificarnos y permite que pongamos la fuerza en dialogar con el Señor y entre nosotros, en hacer comunión sin excluir a nadie, en entregar la vida con la certeza de recobrarla luminosa, en disfrutar con el abrazo sin condiciones del Padre, en percibir la libertad del Espíritu.
La Eucaristía como proyecto
Si como pueblo nos animamos a dar estos pasos en las celebraciones, más fácilmente la Eucaristía se hará misión y la misión se hará Eucaristía, se hará santidad. El Papa nos propone que asumamos la Eucaristía como proyecto. Proyecto de misión y proyecto de santidad. Seguir aportando los valores del Evangelio en la formación de nuestra cultura, de la vida personal y comunitaria.
En nuestro mundo posmoderno, que por cierto redescubre la dimensión religiosa de la dignidad humana, pero que es también globalizado, violento, desorientado, sigue retándonos el diagnóstico de Pablo VI: la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo 10 así como que una fe que no se hace cultura es una fe no fielmente vivida, no enteramente pensada, no plenamente acogida 11 .
Un proyecto de misión y santidad que proponga públicamente las vías del encuentro con Dios, un Dios que sale al encuentro. Sin imponer nada, sino proponiendo bases trascendentes para nuestra convivencia como nación. De modo que el espacio público, que parece abandonado, no quede a merced de los grandes y autoritarios emperadores mediáticos: la violencia, la cholulez, la pornografía, el relativismo más burdo, el irrespeto hacia los últimos (que suelen ser los más débiles: niños, ancianos, discapacitados…): y queda como espacio donde se permite todo y a todos, menos Dios. Trayectos en fin, de diálogo con las religiones y las creencias, donde la religión aparezca siempre como fuente e instrumento de paz, de solidaridad y de alegría, y nunca como pretexto para la dominación y la violencia.
* Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, 7 de octubre de 2004, nn. 25, 26.
1. cfr la encuesta Valores, Iglesia y distintos aspectos del culto católico, Estudio de opinión pública preparado especialmente para la Universidad Católica Argentina, por Gallup Argentina, 2001, p.10. Así como Gran Atlas Clarín 2000.
2. Iglesia en Argentina: su desafío misionero, Ponencia en el Congreso Misionero Nacional de Mar del Plata, 26 de octubre de 2002.
3. CEA, 31 de mayo de 2003.
4. Hamer, Jeröme, La Iglesia es una comunión, Ed. Estela, Barcelona, 1965, p.77; cfr Tomás de Aquino, Suma Teológica, III,q.67,a.2.
5. No entramos aquí en el significado preciso y las diferencias de signo y de símbolo. Pueden verse obras específicas; por ejemplo lo que Hamer (op cit. pp 197-199) expone de la obra de A.M. Roguet, Traité des sacrements. Aquí consideramos que la Eucaristía tiene más de símbolo que de signo, aunque sin diferenciarlos absolutamente.
6. Grüm, Anselm, OSB, La Eucaristía como obra de teatro como teatro-visión y juego-visión en Cuadernos Monásticos, 147, año XXXVIII, 2003, pp 433-447. El autor da una especial importancia a la visión; nosotros privilegiamos la acción. Este autor hace la referencia asimismo a la obra de Romano GUARDINI, El espíritu de la liturgia, donde un capítulo se titula La liturgia como juego.
7. En su encíclica inaugural, programática: Ecclesiam Suam, 6 agosto 1964, capítulo III.
8. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno, n. 24.
9. Poesía James Joyce, en Elogio de la sombra, Emecé Ed, 3ª. edición, Buenos Aires, 1969
10. Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 8 diciembre 1975, n. 20
11. Juan Pablo II, Carta institución del Consejo Pontificio para la cultura, 20 mayo 1982, también en Ecuador y otras ocasiones.
Un presente continuo y promesas no satisfechas
Al analizar América latina (A.L.) se oscila entre mostrar las similitudes de sus países especialmente en lo referente a las relaciones con el mercado-mundo, los Estados Unidos y sus efectos sobre las economías nacionales y sus profundas diferencias sociales y culturales, lo que torna difícil toda comparación. Similitudes y diferencias deben formar parte del mismo análisis. Conceptos como el de culturas híbridas y mestizajes culturales junto al reconocimiento de heterogeneidades estructurales en los sectores populares enriquecen nuestras miradas 1.
La particular constitución del Estado-nación (alternando democracias con dictaduras), las políticas de expansión o no de la ciudadanía, el tipo de entramado societal y la constitución de movimientos sociales y el rol particular de los cristianos en especial la Iglesia católica son parte central en los relatos que dominaron nuestras historias nacionales en el siglo XX.
Para explicar esos procesos las ciencias sociales construyeron categorías en términos de pares binarios (reproduciendo, quizás, la terminología cristiana de paraíso e infierno), clasificando y etiquetando procesos de mayor riqueza y complejidad. Uno de esos nefastos pares binarios fue (y es) tradicional y moderno, donde lo tradicional se asocia a no evolucionado, conservador y comunitario; y lo moderno se liga a evolucionado y progresista. En la modernidad hay signos de lo tradicional y lo moderno, más aún en las sociedades periféricas.
Queda planteada así una tensión entre quienes dicen que A.L. avanza hacia la modernización (o la decadencia) dada su urbanización y aceptación de las leyes de mercado y/o que A.L. mantiene sus profundas raíces culturales (sean las cristianas o las indígenas) y por eso resiste (o no progresa). Unos opinan que las concepciones católicas impiden o retardan el proceso de cambio y de expansión de la ciudadanía en A.L.; y otros insisten en que la cultura popular (incluida la dimensión católica) es símbolo de sabiduría. Una vez más esencializar la religión, lo católico o lo popular dificulta comparar situaciones particulares e impide el debate académico.
Analizar un viejo tema como la secularización, significa replantearlo continuamente. Coincidimos con Daniele Hervieu Leger en que la secularización no es la desaparición de la religión frente a la modernidad: es el proceso de reorganización permanente del trabajo de la religión en una sociedad estructuralmente impotente para responder a las esperanzas que se requieren para seguir existiendo 2.
Dos hechos centrales a tener en cuenta:
1. La crisis del Estado y las políticas de privatización y desregulación dislocaron en los últimos decenios no sólo la vida material sino también símbolos, memorias y expectativas. El debilitamiento del Estado en situaciones democráticas logró apoyo en amplios sectores sociales, incluso en los heterogéneos sectores populares que padecieron sus consecuencias. La permeabilidad a la ideología de destrucción del Estado social en vastos sectores de la sociedad latinoamericana a veces con el nombre de sociedad civil, tercer sector o libertad de mercados muestra los desafíos culturales de ese sentido común hecho habitus. Vivimos el paso del Estado Social al Estado Penal, con políticas sociales no universales sino para los más pobres, con nula expectativa de movilidad social y con las mayores desigualdades conocidas en los ingresos. Un autor brasileño lo llamó el desmonte de la nación 3. No es sólo un problema de A.L.:Los Estados Unidos han optado claramente por la criminalización de la miseria como complemento de la generalización de la inseguridad salarial y social. Europa se encuentra ante una disyuntiva: confrontado a una alternativa histórica entre, por un lado, el encerramiento de los pobres y el control penal de las poblaciones desestabilizadas por la revolución del desempleo y, por otro y desde ahora, la creación de nuevos derechos de ciudadanía (como el ingreso ciudadano de inserción) acompañando de una reconstrucción ofensiva de las capacidades del Estado 4.
2. El otro gran cambio es el de las condiciones culturales que permitieron la construcción de lazos sociales comunes que brindaron identidades de largo plazo. Categorías como tiempo, espacio y promesa se han reformulado de tal manera que especialmente para las jóvenes generaciones el tiempo se ha transformado en algo instantáneo, en un presente permanente que dificulta un proyecto a futuro. El espacio-mundo se ha reducido y las promesas de vivir mañana mejor han dejado de ser creíbles. En los Andes peruanos o ecuatorianos, en las favelas de Río o en el gran México la justicia por propia mano genera adhesiones y se pide más seguridad. Un historiador recuerda: La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones enteras, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de la postrimería del siglo XX 5.
Las instituciones dadoras de sentido Estado, familia, sindicatos, iglesias, partidos políticos han dejado de crear legitimidades de largo plazo y viven la erosión de los símbolos colectivos de la llamada modernidad líquida. Se desarrolla así una cultura de la individuación como único camino para afrontar las dificultades.
Instituciones y creencias religiosas
Un panorama global de las creencias en el continente nos estaría mostrando un activo mercado de bienes de salvación y un campo religioso ampliado con fuertes demandas y ofertas múltiples que no son fruto sólo de la crisis económica (atraviesa todas las clases y estratos sociales), sino de nuevas sensibilidades culturales y religiosas.
El cristianismo, religión ampliamente mayoritaria en el continente, atraviesa una profunda mutación. Por un lado la Iglesia católica pierde la hegemonía en el campo religioso (especialmente en sectores populares) con la innumerable presencia de diversos y diferentes grupos religiosos donde se destaca un potente y vital movimiento evangélico 6. Por otro, asistimos a una emocionalización de las creencias que atraviesa transversalmente a los grupos cristianos: en la búsqueda de bienes de salvación, la racionalidad y la comunidad emocional priman sobre la racionalidad y la comunidad dogmática. Vemos cómo la sanación, la cura de almas, hablar en lenguas, poner el cuerpo en movimiento, entrar en trance, crear un clima de calor humano, buscar una relación directa con lo sagrado con poca o nula mediación institucional, junto a una utilización híper moderna de los medios de comunicación masivos, forman parte de los atributos tanto de la renovación carismática católica como la de los numerosos grupos pentecostales y neopentecostales.
Recorrer hoy A.L. tanto en áreas urbanas como rurales es encontrar una amplia diversidad de templos y expresiones religiosas. Se compite por una clientela movible, consciente y que vota con sus pies al decidir ir a tal o cual templo. Lo religioso en A.L. ya no es más una opción para toda la vida, sino una elección que debe ser probada y certificada de tiempo en tiempo. Frente a este religioso nómade aparecen las ofertas comunitaristas que brindan certezas, refugios, seguridades y totalizaciones a pequeños grupos con el fin de lograr una continuidad de largo plazo 7.
Proceso que se vive con profundos malestares dentro de las instituciones jerarquizadas del mundo cristiano en especial la Iglesia católica ante la imposibilidad de controlar y/o limitar la creciente emoción y mística como el intenso proceso de individuación que lo acompaña (surgimiento de carismas personales). Esto significa llevado al límite el no reconocimiento de la autoridad (carisma de función) y, en consecuencia, la utilización sólo de normas coercitivas para mantenerla. Debemos cada vez más hablar de catolicismos, evangelismos, postcristianismos, etcétera, dada la creciente dificultad por parte de las autoridades de crear una sola y única regulación eclesiástica 8.
Las instituciones cristianas mantienen relaciones históricas con el Estado y la sociedad, fruto de negociaciones y poderes construidos y acumulados en cada Estado nación. Debe tenerse en cuenta al estudiar los procesos. A mediados de los 90 algunos investigadores afirmaban que A.L. se estaba convirtiendo masivamente al evangelismo, o que la tercera ola del protestantismo (primero la luterana, luego la metodista y ahora la pentecostal) era el camino irreversible para dejar la pobreza y el catolicismo desaparecería en breve. Una vez más debemos recordar que cuando los cientistas sociales quieren convertirse en profetas pierden también credibilidad 9.
El catolicismo es un lugar social y no sólo institucional. No debemos olvidar el trabajo de renovación e impregnación cultural que por ejemplo el movimiento católico latinoamericano ha realizado en el siglo XX. Durante la primera mitad buscó relacionar la identidad nacional con la católica, la justicia social con las enseñanzas sociales de la Iglesia, la inclusión con la armonía social y hacer del anticomunismo, antiliberalismo y de la sospecha contra la democracia y la dirigencia política, parte central de su mensaje de América latina católica 10. Otra renovación es la aportada por el Concilio Vaticano II: la mirada desde A.L. de la Conferencia de Medellín (1968) dio nacimiento a nuevas experiencias como la opción por los pobres y el pueblo y a una reflexión propia desde un continente creyente y oprimido (cristianismo liberador). Grupos defensores de los derechos humanos que se suman a movimientos sociales diversos (sin tierra, sin techo, indígenas, mujeres, pro hábitat y salud, etc.), que forman numerosas ONG son hoy una vasta red cristiana con conexiones múltiples. La mayoría de esos grupos dieron nacimiento al Foro Social Mundial y pregonan que otro mundo es posible 11. El modelo típico ideal de los primeros era la organicidad de la Acción Católica, el de los segundos la flexibilidad y diversidad de las comunidades eclesiales de base.
Se intentó, desde diversas opciones, una catolicización de la sociedad y sus espacios públicos. Al mismo tiempo se nacionalizaba (en otros se socializaba y en algunos sectores se militarizaba) el catolicismo. Hay allí un universo común y diferenciado de creencias que alimenta imaginarios católicos difusos, en competencia con otros imaginarios de la modernidad en tiempos de comunicación globalizada, pero que perdura como un capital simbólico siempre activo y disponible para ser utilizado por diferentes actores religiosos en ocasiones más o menos puntuales si logra inscribirse como una continuidad natural de la larga tradición católica 12.
Esta hegemonía fue tolerada en un conflictivo proceso que deberá ser más investigado país por país por el resto de las comunidades religiosas (judías, protestantes, islámicas, espiritistas) que le reconocieron a la Iglesia católica un lugar privilegiado en las relaciones con el Estado, al mismo tiempo que hacían suya una concepción pluralista y de separación respecto del Estado 13. Lo nuevo en el siglo XXI es que el movimiento evangélico exige a nivel continental libertad, igualdad religiosa y eliminación de todo resabio discriminatorio, mientras que en algunos países el movimiento pentecostal reclama con sus diputados, movilizaciones y cambios de favores no ya la separación sino gozar de los mismos privilegios y derechos que el catolicismo.
Otra notable diferencia con respecto a décadas anteriores es que el debilitamiento del Estado social y la privatización de las políticas sociales han generado una nueva presencia de los grupos religiosos, en especial los institucionalizados y los que poseen una red nacional como Cáritas. Esto significaría, por ejemplo, que el espacio de lo popular no esté hegemonizado sólo por el Estado o por partidos políticos, sino que la diversidad de grupos religiosos deban ser consultados, llamados y solicitados por el Estado, empresarios y dirigentes partidarios para actividades sociales, educativas, culturales y de empleo que se implementen en esos espacios.
La pérdida de credibilidad de las mediaciones políticas y sindicales brindan nuevos espacios para que los líderes religiosos expresen la protesta en una cada vez más amplia diversidad de posibilidades 14. Es el caso actual de obispos, sacerdotes y pastores que debido a estas crisis aparecen como reguladores del conflicto social o como administradores y mediadores del descontento. Poseen más credibilidad como actores sociales que como representantes de lo sagrado. Son más aceptados por su presencia social que por sus recomendaciones de vida religiosa o moral. Esto también lleva a una reivindicación corporativa de mayor poder institucional.
Vemos también como novedad que en la mayoría de los países de A.L. surgen y se consolidan experiencias políticas partidarias ligadas a grupos y principios religiosos. A las tradicionales democracias cristianas de inspiración católica (Chile y Venezuela) se han sumado en Honduras, Ecuador, Chile, Nicaragua, Guatemala, Colombia, Venezuela, Brasil y Perú, entre otros, experiencias exitosas de partidos políticos de inspiración evangélica especialmente bautistas, pentecostales y neopentecostales que han llegado al parlamento. Estos grupos acusados de espiritualistas en los 80 fueron considerados luego como de derecha, corporativos y divisores de los sectores populares. El análisis caso por caso y una mirada histórica nos mostrará las mismas divisiones y conflictos que existen en la sociedad. El ejemplo brasileño muestra grupos evangélicos apoyando unos al PT y otros a partidos de derecha. Muchas de esas etiquetas, una vez más, dependerán de cómo caractericemos ese orden-desorden social y al grupo religioso que lo lleva adelante. Las instituciones religiosas en el siglo XX no se pensaron solamente en el campo religioso ni los funcionarios estatales se consideraron prescindentes de lo religioso. Hay un ida y vuelta que no se puede ignorar.
Para finalizar, debemos recordar que en América latina la gran mayoría de los creyentes no son miembros activos de ningún grupo religioso. Se trata del proceso de individuación y de recreación público-privada de sus creencias: dominación masiva de la cultura del individuo caracterizada por el subjetivismo y la propia construcción de sistemas de creencias. No son hombres y mujeres apáticos, objeto de manipulaciones, pasivos frente a lo que sucede. Las propias creencias religiosas influyen en su vida cotidiana y dan respuestas a los principales desafíos, especialmente en el nivel de identidad, pertenencias, integración familiar, etcétera. Según la clase social de pertenencia se hará más hincapié en legitimar o por el contrario en compensar. La ética religiosa (o la construcción individual-familiar que realizo de la misma) aparece en situaciones de angustias e incertidumbre generalizada como uno de los grandes dadores de sentido. Afirmación del primado de la experiencia emocional del individuo o grupo restringido sobre toda forma de conformidad institucional.
Se presentan situaciones que van desde creer sin pertenecer hasta la del cuentapropismo religioso, es decir la de quienes arman y rearman sus propios significados de creencias a partir de leer, escuchar y/o participar en diversas manifestaciones de grupos e instituciones religiosas diferentes. Son creyentes nómades que construyen su verdad, su luz, su camino no desde una sola expresión religiosa sino desde varias. ¡Creyente feliz, especialista confundido!
Concluyendo, el cristianismo en América latina vive a su manera y con lógicas propias este profundo proceso de recomposición institucional y personal. Profundizar la democracia y la lucha contra la pobreza fortaleciendo al Estado y a la sociedad civil aparecen como imperativos urgentes. Hay una fuerte demanda individual y grupal de propuestas éticas, espirituales y sociales a fin de encontrarle sentido de esperanza a la vida. Las mutaciones cristianas dependerán del contexto que se vive y de las comprensiones que se realicen del pasado, del presente y del proyecto utópico de fraternidad universal que se plantee.
1. García Canclini, Néstor, Culturas híbridas, Grijalbo, México, 1989.
2. Daniele Hervieu Leger, Vers un nouveau christianisme? París: CERF, 1986, pág. 227.
3. Ivo Lesbaupin y Adhemar Mineiro, O desmonte da Nacao em dados, Vozes: Petropois, 2002
4. Loic Wacquant, De l´etat social al l´etat penal en Actes de la Recherche en Sciences Sociales, nro. 124, sept. 1998, Paris, Francia.
5. Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX, Barcelona: Crítica, 1995, p. 13
6. La revista Sociedad y Religión, dirigida por el Dr. Floreal Forni, publicada por el área de Sociedad, cultura y religión el CEIL/CONICET desde hace más de 15 años reseña esta amplia diversidad en el continente.
7. Pertenencia, identidad y maneras del creer forman un mismo núcleo de verdades simbólicas. En el catolicismo sobresalen los grupos tipo FASTA, IVE, Caballeros de Cristo Rey, Nuevo Catecumenado, etcétera que crean sus propias autoridades, legitimidades, memorias y relaciones al margen de las autoridades eclesiásticas locales. En el evangelismo esto produce numerosos grupos locales que podemos considerar como pequeñas empresas de salvación que funcionan como microemprendimientos con aportes locales y legitimidad restringida al líder del grupo. No existe en estos grupos el conflicto institucional dada la asociación en red.
8. Un ejemplo de este proceso más allá de las intenciones de los actores en la Iglesia católica ha sido el debilitamiento del Consejo Episcopal Latinoamericano, de la Conferencia Latinoamericana de Religiosos y de las propias conferencias episcopales nacionales y el reforzamiento muchas veces sin éxito de regulaciones vaticanas.
9. Un estudio de esas propuestas: Protestantismo y política partidaria en la Argentina actual en Tomás Gutiérrez, comp., Protestantismo y política en América Latina y el Caribe, Lima, Perú: CEHILA, 1996. Los autores mencionados son Stoll y Martín.
10. Brasil, Chile, Argentina, Puerto Rico, Ecuador, Colombia, entre otros, fueron países donde se intentó crear esa relación de identidad nacional igual a identidad católica. México y Uruguay son dos casos de enfrentamiento y neta separación entre lo institucional católico y lo estatal. Pero mientras que en el primero hay una laicidad militante y anticlerical bajo la égida de la Virgen de Guadalupe, patrona de todos los mexicanos dada la fuerte impronta popular de dicha creencia, en el caso el Uruguay se vive una laicidad indiferente a lo religioso. La sospecha con la democracia implicó diversas trayectorias: sumarse a las experiencias militares; a crear partidos cristianos como la Democracia Cristiana; y/o penetrar estados, sindicatos, movimientos sociales y partidos populares a fin de catolizarlos.
11. Los grupos surgidos a partir de la teología de la Liberación en los 60 y 70 son otro intento de renovación cristiana desde la particularidad latinoamericana. Si bien se destaca la experiencia en el Brasil y en el Perú, atravesó a todos los países del continente. Una síntesis de la caminada en Brasil: Luis Alberto Gomez de Souza, A utopia surgindo no meio de nos, Río: Maud, 2003.Para el Perú: Gustavo Gutiérrez, Hablar de Dios desde el sufrimiento el inocente, Lima: CEP, 1986. Desde una perspectiva ecuménica, revista Signos, CLAI, Ecuador.
12. Son esos imaginarios católicos difusos que hoy están en pugna en A.L. luego de la finalización de la guerra fría, el triunfo del mercado y la hegemonía mundial de los Estados Unidos: un catolicismo de certezas, otro de emociones y un tercero. Una vez más está en juego si conciliar o enfrentar al liberalismo, a la política imperial de los Estados Unidos, a los valores de la modernidad, al hedonismo, al individualismo y si se debe hacer desde clases dominantes o sectores populares; desde la institución y/o desde la sociedad. Mientras que la crítica a la Deuda Externa agrupa a numerosos grupos y movimientos cristianos; la complicidad con el poder, la imposición dogmática, la fuerte oposición a leyes de salud reproductiva y educación sexual fomentadas desde el Estado, crean fuertes antinomias internas entre grupos católicos.
13. Mientras que los países de América latina mantienen relaciones diplomáticas con el Estado del Vaticano desde hace lustros, en el caso de México es reciente.
14. La contracara de este fenómeno es que la mayor exposición pública también lleva a que los problemas internos de los grupos religiosos (abusos sexuales, violencias cotidianas, enfrentamientos, etc.) sean también la una de los medios.




