Mayo 2005
Testamento de Juan Pablo II
Totus Tuus ego sum
En el nombre de la Santísima Trinidad. Amén.
Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor (cf. Mt 24, 42). Estas palabras me recuerdan la última llamada, que vendrá en el momento en que el Señor así lo quiera. Deseo seguirlo y deseo que todo lo que forma parte de mi vida terrenal me prepare para ese momento. No sé cuándo llegará, pero como todo, también deposito ese momento en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus. En sus manos maternas lo dejo todo y a todos aquellos con quienes me ha relacionado mi vida y mi vocación. En esas manos dejo sobre todo a la Iglesia y también a mi nación y a toda la humanidad. A todos doy las gracias. A todos pido perdón. Pido también oraciones para que la misericordia de Dios se muestre más grande que mi debilidad y mi indignidad.
Durante los ejercicios espirituales he releído el testamento del Santo Padre Pablo VI. Esa lectura me ha llevado a escribir el presente testamento.
No dejo tras de mí propiedad alguna de la que sea necesario disponer. En cuanto a las cosas de uso cotidiano que me servían, pido que se distribuyan como se considere oportuno. Mis apuntes personales deben ser quemados. Pido que se encargue de todo esto don Estanislao, a quien doy las gracias por la colaboración y la ayuda tan prolongadas en estos años y tan completas. Todos los demás agradecimientos, en cambio, los dejo en mi corazón ante Dios mismo, porque es difícil expresarlos.
Por lo que se refiere al funeral, repito las mismas disposiciones que dio el Santo Padre Pablo VI [sepultura en la tierra, no en un sarcófago, 13.III.92]
Apud Dominum misericordia et copiosa apud Eum redemptio [en el Señor misericordia y en Él redención en abundancia]
Juan Pablo II
Roma, 6.III.1979
5.III.1990
Después de mi muerte pido la Santa Misa y oraciones.
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Hoja sin fecha
Expreso mi más profunda confianza en que, a pesar de toda mi debilidad, el Señor me concederá toda la gracia necesaria para afrontar, según Su voluntad, cualquier tarea, prueba o sufrimiento que quiera pedir a Su siervo en el curso de mi vida. También tengo confianza en que no permitirá jamás que, mediante alguna actitud mía: palabras, obras u omisiones, traicione mis obligaciones en esta Santa Sede de San Pedro.
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24.II-1.III.1980
También durante estos ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del sacerdocio de Cristo desde la perspectiva de aquel tránsito que para cada uno de nosotros es el momento de la propia muerte. La despedida de este mundo para nacer en otro, el mundo futuro, signo elocuente (decisivo) es para nosotros la Resurrección de Cristo.
He leído la copia de mi testamento del último año, realizada también durante los ejercicios espirituales la he comparado con el testamento de mi gran predecesor y padre Pablo VI, con ese testimonio sublime sobre la muerte de un cristiano y de un Papa y he renovado en mí la conciencia de las cuestiones a las que se refiere el registro del 6.III.1979 que yo había preparado (de forma bastante provisional).
Hoy quiero añadirle sólo esto, que cada uno debe tener presente la perspectiva de la muerte. Y debe estar preparado para presentarse frente al Señor y al Juez y al mismo tiempo frente al Redentor y al Padre. Así, yo también lo tengo continuamente presente, confiando ese momento decisivo a la Madre de Cristo y de la Iglesia, a la Madre de mi esperanza.
Los tiempos en los que vivimos son indescriptiblemente difíciles y turbulentos. También el camino de la Iglesia se ha vuelto difícil y tenso, prueba característica de estos tiempos, tanto para los fieles como para los pastores. En algunos países (como por ejemplo en aquel sobre el cual he leído en los ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un período de persecución tal, que no es inferior a la de los primeros siglos, es más, incluso la supera por el grado de crueldad y de odio. Sanguis martyrum semen christianorum [la sangre de los mártires, semilla de los cristianos]. Y además de esto, tantas personas inocentes desaparecen también en este país en el que vivimos…
Deseo una vez más confiarme totalmente a la gracia del Señor. El mismo decidirá cuándo y cómo tengo que terminar mi vida terrenal y mi ministerio pastoral. En la vida y en la muerte Totus Tuus mediante la Inmaculada. Aceptando ya desde ahora esta muerte, espero que Cristo me conceda la gracia para el último pasaje, es decir mi Pascua. También espero que la haga útil para esta causa tan importante a la que intento servir: la salvación de la humanidad, la salvaguardia de la familia humana, y, con ella, la de todas las naciones y todos los pueblos (entre ellos también me dirijo de forma particular a mi patria terrena), útil para las personas que de modo particular me ha confiado, para las cuestiones de la Iglesia, para la gloria de Dios.
No quiero añadir nada a lo que escribí hace un año, solamente manifestar esta prontitud y al mismo tiempo esta confianza a las que de nuevo me han dispuesto los ejercicios espirituales.
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Totus Tuus ego sum
5.III.1982
En el curso de los ejercicios espirituales de este año he leído (varias veces) el texto del testamento del 6.III.1979. A pesar de que todavía lo considero provisional (no definitivo) lo dejo en su forma original. No cambio (por ahora) nada, y tampoco agrego, en lo que se refiere a las disposiciones contenidas en él.
El atentado a mi vida el 13.V.1981 confirmó, de alguna forma, la exactitud de las palabras escritas en el período de los ejercicios espirituales de 1980 (24.II- 1.III).
Cuánto más profundamente siento que me encuentro totalmente en las manos de Dios y permanezco continuamente a disposición de mi Señor, confiándome a Él en su Madre Inmaculada (Totus Tuus).
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5.III.1982
En relación con la última frase de mi testamento del 6.III.79 (sobre el lugar [es decir, el lugar del funeral] decida el Colegio Cardenalicio y los compatriotas) aclaro que pienso en: el metropolitano de Cracovia o el Consejo General del Episcopado de Polonia pido al Colegio Cardenalicio que satisfaga, en la medida de lo posible, las eventuales cuestiones arriba enumeradas.
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1.III.1985
(en el curso de los ejercicios espirituales)
De nuevo por cuanto respecta a la expresión Colegio Cardenalicio y los compatriotas el Colegio Cardenalicio no tiene ninguna obligación de interpelar sobre este argumento a los compatriotas: sin embargo, puede hacerlo, si por alguna razón lo considerase justo.
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12-18.III.2000
Los ejercicios espirituales
del Año Jubilar 2000
(para el testamento)
1. Cuando el día 16 de octubre de 1978 el cónclave de los cardenales eligió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszynski, me dijo: La tarea del nuevo Papa será introducir a la Iglesia en el Tercer Milenio. No sé si repito exactamente la frase, pero al menos éste era el sentido de lo que sentí entonces. Lo dijo el hombre que ha pasado a la historia como primado del milenio. Un gran primado. He sido testigo de su misión, de su entrega total. De sus luchas: de su victoria. La victoria, cuando llegue, será una victoria a través de María. Estas palabras de su predecesor, el cardenal August Hlond, las solía repetir el primado del milenio.
De este modo, me he preparado para la tarea que el día 16 de octubre de 1978 se presentó ante mí. En el momento en que escribo estas palabras, el Año Jubilar 2000 ya es una realidad. La noche del 24 de diciembre de 1999 se abrió la simbólica Puerta del Gran Jubileo en la basílica de San Pedro, después la de San Juan de Letrán, la de Santa María la Mayor el primer día del año y el día 19 de enero la puerta de la basílica de San Pablo Extramuros. Este último acto, dado su carácter ecuménico, ha quedado grabado en mi memoria de modo muy particular.
2. A medida que avanza el Año Jubilar 2000, un día tras otro, se cierra detrás de nosotros el siglo XX y se abre el siglo XXI. Según los designios de la Providencia se me ha concedido vivir en el difícil siglo que se está acabando, que empieza a pertenecer al pasado y ahora, en el año en que la edad de mi vida alcanza los 80 años (octogesima adveniens), es necesario preguntarse si no es tiempo de repetir con el bíblico Simeón: Nunc dimittis [ahora dimites].
El día 13 de mayo de 1981, el día del atentado al Papa durante la audiencia general en la Plaza de San Pedro, la Divina Providencia me salvó milagrosamente de la muerte. Aquel que es único Señor de la vida y de la muerte, El mismo me ha prolongado esta vida, en un cierto modo me la ha vuelto a dar. Desde aquel momento mi vida pertenece aún más a Él. Espero que Él me ayude a reconocer hasta cuándo debo continuar este servicio, al que me llamó el día 16 de octubre de 1978. Le pido que me llame cuando quiera. Pues si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor (cf. Rm 14, 8). Espero también que, hasta que me sea dado cumplir el servicio de Pedro en la Iglesia, la Misericordia de Dios me preste las fuerzas necesarias para ello.
3. Como todos los años, durante los ejercicios espirituales he leído mi testamento del 6.III.1979. Sigo manteniendo las disposiciones contenidas en él. Lo que entonces y durante los sucesivos ejercicios espirituales se ha añadido es un reflejo de la difícil y tensa situación general, que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño del año 1989 esta situación ha cambiado. El último decenio del siglo pasado ha estado libre de las tensiones anteriores; esto no significa que no hayan surgido nuevos problemas y dificultades. De modo particular, sea alabada la Divina Providencia porque el período de la llamada Guerra Fría terminó sin el violento conflicto nuclear, cuyo peligro pesaba sobre el mundo en el período precedente.
4. Al encontrarme en el umbral del tercer milenio in medio Ecclesiae [en medio de la Iglesia], deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran regalo del Concilio Vaticano II, del que junto a la Iglesia entera y todo el episcopado me siento deudor. Estoy convencido de que las nuevas generaciones podrán servirse todavía durante mucho tiempo de las riquezas dejadas por este Concilio del siglo XX. Como obispo que ha participado en el evento conciliar desde el primero hasta el último día, deseo confiar este gran patrimonio a todos aquellos que son y serán llamados a ponerlo en práctica en el futuro. Por mi parte, doy las gracias al Pastor eterno que me ha permitido servir a esta grandísima causa en el curso de todos los años de mi pontificado.
In medio Ecclesiae… desde los primeros años de servicio episcopal precisamente gracias al Concilio he podido experimentar la comunión fraterna del episcopado. Como sacerdote de la Arquidiócesis de Cracovia ya había experimentado lo que era la fraterna comunión del presbiterio; el Concilio abrió una nueva dimensión de esta experiencia.
5. ¡Cuántas personas tendría que nombrar aquí! Probablemente el Señor Dios habrá llamado a Su presencia a la mayoría de ellas. En cuanto a los que todavía se encuentran en esta parte, las palabras de este testamento los recuerdan, a todos y en todas partes, allí donde se encuentren.
En el curso de los más de veinte años que he prestado el servicio de Pedro in medio Ecclesiae he experimentado la benévola y muy fecunda colaboración de tantos cardenales, arzobispos y obispos, de tantos sacerdotes y personas consagradas hermanos y hermanas, en fin, de tantísimas personas laicas, en el ambiente curial, en el Vicariato de la Diócesis de Roma, y también fuera de estos ambientes.
¡Cómo no abrazar con grata memoria a todos los episcopados del mundo, con los cuales me he encontrado a lo largo de las visitas ad limina apostolorum [a los umbrales de los apóstoles]! ¡Cómo no recordar también a tantos hermanos cristianos no católicos! ¡Y al rabino de Roma y a tantos numerosos representantes de las religiones no cristianas! ¡Y cuántos representantes del mundo de la cultura, de la ciencia, de la política, de los medios de comunicación social!
6. A medida que se avecina el límite de mi vida terrenal vuelvo con la memoria al principio, a mis padres, al hermano y la hermana (que no conocí porque murió antes de mi nacimiento), a la parroquia de Wadowice donde fui bautizado, a esa ciudad que amo, a mis coetáneos, compañeras y compañeros de la escuela primaria, del bachillerato, de la universidad, hasta los tiempos de la ocupación, cuando trabajé como obrero y después a la parroquia de Niegowic, a la cracoviana de San Floriano, a la pastoral de los universitarios, al ambiente… a todos los ambientes… a Cracovia y a Roma… a las personas que de forma especial el Señor me ha confiado.
A todos quiero decir una sola cosa: Que Dios os recompense.
In manus Tuas, Domine, commendo spiritum meum [en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu].
A.D. 17.III.2000
Lecciones del testamento
En los ejercicios espirituales de la primera Cuaresma de su pontificado, Juan Pablo II releyó ese testimonio sublime sobre la muerte de un cristiano y de un papa que es el testamento de Pablo VI. En la plenitud de su vida, a los sesenta años de edad, recién llegado a la Sede de Pedro, también él quiso escribir su testamento, al que agregó reflexiones sobre su vida, la de la Iglesia y el mundo en diversos momentos hasta el crucial año 2000. Ahora que ha respondido a la última llamada, la publicación del testamento es en sí mismo un legado, síntesis de ese pontificado comenzado el 16 de octubre de 1978 en que la multitud en la Plaza de San Pedro escuchó la feliz noticia de que Karol Wojtyla era el sucesor de Pedro.
Hacer el testamento siempre es ponerse de cara al final de la existencia. Es una manera de trazar un balance de la propia vida, así sea al prever el destino de los bienes. En innumerables documentos de hombres y mujeres del pasado, el acto se abría con una solemne afirmación de fe ante el momento supremo de la existencia. Estar preparado para ese trance, porque no saben ni el día ni la hora, es el primer mensaje del testamento del Papa, que quiere a falta de legados materiales, quiere ser una meditación en la perspectiva del final de la vida terrenal. En una sociedad que prefiere escuchar poco de la muerte y menos aún de la trascendencia, la vigilia en la Plaza de San Pedro fue un poner a cada uno ante el misterio de la muerte, de la propia inclusive, y un testimonio, como Pablo VI escribía en su testamento, de lo que la sigue, que sólo a la luz de Cristo se ilumina. Más aún que con sus predecesores, por la globalización de las comunicaciones, la agonía y muerte de Juan Pablo II fueron, al igual que lo es su testamento, un memento mori (acuérdate de que has de morir), como casi siempre lo es la partida de un ser querido, y bien puede decirse que Juan Pablo II lo fue para millones, católicos o no.
Cuando la mirada del mundo vuelve a centrarse en la Plaza para el anuncio del Habemus Papam!, quisiera detenerme aún en la meditación testamentaria de Juan Pablo II, y marcar la continuidad con su gran predecesor, Pablo VI, escasamente subrayada en los análisis pero felizmente resaltada a través de los dos testamentos, y con ella, la del Concilio Vaticano II.
Hay, pues, una primera lección, la de la vigilia, serena entrega en las manos del Señor de la vida y de la muerte, y de la Virgen María, a la que se consagró con el Totus Tuus, el lema de su episcopado primero y pontificado después. Precisamente, Juan Pablo II tuvo aguda conciencia de haberse salvado milagrosamente del atentado del 13 de mayo de 1981 aunque poca duda cabe de que la hasta entonces vigorosa salud del Papa, quedó resentida para siempre. Sin poder saberlo al retomar el testamento en marzo de 1982 pero claramente consciente de ello en el 2000, tiene la convicción de que sus días han sido prolongados para el servicio a la Iglesia y para la misión de ser el Papa del paso de un milenio a otro.
En el año 2000, el Papa alcanzó el cenit de su pontificado, conduciendo a la Iglesia a cruzar el umbral de la esperanza. El cardenal Wyszynski, a quien llama el Primado del Milenio, un gran Primado, referido al que él condujo para Polonia, le había dicho en esa jornada de 1978 que cambió la Historia: La tarea del nuevo Papa será introducir a la Iglesia en el Tercer Milenio.
El Concilio Vaticano II fue una preparación remota del Gran Jubileo, en tanto que la inmediata se realizó con la dedicación de un año a cada una de las Personas de la Trinidad. De este modo el cambio no se redujo al acontecimiento cronológico, por más importante que fuese, sino que fuera un momento salvífico, como deberían serlos los de cada uno a lo largo de su vida, aún más que los años santos que jalonan los cuartos y medio siglo. En sus notas testamentarias del 2000, Juan Pablo II mira primero hacia el que siglo XX, un siglo difícil, que a su término ha dejado atrás al menos la Guerra Fría y, en Europa Oriental, el totalitarismo ateo. En 1980 había escrito que los tiempos eran indescriptiblemente difíciles y turbulentos, un tiempo de mártires ya que la persecución a la Iglesia en ciertos lugares no es inferior a la de los primeros siglos, es más, incluso la supera por el grado de crueldad y el odio.
Pablo VI, al escribir sus disposiciones en 1965, pedía se llevara a buen término el Concilio y se siguiesen sus prescripciones. Juan Pablo II, en perfecta sintonía, señala que el Concilio, fue un gran regalo del Espíritu Santo, cuya plena recepción excede los tiempos de un pontificado. En efecto, el Papa se muestra convencido de que las nuevas generaciones podrán servirse durante mucho tiempo de las riquezas dejada por este Concilio del siglo XX, grandísima causa que a la que ha podido servir durante su servicio papal.
Mucho se ha escrito acerca de que el Papa renunciase, y aunque ello en definitiva no ocurrió, puede sorprender leer que Juan Pablo II se planteó en el año 2000 si no es necesario repetir con el bíblico Simeón: Nunc dimitis (ahora tu siervo puede partir en paz). A Él, que le volvió a dar la vida, pide lo ayude a reconocer hasta cuándo debo continuar este servicio. Sin ser explícito, al mismo tiempo muestra su total disposición a que me llame cuando quiera y espera le sea dado reconocer hasta cuándo debo continuar este servicio y tener las fuerzas necesarias para llevarlo a cabo. Servicio, la palabra se repite una y otra vez, marcando la certeza de que el sucesor de Pedro es siervo de los siervos de Dios en una Iglesia que es por esencia servidora.
Pablo VI incluye en su testamento la referencia al ecumenismo: se prosiga la tarea de acercamiento con los hermanos separados, con mucha comprensión, con mucha paciencia, con gran amor, pero sin ceder sobre la verdadera doctrina católica. Ese Papa realizó gestos de una extraordinaria audacia, como la del encuentro con Atenágoras en Jerusalén, o cuando entregó su anillo al arzobispo de Canterbury. Juan Pablo II siguió sus pasos, y no es casual que el actual primado anglicano, Rowan Williams, haya llevado, para su primera visita a Roma, el mismo anillo, y que Juan Pablo II lo haya besado, a manera de reafirmación de la búsqueda conjunta de la unidad perfecta de los creyentes en Cristo. Ut unum sint fue la encíclica con que Juan Pablo II sacudió la conciencia de la Iglesia sobre la responsabilidad de todos, pastores y fieles, en ese movimiento del Espíritu Santo. Estaba en el decreto conciliar, pero fue necesario recordarlo desde la Cátedra de Pedro para que hasta los más remisos tuvieran que reconocer esa urgencia. El papa Wojtyla puso énfasis en que fuera de los límites visibles de la Iglesia católica no hay un vacío eclesial y que existe un ecumenismo de los santos, dimensión escatológica que es ya realización de la unidad en la alabanza de los mártires y de los santos. Llegó incluso a pedir a las otras confesiones cristianas que lo ayuden a pensar las formas de ejercicio de ese ministerio en uno de los conceptos que más expectativas suscitó para un diálogo que queda planteado para el sucesor. Cada viaje, cada acontecimiento, cada encíclica, de ese largo pontificado tuvo la impronta ecuménica. ¡Cómo no recordar ese 12 de abril de 1987 en la Nunciatura en Buenos Aires, cuando, en una pausa en la gran Jornada Mundial de la Juventud, el Papa saludó uno por uno a los obispos ortodoxos y dirigentes evangélicos, conversó con ellos y se detuvo a escuchar el canto que inició el arzobispo Kirillos del Patriarcado de Antioquia! Expresó entonces su aspiración a que ese encuentro fuera germen y nuevo punto de partida en nuestra marcha hacia la unidad. También entre nosotros mucho es lo que desde entonces se ha avanzado y muchas, al mismo tiempo, las tareas pendientes, que incluyen superar la tentación del desánimo. Esta siembra se expresó en la apertura de la Puerta Santa en la basílica de San Pablo Extramuros, que realizó con prelados ortodoxos y anglicanos, como signo elocuente de que ya no caminamos solos, sino juntos, aunque no en unidad perfecta, hacia el mismo Señor. Por ello el atravesar esa Puerta quedó, dice el testamento, grabada de modo muy particular.
El testamento de Juan Pablo II asume la realidad, cimentada en la Declaración Nostra Aetate y desarrollada con admirable fuerza por él, de la relación con el judaísmo y las otras religiones. La memorable visita a la Sinagoga de Roma es señalada como el símbolo del acercamiento a los hermanos mayores, ya que agradece al Gran Rabino de Roma, que lo acogió, y luego a los numerosos representantes de las confesiones no cristianas. Con posterioridad a las anotaciones testamentarias, Juan Pablo II llevó a cabo la visita a Tierra Santa, en la huella de su predecesor Pablo VI, quien en su testamento bendice la Tierra de Jesús, donde fui peregrino de fe y de paz. En nuestro país somos testigos de algo que se multiplica en el mundo: un diálogo que crea nuevos puentes (y Juan Pablo II ha sido constructor pontífice de muchos de ellos) en el conocimiento mutuo, en la cooperación, la búsqueda de la paz y la reconciliación. Y aunque falten muchas barreras que sortear, los creyentes encuentran la posibilidad de afirmar que el mensaje común es la paz. El conmovedor pesar de judíos y musulmanes ante la partida de Juan Pablo II y la valoración del aporte que hizo a esa nueva comprensión, nos compromete a profundizar el rumbo. El Encuentro Nacional por la Paz, llevado a cabo en Buenos Aires, el 17 de abril de 2005, estuvo signado por el recuerdo del Papa fallecido y el compromiso de seguir proclamando que la Paz es don y tarea para una convivencia fraterna.
Pablo VI en su despedida, dirigía la mirada sobre esta estupenda y dramática escena temporal y terrena, sobre esta tierra dolorosa, dramática, magnífica, y advertía respecto al mundo, que no se crea que se llega a él asumiendo los pensamientos, las costumbres, los gustos, sino estudiándolo, amándolo, sirviéndolo. Objetivo de la Constitución Gaudium et spes de ese mismo año 1965, estar en el mundo sin ser del mundo, proponer sin imponer, saber dialogar y escuchar, sigue siendo, con nuevos desafíos, la agenda abierta de la Iglesia en el mundo de hoy.
Como Pablo VI, Juan Pablo II se abre en la alabanza y la acción de gracias, y lo hace in medio Ecclesia, en el gozo de quien experimenta la comunión desde la presidencia de la caridad. Llegado a los 80 años, la gratitud se manifiesta hacia sus padres y hermano, incluso a la hermana que no llegó a conocer, a la fidelísima Polonia, a todos los que a lo largo de la vida fue encontrando y a quienes el Señor le confiara. San Pablo exhortaba: Vivan en constante acción de gracias. Esta fundamental actitud del cristiano es también una de las lecciones de estos testamentos.
Ante el despojamiento de los ataúdes depositados sobre el atrio de San Pedro, así lo quiso Pablo VI y así fue con los dos Juan Pablo, la Iglesia se detiene, hace suya la acción de gracias, y retoma la marcha. Naveguen mar adentro, vuelve a decir el Resucitado a Pedro, echen las redes.
Juan Pablo II y la ciencia
Mi primer encuentro con Juan Pablo II fue en una audiencia general en noviembre de 1979. Recuerdo mi emoción ante el hombre joven y jovial que me tendía su mano. En julio de ese año yo había participado en un congreso del Consejo Mundial de Iglesias, en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) sobre La fe, la ciencia y el futuro invitado por la Comisión Pontificia de Justicia y Paz. Allí conocí al eminente científico brasileño Carlos Chagas, entonces presidente de la Pontificia Academia de Ciencias y a Jerôme Lejeune profesor de la universidad de París. Pocos meses antes de morir, mi amigo Lejeune me invitó a presentar en la Academia un trabajo sobre la computadora como prótesis de la inteligencia de las personas discapacitadas. En esa oportunidad Juan Pablo II nos dijo: Han mencionado la importancia del estudio de las correlaciones entre el cerebro humano y los sistemas electrónicos en el dominio de las neurociencias, para que la máquina pueda suplir un cierto número de deficiencias humanas y mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad. Forma parte de la grandeza de la ciencia el estar al servicio, en especial, de aquellos entre nuestros hermanos que tienen mayor necesidad de ayuda para llevar una existencia conforme a su naturaleza y a su incomparable dignidad (1994).
El Papa, humanista y humanitario, no perdía ocasión para referirse a las personas con discapacidad y para alentar el progreso de las tecnologías que permiten aliviar sus limitaciones y padecimientos.
En 2002 Juan Pablo II me designó miembro de la Pontificia Academia de Ciencias. En ese momento yo estaba en Harvard dictando un curso sobre el cerebro educado. Viajé a Roma para la ceremonia de recepción de los nuevos académicos pontificios, entre ellos los cardenales Joseph Ratzinger y Carlo Maria Martini. El Papa nos recibió el 11 de noviembre de 2002 en la admirable Sala Clementina, así llamada en honor de Clemente VIII, el pontífice Aldobrandini, patrocinador de la Academia de los Linces (fundada en 1603), origen de la actual Academia. El tema de nuestra reunión era: Los valores culturales de la ciencia. Juan Pablo II nos dijo claramente: Antes mismo de hablar de los valores culturales de la ciencia, podríamos decir que la propia ciencia representa un valor para el conocimiento humano y la comunidad humana. Esta expresión ejemplifica la enorme importancia que el Papa concedía al trabajo de los científicos en la búsqueda de la verdad. Como ya lo había enunciado en su encíclica Fides et ratio (1998), la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerlo a Él para que, conociéndolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo.
Un año después tuve el privilegio de coordinar con dos colegas y amigos, el astrofísico francés Pierre Léna y Kurt Fischer, profesor de Harvard, un seminario sobre Mente, cerebro y educación, con ocasión de los 400 años de la fundación de la Academia. En la audiencia inolvidable que nos concedió el 11 de noviembre de 2003, con la presencia de presidentes de academias de todo el mundo, Juan Pablo II se refirió nuevamente al tema del cerebro y de la mente: Los científicos mismos perciben en el estudio de la mente humana el misterio de una dimensión espiritual que trasciende la fisiología cerebral y parece guiar toda nuestra actividad como seres libres y autónomos, capaces de responsabilidad y de amor y caracterizados por la dignidad. Lo demuestra el hecho de que hayan decidido extender las investigaciones hasta incluir los aspectos del aprendizaje y de la educación, que son actividades específicamente humanas. Por tanto, sus reflexiones no se concentran solamente en la vida biológica común a todos los seres vivos sino que incluyen también la tarea interpretativa y valorativa de la mente humana.
Vi por última vez a Juan Pablo II con ocasión de la reunión de la Academia sobre el tema de Los caminos de la ciencia. El Papa nos recibió en la Sala Clementina el 8 de noviembre de 2004. En esa ocasión nos leyó un mensaje alentador: Los científicos contemporáneos, frente a la explosión de nuevos conocimientos y descubrimientos, muchas veces experimentan que están frente a un horizonte vasto e infinito. Es cierto, la inagotable riqueza de la naturaleza con su promesa de descubrimientos siempre nuevos puede entenderse como señalando más allá de sí misma, hacia el Creador que nos la ha dado a nosotros, como un regalo cuyos secretos están para ser explorados.
En esa misma sala, majestuosa e imponente, el cuerpo de Juan Pablo II fue velado el 4 de abril de 2005 antes de ser trasladado a la basílica de San Pedro, donde una multitud sin precedentes le rindió un último homenaje. El grupo de académicos que entonces escuchábamos su mensaje veíamos a la vez a un hombre debilitado y a un pensador vigoroso. Ese contraste tan humano nos conmovió profundamente. Muchos intuíamos que estábamos participando de un último encuentro con Karol Wojtyla, un santo y un sabio que ha marcado la vida del mundo y de la Iglesia. Ahora lo sucede un miembro de nuestra Academia de Ciencias, Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI. El fecundo diálogo de la Iglesia con las ciencias continúa.
Juan Pablo II y las ciencias sociales
Entre tantos rasgos sobresalientes del papado de Juan Pablo II quiero destacar aquí lo realizado en relación con las ciencias sociales. El 1º de enero de 1994 el Papa creó la Pontificia Academia de Ciencias Sociales. Para quienes pertenecemos a generaciones en cuya juventud había muchas dudas en la Iglesia acerca de la autonomía de las ciencias sociales, esta creación tiene un significado especial. En el motu proprio de creación de la Academia, Juan Pablo II destacó que con este paso se continuaba una tradición de la Iglesia nacida ya en Rerum novarum, aunque ciertamente más explícita desde el reconocimiento a la debida autonomía de las realidades del mundo en Gaudium et spes. Ya en el papado de Juan Pablo II, en las encíclicas Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus se afirmó el diálogo de la Iglesia con las varias disciplinas interesadas en el hombre, asimilando lo que ellas pueden aportar y ayudándolas a su vez a abrirse a horizontes más amplios. Si tales son los antecedentes en el plano de los principios cabe mencionar que, en los encuentros personales, la creación de la Academia estuvo precedida por diversas reuniones con científicos sociales realizadas en el Vaticano en el marco de la Comisión de Justicia y Paz, uno de cuyos impulsores fue el hoy cardenal Jorge Mejía desde el secretariado de dicha comisión.
El objetivo de la Academia es promover el estudio y el progreso de las ciencias sociales, económicas, políticas y jurídicas, para ofrecer así a la Iglesia los elementos que ella puede usar en el estudio y el desarrollo de su doctrina social. Se reconoce que las ciencias sociales pueden contribuir efectivamente a mejorar las relaciones humanas. La Academia tiene un presidente y un consejo, nombrados por el Papa lo mismo que los integrantes iniciales de la Academia. Los nuevos miembros también lo son, pero a propuesta de los académicos. El primer presidente fue el destacado economista francés Edmond Malinvaud. Su mandato de cinco años fue renovado y al cumplirse los diez años fue reemplazado por Mary Ann Glendon, norteamericana y profesora de derecho de Harvard. Dos de los miembros son premios Nobel, los economistas Kenneth Arrow y Joseph Stiglitz. También debo mencionar que el canciller de ambas academias científicas vaticanas, la de ciencias y la de ciencias sociales, nuestro compatriota monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, realiza una tarea de notable eficacia.
La Academia ha celebrado una reunión anual desde 1994, salvo en 1996, con un tema central en cada ocasión. El modo de funcionamiento es análogo al de cualquier otra reunión académica, con presentación de trabajos por parte de los miembros o invitados especiales hay varios de ellos en todas las sesiones y comentarios y discusión posterior. La enumeración de los temas ilustra bien las preocupaciones centrales de la Academia, y también del magisterio social. La sesión inaugural se dedicó a la tensión entre la igualdad humana y las desigualdades sociales; tres sesiones fueron dedicadas a la cuestión del empleo y el desempleo; dos sesiones más un seminario a la democracia; dos sesiones y media a la globalización; y una y media a la solidaridad intergeneracional 1. A principios de abril pasado debía realizarse la undécima sesión, dedicada a las concepciones del hombre implícitas en las distintas ciencias sociales que, lamentablemente, debió suspenderse por el agravamiento de la enfermedad de Juan Pablo II.
Quienes somos miembros de la Academia, lo mismo que los invitados y familiares que quisieran hacerlo, tuvimos el raro privilegio de ser recibidos en cada reunión por el papa Juan Pablo II. Si en este pequeño espacio debiera elegir cuál fue el hilo conductor de sus breves pero ricos discursos en cada encuentro elegiría sin duda su preocupación por lograr que la globalización se transforme en lo que todavía no es, es decir, en una oportunidad para que dejen de crecer las brechas entre los países desarrollados y los países pobres, para que todos tengan empleo y educación y también para que las sociedades sean internamente más equitativas. La Academia recibió estos mensajes y, además de tratarlos en casi todas sus sesiones, le estaba dando un giro adicional, con reuniones públicas y fuera del Vaticano, como la celebrada en México en 2004, y tomando contacto directo con autoridades mundiales para instarlas a buscar respuestas a estos desafíos. Era importante en tal sentido la reunión que iba a tener lugar el pasado 13 de abril, y que también debió suspenderse, en la que participarían académicos y representantes de los gobiernos de las Naciones Unidas, el Reino Unido, Francia, Brasil, India y otros países para considerar alternativas concretas para combatir la pobreza y construir un orden económico internacional más justo. No lo sabemos a ciencia cierta, pero todo indica que Juan Pablo II preparaba una nueva encíclica referida a este tema a la que, muy modestamente, pensábamos poder contribuir desde nuestra tarea. Creo, en fin, que la perspectiva histórica nos hará entender mejor que hoy la profundidad del gesto de acercamiento al mundo que significó la creación de esta Academia por el inolvidable Juan Pablo II.
1. La mayor parte de los trabajos considerados en estas reuniones, y todos los presentados desde 1998, pueden consultarse en: www.vatican.va/
roman_curia/pontifical_academies/acdscien.
En esta página también podrán encontrarse datos de los académicos y otras actividades de la Academia.
Benedicto XVI, un papa teólogo en un mundo plural
No se puede negar que las primeras reacciones fueron de temor y perplejidad. Muchos de nosotros, buena parte de los católicos, no esperábamos ver en el balcón del Vaticano, con las vestiduras papales, el hasta entonces cardenal Joseph Ratzinger. Por su edad algo avanzada, por su perfil de intelectual y teólogo; en fin, por muchas razones no creíamos que la elección del Colegio Cardenalicio recayera sobre su nombre.
Y, no obstante, así fue. Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, es el nuevo Papa, el obispo de Roma, el pastor supremo de la Iglesia católica, la figura hacia la cual converge la mirada de los medios de comunicación, los jefes de Estado y de todo el mundo religioso.
A la perplejidad se suma la inquietud, y sobre todo las especulaciones. ¿Se tratará de un pontificado de transición? Sin consenso en torno de otro nombre, ¿habrán optado los cardenales por el más fiel y próximo colaborador de Juan Pablo II a fin de asegurar la continuidad de su largo y fuerte pontificado?
Me parece que todas estas conjeturas no llevan a ninguna parte. En cualquier comienzo se impone una actitud positiva y abierta, mientras se espera que el recién llegado se manifieste y deje en claro lo que pretende hacer en su nueva misión. Y Benedicto XVI ya comenzó a hacerlo.
En su primer mensaje a la multitud reunida en la plaza de San Pedro, exaltó la figura de su predecesor y dejó aflorar su emoción y su perplejidad por el hecho de que sus hermanos cardenales hubieran hecho recaer la elección sobre él, un humilde trabajador en la viña del Señor. Esta declaración suscita cierto ánimo en quien la escucha. En su simplicidad, encierra todo un programa. Un papa que se presenta como un humilde trabajador en la viña del Señor está declarando su ubicación como servidor. Además, este es uno de los títulos aplicables al sumo pontífice: siervo de los siervos de Dios. Es decir, alguien que está llamado a ponerse al frente del rebaño de Cristo como trabajador y como siervo. Fiel al consejo de su propio Maestro, que muchas veces dijo en el evangelio que sólo hay un maestro en la tierra y un padre en los cielos. Por lo tanto, todos, sin importar el cargo que ocupemos, somos discípulos y servidores. Hay allí una identidad y una misión.
Al día siguiente de su elección, Benedicto XVI pronunció su primera homilía. En ella también podemos encontrar señales de lo que será su tarea como papa. Además de poner énfasis en el deseo primordial de reconstruir la unidad de la Iglesia, su meta principal desde hace muchos años al frente de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el Papa se detuvo largamente a considerar el ecumenismo y el diálogo con toda la familia humana.
Como segundo gran objetivo de su pontificado, declara su deseo profundo y prioritario de trabajar sin ahorrar energías en la unidad plena y visible de los cristianos de todas las confesiones. Declaró que ésta era su ambición y su deber más urgente. Y fue más allá. Dijo ser consciente de que no bastan manifestaciones epidérmicas de buenos sentimientos, sino que son necesarios gestos concretos que penetren en los espíritus, muevan las conciencias y lleven al diálogo, purificando la memoria y superando las heridas del pasado.
Debe conocer bien, y de cerca, esas heridas y esas dificultades el recién elegido papa. Alemán bávaro, debe haber sido testigo directo en su tierra natal de los tristes enfrentamientos entre católicos y protestantes que dañaron el mensaje evangélico. Por eso mismo, se torna más creíble su declaración de que está plenamente determinado a cultivar toda iniciativa que pueda parece oportuna para promover contactos y entendimientos con los representantes de las diferentes Iglesias y comunidades eclesiales.
Su deseo expreso de dialogar con toda la familia humana, al decir que quiere dirigirse a todos, también a los que siguen otras religiones o que simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y aún no las encuentran, extiende aún más el alcance de esta primera declaración.
Su inteligencia y su cultura innegables podrán hacer que, si realmente se empeña en esto, promueva un real y fecundo diálogo con la ciencia contemporánea y con la pluralidad de tradiciones religiosas. Confiando en el Espíritu, que distribuye sus gracias según las necesidades de cada ministerio, esperamos que Benedicto XVI ponga en práctica sus buenas y explícitas intenciones.
Habemus Papam!
La puerta del cielo
Había reído de buena gana mientras yo le leía algunas de las cartas de los chicos de la parroquia del popular barrio Sanità de Nápoles, que habían decidido escribirle al saber que tendría que hablarle durante una semana entera en los ejercicios espirituales. Vi por televisión que estás un poco viejo escribía uno, pero lo mismo te quiero porque te parecés a mi abuelo. Nosotros no nos conocemos escribía otro pero si nos conocemos (el tiempo condicional no es bien manejado por los chicos del barrio) enseguida seremos amigos, porque yo me hago amigo de todos, hasta de los indios.
Era la risa y la sonrisa de un padre, de un hombre de rica humanidad y gestos tiernos. Es lo primero que me viene a la mente al recordar a Juan Pablo II, en la comunión viva y fuerte de la oración.
Totalmente inmerso en Dios, Juan Pablo sabía seguir siendo plenamente humano, atento a los aspectos incluso más modestos y simples de la vida, capaz de ir derecho al corazón de las personas que encontraba. Rezar con él, estar a su lado mientras celebraba la eucaristía fue, para quien tuvo ocasión de vivirlo, un momento de luz que nunca se podrá olvidar. Se advertía la presencia del Señor, uno se sentía contagiado por un diálogo de amor verdadero, compuesto por palabras, silencios, gemidos del alma. Uno lo percibía tan cercano al corazón de los hombres quizá porque él estaba escondido en el corazón de Dios. Se comprendía que Cristo era todo para él: la llamada, el don, la promesa, el sueño, el legado y la esperanza.
Ese encuentro entre tierra y cielo, ese saber estar en los umbrales de una doble y única fidelidad frente a Dios y frente al mundo fue su grandeza. Nunca trató de congraciarse con los hombres, y sin embargo supo ganarse el corazón de muchos porque se esforzaba por congraciarse con Dios. No buscó consensos. No negoció la verdad, incluso cuando fue para él doloroso admitirla: pidió perdón por las culpas cometidas en la historia por los hijos de la Iglesia.
Estaba convencido y lo repetía con pasión que la verdad nos hace libres. En las palabras de Jesús encontraba el compendio de todo lo más importante que tenía que decirle a la sociedad. Con esta soberana libertad de corazón supo guiar a la Iglesia y, de alguna manera, a todo el mundo. Lo hizo desde la cátedra incuestionable de la fe y del amor, de querer siempre y solamente el auténtico bien de los hombres. Fue protagonista de cambios epocales, guiado por una mano invisible y abandonado a un amor fiel y eterno que guió sus pasos y sus opciones en las tempestades de la historia. Tuvo la audacia del profeta y la serenidad del contemplativo.
Al visitar Tierra Santa, Stéphane Moses uno de los mayores pensadores hebreos contemporáneos me transmitió su impresión: Por primera vez en la historia, todo Israel como pueblo, no ya un individuo judío, llegó a pensar que un cristiano pudiera ser tan bueno. También los palestinos cristianos o musulmanes lo reconocieron como padre, casi un nuevo Abraham que llegaba para reconciliar a Isaac e Ismael, los hijos de la promesa.
Le comenté una vez la escena de aquella mujer judía que lo había abrazado y besado en Yadwa-Shem, en el memorial del Holocausto en Jerusalén, quien después declaró a los periodistas que había abrazado al hombre que le había salvado la vida en los tiempos de la Shoa. Yo le dije que las palabras y la imagen de esa mujer me habían conmovido profundamente. El Papa abrió los brazos y alzando la mirada me dijo: Sí, lo recuerdo
pero es la mujer quien lo quiso contar, casi como disculpándose ante mí de que su gesto de generosidad y coraje, tantos años guardado en el silencio, se hubiera hecho público. En ese momento pensé que aquel gesto era como la punta de un iceberg, la transparencia de un universo de caridad y de audacia que hilvanaba todo el accionar de Karol Wojtyla.
La última vez que tuve ocasión de encontrarlo pocos meses atrás me sorprendió que reconociera mi voz a distancia y me llamara por mi nombre. Para siempre quedará impreso en mi corazón el sonido de su voz que me llamaba. Varias veces lo había oído repetir mi nombre luego de que me nombrara obispo y padre de un pueblo, después de depositar en mí su confianza, diciéndome que él habría rezado por mi gente.
Sé que mantiene su promesa más allá de todo límite, inmerso en la luz del Amado, la misma que lo iluminó en su tiempo y que ahora lo recibe en la eternidad. Sé que desde el más allá, más que antes todavía, seguirá acompañando a la Iglesia y a mantener viva en los corazones la conciencia de la verdad y la indestructible nostalgia de Dios.
Gracias, Santo Padre, por haber estado con nosotros y habernos acercado a la puerta del cielo.
El autor predicó ante Juan Pablo II el retiro de la Semana Santa 2004. Los textos fueron publicados en Siguiéndote a ti, luz de la vida, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2004.
La afirmación
Llegó desde el Este con un mensaje. Estaba persuadido de que el Este había resistido en medio de los anuncios de agotamiento del cristianismo y a pesar de la persecución activa de la que era objeto, mientras que el Oeste, por el contrario, parecía debilitarse. En el Oeste ninguna tendencia seducía al futuro papa, tampoco las que se vislumbraban en el horizonte, aparte de las surgidas ante su llamado o de las ya manifestadas en los nuevos movimientos. Fue algo renuente al entusiasmo nacido inmediatamente después del Concilio. La teología de la liberación y las comunidades de base habían encontrado en él más críticas que elogios, no obstante su sensibilidad hacia el compromiso evangélico directo, sin mediaciones, acaso por su peculiar visión de las cosas. En el fondo, él veía allí marxismo, comunismo. Con ocasión de un encuentro en el Pontificio Consejo para los no-creyentes en el que se evocaron las conversaciones con marxistas, lo escuché decir: ¡En el diálogo con los marxistas no tuve experiencias demasiado felices!.
Muy pronto surgió una generación Juan Pablo II en realidad fueron dos, incluso tres. Rápidamente se mostró capaz de ejercer una fuerte atracción, aunque sus llamados a una moral estricta no tuvieran idéntica respuesta. Operó la cristalización de generaciones que corrían el riesgo de no tener nada nuevo que decir después de las que habían hecho el Concilio y que, por eso, ocupaban todo el terreno al reformar activamente, al transformar tantas cosas en la Iglesia: la liturgia, el canto, la pastoral, la relación con los hermanos protestantes y ortodoxos y la teología de la relación con el mundo. ¡Cuánto a la vez! ¿Qué quedaba por decir que no fuera encontrar un nuevo modelo que se distinguiera del de las generaciones precedentes, sobre todo cuando ellas habían maltratado a más de una corriente tradicional?
Era un resistente, lo confirmé con frecuencia. Lo había conocido en la Comisión del Esquema XIII del Concilio, lo que llegaría a ser la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo (Gaudium et spes). Luego lo volví a encontrar en Cracovia, en la trinchera, con ocasión de la consagración de la iglesia que los católicos finalmente y tras muchos problemas habían conseguido construir en Nowa Huta, la nueva ciudad, la ciudad de la civilización nueva de la que los comunistas habían querido excluir cualquier construcción religiosa
De paso por París (desde Roma) en los días previos a la elección pontifical, refiriéndome a él como candidato posible, incluso muy plausible, pronuncié esa palabra: resistente 1. Este calificativo decía muchas cosas de quien sería Juan Pablo II, y explica mucho acerca del gobierno de estos casi veintisiete años.
En los acontecimientos
del mundo
Juan Pablo II fue un gran protagonista en los acontecimientos del mundo. Para el historiador será tarea difícil medir su impacto en este terreno. Más allá de cierta leyenda, él solo no produjo la caída del régimen comunista pero sin él más de un acontecimiento importante hubiera tenido un curso diferente. Solidaridad, el sindicato de Walesa, ¿habría podido hacer lo que hizo sin su apoyo constante? A raíz de esto la palabra solidaridad entró en el vocabulario social católico en la encíclica Sollicitudo rei socialis (1988) 2. Todos recuerdan los famosos viajes a Polonia en tiempos de Jaruzelski, el comisario de Moscú.
No dudó decir a propósito de los Balcanes que era necesario desarmar a los agresores incluso por medio de las armas; resistió al máximo la construcción del poderío que observaba en la precipitación del primer presidente Bush con ocasión de la guerra del Golfo, así como la ligereza del segundo (George W.) en la empresa irakí pasando por sobre el derecho y la prudencia. Juan Pablo II no consiguió detenerlos, pero quedó como la voz de la conciencia frente a estas peligrosas empresas. Todo esto quedará en la historia de los hombres y de las naciones. Nos salvó de dejar la impresión de que en estos acontecimientos el cristianismo había sido arrastrado en la lucha contra el islam. Juan Pablo II también será recordado como quien en 1991 saludó la no-violencia que presidió de modo extraordinario el fin de los regímenes comunistas.
Es necesario recordar también hasta qué punto fue defensor de las naciones, sobre todo en la Unesco (París,1980), pareciendo retroceder respecto de sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI en el apoyo brindado a la constitución de autoridades mundiales. Él quería defender las culturas de los hombres, su personalidad, su originalidad y, por lo tanto, su diversidad: el ser humano mismo, decía él, y agregaba: Mis palabras traducen una experiencia particular. Soy hijo de una nación que ha vivido las mayores pruebas de la historia, una nación a la que sus vecinos han condenado a muerte varias veces, pero que ha sobrevivido [...]. Ella ha conservado su identidad. A pesar de las divisiones y de las ocupaciones, ha conservado su soberanía nacional [...] apoyándose únicamente en su cultura. Lo que significa que él veía en las naciones el único cuadro político posible para el futuro.
Asimismo, Juan Pablo II al igual que Juan XXIII le dio a los derechos humanos un lugar central en cualquier organización política, nacional o internacional y denunció vigorosamente su violación, comenzando por la libertad de conciencia y de religión, especialmente al principio de su pontificado. A pesar de todas las proclamas decía, los derechos humanos son violados de mil maneras: Somos testigos de los campos de concentración, de la violencia, de la tortura, del terrorismo y de múltiples discriminaciones. La limitación de la libertad religiosa y su violación contrastan con la dignidad del hombre y con sus derechos objetivos… Nos encontramos en este caso frente a una injusticia radical respecto a lo que es particularmente profundo en el hombre, respecto a lo que es auténticamente humano 3.
En Saint-Denis, en 1980, el Papa subrayó también cómo las palabras-clave de la Revolución francesa, libertad, igualdad, fraternidad, están en consonancia con el cristianismo e incluso provienen de él. En 1988, en el Consejo de Europa, en Estrasburgo, mostró la continuidad de los valores cristianos y de los valores europeos desde la antigua Grecia como fundamentos de Europa. La fe en Dios creador ha desmitificado el cosmos para ofrecerlo a la investigación racional [...]. En paz con el cosmos, el hombre cristiano aprendió a respetar el valor inestimable de cada persona [...]. Los seres humanos no viven ni piensan en vano: el cristianismo les enseña que la historia no es un ciclo indiferente, sino que encuentra un sentido en la Alianza que Dios les propone. Más tarde expresará su aflicción ante la falta de reconocimiento explícito en la constitución de la Unión Europea de este aporte cristiano. Este Papa, en tanto papa, se sentía europeo. El centro de la Iglesia católica, para él, permaneció, de manera significativa, europeo, incluso siendo universal la Iglesia.
Juan Pablo no dejó de promover un gran proyecto común con Gorbachov un proyecto osado para un polaco en los finales del comunismo: el de una casa común para Rusia y para Europa. Si bien durante los últimos años se dio una cierta asociación de Rusia con la Unión Europea, el acercamiento no es el soñado.
Estos son los grandes trazos de la influencia en la historia de un hombre sin apoyo de tropas, sin una sola división (como en otro momento señalaba Stalin), armado de una formidable confianza y de un similar espíritu de resistencia, sostenido por sus hermanos de la gran comunidad católica en el mundo entero. En el balance de sus obras en pro de la humanidad, es preciso también contabilizar sus grandes gestos de arrepentimiento en nombre de toda la Iglesia, a lo largo de su historia (aunque a veces discutidos): en Gorée, Senegal, por la participación de cristianos en la trata de esclavos; al igual que en América latina, Canadá y Australia por el maltrato a los pueblos indígenas; en Jerusalén por las faltas y los juicios insensatos de que fueron culpables tantos cristianos a través del tiempo en contra de los judíos, nuestros hermanos mayores, como él los llamó. ¿Cómo no recordar aquí la imagen de este papa viejo caminando para depositar su carta de arrepentimiento en una hendidura del Muro de los Lamentos en Jerusalén?
Su fe, su pasión
El gran rabino de la sinagoga Victoria de París, Gilles Bernheim, explicaba recientemente cómo entendía él la fuente de este compromiso: Acaso el poder de este hombre provenga únicamente de la densidad y de la simplicidad de su fe. Un hombre que mide al hombre con la vara de Dios 4.
En la Iglesia, Juan Pablo II concibió algo semejante a un programa de recuperación o de restauración del orden. Debía emplear los términos restablecimiento de la gran disciplina grande en oposición a pequeña y mezquina. Aunque se le podrá reprochar haber cedido alguna vez al restablecimiento también de la pequeña. Algunas medidas severas
que vinieron de sus colaboradores o incluso de él mismo. Pero lo que sobre todo le dio a la Iglesia fue su pasión por el Evangelio, su gran amor a Jesucristo. Llegó al pontificado en la huella del Concilio Vaticano II que había tratado, a través de la constitución Dei Verbum, de devolver su plena significación y primado al Evangelio y a la Palabra de Dios, fundamento incuestionable de la Iglesia. El concilio había tratado también de asentar sobre el Evangelio mucho más que sobre un derecho natural, solamente filosófico y abstracto todas sus declaraciones tocantes a la vida de los hombres. Juan Pablo II perseveró en esta actitud y la profundizó, salvo en algunos puntos que hacen a la sexualidad y a la vida en lo que fue menos aceptado, y con frecuencia criticado. En su encíclica Redemptor hominis suya como prácticamente ninguna otra, salvo una parte de Laborem exercens sobre el trabajo, enteramente escrita por él, Juan Pablo II es guiado a lo largo de ella por el Evangelio, por la figura de Jesús: En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia. Es necesario por tanto que todos nosotros, cuantos somos seguidores de Cristo, nos encontremos y nos unamos en torno a él mismo 5. Y también: Jesucristo es el principio estable y el centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado al hombre.
También recordamos la expresión del Vaticano II constantemente retomada por Juan Pablo II en los primeros años de su pontificado: Por Jesucristo, Dios se unió en cierta manera a todo hombre, al hombre entero y a todos los hombres. Un ser querido por Dios, elegido por él desde toda la eternidad, llamado, destinado a la gracia y a la gloria. Se refería a lo que es cada hombre, el más concreto, el más real. Este es el hombre en toda la plenitud del misterio del que se ha hecho partícipe en Jesucristo, misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes [ahora ya cabe decir seis mil millones] sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la madre 6.
La Iglesia debe marchar siguiendo el camino del hombre, ya que también Cristo marchó por ese camino. En estas frases está lo más profundo, lo más apasionado de Juan Pablo II. Inolvidable, pese a alguna crítica severa dirigida a una u otra de sus afirmaciones y tomas de partido.
El hombre de la visita a sus hermanos
Juan Pablo II se impuso como papa una misión principal, si no exclusiva: acercarse a sus hermanos, a todos si hubiera sido posible; visitarlos, confirmarlos en el Evangelio. No realizó insistía en esto viajes de ninguna manera políticos (hasta cierto punto…) sino pastorales, visitas pastorales. Al comienzo de su pontificado, como buen obispo, visitó casi todas las parroquias de Roma, su diócesis (si bien tenía también un vicario). Viajero infatigable, vio y escuchó a innumerable cantidad de cristianos, mucho más que ningún otro papa en la historia; sin descuidar, si las circunstancias lo permitían, a los cristianos de otras comunidades e Iglesias, así como a judíos, musulmanes, budistas. A todos, y a los cristianos en primer lugar, les habló del Evangelio.
También quiso proponer a todos modelos de santidad de vida, incluso en la patria de cada uno, de su cultura, de su asociación o congregación. De allí el gran número de canonizaciones bajo este pontificado; tantas, si no más, que en toda la historia de la Iglesia. Siempre con el mismo objetivo: estar presente y próximo a todos y a cada uno, sean un millón, dos o más.
Era papa; pero ante todo sacerdote. Como todo sacerdote, sentía la obligación de administrar él mismo, en algunas ocasiones, todos los sacramentos de la Iglesia: el bautismo, la confirmación, el matrimonio, la reconciliación (además de las ordenaciones de obispos y presbíteros). Iba algunos días de Cuaresma a escuchar a los fieles y a darles la absolución y la reconciliación en un confesionario de la basílica de San Pedro. Cumplió su ministerio de manera original, imaginativa: algo inédito en la historia reciente de los soberanos pontífices.
***
¿Cómo será el futuro? Imposible saberlo. A pesar de la admiración que suscita la extraordinaria actividad apostólica de Juan Pablo II en todas las Iglesias, uno puede preguntarse si para la Iglesia esa misma actividad fue totalmente positiva. ¿Contribuyó a disminuir el peso o la autoridad de los obispos, la de cada uno en particular? Sin duda, no estimuló la colegialidad, una de las cuestiones a menudo criticadas a lo largo de su pontificado. Juan Pablo II admitió, en 1995 (en la encíclica Ut unum sint, Para que sean uno), que el ministerio del papa que debía ser un servicio, pudo manifestarse bajo una luz bastante diferente, tal como ya lo había dicho también al patriarca Dimitrios I de Constantinopla. Alentó a todos los cristianos a reflexionar juntos, en el futuro, sobre las formas del ejercicio de este ministerio: Esta es una tarea inmensa que no podemos rehusar [...]. La comunión real, incluso imperfecta, que existe entre todos nosotros, ¿no podría alentar a los responsables eclesiales y a sus teólogos, a instaurar conmigo, sobre este punto, un diálogo fraternal y paciente, en el cual podríamos escucharnos más allá de polémicas estériles?. Se podría decir que hasta el momento la propuesta no obtuvo una respuesta amplia; hay una deuda.
Pero no es necesario que la forma de obrar de Juan Pablo II hoy objeto de nuestra gran admiración sea la norma para el futuro. Estos años han sido una página poco común de la vida pastoral de la Iglesia. Juan Pablo II quiso bautizarla una nueva evangelización, no sin cierta subrepticia polémica a ojos de algunos. Pero no caben las sutilezas: Juan Pablo II ha contribuido poderosamente a evangelizar y a animar las grandes reuniones que congregaron a los cristianos. Todavía recuerdo las Jornadas mundiales de la juventud de Manila, de París sus encuentros en París no fueron los más numerosos, pero ofrecieron algo inusitado; finalmente la de Roma. Se ama al cantor, no a la canción… Los jóvenes, al escuchar al Papa, no le han hecho mucho caso a todas sus recomendaciones, pero ello no impidió que se encontraran con el Evangelio y se pusieran en contacto con su mensaje.
En el balance es necesario anotar también un aspecto muy positivo: la iniciativa de reunir a las religiones en Asís para orar en común por la paz. Le escuché decir: Esto nos costó un monseñor Lefebvre. Y el cardenal Etchegaray respondió: Santo Padre, también hubo otras razones en la defección de monseñor Lefebvre. El Papa no hizo comentarios pero unos instantes después confirmó: Igualmente, volvería a hacer Asís. Un compromiso fuerte, en verdad.
Finalmente este hombre, predicador del Evangelio, tan profundamente atento a comprometerse según ese Evangelio, fue un hombre de gran espiritualidad, transfigurado por la Palabra que comunicaba. Quiero terminar este retrato un retrato más que una historia, recordando cómo rezaba en todos los santuarios que visitaba y con qué atención y concentración, con qué emoción, celebraba la Eucaristía, revelando allí su total adhesión a Jesucristo. No encuentro homenaje mayor para un papa que el de remarcar este aspecto de su vida y de sus días.
Texto de Études (París). Traducción de Alberto Azzolini.
1. Para mí era improbable que se eligiese otra vez a un italiano: se decía que tanto uno como otro de los dos principales candidatos, el cardenal Siri de Génova y el cardenal Benelli de Florencia, no habían podido obtener la mayoría requerida y que se había recurrido a una solución de compromiso eligiendo al cardenal Luciani. Los más nombrados entre los candidatos no italianos, el cardenal Suenens de Malinas-Bruselas, el cardenal Koenig de Viena, el cardenal brasileño Lohrscheider de Fortaleza, eran demasiado ancianos o no tenían buena salud, sobre todo el último. Lo veía al cardinal Wojtyla de Cracovia… si los cardenales creían necesaria una persona resistente, en el sentido en que yo empleaba la palabra.
El autor es miembro del Centre Sèvres y CERAS, París.
2. En la Francia católica, por ejemplo, la palabra solidaridad estaba casi prohibida por haber sido la bandera social de la IIIª República (ver Le Solidarisme de Léon Bourgeois)…, más o menos en oposición a la caridad de los católicos.
3. Redemptor hominis, 1979.
4. Gilles Bernheim, El Papa, ese poeta que llama a los judíos «sus hermanos mayores», Le Monde, 6-7 de febrero de 2005.
5. Redemptor hominis, 1979, n. 11.
6. Ibidem, n. 13.
De Karol Wojtyla a Juan Pablo II
¿En qué suelo vital arraigan las raíces de un hombre que ha cambiado la historia de Europa, que ha determinado el rumbo de la Iglesia católica durante más de veinticinco años y ha llegado a convertirse en una referencia moral para millones de hombres de toda cultura, religión y geografía? ¿De qué fuentes originales ha bebido y en qué manantiales ha seguido abrevando hasta los últimos días en los que el dolor y el resuello lo agotaron hasta el borde del abismo?
Karol Wojtyla, obispo de la ciudad en la que vertieron su sangre los apóstoles Pedro y Pablo, por ello padre de la comunidad católica, era ante todo un niño polaco, que llevaba sobre sus espaldas la entrañable historia de una familia herida por la desgracia, y de una patria durante siglos repartida entre los imperios circundantes y finalmente subyugada hasta la destrucción por el nazismo y el comunismo.
Su vida tuvo tres etapas claramente diferenciables, con contenidos diversos pero entrelazados entre sí. 1920-1946, como tiempo de infancia, guerra, clandestinidad, trabajo en fábrica y ordenación sacerdotal. 1946-1978, como tiempo de responsabilidad de la fe y de la Iglesia ante unos poderes que le negaron dignidad y sobre todo la libertad personal para creer, celebrar y existir públicamente como creyentes delante de Dios. 1978-2005, como tiempo de máxima responsabilidad más allá de orígenes y patria, para toda la Iglesia católica y desde ella para la humanidad.
¿Cuál es el legado de su infancia y juventud? Ante todo, unos padres profundamente religiosos, donde la oración fiel y la piedad serena pero intensa sostenían dificultades, enfermedades y penurias económicas, desde la muerte de la madre hasta la de su hermano, joven doctor en medicina, contagiado por sus enfermos. Luego el instituto con todos sus amigos y amigas, protestantes, ortodoxos, judíos, increyentes; la universidad con su pasión por la filología y el teatro. Sobre mi mesa tengo una foto de esos años dirigiendo la escena en las aulas universitarias y trayendo a la conciencia de los polacos perseguidos los grandes nombres de sus héroes, de sus escritores y de sus santos, como cimas de libertad y modelos de dignidad. Siguió el arresto de sus profesores universitarios, el propio trabajo en la fábrica y su experiencia en un laboratorio químico.
De esos años le quedó para siempre la convicción de que el arraigo es esencial a la vida humana y el desarraigo es el origen de la inseguridad y desamor, desaliento y desesperanza. Aquel fundamento y agraciamiento de madre y familia le quedaron como raíces de gratitud y de responsabilidad, de fidelidad y de respuesta. Arraigo primero en el amor, cuidado y entrega de rostros amigos, a través de los cuales relumbró para él otro amor originante y absoluto, fiel e inolvidable: Dios. ¿Cómo ser sin fundamento y crecer libre sin amor personal? ¿Cómo existir sin esa referencia de la criatura al Creador? Ése fue el cimiento de su confianza, esperanza y atrevimiento frente a tantos miedos.
De su origen y ejercicio ministerial primeros le quedaron lo que podríamos llamar su polonidad. Voluntad de ser sí mismo y afirmarse frente a las potencias ideológicas y políticas que imponen una identidad. Voluntad de patria y de Iglesia, de fe y de esperanza. Todo eso en un cruce sorprendente entre el racionalismo y la metafísica alemana por un lado y, por otro, un mesianismo y misticismo eslavos, reconociendo a ambos, y sin querer ceder a la presión de ninguno de ellos. De ahí sus tintes proféticos y mesiánicos que nos trajeron el eco de grandes rapsodas polacos como Norwid o Miekievicz. ¿Ha habido alguien en estos decenios que haya sumado con más confianza el amor a su patria y la pasión de fraternidad universal?
En aquellos años polacos de profesor universitario y testigo público de la fe se acercó a los grandes autores. Si yo tuviese que elegir tres nombres decisivos de su forma mental, enumeraría a san Juan de la Cruz, del que se nutrió como texto de vida y de oración en su casa, sobre el que hace la tesis doctoral luego en Roma y lo acompañará siempre, como testigo vivo del Dios viviente (elemento místico). El segundo nombre es Max Scheler, con la fenomenología y el personalismo, que supone el paso de la preocupación lógica por el funcionamiento de los conceptos a la ejercitación metafísica y encuentro con lo real, dejando a la realidad ser, decirse, revelarse y a las formas de existencia ejercitarse: el amor, la fidelidad, el matrimonio, la virginidad, el entusiasmo, la paternidad, el lenguaje del cuerpo, los valores (elemento metafísico y ético). El tercer nombre será doble, dos teólogos: H. de Lubac y H. Urs von Balthasar. De ellos recibe el sentido de la catolicidad, de la misión, de la verdad humilde pero sobrehumana, de una vida de iglesia arraigada en sus fundamentos cristológicos y pneumatológicos. Y sobre todo el sentido de la Belleza, la que está en el meollo de la realidad, la que hace del teatro de la existencia el esplendor de la libertad, la que refleja la gratuidad absoluta de Dios, que se da entero y personal, que nada exige y todo lo hace posible (elemento estético).
En la tercera fase, que va de 1978 a 2005, fue la cabeza de una comunidad de más de mil millones de fieles, y a la vez símbolo de un ideal moral y de una responsabilidad histórica. Si a veces se critica a la Iglesia, y al Papa, es porque se reconoce que ella está llamada a ser la máxima palabra en el orden de la exigencia humana y de la promesa divina. Y el mayor odio deriva de quienes, por compartir actitudes, posturas morales o ideas políticas contrarias, no creen recibir legitimidad y dignidad de aquella persona e institución que más podían conferírsela; ese Papa e Iglesia que mantienen en alto los ideales evangélicos, las bienaventuranzas y los derechos humanos, aun siendo conscientes de que ellos mismos no siempre están a la altura debida.
De su magisterio en Roma yo señalaría cuatro campos distintos con tres encíclicas en cada uno. Las primeras y más originales han sido las que ha dedicado a lo específico cristiano, el misterio trinitario: Cristo (Redemptor hominis, 1979), el Padre (Dives in misericordia, 1980) y la acción del Espíritu Santo en las almas (Dominum et vivificantem, 1986). Un segundo campo significativo es el del mundo obrero, del trabajo y de la economía (Laborem exercens, 1981; Sollicitudo rei socialis, 1988; Centesimus annus, 1991). Con esta trilogía Juan Pablo II quiso elevar la voz para reconocer lo que una ciencia económica está aportando a la vida humana, más allá de violencias propias del nazismo y el comunismo, y más acá de un materialismo positivista que deja a los pobres en los márgenes de la historia.
El tercer grupo de encíclicas se refiere a una de las máximas tareas de la Iglesia: el ecumenismo, el intracristiano primero y luego el diálogo con otras religiones. Para que el papado no sea un obstáculo a la unión publicó la encíclica Ut unum sint (1995); para mostrar su aprecio y abertura a las iglesias orientales, la carta apostólica Orientale lumen, y para iniciar una nueva presencia de la fe en el mundo nuevo, equivalente a la Evangelii nuntiandi de Pablo VI, publicó en vísperas del jubileo su programa Tertio millenio adveniente (2000). El cuarto grupo es el más abierto a los problemas de la fe comunes con los de la humanidad: el sentido moral, la diferencia entre el bien y el mal, las exigencias objetivas del ser humano. Ésa es la amenaza mayor para la humanidad: la pérdida del sentido moral. A ella dedica la encíclica Veritatis splendor (1993). Junto a ella está la preocupación por la sacralidad de la vida y defensa de la persona, su excendencia respecto de todo poder humano y la simultánea responsabilidad de cuidar de la salud de los enfermos, a la vez que de los nacientes, decrecientes y murientes (Evangelium vitae, 1995). En este marco último se sitúan otros dos textos capitales: la propuesta del evangelio como oferta de verdad a todos los hombres, que no se contrapone a sus culturas o historia, ya que es de otra naturaleza por ser don de Dios (encíclica Redemptoris missio, 1991), y el diálogo entre la fe y la razón, la pasión por la verdad que el hombre puede y debe buscar para su incremento y plenitud suprema sólo donde se busca y afirma la verdad puede el hombre defenderse ante el poder (encíclica Fides et ratio, 1998).
Tres palabras suyas caracterizaron su persona y su misión: No tengan miedo, que pronunció el día de la elección, recogiéndolas de labios de Cristo dirigidas a los apóstoles; Mar adentro, expresión de una responsabilidad cristiana, confiadamente asumida: hay que adentrarse en la historia, en la razón y en la gracia, confiados en quien nos llama, guía y sostiene. Finalmente, la palabra más sagrada de todo apóstol: Abran las puertas a Cristo. Para ellas vivió y hasta el final las acreditó en un ejercicio personal que fundió vida personal, misión eclesial y misterio divino. Lo cumplió como persona y no como personaje, en la enfermedad y en la vejez, dignificando así en un tiempo en que la juventud se afirma como edad absoluta y normativa a la vez que aumentan los viejos, la enfermedad y la vejez, la fidelidad y la confianza en la Iglesia para vivir del Espíritu, que es quien la sostiene más que el régimen eclesiástico.
Un Papa es decisivo, pero no lo es todo en la Iglesia. Ninguna psicología ni personalidad confiere a la misión apostólica toda su fecundidad. Concentrándose en aquellos aspectos que son más conniventes con su historia y formación, cada Papa atiende unas urgencias y desatiende otras, perdiendo reales posibilidades; favorece unas instituciones y relega otras. La Iglesia es católica; su plenitud es plena en raíz y sucesiva en los frutos; va llegando a ella, por acciones y reacciones. No todos podemos hacer todo. Pero lo que hemos hecho, ¿lo hemos hecho bien? Un héroe, un testigo, un padre ha sido Juan Pablo II. A su luz uno siente el gozo de ser cristiano, a la altura del tiempo, y la alegría de ser miembro de la Iglesia católica, sin sospecha alguna ni reticencia disidente, sino en lúcida y gozosa confianza.
Junto a la foto del joven universitario dirigiendo teatro en su universidad tengo en mi mesa otra de Juan Pablo II que, en unos días de verano en Cadore, se desvía del camino y de pronto se encuentra en medio de unos labriegos que recogen el heno en un prado. Y allí está con un matrimonio y su hija que, con los sombreros de paja propios del tiempo, los rastros al hombro y los cestos con la ricia, lo saludan como si fuera el vecino del prado de al lado. Con aquella normalidad del amigo o del familiar que vuelve a verlos. Un hombre así devuelve la fe en la humanidad y acrecienta la fe en Dios. Bendito sea su nombre.
Benedicto XVI
En sus setenta y ocho años de vida, Criterio ha saludado el advenimiento de cinco sucesores de Pedro y lo hizo siempre con idéntica fidelidad y afecto, y así lo hace con el sexto, Benedicto XVI, nacido casi al mismo tiempo que la revista. La Iglesia entera, vuelve a alegrarse con la gran noticia anunciada desde el balcón de la basílica de San Pedro: Habemus Papam! porque se agrega un nuevo eslabón en la larga cadena de quienes, santos, mártires y pecadores, grandes y mediocres, escucharon el mandato de apacentar las ovejas confiado a Simón Pedro pescador de hombres y piedra del edificio eclesial por Cristo Resucitado un atardecer a orillas del Lago de Genesaret.
Suele ocurrir que la elección que realiza el Colegio de Cardenales en el imponente marco de la Capilla Sixtina, no responda a los pronósticos y las especulaciones, que en este caso comenzaron aún en vida del anterior Pontífice. El nombre de Joseph Ratzinger fue mencionado desde que falleció Juan Pablo II. Se afirmó con su homilía como decano del Colegio en las exequias, con la dirección de las congregaciones generales que los cardenales realizaban día a día, y con la predicación en la misa previa al ingreso al cónclave. El cardenal alemán superaba en tres años la edad en que, según el Concilio y el derecho canónico, los obispos están urgidos a poner su renuncia a disposición del Papa, y estaba a sólo dos de perder su condición de elector. Ello unido a la identificación con las posiciones doctrinales más rígidas que conllevaba su cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante más de dos décadas, parecía impedir que su candidatura se afianzase. Pero tras un cónclave breve, signo de una esencial unidad, el imperturbable cardenal protodiácono Jorge Medina Estévez anunció la elección de quien adoptó el nombre de Benedicto XVI.
El hecho mismo de la tradicional fumata bianca hizo cundir el júbilo, aunque este estado de ánimo se transformó en sorpresa cuando no desilusión para quienes anhelaban que el nuevo Papa ya no proviniese de Europa y menos del gobierno central de la Iglesia, sino de América latina cuando no de África. Había también expectativa de que soplarían aires nuevos en la conducción eclesial y en temas sensibles de moral, al menos como lo planteaban algunos medios de comunicación. Pero, más allá de las críticas, que no fueron pocas, predomina en los católicos un sentido de sincera y filial adhesión al nuevo Papa, y en el mundo, de respetuosa confianza.
No es razonable pensar que la Iglesia vaya a cambiar el dogma en cuestiones sustanciales de doctrina, sólo porque lo pidan los periódicos, ni que el origen geográfico y étnico vaya necesariamente de la mano de ciertos reclamos. Pero ciertamente, hay debates pendientes, muchos de ellos vinculados a la vida interna eclesial. Habrá que aguardar, y no dar por supuesto que ellos no ocurrirán.
Cuando escribimos este editorial, Benedicto XVI acaba de dar solemne comienzo a su ministerio petrino como Obispo de Roma, terminología cargada de hondo significado ecuménico, elegida para caracterizar la misa del domingo 24 de abril. En efecto, el Papa es ante todo obispo de Roma, y es en tal carácter que ejerce el servicio de la Iglesia universal. No es fácil, especialmente para la amplia franja de los menores de treinta años, acostumbrarse a un rostro distinto del papa Juan Pablo II, pero lo mismo ocurrió otras veces para los que han atravesado esta instancia más de una vez: gradualmente se establece un vínculo entre el Papa y el pueblo de Dios de acuerdo al estilo y el carisma de cada cual. Benedicto XVI no es ciertamente un intelectual frío y duro sino un hombre que trasluce ternura, alegría, inteligencia, sensibilidad y una fuerte espiritualidad. Ha aportado a la teología, de la que es uno de los más importantes exponentes actuales, profundos estudios sobre la Alianza y la creación, el amor indestructible de Dios al hombre, la centralidad cristológica, con un acento agustiniano-platónico puesto en la verdad dentro de la caridad vivida. Entre sus obras se destacan su Introducción al cristianismo (1967), que él mismo considera la madurez de su síntesis personal de la fe cristiana; y Mi vida, autobiografía escrita en un estilo narrativo que abarca desde 1927 hasta 1977, cuando fue llamado a ser arzobispo de Munich-Frisinga. Quizá no sea como su predecesor un carismático hombre de multitudes, pero no se esperaba, ni se quería, una repetición o, peor, una imitación. Posiblemente sea capaz, en un pontificado más breve que el de Juan Pablo II, de audacias que no pueden hoy siquiera conjeturarse.
Que el nuevo Papa haya enfatizado, desde el comienzo, su compromiso ecuménico y su apertura al diálogo con el judaísmo, el islam (al que se refirió en sus palabras del lunes 25) y las demás religiones y con los hombres y mujeres de buena voluntad, es signo elocuente de lo que Juan Pablo II escribió en su testamento y Benedicto XVI reiteró el 20 de abril ante el Colegio Cardenalicio: Estoy convencido de que las nuevas generaciones podrán servirse durante todavía mucho tiempo de las riquezas proporcionadas por este Concilio del siglo XX. A cuarenta años de la conclusión del Vaticano II, el Romano Pontífice, él mismo en su tiempo perito conciliar y creado cardenal por Pablo VI, reafirma que es un programa pendiente de profundizar para que arraigue en la Iglesia. En la Basílica de San Pablo extramuros, elegida para la primera visita, quiso marcar que la de Roma es también la Iglesia del Apóstol de las Gentes. En esa basílica, Juan XXIII anunció el Concilio Vaticano II, y su Puerta Santa fue abierta por Juan Pablo II flanqueado por un obispo ortodoxo y uno anglicano el 25 de enero de 2000. El gesto de Benedicto XVI está cargado de hondas resonancias misioneras y ecuménicas.
El nuevo Papa ha retomado una frase que asumió para sí mismo en una de sus evocaciones de Juan Pablo II: Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras dirigidas particularmente a mí: ¡No tengas miedo!. Tal es el mensaje que resuena, como en octubre de 1978, al inaugurarse también este pontificado en una Iglesia a la que Juan Pablo II dejó más valiente, más libre y más joven. Lejos de tremendismos y desánimos, el Papa quiere contagiar su gozosa certeza: La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva porque Cristo está vivo. Ahí está la novedad perenne de lo que cada bautizado tiene la misión de vivir sabiendo que no se está nunca solo, ya que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios y porque todos nosotros somos la comunidad de los santos. Una Iglesia viva y joven, que no es indiferente sino que sale al encuentro de quienes están en los desiertos interiores y exteriores, los de la soledad y la oscuridad de Dios, los de la pobreza y el hambre.
El Papa sabe que él no está solo, porque toda la Iglesia ora por él, como la comunidad naciente de Jerusalén hizo con Pedro. En su homilía inaugural habla también de aprender, aprender a amar, aprender a llevarnos unos a otros. Así como la Iglesia se abre en los grandes círculos, descriptos admirablemente por Pablo VI en su primera encíclica, comienza por un diálogo ad intra, es decir, en el interior de la Iglesia. Es todo un método que requiere ejercitarse en la comunión y recorrerse en el amor. Para hacer de la Iglesia casa de comunión y mansión del diálogo.
El cardenal Ratzinger eligió como nombre el de Benedicto (Benito) XVI. Su inmediato antecesor en el nombre, Benedicto XV (1914-1922), gobernó la Iglesia pocos pero intensos años y fue apóstol de la paz en una Europa arrojada a inútiles estragos. El papa Ratzinger, hijo de una región marcada por el monaquismo benedictino, ha querido tomar ese nombre por san Benito de Nursia, patrono de Europa. Para algunos fue un signo de europeocentrismo poco feliz. Pero Benito es uno de los más grandes santos de la Iglesia, fundador de una orden que contribuyó a salvar la cultura en épocas oscuras. No está de más recordar la forma en que comienza la Regla de san Benito: Obsculta, o fili, Escucha, hijo.
El de Pastor es también un ministerio de escucha, porque el que ama sabe, ante todo, escuchar. Y la primera voz a la que el Papa quiere estar atento es a la de Cristo, el Hijo de Dios vivo: Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.
Desde esa actitud Benedicto XVI estará atento a las voces de los hombres, las alegrías y esperanzas, dolores y tristezas del mundo de hoy al que una Iglesia, siempre joven, siempre viva, necesita encontrar formas renovadas de llevar el mensaje de Cristo. Hay tensiones, sufrimiento, desconcierto, que muchos sacerdotes, religiosos y laicos no encuentran la manera de expresar. Hay, sobre todo, variedad de carismas, mucho más hoy que la Iglesia florece en lo que hasta hace no mucho eran tierras de misión, y busca implantarse de nuevo en lo que fue su centro de irradiación, asediado por el secularismo y la indiferencia. Confirmar en la fe, escuchar y servir, para que la multiplicidad de dones sea riqueza en la unidad, como padre y pastor aun para los más alejados, es la misión del 265 sucesor de San Pedro en la Sede de Roma, el primer Papa del siglo XXI.
La Iglesia ante el futuro
Como atraída por algo exterior, mientras tiene desplegado un rollo en sus manos, la sibila délfica que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sextina parece dirigir su mirada hacia el futuro. Tanto en los ojos como en la expresión de los labios se manifiesta una cierta imprevista emoción frente a un acontecimiento nuevo que parece conmover el estado de calma interior. Su rostro ilustra nuestra portada. En la misma sala donde fue elegido el nuevo pontífice, la mirada sorprendida de la profetisa pagana resulta emblemática.
De Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, se ocupa nuestro editorial y la nota de la teóloga brasileña María Clara Bingemer. Una entrevista realizada en 2002 nos acerca al pensamiento del entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe acerca de los desafíos de la Iglesia.
Algunas prestigiosas plumas de colaboradores y miembros de la redacción recuerdan, desde diferentes perspectivas y sensibilidades, la personalidad del papa Wojtyla:
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La escritora y crítica Raquel Barros se ocupa, a partir de Mrs. Dalloway, de una de las figuras más emblemáticas de la literatura europea en el siglo XX: Virginia Woolf, excelente narradora, acongojada ante la sinrazón de la guerra, centro de uno de los grupos intelectuales más conocidos en su época, Bloomsbury.
El investigador bahiense Agustín Neifert se pregunta en este número sobre el cine que viene, desde una mirada sociocultural.
El teólogo Gustavo Irrazábal vuelve sobre el tema de la Argentina como nación católica, a partir de Iglesia y comunidad nacional, el documento político episcopal más importante de las últimas décadas, siguiendo el debate abierto en nuestras páginas por el historiador




