Noviembre 2005
Algo de cine y notas de viaje
Conocíamos Madrid de un modo subterráneo, vale decir, habíamos hecho el recorrido en metro, como allá le dicen, desde la estación terminal de ómnibus (veníamos del País Vasco) hasta el aeropuerto de Barajas, algo así como si acá uno fuera en subte desde Ezeiza hasta Retiro, lo que sería muy práctico, pero poco turístico. Ahora podemos decir que conocemos Madrid también en la superficie, dicho esto en sentido literal y también figurado, ya que estuvimos caminándola durante una intensa semana.
El Incaa, que nos había invitado al festival de San Sebastián, nos invitó también a quedarnos para una muestra de cine argentino en Madrid, Argencine, que ha de repetirse, si Dios quiere, todos los años impares, en tanto los años pares gozaremos en Buenos Aires de Madridcine, en ambos casos con preestrenos, homenajes, presentaciones y renovación de vínculos. Agradecemos la idea (y en nuestro caso la consiguiente invitación) a Jorge Coscia y Carlos Morelli, dos personas que en vez de ponerle a uno el pie para que caiga, le ponen escaleritas para que suba, y además saben ser anfitriones hasta en tierra ajena.
Al respecto, con los colegas españoles fue difícil sentirse en tierra ajena. Ahora allá es primavera y aquí otoño, porque de otro modo no sabríamos en qué orilla del mar estamos, exageró don Jaime de Armiñan, el director de El nido durante un doble homenaje (la Comunidad de Madrid a siete de nuestros artistas afincados allá, empezando por Analía Gadé, y el Incaa a los productores y realizadores españoles que hicieron lucir a los nuestros en la madre patria), homenaje cumplido en el imponente Archivo y Biblioteca Regional, un edificio que otrora fuera primera fábrica de la Cervecería El Águila. En cuanto a los preestrenos, se dieron en el enorme Palafox y otras salas, destacando el interés por Iluminados por el fuego, que acababa de recibir el premio especial del jurado en San Sebastián y ha de estrenarse en España el próximo 2 de diciembre. Dato interesante, la mayoría del público era español. La verdad, éramos desconfiados, pero comprobamos que allá de veras aprecian especialmente a nuestros artistas y nuestro cine.
Las actividades oficiales incluyeron también una extensa conferencia de prensa, una nutrida recepción en la embajada argentina (que bien podría lucir mejor iluminada), y la presentación del libro de Coscia Del estallido a la esperanza en la mítica librería de cine Ocho y medio. Buena lectura, para que allá también conozcan, aunque sea de modo indirecto, a Discépolo, Scalabrini Ortiz y Martínez Estrada, entre otros polemistas que el hoy diputado levanta orgulloso como sus modelos.
Caminando. Aprovechamos los ratos libres caminando lo más que pudimos, a veces mediante el efectivo método de no saber ya ni dónde quedaba el hotel, que dicho sea de paso estaba muy bien ubicado a una cuadra del Teatro Real y a tres de la Plaza de Oriente y el Palacio Real. Por ahí empezamos la recorrida, y éstos son algunos de los apuntes tomados sobre la marcha.
Lindo hotel. Cerca están las oficinas de Alex de la Iglesia, Gerardo Herrero y otros cineastas. Al lado, la casa de Agustín Mahieu, recordado crítico del viejo diario La Opinión. Vive allí desde mediados de los 70. Quisimos visitarlo, pero estaba convaleciente de un golpe. También queríamos visitar al gran Fernando Fernán Gómez, que según nos dicen sigue siempre muy lúcido y divertido, pero ahora con la salud ya demasiado delicada (tiene más de 90 años). Lo hubiéramos molestado.
Placas y monumentos por todas partes. Aquí vivió, en un reposo de su cantar y correr por los mundos, el gran poeta Amado Nervo. Cerca, una placa de 1965 subraya el vil asesinato en 1935 de José García Vara, fundador de la Central Obrera Nacional Sindicalista. A pocas cuadras de la CNT, Central Nacional de Trabajadores, En esta plaza dio comienzo el motín de Esquilache el 23 de mayo de 1766, Domingo de Ramos. En una esquina del Palacio Real, un monumento a los héroes populares del 2 de mayo de 1808. Justo a la vuelta de su casa, una pequeña cruz de hierro sobre una columna evoca a Diego de Velásquez con esta frase: su gloria no fue sepultada con él. Aquí comienza Max Estrella, protagonista de Luces de bohemia, su trágico peregrinaje nocturno (…) y en este ámbito quiso que tuviese lugar el prendimiento del anarquista Mateo, dice una placa del Círculo de las Bellas Artes, justo en la esquina de Calle Mayor y Calle del Factor, frente a la pequeña iglesia catedral castrense y al monumento en memoria de las víctimas del atentado contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia, el 31 de mayo de 1906. Todo resuma historia. Y un pequeño busto dice simplemente Larra 1809-1837. ¡Tan pocos años necesitó para escribir como escribía, y tan pocas letras bastan para traernos de golpe a la memoria sus páginas tan llenas de hispánico sarcasmo!
Calles y recovecos encontrados al azar. Calle del Amor de Dios, Plaza de las Descalzas Reales, el Carmen Calzado, Bordadores, Tres Peces, Dos Hermanas, Mira El Río Baja, Mira El Río Alta, Cabestreros, Sombrerete y Tribulete, y de pronto Calle del Bastero, 13: un conventillo casi en ruinas, pero todavía con gente adentro, y en la puerta, de hierro forjado, la fecha, nada menos que 1862. Después sabremos que a ese tipo de conventillo les decían corralas, que ahí se afirmó el Madrid castizo, el de las clases populares y la zarzuela, contrapuesto al de la burguesía afrancesada.
Qué buena era la secundaria de antes. Capiteles, remates, barroco madrileño y barroco clasicista, neoclásico, churrigueresco, soportales, impostes, embocaduras, soleras, modelo carmelitano, jaspería, sillares, pilastras, todo eso aprendimos en sus manuales, y qué bien nos vendría recordarlo ahora claramente. Lo único que tenemos realmente claro es eso de jónico, dórico y corintio (ah, qué importante es la primera clase de cualquier materia).
De la Puerta del Sol (donde comen las uvas, y donde nos detuvimos a ver un lindo conjunto de músicos bolivianos tocando y bailando) se baja por la Calle de las Carretas hasta la de Atocha, cerca del barrio de Lavapiés. Allí, en Santa Isabel, entre negocios que venden pollos, pescados, pelucas, kebab, pizza turca, y un minitelevisor chino de plasma, está el precioso Salón Doré, donde da sus ciclos la Filmoteca Española, cuya sede queda a pocas cuadras, en Magdalena. Un edificio moderno por dentro e imponente por fuera, ya que ha sido en sus orígenes palacio del Marqués de Perales, y aún conserva la puerta y la fachada, bien del siglo XVII.
Adentro nos reciben María, de catalogación, y nuestro compañero del Museo Municipal del Cine de Buenos Aires Hayrabeth Alakahan, muy contento de pasante por unos meses. Ojalá pueda luego aplicar entre nosotros lo que está aprendiendo, pero eso ya es otra cuestión, y no queremos amargarnos pensando en los políticos argentinos que administran los fondos públicos. Preferimos reírnos ante el delicioso afiche de Faldere de una película muda, Los arlequines de seda y oro. Allí un joven torero se arrodilla a besar la mano de una monja, rodeados ambos de niñitos cabezones, de guardapolvo gris, inexpresivos, o acaso con una especie de odio larvado tras su mirada absorta. Son los hospicianos, porque viven en un hospicio, pero más bien parecen los zombies de Los usurpadores de cuerpos. Que nos disculpen, ¡pero es tan español este Faldere!
Otro afiche suyo promociona (es un decir) La gitana blanca: una mujer enteramente de negro y dos hombres, todos con gesto amargo, rodean a un pobre torero agonizante, echado en la cama al pie del crucifijo. Con la cabeza baja, los tres miran hacia el ángulo inferior izquierdo del afiche. Ideal para poner, justo ahí, una silla. De contrapunto, hay uno de Palau para la misma película, con el mismo torero, pero todo luminoso, con una mujer hermosa, claridad, ramos y canteros de flores, muchachas sonriendo en un auto descapotado. ¡Y es la misma película!
Viendo un mapa de la ciudad, comprobamos la existencia del Parque Eva Perón y la Avenida Juan Perón. Aun sabiendo que ya demolieron la casa del general, surge espontáneamente la pregunta ¿cómo podemos llegar a Puerta de Hierro?. El conserje responde, también espontáneamente: ¿Es que habéis venido a visitar los lugares sagrados?.
Un atardecer, caminata por Plaza España, con su monumento a Cervantes flanqueado por rascacielos de 1900 y 1950, y por el Parque del Oeste, lleno de monumentos (incluso uno al general San Martín), y en lo más alto, de pronto, un templo egipcio hermosamente iluminado y bordeado de palmeras. Es el Templo de Debod, hace 2200 años dedicado al culto de Amon, y en 1968 donado por el gobierno egipcio en agradecimiento a la ayuda española cuando aquello de los templos de Abu Simbel, en Nubia. Uno entonces recuerda cómo los europeos conocieron la cultura egipcia gracias a los científicos del ejército napoleónico, y de pronto descubre que justo al pie de ese templo, testimonio de antiguas culturas, está la colina donde ese mismo ejército fusiló, un día después, a los héroes populares del 2 de mayo. Paradojas de la historia: trayendo los ideales de la Revolución Francesa, José Bonaparte había proclamado que venía a romper las cadenas de la monarquía. Y esos infelices prefirieron morir gritando ¡Vivan las cadenas!. Ese es precisamente el momento que pinta Goya en una de sus obras más famosas. De casualidad, casi al otro día, en una escapada a Segovia, vimos cómo otro de sus cuadros, La carga de los mamelucos, justamente referido al día 2, cobraba vida durante el rodaje de una nueva película de Milos Forman, esta vez centrada en los tiempos de Goya (los hechos transcurrieron en Madrid, ya se sabe, pero el cine es el cine, y dicen que la parte histórica de Segovia es la que mejor se parece a la Madrid de comienzos del siglo XIX).
Volvemos a Madrid. La Gran Vía, empezada en 1910, el primer rascacielos de la ciudad, de 1929, el Edificio Metrópolis, de 1905 (y su Victoria Alada de 1975, justo el año que murió el generalísimo), la Calle y la Puerta de Alcalá, la Fuente de la Cibeles, el jardín tropical de la estación de trenes de Puerta de Atocha, todo tan lindamente cuidado y transitado. España venía de perder sus colonias y una guerra con Norteamérica, ya no era un imperio, pero el modernismo le devolvía el orgullo.
La Plaza Mayor, con su aire medio centroeuropeo. Donde hoy comen los turistas, bajo los soportales o directamente en la plaza, y canjean estampillas los domingos, durante el siglo XVI y el XVII los Austria contemplaron e hicieron contemplar imponentes autos de fe, que duraban todo un día hasta que al anochecer empezaba la quema de los condenados a la hoguera. Toda la noche duraban los fuegos. Pero uno se distrae con la siguiente publicidad, puesta ahí desde comienzos del siglo XX: Para el joven y el mayor este yogourth es el mejor. Solicítelo a toda hora en este colmadito. Cerca hay un restaurantito de comida rápida iraquí. Hemos visto también, a lo largo de estas andanzas, un Restaurante Chino Villanueva, un Restaurante Árabe Al Hambre, y un Restaurante Coreano La Barbakoa en su Mesa (y lo confesamos: la primera noche terminamos comiendo en un restaurante mexicano, atendido por una chica de Guadalajara).
Anuncio de un banco: da créditos a 40 años, pagaderos en cuotas de 18 euros mensuales cada 6000, siempre que uno sea joven y tenga un trabajo estable. Dicen que hubo gran aumento de la construcción respecto del año pasado. También en ese mismo lapso aumentó casi un 10% el número de accidentes laborales. Muchos albañiles son negros y latinos sin papeles ni cobertura social, ni posibilidad de conseguir el menor crédito. Precisamente en la semana que estuvimos, fue cuando 500 negros que venían de cruzar el Sahara intentaron la epopeya de cruzar la valla de tres metros de alto de Ceuta, pasar su corona de alambre de púas y saltar (algunas mujeres con sus niños a la espalda), con la esperanza de ser detenidos, ya en tierra española, e iniciar así un proceso legal que les permitiera algún día quedarse a ser explotados en Europa. Mejor eso que el hambre en el pueblo. Sólo 163, bastante lastimados, pudieron quedarse al menos por unos días.
Charla con Francine Gálvez, madrileña, hija de un andaluz y una camerunense. Locutora televisiva, directora de la revista Emisiones, programa propio. Toda mi vida fui la única negra que había en Madrid. Recién cuando estaba en cuarto año de la Universidad Complutense apareció una marroquí. Bienvenida, le dije, al fin alguien más de color oscuro. En 1997 fui a estudiar a Norteamérica. Cuando volví en el 99 me llamó la atención una familia de chinos en el bus. En apenas dos años, la ciudad se había llenado de inmigrantes de todos los colores. Y no sólo la ciudad. En una escapada que hicimos a Toledo, nos llamó la atención el suave hablar de una vendedora. ¿De dónde sos? De Toledo, responde casi ofendida. Pero pronunciás las eres de un modo tan suavecito. Es que soy rumana, nos confiesa. También rumano, el guía de la Iglesia de los Jesuitas, donde vemos al Santísimo Cristo Crucificado entre San Juan y la Virgen, ella con una espada clavada en el pecho. Me parece que un profeta anunció que una espada iba a atravesar su corazón, nos dice el guía. Cerca está San Francisco de Borja con una calavera que parece un mazapán. ¿O será que ya tenemos hambre? Judías verdes, solomillo de cerdo, gazpacho andaluz, sopa castellana, jamón crudo de bellota al desayuno, tempranillos y riojanos, es una suerte que hayamos traído el mate, y que nuestro médico haya quedado en Buenos Aires.
Nos quedó mucho por ver, y por volver a ver, sobre todo de lugares donde apenas estuvimos unas pocas horas, como La Granja, El Escorial, las antedichas Segovia y Toledo (quedamos con ganas de entrar a la casa del Greco, y al Alcázar, que está siendo reconstruido para Museo del Ejército Español), y, particularmente, volver a Alcalá de Henares, con su excelente museo arqueológico, la casa natal (reconstruida, pero muy bien) de Cervantes, los nidos de cigüeñas en cualquier techo, y la Universidad, en cuyo paraninfo se entrega anualmente el premio Cervantes a las letras castellanas. Ahí estábamos, tras haber cruzado la puerta hacia el primer patio (una de esas puertas de antes, que hay que levantar la pierna para entrar), respetuosamente quietos ante la quietud del lugar, cuando detrás nuestro irrumpieron dos turistas andaluzas. ¿Entramo? ¿Cómo nos vamo a quedá sin cultura y sin sabé? Entramo, nos tomamo una foto y salimo. Qué maravilla.
Algo más del V Festival Internacional de Buenos Aires
Con la puesta en escena de la adaptación de Tío Vania (1897) de Chéjov a cargo de Het Toneelhuis, la compañía de teatro belga más grande de Flandes, se clausuró brillantemente esta nueva edición del Festival Internacional. La mirada de Luk Perceval, director artístico y corresponsable de esta versión, se singulariza por desacartonar los textos tradicionales a través de propuestas innovadoras, cuando no drásticas, en las que, sin embargo, establece mediante la escenografía un vínculo sutil con el período histórico en que se desarrolla la acción. Perceval es además un gran conocedor del universo chejoviano al que se acerca por cuarta vez. Precisamente, buscando focalizar la atención del público en los personajes y su monótono vivir es que el director plantea todo el movimiento escénico desde la inmovilidad de una fila de sillas, que los actores sólo abandonan para adelantarse y bailar o para desplazamientos mínimos. El decorado de los laterales y el fondo de la escena sugieren un suntuoso salón de baile burgués de fines del diecinueve que, junto con la música de arias de ópera, contrasta con la fealdad y el prosaísmo de las vidas de los personajes. Este particular manejo del espacio escénico, fruto del trabajo conjunto de Perceval y su escenógrafa habitual Annette Kurz, se completa con un piso ondulante que dificulta cualquier movimiento, metaforizando así las limitaciones que recortan cualquier trayectoria humana y, en especial, la de las criaturas de Chejov detenidas como están en el sinsentido y la frustración de sus vidas. Por último, la elección de actores mayores para casi todos los papeles contribuye a generar la atmósfera de declinación vital y decadencia en la que se asfixian los jóvenes como Sonia y Astrov.
Revalorizando la visión del propio autor, que considera sus textos comedias, y contrariando la manera ortodoxa de representar Chéjov, Perceval se anima a una puesta que potencia los rasgos de humor y los trazos caricaturescos de los personajes y contrasta silencios muy extensos como el que da comienzo a la obra con verdades vociferadas en un registro llano y vulgar, expresadas gestualmente, a veces con cierto innecesario regodeo en lo escatológico, o traducidas en acciones. Para ello cuenta con un notable conjunto de actores que, encadenados a una silla, y desafiando hasta una lluvia torrencial en escena, construyen de manera impecable la totalidad de su expresión dramática. Sobresalientes resultaron las interpretaciones de los personajes de Sonia y el doctor Astrov, que en esta versión recupera algo del protagonismo que tenía en la obra original El espíritu de los bosques que Chéjov reescribe diez años más tarde y que hoy conocemos como Tío Vania.
Enrique IV
Aunque menos conocida que Seis personajes en busca de autor (1921), Enrique IV complementa, a la vez que profundiza, un planteo filosófico de pesimismo extremo. Su convencimiento de la imposibilidad de conocer la realidad por su indeterminación constante, lleva a Pirandello a explorar los límites entre ella y la ficción, teniendo en claro que todo sistema de pensamiento no es más que un intento por aprehender lo inaprensible. Si la personalidad es una construcción ficticia, una máscara a través de la cual el hombre procura aunque sin reconocerlo encauzar su cambiante existencia y encubrir su sufrimiento en la infinita comedia de ilusiones que es la vida, será válido preguntarse y esto es lo que hace el autor nuevamente qué es lo que diferencia a esta máscara de la teatral, deliberadamente asumida. El protagonista, que comienza identificándose con el rey alemán como parte del juego de una mascarada, creerá serlo durante doce años para luego, ya recuperado de su accidente, seguir representando este rol de por vida en un acto que es fruto de su libre elección. Este desenlace confirma la tesis pirandelliana de que sólo en el juego teatral se logra alcanzar la mayor conciliación posible entre vida y forma, entre lo espontáneo y lo predeterminado, entre instinto y razón.
La puesta en escena de Rubén Szuchmacher aborda el texto poniendo de relieve otra de las condiciones paradojales del teatro de Pirandello: su pesimismo y la densidad de sus ideas se expresan a través del humor. Para ello acentúa la índole fantochesca o ridícula de todos los personajes que, pasando por cuerdos y creyendo ser los burladores, terminan siendo los burlados y sospechados de su cordura. Para ello se sirve tanto del vestuario de un cromatismo violento y contrastante como de la marcación actoral de los personajes. Alfredo Alcón logra recrear magistralmente la personalidad dual de Enrique IV y transmitir a través de un texto, por momentos, complejo toda la desolación de quien constata la irreversibilidad de lo vivido, el dolor por el amor que no fue y los abismos de la existencia humana. Se destacan las interpretaciones de Elena Tasisto y Horacio Peña virtuales coprotagonistas, que tienen a su cargo duelos verbales de un brillante despliegue de ironía y sarcasmo. Sorprende la rigidez y falta de expresividad de Lautaro Vilo como el sobrino del protagonista. El desempeño del resto del elenco no supera lo aceptable. El cromatismo del vestuario y de la iluminación grises y luz atenuada para la ficción y colores vivos y luz destellante para la realidad deslinda plásticamente los dos mundos que se alternan en el texto.
De Benedicto XV a Benedicto XVI
Para entender la fundación de la Facultad es preciso mencionar que la teología se desarrolló como ciencia de la fe al adquirir estatuto universitario en el siglo XIII. La universidad nació del corazón de la Iglesia: surgió en París, Bolonia, Colonia, Oxford, Salamanca o Padua con facultades como teología, artes (filosofía), derecho y medicina. La universitas magistrorum et scolarium, comunidad en la que se busca la verdad, fue el lugar institucional donde se ejercitó la teología. Siendo ella profecía y sabiduría, puede ser llamada ciencia en un sentido análogo, dado que a partir de los datos de la revelación piensa el contenido de la fe con los instrumentos de la razón. El saber científico de la fe es un discurso teórico, fundamentado, crítico, metódico, sistemático y progresivo, que se investiga, enseña y aprende.
Desde el siglo XVI, de Ciudad de México a Lima, se enseñó teología en universidades de América latina. En el siglo XVII se convirtieron en universidades los colegios mayores jesuitas de Chuquisaca y Córdoba. En Buenos Aires los seminaristas estudiaron hasta 1767 en el Colegio de San Ignacio. En 1772, luego de la expulsión de la Compañía de Jesús, fue convertido en el Real Colegio de San Carlos. El Seminario de la Inmaculada Concepción, cuyo origen se remonta a 1622, atravesó varias etapas, pasando por la secularización rivadaviana de 1822. En 1857 halló su sede en el edificio contiguo a la iglesia Regina Martyrum, en el barrio de Congreso, y en 1899 fue trasladado a Villa Devoto.
En el siglo XIX se suprimieron las facultades de teología en las universidades estatizadas y secularizadas. En países de América latina y Europa no se enseñó teología en la universidad. Quedó recluida en los seminarios creados por el Concilio de Trento (siglo XVI). Esto integró su estudio en la formación sacerdotal pero afectó el desarrollo de una teología científica capaz de dialogar con la cultura. Hoy en la Argentina no hay teología en facultades o cátedras de universidades nacionales mientras que en Italia, Alemania, Estados Unidos y otros países hay facultades de teología en universidades estatales y privadas no confesionales.
En el siglo XX se promovió la renovación intelectual y la formación del clero impulsadas por León XIII, especialmente en su encíclica Aeterni Patris (1878). Varios episcopados acogieron la propuesta del Concilio Plenario Latinoamericano, celebrado en 1899 en Roma, y fundaron facultades de teología en universidades católicas o en seminarios sacerdotales. En la década en la que funcionó nuestra primera universidad católica (1910-1920), reducida a una Facultad de Derecho en la que enseñó Gustavo Franceschi y se graduó Atilio DellOro Maini, dos ex directores de Criterio se fundó la Facultad de Teología de Buenos Aires.
El 23 de diciembre de 1915, respondiendo al pedido de los obispos argentinos en una carta colectiva, el papa Benedicto XV erigió la Facultad de Teología, junto con una Facultad de Filosofía, en el Seminario Mayor de Buenos Aires. Le dio el título de pontificia al concederle al arzobispo local la potestad de otorgar grados académicos en nombre de la Santa Sede, como se hacía en las facultades romanas. El Breve Apostólico Divinum Praeceptum evoca el mandato evangélico: vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos … y enseñándoles… (Mt 28,19). Desde el inicio nuestra tarea teológica quedó enmarcada en la misión de la Iglesia. En aquel tiempo la Facultad se fundó para mejorar la formación de los seminaristas, llamados la esperanza de la Iglesia.
Hasta 1960 el Seminario y la Facultad fueron regidos por los padres jesuitas. La Facultad, integrada en la estructura de la Orden, se guió por su Ratio studiorum. Entre sus profesores hubo algunos tan distintos como G. Rinsche, A. Ennis, J. Rosanas, L. Castellani, H. Achával, I. Quiles, H. Benítez, M. Mercader, J. Adúriz.
Del Seminario a la Universidad
Sólo anoto fechas y hechos que fueron configurando la fisonomía de la Facultad y destaco dos períodos que abarcan cuarenta cinco años cada uno: 1915-1960 y 1960-2005 1.
En 1931 la Compañía inauguró el Colegio Máximo de San Miguel donde trasladó la Facultad de Filosofía y creó la segunda sede de Teología, que luego se independizó y se integró en la Universidad del Salvador. En 1931 Pío XI promulgó la Constitución Deus Scientiarum Dominus y la Facultad reformó estatutos y planes. Aprobados en 1932, recién en 1944 Pío XII confirmó la erección definitiva.
Una reseña debería incluir historias de vida de presbíteros, religiosos y laicos que estudiaron en estas aulas hasta el presente. Anoto sólo que, desde 1915, se ordenaron 1500 sacerdotes formados en el Seminario de Buenos Aires 2. Muchos obtuvieron, sobre todo desde 1948, grados académicos en la Facultad. Evoco obispos fallecidos como E. Rau, E. di Pasquo, J. Carreras, C. Cafferata, A. Aguirre, J. Iriarte, V. Zaspe, R. Bufano. En 2005 cuento unos treinta obispos que estudiaron o enseñaron aquí. Pensando en la UCA recuerdo que en 1926 y 1930 se doctoró en filosofía y teología el seminarista Octavio Derisi, su fundador y primer rector; aquí estudió Eduardo Mirás, secretario académico durante años de la UCA y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. Son exalumnos tres prelados que desempeñan altos cargos en la Sante Sede: el cardenal J. Mejía, y los arzobispos L. Sandri y M. Sánchez Sorondo. Nombro algunos y muy distintos, ordenados antes de 1960: M. Moledo, R. Trotta, R. Carboni, E. Larumbe, L. Etcheverry Boneo, O. Ganchegui, H. Mandrioni, A. Trusso, J. Segade, J. Castagnet, E. Nardoni, J. Vernazza, A. Albisetti, C. Mugica, H. Oglietti.
En el inmediato preconcilio y durante el Concilio ocurrieron cambios muy relevantes que simbolizo en tres fechas: 1957, 1960, 1965. Con el apoyo de la Compañía y la anuencia del cardenal Santiago Copello el clero de la arquidiócesis asumió progresivamente la enseñanza y el gobierno de la Facultad. Un pionero fue el actual cardenal Jorge Mejía, quien en 1951 ingresó para enseñar Antiguo Testamento y lo hizo hasta 1977 3. Hubo otros adelantados como J. Biturro, pero la transición se dio de 1957 a 1960 guiada por Pedro Moyano, último rector jesuita. En 1957 ingresó un grupo de profesores del clero que cubrió las cátedras: R. Ferrara, L. Gera, C. Giaquinta y R. Nolasco, a los que luego se unieron diocesanos como R. Tello y E. Briancesco, y religiosos como D. Basso y J. Novak. Del grupo sigue dando clases Ricardo Ferrara, el más antiguo profesor de la UCA, fundada por el Episcopado el 7 de marzo de 1958.
En 1960 asumió Eduardo Pironio como primer Rector del Seminario proveniente del clero secular. Asimismo, la Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires fue reconocida como Pontificia. A ella se incorporó la Facultad de Teología, con sede en el Seminario, como la primera de sus facultades, presidida por un decano. Lucio Gera fue el primero y asumió en pleno Concilio, el 9 de marzo de 1965.
Concilio y posconcilio
Como se advierte, la transición fue paralela al acontecimiento conciliar (1962-1965). De aquí en más se produjo una gran reorganización institucional que, con el tiempo, puede considerarse una verdadera refundación académica, porque esa generación de profesores, a la que se fueron integrando otros con el correr de los años, le otorgó a la institución su perfil, su nivel académico y su prestigio, incluso internacional.
De 1965 a 1990 la Facultad se valió con sus propios recursos humanos y económicos, se renovó según las directrices conciliares y posconciliares. En 1970 organizó los ciclos de bachillerato, licenciatura y doctorado, y dotó a su consejo académico de la colegialidad que lo distingue. En 1975 se precisó su dependencia respecto del episcopado argentino y a partir de 1976 se fijaron las bases de su integración pleno iure en la UCA. De 1965 a 2002 fue guiada por reconocidos decanos: L. Gera, L. Villalba, C. Giaquinta, J. C. Maccarone, A. Zecca, R. Ferrara. En los primeros años ochenta alcanzó el pico de 600 alumnos.
Nuestros profesores contribuyeron a aplicar el Concilio Vaticano II y la Facultad se repensó a la luz de la eclesiología conciliar para servir a todo el Pueblo de Dios. Abrió sus puertas a quienes querían una educación universitaria de su fe varones y mujeres, sacerdotes, religiosos y laicos más allá de los seminaristas, en cuya formación intelectual tiene una responsabilidad especial. Para eso buscó mejorar el nivel de sus profesores; renovar la forma de enseñar la teología e integrar las asignaturas filosóficas y humanísticas; organizó su Biblioteca gracias a la labor de Osvaldo Santagada; mejoró su revista Teología creada en 1962; contribuyó a divulgar la ciencia sagrada mediante cursos y conferencias; y colaboró a pensar, decir y escribir la teología en lengua española con tonada argentina.
Entonces se gestó el estilo integrador de nuestra incipiente tradición teológica que aúna lo clásico y moderno; lo científico, espiritual y pastoral; lo plural y particular en lo unitario y universal de la fe de la Iglesia, como lo muestran nuestras publicaciones institucionales 4.
Entre 1974 y 1980 enseñaron, entre otros docentes, J. Mejía, L. Rivas, A. Levoratti, C. Giaquinta, J.C. Maccarone, R. García, J. Novak, G. Durán, R. Ferrara, G. Podestá, J. Rovai, L. Gera, R. Tello, E. Karlic, E. Briancesco, D. Basso, O. Santagada, R. Braun, J. Arancibia, N. Dellaferrera, P. Sudar, A. Marino, H. Aguer, J. Mollaghan, R. Nolasco, E. Barcelón, E. Ferreras, E. Mai, G. Farrell, J. Duhourq, J. Leardi, V. Pinto, J.C. Scannone, V. Marangoni; F. Storni, J. Biturro, M. Irigoyen, F. Leocata, C. Balzer, N. Corona, H. Delbosco, N. Auza.
Panorama de la actualidad
Junto con sus tareas ordinarias de investigación y docencia colabora con la extensión del conocimiento de la fe y presta su servicio teológico a la Iglesia y a la sociedad. Para cumplir mejor esos fines hoy avanza en procesos académicos de planeamiento y evaluación.
Su claustro tiene ochenta y cinco profesores organizados en veintitrés cátedras. Cuarenta y ocho profesores son doctores la proporción más alta en toda la UCA y treinta y tres son licenciados en teología (postgrado), filosofía u otras disciplinas. Cátedras y profesores se integran en siete departamentos: Sagrada Escritura, Teología Dogmática, Teología Moral, Teología Pastoral, Historia de la Iglesia, Filosofía y Humanidades. El cuerpo docente conjuga nivel académico con sentido de Iglesia y adhesión a su Magisterio. Un signo de ello es que en la Comisión Episcopal de Fe y Cultura la mitad de sus peritos son profesores de la Facultad.
Desde 1996 la investigación institucional se canaliza a través de su Instituto de Investigaciones Teológicas, que favorece la investigación en diálogo entre disciplinas y cátedras mediante el estudio de temas actuales. Un medio para cumplir este propósito son los llamados Seminarios Intercátedras, encuentros entre profesores que fomentan la actualización y el debate. Desde 1996 se realizaron doce seminarios, varios de los cuales culminaron en publicaciones colectivas hechas entre varios docentes 5. Además tenemos dos seminarios permanentes e interdisciplinares con reuniones mensuales: uno dedicado al diálogo entre Literatura, Estética y Teología del cual surgió la original obra colectiva Letra y Espíritu editada en 2003 y otro para estudiar los nexos entre Teología, Filosofía, Ciencias y Tecnología, en colaboración con la filial local de la sociedad internacional Metanexus.
Nuestra revista cuatrimestral Teología, dirigida por el vicedecano Víctor M. Fernández, en 2002 inició una nueva etapa que le permitió alcanzar un mayor nivel científico, mejor proyección internacional y su inserción en el nivel I del catálogo Latindex.
La Facultad fomenta la colaboración con otros centros teológicos, sobre todo con la Facultad de Teología de la Compañía de Jesús; la Sociedad Argentina de Teología; las instituciones de países del Cono Sur; y, animada por un espíritu ecuménico e interreligioso, con el Instituto Universitario ISEDET y el Seminario Rabínico Latinoamericano. Acompaña a sus ocho Institutos Teológicos Afiliados, los cuales, por un convenio, preparan alumnos para recibir aquí el grado canónico en teología. Son el Instituto de Teología de la Universidad Católica del Paraguay; los seminarios de Córdoba, San Isidro, Morón, Paraná, Rosario, Mendoza; y el Centro de Estudios de la Orden de los Predicadores.
Colabora con diócesis e instituciones a través de cursos de extensión y publicaciones para ayudar a la formación inicial y permanente; elabora documentos
Hacia el futuro
Su sede permanece en el Seminario, con el que comparte una Biblioteca de más de 60.000 volúmenes de teología, filosofía e historia con muchas fuentes, unas 300 revistas periódicas especializadas, y un Fondo histórico con obras de los siglos XVI, XVII y XVIII 6. Desde 1960 la Facultad se fue incorporando en la UCA a través de un proceso lento y difícil, pero que fue encauzado por la prudencia de obispos, rectores y decanos.
Hoy procuramos nuevas formas de colaboración con otras unidades académicas ubicadas en la Sede Central de Puerto Madero.
Un desafío actual es encontrar un equilibrio entre la necesaria participación como Facultad de la Universidad y nuestra legítima singularidad como Facultad teológica eclesiástica. Nuestra inserción alienta un intercambio interdisciplinar de saberes acorde al actual desarrollo científico que nos enriquezca a todos en favor de un nuevo humanismo.
1. Para mayor información: véase la página
www2.uca.edu.ar/esp/secf-teologia/esp/subs-90/index.php
También: C. M. Galli, La Facultad de Teología cumple noventa años, UCActualidad 69 (2005) 7-10.
2. M. Poli, El Seminario en el siglo XX, en Seminario Metropolitano de la Inmaculada Concepción, Apacienten el rebaño de Dios. Libro del Centenario del Seminario de Villa Devoto, Buenos Aires, 1999, 43-55 y 191-212.
3. J. Mejía, Historia de una identidad, Letemendia, Buenos Aires, 2005, 89-101.
4. R. Ferrara, Nuestra Facultad en la coyuntura y en su tradición, Teología 79 (2002) 169-179.
5. Se editaron los dedicados a El Cristianismo y las Religiones (1997), La Encíclica Fides et Ratio (1999), El Tiempo y la Historia (2000), Actualización bíblica (2002), Teología y Espiritualidad (2003), La Teología en Diálogo (2004).
6. Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina, Catálogo de los libros de los siglos XVI y XVII, Buenos Aires, 1993, 1-110.
La debilidad del pastor
Este hecho nos recuerda que el verdadero Pastor es Jesús, en quien confiamos. El Señor es el Pastor de todos los que buscan la Verdad en el Amor, incluso de aquellos que no la buscan, pero son buscados por Ella, como la oveja perdida. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!, exclamó san Agustín en sus Confesiones (10,27).
Hay instituciones y sistemas que dependen enteramente del dirigente. Muerto éste se derrumba todo. Así ocurrió con el nazismo, el fascismo y tantos otros sistemas. La Iglesia, en cambio, no está pendiente del papa o de los obispos o del clero, sino de la fe en Jesús. De lo contrario, ya tendría que haber desaparecido. Los obispos tienen como misión acompañar a los creyentes que han sido ungidos interiormente por el Espíritu Santo.
Participar de la función pastoral
Todos somos ovejas, incluso los obispos, y necesitamos ser acompañados. Pero estamos llamados también a ser pastores y acompañar a otros, cada uno según su vocación. En el bautismo fuimos convocados como ovejas y en la confirmación enviados como pastores. Quien no desarrolla su misión de pastor, no llegará a vivir su vocación de oveja. Quien no es capaz de acompañar a otro, tampoco se sentirá acompañado en la vida. La familia es la célula de la Iglesia y de la sociedad porque en ella aprendemos a acompañar y ser acompañados.
Al comprender que todos somos pastores, no nos abate la sensación de orfandad. Sentimos un gran dolor, pero la vida continúa, no igual que antes, como si nada hubiera ocurrido, sino con mayor generosidad en el servicio. Crecemos todos en humildad, sabiendo que la Iglesia no se apoya en nuestra capacidad o santidad. Cualquiera de nosotros puede caer, pero el Señor se mantiene fiel y saldrá a buscarnos, como en la parábola.
Participar en la tarea pastoral de Jesús no es reemplazarlo. Un vicepresidente reemplaza al presidente ausente o impedido. Pero Jesús no está ausente ni impedido. Una imagen tradicional del sacerdote como alter Christus, otro Cristo, podía dejar la impresión de un reemplazo más que de una participación, como un hombre dotado de poderes superiores para consagrar y absolver a su arbitrio. Pero los fieles que no son comprendidos por el sacerdote, en la confesión, no quedan privados de la gracia divina. La participación no ata las manos del Señor ni deja librado a nadie a la limitación de los pastores.
La debilidad del pastor no debilita la fuerza de la Verdad. Produce un alejamiento aparente, que aumenta en nosotros la sed de Dios: Tú estabas dentro de mí y yo afuera. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo, recordó san Agustín en el pasaje citado, añadiendo: exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo. La debilidad de los papás hace crecer en los pequeños la necesidad de protección y la debilidad del maestro despierta en los discípulos el deseo de investigar y buscar por sí mismos. Dios nos atrae tanto por la fortaleza como por la debilidad de los pastores.
La primera piedra
Varios recordamos, en el presente caso, la expresión de Jesús ante la mujer adúltera: El que no tenga pecado que arroje la primera piedra (Jn 8,7). Todos somos pecadores, incluidos los santos, excluida la Virgen María. San Gregorio Magno, papa en 590, escribió: Ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión. Me confieso culpable. Ahora bien, la conciencia de que todos somos pecadores no puede llevarnos a minimizar las faltas. Jesús no tomó a la ligera la falta de la mujer adúltera. Apartó a los acusadores, no interesados en la acusada sino en tenderle a él una trampa, y en diálogo personal con ella le dijo: Vete, no peques más en adelante. La restableció en su dignidad de persona, que había perdido cuando la arrojaron al medio, y le abrió un horizonte de esperanza.
Al obispo Maccarone tampoco le arrojamos una condena de muerte, como a un leproso bíblico al que hay que evitar. Lo primero que debemos hacer, como Jesús, es apartar a quienes no les interesa su curación sino el escándalo. Para el obispo Maccarone la Iglesia debe encontrar un horizonte de esperanza, que no es fácil de formular. Que reciba el encargo de administrar otra diócesis no es viable, porque los fieles verían en él al enfermo más que al médico.
En circunstancias tan traumáticas como ésta, algunos sacerdotes han optado por retirarse. El obispo Maccarone, en cambio desea continuar ejerciendo el ministerio. Dependerá entonces del obispo de Roma, asesorado por sus hermanos obispos de la Argentina, señalar las pautas, de modo que su ministerio sea fructuoso, tanto para él como para los fieles. En lo inmediato convendría que lo hiciera algo apartado, fuera del ámbito mediático, ya que necesita paz interior.
Jesús, médico de nuestros corazones busca el medicamento apropiado para cada enfermedad, sea ésta producto de la debilidad humana, como la negación de Pedro, sea más bien un caso de maldad por la intención de perjudicar a otro, como la traición de Judas. Incluso al traidor le ofreció Jesús un bocado y se dejó besar por él, estremeciendo su corazón hasta la devolución de las 30 monedas de plata. Ahora bien, el caso de Maccarone es de debilidad, no de maldad, lo que deja la puerta abierta para reintegrarse plenamente al colegio episcopal.
Además de distinguir entre los pecados de debilidad y de maldad, Jesús tiene presente la diferencia entre las faltas graves y leves. Al comenzar la Última Cena, les lavó los pies a los discípulos, pero no las manos y la cabeza, como le proponía Simón Pedro, porque ustedes están limpios (Jn 13,10). Para Jesús, como se dice en medicina, no hay enfermedades sino enfermos. Él será nuestro Juez cuando haya concluido su tarea como Médico y su sentencia consistirá en darnos de alta.
Los presbíteros deben lavarse los pies para quitarse el polvo del camino y así poder lavárselos a otros. Algunos necesitarán que el pastor los ayude a lavarse todo el cuerpo. En tal caso, el lavado puede implicar un tiempo prolongado, para ganar en profundidad, y durante ese tiempo tener quizás que abstenerse del ejercicio pastoral. A curas que no han seguido la norma del celibato, el obispo les ha propuesto un período de reflexión y de oración, sin ejercicio del ministerio, con el compromiso de realizar después conjuntamente un nuevo discernimiento. Lo que antes parecía un castigo, por retirarle al ministro las facultades, hoy es vivido como curación.
Pecado sexual y pecado social
Podemos interpretar las palabras de san Gregorio Magno, antes citadas, como quien se acusa, no de faltas graves sino de numerosas faltas leves y de limitaciones. Sin embargo, esta solución despierta nuevos interrogantes a partir de los condicionamientos culturales. En el mundo latino los pecados sexuales han estado siempre en primera línea, dejando otros en la penumbra. En el mundo anglosajón, en cambio, esa prioridad la tienen los pecados sociales. Para evitar entonces ese tradicional desequilibrio, varios hemos recordado la meritoria actuación de Maccarone en el campo social.
Pero algunos consideran que la Iglesia, digamos los obispos, no pueden tener un doble discurso, uno de respeto y acompañamiento a un colega que no vive su sexualidad de acuerdo a lo que predican, y otro de dureza y exclusión hacia tantos fieles que tampoco siguen las pautas éticas en esta materia. Y algo de razón tienen.
Nuestro respeto por las personas debería ser mayor y no presuponer automáticamente que quienes realizan acciones incompatibles con la moral cristiana están pecando, es decir no identificar fácilmente el orden objetivo de las acciones con el orden subjetivo de la conciencia, donde se da el pecado. No supongamos, por ejemplo, que los divorciados y vueltos a casar viven en pecado mortal. Examinemos cada caso de matrimonio irregular para ver si se dan todas las condiciones requeridas por la moral tradicional para que un sujeto cometa un pecado grave. La mayoría están entrampados y no disponen de libertad para modificar su modo de vida.
El caso que nos ocupa ha reavivado la discusión sobre varios temas conexos, como el celibato, aunque el nexo aquí sea muy indirecto. Todos saben que el celibato no es una norma inalterable sino una tradición que coexiste con otras diferentes de los ritos orientales. El tema es estudiado permanentemente en la Iglesia, que no se apega a una tradición con los ojos cerrados. Hace pocos años, en Inglaterra, unos 300 pastores anglicanos que se unieron a la Iglesia católica pudieron ser ordenados y continuar casados. Pablo VI consideró un proyecto para ordenar personas casadas en tierras de misión, proyecto que volvió a tratarse recientemente en el Sínodo de la Eucaristía. Por otro lado, la realidad no pasa sólo por los problemas que se dan en el matrimonio y en el sacerdocio, sino también, y con mayor fuerza, por la entrega de casados y de célibes que viven su vocación con alegre generosidad.
Respecto de la homosexualidad, que aparece en el centro de esta crisis, podemos observar tres pasos graduales en las sociedades occidentales, que se traducen en la aceptación: 1) de las personas homosexuales, 2) de los matrimonios homosexuales, y 3) de la adopción de niños por parte de dichos matrimonios. El caso que nos ocupa se reduce al primer tipo, el de las personas homosexuales, porque no parece adecuado hablar de pareja, aun clandestina, entre el obispo y el remisero. Era tan desproporcionada la distancia entre ambos, en lo cultural, social y económico, que el chantaje aparecería tarde o temprano, con o sin filmación, con o sin maniobra política.
El tema de la cámara oculta y el dinero recibido por el video merece ser investigado, pero no es ésa la cuestión principal. Aunque no hubiera habido filmación ni amenaza de denuncia, latía allí un problema muy delicado que en algún momento hubiera sido ineludible abordar. Necesitará ahora el obispo renunciante apoyo psiquiátrico, al menos por la fractura interior de quien ha vivido varios años con dos modalidades superpuestas, en la acción visible y en la intimidad personal.
Las sociedades modernas oscilan, como un péndulo. En los Estados Unidos pasaron de una sociedad tradicional represiva, en la época de la ley seca, a un modelo de sociedad permisiva, con los hippies y los pacifistas, para retornar hoy al modelo anterior, multiplicando controles. En la Iglesia, en cambio, no se trata de nivelar hacia abajo, siendo más tolerantes con todos, ni de nivelar hacia arriba, exigiendo cada vez más.
La fortaleza del rebaño
La solución no pasa entonces por exigir más o exigir menos, lo que dependerá de cada circunstancia, sino por acompañar, animar, alegrar, como hacía Jesús con sus discípulos, despertando en ellos una gran esperanza. Existe una moral que hay que cumplir, pero la moral es asumida por la vocación personal. El perdón de Jesús no consiste en dar vuelta la página y olvidar el pasado sino en comenzar a escribir una página nueva, recreando el futuro.
Más que averiguar qué castigo le correspondería a Maccarone por su falta, debemos preguntarnos qué espera Dios de él después de su falta. El hijo pródigo retornaba a la casa paterna pensando simplemente en vivir con los peones, en un galpón. Era el castigo merecido. Sentía que había perdido la dignidad y la categoría de hijo. Con él coincidirá su hermano mayor, indignado. Pero el Padre de la parábola los sorprendió a ambos, y a veces también a nosotros. Hechos como el del obispo renunciante nos muestran la necesidad de vivir más la Iglesia como una familia, aunque la sociedad nos empuje a trabajar como en una empresa.
El padre Jorge Seibold, S.J., párroco en Villa de Mayo, Malvinas Argentinas, ha escrito una breve y densa reflexión sobre este hecho, titulada La debilidad del pastor y la fortaleza del rebaño, en el boletín Señor de Mailín (Nº 248), devoción santiagueña que lo vincula con la provincia del obispo Maccarone: La parábola se nos ha invertido. Ya no es el Pastor el que busca a la oveja perdida, (…) sino el rebaño el que busca a su Pastor. Y poco después añade: Este rebaño obra por espíritu de fidelidad. Los fieles en la fe son también fieles en la amistad. Reconocen todo lo que el obispo renunciante ha hecho por ellos, en lo religioso y en lo social. No le vuelven la espalda, sintiendo vergüenza de haberlo conocido. Le tienden una mano, como él se la tendió a tantos. La fortaleza del rebaño santiagueño, en un momento tan delicado, nos reanima a todos y no sólo al obispo renunciante.
En una carta de lectores, publicada en La Nación el 24 de agosto, escribí: Jesús dijo que un vaso de agua dado en su nombre, es decir en nombre del amor, no quedaría sin recompensa. Y son muchos los vasos de agua y de solidaridad que dio Maccarone a los más pobres y marginados, sobre todo en Santiago del Estero, por lo cual pienso que tendrá una recompensa mayor que la mía. Aclaro que escribí: mayor que la mía, sin pretender establecer una comparación con nadie más.
Para algunos, no era ése el momento de recordar sus méritos sino, en todo caso, de guardar silencio y orar. Parte de razón tienen, ya que desean evitar la impresión de que las acciones positivas mencionadas, sobre todo en el terreno social, lleguen a encubrir las faltas. Pero los hechos objetados son imposibles de encubrir, imposibles de justificar. Es lo obvio, sólo que no pretendemos hacer leña del árbol caído.
La Comisión Ejecutiva del Episcopado emitió una declaración que resalta ambos aspectos, el negativo y el positivo. Por un lado, habla de una constante conversión y penitencia sin temer a la verdad ni pretender ocultarla. Por otro lado, junto con el presbiterio y el pueblo santiagueños, queremos expresar nuestro agradecimiento a la labor de seis largos años de monseñor Juan Carlos Maccarone al servicio de los pobres y de quienes tienen la vida y la fe amenazadas. Es un agradecimiento que a algunos fieles, incluso a algunos ministros, ha desconcertado, porque esperaban una declaración más severa, en una sociedad donde todo parece relativo.
La declaración de la Comisión Ejecutiva fue breve. Otros obispos añadieron después otras consideraciones (AICA, 31/08). El de Reconquista, Andrés Stanovnik, habló de la necesaria coherencia entre lo público y lo privado, como recordando que el derecho a la privacidad no debe eclipsar el derecho a la coherencia. El de la vecina diócesis de Añatuya, Adolfo Uriona, personalizó el agradecimiento por el gesto fraterno de acompañarme en los inicios del gobierno pastoral de la diócesis de Añatuya. El de Lomas de Zamora, Agustín Radrizzani, reconoce su trabajo desinteresado al servicio del Pueblo de Dios, particularmente de los más pobres. Otras reflexiones se leen en AICA del 7 de septiembre. El vocero del episcopado, Jorge Oesterheld, recordó la frase de san Pablo, que somos vasijas de barro llevando el tesoro del Evangelio. El arzobispo Carmelo Giaquinta espera que su hermano se levantará.
Una sincera diversidad no es signo de división sino de riqueza espiritual. Quienes recordamos las acciones valiosas de Juan Carlos Maccarone, lo hacemos confiando en una firme recuperación de su parte. Hay en él reservas de bondad y de solidaridad que le permitirán ponerse en manos del Señor, como cantamos después de la comunión: Yo quiero ser, Señor amado, como el barro del alfarero, rompe mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo.
La súbita luz de una metáfora
Debo decir desde el comienzo que, en su prolija y sencilla edición, este libro que parece breve, escueto, contiene sin embargo la posibilidad de una experiencia de lectura, de las más intensas que podamos tener en la Argentina de nuestros días. Buena parte de lo mejor, de lo más perdurable, de lo universal y lo eterno (en los pobres términos o alcances humanos que nos corresponde dar a estas palabras) que ha producido la cultura literaria de nuestro país durante los últimos 60 años, se encuentra en el volumen cuidado con sutileza y amor al saber por Osvaldo Svanascini. Quizás no sea aventurado pensar que muchos versos de la antología ingresarán pronto en el territorio de los loci communes que nos identifican como una comunidad de creadores y lectores, particular y muy individualizada entre las naciones. Reivindico la noción de lugares comunes, no por supuesto para la ciencia o el saber tecnológico sobre el mundo donde no cabe sino aceptar la crítica que Descartes hizo del topos y de la práctica desprendida de su uso, pero sí la saludo en el campo de la recepción del fenómeno poético. Porque, si bien el poeta es grande cuando, como aseguraba Lucrecio, ha abierto senderos nunca hollados por las Piéridas, el poeta se convierte paradójicamente en vate de un pueblo cuando algunos de sus versos, aunque sea unos pocos, ingresan en el repertorio espontáneo de que disponemos los hombres ordinarios para iluminar nuestras existencias con la luz súbita de una metáfora, del desvelamiento estético que nos muestra en un relámpago el núcleo enigmático de lo real. Y estoy seguro de que en estas páginas hay, por lo menos, 25 loci, digamos, uno por cada poeta, pero podrían ser perfectamente más, que merecen ser apresados y engarzados en el bagaje colectivo de nuestra experiencia poética.
¿Cómo debería de comentar, la persona prosaica que soy, un libro de poesía sin caer en el ridículo, esto es, sin glosar lo que ha sido dicho de un modo inmodificable, por la definición misma de lo poético? En principio, intentaré adoptar un punto de vista general y transmitirles cuáles entiendo que son los caracteres comunes que recorren, a mi juicio, la totalidad de la antología. Me temo que resultaré una especie de entomólogo despiadado y frío para muchos de ustedes, pero allá voy:
Surrealismo. Tal es el horizonte al que se remite de forma constante la mayoría de los autores y poemas. Por supuesto que afirmar semejante cosa de Aldo Pellegrini con su peste cromática y su pesadilla litúrgica, de Enrique Molina con su doble y la hipérbole de sus metamorfosis, de Raúl Gustavo Aguirre con la oda a Apollinaire, de Olga Orozco con el ritualismo imposible entre solar y ctónico, o de Oliverio Girondo con sus experimentos disparatados de lenguaje, no entraña novedad, pero sí quizás señalarlo en Juan L. que nos hace ver una cristalería de pájaros, un sueño de cal y de follaje, un bosque de brazos para sostener el día puro, y también en Basilio Uribe en quien la impronta asume un tono jocundo, risueño, que resulta asombroso. Me animaría a decir que el libro se hace en buena medida incomprensible si no nos remitimos a la práctica de la metáfora por sí misma que Vicente Huidobro trajo a esta parte de América en los años 20 y que nos hizo descubrir el primer Borges. El par Surrealismo-Ultraísmo, entonces, podría ser nuestra primera brújula.
Tradición clásica. Es un elemento fortísimo, tal vez inesperado, si bien a posteriori la sorpresa se nos aparece claramente como un prejuicio. ¿Cómo no iban a irrumpir los antiguos, desde Píndaro hasta Virgilio, en la literatura argentina que ha exhibido una voracidad perenne hacia ellos, desde Juan Cruz Varela hasta Marechal o Ciocchini y hoy Daniel Samoilovich, por ejemplo? La impronta de Grecia y del Mediterráneo es también nuestro bajo continuo, a semejanza de la literatura española moderna y de nuestras hermanas de Hispanoamérica. Fragmentos: Saturno devorador, identificado con la patria en Rodolfo Alonso. La Gorgona de Juan Jacobo Bajarlía. Palmira, Casandra y el Olimpo de los dioses tardíos en Alberto Claudio Blasetti. El paganismo mistérico de Juan José Ceselli. Las Hécates convocadas por Dolores Etchecopar y Alberto Girri (quien también reconstruye en pocos versos el abrasarse de la primera Enéada de Plotino). El Hades de Jorge Andrés Paita. La Circe y los simulacros de Enrique Molina. El Ulises radicalmente inmóvil, mucho más que lo fue el joyceano alguna vez, de Ricardo Molinari. La burla amable e incisiva de la gesta troyana en los diez mil barcos de Basilio Uribe. La refracción de la tradición bíblica en Alejandra Pizarnik: el Jacob de Toda la noche ha forcejeado con su nueva sombra, la música como muerte o la trampa de los sentidos que conjura la condena mosaica de la idolatría. La Antigüedad como Renacimiento en la Vida Nueva de Rodolfo Godino y en el homenaje a John Donne de Juan Jacobo Bajarlía.
Hacia la poesía universal. Más allá de los horizontes greco-latino y euro-atlántico, está la resonancia y cita explícita de los poetas Tang en el sentimiento de la naturaleza de Juan L. El modelo haiku en Jorge Andrés Paita. Las deidades de piedra, el dragón y el mono cargado de estrellas en Osvaldo Svanascini (allí también se entrecruzan el cíclope y la sibila). Ni la incorporación de nuestra antigüedad pagana ni la del legado universal son procesos pacíficos en estos poetas; por el contrario, son acontecimientos producidos por una gran tensión que se percibe y se vive respecto del Otro, pero el conflicto cultural se resuelve en el abrazo poético donde nunca se extinguen la mismidad del que canta ni la alteridad del que es imitado.
Relación desgarrada con el país, cuando no directamente hostil. Vuelvo al Saturno-patria de Alonso. El tremendo país de rutas estranguladas de Bajarlía. El Hubo un país de Julio Llinás (qué maravilla toparse con el blend de hondura y ligereza de este poeta). El contrapunto entre la proclama dramática del Yo no tengo país y el Viaje estival con Lucio de Francisco Madariaga. El muro violento de Molinari. Apenas un asomo de la épica en Paita y su El general Paz en la Aduana de Santa Fe (no es raro entonces que en él mismo despunten explícitos los dicterios, a la manera de Arquíloco, contra la globalización y sus orígenes hitlerianos); es Mario Trejo el otro poeta político de la antología, casi benjaminiana en su pretensión de redimir, mediante la poesía, la tensión entre los muertos y las profecías. Chispazos reveladores en Etchecopar: ¿qué si no político es su clamor de lo enterraron en la sombra de su sombra por haber vivido sólo de hambre?
Síndrome de Godot. Un ansia de lo no condicionado, un vislumbre de Dios. La poesía vertical de Roberto Juarroz. Edgard Bayley, el nombre indecible y el puente reconstruido de nuestra relación con lo divino. Otra vez el dios desconocido en Juan José Ceselli. La masmédula de Girondo.
El sempiterno amor. Alberto Vanasco, entre el ella en particular y la gran extranjera. La masmédula de Girondo. Juarroz y el amor como manía erotiké. La soledad del pelícano de Molinari, que es amor perdido. Otra soledad, por despedida e inmensidad de lo amado en Elizabeth Azcona Cranwell. La transfiguración simbolista de lo erótico en Orozco.
Si me referí en passant a la manía erotiké a propósito de Juarroz, quisiera recordar la otra manía de la que Sócrates habló en el Fedro como forma superior y divina del delirio: la manía telestiké. Esta aparece, primero, en calidad de castigo de los dioses por nuestra falta contra ellos, no la que cometemos al haber olvidado o despreciado a Eros que por ello recibimos la locura de la erotiké, sino al habernos burlado, dice Sócrates, de la mitología, es decir, al haber, en el mejor de los casos, interpretado los mitos a la luz de nuestra racionalidad, como si no fueran más que metáforas cognitivas. Los dioses nos castigan entonces enviándonos la manía telestiké. Pero, ¿cómo curarnos de ella? Aquí Sócrates nos explica que sólo con más delirio de esta naturaleza, sólo con la inmersión sin mediaciones en el furor poético podremos aplacar la cólera de las deidades y, más aún, poner su poder de nuestro lado.
NO SÉ LAS PALABRAS
Yo no sé decir las palabras
No sé decir el mar la olla el sueño
No sé la palabra narcótica
que los días iguales susurran
No sé las palabras que hablan solas y de prisa
No sé decir la luna
ni su rodilla lastimada sobre el cerro
No sé decir hoy es un día
una calle
un gemido
una época remota del deseo
En este lugar oscuro y sin noticias
llevo mi piedra de lágrimas
unas palabras que nada dicen
y muy lentamente
Dolores Etchecopar
ESCRÚPULO
Me parece que vivo,
que estoy entre los ruidos,
que miro las paredes,
que estas manos son mías,
pero quizás me engañe
y paredes y manos
sólo sean recuerdos
de una vida pasada.
He dicho me parece.
Yo no aseguro nada.
Oliverio Girondo
14
Fruto de dos mitades,
una creciendo en lo amargo,
otra en lo dulce.
Fruto tal vez de más de dos mitades,
cuya madurez parece estar afuera,
en una boca sin gusto
o en el reencuentro de la savia por abajo,
antes que el tronco la suba.
Fruto que ignora su árbol,
quizá porque no hay árbol
para tan difícil fruto.
La tómbola del aire
lo acierta en la quinta estación,
la que está por debajo de las temperaturas.
Roberto Juarroz
1
Cualquier cosa…
con tal de barrer de la memoria
el mono errado de la muerte.
Yo no tengo País,
tengo isletas voladas por el agua.
Siempre he sostenido un placer de confesión
violento en el honor de mi memoria.
Islas de patos amarillos
para las mujeres más niñas de la voluntad,
mi sol, mi sol, mi sol,
he resuelto seguir hablando,
seguir bebiendo los juncales de los terrores de la suerte.
Francisco Madariaga
LA MAÑANA PENÉTRAME…
La mañana penétrame
con su éxtasis
de agua luminosa
y de delicados prados verdes que mueren
en tenue arboleda azul:
éxtasis traspasado de una íntima
cristalería de pájaros…
Juan L. Ortiz
JONÁS EL POETA
¿Esa agua, dónde acaba?
¿Dónde comienza la infinitud
que anega, la impalpable espuma
de la luna perdida en el oscuro espacio
que habita el corazón de la luz?
¿Amanecerá el canto que dilata
el silencio?
¿La voz en otra voz en otra voz,
herida la voz en la herida
que navega y tiembla
en el océano inmenso,
se resumirá en la voz
que habla en uno y uno hable?
Las palabras son esa pelambre
de grasas verdes y olas trastornadas
como víboras,
que claman con los ángeles.
Basilio Uribe
FIGURAS Y SILENCIOS
Manos crispadas me confinan al exilio.
Ayúdame a no pedir ayuda.
Me quieren anochecer, me van a morir.
Ayúdame a no pedir ayuda.
Alejandra Pizarnik
* Osvaldo Svanascini (editor), 25 poetas argentinos contemporáneos, Buenos Aires, Papiro-Fundación Sales, 2005.
¿A quiénes amar?
¿A quiénes amar? A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño… A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.
Encerrados en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!
Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para levarse con ellos hacia el Padre.
Urgido por la justicia y animado por el amor
Atacar, no tanto los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentamos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo. Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10, 30-32). El agonizante del evangelio es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.
Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida; la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez.
Lo primero, amarlos: Amar el bien que se encuentra en ellos, su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias… Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades sociales, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo almuerzo tranquilamente, y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, que me desgarre a mí también.
Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se desarrolle en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados. Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad y esto no es más que la traducción de la palabra amor. Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera Luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9). Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema.
Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1 Cor 13, 12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios. Y este llamamiento es para cada uno de ellos, para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados de entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para todos ellos (cf. Jn 1, 5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.
Amarlos apasionadamente en Cristo, para que la semejanza divina progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se desarrolle en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1, 24).
Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.
* Tomado de Páginas escogidas del padre Alberto Hurtado en Un fuego que enciende otros fuegos, Paulinas, Buenos Aires, 2005.
Alberto Hurtado, un chileno universal
La Iglesia católica ya tiene entre sus santos a Alberto Hurtado. Se trata del primer chileno reconocido como santo por la Iglesia Universal. El reconocimiento pone como modelo la labor de un jesuita contemporáneo que supo convertirse en un símbolo de la entrega a los demás y del amor a los pobres y necesitados. Su vida como modelo de solidaridad evangélica discurre en tres fundaciones: la revista Mensaje, la obra El Hogar de Cristo y la asociación Asich (Acción Sindical Chilena). Dos de estas tres facetas de la misma solidaridad permanecen con la fuerza y el empuje con el que su fundador supo dotarlas.
A menudo se contrapone solidaridad asistencial y justicia. Algunos piensan que es inconveniente dar un plato de comida al pobre porque esto no va al fondo estructural de los problemas. La justicia global parece importar más que las personas. Alberto Hurtado percibió que era fundamental alojar a un pobre en una noche de invierno porque ese infortunado no podía esperar el otro día para espantar el hambre y el frío. Pero, al mismo tiempo, sintió con fuerza que era necesario trabajar simultáneamente por la justicia y por un cambio de estructuras. Caridad y justicia no se contraponen; se necesitan y complementan mutuamente cuando hay que enfrentar al hombre concreto. Esta mirada con doble dimensión es profundamente cristiana.
Conoció en su persona la pobreza
Siendo niño, Alberto Hurtado perdió a su padre. La pequeña familia, formada por la viuda y sus dos hijos, quedó en una muy precaria situación económica. Comenzó entonces un largo peregrinaje para ese grupo que debió vivir como allegado en casa de tíos y parientes. Los hermanos de doña Ana tuvieron siempre mucha caridad y delicadeza para no hacer sentir esta situación, pero el hecho era en sí doloroso.
Los niños debieron estudiar en el colegio gozando de una beca. Ciertamente no se trataba de la pobreza de los marginados, pero era tal vez más humillante, aunque no se carecía de lo más fundamental como la educación, la alimentación, el vestido y la casa.
En el ambiente del hogar, el futuro jesuita conoció el respeto y la preocupación por el pobre, pues la madre participaba asiduamente en un patronato organizado por los padres franciscanos. Ella solía repetir que es bueno tener las manos juntas para rezar, pero es mejor abrirlas para dar.
Su primera formación social
Sin embargo, lo que más marcó la vida de Hurtado fue su relación con el padre Fernando Vives, su director espiritual en el Colegio San Ignacio.
Este hombre tuvo la sensibilidad para captar los cambios que se producían en el mundo y que hacían absolutamente inadecuada una solución paternalista al problema de los pobres. Él previó que era necesario introducir profundas reformas en la estructura social y económica del país si se quería evitar una explosión social. Era necesario formar líderes obreros que pudiesen actuar, libres de la tutela de los partidos, para defender los intereses de los trabajadores. En torno a ese sacerdote se empezó a hablar abiertamente de promover el movimiento sindical.
Tales ideas obligaron al maestro a salir de Chile más de una vez porque su doctrina parecía imprudente. La segunda salida significó una ausencia de la patria que se prolongó por catorce años. Desde la distancia tomó conocimiento de que su discípulo había entrado en la Compañía de Jesús y lo siguió formando con una correspondencia llena de aprecio, buen sentido y religiosidad.
Se cuenta que, a su vuelta a Chile y poco antes de morir, habría dicho a sus amigos: Yo estoy viejo y cansado… pero ayuden al que ha de venir… . Se refería entonces a su discípulo Alberto Hurtado que había viajado a Europa a proseguir sus estudios. La semilla estaba echada. La doctrina social de la Iglesia encontraba no sólo nuevas formas y contenidos sino también nuevos apóstoles.
El padre Hurtado había asimilado y profundizado las ideas recibidas en el colegio. El tema que escogió para hacer su memoria de abogado es sintomático de una inquietud social profunda: El trabajo a domicilio. Allí, entre otras cosas, insistía en la necesaria intervención de la autoridad para establecer justicia en las relaciones laborales, lo que supone una especial atención a los más débiles.
La evolución social de un apóstol
Al volver a Chile, el padre Hurtado comienza un intenso apostolado. El flamante doctor en educación dedica la mayor parte de sus fuerzas a ese ámbito y a la dirección espiritual. Clases en el Colegio San Ignacio, en la Universidad Católica, en la escuela nocturna que funciona cerca del colegio, conferencias y retiros, llenan el tiempo del joven sacerdote.
Más adelante entrega muchas de sus energías a la Acción Católica de jóvenes. Sin embargo, desde un comienzo, la dimensión social del cristianismo es medular en su mensaje religioso. En esto fue realmente un precursor de las grandes opciones que ha hecho la Compañía de Jesús en el último cuarto del siglo XX.
Hay un constante llamado a abrir los ojos para mirar con honestidad la realidad social del país y a tomar conciencia de que tal realidad se contradice con el pretendido cristianismo de nuestra patria. Fruto de esta perspectiva es el libro ¿Es Chile un país católico? Él va a acelerar un proceso creciente de toma de conciencia de la necesidad de cambiar en profundidad las costumbres, valores y estructuras que producen injusticia.
Tres caras de la solidaridad
En los últimos ocho años de su vida, Hurtado, junto a su trabajo educativo y específicamente espiritual, se dedicó a la fundación de tres obras: Hogar de Cristo, Asich y Mensaje. Para comprender la magnitud de su solidaridad es necesario asumir esas tres fundaciones como dimensiones complementarias y necesarias del trabajo social. El extraordinario y providencial desarrollo del Hogar y la ulterior desaparición de la Asich, en cierto sentido pueden haber empobrecido y hasta distorsionado la polifacética figura de su fundador.
En esos últimos años, el padre Hurtado fue explicitando cada vez más las consecuencias de sus opciones sociales. Pero esa evolución no fue negando lo valioso de las etapas precedentes. Al dedicarse más intensamente a lo social, no abandona el trabajo espiritual; al preocuparse por lo sindical, no abandona lo asistencial; al encarar el mundo de la cultura y de la creación de una nueva mentalidad en un mundo intelectual y profesional, no deja su contacto con los más pequeños. Muchos avanzan a menudo restándole valor a lo hecho anteriormente, como si se hubieran superado etapas. Hurtado supo integrar y profundizar con mucha coherencia el conjunto de sus experiencias.
Conmovido por la indigencia de los más pobres, por el abandono de los niños y por las miserias que veía, funda en 1944 el Hogar. La obra marcada por el sello de su fundador ha seguido evolucionando, abriendo surcos, expandiendo extraordinariamente las rutas de la solidaridad. Hogares de menores, centros abiertos, hogares de ancianos, policlínicos, hospederías, talleres de capacitación, viviendas se han ido esparciendo de Norte a Sur del país; e innumerable cantidad de otras instituciones e iniciativas, como Infocap para formar y capacitar a los más pobres, algunos centros de rehabilitación de drogadictos y alcohólicos, etc., han recibido también el apoyo del Hogar de Cristo para llevar adelante sus programas.
La conciencia solidaria del país tiene en la institución fundada por el padre Hurtado uno de sus principales focos.
Sin embargo, el padre Hurtado era cada vez más consciente de que la caridad comienza donde termina la justicia. Su importante libro Humanismo Social aparece en 1947 y él nos dice que ahí está el fondo de lo que he predicado durante tiempo. Poco cuidado tal vez en su forma, sin pretensiones de novedad ni de espíritu científico, ese texto es testigo de lo que significa la dimensión social del cristianismo.
Precisamente en ese año pasa un período largo en Europa. Tiene allí la oportunidad de conocer personas como el cardenal Suhard y experiencias como la de los sacerdotes obreros, que lo impresionarán profundamente. Se encuentra con el superior general de la Compañía de Jesús y con el papa Pío XII, quienes lo alientan en su proyecto de emprender un trabajo en el mundo obrero para procurar su formación y organización.
De vuelta de Europa, nace la Acción Sindical Chilena (Asich). Es un paso importante en la evolución del apostolado del padre Hurtado. Muchos de los que lo habían seguido hasta la fundación del Hogar rechazan este nuevo paso del amor encarnado al prójimo.
En 1949, el padre escribe El orden social cristiano y al año siguiente su libro sobre el sindicalismo.
Su lucha por la justicia se inserta ciertamente en su profundo amor al Señor y en la idea casi mística de que en el pobre está Cristo.
Es iluminador conocer las aprensiones que tenía frente a un tipo de inquietud social que descuidaba, en Europa, la más profunda formación religiosa tradicional. Escribía a un jesuita amigo: Se han dado cuenta muchos sacerdotes de la inmensa apostasía obrera por falta del cumplimiento de la justicia y caridad y esa visión los absorbe, esto los va a dejar a corto plazo sin dirigentes auténticamente cristianos, sino con hombres con mística social, pero no cristiano-social. El padre Hurtado tuvo una visión de justicia clara pero no absorbente, pues supo integrar armónicamente las diversas dimensiones del cristianismo y nos ofreció una imagen polifacética de la solidaridad.
La preocupación cada vez más global del impacto de una nueva cultura, que ejercía su influencia sobre todas las dimensiones de la vida, lo llevó a extender hasta el mundo de los profesionales e intelectuales una visión que marcara de fondo los valores de la sociedad. Hoy hablaríamos de la evangelización de la cultura. Para responder a ese desafío funda, cuando ya la enfermedad estaba en su cuerpo, la revista Mensaje. No es sino otro aspecto de un gran designio que toma al hombre y a la sociedad en toda su complejidad.
Él quería anunciar un mensaje cristiano para el mundo de hoy, según la expresión suya que se ha convertido en divisa de la revista.
La revista debía atreverse, aun a riesgo de equivocarse, a asumir los problemas concretos que enfrenta nuestra sociedad.
En sus 42 años de vida, ha sido sin duda un aporte importante de los cristianos a la conciencia social, a la defensa de los derechos humanos y a la verdadera modernización del país. Ha tenido posiciones discutibles que podrían haberse evitado, pero en la línea fundamental ha estado en el verdadero sentido de la historia que debe ir creando en Chile una sociedad más igualitaria y justa.
Releyendo los escritos del padre Hurtado, se puede decir que esta publicación ha sido sustancialmente fiel a su fundador que sentía apasionadamente los dolores e injusticias de su patria. Muchos de los que criticaron la posición de la revista ante el problema de los derechos humanos, reconocen hoy que ella dijo la verdad. De haber sido oída, muchas penurias y conflictos que aún perduran se habrían evitado. Curiosamente, quienes callaron o negaron los hechos pasaron a la historia como prudentes. Ese tipo de prudencia no le hubiese gustado al fundador de Mensaje.
Una visión integral de la solidaridad
En un país que quiere reconstruir su tejido social, la figura de este apóstol muestra un camino integral de solidaridad cristiana. Él es en nuestra patria realmente un símbolo de unidad. Colocado por encima de todas las diferencias políticas, no rehuyó sin embargo bajar a las cosas más concretas, basado en su amor a Dios y al hombre. Por eso, él ofrece un modelo que actualiza la solidaridad que enseñó Jesús de Nazareth. Allí se amalgaman en una extraordinaria unidad la educación y la acción directa, la caridad y la justicia, la persona y las estructuras, lo religioso y lo social, el hombre y Dios.
Muchos han seguido al padre Hurtado sólo en un aspecto de su compleja visión del mundo y del hombre… pero el futuro de Chile necesita de esta visión totalizante de la solidaridad, que desgraciadamente algunas veces puede acarrear conflictos y tensiones, pero que está en el camino encarnado de Jesús de Nazareth.
Texto de Razón y Fe (Madrid), septiembre-octubre 2005.
Centenario de un drama ruso
El año 1905 pudo haber sido fatal para el vasto Imperio Ruso que se debatía en problemas internos y externos agravados por las intrigas y la subversión de los partidos políticos, la incompetencia de funcionarios imperiales más las vacilaciones del zar Nicolás II. La maraña de dificultades parecía irresoluble.
La primera calamidad fue la desastrosa guerra con Japón. La flota rusa de Port Artur en el mar Amarillo había sido hundida por los japoneses en abril de 1904 para reconquistar ese puerto, a su vez arrebatado por ellos a los chinos. Las tropas rusas lucharon heroicamente pero finalmente fueron vencidas. Luego de tremendas pérdidas de vidas, pertrechos y bienes, el ministro ruso Sergei Witte logró salvar lo salvable en el tratado de paz, pero semejante catástrofe dejó un sentimiento general de amargura y frustración.
Luego sobrevino el domingo sangriento del 9 de enero. Ese día el sacerdote ortodoxo Georgy Gapon encabezó una multitudinaria manifestación de obreros en San Petersburgo hacia el palacio de invierno para pedir al zar ciertas mejoras sociales y políticas. Si bien los manifestantes portaban iconos y emblemas imperiales en absoluta calma, las autoridades metropolitanas no hallaron nada mejor que dispersarlos a tiros y sablazos con un escuadrón de cosacos. Según el informe oficial, en la nieve quedaron 135 muertos y unos 500 heridos pero los cálculos extraoficiales dan cuenta de más de un millar de muertos e innumerables heridos. Por la ambigüedad de su conducta en éste y en otros casos, Nicolás II se ganó el título de sangriento. G. Gapón huyó y escribió al zar una amarga misiva. Poco después en Finlandia fue asesinado por sus colaboradores en circunstancias extrañas.
Si bien estos acontecimientos agravaron el contexto general, la situación del Imperio Ruso no era tan desastrosa, como pretende la historiografía soviética. El zar Alejandro II (1855-1881) había inaugurado su período de reformas, tiempo en que floreció la cultura clásica rusa que conocemos en la literatura, el arte y las ciencias. El Zar libertador (suprimió la servidumbre de la gleba), sin embargo, murió asesinado. Su hijo Alejandro III (1881-1896) gobernó bajo un régimen autocrático. Lo sucedió Nicolás II (1896-1917), el último zar, quien pretendió, o al menos prometió, seguir los pasos de su padre pero, superado por los acontecimientos, abdicó al trono en marzo de 1917 y murió mártir con toda su familia al año siguiente.
La Iglesia Ortodoxa Rusa, que Dostoievski y el filósofo Vladimir Soloviev definían en parálisis, tenía en ese tiempo un buen número de clérigos y laicos muy bien formados por sus cuatro Academias (facultad de Teología), quienes ya no se contentaban con su situación de la clásica Synfonía bizantina de Iglesia-Imperio. Desde la imposición en 1717 del reglamento eclesiástico del zar Pedro I la dirección suprema era ejercida por el Sínodo de Obispos controlado por el Procurador, un laico impuesto por el Zar: el Patriarcado había sido suprimido. Desde 1880 ocupaba ese cargo Konstantin Pobedonostsev, ex preceptor de los dos últimos zares, persona erudita pero rancio conservador, y como tal defensor acérrimo del statu quo, no de la tradición remota. En Cuaresma el ilustre y tan querido metropolita de San Petersburgo Antoni Vadkovski pidió en un informe la reforma de la Iglesia. Poco después el premier Sergio Witte presentó su propio informe, preparado con la colaboración de un eclesiástico, en el que pedía el restablecimiento del orden canónico con el Patriarcado y la convocatoria del concilio panruso. Ambos informes fueron archivados por el procurador del sínodo, pero el episcopado insistió en el concilio. El zar aprobó la preparación de esta asamblea el 17 de marzo pero a convocarse en el momento conveniente, que no llegó hasta su abdicación al trono en 1917
Al mismo tiempo abundaron en la literatura eclesiástica periódica los escritos reformistas y críticos, desde los más serios y profundos hasta los más arrebatados. Los obispos redactaron sus propuestas para el concilio que fueron pronto publicadas en voluminosos tomos. Entre estas propuestas se distinguieron la del mismo metropolita Antonio y la del arzobispo de Finlandia Sergio Stragrodski, reformistas. Años más tarde este último encabezó la Iglesia de la emigración. El tema conciliar se reavivó en 1912, año de la muerte de su principal promotor el metropolita Antonio, pero fue acallado otra vez hasta tiempos convenientes
. El 17 de abril el zar expidió la ley de libertad religiosa, recibida con beneplácito por los reformistas y con disgusto por los partidarios de la clásica synfonía.
En general, los partidos políticos rusos de entonces apelaban a medios poco democráticos para la conquista de sus objetivos. Primeramente estaban los anarquistas inspirados por Kropotkin y Bakunin: se oponían a toda autoridad, no descartaban el asesinato y trataban de tomar el poder. Entre estos partidos de izquierda el más poderoso era el social-revolucionario, de inspiración marxista; se propagaron principalmente entre los campesinos, desde 1900 formaron piquetes en las aldeas; asesinaban sistemáticamente a funcionarios de todo nivel. Los socialdemócratas, desde 1903 divididos en bolcheviques con Lenin y mencheviques con Martov, por aquel tiempo eran poco numerosos e insignificantes en la lucha política. Como agrupación partidaria de centro estaban los constitucional-democráticos, con muchos intelectuales importantes, partidarios mayormente de una monarquía constitucional, aunque demasiado teorizantes. La derecha estaba formada por los moderados de la Alianza 17 de octubre y luego varias agrupaciones extremas nostálgicas de la autocracia de los siglos pasados y la rusificación absoluta; extremos que no trepidaban en asesinar a quienes se considerara enemigos, mientras el zar era engañado con informes fantasiosos.
El domingo sangriento fue solamente uno de los hechos graves de 1905. Los desórdenes se siguieron con asesinatos, asaltos e incendios de establecimientos agrícolas de la nobleza e incluso de campesinos bienestantes, con ataques criminales a los barrios judíos en el sudoeste en lo cual se notaba la ausencia de las autoridades, con huelgas en las fábricas, rebeliones en la flota marina reprimidas con extrema brutalidad, rebeliones también en los países no-rusos del Imperio, como en las regiones anexadas de Polonia, los Bálticos, el Cáucaso e incluso en Siberia. A las molestas huelgas frecuentes en los ferrocarriles en octubre hubo incluso una huelga general.
Desde ya que con tanto descontento el Zar autócrata debió aprobar diversas leyes democratizantes. La más revolucionaria fue el establecimiento el 6 de agosto de la Duma, especie de parlamento puramente consultivo, aunque con delegados elegidos por la población. En la primera composición obtuvieron mayoría los partidos de izquierda, así que las sesiones resultaron verdaderas batallas verbales, que a veces pasaban a violencias físicas, con arrestos subsecuentes, con absoluta oposición al Gobierno. Antes de un año la Duma fue disuelta. Otras dos siguieron el mismo derrotero. Finalmente la cuarta en 1912, para la cual con el cambio de condiciones lograron la mayoría centro-derecha y ya con mayores facultades, se mantuvo hasta la revolución bolchevique. Con todo, la subversión continuaba paralizando la ya poderosa industria y el transporte y sembraba la confusión en la masa rural que componía el 85% de la población en general pobre y atrasada.
En ese mundo de problemas reales y promovidos, de delitos y de represiones violentas, llamó la atención el gobernador de la ciudad de Samara, sobre el río Volga, Pedro A. Stolypin, quien lograba dominar el desorden en su territorio sin las brutalidades tan comunes. En octubre fue llamado a San Petersburgo donde fue nombrado ministro del Interior. Muy pronto se hizo sentir su presencia tan eficiente.
De origen noble, el nuevo ministro del Interior había nacido en 1862, instruido, terrateniente y óptimo conocedor de la situación rural, cristiano convencido, patriota y monárquico aunque constitucional, sin pertenencia partidaria, primero gobernador de Grodno y luego en Samara; en sus funciones mostró eficiencia, valor y rapidez en las reformas necesarias. Consciente de las dificultades que lo esperaban, ya que dos predecesores suyos fueron asesinados, expuso con claridad sus ideas: no nos asustarán
quien argumenta con balas y bombas no merece sino la ejecución
Algunas ejecuciones de delincuentes evitarán ríos de sangre en Rusia
. Ahora su acción decidida se extendía a todo el imperio. No satisfecho con los tribunales ordinarios, lentos y complicados para esa situación de peligro y emergencia, instaló tribunales militares que en casos de homicidios o incendios, desde ya evidentes, dictaban sentencias sumarias que eran ejecutadas de inmediato
Por cierto hubo errores fatales y abusos, pero no hubo anonimato, ni desaparecidos, ni irresponsabilidades; el Ministro asumía la responsabilidad por las vidas humanas legal y públicamente. Hasta la pacificación de 1907 se contaron 4126 personas asesinadas por subversivos y 4552 heridos, entre estos, dos hijos de Stolypin; 3825 criminales fueron juzgados y algo menos de 3300 ejecutados. Con sarcasmo el lazo de la horca era llamado corbata a la Stolypin. En dos años la subversión fue vencida. Muchos subversivos huyeron a tiempo al extranjero. Ya en abril de 1906 Stolypin fue ascendido a premier, mientras su ilustre y meritorio antecesor Sergio Ju. Witte había sido destituido por intrigas de la zarina presumiblemente; en plena lucha antisubversiva el nuevo premier se reservó el cargo del Interior.
Todavía en plena lucha Stolypin comenzó a trabajar en su idea por tanto tiempo acariciada: la reforma agraria. El 85% de la población del Imperio era rural, pero debido al molesto sistema agrario colectivo mir, la mala distribución de las tierras fértiles, el trabajo primitivo, el rendimiento de los campos era magro; en muchas regiones los campesinos literalmente sufrían hambre. Viendo las posibilidades de las extensas llanuras el premier no quería confiscar tierras salvo que fueran abandonadas; combatía el sistema colectivo promoviendo la propiedad privada; instituyó el banco rural para créditos a los campesinos emprendedores, se facilitaba maquinaria agrícola, semillas y animales de cría. La superpoblación rural de algunas regiones tenía su salida en la colonización del sudeste de Rusia y de Siberia. En pocos años el Imperio pasó a ser potencia agrícola de primer orden al duplicarse e incluso triplicarse su producción agrícola. El deseo y plan agrícola de Stolypin era que los campesinos fueran propietarios bienestantes y rendidores en su trabajo, lo cual redundaba en el bienestar general y facilitaba las demás mejoras; él era represor de la subversión orquestada, pero reprimía en vista a las reformas. Su personalidad dominadora y su acción tan decidida encontraron una gran oposición, primero sorda y finalmente trágicamente manifiesta: los de izquierda lo odiaban por represor; los del centro se le oponían por autoritario, los derechistas no soportaban sus reformas, la aristocracia capitalina lo tenía por advenedizo, en la corte era mal visto por su oposición a Rasputin; con el correr del tiempo iba quedándose solo. El 1º de septiembre de 1911 durante la función de gala en el teatro de Kiev, Mordekhai Bogrov, joven abogado anarquista y agente de la Policía imperial asesinó al Premier. La apresurada ejecución del asesino remitió al misterio a los organizadores de ese delito
La acción enérgica de Stolypin pacificó al Imperio ruso y prologó su existencia hasta el desastre de la guerra 1914-1918 inoportunamente emprendida por el Zar; sus reformas inauguraron algunos años de progreso también frustrado por las absurdas actividades bélicas. Si hubiese perdurado la paz y se hubiesen seguido las reformas, amén del control necesario, la revolución de 1917 podía haber sido perfectamente evitada. Parece que ni el Zar zozobrante, ni la aristocracia comprendían en qué peligro se internaban, la Policía actuó con ambigüedad, los partidos políticos seguían sus propios fines y el pueblo quedó desorganizado y a merced de los agitadores. Pasado ya un siglo, la historia nos dice que las brutalidades, las intrigas, las contradicciones e indecisiones, la falta de reformas necesarias y la guerra absurda se pagaron muy caras.
Bibliografía
- Renovación y cisma en la Iglesia Ortodoxa Rusa. Revista Teología, N. 28-30, Buenos Aires, 1976.
- Nikita Struve, Christians in Contemporary Russia, New York, 1967.
Redescubrir Turandot
El 29 de este mes se cumplen ochenta y un años de la desaparición de Giacomo Puccini. Su muerte dejó planteado el misterio de Turandot, su inconclusa última ópera, excelentemente formulado por el compositor, director y crítico londinense Spike Hughes: el enigma no reside en que Puccini muriera antes de acabar Turandot sino en que no pudo terminarla antes de morir. La correspondencia da cuenta de la angustia que lo dominó durante el largo período de composición: Esta infame Turandot me aterroriza y no llegaré a terminarla. Y así sucedió. ¿Por qué?
A descifrar el enigma quieren contribuir estas líneas apoyadas en datos sólidamente establecidos cuya convergencia invita a escuchar y a contemplar con oídos y ojos nuevos la ópera de Puccini. Resultado: la figura misma del compositor surge así considerablemente renovada, y toda su obra se presta, gracias a una mirada retrospectiva a partir de Turandot, a una apreciación mucho más profunda que la habitual. Trataremos al menos de sugerirlo.
Sentido del enigma
Acercarse al proceso creador de un artista es siempre tarea difícil, que demanda tanto conocimientos objetivos como un respeto casi religioso de su lectura. A través de cuanto se ve, se lee y se oye al respecto, comenzando por la misma ópera, se va revelando el sentido de lo que el artista hizo con su creación. Aquí, el operista Puccini con Turandot. Conviene no olvidar la dificultad especial de la constante inseguridad que lo acompañó hasta el final, llevándolo a modificar sin cesar el proyecto inicial y casi a cambiarlo de signo. Gracias al testimonio único que ofrece ese proceso creativo es posible percibir la lucha entre la conciencia y el inconsciente del autor. El enigma de esta ópera inconclusa puede develarse penetrando el sentido de un proceso creador de belleza cuyo campo conflictivo fue, más que la conciencia del artista, su inconsciente trabajado por fuerzas múltiples y complejas. Todas ellas afortunadamente confirmadas por datos disponibles. Sólo es cuestión de saber interpretarlos bien. Tarea difícil pero digna de esfuerzo, pues a través de ella un compositor habitualmente tenido por fácil se demuestra profundo, original y moderno, sin por eso dejar de ser accesible.
Descifrar el enigma
Tres preguntas clave permitirán abrirse el camino en tan delicado terreno: a) ¿cuál fue el proyecto inicial de Puccini, cuál su intención primera?; b) ¿en qué consistió la dificultad de su tarea composicional, qué modificaciones esenciales se vio obligado a introducir?; c) ¿cómo explicar el resultado de esas modificaciones y su diferencia del proyecto inicial? Proyecto, tarea, resultado: tres elementos presentes en cualquier proceso creador, pero que en este caso revisten caracteres de excepción. Si se quisiera condensar en una sola palabra lo esencial de esos interrogantes podrían proponerse las siguientes: 1. Proyecto: la modernidad de Puccini. 2. Tarea: el inconsciente de Puccini. 3. Resultado: el cristianismo de Puccini.
1. Proyecto: mito y modernidad
Una serie de datos, precisos aunque esquemáticos, bastará para situarse:
- el proyecto de Turandot marca un punto culminante en la evolución comenzada en La fanciulla del West. Harto ya de sus temas habituales, Puccini busca algo nuevo.
- Ello lo conduce: a) a internarse en un universo fantástico: la leyenda modelada por Gozzi y otros permite el abrazo del mito con la grandiosidad musical estilo grandopéra; b) siempre fiel a las emociones profundas, Puccini huye cada vez más del peligro del sentimentalismo, mostrando al mismo tiempo su inquietud por problemáticas modernas. Su heroína, dice en célebre carta, debe salir de un cervello moderno.
- La unidad de estos elementos dramático-musicales le dan la convicción de estar frente a su trabajo más importante. En sus propias palabras, todo lo anterior sería una burletta.
2. Tarea: la dinámica del inconsciente
Si el proyecto muestra el punto de la evolución histórica pucciniana, podría decirse que la dificultad de la composición pone de relieve la evolución dentro de la evolución. Muestra cómo ésta trabaja en la mente del artista haciéndolo pasar de la intención a la realización progresiva del proyecto.
Hay un signo típico de la dificultad de esta tarea: la búsqueda insaciable y no alcanzada del fin de la ópera. Imposibilidad fundada más en motivos dramático-argumentales que en los estrictamente musicales. He aquí algunos datos indiscutibles: a) oscilación constante del compositor entre la exaltación y la desconfianza llevada al descorazonamiento total; b) dificultad en establecer la estructura dramático-musical de la ópera, sobre todo los actos segundo y tercero. Testimonios de exigencias constantes con los libretistas que no lograban satisfacer su instinto dramático, su necesidad de visualizar para poder componer; c) importancia creciente del personaje de Liú que desdibujaba el de la heroína principal de la ópera; d) en fin, la dificultad esencial: imposibilidad de dar forma dramática convincente al dúo final que Puccini quería tan bello como el de Tristán. E poi Tristano, como escribió en su partitura inconclusa.
Mientras el resto de la ópera, laboriosa pero perfectamente estructurada, permitió el ensamble de muchos elementos musicales: tradicionales y modernos, italianos y germanos, y hasta los infaltables elementos de un folklore chino transfigurado gracias a la sutilísima orquestación, no le fue dado a Puccini lograr lo mismo con el final de la ópera. ¿Por qué? Se tropieza nuevamente con el enigma señalado al comienzo.
3. ¿Turandot o Liú?:
el cristianismo de Puccini
Estamos quizás ante el punto clave. La introducción y la creciente obsesión de Puccini por el personaje de Liú pasan por tres etapas: necesidad ante todo de introducir la figura de una piccola donna que tiene poco que ver con la Adelma de Gozzi, y mucho con los típicos personajes femeninos del universo pucciniano, en especial Mimi y Butterfly. En segundo término, la imposición del nombre de Liú, descubierto en Pétis de la Croix, otra de sus fuentes literarias. En fin y sobre todo, su muerte presentada como sacrificio por amor. Culminación de hecho de la ópera que concluye con esa escena, ¿es ella también su culminación de derecho, como si tuviera que terminar así?… ¿Explicaría eso la extinción de la inspiración del compositor imposibilitado de concluirla? ¿Habría entonces Liú acabado por desplazar realmente a Turandot?
Ensayo de interpretación
Varios especialistas han arriesgado razones para explicar tanto la evolución del proyecto como la no conclusión de la ópera. Todas ellas, referidas al mundo consciente del autor, parecen insuficientes. Que Puccini sea un autor dramático incapaz de satisfacerse con un mero happy end, es harto discutible, cuando tanto la Fanciulla como el Trittico (tomado en su conjunto), las dos óperas precedentes, concluyen positivamente. Que algunos motivos de tipo familiar (como el suicidio de su servidora ocasionado por los celos de su mujer Elvira) puedan haber influido, no cabe duda. Pero, a pesar del aval que les da el renombrado biógrafo crítico Mosco Carner, reducir a tales razones (u otras semejantes) el enigma de Turandot parece insuficiente y, en el fondo, extrañamente superficial.
La pregunta esencial parece ser: ¿cómo operó inconscientemente en Puccini la fuerza del mito? Presente en él a través de netos indicios como su entrega apasionada al mundo de la leyenda, de la fantasía, de la modernidad freudiana, de la ópera espectáculo (no en la línea de Meyerbeer, sino más bien de Parsifal, de La mujer sin sombra, de lo que luego será Moisés y Aaron y ¿por qué no? de lo que antes fue La flauta mágica), todo ello se encontrá en su inconsciente con una raíz cristiana que, cualquiera haya sido la fuerza de sus convicciones católicas y la calidad de su vida religiosa, sin duda se mantuvo presente en él. Dichos elementos entraron en violenta colisión, y a través de ellos se fue dibujando, laboriosamente pero cada vez con mayor nitidez, la figura de Liú. ¿Por qué? Estamos una vez más ante el enigma. Se intentará aportar un esbozo de respuesta, con la ayuda de algunos estudios de antropología cultural.
Siendo imposible entregar aquí un análisis dramático musical, detallado y personal de Turandot (cf. por ejemplo, la revista Avant-Scène Opéra, Nº 33, 1981), bastará proponer cuatro elementos fundamentales de reflexión.
1. La China legendaria
El marco espacio-temporal donde se ubica la ópera evoca un mundo arcaico y misterioso, abierto a dimensiones cósmicas y a fuerzas sobrenaturales (cf. el múltiple papel del coro). Es el cuadro ideal para ambientar el mito y encarnarlo plástica y musicalmente en la majestuosidad de un ritual hierático. Tal la novedad del lenguaje dramático-musical pucciniano en Turandot.
2. Los cuatro temas cíclicos
Se ha mostrado de manera convincente que cada uno de los cuatro cuadros que estructuran la ópera está caracterizado por un tema musical propio que lo abre y lo cierra. De ahí lo de cíclico. Lo sorprendente comienza al ver cuáles son los temas y cómo juegan entre sí:
- Primer acto: tema de la violencia. Es doble: violencia real (abre y cierra el acto como el tema de Scarpia en Tosca), unido al de la violencia oficial simbolizado por la figura de Turandot (tema chino Moo-Lee-Vha, que caracteriza las apariciones de la princesa). Pero ésta es ambas cosas al mismo tiempo: violencia real y oficial. Es decir, la realidad elevada al orden del símbolo. Y en cuanto tal, administra el rito de la violencia real (ejecuciones) e interpreta oficialmente (mitifica) el rito violento (cf. el aria del segundo acto). Pero todo el pueblo la acompaña y la secunda, aunque ambiguamente, en ambos casos.
- Segundo acto, primer cuadro: tema nupcial, sutilmente evocado por los nostálgicos ministros y/o por la orquesta, remite al tiempo de la China primordial, del cosmos paradisíaco al que puso fin la aparición de Turandot. Reminiscencias de un mundo digno de Papageno destruido por la fuerza de una nueva Reina de la Noche. Esta aparece aquí en el:
- Segundo acto, segundo cuadro: es la entrada en force de Turandot que opone su interpretación violenta del mundo en el que ella reina a la interpretación paradisíaca de sus ministros. Lo importante es notar que el tema cíclico es aquí el Himno a la divinidad imperial: hace la transición con el cuadro anterior y pone término al presente, pero el cambio entre principio y fin es evidente. Las últimas notas triunfales, dignas de un Te Deum (de nuevo la evocación de Tosca), no responden a la ambigua y casi vulgar majestuosidad de los acordes del comienzo. Es que se trata allí, no de un mero ídolo, pero sí de una divinidad prisionera del mito y del rito violentos (el emperador Altoum) que espera su liberación a través del eventual vencedor. Al obtener su triunfo, Calaf da el primer paso hacia ella.
Así, pues, se ha ido pasando por los temas siguientes: violencia (real y oficial: Turandot y el pueblo), amor paradisíaco (la China arcaica de los ministros), divinidad presa de la violencia y en espera de liberación (Altoum). Queda el paso decisivo.
- Tercer acto (inconcluso): tema musical del nombre que abre el acto con el aria de Calaf y lo cierra con el fin de la ópera (compuesto por Alfano). Pero también aquí hay un cambio: poco importa finalmente el nombre de Calaf, lo decisivo es la revelación del Amor encarnada en el gesto de Liú. En otros términos, el descubrimiento del nombre, proclamado finalmente por Turandot, es la revelación de lo que se manifiesta gracias a Liú al dar su vida por amor a Calaf. Por eso el tema musical del nombre, aunque sea entonado al comienzo por el tenor, transciende la figura de Calaf y apunta a la revelación del Amor mediatizado por Liú que logra en fin transformar a la totalidad de los participantes, comenzando por el pueblo y culminando con la misma figura del emperador Altoum, es decir de la divinidad. Tal lo que pretendía Puccini y lo que todavía se ve hoy en los teatros. Pero el autor concluyó de hecho con el gesto mismo de Liú que encarna en sí el tema final y triunfal del nombre. No le fue dado escribir nada más definitivo, sólo esbozos…
Importa, pues, sobremanera percibir que dicho tema (Amor = Liú) asume y resuelve los anteriores. En efecto, la última escena muestra simultáneamente:
- el cambio de Turandot y del pueblo, incluyendo a Calaf al fin liberado del fascino orribile (fin de la violencia)
- la plena glorificación de la divinidad (paso de la divinidad presa del odio a la divinidad liberada por el amor)
- la renovación de la alianza nupcial (transformación y no simple repetición de la alianza paradisíaca mítica).
De esos tres puntos Puccini sólo logró mostrarnos el primero. No pudo, antes de su muerte, dar forma acabada a los restantes. Todo esto es innegable y de gran elocuencia. Es posible, sin embargo, dar un paso más.
3. Inversión de los tres enigmas
Considerados en esta óptica, la lectura de los tres famosos enigmas del segundo acto (esperanza-sangre-Turandot) sufren una extraordinaria inversión, sobre todo si se tiene en cuenta que el último trata del nombre y, a través de él, de Turandot (violencia). En efecto, la figura de Liú revela en el tercer acto, a través de su gesto de entrega, el nombre del Amor (primer enigma que invierte el tercero del acto anterior). ¿Cómo? Dando su sangre purísima (como cantará luego Calaf) por amor, y no exigiéndola de los otros (como el segundo enigma precedente). Al hacerlo así, transforma la esperanza en realidad, logrando y desbordando la alianza nupcial que ambicionaban los pretendientes regios y que rehusaba Turandot. Así, pues, se tiene:
4. Antropología cultural y ópera
Relacionando la estructura dramático-musical de Turandot, obsesión del compositor, con algunos datos de recientes investigaciones antropológicas, es dable obtener todavía ulteriores luces sobre el enigma del último Puccini. Así, Réné Girard muestra las relaciones entre la figura mítica del chivo emisario y la de una simple víctima emisaria. La primera expresa la necesidad, socialmente fundante, de superar la violencia multitudinaria por el sacrificio impuesto a un solo individuo, mientras la última descarta radicalmente toda violencia negándole significado positivo, es decir todo valor. Y padece, en consecuencia, la represalia que le imponen quienes no pueden soportar negación tan radical. Se convierte así en chivo expiatorio de un sacrificio cuya significación es esencialmente anti-sacrificial. La distancia inconmensurable que separa a Edipo de Cristo no esconde sin embargo las relaciones que semejante visión permite explorar.
Es legítimo pensar que Turandot recibe no pocas luces de tales consideraciones. Basta recordar su estructura dramático-musical para percibir que ella está regida por la dialéctica que enlaza mito y rito Ya se ha aludido al segundo acto con su doble interpretación mítica. Los actos primero y tercero lo encuadran centrándose en el rito sacrificial y violento: el príncipe de Persia en el primero y Liú en el tercero. Pero con caracteres distintos: en el primer acto es violento e impuesto porque el Príncipe está dentro de los mecanismos fatídicos de la ley de los enigmas (enunciada por el mandarín desde el comienzo de la ópera) que domina el mundo de Turandot. Liú, en cambio, dentro también de ese clima de violencia en el que entra libremente, ofrece su vida como gesto de amor. Dos posturas y dos sentidos de la muerte: se pasa del simple hecho de padecerla al don de sí mismo en la entrega de la vida. Por un lado, afirmación e imposición de la muerte violenta para guardar la ley social, por el otro, su negación en un gesto libre de amor que es la afirmación más clara de la carencia de valor de toda violencia. Paso, pues, del chivo emisario a la víctima-chivo expiatorio. Paso también del complejo edípico formado al comienzo por la tríada Timur-Calaf-Liú, del que esta última participaba ya libremente, al gesto oblativo final que emparenta a Liú sola con la figura redentora del Agnus Dei. Para mejor entenderlo conviene añadir todavía algo más sobre el sentido de su muerte.
Su gesto es simultáneamente autorrealización del amor que se da libremente hasta la muerte (línea ritual) y autointerpretación en cuanto significa el repudio de todo tipo de sacrificio distinto del suyo, es decir que no sea anti-sacrificial (línea mítica). Así se distancia del rito violento del primer acto, por una parte, y, por la otra, de las interpretaciones míticas del segundo acto.
Última coincidencia: así como a través de la figura neotestamentaria del Agnus Dei resplandece una imagen nueva de la divinidad, así también gracias a Liú es definitivamente liberada la figura de la divinidad (Altoum) a la par que se transforman todos los personajes. Simultáneamente elevación de lo humano y humanización de lo divino. Paso del registro de lo sacro (rito y mito) al registro de lo teándrico (humano-divino). Es el re-encantamiento de la China legendaria que no deja de recordarnos, al final, la situación análoga de Parsifal. ¿Cosas del destino
? Puccini buscaba conscientemente reencontrarse con Tristán y le fue dado, en cambio, hacerlo inconscientemente con la sacralidad de Parsifal. Pero cristianizada a fondo y no sólo en la corteza, a partir de su mismo núcleo teándrico y teologal, desde el Misterio Pascual.
Conviene recordar, al concluir, la frase llena de sentido de Margarita Wallmann: Es imposible seguir poniendo en escena Turandot como si fuera un cuento de hadas. No en vano vivimos una época trabajada por el psicoanálisis y la antropología cultural. Lo interesante es constatar que, de acuerdo a los documentos existentes, esas inquietudes estuvieron presentes en el mismo Puccini, pero sobre todo que un análisis serio de la estructura de su última ópera se presta sin artificio alguno a semejante tipo de lectura. Y que, gracias a ella, el enigma de Turandot inconclusa alcanza quizás su mejor solución. ¿Qué le quedaba a Puccini por agregar, si la muerte de Liú había resuelto, en la perfecta interpretación y realización del Amor por la muerte como don de la vida, todo lo que se había ido preparando en los cuadros anteriores? Los cuatro temas musicales, la dialéctica del rito y del mito, la resolución por inversión de los tres enigmas, y otras cosas que quedarían por agregar. Lo dicho, creemos, bastará para llamar la atención sobre el interés que representa el último Puccini e invitar, a partir de esta perspectiva, a una exploración retrospectiva del resto de su obra. Parece evidente que, en esta óptica, la totalidad de la creación pucciniana está destinada a sufrir un cambio radical de interpretación.
PS: Aclaración
No ignoramos que, en estos últimos años, diversos teatros han ido ofreciendo las versiones de Alfano (completa y no en la mutilación que le exigió Toscanini) y la más reciente de Berio. No habiendo podido presenciar una representación in vivo ni conocer siquiera suficientemente la partitura musical, prefiero abstenerme de todo juicio al respecto. De cualquier manera ello no afecta el fondo de nuestro pensamiento que parte de la base del carácter inconcluso de la obra. Puccini no pudo llegar más lejos. ¿Por qué? Mas allá de lo que hayan intentado hacer otros compositores, el resultado será siempre su propia obra y no la de Puccini. Tal la cuestión del enigma de Turandot a la que hay que responder.
Bibliografía
- Aubaniac R.: Lueurs sur Turandot de Puccini, en Regards sur lopéra. PUF 1976 1161-174.
- Carner M.: Puccini. A Critical Biography, Brentanos, Londres 1972.
- Gauthier A.: Puccini, Seuil, Paris 1961.
- Hughes Sp.: Famous Puccini Operas, Dover, New York 1972.
- Leibowitz R.: Loeuvre de Puccini et les problèmes de lopéra contemporaine, en Histoire de lopéra, Buchel/Chastel, Paris 1957.
- Osborne Ch.: The complete Operas of Puccini. A critical Guide, V. Gollancz, Londres 1981.
- Ricci L.: Puccini interprete di se stesso, Ricordi 1954.
- Carteggi Pucciniani (a cura de E. Gara), Ricordi 1958.
- Avant-Scène/Opéra, Puccini-Turandot (N. 33), mai/juin 1981.
- Girard R.: de su abundante obra destacamos lo esencial: La violence et le sacré 1972; Des choses cachées depuis la fondation du monde 1978; Le bouc émissaire 1982. Todos publicados por Grasset, Paris.




