Revista Criterio
Diciembre 2005
Nº 2311 » Diciembre 2005

Una historia violenta

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         Los monstruos no existen, dice Tom. Y se lo dice a Sarah, la niña rubia, su hija, quien acaba de despertarse de una pesadilla. Pocos segundos atrás Sarah gritaba entre las sombras, pero ahora Tom ha llegado. Pronto se encenderá la luz    –temida por los monstruos, como todos bien sabemos– y Sarah habrá de tranquilizarse con esa misma idea: los monstruos no existen.

 

Por un momento la sombra de Tom deja a Sarah en una oscuridad aún mas profunda, pero ya no, ahora no hay nada que nos distraiga de Sarah, de su mirada inocente, su camisón blanco y su osito de peluche. Es curioso que las niñas con ositos de peluche le teman a la oscuridad y los monstruos le teman a la luz, pero así es como empieza esta película. Y no es nada arbitrario.

 

Tom es dueño de una cafetería, en uno de esos pequeños pueblos de los Estados Unidos donde todo el mundo se conoce. Sarah es también hija de Edie, abogada que ronda los 40 años.

 

El asalto al negocio de Tom es obra del primer monstruo, elegante y hasta gentil cuando se presenta acompañado por su cómplice, frío y calculador, sumamente violento si las circunstancias lo aconsejan. Pero cuando la furia se desata, Tom se revela llamativamente hábil, logra matar a los asaltantes (en legítima defensa, como todo héroe haría) y restablece la paz por el módico precio de una visita al hospital.

 

Poco tiempo pasa antes de que aparezca el nuevo monstruo, y esta vez se trata de uno hecho y derecho, con cicatrices, armas y tipos malos que lo siguen a donde vaya. Fogarty, se llama, y está convencido de que Tom no es Tom, sino un tal Joey Cusack, que le ha quedado debiendo un par de facturas. Su ojo derecho, sin ir más lejos.

 

Acabo de describir tres escenas centrales de la primera parte de la película. Centrales y secundarias al mismo tiempo –y es éste un solo ejemplo de una película ambigua por naturaleza–, ya que son las escenas accesorias, anteriores y posteriores a aquellos hechos, las que le darán a History of Violence una marca particular.

 

Dicha marca consiste en la estructura especular del film. Hay una secuencia de hechos que, en la primera parte, lleva al espectador hasta un punto a partir del cual una secuencia análoga pero inversa lo reconduce al principio. Donde esto se vuelve más claro es en las escenas de sexo. Aparentemente, la primera parte es menos violenta que la segunda, pero en realidad todo depende de a qué le llamemos violencia, y es ésta la idea con la que Cronenberg ha trabajado admirablemente.

 

Porque todos estamos de acuerdo en que matar a alguien con un tiro en la cabeza es un hecho violento, pero Cronenberg está allí para decirnos que la actitud (monstruosa) de una vendedora de zapatos que se desentiende de la desesperación de una madre constituye una forma más solapada pero también atroz de violencia. ¿O acaso no pueden ser también violentos una mirada o un simple tono de voz? Y todo esto nos conducirá al mensaje (o duda) definitivo:

 

¿Qué es exactamente la violencia? ¿Qué es exactamente lo que abarca y puede ser, como la sangre, lavada con agua?

 

Después de todo, gangsters no hay tantos, pero monstruos hay por todos lados.

Nº 2311 » Diciembre 2005

El noveno día

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Pilar insustituible del “Nuevo cine alemán” de los años 70, Volker Schlöndorff es uno de los directores más rigurosos y profesionales de la actualidad. Creador de películas de gran impronta como El Tambor o La repentina riqueza de la pobre gente de Kombach, su cine testimonia y denuncia la dolorosa realidad social presente en la historia humana.

 

Si con La leyenda de Rita (su anterior realización no estrenada en la Argentina), Schlöndorff realiza una visión retrospectiva hacia la tradición del cine proletario, humanizando a sus personajes, es con El noveno día (ya comentado por Daniel Sendrós en ocasión del Festival de Mar del Plata, Criterio, abril 2005) cuando interroga al espectador, de manera fina y sensible, sobre las contradicciones que surgen entre una conducta individual y una social tomando como modelo un hecho real que involucró a uno de los tres mil ministros católicos en cautiverio en el campo de concentración de Dachau en plena expansión del poderío y la barbarie nazi.

 

La historia se basa libremente en la vida del religioso Jean Bernard, aquí llamado padre Kremer, que estuvo preso en ese campo de concentración de Dachau y que fue secretario general de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC, hoy Signis). En El noveno día, el padre Kremer es liberado y devuelto a Luxemburgo por el plazo de nueve días. Es todo el tiempo que posee para convencer al obispo de Luxemburgo de emitir un comunicado apoyando a Hitler y conseguir así, para él y otros sacerdotes, la libertad total; de no lograrlo, su destino y el de los demás curas puede ser la muerte.

 

Queda así planteado un profundo dilema moral porque, si bien Kremer se opone al pedido que le realizan en Luxemburgo desde un primer momento, debe elegir en una honda confrontación que involucra nada menos que la vida o la muerte de sus pares de la Iglesia. Surge aquí el interrogante: ¿condenar a sus compañeros y salvar la dignidad o apoyar la barbarie para conseguir la libertad? Como hábil contrapunto, el film presenta sus conversaciones con un joven oficial nazi (ex seminarista) que lo enfrenta con las diferencias entre un supuesto pensamiento teórico y la ambigüedad de los sentimientos dentro de una realidad compleja.

 

El actor alemán Ulrich Matthes, paradójicamente el Goebbels de La caída, interpreta magistralmente al sacerdote víctima de los nazis.

 

Volker Schlöndorff entrega un apasionante relato sobre la lucha entre las razones políticas y la fortaleza de la fe con profunda honestidad intelectual que remite, sin lugar a dudas, a su juvenil paso por el colegio jesuita y que hace honor a las palabras de un gran realizador y teórico como Andrei Tarkovski que en su libro Esculpir en el tiempo afirmó: “La obra siempre será el resultado de un esfuerzo intelectual en busca del perfeccionamiento del hombre, la expresión de una visión del mundo que nos atrapa por la armonía del pensar y del sentir, por su dignidad y sencillez”. El noveno día retoma un necesario y fecundo diálogo entre el cine y la espiritualidad en clave ética. Algo que hizo famoso a directores tan disímiles como Bresson, Buñuel, Zanussi o Pasolini y que es tan necesario para la dignidad del hombre como significativo para la historia del cine.

Nº 2311 » Diciembre 2005

Con Krzysztof Zanussi

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Cada tanto, el maestro Krzysztof Zanussi viene a la Argentina. En 2001 presentó en el festival marplatense, fuera de concurso, una emotiva reflexión sobre la aceptación de la muerte, graciosamente titulada La vida como una enfermedad sexualmente transmisible. Pero en esa ocasión apenas estuvo un par de días. Ahora estuvo cuatro, para dar unas charlas en dos escuelas de cine y un centro cultural, el Borges, y presentar su última película.

 

Ahí estuvimos, presenciando además la alegría y la emoción que le dio encontrarse con los primeros difusores locales de su obra hace ya 35 años, a saber, la familia Vigo de distribuidores (don Vicente Vigo, su hermana, y su esposa). Gracias a ellos los argentinos pudimos conocer La estructura de cristal, El factor constante, Contrato de matrimonio, y varias otras de sus obras. “Nosotros tratábamos con la empresa estatal polaca de cine, como era entonces, sin mucha posibilidad de contacto con los artistas”, contaba Lina Vigo. “Pero un día llegamos a la oficina, y había un muchachito esperándonos. Parecía que venía a buscar trabajo. La secretaria nos dijo que nos estaba esperando desde hacía rato. ¡Era el propio Zanussi, que venía exclusivamente a agradecernos la confianza que le tuvimos al haber comprado su primera película, cuando todavía no lo conocían suficientemente ni siquiera en su tierra!”.

 

Otra emoción le causó encontrarse con el veterano crítico Armando Rapallo y el cineclubista Salvador Sammaritano, que en una época hasta pasó sus películas más filosofales por televisión abierta, y con buen suceso (algo impensable para los programadores actuales).

 

Tales encuentros ocurrieron en el Enerc, donde Zanussi presentó su nuevo film, Persona non grata, parcialmente rodado en Uruguay. Dicho sea de paso, quedó chica la sala del Enerc para la cantidad enorme de espectadores que se habían convocado, muchos de ellos seguidores del maestro desde hace décadas. Y él atendía a todos por igual, sonriendo y agradeciendo siempre, sin cansarse, y encontrando siempre algo interesante en cada comentario que los demás le hacían. Pero se alegró especialmente cuando alguien recordó a su discípulo y amigo Krzysztof Kieslowski, de cuya muerte pronto se cumplirán ya diez años.

 

Coprotagonizado por otro maestro, el ruso Nikita Mijalkov (y ambos son co-productores), Persona… refiere una historia de amor en medio de las intrigas del mundillo diplomático, centrándose en temas como la viudez, la amistad, el paso del tiempo, la continuidad de algunos malos hábitos que impuso el comunismo (espionaje, delación, coerción, etc.), las decepciones recientes, y la pérdida de confianza. “Todos los luchadores de entonces tienen esa herida, ya no pueden vivir confiados en nada”, dijo luego el autor, advirtiendo que la película puede resultar un tanto incómoda para algunos.

 

Quizá por eso mismo agradeció charlar con nosotros sobre algo más agradable: el recuerdo de su amistad con Karol Wojtyla. Aunque evita llamarse amigo. “Es que ahora hay 40 millones de polacos que dicen haber sido sus amigos íntimos”, explicó con su habitual sonrisa, para continuar: “Lo conocí en 1959 en Cracovia, donde fui a estudiar (hasta que el gobierno cerró la Universidad en 1963), y coincidimos en escribir para un semanario católico, que era entonces la única revista independiente del país. El fue el obispo más popular de Cracovia, llamando la atención porque era completamente no-clerical. Parece que se sentía mejor entre los académicos, los filósofos, poetas y hombres de teatro, que entre los demás curas. Y estaba muy ligado al movimiento de intelectuales que protestaban contra la ola de nacionalismo antisemita que había entonces en Polonia (lo irónico es que al Partido Comunista Polaco lo crearon los hebreos, y que el propio conductor de ese momento estaba casado con una judía).

 

“En 1966 me ayudó a vencer el recelo de los monjes para hacer mi película de tesis, La muerte del padre provincial. Ahí me demostró que entendía como pocos religiosos las reglas del espectáculo. Gracias a esa ayuda pude recibirme y hacer luego La estructura de cristal, premiada en Mar del Plata. Ese fue mi primer premio, mi primer viaje al exterior, y la oportunidad de conocer vuestro país, al que cada tanto vuelvo, apenas encuentro alguna oportunidad”.

 

“Cuando lo nombraron papa, y se convirtió en Juan Pablo II, el primer papa polaco de la historia, me tocó hacer De un país lejano, donde el objeto de la película, el propio Wojtyla, fue también el sujeto asesor, ya que se trataba de contar su propia vida hasta ese momento. Hablaba del rodaje con un profesionalismo muy particular, y mucho sentido de la percepción. Sobre esto me decía, por ejemplo, que se identificaba completamente con la mirada del personaje, pero se sentía alienado al ver su rostro, ‘porque nadie recuerda bien su propia cara, y menos de perfil’. Es que él, cuanto mucho, se miraba al espejo sólo para afeitarse, menos de tres minutos por día”.

 

“Años después hice No tengan miedo. Historia de un Papa, y Hermano de nuestro Dios, con diálogos que él había escrito en su juventud. Para entonces me había nombrado miembro laico de la Pontificia Comisión para la Cultura en el Vaticano, cargo en el que ahora he sido confirmado. Nos veíamos cada tanto, pero, repito, no puedo decir que fuera su amigo íntimo ni cosa parecida. La última vez que charlamos fue en el 2004, durante una audiencia que tuvo con unos chicos de la calle que bailaban breakdance. Le divertía ver ese tipo de bailes. Y sé que trató de mantener su buen humor el mayor tiempo posible”.

 

Otra gente interrumpió la charla, y Zanussi debió atenderla. Horas más tarde ya se iba. Se susurra que podría volver en marzo, como jurado del próximo festival de Mar del Plata, pero esto todavía es apenas una posibilidad.

Dicho sea de paso, también en Persona non grata hay una mención a Juan Pablo II. Cuando el diplomático le pregunta a un joven buscavidas de su patria: “¿Sabes por qué tienes libertad?”, el muchacho, aunque la política le resulta enteramente indiferente, sabe responderle: “A Solidaridad y al Papa. Quizá también a Reagan y Gorbachov, pero no estoy demasiado seguro”.

Nº 2311 » Diciembre 2005

Clásicos infantiles II

por D'Andrea, Elisa - Vulovic, Elsa Plácida · Comentar 

Una de las virtudes más importantes de este libro es que desborda ampliamente el objetivo propuesto. Destinado a los docentes para que cuenten con una rica compilación de nanas y villancicos iberoamericanos, logra que el lector no especializado se conecte con sus emociones más atesoradas con calidez y emotividad inusitadas. Es toda una experiencia abordar sus páginas: las emociones más tiernas, aquellas ligadas a la primerísima infancia, producto de la voz y cuidados maternos, sus arrullos y sus cantos, se apoderaran de la psiquis y el corazón asaltándolos con sedosos y aterciopelados matices. 

 

La vida actual, con todo su atropello e indómita aceleración, ha sepultado la memoria de aquella primera época en que alguien tenía toda la atención y su tiempo puestos en nosotros. No habrá a lo largo de la vida otro afecto comparable, tan luminoso y benefactor como aquel primero de la madre, que nos permitió el pasaje de la oscuridad a la luz a través de infinitas ligazones nutricias, táctiles y sonoras. Por eso mismo, aún el más insensible verá su corazón estrujado ante la lectura de versos como éstos: Duerme, niño pequeño,/ duerme tranquilo en la cuna,/ que a tu cabeza está el sol / y a tus pies está la luna.

 

Sencillez y simplicidad en la búsqueda del contacto con el niño que todos somos, hacen que este libro de Elisa D´Andrea y Elsa Vulovic, docentes ellas mismas, sea indispensable no sólo en el aula como estímulo para la imaginación y la fantasía de los más pequeños, sino en la biblioteca de todos aquellos destinados a ser padres y, por qué no, en la de todos aquellos que somos hijos en busca de aquel recuerdo de un tiempo sin duración, bañado en una sempiterna luz dorada.

 

El libro cuenta con un prólogo donde se nos ilustra sobre lo que Federico García Lorca y Gabriela Mistral, pioneros en la difusión, reflexionaron sobre este género. El gran poeta español consideraba que las nanas constituían los primeros pasos por el mundo de la representación intelectual. A su vez, la poeta chilena identificaba a la canción de cuna con un coloquio diurno y nocturno de la madre con su alma, con su hijo y con la tierra.

 

También tenemos la opinión de numerosas autoridades, entre ellas la médica y poeta uruguaya Sylvia Puente de Oyenard, que afirma que una madre que acuna a su hijo le está proporcionando atención, confianza y estímulos que favorecen el correcto desarrollo de su personalidad.

 

Con un apéndice titulado “Sugerencias”, las autoras apuntan una breve y simple orientación de trabajo para el aula docente, guía que cualquier abuela o madre en su casa puede poner en práctica de tan atinada y sencilla, para estimular la curiosidad y la comprensión y la expresividad de los niños a su cargo. Justamente, las docentes comentan que tales pautas les fueron “sugeridas” por los mismos niños que reaccionaban ante la lectura de las nanas.

 

Pero creemos que no existe mejor recomendación que compartir con el lector de esta reseña algún otro de los numerosos arrullos que pueblan las páginas de este regalo en forma de libro para que la emoción hable en él. Que sea este fragmento de Canciones para mecer, de Eduardo González Lanuza: En un borriquito / se van para Egipto / San José, la Virgen y el Niño./ Tan suave es el trote / que mece al dormido./ ¡No me lo despiertas! / Aunque éste es el mío,/ mira su sonrisa: / sueña con el Nilo / los niños que duermen / son un solo Niño.

Nº 2311 » Diciembre 2005

Semillas de esperanza

por Nouwen, Henri · 1 Comentario 

“El misterio de un hombre es demasiado inmenso y profundo para ser explicado a otro hombre”. Con esta advertencia dirigida a los biógrafos, Henri Nouwen sitúa al lector de esta obra en el umbral de un recorrido personal de profunda espiritualidad.

 

Este sacerdote holandés, nacido en 1932, fue profesor en las principales universidades de su país y de los Estados Unidos y vivió sus últimos años con los enfermos de la comunidad El Arca, en Daybreak, Toronto, donde murió en 1996. Probablemente sea el autor más conocido de su generación por sus escritos espirituales

 

Semillas de esperanza es un libro de despedida. Guiado por Nouwen, su amigo el monje trapense Robert Durback recopiló lo más significativo de libros, cartas, artículos y material inédito.

 

Qué es la vida eterna, dónde y cuándo tendrá lugar, son las preguntas que orientan el “discurso de despedida”.

 

La historia personal del teólogo inmerso en las vicisitudes de la vida contemporánea evoca no obstante la historia de Jesús. Siendo un destacado profesor en Harvard descubre con dolor que “cuando estoy encadenado por la ambición, me es difícil ver a aquellos que están encadenados por la pobreza” (1985). Y piensa que a través de sus escritos y de su vida apartada pero en contacto con Dios y con la gente discapacitada puede convertirse en un don para la Iglesia y para el mundo.

 

Considera La voz interior del amor el diario secreto de un período de extrema angustia vivido entre diciembre de 1987 y junio de 1988. En El regreso del hijo pródigo descubre su propia vida y una misteriosa ventana a través de la cual se puede poner un pie en el Reino de Dios.

 

Semillas de esperanza es la síntesis de gran parte de sus obras. Se divide en cuatro partes: Anhelos humanos, Santidad y humanidad, El destino humano, y La esperanza en el mundo de hoy. En ellas comparte con nosotros ideas sobre: Nuestra inquieta y atareada sociedad, Quién es el Dios al que rezo, Intimidad y sexualidad, Cómo estar en contacto con la esencia de nuestra propia vida, el significado del matrimonio, de la amistad, de la comunidad y de la vida cristiana.

 

Los caminos místicos y los revolucionarios no son opuestos sino dos aspectos del mismo modo humano de experimentar la trascendencia. Ningún místico puede evitar transformarse en crítico social. Refleja esta convicción al hablar del Apocalipsis y la difícil situación del mundo de hoy.

 

Desde la presentación del libro se reconoce su intención de despedida al citar párrafos de sus obras y subrayar que la muerte ya no es una línea divisoria y que hay que dejar que los otros nos ayuden a morir y llevar nuestro cuerpo a casa.

 

Aclara su nueva vocación de hablar y escribir: “Ahora sé que debo hablar desde la eternidad al tiempo, desde la alegría duradera a las realidades pasajeras de nuestra corta existencia en este mundo…”.

 

Los textos permiten descubrir la atractiva y potente personalidad de Nouwen en sus múltiples facetas: escritor, conferencista, profesor universitario, consejero pastoral, guía espiritual y amigo que comparte luchas, vulnerabilidades y secretos de su propia alma con los lectores.

 

El autor expresa en estas páginas postreras la espiritualidad profunda de una vida donde la esperanza arraiga en el ser antes que en el hacer y en el corazón antes que en la mente.

 

En ellas hay también espacio para la autocrítica: antes quería hacer todo solo, como una “estrella autosuficiente”. Con el tiempo advierte que “Dios ha escogido lo que el mundo tiene por débil para avergonzar a los fuertes” (1 Corintios 1,27) e incorpora activamente esta convicción a su vida.

 

“Es tiempo de terminar. Es difícil hacerlo. Aún quedan muchas palabras sin pronunciar, sentimientos sin expresar y misterios sin revelar. Pero debo confiar en que ustedes los conocerán aunque permanezcan ocultos… Oremos pidiendo la luz. Es la paz que el mundo no puede darnos”, concluye Nouwen en el texto donde alumbra parte de su misterio.

Nº 2311 » Diciembre 2005

La cólera de la inteligencia

por Páez de la Torre (h), Carlos · Comentar 

Carlos Páez de la Torre, miembro de número de la Academia Nacional de la Historia, tiene en su producción una treintena de libros y cientos de notas, muchas de ellas publicadas en La Gaceta, sobre personalidades y acontecimientos de su provincia natal, Tucumán, que se proyectan a la región y, más allá, a la historia de la Argentina. Quien dice Tucumán evoca espontáneamente la Batalla librada por Belgrano el 24 de septiembre de 1812, la Declaración de la Independencia en 1816, la cabeza de Marco M. Avellaneda clavada en una pica y rescatada por una valerosa dama, a dos de nuestros más grandes presidentes, Avellaneda y Roca, a figuras de la relevancia política de don Pepe Posse, el amigo de Sarmiento, el vicepresidente Marcos Paz, Uladislao Frías, Salustiano Zavalía y Delfín Gallo, o de la talla intelectual de Alberto Rougés, Ernesto Padilla, Juan B. Terán, el sabio Miguel Lillo, y en el desarrollo de la industria azucarera, empezando con José Eusebio Colombres y, adentrados en el siglo XIX y principios del XX, los Nougués, Hileret y, nuevamente, Rougés. La lista, sabemos, es harto incompleta. En Páez de la Torre, cronista ameno, historiador riguroso, nunca falta la calidez de quien frecuenta el pasado como una dimensión de las propias y más entrañables raíces. Dedicó biografías a la gran escultora Lola Mora, al “canciller de las flores”, Gabriel Iturri, un tucumano que recalando en París, llegó a ser secretario, y algo más, del proustiano conde de Montesquiou-Fezenzac, y, más recientemente, a Nicolás Avellaneda.

 

Y es natural que la figura de Groussac rondase al autor, que confiesa que éste ha sido “un libro de largo trámite”. El punto de contacto del francés, nacido en Toulouse en 1848 en las postrimerías del reinado de Luis Felipe, con el mundo que Páez de la Torre conoce de manera inigualable, está en ese primer encuentro entre el joven ministro de Educación de Sarmiento, hijo del mártir de Metán, y el veinteañero francés, que apenas desembarcado se había ganado la vida como ovejero en San Antonio de Areco. José Manuel Estrada fue quien los reunió y así se decidió el rumbo futuro de Groussac: Avellaneda le ofreció dos cátedras en el Colegio Nacional de Tucumán, hacia donde partió en 1871. Aunque un apremiante encuentro romántico en la Recoleta lo hizo levantar apurado de la reunión, Groussac quedó por siempre agradecido a Avellaneda a quien dedicó un antológico y admirable retrato, físico y psicológico en Los que pasaban. Groussac se afincó unos años en Tucumán pero quedó ligado a ella para siempre, por la labor docente, intelectual y política, por los amigos que se ganó, e incluso por lo que recordaría en su ancianidad de “amores antiguos”, como dice la zarzuela, con el sabor de la nostalgia.

 

El biografiado dedicó muchas páginas a su propia historia, valiéndose en ocasiones del género novelístico (Fruto vedado por ejemplo, que lo tiene de protagonista apenas disimulado). El biógrafo, con singular pericia, ha sabido entrelazar la larga existencia de Groussac a partir de su propio testimonio, lo ha confrontado con los de sus contemporáneos, ellos mismos a menudo plasmados en textos ora entusiastas, ora despiadados, que les dedicara este francés de brillante inteligencia y de carácter colérico, como acertadamente resume el título de la obra. Groussac amó apasionadamente la Argentina, en la que eligió quedarse para que fuera patria de sus numerosos hijos. Pero la amó con impaciencia, con dosis de intolerancia frente a los defectos y mezquindades de sus contemporáneos, reproches de los que él mismo no estuvo exento. Anudó grandes amistades, Goyena, Roque Sáenz Peña, Carlos Pellegrini, y sufrió el desgarro de muertes prematuras, que dejaban un vacío en el país mismo. Fue un hombre de cultura universal, renacentista, dominó el castellano con igual fluidez que el francés de origen, y hasta escribió en inglés. Viajó mucho, aunque para ello dejara más de una vez a su esposa en vísperas de parto. Hasta el final de sus días se sintió unido a su Francia natal, aunque Toulouse (de donde salió por un conflicto familiar que queda en la oscuridad), progresivamente se le fuera haciendo más extraña. Como quien peregrina, fue a visitar a Víctor Hugo, quien ya caía en la senilidad. No pudo entablar un diálogo con el autor de Hernani, había llegado demasiado tarde. Pero sí lo hizo con Alphonse Daudet, Émile Zola y “el tigre” Clemenceau. A Rodin intentó convencerlo de modificar su estatua del Sarmiento que hoy admiramos en Palermo. No tuvo éxito, y al desvelarse el bronce, se escucharon manifestaciones de rechazo a una obra en la que no se reconocía a la persona evocada.

 

Director de la Biblioteca Nacional, Groussac hizo del solar de la calle Méjico un poderoso foco de irradiación de las letras, la filosofía y hasta la música (los “conciertos de la Biblioteca” tenían a su frente a su pariente político, el compositor Alberto Williams, alumno de César Franck y pionero de la música argentina). Contribuyó desde ese cargo a la cultura argentina desde dos publicaciones periódicas que recogieron lo más granado del pensamiento de su tiempo y del suyo propio. Como historiador, legó obras sobre los fundadores de Buenos Aires, sobre Liniers, su compatriota de trágico fin; y algo que hoy día sigue teniendo vigencia, Les iles Malouines, reivindicación de la soberanía argentina sobre ellas en base a cuidada documentación. En sus últimos años quedó ciego, al igual que su predecesor, José Mármol, y que Borges, el más ilustre de sus sucesores. Antes de morir, el 27 de julio de 1929, cedió en su férreo agnosticismo, y recibió los sacramentos. Su hija Cornelia, el báculo de su vejez, había logrado horadar su resistencia. Quizás recordó entonces sus confesiones de niño con el P. Lacordaire, quizás fue la apuesta pascaliana, quizás la imagen de San Vicente de Paul, estrechando en sus brazos un niñito huérfano como expresión de la más alta caridad, o la palabra oportuna y respetuosa de Enrique Ruiz Guiñazú.

 

Groussac se preguntó alguna vez, y esta biografía nos lleva a formular el mismo interrogante, si de haber regresado a Francia en su juventud hubiera logrado una celebridad de que gozaron escritores contemporáneos en Europa. La pregunta es de aquellas que se llevan a la tumba, porque no tiene respuesta. Hoy, Groussac es un virtual desconocido, como puede comprobarse con sólo preguntar a los estudiantes universitarios. No sé si, como en mis tiempos de la secundaria, se sigue leyendo su retrato de Avellaneda, con aquello de “la barba asiria luego felizmente recortada”. Pero quizás este olvido no sea mayor a la de tantos que un siglo atrás estaban en Francia, de una u otra manera, sous la Coupole y cuyos nombres tampoco dicen mucho a las nuevas generaciones. Tempora fugit…

 

El historiador tucumano logra que los personajes y situaciones de esta vida multifacética adquieran nueva dimensión a partir de un doble soplo creador, el de Groussac y el suyo. Uno y otro están, puede decirse, en diálogo, en sintonía intelectual y afectiva, sin por ello ser complaciente con los defectos, el egocentrismo en primer lugar, de su biografiado. Páez de la Torre nos permite conocer y recuperar una figura excepcional de nuestra cultura y a través suyo, de una Argentina llena de promesas y de no pocas realizaciones. Al respecto, merece señalarse que Criterio publicó un trabajo de Fernando Madero titulado: «Groussac y su visión del centenario en el ochenta» (22.3.1984, nº 1919). ¿Cuál no sería la impaciencia de Groussac si fuera nuestro contemporáneo en las proximidades del Bicentenario?

 

En esta “vida de Paul Groussac”, cada capítulo está seguido de notas que acreditan el minucioso trabajo del autor. Hay buenas ilustraciones pero se echan de menos los índices bibliográfico y onomástico, peccata minuta de una edición en tantos otros sentidos impecable. Desde la cubierta, la caricatura que le dedicó El Mosquito muestra a Groussac como el gallo simbólico de Francia, con una mirada que dice mucho de “la cólera de la inteligencia”. Con ella mira al lector en irresistible invitación a la lectura de esta biografía y, como el mejor fruto, de la obra que dejó a su país de adopción.

Nº 2311 » Diciembre 2005

Historia de una identidad

por Mejía, Jorge M. · Comentar 

Hace exactamente cuarenta años, el entonces director de Criterio, Jorge Mejía, escribía la última de sus “Crónicas del Concilio” y anunciaba el comienzo de una nueva serie: “Crónica de la vida de la Iglesia”. Era el final esa “gran explosión pentecostal” en la que tuvo “la gracia de tomar parte activa” y el comienzo de una nueva etapa. Los lectores de unas y otras crónicas, sus discípulos y amigos, o los simples feligreses de sus misas en la Catedral o el Instituto de Cultura Religiosa Superior, reconocerán al mismo Jorge Mejía de entonces en este libro. Les parecerá inclusive estar escuchándolo, no sólo leyéndolo. El cardenal Mejía quiso compartir su propia historia, a más de ochenta años del primer llamado, a la vida, en el seno de una familia tradicional argentina. Es la suya una identidad que se enhebra desde los antepasados, desde los padres y hermanos evocados con ternura y nostalgia, y que en los numerosos sobrinos encuentra hoy el anclaje afectivo con esas raíces y con el país. El final es abierto, porque como cristiano se pone en manos de su Señor con el estado de ánimo de Juan Pablo II en su testamento cuando hacía suyas las palabras de Simeón: “Ahora puedes dejar a tu siervo partir en paz”, pero al mismo tiempo, mucho es el servicio que la Iglesia, a través del Sucesor de Pedro, espera aún de Jorge Mejía.

 

Historia de una identidad es el título de la obra. Identidad de hijo, amigo, seminarista, sacerdote, sobre todo sacerdote (“no he sido, en realidad, otra cosa”), obispo, cardenal, que se deja guiar por el soplo del Espíritu. Cada uno de estos aspectos de su identidad es objeto de una reflexión, de un pour mémoire” de lo que se atesora, o que duele aún, pero que sobre todo, se sintetiza en la identidad del cristiano que ama a la Iglesia. “Me he preguntado a veces, y otras me la han preguntado, cómo es que llegué a ocuparme, todavía en Argentina, después en Roma, y por lo visto hasta el fin de mis días (si todo sigue como hasta ahora), de relaciones con las otras iglesias cristianas y, sobre todo, con el judaísmo”.

 

Quien esto escribe fue a la vez testigo de su excepcional contribución al diálogo ecuménico y a la relación con el judaísmo en la Argentina y América latina primero, y luego en la Iglesia universal. El lector argentino echará de menos que el autor, cives romanus, no dedique más espacio a las etapas de su ministerio en la Argentina, aunque fuerza es reconocer que no siempre encontró comprensión y reconocimiento en la iglesia local, virtudes también escasas, supongo, en la urbe y en el orbe. Mejía entabló una relación de profundo amor con Roma, en su juventud como estudiante, durante la difícil posguerra, reinando Pío XII, figura que Mejía reivindica, y al hacerlo también cumple con la verdad histórica y un deber de gratitud y justicia que lo enaltece, luego la de los años fervientes del Concilio, en el que participó como perito, y desde hace ya treinta años, en el gobierno central de la Iglesia, en la Comisión de Relaciones Religiosas con el Judaísmo, la Comisión “Justicia y Paz”, la Congregación para los Obispos y la Biblioteca y Archivo. Misteriosos caminos de Dios, tan sorprendentes quizás para el padre Mejía si le hubieran dicho –cuando era perito conciliar–, que sería “Cardenal de la Santa Iglesia Romana”, y su otrora compañero de estudios, Papa. Precisamente Juan Pablo II, alguna vez se lo comentó directamente: “¿Qué dirían nuestros profesores del Angélico?”. La figura de este Papa llega al lector con cálida proximidad. Mejía tuvo el privilegio de intervenir decisivamente en dos de los grandes momentos del pontificado: la visita a la sinagoga de Roma y la Jornada de Asís. Y esta cercanía alcanza una dimensión admirable, emocionante, íntima, a manera de epílogo o de inesperado capítulo final en su testimonio de los últimos momentos de Juan Pablo II, no porque él no haya sido crítico (con gran libertad, la misma del padre Mejía de Criterio) de algunas decisiones del entorno papal en la proximidad de ese final. Y estas memorias, se cierran en los albores de un nuevo pontificado. Jorge Mejía conoce bien al actual Papa, cuya personalidad traza con la profundidad de quien ha compartido durante años altas responsabilidades. Numerosas ilustraciones, de imágenes y documentos, agregan interés a este libro del que los lectores de Criterio tuvieron el anticipo de un capítulo sobre la compleja y trágica Argentina de los sesenta y setenta y la inolvidable etapa de su dirección.         

Nº 2311 » Diciembre 2005

La Palabra Viva

por Mancuso, Hugo R. · Comentar 

El libro de Hugo R. Mancuso –licenciado en Letras por la UBA, doctor en Letras por la Universidad de Roma I “La Sapienza”– se propone revitalizar la obra de Michael M. Bachtin (1895-1975), quien a juicio de Todorov fuera “el mayor teórico de la literatura rusa del siglo XX”.

 

El primer capítulo presenta una breve semblanza de este enigmático autor, cuyo derrotero es difícil de trazar. Perseguido por el stalinismo y encerrado de cárcel en cárcel siberiana, en los años 70 muchos lo creían muerto y en realidad daba clases de literatura rusa en una escuelita secundaria de un pequeño pueblo de los Urales. Se desliza una anécdota: Bachtin era un gran fumador y, debido a la miseria a que lo habían sometido sus perseguidores, utilizó el papel del manuscrito de su monumental ‘teoría de la novela’ para envolver el tabaco, quedando de la obra sólo fragmentos.

 

Mancuso establece similitudes entre su figura, la de Gramsci (1891-1937) y la de Wittgenstein (1889-1951), al coincidir los tres en algunos principios teóricos tales como el de la autorreferencialidad de todo texto, o al tomar distancia de la dialéctica hegeliano-marxista, ya que para estos autores el diálogo produce acuerdos o desacuerdos que no están previstos en los postulados: el resultado no está legitimado a priori y puede no ser evolutivo ni justo. Amén de sufrir cárcel o persecuciones por sus ideas (o retractaciones en el caso del vienés) por el totalitarismo de turno.

 

Con fama de outsider, Bachtin nunca fue un engranaje clave de la vida académica rusa. Escribía sus textos en colaboración con sus discípulos, y sus diversos encierros dieron pie a que se pensara que muchos de sus textos eran apócrifos, pero a lo largo de su frondosa vida intelectual pueden observarse principios de coherencia, principios que lo llevaron al exilio y a la detención por parte del stalinismo, molesto por cualquier desviación del modelo del realismo socialista que se había impuesto como único vehículo cultural actualizado.

 

El segundo capítulo de esta biografía intelectual indaga sagazmente en los conceptos fundamentales de su retratado: el dialogismo, la carnavalización, la autorreferencialidad del texto y las posturas éticas al respecto. El tercero corrige a la vez que informa sobre la interpretación y la divulgación que de esos escritos se hizo en Occidente. Una segunda parte del texto explora diversas aplicaciones del problema de los géneros discursivos, siempre con escritura clara y precisa, con el rigor intelectual que caracteriza al autor.

 

Debido al uso en muchos de sus textos de palabras como “tercera voz”, “palabra ajena”, “fiesta de la resurrección”, Mancuso revela que muchos de los revisionistas contemporáneos de Bachtin y de la cultura rusa lo considerarían una versión académica de la mística ortodoxa rusa. Y si bien considera exagerada la afirmación, entiende que puede estar fundamentada en la reformulación de un pensamiento que no se basa en la concepción moderna del sujeto, en un concepto mecanicista de ideas “claras y distintas”.

 

Sin duda, lo que debe haber irritado al totalitarismo es el concepto de responsabilidad bachtiniano. La palabra entra en crisis cuando quiere afirmar un significado único porque –justamente– cancela la responsabilidad, que no es otra cosa que la delimitación de un enunciado parcial. Cuando se pretende universalizar la palabra aparece la crisis, porque la palabra no es más responsable cuando pretende ser absoluta. Se trata de un buen recordatorio para nuestros políticos.

Nº 2311 » Diciembre 2005

El espejo que tiembla

por Castillo, Abelardo · 2 Comentarios 

Se suele reprochar a Abelardo Castillo los largos períodos que pasa sin publicar. Las maquinarias de la noche, su anterior serie de cuentos es de 1992. La alegría por la aparición de este nuevo volumen no se debe solamente al hecho del reencuentro con el autor después de un lapso tan prolongado, sino a la certeza de que, más de cuarenta años después de su inicio como cuentista en 1961 con Las otras puertas, siguen intactos el rigor y la riqueza entrañables de su producción, que retoma la mejor tradición de otros argentinos: Arlt, Borges, Quiroga, Cortázar.

 

El espejo que tiembla lleva la misma hermosa dedicatoria que el resto de los volúmenes de Los mundos reales (título que comparten todos sus libros de cuentos, a partir de la colección publicada en 1972) en la que el autor declara que todos sus cuentos, “los ya escritos y los que aún quedan por escribir pertenecen a un solo libro incesante”, idea que reitera de distintos modos, pero sobre todo en la práctica de una escritura que da cuenta de la íntima vinculación que se establece entre toda su obra.

 

En el centro del libro, compuesto por once cuentos, “Ondina” se convierte también en un texto central para abordarlo. En una de las tantas entrevistas en las que se pide a los escritores que seleccionen su cuento favorito, Castillo mencionó “La sirenita”, de Andersen. Ella es uno de los personajes del cuento, la que está “allá en el mar”, pero hay otra, “la de acá”: ambas conviven en su diversidad con el narrador. Ya señaló el autor esta posibilidad de cruce en el Posfacio a Las panteras y el templo: “Hace años vengo sintiendo que, realistas o fantásticos, mis cuentos pertenecen a un solo libro. Y la literatura, a un solo y entrecruzado universo, el real, hecho de muchos mundos”.

 

Este espacio inestable es el que recorren los cuentos: el primero, “La cosa”, nos pone en contacto con lo otro, que acompaña y vigila al narrador, y se va convirtiendo en algo acechante y siniestro “como si derivara poco a poco hacia otra cosa, más amenazadora”. En “La que espera”, último relato del volumen, se cruza lo francamente inexplicable, aun dentro de lo que podría catalogarse como mundo real: un hombre desaparece durante tres años, después de un accidente; su hermana lo espera cambiando las sábanas de su cama y tendiendo su mesa rigurosamente, apuesta a lo imposible que se cortará de golpe cuando el hombre reaparezca en el pueblo.

 

A este ambiente de irrealidad, en el que el lector no sabe con certeza de qué lado del espejo se encuentra, contribuye en gran medida el clima nocturno que predomina en los cuentos. La oscuridad hace que todo se confunda en ese espacio sin referencias: como en “Cita en cualquier lugar”, las sombras pueden borrar los bordes entre los “mundos reales” y los soñados.

 

Si en toda la producción de Castillo se marca una definida voluntad de elegir a sus precursores, esta voluntad se hace explícita en El espejo que tiembla. Más allá de la mención concreta a Poe en “Fordham, 1994” (título y texto que, además, no pueden dejar de remitir a Borges), está Horacio Quiroga en “Pava”, que evoca, en espejo, a “La gallina degollada”; en el encuentro de dos tiempos que vive Villari en “La casa de la calle Victoria” están los pasajes de Cortázar, para mencionar solamente algunas de las muchas alusiones que se van encontrando en la lectura.

 

Castillo nos invita en este libro a revisitar a sus autores más preciados. En “Ser escritor”, una serie de reflexiones acerca de la escritura, anota: “Un hombre que escribe grandes cuentos es fatalmente un gran escritor: Poe, Chéjov, Borges, Cheever, Akutagawa, Cortázar”. A esta lista, sin duda, debe sumarse Castillo; su nuevo libro vuelve a confirmarlo.

Nº 2311 » Diciembre 2005

Sobre el sacerdocio a la mujer

por Aguirre, José Amado · 1 Comentario 

Pareciera inviable en la administración católica el acceso al orden sagrado sacerdotal a la mujer por ser mujer. Pero actualmente se abren novedosas interpretaciones al mismo Mensaje evangélico de Jesús que es la base de la doctrina cristiana. No podemos quedarnos en una definitiva aplicación temporal, al margen del cambio de investigaciones y culturas. Ya el mismo Jesús nos advirtió que su doctrina “es una fuente de agua viva… que fluye para la vida eterna”.

 

Actualmente tenemos que aceptar como verdad de fe dogmática solamente lo que está declarado oficialmente (ex Cathedra) como tal. Al respecto, sobre el sacerdocio femenino no existe tal definición a pesar de que en el mismo Catecismo de la Iglesia Católica se afirme que es doctrina fundada en el evangelio la inhabilidad femenina para el orden sagrado. He aquí el texto: N° 1577: “Sólo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación… El Señor Jesús eligió a hombres (viri) para formar el colegio de los doce apóstoles… y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores… que les sucederían en su tarea… El colegio de los obispos, con quienes los presbíteros están unidos en el sacerdocio, hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el colegio de los Doce. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación…”.

 

Si esta es la razón teológica fundante de la inhabilidad de las mujeres por ser mujeres para recibir el orden sagrado, no caben las demás supuestas inhibiciones de orden natural o sobrenatural ante la evidencia de la capacidad femenina para todas las funciones tradicionalmente atribuidas única o principalmente al varón.

 

“Santísima Virgen María sacerdote, ruega por nosotros”. Esta jaculatoria se la atribuye a San Pío X hacia el año 1908. Según un profesor de teología consultado al respecto, el sacerdocio de María se aceptaba pacífica y devotamente durante los siglos XVIII al XX con la constancia de la conocida revista católica española Razón y Fe. Posteriormente se diluyó y negó, no en forma dogmática, tal calificación de dignidad a María Santísima quizás porque permitiría el acceso al sacerdocio a otras mujeres. Pero analicemos imparcialmente este tema de acuerdo a los siguientes argumentos.

 

1. Cuando la Virgen María acepta la misión divina manifestada por el arcángel Gabriel, de ser madre del Mesías prometido a Israel, concibe en su seno al llamado Jesús de Nazaret. Esto es un dogma para los cristianos. Por lo tanto, por primera vez ella, la Virgen, “ofrece al Altísimo realmente, el cuerpo y la sangre de Jesús”, (la esencia de todo sacrificio que el sacerdote renueva en la misa), es decir que ella podría ser considerada como la primera sacerdote de la era cristiana.

 

2. El filósofo y fraile franciscano Duns Scoto, llamado el doctor sutil, hacia el 1300, para probar la doctrina de la Inmaculada Concepción de María, afirmó: potuit, decuit ergo fecit. Es decir: Dios pudo, fue conveniente, por lo tanto lo hizo. Yo me pregunto con Duns Scoto: siendo el sacerdocio una cualidad eminente originada en un don divino para presenciar de modo sobrenatural y real a Jesús en la santa misa, ¿podía Dios darle esta capacidad y dignidad a su Madre, la mujer más excelente y digna de toda la humanidad? Ex potentia Dei absoluta (por el poder absoluto de Dios) ningún teólogo lo negaría; pero la cuestión está en “el poder condicionado de Dios” (ex potentia Dei conditionata) y aquí está la legítima postura afirmativa o negativa. La doctrina común eclesiástica, no de fe, niega la capacidad de recibir el orden sagrado a la mujer por ser mujer. Como una especie de incompatibilidad natural.

 

Agreguemos aquí la opinión de un santo devoto de María, san Bernardo, consejero de pontífices en el siglo XII. Afirma este santo: “de María nunquam satis” (acerca de María nunca se dirá demasiado). Es decir, si el sacerdocio es una cualidad de excelente valor espiritual, también habría que adjudicarlo a María Santísima.

 

Nuestra teología afirma que un obispo puede consagrar válidamente a un laico, aun en contra de las disposiciones canónicas. Pues bien; si se diera el caso de que un obispo, aunque esté declarado hereje, consagrara sacerdote a un laico, que en este caso fuera mujer (la mujer es un laico para la Iglesia), ¿sería válida esa consagración por tratarse de un laico mujer? Los que niegan la capacidad natural de la mujer por ser mujer, afirmarán la invalidez. Yo me inclino a la afirmación de la validez, a pesar de la ilicitud. Y como el bien obtenido sería de un valor excelente teológicamente, se desfiguraría esa ilicitud… Me viene a la memoria el canto gratulante de la Iglesia: oh felix culpa quae meruit habere talem et tantum Redemptorem (oh feliz culpa que mereció tener a tan grande Redentor) ¡Hay culpas que uno debe agradecer! Por la expiación, por la conversión, por la redención. Es decir, que si no hay una evidente incapacidad natural y sobrenatural para que la mujer acceda al sacerdocio, me parece que se estaría ofendiendo a aquella dignísima mujer llamada María, la madre de Dios. Además, se podría analizar el contenido del término “discípulo del Señor” –que comprende a varones y mujeres– cuando dijo Jesús que “quería comer la pascua con sus discípulos”, y en esa pascua judía a la que asistían normalmente las mujeres, instituyó el sacerdocio ordenándoles que “hicieran esto en memoria de mí” 1. Jesús no discriminaba a las mujeres que siempre lo acompañaban, entre ellas María Magdalena “y las otras mujeres”…

 

Sobre la dignidad de la mujer. En la cultura llamada occidental cristiana, ya no se niega la igualdad de derechos de la mujer con respecto al varón.

 

Pero resulta evidente que esta lenta y azarosa conquista se obtuvo al margen y aún en contra de las directivas oficiales de la Santa Sede. Sin embargo, en todas las épocas surgieron excelentes mujeres que influyeron en gran parte las posteriores determinaciones de la Iglesia. No es el caso de señalar datos históricos. Pero sí, algunas rápidas sugerencias.

 

Para las tres religiones monoteístas unificadas en el Libro sagrado, tenemos todo un pequeño tratado sobre el amor en su máxima valoración concreta de dos jóvenes de igual dignidad en la afloración dinámica del mutuo amor. Se llama Cantar de los Cantares. Lamentablemente poco leído y muy poco practicado.

 

En la vida de algunos santos es de destacar el amor humano y divino en la excelente relación por ejemplo entre san Francisco de Asís y santa Clara; san Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac; san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila. Dignos ejemplos que se contraponen a tantos eximios doctores eclesiásticos que han escrito lamentablemente páginas denigrantes de todo lo femenino, que no es el caso de citar.

 

Conclusión. Si consta todavía en nuestra actividad pastoral y administrativa la marginación de la mujer por ser mujer, es tiempo que la Santa Sede reconozca con lealtad y humildad el error humano sin tantas excusas y disculpas. Y una forma de gratísima reparación sería, a mi modo de ver, la admisión de algunas excelentes mujeres al sacerdocio. Fides expellit timorem(la fe expulsa el temor) decía san Pablo. Que las Puertas y Ventanas del Vaticano se abran sin temor a la Verdad y al Amor para que se cumplan los deseos del Concilio Vaticano II como lo añoró el gran pontífice Juan XXIII.

  

  

 


1
. En la fórmula actual, basada en los evangelios, constan las palabras de Jesús al instituir la eucaristía que se reproducen en cada misa. Allí Jesús habla a sus “discípulos”, no dice “apóstoles”.

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