Revista Criterio
Marzo 2006
Nº 2313 » Marzo 2006

El increíble castillo vagabundo

por · Comentar 

Cabe aclararlo desde el comienzo. Esta película no es para niños demasiado pequeños. No es que tenga escenas desagradables, al contrario, sino porque se les puede hacer un poco cansadora, y, peor todavía, no van a dejar que uno disfrute su visión como corresponde. Digamos el lugar común, “es para la criatura que llevamos dentro”, y en todo caso aceptemos, cuanto mucho, la compañía de los adolescentes que ya conocen otros trabajos del mismo autor, como Porco Rosso, Mi vecino Totoro, Nausicaa (guerreros del viento) y La princesa Mononoke, todos, salvo el primero, con protagonistas femeninas, ya que el autor gusta inspirarse en sus propias hijas, y halagarlas luego con el regalo de sus obras.

 

Ahora, al grano. Este nuevo, delicado, elaboradísimo, fascinante, encantador, y un tantito agobiante dibujo del maestro Hayao Miyazaki es todavía más complejo y más preciosista que El viaje de Chihiro, que, como se recordará, fue su trabajo anterior, ganador del Oscar, premio al que ahora también fuera nominado este film.

 

Ciertamente Miyazaki se supera en cada obra. Y cada una va sumando componentes de las otras, y de la narrativa universal. Acá pueden encontrarse elementos de algunos clásicos infantiles de otros tiempos. Hasta el tipo de dibujo y de coloreado que emplea tiene mucho que ver con las detallistas ilustraciones de cuentos infantiles editados hace por lo menos 50 años.

 

Y pueden reencontrarse también nubes, ambientes, transportes, prodigiosas intrigas donde no todo es lo que parece, personas malas que se vuelven buenas, personajes graciosos, y heroínas similares a las de sus películas anteriores. Pero nunca como copias o repeticiones, sino como variaciones cada vez más ricas y enrevesadas, a la manera de un pianista que juega con los fraseos de una melodía, dejándose llevar por la inspiración, mientras el público se deja llevar por su magia (a propósito, la música de Hisaishi & Kimura es un placer adjunto hasta el último acorde, que está más allá de los últimos créditos de producción, de modo que puede gozarse con la pantalla en negro).

 

También es cierto que el público puede fatigarse un poco antes que el artista. Para muchos, El increíble castillo… sería más atrapante con unos minutos menos. ¿Pero qué parte sacarle? Todas son bellísimas, singulares, memorables. Y a fin de cuentas, más fatigada debería estar la protagonista de la historia, una muchachita trabajadora que, víctima del hechizo de una bruja celosa, se vuelve una viejita encorvada.

 

Eso sí, no por viejita va a dejar de ser trabajadora. Las heroínas de Miyazaki saben afrontar los vientos, los demonios, los hombres enloquecidos de muerte y codicia, las angustias de un bello hechicero y la mugre de la cocina. Esto último, no cualquiera lo hace. “Soy una bruja de las peores: de las que limpian”, bromea para espanto de un chico y ejemplo de los mayores. Es una película japonesa, claro. En una de Disney la ayudarían los pajaritos y la varita mágica (recordar, si no, sus versiones de Blancanieves y la Cenicienta).

 

La historia se ambienta en un país centroeuropeo de la Belle Époque con muchos aviones primitivos y antigua magia, y cuyos habitantes se preparan muy entusiastas para la guerra. Como si fuera un grabado de Gustave Doré en rojo y negro, el bello hechicero contempla con tristeza un ataque aéreo.

 

“Hueles a acero y carne quemada”, le dice luego el demonio del fuego. A la heroína, entretanto, la veremos con edades fluctuantes, según su estado de ánimo y sus propios aprendizajes. Terminará recuperando la juventud. Conservará el cabello blanco.

 

Detalle curioso: la base argumental de esta historia es una novela para adolescentes de una discípula ocasional de C.S. Lewis, el de Las crónicas de Narnia y de J.R. Tolkien, la muy interesante Diana Wynne Jones, lamentablemente muy difícil de conseguir en español. Pero ésa es solo la base argumental, después el maestro se dispara hacia su propio mundo. Lo mismo pasó cuando, tras leer un capítulo poco transitado de Los viajes de Gulliver, hizo esa tan personal joyita del cine de aventuras llamada Castillo en el aire, que en su momento ningún distribuidor quiso estrenar entre nosotros.

Nº 2313 » Marzo 2006

El Bebé

por Darrieussecq, Marie · Comentar 

Una coincidencia casual: en el mismo año, las dos mujeres escritoras con más éxito de ventas en España y Francia han publicado sendos libros fruto de sus recientes experiencias de maternidad. La una –llamada Lucía Etxebarría– ha cosechado además el premio más goloso: Planeta (después de estrenarse en la literatura con el premio Nadal); la otra –Marie Darrieussecq– ya recibió las mayores bendiciones del público con su primera novela (Marranadas), sus 300.000 ejemplares vendidos y su traducción a treinta y cuatro idiomas.

 

Otra coincidencia: ambas escritoras han sido objeto de polémica y acusación de plagio; la española por excesiva intertextualidad de versos e imágenes con un poeta llamado Antonio Colinas, la francesa por un enfoque novelístico reconocido como propio por Marie N’Diaye. El éxito editorial y mediático sobrevenido a edad temprana crea inusitados aires de familia.

 

Con veintisiete años, Marie Darrieussecq publicó Marranadas, una especie de fábula político-social algo larga y descontrolada en la que una mujer cuenta su metamorfosis en cerda. Marranadas resultó ser más festiva que kafkiana, más agresiva que reflexiva; quizá su autora pretendía lo contrario, pero esta fue la clave de su éxito y lo que permitió que millares de lectores se identificaran con la protagonista. Y sin embargo si Darrieussecq aspira a algo a través de su obra es a ilustrar el calificativo de “inteligente” que a todas luces cree merecer (¿otra coincidencia con Etxebarría?). El éxito de una primera novela crea expectativas no sólo en el público sino también en el propio escritor, y, asumido con excesiva ansiedad, provoca curiosas exhibiciones de uno mismo en las que se confunde la creatividad de la obra literaria con la transformación de la propia vida en opereta; chiste que se ha hecho de las evocaciones que Darrieussecq hace de una infancia en la que jugaba con las muñecas a ser Bernard Pivot en Apostrophes; y casi también cabe reírse ante declaraciones como ésta que se lee en la novela que nos ocupa El Bebé: “Antes, la idea de morir me fastidiaba porque tengo unos libros que escribir. Ahora me exasperaría dejarte sólo [al bebé] sin conocerle mejor”. A fuerza de querer matizar inteligentemente el pensamiento surge el fondo banal: la muerte “fastidia” y “exaspera”. Y surge también el fondo egoísta: “yo” deseo conocer mejor a ese bebé, “yo” tengo unos libros (importantes) que escribir.

 

El Bebé (uno de tales libros, suponemos) nace con sentimiento de culpa; no porque la escritura quite tiempo al cuidado del niño, sino porque el niño infantiliza la escritura, o, al menos, eso siente la autora. Así pues, el libro se frena constantemente en la expresión del cariño y trata de objetivar los hechos y sentimientos, cosa que nos permite asistir, por un lado, al relato aséptico de las muecas y ruidos del infante,y, por otro, al esfuerzo por intelectualizar el estado de sopor de la madre. La mezcla de ambos ingredientes provoca chocantes teorías: “El bebé sabe decir sí y no: rechaza el chupete con la lengua, o lo absorbe en la boca. Tanto la aceptación como el rechazo sólo dependen de él. Sobre el chupete ejerce su poder y su voluntad. El chupete inaugura su estructura neuronal: sí y no, 0 y 1. El chupete funda el sistema binario. Inaugura la dialéctica”.

 

Psicoanalistas, informáticos y filósofos deberían saludar tamaño descubrimiento, imbuido, por otra parte, de su importancia: “Mi misión es de interés público”... Cierto es que, de vez en cuando, cede su autoridad a terceros: “Espero de esos investigadores aquello de lo que yo me siento incapaz, una teoría del bebé, por lo menos un esbozo”. E incluso se auto-castiga: “El bebé vuelve idiotas a las mujeres”.

 

Pero Darrieussecq, lo quiera o no, se dé cuenta o se haga la tonta, está también jugando a seducir al lector (o mejor a la lectora, y preferentemente madre primeriza, angustiada y enternecida) con esa denotada “idiotez”, y la utiliza para buscar connivencia mediante confesiones que sabe que serán indefectiblemente compartidas y aplaudidas, aunque en el fondo desvelen más capacidad de identificación egoísta que sensibilidad solidaria: “La seriedad espantosa de los niños que trabajan… imágenes de una campaña humanitaria… Nunca me habían afectado tanto las manipulaciones”. Y este temblor extra aportado por el bebé al ánimo de la autora sublima a los ojos del lector la “idiota” hipersensibilidad maternal. Este es un libro para mujeres intelectuales que se descubren de pronto culpables de ser madres: les ayudará a sobrellevarlo sin sentirse por ello menos inteligentes, y a redimir la “idiotez” de su estado. O eso pretende Darrieussecq, aplicándoselo en primer lugar a sí misma. Claro que también se puede negar la mayor: la “idiotez” maternal no es obligatoria, quizá es sólo una teoría de la autora, o tal vez su problema…

 

Supongo que el bebé le ha sentado muy bien a Marie Darrieussecq, pero lo que no le sienta nada bien a su obra es la autobiografía. La absorbente experiencia de ser madre se ha tragado aquí de paso la escritura. Mater sapientísima, no nos dejes caer en la tentación de creer que todas nuestras emociones y ocurrencias son literatura.

Nº 2313 » Marzo 2006

Las viudas de los jueves

por Piñeiro, Claudia · Comentar 

A pesar de la advertencia inicial acerca de que el material narrativo es “fruto de la imaginación” y que es “mera coincidencia” cualquier parecido con la realidad, la novela recurre a hechos sucedidos en un country. Bajo un nombre ficticio, que podría ser uno de los barrios cerrado del Gran Buenos Aires, es donde ocurrió el hecho evocado por el relato. Para que no quede ninguna duda acerca de este paralelo, la trama va jalonando episodios de la historia reciente (proceso que culminó en 2001) a través de menciones más que evidentes, aunque no se incluyan nombres ni apellidos: “Había renunciado el ministro de Economía y el presidente había puesto otro que duró solo quince días. Dio un discurso, pidió más ajuste, viajó a Chile y cuando volvió ya no tenía trabajo. El presidente lo había reemplazado por el pelado que había sido ministro de Economía del presidente anterior”.

 

Como en el país, las cosas en el country “Altos de la Cascada” andan mal. El primer síntoma de decadencia ha sido el ingreso de vecinos nuevos, advenedizos de apellidos no tradicionales; después, el lujo y la exhibición de los Scaglia, paradigma de estos nuevos habitantes, que culminará con la caída, igual que en el país: “el error de muchos de nuestros vecinos fue creer que se podía vivir eternamente gastando tanto como se ganaba”. La aparición de tres cuerpos en la pileta de los Scaglia da cuenta de que un tiempo ha llegado a su fin y que no hay salvación, ni siquiera en los lugares que se suponen más protegidos.

 

Dos voces centrales se destacan entre las que relatan los hechos que ocurren en este mundo (no tan) aislado del resto: la de Virginia Guevara, una de “las viudas de los jueves”, habitante de la primera hora y dueña de la inmobiliaria, lo que le concede una información privilegiada sobre el lugar; y otra, plural, que sintetiza los discursos y opiniones de los habitantes del country. Son ellas las que van presentando las complejas relaciones que existen en ese microcosmos y las que señalan, reiteradamente, todo lo que se esconde debajo de una apariencia de bienestar y de falta de problemas. La exhibición de conflictos y vicios ocultos se construye a partir de una visión maniquea: un grupo de personajes concita todos esos vicios, mientras que otro, reducido –y además, rechazado por el resto a cuyo estilo no adhiere– encarna los aspectos positivos y se convierte, finalmente, en el que se hace cargo de develar la trama secreta de las muertes.

 

La verdad acerca de las muertes se conoce en medio de los hechos de diciembre de 2001: como el país, el universo cerrado del country se desmorona. De allí salen Virginia Guevara y los suyos, tomando distancia de un mundo que se ha convertido en ajeno. El final aprovecha recursos poco convincentes en la aclaración de las muertes, y reivindica los “aspectos positivos” de los personajes marginados por el resto.

 

La novela pone en evidencia el origen periodístico de su autora. Premio Clarín de Novela 2005, durante largas semanas a la cabeza de los textos de ficción más leídos, trae la nostalgia de tiempos en que los concursos, más que promocionar textos con garantía de lectura masiva, destacaban caminos de búsqueda de nuevas formas narrativas.

Nº 2313 » Marzo 2006

De nuestros lectores

por · Comentar 

Homenaje I

 

 

Señor Director: A través de esta carta deseo compartir con los lectores de Criterio que no conocieron al querido padre Alfredo Trusso (1921-2006) un sencillo testimonio sobre su notable vida.

 

Trusso fue internado el pasado 22 de enero a las 19.30 en el sanatorio San Camilo por un accidente cerebro-vascular. Antes de perder el conocimiento recibió los sacramentos y falleció el 29 de enero a las 20.40. Tenía 84 años.

 

Fue muy conocido por la traducción de la Biblia –El libro del Pueblo de Dios, la Biblia– realizada con el presbítero Armando Levorati, trabajo que le llevó 20 años.

 

Lo que, tal vez, no conozcan muchos, es la gran inteligencia y acendrada formación que lo convirtieron en uno de los precursores del movimiento bíblico, litúrgico, ecuménico y misionero.

 

Revisando los anales de su tiempo se puede adivinar el problema que tuvieron sus profesores jesuitas al premiar a sus alumnos, sobre todo en Sagrada Escritura. En casi todas las materias competían Alfredo Trusso y Jorge Mejía.

 

Ordenado presbítero en 1945, su primer destino fue la parroquia porteña de Santa Julia. Después viajó a Roma donde, en el Angelicum, obtuvo la licenciatura en Teología.

 

Estuvo luego en Francia. En Lyón se vinculó con el obispo auxiliar Alfredo Ancel, del Prado, comprometido con los pobres y con el mundo del trabajo. En París estuvo con el Abbé Michoneau. La obra de Georges Michonneau (1899-1983) con su equipo sacerdotal, en la parroquia del Sacré-Cœur du Petit Colombes, fue una de las experiencias más fuertes de los años 1940-1960, con grandes repercusiones en Francia y fuera de ella. Aquí también tuvo gran difusión su libro Parroquia comunidad misionera”. Una de sus frases más famosas fue “le bruit d’argent autour de l’autel”. Estas dos vinculaciones muestran, con claridad, la línea pastoral en la que Trusso militaría toda su vida. Podemos decir, además, que Trusso vivió como pensaba: con humildad, sencillez y pobreza.

 

A su regreso al país, con 29 años todavía no cumplidos, fue nombrado párroco en Todos los Santos y Ánimas, en el barrio de Chacarita. Con esa comunidad viviría sus siguientes 46 años. Fue uno de los pocos sacerdotes que no cambió de parroquia. Nunca se separó de su primera comunidad.

 

Con todo el vigor de su inteligencia y de su juventud, comenzó a plasmar sus ideales. Uno de los ejes de su acción pastoral fue poner en práctica una liturgia viva y adaptada. Comenzó dándole al templo un baño de sencillez, siendo uno de los primeros en colocar el altar de cara al pueblo. Luego, con otros presbíteros afines, comenzó a remover las causas del rechazo de la gente: suprimió las “clases” en los casamientos y funerales (las alfombras blancas, las músicas de óperas, etc.) y se negó a cobrar estipendios por la administración de los sacramentos. Una preparación de esmerada catequesis acompañó su recepción, especialmente el Bautismo y el Matrimonio.

 

Siempre se lo vio en el atrio del templo, incansable, recibiendo personalmente a cada uno de los que concurrían a la única Eucaristía que se celebraba los domingos.

 

Como pastor, Trusso consideraba –lo decimos con palabras de Michonneau– que sus parroquianos eran todos los que habitaban ese barrio que le había sido confiado; todos, sin excepción; sin que ningún pretexto, ni siquiera de incredulidad religiosa, pudiera liberarlo de la responsabilidad de su evangelización. Por lo tanto, sus parroquianos eran todos los que no iban a la parroquia, todos los que tal vez nunca hubiera conocido de no haber ido hacia ellos… Por eso trató de visitar todos los hogares de su barrio. Se reunía en grupos, convirtiendo esos momentos en tiempos de fe, de diálogo, de oración, de amistad, experimentando la alegría de ser –juntos–, misioneros, solidarios, cristianos.

 

Sus últimos siete años de vida los dedicó a los pobres y, en especial, a las enfermas del Moyano.

 

Fue enterrado, por expreso deseo suyo, en el Cementerio de la Chacarita.

 

 

Alberto Azzolini

(Buenos Aires)

 

 


Homenaje II

  

Señor Director: Monseñor Nicolás Lavolpe pasó haciendo el bien.

 

¿Quién puede negar que su fidelidad a Dios y a la Iglesia lo llevó a entregarse totalmente a los hombres?

 

“Por los frutos se conoce el árbol”: escuela para discapacitados, taller protegido, hogar para chicos en riesgo, hogar de tránsito, hogar para abuelos, hogar para desamparados, capillas… El Señor no lo sorprendió con las manos vacías.

 

Humilde, sencillo, hombre de gran sabiduría, con sentido del humor, escritor y poeta, padre, hermano, amigo de todos y gran maestro, enseñó con la palabra pero fundamentalmente con el testimonio de la propia vida. Un gran formador. Por donde pasó, dejó huellas imborrables. Con su mirada penetrante, pero tierna y de gran misericordia, parecía descubrir la interioridad de su interlocutor, quien con el menor esfuerzo llegaba a comunicarse con él saliendo siempre contento o por lo menos con una gran paz. Para todos parecía tener lo que necesitaban, abría su agenda y allí encontraba el nombre a quién recurrir, pero hacía de mediador y seguía el caso hasta el final. No imponía, hizo de la libertad un culto. “El hombre ha sido hecho para el sábado y no el sábado para el hombre”.

 

Seguro de sí pero con una gran delicadeza de conciencia, en las charlas de café solía decir “de eso prefiero no hablar, no quiero hacer juicios temerarios”. Fiel defensor de sus principios, los transmitía con tal maestría que un séquito importante de gente lo leía y lo escuchaba atentamente. No en vano, hombres y mujeres, jóvenes y de edad madura lloraron su partida.

 

                                 Gloria Iriarte   

(Lomas de Zamora)

Nº 2313 » Marzo 2006

El festival de Berlín

por de las Carreras de Kuntz, María Elena · Comentar 

El viaje anual al festival de Berlín brinda una excelente oportunidad para tomarle el pulso a la producción cinematográfica internacional. De yapa, los diez días intensos de la Berlinale permiten observar de qué conversa Europa. La selección de películas siempre resulta un buen punto de ingreso a esa conversación. El año pasado, un número importante de filmes de ficción y documentales exploraban la historia y la política del continente en el contexto de los cataclismos del siglo XX, especialmente la Segunda Guerra de cuyo fin se celebraban los sesenta años. En esta 56º edición del certamen, del 9 al 19 de febrero, el tema en el candelero, para citar el célebre ensayo del historiador Samuel Huntington hace más de una década, es el ‘choque de civilizaciones’. En el marco del polvorín del Medio Oriente –la presencia militar norteamericana en Irak, la victoria de Hamas en el territorio palestino de Israel y la teocracia reinante en Irán, por nombrar sólo algunos ejemplos– y su repercusión en Europa, especialmente la controversia sobre las caricaturas políticas en Dinamarca, la Berlinale resultó un ámbito propicio para estos temas.

 

Desde esta perspectiva, que honra la tradición política con que nació el festival en 1950 en el corazón geográfico de la Guerra Fría, no deberían sorprender que tres de los premios más importantes hayan recaído en películas de rabiosa actualidad.

 

El filme bosnio Grbavica –cofinanciado por Austria, Alemania y Croacia, dirigido por Jasmila Zbanic, una directora muy joven y elocuente– se llevó el Oso de oro a la mejor película. Centrada en una historia personal y contemporánea, apenas esbozado –pero muy presente– el impacto de la guerra civil que sucedió a la quiebra de Yugoslavia, la película examina con sobrio realismo la vida de una madre soltera cuya hija adolescente quiere saber qué ocurrió con su padre bosnio musulmán desaparecido en la contienda. Evitando el melodrama, la realizadora, también coautora del guión, muestra con gran humanidad cómo la protagonista comienza a superar las secuelas de las violaciones sexuales sufridas en un campo de refugiados. Ambientada en el Sarajevo de hoy (el título alude a un barrio de la capital de Bosnia-Herzegovina) y eludiendo la tentación del flashback para no mostrar gráficamente las violaciones, Grbavica pone el énfasis –como Million Dollar Baby el año pasado, aunque de manera diferente– en lo delicado que es ser mujer. La protagonista ha tenido que rehacer una vida personal y profesional desnortada por la guerra, reprimiendo una brutal herida psíquica; encuentra, sin embargo, en la aceptación de ese sufrimiento y la responsabilidad por una hija inicialmente no querida la fuente de su redención. No sorprendió que el jurado ecuménico haya premiado el filme, destacando la sensibilidad con que asume el tema de la reconciliación.

 

El jurado concedió un Oso de plata a la mejor dirección a los realizadores británicos Michael Winterbottom y Mat Whitecross, por su poderoso docudrama The Road to Guantanamo. Winterbottom – ganador del Oso de oro en 2003 por In this World, otro docudrama ambientado en el Medio Oriente– arremete vigorosamente con un tema que hubiera deleitado a Michael Moore: los prisioneros de guerra en la base norteamericana de Guantánamo, Cuba. La película recrea el caso real de cuatro amigos de origen paquistaní, nacidos en Gran Bretaña, que viajan a Afganistán, siguiendo el consejo insensato de un un imán radicalizado que conocen en Karachi. Este los insta a ayudar a los locales (léase el Talibán), en octubre de 2001. Enredados con el Talibán en el caos de su derrota, los amigos caen en manos norteamericanas, son llevados a Guantánamo acusados de terrorismo, sostienen su inocencia y muchos meses después –sin mediar proceso judicial– recuperan su libertad. La película se basa estrictamente en el relato de estos amigos que se equivocaron ingenuamente (por meter la nariz en una zona peligrosa) o fueron idiotas útiles del Talibán. (El filme apuesta por lo primero, sin calificarlos de idiotas. Al contrario. Los tres amigos sobrevivientes fueron tratados como héroes en Berlin. Imagine el lector la ironía: de la prisión tropical a la alfombra roja del Berlinale Palast). Formalmente, The Road to Guantanamo es un tour de force cautivante: los protagonistas cuentan a la cámara el desarrollo cronológico de su odisea, que es ilustrada con una recreación de los hechos, al estilo noticiero de guerra, con un montaje rápido, abundante cámara en mano y una deliberada desprolijidad narrativa, visual y sonora. Todo está llevado a cabo con un gran rigor cinematográfico y el resultado es un documento fascinante por lo que muestra y lo que calla. Al no embarcarse en una perorata antinorteamericana –aunque el punto de vista de los directores emerja con claridad– la película no cae en la dialéctica maniquea de Fahrenheit 9/11, que sólo persuade a los ya convencidos. Como los detractatores de la política internacional del gobierno de Bush son legión, se puede predecir una buena acogida de público contestatario. Eso sí, el norteamericano medio no reconocerá en los Marines gritones y violentos de la película a compatriotas cuyo lema militar es ‘semper fidelis’.

 

Las tensiones sexuales y sociales del mundo islámico son examinadas con minuciosidad neorrealista a través de un día de fútbol (la clasificación de Irán en el próximo campeonato mundial en Alemania) en la película iraní Offside, de Jafar Panahi. Como mucho del buen cine iraní de los últimos años, un mundo acotado (el de los niños, o un pueblo rural) funciona metafóricamente, explorando tácitamente lo que no puede formularse de manera directa. Offside pone en el tapete, sin ambages, el tratamiento de la mujer en la sociedad islámica, su subyugación física y espiritual, con velos de género y velos mentales. La historia se centra en un grupo heterogéneo de muchachas hinchas de fútbol, que desobedecen la prohibición de asistir las mujeres a la cancha. Descubiertas por la policía militar, pasan el partido encerradas en un corral contiguo al estadio. La película se rodó durante ese partido de calificación, en la propia cancha, no sabiéndose el resultado. Utilizando actores no profesionales y diálogos que suenan improvisados, Offside presenta una visión pesimista de un mundo poblado por fanáticos masculinos y mujeres presionadas a esconderse tras un velo. Todavía no se ha estrenado en su país de origen. Francamente, sorprendería que los censores la autorizaran; ninguno de sus largometrajes anteriores ha circulado en Irán, contó el director en la rueda de prensa.

 

Finalmente, en la sección Panorama vimos un documental minimalista y contundente, Las lecciones de Hamburgo, de Romuald Karmakar. El imán de la mezquita de Hamburgo que frecuentaban varios de los terroristas de septiembre de 2001 dio unas charlas en enero de 2000 –las Lektionen del título original– sobre las relaciones entre los fieles islámicos y los europeos “infieles”. El director y su equipo obtuvieron un video de esas charlas en árabe y las tradujeron al alemán. El actor Manfred Zapatka lee elocuentemente, mirando a la cámara y desde en un escenario vacío, ese Mein Kampf musulmán, que pone los pelos de punta no sólo al público germano, en cuyo seno funcionan esas comunidades radicalizadas. El mensaje, sin pelos en la lengua: “Muerte al infiel”.

 

La arquitectura de Berlín sigue siendo una de las atracciones de la ciudad. Una visita a la Museuminsel –la isla de los museos sobre el río Spree, en el corazón prusiano de la metrópolis– nos hizo gozar de la reciente instalación de las antiguedades egipcias en el refaccionado Altes Museum. Dividida después de la Segunda Guerra en dos museos, el Egipcio del sector occidental y el Bode de la Museuminsel, la famosa colección egipcia, producto de las excavaciones arqueológicas alemanas de principios del siglo XX, se ha “reunificado”. El famoso busto policromo de Nefertiti ha retornado, intacto, a su hogar original.

Nº 2313 » Marzo 2006

“Nel mezzo del cammin”

por Fernández, Jorge Eduardo · Comentar 

En sus Lecciones sobre la historia de la filosofía comenta Hegel que según algunas versiones Zenón de Citio, el fundador del estoicismo, se habría dedicado a la filosofía después de perder sus bienes en un naufragio. La reflexión a la cual lo condujo tal desgracia consistió en saber que, perdidas todas sus riquezas, no había perdido sin embargo “su cultivada nobleza de espíritu y su amor por el discernimiento racional”.

 

     La imagen del naufragio, extendida como metáfora a todos los avatares de la vida, se convierte en uno de los puntos de apoyo de la filosofía en general como así también de las “filosofías de vida”, como se las suele llamar.

 

     El mismo Hegel, según carta enviada el 27 de mayo de 1810 a K. Windischmann, reconoce que “todo hombre debe de haber conocido en general un… punto de inflexión en su vida, el punto nocturno en que su ser se contrae”.

 

     De modo semejante, su compañero de juventud y luego rival, Friedrich Schelling, hacia 1809, hundido en una profunda crisis, advierte que el principio del camino recién se alcanza a conocer “nel mezzo del cammin”.

 

     Ambos filósofos de manera coincidente, aún en la cercanía de las fechas, admiten este carácter constitutivo de las crisis de vida en lo que se refiere a la personalidad y la obra de los filósofos. La diferencia entre ellos radica, como hace notar Pascal David, en que para Hegel esta crisis se convirtió en el trampolín para el comienzo de su vida pública; en cambio para Schelling “el fracaso no significa un punto de partida… sino interiorización y ahondamiento…del germen (Keim) como inextricable fondo oscuro”.

 

     Según comenta Xavier Tilliette en su biografía sobre Schelling: “La crisis de la mitad de la vida, con sus mil causas y mil pretextos” lleva “un nombre único: uno mismo”.

 

     Ni sólo trampolín ni sólo fondo oscuro, o quizás ambos juntos, “nel mezzo del cammin” la libertad se vuelve oportuna en su raíz más honda, la de vivir la vida desde allí en adelante, a sabiendas, en nombre propio. Allí se presenta la más “ardua tarea” de ser “signo de sí mismo”, según palabras tomadas de Hölderlin, el tercero de los amigos en Tübingen.

 

     Una especie de paradoja vital se impone y, en este carácter, a la vez paradójico e ineludible, se concentra la consistencia de la crisis. Como el fruto que tiembla en la rama, toda su maduración vital aparece puesta allí, en el peso que alimenta el vértigo. La paradoja se plantea en un juego de espejos que se instala en el presente reuniendo memoria e ilusión; lo sido, lo no sido y lo deseado.

 

     Lo imprevisible deshace todo supuesto control cotidiano del tiempo y se torna visible en el caos que supone lo no visto que, lejos de ser extraño, amenaza como lo más íntimo y desde allí. Lo propio es aquello que está desde el nacimiento, o incluso antes de él, y que (se) desvela “nel mezzo del cammin”. Ante esta interpelación de lo propio, el abanico de posibilidades se contrae y se concentra en una única posibilidad. Todos los caminos se vuelven uno: el propio. Schelling, filósofo, supo comprender que allí se abría el fondo en el cual hunde sus raíces la libertad humana. Lejos de la distracción de vidrieras y pantallas, la libertad se debate en su “punto nocturno” ante su propio abandono. “Punto” que convendría llamar “instante” para evitar la tentación de querer resolver el pathos con un teorema.

 

 “Nel mezzo del cammin” nos espera el propio estilo, el punzón que, mal que nos pese, dejará en cada cosa y momento su huella. Ante esta tan antigua y nueva mirada, las palabras y las cosas se vuelven frágiles, como si en cada una de ellas, en cada gesto, cada rasgo, nos delatara la mella del estilo. Estilográficos, como signos tallados en la corteza del tiempo, y aun ante el dolor extremo o ante la muerte, el hacer da señales de vida. La vitalidad de estos signos trama la cultura, un deseo que muere en los signos para que lo apetecible de la vida siga significando.

 

Entre el “trampolín” y el “fondo oscuro”, la decisión y el éxtasis y, seguramente no sin ellos, se entrevé la oportunidad de un hacer capaz de descifrar y crear signos genuinos. Ante la desilusión del “ya es demasiado tarde”, el estilo alcanzado abre una etapa en la que habrá que admitir que “aún hay tiempo”, endija por la que la mirada se cuela hacia adelante y no puede no afirmar al menos un cauto “vamos a ver”. Desde esta mirada acaso sugieran los versos de Paul Celan:

                 

 

Alles ist weniger als                  

                  es ist

Alles ist mehr.

 

(Todo es menos que / lo que es / Todo es más).

 

Al fin y al cabo sólo esta tarea puede permitirnos celebrar la cultura como “paso” del sacrificio a la palabra.

Nº 2313 » Marzo 2006

Un testimonio verídico y sencillo

por Navarro, Ignacio J. · Comentar 

- ¿Usted es Padre?

- Sí,

- ¿Pero en la Iglesia?

- Soy sacerdote católico, en la Iglesia, sí, Padre.

- ¿Puedo caminar sobre sus pasos?

 

Yo conocía esa costumbre.

La que me hablaba era una mujer boliviana, joven. Yo le estaba comprando un poco de verdura, en la esquina de la parroquia, y en ese momento pasó una señora que me saludó: “¡Adiós, Padre!”.

 

La costumbre es pisar las huellas de un sacerdote durante un trecho, caminando detrás de él.

 

- Sí, pero cuando lleguemos al templo, en la mitad de la cuadra, yo voy a seguir de largo y vos vas a entrar con tus propios pasos.

- Pero, Padrecito… –me sonrió, avergonzada–.

- Si no entrás no caminamos.

 

Íntimamente, yo también quería tener dónde pisar después.

¿Sobre qué huellas caminamos los sacerdotes?

¿Cada cuánto entramos por la puerta principal del templo?

 

- Está bien, Padrecito.

- Yo voy a caminar despacio; esto es un rito.

 

 

[“Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo”. Estamos en el siglo XXI: Constitución... el Mundo en la Iglesia. Multitudes. La esperanza renovada excluye el temor a la Torre de Babel. Pentecostés. Si los símbolos están, hay que cambiar de vida. Los símbolos no son líricos]

 

 

Incliné la cabeza, junté las manos, y fui dando lentos y largos pasos, de a poco, como queriendo dejar las marcas de mis pies en el suelo.

La mujer me siguió de cerca, caminando sobre mis pisadas. Oí que sollozaba con pudor. No me di vuelta. Al llegar al templo normalicé mi paso y seguí.

 

 

- Gracias, Padrecito.

- Adiós, hermanita.

Nº 2313 » Marzo 2006

¿Qué hay de nuevo en la primera encíclica de Benedicto XVI?

por Fernández, Víctor Manuel · Comentar 

El Papa escribió una encíclica que comienza hablando del amor que Dios nos tiene. Eso ya es una buena noticia. Si el mundo tiene la imagen de una Iglesia que vive juzgando o imponiendo dogmas y exigencias morales, ahora lo primero que se nos dice es que Dios nos quiere y que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea” (n.1), sino por el encuentro con ese amor fundante.

 

Otra agradable novedad en un texto magisterial es el lugar que Benedicto XVI atribuye al “eros” en la vida cristiana. Si bien reaparece la advertencia tan repetida sobre el riesgo de reducirlo todo al placer o de utilizar el cuerpo humano como una “mercancía” (n. 5), lo asombroso es cómo el Papa ha rescatado la necesidad del amor erótico, del placer y la atracción sensible, junto al amor “descendente”, espiritual y oblativo. Lo hace hasta el punto de afirmar que, si se rechazara o excluyera el eros, “espíritu y cuerpo perderían su dignidad” (n.5) y “la esencia del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales de la existencia humana” (n.7). Porque cuanto más encuentran la unidad ambas formas de amar “tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor” (n.7).

 

Si esto se hubiera dicho siempre con tanta claridad, ¡qué diferente habría sonado la enseñanza de la Iglesia sobre el amor y la sexualidad!

 

En esta misma línea, la encíclica se detiene a valorar el matrimonio (nn. 6 y 11), sin afirmar, como se hacía tradicionalmente, una preeminencia o nobleza peculiar de la virginidad.

 

La segunda parte se dedica extensamente a aplicar la enseñanza sobre el amor sintetizada en la primera parte, concentrando todo el desarrollo en la actividad organizada de la Iglesia en favor de los más necesitados. Así, la preocupación por los pobres y sufrientes es rescatada como el gran criterio de autenticidad del amor cristiano (n.15).

 

Se detiene brevemente a valorar el compromiso de los laicos en la política, pero destaca –como acción de la Iglesia en cuanto institución estructurada– las tareas de acompañamiento cercano a los que sufren. No deja de mencionar su función de enseñar un mensaje de justicia y de ejercer una denuncia profética. Es de esperar que el mismo Papa lo haga en otros textos que enfrenten los problemas de nuestro mundo y que denuncien las ideologías que han ocupado el lugar del marxismo. Pero en esta encíclica quiso poner el acento en la cercanía, el trato personalizado, el servicio amable y cargado de las más hondas motivaciones del amor. Se percibe que hay una preocupación por el riesgo de despersonalización que degrada las relaciones humanas en este mundo agobiado por la prisa, la competencia permanente, el hedonismo individualista, la obsesión por la privacidad y los propios intereses. La búsqueda del bien común fácilmente puede quedarse en meras reflexiones o en una suerte de profesionalismo social. Ante esta realidad, el servicio cristiano tiene que destacarse “por su dedicación al otro con una atención del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad” (n. 31).

 

Detrás del acento de Benedicto XVI en un servicio eficiente, pero sobre todo cordial y afectuoso, está la convicción sobre el valor sagrado de cada persona humana y la seguridad de que el amor es en el fondo la única luz “que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar” (n. 39).

 

El servicio al pobre, al sufriente, al abandonado, parte de una mirada diferente, porque “al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita” (n.18). Ante el desarrollo de espiritualidades alienantes y subjetivistas, el Papa sostiene que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte en ciegos ante Dios” (n. 16).

 

Pero esta reflexión avanza todavía más, alcanzando acentos que no dejarán de preocupar a muchos integristas que se sentían representados por este Papa “guardián de la fe”. Recoge dos veces el caso de Juliano el Apóstata para mostrar que el amor al prójimo necesitado es el mejor testimonio de nuestra fe cristiana, más que una predicación agresiva o que el intento de imponer la doctrina católica. De hecho, dice el Papa, hay tiempos en que “es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor” (n. 31). Es más, ante quienes se obsesionan en una actividad apologética, en una autodefensa resentida, o en la indignación ante el rechazo de Dios, sostiene que “la mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor” (n. 31).

 

Otra nota llamativa de la encíclica es su ejercicio de diálogo con la cultura, que se manifiesta, por ejemplo, en el mismo punto 31. Allí se detiene a comentar los cuestionamientos de Nietzsche a la enseñanza cristiana sobre el amor, y no deja de recoger las preguntas que se hacen muchos de nuestros contemporáneos.

 

Parece que estuviéramos lejos del Ratzinger que escuchamos antes del último Cónclave, tan preocupado por enfrentar el relativismo actual.

 

Tratándose del primer documento que él escribe, estamos tocando el corazón del Papa, sus preocupaciones más personales y entrañables. En esta línea, es sumamente importante tener en cuenta que se trata de un texto programático. Recordemos la íntima conexión que hubo entre todo el pontificado de Pablo VI y su primera encíclica sobre el diálogo. Lo mismo podemos decir de Juan Pablo II y su primera encíclica sobre la dignidad humana.

 

Esto implica que bajo la luz de esta encíclica habrá que interpretar y ubicar en su justo lugar otras afirmaciones e intervenciones del Papa o de la Curia romana. Precisamente porque aquí se nos dice que “el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana” (n. 15). Entonces nada debería sobredimensionarse de tal manera que pueda opacar esta convicción de que hay que poner el “amor en el centro” (n. 1), como tan contundentemente lo dicen las Sagradas Escrituras (cf. 1 Jn 2,10; 4,20; Ga 5, 14; Mt 25,40).

 

La encíclica no ofrece recetas –no es el estilo de este Papa- y deja a la libre discusión de los cristianos muchos asuntos prácticos. Por tratarse de un texto tan breve, seguramente muchos reclamarán cuestiones no tratadas. Pero el Papa dice de entrada que no quiere “ofrecer un tratado exhaustivo” sino sólo algunos “elementos fundamentales” (n.1). Habrá que reconocer entonces esos núcleos más profundos que deberían otorgar unidad y síntesis a nuestro mensaje y a nuestra praxis en medio de las diversas circunstancias que nos toque enfrentar.

 

Con la claridad, el orden y las oportunas distinciones de un buen profesor de teología, la encíclica no deja de responder a algunas preguntas muy existenciales que hoy nos formulamos. Si bien los documentos no despiertan mucho interés, éste es un texto oportuno, y vale la pena dedicarle tiempo y reflexión.

Nº 2313 » Marzo 2006

Sólo el amor es digno de fe

por Lucchetti Bingemer, María Clara · Comentar 

Debo admitir que a mí, en cuanto católica, me sorprendió agradablemente. Se trata de un texto muy bien escrito y realmente profundo, que muestra al gran teólogo que sigue siendo Joseph Ratzinger, también como Papa.

 

El tema de la encíclica no podía ser más medular y fundamental. Se trata del corazón mismo del cristianismo. Es más, se trata de la gran originalidad que el cristianismo aporta al mundo religioso. Al mismo tiempo explicita quién es el Dios en quien creemos y cuál es la experiencia humana más mportante y constitutiva de los seres humanos: el amor. Dios es amor, dice la primera carta de Juan, acaso el texto más hermoso del Nuevo Testamento. Y es esa definición la que inspira al Pontífice en su carta.

 

Lo que motiva a Benedicto XVI a escribir su primera encíclica centrada en este tema visceral es –nos parece– extremadamente oportuno. Como dice el mismo texto en su introducción, “Puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un ‘mandamiento’, sino la respuesta al don de amor, con el cual viene a nuestro encuento. En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, este es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto”. Por eso, afirma: “En mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás”.

 

En la primera parte de su encíclica Benedicto XVI se propone esclarecer el campo semántico de la palanra “amor”, así como presentar su trayectoria en el mundo judío y greco-romano a fin de delimitar claramente cuál es la comprensión cristiana y bíblica y su tradición en la Iglesia. Subyace, evidentemente, la preocupación del Papa desde los tiempos en que era el cardenal a cargo del Santo Oficio sobre los rumbos del mundo actual, ganado por la “dictadura del relativismo”.

 

A lo largo de toda esta primera parte, procura conceptualizar con precisión la diferencia y la relación entre “eros” y “agape”. Temas que han sido objeto de múltiples estudios de filosofía y de teología en todos los tiempo. Por su parte, el tratamiento que le da Benedicto XVI es preciso y adecuado, reflejando toda la cultura filosófica, filológica y teológica de quien escribe. La antropología que subyace en lo hondo de la reflexión es integradora, no separa “espíritu” y “carne”, y sobre todo no desprecia a esta última para fortalecer al primero.

 

De alguna manera, por lo tanto, el Papa rescata toda lo positivo del eros, reconociendo su ineludible presencia como componente constitutivo de la dinámica del amor humano. Por lo tanto, afirma que “Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente –fascinación por la gran promesa de felicidad–, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará “ser para” el otro. Así, el momento del agape se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza”.

 

La primera parte de la encíclica está destinada, entonces, a derribar algunos prejuicios que consideran al cristianismo como destructor del eros. Situar la correcta perspectiva de la concepción de agape como amor que sale de sí mismo y se entrega para hacer feliz al otro. En una época en que las relaciones de amor se encaminan sobre todo en la dirección de buscar la propia felicidad antes que nada, la fe cristiana proclama que amar es precisamente salir de sí y buscar la felicidad del otro. Sólo así existe amor verdadero y felicidad posible.

 

Al mismo tiempo, prosigue el Papa, el ser humano no podría darse, salir de sí, sacrificarse abnegadamente en el ejercicio de amar si no recibiera, también, amor. El amor sólo puede acontecer en su forma “agápica” si existe una fuente donde abrevar incesantemente. Esa fuente es Dios. Porque Dios nos amó primero, podemos entonces amar de manera gratuita y oblativa, ya que siempre estará disponible para nosotros la fuente divina que mana incansablemente. “El ‘mandamiento’ del amor –corazón del cristianismo– es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser ‘mandado’ porque antes es dado”.

 

Por lo tanto, sólo el amor es digno de la fe, porque es precisamente su contenido.

 

En la segunda parte, el pontífice reflexiona sobre la caridad cristiana, manifestación de ese amor que es Dios, ya que él mismo es amor y comunión de amor (Padre, Hijo y Espíritu Santo). El Papa comienza la segunda parte de su encíclica recordando una frase del gran Agustín de Hipona, acaso el mayor genio del cristianismo: “Ves la Trinidad si ves el amor” (n.19). Con lo cual muestra ya la perspectiva de su encíclica, que va a resaltar la dimensión del amor cristiano en cuanto ayuda y servicio al otro, sobre todo al más necesitado: la única cosa que en el mundo podrá ser reflejo e imagen del amor que es Dios.

 

Al recorrer la práctica de la caridad en la historia de la Iglesia, el Papa destaca algunos textos de los Santos Padres, de feliz elección a mi modo de ver. Señalemos, por otra parte, la cita de Tertuliano, escritor cristiano del siglo III, quien cuenta cómo la solicitud de los cristianos por los necesitados de cualquier tipo suscitaba el asombro de los paganos (n.22) y el emperador Juliano el Apóstata, del siglo IV, escandalizado ante la violencia brutal de los soldados del emperador cristiano Constancio que asesinaron a varias personas, inclusive familiares suyos, quien terminará escribiendo que el único aspecto del cristianismo que lo maravilla es la actividad caritativa de la Iglesia (n. 24).

 

De esta manera, la encíclica prosigue desarrollando la idea fuerza de que el cristianismo no concibe una fe que no opere en la caridad. Quien cree está necesariamente llevado al amor caritativo, puesto que su experiencia de fe lo aproximará a abrevar en la fuente del amor que es el propio Dios. Y sólo el testimonio de su caridad hará digna de fe su condición de cristiano. Por ello, el hecho que en la comunidad cristiana haya miembros que sufran necesidad constituye un gran escándalo que desacredita al mismo cristianismo. Ese escándalo está denunciado por el Papa en su encíclica.

 

La encíclica admite que la lucha por la justicia es parte constitutiva de la actividad caritativa de la Iglesia. Y afirma que “en la difícil situación en la que nos encontramos hoy, a causa también de la globalización de la economía, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más allá de sus confines: estas orientaciones –ante el avance del progreso– se han de afrontar en diálogo con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo” (n. 27). Al mismo tiempo, admite la necesaria conexión entre fe y política. Si las exigencias de la caridad que lucha por la justicia así lo exigieran, la intervención en la “polis” o el ejercicio en la administración de ciudades y sociedades es plenamente legítima para un cristiano.

 

Admitiendo, asimismo, la posibilidad de la Iglesia de ejercer su acción caritativa en la lucha por la justicia y en colaboración con otras instancias de la sociedad, el Papa se preocupa por caracterizar bien qué es la caridad cristiana y que no. Para un cristiano, su actividad caritativa debe estar iluminada por la fe, la cual a su vez funciona como purificadora de la razón. La doctrina social católica, por lo tanto, no pretende conferirle a la Iglesia poder sobre el Estado, ni pretende imponer a quienes no comparten su fe sus actitudes y comprotamientos. Por lo tanto, el Papa concluye que, si bien la Iglesia no debe ocupar el lugar del Estado en la batalla política por una sociedad más justa, tampoco puede quedar al margen de ella. La lucha por la justicia es componente constitutiva de la vida y la caridad cristianas.

 

Por otra parte, prosigue, existen otros servicios que sin tener un impacto eficaz inmediato en lo que hace a la justicia social, tampoco pueden estar ausentes del horizonte cristiano ya que son expresiones privilegiadas del amor. La encíclica enumera toda una lista de actos que el amor crea para aliviar el sufrimiento humano y que no tienen ningún resultado aparente e inmediato: consolar a los que sufren, cuidar a los enfermos, enterrar a los muertos…

 

La encíclica finaliza definiendo la característica de la caridad cristiana: “según el modelo expuesto en la parábola del buen Samaritano, la caridad cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etc.” (n.31). Pero también e inseparablemente debe dar testimonio de Aquel que es su fuente y condición: Dios, experimentado y definido por el cristiano desde siempre como Amor.

Nº 2313 » Marzo 2006

Globalización y Educación

por · 1 Comentario 

En una comunidad humana que se replantea permanentemente sus metas educativas existe una circulación de ideas y energías que resulta beneficiosa para sus miembros. Cada generación debería reconsiderar cómo transmitir su cultura a la siguiente, ya que es a través de la educación que el ser humano alcanza su máximo potencial y se convierte en un ser consciente, libre y responsable: un ciudadano del mundo. Pensar en la educación es pensar en las generaciones futuras; por lo tanto, es algo que está arraigado en la esperanza y requiere generosidad.

 

La globalización, bien manejada, puede representar una oportunidad para la educación y para la paz, ya que acerca a los seres humanos y los alienta a compartir los valores comunes.

 

Al igual que el resto de las cuestiones humanas, la educación antes que nada presupone una idea del ser humano, porque son los hombres y las mujeres quienes reciben educación y quienes educan. Por lo tanto, la educación debe responder a una pregunta fundamental: ¿qué sabemos hoy acerca de los hombres y de las mujeres?

 

El Seminario tuvo como propósito examinar qué proyecto educativo podía plantearse en un mundo cada vez más globalizado. Este proyecto debe basarse en los conocimientos bioantropológicos actuales sobre hombre y la mujer, en diálogo con las ciencias, dentro del contexto de la diversidad y la interdependencia de las culturas y de la universalidad de los valores religiosos, antropológicos y éticos, que cada vez se interrelacionan más con las actuales tecnologías de la comunicación y de la información y los nuevos modelos migratorios internacionales.

 

En nuestro mundo globalizado, el problema de la justicia es fundamental. Concretamente, todos los hombres y las mujeres, dondequiera que se encuentren y cualquiera sea su condición de vida, deben tener el derecho y la posibilidad de recibir una buena educación y de acceder sin impedimentos a la cultura, a través de una educación básica (de hasta nueve años) para todas las personas, y luego una educación secundaria y superior acorde a sus capacidades y recursos. Evidentemente, el mundo globalizado también implica una mejora de la educación, no sólo para los habitantes de los países en vías de desarrollo, sino también para los de los países desarrollados. Toda persona podría contar hoy con una inmensa riqueza de conocimientos sin precedentes en la historia, que deberían ponerse a su disposición mediante nuevos procesos de síntesis y transmisión adecuados. Todo ser humano tiene derecho a una educación que considere el medio ambiente como su casa, para así evitar que éste se transforme en algo dañino para su salud y su bienestar.

 

El Seminario llegó a las siguientes conclusiones:

 

1. A pesar de las muchas declaraciones y objetivos formulados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y otros organismos, y de los importantes esfuerzos realizados por algunos países, la educación sigue siendo extraordinariamente desigual entre la población mundial, aunque da la impresión de que los recursos necesarios para mejorar esta situación no están fuera de alcance. En el curso de la última década resulta especialmente preocupante el criterio divergente y la creciente desigualdad –concomitantes con la globalización y relativo a las políticas educativas– que se observó entre los países desarrollados o los emergentes y los estancados, con estos últimos atrapados en los lazos de la pobreza.

 

2. Dada la importancia cada vez mayor de la educación, que ahora cobra un significado sin precedentes en la historia de la humanidad, resultan igualmente preocupantes las grandes y, a menudo, crecientes brechas en la calidad de las escuelas a las que asisten los pobres y quienes no lo son. Esta situación se da de manera tal que suelen observarse senderos educativos diferenciados o segregados. Lo que resulta más alarmante es el hecho de que, a nivel mundial, casi doscientos millones de niños y jóvenes que deberían estar recibiendo educación primaria no se encuentran matriculados en ninguna escuela.

 

3. Hoy en día, en vista de la globalización, las migraciones internacionales, la explosión del conocimiento, el surgimiento conjunto de una economía basada en el desarrollo intensivo del conocimiento (knowledge-intensive economy), y, sobre todo, la imperiosa obligación de luchar contra la pobreza a nivel mundial con todos los medios, es posible que haya que repensar seriamente la educación. Con la globalización, aumentan las consecuencias negativas que deben sufrir los pobres a causa de políticas educativas inadecuadas.

 

4. La globalización ha provocado un aumento sin precedentes de las poblaciones migratorias, ya sea entre distintos países o dentro de los países más grandes. En la actualidad, las migraciones internacionales forman parte del desarrollo mundial y pueden ser un factor extremadamente positivo para la mutua comprensión y la mezcla de las culturas. La educación juega un papel importante en la integración de los hijos de los inmigrantes en todo el mundo. Sin embargo, mientras algunos niños de las familias inmigrantes tienen un mejor desempeño en las escuelas que los nativos, otros parecen estar marcados tempranamente por el rechazo y los problemas sociales. Disminuir la brecha con las culturas y las lenguas autóctonas y ayudar a mantener la estabilidad familiar son algunos de los caminos para mejorar en este aspecto.

 

5. La educación debería apuntar al completo desarrollo de la persona humana, inculcando el sentido de su dignidad y reforzando el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales. Debería permitir a todas las personas participar en forma efectiva en la familia humana, promover la comprensión, la amistad y la colaboración entre todos los pueblos y todas las comunidades étnicas y religiosas. La educación también debería transmitir el saber, las habilidades cognoscitivas de orden superior y la sensibilidad interpersonal, es decir todo lo que se requieren para ayudar a los niños, niñas, hombres y mujeres a ser plenamente sí mismos y a interactuar con los demás. Debería desarrollar su capacidad de observar, razonar, sintetizar y crear valores éticos y cultivar el sentido de justicia, respeto, tolerancia y compasión por los otros. Debería enfatizar la responsabilidad de proteger el medio ambiente, para el beneficio de las generaciones presentes y futuras, evitando la contaminación y la degradación ecológica y promoviendo la conservación y el desarrollo sostenido. En su transmisión de conocimientos y su fomento de la creatividad, la educación debería transmitir las grandes lecciones del pasado y las oportunidades y los riesgos que puede enfrentar la humanidad en el futuro.

 

6. En particular en el contexto de la globalización, el respeto por la diversidad cultural y la preservación de los elementos que hacen a la identidad cultural son especialmente fundamentales en el proceso educativo. Las nuevas generaciones deben comprender con claridad su propia cultura, en relación con las demás, para desarrollar la autocomprensión al enfrentar los cambios culturales, y así promover una mutua comprensión pacifica y la tolerancia. De esta manera se podrán identificar y fomentar los verdaderos valores humanos dentro de una perspectiva intercultural.

 

7. Al mismo tiempo, la educación debería aspirar a aquel desarrollo de un sentido común de humanidad que es esencial para el mantenimiento de la paz. Para alcanzar este objetivo, es necesario basarse tanto en la universalidad de los principios y de las normas éticas, que están, por ejemplo, expresados en los conceptos de los derechos humanos y de la dignidad humana de la persona, como también en la universalidad del saber, del conocimiento, y de la ciencia. Por lo tanto, también es necesario que en algunas instancias del proceso educativo se ofrezca la nueva imagen del universo que la comunidad científica ha propuesto en lo que respecta al cosmos, el planeta tierra, la vida, la aparición de los seres humanos y de sus sociedades.

 

8. A las tendencias relativistas y nihilistas de algunos movimientos modernos, que Benedicto XVI y sus predecesores han criticado con creciente fuerza, responde el retorno positivo y progresivo de los interrogantes éticos, filosóficos y religiosos. La “maravilla” que ha estimulado el origen y el constante camino de las ciencias no ha disminuido, por el contrario, ha crecido con los nuevos descubrimientos de la física y de las ciencias de la vida. Este “nuevo mundo”, que el hombre ha investigado siempre en modo creciente, ha dado origen a un estupor incluso mayor frente al universo, el cual podría abrir un nuevo horizonte de sentido para comprender el misterio de la Creación. Así, como consecuencia de las ciencias, la religión y la filosofía han recobrado actualidad. Esto está evidenciado por la atención cada vez mayor que se les otorga en el reconocido servicio que ellas prestan en la búsqueda de la verdad. De aquí surge la necesidad sea de tener en cuenta a las ciencias, a la filosofía y a la religión, sea al correlativo diálogo interdisciplinario, para establecer una base antropológica sólida como condición previa de la educación hoy.

 

9. La educación comienza en el vientre materno y en el momento del nacimiento. Las madres, los padres y las familias, en su rol educativo primario, necesitan ayuda para comprender, en el nuevo contexto global, la importancia de esta temprana etapa de la vida, y estar preparados para actuar en consecuencia. Una de las formas fundamentales de mejorar la calidad de la educación a nivel escolar es permitir una mayor participación de las familias y las comunidades locales en el control de los proyectos educativos.

 

10. El desarrollo humano depende de múltiples parámetros, como la educación, la salud, la visión cultural de la familia y los respectivos roles del hombre y la mujer en la sociedad humana. Aún así, se puede afirmar que la educación, especialmente en el nivel primario, continúa siendo dramáticamente insuficiente en algunos lugares del mundo. Las habilidades “clásicas” que se esperan de la educación primaria (leer, escribir y matemáticas) ya no bastan en un mundo globalizado. Deben complementarse con otras habilidades orientadas a objetivos tales como mejorar, proteger o conservar la capacidad laboral, el patrimonio cultural y lingüístico, los valores éticos, la cohesión social y del medio ambiente. Para el futuro, la tríada clásica puede ampliarse hacia nuevos objetivos: “leer, escribir, matemáticas, razonamiento, síntesis”.

 

11. La enseñanza requiere, por parte de los maestros, un elevado nivel de conocimientos de manera que los alumnos, que aprenden a través del proceso educativo, alcancen un nivel de educación que no podrían obtener por sí mismos. La función de los maestros, como agentes de la educación, debe reconocerse y respaldarse con todos los medios posibles: por ejemplo, con el acompañamiento constante de quienes tienen un acceso más directo a los conocimientos (especialmente los estudiosos y científicos capacitados), con la actualización de la formación profesional, con salarios adecuados y con instrumentos de tecnología informática. Para contribuir a un cabal proceso educativo y brindar a cada integrante de la sociedad y a las comunidades mismas aquel nivel de conocimientos y enseñanza que constituye un factor primordial para otorgar autonomía y estimular la cooperación, es importante apuntar a altos estándares cualitativos en la profesión educativa, especialmente en el nivel de la educación superior. Este objetivo también es necesario para que, como la experiencia de cada educador es limitada, lo que un alumno no aprenda de un maestro lo pueda aprender de otro, y para que los maestros puedan aprender unos de otros en un contexto de sinergia. Para respaldar y promover este proceso dual, que está en el origen mismo de las escuelas, universidades y demás instituciones educativas, deben ponerse a disposición de los educadores los recursos nacionales, internacionales y privados adecuados de manera que, en todo el mundo, puedan cumplir sus tareas de manera efectiva.

 

12. Las tecnologías de la comunicación y la informática ofrecen posibilidades extraordinarias para una renovación de la educación, gracias a su capacidad de conectar a las personas, su capacidad de promover el acceso a zonas remotas, a los costos cada vez menores y a la riqueza potencial de la información transmitida. El gasto educativo por niño podrá así reducirse, incluso en las zonas carenciadas, Aún así, las herramientas de tecnología informática no necesariamente alcanzan la educación por sí mismas, sino que requieren que se las acompañe con una visión conceptual, para promover el diálogo, la participación activa de los maestros, la construcción organizada de los conocimientos y la toma de conciencia acerca de la importancia de los valores.

 

 

  


Declaración sobre Globalización y Educación de la Pontificia Academia de Ciencias y la Pontificia Academia de Ciencias Sociales como conclusión del primer seminario tenido en común el 16 y 17 de noviembre de 2005 en la Casina Pío IV. La declaración fue oficialmente aprobada sobre la base de un texto redactado por los profesores Pierre Léna, Edmond Malinvaud y el obispo-canciller monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, y en respuesta a las sugerencias del presidente de la PAS, profesor Nicola Cabibbo, y de los profesores Antonio M. Battro, Howard Gardner, Raymond Hide, Juan J. Llach, Jürgen Mittelstrass, Mina Ramirez, Kevin Ryan y Marcelo Suárez Orozco, y después de una ulterior discusión entre los profesores Léna, Malinvaud y el canciller.

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