Abril 2006
La dependencia emocional
Hay días en los que vibramos y gozamos del encuentro con los seres que nos rodean, pero hay otros en que nos aislamos y vivimos azorados por el desierto que nos circunda y la incomunicación que nos aleja más y más. Hay días en los que nos sentimos felices de crear en honda soledad, y días en los que el alma y el corazón se estremecen en la más fría desolación. Lo advirtamos o no, la experiencia humana la experiencia de cada uno de nosotros se manifiesta a través de estas contradicciones y paradojas.
Quizá, una de las situaciones más paradójicas de nuestra existencia pueda sintetizarse en esta sencilla pregunta: ¿hay alguien sobre esta tierra que no desee ser libre? ¿Y por qué la inmensa mayoría de la gente, no obstante su anhelo de libertad, vive aprisionada en jaulas de toda índole?
Gran parte de los problemas psicológicos que se padecen y la infelicidad que éstos acarrean, son la expresión visible y manifiesta de cómo se vive atrapado y encarcelado emocionalmente. Muchos, ni siquiera advierten que esas jaulas suelen ser de fabricación propia y que el miedo impide encontrar la llave para salir.
Vivir es estar relacionado, la vida es relación: vivimos en los otros y los otros también nos habitan.
La gente busca en la psicología la respuesta a estos grandes problemas de la humanidad: los conflictos en la relación, la soledad, la libertad, el amor. ¿Qué reciben como respuesta?
Grandes teorías marcaron el siglo XX e innumerables miradas parciales han intentado explicar fragmentos del alma humana. ¿No habrá algo más que fragmentos y contradicciones en nuestro ser?
Valiosos aportes, desde la psicología, nos han abierto los ojos a la problemática específicamente humana, pero en medio de tantas teorías y escuelas hemos perdido la visión esencial de lo que significa ser humano. Así como a través de las grietas de un muro se puede vislumbrar la luz que hay detrás; también nosotros a través de nuestras propias grietas podemos aprender a descubrir y asumir nuestra integridad y libertad.
La cultura de la dependencia
La educación que hemos recibido y que aún siguen recibiendo las nuevas generaciones se basa en el conformismo, casi todo lo que se aprende se acepta verticalmente. Es una educación colectivizada que no promueve el desarrollo de la capacidad perceptiva, reflexiva, investigativa, sensitiva; se fomenta la mera acumulación de conocimientos alejados de la realidad y de una visión humanitaria de la vida 1.
Se incentiva el amoldamiento, la imitación de modelos externos y ajenos, lo cual genera una competencia basada en la comparación constante y nociva, en lugar de desplegar la naturaleza esencial de cada uno y desarrollar el propio potencial creativo.
Esta actitud de no cuestionamiento de lo establecido, de aferrarse a dogmas y creencias rígidas e inamovibles, de depender siempre de algo o de alguien, suele ser la actitud que luego cada persona mantiene a lo largo de su vida.
Una sociedad basada en el conformismo y en la estandarización de conductas y pensamientos basta observar esta tendencia exacerbada en los medios de comunicación masiva; tal vez como una forma de control no puede producir otro resultado que apatía, pasividad, carencia de pasión, vacío emocional y espiritual.
En nuestra cultura predominan las conductas imitativas en lugar de las creativas; se prefiere vivir con verdades prestadas en lugar de hurgar en la sabiduría que atesoramos en nuestro propio interior.
¿Cómo sería una nueva educación? ¿Qué sucedería si la familia y el sistema educativo ayudaran tempranamente a despertar y ampliar la conciencia de un niño en lugar de domesticarla y anestesiarla?
Desarrollar la flexibilidad de la mente y el corazón, la necesidad de comprenderse y comprender a los otros, nutrir la solidez interior, respetar la diversidad de la vida en todas sus manifestaciones, comprender los miedos y los condicionamientos que empañan nuestra libertad y autonomía, constituyen el núcleo de un crecimiento íntegro y no tan fragmentado.
Crecer es despertar a la vida y convertirse en persona autónoma. Vivir despiertos es la condición necesaria para poder transformar una educación y una cultura que suelen marchar, muchas veces, en el sentido contrario de lo que es la salud.
Colapsos de autoestima
Una autoconciencia sólida, sana y estable arraiga en la autenticidad de nuestros anhelos, sentimientos y vivencias; un fuerte sentido de identidad sólo puede apoyarse en el desarrollo emocional propio. Descubrir, vivir y asumir conscientemente nuestra verdad personal nuestra identidad es tan imprescindible que pagamos su pérdida con penosas enfermedades y sufrimientos.
Como casi todos hemos sido educados en el molde de la dependencia, ocasionalmente somos conscientes del armazón con el que vivimos y de cómo continuamos recreándolo, de generación en generación, con exacta precisión.
La dependencia sólo genera miedo e inseguridad emocional y sumerge al individuo en una lucha permanente y agotadora por conseguir la aprobación de los demás; la fuente del éxito siempre es externa y se termina confundiendo admiración con amor 2.
En el fondo, muchos adultos aun de edad avanzada o con grandes logros sociales, económicos e intelectuales siguen siendo niños pequeños y dependientes. Una actitud infantil y sumisa subyace en innumerables personas exitosamente adaptadas a la sociedad, en tanto sólo pueden mostrar lo que se espera y se desea de ellas, omitiendo o menospreciando aspectos esenciales de su ser. O bien, muchos otros que viven bajo la presión de tener que demostrar una y otra vez sus rendimientos y la brillantez con que realizan todo lo que se proponen, dominados por un ansia ciega de reconocimiento y notoriedad.
Colapsos de autoestima están al acecho detrás de estas personas y pone en evidencia la debilidad de los cimientos de un edificio hecho de autoengaños e ilusiones. Estos colapsos son los que irrumpen en los diversos trastornos depresivos que tanto caracterizan a nuestra sociedad actual.
Cuanto más debilitado se halla ese núcleo central de la personalidad, más frágil es la autoestima y aún mayor será la necesidad de apoyarse en figuras, símbolos, gurúes, grupos o causas meramente externas 3.
Vínculos que atan
Nuestro mundo está lleno de gente herida en su integridad porque ha crecido en un contexto emocional teñido de desatención, hipocresía, severidad sin límites, desvalorización y desprecio.
Ningún ser humano necesita alimentarse de plantas venenosas pero algunos lo hacen porque no conocen otra cosa o porque dependen de aquello a lo que están acostumbrados, repitiendo ciegamente en sus conductas y en su manera de vincularse como adultos profundas huellas de desamor.
El desamor en cualquiera de sus manifestaciones está hecho de ataduras y servidumbres; la desconfianza, los celos, el afán de poseer y dominar son el alfabeto emocional de esos vínculos que atan y que, como toda prisión, bloquean el crecimiento y desarrollo personal.
¿Por qué la mayoría de las personas se resiste a un verdadero cambio y prefiere la falsa seguridad de una relación, por más desdichada o difícil que sea, a la búsqueda de un espacio nuevo de gozo y libertad?
Hay vínculos que parecen estar anclados en el tiempo: tanto padres e hijos, hermanos o muchos matrimonios viven atrapados en una dependencia infantil, ingenua e irresponsable, negando y manteniendo bajo control inseguridades y temores muy profundos.
Toda relación que limita las acciones, los sentimientos y pensamientos propios termina siendo mera dependencia, de la cual surge invariablemente un proceso de autoencierro y aislamiento. La dependencia es la negación de la verdadera relación.
Todos pueden cambiar su vida y madurar. La madurez psicológica otorga la confianza y la seguridad necesarias para arriesgarse a tomar el destino en las propias manos y descubrir la posibilidad de amar por elección.
¿Qué es el amor?
Todos, en alguna medida, deseamos ser amados y también dar amor; pero, a menudo, lo que parece ser amor con frecuencia no lo es 4.
En nuestra cultura, uno de los tantos conceptos falsos que los siglos nos han incrustado es la idea de que la dependencia es amor.
Pero la dependencia no es amor, el afán de poseer y dominar no es amor, el miedo no es amor. Amor implica vulnerabilidad estar abiertos en nuestra sensibilidad e implica comunión. ¿Cómo puede haber comunión con otro cuando hay miedo y desconfianza?
La mayoría de nosotros queremos, antes que nada, la seguridad de amar y ser amados. La exigencia de sentirnos seguros se vuelve más importante que el amor en sí, esto mismo se constituye en la raíz psicológica de la dependencia emocional.
Las personas dependientes están únicamente interesadas en su propio bienestar; desean llenar su vacío interior a costa de otros y han renunciado a todo esfuerzo por evolucionar y mejorar como seres humanos; tampoco toleran el riesgo y la soledad que implica crecer.
Cuando se ama tiene que haber libertad, no sólo respecto de la otra persona sino respecto de uno mismo.
Es necesario ver y enfrentar la carencia de libertad, los temores, las inseguridades, la desvalorización y todas las formas de dependencia que desplegamos en nuestros vínculos.
Fomentar la autonomía de los demás es la manifestación más contundente del amor; pero sólo si nosotros mismos somos seres autónomos podemos entablar vínculos maduros.
El amor es un estado del ser y, así como la lluvia limpia del polvo las hojas de las plantas, nosotros crecemos y evolucionamos a través del río de la vida a medida que nos vamos despojando de todo aquello que no es verdadero amor.
Notas
1. La inteligencia es mucho más grande que el intelecto, es la integración de la razón y el corazón; la verdadera inteligencia no es la acumulación de datos y conocimientos, es la forma más exquisita de sensibilidad.
2. En nuestra cultura se adora el éxito, todos de una forma u otra desean llegar a la cima. Mientras el culto por el éxito sea nuestra única meta no podremos liberarnos del miedo, porque el deseo de tener éxito engendra el miedo al fracaso, nos vuelve competitivos, envidiosos y nos agobia con el esfuerzo continuo.
3. Este proceso permanente de identificarse con algo o con alguien denota una identidad endeble. Su expresión extrema es el fanatismo, ya sea, político, religioso, deportivo o cultural; que, además de pertenecer todos al mismo nivel, tienen una idéntica raíz psicológica.
4. No hay amor cuando se dice que se ama a la esposa, a los hijos o a Dios y por otro lado se maltrata y explota a otras personas. Muchos son capaces de amar sólo a los animales, pero se muestran imposibilitados de amar a sus semejantes.
El despertar de la India
En su última campaña electoral nacional 1, el BJP 2 el partido gobernante utilizó el eslogan India Shining, India brillante. Y perdió las elecciones: la India brilla probablemente para la clase media alrededor del 25 % de la población, pero no para la mayoría de los pobres. El informe de 2005 de las Naciones Unidas sobre el desarrollo humano, la ubicó en el puesto Nº 127 sobre un total de 177 países. Sobre los más de 1000 millones de habitantes, el 30 % vive por debajo de la línea de pobreza; la brecha entre ricos y pobres se agranda y el analfabetismo adulto alcanza al 40 % de la población.
Sin embargo, el país no cesa de mostrar su vigor: con ocasión del tsunami y del terremoto en Cachemira, la India pudo asegurar los primeros auxilios y rechazó la ayuda exterior. La opinión internacional está impresionada por su crecimiento en sectores tales como la tecnología informática y, poco a poco, las inversiones extranjeras aumentan. Anualmente se gradúan allí más ingenieros que en Europa. Se sabe que dispone de capacidad nuclear, que puede poner satélites en órbita y que su programa espacial prevé el envío de un cohete a la Luna. Sus hospitales, actualmente, atienden pacientes del extranjero.
Los mismos indios se muestran muy confiados en el porvenir de su país, según muestra una encuesta reciente 3. Consultados habitantes de cuatro metrópolis, de cuatro ciudades y de cuatro pueblos del país, la investigación reveló que el 54 % de las personas estima que su vida ha cambiado positivamente en el curso de los últimos diez años; el 51 % se declaró más optimista sobre el futuro del país; el 54 % piensa que tendrá más oportunidades de empleo que antes; el 60 % dice gastar dinero en diversiones, y estima que estos cambios van a durar.
Situaciones desiguales
La India goza de una muy importante clase media (250 millones) que constituye la fuerza de la economía de consumo. Grandes tiendas y complejos de diversión, rebosantes de productos y desbordantes de compradores, florecen en las ciudades importantes. Los buenos restaurantes están llenos, incluso los días de semana. La cantidad de vehículos se multiplicó. El país tiene hoy más teléfonos celulares que líneas fijas. El negocio inmobiliario es un boom en los sectores urbanos. La riqueza de estas 300 millones de personas clases alta y media reunidas parece descender lentamente hacia la más pobre. La India ¿estaría finalmente en tren de progresar? Mi respuesta es positiva, a condición contextualizarla.
Es necesario saber interpretar las estadísticas globales, pues de lo contrario se corre el riesgo de no ver la gran disparidad del país. Los estados del Oeste y del Sur (Gujarat, Maharashtra, Karnataka, Tamil Nadu, Andhra Pradesh y Kerala) y algunos del Norte (Punjab, Haryana y las regiones de la capital nacional Delhi) están a la cabeza del crecimiento; parecen atraer la mayor parte de las inversiones extranjeras y nacionales. Por el contrario, los estados llamados bimaru 4 tiran abajo todas las estadísticas nacionales. Representan alrededor del 40 % de la población del país. El contraste es sorprendente: una niña nacida en Kerala, en relación con otra de Uttar Pradesh, tiene cinco veces más posibilidades de llegar a los 5 años, tres veces más posibilidades de ser educada y ciertamente una expectativa de vida mucho mayor.
La tasa media de natalidad es del 1,4%, pero varía de menos 1 % en Kerala a más de 2 % en los estados del Norte. La educación y el desarrollo económico son, en efecto, factores-clave para disminuir el crecimiento de la población, sin contar la diferencia de desarrollo entre las zonas industriales urbanas y los pueblitos donde se vive de la agricultura. Es de esperar que los grupos y las regiones más favorecidos arrastren a los otros en la escala económica.
Nuevas dinámicas
El progreso sin duda redundará en la confianza del indio en sí mismo. Después de la independencia, el país hizo la experiencia de la economía socialista. El gobierno se centró entonces en la industria pesada, controlando muy de cerca la política de desarrollo, incluso mientras alentaba una economía mixta y la iniciativa privada. La población dependía mucho del gobierno. Hasta hace diez años, los padres que tenían una hija casadera buscaban yernos funcionarios: un empleo público significaba un sueldo fijo, una jubilación y un razonable desempeño de trabajo. Los políticos atraían los favores del pueblo creando artificialmente empleos en las empresas controladas por el Estado. Una decena de años atrás, el gobierno comprendió brutalmente que esa situación no podía durar. Entonces abrió la economía a la iniciativa privada y controló los gastos del Estado. Las empresas gubernamentales comenzaron a suprimir empleos y dejaron de contratar. Esta nueva política desestabilizó a los ciudadanos: se dieron cuenta de que debían competir. Esta apertura económica alentó la iniciativa privada y aumentó el número de consumidores. La población tenía necesidad de dinero pero… ¡debía ganarlo! Este cambio provocó una eclosión de pequeños emprendedores. Su capacidad de ganar dinero aumentó el deseo de gastarlo. La industria de productos de consumo se benefició.
Este mercado es esencialmente interno. Pero, con mil millones de habitantes, basta para marcar un desarrollo verdadero. La enormidad de este mercado, hecho de compradores con niveles de vida diferentes, permitió a muchos fabricantes de bienes de consumo recurrir a marcas internacionales, generalmente más caras y reservadas a los ricos. El crecimiento micro-económico benefició igualmente el crecimiento de las grandes empresas que se instalaron en el país, debido a las nuevas políticas económicas del gobierno.
Después del período colonial, la India es conocida por la emigración de trabajadores no calificados. Estos grupos se encuentran, hoy día, en África del Sur, Fidji, Malasia, Sri Lanka, en países caribeños, etc. Pero lo nuevo es la emigración de trabajadores calificados. La angustia de la crisis de las computadoras del año 2000 abrió el sector de la tecnología informática. Gracias al conocimiento del inglés y a su competencia intelectual, jóvenes indios han emigrado a los Estados Unidos. Estos se han formado rápidamente y pudieron ofrecer sus servicios. A partir de la crisis del año 2000, la industria de las tecnologías de la información se desplazó hacia el marketing y los servicios on line.
Si bien esta industria ha dado a la India mayor visibilidad en el mundo, no habría que exagerar el papel que jugó en el crecimiento económico. Probablemente haya creado medio millón de empleos. Pero sobre todo parece haber creado un nuevo espíritu empresario entre los jóvenes del país e impulsado el desarrollo del ciclo de consumo. La ciudad de Chennai le sigue inmediatamente a Bangalore en la industria informática, pero los diez últimos años también han aportado tres fábricas automotrices (Hyundai, Ford y BMW). El ministro de Comercio indio dijo recientemente que las exportaciones a los Estados Unidos sobrepasan las importaciones. La India está bien ubicada en el rubro textil, farmacéutico, de auto-partes, sin hablar del rubro agrícola de base.
Se constata el papel de la iniciativa privada en la formación profesional. Antes, se lamentaba el hecho de que ingenieros y profesionales formados en las instituciones nacionales, gracias al dinero del contribuyente, emigraran al extranjero. En la actualidad, probablemente de una treintena de colegas profesionales en Chennai sólo seis fueron financiados por el gobierno. Las otras universidades se sostienen por la contribución de los estudiantes que pagan su formación. Se constata un fenómeno similar en las otras universidades en lo que concierne a los cursos profesionales. Dicho de otra forma, ya no se depende del gobierno. Este, sólo debe crear las condiciones de dinamismo. Esta nueva disposición ha liberado energías. El sostén de las familias es importante y los jóvenes lo utilizan. En estas condiciones, no es de extrañar que la mayor parte de los cursos dados en las universidades estén orientados al empleo. Pronto los jóvenes estarán en condiciones de ser autónomos, y allí está el resorte de la economía.
Hace algunos años se hablaba mucho de la fuga de cerebros desde los países pobres hacia los países ricos. Hoy día, los indios ven en estas expatriaciones una real ventaja en razón de los contactos internacionales a que dan lugar y de las redes que permiten tejer. De todas formas, el abanico de talentos es tan amplio y la falta de trabajo es tan masiva, que el hecho de que algunos obtengan trabajo en el extranjero ya no es un problema.
El papel del gobierno
Cuando las olas del tsunami golpearon la costa sudeste de la India fue posible medir este espíritu de empresa. La ayuda fue rápida y eficaz. Pero el gobierno no estuvo solo en la tarea. Numerosas ONG, muchos individuos y pequeños grupos, aportaron su ayuda en períodos más o menos largos, a expensas propias, con frecuencia ayudados por amigos, por la familia o por las comunidades.
No se puede, evidentemente, minimizar la contribución del gobierno al desarrollo. Hace unos diez años abrió la economía a la iniciativa privada y a la presencia de actores del extranjero manteniendo, sin embargo, el control necesario. Los partidos políticos, incluido el partido comunista del West Bengal, han sostenido el principio de esta economía abierta. Falta que este esfuerzo no sea reprimido por una corrupción endémica. Aunque para algunos empresarios activos, pagar a los políticos forma parte de la inversión, tal como sucede en el nivel internacional. El gobierno, sin embargo, sigue siendo responsable ante las poblaciones más pobres, que cuentan con poder electoral en una sociedad democrática. Por eso perdió el BJP con su Indian Shining. En esas elecciones, el partido comunista consiguió el mayor número de escaños en el parlamento desde la independencia. Actualmente tiene el control del Congreso y vigila que este no olvide el interés de los pobres, aunque lo haga a su manera, muy doctrinaria.
En una democracia que tiende a ser floreciente, los pobres toman conciencia de sus derechos y saben reclamar su aplicación. Después del tsunami, las víctimas se organizaron para presentar al gobierno y a diversos organismos, sus reclamos de ayuda. La población los pobres en particular está ahora lista para manifestarse si piensa que los funcionarios del gobierno, incluida la policía, no están atentos a sus necesidades y a sus problemas. Para hacerse escuchar, pueden llegar a bloquear el tránsito o a hacer juzgar a un oficial. A pesar de la lentitud y de la corrupción de la burocracia a la que siguen expuestos, los indios están saliendo de su posición de víctimas y van adquiriendo conciencia de su poder.
La Justicia juega un papel muy importante para obligar al gobierno a rendir cuentas. La India ha desarrollado un programa legal llamado Public Interest Litigation. Cualquier ciudadano puede llevar ante la Justicia acciones o decisiones del gobierno que estime injustas, incluso en ámbitos que no le conciernen directamente. Una simple queja enviada por un pobre puede ser tomada muy en serio por la Justicia. Las investigaciones judiciales por corrupción, que pudieron ser abandonadas bajo presión política, pueden ser retomadas por orden de la Corte. Recientemente, a raíz de que algunos casos de violencia interreligiosa no habían sido tomados en serio por el gobierno de un estado, la Justicia intervino para obligarlo a realizar una investigación formal e independiente. La Justicia funciona como una protección eficaz contra los abusos de poder de los políticos y sus intentos de pervertir los valores constitucionales. Se muestra, también, muy sensible ante las cuestiones ecológicas.
El sistema de castas conmovido
Gracias a esta politización, el sistema de castas está también en tren de moverse. Un nuevo sentido de la igualdad se está abriendo camino. Muchas castas se han politizado, sea para sostener a un partido, sea para constituirse ellas mismas en un partido político. Algunas han mostrado mucha capacidad de organización. La tradición de la asociación específica afectada a tareas particulares esto que era la característica incluso de las castas está en vías de desaparecer. Los dalits (oprimidos) se organizan 5. El estado más poblado, el Uttar Pradesh, hace algunos años, tuvo una mujer dalit como presidente. El Tamil Nadu tiene dos partidos políticos dalit, representantes de dos sub-castas.
Esa politización atraviesa también las posiciones religiosas. Hasta no hace mucho tiempo, la conversión a otra religión, cristianismo o budismo, parecía un medio para escaparse del sistema de castas. Pero los dalits creen que la conversión no basta. Llegar a ser budista puede dar una nueva identidad personal, pero no cambia su identidad social. Ser cristiano puede darle oportunidades de formación, pero la Iglesia no puede darle un nuevo status en la sociedad ni ofrecerle un empleo. También dalits de diferente religión sienten la necesidad de reencontrarse y organizarse para reclamar sus derechos de ciudadanos. También el Estado indio organiza para ellos programas de discriminación positiva. Su autonomía en educación como en economía parece urgente.
Los efectos de la mundialización
La mundialización ofrece a los países en desarrollo oportunidades tanto en el nivel personal como empresarial. El alto costo del trabajo en el mundo desarrollado obligó a las multinacionales a buscar soluciones alternativas. China estuvo en condiciones de realizar su crecimiento industrial. La India tardó más en abrir su economía y en aprovechar ese movimiento. Pero eligió el camino de las delocalizaciones de servicios industriales. Esto comenzó con lo que da en llamarse call centers. Un amigo que pedía por teléfono información sobre los horarios de tren de Londres a Oxford descubrió que la respuesta le fue dada por alguien de Bangalore que tenía acceso a todas las informaciones, incluidas las meteorológicas.
Trabajos mecánicos, simples pero que demandan inteligencia (tipear textos o hacer operaciones contables), han sido delocalizadas. Estos servicios se encargan de todos los problemas delicados tanto lógicos como mecánicos. Hoy día, se desplazan hacia tareas más creativas, como la investigación o la creación artística. La inversión necesaria es mínima: un ordenador y un lugar de trabajo. El número de empleados en esta industria delocalizada no es considerable cuando se tiene en cuenta la mano de obra disponible en la India. Pero esta es una fuente de estímulo con numerosos efectos secundarios. Para atraer a las empresas, el gobierno está dispuesto a mejorar la infraestructura: rutas, líneas telefónicas y conexiones informáticas. Esta infraestructura beneficia a todos. Los jóvenes que trabajan mucho están dispuestos a gastar en diversiones y las familias conocen nuevas aspiraciones que son otros estímulos al consumo.
Los medios (en especial la televisión) contribuyen evidentemente a la toma de conciencia y al desarrollo. Las tradiciones sociales y culturales se resisten, pero un nuevo sentido de las libertades crece día a día: los hábitos de trabajo cambian, los habitantes están más dispuestos a desplazarse. La encuesta citada muestra que el 65 % de la población tuvo necesidad de desplazarse para procurar nuevas oportunidades de educación y de empleo; el 79 % trabaja más que antes; el 67 % estima que la presión de las normas sociales ha disminuido; el 71 % es más abierto que antes; el 65 % pasa menos tiempo con la familia y el 59 % estima que tiene menos sostén por parte de las estructuras tradicionales (familia o gobierno); el 70 % piensa que ahora trabaja en sectores que antes no le eran familiares; el 62 % ahorra menos que antes; el 54 % considera que logró más de lo que esperaba. De manera sorprendente, todas estas libertades se extienden también a la vida sexual en un país tan tradicional, particularmente en zonas urbanas. Las mujeres que trabajan experimentan, especialmente, la libertad.
El individualismo, las riquezas y las nuevas libertades no disminuyen, sin embargo, la responsabilidad social de los indios. Hemos visto cómo los individuos han respondido en crisis como la del tsunami. Pero la población espera del gobierno que se preocupe más por los más pobres: el 85 % estima que una parte mayor del presupuesto del Estado debería estar consagrado a los pobres; el 72 % sugiere que el gobierno intervenga en su favor en situaciones difíciles; el 69 % rechaza que las decisiones relativas a la apertura de escuelas, de hospitales o de industrias sean dejadas a las fuerzas del mercado. Al gobierno le corresponde tomar sus decisiones con un cuidado especial por los más pobres. Recientemente, el Parlamento votó una ley garantizando un mínimo de empleos en regiones rurales.
Uno de los mayores diarios indios en inglés, The Indian Express, publicó una crónica sobre el dinamismo y las nuevas perspectivas titulada India explained - India empowered. En esos artículos, se le otorgaba importancia a la infraestructura, al mejoramiento de la educación, a la capacidad de las ciudades y el aliento a las iniciativas. Los comentarios hechos por altos funcionarios del gobierno son significativos. A.P.J. Abdul Kalam, el presidente, estima que el poderío de la India es el conocimiento que echa raíces en las ciudades. El vicepresidente, Bhairon Sing Shekhawat, insiste en la necesidad de terminar con la corrupción. El primer ministro, Manmohan Singh, habla de democracia abierta, economía abierta. El ex presidente, recientemente fallecido, K.R. Narayanan, esperaba ver el día en el que los ignorantes y los explotados comiencen a afirmar sus derechos y su propia capacidad.
La democracia se instala lentamente, pero está bien viva. Los ciudadanos parecen habituarse a pedir cuentas a sus responsables políticos. Este podría ser el comienzo tan esperado del fin de la pobreza. Los habitantes no tienen gran confianza en los políticos el 58 % declara incluso que su confianza en ellos y en los funcionarios ha disminuido. En efecto, el 81 % tiene más confianza en los industriales, en los empresarios, en los intelectuales y en los técnicos que en los políticos (el 14 %) o en los burócratas (el 5 %).
El lugar de las religiones
La India es un país pluri-religioso y multicultural. Se mostró como un país laico y supo preservar y defender esta laicidad. Pero la integración de la nación como tal aún está pendiente. Todavía existen movimientos separatistas aquí y allá. La tensión entre musulmanes e hindúes es histórica. La mayoría hindú reencuentra su identidad después de más de 1000 años de sumisión en la época de los musulmanes y de los británicos. La partición India/Paquistán dejó profundas heridas. Los tumultos entre hindúes y musulmanes continúan estallando periódicamente, pero sus motivaciones parecen más económicas y políticas que realmente religiosas.
Con 120 millones de musulmanes, la India es la tercera población musulmana en el mundo, detrás de Indonesia y de Paquistán. Pero en su suelo no existe ninguna organización terrorista internacional. El fundamentalismo hindú no alcanzó verdaderamente a establecerse en el país. Nunca tuvo más del 20 % del voto popular, incluso en la coalición con partidos regionales. Da la impresión de estar en rápida declinación. El núcleo del grupo fundamentalista hindú es muy débil, aunque muchos hindúes puedan adherir más o menos a esa mentalidad. Pero esa tendencia no se traduce en votos: los ciudadanos apoyan a los partidos políticos en función de su capacidad de concretar logros económicos, no en función de su ideología o de su visión religiosa. El pragmatismo prevalece sobre la ideología. Basta observar el interés por las escuelas que dan inglés, incluso en el nivel primario; el inglés es considerado un pasaporte para conseguir empleo en tecnología de la información y en otras industrias, sean nacionales o extranjeras.
El hinduismo no es una religión organizada, es un término general que abarca a una multitud de tradiciones indias. Los intentos del BJP para constituirse en una fuerza organizada han fracasado. El Sankaracharya de Kanjeepuram, que hubiera podido ser una suerte de líder nacional religioso, tiene en la actualidad diversos procesos judiciales, algunos por asesinato.
Mientras la figura de Jesús y el cristianismo son, en general, aceptados y admirados, existe un sentimiento largamente extendido contra el proselitismo y su dependencia de los centros de poder y de financiamiento extranjeros. El cristianismo no se percibiría tanto como una amenaza si se tornara auténticamente indio. La mejor imagen del laicismo indio se ilustra en el hecho de que el actual Presidente es musulmán, el Primer ministro sikh, y la presidente del partido gobernante, Sonia Gandhi, una cristiana de origen extranjero. Dos estados del Sur (Andra Pradesh y Kerala) tienen presidentes cristianos. Los líderes cristianos son también muy bien vistos en el Nordeste.
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La India no está todavía en condiciones de brillar para todos, pero se va iluminando. Su democracia funciona. Los ciudadanos son políticamente maduros; afirman su poder en diferentes niveles. La enseñanza universal será un factor clave para que esta capacidad de autonomía se confirme y se expanda.
Texto de Etudes, febrero de 2006.
Traducción: Alberto Azzolini.
1. Cf. Michel Amaladoss, Inde, quelle laïcité?, Etudes, noviembre 2004, pp. 441-452.
2. Bharatiya Janata Party (Partido Popular).
3. Esta investigación, Outlook-Cfore, se efectuó en la tercera semana de septiembre de 2005.
4. Bimaru, en hindi, quiere decir pobre. Como acrónimo, Bimaru significa Bihar (Bi), Madhya Pradesh (ma), Rajasthan (r) y Uttar Pradesh (u).
5. Cf. Michael Amaladoss, Les Dalits en Inde, Etudes, octubre de 2000.
La biblioteca de Georgie
Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo. Ocupaba toda una habitación, con estantes encristalados, y debe haber contenido varios miles de volúmenes. Como era tan miope, me he olvidado de la mayoría de las caras de ese tiempo [...], pero todavía recuerdo con nitidez los grabados en acero de la Chamber´s Enciclopaedia y de la Británica 1.
Borges privilegia como acontecimiento fundacional en su historia una toma de decisión: construir un mito biográfico que se funda en la apropiación de la literatura 2. A partir de este hecho comienza su historia, fuertemente signada por el mandato familiar que consideraba de manera tácita que yo cumpliría el destino literario que las circunstancias habían negado a mi padre 3. De la rama paterna hereda la lengua y la cultura inglesas: su abuela paterna, Fanny Haslam, a la que recuerda en su autobiografía, provenía de una familia de Northumbria; su padre enseñaba psicología en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, donde dictaba las clases en inglés, y fue quien lo puso en contacto con grandes poetas en esa lengua. Una tradición literaria recorría la familia paterna; por oposición, la rama materna, criolla, es la que aporta héroes, guerreros y personajes ilustres 4.
Al recordar sus primeras lecturas, Borges nos acerca una enumeración variada; muchos de los textos que menciona forman parte de los que leían los niños de su clase y época. Frente a la diversa selección de títulos, que en la actualidad puede parecer arbitraria, vale la pena recordar que a comienzos de siglo todavía estaba muy lejana la idea de literatura infantil, en los términos en que empezó a acuñarse medio siglo después. Debido a que no existía una producción específica para su edad, los más pequeños accedían a obras complejas y a autores consagrados.
La primera novela que leí completa fue Huckleberry Finn. Después vinieron Roughing It y Flush Days in California. También leí los libros del capitán Marryat, Los primeros hombres en la Luna, de Wells, Poe, una edición de la obra de Longfellow en un solo tomo, La isla del tesoro, Dickens, Don Quijote, Tom Brown en la escuela, los cuentos de hadas de Grimm, Lewis Carroll, Las aventuras de Mr. Verdant Green (un libro ahora olvidado), Las mil y una noches de Burton. [...] Todos los libros que acabo de mencionar los leí en inglés 5.
De estas vastas lecturas infantiles quedarán marcas indelebles en Borges. Mucho más allá de su propia biblioteca entendida en el sentido que le da al término Umberto Eco, como conjunto de textos que forman parte de la memoria personal de cada lector, hay libros que aparecen recurrentemente en su producción: no podría dejar de mencionarse Don Quijote, leído y releído continuamente, citado, fuente de numerosos textos y hasta vuelto a escribir por Pierre Menard. Y están también muchos de los autores frecuentados en la infancia, que constituyen su linaje literario, la opción lo convierte en descendiente de una estirpe, ordenada esta vez sobre una alianza que tiene al idioma inglés como base de la relación: Wells, Chesterton, De Quincey, Conrad, Wilde, Stevenson, Kipling… 6.
El otro Kafka
Frente a la enorme biblioteca que postula el recuerdo infantil, la de los años adultos de Borges parece haber sido escueta. Alberto Manguel, que entre los años 1964 y 1968 tuvo la inmensa fortuna de ser uno de los lectores de Borges, señala que, contrariamente a lo que se podía esperar de un hombre que consideraba el universo como una biblioteca y que había llegado a imaginar el Paraíso bajo esa forma, el tamaño de su propia biblioteca era toda una decepción… Los invitados a su casa esperaban hallar un sitio atiborrado de libros, estantes a tope, pilas de volúmenes bloqueando las puertas…. una jungla de tinta y papel. Por el contrario, descubrían un ámbito en el que los libros ocupaban unos pocos rincones discretos.[...] Las pocas estanterías, sin embargo, contenían lo esencial de sus lecturas, empezando por las enciclopedias y los diccionarios, gran orgullo de Borges.[...] De esas mismas estanterías me hizo extraer los volúmenes de los cuentos de Chesterton y los ensayos de Stevenson, que leímos a lo largo de varias noches y que él comentaba con extraordinaria perspicacia y agudeza, compartiendo su pasión por estos grandes escritores… 7.
Además de señalar la ausencia en la biblioteca de su propia obra, continúa con la enumeración de los textos que atesoraba: En las dos estanterías bajas del salón comedor se hallaban las obras de Stevenson, Chesterton, Henry James y Kipling.
Los nombres que le abrieron la puerta de entrada a la gran literatura siguen acompañándolo a lo largo de su vida. Entre ellos, Chesterton y Kipling ocupan un lugar preponderante. Están incluidos en su Biblioteca Personal, publicada por Hyspamérica, una colección a la que define desde su prólogo como una biblioteca dispar, construida a lo largo del tiempo, formada por libros cuya lectura fue una dicha que desea compartir con los lectores.
Borges nos abre algunas puertas para pensar en esta ¿arbitraria? selección. Bajo la aparentemente apacible superficie de las historias del Padre Brown, él descubre un abismo. Mientras que en las aventuras del sacerdote se suele ver una trama ingeniosa, a la manera de los clásicos relatos detectivescos, Borges encuentra que la repetición de su esquema a través de los años y los libros… parece confirmar que se trata de una forma esencial, no de un artificio retórico 8. En este esquema repetido aparece un enigma indescifrable: hasta aquí, no existen diferencias con el policial común. Sin embargo, la primera explicación de este enigma suele incurrir en atisbos atroces. Imposible no recordar, inmediatamente, La ráfaga del libro, en el que el libro al que alude el título no debe ser abierto por nadie, ya que el que lo haga corre el riesgo de ser arrebatado por el diablo y desaparecer. O El puñal alado, guiado por una mano cuyo poder emana de Satanás. Finalmente, sin embargo, se logra develar la verdad a través de la razón, con explicaciones menos perturbadoras. A pesar de esto, sostiene Borges: Cuando el género policial haya caducado, el porvenir seguirá leyendo estas páginas, no en virtud de la clave racional que el padre Brown descubre, sino en virtud de lo sobrenatural y monstruoso que antes hemos temido 9. También precisa, en el artículo que le dedica en Otras inquisiciones, que en Chesterton existió la posibilidad de ser otro Kafka, ya que algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego, y central.
Poe inventó la figura genial de Dupin, el modelo de detective cuyo razonamiento analítico logra descifrar los casos más complejos. El Padre Brown es la invención de Chesterton: en su boca está su contradicción kafkiana acerca del mundo, pero también la propuesta de un orden que le permitió escapar a esa pesadilla. En el delicioso relato La cruz azul, en el que conocemos al personaje, el tímido sacerdote se enfrenta con Flambeau, el temible ladrón. Sentados en el parque, el primero explica: La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagine usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; piense usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes: imagine usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pueda afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleras de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: No robarás 10.
En la síntesis final, Chesterton propone un orden en el mundo, que lo libra de todas las opciones terribles que puedan entreverse. Borges sostenía que, aunque olvidado, Chesterton fue un extraordinario poeta, un extraordinario forjador de metáforas. Más allá de la recomendación que invita a una relectura, el fragmento anterior hace que también recordemos su calidad de poeta.
La trama perfecta
Norman Thomas di Giovanni trabajó durante varios años con Borges. Si inicialmente ofició de traductor, fue también colaborador en la redacción de su autobiografía y lo incitó para que retomara la producción de cuentos que había dejado de escribir hacia 1953. Un estímulo externo fue el pedido del diario La Prensa, que en ocasión de su centenario le pidió una colaboración, como a otros escritores argentinos destacados.
Este fue el punto de partida para la producción de los once textos que componen El informe de Brodie, publicado en 1970. En ellos es evidente una distancia que no es solamente temporal con los publicados en Ficciones. Según señala el mismo Borges en el prólogo (reiteradamente citado) al libro de 1970: Los últimos relatos de Kipling fueron no menos laberínticos y angustiosos que los de Kafka o los de James, a los que sin duda superan, pero en 1885, en Lahore, había emprendido una serie de cuentos breves, escritos de manera directa, que reuniría en 1890. No pocos… son lacónicas obras maestras; alguna vez pensé que lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio. [..] He intentado, no sé con qué fortuna, la redacción de cuentos directos. No me atrevo a afirmar que son sencillos; no hay en la tierra una sola página, una sola palabra que lo sea, ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad.
Parece oportuno recordar también que en esta época Borges retomó la clásica forma del soneto, que lo ayudaba a componer y retener los textos para los que ya tenía que recurrir al dictado. No parece improbable pensar que, entre los textos evocados una y otra vez de la lejana biblioteca infantil, su oblicua intención de lector pudiera redescubrir, bajo el manto de exotismo en el que se confinó a Kipling, el trabajo sobre una trama trabajada como por un artífice.
Entre los múltiples recuerdos evocados por Alberto Manguel en su libro, está el del obsequio que recibió de manos de Borges cuando dejó la Argentina: una edición pequeña y encuadernada en rojo de Stalky & Co., [...] era el ejemplar… que había comprado en Ginebra siendo adolescente… 11. En esa misma ciudad en la que murió en 1986, había descubierto, muchos años antes, entre otros autores, a Kipling.
En este regalo se puede ver la cifra de una actitud de Borges: la de abrirnos a sus lectores un vasto universo de libros. Se cumplen veinte años de su muerte; en 1936, medio siglo antes, murieron Chesterton y Kipling. Tal vez el azar de los aniversarios sea una excusa para volver a deleitarnos con sus relatos.
Notas
1. Borges, Jorge Luis con Di Giovanni, Norman Thomas. Autobiografía, Buenos Aires, El Ateneo, p.24.
2. Sarlo, Beatriz. Borges, un escritor en las orillas, Buenos Aires, Seix Barral,2003, p.10.
3. Borges, Jorge Luis con Di Giovanni, Norman Thomas, op.cit, p.29.
4. Piglia, Ricardo. Ideología y ficción en Borges, en Punto de vista, Nº 5, Buenos Aires, 1980. El autor desarrolla estas dos líneas que son las que han definido también a la cultura argentina y a partir de los dos linajes borgeanos propone un interesante camino de lectura de la obra, ya que estima que organizan dos sistemas de relato, dos maneras de manejar la ficción.
5. Borges con Di Giovanni, op.cit.,pp.25/26.
6. Piglia, Ricardo. Op.cit.
7. Manguel, Alberto. Con Borges, Bogotá, Norma, 2003. El libro no es solamente un relato breve y entrañable de la experiencia del contacto del autor con Borges, sino también un interesante recorrido de acercamiento al autor.
8. Borges, Jorge Luis. Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé, 1960, p.119
9. Borges, Jorge Luis. Prólogo a La cruz azul y otros cuentos, Gilbert K. Chesterton, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985.
10. Chesterton, Gilbert K., op. cit., p.30.
11. Manguel, Alberto. Op. cit., p. 32
Ser cristiano hoy
Hace ya muchos años que un desafío me interpela: cómo ser cristiano hoy en Buenos Aires. Treinta años atrás, Pablo VI afirmaba: La ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. Y de esta constatación derivaba un programa: De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas (EN,20). Es lo que he tratado de realizar a lo largo de mis 43 años de sacerdote, como investigador científico y profesor universitario, durante 11 años conduciendo el Servicio de Pastoral Universitaria, en casi 40 años de colaborar en y dirigir la revista Criterio, y en los más de 15 años que asesoro en Acde. Abracé el programa optimista del Concilio Vaticano II y de Pablo VI, pero hoy pienso que es necesario cambiar las prioridades.
En febrero de este año, los obispos vascos escribieron una carta pastoral titulada Renovar nuestras comunidades cristianas. Es uno de los exámenes más agudos que he leído acerca de los desafíos que enfrenta la Iglesia. Basta citar un pasaje para advertir la lucidez y valentía del diagnóstico: Por primera vez en la historia a partir del siglo IV la Iglesia católica y las demás Iglesias cristianas viven en muchas regiones de Europa una situación de minoría cada vez más próxima a la diáspora al estilo de las minorías judías presentes por doquiera en el mundo gentil(37). La civilización occidental y cristiana ya no existe. Nuestra cultura podrá tener aún residuos de su pasado cristiano, pero los redactores del proyecto de constitución europea ni siquiera quisieron reconocer explícitamente el aporte histórico del cristianismo a lo que hoy es Europa. Hemos entrado a una nueva época, análoga a la preconstantiniana.
¿A qué se debe esta crisis de la Iglesia católica en Europa, y, yo agrego, en América latina? En la carta de los obispos vascos encontramos dos interpretaciones que, a mi juicio, corren por carriles paralelos sin que la carta opte claramente por una de ellas. La primera se expresa del siguiente modo: Hoy existe una convicción compartida en virtud de la cual razones de orden cultural serían las causas principales de la actual situación de la fe.
Los poderosos resortes de nuestra sociedad han influido notablemente en la Iglesia. La visión moralista que atribuye primordialmente la situación de la Iglesia a nuestros pecados no es, pues, justa ni plenamente acertada (24). No tenemos nosotros toda la culpa, ni mucho menos, del debilitamiento de nuestras comunidades, ni de la apatía religiosa de muchos, ni del éxodo de los jóvenes. Hemos explicado ampliamente que la causa fundamental de la descristianización reside en la cultura ambiental y dominante. Ella es una corriente poderosa ante la que podemos poco. Configura el modo de pensar, de sentir y de comportarse de las personas y grupos. Les dicta sus valores (44).
La segunda línea se expresa de este modo. Como a las Iglesias del Apocalipsis, el Espíritu nos llama enérgicamente a la conversión. También nuestras comunidades y sus responsables somos invitados a preguntarnos si hemos dejado enfriar el amor primero (2,4) o nos merecemos la interpelación de Jesucristo, el Testigo fiel y veraz: Eres sólo tibio: ni caliente ni frío (3,16). ¿Nos sentimos retratados en estas enérgicas expresiones? Pasar de la mediocridad al fervor y hasta a un cierto entusiasmo es para muchos de nosotros una asignatura pendiente. Ante todo y sobre todo, hemos de convertirnos no a la sociedad, a los tiempos modernos, a la verdad, a la justicia, al bien. Ni siquiera a los pobres. Hemos de convertirnos a Dios. No hay verdadera conversión cristiana sin un Encuentro personal y comunitario con Dios, cuyo rostro resplandece en su plenitud en Jesucristo. La conversión no es una simple reforma de costumbres y actitudes. Es un volverse a Dios. Esta es la relación fundamental que ha de restañarse en nosotros. Si ella se regenera y se refuerza, todas las demás se consolidarán (41).
«Seguir a Jesús» es la fórmula breve del comportamiento cristiano
es haber sido seducido por Él. Es depositar en Él una ilimitada confianza. Es sentirse envuelto en un amor incondicional hacia el Señor. Es identificarse con su escala de valores. Es decidirse a compartir su misión. Es adherirse a la comunidad de seguidores. Las capas afectiva, valorativa y decisoria de nuestra persona quedan centradas en la persona de Jesús, en el proyecto de Jesús y en la comunidad de Jesús(55). La presencia capilar de una muchedumbre de cristianos verdaderamente seguidores sembrados en todos los entresijos de la sociedad haría pensar a muchos(56).
Ambas tesis tienen elementos verdaderos, pero no puedo aceptar que se me diga que la causa fundamental de la descristianización reside en la cultura ambiental y dominante. Adhiero, en cambio, a la afirmación de que padecemos una crisis de mediocridad espiritual, y que volverse a Dios por medio de Cristo es la relación fundamental a restañar, y que si ella se regenera todas las demás se consolidarán.
Somos herederos de un cristianismo cultural que ya no existe y que es utópico querer revivir. No son leyes, normas y reglamentos lo que resguardarán valores que ya no están avalados por las conductas de los mismos cristianos. Si adoptamos el punto de vista estadístico, ¿tienen los católicos argentinos conductas significativamente diferentes de los demás en materia de castidad prematrimonial, uso de anticonceptivos, abortos, abusos sexuales, divorcios, peculados, corrupción de funcionarios públicos, empleo en negro, evasión impositiva, falsas declaraciones juradas, por mencionar sólo algunas cuestiones que ocupan la atención pública? Frente a una cultura pagana que propone una escala de valores contradictoria con la que profesamos como cristianos, ¿hacia dónde deben apuntar nuestros esfuerzos? ¿hacia el hipotético cambio de la cultura o hacia la efectiva conversión de las personas? Si, como dice Pablo VI, la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, el polo que hay que trabajar prioritariamente es el de la fe en Jesucristo, pero una fe que asuma nuestras capas afectivas, valorativas y decisorias. En otras palabras, una fe enamorada. Sin cristianos que exhiban en sus vidas y conductas un real enamoramiento del Señor, el diálogo de fe y cultura se transforma en el mejor de los casos en coloquios intelectuales, y en el peor en polémicas estériles y disputas por el poder.
Hoy, como en los orígenes del cristianismo en el imperio romano, el cristiano que vive coherentemente su fe adopta una postura contracultural. No por lo que dice, sino por cómo vive. Leemos en el libro de la Sabiduría: dice el impío
[el justo] es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola presencia nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes(2,14-15). El fervor es como el fuego, enciende todo lo que está cerca. El que está seco por dentro y vive en la impureza, le tiene miedo porque presiente que tendrá un efecto purificador similar al que separa la escoria del metal en el proceso de refinación. El que tiene una brasa encendida lo acoge y crece la llama, pero si no la alimenta se apaga y la ceniza vuelve a cubrir la brasa. ¿Cómo está nuestra Iglesia, en llamas o cubierta de ceniza?
Juan XXIII, al convocar el Concilio, nos invitó a volver a las fuentes, es decir a los orígenes de la experiencia cristiana, a la santidad de vida con prescindencia de los usos y costumbres de los paganos en medio de los cuales vivían. Su norma de vida era el seguimiento de Jesús, tanto de sus enseñanzas como en la imitación de sus conductas ejemplares. Esta invitación a la santidad de vida quedó claramente plasmada en el documento conciliar sobre la Iglesia, en su capítulo V titulado Universal vocación a la santidad en la Iglesia, donde leemos: Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena (40).
Cada día estoy más convencido que la santidad de vida es el camino más eficaz y corto de cambiar la cultura, porque suscita, en efecto, un nivel y calidad de vida más humano en la sociedad terrena. Para ser santo no hay que retirarse del mundo, sino habitarlo con la llama encendida del Espíritu Santo en el corazón, la inteligencia y la voluntad.
¿Cómo hacerlo? No es ésta la ocasión para entrar en detalles, sino sólo para esbozar algunas pinceladas.
En primer lugar, y como condición necesaria para todo el resto, es preciso vivir desde el corazón el llamado seductor de Jesús a seguirlo. Porque como decía Pascal, el corazón tiene razones que la razón no comprende. Un corazón enamorado de Jesucristo tiene que vivir descentrado de sí mismo, y alimentar el amor a Dios por medio de una oración asidua y atenta, y el amor al prójimo mediante el servicio voluntario, desinteresado y personalizado a los que padecen alguna necesidad. Un cristiano tibio de corazón corre el riesgo de caer en el moralismo porque teme activar la dimensión afectiva del amor.
En segundo lugar, hay que encarnar este amor pasando por las mediaciones racionales necesarias para construir el Reino de Dios respetando la autonomía de las realidades temporales. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia es un valioso ejemplo de cómo es posible combinar la luz de la fe y la luz de la razón para iluminar la conciencia cristiana de quienes se enfrentan cotidianamente con problemas de extrema complejidad moral. Esta es la capa valorativa que el Espíritu Santo enciende si amamos la verdad.
En tercer lugar hay que activar la capa decisoria. Hay que obrar. Hay que emprender. Hay que pasar a la acción eficaz.
La antropolgía cristiana es optimista pero no ingenua. Nuestra vida es un combate espiritual, porque estamos siempre acechados por la tentación del maligno. El pecado y la conversión forman parte estructural de nuestra existencia, y muchas veces nuestra fragilidad nos desanima. Pero el optimismo brota porque, como dice San Pablo, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Por eso él se gloriaba en su debilidad.
¿Cómo será la presencia de la Iglesia en el neopaganismo? En el corto plazo vislumbro que viviremos en catacumbas culturales, con una presencia capilar de pequeñas comunidades que vivirán una fuerte experiencia de comunión. Una Iglesia comunión virtual de pequeñas comunidades físicas dispersas en el espacio pero intensamente comunicadas entre sí, aprovechando al máximo la digitalidad.
La santidad no es una vocación particular de vida sino un modo de vivir todas las vocaciones. El ejemplo de Enrique Shaw y de tantos otros a lo largo de la historia lo demuestra con creces. Un modo heroico de vivir la coherencia que reclamaba Pablo VI: Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creen verdaderamente en lo que anuncian? ¿Viven lo que creen?
el mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente como si estuvieran viendo al Invisible. El mundo exige y espera de nosotros, sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para con los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, desapego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda (EN 76).
Esto es lo que pienso que debe ser un cristiano hoy en Buenos Aires.
Exposición realizada en el Foro almuerzo de ACDE el 30 de noviembre de 2005.
Recordar el pasado para construir sabiamente el presente
La memoria de un pueblo se nutre de innumerables hechos que jalonan su historia. Algunos han de ser celebrados como acontecimientos fecundos que fortalecen la convivencia social. Otros, aunque generen dolor y tristeza, no deben ser silenciados.
En estos días los argentinos volvemos nuestra mirada al pasado para recordar el quiebre de nuestra vida democrática del 24 de marzo de 1976. Este hecho, acontecido en un contexto de gran fragilidad institucional, y consentido por parte de la dirigencia de aquellos momentos, tuvo graves consecuencias que marcaron negativamente la vida y la convivencia de nuestro pueblo.
¿Qué sentido tiene traer hoy a la memoria tan doloroso aniversario? ¿Con qué espíritu lo haremos?
Estos hechos del pasado, que nos hablan de enormes faltas contra la vida y la dignidad humana, y del desprecio por la ley y las instituciones, son una ocasión propicia para que los argentinos nos arrepintamos una vez más de nuestros errores y para asimilar, en la construcción del presente, el aprendizaje que nos brinda nuestra historia.
Los cristianos, cuando recurrimos a la memoria, lo hacemos para purificarla y constituirla en fuente de sabiduría, reconciliación y esperanza.
Consideramos oportuno recordar ahora lo que dijimos hace 25 años en el documento Iglesia y Comunidad Nacional: Porque se hace urgente la reconciliación argentina queremos afirmar que ella se edifica sólo sobre la verdad, la justicia y la libertad, impregnadas en la misericordia y en el amor (ICN 34).
Debe ser este espíritu de reconciliación el que nos anime en el presente, alejándonos tanto de la impunidad, que debilita el valor de la justicia, como de rencores y resentimientos que pueden dividirnos y enfrentarnos. Una fructífera mirada al pasado debe ayudarnos a todos a crecer en nuestra dignidad de hijos de Dios y a comprometernos responsablemente en la construcción de una patria de hermanos.
Por ello, si asumimos nuestra historia como verdadera maestra de nuestra vida presente, podremos vivir en el respeto a la ley, fortalecer nuestras instituciones y consolidar una democracia fundada en los valores de la verdad y la vida, de la justicia y la solidaridad, del amor y la paz.
Que nuestra fe en Dios, que es Padre de todos, nos fortalezca e ilumine en este camino que estamos llamados a recorrer todos juntos.
¿Qué pensar?
Hablar una vez más acerca de la situación política puede parecer superfluo en estos momentos. Desde hace meses el país está inundado de palabras: discursos de militares y civiles, comentarios de políticos y sindicalistas, declaraciones de empresarios y eclesiásticos. Proliferan los diagnósticos y las exhortaciones. ¿No está todo dicho ya? Por otra parte las jerarquías militares no han escondido en las últimas semanas su decisión de interrumpir el proceso institucional, y reciben de varios órganos de prensa un apoyo complaciente para preparar a la opinión pública a que acepte lo aparentemente ineluctable. ¿Por qué entonces no resignarse a lo inevitable, y callar? Hablamos, no porque tengamos mucho nuevo que decir, ni porque creamos que podemos torcer el curso de los acontecimientos, sino porque sentimos la urgencia de exponer nuestro punto de vista en relación con un presente preñado de presagios ominosos. En política reina la lógica de la acción, y por ende la libertad; lo que ocurre en su ámbito no es inevitable sino el producto de la voluntad, responsable e irresponsable, de los hombres. Y estamos persuadidos, además, de que la previsibilidad de un hecho político no prejuzga en su favor. Queremos explicar, este 7 de marzo, por qué el golpe militar se nos antoja previsible, aunque no inevitable y las razones que nos mueven a considerarlo indeseable.
Si hace un año (Criterio n. 1712) comentábamos que mucha gente opinaba que esto no da más, debemos admitir que desde entonces ha aumentado considerablemente el número de los que piensan de modo similar. Es tal el cúmulo de desaciertos en que han incurrido los responsables del gobierno, que su legitimidad de origen se ha visto erosionada por el pésimo ejercicio que han hecho del poder. Un breve repaso de la situación permitirá comprender por qué tantos tienen la impresión de hallarse frente a un círculo vicioso.
El Poder Ejecutivo está en crisis. Es ejercido constitucionalmente por María Estela Martínez de Perón, pero los siete millones de votos fueron a su marido, no a ella. En su momento (Criterio n. 1675) explicamos por qué Perón, al elegir como compañera de fórmula a su esposa, comprometía gravemente el futuro, y por desgracia no nos equivocamos. A nuestro juicio carece del peso político requerido para ejercer el cargo, de la idoneidad necesaria para conducir la administración del Estado y de la autoridad moral indispensable para suscitar el respeto de sus conciudadanos. Tiene razón al decir que no la han entornado; los hoy procesados por delitos comunes que la rodearon fueron elegidos por ella, y aún se cuentan entre sus pocos amigos. Mientras se mantenga en el ejercicio del cargo hay que descartar la posibilidad de que el Poder Ejecutivo siga una línea coherente, tanto por las contradicciones de su carácter como por la oposición que despierta dentro y fuera de su partido. Dado que no renunciará ni pedirá licencia, y que sus partidarios no se atreven a hacerle juicio político en el Congreso, lo lógico es pensar, en una perspectiva institucional, que el gobierno seguirá a los tumbos hasta que se lo reemplace mediante elecciones.
El Poder Legislativo está en crisis. Los conflictos producidos en el seno del partido gobernante lo han paralizado, al punto de que hace varios meses que no legisla a pesar de tener importantes asuntos entre manos. Está enfrentado con el Poder Ejecutivo, pero a medias. Se opone, pero no puede, o no quiere, imponer su voluntad. Los disidentes del FreJuLi (Grupo de Trabajo, MID, Populares Cristianos) se comprometen a votar el juicio político, pero terminan echándose atrás. El doctor Luder promete convocar la Asamblea Legislativa, pero también se echa atrás. Hay coraje en las palabras, pero cobardía en las acciones. Si sigue así terminará constituyéndose en una caja de resonancia de palabras huecas.
El peronismo está en crisis. Lo está desde antes de asumir el gobierno, pero ahora está en pleno proceso cariocinético. Primero quedaron desgajados (a medias) los Montoneros. Luego los verticalistas y los moderados expulsaron a Calabró y se separó el Grupo de Trabajo. Ahora los verticalistas desplazan a los moderados, angostando cada vez más la representatividad del partido. En este proceso no hay ninguna coherencia, pues todos terminan siendo víctimas y victimarios. La única constante es la arbitrariedad con que se manejan las situaciones internas, como quedó patentizado nuevamente en el último congreso partidario. Ante el verticalismo sucumbe la razón, la ley y la dignidad personal. Y también la posibilidad de constituir un partido organizado que apoye a su gobierno, sea representativo de las bases y seleccione a los futuros gobernantes. Perón nunca permitió que se organizara su partido. En esto su tercera esposa es fiel discípula.
El sindicalismo está en crisis. Ha tratado de jugar tantos partidos simultáneamente que corre el riesgo de perderlos a todos. Pudo asumir el rol participatorio, pero prefirió jugar únicamente el papel reivindicatorio. Desde la negociación de los convenios colectivos de trabajo se ha transformado en un escollo insalvable para el manejo sensato de la economía. Desde la CGT, desde el partido o en el Parlamento veta todas las propuestas del gobierno, de los empresarios o de la oposición, pero no propone nada viable en su reemplazo. Desbordados casi siempre por las bases, las cúpulas han perdido poder efectivo de negociación. Con el agravante de que a esta altura parece bastante clara la colusión objetiva (lo cual no implica acuerdo) entre dirigentes de ciertos gremios y la guerrilla industrial, la cual es utilizada como punta de lanza para obtener mediante la extorsión beneficios que luego se pretende generalizar a todo el sector. Profundamente afectado por las divisiones del peronismo, está muy lejos de poder, o querer brindarle un apoyo efectivo al gobierno en el supuesto caso de que la presidenta decidiera seguir un curso sensato de acción.
La Hora del Pueblo está en crisis. La lealtad de la oposición no ha sido correspondida por el partido oficialista. No sólo se dejaron de lado las coincidencias programáticas de orden económico-social y educativo, no sólo se ha violado en aspectos sustanciales (p.ej. en el recurso a la violencia y en el uso arbitrario de los medios de comunicación social) el pacto de garantías (Criterio nº 1667), sino que se ha quebrado el espíritu que le dio origen. Luego de la actitud asumida por el doctor Luder en relación a la Asamblea Legislativa, ya no hay margen para la confianza recíproca. Más allá de los discursos retóricos que caen en la indiferencia, la conducta de los dirigentes peronistas demuestra que no están dispuestos a consentir sacrificios a fin de afianzar el régimen institucional y ponerlo al servicio de la unidad nacional.
El Pacto Social, esa segunda pata del proyecto de Perón, está disuelto. Lejos están los días en que se ensalzaban sus virtudes en la OIT. El acuerdo entre el Estado, los empresarios y los sindicatos ha sido reemplazado por la consulta secreta a un pequeño grupo de sindicalistas y la exhortación a una tregua social, luego de anunciar el doctor Mondelli una serie de medidas que benefician exclusivamente al Estado y que con seguridad desencadenarán la reacción airada de empresarios y trabajadores. En el campo económico-social la crisis de credibilidad es total, porque nunca en la historia del país se han cometido tantos desatinos en tan poco tiempo.
Sobre algo parece haber consenso: el país no puede seguir siendo gobernado de esta forma, ya que a la disolución del Estado, ya operada, sobrevendrá la disolución de la sociedad. Hay que buscar un remedio. Y aquí surge el primer interrogante: ¿se han agotado ya las posibilidades de corrección dentro del régimen? Hemos visto que el peronismo sólo se muestra incapaz de torcer el rumbo. Pero las fuerzas que protagonizarían el eventual golpe de Estado, y la oposición ¿están en condiciones de afirmar que han hecho todo lo posible para salvar a un régimen que es común a todos los argentinos? Tenemos dudas. Entiéndasenos bien. Nadie ha puesto trabas al ejercicio del gobierno, ya que pocos han contado con tanta buena voluntad de sus opositores como éste. Se trata más bien de saber si no había que salvar al régimen democrático a pesar del peronismo.
Las fuerzas armadas demostraron en varias ocasiones que eran capaces de conseguir sus objetivos dentro del régimen. Mencionemos al pasar la intervención contra la guerrilla en Tucumán, la expulsión de López Rega, la resistencia al nombramiento de Damasco y a la confirmación del general Laplane, el control de la lucha contra la guerrilla en todo el país, la solución corporativa del motín aeronáutico. Desde fines del año pasado, sin embargo, han abandonado al régimen a su suerte. Más aún, han contribuido de manera apreciable a erosionarlo en la medida en que han comunicado sin eufemismos a dirigentes de fuerzas políticas, empresariales y sindicales el propósito de interrumpir, cuando les parezca más oportuno, el proceso institucional. Esta actitud ha desmoralizado a la oposición, paralizado a las fuerzas sociales que aguardan la presencia de los nuevos interlocutores antes de pronunciarse sobre las soluciones que la crisis reclama, y ha terminado por cohesionar al peronismo, no en función de gobierno, sino brindándole la coartada que busca desde hace meses: el papel de víctima inocente de las oscuras fuerzas de la sinarquía internacional. ¿Para qué presentar batalla en el partido, o en el parlamento, si la suerte está de todos modos echada?
Si con esta campaña psicológica se pretendió influenciar el rumbo de los acontecimientos en un sentido positivo, el efecto alcanzado ha sido el contrario. Si en cambio se hubiera apoyado a la instancia electoral como único remedio legítimo a un mal gobierno, si se hubiera presionado a tiempo en favor del orden económico y se hubiera brindado oportunamente la fuerza necesaria para restablecer la disciplina social, otro hubiera sido el comportamiento de los restantes actores sociales. Pero por no salvar a un gobierno han terminado socavando a un régimen al cual todavía, si quisieran, pueden preservar.
Gran responsabilidad en este cambio de actitud le cabe a las fuerzas empresariales y políticas que conforman el partido golpista. Incapaces de defender sus intereses y de alcanzar el poder por medios democráticos, golpean desde hace meses en los cuarteles en procura de la intervención militar. Prestos a denunciar la inmoralidad ajena, no reparan en la falta de ética que significa promover la quiebra institucional desde el seno mismo de dichas instituciones, ni recuerdan las posturas oportunistas asumidas cuando el gobierno era fuerte.
El radicalismo, por último, ha carecido de imaginación y de vigor en su tarea. Ha basado su estrategia en el apoyo circunstancial a corrientes internas del peronismo encarnadas por hombres que no respondieron a sus expectativas. Lastiri, Gómez Morales, Benítez, Robledo, Luder, son nombres que jalonan una esperanza defraudada. ¿Dónde quedó la captación de nuevos adherentes? ¿Dónde la búsqueda de aliados y la concertación de alianzas? ¿Dónde la organización de la protesta social? En un régimen democrático la oposición se ejerce no sólo en los recintos legislativos y a través de declaraciones, sino también a través de la movilización y canalización de la protesta social. Esta apatía del principal partido opositor es lo que hace pensar a muchos que no existe una alternativa válida dentro del sistema, y que el único remedio posible es un gobierno o un régimen militar.
Nos resta explicar por qué la solución militar nos parece indeseable y cargada de peligros. Lo haremos en forma sucinta, porque en el fondo se trata de recordar los argumentos y razones expuestos desde 1966 y que condujeron al régimen militar a organizar la experiencia institucional que estamos viviendo.
1) En la vida social el recurso a la fuerza debe ser siempre la ultima ratio. Para nosotros no se han agotado las posibilidades de cambio dentro del régimen. Sigue abierta la posibilidad de influir sobre el gobierno, sigue abierta la instancia electoral, y hay libertad suficiente para organizar una mayoría alternativa. En estas condiciones una intervención militar carecerá de toda justificación, a menos que invoque un principio de legitimidad alternativo.
2) Al carecer de legitimidad de origen, la lucha política o ideológica contra la guerrilla se le hará terriblemente dificultosa a un gobierno militar. Porque la guerrilla lo sabe, está buscando el golpe desde que accedió el peronismo al poder. ¿No hay una manera más civilizada de decidir quién manda en una sociedad que el recurso a la fuerza? Si la prioridad nacional es acabar con la guerrilla y las demás formas de violencia, la primera preocupación debería ser cómo organizar la paz. La experiencia enseña que una paz duradera no se asienta sobre el recurso desnudo a la fuerza.
3) La experiencia también enseña que la incursión de las fuerzas armadas en política provoca disensiones en su seno. Se organizan facciones, se politizan los cuadros y se quiebra la disciplina. La institución militar pronto deja de ser un factor de orden en la sociedad, y se lesiona gravemente su aptitud como órgano de seguridad.
4) Salvo prueba en contrario, no existe en el país una creencia compartida en otro principio de legitimidad que el democrático, lo que llevará a la constitución de un gobierno pero no de un régimen. El golpe es el típico expediente de corto plazo que desemboca a los dos o tres años en un callejón sin salida. Si a esta objeción se responde que ahora será diferente porque se organizará la sucesión, como en el Brasil, queda por demostrar que el pueblo argentino, tan diferente del brasileño, aceptará un régimen de gobierno fundado en un principio de legitimidad aristocrático.
5) Dados los apoyos sociales y políticos previsibles del golpe militar, hay altas probabilidades de que en el gobierno prevalezca una mentalidad reaccionaria. Aun admitiendo que la justicia, la igualdad y la libertad son valores de vigencia precaria en la actualidad, lo serían mucho más para los sectores débiles de la sociedad en la hipótesis bajo consideración. Y pretender hoy establecer la paz sin justicia social es una utopía.
Cada lector entrará en diálogo con estas razones, para refutarlas o extender la lista. No creemos poseer la clave de la vida política argentina, ni mucho menos la única verdad. Hemos dicho y repetido que la política es una cuestión de opinión y que todo dogmatismo debe quedar excluido. Pero nos resistimos a aceptar que las opiniones se funden en el malhumor, y los proyectos políticos en la inconstancia. Creemos en la razón y en las enseñanzas que deja la historia. Una de ellas es que una coalición de descontentos (por ejemplo, el FreJuLi) no sirve para gobernar. Hace diez años se pretendió gobernar con las encíclicas papales; hoy se invocan las virtudes cardinales. ¿Cuándo llegaremos a la madurez?
La raíz de la desdicha
Tanto en nuestra historia personal como en la historia de una sociedad, la verdad es tan imprescindible que pagamos un alto precio cuando la ocultamos parcialmente, la enterramos con mentiras o la falseamos intencionadamente, o bien la ignoramos.
Es sin duda un proceso incómodo pero es la única posibilidad de abandonar sufrimientos que se repiten, conflictos no resueltos que nos encadenan y no nos permiten estar abiertos a un crecimiento genuino y solidario.
¿Qué es lo que impide que una persona o una sociedad se encuentre cara a cara con esas pequeñas y grandes verdades de cada día que van conformando la propia historia?
¿Qué es lo que hace que tanta gente en la historia más reciente del país afirme que no sabía lo que sucedía en medio de tanto horror circundante?
En la historia universal siempre han existido personas, grupos y sociedades enteras que negaban la dolorosa realidad de la que ellos mismos formaban parte activa y pasivamente.
La desdicha, ya sea individual o social, radica en la negación del dolor y el sufrimiento. La negación conlleva la imposibilidad de acceder a espacios de comprensión e integración de la trama íntegra de nuestra historia y de nuestra identidad.
Sólo la verdad sirve de ayuda, la verdad nunca daña por más dolorosa que ésta sea; lo que daña es la mentira.
La libertad de un individuo y de una sociedad no está al final del camino. Es la que abre el verdadero camino de desarrollo y evolución humanos siempre que estemos dispuestos a encontrarnos con la verdad de lo que hemos sido y de lo que realmente somos.
Treinta años después
Algunas de tantas menciones, volvieron sobre la cuestión del papel de la Iglesia en esos tiempos. La Conferencia Episcopal se adelantó a publicar un grueso volumen, Iglesia y democracia en la Argentina, que recopila gran cantidad de documentos y pronunciamientos del Episcopado, desde la década de 1960 en adelante, de muy diversa entidad, extensión y naturaleza. Algunos fueron públicos, otros no. No todos se publican ahora completos, ni con la necesaria explicación de su contexto y motivación. Con ellos se demuestra que los obispos hablaron muchas veces, con mayor o menor claridad y decisión. Falta todavía un estudio sistemático sobre ese rico material, y sobre el que puede haberse omitido en la recopilación. Y completarlo con un examen de los gestos realizados u omitidos, más allá de la palabra escrita.
A ese libro se contraponen otros, con miradas opuestas y que tienden a demostrar la complicidad de las autoridades eclesiásticas con la represión ilegal durante el Proceso militar. A una edición actualizada del clásico de Emilio Mignone (Iglesia y dictadura), se sumó un trabajo muy documentado, del periodista Horacio Verbitsky. Con profusión de fuentes, muestra más allá de los documentos equilibrados que ahora reedita la CEA, una importante cercanía y simpatía de muchos y prominentes obispos al gobierno militar.
Uno de los actos realizados, promovido por el Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, consistió en colocar una placa en memoria de los religiosos muertos o desaparecidos por obra de la represión. El acto fue sintomático de la complejidad del tema. La placa no contiene nombres, pero una lista de ellos fue leída. La mayor parte eran identificados como laicos católicos (otros, laicos metodistas, por ejemplo): algunos conocidos dirigentes o catequistas, otros más bien anónimos. Difícil saber por qué esos son laicos católicos, y no otros cientos o miles de laicos igualmente bautizados, muertos o desaparecidos en análogas circunstancias. La lista incluyó también, entre muchos sacerdotes, religiosos y seminaristas asesinados o desaparecidos, al padre Carlos Mugica. Ejemplo claro de que la metodología perversa del asesinato o desaparición forzada, no fueron un invento del Proceso militar, sino que estaban vigentes en la lucha cruel entre facciones del peronismo gobernante.
No comentaré en detalle los libros mencionados. Tomo los tres datos indicados, como punto de partida para unas modestas reflexiones. En 1976 tenía yo quince años. Pocos para ser responsable de lo que pasó antes o entonces. Suficientes para tener memoria personal, a partir de una mirada atenta, ya entonces, sobre los sucesos y procesos políticos y sociales. Recuerdo bien la sensación de miedo y de derrumbe social que se vivía en 1974 o 1975, y el correlativo alivio general cuando no apoyo explícito que produjo el golpe del 24 de marzo. Hoy nadie recuerda ese apoyo, del mismo modo que nadie votó a Menem o a De la Rúa años después
Nadie es el gran responsable de nuestra historia y nuestro presente.
La vida humana estaba devaluada. Los derechos humanos no eran una cuestión central en los discursos, ni siquiera de la izquierda enamorada de la revolución. Quien no haya vivido el acostumbramiento a las muertes violentas informadas cada día (que precedió al golpe de 1976 y no nació con él) acaso no lo entienda. Del mismo modo que el mundo no entiende hoy, cómo los argentinos nos hemos habituado vivir sin respetar la ley ni la palabra (comenzando por el propio Estado), y a que cada uno haga lo que se le ocurre y reclame como se le plazca ilegal e impunemente lo que supone que son sus derechos. Es mucho menos trágico, porque en general no hay muertos, pero no menos serio en términos de anestesia de la conciencia social.
Hoy son muchos, comenzando por el Presidente, quienes evocan heroísmos improbables; así como un conocimiento acabado y una temprana y olvidada condena de la tortura, las desapariciones, los asesinatos y otras lacras que multiplicó el gobierno militar. Mi recuerdo más humilde es que recién al final del Proceso se tomó conciencia de la magnitud de lo ocurrido, y que hasta entonces quienes vivíamos en la Argentina sólo sabíamos de hechos graves, pero que como entonces se decía, serían errores o excesos. Nada justifica los crímenes del Proceso militar, pero es indispensable recordar el contexto, y recordar que ese gobierno no hizo más que continuar la metodología ya iniciada desde el gobierno peronista derrocado, algunos de cuyos protagonistas siguen hoy ocupando bancas en Congreso o espacios de poder, sin expresar el arrepentimiento que se reclama a otros.
Las acusaciones contra la Iglesia, reiteradas estos días, son diversas. Creo que es hora de decir que la Iglesia, en tanto comunidad de los cristianos, fue víctima y victimaria. La mayoría de los muertos y desaparecidos fueron hijos suyos, muchos con un compromiso eclesial importante, como también lo fueron cientos de militares, policías y civiles asesinados por el terrorismo. Y unos y otros fueron muertos a manos de otros cristianos.
Se acusa a la Iglesia de haber apoyado y acompañado la acción de la dictadura, y en parte es verdad. Es cierto que los obispos llamaron la atención, a veces de modo ambiguo, muchas veces en privado y no en público, sobre la inadmisibilidad de muchas acciones, que no se atrevieron sin embargo a imputar directamente al Gobierno de entonces. Parece claro que ellos sí sabían lo que ocurría, o podían y debían saberlo, salvo una miopía inadmisible. También es cierto que unos pocos de ellos levantaron su voz en defensa de las víctimas, ante la incomprensión o rechazo de la mayor parte de sus hermanos. Pero no lo es menos, que las Fuerzas Armadas contaron siempre con el aliento y estímulo de connotados obispos y de un cuerpo de capellanes, que no podían ignorar lo que estaba ocurriendo, y lo bendijeron. Se lo justificaba porque era una guerra contra la subversión apátrida, como si los reales o supuestos subversivos, no fueran a su vez hijos de Dios, y muchos de ellos bautizados, y aún algunos sacerdotes o religiosos, como se recordó estos días.
Lo dicho no quita que en el origen de los Montoneros, y otros grupos terroristas, haya habido dirigentes católicos, y que entre los condenados por el asesinato del general Aramburu (crimen felicitado por Perón), hubo un sacerdote. Tampoco estos cristianos tuvieron reparos en torturar y matar a otros católicos fervientes, militares o civiles. Esta es la tragedia: lo que vivimos fue una lucha (se la quiera llamar guerra o no) entre hermanos. A falta de otras guerras de religión, ésta fue la nuestra: entre cristianos (muchos de los participantes), que de su fe derivaron consecuencias inadmisibles.
No pretendo así legitimar la repudiada teoría de los dos demonios. Que merece también un análisis mayor. Porque es cierto que es infinitamente peor la perversión de un Estado que tortura y mata, que la de una facción política que lo hace: está en la naturaleza de los criminales ser criminales (lo que no los justifica en absoluto, ni permite dejar de darles ese nombre), mientras que es una corrupción espantosa que el Estado, que debe defender y aplicar la ley, se convierta en terrorista. Pero también es cierto, que todo asesinato, toda tortura, toda violación de la dignidad humana, merecen igual repudio, y que no hay algunos que se justifiquen más que otros, o que no merezcan arrepentimiento y pedido de perdón.
No es verdad que todos somos responsables. Cuando todos son culpables, nadie lo es. Ya es hora de identificar con nombre y apellido, sin coberturas corporativas, a quienes tengan responsabilidad personal en el fomento o la justificación de hechos criminales. Alguna de sus peores responsabilidades, es haber confundido las conciencias y hecho creer a quienes estaban inmersos en la lucha, que se podía matar o torturar en nombre de Dios. El pecado de muchos que no empuñaron armas, es haber llevado a otros a hacerlo, tomando el nombre de Dios en vano. No es la Iglesia la culpable del pecado de sus hijos, como no son las Fuerzas Armadas (al menos, las que hoy tenemos) las responsables de los crímenes de algunos o muchos de sus miembros, hoy ancianos o fallecidos. Pero sí corresponde a las instituciones como tales hablar claro. Y a todas: también a los partidos políticos, los sindicatos, y muchos otros que también entonces callaron, cuando no aplaudieron.
Al mismo tiempo, es hora de reconocer a todas las víctimas, no solamente a algunas, como hijos del Dios que se encarnó por todos. La Iglesia en la Argentina tiene mártires a quienes le cuesta reconocer como tales. Y de recordar y practicar, como advirtió con lucidez el padre obispo Miguel Hesayne en estos días, que para los católicos el perdón no es optativo, sino que es obligatorio, porque no podemos obrar de modo diverso a Cristo en la cruz.
En la Argentina hay quienes tienen responsabilidades, mayores o menores, por acción o por omisión culpable, en lo ocurrido hace treinta años, y antes, e inmediatamente después de esa fecha. También hay muchos que no las tenemos. Y muchos más que no tienen siquiera memoria personal de lo ocurrido, y que se ven sometidos a un bombardeo de consignas, la mayor parte de las veces interesadas y parcializadas. Así no se construye el futuro.
Esta tarea de memoria, verdad y perdón es todavía una asignatura pendiente en la Iglesia, sólo tímidamente iniciada en el año 2000. No debe ser exclusiva de los obispos (aunque también sea de ellos). Y tampoco debe ser para fijar los ojos en el pasado, sino para poder de una vez construir un futuro. ¡Qué notable ejemplo el de la presidenta de Chile, agnóstica ella, víctima auténtica y no fingida del terrorismo de Estado, proponiendo el perdón y el trabajo por la reconciliación, que no significa olvido ni impunidad, pero tampoco venganza ni perpetua división!
Memoria y perdón
Gran parte de la filosofía, también de la contemporánea, se concentra en saber en qué medida lo posible se encuentra contenido en lo real. El rostro de la realidad, metáfora desgastada por el abuso diario de las noticias, aglutina a menudo un presente que pareciera por momentos eclipsar lo posible y con él todo proyecto futuro. Lo que llamamos posible parece ser la llave que vuelve maleable el tiempo, la esperanza y las chances de la libertad.
Hoy puedo, quiero, después de 30 años y habiéndolo hecho ya con anterioridad 1, reflexionar sobre la Dictadura iniciada con el golpe de 1976, esta vez a partir del vínculo entre memoria y perdón.
Sabemos, por lo menos desde las Confesiones de Agustín, que la secuencia temporal inherente a la tripartición del tiempo pasado, presente, futuro no es tan lineal como nos hacen creer los almanaques, y que estas tres dimensiones se encuentran entremezcladas e influyéndose recíprocamente. Hay momentos del pasado que siguen impregnando el presente y determinando el curso de nuestras vidas. Por ese motivo la memoria no es sólo la fijación de un hecho como en un archivo del pasado accesible al presente, sino también la conservación y presencia de emociones, de recuerdos de hechos, vivencias y relatos que permanecen con rostros y voces patéticamente vivos e identificables en cada uno de nosotros. La memoria es un medio de la precaución y del respeto para conservar vivo aquello que otros pretenden exterminar.
En el fondo de la memoria de la Dictadura se conserva la dolorosa imagen de lo que pudo haber sido y no fue, de vidas truncadas por el ejercicio de la violencia. Se entiende que no hablo de la vida eterna, hablo de lo posible inherente a la historia y a las historias vivientes de muchos de nosotros. Hablo de la ilusión de un hijo que guarda en su memoria la fantasía de como hubiera sido la vida si sus padres no hubieran muerto, o a la inversa, la de un padre que imagina la vida de su hijo si éste no hubieran muerto, desaparecido. En la rutina informativa diaria la gente muere, hay bajas, pero en la trama temporal de la vida y las familias el dolor y la muerte se llaman padres o hijos. La violencia, escribe Emmanuel Levinas, no consiste tanto en herir y aniquilar como en interrumpir la continuidad de las personas, en hacerles desempeñar papeles en los que ya no se encuentran, en hacerles traicionar no sólo compromisos, sino su propia sustancia; en la obligación de llevar a cabo actos que destruirán toda posibilidad de acto 2.
La memoria íntima de lo posible no sido es una herida infinita, y por ello, en su empeño por vivir dignamente, ella es también signo de apertura a la esperanza en una justicia que traspasa los límites del tiempo y de la muerte. Lo terrible de la violencia es que corta de cuajo esta supuesta consecución natural del ser en la que los hombres nacemos, crecemos, amamos, trabajamos, nos reproducimos y morimos. Así Abel, así Polinices, y más aún los desaparecidos sin nombre, se yerguen en el rostro que expresa en su indignación el arrebato de lo que pudo haber sido y no fue. Esta herida se enquista en la memoria y encierra en ella el dolor más íntimo y sólo en nombre del futuro ensaya compensaciones, a sabiendas, tan necesarias como insuficientes. Por ello la lucha por la justicia nace de la obsesión por seguir viviendo y los indultos no pueden conformarla nunca. En estos casos el olvido equivale a la muerte o a la aceptación de una vida que la memoria indica no merece ser vivida. La única posibilidad es la de vivir con una herida que renuncia de antemano a toda curación, porque sabe que en ella se conserva con la única dignidad posible. Quizás debamos hacernos cargo de que una democracia descansa en la memoria y el disenso, y en las posibilidades de asumirlas en cuanto tales.
Ante esta encrucijada, paradoja del presente tironeado por el pasado y el futuro, es que surge la necesidad del difícil perdón, para expresarlo con palabras evocadas por Paul Ricoeur. Este perdón es difícil porque no renuncia a la búsqueda de la verdad y de la justicia, no olvida la falta cometida ni borra las huellas de la historia. Por el contrario, en la apertura a la reconciliación, el perdón se convierte en el custodio de la memoria. La paradoja consiste en que el perdón sabe que la falta es imperdonable y que la herida es infinita, porque lo que antes era posible ahora ya no lo es y no hay acción, por justa o magnánima que esta sea, que reestablezca las vidas perdidas. El perdón nace a la luz de la esperanza requerida por las nuevas generaciones y de la renuncia a creer que podemos ser dueños del tiempo, sosiega el impulso de venganza y rechaza las armas del homicida, se distancia de él y concede a la esperanza que la digna vida posible pueda renacer en la justicia. Hay, sin duda en el plano moral, una victoria sobre el mal, pero no una aniquilación de la falta. Se puede mostrar comprensión con el criminal, no absolverlo. La falta es, por su naturaleza misma, imperdonable, no sólo de hecho sino también de derecho 3.
Por ello la lucha por el difícil perdón incluye en primer término el reconocimiento de la falta. En esto consiste el empeño por mantener viva la memoria que busca no tanto el arrepentimiento de los homicidas, como sí el repudio por parte de una sociedad comprometida con su historia. El golpe es el principio de la falta que se consuma con la sumisión de hombres en la más absoluta conditio inhumana 4, llevada a cabo mediante la reclusión en el anonimato, la tortura, la desaparición de personas, el robo de recién nacidos. El resto, el haberse embriagado con el poder, el querer perdurar en él aún a costa de una guerra militarmente cobarde y absurda, el obstaculizar a toda costa el retorno y luego el ejercicio de la democracia, son hechos que proceden y confirman lo aberrante de tal sumisión. Quien no reconozca este acto imperdonable, no sólo se excluye de la difícil posibilidad de perdonar y ser perdonado, sino que además inhibe las fuerzas del desprecio presupuestas para el repudio de aquellos que se propongan repetir un infierno semejante.
Como dice Jacques Derrida, por más mediaciones institucionales que puedan facilitar las cosas, …una comisión o un gobierno no pueden perdonar [...] si alguien tiene alguna calificación para perdonar, es sólo la víctima y no una institución tercera 5. Los gobiernos y otras instituciones sólo pueden con sus decisiones y actitudes generar los espacios que propicien la maduración de la reconciliación y superación de un pasado que nadie quiere se vuelva a repetir.
La responsabilidad ante el difícil perdón es la responsabilidad presente frente al futuro. Por un lado, su meta no es el olvido sino la custodia de la memoria y la búsqueda de una sociedad reconciliada en la justicia. Por otro, es la universalización del repudio a toda dictadura que no sólo tiene por objeto a los dictadores y homicidas del pasado, sino también y en cierto sentido, principalmente, a los del presente.
La finalidad de la justicia no es la pena sino la reconciliación. De lo contrario se invalida hasta el mismo sentido de la penalización. Y si es así, siempre hay un límite en el que opera el perdón. En ese límite nace la posibilidad de cada persona, víctima o victimario, de reconciliación. De todos modos, el perdón en tanto actitud nacida del infinito del dolor y de la esperanza en la justicia, nace de la gratuidad y por eso supera toda argumentación y juego de compensaciones con un elevado y simple por que sí, tan gratuito como personal e intransferible.
Reconciliar quiere decir, entre otras tantas cosas, sanear los vínculos que nos conforman como comunidad. Para ello me parece oportuno seguir desarrollando mediante la educación y la cultura la tarea de articular las generaciones que la violencia ha desgarrado. La memoria seguirá estando viva en la medida en que las nuevas generaciones de padres, hijos y nietos, puedan recuperar la memoria de una digna vida posible que en el pasado nos ha sido escamoteada.
Notas
1. Fernández, Jorge Eduardo: Los golpes de la memoria. Criterio n. 2172, abril 1996.
2. Levinas, Emmanuel: Totalidad e infinito. Taurus, Salamanca, 1977.
3. Ricoeur, Paul: La memoria, la historia, el olvido. FCE, Buenos Aires, 2004.
4. Agamben, Giorgio: Homo sacer. Pre-textos. Valencia, 2003. Agamben remite la expresión citada a los campos de concentración nazis y lo amplía a todo campo de concentración.
5. Derrida, Jacques: El siglo y el perdón, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2003.
De personalismos y autoritarismos
La percepción en general del sostenido crecimiento económico de los últimos dos años, tal vez sin atender suficientemente al favorable contexto internacional de bonanza para el país; la reducción de los altísimos índices de pobreza y desocupación de 2001 y 2002, aunque aún lejos de los niveles históricos; sumadas a la imagen de un Néstor Kirchner activo, presente en muchas cuestiones que le preocupan a la gente, administrador preciso y recaudador eficaz, dio espacio a un estilo de gobierno que da por sentada la escasa preocupación de la población respecto de la dimensión institucional en la construcción y consolidación de la democracia verdadera.
En este marco, queremos expresar nuestra preocupación ante un estilo presidencial que, al tiempo que agiganta conflictos y crea innecesarias confrontaciones, gana no pocos consensos populares y puede ir estableciendo un poder personalista de expresión autoritaria con poco apego a la necesaria alternancia en el poder.
Sorprenden los procedimientos elegidos en muchos acontecimientos sociales y políticos de trascendencia en los últimos meses. Recordemos sólo algunos.
Independientemente del análisis técnico de la contaminación y del impacto ambiental que significarían las papeleras de la República Oriental del Uruguay, el manejo político del tema ha demostrado que el Gobierno no supo o no quiso transitar las mediaciones institucionales necesarias. Primero permitió, al no actuar según constitucionalmente correspondía, los cortes de los puentes internacionales; trató fuera de sede y de manera pública lo que debía hacerse a través de la acción diplomática; y más tarde se esforzó por poner paños fríos en el ánimo caldeado de los manifestantes ambientalistas de Gualeguaychú. Conviene recordar que quien siembra vientos recoge tempestades.
Por su parte, el conflicto en Santa Cruz con un mandatario electo que renuncia ante la ingerencia del Gobierno nacional constituye otro ejemplo de desaprensión y autoritarismo que termina mostrando la poca convicción federal del Ejecutivo y un modo de construir poder que necesita de colaboradores sin independencia y ausencia de oposición.
Las reformas al Consejo de la Magistratura (tema tratado en nuestra anterior entrega); las medidas sobre la exportación de carne, no sólo contradictorias respecto del proclamado aliento a las exportaciones, sino discutibles en sí mismas; la presión o seducción, con frecuencia financiada, de intendentes y gobernadores; las limitaciones a la libertad de prensa tantas veces denunciadas en ámbitos internacionales… son, entre otros, conflictos que se suman a la larga lista que incluye desde el abastecimiento de gas y agua hasta el tratamiento del caso del obispo castrense.
La intentada apropiación del 30° aniversario del trágico golpe militar, no es precisamente ejercicio de memoria para la superación del pasado con ejemplaridad actual, sino prueba de escasos esfuerzos para una política pluralista apoyada en la tensión entre aliados y adversarios propia de la política democrática y en cambio imprudente aliento al dilema amigo-enemigo en el que el otro es desechado.
Los cambios repentinos en la relación con diferentes países indica la ausencia de una política exterior coherente que haga previsible el futuro del país inserto en la región y el mundo; el matiz exaltado en innumerables intervenciones; la dificultad de distinguir entre Estado y Gobierno, encuentran su reflejo correspondiente en el menosprecio por la independencia de los otros poderes, la oposición y las instituciones en general. Con respecto a las fuerzas de oposición política, corresponde señalar su inconsistencia y su casi crónica incapacidad de ofrecer alternativas. Debilidad que no hace más que fortalecer el carácter arrollador, casi prepotente de quien detenta el poder sin mayores contenciones.
La sociedad argentina, en muchos aspectos, se demuestra indiferente ante el imperio de la ley y no aprecia lo que Norberto Bobbio llama el valor frío de lo institucional. Pero, ¿cuál es el precio que paga una sociedad que se aparta de las instituciones o las debilita? Por otra parte, si bien todo líder político tiende a ejercer una suerte de personalismo, las instituciones están llamadas a marcar los límites legales. Y el líder a hacer docencia política. La Francia del general Charles De Gaulle constituye un ejemplo emblemático en este sentido. De Gaulle era un líder personalista, quién lo duda, pero su personalismo se aplicó no sólo al ejercicio de su autoridad sino a la consolidación del sistema político, de la Va. República, que fue su legado político fundamental. De donde la cuestión no reside en el personalismo como rasgo notorio en un liderazgo, sino de qué persona se trata, a qué se aplica ese personalismo, y en qué medida no se agota en sí mismo, en una forma de egotismo como estrategia de poder, y casi nada más.
Kirchner sabe elegir su propio campo de juego, manejar con sagacidad la coyuntura, al tiempo que parece descreer peligrosamente de toda política de Estado en el mediano y largo plazo. Esto tiene sus pros y sus contras. Acaso sus pros en el presente y sus contras en el futuro.
El así llamado estilo K contrasta aún más cuando se lo compara, por ejemplo, con el de Michelle Bachelet o el mismo Tabaré Vázquez, en el sentido de que tanto la mandataria chilena como el presidente uruguayo son habituales interlocutores de sus predecesores incluso de otro signo. Kirchner tiene en cuenta a sus predecesores sólo para distanciarse de ellos, y a pesar de elegir personalmente a sus colaboradores se demuestra incapaz de un trabajo en equipo que incluya disensos. Ese estilo, más asimilable al del venezolano Hugo Chávez, no da garantías de consolidación para una verdadera democracia republicana, tan vulnerable como imprescindible.
Podrá decirse con realismo que en la historia argentina abundaron los personalismos y también los autoritarismos caudillistas, pero la constatación no constituye una justificación. Y cabe preguntarse si no reside allí una de las raíces de nuestros males.
Volviendo a las metáforas eólicas, recordaba Séneca que no hay vientos buenos para un barco sin rumbo. El rumbo de un país se juega, fundamentalmente, en sus políticas de Estado consensuadas para el mediano y largo plazo, y en la calidad y vigencia de sus instituciones. Y éstas, incluso contra cierto clima de indiferencia inocente mezclada con indiferencias deliberadas, es la preocupación que estas reflexiones pretenden tomar como eje para la meditación política.




