Mayo 2006
Los que no volvieron
Los que no volvieron
De Resto Mineral, libro de próxima aparición (Editorial Alción).
El castigo sin venganza / Amar después de la muerte
La Compañía Nacional de Teatro Clásico de España debutó hace ya veinte años en el Teatro Nacional Cervantes con El médico de su honra de Calderón, puesta en la que figuraba como parte del elenco su actual director, Eduardo Vasco. En este mes de abril que ya concluye, y como parte de la celebración por tan especial aniversario, el público porteño tuvo la feliz oportunidad de conocer sus últimas producciones: El castigo sin venganza de Lope de Vega y Amar después de la muerte de Calderón de la Barca.
El primer texto pertenece al período tardío de la producción del autor (1631) y, aunque poco difundido en los escenarios, no ha dejado de interesar a la crítica, entre otras razones, por sus altas cualidades literarias el poderoso lirismo de sus versos y la creación de caracteres en los tres personajes principales, por ser de los pocos textos que el autor calificó de tragedia, y por la resolución desusada para la época que Lope le da a un oscuro problema de honor como el que plantea la obra: ofendido y ofensor son, respectivamente, padre e hijo; el motivo de la ofensa, la relación adúltera entre este último y su madrastra, y la reparación de la afrenta no queda a manos del ofendido, ya que éste aplica el castigo, como Jefe de Estado, a través de una hábil estratagema que da razón al título. La impronta trágica de la arrebatadora pasión a la que, no sin resistencia, terminan sucumbiendo Federico y Casandra, distancia el texto de Lope, no sólo del licencioso relato que le da origen, sino también de toda sus comedias anteriores, y justifica el lugar de excepción que ocupa dentro de la dramaturgia del Siglo de Oro español.
En su afán por cruzar los textos con la realidad contemporánea, se ofrece una versión que sigue casi fielmente el original pero ubica la acción en la Italia fascista, estableciendo un correlato bastante forzado entre la autocracia y la obsesión por la pureza de la sangre en ambos períodos. A pesar de ello, esta puesta logra recrear de manera acabada la complejidad de los personajes protagónicos expresada a través de un verso intrincado, por la cantidad de conceptismos que encierra, pero cuya belleza fluye naturalmente. Este mérito es, sin duda, atribuible a la sólida formación en teatro clásico que muestra todo el elenco, con figuras sobresalientes como Arturo Querejeta, Nuria Mencía, Clara Sanchís y Marcial Álvarez.
El título original del segundo texto ofrecido por la Compañía española es El Tuzaní de la Alpujarra, comedia histórica de 1633 en la que Calderón, dentro del marco de la sublevación mora de las Alpujarras comarca andaluza al sur de Granada, ubica una cuestión de honor como disparador de la acción y una historia de venganza amorosa como correlato, en el plano individual, del desorden social que engendra la represión cristiana al levantamiento del pueblo morisco. Nuevamente nos encontramos con una obra en la que el tratamiento del tema del honor no sigue el modelo habitual ya que es un morisco un moro asimilado a la cultura española después de la Reconquista quien exige reparación por su honra mancillada por un cristiano y será otro morisco quien buscará vengar la brutal muerte de su esposa durante una acción de guerra. Quince años después de la definitiva expulsión de los moriscos, Calderón revisa uno de los hitos más violentos en la frustrada convivencia de dos culturas y, con una mirada de la raza mora ciertamente idealizada, procura despertar mayor comprensión de la problemática de esa cultura minoritaria pero insoslayable en la constitución del ser español. Las resonancias que esta cuestión sigue teniendo todavía hoy en España hablan de la contemporaneidad del texto y explican su elección.
La versión ofrecida ha recortado el texto en sus pasajes más morosos, buscando adaptarse a la recepción del público actual. Una escenografía austera pero sumamente funcional permite los numerosos cambios de espacio y desplazamientos de personajes que exige el texto y, aliada con la iluminación, propone sugestivos cuadros. Al igual que en la otra propuesta, resplandece el texto en boca de un elenco distinto pero igualmente adiestrado y versátil. Merece destacarse la interpretación de Toni Misó como Alcuzcuz, el morisco no integrado y el gracioso de la comedia.
Tute Cabrero
Aunque estrenada en 1981, el origen de Tute Cabrero se remonta a 1965, cuando de libreto televisivo pasa a convertirse en el guión de la primera película de Juan José Jusid, de enorme éxito y premiada por la Asociación de Cronistas Cinematográficos. Quince años más tarde, una nueva experiencia conjunta con un grupo de estudiantes de teatro dará origen al texto teatral que en estos días se repone en el Teatro del Pueblo.
Ese perfecto grado de lucidez en la interpretación de la realidad social y el comportamiento de la clase media porteña que Osvaldo Soriano destaca en la obra de Cossa, se hace también visible en este texto, gestado durante la etapa que el propio autor califica de prehistoria autoral, pero concluido en un estadio de plena madurez. La acción transcurre en la oficina de dibujo de una empresa constructora en la década del sesenta, cuando la racionalización laboral era todavía un fenómeno incipiente, no agravado por la competencia salvaje que caracteriza a nuestra sociedad. El juego de cartas, cuyo nombre da origen al título, metaforiza la situación dramática que genera el conflicto: la empresa decide que de los tres empleados, sólo pueden permanecer dos, tal como sucede con una de las instancias de este juego pero, a diferencia de éste, son ellos mismos, y no el azar, quienes deben decidir cuál será el excluido. Esta alternativa extrema pone a prueba la camaradería que parece unir a las tres generaciones de empleados: el veterano Sosa, su ya maduro discípulo Carlos y Sergio, el recientemente incorporado. La lealtad y el reconocimiento del segundo contrastan con el desprecio y la incomprensión del joven, que apela a la acusación artera para desprestigiar a Sosa, tal como éste planea hacer con él.
Jorge Graciosi, a cargo de la dirección, logró imprimirle a la puesta el ajustado ritmo que pide el texto, dado que en él se alternan no sólo escenas del presente de la acción con otras del pasado, sino diálogos procedentes de cuatro espacios distintos pero ubicados todos en un mismo ámbito escénico. Un sencillo diseño escenográfico, la iluminación y la música sugieren adecuadamente los saltos temporales y espaciales. Dentro de un elenco de parejo rendimiento, se destacan los trabajos de Jorge Rivera López y Aldo Pastur.
Déborah François y su llegada a El niño
Su debut en el cine marca la culminación de la trilogía sobre la infancia y la adolescencia que los prestigiosos hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne inauguraron con Rosetta y continuaron en El hijo. Demasiado joven, bella y tímida acompañó la proyección de El niño Palma de Oro en el Festival de Cannes en el encuentro Pantalla Pinamar, donde la entrevistamos.
Es la actriz promesa del cine europeo. Los franceses la nominaron al César como la revelación 2006 y obtuvo el premio Joseph Plateau de sus pares belgas como la mejor actriz del 2005. Excesivo resulta hablar aún de una gran actriz por mérito propio, pero sí por la implacable dirección de los Dardenne. Jean Pierre y Luc consiguen con su película revalidar lo que podría llamarse una marca registrada: la observación prácticamente cotidiana de un miserable acto de supervivencia. Un cine despojado que otorga a las imágenes una veracidad contundente. Pero, al igual que con Caché (Escondido) de Michael Haneke, interpretado por Daniel Autielle y Juliette Binoche, actualmente en cartel, asistimos a una cierta catarsis moral en la realidad cotidiana. El hijo es una historia de amor y desamor inmersa en la falta de horizontes y la desintegración de los valores sociales en el viejo continente. Es la primera vez que tengo un rol en el cine explica Déborah François. En realidad fue una gran casualidad el haberme presentado al casting porque, simplemente, lo hice para ver cómo era ese mundo de actrices profesionales.
- ¿Cómo pudo conjugar un casting accidental con el trabajo protagónico de El Niño?
- Compuse el papel de Sonia de la manera más personal e íntima, con el corazón y sin pensar demasiado en formas o métodos de actuación, algo muy lejano para mí. Me resulta bastante extraño ver cómo cada día hay más jóvenes y adolescentes embarazadas o madres, con todos los métodos de anticoncepción que existen. La película me permitió acercarme al trasfondo de esas historias, conocer casos y experiencias particulares y me di cuenta de que detrás de esos relatos tan duros existen historias familiares mucho más trágicas aún. Me pregunté qué haría si viviera esa situación, tener un bebé en camino habiendo vivido tan poco de mi propia vida. Volqué estas dudas en el momento de componer a Sonia, un personaje muy fuerte, que arremete y no se pone en el rol de víctima a pesar de su dura realidad personal.
- ¿Cambió su vida personal a partir de la gran repercusión de esta película?
- Trato por todos los medios de que no me invada. Sigo viviendo con mi familia y voy a la Escuela cuyas autoridades, más allá de algunas salidas anticipadas por la filmación, nunca mostraron un trato preferencial, como tampoco lo hicieron mis compañeros y amigos. Es innegable que hubo un cambio porque uno sale del anonimato, pasa algo diferente en la percepción del público común; pero todo surgió como por casualidad, casi como un juego, nunca imaginé que iba a rodar una película. En las filmaciones hay mucha adrenalina y termina siendo como una droga. Pero estoy alerta: soy joven y trato que el mundo del cine no me atropelle, aunque haya tenido éxito con mi primera película y haya terminado mi segundo trabajo.
- Habló de la adrenalina de las filmaciones. ¿Cómo es esto al trabajar con los hermanos Dardenne?
- Son excelentes directores, muy personales y de gran oficio. Tienen un orden, una metodología muy precisa para rodar y una puesta en escena muy preparada. Uno se dedica a los actores y el otro a ver lo que pasa en la pantalla. No son muy dados a la improvisación pero sí prefieren que se genere un clima especial en el set, trabajan habitualmente con un equipo reducido. A veces tuve que enfrentar situaciones dramáticas.
- ¿A qué se refiere?
- Al rodar la escena en la que Bruno (Jérémie Renier) vuelve al departamento después de la venta de nuestro hijo, de mucha tensión, yo no sabía cómo interpretar ese estado de angustia tan extrema. Cuando esa mañana llegué a trabajar, todos se mostraban distantes conmigo, y los hermanos mucho más. No me hablaban, nadie me dirigía la palabra; me sentía un fantasma y parecía que todo lo hacía mal. Luego comenzaron a hablarme pero en términos muy duros, casi violentos. Cuando llegó el momento de rodar la famosa escena, mi nerviosismo era muy grande. Se ve claramente en la pantalla. Fue una jornada horrible y a la vez inolvidable. Tuve que aprender a concentrarme y repetir, por ejemplo, una pausa hasta veinticinco veces. No puedo decir que me hayan pegado pero sí que hubo zamarreos. Fue una experiencia muy fuerte que nunca había vivido.
- ¿Cambió su manera de ver el cine después de este rol? Es imposible no pensar en diferencias cuando el tema es la venta de bebés, las dificultades de la juventud para entrar en el mundo de los adultos.
- Desde chica siempre me fascinaron las grandes películas de René Clair como Las fiestas galantes, y todo ese mundo de palacios, cortinados y grandes escaleras. Pensaba que el cine era eso, una simple fascinación. Después de trabajar con los Dardenne me di cuenta cómo con una trama mínima, casi sin variar de escenarios, con elementos cotidianos, es posible hacer una gran película.
Ficha técnica
El BAFICI
Con un cálculo oficial del 27% más de espectadores que el año pasado, superando los 234.000 asistentes en 13 días, no puede decirse que el festival porteño de cine, conocido como Bafici, dé pérdidas. Cabe creer entonces que el próximo año no pasará lo de éste, cuando varios miembros de diferentes jurados debieron pagarse sus propios pasajes, porque el gobierno de la ciudad, responsable del encuentro, alegó carecer de suficiente presupuesto. Y eso que el festival del año pasado ya había superado las cifras del anterior…
Ya se sabe, siempre han de diferir la contabilidad de los gobiernos y la de los que simplemente contribuyen con su impuesto, o su entrada. Vayamos, pues, al balance del 8vo. Bafici, saturado de ofertas, más de 400, aunque pocas hubo realmente muy buenas. En compensación, hubo pocas decididamente malas. La mayoría fue, digamos, interesante.
Competencia internacional (siempre destinada a primera o segunda obra de un autor con pretensiones de hacer algo distinto): por suerte ganó la que más se lo merecía, En el hoyo del mexicano Juan Carlos Rulfo (hijo del famoso escritor Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo), un documental sobre los constructores de una enorme autopista aérea del D.F., que también obtuvo el premio del público. Por segunda vez consecutiva un documental recibe esos dos premios. El año anterior fue el muy agradable El cielo gira, de Mercedes Álvarez, quien ahora integraba el jurado con Lucrecia Martel (La niña santa), Michael Fitzgerald (productor del desaparecido maestro John Huston) y otros notables.
También destacables, la agridulce fábula taiwanesa The Shoe Story (lástima el final triste), y el documental de la argentina Lorena Muñoz Los próximos pasados, que tiene unos minutos de más, pero también tiene, y en mayor medida, interés, belleza y razón de ser. Mezcla de evocación histórica e investigación periodística, el trabajo rastrea génesis, traslado y grave deterioro del famoso mural que David Alfaro Siqueiros pintó en 1933 en el sótano de la quinta de su entonces mecenas, el famoso Natalio Botana, dueño del poderoso diario Crítica. Y, sin decirlo, rastrea el aire de un país que también se ha perdido. Contribuyen al relato varios expertos, los descendientes de Botana, de quien le compró la quinta, y de quienes ayudaron a Siqueiros (nada menos que Berni, Spilimbergo y Castagnino), y el ingeniero que logró la proeza de trasladar el mural (y terminó estafado).
Los próximos pasados recibió el premio Fipresci (de la crítica internacional), una mención especial de Feisal (Federación de escuelas latinoamericanas de imagen y sonido), aunque realmente se merecía el primer premio (la película da cátedra de imagen y sonido), y por apenas dos centésimos se perdió el premio del público al mejor film nacional, que fue a parar a la coproducción anglo-argentina Glue. Historia adolescente en el medio de la nada, del debutante Alexis Dos Santos.
Competencia nacional: Glue, crudo retrato de unos chicos de pueblo que también puede hacer carrera en festivales de temática gay, ganó además la competencia nacional, y compartió con Soledad al fin del mundo, de Zuber & Casas, el antedicho premio Feisal. Soledad…, por su parte, es un concentrado y lento cuadro con tres personas (cada una por su lado) hundidas en el inmenso invierno de Tierra del Fuego. Película de climas, de tiempos hipnóticos, se emparenta con el minimalismo extremo de otras dos obras también destacadas de esa sección: El amarillo (ambientada en el campo entrerriano) y El árbol (vida diaria de un matrimonio de ancianos obligados a cortar un árbol ya seco, que el hombre plantó muchos años atrás, el día que nació su hijo).
Argentinos ida y vuelta: cuatro documentales sobre connacionales emigrantes, de los que sobresale el sueco Una familia como la nuestra (seguimiento de una familia argentina de clase media, desde su derrumbe económico en el 2002, hasta su parcial recuperación en las islas Canarias).
Taller Raúl Perrone: dos nuevas historias vecinales del videasta de Ituzaingó, cuatro cortos de sus alumnos, y una charla con un norteamericano que hace algo parecido en su pueblo. Verdaderos independientes.
Treinta años: ocasión de agrupar viejos films de denuncia, agitación y propaganda, destacándose una selección de cortos de propagandas oficiales agrupados con el título Golpe a golpe: el totalitarismo argentino en imágenes 1930-1976.
Trayectorias: multitudinaria sección donde se acumularon variadísimos films de autores ya conocidos, como (por citar los mejores trabajos) Un couple parfait, Be with me, Crime delicado, O fim e o principio, Lenfant, el corto ruso Svyato (ideal para lectores de Piaget, registra el momento en que un niñito descubre su propia imagen en el espejo) y el luminoso mediometraje Mon Jules Verne (un astronauta, un espeleólogo, etc. transmiten el placer de sus profesiones y recuerdan cómo, en sus respectivas infancias, la lectura de Julio Verne les hizo amar para siempre la ciencia, la aventura, y los viajes).
Cine del futuro: un futuro muy poco auspicioso, si se considera que fue la sección con más bodrios y decepciones (es que mucha gente del futuro suele creer que ha inventado la pólvora), pero siempre hay lugar para el elogio. Lo mejor, el corto belga Un pont sur la Drina (el solo plano fijo sobre un hermoso y antiguo puente, mientras se oye el testimonio de un hombre que, junto a otros, durante la reciente guerra de los Balcanes rescató y registró más de doscientos cuerpos que venían flotando, todos con evidencias de terribles torturas), el rumano La muerte del señor Lazarescu (tenso seguimiento de un enfermo por los hospitales), y una admirable, apabullante, ingeniosa, triste y divertida fábula del tailandés Wisit Sasanatieng aquí llamada Citizen Dog, que fue no solo lo mejor de esa sección, sino una de las mejores películas de todo el festival.
En primera persona: diversos testimonios, precisamente en primera persona, destacándose el documental peruano El caudillo pardo, registro de un hombre a quien sus muchas lecturas y sus desgracias personales le secaron los sesos, y hoy encuentra sostén en una fervorosa y confusa prédica nazi-judaica. Lo bueno es que el documentalista, Aldo Salvini, jamás se burla del personaje, simplemente lo sigue, y deja que nosotros mismos veamos y consideremos cuánta soledad, nobleza y frustración hay detrás de la locura.
Paraísos perdidos: documentales sobre una niñita con su abuela en la casa que será demolida, adolescentes brasileñas enfrentadas a un indeseado embarazo, ex hippies evocando una experiencia comunitaria, un impactante hospital de guerra, una estadía en un convento de monjes que han hecho voto de silencio, el recuerdo de un poeta calabrés, parejas judeopalestinas homosexuales enfrentando una doble discriminación, etc., etc. Mucho para ver. Y, para destacar, el corto finlandés Dream Land (aves y roedores disfrutan del basurero municipal, embellecido por una fotografía preciosa), y el muy recomendable El Rastrojero: utopías de la Argentina Potencia, historia de los creadores y constructores del popular vehículo utilitario (1952-1980) que todavía circula por el país, hoy viejos orgullosos de haber sido, toda su vida, gente de trabajo útil a la patria. Único reproche: lo de Argentina Potencia tiene connotaciones más bien ingratas.
Revoluciones: un thriller sobre el asesinato de un dictador coreano y varios docus, entre ellos dos muy ilustrativos de algunas locuras de los 70: Guerrilla: the taking of Patty Hearst, y Hans-Joachim Klein: mi vida como terrorista, con el hombre que, tras purgar años de cárcel, recuerda cómo vio al venezolano Carlos matar gente a sangre fría, y cómo, cuando todos los suyos lo abandonaron, el filósofo Jean-Paul Sartre organizó una colecta para ayudarlo a iniciar una nueva vida (entre otras cosas, Klein también había sido guardaespaldas de Sartre).
Ecos globales: El taxista ful (la del desocupado español que se robaba taxis para trabajar y luego los dejaba con la comisión para el dueño), Africa United (un club de fútbol de inmigrantes africanos ¡que viven y juegan en Islandia!), etc.
Métodos: documentales sobre conocidas figuras como Ingmar Bergman, Orson Welles, Buster Keaton, etc., pero también sobre mujeres desconocidas: una doble de riesgo de 64 años que no piensa retirarse (era la doble de La mujer maravilla), y cuya hija sigue sus pasos, y una viejita rusa muy activa que a los 77, pensando en el futuro, se hizo su propio monumento fúnebre, de esto hace ya seis años, y sigue lo más campante trabajando en el campo todo el día.
Música (casi todo rock y punk), Nocturna (varias bizarras y Homecoming, donde los soldados muertos en Irak vuelven hechos unos zombies a reclamarle a Bush, como los de la Primera Guerra salían de sus tumbas para reclamar a los gobiernos de entonces en los Yo acuso de Abel Gance).
Rescates: una de las mejores secciones, con muchas películas mudas presentadas con música en vivo (la más notable, El acorazado Potemkin en el Teatro Colón, seguida de una charla del restaurador alemán Enno Patalas, máxima experiencia mundial, en el Goethe). También, películas sonoras de diverso mérito, entre ellas la norteamericana Ganarás el pan, de 1934, con el sorprendente bonus de una presentación fílmica a cargo del entonces legislador socialista Mario Bravo, para su difusión en funciones organizadas por la Federación Socialista Bonaerense (Es una cinta simpática, pero…, y ahí bajaba línea para que los espectadores no se ilusionaran con las fáciles soluciones hollywoodenses).
En foco: monográficas muchas veces completas nada menos que de 18 autores distintos, desde el lituano Sharunas Bartas (aburridísimo para unos, fascinante para otros), Abbas Kiarostami (completa, más fotos suyas, y libro), Roberto Rossellini (todos sus telefilms, incluyendo Anno Uno, sobre el fundador de la Democracia Cristiana Alcide De Gasperi, Il Messia y Atti degli apostoli), hasta el romántico Jean-Paul Civeyrac (Toutes celles belles promesses, etc.), el lamentado Bill Douglas (su trilogía autobiográfica, su otro film, y una biografía presentada por un especialista), y tres animadores. Uno de estos era el simpático Barry Purves, que dio una clase abierta sobre cómo hacer y filmar muñecos. Otro, el checo Jan Svankmajer, que por ahí dijo Muchas veces me preguntan cómo hacíamos para filmar bajo el comunismo. Se creen que vivíamos como en 1984 de George Orwell. Ignoran que el régimen tuvo varias épocas de distensión. Yo disfruté dos bastante liberales. Pero también sufrimos épocas duras. Una vez estuve siete años sin poder hacer lo que quería. Me los banqué realizando trucos para otras películas en los estudios Barrandov. Lo bueno es que, como todo lo pagaba el Estado, nunca tuve problemas financieros. Tras la Revolución de Terciopelo disfrutamos de verdadera libertad. Lo malo es que tardé cinco años juntando la plata para mi último film, y todavía no vi una sola corona. Todo es para mis financistas.
Estados Unidos, un recorrido independiente: 29 films de lo más variados, desde el todavía fresco y delicioso El pequeño fugitivo, de 1953, hasta otros de hace pocos años que ya están rancios.
Malditos latinos (experimentales no siempre elogiables), Reino Unido (variedades), Competencia de cortos nacionales (la mayoría flojos), Work in progress (los autores muestran sus trabajos a medio hacer, en busca de nuevos respaldos), Encuentros de coproducción, Funciones Especiales (a señalar, Bialet Massé, un siglo después, sobre el que ya volveremos), etc., etc. Demasiado. Alguna vez dijo Pacho ODonnell, en circunstancias similares, Mejor regar una planta a lo largo del año, que echarle tres baldazos una vez al año. ¿Pero qué autoridad actual resiste la fascinación estadística de los megaeventos? Aunque después quiera que se hagan sin brindar el debido presupuesto. Hasta el próximo Bafici, que tendrá, quién sabe, más de 500 películas.
El bautismo. Celebración de la vida
A través de este prometedor título, Anselm Grün, el activo monje, sacerdote y ecónomo del monasterio benedictino de Münsterschwarzach, nos invita una vez más a pensar el humanismo cristiano desde sus más profundas fuentes.
Se trata de uno de los autores religiosos más leídos. La editorial San Pablo publica siete volúmenes correspondientes a los siete sacramentos (bautismo, confirmación, celebración de la eucaristía, penitencia, matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos).
Grün es un autor que apela siempre con inteligencia a la sensibilidad del lector, a través de imágenes y de metáforas que logran plasmar con lenguaje claro y rico en símbolos una profunda internalización del significado, en este caso, del sacramento del bautismo.
El texto constituye asimismo una invitación: repensar la significación de este primer sacramento que marca nuestra iniciación en la vida cristiana y, en términos espirituales, el nacimiento a la vida eterna, haciéndonos partícipes de la inmortalidad de Dios.
Las reflexiones recogidas en este libro deben estimular a todos los bautizados a que reflexionen sobre el misterio de su bautismo y a que verifiquen continuamente la identidad que han adquirido en él. Como vemos, Grün se propone como objetivo fundamental ir hasta el fondo de la reflexión filosófica y resignificar la importancia de los ritos que acompañan la celebración del bautismo; quiere trascender la ceremonia social para recuperar y vivificar gran parte de su eficacia existencial.
¿Cómo encara Grün su reflexión al respecto? Desplegando los significados de este sacramento para que los comprendamos a través de los ojos de la fe. Todo esto para situarnos de manera más consciente y vivencial en la celebración del ritual.
Más adelante, el autor releva con minuciosa pericia los ritos bautismales, uno por uno, haciendo hincapié especialmente, y desde luego, en el agua. De esta manera, expresa el verdadero sentido y significado que tenía para los primeros cristianos; y lo traduce con estilo claro y contundente al lenguaje de nuestros tiempos. El agua, símbolo central del bautismo, explica Grün, representa la fuerza más purificadora y renovadora; se conecta con la idea de fecundidad el aspecto creativo del agua, y se recrea como un fluido primordial para sepultar las ofensas, arrastrar consigo todas las posibles perturbaciones y calmar las heridas.
A partir de su amplia experiencia como director espiritual, el autor se dirige a los padres explicándoles la sabiduría que ellos adquieren en el momento en que deciden bautizar a sus hijos. Transmite también con sabias palabras un aporte espiritual para la difícil tarea de la educación, sobre todo la vinculada a la enseñanza de los misterios de la fe.
Anselm Grün es doctor en teología y psicología. Desde el bagaje de conocimientos de estas disciplinas acerca de la psiquis y el alma humanas nos interpela como lectores para pensar que quien ha sido bautizado es partícipe de la naturaleza divina, y puede de este modo superar los mecanismos lesivos de nuestra psiquis neurótica:La fuerza sanadora que proviene de Jesucristo es más fuerte que las heridas que el niño sufrirá a lo largo de su vida. Por mucho que los padres lo traten con todos los cuidados y las atenciones posibles, todo niño será herido. Ninguno de nosotros puede afrontar las heridas que nos depara la vida. Sin embargo, es decisivo el modo como tratamos las heridas de nuestra historia personal.
Grün remite una y otra vez a la necesidad de tomar conciencia de nuestra identidad como cristianos, como padres y como practicantes de la fe.
Se trata, sin lugar a dudas, de una colección para los atribulados creyentes de estos tiempos tan problemáticos, en los cuales a veces no sabemos bien por qué somos cristianos, ni qué nos diferencia de los que buscan su salvación en el supermercado de los senderos espirituales.
Soplar sobre la herida (El misterio que esconde el dolor)
Jorge Augusto Oesterheld nació en Buenos Aires en 1948. Fue ordenado sacerdote en 1976 y estudió Sociología y Ciencias Políticas en España. Actualmente se desempeña como responsable de la oficina de prensa de la Conferencia Episcopal Argentina. Autor de diversos artículos y libros, experto en comunicación social, ha escrito también en Criterio.
Cinco son los enfoques que Oesterheld nos propone para meditar sobre nuestra fragmentada sociedad: la memoria, el dolor, el sufrimiento, la injusticia y el perdón.
A partir de su viaje a las islas Malvinas en noviembre de 2000, acompañando a un grupo de familiares de soldados caídos en la guerra de 1982, reflexiona sobre la necesidad de mirar nuestra realidad con madurez y compromiso: Hay un momento privilegiado para las respuestas de verdad: cuando el sufrimiento aparece con sus preguntas. Cuando la muerte anda cerca se caen muchas caretas. Tenemos que animarnos a mirar nuestras respuestas en esos momentos.
El autor nos invita a escucharnos los unos a los otros en una actitud cultural, y no desde posturas políticas, económicas o jurídicas. Cuando fuimos a desayunar encontré a don Rolynes, un chaqueño morocho y con el pelo blanco, con pinta bien de criollo, que compartía con un carpintero kelper los problemas que se presentaban en la colocación de una puerta a la entrada del hotel. La escena era sorprendente y muy graciosa. Cada uno hablaba en su idioma y ninguno de los dos conocía ninguna palabra del idioma del otro, pero en las dificultades prácticas que se presentaban para la correcta sincronización de unas bisagras, los dos coincidían con señas y gestos. Las manos de ambos estaban acostumbradas al trabajo y parecían extenderse en su propio lenguaje.
La idea de Oesterheld se basa en la necesidad de mirarnos como personas valiosas por esa sola condición, interpretando cabalmente lo establecido en el primer mandamiento. No pretende el autor el facilismo del olvido; por el contrario, sugiere darle la dimensión adecuada a los conceptos de justicia, castigo, responsabilidad y reconciliación. Tampoco duda en recordarnos que El perdón de quienes se equivocaron sin delinquir, y que fueron demasiados en realidad un amplio porcentaje de nuestro pueblo- es tarea de cada uno de nosotros.
Pero, ¿qué hacer para poder discernir entre justicia y venganza? Acaso esta última sea hija de la no-justicia. La justicia no debería ser implorada si realmente la sociedad en su conjunto la sintiera como un derecho real y efectivo. De ella, entonces, puede emanar el verdadero perdón. Y una vez logrado el perdón, seremos capaces de encontrar consuelo.
Dice Oesterheld: Cuando el Papa (Juan Pablo II) perdonó al que intentó matarlo, no pidió que se le alivie en algo la pena. Fue a visitarlo y le habló, lo reconoció como persona valiosa a sus ojos más allá de su delito.
El autor se pregunta: Dios mío, ¿qué hago acá?. Es el viento incesante de Malvinas el mismo que seca las lágrimas de Oesterheld el que le sugiere la imagen de soplar sobre la herida del semejante.
Un libro valiente y valioso, cuyo autor se atreve a abrir el corazón y la mente en actitud no académica ni pastoral, sino en cuanto prójimo. Nada más y nada menos.
Antichrista
Amélie Nothomb, la niña mimada de las letras francesas contemporáneas, de nacionalidad belga, nació en 1967 en Kobe, Japón, donde su padre era embajador.
Transcurrió varios años de su infancia y adolescencia en Extremo Oriente. En la novela Estupor y temblores narraba su propia historia de desilusiones al sentirse rechazada en la vida de relaciones sociales en Tokio, a pesar de su conocimiento de la lengua y las costumbres.
Antichrista es una obra corta e interesante, donde la protagonista es una tímida joven estudiante de Ciencias Políticas en Bruselas responde al nombre de Blanche, en una suerte de guiño al Bernanos de Diálogo de carmelitas que se ve invadida, tanto en el espacio físico como en el espiritual, por una compañera, Christa, mente brillante de seducción y una especie de ángel maligno que tergiversa y hiere todo lo que toca.
Blanche es capaz de casi nada, tan concentrada está en sí misma y temerosa del mundo exterior: la aterra la idea de no ser siquiera vista por los demás, acaso no existir.
Christa, en cambio, es capaz de casi todo con tal de ocupar el centro de atención de las miradas y los elogios: se siente el centro del universo en torno al cual gira el resto.
A medida que avanza, Christa que ya es para Blanche una anticrista, imagen del mal se va apoderando de su compañera, como un vampiro que se alimenta de la víctima hasta su destrucción: Según San Juan, la llegada del Anticristo será el preludio del fin del mundo. Sin ningún género de dudas: el Apocalipsis estaba cerca.
Escrita con gran agilidad, la novela sin embargo deja en el lector cierta decepción.
Nothomb sabe que los tiempos han cambiado y ya la cultura dominante no permite crear los personajes y climas de los grandes autores católicos franceses de la primera mitad del siglo XX. Opta por adaptar su narrativa al minimalismo posmoderno y su obra no alcanza a convencer.
Es de señalar, sin embargo, el extraordinario manejo del universo psicológico adolescente femenino.
Inteligente, obsesiva, con constantes referencias a la literatura francesa y a los clásicos, Amélie vuelve a Bernanos para recordar: La mediocridad es la indiferencia al bien y al mal.
Argentinos legisladores en Italia
En el pasado mes de abril hubo en Italia elecciones legislativas en las cuales se incluyeron senadores y diputados elegidos por los italianos residentes en el extranjero. Se pretendió, por medio de una reforma constitucional, dar representación a los alrededor de cincuenta millones de italianos repartidos por el mundo. Para ellos se destinaron seis bancas de senadores y doce de diputados, a elegir de distritos electorales correspondientes a América del Norte, América del Sur, Australia y el Pacífico, y el resto de Europa. Tres diputados y dos senadores correspondían a América del Sur. En este distrito el mayor número de electores estaba en la Argentina.
Se explica la abultada cantidad de italianos fuera de la Península a los que se quiere dar representación, porque Italia sostiene el jus sanguinis, esto es: la ciudadanía de los hijos de italianos, nacieran donde nacieran. Derecho éste que no sólo ha sido sostenido por Italia sino por toda nación que tuviera una fuerte emigración. De manera que los hijos de italianos nacidos en la Argentina son italianos para Italia. Nuestro país sostuvo y defendió y lo hizo con firmeza en el siglo XIX el criterio contrario, esto es: el jus soli. Por este principio, todo nacido en el país es, automáticamente, argentino. Pero también le reconoce derechos a todo aquel residente de buena voluntad que quisiera habitar el suelo patrio, como establecía el Preámbulo de la Constitución nacional de 1853.
La República Argentina sostuvo un derecho que la favorecía, considerando la necesidad de poblar su territorio. Contrariamente, los países expulsores de población sostenían el contrario por opuesta conveniencia. Así las cosas, se trató de mantener una fluida corriente de amistad e intereses entre la Península Itálica y nuestro país. Italia reconocía como italianos a ciudadanos argentinos y esto aquí no provocó problemas ni preocupación. Pero no siempre fue así.
En el último cuarto del siglo XIX, luego de que la Península Itálica lograra su unión, instalando un rey en el palacio del Papa en Roma, como lógica consecuencia nacen aspiraciones de expansión territorial de carácter imperial. Era la época: había nacido el imperio alemán aglutinando países germanos bajo la hegemonía del más poderoso y ambicioso de ellos; había nacido el imperio británico, avasallando a otras naciones del globo. En el caso de Italia, ésta quería expansión, pretendía ubicar a sus emigrantes en territorios que le pertenecieran. De manera que inició aventuras coloniales. Además no se consolaba con la gran emigración que desde las guerras napoleónicas y pasando por todas las turbulencias del siglo, había ido a parar en gran medida a América del Sur y del Norte.
En América, y a partir de 1865, es en el Río de la Plata donde se va produciendo la mayor concentración de italianos: litoral argentino y Uruguay. En los años 80 nace la idea de recuperar esa masa de emigrantes que se considera perdida para la cultura y la economía itálica. Comienzan a proponerse, en el gobierno italiano, proyectos tendientes a recuperar esta gente asentada en el Plata, región que se estba transformando bien que en buena medida por obra de estos italianos en la más próspera del globo.
Alguien propuso la aventura colonial empleando la fuerza, otros el hacer un trabajo de conservación de esa gente para la cultura italiana, entre los cuales estaba el mantenerles el sentido de patria y esperar lo que pudiera deparar el futuro. También el lograr que fuera un país bilingüe. El caso era que los emigrados perdían paulatinamente su idioma. Y en una sociedad que para ellos no era extraña, terminaban por perder su identidad originaria. Los hijos ya eran ajenos a la cultura de sus padres y los nietos, que probablemente también lo eran de españoles o criollos de diverso origen, la ignoraban totalmente. Así comenzaron a crearse sociedades que los reunieran y escuelas donde se les enseñara su idioma, historia y cultura. Y por este camino, afianzadas las sociedades, se llegó a proponer la representación de esta gente por medio de legisladores ultramarinos. Estamos en 1889 y se denuncia el problema.
La Argentina de 1880, liberal en todo, estaba despreocupada de la presencia del extranjero en su territorio. Lo necesitaba y no veía en él ningún peligro, aunque en Buenos Aires había más extranjeros que nativos. Mas aparece, en 1889, un libro, tomo en francés posiblemente para tener alcance internacional, titulado La politique Italienne au Rio de la Plata. Les étrangers résidents devant le droit international, edición de Sauvaitre, en París, debido al historiador Adolfo Saldías. El autor, que es además un hombre de activa vida política, se refiere a diversos acontecimientos producidos desde 1883 hasta el momento en que escribe. Según precisa, agentes del rey de Italia trabajan en Buenos Aires, Rosario y Montevideo, con idea de formar un estado italiano en el Plata. Habla de quince años de esfuerzo en ese sentido. La base estaría en monárquicos italianos aquí residentes y la prueba en los numerosos centros por ellos fundados, incluyendo escuelas. Estas fundaciones, que responden a un plan elaborado a la sombra de los monárquicos, poseen, en primer lugar el carácter distintivo de vivir en un estado divorciado con las ideas, los sentimientos y las aspiraciones que animan a la sociedad argentina. En segundo, lugar señala que estos establecimientos son alentados, dirigidos y también subvencionados por el gobierno del rey de Italia, ya que los intermediarios en los casos de subvención son los ministros [representantes diplomáticos] del rey de Italia, los cuales presiden ceremonias y alientan homenajes al monarca y ordenan manifestaciones antinacionales, haciendo suponer en algunos diplomáticos el deseo de que algún sujeto italiano no dude de la posibilidad de un Estado en el Estado argentino (op. cit., pp. 32-33). Mas expresa que hay residentes italianos que están bien lejos de estas maquinaciones.
Más adelante señala el estado de colonias italianas del Río de la Plata que considera esa corona. Explica razones y actitudes donde tienen peso los cuatrocientos mil italianos aquí residentes que viene a dejar al país en la misma condición que Abisinia, para los funcionarios itálicos. Se detiene en señalar el esfuerzo de todo género por aumentar sus escuelas en el Río de la Plata, para servirse de ellas como base para el porvenir, sentenciando: es la misma cosa, absolutamente la misma cosa que en África. Y da a conocer las cifras de recursos necesarios para que la acción del gobierno italiano se ejerza eficazmente en los países civilizados y no civilizados donde se encuentren sus escuelas. Los montos van creciendo desde los votados por el parlamento para las escuelas de Trípoli; de China y Túnez; de Montevideo, Paysandú y Salto oriental; de Buenos Aires, Chivilcoy, Baradero, Rosario y colonias de Santa Fe. Suponemos que los países civilizados son solamente los del Río de la Plata. Por eso se justificaría que en la asignación de fondos recibieran éstos cinco veces más dinero que aquellos. (Op. cit., p. 58)
Pero aun hay más. Saldías advierte acerca de la propaganda que hacen diarios italianos del Uruguay a favor de nombrar diputados coloniales, para representar a sus residentes en el parlamento italiano, y que hubo una petición hecha allí para obtener del rey el nombramiento de un consejo o junta colonial. Estas propuestas le hacen decir que son actitudes que se tienen en África con los salvajes. Pero manifiesta algo que es muy justo:
Hay millares de italianos que aman sinceramente a la República Argentina, donde por medio del trabajo han conquistado el bienestar y una honrosa situación.
Unidos a la población argentina por lazos de familia, por inclinación y por sus aspiraciones, desean que un día sus hijos lleguen a figurar dignamente en medio de esta sociedad donde nacieron y en la cual se desempeñarán (p. 77).
Al fin no hubo aventura colonial ni se llevó a cabo este proyecto de los legisladores rioplatenses al parlamente italiano. Posiblemente haya sido por acción del libro denunciante, de una personalidad como la de Adolfo Saldías, que estaba destinado tanto a la conciencia pública como a los poderes públicos. Su importancia puede medirse en cuanto que el ejemplar que consultamos perteneció al general Mitre.
Han pasado muchos años, desde fines del siglo XIX a comienzos del siglo XXI. Los italianos se fundieron en la masa nacional. Ciertamente, cuántas primeras figuras de la magistratura, la ciencia y las artes, han sido hijos y nietos de italianos y llevan sus sonoros apellidos. ¿Se perdió culturalmente Italia en el Río de la Plata? Se reconoce que más de la mitad de la población argentina (y somos más de 36 millones) tiene sangre italiana. Por lo tanto, mucho de su cultura está vivo aquí, casi como si algún día hubiéramos sido colonia italiana.
Ahora, nuevamente, se trató de elegir representantes al parlamento en Roma. A nadie parece preocuparle. Aparentemente no hay quien vea que por esto quedemos en la condición de salvajes de África. Con indiferencia miran, aquellos no comprendidos en el llamado, los tricolores carteles de propaganda de los candidatos a los escaños italianos. Debe considerarse que muchos electores son argentinos y algunos de los candidatos también lo son, y la habilitación para elegir y ser elegidos se encuentra en que poseen doble ciudadanía. Mas hay ahora una diferencia con respecto a 1880: entonces eran italianos que querían votar representantes que defendieran sus intereses en tierra extraña; ahora son italianos o argentinos que irán a Italia a defender los intereses de argentinos que viven en la Argentina
Se ha puesto en manifiesto que ya no existe en nuestro país el nacionalismo como se lo entendió a fines del siglo XIX, ni tampoco el patriotismo de entonces. Cabe preguntarse si habrá cambiado tanto, en este tiempo, la situación del país respecto de su soberanía y también su cultura nacional, como para justificar el cambio. Quizás hay, también, un desinterés por ser representado, donde vale igual serlo aquí que en Italia, y por eso esta elección pasa indiferente a los no directamente comprendidos. Visto que nadie tiene nada que objetar, ¿no será este cambio una manifestación más de la globalización del mundo, globalización en la que no faltan viejos anhelos del siglo XIX? Quiera el pueblo votar , también en Italia.
De Juan Pablo II a Benedicto XVI
Comienzo a escribir sobre este tema con un doble sentimiento: de reverencia, primero, porque ante el Sucesor de Pedro cabe la veneración y el afecto de la fe; y segundo porque reconozco mi incapacidad e impotencia. Las dos cosas juntas no conducen ciertamente a la máxima soltura. Pero lo intentaré igualmente, con la ayuda del Señor.
Lo que impresiona desde el principio es el paso del uno al otro.
Todos tenemos bien presente lo que son las elecciones en las democracias contemporáneas. Tan decantadas y tan conflictivas, examinadas con lupa por observadores en principio imparciales. Pero donde al fin lo que parece contar más no son los programas ni los compromisos en favor de lo que la comunidad necesita o requiere, sino la imagen del candidato o candidata. Cuanto más fotogénica o televisivamente aceptable, mejor. Y sabemos lo que esto significa. Los resultados son a menudo lo que de tal sistema se podía esperar. No obstante, por ahora no se ha encontrado otro método mejor para renovar más o menos adecuadamente a quienes ejercen la autoridad.
La diferencia con la Iglesia católica salta a la vista. Por lo pronto, sólo cuenta una elección. Y ciertamente no es a plazo fijo. Entre Pablo VI y Juan Pablo II hubo dos elecciones en dos meses. Entre Juan Pablo II y Benedicto XVI median veintiséis años. Y el Señor nos conserve el Papa actual por muchos años. No hay ninguna necesidad de cambio.
Además a nadie se le ocurre hacer campaña. Sí, es verdad que se habla, incluso entre nosotros, aquí en la Santa Sede, en los pocos días que separan la muerte del predecesor del cónclave para elegir al sucesor. Un ejercicio que se podría evitar y que los responsables de los medios alimentan alegremente. Algunos de nosotros, gracias a Dios, electores o no, consideramos un deber prescindir de semejantes comentarios, que son por lo demás perfectamente inútiles. El tiempo en esto consumido se aprovecharía mejor orando ante el Santísimo para que el Espíritu Santo muestre a quien designa, conforme a la viejísima fórmula del Libro de los Hechos (1, 24). En realidad, con conversaciones o sobre todo sin ellas, la Iglesia entera oró por el resultado de la elección.
Una sola elección, sin término fijo de tiempo, sino cuando el Señor quiere, sin candidaturas, sin confrontaciones, sin imágenes proyectadas a todos los puntos cardinales y en cada momento del día, y, en el momento decisivo, en absoluta clausura, ajena a distracciones de ninguna especie, y con el acto mismo electivo transformado en una ceremonia cultual. Porque es bueno saber o recordar que no sólo el cónclave se inaugura con la celebración de la Eucaristía, la cual se repite cada día, y el Santísimo Sacramento está expuesto en la capilla más accesible para todos, sino que al momento mismo de depositar el propio voto, cada elector pronuncia en voz alta una oración que lo pone todavía más ante la trascendencia decisiva de lo que está por hacer.
Humanamente no se puede pedir más para que cada uno de los electores y el conjunto de ellos con la Iglesia entera, comprendan que el fruto de la elección depende más del Señor que de cualquier combinación política. De acuerdo: no habrá sido siempre así y uno sufre cuando lee que en tal elección los cardenales atendían los requerimientos del monarca correspondiente a su origen o se preocupaban de las posibles consecuencias para el uno o el otro de que tal o cual personaje fuera elegido y quién sabe cuántas cosas más, no ciertamente sublimes. Todo esto ha sucedido. Pero algo hemos aprendido. Y aún entonces, el Señor y su Espíritu se las ingeniaban para corregir nuestras desviaciones. El hecho es que el mismo sistema de elección persiste y que la continuidad en la sucesión petrina es suficiente prueba de su eficacia y seriedad. Los siglos no se cuentan y la sucesión no se interrumpe.
Un interesante argumento de reflexión para politólogos y otros especialistas en el tema. La sucesión no se interrumpe, y nunca hay contestación de los resultados cuando el elegido es llamado a estar al frente, no de tal o cual comunidad más o menos homogénea por ventura con alguna minoría, sino de la Iglesia entera, presente y operante en el norte y en el sur, en el este como en el oeste. Y los electores vienen, en mayor o menor medida, de todos los continentes. Mientras a un elegido que era polaco sucede un alemán de Baviera. Y a nadie le llama la atención, ni en Alemania para el primer caso, ni en Polonia para el siguiente.
Todo esto, e insisto en decirlo, es un preclaro ejemplo en el presente mundo, para todos los procesos eleccionarios. O más bien un desafío. Porque es, en buena medida y en última instancia, casi una negación y una objetiva crítica de lo que hoy se considera un proceso electivo, y de cómo ese proceso es vivido.
Así, a Juan Pablo II, el escritor de obras teatrales y el poeta, que crece en medio de la dominación nazi y luego ejerce su ministerio de sacerdote y obispo bajo la opresión comunista, pero logra de todos modos llevar a cabo una vida normal incluso con excursiones en kayak por los torrentes de los montes Tatra, sucede el fino profesor de facultades de Teología en las exquisitas universidades alemanas, que conoce también las exigencias del régimen absurdo en su juventud de estudiante, hereda luego el gobierno de la complejísima arquidiócesis de Munich y finalmente sirve a su predecesor en el delicadísimo cargo de la afirmación y defensa de la Doctrina de la fe, insertado pero central en la administración del gobierno de la Iglesia. Y bien, como él mismo dijo a la peregrinación venida de su patria al día siguiente de su solemne inauguración, cuando esperaba justamente recoger el fruto de sus fatigas y dedicarse a escribir y orar, le toca, en virtud del proceso electivo recién esbozado, recibir de las manos del Señor su Iglesia como ahora ella es, en el mundo en que vivimos, después del cuarto de siglo del pontificado de Juan Pablo II.
Este hecho, simple como es, y en medio de todo, absolutamente normal, se presta sin embargo a varias consideraciones que aquí, a pesar de las reservas expresadas al principio de estas líneas, oso proponer, por lo que ellas valen. Y porque se me pide que las haga.
He comenzado por las características de la elección, que me parecen determinantes. También para lo que quisiera decir ahora. Incierto y temeroso y bien consciente de mi propia condición (memor conditionis meae, según se decía en tercera persona, en el viejo rito de la ordenación presbiteral, cuando se invitaba a los presentes a expresarse sobre el candidato).
Qué decir de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el uno después del otro, o más bien, el uno junto al otro. Porque en realidad, los papas no tanto se suceden sino más bien se sobreponen, y mucho más entre estas dos figuras papales que recibimos del Señor y de su Espíritu en este cambio de milenio.
Comienzo con esta afirmación: los papas no tiene por qué ser iguales. Quienes hemos conocido a Pío XII y Juan XXIII somos bien conscientes de la diferencia que los separaba, no obstante la santidad encaminada ya del segundo, y previsible, no obstante cuanto se dice (y se procura hacer) para el primero. Y la historia nos manifiesta la enorme diferencia entre San Pío X y León XIII, la cual no consiste solamente en la santidad proclamada del primero y la no proclamada del segundo, si bien no por eso necesariamente ausente sino al contrario. Semejante variedad enriquece a la Iglesia y nos enriquece a nosotros, además de responder, en última resolución, a los ocultos designios de Dios, que a lo sumo se pueden entrever y no interpretar.
¿Qué pasa entonces entre Juan Pablo II y Benedicto XVI?
Lo primero que notamos, y todos notan, es la convergencia. La convergencia puede ser atribuida a muchas causas, que es fácil enunciar. Aquí prefiero señalar una, a la cual se atiende quizás menos, aunque me parece decisiva. El cardenal Ratzinger ha estado junto a Juan Pablo II durante un buen número de años en el cargo clave que arriba recordaba y que todos conocemos. El cargo en cuestión, se puede decir, tiene una doble dimensión: externa e interna. La dimensión externa, que es la más conocida, se refiere a la Iglesia y (a su modo) al mundo: promoción y defensa de la Doctrina de la fe, como el nombre de la Congregación que el cardenal presidía por sí mismo expresa. Las varias instancias las tenemos todos bien presentes. Inútil ejemplificarlas aquí.
En cambio, la dimensión interna puede requerir alguna elucidación, siendo menos del dominio público. Recuerdo, de entrada, que el cardenal prefecto de esa Congregación es uno de los dos que gozan de una audiencia semanal con el Santo Padre (el viernes); el otro es el prefecto de la Congregación para los Obispos (el sábado). Y ninguno más, al menos hasta ahora. Esto significa que el cardenal Ratzinger se veía semanalmente con el papa Juan Pablo II y con él tenía una ocasión semanal de intercambio y comunicación mutua. Esto deja, huelga decir, su huella. Pero no es lo único. El cardenal Ratzinger era llamado (como otros) a la mesa del Santo Padre para aquellos encuentros, que, no por ser informales eran menos importantes, y a veces decisivos. De alguno he participado y tengo bien presentes los temas que allí se trataron, y sobre todo, en relación con lo que ahora expongo, cómo el Santo Padre tomaba cuidadosa nota de cuanto el cardenal decía y (naturalmente) viceversa. Y más todavía: los discursos y demás documentos del mismo Santo Padre suelen pasar todos por la Congregación, en un camino de (mutuo) enriquecimiento, presidido además, de parte del Santo Padre, por una actitud de ejemplar humildad. Nueva ocasión de profunda compenetración. También de algunos de estos intercambios me ha tocado, por alguna razón, ser testigo. A la luz de lo que ahora todos advertimos, la convergencia comienza por aquí. No es solamente la continuidad en las orientaciones de gobierno que, cuando más cuando menos, ha caracterizado siempre la sucesión de papas, en función precisamente de la identidad de la Iglesia. Es, hasta cierto punto, como una común visión o una actitud común ante lo que la Iglesia y el mundo hoy esperan de nosotros. Se lo puede comprobar en el uso de varios términos y más radicalmente todavía en la manera de presentarse ante la Iglesia y el mundo. La Jornada de los jóvenes en Colonia el verano pasado fue de ello una prueba palpable, poco después del cambio de Juan Pablo II a Benedicto XVI, cambio que allí resultaba casi imperceptible. Y los jóvenes presentes se daban muy bien cuenta.
Dicho esto y acentuado como se debe, hay que encarar también las diferencias. Ellas, como he sugerido más arriba, son para bien de la Iglesia y de su servicio en este mundo. Y algunas he enumerado ya rápidamente al principio de estas líneas. Quisiera ahora, siempre bien consciente de mis límites, perfilar mejor y eventualmente profundizar las que me parecen más ilustrativas. Y esto debiera ser visto en estrecha relación con cuanto llevo dicho recién acerca de la impresionante convergencia con las relativas causas.
Ciertamente, para enunciar una verdad de experiencia inmediata: Karol Wojtyla no es Joseph Ratzinger ni Joseph Ratzinger es Karol Wojtyla. Empecemos por la primera juventud de cada uno, que (como sabemos) imprime un sello en las personas, y, en cierta medida, caracteriza su futuro. El joven Karol se encuentra pronto sin familia (padre y madre y hermano fallecidos tempranamente), bajo un régimen hostil y persecutorio, en una Polonia fragmentada y sin mayor comunicación entre las partes, con una profunda herencia religiosa a custodiar por sí mismo, sin duda con la ayuda y el ejemplo de sacerdotes y laicos comprometidos, pero en realidad solo ante ese mundo y necesitado además de ganarse la vida. El trabajo cotidiano, duro y exigente, como todos sabemos, pertenece a la identidad de Karol Wojtyla. Esto mismo y el estudio emprendido crean una solidaridad horizontal, cimentada además, sin duda, por una comunidad de ideales en medio de la marea nazi. De aquí vienen las experiencias de amistad, nunca olvidadas y hasta cierto punto grabadas en algunas de las obras teatrales, representadas además por ellos mismos.
Todo esto acerca mucho el futuro Papa a las experiencias de otros jóvenes de ese medio de la Polonia ocupada y, a su modo, a otros jóvenes de otras partes del mundo. Luego viene el llamado divino, la vocación y el esfuerzo de seguir una preparación conveniente en ausencia de seminarios propiamente tales, no admitidos por el régimen. Los primeros estudios preparatorios al sacerdocio del joven Wojtyla fueron entonces clandestinos, en la misma residencia del arzobispo de Cracovia, el cardenal Sapieha, como he oído relatar al sucesor de Wojtyla en esa sede, el cardenal Macharski. Y así se podría seguir con sus primeros años de sacerdote, luego de obispo y finalmente de arzobispo en la misma sede, con el paréntesis de los años de estudio en Roma, de los cuales fui directo testigo. La imagen precisamente que de esos años retuve, refleja ese pasado tan especial y en cierta medida atribulado. Y además, se puede decir, heroico.
Joseph Ratzinger tiene otro pasado. Sin duda, le cupo también, aunque de manera diversa, la opresión nazi con su odio indisimulado por la Iglesia católica (y las otras). Además del terrible espectáculo de la destrucción sistemática del pueblo judío. Todo esto deja su huella. Y la huella se percibe claramente en el ministerio actual del pontífice Benedicto. Pero al fin, todo considerado, la infancia y juventud de Joseph Ratzinger, incluida su vocación y formación para el sacerdocio, parece haber sido menos excepcional que la de su predecesor. Al igual que su carrera posterior de profesor universitario. Joseph Ratzinger nunca tuvo que ganarse la vida trabajando en una fábrica como el joven Wojtyla y el seminario que lo acoge como estudiante era una institución que funcionaba a la luz del sol. Y esto explica otras diferencias, que tienen a su vez que ver con las características personales: Wojtyla se interesa más por la literatura y el teatro; Ratzinger, como su hermano Georg, de música, que él personalmente ejecuta; elegido papa hace llevar su piano a su departamento, primera vez (que sepamos) en la historia.
Donde los respectivos cursos de vida se aproximan es en el ministerio episcopal, el uno en Munich en la Alemania democrática, el otro en la Cracovia comunista, si bien Wojtyla comienza como auxiliar y ya, en esa capacidad, participa del Concilio Vaticano II. Ratzinger, en cambio, es de entrada el arzobispo diocesano, y en el Concilio es sólo un brillante experto. Se puede preguntar si se encontraron entonces, aunque no cabe duda de que el joven auxiliar de Cracovia llamaba ya la atención por sus intervenciones y su labor en las comisiones de que era parte. De todos modos, mientras Ratzinger, ya arzobispo, ejerce su ministerio en Munich, Alemania Oriental, fiel satélite soviético, queda muy cerca y el muro se podía ver, con todas sus funestas consecuencias, también para Alemania Occidental, no tan lejos en la misma Baviera. El drama del comunismo todavía vigente y amenazante en Europa, con el peligro siempre presente de la guerra, posiblemente atómica, no le era ajeno. El ministerio en Munich dura poco tiempo. Wojtyla, ya transformado en Juan Pablo II, llama a Ratzinger a Roma, y desde allí en adelante los ministerios respectivos, y en parte, también las vidas, se entretejen y, hasta cierto punto, se confunden.
Lo dicho hasta aquí no nos lleva muy lejos. Las diferencias existen, y se advierten. Sin embargo, mucho más es lo que en ambos resulta convergente, y en buena medida idéntico. He dicho ya por qué, en cuanto esto depende de la mutua relación constante en la mayor parte del pontificado de Juan Pablo II. Pero hay algo más, que no quisiera omitir, y que tiene que ver con la identidad de cada uno. Lo digo de este modo: un sacerdote se parece siempre a otro sacerdote, como un cristiano se parece siempre a otro cristiano, y en realidad mucho más. No porque hubiera un modelo común de ministro ordenado, que no lo hay, y que si hubiera cuenta poco, sino porque, más radicalmente, la identidad sacramental crea una relación mucho más profunda que cualquier convergencia de vida. Si la comunión eclesial entre cristianos bautizados los asocia indiscutiblemente, más allá incluso de la pertenencia a tal o cual Iglesia o comunidad, cuánto más la participación en el mismo sacramento del orden sagrado. Y cuánto más todavía la participación en el episcopado, que crea entre los obispos un verdadero colegio, como enseña el Concilio, vengan de donde vinieran y hayan recibido la misión que fuera. Y justamente, en esto se funda la realidad misma de un concilio ecuménico, ante todo la realidad teológica, pero también (si así se puede decir) la realidad humana. Por lo cual, los concilios tienden, no artificiosamente, sino por una especie de dinámica interna, a la unanimidad, a pesar y por encima de todas las diferencias personales. Quien ha participado en el último, el Vaticano II, como me ha sucedido a mí, lo tiene bien presente. Y Wojtyla y Ratzinger, cada uno a su modo, participaron en él.
Ambos han sido después elegidos supremos pastores de la Iglesia. El cargo no implica un sacramento, pero lo supone: no se puede ser elegido válidamente papa si no con la inmediata consagración episcopal, previa la ordenación presbiteral, si hiciera falta. Pero la calidad sacral del cargo es tal que, cuanto vale de la convergencia entre obispos, vale también y en mayor medida, de la convergencia entre pontífices supremos, ya no en la dimensión sincrónica como entre aquellos, sino diacrónica: un pontífice en la sucesión del anterior, y en verdad de todos los predecesores. Por eso, a pesar y más allá de todas las diferencias reales, existe una verdadera unidad teológica en la sucesión de los pontífices romanos, a la cual cabe además el mérito de superar y, en cierta medida, anular las sombras que alguno o algunos de ellos hayan podido proyectar sobre la sucesión común. Y obviamente, el fundamento y la causa de semejante unidad, que atraviesa los siglos, es la persona y la divina elección de Pedro, el pescador de Galilea, quien vive en sus sucesores, como siempre ha afirmado la Iglesia.
Y esta es la última y más profunda razón de la verdadera unidad que el pueblo cristiano inmediatamente percibe entre Juan Pablo II y Benedicto XVI, más allá y por encima de todas sus diferencias personales, que en esta unidad se funden, mientras no dejan así, y por eso mismo, de enriquecer a la Iglesia.




