Diciembre 2006
Hacia una nueva generación de políticas públicas
El crecimiento económico sostenido del 9 % anual durante casi cuatro años es un dato claramente novedoso y auspicioso para la Argentina. Otra nota alentadora es que el superávit fiscal señala que el Estado tiene capacidad para recaudar y que, de hecho, recauda más de lo que gasta. Puede existir disenso sobre la conveniencia de volcar este superávit en reservas u orientarlo hacia otras asignaciones, pero indudablemente estamos ante una situación favorable en materia de recaudación estatal y, en consecuencia, con posibilidad de reasignar recursos. Además, no parecen vislumbrarse nubarrones económicos en el corto y mediano plazo inclusive más allá de la Argentina, en el orden de las economías complementarias en la región.
La mayor capacidad recaudatoria del Estado impone abrir la discusión acerca de la segunda generación de políticas post-crisis 2001, es decir acerca de la capacidad de recuperación del poder político. El vaivén en la credibilidad de la política, que aumenta respecto de la figura del presidente pero disminuye respecto de la política en general, expresa en definitiva cierta rehabilitación de la estructura política; y esto no es un tema menor a la hora de pensar la gestión de políticas públicas.
La incipiente consolidación del bloque regional pareciera tender a afianzarse en un modelo más pro Mercosur y menos pro ALCA. Si bien este es un dato muy relevante en el análisis, hay que monitorear su afianzamiento; pero es innegable que en el último año esta idea avanzó mucho más que en los 10 años anteriores.
Desde la perspectiva económica nos encontramos ante una coyuntura positiva para reorientar el sentido de la gestión pública. El Estado se ha recuperado de manera favorable y está en condiciones de replantear políticas de desarrollo e impulsar un proyecto en este sentido. Pese a que aún no ha modernizado sus estructuras, ha ido encaminando las políticas sociales positivamente desde el punto de vista de la inclusión en un modelo de desarrollo.
Sin embargo, existen innumerables problemas sustanciales a abordar desde la gestión pública. Con el objeto de simplificar el análisis, a continuación se mencionarán seis de ellos, tal vez los más relevantes, pero sin dejar de reconocer la persistencia de una compleja problemática más abarcativa.
1. La reducción de la pobreza y la indigencia
El primer desafío es la reducción de la pobreza y la indigencia. Hay un 33 % de pobres, un 11 % de pobreza estructural y un 22 % de nuevos pobres 1. Estos números incluyen situaciones muy variadas; entre ellas, una gran proporción de gente cuya condición social fue empeorando progresivamente y se encuentra totalmente descapitalizada. Una parte, quizá, todavía interactúa en el mercado pero de manera muy poco satisfactoria (es el caso de quienes se dedican a varios oficios: gasista, plomero o carpintero; o que realizan pequeñas changas de manera intermitente pero encuentran serios obstáculos para insertarse en el mercado laboral).
En ese sentido, pensar la solución de la pobreza en la Argentina no es lo mismo que hacerlo para otros países de América latina donde la necesidad puede ser sinónimo de construcción de cocinas o baños para quienes viven en condiciones de vulnerabilidad social. En la Argentina, la problemática no se concentra en este tipo de carencias. La política social requiere una dinámica que impulse el reingreso al mercado laboral, con capacitación y capitalización de los sectores. Esto se debe a que entre nosotros no sólo es pobre el que no tiene baño o cocina en su casa, sino también aquel cuyos ingresos no le permiten una adecuada calidad de vida.
Vinculado a ello surge la discusión acerca de distintos aspectos de las políticas sociales: ¿es posible plantear políticas universales?, ¿deben apuntar a la producción y al trabajo o reducirse a la contención?, ¿qué esquemas se presentan en la Argentina?
2. Cómo reducir las brechas de desigualdad
La segunda cuestión relacionada con la gestión pública es el problema de la desigualdad y cómo reducir esa brecha. Aceptando el argumento de que ha cambiado al menos parcialmente el modelo económico de un esquema financiero a otro más centrado en la producción, la situación se presenta problemática porque es evidente que, a pesar de ello, no se ha reducido significativamente la desigualdad. Aquí es donde aparece la centralidad de temas como reformas tributarias, ingreso ciudadano universal, organización de las gestiones, relocalización del territorio y otros que acarrean desigualdad y que deberían por lo menos bosquejarse en el marco del debate. También, el planteo acerca de hacia qué modelo de desarrollo se deben orientar las políticas desde el Estado y qué tipo de actividades productivas resultan más distributivas. E implica repensar el concepto de desarrollo básicamente en el sentido de qué se entiende por tal en los niveles provincial y nacional y cómo se articulan crecimiento económico e inclusión social.
En los últimos tiempos, se ha acentuado la tendencia a incorporar el concepto de capital social en relación con los problemas de desigualdad y pobreza. Se trataría de establecer e identificar los valores éticos dominantes en una sociedad, su capacidad de asociatividad, el grado de confianza entre sus miembros y la conciencia cívica como parte de un capital a partir del cual fortalecerse. El mero reduccionismo economicista es una visión estrecha y lleva a políticas ineficientes (Kliksberg, 2004). Esto efectivamente deriva de una escuela cuyo propósito ha sido ir más allá de lo económico y asumir la dimensión social. Pero es necesario ser cuidadoso, porque se corre el grave riesgo de escindir lo social de lo económico. Si se considera que el eje central de la política social es la atención de los problemas y que el eje central de la política económica es generar desarrollo económico, el rol de la política social queda reducido a atender a la gente. El capital social sería entonces cuestión de la política social, y el capital económico cuestión de la política económica. Ese esquema en la Argentina ha funcionado poco porque la economía no ha producido el llamado efecto derrame. En consecuencia, la política social atiende a los que tienen problemas y quienes guían la política económica no consideran este aspecto. Es preciso comenzar a analizar con mayor profundidad las intersecciones entre política y economía.
En este sentido el concepto de capital social recupera su importancia fundamental si se lo piensa en relación con el capital económico y el capital humano. ¿Qué es lo prioritario hoy? Para que haya menos pobreza en la Argentina tiene que haber más capital económico para los sectores de menores ingresos. Estas personas necesitan dinero para capitalizarse y dar un salto cualitativo en su calidad de vida. La pobreza es multidimensional e implica una infinidad de cuestiones, pero cuando se trata de ver cuál es la variable independiente, resulta claro que es el ingreso.
A propósito de los ingresos para los sectores vulnerables, resulta pertinente destacar la discusión que se está llevando a cabo en torno a las microfinanzas y al microcrédito como herramienta para contribuir a la autosustentablidad. El eje del debate ha superado la conveniencia o no del microcrédito en el impacto contra la pobreza y la desigualdad. Ahora se sitúa en si las actividades microcrediticias deben institucionalizarse o no, qué tipo de regulaciones son necesarias o no. En este contexto, lo imprescindible es encontrar criterios que compatibilicen la sostenibilidad y autorreproducción del fondeo para las microfinanzas con la sustentabilidad de las actividades a las que se pretende asistir.
Hay que debatir esa línea de trabajo y, en ese sentido, establecer prioridades y soluciones, distinguiendo los ámbitos respectivos de las ciencias sociales y el de la gestión. Cuando se trabaja en las ciencias sociales se busca hacer un diagnóstico, se trata de ampliar el panorama para una comprensión integral. Cuando se trabaja en la gestión, en ocasiones, es preciso acotar, focalizar y tomar decisiones asignando recursos según el presupuesto disponible. Hoy en día, es probable que haya que poner el acento en la capitalización y el financiamiento para que los sectores de menores ingresos puedan incluirse en el mercado laboral.
3. Formalidad e informalidad laboral
En tercer lugar, la situación en materia de ocupación y desocupación: el sector formal y el sector informal. La Argentina tiene actualmente un 52 / 53 % de sector formal y un 46 / 47 % de sector informal 2. En el sector informal se incluyen quienes trabajan en negro (el empleador no paga lo que debería o lo hace parte en blanco y otra en negro), quienes tienen cotidianeidad pero no están formalizados, los cuentapropistas (que trabajan en changas) y otras variantes de informalidad a escala más masiva.
La informalidad no sólo es un problema en términos de tributación para el Estado y de derechos sociales. Constituye además un enorme obstáculo para el diseño de las políticas públicas porque implica la falta de información fidedigna. Un buen carpintero que hace muebles a medida y gana $ 1.500 por mes, técnicamente es un jefe de hogar desocupado: nadie le pide factura por hacer muebles en una casa, no se encuentra inscripto porque no lo necesita; y, por lo tanto, se halla dentro del sector informal.
Un 46 % de informalidad obliga a que los diseños se lleven a cabo a partir de estimaciones, porque no existe una base de datos sustentable. No hay por lo tanto información certera. Es posible cruzar cierta información y algunos elementos ayudan, como la encuesta permanente de hogares (EPH), pero, en términos reales, es totalmente insuficiente y se erige como una gran limitación.
4. Hacia un plan de desarrollo nacional
El cuarto punto de debate en torno a la gestión de las políticas públicas se refiere a discernir si existe en la Argentina un plan de desarrollo o, en su defecto, cómo debería ser. La noción de desarrollo a nivel local se ha puesto muy de moda en la Argentina, se han realizado muchos trabajos, han surgido múltiples ideas y debates. Aunque se ha avanzado en los últimos tempos, persiste la necesidad de establecer metodologías más acordes a la realidad del país. Esto alude a lo que sería el plan estratégico, que ha dado aportes muy importantes en cuanto a lineamientos pero ha quedado entrampado con tiempos de planificación poco adecuados para la situación de nuestro país. Es decir, ningún municipio en la Argentina puede pasar 2 años discutiendo su rumbo económico porque no hay suficiente estabilidad ni seguridad para planificar a largo plazo. Con sólo observar al gobierno local, se advierte que el intendente el año próximo va a estar en campaña electoral. En ese sentido, el plan estratégico ha dado aportes importantes en cuanto a lineamientos pero ha quedado entrampado con los tiempos de planificación que no parecen ser los adecuados a la Argentina de hoy.
Por otra parte, hace falta plantear el tema del modelo de desarrollo a escala provincial y nacional. Y en este marco, definir si es tarea del Estado la definición de los ejes estratégicos de desarrollo productivo de los próximos años o si corresponde al mercado asignar las prioridades por su propia cuenta. Comprender y desentrañar esto es central, considerando que el Estado posee un rol fundamental en la planificación de los lineamientos y en el caso de la convergencia del aspecto social con el productivo como impulsor de la complementariedad, la interrelación y la articulación de los diferentes actores involucrados.
Si el objetivo es dirigirse hacia un modelo de desarrollo con inclusión, es preciso producir cambios estructurales. Y éstos exceden los cambios de rumbo e implican la instauración de planes o programas a mediano plazo.
5. La crisis de representación
El quinto punto se refiere a la crisis de representación o legitimidad política. Aquí se presenta también una segunda generación de problemas. No sólo existe la crisis de la política en torno a la escasa participación del ciudadano que se reduce objetivamente al momento de votar en cada elección. Ésta constituiría la crisis de primera generación que se expresa en el ciudadano desenganchado y descreído, que ve por televisión la escena pública y el espectáculo político. La segunda instancia es más compleja y se verifica en la falta de creencia en el propio discurso público. De alguna manera, se evidencia fuertemente que los ciudadanos tienden a decodificar lo que está diciendo el actor público, intentando descubrir dónde está el engaño o la mentira, o qué otra cosa se está diciendo. Esto se agrava ya que, en términos generales, se acierta cuando así se procede, fortaleciendo la idea de que justamente hay que leer entre líneas y no creer lo que dice el funcionario público. Esto es un obstáculo medular para generar políticas públicas.
6. La situación de los jóvenes
Por último, cabe observar otra problemática importante que vincula la pobreza con los jóvenes. Hay casi 800.000 jóvenes de 18 a 25 años que no estudian ni trabajan y son un núcleo central del conflicto.
La exclusión juvenil no sólo se asocia a lo social y económico, sino también a lo cultural, al no encontrar sentido al futuro. Hay jóvenes que tal vez sí estudian o trabajan y, sin embargo, poseen la misma sensación de vacío y de desconexión con la sociedad que el resto. Por otro lado, muchos de los padres de estos jóvenes fueron expulsados del mercado de trabajo o han experimentado una precarización en su condición laboral, lo cual refuerza una visión por parte de sus hijos que no privilegia la educación y el esfuerzo como forma de pensar el futuro mejor. Esta situación rompe con una tradición cultural muy arraigada en los sectores medios y populares de la sociedad argentina, de posibilidades de ascenso social en función del esfuerzo personal y laboral. Si el grueso de los jóvenes no tiene ningún vínculo con la sociedad, se vislumbra por lo menos problemático el modelo de sociedad al que nos dirigimos, que tendería a su atomización y a la desarticulación con el Estado y la acción pública. Muchos jóvenes han perdido el interés por la política y las transformaciones sociales. En ocasiones, asisten a la escuela no porque sientan que aprenden o se interesen por ello, sino porque es un ámbito de contención y fuera de él tienen escasísimos puntos de vinculación con el resto de la sociedad.
Algunas conclusiones
Los cambios observados en los indicadores económicos de los últimos años, que no encuentran resonancia en el nivel de desigualdad y exclusión social, introducen a la problemática del diseño de un modelo de desarrollo productivo sustentable y a la vez redistributivo de la riqueza, y más inclusivo.
Para su diseño, es menester el fortalecimiento de los canales de interacción entre el Estado, la sociedad civil y el sector privado con el objetivo de generar consensos, compromisos y apoyos mutuos.
Es preciso que el Estado pase a una segunda etapa de gestión, modernizando las estructuras organizativas internas para que la nueva orientación adoptada en materia de políticas públicas no quede en un mero cambio de rumbo. Para ello es fundamental la apertura de canales que impulsen la participación de la sociedad civil para llevar a cabo una reorganización concertada integralmente.
La situación actual plantea para la gestión varios desafíos: la problemática de la pobreza y la marginación, la desigualdad social y económica, las limitaciones que imponen la informalidad masiva en el mercado laboral, la crisis de representación y legitimidad política y la situación anómica de los jóvenes.
Sin embargo, éste constituye un momento propicio para el replanteo de la amplia gama de problemáticas que enfrenta la gestión pública, porque hoy el Estado se encuentra fortalecido tanto en su poder económico como político y posee la capacidad para dirigir ese proceso.
Notas
1. Fuente INDEC.
2. Para mayor información buscar información en el Ministerio de Trabajo. Índice de Secciones del Boletín de Estadísticas Laborales.
BIBLIOGRAFÍA
- Arroyo D. (2006) Comentarios sobre el barómetro de la deuda social Conferencia UCA, 29 de marzo de 2006, Buenos Aires.
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- Arroyo D., Bertolotto María, Cereijo Graciela, Clemente Adriana: Políticas Socioproductivas para el Desarrollo Local, IIED-AL, Fundación Tinker, Buenos Aires, 2005.
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- Arroyo, D., Casalis, Alejandro, Clemente Adriana, Di Lena Oscar, García Delgado Daniel: El desarrollo local en el eje de la Política Social, AECI, PNUD, Buenos Aires, Abril 2006.
Departamento de Investigación Institucional de la UCA (2005) Barómetro de la Deuda Social: Desigualdades persistentes, Casano Gráfica, Buenos Aires.
Kliksberg, B. (2004) Más ética, más desarrollo, Editorial Temas, Buenos Aires.
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Touraine A. (1995) Qué es la democracia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
Vuotto, M. (2003) Economía social. Precisiones conceptuales y algunas experiencias históricas, Editorial Altamira, Buenos Aires.
Caminar en el amor
A partir del ya célebre discurso en la Universidad de Ratisbona, el viaje de Benedicto XVI a Turquía suscitó preocupaciones y malos augurios. Grupos fundamentalistas musulmanes anunciaron represalias contra el Papa e incluso los lobos grises, facción a la que perteneció Alí Agca, ocuparon Santa Sofía para exteriorizar su repudio. Sin embargo, este viaje apostólico, que no ha transcurrido en olor de multitud como los tres anteriores suyos y muchos de los de su predecesor, tradujo en múltiples gestos la potencia de la esperanza, la paz y la oración.
El Papa llegaba a Turquía, donde la revolución de Attaturk instaló un Estado laico, dentro de un proceso de modernización que hasta arrasó con el alfabeto y brindó a la mujer posibilidades inexistentes en otros países con la misma religión.
Dos comentarios al respecto. En las últimas décadas, el crecimiento del factor religioso puso en cuestión ese modelo. Tanto es así, que el primer ministro Recep Tayyip Erdoðan pertenece a un partido que procura la islamización del país al compás de procesos similares en otras partes del mundo. A su vez, las minorías cristianas, identificadas con lo extranjero padecen diversas formas de discriminación cuando no son víctimas de masacres, como la de los armenios, o intercambios de población, como los griegos.
Si bien se había anunciado que la actividad del premier Erdoðan impediría un encuentro con el Papa, finalmente éste ocurrió en el aeropuerto, y la conversación mantenida fue un primer signo de distensión. Benedicto XVI en más de una oportunidad se refirió a la libertad religiosa como primer derecho humano, tema de la mayor importancia con miras al difícil intento turco de ingresar a la Unión Europea. En tal sentido, su definición de Turquía puente entre Oriente y Occidente, como gran país moderno que eligió ser un Estado laico que reconoce la realidad de la mayoría musulmana del país, tiene valor dentro y fuera de las fronteras turcas. El pensamiento papal expuesto en el discurso al cuerpo diplomático acreditado en Ankara podría haber despertado en otros tiempos nuestras suspicacias frente al ideal del Estado confesional, pero hoy ocurre lo inverso. El Episcopado español, ante un gobierno laico que tiende a reducir a la religión a la esfera privada, se identifica con el modelo propuesto en Ankara: un Estado laico que no relega la realidad religiosa.
Benedicto XVI confirmó en la fe a la pequeña grey, atomizada en varios ritos, y lo hizo desde la casa de María, la Madre de Dios (Theotokos) y Madre de la Iglesia en Efeso. En la homilía de la misa hubo un recuerdo para el padre Andrea Santoro, italiano asesinado poco tiempo atrás por un fanático musulmán, y una fuerte apelación a la paz en el mundo y en especial en Tierra Santa, anticipo quizá de que el papa Ratzinger siga allí las huellas de sus predecesores, según lo hizo en este viaje a Turquía.
En las visitas de Pablo VI y de Juan Pablo II la relación con el Islam no había alcanzado la relevancia que cobró en esta oportunidad. Hoy es uno de los grandes temas del diálogo interreligioso e intercultural y un conflictivo y desconcertante problema de integración con Europa. Benedicto XVI, después de Ratisbona, ha insistido en que ese diálogo sea autocrítico, que no eluda encarar los problemas ni las diferencias fundamentales de ambas religiones. La basílica, luego mezquita y ahora museo de Hagia Sophia (Santa Sabiduría) fue uno de los lugares visitados en Estambul, con toda la carga histórica y religiosa que conlleva desde la caída del Imperio Bizantino. O antes: desde la aún hoy traumática toma de la ciudad por los cristianos latinos en 1204, que motivó el pedido de perdón de Juan Pablo II en oportunidad de su viaje a Grecia. El Papa fue luego a otro de los fascinantes lugares de Estambul, la Mezquita Azul. El muftí hizo algo que en situación inversa no sé si dignatarios cristianos harían. Dijo: Ahora hay que rezar, y lo hizo, cara a la Meca, en su lengua y según su fe. El Papa, dentro del espíritu de Asís, se recogió en silencio, quizás ensimismado en su propia oración de cristiano, en un momento cuya emoción no se nos escapa. Benedicto XVI ha reafirmado el aprecio de la Iglesia por el Islam, al cual definió como religión de paz y tolerancia, y exhortó a trabajar en la profundización de los valores comunes.
Por último, lo esencial del viaje: el encuentro con el patriarca Bartolomé I. Detalle anecdótico: ambos se conocen desde los tiempos del Concilio Vaticano II; Ratzinger como perito, el hoy Patriarca como observador. En la festividad de San Andrés, el primer llamado, los sucesores de los dos hermanos se abrazaron y reiteraron el anhelo de sus predecesores de que alguna vez, en el tiempo que sólo Dios conoce, la perfecta unidad se manifieste ante el cáliz compartido. Desde el final del Concilio, cuando Roma y Constantinopla declararon abolidas las recíprocas excomuniones de 1054, se han propuesto caminar en el amor. Los tropiezos, particularmente tras la caída del comunismo en Europa Oriental, demoraron la marcha pero no el rumbo. Ambos hermanos han compartido esta vez la preocupación por el avance del secularismo en Europa y el escándalo de la división de los cristianos. Juan Pablo II en Ut unum sint invitó a las otras confesiones a ayudar a pensar la forma, no la sustancia, del ejercicio del servicio de Pedro. Benedicto XVI ha recordado y renovado esa convocatoria frente al primus inter pares de la ortodoxia. La búsqueda de la unidad cristiana estuvo presente en otros encuentros, uno de ellos con el patriarca armenio, en una tierra donde los judíos perseguidos y expulsados encontraron refugio siglos atrás.
La expectativa está puesta ahora en el continente de la esperanza, pues en mayo del año próximo Benedicto XVI vendrá a confirmar en la fe a millones de católicos de América latina en Aparecida, Brasil.
Romance de los dos sueños
II.
Nazareth, guante de espuma
en el desierto caído.
En la casa del Sol hay sombra,
¡qué frescura irradia el Niño!
Su sueño es hilo de luna
por los ojos extendido.
Le nace de pronto un llanto.
La Virgen que lo ha sentido,
baja una mano de seda
sobre el rostro ensombrecido.
Madre, ¡qué sueño tan triste
el que esta noche ha venido!
¿Qué sueño puede turbarte,
si eres un sol hecho vino?
Soñaba sueños de un hombre
en cruz clavado y herido;
nadie mi muerte lloraba
sino tú, que eras conmigo.
La fresca mano lo duerme;
se ha vuelto a dormir el Niño.
Los ojos que por Él velan
saben llorarlo sin ruido.
(De Nochebuenas. Tiago Biavez. Buenos Aires, 2000)
Dios fuera de los templos
Luisa Valmaggia: Cuando José María Poirier me invitó a coordinar esta mesa tuve la gran tentación auto referencial de pensar qué me estaba pasando a mí con la fe, la religión y mis vínculos con la institución. Pero luego me dije: así sólo estaría hablando de un número más en una estadística. Entonces, para dar un marco adecuado a las exposiciones del padre Rafael Braun y del rabino Sergio Bergman recurrí a un libro de la socióloga Marita Carballo, Valores culturales al cambio del milenio (Nueva Mayoría, 2005) en pos de de algunos datos sobre lo que está ocurriendo hoy y que se percibe en la sociedad como un: creo, pero no participo institucionalmente.
Desde 1983 hay un incremento sostenido y muy importante del número de personas que se consideran religiosas, particularmente en la década que va del 84 al 94. Se destaca como muy alta la importancia de la religión en la vida de las personas: la mitad de los entrevistados así lo declara. Esa cifra aumenta si le sumamos el 37% que la considera bastante importante. En consecuencia, un 87% da un valor positivo a la religión. Del estudio también se desprende que los argentinos establecen una comunicación personal con Dios, rezan con suma frecuencia, y seis de cada diez lo hacen al menos una vez por semana. El 78% manifestó su adhesión al catolicismo, y en el primer año del milenio hubo un pequeño aumento de adeptos a otros credos o confesiones, con preeminencia del evangelismo. Las demás manifestaciones religiosas protestante, judía y musulmana presentan estabilidad numérica. Sin embargo, es bajo el grado en que los argentinos practican su culto. Sólo el 21% de los encuestados asiste al templo semanalmente. Un 30% no va nunca, o sólo concurre en ocasión de bodas, funerales y otros rituales. Casi la mitad de la población asiste sólo una vez por año. Hay, pues, gran diferencia entre adherentes y practicantes.
Le pedimos en primer término al rabino Sergio Bergman que nos dé su percepción sobre lo que se está viviendo. ¿Este fenómeno tiene que ver con una redefinición de roles, jerarquías o autoridades dentro de las instituciones religiosas? ¿Se trata de un momento particular donde la relación personal prevalece sobre lo institucional? ¿Qué es lo que la gente busca y no encuentra, y por eso resuelve sostener una relación personal con Dios, y no a través de las instituciones?
Sergio Bergman: Agradezco a CRITERIO la oportunidad de compartir algunas reflexiones sobre Dios fuera de los Templos - Cómo es creer y no participar institucionalmente, y en presencia de uno de mis maestros, el padre Rafael Braun. Siempre que tengo la oportunidad de compartir con él, reconozco el honor que ello me confiere: estar en presencia de un maestro en el espíritu de diálogo y la convicción genuina.
En los últimos tiempos ya se toma como algo casi obvio o natural, políticamente correcto, que las religiones estemos en diálogo. Pero esto es así porque hubo hombres que, en tiempos donde todo esto era muy difícil, arriesgaron y labraron la tierra para que la semilla fértil diera, después, su fruto. Entre ellos, Rafael Braun. Por eso nuestro agradecido reconocimiento.
Yo soy uno de los que recoge los frutos que él sembró, y lo digo de corazón.
Para aportar alguna respuesta a este problema universal se requiere de mi parte una primera aproximación acerca de qué es el judaísmo.
Debo aclarar desde qué lugar voy a hablar para responder a esa pregunta. Quisiera hacerlo desde una perspectiva universal, no desde lo específico de la Comunidad Judía.
Me pregunto qué nos pasa -a todos nosotros- como Comunidad Argentina.
Quiero hacer, primero, una salvedad: en la Comunidad Judía estamos trabajando mucho, ahora, y es parte de los acontecimientos que son públicos.
Uno tiene que definir, tanto para responder a estas preguntas como para muchas otras, si va a vivir en un ghetto o va a ser ciudadano.
La palabra ghetto para el pueblo judío tiene una connotación muy especial.
El término técnico que hoy utilizamos en la Argentina es corporación, que funciona como equivalente a ghetto. Por lo tanto, o somos parte de una corporación o somos parte de la ciudadanía.
¿Qué le pasa hoy a la ciudadanía con su religiosidad, su espiritualidad y su vínculo con la religión?
Ese sería para mí el título guía de esta tarde.
El judaísmo no es sólo una religión es además una cultura y una civilización, contestar esta pregunta desde el judaísmo tiene algunas singularidades, dado que no se puede hablar de judíos practicantes y no practicantes.
Hay judíos que adscriben al judaísmo sólo desde su pertenencia cultural y civilizatoria, pero son tan judíos como los que practican la religión. Esta diferencia es importante para poder contestar la pregunta, porque la pregunta no sería sobre creer en Dios desde la identidad judía y no participar de la vida sinagogal, pues uno puede participar y pertenecer a la cultura, civilización e identidad judías y no sólo no creer sino negar al mismo Dios. Algo, claro, que no avalamos ni aprobamos desde nuestra posición religiosa; pero eso no significa que podemos sacar la tarjeta roja y apartar del equipo a miembros de la familia judía que adscriben a su identidad pero no por una práctica religiosa.
Hecha esta salvedad, las estadísticas, sobre la asistencia de los judíos al Templo, pierden la fuerza del paradigma que se intenta corroborar a través de la encuesta. Nosotros seguimos teniendo un esquema básicamente tribal y caótico, en el sentido de que todos podemos pertenecer a este conjunto de cultura judía, y no necesariamente adscribir a las mismas posiciones. Por lo tanto, si donde hay dos judíos hay tres ideas, el hecho se multiplica porque tienen tres ideas y seis prácticas alternativas.
Ahora bien, la religión es una Institución. Como toda institución está formateada para preservarse a sí misma, en primera instancia; por lo tanto muchas de sus energías están asignadas a las dimensiones de autoridad y poder que hacen que la misma institución pueda continuarse, en función de sus verdades, principios y fundamentos.
Hay diferencia entre fundamentos y fundamentalismos.
El fundamento es valioso e importante. Si nosotros no tenemos fundamentos ni principios de verdad no podemos ser auténticos; ni en nuestra fe, ni en nuestra cultura, ni en nuestra posición frente a la vida. El tema es, no llevar las cosas al extremo de no admitir el fundamento del otro. En consecuencia, uno no le puede pedir a la Institución que ponga como prioridad, atendernos a todos nosotros y a nuestras necesidades personales y subjetivas, porque de lo contrario la Institución no cumple con su fin, que es instituir y mantener instituida la dimensión de los fundamentos de la religión.
Otra consideración atañe a la religiosidad.
Religiosidad vista como la subjetividad individual de cada uno de nosotros que, en diálogo con la religión, va generando un espacio de transferencia, por el cual esos fundamentos de la religión como institución tienen que ser incorporados, sostenidos y practicados por la persona.
Como uno de los fundamentos es que el individuo viva en comunidad, ya sea su familia, su Parroquia o su Institución, si el individuo en la subjetividad de su religiosidad no participa de las Instituciones, deja de cumplir con uno de los fundamentos. Pero no los de la institución, sino de su religiosidad. Por tanto, la conexión entre uno y otro es armónica, sinérgica, creativa. Y al mismo tiempo tiene límites de normatividad y de autonomía que deben prefijarse.
Las instituciones deben ser normativas, de lo contrario, no son instituciones.
La subjetividad es un espacio sagrado de autonomía donde cada cual debe asumir, sostener y cumplir una praxis coherente y auténtica de uno mismo en relación con la Institución. Y nunca perder la conciencia y la libertad de esa autonomía responsable, a través de la cual uno crece en su religiosidad; que no se somete ni se subordina a la religión.
Es un diálogo creativo y sinérgico que se complementa.
La última dimensión podría englobar éstas y otras expresiones: se trata de la dimensión de la espiritualidad.
La espiritualidad en términos de un desarrollo del potencial humano, porque todo lo humano es espiritual, independientemente de la tradición religiosa donde se despliegue.
Lo humano es espiritual, y eso es el común denominador que nos hace humanos. La espiritualidad, que muchas veces está monopolizada por nosotros los religiosos, puede ser expandida y diversificada en otras expresiones que permitan a las personas no sólo asistir a las Instituciones y tener prácticas formales, sino también desplegar el potencial de lo espiritual para servir a lo humano que son, y a lo divino que representan. Crean o no en esa dimensión.
La ventaja, que en ese sentido, tenemos quienes creemos es ver cualquier expresión espiritual como una manifestación divina.
Vemos a Dios en ese potencial espiritual. Creemos que lo espiritual de la manifestación de Dios va más allá de la expansión de la propia conciencia. Creamos o no en Él, y lo hagamos o no en su nombre, su nombre y su esencia están puestos en nosotros y en la acción espiritual, porque se trata de una dimensión trascendente y trascendental a la conciencia de lo humano. Si no fuera así, D estaría preso o subordinado a la construcción intelectual y cultural de lo humano; entonces, en lugar de habernos hecho Él- a su imagen y semejanza, nosotros lo estaríamos creando a nuestra imagen y semejanza. Como Él nos trasciende, no requiere de nosotros, sino que existe a pesar de nosotros; y en la obra de nuestras manos.
Rafael Braun: Cuando habla Sergio, que es muy inteligente, siempre lo hace desde el corazón; y por eso, cuando se refería a mí como maestro debe ser por la distancia de edad que nos separa. En todo caso, acepto ser maestro porque él es un discípulo que ya me superó.
Voy a dividir en dos partes mi exposición. Primero analizaré el tema de la desinstitucionalización desde el punto de vista de la cultura actual. Me parece que hay un proceso general de desinstitucionalización de la sociedad. Por ejemplo, ello ocurre en la familia y en la escuela, que es como una prolongación de aquella. Doy una cifra proporcionada por el rector del Colegio Nacional de Buenos Aires: hay 4.000 alumnos y 10.000 o 12.000 padres, porque son tres por cada chico, en promedio. Más del 60% de los chicos no vive con sus padres. Esto indica que hay valores que prevalecen sobre el de una institución formal. La gente convive, se casa o no, tiene hijos (que pueden ser de uno, dos o tres padres). Es decir, el grado de contención familiar ha bajado.
En mi juventud, los bailes de carnaval se hacían en clubes y concurría toda la familia. Había una correspondencia entre el club y la institución familiar. Hoy no. Lo que vale es el dinero para ir a un boliche masivo, impersonal, y a megaeventos musicales más impersonales todavía.
Otro aspecto es la crisis institucional de los partidos políticos, de los sindicatos y de las asociaciones empresarias. La baja tasa de sindicalización y de participación en los partidos políticos son fenómenos no sólo privativos de la Argentina, sino también visibles en otras partes del mundo. En el primer caso porque los trabajadores ya no están sindicalizados, entre otras causas debido a que ya no trabajan en la industria sino en el sector servicios. Estos fenómenos se deben examinar desde el punto de vista sociológico. Yo no soy sociólogo, así que mi mirada será más filosófica que sociológica.
El segundo aspecto a señalar desde el punto de vista de la cultura es lo que a mí me parece un proceso de privatización de la vida, una especie de culto a la autonomía personal. La autonomía es el valor de las sociedades posmodernas. Pareciera que el plan de vida de cada individuo tiene preeminencia sobre cualquier institución. La materia mayor de debate es cuáles son las acciones privadas de los hombres en contra de la moral pública. El famoso artículo 19 de la Constitución Nacional. Hoy esto es materia de discusión, pero a favor de lo privado y no a favor de lo público. De ahí la absoluta crisis de lo público, porque ya no hay fundamentos. La vida se privatiza y cada uno hace lo que quiere.
Tercera observación: cuando uno analiza las creencias de la posmodernidad donde estamos inmersos advierte la pérdida de toda pretensión como la hubo durante la Revolución Francesa de instaurar un culto a la diosa razón. Diría que hay un culto casi desenfrenado a la irracionalidad. Basta ver el papel del ocultismo en la cultura contemporánea, de movimientos como New Age, Cientología o Umbanda, entre tantos otros, basados en la más cruda irracionalidad.
Voy a hablar en particular de la Iglesia católica, donde siempre se ha buscado entender racionalmente la propia fe. En los cultos mencionados, en cambio, la irracionalidad impide siquiera el esfuerzo por buscarla. Diría que esto es consecuencia de la crisis intelectual que conlleva la posmodernidad, donde ya no se reconoce ninguna verdad objetiva ni tampoco ningún bien objetivo. La discusión, pues, queda librada a una cuestión de poder. Los conflictos no se resuelven con el diálogo, con razones, sino sumando opiniones. La encuestología domina al mundo, acá y en todas partes. Y los conflictos entre opiniones se resuelven por la fuerza. Trasímaco, un viejo sofista de La República de Platón, definía a la justicia como la voluntad de los fuertes, y a la ley como el invento de los débiles para frenar la justicia verdadera, que era la justicia de los fuertes. Esto es lo que el posmodernismo nos lega.
En la Iglesia católica observamos la influencia de esta cultura. Hay una privatización creciente de la fe. ¿Cómo se manifiesta? Poniéndolo en expresión popular, diría que hay cada vez menos gente que pide el menú fijo, porque quiere un menú a la carta. Creo esto pero no aquello otro; acepto esto pero no acepto aquello. Pero ya no como en el proyecto de la Ilustración de hacer una moral meramente racional, con creencias sólo racionales. No; se trata de opiniones, de gustos sin mucho fundamento. La dificultad es aceptar una enunciación de fundamentos no negociables: o sea un menú fijo, en nuestro caso la proclamación de nuestra fe en un credo. La gente dice yo también creo en la reencarnación, y no se preocupa por saber si reencarnación y resurrección son la misma cosa, si son compatibles o no, porque eso no entra en la razón. Por ahí leen algo de pensamiento oriental, pero ignoran que en Oriente hay que escapar de la reencarnación. Acá quieren ballottage, quieren más reencarnaciones, porque creen que van a progresar en las reencarnaciones; cuando es exactamente lo opuesto. Esto se comprende sólo desde la irracionalidad. Cada uno quiere su fe, su sistema de creencias. Es la privatización de la fe.
Lo segundo es la privatización de la moral cristiana. Es un mismo proceso, no en relación con la verdad, de lo que hay que creer, sino de lo que hay que obrar, lo que hay que hacer. Quizás el caso más evidente y más difundido por los medios de comunicación sea la no aceptación de la enseñanza de la moral sexual en la Iglesia católica. No es tanto la discusión sino la praxis.
Para empalmar con lo dicho por Sergio al hablar de vivir en un ghetto o ser ciudadano, diré algo con sentido de autocrítica. Es un verdadero escándalo el nivel de ciudadanía que la Iglesia católica ha logrado tras cinco siglos de evangelización en América. Los católicos no tenemos formación política, económica, ni social. Me limito simplemente a ver los resultados de nuestras sociedades que, en comparación con otras culturas, dan lástima. Así pues, desde mi lugar en la Iglesia católica me hago cargo de este resultado histórico.
Veamos algunas de las causas de esa desinstitucionalización en la Iglesia católica. Una, aunque no sé si la más importante, es la falta de ejemplaridad en la conducta de los pastores. No necesito recordar las crisis de otros países. Aquí ha habido casos resonantes, imposibles de imaginar veinte años atrás. Y aquí no todo lo que ocurre se publica, como sucede en otros países. Pero nosotros, que conocemos la interna, sabemos la falta de ejemplaridad de nosotros, los pastores.
También existe un clericalismo expulsor de la participación del laicado. A mi juicio, la intuición del Concilio Vaticano II acerca de la Iglesia como misterio y como pueblo de Dios (en vez de concebirla como una institución que se perpetúa a través de una jerarquía de poder), no ha impregnado suficientemente la cultura de la Iglesia local. Y esto en un doble sentido. Primero, porque dentro mismo de las estructuras eclesiales ese clericalismo se manifiesta con fuerza, negando autonomía y participación a los movimientos laicos. De ahí que en aquellos más ligados a las estructuras de la propia Iglesia (la Acción Católica, por ejemplo) se observa una notable disminución, en presencia y número, con respecto a lo que fue en los años 50. Surgen entonces nuevos movimientos o nuevas formas que tratan de evadir ese control, que algunos llaman masculino. Yo creo que es clerical. Segundo, porque muchos laicos sienten la falta de libertad respecto de su presencia en la vida política, económica y social, mientras el magisterio de la Iglesia se cree en la obligación de opinar sobre todo, quitándoles a los laicos la legítima opción, a partir de la misma fe, de tener compromisos distintos en aquellas materias. Empero tenemos una ventaja en nuestro país: no hay ningún partido político ligado más o menos estructuralmente a la Iglesia católica y los católicos están distribuidos en todos. Esta falta de autonomía pesa, sobre todo en la desinstitucionalización. Lo que no se puede hacer dentro se hace afuera en ONGs, con autonomía. Por último, me parece que hay muchas estructuras obsoletas, que lejos de incluir, están fuera del ritmo de la vida urbana. Por ejemplo, las parroquias. Son estructuras acordes con un ámbito agrario, de pueblos chicos, que no se compadecen con una ciudad como Buenos Aires donde hay 185 parroquias. La gente vive en la jurisdicción de una parroquia, pero el fin de semana se aleja, va a descansar a otro lugar, practica deportes en un tercero, de noche concurre a los megaeventos musicales. Todo esto lejos de la vida barrial, como ocurría hace cien años. Este desacople incide, y mucho, en el nivel de participación institucional.
Concluiré con una reinterpretación del título: Dios fuera de los templos. ¿Qué entendemos por templo en la Iglesia? No es básicamente el edificio. El edificio se creó porque no había sitio en las casas, y era una dimensión importante de la fe cristiana formar parte de un pueblo. Y un pueblo tiene que reunirse para celebrar, al abrigo de la intemperie, de la lluvia, del sol. Por eso se construyeron las iglesias. Pero el verdadero templo y eso lo recordamos en la liturgia es la comunidad eclesial formada por piedras vivas. Porque el templo somos nosotros, somos las personas, no el edificio. Y en ese sentido, puede decirse que Dios está dentro de los templos. Es lo que decía Luisa respecto de las estadísticas de Marita Carballo. Uno ha tenido muchas experiencias de gente que viene a confesarse después de años, y dice que nunca ha ido a misa, pero que no ha dejado de rezar un solo día. En la enseñanza de Jesús, el culto no es en esta montaña o en aquella otra, sino en espíritu y en verdad. Y en tal sentido, uno puede decir que la religiosidad en los templos de las personas se da, pero no siempre se sintoniza, por todas estas causas que he tratado de enumerar, con lo que podríamos llamar la Institución. La Iglesia es un misterio antes de ser institución. Es una presencia salvífica de Dios en la historia. Tiene algo visible, una dimensión objetiva, pero lo más importante es lo invisible, la presencia del Espíritu Santo en las personas, no sólo de la Iglesia visible, sino de la Iglesia invisible. Porque quien busca la verdad y el bien o practica el bien que su conciencia le dicta, está vinculado al Salvador, a Jesucristo.
Este sería mi primer análisis de esta realidad. Hay privatización, hay des-institucionalización en la cultura. Y eso se refleja en las comunidades religiosas, porque me parece que las comunidades no viven en un ghetto, separadas. Forman parte de la cultura: a veces, la informan; otras, son influidas, corregidas por la cultura. Creo que este es un momento de transición.
Bergman: Nosotros no nos reunimos previamente para preparar el tema, pero vamos en una misma sintonía con Rafael.
Parte de los conceptos que él plantea, los veo representados en un sociólogo contemporáneo que recomiendo leer, Zygmunt Bauman, que ahora presenta su último libro, Vida líquida (síntesis de otros dos anteriores, Modernidad líquida y Amor líquido), justamente con esta idea, que la palabra Instituciones que nosotros utilizamos para referir a edificios o a organizaciones, en realidad son procesos que tienen como dinámica, ser la consecuencia de la acción instituyente. Cuando se pierde la acción constituyente, la Institución queda fosilizada y atrapada en un producto terminado que, en lugar de tener la dimensión viva de la acción de instituir, queda atrapada en su perpetuidad, en el tiempo, vacía de contenido.
El problema que estamos viviendo de alguna manera ahora, es la alienación entre las Instituciones que ya no son instituyentes, y los individuos que no quieren instituir.
Hay que volver a encontrar ese lugar.
Lo instituyente y lo instituido que es muy parecido a lo que nos pasa en el país con lo constituyente tiene que volver a formar parte de una conversación dinámica en la cual estamos involucrados, porque lo que está instituido adquiere dimensión casi como de sólido. Tiene entidad, parámetros, variables de representación y presencia. Mientras muchas veces lo fluido se nos escapa de las manos, se desintegra o toma la forma de cada contenedor, volviéndose de alguna manera irrepresentable, porque es totalmente relativo y coyuntural.
Esta tensión, creo, que es parte de lo que forma o deforma nuestro tiempo contemporáneo, y nosotros tenemos involucramiento y participación. Que no es mirar a las Instituciones, sino asumir los desafíos instituyentes.
Todos nosotros tenemos responsabilidad instituyente en aquellas cosas que practicamos, creemos y sostenemos. Tenemos siempre una idea no sólo mesiánica, de que alguien va a venir a instituir todo por nosotros, y también tenemos una idea expiatoria, que los problemas instituyentes son institucionales, y no personales.
Hay, responsabilidad personal en lo que no está instituido.
Lo instituyente es muy importante, y uno lo hace cotidianamente aunque no se dé cuenta de que lo hace. Es poner los límites, afirmar los valores, sostener el valor de la palabra, ser ejemplar, no decir lo que uno no va a hacer, y decir con lo que uno hace. Este tipo de cosas son acciones instituyentes que de alguna manera debemos recuperar.
En la Tradición Judía basamos la dimensión de Templo en un versículo bíblico que va en la misma relación de lo sagrado: Hagan ustedes un santuario y yo moraré entre ustedes.
Interpretan los sabios que dice: moraré entre ustedes y no, moraré en él. Tiene que ver con la explicación de lo sagrado en la Asamblea, y no en el edificio. Pero también, es importante que lo sagrado en la asamblea y no en el edificio, es posible a partir de la construcción compartida.
Hagamos, juntos, el Templo, aunque D no va a estar adentro del edificio va a estar entre nosotros, por la construcción compartida.
Ese es, justamente, un modelo a recuperar. Lo sagrado y la presencia de D entre nosotros porque compartimos la construcción; ahí, se hace presente entre nosotros.
Si cada uno se corta solo y quiere construir el templo para sí mismo, entonces D no está entre nosotros, porque en la soledad hay alienación, no hay presencia de lo sagrado.
Tendremos que volver a pensar cuáles son las construcciones compartidas de los templos en la Argentina. Que no necesariamente tienen que ver con lo confesional y con lo que nosotros creemos en nombre de Dios, pero sí, por Dios, en lo que creemos.
Construyamos el santuario de manera compartida.
El desafío es, llevar la extensión de la vivencia familiar comunitaria a la dimensión de la Sociedad. Si nosotros pudiéramos hacer que la Sociedad Argentina viva en espíritu como una Comunidad, estaríamos redimidos, por lo menos como argentinos. Después podríamos seguir con el mundo, pero en principio como argentinos.
Esa redención argentina no es posible si uno no redime su propia construcción, no averigua dónde está, uno, en esta construcción compartida.
¿Cómo llamarnos parte de la Sociedad Argentina si nadie quiere ser socio de nadie? Ese acto, de Sociedad con el otro, es un Pacto de lo sagrado en la construcción compartida.
En consecuencia, se puede encarar la pregunta como una descripción sociológica: ¿qué nos pasa a los argentinos que somos como somos?
O la puede plantear como una utopía y un desafío místico y espiritual:
¿qué es lo que queremos hacer juntos los argentinos?
Entonces la pregunta sobre ¿D fuera de los Templos? no sería tan problemática como esta realidad que vivimos que es Dios fuera de nosotros.
Lo tenemos que volver a llamar dentro de nosotros y hacer que -cada uno- sea un templo de Dios, en construcción social, compartida y plena de sentido.
Braun: Sobre lo afirmado por Sergio en cuanto que la religión es una institución formateada para sobrevivir, para perpetuarse, y a partir de allí servir a sus fieles, hay una cuestión esencial: saber si Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios. Porque mirada desde el hombre, la religión aparece como una cosa anómala, como algo que va en contra de la razón y de la dignidad del ser humano. Desde el punto de vista del Dios creador, no hay mayor obra en la tierra que el más pequeño de los seres humanos. Entonces, si una institución religiosa cree en Dios bajo cualquier advocación, en un ser supremo al cual el hombre acata, y sigue a la comunidad que sea, tiene una relación de ese tipo. Acata, ama, etc., como en todas las relaciones. Para perpetuarse, pues, no es suficiente que su organización esté aceitada o formateada para poder sobrevivir. Porque existe en tanto y cuanto instituye un carisma. Y si no lo tiene y no es capaz de reproducirlo, de recrearlo -y hablando de la Iglesia católica: si no es capaz de reinventar las formas de santidad acordes con el tiempo- ni siquiera va a poder sobrevivir. Porque lo que sobrevivirá será una cáscara, sin contenido ni vida. Ahí está la prioridad del ser humano: el camino de Dios es el camino que pasa a través del hombre, porque a Dios no lo vemos pero al hombre sí. Un rasgo actual que a mí me duele enormemente es la primacía que se le está dando al arte, incluido el arte religioso, y el poco valor del ser humano. A mi iglesia viene gente de visita y cada noche veo pasar a los cartoneros. Es muy linda la belleza creada por cada ser humano, pero ¿cuál es la belleza de cada uno? ¿Está dignificado, está puesto en alto? Y esto no puede ser privatizado. Es muy fácil privatizar la pobreza y desentenderse. Dos pistolas de Belgrano se vendieron hace pocos días en 325.000 dólares. La gente que obscenamente tiene miles de millones de dólares no sabe en qué gastarlos. Será el interés de un día, de dos días, pero eso va creando una escala de valores en nosotros. Pensamos que las cosas caras son buenas. Y como el ser humano no se vende aunque todavía haya trata de blancas y otras miserias nadie se ocupa de eso. Mueren, los secuestran, los asesinan, los hacen desaparecer, pero nada de eso es muy estético. A falta de verdad y de bien, vivimos en un esteticismo de minorías. Creo que la privatización conduce irremediablemente a esto, porque en la institución la ley que es lo propio de ella, está al servicio de los débiles y no de los fuertes.
(preguntas de los asistentes)
- A Braun: ¿Para qué cumplir con lo que dice la Iglesia hoy, si mañana puede cambiar sus normas, como sucedió a menudo en la historia?
Braun: Debemos distinguir lo opinable de lo que no lo es. Son muy pocas las cuestiones no opinables en la Iglesia. Mucha gente cree que todo lo que dice un Papa o los obispos es no opinable. Quienes más o menos tenemos una formación filosófico-teológica sabemos cuáles son las cosas opinables o no. Acepto que hay épocas en la Iglesia con más libertad de discusión, y otras menos libres, sobre todo en la discusión pública. Pero una de las cuestiones esenciales de la vida en cualquier campo es saber qué es lo discutible y qué no. Ahí está la cuestión. No todo es relativo, no todas las normas se cambiaron. Hay algunas inamovibles, y creo que no se van a cambiar. Pero no son normas de derecho positivo eclesial, sino normas morales.
- A Bergman: ¿No es un error mezclar religión y política? La religión es una cosa y la política otra.
Bergman: Sugiero leer el último número de CRITERIO: Cuando la Iglesia hace política. Me parece importante hacer una breve reflexión al respecto. En principio pensemos si es la religión la que hace política o si son hombres religiosos quienes la ejercen, que no es exactamente lo mismo. También debe diferenciarse política partidaria de política cívica. Nuestra alienación por el ejercicio democrático y republicano de la política nos ha colapsado la república y nos condujo durante todos estos años ser meros espectadores de una realidad de la que somos co-partícipes y responsables. Es un tema difícil de plantear y que exige encuadrarlo con precisión. El caso del obispo Piña es un ejemplo de práctica política cívica desde la religión, donde el encuadre era ser convencional constituyente a través de un cargo electivo y así poder modificar ciertas cosas. Es necesario saber bien qué va hacer en política quien tiene una impronta o inclusive una representación religiosa. Al menos podemos acordar que es un derecho constitucional que todos podamos ejercer los atributos que la misma Constitución nos ofrece a los ciudadanos. Lo cual implica que la categoría universal de ciudadanos está por encima de lo que uno hace, ejerce y representa en la sociedad civil. Eso nos iguala a todos en la democracia republicana. Todos somos ciudadanos. En consecuencia, deberíamos tratar de ver cómo los diferentes sectores de la sociedad civil van a participar en la construcción de un primer espacio de política cívica. ¿Qué implica esto? Que en vez de ser consultores y referentes para cuando los políticos, ya en ejercicio del poder nos dejan hablar y participar, uno construye un lugar de poder político cívico donde sostiene siempre y cada día la democracia real y no sólo formal y electoral. Es decir: se levanta todos los días y dedica una parte de su tiempo y su trabajo a que se cumpla con lo prometido, se sostengan las leyes, se mantengan los principios, se verifiquen los valores y no colapsen las instituciones. Hemos logrado con muchísimo esfuerzo (y muchísima sangre también) recuperar la democracia. Pero aún tenemos un largo camino por recorrer para recuperar la república. Si en la marcha no estamos todos, nadie va a devolvernos la república. Por lo tanto, yo diría que esta situación de emergencia no la vivimos con la claridad debida, porque uno de los valores centrales y universales de la sociedad argentina fue durante más de una década que un peso era un dólar. Y hasta que no nos tocaron el bolsillo a todos y nos metieron en un corralito bancario, ni nos movilizamos ni nos organizamos. Fíjense que tal es así que una vez fuera del corralito seguimos siendo los mismos animalitos, porque no cambió estructuralmente absolutamente nada desde el año 2002 en términos de calidad de vida democrática republicana, y las leyes exigidas por aquellas movilizaciones populares que batían las cacerolas, nunca se proclamaron. No hay reforma política, se está volviendo atrás con la representación de los partidos, las instituciones no tienen independencia de los poderes, se incumple la constitución. Y como hay superávit general basado en una favorable situación macroeconómica dejamos de movilizarnos. Los religiosos somos una de las líneas de garantía (no las únicas) para reclamar que cuando ocurren estas cosas todos debemos movilizarnos. Desde ya esto es materia opinable, discutible y creo que esta posición no tiene por qué ser asumida universalmente. No todas las religiones ni todos los religiosos tienen obligación de participar corporativamente, porque la religión no es un partido político. En la libertad de conciencia de los religiosos está el cómo ser ciudadano y militar a favor de la república. La pregunta ya la contestaron los hombres de la patria. Como nosotros somos hijos del olvido y militantes de la desmemoria y al mismo ignoramos nuestro pasado histórico, olvidamos que fueron los clérigos quienes participaron en la gesta del 25 de mayo y proclamaron la independencia en la Casa de Tucumán con un coraje cívico y patrio ejemplar. Supieron romper con la Iglesia de España para sumarse con los criollos. ¿O quienes creen ustedes que convencieron al pueblo jujeño para acompañar en el éxodo a Belgrano, entonces un desconocido en el norte? Y de la misma manera tuvimos a los clérigos participando en todos los procesos significativos de la historia de la Argentina. Claro, si vamos a entender nuestra historia sólo como nos la presentan Felipe Pigna o Jorge Lanata, seremos ignorantes de ella. No es un mito, es nuestra historia.
Braun: Para mí, todo lo referido a lo político es opinable. La moral es otra cosa. Los derechos humanos no es una cuestión política, es moral. Quisiera aludir al título de CRITERIO, Cuando la Iglesia hace política. La estadística de Marita Carballo indica que el 78% de la población se declara católica, esto es entre 30 y 32 millones de personas se dicen católicas. Entre esos católicos hay 110 obispos y 5.500 sacerdotes que no hablamos en representación de aquellos millones de católicos. La Iglesia hace política a través de los laicos, no a través de esta minoría de las minorías que son los obispos y los sacerdotes. Hemos sido ordenados no para hacer política, sino para servir a los fieles en aquellas materias para las cuales estamos calificados. Siempre he creído, y esto es Doctrina de la Iglesia, en la autonomía de las realidades temporales, es decir: que las cosas temporales, y la política es una de ellas, deben ser estudiadas y conocidas por la razón natural. Ser santo no nos habilita a discernir bien en política. En general, los santos disciernen muy mal. Sobran casos históricos. Por ejemplo, los que predicaron las Cruzadas. Yo creo, y es una opinión personal, que para poder ser pastores de todos debemos tener un estilo que no coarte la libertad de los laicos para decidir sobre cosas opinables. Creo que la reelección es una cuestión meramente opinable y pertenece a la ciencia política. Yo estoy en contra de la reelección indefinida, estoy a favor del resultado en Misiones, pero no me parece que las cosas deban ser juzgadas por los resultados. Estoy a favor he dedicado toda mi vida, 40 años de periodismo en CRITERIO- de fundar un régimen democrático pluralista, respetuoso de todos. Pero creo que es distinto opinar que participar en el ejercicio del poder. Son dos planos diferentes. Hay que distinguir. Como decía Maritain, distinguir para unir, no para separar. Pero no quiero se diga la Iglesia cuando el término se reduce a 110 obispos y 5.500 sacerdotes. En política, en el mundo católico vamos a encontrar muchas posturas diferentes. Porque la política es opinable. Y me parece que como a los pastores en la iglesia latina se nos pide el celibato para no servir a una familia sino a todos por igual, creo que debemos abstenernos de cargos electivos y no electivos en el Estado para poder ser padres de todos, los que opinan A o B.
- ¿Qué está fallando para que no asista o convoque la institución a más gente joven? ¿Qué proponen?
Bergman: Opino que el problema de los jóvenes es un problema de valores que empieza en los adultos porque los jóvenes son expresión y reflejo de lo que nosotros cargamos sobre sus espaldas. La juventud es un estado del espíritu, no una edad, que requiere entre otros elementos determinantes una base de utopía. Si no hay utopía no hay juventud. Lo que constituye el espíritu de juventud son los ideales con qué soñar y poder así trabajar para realizarlos. La lucha por los ideales genera justamente el motor de energía positiva con la cual, pese a todo lo malo que uno ve que sucede en el mundo, uno no se entrega ni se resigna, sino que se arma para continuar y trascender. Cuando los jóvenes escuchan de nuestra boca cómo se destruyeron sistemáticamente esas utopías, se quedan sin el recurso más importante para tener esperanza: esperar algo mejor. ¿Qué escuchan de nosotros, no digo en los discursos, sino en la mesa, en casa? Esto no va a andar, no puede funcionar, no sirve, son todos iguales, está todo podrido, son todos corruptos, no se puede, no trabajes, es mejor ser vivo y tomar el atajo, el que trabaja mucho es un gil, estudiás y no sabés para qué. Uno dice estas cosas y cree que el otro no lo escucha. Pero todo eso entra por los poros. Y los chicos dicen: ¿entonces qué hago?. Y como no se pueden conectar con la realidad porque les hemos cercenado una herramienta imprescindible que es la utopía y la mística del vivir trascendente, se conectan con el consumo. El consumo es un insumo. Con el consumo llenan de sentido vacío e ilusorio aquello que les hemos vaciado nosotros por no alentarlos en el espíritu de la utopía. Entonces se conectan a internet endovenoso, recurren permanentemente al zapping y ocupan los nuevos templos, no los sagrados sino los profanos: estaciones de servicio, shoppings o megaconciertos. Debemos redimir a la juventud con la ejemplaridad de los adultos. Los jóvenes tienen mucho para hacer y cambiar si nosotros modificamos nuestro estado de ejemplaridad.
Braun: Quisiera recordar una frase de Ortega y Gasset que suele citarse incompleta: Yo soy yo y mis circunstancias. Eso lo conocemos todos. Pero Ortega sigue: Y si no las salvo a ellas, no me puedo salvar yo. Recordando lo que dije al principio de la falta de institucionalidad en las familias y las escuelas, y no hablemos de la universidad de Buenos Aires que desde hace 7 meses no tiene rector, circunstancias así hacen que el joven no tenga contención ni modelos. En una sociedad sana el joven quiere ser adulto; en una sociedad enferma los adultos quieren seguir siendo jóvenes, que es lo que nos pasa ahora. Yo diría que lo que tenemos que hacer con los jóvenes no es mirar cómo están viviendo, sino tomarlos como son, acompañarlos para que lleguen a la adultez. No para que ingresen a la institución, sino para que lleguen a la adultez. Y así descubran la dimensión de misterio de espiritualidad que tiene el ser humano, y tengan modelos de heroísmo y de ejemplaridad, no necesariamente religiosos. Ya van a encontrar la trascendencia en sus vidas. Cada cosa a su tiempo. Que por lo menos que sepan entregar parte de su tiempo y sus vidas a causas distintas que el placer y los viajes.
A Bergman: - En el pueblo judío, ¿hay más o menos creyentes?
Bergman: Lo ignoro. No tengo una estadística. Si contesto en términos generales diría que hay mayor nivel de participación en marcos religiosos, un corrimiento hacia los modelos raigales más tradicionales. Es parte de un fenómeno global. Pero no conozco los números estadísticos. Tomémoslo con la paciencia y la sabiduría de los ciclos. El pueblo judío en ese sentido es un mecanismo vivo y homeostático, por lo tanto tiene sistemas de regulación. Hay determinados momentos en los que hay más de una cosa y menos de otra, pero es más en relación a un contexto que a algo intrínseco de la misma cultura.
- Un presente cree que al P. Braun le faltó señalar la influencia negativa desde la jerarquía del Vaticano, por esta des-institucionalización.
Braun: Yo dije falta de ejemplaridad en la conducta de los pastores, no dije de cuáles.
- Soy católica apostólica romana. ¿Por qué la Iglesia no forma líderes? Sé como practicante que sólo se quedó en la Doctrina Social de la Iglesia.
Braun: Los líderes no se forman, surgen. Y ocurre que si no damos espacios para que surjan con autonomía los forzamos a sentarse. Recuerdo una discusión en la Conferencia Episcopal sobre las nuevas líneas de evangelización. Había un texto propuesto por los obispos que decía: tenemos que poner de pie a los laicos para que asuman su responsabilidad, y yo decía que no, no tenemos que hacer sentar a los laicos, porque el bautismo nos pone de pie, Dios nos pone de pie. No es una autoridad que dice: ahora pueden hacer. En la Iglesia se puede hacer todo lo que no está prohibido. Por eso soy crítico del clericalismo. Porque si uno no permite, y es celoso del crecimiento del liderazgo laico, ese liderazgo se irá a otra parte. Los líderes son personas con algo innato. Ya en el colegio uno los puede descubrir. Los currículums en los países anglosajones incluyen no sólo los títulos académicos, sino lo que ha hecho la persona. Si está al frente del equipo de fútbol o de lo que fuere, ya esa persona es líder. Que después pueda tener una capacitación mayor bien. Pero esa capacitación no forma líderes, los educa. Uno es líder casi por autonomasia. Por el ejemplo de algunas personas y porque no nos cercenaron esa fuerza interior, que es mayor o menor según las personas. Yo no creo que pueda hacerse un plan para formarlos, porque esos van a ser secretarios, nunca líderes.
- ¿Cómo se sostiene la institución? ¿Qué hace perdurar, incrementar o difundir la fe si el creyente no va?
Bergman: La institución debe ofrecer algo al que tiene que venir, y que el que tiene que venir debe sentir que hay en ella algo de relevancia. Porque quien siente que no va a tener ninguna autonomía quizá no quiera ir. Y sin embargo, si uno le da el espacio responsable de autonomía podrá venir a nutrirse de la normativa institucional y luego afirmar en su autonomía cuanto la institución le ofrece. Pero falta más canal de conversación y comunicación entre los espacios institucionales y las personas. Eso se puede mejorar.
Braun: Para mí lo importante es la ejemplaridad de vida. En categorías cristianas, la santidad de vida. ¿Cuánta gente llegó a Calcuta para oír a la Madre Teresa? Poquísima. A la gente que se aventuraba para hablar con ella era mandada antes a trabajar durante una semana a lavar enfermos. Primero hacé, después hablamos. Formar parte de la comunidad eclesial en el cristianismo no depende de aceptar las normas. Esto no es un club. Es un encuentro personal con Jesucristo. Si uno no se enamora, las normas nunca tendrán sentido. Es como si a uno le dijeran: ¿vos querés casarte? Bueno, tenés que cumplir estas normas. Ese modelo de matrimonio no existe más, si es que existió alguna vez. Si es una comunidad de amor, primero hay que enamorarse. Después veremos cuáles son las normas. Pero los que legislan ya nos quieren imponer cuáles son las obligaciones dentro del matrimonio. En cualquier momento van a decir que para cada hijo pueden hacen un menú light. Es tan light la legislación que causa risa. Dios es un misterio. Nadie es dueño de Dios. Las normas no son lo importante en la vida religiosa, como no lo son en las relaciones de padres a hijos, ni tampoco en una relación de amistad o matrimonial. Lo que es importante es el amor. Y eso nace del respeto al misterio. Somos nosotros primero. Y si no nos entendemos a pesar de los psicólogos, es porque ellos tampoco se entienden. Pero nos amamos igual, sabiendo que somos un misterio para cada uno. Y eso yo lo rescato. Creo que de esto está hambrienta la gente: que alguien hable desde el corazón. Esto no es sensiblero ni sentimental. Es tener conciencia del misterio que nos envuelve, y del cual nosotros eventualmente podemos vivir un poquito. Si vivimos mejor, un poquito más.
- ¿Son las iglesias las que pueden hoy, casi únicamente, y deben reconstruir los paradigmas venideros?
Bergman: No sé bien a qué se refiere la pregunta. Creo que las iglesias, las religiones en sí, son parte de la cultura de la sociedad, y son actores protagónicos como cualquier otro para tallar en esta conversación. No creo que sea patrimonio de nadie. Y como dijo Braun, los liderazgos y los espacios se van ocupando y a medida que se vayan ocupando se irán dirimiento estas preguntas con los que quieran o puedan participar. Yo creo que no es mandatario de un sector y no de otro. Al contrario, creo en la riqueza de nuestras diferencias para lograr una sociedad sea cada vez más plural, más rica y más comprometida.
Braun: Coincido.
- Al padre Braun: Ud. dice que la desinstitucionalización no se refiere al patriarcado, sin embargo se podría pensar que sí, ya que la mujer tiene poco lugar en la Iglesia-institución.
Braun: El problema no es el patriarcalismo. En la Iglesia, ¿qué es tener poder? En la Iglesia nadie debería tener poder; deberíamos ser todos servidores. Odio hablar de la jerarquía. Hay que invertir las cosas. No están los laicos ni las mujeres para ayudar a los sacerdotes, y los sacerdotes a los obispos. El obispo y nosotros estamos para ayudar a los demás, que es completamente distinto. Esa es una enseñanza de Jesús, no una opinión mía. Explícitamente contrasta lo que es el mando en las sociedades y lo que debe ser el servicio en la comunidad de la Iglesia.
En segundo lugar, el papel de la mujer en la Iglesia es inmenso. Aquí, en la iglesia donde estoy, con una comunidad de servicio de 150 personas, el 90% son mujeres, y todos los cargos directivos internos están ocupados por mujeres. Pero no sólo eso: la fe, ¿cómo se transmite en la Argentina? Hay 100 mil catequistas, de los cuales el 90% son mujeres. Y si hablamos de ministros de la eucaristía, también, 90% son mujeres. El problema es el servicio.
Voy a dar una pequeña explicación: en la Iglesia Católica hay dos órdenes: el orden de la santidad y el orden de la jurisdicción. A veces coinciden, pero muchísimas veces no. Y son mucho más importantes en la vida de la Iglesia las santas y los santos, que aquellos que tienen poder según esta pregunta, es decir los obispos. Santa Catalina de Siena murió a los 33 años, es Doctora de la Iglesia, y era analfabeta. Ese es el misterio.
Bergman: Rafael, estoy preocupado por dos cosas. Una, yo como oficialmente desautorizado de la comunidad judía, aún no entiendo cómo no te desautorizaron a vos con todo lo que decís, y que además comparto. Y el tema del lugar que ocupa la mujer podría resolverse como lo hizo la comunidad judía, que es un patriarcado manejado por las matriarcas.
- Los ya mayores de 50 años, fuimos criados en el santo temor de Dios: no hagas esto, porque Dios te va a castigar. Cuando apareció el Catecismo holandés, dijeron Dios te ama, y te perdona todo. ¿Será la falta de balance por lo que ha crecido el rechazo o la desinstitucionalización?
Bergman: Yo no hago catecismos.
Braun: Discúlpeme, pero solamente los mayores de tantos años podemos entender de qué estamos hablando cuando hablamos del Catecismo holandés, porque es pre-conciliar o inmediatamente posterior. Concuerdo que nos dijeron de chicos si te portás mal, Dios te va a castigar. Es el típico recurso de una persona sin autoridad. Cuando uno no tiene autoridad de padre, tiene que invocar a Dios. Entonces es dar miedo. Cuando uno gobierna infundiendo miedo, es porque no sabe gobernar.
Bergman: Eso no es catequesis, eso es política nacional.
Braun: Como en las películas, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. No me deschaves…
Es la esencia de la misión de Jesús, que Dios perdona a todos, siempre. Cuando Pedro tuvo alguna duda sobre cuántas veces tenía que él perdonar, Jesús le dijo hasta setenta veces siete. Pero ¿por qué? Porque Él dijo: sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso. ¿Para qué rezamos el Padrenuestro? Perdona nuestras ofensas. ¿Para qué le pedimos, si no nos va a perdonar? Cuando uno ama a una persona, no va a estar faltándole al amor a esa persona. Pero como somos imperfectos necesitamos complementar el amor imperfecto con un amor sobreabundante que es la misericordia, que es perdonarnos. Porque sino ¿qué pretendemos? ¿Ser personas que nunca fallan? Es absurdo. Dios sabe de qué estamos hechos, y por eso mandó a su Hijo, para establecer una reconciliación universal. ¿Quién fue el primero que entró al Paraíso? Un ladrón crucificado al lado de Él. Eso nos da esperanza.
¿Navidad para todos?
Los acostumbrados saludos navideños que todos los años nos recuerdan y renuevan el misterio de la encarnación -un Dios que se hace hombre, nace pobre en un establo, acompañado por su Madre, José y los pastores que llegan atraídos- también nos interpela: ¿la Navidad es una fiesta y un anuncio para todos? ¿Qué significa para los excluidos y abandonados de la sociedad? ¿Cómo poner en marcha una solidaridad social que promueva la justicia y la inclusión?
En este número, transcribimos también la conversación del rabino Sergio Bergman y el presbítero Rafael Braun sobre el creciente fenómeno de quienes se declaran creyentes pero no practicantes. El título del encuentro, realizado en el Centro Cultural Borges, fue “Dios fuera de los templos”.
Los versos de Federico Peltzer se refieren al Pesebre. Norberto Padilla se ocupa de la visita clave de Benedicto XVI a Turquía.
El dossier sobre la problemática social se enlaza, por varios motivos, con la pregunta de la portada sobre Navidad. Seguiremos, en el curso del año próximo, publicando artículos referidos al tema. Escriben en esta entrega: Carina Lupica, Daniel Arroyo, Abel Albino, Julio Bello y Luis Di Pietro Paolo.
Mauricio Neuman escribe sobre una artista plástica tan original y valiosa como poco conocida, Gertrudis Chale.
En otro orden, editamos también la transcripción del encuentro “Hacia dónde va la literatura argentina hoy”, siempre promovido por la revista, que reunió a dos de los escritores actualmente más significativos de la generación que ronda los 40 años: Guillermo Martínez y Pablo De Santis.




