Revista Criterio
Febrero 2007
Nº 2323 » Febrero 2007

Una vida en secreto

por · Comentar 

Quien acostumbre caminar por el interior de cualquier país –más aún alguno de nuestros países todavía cerriles– habrá visto alguna vez la clase de criatura que aquí se muestra: una muchacha de monte adentro, sensible, inteligente, pero ignorante de muchas cosas, que no sabe hablar con propiedad, tomar los cubiertos, ni caminar con mínima elegancia. Al contrario, se balancea con los pies para afuera, y sufre cuando le ponen zapatos, porque de chica “nunca conoció cuero en las patas”. Digamos, alguien torpe en la sala de estar, aunque tenga dinero, pero bien desenvuelta cuando está con sus iguales en las tareas rurales, o de cocina y limpieza.

 

Ahí se siente a gusto. Fuera de su ambiente se vuelve por entero apocada, vergonzosa, reticente. Tal, el personaje de esta historia que Autran Dourado, abogado, periodista, meduloso escritor (reciente premio Camoens, algo así como el Cervantes de la lengua portuguesa) ambientó en un pueblito perdido de comienzos del siglo XX. Hasta ahí, a su casa, don Conrado, brusco pero atento hombre de negocios, trae a su prima Gabriela, a quien todos llaman Biela, una flacucha insulsa de 17 años, que ha quedado huérfana, y, antes aún, parece haberse quedado en la preadolescencia. Su madre murió cuando ella era niña, y el padre, hombre de campo, la crió como al descuido. Calidez de hogar, sólo vio entre el personal de servicio.

 

Biela es heredera de una buena finca, y Conrado administra sus bienes con mucha responsabilidad. Él y su mujer, doña Constanza, sólo quieren cumplir con su deber, para que nadie diga que descuidaron a una parienta, o que viven a costillas de una tonta con plata que ni sabe cuánto es dos más dos, ni le interesa. Por eso Constanza trata de educar a la prima del campo, inculcarle el gusto por el buen vestir y las labores “propias de señorita”, alejarla de la peonada, y hasta encajarle un novio un poquito más despierto que ella, lástima que después resulte vago y mala persona. La otra se deja llevar, con suave resignación. Parece que al fin la están civilizando un poco. Pero, llegado el momento, la gola que le aprieta el cuello resulta apenas el primer símbolo de incomodidad pequeño burguesa que se saca de encima, antes de tomar, al fin, sus propias decisiones. “Cada uno elige el mundo en que quiere vivir”, se resigna Constanza. “Tienes razón. Cada uno monta su caballo como quiere. O como puede”, completa el marido. Ésta no es una comedia, aunque tenga sustancia para ello, y tampoco termina ahí. La segunda parte nos muestra una Biela bastante feliz, que hace su vida segura de sí misma entre la gente que quiere, y con la simpleza que ella gusta, pero no todo será un camino de rosas. Quizás el desenlace, un poco triste, resulte inútil para el gusto actual, cuando el cine nos impone heroínas no sólo más vivas que uno, sino también dominantes e indestructibles. Biela, en cambio, es una de esas pobrecitas almas que apenas ocupan unas páginas de Balzac o Pérez Galdós, algún film de Rohmer, Astruc o Bertucelli, o unas líneas de Lugones, como esas de “Los ínfimos”, donde el poeta saluda cariñosamente a “la muchacha fea / que no tiene quien la vea”. Delicada, ricamente expresiva, es la actuación de la rubia Sabrina Greve, que al comienzo parece casi un bicho de campo y de a poco se va volviendo casi linda (y de carácter cada vez más complejo). También delicada, y suave, leal y riesgosamente calma, igual que el libro, es la puesta en escena de Suzana Amaral, una realizadora de 69 años al momento del rodaje, y cuya obra más conocida es A hora da Estrela, también sobre una chica apocada, a la que sólo prestan atención cuando comete alguna estupidez (el film, en ese caso, se basa en una obra de Clarice Lispector). Nadie se detiene por esta clase de personajes, ni por estas obras, pero vale la pena prestarles un poco de atención. Quién sabe si no hay alguien con un poco de Biela, o de Estrela, cerca de nosotros.

Nº 2323 » Febrero 2007

La noche del señor Lazarescu

por · Comentar 

Muy rara vez pasa, sobre todo en estos últimos tiempos, que el primer suceso artístico de los meses de verano sea una película fuertemente “densa”, en ambos sentidos de la palabra: el sentido clásico, asociado a la profundidad conceptual y riqueza de contenidos, y el actual, referido desdeñosamente a todo aquello que requiera esfuerzo mental o paciencia, porque no es nada festivo, ni ofrece mayores distracciones. Esto último, tanto en su sentido de entretenimiento, de dispersión, de escape de la realidad, así como en el sentido táctico de engaño mental, usado para llevar a una persona por caminos inconducentes. Pues bien, este año dicho suceso está siendo una película profunda, sugerente, amarga, que nos arroja verdades a cada paso, y de cuyo final es imposible escapar, ni siquiera escapando de la sala a mitad de la proyección.

 

Eso también pasa muy pocas veces. ¿Por qué nos atrapa tanto una película como esa, cuyo desenlace está cantado desde el comienzo, y que además está interpretada por gente desconocida, con un personaje nada simpático, en un idioma inhabitual a nuestros oídos, si bien derivado del latín, como el nuestro? Quizá sea por la misma franqueza de su exposición, que habla de cosas que sabemos pero de las cuales no nos gusta hablar, y porque aunque el  personaje no nos provoque simpatía, su situación nos provoca una empatía inevitable. Lo que él vive, sabemos que puede pasarle a cualquiera. Incluso a nosotros. Inevitable también es la cristiana piedad que su mala suerte nos provoca.

 

La historia es así. El señor Lazarescu, hombre sesentón, solo, bastante venido a menos desde la muerte de su esposa, empieza a sentir que sus dolores habituales ya se le hacen insoportables, y llama a Urgencias. Cuando al fin llegue la ambulancia, comenzará su via crucis por los hospitales. La historia pasa en Bucarest, pero bien puede pasar en cualquier otro lado, como se advierte apenas uno entra en Internet y empieza a descubrir comentarios de espectadores de todas partes, desde Canadá para abajo. Y fue hecha con actores profesionales, pero a la manera de un seguimiento documental, de modo que la impresión de verosimilitud es muy fuerte.

 

Siempre bajo una aparente iluminación ambiente, la cámara sigue al señor Lazarescu, captando como de paso, a cierta distancia, con tomas largas, algunos diálogos de vecinos, médicos, administrativos, y enfermeros, que a veces hablan del paciente, y a veces de otras cosas, porque, como ya se sabe, hay quienes se centran en el enfermo, y quienes lo rebotan. Este hombre, viejo solitario, gruñón, un tanto alcohólico, trabajoso, con poca lucidez para responder lo que le preguntan, es fácilmente “rebotable”. O, también fácilmente, puede ser víctima de un diagnóstico apresurado. El asunto se inspira en un hecho real, y su título original es Moartea domnului Lazarescu, la muerte del señor Lazarescu. Así de simple y definitivo. Dura 153 minutos, que es un poco mucho. Se dice que la primera vez que se dio en Cannes, quedaron apenas doce personas en la sala. Un premio en ese festival, y su creciente prestigio en otros, hizo que el número de espectadores “resistentes” fuera paulatinamente aumentando. Hoy muchísima gente lo sigue absorta hasta el final. ¡Y qué final! (más contenido, pero más realista que esa escena muy fuerte pero bellamente estilizada de una película del maestro Akira Kurosawa, Bondad humana, donde el viejo doctor Barbarroja obligaba a un joven médico residente a presenciar lo que él llamaba “el momento sublime de la vida”).

 

¿Por qué el público se engancha de esa manera? Ya lo dijimos, por el tema, dado que es algo que a cualquiera le puede pasar, o cualquiera puede comprobar mirando lo que pasa en la salud pública y privada, y por la sensación de verosimilitud, al punto que cada tanto uno cree estar viendo un documental, confusión a la que aquí contribuye nuestro desconocimiento de los intérpretes, que además actúan de modo harto natural. Claro que también cada tanto volvemos a recordar que se trata de una actuación, pues en cualquier documental resultaría sospechoso que médicos o enfermeros digan ciertas cosas tremendas habiendo una cámara cerca, si bien esos diálogos ocurren cuando el público ya está enfrascado en la historia, aparte que aquí mismo estamos bastante acostumbrados a ver registros televisivos de gente con incontinencia verbal aguda.

 

En suma, una película singular, dura, intensa, y, es cierto, también extensa. Quien quiera ver algo parecido en pocos minutos, tiene dos esquicios italianos de los años 70, tan graciosos como dolorosos: “First Aid”, de Los nuevos monstruos (Alberto Sordi encuentra un infeliz agonizando, lo lleva en su auto por diversos hospitales, en ninguno lo aceptan, entonces lo deja en el mismo lugar donde lo encontró), y “La diva”, de Veo desnudo (Silvia Koscina encuentra, etc., y logra internarlo, pero el médico, encarnado por Nino Manfredi, y todo el resto del personal se dedica a ella y deja al otro que se arregle solo), o, peor todavía, los primeros minutos de Hospital Britannia, una sátira social de Lindsay Anderson, de apabullante humor negro, que además critica con todas sus fuerzas la necedad de los sindicalistas. Pero la experiencia nunca será la misma.

 

El autor de Mortea… se llama Cristi Puiu, de quien los habitués del Bafici (el festival porteño de cine) ya conocen Marfa si banii (la cámara acompañando como un cuarto pasajero el viaje de tres jóvenes correos narcos perseguidos por un auto desconocido a lo largo de la ruta, en tiempo casi real) y el guión que él y su socio Razvan Radulescu escribieron para Niki et Flo, quand le cerveau sort de la tête, del veterano Lucien Pintilie.

 

Dato interesante: la actriz que hace de Mioara Avram, enfermera, se llama Luminita Gheorghiu, también tiene años de profesión, y este año tuvo su primer reconocimiento internacional, con el premio de la Asociación de Críticos Cinematográficos de Los Angeles a la mejor actriz de reparto. Y el actor, es Ion Fiscuteanu, figurante que empezó hace casi veinte años a las órdenes del húngaro Karoly Makk, y al fin tuvo su protagónico, justo en una película donde casi todos, en vez de verlo como actor, lo ven como a un simple y desgraciado hijo de Lázaro (nunca lo habíamos pensado: ¿qué sentiría Lázaro, si años después de resucitar se le llegaba a morir un hijo en sus brazos? ¡qué fuerte debe ser el dolor de Dios al vernos agonizar por nuestras propias culpas!).

Nº 2323 » Febrero 2007

Feliz Año: ¿augurio o certeza?

por Jesús, Diego de · Comentar 

Chesterton, ese agudo pensador inglés que hizo el largo camino del ateismo al cristianismo, gustaba señalar curiosidades o caprichos culturales. Y refiere a uno que -cien años después- sigue en boga: los no creyentes viven llenos de creencias y los hombres religiosos suspiran en deseos que deberían tener por certezas. El abanico de ejemplos es amplio, pero parece más oportuno centrarnos en uno solo, en torno al año nuevo. Este va a ser un buen año, afirman algunos no-creyente, levantando su copa con lacónica seriedad, casi como una cábala para que así sea, o como arenga motivadora. En cualquier caso: emitiendo moneda sin respaldo en oro. Mientras, hombres creyentes -del credo que fuera- con timbre piadoso estampan: te deseo un feliz año: ojalá lo sea… sin caer en la cuenta de que el oro de su fe los habilita a pasar del augurio a la certeza. Creen en un Dios bueno con señorío real sobre su obra, que hace lo que quiere y quiere lo mejor. Y por ello, no deberían esperar que todo termine bien: deberían saber que todo está saliendo inmejorablemente bien, conforme al Plan. Es lo que en las religiones de todos los tiempos y culturas se denomina sin más: la Divina Providencia.

 

Valga como ejemplo tan sólo anotar un texto que ronda los 2400 años. Oh endeble mortal, ínfimo como eres, sin darte cuenta te relacionas con el todo del orden general que dispone cada parte en función de la totalidad. Y murmuras, porque ignoras qué es lo mejor a cada tiempo para ti y para el todo: el todo tuyo y el todo del todo. Es tan simple y sin embrago no lo entiendes: si hay dioses -que los hay- no descuidan la cuestión humana. Ni su curso ni su destino. Hasta aquí el gran Platón con sus dioses insobornablemente buenos. Incontables textos bíblicos podrían secundar y completar esta intuición 1, que hace cumbre en ese Dios Padre de Jesucristo a quien no se le escapa ni la caída de un solo cabello y lo dispone todo para bien nuestro. Jesús remite como prueba contundente mirar nomás los lirios del campo o las aves del cielo: no desesperan juntando alimento en graneros ni ahorrando para vestirse. Viven en la certeza de que su Hacedor seguirá a cargo de su causa y la llevará a buen fin.

 

Pero para completar el inventario cultural actual, además de creyentes e incrédulos se da hoy una tercera posición con pocos antecedentes históricos: a los píos y ateos de siempre, se suman ahora los anti-teos, que formulan así su convicción: Dios existe y es un canalla. La frase emblemática pertenece al protagonista de un intrincado cuento de Sábato que encarna con todo detalle este modelo de religiosidad. Hay un Dios (seguir sosteniendo la apuesta en favor del azar es tan ingenuo e irracional como infantil) y este mundo es el despliegue creativo de su poder, su juego y entretenimiento. Y completo el perfil de este credo saltando de novela: en la escena final de El Abogado del Diablo, en su último intento por persuadir al Hombre arremete Al Pacino: ¿no te das cuenta de que Él los ha arrojado en el mundo cual ratas en laberinto, y a carcajadas se divierte viéndolos corretear en busca de salida mientras levanta apuestas entre sus ángeles? Dios existe y es perverso. Y el mundo: su divertimento.

 

Ante este complejo panorama cultural de creyentes inseguros, ateos supersticiosos y antiteos rabiosos parece oportuno recotizar la devaluada moneda de la divina providencia. Se suele creer que esta consiste en una suerte de favoritismo divino: un beneficio de los dioses que pueden darlo o no y a quien se les plazca. Y creemos que fuimos destinatarios de ella cuando las cosas nos salen conforme a nuestros planes y expectativas. Y esto es falso. La Providencia es la visión adelantada y de conjunto del proyecto completo y el consiguiente subsidio y soporte de lo que a cada parte le hiciere falta en función de ese Todo. Desde nuestra parcialidad a cada uno de estos soportes solemos evaluarlos con infinita miopía como favor o desgracia según nuestra estrechísima y fragmentada visión. Decía Peguy que el hombre no sólo hace un papelón cuando se ahoga en un vaso de agua: también, cuando allí intenta nadar. La insensatez en cuestión es un conflicto de proporciones. Como dice sin vueltas el Salmista: aunque al hombre insensato se le escape y el necio no entienda estas cosas, las obras del Señor son grandes y cada uno de sus designios, profundos (Sal 91). Y “grande” no refiere aquí -ni en el resto de la Biblia- a un adjetivo elogioso: se trata de un sustantivo dimensivo.

 

Benedicto XVI invirtió una de sus primeras reflexiones papales en el asunto: “La historia no está en manos de potencias oscuras, del azar o de opciones humanas. Ante el desencadenamiento de energías malvadas, ante tantos azotes y males, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes de la historia. Él la guía con sabiduría hacia la meta. Dios no es indiferente ante las vicisitudes humanas, sino que penetra en ellas realizando sus proyectos con eficacia. La aventura de la humanidad no es confusa y carente de significado: tiene un rumbo preestablecido (11-V-05).

 

Una clave para sospechar mejor el estilo en que Dios lleva adelante el Mundo es hacerse a la idea de que la Creación no es un acto estanco, pretérito, luego del cual el mismo autor lo que hace es conservar su obra. Una suerte de fabricación con garantía. Lo cierto es apenas distinto: cada existente está siendo sacado de la nada en cada momento, en un despliegue de energía y compromiso insospechados. Jesús no duda en ajustar la concepción judía de un Dios que realizó su obra en seis días tras lo cual descansó mirándola desde afuera, cual un Miguel Ángel contemplando su Pietá. Nosotros hemos sido ágiles para replantear la Creación en seis días a la luz de la evolución… pero bastante torpes y piedeletristas con el séptimo día: el Shabbat divino. Mi Padre trabaja siempre, y yo también -insiste el Señor (Jn 5,17)-, revelando a un Dios sin “intermitencias” en su cuidado y gobierno.

 

Lo cierto es que en este 2007 vendrán la salud y la enfermedad, vendrán los éxitos y los fracasos, vendrán soles y lluvias, invierno y verano… y no será una discontinuidad de la Providencia sino su estable y continuo ejercicio. Todo será parte del Plan. La adversidad -cual sea- también es parte del plan. Y en esto hay que animarse a llevarlo a fondo: todo es todo. También el quehacer humano. Jesús cuida este detalle y antes de hablar de pájaros y flores y de un Padre que destila bondad encuadra su bello discurso sobre la Providencia en este dato contundente: ustedes y yo pasaremos por la prueba, y esto también está previsto (Mt 10,24). En el monte Dios proveerá… consuelo y alivio o prueba y traición. El Monte Moria y el Calvario son laderas hacia una misma cumbre. Los comentadores del Génesis gustan marcar un detalle peculiar: hubo una tarde y una mañana y ese fue el primer día. Dios parece no crear la noche. Pero el Dios de Isaías se encarga de afinar el asunto: dichas y desgracias, luces y tinieblas, soy Yo, el Señor, quien hace todo esto (Is 45,7). No sólo las catástrofes naturales, sino los desaciertos humanos se inscriben en la Providencia. Así como los cardíacos o los asmáticos llevan encima su medicación por cualquier inconveniente, todos deberíamos tener muy a mano -en la memoria, el corazón y la mente- aquella feliz expresión de José, el hijo de Jacob, a sus hermanos que le hicieron de todo: no fueron ustedes sino Dios… y aunque ustedes lo pensaron para hacerme daño, Dios lo pensó para bien (Gen 45,8). Como que la mayor Tragedia de la Historia no tiene a Caifás, Anás, Pilato y Judas por artífices, sino al Padre de los lirios salvando al mundo por la Sangre de su Hijo.

 

Volviendo al inicio, el optimismo pagano, sin fondos, suele afirmar: ya se va a dar vuelta el partido: todo va a mejorar. Y el creyente, teniendo con qué, calla su mejor retruco: todo está saliendo bien. No sólo el compás resolutivo, sino la sinfonía entera, aún en sus pasajes más disonantes es buena y bella. Hay algo de trampa en aquello de que Dios escribe derecho en renglones torcidos. Más saludable parece sospechar que lo único torcido es nuestra mirada ante un Dios Señor de los renglones y las palabras.

 

La tan famosa frase de Juliana de Norwich “All shall be well” 2 suele asfixiarse en este mismo sentido. Como si sólo a los postres las cosas se acomodaran un poco. Así como el “A la tarde te examinarán en el amor” de Juan de la Cruz no es a la hora de la muerte sino al crepúsculo de cada obra, el “todo termina bien” no es para la Parusía sino para cada recodo de esta sinuosa historia que Dios va viendo y haciendo novedosamente buena.

 

Si la ponderación o valencia de las dificultades, contramarchas, límites y fracasos no supera la de ser un “intervalo” en el favor divino, y la esperanza se limitara y devaluara a ser el aguante a la espera de un final feliz, cada año será tan penoso y rancio como el anterior. Una nauseosa recurrencia del sin-sentido a la espera de sentido. Sólo nos es posible abrirnos a la novedad de cada año desde el presupuesto de tratarse de un feliz Don de Dios. Ante la terna “feliz-año-nuevo” el mundo considera el último término como presupuesto o dato fáctico, y el primero, como posible y deseo. Nuestra fe debería animarse con un simple enroque: que este año feliz sea en verdad nuevo para ti. Y a la luz de la Navidad, gritar desde las terrazas de este mundo triste y desanimado: les anuncio una gran alegría, hoy les ha nacido un año feliz: vayan y vean y gusten su Novedad.

 

 

 


Notas

1. Cuesta elegir a la hora de seleccionar algunos. Tal vez el segundo Isaías sea el más abundante en referencias. Por ejemplo 46,9: mis planes todos se realizan inexorablemente; todos mis deseos se concretan. Bello sería espigar el tema en el Salterio, donde es constante la alabanza por un Dios atento y minucioso en el acompañamiento de su obra. Los que a diario desgranamos en la Liturgia estos salmos no siempre percibimos este “pedal” que atraviesa el Salterio entero: Alégrate, Tierra: ¡el Señor está a cargo (reina)!

2. La frase completa dice “all manner of thing shall be well”, lo cual hace más explícito lo omniabarcativo del asunto: toda clase de asunto será para bien. En la misma línea, Tomás Moro -tan británico como Juliana y Chesterton- en carta a su hija poco antes del martirio: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.”

 

Nº 2323 » Febrero 2007

Yo, Poncio Pilato

por Alonso Piñeiro, Armando · Comentar 

Armando Alonso Piñeiro, historiador argentino con una extensa bibliografía en su haber y galardonado en diversos países, presenta una visión diferente de la habitual entre nosotros sobre Poncio Pilato. Además aporta una visión de la historia del cristianismo que redescubre, de manera novedosa, al gobernador de Judea y representante del César.

 

El autor hace ya más de medio siglo comenzó la publicación de libros donde la idea de Dios y la personalidad de Jesús estaban entre sus inquietudes intelectuales. Además de Jesucristo, el personaje que siempre despertó su curiosidad fue Poncio Pilato, cuya presunta culpabilidad en la muerte de Jesús resulta incomprensible ante el hecho de que haya sido canonizado por dos iglesias cristianas: la ortodoxa y la etíope.

 

Alonso Piñeiro se ha mantenido fiel a la documentación histórica así como también a las fuentes canónicas y los llamados evangelios apócrifos. Su profesión de fe católica no resulta irreconciliable con el razonamiento del historiador, y tal vez ésta sea la idea más atractiva del libro, que mantiene al lector atento y activo hasta el final de su lectura.

 

Durante el desarrollo, trata de adentrarse en la psicología de este personaje histórico controvertido. Despliega una descripción muy diferente del malvado al que estamos acostumbrados en la emblemática cinematografía estadounidense (el bueno es valiente, y el malvado es cobarde), y aporta la visión del cono de sombra: un hombre débil, deseoso –en algún sentido– de hacer el bien, accesible a las ideas de justicia pero temeroso con la posibilidad de una denuncia ante las autoridades romanas. Quedan expuestas las cualidades del lado del bien: hacer el bien implica, casi siempre, mucho más esfuerzo que hacer el mal, y de esto mismo resulta ser un ejemplo clarísimo este personaje histórico.

 

Las confusiones, tribulación, remordimiento, estremecimiento y posterior comprensión de los hechos son expresados en sus memorias, expone los sentimientos y pensamientos trasluciendo la verdadera dimensión de su tragedia personal y acentuando su falta de responsabilidad en la crucifixión de Cristo, aduciendo las presiones de muchos sectores. El autor nos recuerda que los hebreos no tenían la facultad de ordenar ejecuciones, y que la tarea recaía totalmente sobre su persona y, a pesar de sus reiteradas solicitudes de piedad, el pueblo pidió insistentemente la pena de muerte. Una copia textual de la sentencia dada por Poncio Pilato es presentada por el autor, y nos muestra la desesperada autodefensa confesada sobre lo sucedido y los verdaderos sentimientos de este hombre al fin y al cabo débil y atribulado.

 

El autor elige acertadamente la narración en primera persona con el extremo cuidado en la utilización de las fuentes y la autenticidad del trasfondo histórico del momento. Presenta también un prolijo recuento documental y una clara explicación del plano geográfico y político de la época.

 

Los capítulos de este apasionante libro muestran a Poncio Pilato (nacido Pontius Pilatos) desde su infancia, sus encuentros con Jesús, con Juan el Bautista, y también recogen anécdotas, costumbres y episodios de la infancia y vida cotidiana del propio Jesús. Sus constantes referencias a él, la descripción de su personalidad, su predicación y su obra hacen que el lector redefina aún más su adoración y amor hacia el Hijo de Dios en la Tierra, incluso desde sus actitudes más humanas:“La luz que rodeaba a Jesús parecía redoblar el furor de sus ciegos enemigos”.

 

La última parte de este volumen refleja el estudio de las investigaciones realizadas en el descubrimiento del sudario que envolvió a Jesús al ser bajado de la Cruz, pudiendo reunir una selección considerable de antecedentes históricos, científicos y religiosos sobre la preciosa reliquia. Asimismo, se explican los resultados de los análisis científicos desde 1898, cuando fue fotografiada por primera vez, que acuerdan con precisiones médicas, químicas, biológicas y anatómicas, lo cual representa un apasionante desafío para la crítica historiográfica y científica.

 

Multitud de exámenes intentan revelar la naturaleza de la figura tridimensional grabada en el tejido que fue impresa por “un estallido de milisegundos de energía radiante emanada del cuerpo que se produjo en el preciso momento de la resurrección”, explicación que invita a comprender la capacidad de derribar la enorme y pesada piedra que cerraba el sepulcro. Estas como tantas de las fascinantes teorías siempre convergen en el estudio especializado de la Santa Síndole, término que se utiliza para referirse a la Santa Sábana que habría cubierto a Cristo después de su muerte y donde habría quedado plasmada su imagen hasta la actualidad.

 

El autor también se ocupa de otras facetas del drama cristiano; se detiene en la figura de José, uno de los personajes para él más interesantes. Este hombre culto, rico, perteneciente al tribunal de Sanedrín (el consejo general judío que finalmente condenó a Jesús) se presentó ante Pilato pidiéndole el cuerpo de Jesús para bajarlo a cuestas, envolverlo en la sábana y colocarlo en el sepulcro, confesando en sus actos el heroísmo de ser partidario del crucificado mientras los apóstoles y amigos del Señor se encontraban desalentados y fugitivos.

 

Aparecen también los aportes científicos y médicos de las verdaderas causas físicas de la muerte y del sudor de sangre de Jesús en el monte Getsemaní, demostrando la preocupación del historiador por el conocimiento de la verdad y la realidad científica de los hechos.

 

En estos momentos de tribulaciones, desaliento, confusiones, incertidumbres, esta obra nos permite revivir los momentos cruciales que nos introdujeron en la gran comunidad cristiana, confirmar nuestra fe incluso invitando a emprender este gran desafío a aquellos que necesitan ver para creer.

Nº 2323 » Febrero 2007

Un viaje imprudente

por Mansfield, Katherine · Comentar 

“Traducir es servir a dos amos”, escribía con razón el filósofo y filólogo alemán Franz Rosenzweig. Según este pensamiento, se trata de servir a la obra, al autor, a la lengua extranjera (primer amo) y servir al público lector y a la lengua propia (segundo amo). En esto se encierra el drama de quien traduce. Si a ello le sumamos la sempiterna oposición entre los devotos de la “letra” y los defensores del “sentido” veremos como se perfila aquí una ética de la traducción para nada ajena a la dialéctica entre “fidelidad” y “traición”. Toda traducción, pues, no dejará de ser la lectura de un texto hecha por su traductor, así que al leer una traducción estaremos leyendo la lectura de ese texto hecha por el traductor (que es quien rescribe). Él es y no es autor, pero jamás será el Autor.

 

La aparición de esta antología de veinte cuentos de la autora neocelandesa, seleccionados y traducidos por la poeta Delia Pasini, viene a llenar un penoso vacío en nuestro mercado editorial y, de paso, rectifica un error de antigua data relacionado, precisamente, con el título elegido para la portada. En efecto, en una edición ya agotada, en dos tomos, de los cuentos completos de Katherine Mansfield (1888-1923) –si la memoria no me falla era de Schapire, aunque no recuerdo el nombre del traductor ocasional-, An indiscreet journey, esa soberbia pieza ambientada en la Francia de la Primera Guerra, fue mal traducida como Una jornada imprudente (sic). El error radicó en el uso incorrecto de la doble acepción del término inglés “journey” (viaje o jornada), ahora felizmente corregido por Delia Pasini.

 

En su breve paso por este mundo, a KM le bastaron cinco colecciones de cuentos (En una pensión alemana, Preludio, Je ne parle pas francais, Felicidad y La fiesta en el jardín) para consolidarse tempranamente como una narradora excepcional. Y nada menos que en una lengua donde, por cierto, abundan las grandes plumas. Su marido y albacea, el crítico literario inglés John Middleton Murry publicó póstumamente El nido de la paloma y Algo pueril que, como los títulos anteriores, tienen el don de apresar la efímera poesía del instante, sea a través del fluir imperceptible de una experiencia o de sus inolvidables retratos. Son todas lecturas muy recomendables, pero sobre todo, para quienes frecuentan los talleres literarios en pos de una fama casi siempre esquiva ya que, como tales aprendices, esta mujer excepcional también vivió, con un siglo de diferencia, en un mundo en crisis marcado por el derrumbe de muchas certezas (en su caso las del siglo XlX). Podrán, así, sorprenderse con el rapto de Pearl Button, acompañar a la señorita Meadows en su lección de canto y ¿por qué no? en sus penas de amor o a la pobre Frau Brechenmacher a una boda aldeana, disfrutar el aire familiar de la pensión Séguin y las sorpresas que encierra…en fin, ser partícipes de las alegrías y los sufrimientos (las mínimas parábolas) de tantos pequeños seres inolvidables agobiados por el tedio o la incertidumbre.

 

En una entrada de su Diario, dice KM (31/5/1919): “Conseguiré algún día el amor que siento por el trabajo; mi deseo de escribir mejor, mi ánimo ferviente de pulir mis obras? ¿Llegaré a expresar esta pasión que experimento? Esta pasión que ocupa en mí el lugar de la religión, puesto que es mi religión…Tentada estoy de arrodillarme delante de mi trabajo, de postrarme, de quedarme en éxtasis ante la idea de la Creación. Debo ser más activa en la obra de mi Maestro…Una mosca se ha posado equivocadamente en la copa suave de una flor de magnolia. En otro tiempo Isaías fue subido al cielo en un carro de fuego. Pero cuando hace este tiempo divino, y tengo completa libertad para trabajar, un viaje de esta índole no me atrae”. Al lector, en cambio, sí lo atraerá (tengo la certeza) Un viaje imprudente, tan bellamente traducido por Delia Pasini. “En sus últimos días, ella quería ser una hija del sol. Su literatura es gozosa y, al disfrutarla, su resplandor nos sigue iluminando”, cierra el prólogo. Que así sea.

Nº 2323 » Febrero 2007

El enigma de Herbert Hjortsberg

por Correa Luna, Hugo R. · Comentar 

Sorprende este libro. Por varias razones. No menor, la información de solapa: su autor, porteño, bisnieto de Eduardo L. Holmberg, nacido en 1949, tiene escritas dos novelas inéditas y está trabajando en otras cinco. De hecho, salvo algunos poemas, ésta es su única obra publicada.

 

Una novela que roza lo fantástico y lo metafísico de manera original y con una prosa de exquisita exactitud. La lenta descripción de los personajes y del paisaje de los Andes patagónicos conoce momentos que nos animaríamos a definir como perfectos, sin temor a exagerar. El lector que se decida a adentrarse en esta narración ardua, con momentos de prosa ensayística, advertirá que confluyen en ella ecos de grandes autores universales. Todo puede ser mirado desde ángulos diferentes y con alcances diversos.

 

Un buque mercante inglés (Southern Pearl) fue misteriosamente abandonado por su capitán, el noruego Herbert Hjortsberg, y toda su tripulación a fines del siglo XIX en Singapur. Muchos años después, el marino nórdico transcurre su vida de criador de ovejas, casi ermitaño en la desolada Patagonia. Sólo lo acompaña Ratna, su mujer indochina, mucho menor que él, que únicamente habla su lengua natal y que había sido comprada a su padre.

 

Personajes extranjeros (los ingleses McNee y Sampson, el italiano Padova y el español Espeche) y locales (militares y civiles) van tras las huellas del ex capitán y pretenden develar un misterio que, por momentos, sospechamos sobrenatural. Ratna, junto a su austero esposo que recita la incomprensible Biblia en voz alta, es un personaje inolvidable y atrapante en su silencio y en su vida entre las sombras: “Sabía (Hjortsberg) que Ratna tenía mucho tiempo todavía por vivir, sabía también que el dolor por su muerte consistiría en que los cambios, las transiciones, el abandono de una costumbre, de una ligazón que se suelta, provocarían un momento de tristeza, un desgarro por un mundo que, deseado o no, ya no nos pertenece: ella pasaría ese trance y seguiría. Pero ¿cómo haría en una tierra tan ajena, que nunca había llegado a adoptar, cuya gente le resultaba indiferente al punto que ni siquiera había aprendido las más elementales palabras del idioma? ¡Él, Hjortsberg, era su tierra, el valle de lágrimas sobre el que Ratna había edificado su destino!”.

 

Hjortsberg, por momentos, parece un desdibujado personaje bíblico: “El anciano Hjortsberg miró el valle teñido de luz y recordó a Moisés contemplando la tierra prometida. ¿Cuál era su tierra prometida? Sintió que los ojos se le nublaban, como acaso los del patriarca del pueblo judío se habían nublado en aquella ocasión… No era que estuviese ligando su propio destino al de Moisés, que en la historia del Éxodo viese signos de lo que aguardaba; él no tenía ninguna misión, sólo huía y no sabía muy bien por qué”.

 

El enigma de Herbert Hjortsberg es una obra infrecuente que podría justificar no pocos esfuerzos de la literatura argentina contemporánea. Un libro trabajado con el cuidado del orfebre e imaginado con las dimensiones de las grandes novelas.

Nº 2323 » Febrero 2007

Jesús. Una biografía

por Puig, Armand · 1 Comentario 

Se trata de un libro muy valioso sobre la vida de Jesús, escrito desde un ángulo preponderantemente histórico, a partir de los evangelios (sinópticos y Juan), con un interés peculiar en mostrar la inserción de su vida en el contexto judío, helenístico y romano de su tiempo. El autor utiliza también con prudencia, entre otros, algunos escritos apócrifos, testimonios del Qumram y los escritos de Flavio Josefo. Sintetiza con criterio los aportes de la llamada third quest (investigación sobre Jesús) de estos últimos veinticinco años, más bien de origen anglosajón: especialmente R. Brown, J.P. Meier, P. Sanders y algunos europeos: G.Theissen, J. Schlosser, Ch. Perrot, entre otros. En este sentido, el servicio brindado por Puig es inestimable para los lectores de habla castellana.

 

Describamos sumariamente sus partes. La primera (150 páginas, un cuarto de la obra) trata de la inserción histórica y judía de Jesús. La segunda (otras 150 págs.) aborda los comienzos de su vida: sus padres, nacimiento, casa, ambiente, Juan Bautista, relación con el precursor. La tercera parte (150 págs.) se refiere al comienzo del ministerio público de Jesús: su anuncio del reino, su palabra, sus obras del reino (milagros y exorcismos), su trato con los pecadores; su identidad de Hijo en relación con el Padre; y el principio de los conflictos. La última parte versa sobre la escalada de los conflictos, las entrada gloriosa en Jerusalén, la purificación del templo, la cena, Gethsemaní, detención, proceso, acusación, condena y muerte a manos de Pilatos y los romanos, sepultura. Finalmente hay una descripción de los encuentros con el Resucitado.

 

Sin duda, podrá discutirse si es acertado o no titular biografía a una obra de este tipo, dado que este género asume hoy características que no podrían aplicarse al caso de Jesús (por ejemplo, el hiato entre la escena de discusión con los doctores y el comienzo de la vida pública; o la circunstancia de que las fuentes por excelencia de la vida de Jesús son los evangelios canónicos, escritos singulares que rebasan lo biográfico y son preponderantemente kerigmáticos con un contenido también histórico).

 

El libro no pretende una lectura primariamente teológica de la vida de Jesús, sino lo más histórica posible. Pero esto sin voluntad de poner la fe entre paréntesis, al estilo de otros autores de la third quest. Intento éste último harto complicado, como sabemos, ya que los testimonios evangélicos son indudablemente testimonios de fe con un relieve también histórico.

 

Volviendo a Puig, el interés histórico-biográfico más que narrativo, no lo mueve tampoco demasiado a adentrarse en las teologías subyacentes de cada evangelista, de acuerdo con su ubicación concreta frente a comunidades concretas a las que cada evangelio iba dirigido. El resultado de Puig podría parecer algo monocorde, o falto de relieve teológico, al no desarrollar casi los ángulos teológicos de cada evangelista. Por otra parte, el autor muestra también cierta simpatía por hipótesis posibles, puestas siempre como hipótesis (por ejemplo: los medio hermanos de Jesús, o el voto minoritario del Sanedrín en el proceso) pero que no siempre ayudan ni contribuyen a la inteligencia de los sucesos.

 

Hechos estos reparos, en el fondo menores, es preciso notar que el autor ofrece una notable y amplia síntesis de la exégesis bíblica contemporánea en torno de Jesús, que puede ser de enorme utilidad al lector común y al estudioso, ya que está escrito en un lenguaje sencillo y fluido. La extensión de la obra acobardará a algunos, pero el libro admite una lectura por partes sin problemas. Por eso recomendamos vivamente esta obra tanto al lector interesado no especialista, como al lector estudioso o encargado de transmitir la fe.

Nº 2323 » Febrero 2007

El Martín Fierro y las razones del corazón

por Squirru, Rafael · Comentar 

La primera clave para adentrarse en el significado profundo del Martín Fierro es recordar la advertencia del propio cantor cuando nos dice: “Yo sé el corazón que tiene / El que con gusto me escucha”. No se refiere al intelecto del que lo escucha; se refiere a su corazón.

 

Recordemos a Pascal:“Le coeur a ses raisons, que la raison ne connais pas”: “El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce”.

 

Hay una sabiduría del corazón como hay una sabiduría del intelecto. Yerran los que pretenden desentrañar la sabiduría de Rafael Hernández como si se tratase de un manual de filosofía racionalista; es antes bien un manual del sentimiento. Se trata de penetrar el sentido de la vida y Fierro lo dice: “Donde hay vida, hay amor.”

 

Martín Fierro transita el camino del amor. Los apartados de la pista lo denuncian por gaucho malo. No dicen que juró ser más malo que una fiera cuando confiesa: “Me enviaron a la frontera / Dentré a padecer / Y qué iba a hallar al volver / Tan solo hallé la tapera”. A Fierro le han robado su mujer y sus hijos y el robo fue consumado por las autoridades de la época. ¿Es que se pretende que un alma noble permanezca fiel a esas autoridades?

 

Fierro se rebela contra la injusticia, contra el mandonismo, contra la perversidad. Y en esa rebelión encuentra las verdades profundas de su sabiduría. “Yo canto opinando / Que es mi modo de cantar”. “No tiemplen el estrumento/ Por solo el gusto de hablar/ Y acostrúmbrense a cantar / En cosas de jundamento”.

 

Dijo Marechal: “El poeta es la voz exacta de su pueblo”. Hernández cumple a cabalidad con esa condición. Es el pueblo argentino el que canta a través de él y en este caso se aplica aquello de que Vox populi, vox Dei. La voz del pueblo es la voz de Dios. Como buen vate, Hernández es profeta; nos profetiza un destino de grandeza.

 

En los Estados Unidos, un alto funcionario del Departamento de Estado me preguntó: “¿Cree usted en el destino de grandeza de la Argentina?” Me lo preguntaba con algo de sospecha, como quien teme la competencia. “Sí”, le dije. “Creo en nuestro destino de grandeza”, lo que no dejó de alarmarle. Pero le expliqué a medias, “No es la grandeza que usted supone; es otra grandeza”. Nuestra grandeza, lo pienso, es la grandeza espiritual. Así como los hebreos pertenecían a una provincia remota del imperio romano, así nosotros como ellos somos una terminal geográfica, pero también así como ellos éramos portadores de la mayor luz espiritual de la época.

 

“Todos tienen que cumplir / Con la ley de su destino” “Serás lo que debes ser, o no serás nada”. El poeta piensa lo mismo que el Libertador. Hacen falta gobiernos muy lúcidos para comprender que la más alta política para nosotros es la de poner el poder al servicio de la cultura. Nuestro destino no pasa por el dinero. “Que la codicia les ruempa el saco.”

 

Aspiramos a una existencia digna pero sin adorar al becerro de oro. Nuestro lujo son nuestras canciones, nuestras esculturas, nuestras capillas, pintadas al fresco, como la que Soldi pintó en Glew.

 

Me consuela pensar que toda mi vida fue puesta al servicio de esta causa. Es la causa de “Lo que pinta este pincel / Ni el tiempo lo ha de borrar / Naides se ha de animar / A corregirme la plana / No pinta quien tiene gana / Sino quien sabe pintar”.

 

El pueblo argentino eligió su Biblia y cada tanto hay que repasarla. Es Biblia creyente: “En su mayor infortunio / Pongan su confianza en Dios.” “Gracias le doy a la Virgen / Gracias le doy al Señor… ”. La fe entendida como parte de aquello de que más que el sable y que la lanza, sirve al hombre la confianza que tiene en sí mismo.

 

Al preguntarle a los pescadores de Mar del Plata si eran creyentes me respondieron: Cuando se desata la tormenta en el mar, creemos en Dios y en todos los santos. “Vengan santos milagrosos / Vengan todos en mi ayuda / Que la lengua se me añuda / Y se me turba la vista / Pido a mi Dios que me asista / En una ocasión tan ruda”.

 

Ser creyente en este sentido no es ser crédulo. Es comprender que la dimensión humana no se agota en lo biológico; que hay otra dimensión, que es la vocación sobrenatural del alma humana.

 

Corroborando todo lo expuesto, se despide Fierro: “Pues son mis dichas desdichas / Las de todos mis hermanos / Ellos guardarán ufanos / En su corazón mi historia / Me tendrán en su memoria / Para siempre mis paisanos”.

 

Con el Martín Fierro a nuestro lado, estamos llamados a cumplir con nuestro destino de grandeza.

Nº 2323 » Febrero 2007

Eduardo Ladislao Holmberg, entre la ciencia y las letras

por Reggini, Horacio C. · 4 Comentarios 

Eduardo Ladislao Holmberg fue, junto a Florentino Ameghino y Francisco Pascacio Moreno –el Perito Moreno–, uno de los más entusiastas promotores del estudio de las ciencias naturales en la Argentina. Su vocación venía desde la juventud, ya que su abuelo y su padre habían cultivado flores y árboles en una bella quinta en la actual intersección de las avenidas Santa Fe y Scalabrini Ortiz, donde mantuvo una suerte de jardín botánico privado. Su padre, Eduardo Wenceslao Holmberg, acompañó a Sarmiento durante su emigración a Chile en 1831. Su abuelo, Eduardo Kannitz, barón de Holmberg, fue un militar sobresaliente, primero en el ejército prusiano y después en el español. El barón llegó a Buenos Aires, desde Londres, en 1812, en la fragata George Canning, en la que también viajaron San Martín, Alvear y Zapiola, entre otros. Intervino en las luchas de la independencia, alzó la bandera nacional el 25 de mayo de 1812, en Jujuy, y comandó la artillería criolla en la batalla de Tucumán bajo las órdenes de Belgrano.

 

La pericia literaria de Holmberg está sostenida por el juicio de muchos de sus contemporáneos y críticos de nuestra época.

 

Martín García Mérou, en sus Recuerdos Literarios (1915), lo calificó así:

 

“Holmberg es el producto extraño de un genio exótico en nuestra civilización. […] En su espíritu se observa esta curiosa dualidad: un alma de poeta, apasionada e imaginativa, y una educación severamente científica […]. Y, sin embargo, escribe con todas las delicadezas y el vivo sabor de un literato de raza en un estilo variado, rico, expresivo”.

 

Por su parte, Miguel Cané (1851-1905), en Ensayos (1939), al referirse a la obra Dos partidos en lucha: Fantasía científica (1875), se admira del talento de Holmberg por haber tenido “el valor suficiente de publicar un libro en Buenos Aires, que [era] lo mismo que recitar un verso de Petrarca en la rueda de la Bolsa”.

 

María Cristina Boiero, en “El resplandor de la ciencia en los cuentos fantásticos de escritores argentinos” (The Aura of Science in Fantastic Tales by Major Argentine Writers, 2006), afirma que Holmberg merece el privilegio de ubicarse como un modelo genuino de intelectual que entreteje su saber científico con su producción literaria, y que debe ser reconocido como el padre del género argentino de cienciaficción.

 

Gioconda Marún, editora de Olimpio Pitango de Monalia (1994) y de Cuarenta y tres años de obras manuscritas e inéditas (2002), ha escrito en un extenso prólogo:

 

“[Los trabajos de Holmberg permiten] abandonar la usual clasificación de escritor fantástico o científico y ubicarlo más acertadamente dentro de la modernidad argentina”.

 

Marún asevera que Holmberg contribuyó con su polifacética actividad a que la Argentina viviera la modernidad de la época, en su ambiente científico y en su estructura sociocultural, “en consonancia con la homóloga modernidad europea”. Holmberg opuso a la pobreza del medio el pensamiento racional de la ciencia. Fue, al igual que Sarmiento, un defensor de los derechos de la mujer; en este sentido, Marún escribe:

 

“La presencia de Holmberg en la Escuela Normal de Profesoras fue decisiva en la educación de la mujer. A él se debió la reestructuración y ampliación de los planes de estudios. […] Producto de esta educación científica fue la doctora Cecilia Grierson, la primera médica argentina [graduada en 1889], que fue su alumna en esta escuela”.

 

Holmberg trajo a Buenos Aires un eco de los grandes debates científicos de Europa. Difundió las teorías de Darwin y despertó el interés por temas reservados, en general, a círculos restringidos. Convertía un estudio sobre las arañas de Misiones o los peces de Tandil en un asunto ameno. Sentía especial interés por la filosofía y gusto por los clásicos de la literatura. Al tiempo que clasificaba especies de fauna y flora, disertaba acerca de problemas políticos y morales. Por ejemplo, en 1901, dictó una original conferencia, titulada “De siglo a siglo”, con motivo del XXIXº aniversario de la Sociedad Científica Argentina (entre el público se encontraba el presidente de la República, Julio Argentino Roca) en la cual se lamentó de la situación mundial en estos términos:

 

“Grandes problemas agitan en este momento el corazón y el cerebro de las naciones. [...] El noble fierro que marcó la pristina etapa del mayor progreso, se halla colocado al servicio de la crueldad y de la matanza; y el cerebro, esa nobilísima pasta encerrada en el cráneo, torturándose para inventar nuevas crueldades, nuevas cadenas y nuevas hipocresías”.

 

Comentaba en su exposición que el ser humano, en su proceso de evolución, pareciera que aún conserva un “hecho anatómico”: cuatro colmillos implantados en su boca, preguntándose:

 

“¿Qué se han hecho los grandes pueblos que coronaban de guirnaldas la frente de la civilización? ¿Qué nuevas ideas de amor a la patria y honor de las naciones se corporizan hoy en la lucha monstruosa de las sociedades maculadas por el oro de los mercaderes? […] ¿Será cierta la afirmación […] de que a los pueblos se [los] domina con tres efes, forza, festa y farina

 

Después de reseñar los progresos del siglo XIX, los grados de desarrollo religioso y las distintas formas de gobierno ensayadas, concluye al final:

 

“… la humanidad pasa […] por un período crítico, violentísimo, porque todas las fuerzas inteligentes, unidas a las fuerzas brutas […] se han aglomerado en este momento histórico, que podemos llamar la aurora del siglo XX, pero de un modo ciego, porque se han aglomerado sin ideal. […] Nos falta el ideal [que] lucha por surgir desde la verdad que se encarna en la ciencia, en el arte, en la poesía […]. El siglo XIX nos ha entregado un tesoro inmenso de proyecciones infinitas, demos forma a ese ideal que nos falta. ¡La justicia! [La justicia] que pugna por reinar soberana como una aspiración que pasa de siglo a siglo. [La justicia que pasa de siglo a siglo sin concretarse]”.

 

Holmberg escribió también cuentos y ensayos, un largo poema, Lin-Calel, ilustrado por su hijo Eduardo Alejandro, donde afloran su sabiduría y sus sentimientos por la tierra. El texto fue editado por la Masonería Argentina, de la que Holmberg fue activo partícipe al igual que su padre y su abuelo.

 

 Del Jardín Zoológico a las exploraciones

 

Durante quince años fue el primer director del Jardín Zoológico de Buenos Aires. Proyectó alojamientos especiales para diversos animales: el templo hindú de los elefantes, el refugio de las jirafas, la cabaña de los ciervos, el palacio de los osos, el pabellón de los camellos. Holmberg acercó al gran público con el espectáculo de las grandes y raras faunas, el conocimiento de las ciencias naturales, e hizo del zoológico un paseo fascinante.

 

Viajero incansable, recorrió casi toda la República. En 1872, hizo una arriesgada excursión hasta el río Negro, de donde trajo insectos, flores y piedras para el Museo Nacional de Buenos Aires. Recorrió ríos y montañas, las Sierras de Tandil y regiones del Chaco, Misiones y Mendoza. El primero de sus viajes fue patrocinado por la Sociedad Científica Argentina, recientemente impulsada por Estanislao Zeballos, prestigioso político y estadista. Cabe destacar que Zeballos, un hombre de letras, fue también un promotor de la ciencia argentina.

 

También fue un valioso y obstinado divulgador de las ciencias mediante escritos y conferencias. La más famosa fue la pronunciada el 19 de mayo de 1882, a un mes de la muerte de Darwin, uno de los más eminentes sabios del siglo XIX, que concibiera sus primeras ideas sobre el transformismo en aquel famoso y largo itinerario que comprendiera parte del territorio argentino. En su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, cuenta el sabio inglés una experiencia (quizás algo parecida a la que algunos hemos vivido al recorrer la Patagonia):

 

“Todo era silencio y desolación. Sin embargo, al pasar por regiones tan yermas y solitarias, sin ningún objeto brillante que llame la atención, se apodera del ánimo un sentimiento mal definido, pero de íntimo gozo espiritual. El espectador se pregunta por cuántas edades ha permanecido así aquella soledad, y por cuántas más perdurará en este estado”.

 

Y responde citando unos versos del poeta inglés Percy Shelley al Monte Blanco, la montaña más alta de Europa Occidental: “Nadie puede decirlo; todo parece ahora eterno. / El desierto tiene una lengua misteriosa, / que sugiere terribles dudas”.

 

La noticia sobre la muerte de Darwin, ocurrida en Inglaterra el 19 de abril de 1882, arribó a Buenos Aires de inmediato a través del cable submarino trasatlántico que Sarmiento había inaugurado en 1874, realización clave para la inserción de la Argentina en el concierto mundial. Enseguida, el Círculo Médico Argentino, fundado por José María Ramos Mejía (compañero de Holmberg en sus estudios de medicina), organizó un gran homenaje a Darwin. El ex presidente Sarmiento, ya septuagenario, y el joven naturalista Holmberg, 40 años menor, hablaron en la ocasión. Sarmiento era mentor y guía de la nueva generación.

 

La conferencia de Holmberg acerca de las idas de Darwin se publicó en un libro donde intercaló notas algo extravagantes, como ésta:

 

“Se le ha sepultado en la Abadía de Westminster, cerca de las tumbas de Herschell y de Newton. Dentro de algunos miles de años, los movimientos apsidiales derramarán las aguas del Océano sobre su sepulcro; los corales asentarán sus troncos sobre la lápida que hoy lleva su nombre; los cirrópodos, las medusas, y los últimos peces cartilaginosos, ostentarán sus formas extrañas en los ámbitos llenos aún de vibraciones religiosas; el embate secular de las ondas destruirá los mausoleos…”.

 

Alicia Jurado, en Vida y obra de William Henry Hudson (1971), relata cómo Hudson –quien en su juventud vivió en la Argentina y, más tarde, fue un famoso escritor en Inglaterra– comprendió las ideas de Darwin al poco tiempo de la publicación en 1859 de su obra cumbre, El origen de las especies. Esta circunstancia sitúa a Hudson como uno de los primeros lectores de Darwin en nuestro país, según lo señaló Marcelo Montserrat en sus estudios sobre el darwinismo en la Argentina. Explica Montserrat: “Entre Hudson y Holmberg […] se articula el espacio que abarcará desde una comprensión emocionadamente ingenua pero agudísima de la obra de Darwin hasta la vigorosamente polémica que hará de la mentalidad evolucionista una ideología del progreso”.

 

Sarmiento estaba convencido de la utilidad de la ciencia para el mejoramiento de la Nación, y Holmberg sentía una intensa admiración por él, según se desprende de su libro Sarmiento, que publicaron sus hijos en 1938. Dice allí:

 

“Uno de los rasgos más curiosos de la fisonomía de Sarmiento es la frescura de su inteligencia. En sus últimas páginas como en las primeras, se encuentra la misma gracia, el mismo fondo, igual mordacidad e idénticos preceptos (…) [Sarmiento] mencionaba, de vez en cuando, sus afinidades sanguíneas con los moros. “Sí, pues; yo tengo sangre árabe por los Albarracín –decía–. Pero no se les puede perdonar [a los españoles] que expulsaran a los moros, que representaban allá el progreso, el saber, la cultura social, etc.”.

 

Poco después del fallecimiento de Holmberg, Pablo Pizzurno publicó en La Nación (1938) una sentida semblanza del gran hombre desaparecido: “Eduardo L. Holmberg como educador: Un aspecto casi desconocido de su acción cultural”. Leemos:

 

“Niño mimado de Sarmiento, […] no podía menos que contemplar […] en sus discípulos normalistas […] a futuros educadores del país. […] Con Holmberg aprendimos […] a pensar, a sentir, a querer. Los fenómenos naturales dábanle pie para desprender […] enseñanzas superiores disciplinadoras del espíritu, capaces de orientarnos en la vida; a tener ideales, a amar el trabajo, a apreciar la importancia de la observación atenta de las cosas y de los hechos sin ideas preconcebidas…”.

 

Holmberg tuvo la enorme satisfacción de recibir en vida muchas muestras de reconocimiento público. Al jubilarse, en 1915, como docente, fue agasajado por diversas instituciones en un acto organizado por la Sociedad Científica Argentina. El discurso principal estuvo a cargo de Leopoldo Lugones.

 

Al cumplirse el centenario del nacimiento de su padre, Luis Holmberg escribió el libro Holmberg: El último enciclopedista (1952). Allí refiere el “profundo afecto admirativo” de Lugones por su padre, e incluye aquel discurso:

 

“He aquí las coronaciones que nunca han de cesar, porque corresponden a la autoridad verdadera: la del maestro que gobierna enseñando, como el piloto en consulta simultánea con el magnetismo y con el mar, con el viento y con la estrella. […] Actos como éste salvan el honor del país […] mediante la glorificación del individuo superior. Que es bien común por lo mismo que ilumina. […] Nada hay más visible que las estrellas, y sin embargo, cuán pocos son los que realmente las ven. Tampoco ellas se preocupan de que las miren, o no, consistiendo en el esplendor su modo natural de vivir. Al hombre superior le pasa lo mismo; no siendo él, por otra parte, el más interesado en descubrir su propia luz”.

 

Y finaliza su homenaje a Holmberg con esta hermosa metáfora: “Nadie cuenta en el ruiseñor el plumaje vulgar, sino el canto excelso. El plumaje es de un ave cualquiera. El canto es del ruiseñor”.

 

Al cumplir setenta y cinco años recibió otra muestra de gratitud nacional: una delegación de personalidades concurrió a su casa en Cerrito 858, donde le fue entregado un pergamino con firmas encabezadas por la de Marcelo T. de Alvear, presidente de la Nación.

 

Eduardo Ladislao Holmberg fue uno de los representantes más característicos de un grupo ilustre de argentinos que construyeron animosamente el país. Fue un verdadero maestro por su carácter, su amor a la tierra donde nació, la generosidad con que esparció su ciencia y su vehemente anhelo de ayudar al crecimiento de la nación. Su ejemplo cala muy hondo en mi espíritu y siento un impulso insoslayable de ensalzar su figura y de intentar seguir sus pasos.

Nº 2323 » Febrero 2007

Realidad y deseo en la obra de Luis Cernuda

por Casavalle, Felicitas · Comentar 

Recordarán el diálogo entre Sócrates y Diotima, la sacerdotisa pitagórica, de las páginas de “El Banquete”. Hablaban de Eros, de quien Sócrates dijo que era un dios, y que era el amor de lo hermoso. Sabemos que Eros desea las cosas buenas y bellas porque es indigente, desea lo que no tiene, lo que le falta.

 

- “No es un dios”, le dice Diotima, la extranjera. Es algo entre dios y hombre, entre lo mortal y lo inmortal. Su oficio es hacer de mensajero y de intérprete entre los dioses y los hombres. Así Eros llena el espacio que separa al hombre de Dios.

“¿Qué es el amor de las cosas bellas?, le preguntó Diotima. Quien ama las cosas bellas, ¿qué es lo que realmente ama o desea? Sócrates sólo pudo responderle que el que ama las cosas hermosas quiere poseerlas.

- “¿Y qué le ha de pasar al hombre que al fin posea las cosas bellas?” En este punto Sócrates guardó silencio.

- Dime, Sócrates, el que ama las cosas buenas, qué desea en realidad.

- Desea que le pertenezcan.

- ¿Y qué ha de pasarle al hombre una vez que haya alcanzado lo bueno?

- Ese hombre será dichoso, le dijo Sócrates.

 

El hombre se eleva a lo bello por el amor. Su deseo lo lleva de hermosura en hermosura, de los cuerpos bellos y las acciones hermosas hacia la belleza absoluta, perfecta. Esa hermosura pura, simple, divina fuente de todo lo hermoso, todo lo verdadero, todo lo bueno.

 

El deseo es conciencia de nuestra condición de mendigos esenciales, lo que habita el alma y da origen a la palabra. El deseo es sustento del lenguaje.

 

Cuando Adán descubre la creación, quiere hacerla suya, y da nombre a las cosas.

Dice Luis Cernuda, exponente de la generación española del ’27, nacido en Sevilla en 1902 y muerto en México en 1963:

 

“El deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe

Una hoja cuya rama no existe

un mundo cuyo cielo no existe”

 

          (Los placeres prohibidos) 

 

Podríamos pasarnos  largos días y largas noches meditando estas palabras. Son cuatro versos sencillos que aluden a todo el universo, que involucran una visión del mundo, que se emparentan con un linaje de poetas.

 

Esta poesía meditativa dio en el idioma español las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, la “Epístola a Arias Montano”, de Aldana, la poesía de Fray Luis de León… toda una tradición que corre por la poesía de Cernuda. Su lenguaje no es enfático, ni palabrero ni ingenioso; más sustancial y ascético que deslumbrante. Habla en tonos bajos, llevando el ritmo de sus ideas y de su corazón.

 

“La realidad y el deseo” es casi el título general de su obra, exceptuando “Ocnos” y “Desolación de la Quimera” y sus trabajos críticos en prosa. Un título impresionante. Esas dos palabras –la realidad y el deseo– evocan un repertorio de imágenes, toda la historia del hombre, las grandes obras de la literatura. Algo se dijo acerca del deseo refiriéndolo al Eros platónico, lo que en la literatura cristiana habría  llegado a ser ese amor  que mueve el sol y las estrellas.

 

¿Y la realidad?

 

La realidad se siente. El poeta al sentirla se encuentra ante la inminencia de una revelación. Ese secreto  persigue y atormenta al poeta, lo busca con tenacidad para  que, sirviéndose de las palabras, el poeta lo aluda, le de forma. Y así, fiel a su destino, el poeta hace sus versos. Y hay una felicidad en esto. La realidad, es al fin y al cabo un problema metafísico. “Una hoja cuya rama no existe”, dice Cernuda.

 

Me detengo en este verso. Es inquietante, me parece que alude a algo grave. Una hoja sin rama, es algo raro, que atenta contra la lógica y la experiencia.

 

¿En dónde está la hoja? Acaso sea sólo un hábito decir que la rama existe y que la hoja  está en la rama. Sólo a veces, en un sueño, o en ciertos estados profundos de melancolía, o de éxtasis, nos estremece una sensación de irrealidad, como si todo, yo, el mundo, las cosas, fueran un sueño. Que estamos hechos de la materia de los sueños, dijo Shakespeare. Que la vida es sueño, presintió Calderón.

 

Escribe Cernuda:

 “Cuando la muerte quiera

una verdad quitar de entre mis manos,

las hallará vacías, como en la adolescencia,

recientes de deseo, tendidas hacia el aire”

                                                          

(Donde habite el olvido)

 

La poesía sugiere, las ideas nos llegan como una música,  un sentimiento que habla a la imaginación. La realidad es enigmática, y aún tras larga vida, largas lecturas, y dulces y amargas horas, se escapa de las definiciones.

 

Borges, a quien acosaron estas cuestiones, dice: “And yet, and yet… negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal, es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consuela, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente es real; yo desgraciadamente, soy Borges”.

 

Cernuda dijo que su poesía era un intento para acercar el deseo –su deseo– a la realidad. Esa es su tentación, ahí anida su conflicto. Meditando acerca de la fugacidad y evanescencia de las cosas, de la vida,  el poeta esculpe su estilo. Habiendo descubierto la creación, habiéndose enamorado, la querría para siempre. ¿Cómo conformarse a una realidad finita y mortal entreviendo una que es interior y eterna?  

 

Dice Cernuda:

“El poeta, pues, intenta fijar la belleza transitoria del mundo que percibe refiriéndola al mundo invisible que presiente, y al desfallecer y quedar vencido en esa lucha desigual, su voz llora, enamorada, la pérdida de lo que ama.”

 

Supongo que algunos datos biográficos pueden tener interés para ver en qué medida el poeta es original, es decir, no coincide con las tendencias literarias de peso en su época: Cernuda nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902 y publica su primer libro Perfil del aire en 1927, en la revista Litoral, de Málaga. Al año siguiente abandona definitivamente de Sevilla. El poeta Pedro Salinas le consigue un puesto de lector en la universidad de Toulouse (influencia del surrealismo). Fija su residencia en Madrid. En 1936 publica La realidad y el deseo. Es el año del triunfo del Frente Popular y del comienzo de la guerra civil. En agosto de ese año asesinan a Federico García Lorca, de quien era amigo. En diciembre muere Unamuno. En 1938 emigra a Gran Bretaña y obtiene un puesto de lector de español en la universidad de Glasgow.

 

Muere Antonio Machado. En 1942 Cernuda publica Ocnos en Londres (influencia de la poesía anglosajona). En 1947 viaja a Estados Unidos y es profesor de literatura española en Massachusetts. En 1949 pasa un período de su vida, muy importante e inspirador, en México, al mismo tiempo que Octavio Paz publica “Libertad bajo palabra” y Neruda su “Canto general”. Desde entonces Cernuda alternará estadías allí y los Estados Unidos. Muere en México en 1963, a los 61 años.

 

Pensaba Alfonso Reyes que de todo grande hombre queda un saldo, por así decirlo, superior a la suma de sus días. Es por eso que sólo he querido hablar aquí de Cernuda, el poeta, de sus libros, de su poesía. He querido entrar en diálogo con su poesía, sentir su atmósfera que, si bien  marcada en las dolientes tempestades del amor y el desengaño no llegó al nihilismo. Hay algunos tipos de análisis que concluyen en fórmulas apodícticas, fórmulas conceptuales tiránicas, sin matiz. Yo prefiero el diálogo como camino de conocimiento.

 

Hace años leí “El secreto de la filosofía”, de Eugenio D’Ors,  un libro que sigue pareciéndome sorprendente. D’Ors postula una “filosofía del nimbo”. Nimbo, halo de luz que los pintores piadosos colocaban en torno a la cabeza o el cuerpo de sus representaciones de santos. “Cada cosa se nutre de la sustancia de su nimbo. Así, en cada palabra hay algo más que el elemento material con que se presenta en lo oral y en lo escrito; algo más también que el elemento conceptual que la convierte en signo.

 

Aislemos una palabra. Tendrá ella una forma concreta de tales letras, tal raíz, tal desinencia, susceptible de tales rimas o de tales otras. Tendrá igualmente un significado que el Diccionario definirá. Pero, insistamos, encima de ello hay en aquella palabra, un germen, unas posibilidades, un movimiento. Hay un impulso del pensar, una potencia activa de enlace, fuente de metáforas y de figuras. Hay igualmente una herencia, una impregnación de relentes acumulados desde cada vez que la palabra ha servido, sobre todo si ha servido a la poesía y al genio”.

 

Tal vez mi propósito sea intentar apenas  reconocer el nimbo en el que se nutre la poesía de Cernuda, zona de misterio, inapresable casi, a no ser por la imaginación poética o por esa intuición súbita de la verdad  de las experiencias místicas.

 

Lo que importa es recibir el efecto de la poesía, que es un efecto de gracia y que ocurre aún antes de haberla “comprendido”. La dicha de leer poesía.

 

Por ejemplo, este poema de Cernuda “He venido para ver” (de Los placeres prohibidos)

 

 “He venido para ver semblantes

Amables como viejas escobas,

He venido para ver las sombras 

Que desde lejos me sonríen.

 

He venido para ver los muros

En el suelo  o en pie indistintamente,

He venido para ver las cosas,

Las cosas soñolientas por aquí.

 

He venido para ver los mares

Dormidos en cestillo italiano,

He venido para ver las puertas,

El trabajo, los tejados, las virtudes

De color amarillo ya caduco.

 

He venido para ver la muerte

Y su graciosa red de cazar mariposas.

He venido para esperarte

Con los brazos un tanto en el aire,

He venido no sé por qué;

Un día abrí los ojos, he venido.”

 

Pese a las notas de amargura  y de tristeza, pese a la bastante rotunda incomprensión de su poesía, hay en Cernuda una vertiente estoica, de sabia aquiescencia, que parece provenir de una esperanza,  de una  moral  cristiana.

 

Dice en el poema “Lázaro” (Las Nubes, publicado en la Argentina):

 

“Vi unos pies que marcaban la linde de la vida,

El borde de una túnica incolora

Plegada, resbalando

Hasta rozar la fosa, como un ala

Cuando a subir tras de la luz incita.

Sentí de nuevo el sueño, la locura

y el error de estar vivo,

Siendo carne doliente día a día.

Pero él me había llamado

Y en mí no estaba ya sino seguirle.

 

Sentado a su derecha me veía

Como aquel que festejan al retorno,

La mano suya descansaba cerca

Y recliné la frente sobre ella

Con asco de mi cuerpo y de mi alma.

Así pedí en silencio, tal se pide

A Dios, porque su nombre

Más vasto que los templos, los mares, las estrellas,

Cabe en el desconsuelo del hombre que está solo,

Fuerza para llevar la vida nuevamente.”

 

La dualidad es la marca de su espíritu, credulidad y escepticismo, lo efímero y lo permanente, el rencor y la ternura. Y esa dualidad crea un ritmo. El ritmo del monólogo interior, dramático, aquella conversación  que Unamuno llamó autodiálogo y a lo que Machado se refería al decir: “converso con el hombre que va conmigo”.  

 

Siempre que hablo de poesía retorno a Borges, y lo cito: “Los antiguos, cuando hablaban de un poeta, de un “hacedor”, pensaban en él no sólo como aquel que sabía expresar altas y líricas notas, sino también como quien contaba un cuento. Un cuento en que se hallarían no sólo lo lírico, lo deseable, la melancolía, sino también las voces del coraje y la esperanza. Y, si al placer de que nos cuenten una historia se añade el placer adicional que da la dignidad del verso, entonces, algo grande habrá sucedido.”

 

Oigamos, con el libro entre las manos, la voz  de Cernuda, su poesía:

 

El ruiseñor sobre la piedra (fragmento)

 

“Lirio sereno en piedra erguido

Junto al huerto monástico pareces

Ruiseñor claro entre los pinos

Que un canto silencioso levantara.

O fruto de granada, recio afuera,

Mas propicio y jugoso en lo escondido.

Así, Escorial, te mira mi recuerdo.

Si hacia los cielos anchos te alzas duro,

Sobre el agua serena del estanque

Hecho gracia sonríes. Y las nubes

Coronan tus designios inmortales.

 

Recuerdo bien el sur donde el olivo crece

Junto al mar claro y el cortijo blanco.

Mas hoy va mi recuerdo más arriba, a la sierra

Gris bajo el cielo azul, cubierta de pinares.

Y allí encuentra regazo, alma con alma.

Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra.

¿Qué saben de ella quienes la gobiernan?

¿Quienes obtienen de ella

Fácil vivir con un social renombre?

De ella también somos los hijos

Oscuros. Como el mar, no mira

Qué aguas son las que van perdidas a sus aguas.

Y el cuerpo, que es de tierra, clama por su tierra.

 

Porque me he perdido

En el tiempo lo mismo que en la vida,

Sin cosa propia, fe ni gloria,

Entre gentes ajenas

Y sobre ajeno suelo

Cuyo polvo no es el de mi cuerpo;

No con el pensamiento vuelto a lo pasado

Ni con la fiebre ilusa del  futuro,

Sino con el sosiego casi triste

De quien mira a lo lejos, de camino,

Las tapias que de niño le guardaran

Dorarse al sol caído de la tarde,

A ti, Escorial, me vuelvo.

 

Hay quienes aman los cuerpos

Y aquellos que las almas aman.

Hay también los enamorados de la sombras

Como poder y gloria. O quienes aman

Sólo a sí mismos. Yo también he amado

En otro tiempo alguna de esas cosas.

Mas después me sentí a solas con la tierra,

Y la amé, porque algo debe amarse

Mientras dura la vida. Pero en la vida todo

Huye cuando el amor quiere fijarlo.

Así también la tierra la he perdido.

Y hoy hablo de ti buscando recuerdos

En el trágico ocio del poeta.”

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