Mayo 2007
Buster Keaton no sabía sonreír
Ya en el primer número de Criterio, a través de un artículo preliminar, Ignacio B. Anzoátegui (1905-1978), en adelante responsable de la sección permanente sobre crítica cinematográfica, define al séptimo arte como animación del arte puro
y, por tratarse de arte, debe producir arte y no simplemente producir. Por eso la crítica cinematográfica, como toda crítica seria, estará obligada a exigir y, por lo tanto, exigirá, arte verdadero.
Conviene recordar que en aquel tiempo todavía señoreaba el cine mudo, aunque el éxito recogido por una pésima película El cantor de jazz (estrenada el 7 de octubre de 1927 en EE.UU.), a partir del año siguiente revolucionaría el arte y la industria cinematográficos. Había nacido el cine sonoro, cantado y hablado, que aún demoraría en llegar a Buenos Aires. Triste y perdurable sujeción. La mirada cautiva, hoy como ayer.
Según apunta Georges Sadoul, el cine hablado llegaba en el momento en que el arte mudo alcanzaba su apogeo. Había aprendido a decirlo todo sólo con imágenes y algunos subtítulos. (Vida de Chaplin, FCE, p. 115).
En la década del 20 al 30 el negocio cinematográfico tuvo aquí un formidable crecimiento, tanto que entre 1926-1928 la Argentina ocupó el segundo lugar en el mundo entre los compradores de películas norteamericanas y alcanzará el primer puesto en 1931, manteniéndolo hasta 1936.
Los comentarios del joven Anzoátegui abundan en juicios lapidarios. Vayan algunos: Como actor, Lon Chaney es un contorsionista del gesto; y como intérprete, poco más que una careta. Buster Keaton no sabe sonreír, y el que no sabe sonreír es un imbécil o un pedante. Él es el más pedante de los cómicos. Ni un solo gesto lo revela como hombre: no es más que su envoltura de muñeco. El Tartufo de Murnau no es en manera alguna más aburrido que el Tartufo de Molière. Es el mismo tono cáustico que más tarde desplegará en Vidas de Muertos, decidida ya una vocación literaria a lo largo de la cual cosechará los premios Nacional y Municipal de Literatura, y que no entorpecerá su carrera judicial. (Dos recordados brulotes del libro rezan: Dijo gobernar es poblar y se quedó soltero, referido a Juan Bautista Alberdi; Introdujo tres plagas: el normalismo, los italianos y los gorriones, contra Sarmiento). El crítico de cine, con acierto, no cesará de encomiar a Chaplin, y al estrenarse El circo, lo ensalzará como uno de los más grandes directores del cine norteamericano; una cinematografía capaz de seducirlo una y otra vez, sea Ben Hur, dirigida por Fred Niblo o Demonio y carne, con Greta Garbo.
Es curioso: cuando se estrenó Metrópolis, una de las joyas del expresionismo alemán debida a Fritz Lang, I.B.A. escribió: Alemania necesita aún aprender mucho en materia cinematográfica, pero la enseñanza del cinematógrafo americano ha sido desoída. Fotografía deslucida la de esta obra opaca, con catorce actos de cielo nublado. En realidad, algo así como el ambiente cloroformado de un corredor de sanatorio en la madrugada. Ninguna película, como ésta, me ha zamarreado tanto de aburrimiento.
Un año después, a partir del número 90 de Criterio, el crítico junto con otros colaboradores (César Pico, Ernesto Palacio, los poetas Dondo, Etcheverrigaray y Jijena Sánchez, más los grabadores Juan Antonio Ballester Peña y Víctor Delhez) decidirán separarse de la revista. ¿Habrá tenido un efecto de arrastre la renuncia de Atilio Dell´Oro Maini a la dirección de Criterio?
Chaplin
Chaplin es un artista fundamental, un novedoso intérprete de sentimientos viejos tal vez mejor que sentimientos, afecciones elementales, el primer intérprete de la contradicción entre lo material y lo espiritual. Chaplin es un artista inolvidable en la plena acepción de esa palabra, velada de agradecimiento. Su carrera es una serie no interrumpida de triunfos: línea ascendente, acaso horizontal, nunca descendente. Es siempre un artista que triunfa: desde las primeras películas de la Keystone (l9l3) hasta su última obra filmada como productor libre, La quimera del oro (United Artists, l925), esta Ilíada de nuestro siglo.
(I.B.A. Criterio nº 3 22 -Xll-1928)
Alabanza de Greta Garbo
Su manera escénica es digna y reposada como la manera escénica del cisne, y como ella sintética, y sobriamente noble. Ella se mueve, y es como si fuera despegándose suavemente del aire. Camina, y en su paso hay una leve tentación de ritmo. Sus movimientos se alargan con un envión de ala, para aquietarse luego sobre los ojos mismos del espectador, adormecidos en recuerdo.
Bajo la rúbrica lenta de sus cejas sus ojos tienen un gris atardecido y un mirar velado de cansada tristeza. Y en su nariz aletea una inquietud de espera o tal vez de congoja. Su boca se acerca con un doloroso ritmo de apasionamiento, y en su sonrisa extraña harapo de su boca hay hambre y miseria de alegría. Es la sonrisa imposible, teatralizada en la boca.
Yo creo que Greta Garbo es la actriz cinematográfica que responde mejor a las exigencias de la sensibilidad moderna.
(I.B.A. Criterio nº 30 27-IX-1928)
Camino del cielo (Himmelweg)
Con el estreno de Camino del cielo, que se suma al de Hamelin el año pasado (ver Criterio n. 2321), y a los que se agregará próximamente Cartas de amor a Stalin en el Centro de la Cooperación, se afianza rápidamente la presencia de este joven dramaturgo español en los escenarios de Buenos Aires. Esta obra da cuenta de preocupaciones temáticas y estrategias de escritura ya observadas a propósito de Hamelin, aunque trasladadas a la escena con menor efectividad teatral.
Nuevamente Mayorga explora la relación entre victimarios y sometidos, centrando su interés en aquellos que rodean a la víctima y que, por debilidad o indiferencia, terminan haciéndose cómplices del mal. En este caso se focaliza en un tema, el del Holocausto, que no había sido abordado por el teatro español, a diferencia del argentino que ya en 1967 con El campo de Griselda Gambaro buscó en el nazismo inspiración para proponer una lectura alegórica de la realidad de la época. El hecho histórico que le sirve a Mayorga de punto de partida para esta propuesta es la visita que un enviado de la Cruz Roja realizó en junio de 1944 a un campo de concentración en una localidad cercana a Praga y el posterior informe que elevó, positivo y útil a los intereses del nazismo. Esta paradójica situación de mirar y no ver lo evidente, funciona como disparadora de la intriga: el comandante del centro de reclutamiento civil como eufemísticamente se designa al lugar organiza, apelando a su afición por el teatro y a la ayuda de uno de los prisioneros, una minuciosa puesta en escena de un mundo feliz que dibuja la realidad para responder satisfactoriamente a los requerimientos del visitante. Éste no logra sortear el muro que construyen las palabras y los gestos impostados y arrastrará luego la culpa que lo impulsa a la autojustificación. Entre el Comandante, y el falso alcalde se establece una relación que oscila entre la negación, la aceptación y la final complicidad que le permite a cada uno cumplir aceitadamente con el rol que les ha sido asignado: ejecutar las órdenes enviadas desde Berlín en un caso y seleccionar y adiestrar en la interpretación del libreto a quienes sólo así salvarán su vida. El valor de la palabra como medio de manipulación u ocultamiento, su relación con el gesto que la subraya o la niega, la duplicidad del actor, son cuestiones que aparecen reiteradamente tematizadas y que, además de concederle al texto un carácter autorreferencial, suscitan nuestra reflexión acerca de las mediaciones a través de las cuales aprehendemos la realidad.
El director Jorge Eines, radicado en España hace ya treinta años, tuvo a su cargo la puesta en escena de un texto con escasas líneas de acción y una impronta marcadamente discursiva, por momentos, en razón de una marcada apelación al monólogo. Un sólido elenco en los papeles principales le permite sortear con éxito este escollo. Horacio Roca como el Delegado recurre a su versatilidad expresiva para sostener casi media hora de texto ininterrumpido. También se lucen Víctor Laplace como el Comandante y Ricardo Merkin como el falso alcalde. El resto del elenco tiene un desempeño discreto en roles menores. El diseño escenográfico, el vestuario, y las luces, lejos de la propuesta tenebrosa de la versión estrenada en Madrid, se apoya en un cromatismo de suaves colores pasteles que, junto con el césped artificial y el curso de agua, connota el bucolismo de la ficción que recrean verdugos y víctimas por igual.
Videos: “Babel”, “María Antonieta”, “El laberinto del fauno”, “El camino de san Diego”
Babel
EE.UU 2006.
Dirección: Alejandro González Iñárritu.
Intérpretes: Brad Pitt, Cate Blanchett, Adriana Barraza, Gael García Bernal, Rinko Kikuchi.
A.M. 16.
Una película que muestra más buena voluntad que rigor artístico. De Amores perros y 21 Gramos, el director mexicano conserva la idea de contar varias historias intercaladas, pero salvo ese detalle, hay poco parentesco entre ésta y su impactante ópera prima.
En una especie de cuidado zapping, se alternan las historias de varias familias: una pareja norteamericana de visita en Marruecos, sus propios hijos que quedaron en San Diego al cuidado de la niñera mexicana; una adolescente sordomuda en Tokio y su padre, un hombre de negocios; una familia marroquí que compra un rifle para que sus hijos protejan con él a sus cabras de los chacales.
Con una estética que recuerda a un comercial de teléfonos celulares (falta un eslogan del estilo si todos nos comunicáramos, el mundo sería mejor), Iñárritu y su guionista, el escritor Guillermo Arriaga, enhebran algunas conexiones forzadas y esgrimen un discurso políticamente correcto pero simplista. Más que de una película sobre la globalización, estamos ante una película globalizada. Las interpretaciones, sin embargo, son correctas y en algunos casos (como el de la mexicana Adriana Barraza y la japonesa Rinko Kikuchi) de gran intensidad emocional.
María Antonieta
EE.UU. 2006.
Dirección: Sofia Coppola.
Intérpretes: Kirsten Dunst, Jason Swchartzman, Steve Coogan.
A.M. 13.
Si alguien hubiese podido filmar un reality show en la corte de Versailles a finales de 1700, seguramente habría descartado muchas de las escenas que Sofia Coppola elige filmar en esta inusual biografía de la chica que fue reina a los diecinueve años. En la sala de edición habrían quedado, por ejemplo, las imágenes de una adolescente eligiendo vestidos, conversando con sus amigas, despertando con su indiferente marido.
María Antonieta está basada libremente en el libro de Antonia Fraser (María Antonieta: la última reina), y se centra en la etapa adolescente de esta mujer que, a los quince años, fue separada de su familia y de su pasado en Austria para consolidar una alianza entre dos monarquías. Sofia (hija del director Francis Ford Coppola e integrante de una dinastía en Hollywood) presta más atención a la forma (al clima) que al contenido, y parece estar contando su propia historia de chica privilegiada y rebelde. De hecho, hay rebeldía en el gesto de no intentar repetirse en relación a la reconocida Perdidos en Tokio y en no ceder a la tentación de repetir los clichés del biopic. Pero la hija del director de El padrino es una cineasta talentosa que, película a película, construye un universo femenino y personal.
El laberinto del fauno
España/México, 2006
Dirección: Guillermo del Toro.
Intérpretes: Sergi Lopez, Ivana Vaquero, Maribel Verdú, Ariadna Gil.
AM 13.
El director mexicano Guillermo del Toro, forma parte de una especie de boom de mexicanos en Hollywood, junto con Alejandro González Iñárritu y con Alfonso Cuarón, quien es también uno de los productores de este film.
Aquí presenta un cuento de hadas que da miedo. En 1944, en España, una niña llamada Ofelia se muda al campo con su madre embarazada y con Vidal, su nuevo padrastro, un capitán del ejército a las órdenes de Franco. Dos realidades se superponen: la compleja situación política española, y el mundo fantástico que habita Ofelia. En este último, la niña es una princesa huérfana que debe atravesar una serie de pruebas que le dicta un fauno, en un universo lleno de otras criaturas extrañas.
Del Toro amalgama de manera inteligente los elementos fantásticos con la historia realista. Cruel como la mayoría de los cuentos de hadas, con imágenes de una crudeza no recomendable para niños pequeños, El laberinto del fauno es una pequeña joya, a la que Hollywood terminó dándole el visto bueno, con seis nominaciones al Oscar y tres estatuillas (a la Mejor Fotografía, Dirección de Arte y Maquillaje).
Las interpretaciones merecen unas líneas aparte: además de los eficientes Maribel Verdú, Alex Angulo y Ariadna Gil, más la niña Ivana Baquero, sobresale el excelente actor catalán Sergi López (Harry, un amigo que te quiere bien), como un villano sin matices.
El camino de San Diego
Argentina 2006.
Dirección: Carlos Sorín.
Intérpretes: Ignacio Benítez, Carlos Wagner, Paola Rotela, Silvina Fontelles, Miguel González Colman, José Armónico, Toti Rivas.
ATP.
Con Historias mínimas, Carlos Sorín encontró una manera de hacer cine: el director trabaja con no-actores, como él los define, y sus personajes a menudo adquieren las características de las personas que los interpretan. Con El perro llevó su método al siguiente paso; y tampoco se aparta de él en su última película, El camino de San Diego. El escenario de la Patagonia es reemplazado por la selva misionera, donde vive Tati Benítez, hachero sin trabajo y fanático de Maradona. Corre el año 2004 y Diego es hospitalizado por una afección cardíaca. Los televisores del país reproducen la vigilia de los simpatizantes y fanáticos del futbolista en la puerta de una clínica en la Capital. En esos días, Tati encuentra en la selva la raíz de un árbol en la que cree ver un parecido con su ídolo, y también una señal del destino, por lo que se decide a llevarle esa madera a Buenos Aires y entregársela personalmente.
La dirección de los no actores ha sido trabajada por Sorín hasta obtener resultados óptimos. Otra vez, detrás de cada elección de casting hay una simpática anécdota; entre tantos hallazgos, Tati Benítez, el protagonista, fotogénico y expresivo, es el mayor de todos. Pero se advierte un cierto paternalismo en la representación de un mundo donde la humildad y la bondad siempre van juntas. Una mirada piadosa, que se acentúa al explorar la religiosidad popular, reflejada no sólo en el culto a Diego, sino también en la devoción al Gauchito Gil, cuyo santuario queda de camino.
Las alas de la vida
Pasó prácticamente inadvertida en el festival porteño de cine. No está en cartelera, ningún distribuidor la tiene en consideración, no se va a estrenar comercialmente, al menos en lo que resta del año, pero es preciso hablar de esta película, dura, hermosa, emotiva, ejemplar. Es necesario difundir su existencia, por si alguien puede conseguir una copia, o, por lo pronto, beneficiarse con algo de lo que aquí contamos.
Se trata de un documental valenciano, sobre un médico víctima de un mal neuro-deformante irremediable, que pidió ser filmado, para dejar testimonio de cómo iba involucionando a lo largo de tres años, y cómo es posible ir aceptando las leyes de la naturaleza, si es posible, con una sonrisa, como él mismo dice, y trata de imponerse a sí mismo.
El doctor Carlos Cristos, feliz médico de pueblo, apreciado divulgador de la medicina en espacios radiales, guitarrista, aladeltista, esposo y padre, debe reacomodar su casa, para poder transitar por ella el tiempo que le resta, y para que lo capten las cámaras. Pero, sobre todo, debe reacomodar su mente, ir aceptando que está dentro de un cuerpo que envejece, que al terminar cada jornada, sin saberlo, ha hecho algo por última vez, y que, cada día que pasa se hace más presente la expectativa del gran momento final.
Jorge Luis Borges escribió hermosos poemas sobre este tipo de impresiones, mayormente a medida que llegaba a la ancianidad. Pero al doctor Cristos la noticia de su cercana decrepitud le llegó teniendo apenas 47 años. Es normal que cada tanto lo interrumpa un pequeño ahogo mientras habla, o escucha hablar a otros. Lo excepcional es él, que da consejos a su cuidador, enseña cómo reemplazar en forma casera los aditamentos carísimos que se venden para discapacitados, bromea sobre su nueva habilidad para distribuir el aceite en la ensalada, y tiene reflexiones tales como: Simplemente mi cuerpo está fracasando y lo veré fracasar, De a poco ya no necesitas hacer esto o aquello, un día ya no necesitas comer, y otro día ya no necesitas respirar, y (esto es algo más que un consuelo) Me gusta pensar que, si no hubiera muerte, cada nacimiento sería una tragedia.
Son reflexiones que él dice con tranquilidad, pero con creciente esfuerzo físico, al punto que a veces sólo lo entendemos gracias a los subtítulos que hubo que poner en la película, mayormente hablada en español, aparte de algunos momentos en catalán de Mallorca, un lugar hermoso, donde el hombre se había instalado y hecho carrera, y en gallego, porque era natural de Vigo. Por algo, ahora vemos, su entereza nos recuerda la de aquel personaje que inspiró Mar adentro. Ambos eran gallegos. Otro asunto nos lo recuerda: la discusión sobre el derecho a bien morir, la aceptación de la muerte, y el rechazo de prolongaciones artificiales. Él aclara esto en un previsor testamento, aún cuando afortunadamente, sonríe, en este caso es previsible la lucidez plena hasta el final.
En un aparte, la madre, viéndolo tan desmejorado, comenta muy clara: Si de alguna manera Dios permitiera ayudar a morir, yo ayudaría a morir. Pero Dios quiere que la vida viva. Su esposa también es médica, y también es admirable. En su caso, frente al negocio de prolongar artificialmente la vida del enfermo, se planta con entereza: Olvidamos que uno de los fines de la medicina es ayudar a aceptar la muerte, dice, y al respecto aconseja reprimir un poquito la neurosis de anticipación, para que cada día del enfermo se viva más como otro día de gracia, y no como una nueva jornada de angustia a la espera del desenlace. Gracias a su formación, el matrimonio sabe expresar consideraciones realmente valiosas, pero no impresiona sólo con sus palabras. Es conmovedor, por ejemplo, cuando, en un breve paseo por el patio, él va agarrándose de una rama seca, estudiando su itinerario como un niño que recién está aprendiendo a caminar, y ella, que lo va acompañando, finalmente lo alza en brazos.
Conmueven, asimismo, el encuentro con un profesor de historia de la medicina en la vieja Universidad de Valencia, donde charlan sobre el modo en que médicos y filósofos han considerado el tránsito hacia el más allá, o la visita a los ancianos padres (también el viejo es médico, y denuncia el negocio de las industrias farmacéuticas, que desatienden la investigación de enfermedades raras, como ésta, precisamente porque son de poco rédito económico), o la noche, gratamente divertida, con viejos amigos de juventud, dedicados a la música folklórica, y la preciosa visita de una amiga, monja misionera en Ruanda, donde el matrimonio había trabajado en tiempos cercanos a la guerra civil que asoló ese país. Nosotros sufrimos por el Alzheimer y esas enfermedades, pero ahí sí que están mal, considera el enfermo. Y más adelante confiesa que no tiene mayor curiosidad por ver el famoso túnel de luz, ni encontrarse con Dios en la otra vida. Yo ya he visto a Dios, explica, como la cosa más natural del mundo, y lo he visto en los más pobres de la tierra. He sido un privilegiado.
Un pequeño privilegio sería ahora ver de nuevo esta película, mostrarla en todas partes, intercambiar opiniones, servir con ella de aliento a quien lo necesite. Su único defecto, bastante menor, es que tiene tres finales. Pero los tres son muy buenos.
Pequeño chiste, contado en algún momento por el profesor de historia de la medicina. Un cura estaba en pleno sermón, en su parroquia, advirtiendo a los fieles acerca del fuego eterno del infierno, y de todos los dolores que allí iban a padecer quienes siguieran la senda del pecado, y estaba realmente exaltado con su sermón, y todos estaban como atemorizados, hasta que de pronto uno de los presentes, levantándose de su asiento, lo interrumpió:
Pues, padre, si hay que ir al infierno, se va. ¡Pero no nos asuste, caramba! (en verdad, no dice exactamente asuste ni caramba, pero ésta es una revista seria).
Woody Allen, por sí mismo
Reimpreso con inteligencia el año último, Woody Allen por sí mismo es la oportunidad de acercarse a dos reconocidas voces; por supuesto, la del célebre autor de Manhattan sobre la base de una exhaustiva entrevista televisiva que reproduce en su totalidad lo que dijo el genial Woody y que la televisión, con sus tiempos siempre tiranos y su indudable lógica de vodevil, suprimió en buena cantidad.
La otra voz pertenece a un biógrafo de jerarquía en los Estados Unidos: Richard Schickel. Escritor, durante años magistral crítico de cine de la revista Time y a quien Woody brindó cuatro horas de entrevista que en las páginas de este libro se prestan para desentrañar muchos misterios, característica que el mismo autor atribuye a motivos generacionales: tener casi la misma edad, haber leído los mismos libros, visto las mismas películas y soñado la vida en las grandes ciudades. Cuando se refiere a Manhattan, Schickel anota: Es uno de los filmes más capciosos de Woody Allen desde el punto de vista moral. Pero supo salir del atolladero con solvencia, merced a que todavía trabajaba dentro de unos parámetros que su público consideraba aceptables. Eso sirvió para que no se reparase en que Tracy (Mariel Hemingway) fuese una menor… claro que Soon Yi aún estaba lejos.
Schickel trabaja en los primeros nueve capítulos del libro un análisis de la filmografía de Woody desde sus comienzos hasta La maldición del escorpión de Jade, pero detallando sobre todo sus grandes clásicos como Zelig, La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas, Días de radio.
Woody abunda en comentarios y, lógicamente, existen varias perlas. Al ser consultado sobre los motivos que lo llevaron a filmar Zelig, el personaje que adoptaba el aspecto físico de la persona que contactaba, declara: Me interesó presentar a una persona que parecía tener el don de la ubicuidad, la clase de persona capaz de integrarse en cualquier grupo gracias a su necesidad de agradar (…) Hablarán de una película y dirán: Oh, vale, no me gustó, ya sabes, la última película de James Bond. Me pareció, errr…, muy tonta y simplona. Y luego charlarán con otra persona y esta persona se les anticipará diciendo: Fuimos a ver la última película de James Bond. Nos encantó. Nos pareció genial. Y esa misma persona cambiará de opinión y responderá: Si, tiene escenas muy trepidantes. Y los efectos especiales son realmente espectaculares. Schickel anota de Zelig que es una película de un personaje sin personaje.
En el epílogo, luego de la entrevista, Schickel se entretiene en otros temas y un recuerdo de su experiencia como crítico ante los films de Woody Allen: Cuando los críticos de cine acudían a la proyección de una de sus películas no recibían el tradicional dossier de prensa al entrar a la sala. Únicamente, al finalizar la proyección se les facilitaba una nota con el reparto y los títulos de crédito. No se repartía ningún material de ninguna clase que sirviese para posicionar la película ante el espectador.
Riguroso y accesible, Schickel permite descubrir al artista en toda su complejidad, con sus miedos y reflexiones en torno a la muerte, la religión, el sexo, la realidad, la fantasía, el trabajo actoral… se reserva Schickel el plato fuerte con un segmento dedicado a Charles Chaplin. Ambos lo conocen: Allen exclama con sapiencia sobre su genio y Shickel preparaba simultáneamente su Charlie, the life and art of Charles Chaplin, fantástico trabajo documental que la Asociación de Cronistas presentó en el Festival de Mar del Plata en 2004.
Diario de mis vacaciones - Mi guía personal - Guía para docentes y padres
Es habitual que las elaboraciones en materia de pediatría o educación cedan, en buena medida, a la tradición del adultocentrismo. Proponer un nuevo enfoque que esté al servicio de los niños y no sólo sirva a los intereses de los adultos, implica adoptar la auténtica perspectiva del ser en devenir y construir una mejor estrategia de prevención. Y éste es el eje del presente trabajo.
El desamparo, los malos tratos y el abuso sexual en los niños repercuten inevitablemente en la vida adulta y en la vida social. Sus consecuencias suelen ser trágicas y, aún hoy, gran parte de la sociedad sigue negando e ignorando ese círculo vicioso de violencia, crueldad e injusticia padecido durante la infancia.
En el terreno de la investigación científica, cada vez son más los autores y los estudios que, con seriedad y fundamento, aportan claridad y una mayor toma de conciencia sobre esta problemática crucial.
En este sentido, el aporte de las licenciadas en Psicopedagogía, Laura Barbero y María Laura Kroupensky es invalorable, ya que, a través de su experiencia comprometida con la educación han plasmado una obra de gran ayuda y orientación para padres, docentes y, lo que no es frecuente, para los mismos niños.
La obra psicopedagógica está compuesta por tres fascículos. Los dos primeros: Diario de mis vacaciones y Mi guía personal está dirigido a los más pequeños, a los verdaderos protagonistas que, como víctimas indefensas, permanecen atrapados en ese circuito de dolor. Con lenguaje cercano, afectivo y realista, se le dan al niño las herramientas básicas para reconocer su cuerpo y sus sentimientos, fomentando la conciencia de valores que deberían ser inclaudicables para todo ser que llega a este mundo: la integridad, la propia valoración, el respeto y la lealtad a uno mismo.
El tercer fascículo está dirigido a los docentes y a los padres, primeros y últimos responsables de la formación y el acompañamiento en el crecimiento de todo niño.
Muchos adultos, por ignorancia, desinformación o ceguera emocional, no logran afrontar esta temática con la madurez y la aptitud necesarias.
Encontrarán en esta guía conocimiento y herramientas específicas para brindar a sus hijos y alumnos lo que todo ser humano necesita para desarrollarse y madurar: cuidado, protección y respeto hacia el pequeño ser.
Sería auspicioso que este material, tan apreciable para la tarea misma de educar y que plantea un auténtico trabajo de prevención, tuviera la merecida difusión.
Animales y más que animales
En el canon de la literatura fantástica la antología de cuentos compilada por Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares (Editorial Sudamericana, 1965) es de consulta obligatoria. El sumario del libro, vasta colección que no desdeña espigar en las ricas tradiciones del Oriente, incluye la inquietante ambigüedad de Sredni Vastar, firmado por Saki, seudónimo de Hector Hugh Munro (1870-1916), escritor de origen escocés nacido en Birmania, donde su padre servía al Imperio Británico como inspector de policía. En ese inquietante relato, la temible Mrs. De Ropp, a quien su entenado Corradín denomina con pavor The Woman, terminará siendo víctima de la refinada venganza del niño.
Ausente desde hace muchos años del mercado editorial, ahora, y por partida doble, Saki ha vuelto a las góndolas de nuestras librerías. En efecto, están allí los Cuentos Completos en un solo tomo (edición española del novísimo grupo Alpha Decay), y los cuatro volúmenes de la Editorial Claridad. Pues bien, desalentado por el precio de aquélla (a la altura de las nubes) me decidí por uno de los títulos de Claridad (Beasts and Superbeasts, según el original inglés). Fatal opción: apenas un tercio de los 36 cuentos, donde se entrecruzan el horror, la ironía y lo grotesco, pasa la prueba de lectura sin que los desluzca una pésima corrección, si es que esta instancia tuvo lugar según lo exigen las reglas del arte tipográfico. Dejando de lado la omisión de los acentos, el mal uso de las preposiciones, las faltas de concordancia entre artículo y sustantivo o entre sujeto y verbo, o los tiempos verbales errados, hay gazapos memorables: la pequeña y pintoresca paradera; un aceptable cuadro de ganado dormitando pintorescamente bajo los roles; una avara de guisantes; está allí (el gato), ronroneando y soñando, levantando de vez en cunado sus patitas en un éxtasis de comodidad entre almohadones. Estos deslices no son nada ante las licencias de la traductora. Por caso, estas frases de muestra: Era una tarde en la cual ser llevado por el aire fuera del propio ambiente climático, y The Golden Journey to Samarkand prometían conducir a Treddleford con gran valor a otras tierras y otro (sic) cielos (El interlocutor invisible, página 185). Que uno de los personajes de Una tarde de vacaciones (página 163) hable de morir en agonía en el curso de la tarde, ¿no es como tocar a muerto dos veces? ¿Desde cuándo a una potranca se la llama potrilla? El alce (página 191) reserva otra sorpresa: la confusión de los parentescos. Para Teresa, Mrs. Thropplestance, la candidata que elija Bertie, su nieto, jamás podría convertirse en su hija política como reza la traducción. ¿No será más bien su nieta política?
Mujeres, niños y animales sobre todo, gatos salvajes o domésticos, si bien en este zoológico, a modo de arca de Noé, se suman cerdos, gallinas águilas y bueyes suelen habitar las páginas de Saki, algo casi obligado para quien sufrió una orfandad prematura y el desarraigo de su lugar de origen, antes de desembarcar en Devon, Inglaterra, para ser criado en casa de su abuela por dos tías solteronas, agrias y severas, entregadas a beber gota a gota el cáliz de la amargura. La infancia es un maravilloso auxiliar del recuerdo, señala Graham Greene, y los mejores relatos de Saki son, precisamente, los de esa edad que para él no parece haber sido tan dorada. Sus temas favoritos son el enfrentamiento de los niños con el mundo de los adultos, lo sobrenatural, la despiadada disección de la intolerancia y la torpeza, y una visión aguda y burlona de la frívola sociedad inglesa del período eduardiano.
El editor tiene en su catálogo otros títulos de Saki. ¿Serán más de lo mismo o mejorarán las traducciones y el corrector tendrá visión menos miope?
Sobre los recuerdos y el futuro del cine nacional
María y Julio, los personajes de este relato audiovisual, se ven inmersos en un universo repleto de recuerdos. Ambos en sus sesenta y pico, habitan un hogar donde los aromas de tiempos pasados vuelven a renacer a través de diapositivas que inmortalizan rostros familiares, inmutables, maniquíes de un tiempo muerto. Las acacias, dos árboles que viven en la vereda de los ancianos desde el nacimiento de uno de sus hijos, son la motivación de Julio en este universo en apariencia inmóvil. Uno de los árboles está a punto de desmoronarse, se ha secado y, según María, lo más conveniente sería quitarlo; pero Julio insiste en no hacerlo. Estas acacias se encuentran unidas, ramas entrelazadas que se abrazan para sostenerse entre sí: hermosa metáfora de María y Julio.
Los recuerdos son parte diaria de esta pareja. Quien los rememora a través del diálogo es ella: nombra a los amigos fallecidos, describe las situaciones en las diapositivas, recuerda hechos que sucedieron tiempo atrás. Julio recuerda a su manera; en el silencio trata de conservar y arreglar los objetos que lo invitan al recuerdo. Cada uno con su estilo construye el propio presente que también se halla entrelazado con el de su cónyuge. Dentro de esta construcción, Julio y María conviven en un tiempo que va construyendo desesperadamente otro tiempo que se dibuja en sus arrugas y en la corteza de las acacias, un tiempo tan propio que hace avanzar las agujas del reloj con una pausa infinita.
Julio intenta revivir la acacia con fertilizantes, única preocupación dentro de su vida. Finalmente el árbol cae sin necesidad de derribarlo. Es allí cuando Julio también se derrumba anímicamente. Aquella imagen a través de una de las pequeñas ventanas de la casa, en la que se ve a Julio quemando las ramas de la acacia, contiene una belleza estética y un significado simbólico muy rico y variado. A través del fuego se incineran los recuerdos: el humo y las cenizas son lo que quedan de las experiencias vividas.
A través de un registro documental, el director Gustavo Fontán narra reuniones familiares desde una calidad y tranquilidad que denotan cariño inmenso por su familia y por la labor cinematográfica que desempeña. Lo ayuda el hecho de trabajar con su familia, de conocer a los padres-actores, sus gestos, movimientos, sus maneras de sentir. Gustavo supo dónde ubicar la lente de la cámara, cómo iluminar, cómo construir ese universo sonoro, gracias a ese saber que fue construyendo desde su infancia. Conocer cada rincón de su hogar lo ayudó a filmar esa escena en la que como un espía pequeño mira, a través de unas cortinas amarillentas, a su padre jugar con los nietos pequeños. Construye a través del sonido un ambiente de misterio que atraviesa al espectador y lo lleva a hundirse en ese universo tan personal.
Uno de los temas que más me atravesaron a mí como espectadora, fue el tratamiento de los recuerdos que se realiza en la película. Estos recuerdos se construyen a través de voces, de aromas narrados por María (ya llegará el cine con aromas), de fotos desgastadas en blanco y negro, paredes que susurran, pisos caminados por personas conocidas y otras no tanto. Ella recuerda, él recuerda, cada uno a su manera; ella recuerda que el hueco del árbol había sido nido de cartas de amor, él recuerda el día en que lo plantó. Y yo recuerdo la sombra del árbol sobre la fachada de aquella casa. Rememoro el aroma a tilo, las veredas anaranjadas, la casa de piedra blanca casi gris, el aroma del tuco de la nonna, las arrugas de sus manos. Eso logra Fontán, hacer reflexionar al espectador acerca de sus propios recuerdos y de su propio tiempo también, del ahora; y cómo las vivencias se van volviendo recuerdo tan rápido. Cada espectador a su manera interpretará el lenguaje que el director ha mostrado en pantalla, cada uno recordará las partes de la película que quiera recordar. Como dice Pedro Aznar: qué locas son las cosas que al alma se le antoja conservar.
El símbolo cultural del árbol está presente, las raíces relacionadas a la familia, también la corteza cuenta historias, como las arrugas de María y Julio. Pareciera además que Fontán gusta de los entrecruzamientos, de lazos laberínticos que muestra a través de la sombra de las ramas de las acacias, y cuando el agua recorre las pequeñas canaletas de las baldosas en la vereda.
El árbol se estrenó en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (edición 2006), participó también del Marfici 2006 (Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata), se visualizó en Polonia y Uruguay, y se estrenó el 1º de febrero en los cines Gaumont y Tita Merello. Esperamos contar pronto con la versión en DVD.
En estos momentos el director se encuentra trabajando en un documental sobre el poeta entrerriano Juan L. Ortiz. Anteriormente Fontán realizó un mediometraje (documental con rasgos de ficción) en donde el protagonista es el poeta jujeño Jorge Calvetti; y ya tuvo una participación cinematográfica en 1986 Gombrowicz, o la seducción (Representado por sus discípulos), de Alberto Fischerman.
El cine argentino va construyendo aún su camino, su inmensa variedad de miradas en contraposición con otro cine que no hace más que crear estereotipos y situaciones en apariencia distintas pero de estructura idéntica. Hace tiempo que han surgido películas que invitan al espectador a pensarse: Pizza, birra, faso de Caetano-Stagnaro, La ciénaga de Lucrecia Martel, El custodio de Rodrigo Moreno, Los rubios de Albertina Carri, Cama adentro de Jorge Gaggero; películas que tratan diversos temas desde puntos de vistas distintos pero que invitan a la reflexión de los espectadores.
La cinematografía argentina también amplía su desarrollo realizando copodrucciones que ayudan al intercambio cultural, por ejemplo en Hamaca paraguaya de Paz Encina, participaron Paraguay, Argentina, Francia, Holanda, Austria y Alemania. Sería interesante lograr un sistema de coproducción entre países latinoamericanos, con temas más relacionados con los nuestros, preocupaciones existenciales, marginalidades, vivencias similares que en algún punto confluyen. Parte de esta labor está siendo llevada a cabo desde el año 2003-4 por el OMA, Observatorio Mercosur Audiovisual, que es un instrumento operativo creado por la RECAM (Reunión Especializada de Autoridades Cinematográficas y Audiovisuales del Mercosur y Estados Asociados) con el propósito de obtener, procesar y poner en servicio datos e información del cine de los países del Mercosur, para contribuir al desarrollo productivo y a la integración de la industria y la cultura audiovisual regional e iberoamericana.
Este organismo no sólo se ocupa de gestionar y promover la relación de los países de la región iberoamericana sino también de fomentar el cine de cada país, defendiendo la diversidad y la identidad cultural de cada pueblo de la región.
En conclusión la película de Gustavo Fontán forma parte de un cine que logra crear una conciencia de individuo dentro de una determinada cultura, no una individualidad alienada, sino que invita a la reflexión al espectador y a un intercambio de diversas miradas.
Aparecida, esperanzas y temores
En el primer encuentro del ciclo de debates de Criterio 2007, realizado en el Centro Cultural Borges el 12 del mes pasado, fueron panelistas los doctores en teología Maria Clara Lucchetti de Bingemer y Carlos M. Galli. Respectivamente, decanos en la Universidad Católica de Rio de Janeiro y en la Universidad Católica Argentina. Bajo el título: ¿Qué futuro tiene la Iglesia en América latina?, coordinó las ponencias y el diálogo el periodista José Ignacio López.
La preocupación central, ante la V Conferencia de Obispos latinoamericanos a realizarse en Aparecida, Brasil, con la apertura de Benedicto XVI (en su primer viaje en cuanto pontífice al continente latinoamericano), fue el interrogante sobre si las expectativas son de esperanza o de temor. Esperanza en que la Iglesia recoja los múltiples desafíos de la sociedad contemporánea. Temor de que no sepa o quiera hacerlo.
José Ignacio López, quien lamentó con fuerza la ausencia de laicos argentinos entre los participantes, escribió en el número anterior un interesante artículo sobre el tema.
De Carlos M. Galli, que además será perito en Aparecida, esperamos un análisis posterior a la Conferencia.
Aquí publicamos el texto de Maria Clara Bingemer expuesto, en parte, en la charla mencionada.
La V Conferencia General del episcopado latinoamericano suscita reacciones tanto de esperanza como de temor. Esperanza, en el continente de la esperanza de que el pueblo reciba una palabra de aliento en los difíciles tiempos que corren. Temor de que defraude las expectativas si no recoge los avances de Medellín y Puebla, y repita de alguna manera a Santo Domingo. En ese sentido, hay disconformidad con los contenidos y el método del documento de participación.
Por otro lado, es innegable que Aparecida 2007 es el principal acontecimiento eclesial del año. Aunque, al menos en Brasil, país sede, los medios de comunicación se interesan más por la venida del Papa que por la Conferencia y su lema: discípulos y misioneros de Jesucristo hoy. Nuestra atención y reflexión pueden ayudar a que las conclusiones de Aparecida respondan a los deseos y preocupaciones de muchos católicos que hoy, en América latina, no se sienten cómodos en su Iglesia, a la que aman.
El giro metodológico
Muchos no se sintieron identificados con el análisis metodológico del documento. Encontraron pobre y conservador el análisis de la realidad. Incluso que estuviera después de la parte teológica, eludiendo el método consagrado en conferencias anteriores: ver-juzgar-actuar. Se advierte la ausencia de la Iglesia en el diálogo con el mundo académico, con la universidad y en los grandes temas que hoy interpelan al ser humano. También es insuficiente el concepto de cultura y de culturas ante la complejidad actual. La cuestión de la nueva genética, de la bioética presenta además un enfoque pobre y conservador. Se tiene la impresión de que no se enfrentan con valor y transparencia cuestiones que angustian a muchísimos católicos en el continente y que constituyen la principal área de roce con no creyentes, ateos y agnósticos: cuestiones relativas a la moral sexual (limitación de la natalidad, métodos naturales y/o artificiales, relaciones sexuales antes del matrimonio, etc.). Asimismo, las indagaciones relativas a la muerte digna (eutanasia, distanasia, etc.). La percepción de que estas cuestiones son urgentes y deberían ser consideradas por la Conferencia emana del hecho de que buena parte del laicado católico en América latina vive una especie de cisma blanco (hay toda una corriente de cristianos laicos, incluso apoyados por sacerdotes, que viven una ética sexual paralela o al margen de la posición oficial y no se sienten excluidos de la comunión eclesial).
Es un signo esperanzador, por otro lado, constatar que el documento de síntesis retomara el método ver-juzgar-actuar, fruto de una escucha atenta y positiva.
En el análisis de la realidad impacta fuertemente la merma en las filas católicas del continente. A pesar de que la mayoría de los católicos de todo el mundo se encuentran todavía en América latina, ese rostro del pueblo pobre y creyente trazado en Puebla ha cambiado mucho y rápidamente. No es sólo el substrato católico sino el de todas las religiones institucionales el que es corroído por fuertes cambios culturales. Siempre hubo pluralismo religioso en nuestro continente. Lo nuevo es el fin de la cultura de unanimidad católica. Por un lado, una legitimación de la libertad religiosa, cuyo pluralismo, expuesto a la mercantilización de todas las esferas de la vida humana, relativiza el catolicismo y reduce las religiones a un denominador común; y, por otro, un individualismo que tiende a hacer de la religión una opción restringida a la esfera de la subjetividad.
La Conferencia de Aparecida deberá afrontar la realidad desafiante del éxodo de católicos hacia otras denominaciones religiosas; y, dentro de ellas, el constante tránsito religioso que va de conversión en conversión. Y por otro lado, afrontar también el anonimato de la masa y la débil participación activa de los fieles centrada sobre todo en celebraciones litúrgicas de poca incidencia en la vida concreta. Frente a esta situación, las diferentes reacciones van desde la postura apologética de la disputa del mercado religioso hasta la apatía y la perplejidad o, lo que es peor, la redogmatización feroz de la religión y el atrincheramiento identitario.
Con relación al documento de participación, muchas conferencias episcopales han recordado la necesidad de no olvidar dos opciones fundamentales: la preferencial por los pobres y la del protagonismo de los laicos. A ese respecto, la contribución de Brasil afirma: La credibilidad y la fuerza de la acción evangelizadora reside en la opción por los pobres, que es la opción del propio Jesús. En la historia de la Iglesia, se constata que, cuando no se ha sido fiel en el servicio a los más pobres, se dejó de ser fiel al Reino de Dios, que es vida en abundancia para todos. Lamentablemente, también en los días de hoy, la Iglesia no siempre consigue dar un testimonio convincente de la opción evangélica por los pobres. Una Iglesia que se vuelve tibia en el compromiso con los pequeños y sufrientes traiciona en su esencia el Evangelio de Jesús, que vino a traer vida en abundancia para todos. Y sigue: Sobre todo el éxodo de católicos impone a la Iglesia recapacitar, con urgencia, la ministerialidad en el seno de las comunidades eclesiales. Los ministerios continúan centralizados en el ministro ordenado que, a su vez, es cada vez más escaso, en comparación con otras denominaciones religiosas. Además de la necesidad de la creación de nuevos ministerios laicos, como el de las mujeres que son mayoría en nuestras comunidades, no es un despropósito pensar la posibilidad de reinserción en la vida pastoral de los sacerdotes que dejaron el ministerio.
La cristología de Aparecida
Al ser el discipulado y la misión cristianas el tema central de Aparecida, la cristología cobra una importancia fundamental. Ya el documento de participación señalaba la carencia de una cristología que recuperara la humanidad de Jesús, su inserción en su contexto vital, la centralidad de su ministerio en favor de los pobres, recogiendo la rica tradición de Israel, en donde Dios es el go´el (pariente) del pobre, del huérfano, de la viuda, del extranjero, en suma, de todos los carecientes de plenitud.
Se ha advertido la ausencia de las afirmaciones cristológicas que describen a Jesús como el rostro humano de Dios, entregado a la humanidad, y el rostro de los hombres y de las mujeres en conversación con el Padre. La religiosidad popular latinoamericana, sintiendo la presencia solidaria de Dios en la prueba y en el dolor, da especial valor al Jesús sufriente, aunque no pierda la esperanza de vida en abundancia en el Cristo resucitado.
En el encuentro con los discípulos, Jesús promete la vida plena. El seguimiento y el discipulado, por lo tanto, nacen de esta experiencia. Y la misión es el anuncio a todos de esta novedad.
De la misma forma en que el Reino fue central en la vida y en la obra de Jesús, buscar primero el Reino de Dios también es lo único que le importa al cristiano, pues todo lo demás le será dado por añadidura. La categoría Reino de Dios es, por lo tanto, fundamental en toda cristología y, de manera especial, en una elaborada a partir y desde América latina. El Reino es el proyecto de Jesús y los que lo siguen asumen igualmente su proyecto. Los mártires del continente son testigos de esta fidelidad a Jesús y su Reino.
El Reino de Dios es justicia, paz y amor para toda la humanidad, salvación integral, liberación de todos los signos de muerte que sofocan la vida. Se trata de un Reino escatológico, con una dimensión inmanente y otra trascendente. En la primera, el Reino de Dios se identifica con personas que volvieron a nacer del Espíritu, empeñadas en la construcción de una nueva sociedad, justa y solidaria para todos.
A diferencia de Conferencias anteriores, se echó de menos en el documento de participación la faceta liberadora de la misión de Jesús, ya que la eficacia de la evangelización exige su presencia. En cuanto Palabra que se hizo carne, forma parte del profetismo descubrir el rostro desfigurado de Jesús en el de millones de marginados, sumergidos en la miseria, desempleados, sin techo y sin-tierra, enfermos, emigrantes, los que no tienen posibilidad de vivir dignamente.
La opción evangélica por los pobres es la del propio Jesús, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Su vida y misión se caracterizaron por la atención a los más débiles y excluidos de la sociedad de su tiempo, no respetados en su dignidad de hijos de Dios. La acción de Jesús junto a los pobres no es una acción asistencialista, sino defensora y promotora de la vida en abundancia que él vino a traer a todos, no dudando trastocar las estructuras excluyentes, tanto de la religión judaica cuanto de la sociedad.
En la vida de Jesús, los pobres no son meros objetos de caridad. Por su acción, la Buena Noticia los pone de pie, los integra en la comunidad tratando de hacer de ellos sujetos de un mundo nuevo, solidario e inclusivo de todos.
El seguimiento de Jesús implica, por tanto, la opción preferencial por los pobres, sobre todo en un continente marcado por la injusticia social que, a los ojos de la fe, se constituye en el escándalo del pecado estructural.
En el documento de síntesis hay una cristología muy densa y bella, tomada del cuarto Evangelio. No se destaca tanto la elaboración de los Evangelios sinópticos y no se valora como central la cuestión del Reino de Dios; por lo tanto apunta hacia un discipulado más centrado en la conversión individual y subjetiva. La opción evangélica por los pobres está mencionada sin llegar a ser, sin embargo, el centro mismo del apartado. Eso seguramente habrá frustrado a algunas corrientes más progresistas de la Iglesia del continente, más identificadas con la Teología de la Liberación. Sobre todo cuando la injusticia social estructural no ha mejorado en nada desde la última conferencia del CELAM. Por el contrario, ha empeorado.
¿Aparecida confirmará y consumará el entierro de la Teología de la Liberación? ¿Hay otro modelo de teología que reemplace a la que durante mucho tiempo fue identificada como el modo propio de hacer teología en Latinoamérica?
Una teología contextual
Hace más de dos mil años, cuando la primera comunidad cristiana reconoció que Jesús de Nazareth, que había caminado en medio de ellos haciendo el bien y hablando con autoridad, que había sido matado por los poderes de la teocracia judía y de la pax romana, que había resucitado por el poder de Dios Padre, era el Mesías esperado, surgía un nuevo acontecimiento histórico y transhistórico: el cristianismo.
El genio de Pablo de Tarso comprendió inmediatamente que aquella espléndida novedad no podía quedar aprisionada dentro de los estrechos límites de la sinagoga so pena de morir atrofiada. Enfrentando incluso a Pedro, jefe del colegio apostólico, Pablo entiende que el cristianismo debe ganar el mundo, y que para eso debe entrar en las culturas adonde le sea dado llegar y hablar el idioma que hablan los del lugar donde la misión lo lleve.
Es así que, al pretender dirigirse y hacerse entender por los círculos más letrados del mundo greco-romano, el mundo culto de entonces, la comunidad eclesial cristiana va a tener que descubrir un nuevo lenguaje que rescate las categorías de la antropología hebrea y entre en comunión profunda y fecunda con las categorías de la ciencia de la época, que era la de la filosofía griega.
La teología, por lo tanto, nace inmersa y determinada por un contexto. Nace ya contextual y no tiene posibilidad de no serlo. Es fruto de un feliz casamiento entre la antropología hebrea y la filosofía griega. Con esa reflexión y ese discurso el cristianismo conseguirá penetrar en las diferentes culturas, expresarse a sí mismo y expresar el misterio que lo configura, ser recibido y entendido en los diferentes contextos culturales. Se convierte no solamente en la religión de unos pocos, sino de muchos y ha adquirido un cariz de fuerza civilizatoria, sin el cual la historia de Occidente hoy no sería comprensible.
Sin embargo, los contextos cambian y se reconfiguran y la teología está llamada a acompañar ese proceso vivo y cambiante, a fin de poder seguir siendo entendida en diferentes contextos y culturas y seguir respondiendo a las preguntas de los hombres y mujeres de ayer y de hoy.
Hace más de cuarenta años, la Iglesia reunida en concilio rescató la importancia de esto. En su ardiente deseo de dialogar con el ser humano, el mundo y la cultura modernos, la teología comprende que no puede seguir pensando y hablando con las categorías medievales. Es por eso que la teología conciliar y post-conciliar tiene algunos rasgos fundamentales que se reflejan en un sano y profundo cambio en su reflexión, en su discurso y en su lenguaje:
1. Un giro antropocéntrico.
2. La historia como categoría teológica.
3. Vuelta a las fuentes.
Hace poco menos de 40 años, al final de los sesenta e inicio de los setenta, la Iglesia en América latina expresa su deseo de dar nuevos pasos en su ser eclesial y en su quehacer teológico y pastoral: dejar de ser una Iglesia reflejo y pasar a ser una Iglesia fuente. La conferencia de Medellín, en 1968, segunda del episcopado latinoamericano, iba al encuentro de ese deseo: la propagación de la fe inseparable de la lucha por la justicia; la articulación de las bases comunitarias alrededor de la palabra de Dios; un nuevo modo de hacer teología, que parte de la realidad y la piensa a la luz de la Escritura.
En 1979, la Conferencia de Puebla llegaba a su término consagrando los mismos ejes ya madurados y consolidados: la opción preferencial por los pobres, las comunidades eclesiales de base, y la teología de la liberación.
Los sectores más progresistas de la Iglesia veían la necesidad de un cambio de alianzas. El proceso de evangelización del continente, que había elegido preferencialmente las clases dirigentes y las élites como destinatarios de su labor misionera y evangelizadora, veía ahora la necesidad de dar preferencia a los pobres y a los medios populares para desde ahí llegar a todos. En un momento en que la mayoría de los países latinoamericanos sufrían por la falta de libertad bajo sangrientas dictaduras y cuando los sistemas explotaban cruelmente a las clases desfavorecidas, la voz de la Iglesia se hacia oír como portavoz y defensora de los derechos humanos.
La teología hecha en América latina ganó mundo y fue discutida favorable o negativamente, aunque siempre con interés. Provocó respeto en Europa y en los Estados Unidos. Y aquí en el continente ganó credibilidad junto a las bases, a los movimientos populares, a otras fuerzas que no siendo eclesiales encontraban lenguaje e ideales comunes al comprometerse con las luchas de los más pobres.
Los tiempos cambiaban, nuevos vientos soplaban, en el Vaticano y aquí. La democracia parecía florecer de nuevo en Latinoamérica, el muro de Berlín caía en 1989, el socialismo real era ya superado por nuevas propuestas y por un mundo donde las utopías parecían cosas del pasado. La modernidad y la razón potente entraban en crisis y empezaba un nuevo momento histórico llamado bien o mal post-modernidad. El contexto dentro del cual se debía elaborar el discurso teológico pasó muy rápidamente a ser otro y diferente.
En los últimos veinte años hemos venido asistiendo y viviendo ese cambio. Sin embargo, es importante constatar y afirmar que el deseo y la convicción fundamental que animaba a la Iglesia del continente en los años 60, 70 y 80 está vigente todavía. Deseo y convicción de evangelizar atacando igualmente las causas de la injusticia que sufren cada día millones de personas. El problema de la injusticia no ha mejorado. Por el contrario, ha aumentado y hoy es mucho más grande el número de quienes gimen bajo el cruel peso de la pobreza, de la miseria, de la violencia, de la exclusión. Excluidos de todos los beneficios del progreso, hombres y mujeres no tienen posibilidad de acceder a los derechos humanos, porque no resolvieron siquiera el problema de los derechos animales, como escribe Frei Betto.
Cambió y se tornó más complejo el contexto donde nuestra teología se piensa y se dice. Nuevos elementos han sido integrados sin que desaparecieran los antiguos. El cuadro contextual es por lo tanto más rico, más complejo y más desafiante para la teología que quiere ser dialogante con el pueblo.
A la pobreza socio-económico-política se ha agregado otra cuestión seria e interpelante: la pobreza antropológica. Es el área que va a contemplar todas las cuestiones emergentes de género, de raza, de etnia, de ecología. La reflexión teológica va a llegar a la conclusión de que si una persona es pobre, es excluida. Si es pobre y mujer, es doblemente excluida. Si es pobre, mujer y negra, lo es triplemente.
Si Puebla todavía podía hablar a un continente más o menos homogéneo en términos eclesiales y teológicos, un pueblo pobre y creyente, la Iglesia hoy se confronta con un nuevo estado de cosas. El campo religioso se ha vuelto cada vez más plural, reflejando una pérdida de hegemonía del cristianismo histórico en términos de capacidad de influencia y número de adeptos.
El contexto en el que vivimos, por lo tanto, no es más como el que vivieron nuestros antepasados, nuestras abuelas, las generaciones que nacieron y se criaron entre símbolos y afirmaciones de la fe cristiana y católica. Hoy vivimos en un contexto donde la religión muchas veces desempeña más el papel de cultura y fuerza civilizatoria que de credo de adhesión configurador la vida. Más aún: vivimos en un contexto secularizado y plural en todos los aspectos y términos. Hoy, globalización mediante, las personas nacen y crecen en medio de un mundo donde se cruzan, dialogan e interactúan el ateísmo, la no creencia, la indiferencia religiosa y varias religiones, antiguas y nuevas. El cristianismo histórico y en él, el catolicismo se encuentra en medio de esta interpelación y de esta pluralidad.
Hoy asistimos a la privatización de la vida religiosa, que va de la mano de la autonomía del hombre moderno versus la heteronomía que regía el mundo teocéntrico medieval. Cada uno elabora su propia receta y el campo religioso pasa a asemejarse a un gran supermercado, así como también a un lugar de tránsito donde se entra y se sale. La modernidad no terminó con la religión: resurge con nueva fuerza y nuevas formas, no tanto institucionalizada como antes, sino plural y multiforme, salvaje e incluso anárquica, sin aspiraciones de volver a lo pre-moderno.
El ser humano que vivió la crisis de la modernidad, o que ya nació en medio de su clímax y nada en aguas post-modernas a diferencia del adepto a la religión institucional, que adhiere a una sola y permanece en ella, o incluso del ateo o agnóstico que niega la pertenencia y la creencia en cualquier religión es como un peregrino que camina entre los meandros de las diferentes propuestas religiosas, sin reparo a pasar de una a otra, o de armar su propia composición religiosa con elementos de una y otra propuesta.
La cuestión de la sacralidad presenta, pues, un rostro que convive con el del secularismo moderno, generador de sospecha y ateísmo, para el cual la trascendencia está sometida a la constante e incesante crítica de la razón y de la lógica iluminista.
Sin duda, el catolicismo y la Iglesia son llamados a encontrar su lugar en medio del tejido plurirreligioso que atraviesa la sociedad contemporánea. De esta forma, debería participar de un proyecto común donde las religiones tendrían un papel importante en beneficio de la humanidad. Las religiones del mundo entero están siendo convocadas, según el parecer de importantes pensadores, a aportar en la elaboración de una nueva ética mundial, y no pueden abstraerse de esa convocatoria o ignorarla. Pero tampoco pueden acudir renunciando a lo que constituye el fondo más profundo de su identidad.
En vísperas de una V Conferencia del episcopado latinoamericano, la fe y la teología cristianas se ven interpeladas por la cuestión de su identidad, a veces perdida y fragmentada en medio de un mar de experiencias que se pretenden religiosas, pero que no necesariamente pasan por la Alteridad, que en su absoluta libertad se revela como Santidad, o sea: Alteridad totalmente otra.
La aparición de esta sacralidad plurirreligiosa no necesariamente implica un crepúsculo de la adhesión a una religión tradicional, con todas sus consecuencias, pero sí exige un constante y agudo discernimiento.
En este contexto plural y cambiante, la teología latinoamericana sigue encontrándose con interpelaciones y cuestiones tan serias y fundamentales que la llevaron a elaborar un discurso nuevo en los años 60 y 70. Pero tiene igualmente el grave deber de abrir sus oídos y volver su atención a los nuevos desafíos.
La fuerza de la fe en Jesucristo experiencia desde la cual surge y se configura el discurso teológico sabrá dar a la teología nacida y elaborada en el contexto actual la forma y el tono adecuado para conformar una respuesta convincente y consistente frente a las inquietudes del pueblo de Dios. Pero, si la teología quiere seguir siendo una palabra que contribuya eficazmente para la liberación del hombre todo y de todos los hombres, y no un discurso elaborado en ambientes académicos al que sólo tengan acceso algunos pocos eruditos, grandes conocedores de libros y tratados, pero no necesariamente peritos en humanidad, la presencia de lo nuevo debe ser oída, acogida e incorporada con armonía y generosidad. Ser experta en humanidad es el compromiso de la Iglesia después del Concilio, según expresión de Pablo VI. Seguir siéndolo es su compromiso hoy, en este momento, en este continente de la esperanza que necesita ver su esperanza reforzada y confirmada.
Expectativas que persisten
En mi opinión, la V Conferencia General debería pronunciarse en torno de estos grandes temas:
- La persistente injusticia social. La tremenda contradicción de ser portadores del Evangelio y discípulos de Jesucristo, ser países cristianos (Brasil es cuantitativamente el mayor país católico del mundo) y albergar injusticias vociferantes y absurdas como que un tercio de sus habitantes estén por debajo de la línea de pobreza. Es, en suma, la cuestión de los pobres y de la opción de la Iglesia por ellos a fin de dar credibilidad a su anuncio. Este punto lo considero importantísimo para acallar las afirmaciones acerca de que la opción por los pobres ya pasó, como si se tratase de una moda. Creo urgente que la V Conferencia asuma esa cuestión.
- La violencia. Nuestros países se han convertido en focos de verdadera guerra civil urbana. Está muriendo toda una generación, sobre todo de hombres jóvenes y negros. Esto sucede en Brasil, Colombia, Venezuela, Perú y otros. El tema de la paz y del perdón, de la reconciliación, está en el corazón del mensaje evangélico. Ser discípulo de Jesucristo implica, por lo tanto, hacer del meollo del Sermón de la Montaña y de las Bienaventuranzas una prioridad absoluta en el ministerio ejercido, en la evangelización, la catequesis, la organización de la pastoral. Sin un decidido compromiso en favor de la paz, fruto de la justicia, la Iglesia del continente estará dejando pasar por alto algo fundamental para la credibilidad de su misión.
- Las nuevas cuestiones morales de los católicos. O sea, lo relativo a la vivencia de la sexualidad, la procreación, la familia, la defensa de la vida (aborto, eutanasia), la homosexualidad, etc. Todas esas cuestiones se les plantean a los católicos cotidianamente y no pueden ser minimizadas o pensadas con ligereza. Es necesaria una palabra franca de la Iglesia que, sin ceder respecto de la moral que emana del evangelio, tenga la apertura suficiente para poder entablar un diálogo, sobre todo con las generaciones más jóvenes que por no ver esa apertura terminan alejándose de la Iglesia.
- El diálogo con el mundo intelectual, con los formadores de opinión, con los que trabajan con ideas y que están formando la cabeza de las nuevas generaciones, en la escuela, en las universidades, en los medios de comunicación. La cuestión de las nuevas tecnologías también debería ser contemplada con extrema atención. El advenimiento de Internet que crea un mundo virtual que abarca y desvanece fronteras de espacio y tiempo, de los teléfonos celulares como extensión del cuerpo humano, de constantemente nuevas tecnologías al punto de que ya se habla de un post-humano que excedería el ámbito tanto de la antropología filosófica tradicional como la de la antropología teológica cristiana. Esto plantea a la Iglesia el enorme desafío de seguir comunicando y transmitiendo un mensaje milenario, cargado de fuerza trascendente y con peso de eternidad a través medios pluriformes, siempre nuevos y diferentes, so pena de ser incapaz de comunicarse y hablar con los jóvenes, ricos o pobres, letrados o incultos. Los medios de comunicación social y los medios digitales progresivamente van incluyendo y abarcando a todos y creando un nuevo lenguaje que es preciso aprender.
- La pluralidad religiosa. Vamos velozmente hacia un mundo donde el cristianismo ya no es hegemónico. Ganan espacio religiones tradicionales (por ejemplo, el islam) y a la vez surgen otras. Esta situación suscita en la Iglesia el desafío de dialogar humildemente con otras propuestas religiosas y escucharlas respetuosamente. El incidente por la interpretación de las afirmaciones del papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona muestra cómo los ojos del mundo se vuelven hacia la Iglesia esperando de ella una apertura dialogal cada vez más amplia y una posición que no sea rígida ni de rechazo frente a la creencia diferente del otro. No obstante, si bien por un lado, hay una expectativa de apertura y diálogo, por otro hay también una fundamental necesidad de discernimiento ante esta pluralidad religiosa que se ve en toda América latina. La proliferación de nuevas propuestas pretendidamente religiosas necesita ser cuidadosamente discernida, dado que una cultura de sensaciones como la que vivimos puede generar propuestas que en realidad no son religiosas en el sentido pleno del término, sino meros intentos de auto-ayuda, epidérmicos y superficiales. La Iglesia no puede renunciar a esto, porque de lo contrario se convertiría en una mercadería más del supermercado religioso. O incluso en otro lugar de tránsito, de pasaje, para personas que van de propuesta en propuesta, de iglesia en iglesia, de religión en religión buscando nuevas y excitantes sensaciones que luego descartarán y remplazarán por otras. Asimismo con las religiones antiguas y tradicionales, la Iglesia debe buscar cada vez más caminos de diálogo sin abdicar de su identidad. Sólo hay diálogo entre diferentes. La uniformidad no genera diálogo, como tampoco lo generan la mismidad y la repetición monótona y no creativa. Hay un movimiento mundial que convoca a las religiones a luchar juntas por los valores que constituyen los fundamentos básicos de la condición humana: paz, justicia, verdad. La V Conferencia podría brindar una valiosa contribución deteniéndose en la diversidad religiosa de un continente donde, sin embargo, el cristianismo tiene muchísima importancia.
- Los laicos y su identidad y misión dentro de la Iglesia. En la década del 90 hubo un gran esfuerzo en el continente, en muchos niveles, para formar laicos, ayudarlos a asumir su papel dentro de la Iglesia, autocomprenderse como productores de los bienes eclesiales y no meros consumidores. Creo que eso llevó a que se multiplicaran los centros de fe y cultura, los centros de formación de laicos y hoy podamos ver muchas vocaciones teológicas laicales, ministerios laicales que con éxito van asumiendo en la comunidad eclesial creciente importancia en el campo de la liturgia, de la espiritualidad, de la reflexión teológica, de la asesoría pastoral, de la coordinación comunitaria, etc. Sin embargo, todavía existen resistencias por parte de significativos sectores del clero y de la Iglesia en general. La novedad del cristiano laico, con su rostro y su papel dentro de la Iglesia y de la sociedad, todavía advierte dificultades. Ahí merecerían un especial capítulo las mujeres que son siempre y necesariamente laicas, ya que no tienen acceso al ministerio ordenado. El laicado espera de la V Conferencia una palabra que aliente su vida y su fe, que lo anime a seguir adelante buscando la vivencia de la santidad sin sentirse rechazado o disminuido porque se le ha asignado la esfera de lo profano y, por lo tanto, no tiene mucho que decir en su Iglesia. Sería importante que la V Conferencia tuviera la osadía de mostrar que obispos, sacerdotes, laicos y religiosos son todos discípulos de Cristo y encuentran la fuente de su discipulado en su mismo Bautismo.
Creo que la V Conferencia puede ser una ocasión de oro para decirle a América latina y al mundo que la Iglesia quiere anunciar a Jesucristo y engendrar discípulos mostrándose ella misma como la primera discípula, confesándose ignorante y pecadora y necesitada de oír, escuchar, aprender muchísimas cosas a fin de poder hablar realmente como fiel portavoz del maestro y no como anunciadora de sí misma.
Alejandra Pizarnik o la promesa del silencio
A treinta y cinco años de la muerte de Alejandra Pizarnik su obra continúa planteando al lector un desafío y una promesa. Esta vigencia está íntimamente ligada a la particular dificultad que encierran sus textos: quien se enfrenta a ellos no puede evitar la impresión de que algo inasible los atraviesa y compone. La lectura de la poesía de Pizarnik parece una experiencia que no deja marcas, una experiencia robada al espacio y al tiempo. Y es que mientras otros poetas pueden escribir sobre la rosa o el crepúsculo, sobre la luna o la muerte, aquí lo tratado es el mismo proceso de creación poética, las relaciones entre lenguaje y silencio, la exploración de las posibilidades expresivas de la lengua poética; el poema nace, entonces, como reflexión sobre su propia existencia.
No quisiera pintar ni describir una cara ni un acantilado ni casas ni jardines, sino algo más que todo eso, algo que si yo no lo hiciera visible, sería una ausencia dice un personaje de Los poseídos entre lilas, obra teatral escrita en 1969 y publicada póstumamente en Textos de Sombra y últimos poemas (1982). Esta cita expone otro rasgo que contribuye al carácter inaprensible que parecen tener estos escritos: la obsesión por lo indecible que en la literatura de Pizarnik se condensa en la figura del silencio. Se podría afirmar que el silencio es el gran tema que recorre la poesía de Pizarnik siempre y cuando no se ignore y esta característica bien puede servir para definir su obra que también constituye el objeto de una búsqueda ensayada en cada uno de sus textos. ¿Cómo expresar, e incluso alcanzar, la pureza del silencio con palabras, irremediablemente con palabras, con aquello de lo cual el silencio es absoluta negación? Este interrogante, tácito o formulado explícitamente, alienta estos poemas irradiándolos sucesivamente de un tono de impotencia y esperanzada celebración. En los diecisiete años en que se desarrolló su producción literaria, período comprendido entre 1955 y 1971 fechas de aparición de su primer y último libro publicado en vida, la escritura de Pizarnik sufrió profundas modificaciones que obedecen al intento de dar respuesta a esa pregunta. La más importante de esas modificaciones señala una verdadera ruptura que delimita, más que meras etapas estilísticas, poéticas diferentes y hasta quizás irreconciliables. La primera de ellas se manifiesta en los volúmenes compuestos entre La tierra más ajena (1955) y Los trabajos y las noches (1965): aquí la escritura de Pizarnik está signada por el propósito de crear una lengua poética capaz de expresar los imposibles del lenguaje cotidiano. En esa búsqueda, los poemas de este período muestran una progresiva concentración hasta desembocar en el despojamiento incandescente de los textos de Árbol de Diana (1962). Uno de los breves poemas de dicho libro formula la insuficiencia del lenguaje y, por ello, la necesidad de este esfuerzo fundacional:
explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome
Si la fundación de una lengua poética se presenta como imperativo en este primer período, a partir de Extracción de la piedra de locura (1968) comienza a emerger en la escritura de Alejandra Pizarnik una fuerza de disolución. Una de las consecuencias de esta tendencia es el desenvolvimiento de la escritura: la página en prosa irá poco a poco desplazando al verso que, hasta ese momento, fuera la forma exclusiva de su producción. Pero aún más importante es el efecto que este proceso disolutivo conlleva en el aspecto lingüístico. El monopolio del registro alto y del tono contenidamente desesperado de los poemarios tempranos empieza a ceder ante el estremecimiento de la crueldad y el erotismo, primero expuesto, sobre todo, en La condesa sangrienta (1965), y luego ante la desestabilización del sinsentido, la obscenidad y el absurdo. Ya el título del último volumen de poesía de Pizarnik, El infierno musical (1971), refiere la disonancia y el desconcierto de voces, registros y tonos que en La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa (texto también inédito hasta Textos de Sombra y últimos poemas) se realizan de un modo terminal. Frente al intento de crear una lengua puramente poética exenta de las limitaciones del lenguaje corriente, el objetivo en este segundo período consiste más bien en forzar esas limitaciones desde el interior mismo del lenguaje, a partir de la acumulación de elementos (onomatopeyas, aliteraciones, neologismos, postergación de la predicación en la frase, obscenidad) que atentan contra la fijación de un sentido único e inequívoco y que abren el texto a una pluralidad caótica y fugaz de significaciones. El poema ya no busca imitar la naturaleza del silencio encogiéndose y concentrándose como un erizo, sino que pretende encontrarlo, sorprender su pureza, entre los resquicios de una extensión de ruido; anhelo trágico, sin duda, pero que también es testimonio del compromiso absoluto con que en esta obra se emprende la búsqueda poética. Responder debidamente a ese compromiso implica para nosotros, lectores, que el destino trágico de la escritura de Alejandra Pizarnik no nos distraiga de su más íntima belleza: la promesa de crear en palabras la libertad siempre postergada del mundo.
La palabra que sana
Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.
Figuras de la ausencia en El infierno musical
Ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada
Árbol de Diana




