Agosto 2007
Más se espera de quien más ha recibido
Presidente Bok, ex presidente Rudenstine, presidente entrante Faust, miembros de la Harvard Corporation y de la Junta de Supervisión, profesores, padres y, en especial, egresados:
Me ha llevado más de treinta años poder decir: Papá, siempre te dije que volvería a buscar mi título.
Agradezco a Harvard este honor tan oportuno. El año que viene cambiaré de trabajo
y me alegrará incluir, finalmente, un título de college en mi currículum.
Felicito a los egresados por haber seguido un camino mucho más directo hacia sus diplomas. Por mi parte, me halaga que Crimson me llame el desertor más exitoso de Harvard. Supongo que eso me convierte en el valedictorian* de mi clase
Soy al que mejor le fue de todos los que fracasaron. Pero también quisiera ser reconocido como el tipo que hizo que Steve Ballmer dejara la escuela de negocios
Soy una mala influencia. Es por todo eso que fui invitado a hablar en esta ceremonia de graduación. Si les hubiera hablado durante las charlas de orientación, tal vez muchos de ustedes no estarían hoy aquí.
Harvard fue para mí una experiencia sencillamente fenomenal. La vida académica era fascinante. Solía asistir a muchísimas clases sin siquiera inscribirme. Y la vida en la residencia estudiantil era bárbara. Vivía en Radcliff, en Currier House. Siempre había mucha gente en mi dormitorio, nos quedábamos conversando hasta tarde. Todos sabían que no me preocupaba levantarme a la mañana. Así me convertí en el líder del grupo antisocial. Nos aferrábamos uno al otro como forma de afirmar nuestro rechazo a todas esas personas sociales.
Radcliff era un lugar grandioso donde vivir. Había más mujeres que en otras residencias, y la mayoría de los varones tenía el típico estilo del estudiante de ciencias matemáticas. Esta combinación me ofrecía las mejores probabilidades
Entienden a qué me refiero, ¿no? Así aprendí la triste lección de que las mejores probabilidades no garantizan el éxito.
Uno de mis recuerdos más importantes de Harvard es de enero de 1975, cuando llamé desde Currier House a una compañía en Albuquerque que había empezado a fabricar las primeras computadoras personales del mundo. Me ofrecí para venderles software.
Me preocupaba que se dieran cuenta de que sólo era un estudiante y me cortaran. En cambio, dijeron: Aún no estamos listos, ven a vernos en un mes, lo cual fue bueno, porque todavía no habíamos terminado el software. A partir de ese momento, trabajé día y noche en el pequeño proyecto de créditos extras que marcó el final de mi college y el inicio de un viaje extraordinario con Microsoft.
Lo que más recuerdo de mis años en Harvard es el ambiente de energía e inteligencia. Era algo estimulante, intimidante, a veces desalentador, pero siempre desafiante. Fue un privilegio increíble; y aunque partí anticipadamente, esos años me transformaron, por las amistades que forjé y las ideas en las que trabajé.
Pero cuando seriamente vuelvo la vista atrás
hay algo que sí lamento profundamente.
Me fui de Harvard sin una conciencia real de las tremendas desigualdades del mundo: las horrorosas disparidades en materia de salud, de riqueza y de oportunidad que condenan a millones de personas a vidas sin esperanza.
Aquí en Harvard aprendí mucho sobre ideas nuevas en economía y política. Estuve en contacto con los avances que se estaban produciendo en el ámbito científico.
Pero los mayores progresos de la humanidad no radican en sus descubrimientos, sino en la forma en que esos descubrimientos se aplican para reducir la inequidad. Ya sea a través de la democracia, de una educación pública sólida, de una asistencia sanitaria de calidad, o de amplias oportunidades económicas, reducir la inequidad es la más alta de las aspiraciones humanas.
Cuando dejé el campus sabía poco acerca de los millones de jóvenes sin oportunidades educativas en este país. Y nada acerca de los millones de personas que viven en condiciones indescriptibles de pobreza y enfermedad en los países en desarrollo. Averiguarlo me tomó décadas.
Este Harvard en el que ustedes se gradúan es distinto. Ustedes saben más de las desigualdades en el mundo que las promociones que los precedieron. Espero que durante los años transcurridos aquí hayan tenido la posibilidad de pensar cómo en estos tiempos de aceleración tecnológica podemos, finalmente, atender estas inequidades y solucionarlas.
Si ustedes tuvieran algunas horas por semana y algunos dólares por mes para donar a una causa; y quisieran donar ese tiempo y ese dinero allí donde pudiera tener mayor impacto salvando vidas y mejorando las condiciones de vida. ¿Dónde lo destinarían?
Para Melinda y para mí, también ese es nuestro desafío: ¿cómo podemos optimizar el bien para la mayor cantidad de gente con los recursos de que disponemos?
Cuando conversábamos sobre esta cuestión, leímos un artículo sobre los millones de niños que en los países pobres mueren cada año a causa de enfermedades que, en nuestro país, hace mucho tiempo están erradicadas: sarampión, malaria, neumonía, hepatitis B, fiebre amarilla. Una enfermedad de la que yo nunca había oído hablar, rotavirus, mataba medio millón de niños por año; ninguno en los Estados Unidos.
Esto nos sacudió. Suponíamos que si millones de niños podían ser salvados, el mundo daría prioridad a dar a conocer y entregar las medicinas para salvarlos. Pero no lo hacía. Por menos de un dólar, había intervenciones que podían salvar vidas y que sencillamente no se practicaban.
Si uno cree que todas las vidas valen lo mismo, resulta atroz enterarse de que hay vidas que se consideran dignas de ser salvadas y otras que no. Nos dijimos: No puede ser verdad. Pero si lo fuera, ésta merece ser nuestra tarea prioritaria.
Así que nos pusimos a trabajar como cualquiera lo haría. Nos preguntamos: ¿cómo era posible que el mundo dejara que estos niños murieran?.
La respuesta era simple y brutal. El mercado no premiaba salvar la vida de estos niños, y los gobiernos no lo subsidiaban. Así que los niños morían porque sus madres y sus padres carecían de poder en el mercado y de voz en el sistema.
Pero ustedes y yo sí los tenemos. Podemos hacer que las fuerzas del mercado trabajen más eficazmente en favor de los pobres si logramos desarrollar un capitalismo más creativo; donde las fuerzas del mercado permitan que más personas puedan por lo menos ganar su sustento, y así servir a quienes sufren a causa de las peores inequidades. También podemos presionar a nuestros gobiernos en todo el mundo para que los impuestos que la gente paga reflejen mejor los valores de los contribuyentes.
Si conseguimos encontrar modos de satisfacer las necesidades de los pobres que a la vez generen ganancias para los negocios y votos para los políticos, habremos encontrado una manera sustentable de reducir la inequidad en el mundo. Se trata de una tarea sin fin; no concluye jamás. Y sin embargo, un esfuerzo responsable por responder a este desafío cambiará el mundo.
Yo soy optimista y creo que podemos hacerlo, pero algunos escépticos sostienen que no hay esperanza. Me dicen: La desigualdad nos ha acompañado desde el principio y nos acompañará hasta el final, sencillamente porque a la gente no le importa. Estoy totalmente en desacuerdo.
Creo que no es tanto que nos importe poco, sino más bien que no sabemos qué hacer.
Todos los que hoy estamos reunidos aquí, en un momento u otro, hemos visto tragedias que nos han partido el corazón, y sin embargo, nada hicimos al respecto no porque no nos importara, sino porque no supimos qué hacer. Si hubiéramos sabido cómo ayudar, habríamos actuado.
La barrera que debemos sortear no es la falta de atención solidaria hacia el otro; es algo mucho más complejo.
Para que la preocupación se convierta en acción necesitamos reconocer un problema, discernir una solución, determinar el impacto. Pero la complejidad bloquea todos estos pasos.
Incluso con el advenimiento de Internet y de los programas de noticias las 24 horas, resulta muy complejo que la gente realmente identifique los problemas. Cuando un avión se estrella, los funcionarios convocan de inmediato una conferencia de prensa. Prometen investigar, determinar la causa y prevenir accidentes similares en el futuro.
Pero si los funcionarios fueran descarnadamente honestos, dirían: De todas las personas del mundo que hoy han muerto por causas prevenibles, la mitad del uno por ciento estaban en este avión. Estamos decididos a hacer todo lo posible por solucionar el problema que se cobró las vidas de esa mitad del uno por ciento.
El problema más grande no es el accidente de aviación, sino los millones de muertes prevenibles.
Estas muertes no tienen mucha exposición. Los medios de comunicación cubren lo nuevo, y la muerte de millones de personas no es nada nuevo. Así que yacen en el fondo, donde es más fácil ignorarlas. Pero aun cuando las veamos o leamos acerca de ellas, resulta difícil mantener nuestra mirada en el problema. Es difícil contemplar el sufrimiento si la situación es tan compleja que no sabemos cómo ayudar. Así que miramos para otro lado.
Si realmente podemos detectar un problema, lo cual constituye el primer paso, nos acercamos al segundo: atravesar la complejidad para hallar una solución.
Es esencial hallar soluciones si queremos sacar el máximo provecho de nuestra solidaridad. Si damos respuestas claras y probadas cada vez que una organización o una persona pregunta: ¿Cómo puedo ayudar?, entonces comenzará la acción; y podemos asegurarnos de que en el mundo no se desperdicie nada de solidaridad. Pero la complejidad torna difícil marcar una senda para la acción de todos los que están dispuestos a colaborar, y eso dificulta que la solidaridad se plasme.
Atravesar la complejidad para hallar una solución supone cuatro etapas: determinar un objetivo, encontrar el enfoque con más incidencia, detectar la tecnología acorde con ese enfoque y, mientras tanto, aplicar de la manera más inteligente posible la tecnología con que ya se cuenta: sea algo tan sofisticado como una droga, o tan simple como un mosquitero.
La epidemia del SIDA nos ofrece un ejemplo: el propósito inequívoco es claramente poner fin a la enfermedad. El enfoque con mayor incidencia es la prevención. La tecnología ideal sería una vacuna que brinde inmunidad de por vida mediante una dosis única. Por ende, los gobiernos, las compañías farmacéuticas y las fundaciones proveen fondos para la investigación en procura de una vacuna. Pero probablemente esta labor tome más de una década; entonces, mientras tanto debemos trabajar con lo disponible. Y hoy el mejor enfoque preventivo consiste en persuadir a la gente de evitar un comportamiento riesgoso.
Perseguir ese objetivo pone otra vez en marcha el ciclo de los cuatro pasos. Este es el patrón. Lo crucial es no dejar nunca de pensar y de trabajar, y no hacer jamás lo que hicimos con la malaria y la tuberculosis en el siglo xx: rendirnos ante la complejidad y ceder.
El último paso después de distinguir el problema y encontrar un enfoque consiste en medir el impacto de nuestro trabajo y en compartir nuestros éxitos y fracasos para que otros puedan aprender de nuestros esfuerzos.
Está claro que debemos obtener estadísticas. Debemos ser capaces de demostrar que un programa está vacunando a millones de niños más. Debemos estar preparados para demostrar una reducción en la cantidad de niños que mueren por causa de estas enfermedades. Esto es algo esencial no sólo para mejorar el programa, sino también para ayudar a atraer más inversión de parte de las empresas y los gobiernos.
Pero si queremos inspirar a las personas a participar, debemos mostrar algo más que números; debemos transmitir el impacto humano de la tarea a fin de que la gente perciba lo que significa salvar una vida para las familias afectadas.
Recuerdo que hace unos años fui a Davos para asistir a un panel global en el que se discutían maneras de salvar millones de vidas. ¡Millones! Piensen en la emoción de salvar la vida de apenas una persona, y multiplíquenla por millones
Y sin embargo, fue el panel más aburrido de todos a los que asistí. Tan aburrido que se me hizo insoportable.
Lo realmente sorprendente de esa experiencia fue que yo acababa de llegar de la presentación de la 13ª versión de un software, donde la gente daba saltos y gritos de entusiasmo. Me encanta que la gente se entusiasme por el software, pero ¿por qué no podemos generar aun más entusiasmo por salvar vidas?
No podemos lograr que la gente se entusiasme, a menos que la ayudemos a ver y sentir el impacto. Y lo difícil es cómo hacerlo.
Pero soy optimista. Sí, la inequidad nos ha acompañado siempre, pero contamos con herramientas nuevas para atravesar la complejidad que siempre ha estado entre nosotros. Son nuevas, pueden ayudarnos a sacar el mejor provecho de nuestra solidaridad, y por eso el futuro puede ser distinto.
Las innovaciones que definen esta época la biotecnología, la informática, Internet nos ofrecen una oportunidad que nunca tuvimos hasta ahora para poner fin a la pobreza extrema y a la muerte provocada por enfermedades prevenibles.
Sesenta años atrás, George Marshall habló en esta ceremonia de graduación y anunció un plan para asistir a las naciones de la Europa de posguerra. Dijo: Creo que una de las dificultades radica en que la complejidad del problema es tal que la masa misma de hechos presentados por la prensa y la radio hace extremadamente difícil que el hombre corriente pueda evaluar la situación con claridad. Resulta virtualmente imposible, a esta distancia, captar la verdadera importancia de la situación.
Treinta años después de que Marshall pronunciara su discurso, cuando mi promoción se graduaba sin mí, comenzaba a aparecer una tecnología que haría el mundo más pequeño, más abierto, más visible, menos distante.
El surgimiento de las computadoras personales de bajo costo dio origen a una poderosa red que ha transformado las oportunidades de aprendizaje y comunicación.
Lo mágico de esta red no radica sólo en que aniquila las distancias y todos nos convertimos en vecinos. También aumenta drásticamente la cantidad de mentes brillantes que podemos destinar a trabajar juntas en el mismo problema y esto eleva el ritmo de innovación en una medida asombrosa.
Al mismo tiempo, por cada persona en el mundo con acceso a esta tecnología, hay cinco que no lo tienen. Significa que muchas mentes creativas quedan fuera de esta discusión personas sagaces con inteligencia práctica y experiencia apropiada que no tienen la tecnología para perfeccionar sus talentos y aportar sus ideas al mundo.
Necesitamos que la mayor cantidad de personas posible tenga acceso a esta tecnología, porque estos avances están disparando una revolución en términos de lo que los seres humanos podemos hacer unos por otros. Hacen posible que no sólo los gobiernos nacionales, sino también las universidades, las empresas, las organizaciones menores e incluso las personas identifiquen los problemas, los enfoques, y midan el impacto de sus esfuerzos para afrontar el hambre, la pobreza y la desesperación de los que George Marshall habló hace sesenta años.
Miembros de la familia de Harvard: en este patio se encuentra una de las grandes colecciones de talento intelectual en el mundo.
¿Para qué?
No cabe duda de que los profesores, los ex alumnos, los alumnos y los benefactores de Harvard han empleado su poder para mejorar las vidas de personas aquí y en todo el mundo. Pero, ¿no podemos hacer más? ¿No puede Harvard dedicar su intelecto a mejorar la vida de personas que tal vez nunca lleguen a escuchar su nombre?
Permítanme pedirles algo a los decanos y a los profesores, los líderes intelectuales de Harvard: al contratar nuevos profesores, otorgar titularidad, revisar currículum y determinar los requerimientos para obtener el título, les pido que se pregunten:
¿No deberían nuestras mejores mentes estar dedicadas a solucionar nuestros mayores problemas?
¿No debería Harvard alentar a sus profesores a atender las peores inequidades del mundo? ¿No deberían los estudiantes de Harvard conocer la profundidad de la pobreza global
el predominio del hambre en el mundo
la escasez de agua potable
las niñas a quienes se priva de escolaridad
los niños que mueren por enfermedades que podemos curar?
¿No deberían las personas más privilegiadas del mundo estar al tanto de las vidas de los menos privilegiados del mundo?
No son preguntas retóricas; ustedes responderán con sus políticas.
Mi madre, que se llenó de orgullo el día en que fui admitido acá, nunca dejó de instarme a hacer más por el prójimo. Unos días antes de mi casamiento, organizó un festejo en el que leyó en voz alta una carta sobre el matrimonio que le había escrito a Melinda. Mi madre estaba muy enferma de cáncer en ese momento, pero vio otra oportunidad para transmitir su mensaje. El final de su carta decía: Más se espera de quien más ha recibido.
Si quienes estamos aquí consideramos lo que hemos recibido en cuanto a talento, privilegio y oportunidad, casi no hay límite para lo que el mundo tiene derecho a esperar de nosotros.
Conforme a la promesa que ofrece esta época, me gustaría exhortar a cada uno de los estudiantes que se gradúan hoy a que atiendan alguna cuestión un problema complejo, una desigualdad profunda y se conviertan en especialistas en ese tema. Si lo convirtieran en el foco de su carrera, sería fenomenal. Pero no es necesario que lo hagan para que cause su impacto. Durante unas pocas horas por semana, pueden emplear el poder creciente de Internet para informarse, encontrar a otros con los mismos intereses, detectar las barreras y encontrar formas de atravesarlas.
No permitan que la complejidad los detenga. Sean activistas. Atiendan las grandes desigualdades. Será una de las mayores experiencias de sus vidas.
Ustedes, los que hoy se gradúan, están comenzando a ser adultos en una época asombrosa. Dejan Harvard con una tecnología que mis compañeros jamás tuvieron. Tienen conciencia de la desigualdad global, que nosotros no teníamos. Y junto con esta conciencia, es probable que posean una conciencia informada que los angustie si abandonan a esas personas cuyas vidas ustedes podrían cambiar con muy poco esfuerzo. Tienen más de lo que nosotros teníamos; pueden empezar más pronto y llegar más lejos.
Sabiendo lo que saben, ¿cómo podrían dejar de hacerlo?
Espero que dentro de treinta años puedan volver a Harvard y mostrar lo que han hecho con su talento y su energía. Y que no sólo tengan en cuenta sus éxitos profesionales, sino también el acierto con que han abordado las inequidades más profundas del mundo
cuánto de bueno han hecho por las personas que están a un mundo de distancia, que no tienen nada en común con ustedes, salvo su humanidad.
Traducción: Silvina Floria
El nombre de las personas
Hace un tiempo se conoció la existencia de un proyecto, en estudio en el Congreso de la Nación, para modificar la Ley del Nombre 1. La propuesta consiste en hacer obligatorio el uso del doble apellido, integrado por el apellido del padre, seguido del apellido de la madre. No se trata de una novedad absoluta: esa modalidad, que es ya obligatoria en muchos países con quienes compartimos historia, lengua y cultura, es actualmente una facultad al alcance de cualquiera en la Argentina. En efecto, la ley vigente, luego de hacer obligatorio el uso del primer apellido del padre, faculta a quien lo quiera a poner a sus hijos su propio apellido doble o compuesto, o bien ponerles el apellido doble formado por el del padre y el de la madre. La misma opción tiene cualquier persona a partir de los dieciocho años, si sus padres no hubieran usado de esa facultad.
Ante la noticia se generó una polémica bastante pobre en ideas, levantada por quienes sin mucho fundamento cuestionan la iniciativa.
Un argumento tilingo, dice que el apellido doble es elitista. Un soberano disparate. En muchos lugares (comenzando por España) todas las personas, sin distinción de clase o condición, llevan el apellido doble formado por el de su padre y el de su madre. Entre nosotros, es una costumbre mantenida también por muchas familias, que nada tienen de elitistas. Hay en todo caso una confusión entre lo que es un apellido compuesto (aquel que siendo doble o triple, pasa invariable de generación en generación), y un apellido doble, integrado por el paterno y el materno.
En un registro parecido, algunos han dicho que el apellido doble será discriminatorio hacia los hijos de madre soltera, porque dejará al descubierto tal condición. Tampoco es cierto. Del mismo modo que hoy en día y por mandato legal, los hijos sin filiación conocida son provistos de un apellido común, nada impide que un hijo no reconocido por su padre (y mientras mantenga esa condición) use el apellido doble de su madre, por ejemplo, si la ley así lo autoriza.
El principal eje de discusión, parece estar referido a la eventual o supuesta discriminación contra las mujeres. Los promotores de la reforma alegan que incorporar el apellido materno implica terminar con una norma discriminatoria, que hace desaparecer el apellido de las mujeres (cuando, como dijimos antes, nada obliga a que así sea, sino que es una libre decisión de cada pareja). Sus detractores, en cambio, sostienen que la discriminación subsistiría porque el apellido paterno precedería al materno, y que debería ser al revés (tal como es en otros países), o que el orden debería ser optativo. Este notable desenfoque nos acerca al centro de la cuestión, como veremos. Digamos antes que, si se obliga a anteponer el apellido materno al paterno, en la óptica discriminacionista el discriminado sería el hombre. En cambio, si el orden fuera indiferente, se estaría atentando contra la función propia del nombre de las personas.
Es que el nombre (y el apellido es parte esencial de él) no es un adorno, un aditamento, algo de uso optativo. Tener un nombre es un atributo de la personalidad y un derecho inalienable, que se encuadra dentro del más general derecho a la identidad personal, y como tal está garantizado no solamente por la ley, sino por los tratados internacionales con jerarquía constitucional. Pero el nombre es al mismo tiempo, y según lo define con acierto la ley vigente, un deber.
Porque el nombre de las personas cumple una función importantísima de identificación, permite saber quien es quien, dentro de la familia (para eso sirve el nombre de pila) y dentro de la comunidad mayor (y para eso sirve el apellido). En ese sentido, el apellido doble cumple mejor esa función, porque identifica a quien lo porta tanto con la familia paterna cuanto con la materna, lo ubica con mayor precisión. En una sociedad cada vez más extensa, esa mejor identificación es deseable, y contribuye a reforzar la identidad de las personas.
Claro que, para eso, hay que valorar ese derecho a la identidad, y superar la penosa tendencia al anonimato creciente, que agobia a nuestra sociedad, y que tiene tantas y tan lamentables manifestaciones. A diario escuchamos personas que opinan por radio sobre los temas más diversos, transitando desde la obviedad más sublime hasta el agravio a sus semejantes, y que se (mal) identifican solamente como Marta, de Burzaco, o Roberto, de Palermo. ¿Por qué será tan difícil aceptar la propia identidad, y llamarse a sí mismos con nombre y apellido, asumiendo de paso una responsabilidad más cabal por lo que se dice? La televisión aporta su buena cuota en esto, cuando por ejemplo sus efímeras estrellas descartables pasan a ser conocidas por el vulgo como Jessica de Gran Hermano, o Belén de Chiquititas.
Esta trivialización del nombre propio se ha hecho carne en los adolescentes, y los que ya no lo son tanto (al menos de edad). A la pérdida de sus apellidos, universalmente sustituidos por el vocativo común que a todos hermana en el habla coloquial (Bolú), ha seguido la destrucción de los nombres de pila, trabajosa y amorosamente elegidos por sus padres. No es extraño ver, acaso, un aviso fúnebre donde Pili, Meri, San, Gus y Pato, acompañan a Pipi, por no hablar de la perplejidad de los padres cuando sus hijos reciben llamadas telefónicas de cuatro Belu y cinco Flor distintas y anónimas.
Cualquiera podrá decir que estas cuestiones son poco relevantes, y que la felicidad de nadie pasa por el uso de un nombre completo. Sin embargo, vale la pena reflexionar un instante sobre la degradación que esto implica para las personas. Luego de la pérdida del uso del apellido, y la minimalización del nombre de pila, no queda más que un paso a su reemplazo por un número, o una sigla; para llegar al completo anonimato y licuación en una masa informe, en la gente, ese conjunto amorfo que ha sustituido al colectivo mucho más noble que antes se llamaba pueblo. Anonimato es, justamente, la carencia de nombre. El anónimo no es nadie.
En ese sentido, sería muy de desear que nuestros legisladores abordaran con seriedad la modificación que se anuncia, y que en lugar de dejarse guiar por cualquier necedad o moda, bucearan en la naturaleza, sentido e importancia de las instituciones (al cabo, el nombre de las personas también lo es). Y que luego podamos como sociedad encarar una oportuna tarea educativa en esta dirección.
1. La ley vigente es la 18.248, del año 1969, que llenó un vacío legal previo porque el tema del nombre había sido omitido en el Código Civil. Esta ley tuvo la virtud de dar fuerza legal a normas previamente impuestas por la costumbre, y corregir algunas restricciones impuestas por reglamentaciones administrativas, como la que obligaba a escoger nombres de pila del santoral católico.
Negar, no ver, disociar
- Editado por el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH), ha publicado usted junto con María Laura Kroupenski tres trabajos ya comentados en marzo en Criterio: Diario de mis vacaciones, Mi guía personal y Guía para docentes y padres. ¿Cómo surgió la idea de estas publicaciones?
- El MEDH tiene un área muy importante de defensoría de los derechos de las mujeres y los niños. En este trabajo aparecía con mucha frecuencia el tema de la violencia familiar, y también del abuso sexual a los hijos por parte de los padres y de otros hombres vinculados a la familia (abuso extra-familiar). Las mujeres consultaban cómo ayudar a sus hijos en esta situación. El MEDH me convocó para acompañar estas problemáticas. Así comencé a trabajar en la capacitación de las defensorías y de las mujeres en los barrios, acompañando después a distintos grupos parroquiales que trabajan con comedores para chicos o con centros de apoyo. Vimos que hacía falta material gráfico de apoyo, que sirviera de herramienta a las personas generalmente mujeres que trabajan en esos lugares para enfrentar el problema del abuso sexual de menores. En el MEDH reunieron material de diversas iglesias y me pidieron que lo supervisara. Corregimos, agregamos, quitamos y armamos un primer librito que se empleó en todos los lugares donde el MEDH tiene inserción. Les comenté que estábamos armando este material desde hacía tiempo, y se interesaron en editarlo. Así surgen los libros, que en realidad son uno en tres pequeños volúmenes con ilustraciones.
- Se trata de un trabajo muy útil hecho en colaboración no sólo con María Laura Kroupenski sino también con una diseñadora.
- Con Laura y Fernanda, dos chicas jóvenes, nos conocimos en la iglesia de Santo Tomás Moro (en Vicente López, en la época en que Pablo Tisera era el párroco). Ellas pertenecían al grupo juvenil, y mi marido y yo éramos los encargados de coordinarlo. Allí nos hicimos muy amigos de todo el grupo, hoy ya padres de familia todos, y en especial de Laura, con mucha experiencia en trabajo escolar con niños pequeños, y Rodrigo (su esposo) así como de Fernanda y Juan. Fernanda es diseñadora gráfica, siempre colaboró conmigo en las presentaciones de la parte visual. En este caso la imagen es un elemento clave. El libro comienza con la familia de Julián, el protagonista, y para nosotros era muy importante que fuera un chico como todos los chicos argentinos, a quien le pasan las mismas cosas que a cualquier chico, buenas y malas.
-¿Cuántos años tiene Julián?
- Aproximadamente ocho años. Y Diario de mis vacaciones está basado en las notas que escribe en el diario que le regaló su tía antes de las vacaciones.
-¿Cómo aparece el hecho traumático?
-El día 8 van al sur a visitar a los abuelos. Él va contando lo que le pasa en el viaje, el reencuentro con sus abuelos, las experiencias en el campo, la visita a un amiguito y una actividad que les propone su tío, que es de abuso, muy leve, una sola vez.
-¿Tiene conciencia de lo que pasa?
-No, pero en su diario deja el registro de sus emociones, sus sentimientos, y también los de sus amigos (son tres los chicos que pasan por esa experiencia simultáneamente). También registra las reacciones de los adultos, que de hecho son las que en general se observan frente al tema del abuso.
- ¿De que trata Mi guía personal?
- Son veinte actividades distintas correlacionadas con cada uno de los días que cuenta Julián en su diario. Hay tres grandes campos referidos al tema: el cuerpo y sus cuidados, los sentimientos y herramientas de auto-cuidado. En la primera parte del diario de Julián se van relacionando las distintas partes del cuerpo y su cuidado: la higiene, el descanso, el conocimiento del cuerpo. En la segunda se van trabajando los sentimientos: la posibilidad de expresar, reconocer, diferenciar los sentimientos. Y en la tercera, Guía para docentes y padres, nos propusimos acompañar a los chicos en una suerte de taller de trabajo conjunto con los adultos.
- Sobre la base de su amplia experiencia de trabajo en talleres, seguimiento, docencia, acompañamiento sobre el tema, ¿podría señalar si hay mayor o menor posibilidad de este tipo de conducta según el sector social?
- La clase baja está mucho más expuesta por el hacinamiento, por las condiciones propias de su forma de vida, todo el mundo se entera de todo; pero no es que haya más casos. La clase baja va al hospital, donde hay relevamiento de datos, y entonces entra en las encuestas. Mientras que la clase alta va al médico particular, esconde la situación, la encara de manera privada; y la clase media depende cómo se maneje, puede ir al hospital, a centros municipales; de alguna manera tiene otros accesos.
La soledad de los chicos en las clases alta y baja los torna más vulnerables al abuso. Los chicos de clase alta suelen estar muy solos. El apoyo que tienen de sus padres por lo general es más formal que real. Suele haber bastante ausencia de apoyo afectivo real, de tiempo compartido con los hijos. Es más común que tengan muchacha y niñera, pero el apoyo afectivo que significa compartir el tiempo, los valores, la cotidianeidad, el día a día de cada situación, a menudo está ausente. En general los chicos están muy institucionalizados: escuelas de doble jornada, profesores particulares y otras actividades; actividades en su mayoría de tipo intelectual, pero donde el contacto y el tiempo para procesar los sentimientos, para compartir, darle significado a las cosas que se viven, escasea. Estos chicos, por lo tanto, suelen tener pocas herramientas para diferenciar los buenos contactos de los malos y pueden adherirse fácilmente a gente que les ofrezca un espacio afectivo.
En la clase baja los chicos están muy solos, pero de manera más obvia. Suelen estar en la calle, mamás que trabajan, papás que a veces trabajan y a veces están ausentes. Esto genera una situación de soledad en la que los chicos aprenden a marcarse entre ellos, a sostenerse afectivamente en grupos de pares, hermanos, primos, chicos del barrio. Y este estado de soledad los deja muy expuestos a la mala intención de algunos adultos.
Se agrega un componente muy importante, que explica en gran parte de los casos por qué las mamás no protegen adecuadamente: cuando una mujer ha pasado por una situación de abuso, queda más vulnerable a este tipo de situaciones, y le resulta mucho más difícil ver en su hija o hijo esta situación, porque la sola idea la perturba, la remite a su propia experiencia, le genera un nivel de angustia muy alto por el cual vuelve a utilizar los mismos mecanismos de cuando fue abusada. Negar, no ver, disociar, hacer de cuenta que esto no está pasando, que no tiene que ver conmigo. Los mismos mecanismos de defensa que se usaron en un momento para poder tolerar el abuso sexual vuelven a aparecer y a ponerse en marcha ante el abuso de un hijo. Todos los chicos que han pasado por situaciones de abuso sexual son sobrevivientes. Es una experiencia traumática que siempre deja secuelas, de distinta magnitud según la cercanía del vínculo con el abusador. No es lo mismo que abuse un padre, todas las noches cuando la madre se queda dormida, sistemáticamente y durante diez años, que el abuso ocasional de un tío lejano en una noche en que estaban todos borrachos. La magnitud del abuso se relaciona con la cercanía del vínculo, la frecuencia y el tipo de abuso.
- ¿Cuál es el indicador que define cuándo hay abuso?
Consideramos abuso desde el compartir pornografía con los chicos algo mucho más común de lo que se cree, que los adultos vean películas pornográficas con los chicos al costado, a upa, en la falda. Al exitarse la persona empieza a utilizar al chico de manera abusiva para su propio placer.
Esto es importante para no ver fantasmas por todos lados: la diferencia entre un contacto cariñoso, tierno, amoroso y un contacto abusivo tiene que ver con la intención del adulto. En el abuso, la intención del adulto es obtener placer sexual con el contacto de un chico. Puede ser visual, como cuando espían al salir del baño, cuando se cambian, o cuando generan situaciones que obligan a cambiarse de ropa o desnudarse delante del adulto; no hay contacto físico y sin embargo es abuso sexual, porque está dado por la intencionalidad del adulto. Recuerdo el caso de un papá que siempre se ofrecía a bañar a los chicos, dos hijos varones. A la mamá le parecía un gesto muy paternal y afectuoso, que de hecho podría serlo, sino fuera porque cuando los bañaba lo hacía desnudo. Los abrazos, la ternura, son básicos para el desarrollo de los chicos. Es importante que el objetivo sea el afecto, la comunicación, la generación de un vínculo, y una retroalimentación de esos sentimientos.
-¿El chico percibe la intencionalidad del adulto? ¿Se siente abusado?
-Sí. El chico percibe la intención del adulto, pero confusamente. Como les pasa a los chicos del cuento del libro. Frente a la situación de abuso el chico se siente muy confundido, porque percibe que hay algo que no está bien, que algo le genera displacer, y al mismo tiempo lo que el abusador le dice es: mirá qué lindo, esto te va a gustar, yo te quiero mucho, lo que crea un cortocircuito entre la verbalización del adulto y la percepción del menor. Por eso es que en el libro trabajamos sobre los sentimientos, para que el chico aprenda a diferenciar los sentimientos positivos de los negativos. Y también a hilar más fino: no es lo mismo estar enojado que estar triste. En general, frente a un sentimiento desagradable los chicos se enojan. En los varones, sobre todo, el enojo es más fácil porque les da una posibilidad de acción. Me enojo y pego, insulto, tiro todo y me voy. El enojo es más fácil de actuar, mientras que la tristeza vuelve hacia adentro. Y a los varones, sobre todo, les resulta más difícil lidiar con la tristeza. Cuando algo los entristece o angustia, rápidamente lo transforman en bronca y lo actúan. En los adultos sucede lo mismo. Las chicas, en cambio, tienden a replegarse, vuelcan la agresión contra sí mismas, se lastiman, se cortan las muñecas o los tobillos, los dedos, con un cutter o con lo que pueden. Inmediatamente vuelven la agresión sobre sí mismas a través de estas maneras, donde ven sangre, o a través de dejar de comer o con desórdenes alimentarios varios.
-¿Es una forma de autoagresión que nace de un sentimiento de culpa?
-Justamente. El abuso genera mucha culpa en los chicos, en la víctima. El abusador se ocupa claramente de instalar la culpa. Dice que el otro lo provoca porque va del baño a su cuarto en ropa interior. Y la víctima no debe hablar porque comprometería otros vínculos: si mamá se entera me echa de casa, y la culpa de que no haya sostén en la casa va a ser tuya, si mamá se entera me mato o te mato. Hay una amplia gama de amenazas que suelen usar los abusadores para asegurarse el secreto de la víctima, que permite el mantenimiento de la situación abusiva. Si la víctima tuviera herramientas internas para advertir que eso está mal, y hablar con algún adulto que la pueda proteger, se rompe el abuso. Por lo tanto, el abusador tiene que asegurarse el silencio de la víctima.
Inicialmente, en la mayoría de los casos, el abuso empieza con una pseudo-seducción, una preferencia de la víctima que ha sido seleccionada por parte del abusador. Supongamos (para que sea menos doloroso para nosotros pensarlo) que un padrastro en una familia con cinco chicos elige como víctima, por características de personalidad, a la hija mayor. Y aunque suene raro digo elige porque el abuso no es una conducta como la violación, que es un hecho ocasional, generalmente único, en un momento determinado. El abuso es una acción premeditada por el abusador, con una escenificación armada: busca a la persona, el momento, el lugar. Supongamos que empieza a halagarla: cuando vuelve de trabajar le trae un regalito a ella, y no a los demás hermanos. La chica se siente diferente, reconocida, halagada en su autoestima y entonces piensa que la quiere; la predispone positivamente hacia el abusador. En los demás miembros de la familia genera la reacción contraria. La hermanita se pregunta por qué a ella no, si le prepara el mate cuando llega de trabajar. Se produce una reacción negativa hacia la víctima que la aísla de su grupo de pares. Porque cuando la víctima quiere contarle a la hermanita que le sigue que no le gusta lo que le está haciendo José, ¿cómo lo va a recibir? Él a vos te quiere más. Es tu problema, arreglate.
-¿Se puede hablar estadísticamente de un crecimiento o disminución de casos, o hay una constante histórica?
-En realidad hace poco que se habla de abuso, porque hace poco que se han reconocido los derechos de los niños. Antes era un tema tabú, eran conductas privadas sobre las cuales nadie tenía que opinar. Lo que pasaba dentro de las casas no incumbía a nadie, ni al Estado ni a la policía ni al medio social en el que se moviera. Era muy difícil que alguien interviniera, porque incluso legalmente no estaba previsto.
-¿Hay elementos culturales en el abuso? El hecho, por ejemplo, de que en el noroeste es más frecuente la iniciación sexual de la chica por parte del padre… ¿lo cultural cuenta o estamos en una patología y punto?
-Lo cultural cuenta. Hay familias en que la iniciación, luego de la menarca, corresponde al padre de familia, y es aceptado. No es muy común, pero existe en algunas culturas. En las comunidades cerradas, más aisladas geográficamente, pueblos con 1500 habitantes donde la renovación es más difícil, esto se hace más común. Y al hacerse común hay un grado de aceptación pasiva. No es que deje de ser patológico o de hacer daño a la víctima. Lo que sucede es que como la gran mayoría de las mujeres ha pasado por esta experiencia, lo acepta resignadamente. Es lo que les toca a las mujeres: bancátela, hija mía, como nos lo hemos bancado todas.
-En general el abusador es hombre. ¿Existe por parte de la mujer?
-Es mucho menor, y además pasa inadvertido porque se confunde con los cuidados del cuerpo. Por ejemplo: si una mujer, cambiando un bebé o nene chiquito, disfruta del contacto con los genitales de la criatura; si le dedica más atención de la normal, en realidad lo está haciendo para ella. Pero es mucho más difícil de detectar, porque el cuidado e incluso el sobre-cuidado de las mujeres por el cuerpo de los niños es algo bien visto.
-¿El abusador siempre es un heterosexual?
-No necesariamente. Lo que existe es una gran inmadurez en las conductas sexuales por parte del abusador. Muchos abusadores tienen una vida familiar normal, son casados, y mantienen relaciones sexuales normalmente con su esposa. Pero en esa base de inmadurez, la mujer resulta un par amenazante, con demandas iguales a las de él, hay cosas que le gustan y cosas que no, puede rechazar, puede pedir. Es una relación que lo sitúa de igual a igual. Mientras que el abuso a un niño lo pone como actor exclusivo, puesto que el niño no se opone porque no sabe cómo hacerlo. En la mayoría de los casos, como mucho, llora; pero no tiene recursos para resistirse ni física ni emocionalmente. El chico no comprende cómo esa persona que en otros momentos lo quiere, lo cuida, se preocupa por él, en otros momentos le hace daño.
-El abusador, por lo general, ¿ha sido abusado en su infancia?
-No hay mucha bibliografía sobre esto, puesto que rara vez los abusadores llegan a los psicólogos. Se supone que se llega a la psicoterapia voluntariamente, que hay una demanda por parte del consultante. Sin embargo, en este tipo de casos, la justicia obliga al abusador, al violento, a asistir a terapia. Con lo cual los psicólogos y psiquiatras que trabajan en esto han tenido que adaptar toda una modalidad porque no hay una demanda por parte de la persona. En estas experiencias lo que se ha visto es que no necesariamente fueron a su vez abusados. Lo que sí aparece en la historia de todos estos hombres abusadores es haber sido severamente humillados por su padre en la infancia. Padres que han descalificado, humillado, golpeado, maltratado… Esta es una constante. Reflejaría la incapacidad de establecer una relación que no fuera la de victimario-víctima.
-¿Cuán cierto es que en general el abusador de menores no siente culpa?
-Es bastante cierto. Porque en general son personalidades psicopáticas. Y el psicópata jamás siente culpa, siempre culpa al otro. Para llegar a abusar a un chico debe vencer primero varias barreras, internas en él mismo, y varias barreras en el chico. Y esto requiere un proceso en el abusador donde deja de sentirse culpable por sus deseos, luego se anima a ponerlos en juego, y después tiene que vencer la resistencia del chico. Por eso siempre es un proceso. No es algo ocasional, sino que requiere preparación, idas y vueltas, ensayo y error, hasta que va encontrando cuál es el punto débil de ese chico.
-Con este libro se apunta a un mayor conocimiento y a una acción preventiva.
-Sí. Hay una recuperación posible en la víctima, que es lenta, compleja, dolorosa. Muchas veces los chicos no logran sostener los tratamientos todo lo que se requeriría para alcanzar una recuperación total. De todas maneras, el recuerdo de este tipo de experiencias queda, por más que el chico logre desactivarla, como una brasa ardiendo en su interior. Esa es la experiencia que tienen los chicos; una brasa que cada tanto se activa y produce flashbacks: ver de nuevo la situación, pero con toda la potencia de la escenificación, como si la estuviera reviviendo. Y esto produce mucha angustia y desazón, porque es como no poder deshacerse de ella. Si bien con un tratamiento esto puede ir limándose, es un recuerdo que nadie quisiera tener.
Nuestra intención es la prevención. Si logramos que menos chicos sean abusados porque los adultos estamos atentos, y porque los chicos son capaces de decodificar más rápidamente las situaciones de desa-grado y no exponerse a ellas, hemos logrado algo muy grande, porque habrá menos chicos que tengan que recuperarse de esto. Los que trabajamos en recuperación de chicos abusados sabemos lo doloroso que es este camino, lo difícil, y cuántas veces no llega a buenos resultados.
No hay un retorno a cero, porque no hay retorno: hay que superar esa instancia. El hecho ya está y es demoledor. Lo que uno puede hacer es lograr que el chico trabaje sobre esa situación, que exprese todos los sentimientos que no pudo expresar en su momento, que llore lo que no pudo.
-Si la situación se da en el núcleo familiar, ¿la única posibilidad es que el chico salga de ese núcleo?
-Sería mejor que el chico esté lejos del abusador. Lo que pasa es que en muchos casos se separa de la familia al chico y no al abusador. La ley ha cambiado hace poco, y esperamos que pueda ser más efectiva en la protección. Pero sin dudas el que debe salir de la casa es el abusador.
-¿La ley prevé que en el caso de un padre abusador sea él quien se tiene que ir y mantener el hogar?
-Claro. Pero estamos en la Argentina.
-El abuso es claro cuando se da de un mayor a un menor. Pero en el caso de un padrastro que abusa de su hijastra que ya cumplió 21 años, ¿cómo se define el abuso?
-A esa edad ya es una mujer, con lo cual podría oponerse. Pero lo que caracteriza al abuso es la situación de sometimiento. Una persona que no consiente es tomada por la fuerza, que puede ser bruta o la fuerza de la autoridad que ejerce el adulto sobre su víctima. El sometimiento es afectivo. Otra cosa muy diferente es una relación libre entre adultos pares.
-¿Qué reflexión haría respecto del abuso sexual a menores en el ámbito familiar o en otros ámbitos institucionales?
-El abuso puede darse tanto intrafamiliarmente, que es el que más nos cuesta ver, el que más duele, el que más quisiéramos que no existiese, porque genera mucha angustia y bronca. Pero esto pasa, por más que nos cueste verlo, existe.
También hay abuso sexual en otras instituciones: en la Iglesia, en los colegios, entre otras. Por eso es muy importante que los papás mantengan siempre muy abiertos los canales de comunicación con sus hijos. Porque prácticamente todos hemos pasado por este tipo de experiencias, en distintos grados. Las mujeres podemos contar las veces que algún exhibicionista nos mostró lo que no queríamos ver, en el colectivo nos han tocado lo que no queríamos que nos tocaran. Situaciones en las cuales algún hombre nos pone o intenta ponernos en situación de víctimas. Cuando somos chicas, nos pasa como en cualquier abuso, una no sabe si reaccionar o no, cómo reaccionar… Como todos de alguna manera nos hemos acercado a una experiencia de este tipo, es importante que los chicos tengan algún adulto al cual referirle aquellas cosas que los hicieron sentir mal. Asegurarnos que los chicos confíen en nosotros, y esta confianza se da desde anunciar: cuando tengas algún problema podés confiar en mí, hasta generar espacios de comunicación; por ejemplo, mientras preparamos la cena, charlar, contarles de nuestras cosas y dar lugar a que ellos nos cuenten las suyas. Si hay un momento, el chico va a querer contarnos; si estamos siempre a mil y para afuera, va a ser muy difícil que él crea que podemos escucharlo y ayudarlo. Lo más importante es que tenga a algún adulto, que frente a cualquier posible situación de abuso lo oriente, lo escuche, y le crea. Porque muchas veces los adultos escuchan, pero dicen: cómo venís a decir que fulano te quiso dar un beso en la boca. Descalifican al chico y éste no vuelve a hablar. Es muy importante creerles, escucharlos y acompañarlos.
Para comunicarse con la entrevistada: diariodemisvacaciones@yahoo.com.ar
Cristianos de Oriente
Tal vez nunca se haya percibido con tanta incertidumbre la situación en Medio Oriente. El año 2006 ha sacado a la luz a las comunidades cristianas que viven en esta convulsionada región. Los acontecimientos de Irak, Palestina y el Líbano, en particular, inquietan a muchos cristianos por su futuro. La preocupación por la situación de los cristianos de Oriente no es nueva. Pero hasta hace quince años, el tema ocupaba sólo a círculos restringidos. Ahora, todos están de acuerdo en decir que es grave la situación de estas comunidades, enfrentadas a realidades difíciles si no trágicas (unos diez millones de personas sobre alrededor de 150 millones de habitantes). Si bien los cristianos del Líbano y de Palestina no son del todo desconocidos para la opinión pública europea, muchos han descubierto a través de los sangrientos conflictos en la región que los cristianos viven en estas tierras árabes desde hace bastante tiempo.
Más allá de la mediatización de los recientes abrazos regionales, sin duda es necesario buscar en otra parte las razones de este renovado interés por los cristianos de Oriente. Se la juzgue pertinente o no, la noción del choque de civilizaciones se ha impuesto poco a poco en el imaginario occidental. La instalación permanente de los musulmanes, la amenaza terrorista islámica, el pequeño número de cristianos en una sociedad secularizada pero en búsqueda de identidad, han contribuido a que Europa se interese por la suerte de las comunidades cristianas de Medio Oriente, enfrentadas a un entorno religioso ajeno, hasta hostil. Como si algunos temieran, confusamente, vivir muy pronto ahí situaciones comparables con las de aquellas comunidades que otrora desaparecieron en medio de un ambiente poco favorable.
En todos lados, minoritarios
Es difícil conocer el número real de los miembros de las diferentes comunidades cristianas del Medio Oriente. Hay pocas encuestas confiables, y los responsables religiosos a menudo se satisfacen con aproximaciones en más. En valores absolutos ‑y de manera global‑, no es seguro que en Medio Oriente haya hoy menos cristianos que hace cien años, aunque es verdad que porcentualmente la parte cristiana no ha dejado de disminuir en el conjunto de la población regional, y muchas veces de manera alarmante. En ciertos países, por ejemplo en Irak, esto va acompañado por una disminución numérica en apariencia incontenible. Sólo Egipto da la impresión de escapar a este continuo descenso.
La situación es diferente en cada país. Algunos han conocido períodos de fuerte inmigración por razones políticas. La inmigración de los cristianos de Oriente, mejor educados y más abiertos que los de Occidente, no es nueva. En el Líbano o en Palestina, por ejemplo, la inmigración se remonta al siglo XIX. En América latina hay varios millones de emigrados de origen árabe. Pero, en razón del caos político regional, los últimos cincuenta años han conocido una aceleración del fenómeno, especialmente hacia Europa, los Estados Unidos, América latina y Australia. Este fue el caso del Líbano durante la guerra (1975-1990). La misma situación se da hoy en Irak, donde más del 30 % de los cristianos, la mayoría asirios-caldeos, en pocos años habrían ya dejado el país. Si bien la cuasi guerra civil que se desarrolla en el país no se ha vuelto contra ellos, las presiones, las amenazas y el clima de miedo los empujan a partir (atentados contra templos en Bagdad y Mosul, frecuentes revueltas…). El proyecto federal y la referencia a la ley musulmana en la nueva Constitución iraquí no les dan seguridad a estos cristianos que se acomodaban más al proyecto político laico y unificado del Baas, cualesquiera hayan sido sus límites. Algunos encontraron refugio en el Kurdistán semiautónomo, muchos llegaron a Jordania y sobre todo a Siria, donde viven de la solidaridad de los cristianos del país, esperando la ocasión para poder partir e instalarse en el extranjero. Esta hemorragia pone en peligro el futuro de quienes se quedan (generalmente los más pobres), cuyo destino dependerá de la evolución política en curso, de la instauración de un gobierno democrático, del fin de la tutela extranjera y de la evolución del fundamentalismo islámico.
En Palestina, el número de los cristianos no cesa de disminuir. La emigración cristiana continúa en los territorios; en el lapso de cuatro años, 3000 de ellos han partido. Muchos se van definitivamente por razones a la vez político-religiosas y económicas. Desde hace varios años, ciudades como Belén (en Palestina) o Nazaret (en Israel) ya no son mayoritariamente cristianas.
Fragilidad política
Cuando se piensa en políticos cristianos responsables en Oriente, se cita espontáneamente a Boutros Boutros-Ghali quien, antes de ser secretario general de las Naciones Unidas, fue ministro de Asuntos Extranjeros del presidente Sadat, o en Tarek Aziz, viceprimer ministro y canciller de Saddam Hussein. Salvo en el Líbano, es forzoso constatar que estos casos son excepciones. Sin embargo, el papel y la influencia de los cristianos en la historia moderna de la vida política regional son fundamentales. Sin remontarnos al lugar esencial de los intelectuales cristianos del Renacimiento árabe (Nahda) en el siglo XIX, es necesario recordar la parte eminente desempeñada por las comunidades cristianas de Oriente en el gran movimiento nacional que ha marcado a la región. Tal fue el caso, por ejemplo, de Antoun Saadé, fundador del Partido social nacional sirio en 1936, o de Michel Aflak, uno de los fundadores en 1947 del partido Baas, ambos griegos-ortodoxos. Tanto en Siria como en Irak, numerosos intelectuales cristianos han creído, al menos en sus comienzos, en el proyecto político de asociar a todas las comunidades al mismo movimiento de reivindicación nacional, de lucha anticolonialista, de emancipación a la vez social y nacional. Además, en estos países, los cristianos se han beneficiado de una relativa tranquilidad por parte de un régimen laico apoyado sobre minorías, garantizándoles seguridad e incluso prosperidad aunque no hicieran política. En ciertos casos ha habido arreglos, como en Siria, donde el régimen, que había confiscado todas las escuelas cristianas en 1967, autorizó hace poco a la Iglesia a abrir algunas, siempre que enseñen según el programa escolar del gobierno.
La caída del régimen Baas en Irak y la presión franco-americana por un retiro del Líbano han debilitado, hace tiempo, el poder en Damasco. Más de seis años después de haber sucedido a su padre, Bachar El-Assad vio vacilar su poder. Los cristianos de Siria han temido, entonces, que un derrumbe del régimen de los Alauitas arroje al país en el caos y permita a los fundamentalistas sunitas, violentamente reprimidos, tomar el poder. Pero el desliz americano en Irak y las aventuras tanto asesinas como inútiles de Tsahal en el Líbano, han devuelto, poco a poco, un margen de acción al régimen de Damasco.
El Líbano ocupó siempre un lugar simbólico muy fuerte ante los ojos de todos los cristianos de la región. Este país representó, antes de la guerra civil, un puerto de paz al que ellos podían ir a refugiarse, beneficiándose de una libertad y de una influencia política reales, con un sistema político que preveía un presidente de la república cristiano algo único e inconcebible en la región, una verdadera libertad religiosa y una red de escuelas y de universidades de calidad. Los acontecimientos que comenzaron en 1975 han vuelto frágil la presencia cristiana. Los cristianos ven disminuir considerablemente su peso político y demográfico. La ocupación Siria y una grave crisis económica no hicieron sino acentuar la deprimida política cristiana. La emigración continuó, vaciando al país de muchos de sus cuadros. El asesinato de Rafic Hariri ha trastornado la situación. Los cristianos, que estaban en primera línea en la denuncia contra la ocupación Siria y en la reivindicación de la soberanía nacional, vieron abrirse nuevos horizontes. Mientras tanto, la situación sigue siendo delicada. Aun cuando todos los responsables políticos afirman no querer recaer en las locuras asesinas del pasado, el equilibrio del Líbano, muy ligado a su entorno regional, está lejos de quedar asegurado. Y los cristianos, ellos mismos divididos, son los blancos ideales en caso de una desestabilización política.
Entre Israel y Palestina
Las cosas también han evolucionado en Palestina, donde los cristianos estaban muy comprometidos con la lucha nacional, en la OLP, pero también con otras formaciones: como Georges Habache en el Frente popular de liberación de Palestina (FPLP) o Nayef Hawatmeh en el Frente democrático para la liberación de Palestina (FDLP). Pero los tiempos han cambiado; la lucha Palestina se coloreó de Islam. Muerto Arafat, los cristianos se sienten muy frágiles. Ahora, una pequeña minoría de menos de 50.000 cristianos en medio de más de 3 millones de musulmanes se ve, con frecuencia, discriminada. Los cristianos temen sobre todo que un Islam radical les imponga su ley, y la victoria de Hamas en las elecciones legislativas no tiene visos de asegurarlos, a pesar de las declaraciones conciliadoras del partido fundamentalista. ¿Cuál es su lugar en un futuro Estado palestino? El asiento de Belén en 2002 dejó sus huellas, y los habitantes de las poblaciones cristianas de Beit Jala y Beit Sahour no han olvidado que sus casas sirvieron a los combatientes musulmanes para tirar contra la colonia israelí de Gilo, atrayendo a su vez las respuestas de Tsahal. Las intimidaciones no cesan, pudiendo llegar hasta la violencia. No es raro que los propietarios cristianos se vean obligados a vender sus tierras y sus inmuebles.
En Israel mismo, esta escalada del Islam en la población árabe inquieta a los cristianos, como lo han mostrado las tensiones en ocasión del proyecto, retirado por el gobierno israelí en 2002, de construir una mezquita al pie de la basílica de la Anunciación en Nazaret. Según un estudio llevado a cabo por la oficina central de estadísticas de Jerusalén, los cristianos israelíes no representan sino el 9 % de la minoría árabe de Israel. Pero las relaciones entre cristianos y judíos ya no son tan buenas. Desde hace años, el patriarca latino de Jerusalén, monseñor Michel Sabbah, él mismo palestino, no duda en hablar claro y fuerte para denunciar las violencias y las injusticias hechas a su pueblo, pero él no es considerado por los responsables israelíes un interlocutor neutro e imparcial. El gobierno israelí trabaja a dos puntas, alternando gestos de buena voluntad con medidas que tocan a los cristianos. De este modo, el encerramiento de Belén con la barrera de seguridad, transformó a la ciudad de la Natividad en una gran prisión, una ciudad abandonada, desde el año 2000, por el 10 % de sus habitantes cristianos.
Una diversidad de situaciones
En Egipto que cuenta con más de la mitad de los cristianos de Oriente, la situación permanece tirante. La libertad de religión está garantizada, en principio, por la Constitución. Pero la realidad es más contrastada, y los coptos se inquietan por el aumento de poder de los hermanos musulmanes en la vida política. Si bien es cierto que la difusión de la literatura cristiana está permitida y que las Iglesias pueden tener escuelas, la construcción de templos o incluso su simple restauración, necesitan autorizaciones difíciles de obtener. En el Alto-Egipto y en la región de Alejandría, las tensiones y la violencia son algo regular.
En Jordania, la monarquía hachemita, por su parte, siempre trató de proteger a la minoría cristiana. Pero los cristianos jordanos saben que su situación está estrechamente ligada a la evolución política del Reino y de los grupos fundamentalistas presentes en el país.
El caso de Arabia Saudita, donde la práctica de una religión distinta al Islam es ilegal, es el más extremo. En contrapartida, en Omán y en Bahrein, está por operarse una tímida apertura, ya que los cristianos, oficialmente, disponen de templos desde hace algunos años.
En Irán, si bien los cristianos forman parte de las minorías reconocidas por la república islámica, su situación no es nada fácil, tampoco. Su libertad de culto está garantizada e Irán, en este aspecto, es incontestablemente más liberal que Arabia Saudita. Pero la legislación prohíbe los matrimonios entre cristianos y musulmanes salvo si aquellos se convierten al Islam. La otra discriminación concierne al acceso a ciertos puestos en la administración pública, para los cuales es necesario ser musulmán; sin hablar de las desigualdades en los procesos judiciales entre un cristiano y un musulmán. Finalmente, los cristianos deben conformarse con todas las restricciones concernientes a las mujeres. De allí un miedo difuso que explica que muchos traten de emigrar a fin de vivir normalmente.
En la Turquía laica, la muy pequeña comunidad cristiana está estrechamente controlada. No es extraño que los cristianos que viven allí sean muy favorables a la entrada de su país en la Unión Europea a fin de tener mejor protegidos su status de minoría y su libertad religiosa.
El liderazgo político-religioso
En un contexto difícil, la personalidad de los responsables de la Iglesia juega un gran papel para asegurar y animar a los cristianos; figuras como el patriarca copto-ortodoxo Chenouda en Egipto, el patriarca latino Sabbah en Tierra Santa o el patriarca maronita Sfeir en el Líbano, juegan también un papel político importante. Este último ha encarnado durante años la independencia del Líbano y representó políticamente a los cristianos a falta de libertad política debida a la ocupación Siria 1.
El Vaticano se encuentra en la punta de la cresta, con voluntades aparentemente difíciles de conciliar. En principio, se trata de sostener a los cristianos de Oriente y animarlos, de ser posible, a permanecer en la tierra en la que nació el cristianismo. Inmediatamente después, conservar los vínculos con el Islam evitando así dar calce a cualquier enfrentamiento religioso. La posición de Juan Pablo II contribuyó a que la intervención militar en Irak no fuera percibida como un episodio del choque de religiones, e impidió que allí las comunidades cristianas corrieran peligro.
Desde este punto de vista, tanto el Vaticano como los responsables de las Iglesias locales no ocultan su descontento ante las misiones proselitistas de grupos evangelistas ‑la mayoría de origen norteamericano‑, que no solamente se sitúan en competencia con las Iglesias tradicionales, sino que se corre el riesgo de que ataquen los equilibrios islámico-cristianos instalados con mucha dificultad.
Finalmente, el Vaticano y Juan Pablo II estaba comprometido personalmente en este tema desea ver que el diálogo con el pueblo judío se establezca en la confianza, más allá de las tormentas de la historia, en nombre del particular vínculo que une a las dos religiones. Después del reconocimiento de Israel por la Santa Sede el 30 de diciembre de 1993 y de la convención diplomática que lo siguió el 15 de junio de 1994, el acuerdo jurídico y financiero que debía completar el dispositivo quedó en suspenso. El gobierno israelí anunció sin embargo, con regularidad, su intención de avanzar sobre los diferentes temas espinosos (bloqueos administrativos concernientes a la renovación de las visas de sacerdotes, religiosas y seminaristas extranjeros; propiedad y fiscalización de los bienes eclesiásticos en Israel; eventual sumisión de la Iglesia católica al sistema jurídico israelí).
Ciudadanos de segunda clase
En efecto, la casi totalidad de los cristianos del Medio Oriente comparten con los otros habitantes de la región las malas condiciones económicas y la falta de libertad que caracterizan a la mayor parte de sus países. Pero tienen una razón suplementaria para querer partir. En la gran mayoría de los casos, ante un porvenir imprevisible, prevalece si no el miedo, al menos la inquietud. Los inquieta, sobre todo, el Islam fundamentalista, con sus consecuencias en materia de libertad de culto y de status civil y político. Todos los gobiernos árabes de la región, a excepción del Líbano, han inscripto ya en su Constitución, como fuente principal del derecho, la charia (la ley islámica).
Desde entonces, en diversos grados, en todos los cristianos de la región quedó el miedo por el retorno al régimen de los dhimmis (protegidos), conocido por muchos de sus ancestros en el mundo musulmán 2. Hoy día, la discriminación raramente llega a ese grado; sin embargo, en algunos países, las disposiciones jurídicas se le acercan. La crisis política que sacude al Medio Oriente y la escalada del Islam radical refuerzan, en algunos cristianos, este estado de ánimo que puede conducirlos a no sentirse ya comprometidos con el destino común de la región de la que forman parte.
La prueba de identidad
Muchos cristianos se plantean, hoy, una cuestión de identidad. Mientras que para el común, la identidad árabe es sinónimo de identidad musulmana (árabes, por lo tanto musulmanes), la identidad de los árabes cristianos nace de su carácter transversal (son árabes y cristianos); esta identidad se caracteriza, a la vez, por su confrontación permanente con el Islam y por su dificultad para situarse respecto a Occidente, con el cual está, a veces, como un postigo. Su religión, con frecuencia, los hace percibir como elementos extranjeros en su propia tierra, mientras que los vínculos familiares de la emigración los atraen hacia un mundo extranjero que fascina, que da seguridad aunque, con frecuencia, decepciona. Los cristianos de Oriente, a la par que frecuentemente son muy críticos respecto de la política norteamericana en la región, sin embargo son sospechados de proximidad con los occidentales y, a menudo, obligados a reafirmar su arabización. La guerra en Irak ha hecho resurgir claramente esta situación. Todas estas pruebas e incertidumbres dan la ocasión para un cuestionamiento sobre la fe. Algunos descubren que ser cristiano no significa de entrada no ser musulmán, ni pertenecer a una comunidad local particular.
La apuesta de la unidad entre cristianos
Independientemente del contexto político de la región, el porvenir de los cristianos en Medio Oriente pasa por una mayor unidad entre ellos. Existe una multitud de Iglesias y de comunidades católicos, ortodoxos, con sus tradiciones, sus ritos y sus derechos: griegos-ortodoxos, griegos-católicos, armenios-ortodoxos, armenios-católicos, coptos-ortodoxos, coptos-católicos, jacobitas (o sirios-ortodoxos), sirios-católicos, asirios (o nestorianos), caldeos, maronitas, latinos. A estos grupos conviene sumar a las Iglesias protestantes. Durante años, una atmósfera de desconfianza y de sospecha mutua marcó las relaciones entre las Iglesias, incluso católicas. Hoy, muchos jóvenes se dicen de entrada cristianos antes que griegos-católicos, maronitas, o griegos-ortodoxos…, y constatan en qué medida la división constituye un verdadero contra-testimonio, tal como, por ejemplo, la celebración de la Pascua en fechas distintas. En estos últimos años se han conocido importantes avances, animados por Roma, tales como los encuentros comunitarios de oración en Navidad o, en 2005, la inauguración en Damasco del nuevo templo de San Pedro y San Pablo, una iglesia común para los griegos-católicos y los griegos-ortodoxos. La unidad es deseada y buscada; mientras tanto, queda mucho por hacer frente al peso de las tradiciones y del funcionamiento de las comunidades.
Sin considerar la evolución actual como una inexorable fatalidad, el porvenir que se diseña para los cristianos de Oriente está lleno de incertidumbre. Estos cristianos ¿son conducidos inevitablemente a abandonar su tierra, no dejando atrás sino algunas comunidades-testigo, guardianes de museos y de lugares de una memoria histórica antigua? Si bien la emigración toca también a los musulmanes, las consecuencias de la partida de una familia cristiana son evidentemente más pesadas en relación al equilibrio demográfico general. Algunas Iglesias corren un gran riesgo de desaparecer, llevando consigo toda una tradición y toda una expresión de la fe. A este respecto, el dinamismo de la comunidad cristiana del Líbano es determinante para la supervivencia de las otras comunidades de la región, tanto como la posibilidad, para las Iglesias, de mantener las instituciones escolares y educativas. Las consecuencias de una desaparición progresiva de los cristianos vendrían a ser, en efecto, muy importantes. ¿Cuál sería de entrada la evolución del mundo árabe-musulmán sin los interrogantes planteados en su seno por los cristianos? Un cierto número de responsables religiosos musulmanes son conscientes de esto, sin olvidar la relación entre judíos y musulmanes en Israel y en Palestina, en ausencia de una tercera comunidad que permita evitar el cara a cara. Pero es también el mundo cristiano en su conjunto el que quedaría profundamente afectado sin su pilar de origen, el hogar de los ocho primeros concilios.
En el pasado, la fuerza de los cristianos en el mundo árabe fue su apertura a otras culturas distintas a la suya, bien arraigadas en su propia tierra. De esta forma, con frecuencia, han oficiado de puente entre las religiones, las mentalidades, discerniendo lo que había de positivo y de enriquecimiento en las culturas circundantes, para apropiárselas y comunicarlas. El Medio Oriente y el mundo entero se empobrecerían, si llegaran a desaparecer esos barqueros.
-Turquía: 80.000 cristianos (sobre 73,19 millones de habitantes), o sea el 0,10 % (el 0,90 % en 1957).
-Siria: 750.000 (sobre 19 millones de habitantes), o sea el 3,9 % (el 13,4 % en 1957).
-Líbano: 1,3 millón (sobre 3,58 millones de habitantes), o sea el 36,3 % (el 54 % en 1957).
-Irán: 110.000 (sobre 69,51 millones de habitantes), o sea el 0,15 % (el 2,6 %en 1957).
-Irak: 400.000 (sobre 28,81 millones de habitantes), o sea el 1,3 % (el 5,9 % en 1957).
-Jordania: 80.000 (sobre 5,7 millones de habitantes), o sea el 1,4 % (el 6,3 % en 1957).
-Israel: 144.300 (sobre 6,86 millones de habitantes), o sea el 2,1 % (el 2,3 % en 1957).
-Palestina: 49.000 (sobre 3,70 millones de habitantes), o sea el 1,3 % (el 2 % en 1957).
-Egipto: 7 millones (sobre 74,03 millones de habitantes), o sea el 9,4 % (el 7,8 % en 1957).
Texto de Études, noviembre de 2006.
Traducción: Alberto Azzolini.
Notas
1. Si bien la población cristiana en Israel, Palestina y Jordania es casi exclusivamente árabe, existe sin embargo una pequeña comunidad cristiana hebreófona. Esta no se siente muy reconocida en una Iglesia mayoritariamente palestina. El Vaticano creyó oportuno darle al patriarca Sabbah un obispo auxiliar, particularmente encargado de la comunidad hebreófona. El P. Jean-Baptiste Gourion, abad del monasterio de Abou Gosh, una comunidad monástica sensible al diálogo con el judaísmo, fue nombrado en 2003 a estos efectos. Pero murió en junio de 2005.
2. Esta protección se aplicaba a la Gente del Libro (Ahl al-Kitab) mencionados por el Corán, judíos y cristianos, e incluso zoroástricos. Estos podían gozar de la libertad de culto a condición de pagar el tributo (djizya) y de aceptar un status de inferioridad. Entre las prohibiciones figuraban: la de portar armas, montar a caballo, acceder a determinadas funciones administrativas. La aplicación de este régimen fue más o menos rigurosa según las épocas y las regiones. Cayó en desuso con las reformas otomanas y fue oficialmente abrogado en 1923.
Copiando a Beethoven
Copying Beethoven, dirigido por Agnieszka Holland, escrito y producido por Stephen Rivele y Christopher Wikinson (2006) es el título original del filme anglo-húngaro conocido en Buenos Aires como La pasión de Beethoven, dedicado a los últimos tres años de la vida del músico (Beethoven vivió entre 1770 y 1827). El cambio de título costumbre harto frecuente, y no sólo entre nosotros no ayuda quizás al espectador a concentrarse en el tema que, objetivamente, se plantea como argumento central de este filme, y al que estructura en dos grandes momentos. En el primero, hasta el estreno de la Novena Sinfonía, el copiado hace referencia al trabajo del copista en este caso, el de la bella Anna Holz (Diane Kruger), aventajada estudiante de composición y personaje de pura ficción es decir de aquel que, al servicio de un editor, preparaba las partes para los diferentes instrumentos o voces.
A partir de allí, y hasta el final, el copiado adquiere otro sentido, más profundo: el de la imitación que, como compositora, Anna Holz realiza quizás inconscientemente de su venerado maestro, quien, percibiendo el problema, se esforzará en apartarla de esa tentación, ayudándola a liberarse de él y animándola a ser plenamente ella misma. Sin duda juega un papel importante en dicha mímesis la admiración por el músico que experimenta la joven compositora. Pero la imitación tiene causas más profundas. Es que desde el primer encuentro ha surgido entre ambos una mutua empatía, a través de la revelación del alma. Ante todo la del propio Beethoven, que Anna demuestra conocer perfectamente a través de su música, y que paradójicamente se va manifiestando para él mismo en toda su profundidad humana (p.ej. en los diálogos acerca de su sobrino Karl) gracias a la presencia o mejor aún, gracias a la calidad de la presencia de Anna un ángel que el cielo le envía antes de morir, como afirma el propio Beethoven (Ed Harris).
La empatía crece a medida que el músico le revela a Anna el alma secreta y la fuente oculta de toda verdadera música, a saber, el encuentro con Dios, vivido por Beethoven como experiencia en el sentido de algo intensamente padecido, sufrido espiritual y corporal, a la vez amorosa y desgarradora. Este tema central llega a su culminación en el filme a través de la creación de la Gran Fuga (op.133), obra en la que Beethoven desea expresar, según lo confiesa a Anna, su experiencia visceral de Dios, un Dios que vive en las entrañas (no en la cabeza, no en el alma), y al que se aspira no cerebralmente sino desde la más concreta corporeidad. La Gran Fuga introduce la cuestión de lo feo en la belleza, así como la apertura de Beethoven hacia un nuevo estilo musical que apunta al futuro. En un primer momento Anna Holz no comprende esta obra, pero finalmente lo hará, y allí en el proceso de su comprensión comienza precisamente el filme. ¿Cómo llega Anna a alcanzar esa comprensión o audición que coincide casi con la muerte del maestro? ¿Y en qué consiste dicha comprensión? Dejemos por el momento en suspenso la posible respuesta a estas preguntas.
Como parte de su enseñanza, Beethoven ayuda un tanto brutalmente a la joven a liberarse de convencionalismos musicales, pero además y no menos brutalmente de su novio, quien juega en el filme el papel simbólico de una humanidad sin alma que se anuncia como el futuro triunfante a través de la técnica. Y también, aunque de manera más indirecta, a liberarse de las estrechas seguridades que le ofrece la religión oficial, representada en la tía monja, superiora del Convento del Sagrado Corazón, donde se hospeda la joven. Evocando su juventud, la religiosa afirma haber venido a Viena para estudiar con
Salieri.
Si bien el nombre de Mozart (1756-1791) no se pronuncia ni una sola vez, resulta casi imposible no percibir, mientras se contempla el filme, que el tema de la copia hace también referencia a otra imitación: Copiando a Beethoven copia, explícita y abiertamente, a Amadeus (Milos Forman, Peter Schaffer, 1985). Se trata de una copia inequívocamente establecida a través de imágenes y palabras (p.ej., las escenas paralelas del dictado del Requiem a Salieri, y del Cuarteto op.132 a Anna, por músicos moribundos). Y al hacerlo invita a una reflexión que enriquece la temática evocada más arriba. ¿Qué sugiere esta provocadora y sugestiva similitud? ¿Una mera vinculación superficial entre dos de los más grandes genios de la humanidad? No parece ser así.
De ambos filmes puede decirse que son fantasías basadas en la realidad, como definió Milos Forman al suyo. Parecería que de ese modo se pudo abordar mejor el misterio de la creación musical, misterio que podemos calificar de teologal en el caso de Mozart, y de religioso en el de Beethoven. Quizá la complementación profunda entre ambos filmes se esconda acá. Quizá para manifestar lo teologal (Mozart) fue necesario crear la figura de un tenebroso antagonista religioso (Salieri); mientras que para mostrar la admirable profundidad de lo religioso (Beethoven), fue necesario crear la figura teologal de un ángel (Anna) 1. Pero además la consideración conjunta de ambos filmes sugiere un paralelismo antitético entre las figuras de Salieri y de Anna, en cuanto que ambos viven experiencias similares junto a los dos genios, con la diferencia infinita de que mientras la admiración por Mozart despertará en Salieri una incontenible violencia, en Anna la devoción se transformará en amoroso discipulado. El mismo Beethoven, en el momento crítico previo al estreno de la Novena, parece imitar la rebelión de Salieri contra un Dios injusto, pero la presencia de Anna lo impide. La joven juega entonces un papel en dos registros simultáneos: el teologal, en cuanto enviada por Dios como angelical compañera del último tramo de la vida terrena de Beethoven, y el humano, en cuanto discípula sujeta a limitaciones y pruebas, que irá enfrentando y superando con la ayuda del propio Beethoven.
Recordemos que, en Amadeus, Salieri presentado como hombre aparentemente piadoso y religioso percibe, en la música de Mozart, una belleza absoluta, cuyo origen sólo puede ser Dios, un Dios injusto, según él que habla a través de esa música y que canta en ella sin que Mozart tenga la menor conciencia y sin que su comportamiento le otorgue el más mínimo mérito o derecho a hacerse beneficiario de tan incomparable don. De este modo, Amadeus parecía plantear una vez más el arraigado mito de la separación inconciliable entre el genio (divino) y el hombre (demasiado humano). Pero no era realmente así, ya que, durante el dictado del Requiem, Mozart se manifiesta grande también como hombre, tanto en su pedido de perdón a Salieri, como en su imposibilidad de concebir algo así como el castigo eterno del infierno (Confutatis, maledictis
). Mozart, en cuanto hombre, conoce la misericordia, y cree en ella. Es el fondo teologal de su misteriosamente perfecta creación musical, simbolizada en el filme en el inefable y sublime perdón final de Las bodas de Fígaro. Donde Salieri ve sólo perfección estética una perfección para él inalcanzable y de la que se siente excluido se manifiesta un don que pasa
por el imperfecto hombre Mozart. Al rechazar a éste, al buscar eliminarlo, Salieri se priva a sí mismo del don que lo busca también a él para transformarlo en un verdadero hombre y no en un mero músico inmortal, único objetivo que le interesa y que pretende obtener de Dios. Rechazo de la Encarnación, pecado del ángel
o, mejor, el mal, el mal absoluto, el odio homicida y deicida. Ante él, sólo lo teologal Dios, pero sin comillas puede triunfar, y lo hará paradójicamente en la derrota de su muerte, que no es sólo ni principalmente un asesinato, sino pleno don de sí, per/dón sobreabundante. Amadeus nos regalaba entonces una muy profunda contemplación de dos abismos opuestos el del mal y el de la más abismal misericordia misteriosamente vinculados entre sí, que se ponen en juego en la creación musical mozartiana, la cual, por ese motivo, es como eco anticipado de la Creación redimida definitivamente del mal, como lo percibieron muy bien Karl Barth y H.Urs von Baltasar 2.
Con Copying Beethoven cambiamos de mundo, de lo teologal pasamos a lo religioso. El filme, en este aspecto, es muy fiel a la real religiosidad de Beethoven, testimoniada, por ejemplo, en el texto del antiguo Egipto que Beethoven habiéndolo conocido a través de Schiller (Die Sendung Moses) copió (
otra copia) y guardó enmarcado en vidrio sobre su mesa: Yo soy todo, lo que es, lo que era, lo que será. Ningún mortal ha levantado jamás mi velo. Agnieszka Holland nos hace pasar con Anna Holz por delante de ese texto, mientras lo lee en voz muy baja. A lo largo del filme, y a medida que la relación entre el maestro y su angelical copista se va intensificando, Beethoven expresa en palabras muy elocuentes el fondo religioso de su vivencia de la composición musical. Por su parte, Anna no es una mera receptora pasiva de las confesiones del maestro; ella, escuchándolo con reverencia y amor, le da a Beethoven algo inapreciable: la posibilidad de comprender de un modo nuevo teologal su experiencia religiosa de Dios; y con ella, de su música; y con ella, de sí mismo. Anna le regala a Beethoven el descubrimiento del Beethoven de Dios. Ella simboliza en el filme el tránsito de lo religioso a lo teologal, el tránsito vivido conscientemente por el compositor del Dios de Beethoven (es decir, el Dios del que habla y del que tiene experiencia el músico) al Beethoven de Dios (el músico que, finalmente pacificado y reconciliado en plenitud, se comprende a sí mismo desde Dios).
Habría que señalar los momentos esenciales del filme que jalonan este itinerario transformante. Sin duda la secuencia del estreno de la Novena Sinfonía es, en este sentido, capital. Cuando, al llegar al último movimiento, la cámara entrelaza de manera inolvidable y maravillosa las manos danzantes de Beethoven y de Anna ambos dirigiendo la orquesta y el coro nos parece ser contemporáneos del instante de la creación del primer hombre y la primera mujer, unidos en un mutuo y recogido éxtasis que hace de sus gestos acariciantes símbolo y presencia, en lo humano, de las amorosas manos creadoras de Dios. La misma imagen, pero más brevemente tratada, y centrada en las manos del músico, se nos mostrará sobre el final, cuando el maestro moribundo, en su dictado a Anna de la plegaria musical de acción de gracias a Dios del Cuarteto op.132, explicando el sentido de las notas, afirme haber llegado a la paz profunda y a la plena libertad. El que habla allí es ya el Beethoven de Dios, es decir, el Beethoven… de Anna, como lo sugiere la superposición entre las palabras del músico (Y las manos que te levantaron acarician tu rostro, y forman el rostro de Dios…), y el bello rostro de Anna que parecen tocar y acariciar sus manos.
Entre ambos momentos culminantes asistimos al misterioso y emotivo bautismo que Beethoven recibe de Anna al pedirle que lo lave, y a la gestación y estreno de la Gran Fuga, con la dolorosa incomprensión a la que ya nos hemos referido, tanto de Anna como del público. Si la Novena puede simbolizar el momento casi paradisíaco de la Creación, y si el Cuarteto op.132 alude finalmente a un sentido de resurrección en el filme Beethoven muere una vez pasada la noche y la tormenta, al salir el sol del nuevo día, la Gran Fuga, en medio de esos polos, se nos insinúa en este contexto como posible símbolo de la Cruz en cuanto signo paradójico por su fealdad de la belleza de Dios, es decir, de su infinito amor. En este sentido, el título argentino del filme adquiere un carácter extrañamente revelador, si escribimos con mayúscula: la Pasión de Beethoven. Signo incomprensible para la razón calculadora, la Cruz o la Pasión de Dios, de la que el músico participa (ya desde el inicio del filme, cuando Beethoven enfrenta, furibundo, a su editor, le dice: estoy en la Cruz
), sería la expresión más entrañable de su experiencia de Dios, de sí mismo, y de la música. La sordera es la verdadera Cruz de Beethoven, motivo de rebeldía contra Dios que no le permite escuchar su música, con la que otros gozan pero, por sobre todo, paradójica posibilidad de apertura de su oído interior a una música otra, a la música silenciosa que le llega de Dios. Gracias a la sordera, Beethoven es Beethoven, y gracias a Anna, Beethoven nace nuevamente de Dios.
Y quizás entonces se aclaren las escenas iniciales del filme, y encontremos alguna respuesta a las preguntas dejadas antes en suspenso. En su viaje a Viena, animada por el deseo de asistir al maestro moribundo, Anna se cura de su sordera: comienza a escuchar-entender la Gran Fuga, la escucha así lo dirá ella misma como Beethoven la escucha. Esta curación ocurre mientras Anna observa desde su carruaje escenas donde lo humano aparece en rostros humildes, sucios, pobres, dolientes, frágiles
que se mueven en un mundo gris y casi desértico, humeante, por momentos inhóspito, ventoso
mientras que dentro del carruaje, entre otros personajes, una joven madre alimenta a su criatura. Anna, entonces, comprende la Gran Fuga, comprende a Beethoven: no son sus propios sufrimientos personales la sordera sino los de la humanidad o una parte de ella los que el músico parece hacer entrar en su creación musical. Es a ellos a quienes da voz, son ellos quienes aportan esa particular belleza fea, crucificada a su música. Esta, como la Cruz, canta la Pasión del amor por el hombre.
Volvamos ahora al paralelismo con Amadeus. Entre las muchas semejanzas, hay una que retiene nuestra atención: tanto Mozart como Beethoven, en sendos filmes, son interpretados a partir de la figura de Cristo, pero con la diferencia de que mientras para Mozart sobresale la referencia a la Encarnación, en el caso de Beethoven la referencia central corresponde a la conciencia de su singularísimo vínculo con Dios. Pero en ambos casos, dichas referencias apuntan, en definitiva, hacia el misterio de la Cruz pascual, como clave última de la profundidad creadora de ambos músicos, profundidad que los desborda a ambos, al hacerlos entrar en la órbita de lo teándrico, del exceso del Amor de aquel que es, a la vez, divinamente humano y humanamente divino… y que canta, a través de Mozart, el triunfo de la misericordia sobre el mal, mientras que, en Beethoven, proclama la reconciliación definitiva de lo humano con Dios. Quizás en dicha diferencia se esconda la más profunda complementariedad que pueda concebirse entre estos dos genios de la música. De ambos puede decirse que se esforzaron por regalarnos en su música, con enorme generosidad, lo que el Crucificado les regaló al darles su Espíritu: la divina aspiración a un mundo más humano
y más que humano.
Notas
1. Por religioso entendemos la relación ascendente humana hacia lo divino. Al poner en juego la totalidad de lo humano, lo religioso es necesariamente ambiguo: puede activar, potenciar y mezclarse con lo peor o lo mejor del ser humano (Cf. A.Vergote, Psicología religiosa, Taurus 1969). Es claro que, de acuerdo a estos dos filmes, como veremos, Salieri simboliza lo peor, mientras que Beethoven y Anna encarnan lo mejor. Por teologal entendemos el don descendente de la vida divina comunicada secreta y gratuitamente al hombre, en su más profunda intimidad.
2. Resumimos en este párrafo lo que hemos desarrollado extensamente en nuestra tesis para la licenciatura en Teología, cuya Introducción fue publicada en esta revista como Dios y el hombre creador. Método de lectura aplicado al film Amadeus, Criterio n.1980, 22/I/1987.
Sobre la vocación política y la cuestión social
-¿Cuál es la finalidad específica de la Comisión episcopal de Pastoral Social que usted coordina?
-Propiciar la evangelización de la vida socio-política del país. Para ello es necesario favorecer el diálogo entre la Iglesia y toda la sociedad. Se trata de una comisión episcopal, pero resulta interesante ver cómo han ido surgiendo en estos últimos años las presencias laicales. Tanto el Departamento de Laicos como Cáritas y la recientemente resucitada Comisión de Justicia y Paz han llegado a una convergencia muy fuerte: la preocupación por lo socio-político y su relación con la Iglesia. Como obispo me interesa mucho, y trato de suscitar que surjan más laicos preocupados por la política, por el tema social, por todo lo que se refiere a la construcción de la sociedad. La Comisión de Pastoral Social tiene la responsabilidad de ocuparse de la formación de esos laicos, para que estén en condiciones de dialogar con todos los ámbitos de la sociedad: el político, el sindical, el mundo de los funcionarios públicos, el económico, el empresarial… Ese diálogo tiene que ser cada vez más fluido. Estamos recorriendo un camino de búsqueda de consensos, para ver cómo entre los argentinos, entre las distintas fuerzas, ya sea a nivel nacional o local, ir encontrando aspectos en los que concordamos y donde sea posible fijar determinadas políticas de Estado.
-Usted ha conocido de cerca las organizaciones de la sociedad civil y sabe lo mucho que han ayudado a reconstruir el tejido social. Sin embargo, aún compartiendo este elogio, pensadores tan diferentes como Natalio Botana o Beatriz Sarlo señalan de manera tajante la necesidad de la mediación de los partidos políticos. ¿Cuál es su opinión?
-Estoy totalmente de acuerdo con esa visión. Desde Cáritas tuvimos ocasión de trabajar con muchas organizaciones no gubernamentales que son muy positivas, pero si la acción social no se traduce en leyes, que además se cumplan, es decir si no llega a la acción política, todo queda trunco. Los poderes del Estado se conforman a través de la política. Estoy totalmente de acuerdo con esta concepción que tanto Botana como Sarlo plantean. Conozco muchísima gente que tiene auténtica preocupación por lo social pero no vocación política. Mientras no surjan políticos con vocación verdadera, con vocación por el bien común, va a ser muy difícil si no imposible la transformación de la sociedad que todos anhelamos.
-¿Cómo ve usted la tensión entre la vocación política ideal y la dura cuando no adversa realidad?
-Esa tensión la vivo yo en primer lugar en mi propia vida. Desde Pastoral Social nos planteamos un diálogo con toda la realidad argentina, y sabemos que vamos a tener que encontrarnos muchas veces con personas que no son suficientemente aceptadas o no tienen buen nombre en la sociedad. Este planteo yo me lo hago, pero no puedo estar pidiéndole a la gente su currículum si quiero mantener un diálogo con quienes representan instituciones. Algunos sostienen que es mejor plantarse en una actitud más profética, más de denuncia: que en vez de dialogar es mejor denunciar y no tener relación con personas que pueden haber caído en actos de corrupción. Considero necesario estar en constante discernimiento y muy atentos a la voz de Dios y tratar de interpretarla. Pero en una Argentina donde todos hemos tenido alguna responsabilidad en los males que nos aquejan, yo creo que el diálogo es absolutamente necesario y hay que privilegiarlo.
El político tiene que ser ante todo un hombre o una mujer muy paciente. Tiene que creer en el diálogo y conocer los tiempos para llevar adelante las buenas aspiraciones. Tiene que tener también una vocación de alianza, lo que supone a veces actuar con personas que no piensan como uno o cuya conducta nos parezca reprochable. Se trata de una vocación muy difícil, por eso yo la respeto mucho. No sólo la respeto sino que la aliento. Sé que es un camino de cruz para la persona que siente esa vocación y que la experimenta en su corazón.
-El cardenal Jorge Bergoglio muestra no pocas veces una clara intransigencia frente a determinadas actitudes, mientras otros obispos manifiestan un mayor deseo de diálogo con el actual gobierno. ¿Eso a qué responde?
-A menudo, una cosa es lo que se transmite por los medios y otra lo que nosotros hablamos internamente en el episcopado. En general me parece que los medios de comunicación han planteado que no hay diálogo de la Iglesia con el gobierno si el cardenal no dialoga con el presidente. Creo que una vez más se cae en la tentación de una lectura caudillista. Como si el cardenal fuera el caudillo de la Iglesia y el presidente el caudillo de la Argentina. Creo que el diálogo entre las jerarquías de la Iglesia y del gobierno se tiene que dar en muchos otros niveles, y que las decisiones personales del cardenal o del presidente no deben inhibir de ninguna manera los diálogos que tienen las distintas comisiones episcopales con sus respectivos ámbitos en el gobierno. Cuando yo estaba en Cáritas mantenía diálogos fluidos con el Ministerio de Desarrollo Social, ahora lo tengo con muchos políticos diputados, senadores, ministros y sé que muchos obispos mantienen diálogos con sus respectivos gobernadores.
- ¿Hay tensiones en la conferencia de obispos?
- Creo que en mi historia episcopal, antigua ya porque llevo treinta años de obispo, nunca encontré un episcopado más unido que éste. Por supuesto que hay corrientes de pensamiento diversas que perfilan planteos pastorales también distintos. Esto es lógico en un cuerpo colegiado. Pero nunca como ahora se ha tratado que esa diversidad construya la comunión. El diálogo interno es fluido, se habla con claridad y hay una gran convergencia de líneas, tanto en el orden interno como en lo que hace a la relación de la Iglesia con toda la sociedad.
-No obstante, no faltan quienes añoran grandes figuras de obispos-maestros que tuvieron influencia y peso hace décadas
- El actual es un episcopado eminentemente pastoral. Es verdad que a veces se advierte la ausencia de obispos teólogos. En el pasado hubo quienes tuvieron gran peso. Sin embargo, constato que la falta de figuras fuertes ha enriquecido la comunión y la colegialidad.
- ¿Qué le diría a quienes, como analistas políticos, señalan la condición corporativa de la Iglesia?
- En primer lugar conviene recordar que muchos analistas políticos, por su formación intelectual, difícilmente comprendan la dimensión más espiritual, más sobrenatural de la Iglesia. Y yo los entiendo: no están preparados para comprenderla. Además, debo reconocer que no pocas veces la Iglesia en su accionar ha dado la impresión de actuar corporativamente, cuando no lo ha hecho concretamente. Pero a pesar de todo creo que hemos dado grandes pasos para mejorar nuestra relación con el resto de la sociedad.
- ¿A qué se debe, a su entender, la poca presencia de laicos católicos representativos en la vida eclesial, sobre todo en las cuestiones así llamadas temporales, que les serían más propias que al clero?
- Me impresionó mucho, hace años, escuchar a un historiador como Auza decir que en la generación del 80 y a principios del siglo XX se daba una suerte de magisterio laical muy fuerte. Figuras como las de Goyena, Estrada
Frente a los problemas que vinculaban la doctrina con el orden social y político, la voz que se escuchaba era esa. Alguna vez le oí decir a monseñor Carmelo Giaquinta que la misma revista Criterio ejercía un magisterio, que muchas personas esperaban leerla para conocer opiniones serias sobre temas de actualidad.
Probablemente, en la medida en que crecieron las conferencias episcopales y fueron ganando mucho peso en sus expresiones públicas, la voz de los laicos fue decreciendo. Se trata de una carencia seria, pero creo que estamos en camino hacia una forma de mayor equilibrio en este sentido. No vería como positivo que aparecieran caudillismos clericales ni laicales, porque no tenemos que repetir los errores de nuestra sociedad. Deberían ganar presencia las instituciones laicales, los movimientos, los grupos laicos que se inspiran en el Evangelio para ayudar en la transformación de las estructuras sociales y políticas. Y sobre todo deberían surgir más laicos comprometidos con el accionar político.
- Usted ha conocido bien, como encargado de Cáritas en el nivel nacional, el drama de la pobreza y de la miseria en nuestro país
- Me tocó trabajar mucho tiempo en Cáritas, justamente en el momento de la crisis, que fue tan fuerte y tocó la conciencia de todos. Creo que creció la sensibilidad de toda la Iglesia frente al problema de la pobreza y de la exclusión social. No me gusta decir que la Iglesia se acercó a los pobres, porque muchísimos pobres forman parte de la Iglesia. Muchas comunidades nuestras son comunidades de gente pobre, y ellas también constituyen la Iglesia que trabaja para superar este drama. Si en algún momento se pensó a la Iglesia desde sectores medios o medio-altos, hoy tenemos clara conciencia de que la pobreza es un problema de todos.
La pobreza, la exclusión social y la inequidad son los grandes desafíos que tenemos los argentinos y deben ser respondidos desde todos los ámbitos de la sociedad. Es necesario dar respuestas inmediatas, revisando los planes sociales; pero también hay que trabajar pensando en el mediano y largo plazo, para lo cual el camino pasa por la recuperación de los valores éticos, la educación y la cultura del trabajo.
- ¿No coincide usted con quienes ven al Poder Legislativo inactivo y dependiente del Ejecutivo?
- Este tema lo he hablado con varios legisladores. Algunos lo advierten y tienen ánimo de corregir la situación. Creo que una de las grandes preocupaciones en la sociedad argentina es el fortalecimiento de las instituciones. En última instancia, si uno quiere una democracia que funcione, no es posible que los cargos se sigan eligiendo a dedo, ni tampoco es posible que los poderes del Estado estén debilitados o subordinados unos a otros. Los obispos lo decimos en la última declaración. Tanto la autonomía de los poderes del Estado como una vigencia mayor del federalismo, son dos caminos que los argentinos tenemos que recorrer necesariamente para fortalecer nuestra democracia.
- Usted se manifiesta, con orgullo, egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires y de haber transitado los claustros de la UBA en su facultad de Ingeniería. ¿Cómo encara desde la Iglesia el problema de la educación?
- En primer lugar, creo que la educación tiene que ser una preocupación de todos los argentinos. Una de las cuestiones más interesantes de estos últimos tiempos es que la Iglesia, que durante muchos años defendió en el orden educativo la libertad de enseñanza y la posibilidad de educar ella y de tener sus propios colegios, hoy experimenta un cambio fundamental de enfoque. Si por un lado creemos que tenemos que educar y tener nuestros colegios, por otro estamos tan preocupados por la educación estatal como por la privada. La inquietud es por la educación como tal. Y sobre todo por la educación de los más pobres. El haber estado tan cerca de nuestros hermanos más pobres en momentos de crisis nos ha hecho tomar conciencia de que si no hay una salida muy seria en el campo educacional, no vamos a poder superar la exclusión social. Por ejemplo, a mí como obispo me preocupan las escuelas del Estado que están en mi diócesis como las escuelas privadas que pertenecen a la Iglesia.
- En su tarea episcopal conoció ampliamente el mundo de la comunicación social. ¿Cómo ve la relación entre los medios y el gran público?
- Es un tema muy complicado. En primer lugar yo consumo fundamentalmente prensa escrita, es mi gran medio de comunicación. Menos escucho radio y casi no veo televisión, fuera de los partidos de fútbol que me interesan. Respecto de lo televisivo estoy preocupadísimo. Creo que la televisión nos está generando grandes perjuicios a los argentinos. Me encantó lo que dijo el otro día el secretario de Cultura, José Nun, sobre Gran Hermano: que genera una suerte de jibarización en los argentinos. Lo que muestran los medios no favorece los valores. Hay una gran contradicción entre lo que proclamamos debe ser la Argentina y lo que la televisión está produciendo. Una contradicción que tenemos que plantearla muy en serio.
- ¿Cómo juzga usted las relaciones ecuménicas e interreligiosas en la Iglesia actual?
- Se trata de algo realmente fundamental para los cristianos y para la paz en el mundo. El ecumenismo y el diálogo interreligioso son dos de las consecuencias más extraordinarias del Concilio Vaticano II. Hace poco tiempo, cuando cumplimos cincuenta años como diócesis en San Isidro, decidimos tomar como lema un texto del evangelista Juan: El que permanece en Mí da mucho fruto. E hice la siguiente reflexión: la permanencia de católicos y protestantes en torno a Jesús Palabra generó este trabajo por la unidad, que es uno de los signos más fuertes de la vitalidad del cristianismo. Nosotros, como católicos, teníamos una enorme valoración de la presencia de Cristo en la eucaristía, cosa menos central en la Reforma, pero aprendimos de los protestantes el enorme amor por la Palabra de Dios. Permanecer en la Palabra cimentó nuestra labor en la unidad. Por otra parte, la permanencia junto a Jesús-pobre nos llevó a esa opción preferencial, hoy nuevamente reafirmada. Considero que vale la pena descubrir que mantenerse fiel a la presencia de Jesús tanto en la Palabra, en la eucaristía y en los pobres es el camino para dar muchos frutos. El Jesús que está en el Cielo se hace presente y se manifiesta en su Palabra, en la eucaristía y en los pobres.
La corrupción como cuestión persistente
Cuando escribimos esta nota dos casos (o tres, de tenerse en cuenta el conflicto en el Ministerio de Defensa) turban una gestión gubernamental necesitada de profunda autocrítica: una ministra de Economía que renuncia por sospechas de corrupción, autora de torpezas merecedoras de aplazo como funcionaria pública; y una secretaria ambientalista, cuya imagen de progresista al asumir el cargo varió al de provechista de amiguismos, en la jerga expresiva del inolvidable Tato Bores. Si a esto se añade el desempeño de ministros justificadores que organizan conferencias de prensa que luego se transforman en espectáculos para el autoengaño, comprobamos que en poco tiempo se proyectan más sombras que luces en la gestión del presidente Kirchner y su elenco burocrático.
Es imposible, y tal vez improbable hay cierta resignación en el número creciente de personas que lo reconocen que los flancos negativos de la gestión presidencial influyan en las próximas elecciones en contra de la sucesión conyugal impulsada por el Presidente, miembro de la última diarquía aportada por el peronismo en poco más de medio siglo. La popularidad ganada por Kirchner con su estilo de poder y los recursos aplicados a sostenerla, no parece que vaya a disminuir de aquí a octubre.
Sin embargo, en términos de calidad institucional expresión fundamental que circula sin que se sepa si su valor importa, el déficit va siendo tan preocupante como la habitual incultura política que caracteriza a una ciudadanía más bien incivil que civil, en gran medida deteriorada por la carencia de la ejemplaridad democrática y cultural de su dirigencia política y social. Nuestra historia contemporánea exhibe una persistente degradación en el respeto a las instituciones, como para confiar en que el cambio recién comienza en ese ámbito. ¿Cómo creer que saben qué hacer quienes aparecen como adalides eventuales de un futuro gobierno cuando su gestión actual demuestra por lo menos frivolidad para semejante salto cualitativo? ¿Qué tipo de cambio, en fin, debemos confiar que empiece, cuando ni siquiera se logra saber qué modelo de sociedad ni qué criterios éticos guían a los protagonistas del cambio anunciado? La senadora Cristina Fernández (que es Kirchner) se muestra más interesada que su marido en el escenario internacional, pero fuera de su gusto por los viajes tampoco ha explicado hasta ahora qué tipo de inserción y relación con el mundo propone dentro del cambio anunciado.
Denunciar políticas gatopardistas o conductas corruptas no supone necesariamente oposición o desacato. La retórica oficial y la dependencia de entornos intelectuales orgánicos no hacen más que acentuar el autismo y el microclima en un régimen necesitado de oxígeno. Una cultura política requiere ante todo capacidad probada de conversión en su dirigencia y tiempo para reponerse de la degradación.
El gobierno que termina puede exhibir logros en diversos campos. Donde no parece haber conseguido cambios cualitativos es en la tendencia hacia el cultivo de la corrupción. A esta altura es inútil que el gobierno y algunos de sus subordinados clamen en contra de presuntas campañas sucias, que siempre hubo y habrá, como bien saben algunas de sus figuras emblemáticas. Las comprobaciones de comportamientos sucios en funcionarios y favoritos superan la mera sospecha. La corrupción sigue rampante, según dicen periodistas profesionales capaces, se comunica de boca en boca por conocedores temerosos del contraataque, y han comenzado a ratificar jueces y fiscales con sus dictámenes, amonestaciones y sentencias. El episodio fragmentariamente publicado en el que el presidente de la Corte Suprema aplaza a la secretaria Picolotti, disponiendo que cumpla con sus deberes y vuelva a rendir examen de funcionaria, fue muy expresivo, tanto de la autoridad del juez como de la incompetencia de la funcionaria, pese a la incalificable defensa del jefe de Gabinete.
La corrupción, como todos los vicios, parte de una virtud; en este caso, de la tolerancia. También encuentra auspicio en la resignación por impotencia: no se puede hacer nada…; y en el mal realismo: hay que ser realista….
La corrupción es también una enfermedad. Es la manifestación de defectos técnicos, prospera por las fallas de control y por las complicidades que el sistema permite o alienta. Para traficar en un servicio público o privado es preciso intervenir en el nivel de sus imperfecciones. El corruptor conoce muy bien el régimen o sistema donde actúa. El acusado suele ser, si se mira bien, un hombre del sistema. Por eso la lucha contra la corrupción debe atender no sólo a la conducta de los funcionarios sino al sistema que permite plasmar la tantas veces mencionada corrupción estructural. Favorecer la transparencia de los procedimientos, la competencia entre oferentes y los controles cruzados pueden ayudar a combatirla. A contramano de esto, hoy se practican contrataciones o se inducen adjudicaciones públicas disfrazadas de actos entre privados, con competencia regulada, y sin verdaderos mecanismos de control. Baste recordar que el affaire Skanska surgió como producto secundario, casi casualmente, de una inspección impositiva. Y aunque es cierto que en la corrupción hay dos partes, ellas no son simétricas, como se verifica en las consecuencias de premios y castigos: la corrupción no consentida por un funcionario lo deja sin la coima y lo afirma en su autoridad y posición, mientras que la corrupción no consentida de un contratista lo deja sin trabajo hoy, y tal vez en el futuro.
En esta línea, corresponde denunciar fuertemente la perversa urdimbre de subsidios de todo tipo tejida por el actual gobierno, so pretexto de una emergencia perpetua. La renuncia del Congreso a aprobar y controlar la ejecución del Presupuesto mediante la abdicación de sus facultades a manos del jefe de Gabinete, y el desvío de cuantiosos recursos a fondos fiduciarios incontrolados (como el que operó en el affaire Skanska), herramientas que en todos los casos benefician ostensiblemente a privados (y probablemente a funcionarios venales), son el abono para el florecimiento de la corrupción.
Esa corrupción explota el temor a dañar la estabilidad de un sistema frágil; temor que estimula el silencio, y esfuma la frontera entre la buena y la mala fe. La corrupción se multiplica cuando la vida pública hace lugar a lo que los italianos llaman el perdonismo, cuando la clase política practica el amiguismo y los ocupantes de los roles de poder… el nepotismo. Cuando los dirigentes emplean la autoabsolución como hábito aceptado y cunde la sensación de impunidad, sea que se pida o no cuentas de lo actuado.
El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. La conocida expresión de lord Acton tiene traducciones frecuentes en la historia del mundo. También, naturalmente, en la nuestra. En fin, si el supremo artificio de Satán es hacer creer que no existe, es decisivo apoyar a los resistentes en nombre del ser más que del tener. Y alentar lo que alguna vez llamamos desde estas páginas una coalición de los honestos… que en este caso serían también los corajudos. En términos morales, pero en traducción política.
La (in)seguridad vial en la Argentina
A diario nos conmueve la noticia de un trágico accidente de tránsito. Es la tercera causa de muerte en la Argentina, y la primera para las personas de entre dieciocho y treinta años. El costo de estas muertes y de las secuelas físicas y psíquicas en los sobrevivientes es altísimo, tanto en términos humanos y sociales como económicos. La tasa de mortalidad en accidentes de tránsito supera entre cinco y diez veces la de los países desarrollados, a pesar de que su densidad de población y la cantidad de vehículos por habitante es en ellos mucho mayor. Una proyección de los accidentes viales en nuestro país durante el año en curso prevé aproximadamente 8.000 muertes, es decir, el equivalente a cuarenta Cromagnones o a doce veces las bajas en Malvinas. A ellos corresponde agregar los accidentes no fatales, que triplican la cifra anterior.
Las calles y rutas argentinas evocan el estado de naturaleza que imaginaba el filósofo inglés Thomas Hobbes en el siglo XVII: una lucha de todos contra todos en la que, naturalmente, los más fuertes avasallan a los más débiles: los camiones y colectivos a los vehículos más pequeños, éstos a las motos, y todos, todos, a los peatones, que viven en estado de entera indefensión. En la Argentina no podemos estar seguros de que un vehículo vaya a detenerse ante un semáforo en rojo: tenemos que verificarlo antes de mover el nuestro o cruzar la calle. Más aún: es infrecuente que un semáforo rojo no sea violado, incluso por parte de colectivos y camiones; en la Argentina nadie impide a los automovilistas detenerse o incluso estacionar sobre las cebras: los peatones debemos transitar esquivando colectivos y vehículos particulares que las invaden impunemente. ¿Y el cinturón de seguridad? Una fugaz iniciativa de control en Buenos Aires de hace un par de años obligó a que todos lo usáramos durante un par
de semanas, hasta que los operativos en las calles se fueron espaciando para finalmente desaparecer. El cinturón es ignorado absolutamente por colectiveros y camioneros, y con mucha frecuencia por los patrulleros policiales.
Ante esta verdadera calamidad, nos invade la sensación de que poco o nada se hace al respecto. En efecto, tanto la dispersión territorial como la ocurrencia ocasional de los siniestros opacan la percepción de su extrema gravedad y contribuyen a dilatar las soluciones que el problema urgentemente requiere. Al respecto, baste recordar que tanto la guerra del Atlántico Sur como la tragedia de Cromagnon desataron reacciones significativamente superiores a las que se escuchan y ven a causa de accidentes viales, no obstante el costo en vidas humanas que estos últimos provocan. Esas soluciones deben ser elaboradas e implementadas por los poderes públicos que tienen el deber de cuidar y educar a la población. Desde el punto de vista técnico se suelen mencionar tres factores esenciales a la hora de garantizar la seguridad vial: infraestructura, control y educación.
Resulta claro que en nuestro país la expansión de la infraestructura vial no ha acompañado adecuadamente el vertiginoso crecimiento en cantidad y calidad del parque automotor. En los últimos treinta años éste no sólo se ha triplicado sino que los automóviles desarrollan cada vez mayores velocidades, y los camiones y ómnibus poseen dimensiones más importantes.
Contrariamente a lo que se cree si bien no ha ocurrido lo mismo en relación con el transporte ferroviario de pasajeros, que en muchos casos ha continuado su proceso de deterioro, en los últimos años el aumento del movimiento de cargas por ferrocarril ha sido notable, superando las cifras del último medio siglo. Sin embargo, la importante recuperación de la economía, basada fundamentalmente en los buenos precios de los commodities agropecuarios, ha superado todas las previsiones, y ha contribuido a incrementar también el tráfico de cargas por camión, congestionando los accesos a los principales puertos y contribuyendo así a agravar el nivel de inseguridad vial.
En los países mejor organizados el planeamiento constituye la primera tarea del desarrollo de la infraestructura. Independientemente de que la construcción y la operación de los corredores viales estén en manos privadas, el planeamiento es una función indelegable del Estado puesto que define prioridades de inversión pública. Un plan vial se formula siempre como respuesta a un modelo de desarrollo que mira al mediano y largo plazo, y está basado en criterios técnicos, económicos y sociales que determinan una batería de acciones e inversiones destinadas a la resolución de cada uno de los problemas del sector. Por ejemplo, la construcción de autopistas y caminos en tramos específicos en los cuales la demanda y las condiciones de seguridad lo impongan, el mejoramiento de la señalización y demarcación en las rutas existentes, la pavimentación de banquinas y el mejoramiento del estado de los pavimentos, la construcción de desvíos (bypasses) en las áreas urbanizadas.
En la Argentina, en cambio, a pesar de los múltiples anuncios de las últimas décadas, no se ha elaborado una política de transporte consistente y, como ocurre en otros ámbitos de la economía, la inversión quedó a merced de las disponibilidades presupuestarias anuales, cuando no de los favores y urgencias políticas. En la práctica, los organismos nacionales encargados del tema han desaparecido. No hay un plan de inversiones serio, que se mantenga con independencia de los plazos electorales. Cada nueva administración hace anuncios fantásticos, que devoran recursos en planificación sin llegar nunca a la etapa de ejecución. De tal forma nuestra infraestructura vial, que creció significativamente en las décadas del 60 y del 70, no pudo posteriormente acompañar en su expansión ni en su conservación la demanda de la economía después de los 80. De los aproximadamente 5.000 km de corredores viales pavimentados con densidad de tránsito alta, sólo la cuarta parte está construida, como corresponde, con calzadas múltiples divididas. Cabe anotar que en la provincia de San Luis, donde se ha podido mejorar sustancialmente la infraestructura vial, se ha reducido el número de accidentes. Lo que demuestra que no estamos frente a un objetivo imposible de alcanzar.
En segundo lugar está el problema de lo que se mueve por encima de esos caminos viejos, insuficientes y mal mantenidos. La completa falta de controles o la complicidad de malos funcionarios, o la ineptitud policial, o todo ello sumado, hace que por las rutas, e incluso en las autopistas, transite literalmente cualquier cachivache. Vehículos sin luces, incapaces de alcanzar una velocidad mínima, aparecen de pronto como obstáculos mortales e inesperados. ¿Es penalizar a la pobreza impedir circular a vehículos que constituyen un peligro tanto para quien los conduce como para los peatones y para el resto de los automovilistas? Por no hablar de maquinarias agrícolas, cada vez de mayor porte, o de caravanas interminables de camiones que también abarrotan las rutas. Y en el extremo opuesto, constatamos que el mercado incorpora persistentemente vehículos capaces de desarrollar velocidades muy superiores al máximo permitido. Asimismo, copiando experiencias de otros países, que cuentan con otra infraestructura y pericia, se habilitan al servicio ómnibus de doble altura que una y otra vez protagonizan accidentes fatales. ¿Cuántas muertes más serán necesarias para que al menos se regule su uso o sean reemplazados por unidades más seguras? Un buen sistema de seguros, de obligatoriedad universal, que premie y castigue a los conductores y regule la circulación de esos vehículos, sería de suma utilidad.
Para que los controles sean eficaces deben ser exigentes, permanentes y no ceder a la discrecionalidad y mucho menos a la corrupción. Los argentinos solemos ser más respetuosos de las normas viales cuando estamos en el exterior que en nuestro país. Simétricamente, los extranjeros que se instalan en la Argentina, al poco tiempo de su radicación, adquieren nuestros mismos vicios. No se trata entonces de un rasgo cultural que debemos aceptar como una calamidad que el destino nos ha deparado, sino más bien de la falta de un riguroso sistema de premios y castigos que induzca conductas responsables. Quien atraviesa un semáforo en rojo lo hace fundamentalmente porque da por descontada su impunidad. Si corriera el riesgo, como en otros países, de perder la licencia de conducir de por vida, y supiera que ese riesgo es real, se cuidaría muy bien de hacerlo. Y puesto que buena parte del problema proviene del sector del transporte público, cabe una pregunta: ¿es eficaz la acción de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte? ¿Por qué, si recibe al año millares de denuncias y se ocupa de hacer algo con ellas, los casos de violación de las reglas por parte de conductores de colectivos no disminuyen?
Probablemente el aspecto más visible e importante de nuestra crisis de seguridad vial se encuentra en el factor de la educación; y toca a todos los actores implicados: a los conductores y usuarios, pero también a los funcionarios. En efecto, el respeto de las señales y marcas, de las velocidades máximas, de la conducción sin abusar de ningún tipo de fármaco o de alcohol, del uso del cinturón de seguridad y en general el mantenimiento de una conducta vial consciente de los enormes daños que un vehículo automotor puede ocasionar, deberían considerarse actitudes socialmente valoradas y respetadas por toda la comunidad, en lugar de expresiones de esa viveza criolla que tanto daño nos hace en todos los aspectos de nuestra convivencia social. Por otra parte, las autoridades de aplicación y control deben abandonar la discrecionalidad y entender que las normas están para ser acatadas por todos y que, por ende, no son de cumplimiento optativo. Como vemos, hay muchas maneras de violar el quinto mandamiento; también se mata con la imprudencia y con la negligencia, que a veces llega al verdadero dolo, en la conducta vial, como lo ha afirmado un documento reciente de la Santa Sede (Orientaciones para la pastoral de la carretera, 19/VI/07).
Las consecuencias de la inseguridad vial, con ser graves en sí mismas, son además un elocuente indicador de la indiferencia de amplios sectores de la población a conductas contrarias al bien común y a las normas de convivencia pacífica. Un estudio reciente reveló que casi el 25% de los encuestados, ciudadanos porteños, considera que hay situaciones en las que cada uno puede obrar según su propia decisión, aunque ello implique la trasgresión de la ley. Seguramente al ser interrogados pensaron en los semáforos rojos, o en las cebras peatonales, o en los lugares y casos en los que se prohíbe estacionar. Esta situación no se corrige de un día para el otro, pero es urgente comenzar ya. Porque mientras los ciudadanos no reconozcamos la gravedad del problema, que señala una alarmante enfermedad social, los funcionarios no van a actuar, y no podremos corregir sus efectos, empezando por la ejemplaridad y firmeza de las autoridades de control.
Enfrentamos este año un nuevo proceso electoral donde se cruzarán las promesas más diversas. ¿Será mucho pedir a quienes vayan a ser candidatos, un compromiso explícito y común de encarar seriamente este problema? La persistencia y el agravamiento del problema sugieren que nadie quiere asumir el costo político de ponerle el cascabel al gato. Parece que es más impopular imponer orden que dejar que los accidentes y las muertes continúen. ¿No sería la seguridad vial una magnífica ocasión para ensayar una política de Estado consistente, permanente y de largo plazo, con el acuerdo de todas las corrientes de opinión? A pesar de la precariedad en las condiciones generales de seguridad personal, ¿será posible intentar un cambio que nos devuelva al menos la posibilidad de transitar por nuestras rutas sin temer por nuestra integridad personal en cada curva?
En diálogo
En los artículos de esta entrega prevalecen las entrevistas que son siempre una forma de diálogo de la redacción con los protagonistas. En primer lugar, Jorge Casaretto, obispo de San Isidro y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, se ocupa de temas sociales y políticos, con particular énfasis en la necesidad de promover la vocación política en el laicado cristiano. Por otra parte, la psicopedagoga Laura Barbero, autora de tres trabajos-guía para el asesoramiento y acompañamiento de los menores sexualmente abusados y para la orientación de docentes y padres, aborda un tema tan doloroso como difícil de reconocer. Finalmente, nuestro crítico cinematográfico dialoga con el realizador Andrés Di Tella y su padre Torcuato, a propósito del film Fotografías.
El editorial está dedicado a una de las mayores causas de muerte en la Argentina, especialmente de jóvenes: los accidentes de tránsito, donde se conjugan problemas de infraestructura, control y educación.
El comentario político se detiene en la creciente percepción de la ciudadanía de que la corrupción acompaña peligrosamente la gestión gubernamental.
Fernando Ortega, teólogo y fino crítico musical, reflexiona sobre la espiritualidad subyacente en la obra de Beethoven, tomando el tema de la película La pasión de Beethoven y haciendo referencia también a la figura de Mozart, sobre quien ha escrito abundante material.
El artículo Cristianos de Oriente, dudas y angustias, que firma el francés François Boëdec, realiza un pormenorizado análisis del complejo mosaico y su difícil futuro.
Entre otros, el sugestivo testimonio de Bill Gates y las diferentes páginas de secciones (libros, teatro, video, cine y 80 años de Criterio) completan este número.




