Revista Criterio
Septiembre 2007
Nº 2330 » Septiembre 2007

En el tiempo en que será grato habitar Buenos Aires

por Veniard, Juan María · Comentar 

El particular ambiente del centenario patrio de mayo de 1810 produjo un momento de reflexión sobre el pasado del país. Se hizo un resumen de los cien años transcurridos desde aquella primera Junta patriótica y el momento en el cual se vivía. Pero, según la infinidad de trabajos monográficos y estudios que se realizaron, sobre los más diversos aspectos de nuestro pasado y presente de ese entonces, fue un resumen valorativo pensando en el futuro. Se consideraba el pasado proyectado al porvenir. De allí, que no pueda tomarse como algo extraño al momento la confección de un artículo que trate exclusivamente de ese futuro. Futuro que ha de ser el de Buenos Aires, la gran ciudad motora de ese porvenir hacia el cual se marchaba y que, se descontaba, iba a ser venturoso.

 

 Estamos en años en que imperaba el concepto del progreso, de un progreso que se escribía con mayúscula inicial. La Argentina era un exponente de ese “Progreso” y Buenos Aires, su capital, su espejo.  Nunca se había visto país que en un cuarto se siglo hubiera conocido semejante desarrollo y que lo continuara en el cuarto de siglo siguiente. Que hubiera efectuado tamaño salto hacia delante, hacia el futuro. Había avanzado más rápido que el mismo progreso, le había ganado la carrera. Por eso, para un europeo de la época del Centenario era cuestión singular e interesante el venir al país a ver y constatar de qué manera estaban puestas en triunfo las ideas de la época.

 

Este es el ambiente que encuentra aquí el escritor vasco español José María Salaverría, nacido en 1873 y fallecido en Madrid en 1940. De vasta producción en todo género, dedicó algunos trabajos a nuestro país. Colaborador de diarios y revistas locales dejó, en un almanaque de la época, un artículo que nos ha parecido interesante comentar.

 

 Estos almanaques eran publicaciones muy ilustradas, que traían el calendario del año que se abría, más cuentos, relatos, charadas, recetas prácticas y otras lecturas. Predominaba el material de entretenimiento y era un buen obsequio con motivo de las fiestas de fin de año. En el Almanaque Peuser para 1913, aparecido a fines de 1912, se encuentra una colaboración de Salaverría titulada Después de cincuenta años1. Así comienza expresándose el autor del artículo:

 

“Alguna vez, mientras soportaba las inclemencias de las calles tumultuosas de Buenos Aires, he pensado en lo gustoso y agradable que será aquí la existencia de los hombres dentro de cincuenta años”.

 

El autor ubica al lector hacia 1962. De manera que en la actualidad nos encontramos a una distancia de casi el doble de aquella de sus predicciones. De esta forma podemos hacer un doble análisis, partiendo de nuestro conocimiento del Buenos Aires de 1962 y del actual. Y hacer el juego de ver qué es aquello que se cumplió entonces, o recién mucho después, o no se cumplió nunca. Y algo más: qué pasó con el progreso en la ciudad.

 

“[¼ ] Si ahora la vida es enérgica, febril y tumultuosa, al cabo de medio siglo será  una vida bella, armoniosa y digna verdaderamente de ser vivida.

“Yo he soñado, pues, más de una vez en esa felicidad que les aguarda a los sucesores. Con los ojos de la imaginación he contemplado el panorama que presentará la ciudad en el futuro, y he visto descorrerse las magnificencias que coronarán a Buenos Aires, convirtiéndola en el lugar más propicio y recomendado del mundo”.

 

Estimamos que al impulso del Centenario, el autor ha imaginado demasiado. Tanto progreso realizado en los cincuenta años pasados debía, necesariamente,  producir ese lugar soñado en el futuro. En ideas de la época, el progreso reemplazaba lo viejo por lo nuevo. Y lo nuevo era siempre mejor que lo viejo, porque también imperaba el concepto evolutivo el cual, descendido a nivel vulgar, no era más que suponer un desarrollo a partir de las propias potencias, hasta alcanzar niveles óptimos de funcionalidad.

 

Prosigue, el autor, más adelante:  

 

“Así Buenos Aires, cuando transcurran cincuenta años, contará en su seno con cuatro o cinco millones de habitantes. Será una ciudad intensa, y al mismo tiempo amplificada, extendida, ensanchada hasta términos inauditos. Será intensa y vibrante, como lo es ahora, cerca del puerto; pero sus suburbios se expandirán por todo el rededor, abarcando al Tigre y La Plata, que formarán de ese modo parte del gran coloso bonaerense.

“El puerto se habrá hecho más grande, llegando por el sur hasta Quilmes. [...] Un ancho canal en línea recta, unirá el Riachuelo con el puerto de La Plata [...]. Y paralelamente a esa vía de agua, una calle majestuosa servirá de arteria y unión a las dos ciudades”.

 

Hay algo que se cumplió para 1962 y que fue la urbanización hasta el Tigre, no así hasta La Plata. Pero esto último se está logrando luego de otros cincuenta años. El puerto engrandecido hasta Quilmes y el canal imaginado responden a conceptos de entonces del empleo masivo de los transportes por agua. Veinte años más tarde del escrito, el puerto se ensanchó y todavía pareció necesario ser algo mayor. Pero llegado al término fijado por el autor, ya quedó como era y en la actualidad se achicó, haciéndose zona residencial todo el puerto que él conoció, no cumpliéndose por lo tanto aquello de que toda esa zona sería de movimiento “intenso y vibrante”. La “calle majestuosa” que uniría ambas capitales sólo fue para 1962 una ruta asfaltada, en algunos tramos pintoresca y con doble mano entre cantero de césped. Recién ahora, con la autopista que existe, hay algo digno de la imaginación del autor. Y prosigue:

 

“Por la parte del norte se abrirá otra gran arteria que irá a perderse entre las frondosidades de las islas del Delta. En esta zona no habrá fábrica ni talleres, ni nada que signifique zozobra industrial. Será un espacio donde se acumulen jardines, parques, palacios, museos, juegos gimnásticos, escuelas y estaciones de aeroplanos. En ese mismo lugar se levantará convenientemente el terreno, para formar una explanada de varios kilómetros de extensión, con vista al río y llena de hoteles, arboledas y calles para automóviles. Los automóviles, movidos por un mecanismo más simple y fácil que el de ahora, serán asequibles a las fortunas más modestas”.   

 

Sólo en lo que se refiere a la estación aérea tuvo visión el autor. La gran avenida costanera del Norte estuvo siempre proyectada pero nunca se llevó a cabo. Los automóviles son mucho más complejos que en 1912. La elevación del terreno no hacía falta porque para eso estaban las barrancas del río en todo el sector, sobre cuyo filo se fueron edificando viviendas de importancia. Pero ha imaginado todavía más, de una zona que, aunque entonces bastante despoblada, le ha llamado la atención por lo pintoresca y de mucho futuro, y en este aspecto tuvo su acierto. Por lo demás, augura de ella:

 

“En diferentes puntos se levantarán también colinas artificiales, de hasta cien metros de elevación algunas, y en su cumbre, edificados con mármol, templetes artísticos acogerán a los que deseen aislarse, a los contemplativos, a los exquisitos buscadores de placeres intelectuales. Imaginaos, lectores, lo que significará una colina griega, toda plantada de árboles majestuosos, alzándose en medio de una ciudad colosal, viviente, trepidante”.

 

Evidentemente esto no se ha dado en los años 60 ni se ha dado en la actualidad, ni se dará en un futuro próximo. Creemos que responde al concepto evolutivo muy de la época. Nos parece que cada vez estamos más lejos de poder levantar templetes para solaz de los contemplativos.

 

Más adelante expresa que, en aquel tiempo futuro, Buenos Aires “se convertirá en el eje de todo el intelectualismo hispano-americano”, lo que en cierto modo se dio en décadas posteriores al escrito, permitiendo abrigar la esperanza de que así fuera. Puede considerarse que quizás en aquellos años del sesenta pudo darse algo de esto, pero ya no en el presente actual. Y aquí avizoramos un camino divergente: en el aspecto material, parte de lo imaginado se dio en el plazo considerado, otra más se dio recién para nuestros días pero una buena proporción no se ha dado. De todos modos, estos aspectos materiales fueron presentando un curso de realización. Aun los que no se dieron, pudieran darse. De manera que, hasta aquí, el progreso, en cuanto desarrollo material, y parcialmente, se produjo. Pero en el aspecto espiritual podemos ver que el resultado es otro. Respecto de la cultura, así como la expone, presentó un desenvolvimiento progresivo, graduado, hasta los años de la década del sesenta pero de allí en más hay una marcada retrogradación. El autor expresa que ha de ser “la capital efectiva del continente que habla castellano, y todos los artistas, literatos o almas cultas que hoy se dirigen a París desde Lima, Méjico, Caracas o  Santiago”, lo harán a ella. Será, entonces, “una sociedad digna, respetuosa y refinada”. Aspectos, éstos, cada vez más lejos de lograrse, pasados los años 60. Y agrega algo más de los porteños de ese entonces:

 

“Se habrá acabado también el cultivo inconsciente del arte. No serán posibles ya esas ventas de cuadros en remate, y la mistificación de los contratistas franceses que traen al Plata los residuos de los bazares parisienses. Las gentes no se regirán, en cuanto al arte, por lo que quieran ordenar los acaparadores de Europa”.

 

Cabe sólo decir que si en la década del sesenta pudo haber algo que justificara los deseos del autor, ya no lo hay ahora. Al momento presente la dependencia artística del extranjero es total. Y en París no hay interés en traernos nada de bazar. 

 

  Prosigue señalando: “La música será cultivada noblemente en sus formas elevadas”. Esto se ha dado en aquel plazo. Ciertamente, para los años 60 la actividad musical en Buenos Aires y principales ciudades del interior del país era intensa y de buena calidad. Se había producido para entonces una gran difusión de la música sinfónica y de cámara, y gran actividad coral, actividad ésta que en 1912 existía muy reducida. Observando el otro espacio transcurrido, el que llega hasta nosotros, podemos decir que, sintomáticamente, en los sesenta el término “música” refería a la música académica, a la música de arte, esa de “formas elevadas” que señala el autor. En la actualidad el vocablo música define, para cualquier habitante medio de la ciudad, la música comercial popular ciudadana, en parte producida electrónicamente, difundida por los medios masivos de comunicación.

 

 Criticando la ópera y el gusto de los melómanos, señala: “Una fermata de una tiple, una nota sostenida de un tenor, una aparatosa vibración muscular de un director de orquesta, tendrán entonces poco éxito”, que no se cumplió ni en los 60 ni ahora. Y agrega: “Esta música organillera, tenorina, pasto de fonógrafos e incubada en Milán, habrá pasado por fin a la historia”. Hecho que, afortunadamente, tampoco se cumplió.

 

También imagina virtudes morales que habrían de adornarnos a los porteños pero sin señalar los factores que lo producirán:

 

“Entonces la vida de la ciudad se habrá hecho más noble. Se crearán factores nuevos y considerables que hayan de contrapesar la acción de los hombres de presa, a quienes está encomendada actualmente la norma de la población. En vez de ser un pueblo regido únicamente por las personas avasalladoras que manipulan los negocios, en vez de ser un mero depósito de mercaderías y un gran  remate de codicias, será un gran espacio social en donde las gentes distinguidas y señaladas por la huella de la inteligencia ideal no tendrán que esconderse o subordinarse a un lugar secundario. Los negocios y el hombre de empresa, ocuparán entonces el puesto subalterno que deben ocupar en toda buena república. Habrá, en fin, jerarquías, y no una confusión monstruosa”.

 

Salaverría se nos muestra como víctima de una ilusión y, nos parece, poco conocedor de la condición humana. Estimamos que, si bien lo suyo es una manifestación de deseos, no podía estar tan convencido de que el progreso pudiera, él sólo, producir tanto cambio en el alma humana y, por lo tanto, en una sociedad. Y tiene algo más para decir antes de finalizar:

 

“Sí. En aquel tiempo será grato habitar Buenos Aires. Su nombre de ciudad hermosa, inteligente y elegante correrá por todo el mundo. Las ciencias y las artes florecerán fecundas bajo ese cielo azul y en ese clima suave que tiene la virtud de refinar las razas más toscas y feas. ¡Dichoso porvenir el que le aguarda a tan escogida ciudad! [...] …al fin surgirá la aurora de un día en que la existencia de los ciudadanos merecerá la pena de contarse y de vivirse…”. Esta es su frase final, con los puntos suspensivos abiertos al porvenir.

 

A casi un siglo de esa época del Centenario que daba para pensar e imaginar estas cosas para el futuro de una sociedad, vemos que, aparte de los detalles materiales que llegaron a cumplirse, lo demás estuvo muy lejos de aquello que se hizo realidad.

 

En el aspecto material, Buenos Aires en la década del sesenta conoció quizás su momento culminante, en cuanto a desarrollo como ciudad: con mucha edificación nueva en edificios de altura y con calles limpias y seguras, seguía siendo la ciudad elegante de que tuvo fama. Contaba con relativamente poco parque automotor particular, con un transporte público eficaz, que redundaba en una ciudad de tránsito moderado y ordenado. El centro de la urbe –donde se codeaban todas las clases sociales– tenía un gran movimiento comercial y una vida nocturna que la hacía la ciudad que nunca dormía. En fin, se llevaron a cabo grandes obras públicas que cambiaron la fisonomía de algunos barrios y hasta se levantaron monumentos notables, como el Planetario, de gran belleza arquitectural y que hubiera colmado la imaginación del redactor de 1912. 

 

Mas considerando este escrito, su plazo, que a nuestra distancia es un punto medio y lo que hubo entre un extremo y el otro, nos parece que estamos cada vez más lejos de aquello que el autor había soñado para Buenos Aires. En los ‘60 hubo ciertos aspectos de ese estimado desarrollo material y espiritual, que se habían ido produciendo en las últimas décadas. De manera que si hubo un desenvolvimiento en los años posteriores al escrito de Salaverría, que fuera confirmando sus deseos para con nosotros, de ahí en más Buenos Aires y el país, conocerían una franca decadencia que produciría una involución.

 

El autor viviría hasta 1940, pasando una temporada de tres años en la Argentina durante la Primera Guerra Mundial. Siempre estuvo relacionado con nuestro país al que manifestó querer, de manera que en el término de su vida algo vio cumplido de su sueño. Pero su fe ciega en el progreso sin duda no le habría permitido tener en cuenta, ese año de 1912, el hundimiento del Titanic

  

 

 


1
. José María Salaverría, “Después de cincuenta años”, en: Almanaque Peuser, Buenos Aires, 1912, s/p. Ilustraciones de Friedrich.

 

Nº 2330 » Septiembre 2007

Un año García Márquez

por Barros, Raquel · Comentar 

La novela más representativa de García Márquez aparece en plena efervescencia del boom latinoamericano de los años sesenta. Más allá de interpretaciones diversas sobre este fenómeno, es indudable que en ese momento se produjo la síntesis de una serie de elementos que permitieron el surgimiento de obras que integran hoy el canon de la literatura de nuestro continente. En primer lugar, la decisión de distintos editores, que se manifestó tanto a través de la publicación de una significativa cantidad de títulos y autores –en la que se ponía en evidencia la capacidad de unir su interés por la literatura del continente con una clara visión comercial– como en un vasto sistema de premios consagratorios. Por otra parte, esta apuesta se sustentó en la confianza en un público interesado y ávido, dispuesto a participar en los cambios culturales de la época. Y, sin lugar a dudas y como elemento fundamental, la conjunción de una importante serie de autores que permitieron a editores y público beneficiarse con su obra.

 

Haciendo un recorte entre la gran variedad de nombres y de títulos que deparó ese momento, además de Cien años de soledad (1967), no pueden dejar de nombrarse, para completar un trío insoslayable de la década, El siglo de las luces (1962), del cubano  Alejo Carpentier y Rayuela (1963), de Julio Cortázar. Pero si los dos últimos autores tenían ya un reconocimiento previo a la publicación de estos textos, el de García Márquez se cimenta definitivamente con la aparición de esta novela consagratoria.

 

Comenzando por la historia mítica de los sucesivos rechazos de numerosas editoriales hasta su publicación por Suda-mericana, en Buenos Aires, se ha escrito mucho sobre esta novela. Distintas lecturas críticas han abordado su estudio desde diferentes perspectivas. Entre estos numerosos acercamientos, vale la pena recordar dos clásicos: Realidad total, novela total, incluido en García Márquez: historia de un deicidio, de Vargas Llosa1 y Cien años de soledad. Una interpretación, de Josefina Ludmer2. En este último, la autora relaciona el recordado comienzo de la novela (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”) con una metáfora de la lectura. Considera que en esa escena los receptores son tres y cada uno “lee” de distinto modo; volver a estas dos lecturas permite aproximarse a algunas de las diferentes maneras de recepción que ha tenido el texto.

 

Una novela total

 

En el vasto estudio que realiza Vargas Llosa acerca de la narrativa de García Márquez, un importante capítulo está dedicado a Cien años de soledad. El trabajo la aborda como una obra total, cuyo fin es relatar “la historia completa de un mundo desde su origen hasta su desaparición”. Esta empresa, a la que considera utópica, se resuelve al conseguir un eje, el de la familia Buendía: “la historia total de Macondo se refracta –como la vida de un cuerpo en el corazón– en ese órgano vital de Macondo que es la estirpe de los Buendía: ambas entidades nacen, florecen y mueren juntas, entrecruzándose sus destinos en todas las etapas de la historia común”.

 

Los Buendía son los fundadores de Macondo, un pueblo de raigambre faulkneriana que ya aparecía, con características diversas, en otras narraciones del autor, y que a lo largo de la novela va a atravesar distintas etapas, como cualquier sociedad, o más bien, como cualquier sociedad latinoamericana. Esta comunidad de reminiscencias bíblicas, inicialmente separada del mundo exterior, sufre distintos cambios –fundamentalmente la llegada y partida de la compañía bananera– hasta que culmina su ciclo por un cataclismo. Siete generaciones de Buendía van a vivir las mismas alternativas que la historia del pueblo. Igual que la sociedad ficticia, la familia presenta rasgos característicos, tales como la división estricta de los roles, y es un espejo que refleja los usos y costumbres de la sociedad. A través de ella, conocemos los vínculos con la religión, la educación, los entretenimientos. Sus personajes son también representación de “todo” lo humano; los Buendía conforman un muestrario: en ellos están los seres más bellos y los más feos; los gigantes, y también todas las variedades psicológicas y morales, marcadas, de inicio, por las dos ramas de los varones: los José Arcadio y los Aureliano.

 

Como el lugar, también los personajes son un elemento con el que García Márquez intenta nuclear su obra anterior en este texto totalizador. Si Macondo es el escenario donde transcurre La hojarasca (1955), primera novela del autor, en Cien años de soledad no sólo el marco es el mismo sino que también reaparecen distintos personajes –el primero, ese personaje grupal al que debe su nombre la novela– y se completan o amplían sus historias: el médico suicida –del que nos enteramos que finalmente fue enterrado– y la viuda Rebeca, un rostro efímero en La hojarasca, despliega aquí su historia. No son los únicos que retomará la novela: están también el padre Antonio Isabel, Ángel y el Cachorro y otros cuya identidad no es difícil de reconocer, aunque no sean los mismos, como sucede con Casandra (La mala hora), a la que puede identificarse en Pilar Ternera. El protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, el anciano que espera la pensión, en una espera kafkiana que nunca se resuelve, es en Cien años de soledad un jovencito; asistimos al modo en que se elabora su desgracia. El tema del incesto, central en la novela, se retoma del conflicto apenas esbozado en En este pueblo no hay ladrones. Lo mismo sucede con las pestes –el diluvio, el insomnio, el olvido– que encuentran su primera expresión en La mala hora. Como puede verse en esta apretada síntesis –en la que se rescatan, obviamente, sólo algunos de los ejemplos propuestos por Vargas Llosa– existe una clara voluntad de incluir materiales anteriores, en muchos casos modificados, a fin de lograr la totalización.

 

También contribuye al efecto totalizador que hechos y personajes abarquen los cuatro planos que componen lo imaginario. El primero, lo mágico, aparece en la prehistoria del pueblo, encarnado fundamentalmente en la figura de Melquíades; el segundo, lo milagroso, se manifiesta en la ascensión de Remedios y en el diluvio, de netas implicancias bíblicas. Lo mítico-legendario mezcla figuras de la tradición, como el Judío Errante, con los ya tratados por otras novelas latinoamericanas, como Rocamadour (Rayuela) o Víctor Hughes (El siglo de las luces); lo fantástico se manifiesta desde la maldición inicial del niño de cola de cerdo y en las sucesivas pestes, como la del olvido o la del insomnio.

 

Por último, el estudio analiza en el mismo sentido la elección de un narrador particular. Su omnisciencia, puesta de manifiesto desde la primera frase de la novela, en la última produce un giro impensado: lo que se está leyendo son los manuscritos de Melquíades, uno de los personajes. A través de este artificio, sin necesidad de modificar la tercera persona gramatical –característica de un narrador exterior al mundo narrado–, se logra integrarlo también a esta gran totalidad que es la novela, sin que nada resulte externo a ella.

 

Una novela especular

  

Para Josefina Ludmer, Cien años de soledad está armada sobre dos ejes: el árbol genealógico de los Buendía y el mito de Edipo. Con referencia al primero, explicará las diversas relaciones que organizan la familia, desde su constitución con la pareja inicial de José Arcadio y Úrsula Iguarán, atravesando las distintas generaciones, hasta la última, que cierra el ciclo de cien años. La autora diferencia distintas relaciones: el parentesco por filiación, es decir, el conformado por los sucesivos descendientes que van trazando una línea cronológica; la adopción, que se produce siempre entre miembros de la misma familia; las relaciones que se producen por las diferentes edades entre los parientes, por lo que se generan nuevas formas de relación; así, Amaranta y su sobrino Arcadio, al tener la misma edad, funcionan “como hermanos”.

 

En relación con el segundo eje, señala analogías muy evidentes con el mito. Como en Edipo, la temática del incesto es constitutiva de la novela. La pareja inicial está perseguida por una leyenda familiar: por ser primos, su hijo nacería con cola de cerdo. El temor que esto provoca en Úrsula la lleva a no aceptar relaciones sexuales; los esposos solamente podrán consumar su matrimonio después de que José Arcadio asesine a su amigo Prudencio Aguilar, un hermano figurado. En este caso, como en el resto de la novela, el crimen no es un parricidio sino un fratricidio, así como el incesto se da entre hermanos y no entre madre e hijo. Como en la maldición que recibe Layo, la profecía de los Buendía se cumple, aunque en este caso su cumplimiento es diferido; es el último de la estirpe el que nace efectivamente con la cola. La demora en el cumplimiento es también una reserva que permite la construcción del relato. En Cien años de soledad, a pesar de las variaciones señaladas, el mito está siempre presente, significado a todo lo largo del relato por una pluralidad de elementos que son variados, escindidos, repetidos.

 

Otro aspecto del estudio de Ludmer es que constituye dos sistemas de significación a partir de las figuras familiares de varones, comenzando con José Arcadio Buendía… el padre de la ficción y la ficción del padre () Es dual pero uno, es el todo originario… ya que en él se concentran los rasgos que definirán posteriormente a las líneas de sus sucesores. Por un lado, los José Arcadio son los de fuerza extraordinaria en todos los aspectos; viajeros, amantes incansables, alejados de la vida política, son también los que garantizan la continuidad de la familia. El otro grupo, el de los Aureliano, se define por oposición: tienden a la soledad, salen del encierro para participar en la acción política; aunque tengan hijos, como el primero de ellos, no dejan descendencia directa. Estos dos grandes sistemas –identificados por la autora como cuerpo y mente, y que dejan también cada uno de estos legados a los siguientes pares– formulan un sistema de oposiciones dentro de la novela que solamente se vuelve a unir en el último representante de la familia: al igual que el fundador de la estirpe, Aureliano Babilonia conforma una unidad dual, en la que se condensan los rasgos dominantes de los Buendía.

 

En relación con esta duplicación, la autora trabaja con el modo en que está relatada: el libro también se manifiesta como una duplicación, al estar construido como un espejo. En efecto, consta de veinte capítulos organizados de tal manera que los diez primeros narran una historia; los diez últimos la vuelven a narrar, invertida. La reescritura se hace muy evidente al comparar el comienzo de los capítulos primero y décimo, que manifiestan el mismo movimiento. Si en el libro la historia se autorrefleja, se duplica sobre sí misma, en último término se rescribe, el develamiento final del lector en el interior del texto permite postular la función del lector como una nueva reescritura de la historia.

 

Una novela canonizada

 

Los trabajos anteriores son solamente dos muestras del generalizado reconocimiento de Cien años de soledad como una obra mayor, de indudable importancia dentro de la literatura latinoamericana. Sin desconocer los fundamentos que legitiman este lugar, vale la pena preguntarse por la ininterrumpida continuidad de su éxito, mientras que otras obras –dentro de la misma década, la ya mencionada El siglo de las luces, de Carpentier; La casa verde, de Vargas Llosa; Este domingo, de José Donoso– no han tenido un reconocimiento similar3. El mismo García Márquez se manifiesta sorprendido al reflexionar, casi treinta años después, acerca de ese fenómeno, al responder sobre el éxito extraordinario de su novela. “… cuando mi editor me dijo que haría una tirada de ocho mil ejemplares me quedé atónito () él me dijo que estaba convencido de que era un buen libro y que los ocho mil ejemplares se venderían entre mayo y diciembre. En realidad se vendieron en una semana en Buenos Aires”. Y agrega, refiriéndose a la persistencia de su impacto: “una de las explicaciones que he escuchado con más frecuencia es que es un libro sobre la vida privada de gente de Latinoamérica… otra explicación que he escuchado es que cada lector puede apropiarse y hacer lo que quiere con los personajes del libro” 4.

 

A las anteriores afirmaciones, podría agregarse que el realismo mágico, que tuvo su exponente más destacado en García Márquez –no solamente en Cien años de soledad, sino en la mayoría de su obra de ficción– generó un modelo que recrearon gran cantidad de escritores y que cautivó a un público dispuesto a aceptar sus convenciones. Su difusión provocó, además, que se cayera en el error de etiquetar como literatura latinoamericana solamente a la que responde a estas reglas. Refiriéndose a este encasillamiento en un modelo, Juan José Saer alerta sobre dos peligros que acechan a la literatura latinoamericana. El primero es justamente el de presentarse a priori como latinoamericana, lo que implica un recorte que limita la posibilidad de ingresar en el capital universal de la literatura y que contribuye a confinar a los escritores en el gueto de la latinoamericanidad. El segundo es el vitalismo, verdadera ideología de colonizados, que presupone una relación privilegiada con la naturaleza en consonancia con nuestro subdesarrollo económico5. La realidad de nuestro continente, diferente de la europea, fue lúcidamente expuesta por Alejo Carpentier en el prólogo de El reino de este mundo y explicada con fervor por García Márquez en ocasión de recibir el premio Nobel. Un buen camino de acceso a ella es la vastísima y diversa producción literaria que la caracteriza, de la que los textos del boom son solamente una muestra.

 

  



Notas

1. Vargas Llosa, Mario. García Márquez: historia de un deicidio (1971), Barral Editores, Barcelona. El capítulo citado se incluye entre los estudios preliminares a la edición conmemorativa de la novela publicada este año.

2. Ludmer, Josefina. Cien años de soledad. Una interpretación, (1985 [1970]) Bibliotecas Universitarias CEAL, Buenos Aires.

3. A pesar de no estar incluidas estrictamente dentro de los límites temporales del boom, resulta imposible no mencionar Los pasos perdidos (1953), de Alejo Carpentier y La guerra del fin del mundo (1981), de Mario Vargas Llosa, dos novelas “totalizadoras” sobre la realidad latinoamericana.

4. The Paris Review: confesiones de escritores. Escritores latinoamericanos (1996), 1° ed., El Ateneo, Buenos Aires, p. 159.

5. Saer, Juan José. El concepto de ficción, (1997), Ariel, Buenos Aires, p. 268.

Nº 2330 » Septiembre 2007

En la época del arte posthistórico

por Casanegra, Mercedes · Comentar 

El filósofo y crítico de arte norteamericano Arthur Danto (1924), cuyas ideas y publicaciones circulan de manera considerable desde hace varios años, estableció –con vistas a probar lo que algunos llaman “muerte del arte”– una periodización que resulta clarificadora a la hora de enfrentarnos con ciertas obras de arte contemporáneo1.  Para ello tuvo en cuenta, entre otros textos, La imagen antes de la era del arte del investigador alemán Hans Belting, que se ocupaba de la historia de las imágenes piadosas en el Occidente cristiano desde la época de los romanos hasta alrededor de 1400. Danto sostiene que “el concepto de arte aún no había aparecido realmente en la conciencia colectiva”2 hasta entonces. Esto da lugar a considerar las cercanías del año 1400 como el comienzo de la era del arte, que se extendería hasta la década del sesenta en el siglo XX. A partir del Renacimiento se habría tomado conciencia plena de lo que eran el arte y los artistas. Y ello hizo posible que Giorgio Vasari escribiera Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos (1542-1550). Sobre todo, hubo un cambio en la función que las imágenes cumplían en la vida de las personas. Por otra parte, la tesis de Danto sostiene que si hubo un “arte antes de la era del arte” centrado en la realización de imágenes devocionales, debería haber un “arte posterior a la era del arte”.  El quiebre entre el arte moderno y el arte contemporáneo se produciría, para el filósofo norteamericano,  en la década de 1960. Ese límite estuvo marcado por un cambio en el relato que el arte había sostenido hasta entonces y que dejaría de sustentar a obras nuevas a partir de ese momento.

 

No es la intención entrar aquí a fondo en la intimidad de esta teoría, sino recurrir a esta periodización para recordar ciertos aspectos de la vinculación entre arte y contenido religioso, y la repercusión que en distintas épocas ha tenido en la recepción del espectador.

 

Es así que cuando el filósofo alemán Hans G. Gadamer (1900-2002) al referirse a la necesaria justificación del arte en todos los tiempos, afirma que la historia del arte se desarrolló a través del arte cristiano desde la Biblia pauperum –figuración narrativa dirigida a aquellos que no podían leer– en la Edad Media hasta fines del siglo XVIII, constituyendo así la gran tradición del arte occidental: “un lenguaje de formas comunes para los contenidos comunes de una comprensión de nosotros mismos”3. Poco después, las transformaciones sociales, políticas y religiosas en el siglo XIX dieron inicio a un gran cambio que conduciría a la modernidad.

 

Si volvemos a Danto y a su idea de la existencia de un arte posthistórico y contemporáneo, vemos que uno de los rasgos que lo caracterizan es que no hay un criterio a priori de cómo debe verse el arte; y agregaríamos, tampoco cómo debe hacerse. Esto da lugar a la múltiple variedad de disciplinas que abarca el universo de la imagen artística, que no sólo ha multiplicado sus modos sino que a menudo se une a otros medios expresivos. Así pues, el arte de nuestro tiempo “dispone del arte del pasado para el uso que los artistas le quieran dar”. Además, otra característica tácita es que el arte de tema religioso no es la koiné del mundo del arte en esta  época.

 

Tierra celeste

 

Esta introducción es el marco y el contexto esquemáticos en que José Marchi y el dúo Circular (José Marchi-Daniel Varela) crean sus obras hoy, a comienzos del tercer milenio. Tierra celeste, instalación pictórico-acústica que se exhibe actualmente en la Fundación Mundo Nuevo, está concebida con una modalidad contemporánea.

 

Tierra celeste se basa en reinterpretaciones de obras pictóricas que son hitos de la historia del arte y Marchi las ha ensamblado en un conjunto orgánico otorgándoles una coherencia propia. Se trata de la figura de la Virgen de la Anunciación de Leonardo (ca.1475-80), el Arcángel y la Virgen de la Anunciación del Políptico del Cordero místico de los hermanos Van Eyck (1432) en una primera sala en donde la visita del Arcángel Gabriel a María es el tema dominante.

 

La sala dedicada a Oración resulta un impasse en el recorrido, cuyo centro es la figura de una mujer de comienzos de siglo XX. La exposición culmina con una sala dedicada al tema Fons vitae con la mayor obra de todo el conjunto, basada en la escena del panel central del Políptico de Gante. En el original la comunidad de santos converge desde los cuatro rincones del mundo hacia la Fuente del agua de la vida y hacia el Altar del Cordero místico, que santifican todo el acontecimiento. El altar está rodeado por un grupo de ángeles que rezan,  otros que portan los instrumentos de la Pasión y otros que echan incienso.  La gran escena,  basada en un pasaje del Apocalipsis de Juan (7, 9), está coronada por la paloma del Espíritu Santo.

 

Hasta aquí las citas históricas elegidas por el artista. Desde tiempo atrás Marchi trabaja con el desvanecimiento de las figuras como modalidad artística, a modo de un camino hacia un silencio paulatino en ausencia de imagen. Pero aquí ha intervenido también un complejo aparato simbólico: la tierra que asciende hacia el cielo en la figura de la Virgen que se esfuma en lo celeste, el cielo que desciende a la tierra a través de ella, en un juego barroco de gradaciones lumínicas. Las representaciones de las figuras se disipan y sólo se muestran en sus vestiduras con pliegues.

 

En algún momento la historia consideró a Jan van Eyck el inventor del óleo. La saturación y brillantez de los colores del panel central del Políptico de Gante se ausentan en la obra actual de Marchi en la que apenas se adivinan los contornos de las figuras de la multitudinaria escena. El artista ha jugado por oposición al trabajo del período de la invención del óleo. Ha silenciado toda aquella riqueza de otro tiempo para adherir al largo proceso de desmaterialización de la pintura y del arte que comenzó de manera gradual desde el Romanticismo hasta la actualidad. Una de las ramificaciones de ese camino condujo hacia el arte abstracto, transitado por Piet Mondrian y Kasimir Malevich, y más tarde por Jackson Pollock y Mark Rothko, entre otros. Esa vía unió de manera inseparable la búsqueda espiritual con la experimentación plástica hacia un absoluto visual del cual la investigación actual de José Marchi está muy próxima. La gran tela Fons vitae, un lienzo italiano del siglo XVII, fue tratada con la única técnica posible para dejar al descubierto su propia identidad: muy poco pigmento de óleos tierras, similares a los tonos de la tela, y trementina, con los cuales el artista insinuó algunos planos de sombras. La aparición de toda la escena se sugiere apenas en una presencia-ausencia, y el sentido simbólico pleno permanece.

 

La obra se completa y culmina, por una parte, con el concepto sonoro de Circular Fons Vitae: cinco silencios y cinco microformas sonoras  interpretadas por órgano, arpa y viola, tal como los usados por el grupo de ángeles músicos que aparece en el Políptico. El órgano es de Christoph Maria Moosmann (Zürich, Suiza). Se trata de pequeñas microcomposiciones  –dos minutos aproximadamente– intercaladas con silencios largos –de hasta 15 segundos–. Como es habitual en el dúo Circular se trata de un minimalismo sonoro, que tiene una última reiteración visual en cinco pequeñas pinturas  abstractas, como huellas de un acontecer, basadas en las formas de la partitura.

 

De toda la gran escena de la Resurrección el artista privilegió a la Fuente de la Vida como lugar simbólico de ese retorno a la vida plena y eterna a través del sacrificio del Cordero. Es allí donde entra la instancia musical. La obra no concluye, sino que produce una apertura desde la desmaterialización y transformación de la pintura hacia la inmaterialidad del silencio y de la música. 

 

La individualidad como signo de nuestra cultura nos lleva a encontrar estos rastros de absoluto no en grandilocuentes discursos artísticos colectivos, sino en la intimidad de la creación de dos artistas como José Marchi y Daniel Varela.

 

 

 


Notas
 

1. Arthur C. Danto, “Introducción: moderno, posmoderno y contemporáneo” en Después del fin del arte, Buenos Aires, Paidós, 1999.

2. Ibid, p.25

3. Hans G. Gadamer, La actualidad de lo bello, Barcelona, Paidós, 1996, p.31.

Nº 2330 » Septiembre 2007

Ante la televisión

por Sirvén, Pablo · Comentar 

En relación con la televisión argentina quiero plantear un paradigma muy concreto. Más que un paradigma, se trata de una paradoja; porque si hubo un medio de comunicación pensado para la familia, ése fue precisamente la televisión. El cine y la radio también convocaban a la familia pero de otra manera; el medio por excelencia que supo reunirlos fue la TV.

 

Si nos remontamos a 1951, a los comienzos de la TV local, cuando arranca Canal 7, eran contados los aparatos que había en la Argentina. Los más veteranos recordarán, y los más jóvenes lo sabrán por sus padres, que tener un televisor era como ser dueño de una quinta con pileta, un privilegio para pocos. La gente se reunía, disponían las sillas como en un cine, y se miraba TV. Y la TV solía estar dentro de un aparato muy importante, que se llamaba combinado (palabra indescifrable para los jóvenes). Ver la TV era una especie de ceremonia solemne.

 

Aquella TV llegaba aquí casi sin historia. Su trascendencia mundial también había sido escasa. El primer antecedente data de 1936 en la Alemania nazi, un signo bastante trágico nacer precisamente en ese lugar y en esas circunstancias. Inmediatamente estalla la guerra y la TV queda en hibernación obligada. Con lo cual llegamos al 1951 sin demasiados antecedentes internacionales. La TV argentina tuvo así que crearse a sí misma. Y lo hizo en parte sobre la base de otros nobles géneros existentes: teatro, música popular y clásica, obras literarias. Algunas marcas comenzaron a auspiciar sus programas de entretenimiento. Yo, que estoy por cumplir 50 años, empecé a ver TV en los años sesenta, su década de oro. Esa TV reflejaba a mi familia; tenía características básicamente urbanas. No sé si reflejaba a algunas comunidades del interior, y especialmente rurales, pero yo, como chico de Buenos Aires de clase media, me sentía muy representado. La telecomedia, el género prototípico de aquella época y que se mantuvo durante veinte largos años con el beneplácito del público, tenía como eje a la familia. A veces en tono jocoso, a veces en el melodrama; pero uno lograba identificarse.

 

Creo que lo que le pasa a la TV de ahora es lo que le pasa al país. Uno se enoja con la TV y no deja de asignarle males, como si fuera la fuente generadora exclusiva de todos los excesos que estamos viendo, sobre todo en los últimos años, pero la noticia es  peor: se trata de un síntoma de algo que está fuera de ese medio. Cuando se analiza la TV de distintos países se advierten algunas diferencias; aunque tal vez sean menores en los últimos años: la globalización también llegó a los formatos televisivos y hoy por hoy la TV del mundo occidental empieza a perder sus propias identidades nacionales. Como también le sucede a los Estados. Por eso uno puede encontrar programas que le resultan familiares en un país o en otro. También nosotros importamos y exportamos formatos.

 

Pero la TV de alguna manera refleja en su azaroso devenir lo que pasó en el país en las últimas décadas. Nació con un solo canal bajo la órbita de un Estado sumamente protector y estatizante durante el gobierno del general Juan Domingo Perón. Cuando se llamó a licitación en 1958 se abrió paso a los nuevos canales de TV que aparecen en el ’60 y ’61. En esos años se perfila una etapa muy fuerte, muy promisoria y auspiciosa para echar las bases de una industria de TV que empieza a crear sus propios formatos y figuras. Y este camino comienza a trastabillar –como el país– hacia fines de los 60 por distintas situaciones políticas, sociales y económicas que también repercuten en las finanzas y contenidos de la TV. La competencia se torna áspera (aunque esa aspereza hoy sería vista como un juego de niños), y da lugar en el ’73 al cese de las licencias. Se produce, un año más tarde, una estatización a mano armada, y empieza un fuerte declive porque, por un lado, se malogra el impulso de la TV privada y por el otro no nace una TV estatal de la que pudiéramos enorgullecernos. El período de la estatización fue muy frustrante, tanto durante el gobierno peronista como después, al acentuarse la censura con el gobierno militar;  y, posteriormente, en el gobierno de Alfonsín, en el uso sin ningún éxito ni para el público ni para ese gobierno de las ondas de TV del Estado.

 

Desde el ’51 hasta el ’83 la TV estuvo absolutamente controlada; era blanca, no había espacio para ningún tipo de mácula ni desafinación. A partir del ’83, cuando las costumbres comienzan a flexibilizarse o a cuestionarse, se da una suerte de descongelamiento a ciegas de los contenidos. La ley de radiodifusión vigente entonces, y todavía hoy, se desactualizó técnica y políticamente: se promulgó en 1980, lleva la firma de Jorge Rafael Videla y representa, por lo tanto, al régimen de la dictadura militar. Pero los políticos, en el año 83, prefirieron manejarse con esta ley de manera acomodable: le hacemos caso en lo que nos viene bien, y en lo que no, no. Se aplicaron desde entonces una serie de parches hasta que en 1989 se abrió la posibilidad de reprivatizar los canales. Cabe recordar que la ley impedía a las empresas periodísticas y gráficas tener canales de TV para evitar precisamente la constitución de holdings, los que en los ’90 fueron promovidos y alentados.

 

Mal o bien, desde el ’83 hasta mediados de los ’90, la TV ya en democracia, más liberada, empezó a probar los límites. Muchos tal vez recuerden, en1985, el programa “Cable a tierra” de Pepe Eliaschev, con una encuesta que produjo bastante malestar. Pero la TV hacía una cierta autocrítica y volvía a encauzarse. A partir del ’96 algunos juicios resonantes –el caso Coppola y el de María Soledad en Catamarca– degradaron en reality shows, se empezó a manejar el escándalo como moneda corriente, el careo de figuras de manera bastante liviana y cada vez más audaz y atrevida se abrió paso como contenido fundamental. En los últimos años esta característica se fue acentuando.

 

La televisión comenzó a tornarse perversa no por mala en sí misma, sino por desesperación. Ocurre que la TV abierta reinó sola durante años. No había nada que le hiciera competencia de igual a igual. Los grandes éxitos de los años 60, como el de Pepe Biondi (que llegó a tener 60 puntos de rating), eran programas sumamente poderosos y el comentario seguro del día siguiente. Cuando la TV abierta ve minar esa hegemonía con la aparición del cable, Internet y otras opciones de ocio, no se resigna a la pérdida de impacto e influencia y redobla las apuestas. Apela a géneros y formatos muy crispados que se plantean como pseudo-acontecimientos. Para recuperar la audiencia y el interés ya los géneros tradicionales no bastan; vamos a gritar lo que tenemos cada vez de manera más estridente; y en las últimas temporadas directamente se “soltó la correa de la bicicleta”.

 

Pero esto no es lo más sorprendente. El doctor Pedro Simoncini presentó en la Academia Nacional de Educación en 2002 un video con barbaridades extraídas de los programas que por entonces se veían por TV, pero que hoy han sido generosamente superadas. Lo más sorprendente es la anomia: no sólo no se aplica la ley, sino que no hay reacción en los sectores involucrados. Es una suerte de encefalograma plano. Nadie reacciona. Empezando por los anunciantes, que pagan tarifas de hotel cinco estrellas para terminar alojados en una pocilga inmunda de una ruta abandonada y, sin embargo, no reaccionan. Los permisionarios, los que tienen las licencias, tampoco llaman la atención a los productores, que lanzados en una carrera a 350 km/h no pueden parar y, como sus superiores (los dueños de los canales), miran para otro lado ellos siguen en su carrera suicida. Desde el diario La Nación nos hemos cansado de pedir a las personas que están a cargo de la Asociación de Teledifusoras Argentinas que emitan por lo menos un comunicado retórico. Pero no hay reacción. Y por el otro lado, el Estado, que a través del Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) no aplica ningún tipo de apercibimiento o llamado de atención. No hablo de censura ni de represión sino de respetar el horario de protección al menor, de llamar la atención sobre los contenidos obscenos que no se pueden dar en ningún horario. Reconozco que con cierta ingenuidad, hasta hace algún tiempo pensaba que la falta de reacción se debía a problemas de ineficiencia, de idoneidad. Pero la conclusión a la que llego es que sí se dan cuenta de lo que están haciendo. Se trata de algo pactado: los canales de TV pueden hacer lo que quieran con el circo sexual, con el lenguaje soez, en tanto no se metan demasiado con el gobierno. Si observamos el contenido de noticieros o de programas periodísticos –cuando los hay–, salvo excepciones, jamás se refieren, si me permiten la redundancia, a la “realidad real” que conocemos nosotros. Enfocan, en cambio, situaciones esperpénticas, casos rarísimos, tribus urbanas con las que tal vez nunca nos crucemos. Todos los programas giran sobre rarezas, pero no hablan de la “realidad real”. Al Estado en este momento no le interesa que la TV sea otra cosa que lo que es. Es llamativo que los anunciantes que pagan tanto dinero no digan nada; y más llamativo aún el doble discurso del público, típicamente argentino (en el que me incluyo): a la mañana, cuando nos levantamos, nos rasgamos las vestiduras, pero a la noche, control remoto mediante, aportamos 40 puntos de rating a programas de los cuales después renegamos.

***

El consumo de TV en grupo familiar y de amigos ha dejado de ser una práctica común. El consumo se ha vuelto individual, se ha fragmentado: no sólo hay varios televisores en una casa sino que se impuso la cultura del video clip, y se esparció por todos los géneros. La ficción retrocede. No hay paciencia. Estamos asistiendo, de alguna manera, a la agonía de la televisión abierta. Este camino la está llevando a un lugar muy marginal. Ya lo está haciendo: el público de mejor target económico se está mudando al cable. Se consume la televisión por fuera de la televisión: los adolescentes ven fragmentos por You Tube, comienzan a circular las series en formato DVD legales o pirateados. O sea que a pesar de sus gritos y sus escándalos, la TV abierta se hunde.

 

2006 fue el año de los corrimientos de horarios: los programas comenzaban 15, 20 o 50 minutos más tarde. Desde el diario La Nación nos propusimos marcar este hecho. Significaba un engaño, el quiebre de la palabra con el público. Para el diario, demandó un gran esfuerzo de los redactores porque había que ponerse a ver la TV, seguirla e insistir. Lo que se escribe en una nota o un editorial del diario tiene mucha fuerza, pero por más bueno que sea, esa fuerza se diluye si no hay continuidad de acción; y lo que cuesta es la continuidad. El año pasado pusimos hincapié ahí.

 

Este año la TV derrapó mucho más fuerte. Da miedo pensar qué será a partir del año que viene. O qué será a partir de esta noche, cuando “se enfrenten” Tinelli y “Gran Hermano”.

 

¿Qué es lo que falta ver en TV? No mucho más. Si el Comfer, los avisadores y el público no reaccionan, pronto bajaremos seguramente otro par de peldaños en los canales abiertos. Además, antes se decía: “cambiá de canal”; pero hoy, aunque se cambie de canal, lo mismo se va a ver lo que no se quiere ver porque los pasajes más escandalosos y procaces se reiteran durante todo el día. La TV abierta no acepta la fragmentación de miradas, que los públicos están dispersos en la casa con varios televisores. Por lo tanto, fragmentó su materia prima; cada vez produce unidades más reducidas: pequeños números, pequeños chistes, bailes o situaciones. Y la TV abierta quiere que esta fragmentación vuelva a ser el todo. Por eso se replica en todos los canales. Ángela hablaba de neurotización de la sexualidad. Y por mi parte yo diría que la TV está totalmente neurotizada y nos va neurotizando a todos. Porque ya comienza a verse una suerte de alianza inesperada, pero lógica, entre televisión y mundo virtual, a través de los blogs e Internet. Hay una suerte de competencia de quién sube primero qué cosa (por cierto, casi siempre cosas banales). Por otra parte, cierta prensa que se ufanaba de ser “seria” (diarios de mucha circulación dedican todos los días media página a los reality shows). En La Nación pusimos hace poco un distintivo que denominamos “TV que vale la pena”, tratando de orientar la mirada hacia programas educativos o culturales que no tienen promoción ni rating y que merecen, en este momento de tanto descalabro televisivo, la atención del público.

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La televisión es una caja con circuitos y cables, no piensa ni siente. Es una industria muy particular que funciona sobre la base de nuestra mirada. Si uno baja la mirada, esa industria se cae. La TV está agonizando, pero se despide con fuegos artificiales. ¿Cuánto puede demorar la caída? No lo sé, de hecho hace 20 años que se está desmoronando. Cuando uno está en el mar y no hace pie, vuelve a la costa. Esta industria no hace pie y sin embargo nada mar adentro, o sea que en algún momento se ahogará.

 

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Creo que estamos viviendo otra particularidad argentina: el péndulo. El péndulo argentino nunca se detiene en el medio, sino que va de un extremo a otro. Y la televisión argentina durante muchos años tuvo la voluntad de presentar a la mujer como ama de casa, abnegada, y cuando ese formato empezó a ser cuestionado porque las condiciones políticas y económicas cambiaron con la democracia (que nos muestra todo sin anestesia)… Molesta cuando se arma un nuevo formato o patrón que tampoco es real. Es difícil ver en la TV argentina una familia “tipo”, como se decía a mediados del siglo pasado, que tampoco muestra la realidad. Con lo cual uno tendría que pensar que el péndulo que está en un costado va a volver. Y estaría bueno que quedara más equilibrado, en un lugar más parecido a lo que somos, con amas de casa abnegadas y con empresarias y salidoras, que también pueden ser grandes madres. Tampoco hay que consolidar clichés predeterminados.

 

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Creo que la educación en el país tiene un tema pendiente. Hoy los chicos tienen mucha actividad en Internet, y saben más que los grandes. El tema es no enojarse con las tecnologías, que son maravillosas, sino tratar de entenderlas. Y ver de qué manera se puede acompañar. Se puede ver TV juntos. No partir de estereotipos. A nivel familiar, no dar grandes discursos sino ver dónde se ponen los acentos. No todo es el Gobierno, no todo es “Gran hermano” o “Bailando por un sueño”. Quedan muchas cosas afuera. Eso no nos cambia la vida, sino en todo caso aceptar bajar los brazos y no tener voluntad de cambiar las cosas.

 

Hoy no me animaría a calificar qué tipo de paradigma está encarnando la TV. Pero sin duda la televisión es un objeto, un objeto que plasma lo que nosotros somos.

Nº 2330 » Septiembre 2007

La calidad de los vínculos

por Sannuti, Ángela · 1 Comentario 

El título de la conferencia encierra en realidad más de un interrogante. Quisiera centrar mi reflexión en torno de dos preguntas. En primer lugar, presupuesta la existencia de nuevos paradigmas: ¿cuáles fueron los precedentes? Y luego: un cambio de paradigma ¿implica un cambio o es una continuidad de lo mismo, aunque en apariencia se presenta como lo contrario?

 

Un paradigma es un modelo, una forma matriz que moldea –lo advirtamos o no– nuestra forma de pensar, de sentir, de actuar y de relacionarnos. Todos, quien más quien menos, somos educados en función de un modelo social, económico, religioso, psicológico. No es habitual que las personas exploremos, investiguemos, cuestionemos y pongamos en duda profundamente y con seriedad estas formas matrices que moldean nuestra vida cotidiana. Por lo general, no somos conscientes de que vivimos según un amoldamiento: ciertas formas de vivir que al moldearnos generan distorsiones y son, por lo tanto, fuente de conflicto, desdicha y confusión. Por ejemplo: la nuestra es una sociedad altamente adictiva, muy pendiente de lo que incorporamos, obtenemos, consumimos y de lo que consideramos “necesidades”. Es un paradigma típico de Occidente que se plasma en las conductas individuales. ¿Por qué existe la necesidad de incorporar vorazmente todo? Comida, trabajo, relaciones afectivas, reconocimiento, fama. ¿Por qué una persona necesita o anhela tener tantas cosas? ¿En qué momento una necesidad se convierte en codicia? Una persona interiormente rica no necesita tener muchas cosas, y reconoce la diferencia entre “necesidad” y “dependencia psicológica” de las cosas.

 

La vida es inmensamente rica y compleja. Y todos, en mayor o menor medida, buscamos experimentarla, comprenderla y vivirla en su hondo significado. Para ello es necesario estar despiertos: mantener despiertas nuestra inteligencia y sensibilidad. La verdadera inteligencia es una forma exquisita de sensibilidad. En nuestra sociedad lo que abunda es desarrollo del intelecto, aunque sin verdadera inteligencia. Estar despiertos, entre otras cosas, implica tomar conciencia de cómo nuestras respuestas, en cualquier temática, están cargadas de prejuicios, de ignorancia y a veces hasta de una escandalosa ingenuidad. Es tener la capacidad, el coraje de despojarnos de todas las mentiras y falsedades que nos hemos contado  acerca de quienes creemos que somos y quienes deberíamos ser. (Bernard Shaw decía que la mentira es lo más sincero que tiene el ser humano). Y poder percibir las distorsiones que nos llevan a considerar lo sano como enfermo: muchas veces consideramos como enfermas respuestas sanas y saludables. Se trata de algo que se refleja, por ejemplo, en la “cultura del hacer”. ¿Por qué una persona necesita hacer tantas cosas? La hiperactividad, el vértigo del hacer, lleva a no respetar los ritmos naturales, los ciclos de la vida. En los niños se produce un fenómeno que yo llamo de “pseudo-adultización”. Su forma de vida se parece cada vez más a la del adulto, a su flanco más peligroso: están sobrecargados, tienen que producir todo el tiempo, han perdido la capacidad de juego, de diversión, de aburrirse, de aprender a estar consigo mismos y con el otro. Una vez más, se trata de los paradigmas de Occidente: la cultura del tener y del hacer. Muchas veces el hacer sin cesar no es más que una forma de sustituir el sentir. Interpretamos erróneamente el anhelo de cambiar, y no queremos reconocer el miedo que suscita. Porque cambiar asusta. El temor de estar alejado del rebaño es otro condicionamiento social y cultural muy fuerte. Sentirnos parte del rebaño es una necesidad ancestral y la cultura moderna la estimula: en las publicidades se alienta el “placer de pertenecer”. No solemos advertir esta necesidad compulsiva de identificarnos con alguien o algo. A mayor identificación, mayor falta de arraigo en la propia personalidad. Asistimos así a una falta de singularidad en nuestro ser. Falta de individualidad. Resistimos el cambio; y cuando no hay verdadero cambio, habitualmente reaccionamos: actuamos compulsivamente por oposición. Reaccionar es una cosa, y elegir es otra. Los verdaderos cambios –basta apelar a nuestra historia personal– se producen cuando somos conscientes de nuestra elección y no cuando actuamos por reacción. Reaccionar nos lleva de un polo del conflicto al opuesto, y así nunca salimos de la esfera del conflicto. Esto también puede verse en la historia cuando desde una circunstancia se pasa a la opuesta. No nos damos cuenta de que en realidad son dos caras de una misma moneda. Así, en términos ideológicos, una persona de extrema izquierda tiene la misma estructura autoritaria, dogmática, violenta y rígida que una de extrema derecha. Otro ejemplo del ámbito de la cultura: ¿cuál fue el resultado de tantos siglos que consideraron la sexualidad algo tabú, como algo pecaminoso? Una sociedad neurotizada con la sexualidad. Se pasó de un extremo a otro: la ausencia de vida sexual debido a una feroz represión cedió paso a conductas compulsivas, que son respuestas desequilibradas, excesos. Hoy asistimos –la televisión es una muestra de ello– a una sociedad aparentemente hípersexualizada que sólo exhibe un conjunto de respuestas compulsivas que esconden una carencia. Todo exceso, en cualquier ámbito de nuestras conductas, siempre encubre una carencia; es un mecanismo de compensación.

 

Esta polarización, esta oscilación de conductas es el resultado de una sociedad, una cultura y una educación que nos enseña a vivir en el amoldamiento. Porque todo modelo, por más maravilloso que sea, está hecho de mandatos y prohibiciones que acontecen en el nivel inconsciente –ni siquiera nos damos cuenta–. Nos habilita para determinadas cosas, y nos dificulta el desarrollo de otros aspectos. Crecemos fragmentados, disociados, debido a esta educación mal planteada, cuya prioridad es encajar en un molde, y no desarrollar la singularidad de nuestro ser. Esta dualidad es la que quiebra al ser humano. ¿Cómo nos enteramos de esta fragmentación, de estos quiebres? A través de las crisis. Las crisis irrumpen en el nivel personal, incluso en el social, para advertirnos que hay partes esenciales de nuestro ser que hemos sacrificado. Y una persona que sacrifica partes esenciales de su personalidad no puede ser dichosa ni integrada. De hecho, madurar es integrar, es despertar a la vida. No significa alcanzar un estado ideal de perfección –un mito muy instalado–. No se trata de llegar a un lugar. La vida sin integración es contradicción y desesperanza. Vivir sin miedo es vivir librados de este constante esfuerzo, de esta lucha que a veces desangra por querer encajar en un molde. La vida se torna entonces cualitativamente distinta, porque no hay que dar resultados, no hay que obtener objetivos; simplemente, la vida es puro aprendizaje. Y esto nos otorga una confianza verdaderamente perdurable.

 

Como es obvio, la familia no escapa a este proceso de amoldamiento y de encorsetamiento en función de distintos paradigmas y modelos. La familia es la primera estructura social, el primer entramado de relaciones de una persona al nacer y donde se establecen sus cimientos. Aunque algunos todavía hoy lo minimicen, el entramado familiar es el ADN de un ser humano emocionalmente hablando. Allí se establecen los cimientos de nuestra personalidad. Allí aprendemos algo muy importante: aprendemos cómo relacionarnos. La familia es el microcosmos de lo que ocurre en el mundo. Por lo tanto, familia y sociedad son un proceso unitario que no se puede disociar y fragmentar, como habitualmente hacemos, debido a la educación fragmentada y disociada. Disociamos vida privada de vida pública, y no las vemos como un proceso único e integrador. A menudo recurrimos al viejo truco de decir que el desequilibrio está afuera, y que el perfecto equilibrio está dentro.

 

¿Cuál es el centro de gravedad de una familia? La relación, el vínculo, porque la vida es pura relación. Nada ni nadie existe aisladamente. En la naturaleza, si uno arranca una planta de raíz rompe el entramado con la tierra y la planta muere. Algo similar ocurre con los seres humanos. Si uno no tiene una verdadera relación o se aísla y rompe este entramado, se desvitaliza, se empobrece como persona. A veces es estar muertos en vida.

 

La relación es el problema fundamental que tenemos que resolver los seres humanos. Y si no comprendemos la manera de relacionarnos con nosotros mismos, con los otros, con las cosas, con la naturaleza, es muy difícil captar la dimensión exacta de los conflictos que transitamos todos los días.

 

¿Es la familia la malla rota en la red social? ¿O es la ausencia de verdadera relación lo que convierte a este mundo en un lugar atormentado y desierto de amor? ¿Por qué los vínculos son fuente permanente de conflicto?

 

Proyectamos lo que somos. Y si somos honestos emocionalmente y estamos dispuestos a verlo, el único espejo que tenemos es la relación. ¿Qué se refleja hoy por hoy en este espejo? En lugar de seres maduros, despiertos, integrados, capaces de comprender la importancia de la vida –que es lo único que tenemos–, somos seres temerosos, rutinarios, dependientes, superficiales, que hemos perdido el contacto profundo con la vida. Hay una observación muy sencilla, simple y directa: basta mirar a la niñez. Un niño es un manantial de vida, es pura curiosidad, gusto por la vida, capacidad de juego, de entrega. Algo sucede y nos convertimos en adultos. ¿Cómo es el mundo de los adultos? ¿Qué sucede que nos volvemos seres opacos, llenos de problemas, conflictos, atrapados en la nimiedad cotidiana? ¿Qué es lo que pasó en el medio? ¿Qué fue de aquella vitalidad? ¿Por qué convertirse en adultos es pasar a una existencia opaca y desvitalizada en la mayoría de los casos? Habrá que preguntarse si lo que llamamos educación moldea nuestras vidas a favor de la vitalidad o inhibe nuestras respuestas vitales y creativas.

 

Crecer es el destino natural del ser humano. Y madurar es el sentido esencial en nuestra existencia. Madurar es integrar todos los aspectos de nuestra personalidad. Es exactamente lo inverso del camino de la educación; es decir: volver a juntar los pedacitos que dejamos por el camino. ¿En qué radica la madurez psicológica de una persona? Convergen tres características: autonomía, libertad y capacidad de amar. Una persona es autónoma cuando se hace cargo de su propia vida, y no pone la responsabilidad afuera o en los otros; es libre, entendido esto como el camino de reconocer los corsets y los moldes que impidieron el crecimiento pleno y vital; y es capaz de amar: una persona sana afectivamente está capacitada para amar; el amor presupone madurez afectiva. ¿Pero qué sucede? Que, devenidos adultos, la gran mayoría seguimos siendo dependientes emocionalmente. La dependencia emocional sigue condicionando nuestras vidas. ¿Se puede crecer y madurar en el molde de la dependencia? ¿Qué es la dependencia emocional? Es la relación hecha de ataduras y servidumbres, la que se basa en el afán posesivo y en el afán de dominar. Y en la que, como lógica consecuencia, aparecen la desconfianza, los celos, la envidia.

 

Otro mito muy arraigado en nuestra cultura dice que la dependencia es amor. Pero la dependencia emocional genera personas interesadas en su propio bienestar, y por lo tanto transforma la relación en una relación de mutuo uso y gratificación. Y esa es la fuente de nuestra infelicidad. La dependencia emocional genera vínculos inmaduros.

 

¿Puede haber familias integradas y maduras en el molde de la dependencia emocional? Hay una gran resistencia a ser adultos. Este es el problema fundamental. Si este mundo estuviera habitado por adultos, en términos psicológicos, las familias serían distintas. La resistencia a ser adultos, este miedo a crecer, impide entre otras cosas la capacidad de entrega. Y si no hay entrega, no hay intimidad ni comunión, que son características esenciales de un vínculo basado en el amor.

 

Dejo la pregunta: ¿puede haber vínculos maduros si no hay adultos psicológicamente habilitados? El afán posesivo, la dependencia emocional no es amor. Lo que observamos es una ausencia de adultez. Y son los adultos los que forman a los niños. Si hay adultos psicológicamente hablando, hay niños y adolescentes maduros y equilibrados.

 

Por lo tanto, el problema central es la falta de madurez afectiva y psicológica en los adultos y la ausencia de vínculos maduros. Si no hay vínculos maduros, no hay un sostén afectivo genuino para crecer integradamente como individuos, familia y sociedad.

Nº 2330 » Septiembre 2007

Un apóstol silencioso de la Revolución

por Touris, Claudia · Comentar 

Toda historia familiar se alimenta de relatos algo inciertos que iluminan con más fuerza partes de la memoria, en detrimento de otros que tienden a sepultar datos que por algún motivo parecieran ser menos dignos de conmemorarse. También, en muchos casos, se perpetúan acuerdos tácitos sobre lo que puede decirse o incluso atreverse a preguntar.

 

Claro que no todos esos relatos familiares esconden secretos y refieren  leyendas que además se cruzan con temas y períodos, en cuya trama se entremezclan personajes que protagonizaron hechos históricos relevantes en esas décadas que Eric Hobsbawm denominó “años interesantes”.

 

La historia familiar de la escritora y periodista Alicia Dujovne Ortiz es uno de esos casos. Su reciente libro El camarada Carlos va al encuentro de la vida de su padre, ferviente militante comunista y agente secreto soviético, Carlos Dujovne. Ese hombre de inolvidables ojos claros y de carácter sereno guardó durante casi toda su vida familiar –junto a su mujer, Alicia Ortiz Oderigo, y su actual biógrafa e hija– una parte fundamental de su pasado, ligado al compromiso que lo ubicó en un lugar estratégico dentro de la logística política de la URSS en el escenario latinoamericano y mundial.

 

¿Cómo conciliar las dos facetas de este hombre de acción y protagonista de experiencias históricas tan trascendentes y la del hombre bonachón y, en apariencia, afecto a las cosas simples de la vida?

 

Reconstruir la historia de este hombre no ha sido, pues, para Alicia Dujovne Ortiz tarea sencilla y, tal vez por ello, el resultado no sea estrictamente una biografía como las que ya cultivara en otros libros (Eva Perón: la biografía y Maradona soy yo), ni una novela histórica (Anita cubierta de arena), sino una rigorosa pesquisa entre detectivesca e histórica, en extremo rigurosa y sin concesiones hasta el final. Es que en este ejercicio de armado de un rompecabezas de información contradictoria, censurada y fragmentaria, la escritora va uniendo los retazos de sus propias incertidumbres y confrontando la versión oficial y algo “heroica” de su madre acerca de una parte del pasado de Carlos Fuentes (su nombre de batalla era).

 

Se sabía que Carlos era de una familia de origen ruso-judío, radicada en las colonias entrerrianas creadas por el barón de Hirsch, que desde 1918 estuvo vinculado al entonces recientemente creado Partido Comunista argentino, y que en 1923 se marchó a Rusia con el sueño de participar de la experiencia revolucionaria que –según creía– iba a cambiar la historia del mundo. Una vez allí, podría decirse que Carlos ya no fue dueño de sus propias decisiones, aunque pareció no advertirlo hasta pasados muchos años; y estuvo dispuesto a ofrecer su vida casi sacrificialmente a la causa de la Revolución. En aquellos tiempos en que las identidades individuales sólo parecían cobrar sentido adhiriendo a ideologías que se autodefinían totalizadoras, el comunismo fue también una especie de  catecismo que impregnó la conciencia de miles de comunistas de buena fe. Esperanzas y voluntades que fueron traicionadas por la aberrante dictadura de Stalin y el estrepitoso fracaso del “socialismo real” y que, sin embargo, son reparadas en este libro de Dujovne Ortiz, al comprobar que pese a su temor permanente sobre la verdadera identidad de su padre, el camarada Carlos fue un idealista y un hombre honesto. De ahí la diferencia nada sutil entre haber sido un agente secreto y no un espía del régimen soviético. Pero sobre todo, admira en él la nobleza de haber mantenido su compromiso con esta causa hasta el final de su vida, en 1973, guardando silencio sobre su trayectoria y también sobre las razones que lo llevaron en 1947, después de su presidio en Neuquén, a desvincularse del partido. El precio de este silencio, sin embargo, fue muy alto para este hombre “que se retiró del partido en puntas de pie”, al decir de Pierre Broué, y que por ende le cupo el destino ineludible de todos aquellos que elegían ese camino, su “muerte civil” y ser borrados de la historia por sus propios camaradas.

 

Levantar la capa de este doble silencio de la vida de Carlos Dujovne –la que le impuso la clandestinidad obligada de su rol de agente secreto y la de su “muerte civil”– es sin duda el mayor mérito intelectual y ético de esta investigación que Alicia Dujovne Ortiz pudo realizar gracias a una beca del gobierno francés.

 

Un impecable trabajo de relevamiento en los archivos desclasificados en la ex  URSS, en la Biblioteca Nacional de Francia, en el CeDINCi de Buenos Aires, cartas familiares y entrevistas y testimonios de personajes vinculados a la vida política de Carlos, son el soporte sólido de un libro de lectura insoslayable para la comprensión de los avatares de la que tal vez pueda definirse como la más extraordinaria y fallida aventura política del siglo XX.

 

Nº 2330 » Septiembre 2007

Una suerte de monje comunista

por Dujovne Ortiz, Alicia · Comentar 

-¿Por qué sintió la necesidad de escribir un libro sobre su padre?

-Desde siempre pensé escribirlo, y existía una suerte de acuerdo con mi madre. Cuando papá murió, ella había reunido material y hasta había escrito un prólogo. Mientras mi padre vivía, las dos le rogamos repetidas veces que escribiera sus memorias, y él nos respondía con la consabida frase: “a quién le puede interesar esto; es una historia tan corriente… ”. Yo me aproximé al tema en dos oportunidades, en El árbol de la gitana y en Las perlas rojas. Lo hice sobre todo desde mi lugar de hija, sin profundizar mucho en nuestra relación, sobre la base de los relatos de mi madre, que fue quien me contó la historia (él cada vez hablaba menos). Pero cuando en 2005 Grasset, mi editorial francesa, me dijo que había una propuesta del Ministerio de Relaciones Exteriores francés para llevar a cabo un trabajo de investigación con fines literarios fuera de Francia, decidí presentarme. Era para autores franceses, pero yo había escrito varios libros en francés (Eva Perón: la biografía, por ejemplo). De todos modos, me presenté con un proyecto que creí absurdo para ellos: ¿podía interesarle a los franceses la historia de una argentina medio judía, que quiere ir a Ucrania para ver dónde murió su familia paterna, y a Rusia para rastrear en los archivos de la Internacional comunista? Pero como los franceses son originales, como todo el mundo sabe, me dieron la beca. Eso me permitió quedarme el tiempo suficiente, dos meses (aunque “suficiente” hubieran sido años). Y hasta pude pagar un intérprete que me acompañó a ver los archivos, y lo mismo en Moldavia, en Ucrania. Pude liberar dos meses de mi vida y dedicarlos enteramente a esto.

 

-¿Cuándo realizó el viaje?

-En el otoño europeo, desde septiembre hasta noviembre de 2005. Fue una investigación muy dura. Primero fui a Moldavia, y me equivoqué. Mi padre me había hablado de Kishinev como la capital, pero para llegar a Kurilovich su pueblito natal, había que trasponer la frontera, cruzar el río Dniéster. Fue un viaje tremendo, porque lo que vi en Mogilev-Podolski, la pequeña ciudad vecina al pueblito natal, fue el Museo del Holocausto, y conocí al viejito fundador de este museo que de chico había estado en un ghetto cuando entraron los nazis en el ’42. Me contó cómo habían muerto los 19.000 que habían sido llevados allí. En medio de bosques muy hermosos, con colores otoñales, un río muy suave, el viejito hablaba con mucha distancia, y decía: “usted tiene que saber que todos los judíos de estos pueblitos fueron fusilados en masa, en dos momentos, en enero y en agosto del ’42. Lo de agosto fue lo más duro, porque en esos días de verano uno no tiene ganas de morirse, y además porque los alemanes fusilaron a los chicos ante la vista de sus padres”. Después de este introito, llegué a Kurilovich abatida, donde me mostraron una cantidad de partidas de nacimiento y de defunción de muchos dujovnes y dujovnaias. Evidentemente de ahí era la familia. Pero no puedo decir que el comienzo del viaje haya sido placentero. Al margen del aspecto aventurero, atravesar el puente sobre el Dniéster de noche, bajo la lluvia, un pueblo de gitanos del otro lado, un lugar poco habitual para gente común. Y luego: Moscú, experiencia doblemente dura, porque era la ciudad de la leyenda paterna. Mi padre no tenía para mí una leyenda judía, no me la había transmitido. De chico había dejado su casa y al entrar al partido se había desembarazado del tema judío. En cambio, en la vejez volvió a sentirse judío. Los comunistas judíos, que constituían la mitad de los militantes comunistas del mundo, se habían librado del problema considerando que el comunismo solucionaba todo. Así pues, mi leyenda familiar era Moscú. Mi primer choque fue con el lado huraño, hosco, poco sonriente de la población moscovita. Recibí gruñidos y empujones, me sentí discriminada y maltratada. Estaba muy lejos del centro, se necesitaba la actitud de un boy-scout. Después debía hurgar en los archivos de la Internacional comunista para la historia de mi padre, y en los archivos del Banco de Estado para la historia de mi tío, Ben Sión Dujovne. Cuando mi padre llegó a Moscú se alojó en su casa, que por entonces era el presidente del Banco Central de la ciudad. Mi tío fue fusilado durante las purgas del ’37. No había nada alegre en todo eso. Yo le puse humor a la aventura, porque me desdoblaba. Me veía como un dibujito animado: una petisa, morocha, de edad más que mediana, trotando sobre la nieve para seguir las huellas de gente muerta hace tanto tiempo. Lo que me salvó fue esa auto-ficción, ese relato en primera persona y a la vez desdoblada. Verme desde afuera y encontrarme bastante extravagante, en medio del dolor de lo que buscaba.

 

-¿Qué diferencias señalaría entre la imagen que tenía de su padre por lo que decía o por lo que callaba, y la que emerge de esta investigación?

-Fui verificando punto por punto lo que sabía. Fundamentalmente, mi padre no ocultó nada. No lo desarrolló, pero tampoco lo ocultó. Yo sabía que se había alojado en la casa del primo Ben Sión Dujovne, que se había recibido de doctor en Diplomacia Soviética en la Universidad de Moscú, que había sido contratado como guía intérprete de los delegados sudamericanos que llegaban a los congresos del Partido Comunista, que había sido intérprete de Henri Barbusse –el autor de El Fuego, Stalin y Rusia–, que lo habían enviado en el ’28 al Buró Sudamericano de Internacional Sindical Roja de Montevideo, y que había estado en Bolivia, Chile y Perú. Esos puntos orientaron el desarrollo de la historia de mi padre y mi viaje.

Sin embargo, hubo un punto novedoso: el secreto. En la carpeta amarillenta de los años 20 que me dieron en los archivos de la Internacional comunista, encontré primero la fotito de mi padre a los veinte años. Como buena argentina, la metí en mi bolsillo. Al día siguiente se armó un escándalo espantoso, el pobre intérprete sudaba tinta; para ellos era algo muy grave. Pero el hallazgo más importante fue un papelito, escrito en cirílico, donde él – reconocí su letra– juraba guardar en secreto las actividades y los documentos que pasaran por sus manos a partir de ese momento. Tragué saliva. Me di cuenta de que era el momento de la “entrada en religión”, el momento en que mi padre entregaba su vida a una actividad clandestina y dejaba de tener vida privada. Fue enviado por la Internacional Sindical Roja a Montevideo; esto es lo que yo no sabía. El tema de “guardar secreto” me alertó. Después fui a San Petersburgo a encontrarme con dos grandes historiadores de la Internacional comunista en América latina: Lazar Jeifets y su hijo Victor. Nos reunimos en el bar del hotel, muy bien situado en la Plaza de la Dictadura del Proletariado. Yo pedí un vodkita. Trajeron una jarra, cuyo contenido fuimos bajando… yo tenía que asimilar la información. Después de unos cuantos vasitos, como ellos repetían: “su padre fue un agente secreto clandestino”, me animé a preguntarles si había sido un espía. Me dijeron que no, porque era un idealista, un puro, alguien que se entregaba absolutamente a un ideal. Él no obedecía, estaba totalmente de acuerdo con lo que le mandaban a hacer. Como un misionero. Hay algo de religioso en la palabra “emisario”, enviado. No utilicé “agente” en el título del libro, porque es una palabra que se presta a confusión. El espionaje –la NKVD, después el KGB– reclutaba gente de bajo nivel ideológico; tal vez ni siquiera comunistas, básicamente venales que buscaban dinero, inteligentes y capaces de arriesgarse. Cuando mi padre se fue, en el ’28, Stalin aún no tenía el poder absoluto. La bolchevización o stalinización de todos los partidos comunistas se produjo después; los agentes secretos enviados por Stalin tuvieron misiones bastante más peliagudas. Mi padre era un agitador sindical. Fue a Montevideo a organizar la Conferencia Sindical Latinoamericana, con delegados de toda América latina, y después fue enviado para monitorear huelgas y fundar la Juventud Comunista en Lima y otras ciudades peruanas. En Perú era el enviado de la Internacional Sindical Roja. Se pensaba seriamente que la revolución mundial llegaría en minutos; se trataba, entonces, de levantar, sindicalizar y organizar a las masas proletarias.

 

-Siguiendo con la metáfora religiosa: ¿cree que su padre sufrió un desencanto de esa fe? Mantiene la promesa hecha: como un monje sin fe…

-Es un monje que pierde la fe, pero no la traiciona, mantiene la fidelidad. Había jurado callarse la boca, y lo hizo.

Durante sus dos años de cárcel en Neuquén, del ’43 al ’45, tiene tiempo de reflexionar. Hasta ese momento, él había vivido el período soviético menos duro y estaba inmerso en la acción, organizando huelgas. Y en la cárcel tomó conciencia de  lo que sabía sin saber, lo que no quería saber, todo lo que había ido penetrando en el inconsciente afloró allí. También el tema judío, porque su propio primo, fusilado en el ’37, en un momento de la despedida le confesó que estaba sacando judíos sotto voce para mandarlos a Palestina. De modo que el primo Ben también sabía lo que se avecinaba en relación con el antisemitismo. Cuando se separaron, en el ’28, no se hablaba de purgas ni había habido una campaña abierta antisemita. Sin embargo, el primo ya salvaba judíos. Todo eso afloró a la conciencia, lo mismo que las palabras de un guardia de frontera cuando entró a la Unión Soviética. El guardia le pidió el pasaporte, y al ver que en ciudadanía decía “argentina”, replicó: “no, usted tiene nacionalidad argentina, pero su ciudadanía es judía”. Y pusieron “ciudadanía judía”, algo que a un judío argentino le resulta increíble. En la cárcel también asomó el tema del peronismo. El GOU (Grupo de Oficiales Unidos), asociación abiertamente fascista, lo había puesto preso en el ’43. Cuando la policía quemó los libros de la editorial Problemas, que mi padre había fundado, mamá me llevó a la calle Sarmiento, donde estaba la librería, porque ellos siempre quisieron que yo viera todo y supiera lo que estaba pasando. Yo tenía entonces 4 años. Pasamos por enfrente, me apretó la mano y me mostró cómo la policía quemaba libros. Y me dijo: “¿Ves? Queman libros porque son nazis”. Después de esto, mi padre desapareció por dos años. Estaba en la cárcel de Neuquén, y mamá me llevó a verlo. Me hizo mucho bien. Porque una criatura puede pensar que su padre se fue, que la abandonó. Para mis padres, yo tenía que ver la realidad; por dura que fuese siempre era preferible a fantasear.

En esos años, un grupo de comunistas del Comité Central que estaba en Neuquén empezó a pensar que era posible apoyar a Perón; no totalmente, sino a apoyarlo para liberarlo de su ala nacionalista (no fueron los únicos a quienes se les ocurrió apoyar a Perón para liberarlo de algo). Perón efectivamente había evolucionado desde el momento del GOU y estaba llamando a gente de todos los grupos posibles para que lo apoyaran. Cuando salieron de la cárcel, algunos fueron a consultarlo a Victorio Codovilla, el máximo dirigente del partido. Pero su posición era férrea: la “línea correcta” era considerar que el peronismo era fascismo y punto, sin ningún matiz; no había que apoyarlo en absoluto. De modo que en el ’46  los disidentes fueron obligados a hacer un mea culpa y expulsados del partido. Mi padre se quedó hasta el ’47, y reflotó la editorial Problemas. No hace mucho, por viejos compañeros, supe por qué se fundió Problemas: fue boicoteada desde adentro. Como mi padre era un disidente, había que quitarle esa arma de poder. Él presenta la renuncia, que nunca es discutida; es archivada. El partido nunca aceptó las renuncias, se consideraba una expulsión. Codovilla decía: “a este se lo borra”, y equivalía al fusilamiento. Si hubiera vuelto a la URSS habría corrido el mismo destino de absolutamente todos los rusos que lo rodearon durante esos años: su jefe, sus camaradas, sus parientes, sus novias. Todos. Es impresionante, porque una cosa es saber cuántas víctimas dejó el stalinismo, y otra es seguir el itinerario de alguien muy chiquitito, y darse cuenta de que todos los rusos a su alrededor terminan con un balazo en la nuca.

Mi padre se encierra en su casa, en el barrio de Flores, en la calle Ramón Falcón (nombre del jefe de policía asesinado por un anarquista, es curioso). Salvo un paréntesis en los años 50 –cuando el vicepresidente de Bolivia lo invitó a colaborar con él, a hacer planes económicos en ese país– se quedó rigurosamente en su casa. Y se quedó solo: a mi casa no iba nadie, porque a la casa de un réprobo los antiguos compañeros no van. Y como él no se pasa al otro lado, no hace ninguna declaración pública en contra del comunismo, se queda rigurosamente solo.

 

El otro episodio del que es interesante hablar, porque es ahí donde se produce la división de la historia, es la república socialista de Chile de 1932.Cuando mi padre estaba en el Buró Sudamericano estalla este extrañísimo golpe del comodoro Marmaduke Grove, que decide instaurar el socialismo en Chile, un socialismo sui generis, y entonces a mi padre lo envían como instructor para ver qué es este golpe. Los comunistas chilenos tienen muchas ganas de apoyar a Grove; mi padre consideró que se trataba de algo lleno de elementos espurios, aunque apoyable básicamente. La república socialista dura doce días. Durante ese tiempo se fundan los soviets en la universidad de Santiago y en barrios de esa ciudad. “Soviet” significa “consejo”, en realidad lo podrían haber traducido, pero quedaba mejor “soviet”. El tema de los soviets creó en la Internacional un escándalo tremendo. Había gente que estaba en el Buró Sudamericano de Montevideo que se oponía, gente en Moscú perteneciente a otros grupos de poder dentro de la Internacional comunista que decían que había sido interesante tratar de crearlos… Estuvieran en contra o a favor de los soviets, el tema figura en las carpetas de proceso de todos los rusos fusilados. Mi padre podría haber vuelto a Montevideo y seguir en el Buró Sudamericano, podría haber intentado volver a Rusia, pero lo que hizo fue atravesar a caballo la cordillera para volver a la Argentina, adonde podía retornar por primera vez porque había habido una amnistía para infractores del ejército (él no había cumplido su servicio militar en la Argentina porque viajó a Moscú siendo muy joven). Ahí comienza otro período de su vida, cuando él se aleja de la Internacional, ya no es un enviado secreto, es un militante abierto. Sin embargo, el período de “blanqueo” demora varios años. Cuando en el ’35 conoció a mi madre, Alicia Ortiz, en una reunión de la AIAPE, que era una asociación de intelectuales antifascistas, se presentó como Carlos Fuentes, que era su nombre de guerra.

Sus compañeros lo llamaban “el obispo” por la manera de juntar las manos en las reuniones del partido. Él tenía una teoría: en las discusiones feroces en las reuniones de autocrítica (eran nidos de víbora), cuando uno discute y hace demasiados gestos, la electricidad se escapa. Mientras que si los movimientos de las manos son como los  de los obispos, la electricidad queda en el circuito del cuerpo. También lo llamaban “el loco Carlitos”, su talante era el de un francotirador; nunca estuvo dentro de las filas del partido, siempre estaba en otro lado, en otra actividad, sobre todo en la editorial Problemas.

Entonces se presenta a mi madre como Carlos Fuentes. (Cuando en París conocí a Carlos Fuentes, el escritor mexicano, se moría de risa con el cuento). Y ella (mi mamá) lo mira y piensa: “con esa cara de judío, ¿cómo se va a llamar Carlos Fuentes?”. Además, ella era alumna de León Dujovne, el filósofo, primo de papá, y le encontró el parecido inmediatamente.

El de mis padres fue un amor de toda la vida, absolutamente solidario. Para mí era la perfección del amor, que es cuando los dos miembros de la pareja tienen el mismo nivel intelectual y cuando comparten una fe. Es decir que fueron camaradas hasta el final. Y ella fue de una solidaridad y una fidelidad absolutas. Fue la construcción de una verdadera pareja. Mi padre la impulsaba a escribir y leía rigurosamente todos sus libros; era su gran lector. (Acá tengo unos veinte libros de mi madre, publicados y otros inéditos). Era un hombre solidario, compañero, que hacía las compras y que al mediodía le golpeaba la puerta a mi madre que estaba escribiendo a máquina y le preguntaba: “¿qué comemos?”. Realmente fue una pareja extraordinaria. Recuerdo cuando tomaban mate a la mañana y charlaban de política. A mis casi treinta años, mi padre me dijo: “Mirá nena: eso de que hay que ganarse el pan con el sudor de la frente es un prejuicio pequeño burgués. Vos sos poeta. Si existiera una sociedad justa, te pagarían para que escribieras poemas. Como no hay una sociedad justa, escribí mientras podamos”. Lo extraordinario fue que yo de hecho escribí, no lo tomé como un camino hacia la pereza. No sé si eso me armó mucho para la lucha por la vida, pero en todo caso fue extraordinario. No creo que haya muchos padres que le digan eso a una hija.

 

-¿Qué significaba para su padre la figura de Trotsky?

-Cuando llegó a Moscú en el ’23, Lenin se estaba muriendo. Los comunistas sabían que estaba redactando el testamento, y después supieron lo que decía: “tengan cuidado con Stalin que es autoritario y brutal, elijan a Trotsky”. Pero ese testamento fue ocultado, porque Stalin mostraba hasta ese momento (1923, 1924) un perfil bajo, se las daba de bruto, de palurdo, de campesino, poco temible; y para los miembros del partido el verdadero peligro parecía ser Trotsky que era abiertamente brillante y autoritario. Entonces decidieron que el Napoleón de la Revolución Rusa era Trotsky y no Stalin. Ocultaron el testamento de Lenin y eligieron a Stalin. Pero mi padre fue anti-trotskista hasta el final. Incluso en Bolivia donde la revolución del MNR con la que colaboró en los años ’50 estaba llena de trotskistas. Tengo cartas donde les dice a los bolivianos: “no entiendo por qué el MNR no está de acuerdo con el Partido Comunista, dense cuenta que tienen mucho en común. De ninguna manera tienen cosas en común con los trotskistas, porque la actitud del trotskismo es siempre desestabilizante y destructiva”.

 

-En ese sentido siempre fue ortodoxo…

-Fue ortodoxo en el sentido, en la concepción de la historia, nunca fue un revisionista. Nunca estuvo de acuerdo con Rodolfo Puiggrós, quien sí apoyó completamente a Perón.

 

-Él muere en el ’73. ¿Cómo imagina  las últimas meditaciones en silencio de su padre? ¿Veía que había fracasado el comunismo por los errores gravísimos de Stalin?

-Que el comunismo soviético había fracasado por los errores de Stalin, por supuesto. Tampoco estaba en absoluto de acuerdo con las posiciones de Mao.

Me interesa destacar la línea de pensamiento que va surgiendo en él a partir de la experiencia de Chile, cuando Salvador Allende llama a colaborar en esta república socialista a fuerzas progresistas de distintos campos. Así como en Perú había considerado que el partido tenía que pactar con Haya de la Torre, que el Partido Comunista peruano consideraba fascista; y a partir de Perón que había que contemporizar con él. Por otra parte, tampoco veía diferencias básicas entre el peronismo, el radicalismo, el socialismo, el comunismo. El problema era que él no tenía en cuenta las pasiones, las mezquindades, las luchas de poder, con lo cual se equivocaba porque todo eso existe. Pero desde un punto de vista absolutamente racional tenía razón; no había demasiado motivo para que las fuerzas progresistas se opusieran entre sí olvidándose del enemigo común, el verdadero enemigo. Lo que él pensaba era que no había que equivocarse de enemigo, y que el enemigo es la reacción, el ejército, los propietarios de estancias, la parte reaccionaria del clero. Pero los partidos progresistas tienen mucho más en común de lo que ellos mismos suponen. Y durante su última etapa era evidente que las utopías para él ya no tenían sentido. No comulgó para nada con las utopías de los ’60 y ’70, y se consagró a imaginar pequeños planes concretos. Fue un ecologista antes de hora. En realidad, no tan anticipado: admiraba mucho a René Dumont. Mi padre intervino en el decreto de la reforma agraria boliviana y hay una enorme cantidad de trabajos sobre planes concretos que preparó para Bolivia. Y efectivamente, ¿qué es lo que se está viendo en el mundo de hoy? No se espera ninguna revolución mundial. Las soluciones que se aplican son las pequeñas, como lo que se está haciendo hoy en todo el cinturón de villas alrededor de Buenos Aires.

 

-¿Qué despertó en él Allende en Chile?

-Él pensaba que había un ala izquierda que estaba apresurando las cosas y que eso iba a conducir al fracaso.

 

-Usted divide su tiempo entre París y Buenos Aires, ¿advierte un común desencanto de los jóvenes por la política?

-Yo creo que en todas partes hay un desencanto juvenil por la política, y grupos cada vez más pequeños de extrema izquierda que, curiosamente, se identifican con el drama palestino y llegan a apoyar el fundamentalismo musulmán. Es una especie de gran ironía de la historia. Eso se da allá y acá también. Y lo que estamos enfrentando hoy es eso: una izquierda que apoya a la víctima musulmana, sin darse cuenta de que para el fundamentalismo los grupos de izquierda o de derecha no musulmanes son el enemigo. En la esquina de mi ex casa de París hay unos muchachos que tienen un locutorio. Eran los típicos chicos de suburbio árabe y negro, con el look de la gorra al revés y la campera amplia. De repente, de un día para el otro, cambiaron de look, se dejaron la barba, se pusieron una túnica rayada muy sentadora, de fundamentalistas. Y comenzaron a repartir unos folletos donde dicen que a todos los infieles –y los infieles somos todos nosotros, y si somos de izquierda o de derecha a los musulmanes les importa un bledo– en nuestros ataúdes nos van a ir apretando hasta que se nos rompan las costillas. Esta es la visión del infiel. El hecho de que cierta izquierda, juvenil y no juvenil, apoye hoy a movimientos próximos al fundamentalismo, me parece uno de los finales más tragicómicos de esta historia.

 

-Si hay un cierto optimismo en usted con respecto al futuro, ¿dónde se apoya?

-También en los pequeños proyectos. No es casual que yo esté haciendo una cantidad de notas sobre lugares del conurbano donde se están realizando pequeñas iniciativas que funcionan. Ayer fui con la gente de la Fundación La Ciudad a la villa 21 de Barracas, porque querían mostrarme una villa modelo, donde han logrado sacar la basura, hacer un arreglo con unos chicos que se llaman “guardianes del Riachuelo”. Lo que no esperaba la gente que me llevó es que al costado de esta villa haya crecido otra en tres meses, que es un basural inmenso. Algo imparable. En José León Suárez –donde voy con un cartonero cuya madre está creando un centro apoyado por organizaciones alemanas– hay una vieja villa que es tremenda pero más o menos “vivible”, y del otro lado de un arroyo de basura están las tolderías de los recién llegados. En general vienen de Formosa (de lo que deduzco que habría que ir a ver qué pasa en esa provincia). No encuentro otro tema en el país que no sea el de la miseria. Ni me importa hablar de ningún otro tema que no sea ese.

Cuando se construye un pequeño oasis de recuperación, al lado surge la montaña de basura, y la gente se queda feliz de que por ahora se la deje ahí. Tiemblo cuando Macri dice que en Buenos Aires hay tres mil cartoneros y que los va a emplear. Y con los demás ¿qué vamos a hacer? Es obvio que son muchísimo más de tres mil.

 

-Usted no cree que la clase política está preparada para hacerse cargo del tema.

-No parece. No he visto hasta ahora ningún verdadero plan para encarar esto, para terminar con el horror del CEAMSE, para acompañar a los cartoneros que están organizados en cooperativas y que dicen que se pueden encargar del reciclado de buena parte de la basura, pero no les creen.

 

-Por último, para volver al libro: ¿qué clase de padre se desprende de las cartas que guardó su madre? ¿Cómo lo recuerda a él siendo usted niña?

-Mi madre me llevó las cartas. Tenía una cantidad inmensa de carpetas con las cartas de la cárcel. Con ese equipaje he ido y venido a través de los océanos. Soy una gitana rara. Pero no las había podido leer. Las cartas de la cárcel eran el dolor absoluto, no podía tocar el papel, las guardaba sin mirarlas. Lo más duro para este trabajo de la biografía de mi padre fue leerlas de verdad. Lo hice el verano pasado, leyéndoselas a mi madre, donde se traslucía un personaje adorable, enfermo de optimismo, que encontraba maravilloso el paisaje que veía por un pedacito de reja en la cárcel: había unas huertas maravillosas en medio del desierto neuquino. Una manera de ver lo positivo. Hay una frase extraordinaria después de haberse lanzado a uno de estos ataques de felicidad, totalmente absurdos (que he heredado): “¿por qué será que sólo puedo ver el lado bueno y deseable de las cosas?”. Las cartas a mí, para esta nena de seis años que se apuraba a aprender a leer para poder entenderlas, llenas de dibujos muy precisos de animales, plantas y bichos. Era como un botánico que quería que yo amara la naturaleza, y me explicaba las diferencias entre ellos. Me cargó de buena energía. Los dos me cargaron de buena energía, mi madre también. Eran dos enfermos de optimismo.

Recuerdo dos clases de paseos, cuando era chica, que después me di cuenta que tenían mucho sentido. Un paseo era a las casitas baratas del barrio de Flores, nuestro barrio. Íbamos en bicicleta los tres, cuatro con un primo mío. Mi padre siempre soñó con tener una casita como de cuento de hadas, con chimenea. Y como sabía perfectamente que nunca iba a tenerla, llamaba a la casa de sus sueños fata morgana, que es un espejismo, una ilusión vana. Con lo cual ya me estaba diciendo “olvidate”. Y el otro paseo era al puerto, que cuando era chica era un lugar que formaba parte de Buenos Aires. Era exactamente lo contrario a fata morgana; como si él me dijera: “La ilusión es estar arraigado, tener una casa como todo el mundo. La realidad es tomarse un barco”. Y subíamos a los barcos, hablábamos con los marineros, y me mostraba lo que siempre me mostró: que lo natural para mí era el viaje.

Nº 2330 » Septiembre 2007

El caso Von Wernich

por Editorial · Comentar 

El juicio que se sigue al sacerdote católico y ex capellán policial Christian von Wernich, su tratamiento por los medios de comunicación y la actitud asumida hasta ahora por la jerarquía eclesiástica frente a los hechos, son causa de creciente malestar y preocupación también para muchos católicos. Ante las gravísimas acusaciones de las que es objeto, no pocas personas hubieran esperado alguna sanción eclesiástica, o al menos alguna toma de distancia respecto del cuestionado sacerdote.

 

Desde un punto de vista formal, es cierto que el juicio no ha terminado, que el sacerdote Von Wernich no ha sido (aún) condenado, y por lo tanto es técnicamente inocente. En ese sentido, la condena mediática que le ha sido ya impuesta y el reclamo de sanciones eclesiásticas, pueden ser prematuros. Sin embargo, nadie ignora que existen –y desde hace tiempo– abundantes testimonios que dan cuenta de su participación personal en un mecanismo represivo fundado en la tortura, el asesinato y las más graves violaciones a la dignidad humana. No se sabe que Von Wernich haya matado o torturado personalmente. Se le imputa conocer las torturas y asesinatos, y haberlos justificado y avalado, tal vez con su presencia misma. Es lo que el juicio penal procura comprobar.

 

La Iglesia defiende celosamente –y con razón– su independencia en lo que le es propio y su autonomía de jurisdicción respecto del Estado. Desde esa autonomía, no hay necesidad jurídica de esperar ningún pronunciamiento estatal para tomar las medidas canónicas que pudieran corresponder. También en ese ámbito, Christian von Wernich debe tener amplio derecho de defensa. Pero si una cuidadosa búsqueda de la verdad lleva a la conclusión de que, efectivamente, es culpable de aquello de lo que se lo acusa, alguna sanción eclesiástica parece necesaria. La Iglesia las impone con severidad cuando, por ejemplo, un sacerdote comete alguna conducta indebida en materia sexual. Nadie puede pensar que participar de torturas y asesinatos sea menos grave.

 

Volvemos entonces a la necesidad de saber qué es concretamente lo que ha hecho el acusado. Pero la forma de saberlo es investigar, no tapar. Y no valen aquí las verdades a medias. ¿Toleraría la Iglesia que un sacerdote fuera capellán de una clínica en la que se practican abortos, y que tranquilizara las conciencias de los aborteros “en nombre de Dios”? Si Von Wernich concurría a lugares donde manifiestamente se practicaba la tortura y el asesinato, y hubiera justificado el proceder de torturadores y asesinos, merece además una pena canónica, aunque él mismo no haya empuñado la picana o el arma homicida. Pero esa pena debe ser consecuencia de un proceso. Y la praxis (aunque no la ley canónica) indica que la Iglesia espera a que primero se expida el tribunal del Estado, para luego iniciar su propio procedimiento. El argumento es que así se evita “interferir” en la esfera estatal. El problema es que de ese modo, en casos como éste, la apariencia es la contraria: parece que se está encubriendo al acusado.

 

La maquinaria de muerte, tortura, sustracción de bebés, robos y otras tropelías que las fuerzas armadas perfeccionaron en la Argentina en la década del ’70, como respuesta desmedida e ilegítima a la violencia guerrillera, y profundizando la represión igualmente ilegítima iniciada bajo el gobierno de Perón, Isabel y López Rega, no hubiera sido posible sin legitimadores ideológicos que justificasen, en nombre de una teología extraviada, semejantes crímenes.

 

La Iglesia ha pedido perdón públicamente, por no haber hecho lo suficiente para impedir esas atrocidades, de las que también fueron víctimas muchos de sus hijos, incluidos sacerdotes, religiosos y catequistas. Otras instituciones o corporaciones (comenzando por la periodística, que también sabía y callaba) no han tenido el coraje de hacerlo.

 

La pregunta es si basta con esa contrición genérica y casi teórica, o es necesario algo más frente a casos concretos como el que nos ocupa. No se trata tampoco de cargar todas las responsabilidades sobre una persona, cual chivo expiatorio. Pero si no se separa (y castiga) a culpables de inocentes, es la institución como tal la que queda comprometida. Y eso no es justo. Tampoco es justo para los fieles, obligados a tener un pastor tan gravemente manchado (repitamos: si las acusaciones se prueban, para lo que no hay otro camino que abrir el proceso pertinente).

 

La defensa corporativa es tan injusta como la condena anticipada. El juicio a Von Wernich no es un juicio a la Iglesia. Ni siquiera debe serlo a instituciones que están bajo asedio (como el obispado castrense, al que ese capellán no pertenece ni perteneció, pero que intencionadamente es traído a colación cada vez que se lo menciona), y respecto de las cuales venimos reclamando un estudio serio y desapasionado. La condición de sacerdote ni siquiera está prevista en la ley argentina como agravante en sí misma para la comisión de delitos como los investigados. Pero sí tenemos derecho los fieles a esperar de la Iglesia que no sea indiferente en su propio juicio, que debe hacerse más temprano que tarde.

 

En todo caso, si hay decisión de no hacer nada por ahora, al menos deberían comunicarse los motivos y los límites que llevan a los obispos a no dar satisfacción a tantos cristianos, y no cristianos, heridos por la conducta de un sacerdote que muestra un rostro tan poco evangélico de la Iglesia.

Nº 2330 » Septiembre 2007

La economía ante excesos especulativos

por Editorial · Comentar 

Hace casi diez años, en el número de Navidad de 1998, se afirmaba: “Siempre se supo, pero la crisis originada en Asia vino a recordarnos que las economías de mercado pueden generar ‘burbujas’ de especulación que, inexorablemente, terminan en crisis de gran intensidad… La economía todavía debe una explicación cabal de sus causas, asociadas muchas veces también a un exceso de recursos asignados a la especulación”. De entonces a hoy poco ha cambiado. En el medio tuvimos la caída de las punto com, pero sus efectos no han sido tan intensos como en 1997-98 o ahora.

 

En esta oportunidad, el disparador ha sido la crisis de las hipotecas llamadas sub prime en los Estados Unidos, las otorgadas a deudores de escasa capacidad de pago. Una señal, dicho sea de paso, de las dificultades que a veces encuentra el capitalismo, aun el avanzado, para integrar a los sectores más débiles de la sociedad. Después de otorgadas, estas hipotecas eran “securitizadas”, es decir, transformadas en bonos que se colocaban en los mercados de capitales. Los precios de las viviendas en el mundo desarrollado se multiplicaron burbujeantes por dos y hasta tres veces, al impulso de una ola de crecimiento mundial que sólo tiene el precedente de la acontecida en la posguerra y también de tasas de interés muy bajas. Era la cadena de la felicidad, pero evidentemente no podía durar y se cortó por el eslabón más débil. Junto a la suba de las tasas de interés el precio de las viviendas retrocedió y, como buena parte de las hipotecas tenían tasa variable, se generalizaron las dificultades de pago y las ejecuciones. Muchos se preguntaron si esto no era apenas el “aleteo de una mariposa” con bajísimas probabilidades de desatar una tormenta. Sin embargo, la especulación financiera, corporizada en compras de activos de alto riesgo potenciadas con préstamos, llegó demasiado lejos. Nadie es infalible, y Alan Greenspan también se equivocó cuando llevó la tasa de interés de los fondos federales al insólito nivel del 1%.

 

Como en 1998, cuando el primero en quebrar fue un fondo de cobertura (hedge fund) –fundado por dos premios Nobel de Economía, irónicamente llamado Long Term Capital y que al principio pagaba 40% anual– ahora fueron dos bancos de gran prestigio, uno en los Estados Unidos y otro en Francia, los que limitaron los retiros de los inversores (a su modo, un “corralito”). Como las anécdotas son la sal de la vida, vale la pena agregar que los principales bancos de inversión norteamericanos no quisieron salvar al ahora quebrado por haberse negado en 1998 a participar en el club de bancos que limitó los daños de Long Term. Frente a amenazas de tal calibre los bancos centrales de los países desarrollados reaccionaron con encomiable rapidez, proveyendo tanta liquidez como fuera necesaria y luego, en los Estados Unidos, bajando la tasa de descuento. Aunque en esta materia las previsiones son más que difíciles, parece evidente que la economía mundial se desacelerará, aunque lo más probable es que pueda evitarse una recesión generalizada. Coincidimos con el análisis realizado por la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, también conocido por los lectores de Criterio, cuando señalaba en mayo de este año que hay una “alta probabilidad de estar viviendo una onda larga de crecimiento mundial, con un protagonismo sin precedentes de los países en desarrollo o emergentes y con el potencial como para sacar de la pobreza a miles de millones de seres humanos. No se ignoran, empero, las amenazas originadas en los desequilibrios de balances de pagos —sobre todo el déficit de los Estados Unidos– y en los excesos de la especulación que podrían conducir a un sacudón financiero internacional”.

 

Esta crisis encuentra a la Argentina bastante peor parada que hace un par de años, por la elevada inflación y por un gasto público que está creciendo alocada, y electoralmente, al 45% anual y sin mucho orden ni concierto. Además del affaire del INDEC, es por estas razones que nuestros bonos han sido los más castigados de los países emergentes, otorgando otra vez actualidad a un personaje olvidado: el riesgo país, que ha llegado cerca de los 500 puntos, más que duplicando el de Brasil. Lamentablemente, da toda la impresión de que las autoridades, ocupadas en las elecciones y acosadas por incesantes escándalos de corrupción, no tienen un diagnóstico certero. Se impone, sin embargo, una acción urgente y posible de recuperación de la solvencia fiscal, porque no es improbable una crisis de mayor porte y la sociedad argentina no puede ser sometida a otra catástrofe.

Nº 2330 » Septiembre 2007

Aproximaciones a la existencia

por Poirier, José María · Comentar 

La muerte del genial artista sueco Ingmar Bergman, a pesar de su avanzada edad, nos golpea con fuerza y deja un sentimiento de orfandad. Recuerda Pablo De Vita las palabras del desaparecido crítico uruguayo Homero Alsina Thevenet: no habrá otro Bergman. La obra cinematográfica acaso de mayor vuelo y profundidad en la historia está permanentemente signada por la existencial condición humana y el misterio de la muerte y de Dios.

 

En la entrevista a Alicia Dujovne Ortiz con ocasión del libro de su padre, El camarada Carlos, vuelve el tema de la existencia como “misterio religioso”, aun en la fe y la práctica comunista. Dimensión, por otra parte, no ajena al mundo del realismo mágico inmortalizado por el colombiano Gabriel García Márquez, como bien analiza Raquel Barros.

 

Mercedes Casanegra en su artículo sobre arte y Héctor Mandrioni e Ignacio Navarro en su comentario de plástica, se topan de lleno con el tema.

 

Por otra parte, los comentarios editoriales de este mes se centran en la economía internacional y en el caso Von Wernich. Ángela Sannuti y Pablo Sirvén en la familia hoy. Víctor Fernández y Gustavo Irrazábal en temas de Iglesia y teología.

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