Revista Criterio
Octubre 2007
Nº 2331 » Octubre 2007

El sabor del Edén

por · Comentar 

Buenos y nuevos aires soplan desde Alemania. Si hasta hace algunos años hablar del “nuevo cine alemán” era retrotraerse de manera obligada al Manifiesto de Oberhausen de los años setenta, este panorama comenzó a cambiar paulatinamente. Gracias a una inteligente política de difusión cultural (con los siempre pujantes institutos Goethe) y la posibilidad de ampliar la oferta a semanas, muestras y participación en festivales, el cine alemán recuperó, poco a poco, la vieja gloria perdida y si Werner Herzog, Wim Wenders o Margarethe von Trotta no significan “lo nuevo” del cine germano es porque, con profesionalismo y frescura, una nueva camada de talentos ha logrado romper con el cerco cada vez más estrecho que deja el cine de Hollywood.

 

Dentro de lo nuevo es imposible no hablar de éxitos, desde Good bye Lenin! hasta La caída; de Corre, lola, corre a Los edukadores o La vida de los otros (recién salida en video y siempre recomendable), todo el cine alemán reciente condensa, como pocos, jóvenes creativos, historias atrapantes y capacidad de exhibición. Pero Hollywood se ha defendido como mejor sabe, cooptando, y así luego de frescos éxitos en su tierra, inteligentes realizadores como Tom Tykwer u Olivier Hirschbiegel fueron absorbidos por la industria norteamericana con resultados claramente dispares, comparativamente con su producción previa.

 

Con la compleja historia política alemana como telón del fondo, el cine alemán históricamente tuvo su suerte atada a los designios de aquel. Así como la derrota en la Primera Guerra Mundial significó la posibilidad de la experimentación y el reflejo de la depresión social en la lente expresionista; la llegada de los nazis también fue la erradicación completa de este talentoso movimiento artístico (también presente en la arquitectura, pintura y literatura) y el cambio de dirección cinematográfica que pasó a constituirse en un cine escapista, de evasión cuando no de apoyo directo a Hitler, tal los trabajos (entre otros) de la documentalista Leni Riefenstahl. Los años cincuenta encontraron a los alemanes pagando culpas y algunos talentos como Rolf Thiele, Helmut Käutner, Géza Radvanyi y Wolfgang Staudte. Hacia finales de los sesenta, las tempranas obras de Rainer Werner Fassbinder, Alexander Kluge y Volver Schlondorff iban a anunciar el importante movimiento de la década siguiente. A mediados de los ochenta (y por toda una década) el cine alemán comenzó a sufrir un estancamiento del que recién resurgirá a nivel mundial con las tempranas obras de Doris Dörrie y Carolina Link y el eterno Wim Wenders y su Buena Vista Social Club.

 

 Así pues, este panorama ha cambiado y la cartelera porteña presenta cotidianamente títulos de aquel país y un festival de cine que permitió acceder a lo nuevo de tal cinematografía. Así llega a las carteleras El sabor del Edén, del director Michael Hofmann. Simpática, y con su pequeña historia, la película centra su atención en el voluminoso Gregor, que ha dedicado su vida y la construcción de su mundo exclusivamente a la comida y se convirtió en uno de los cocineros más afamados de Europa. Todo hasta que en su camino se cruce la joven y sonriente Eden que, a su vez, es camarera y trabaja con su marido, que enseña danza y natación a grupos de la tercera edad. Todo es perfecto pero amargo. Eden extraña al hombre con quien se casó y su vida se debate en la constante monotonía hasta que, por azares del destino, se sienta a la mesa del célebre chef de la cocina afrodisíaca.

 

El cambio será inmediato y la relación de ella con su regordete cocinero significará el descubrimiento de otros paladares y la sincera amistad. Sin embargo, el bonachón Gregor siente mucho más que amistad por Eden y, en un comienzo, es también una grata inspiración a la hora de elaborar sus afamados platos.
La ternura crecerá y en eso el film gana terreno, pero cuando los celos del marido signifiquen mucho más que una mirada esquiva, la película carga demasiado las tintas y deviene en un  convencionalismo que el comienzo de la historia no permitía siquiera imaginar. Michael Hofmann en su realización pasa del detalle a la exasperación y en su larga marcha también coquetea con el grotesco. Josef Ostendorf como el chef de muchos kilos e igual corazón resulta convincente en la ejemplificación de ese universo de traumas, melancolía y refugios. Al fin y al cabo, esos kilos de más funcionan como caparazón y defensa ante un mundo que lo había castigado demasiado desde pequeño. Pero claro, abrir el corazón luego tampoco será una tarea tan fácil. Si se la considera desde el apetito de las emociones, El sabor del Eden será un plato para saborear. Empero, si es observada en búsqueda de clisés, en eso también abunda y probablemente hagan perder el gusto por lo principal de su cálida historia.

Nº 2331 » Octubre 2007

El punto de llegada

por Mendiola, Luis D. · Comentar 

No pretendo comenzar, a esta altura de mi vida, la carrera de comentarista de cine; por ende, ésta no es una crítica. Desde ya amo al cine tanto como a las otras artes mayores, pero juzgo más emotiva que técnicamente. La película de Blaustein me gustó, porque me tocó en la sensibilidad más que en las ideas, que considero secundarias frente a lo emotivo. Es una pena que su proyección haya durado tan poco en las salas. Deberían dar otra oportunidad a quienes no la vieron y editarla en DVD.

 

No sé si el lector conoce de qué se trata o ha leído otros comentarios. El tema no es muy difícil de entender: está en el título, muy bien elegido. Los emigrantes venidos de lejos –lejanía geográfica y cultural– llegaron aquí y en tres generaciones hicieron patria de verdad. Habla de ellos y de lo que es la esencia misma de nuestro país: intentar crear una sociedad, una cultura, digamos, “nueva” (nada es nuevo del todo) con elementos distintos y hasta contradictorios. Y para más, efectivamente logrado, porque la generación actual, la tercera, ya está tan lejana y es tan distinta de la primera que lo más notable es poder relatar la metamorfosis y convencernos, darnos cuenta, de qué ocurrió. Somos un poco de ellos, pero también somos distintos.

 

Blaustein nos pone en cámara a su familia más cercana: madre, tía, hermanos, primos, cuñados y a él mismo. Cada uno habla de sí y de los demás, incursiona en juicios de valor políticos, sociales, históricos, psicológicos, personales y durante más de dos horas asistimos a este mosaico para concluir que, tal cual, eso fue “hacer patria”, esta patria. Lo que me llegó es el logro de la idea global, el todo más que las partes. Es decir: importa más el “rostro” o la perspectiva del conjunto de la familia y sus vivencias que nos deja, que los detalles individuales, los diferentes personajes, aunque algunos (la madre, la tía) nos pueden atraer (a mí me atrajeron) más que otros.

 

Para sociedades como la nuestra, este método de encuesta de vida –me resisto a calificar el film como meramente “documental” aunque lo sea– es utilísimo, y no recuerdo que haya sido intentado, en el cine al menos. Es un excelente ejercicio no sólo de memoria y reflexión, sino incluso hasta de toma de conciencia (¿quién soy yo o quienes somos nosotros?) y la sociología y la antropología lo usaron, creo que bastante bien, hace más de 40 años.

 

Recuerdo el entonces famoso libro Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis, subtitulado “Autobiografía de una familia mexicana” (FCE, 1964), y el previo del mismo autor Antropología de la pobreza. Cinco familias (FCE, 1961).  Entre nosotros cabe recordar el excelente Hacer la América. Autobiografía de un inmigrante español en la Argentina de Juan F. Marsal (Editorial del Instituto, 1969) con prólogo de Gino Germani, y uno menos conocido aunque no menos excelente (desconozco si ha sido traducido al castellano) Inmigrés dans l´autre Amerique de Selim Abou, que es la autobiografía de cuatro argentinos de origen libanés (Librairie Plon, Paris, 1972). Repasando este último, que incluye varias fotos, me pareció rever el film de Blaustein. Y ya que estamos en vena literaria, cabe recordar varios de los libros autobiográficos del premio Nobel británico, V. S. Naipaul, muy en particular, su The enigma of arrival.

 

Volvamos al film de Blaustein. Cuando salí del cine, definí que lo que más me había gustado era que el autor tratara a sus personajes no como actores u “objetos”, sino con sentimiento personal, con afecto, hasta diría, a riesgo de exagerar, con ternura. Logra de ellos confesiones, expresiones, emociones que llegan frescas y enteras al público de modo convincente. La madre y la tía, como decíamos, están espléndidas. Los paseos del autor conversando con su hermano, un logro. Las partes documentales intercaladas, muy bien seleccionadas.

 

Sería indebido no mencionar que la película hace una buena síntesis de la historia ideológica –política– del país, como la vivió la inmigración y varios de los miembros de la familia del autor, pasando los momentos dramáticos, incluida la década de 1970. Ello le da más valor, mayor verosimilitud y compromiso a toda la obra y al fin la hace más verídica y completa. No obstante, ya reconocido el valor de este testimonio, insisto que no es lo más importante de la obra. Lo es, en cambio, que otros argentinos que no somos de la misma ascendencia que Blaustein –judíos del Este europeo– podemos reconocernos en no pocas vivencias y valores de ellos. En otras palabras: es menos importante el punto de partida de cada uno que el punto de llegada. Blaustein y yo, bastante diferentes en el punto de partida –geografía, tradiciones, cultura, religión– somos mucho más cercanos (no digo iguales) en este lugar del mundo; podemos compartir valores que quizás nuestros abuelos verían difíciles de compartir. Eso es haber hecho patria. Eso es la Argentina.

 

 

 


Ficha técnica

 

Producción argentino-española (2007)
Género: Documental
Direccion: David Blaustein
Guión: D. Blaustein, I. Ickowicz
Fotografía: Marcelo Iaccarino
Música: Pablo Green
Montaje: Juan Carlos Macías

Nº 2331 » Octubre 2007

Dirigentes que nada dirigen

por · Comentar 

En el transcurso de su primer año de vida, y paralelamente al tramo final del gobierno de Alvear (1922-1928), las páginas de Criterio dieron cabida a continuas observaciones y análisis sobre la situación política y económica del país. Así, semana a semana, bajo las iniciales A.S.M. o el seudónimo Ínterin, el doctor en leyes Samuel W. Medrano, secretario de redacción, firmó la crónica política y parlamentaria, en tanto el economista Carlos García Mata ofrecía sus juicios acerca de la actualidad económica-financiera. En el segundo número de la revista aquel se preguntaba si en la Argentina les falta un ideal a las clases conservadoras. En un artículo titulado Es ridículo creerse dirigente cuando no se dirige nada decía: “Usted va al Club o al Círculo, y no encuentra corrillo de esa gentes ilustrada –ancianos venerables, fuertes industriales o notables dirigentes de magníficas empresas–, en donde no se escuchen las más hermosas y patrióticas palabras acerca del porvenir de la República, las más terribles condenaciones de los excesos de las demagogia amenazante, los más nobles planes para el bienestar, el orden y el progreso. Y en donde no se escuchen las críticas más mordaces, las lamentaciones más sinceras, los augurios más funestos óyense también propósitos de acción, porque hay algunos hombres enérgicos que elevan la voz, enviando al aire aristocrático que se aburre en la penumbra, un pequeño discurso elocuente, y hasta dos o tres juramentos porteñísimos. Si usted los escucha, todos esos señores poseen una firme y fuerte visión de las necesidades del país, y un gran anhelo de servirlo. Desde 1912 ellos siguen tejiendo sus más nobles propósitos. Entre tanto, la democracia mayoritaria se apoderó del poder en la capital y en las provincias, y la demagogia, que flor incontenible y silvestre del sufragio universal, le marca desde entonces el paso al gobierno, sin que sean capaces de contener su avance ni la autoridad inmensa del caudillo de popularidad contagiosa ni la blanda figura elegante del presidente bonachón y simpático. El comité, con su miseria de ambiciones subalternas, de hambres insaciadas, impone su etiqueta, y hoy por hoy no le que queda otro camino al justo o al capaz que quiera llegar al poder que lanzarse a ese mar proceloso y nauseabundo. ¡Ah, si pudieran hablar los “Maples” mullidos o los severos decorados o los pequeños “grooms” o la grácil y muda Diana de Falguiére!…”

 

El tenor de esta parrafada introductoria muestra hacia el final la marca de clase en el orillo cuando al mencionar con el tono campechano del connaisseur al Jockey Club y al Círculo de Armas, Medrano calla el nombre completo de ambas instituciones pues ¿de qué otro club o círculo nos estaría hablando, of course? Por cierto, no del Canottieri ni tampoco del Círculos Trovador. Reductos exclusivos de los varones de la entonces llamada “oligarquía” criolla, sus socios –incluyendo algunos rastacueros y otros venidos a menos que en la rodada se quedaron en más– pretendían arreglar este país desquiciado por un caudillo populachero (Yrigoyen), un primer magistrado ceceoso (Alvear) y los antros parroquiales desde donde se trabajaban los votos (los comités del partido político fundado por Leandro N. Alem). Porque, cabe señalarlo, tanto la Unión Cívica Radical como el Partido Socialista eran auténticas bestias negras para aquellos primeros colaboradores de Criterio, amén del comunismo, “un huésped poco agradable de la cultura argentina, más peligroso que las bombas”. No había mejor sitio para divagar sobre esta nobilísima tarea profiláctica en pro de la república que los mullidos sillones de Casa Maple con que se amueblaban los vastos salones de una y otra entidad mientras los “grooms”, siempre serviciales, iban de sala en sala para cepillar cuellos y solapas o saciar gargueros con medida reverencia.

 

En cuanto a “la grácil y muda Diana de Falguière” digamos que, hasta el incendio de la antigua sede del Jockey Club, esta estatua de la casta diosa de los bosques esculpida en mármol por el artista francés Jean-Alexandre de la Falguière estuvo en el rellano de la escalera frente al gran vestíbulo de recepción, mirando hacia la puesta de ingreso al edificio por la calle Florida. La había adquirido Sylla Monsegur tras ser expuesta en Salón de Bellas Artes de París de 1891 para obsequiársela a Aristóbulo del Valle, y a la muerte de éste, Carlos Pellegrini se la compró a su viuda, Julia Tejedor, en 30 mil francos, a fin de donarla al club. A medio siglo de esta y otras bárbaras hogueras que fogoneadas desde la cúspide del poder alumbraron la noche porteña, la Diana se halla sana y a salvo de lúmpenes remedadores en la sede de avenida Alvear.

 

Pero dejemos la mitología y volvamos a la catilinaria de Medrano quien, más adelante, alentaba el futuro golpismo de dos años después que interrumpiría el segundo período presidencial de Yrigoyen: “Todos comprenden la necesidad de remediar este estado de cosas, este permanente malestar político que es un inacabable temporal de concupiscencias desenfrenadas. Y todos advierten el dilema de la acción inmediata: hay que abatir este régimen o hay que conquistarlo para imponer después la reforma condigna”. (¿Acaso imponiendo el voto calificado?, me pregunto a la distancia). Y agregaba: “El problema del deber cívico, que es en definitiva ofrenda debida y casi siempre impaga, ha de alzarse entonces categórico y urgente en la conciencia de quienes aman de veras al país. El cumplimiento de ese deber es lo que está fallando de modo lamentable en las llamadas clases dirigentes, sin que puedan evitarlo las contadas y calificadas voces que lo reclaman insistentemente. Son vanas, absolutamente vanas, las lamentaciones del Club o las críticas de salón. Urge un concertado y ejecutivo plan de acción práctica, impersonal y levantada; una doctrina firme que vivifique esa acción trayéndole la savia viril de las mejores tradiciones de nuestra sociedad; un valiente y enérgico sacrificio de las comodidades personales y de la molicie enervante que es el castigo de la riqueza…Estar capacitado para dirigir no es todavía dirigir y, si es muy lindo creerse dirigente, es muy ridículo creérselo cuando no se dirige nada”.

 

La hora de la espada estaba próxima y este precursor del inefable Mariano Grondona, aunque con menos pujos de erudito etimólogo pero estilo más pulido, parece salirse de la vaina en pos de sus afanes “regeneradores” en pro del mejoramiento de la cosa pública. Entretanto, decía de los diputados y senadores de aquel momento: “O mucho nos equivocamos, o la gente que se sienta en el Congreso no va a hacer nada útil para el país en el próximo período de sesiones…conocemos demasiado bien estas barajas; están todas marcadas; 1928 será un nuevo fracaso parlamentario…Y conste que desearíamos de veras equivocarnos en esta fácil profecía…Todos recordamos la forma como fueron elegidos los diputados de la reciente hornada. No fue precisamente la capacidad ni la inteligencia ni los méritos probados en ciencia y experiencia lo que determinó la elección. El timbre de honor de un legislador de 1928 es, antes que esas calidades elementales, la mayor eficacia en la dirección de los comités, en el arrastre de las masas a las urnas electorales. Y el peso muerto de esa multitud oscurece las escasas luces que aún brillan en el desierto”. (Criterio nº 15 14.VI.28). Sobre el gobierno del doctor Alvear, al concluir su mandato, expresaba el editorial del 11.X.28: “¿Qué se propuso este presidente cuando le ofrecieron, como un regalo espléndido, a él, que era un simple segundón distinguido del radicalismo triunfante, la primera magistratura del país? ¿Trajo en sus alforjas parisienses algún plan orgánico de trabajo? ¿Abrigó siquiera un madurado deseo de realizar durante su gobierno alguna obra fundamental, de esas que ligan un nombre a la historia?… El señor Alvear, desde el primer día de su gobierno, creyó que debía desvincularse de la política. Creemos que la práctica de semejante doctrina ha constituido su desdicha histórica. Rastro delgado entre dos presidencias cuyo recuerdo será difícil desprender de estos años agitados de la vida argentina, su gobierno pasará a la posteridad como un mero período de transición”. Son juicios que, en esencia, poco difieren de otros posteriores debidos a Félix Luna (“El pecado de Alvear fue haber sido solamente correcto”), o de Marcelo Sánchez Sorondo (“Sus discursos parecen sacados de cualquier antología de baratijas democráticas”), que sí peca de cinismo. Desde el marxismo, José Aricó observará que “Es a Alvear, y no a Irigoyen, a quien debiéramos reconocerle la justicia con que sus contemporáneos lo calificaron de presidente legalista”, mientras Victoria Ocampo, enamoradiza, al conmemorarse en 1968 el centenario de su nacimiento lo ensalzará mediante el ditirambo: “Un ser inverosímilmente perfecto”.

 

¿Adivina el lector la opinión de Criterio al producirse, el 6 de septiembre de 1930, el golpe de estado contra el gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen? En unas apostillas escritas de apuro para el nº l32 (11.9.30) decía la revista: “Se toma un gobierno, surgido de un plebiscito monstruo (800 mil votos, más o menos). Se conculcan desde arriba todas las instituciones, se mecha eso con crímenes, intervenciones, latrocinios, etc. Se lo pone a cocer durante dos años y, al cabo de ellos, un buen día –un 6 de septiembre, por ejemplo– Buenos Aires dice ¡basta! Ese día, es el de la revolución. El día en que se “efectivizan” los clamores de la oposición, y encuentran eco en un sector que tiene la fuerza en sus manos. El trabajo previo ha cuajado. Y ya no caben burlas. Un jefe manda. Soldados obedecen. Y el pueblo, la masa, arrastra, hasta la Casa Rosada, al nuevo mandatario”. Lamentablemente no aclara si en “el trabajo previo” está incluido el ejercicio crítico de nuestros padres fundadores. A la semana siguiente se hablaba en el editorial de los extravíos del gobierno depuesto, de la alborozada esperanza de los más, de la honrosa tradición de Uriburu (sin nombrarlo), “un jefe, militar de escuela, y universitario”, de un gabinete de personalidades descollantes. Y concluía con moñito: “Ellos lo tienen todo –hasta el talento y la rectitud de alma–, para llegar a la meta propuesta. Se sabe cuando se abre un gobierno provisorio. No se sabe cuando se podrá cerrar”. Pero, como enseña el refrán, no hay mal que dure cien años, y al espadón salteño pronto lo arrastró el pampero, tal como le ocurriría con el correr del tiempo a sus camaradas que emularon tan mal ejemplo a lo largo del último medio siglo hasta llegar a esos triunviros de la muerte que, en tandas sucesivas, asociaron el crimen al poder. Vaya nenes estos “salvadores” de la patria nuestra.

Nº 2331 » Octubre 2007

VI Festival Internacional de Buenos Aires

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Esta nueva edición del Festival Internacional de Buenos Aires ha desplegado, como es ya habitual, una nutrida grilla de espectáculos, tanto internacionales como nacionales, en las distintas manifestaciones artísticas que involucra: teatro, danza, música y artes visuales.

 

Como plato fuerte dentro de las propuestas teatrales figuró la visita por primera vez a la Argentina del célebre Théatre du Soleil dirigido por su fundadora Ariane Mnouchkine, con su último trabajo estrenado –Les Éphémeres– que, en versión integral, abarca ocho horas pero que también se ofreció en dos partes. Este espectáculo combina, curiosamente, la grandiosidad del despliegue escénico –un largo escenario bifrontal montado en el Centro Municipal de Exposiciones– con una temática intimista centrada, según lo sugiere el título, en la precaria condición humana y en la fugacidad de la experiencia, en la que se alternan felicidad y desdicha. Las catorce escenas que componen cada una de las dos partes, han sido gestadas en trabajos de improvisación por los propios actores a partir del material rescatado de la evocación, el sueño y la fantasía y no tienen otro hilo conductor más que el temático. Estos breves recortes de vida, que presentan una galería de numerosos personajes poco rutilantes pero, por eso mismo, más entrañables y reconocibles, se despliegan con una apoyatura verbal no demasiado abundante pero con un matizado trabajo corporal y gestual a cargo de un elenco de treinta actores –incluidos varios niños– cada uno de los cuales asume, por lo menos, tres roles distintos. La escenografía y la música –tanto la grabada como la ejecutada en vivo con una notable variedad de instrumentos poco usuales– son aportes fundamentales para la recreación de la atmósfera y los climas dramáticos que buscan generar esa emoción que, según la directora, debe ser la condición esencial del teatro. Sorprenden la escenografía y la utilería, no sólo por su minuciosa realización en cada uno de los episodios, sino por la forma en que, montadas sobre enormes plataformas circulares móviles, son trasladadas en escena por los propios actores y sometidas a una incesante rotación. Más allá del inocultable simbolismo que puede descubrirse en la figura del círculo, por momentos el incesante movimiento, unido a las vastas dimensiones del espacio escénico, atemperan el impacto emotivo que se propicia y que, por cierto, se alcanza en algunas escenas donde sobresale el talento interpretativo de Juliana Carneiro da Cunha y Shaghayegh Beheshti.

 

La aproximación a los clásicos estuvo, en esta ocasión, en manos de la Compañía dos Atores de Brasil que, por primera vez en sus veinte años de trayectoria, decidió abordar Shakespeare en Ensaio.Hamlet, trabajo que fue premiado en París como Mejor obra internacional. Fundada con el objeto de experimentar nuevas posibilidades de la escena teatral, esta compañía trabaja colectivamente en todos sus montajes – reservando al director la edición y organización final del material– e incluye el proceso creativo dentro del espectáculo mismo, además de incorporar elementos variados sin necesidad de respetar contextualizaciones históricas. Sobre un escenario cuadrangular y con objetos heterogéneos alineados a los costados –reflectores, televisores, lámparas, velas, distintas ediciones del texto–, seis actores intentan aproximarse en forma alternada a la problemática y a la interpretación de los distintos personajes y, sin seguir una secuencia lineal del texto, van reproduciendo pasajes del mismo, a la vez que opinan sobre él, cuestionan las motivaciones de los entes de ficción que encarnan y dirimen cuestiones personales. Planea un aire de juego que, en su afán por desacartonar el texto, llega a algunos excesos como incorporar la estética de la tira cómica, haciendo de Rosencratz y Guildenstern dos Power Rangers que terminan desnudos y sentados en la primera fila del público. Más allá de esta actitud provocativa, el espectáculo exhibe resultados destacables. Se logran secuencias de gran efectividad dramática apelando a medios no convencionales, como bolsas de polietileno e imágenes de una cámara digital reproducidas en los televisores para sugerir o enfatizar, respectivamente, lo fantasmal, en la escena inicial de la tragedia, y el acoso en el interrogatorio de Hamlet a su madre. A su vez, escenas como la de la muerte de Ofelia o la que clausura la tragedia alcanzan un alto clima poético y dan cuenta de la potente expresividad de sus intérpretes. La música, a menudo ejecutada por los propios actores, es otro recurso que se conjuga con acierto en esta propuesta que, con cierto desborde afín al mundo contemporáneo, invita a reflexionar sobre el hecho teatral y a rescatar la fuerza de la verdad poética que encierra una de las grandes tragedias de Shakespeare.

 

La historia como disparadora de la creación teatral se hizo presente en la obra que ofreció la compañía de Pipo Delbono, autor, actor y reconocido director del cine y teatro italianos. Su compañía, fundada hace veinte años con actores no profesionales, cultiva el denominado “teatro de la necesidad” que busca plasmar experiencias de vida mediante imágenes intensas. Il silenzio no se propone, según declara su autor, dramatizar el terrible terremoto que destruyó la ciudad siciliana de Gibellina en 1968 sino “habitar un momento eterno que incluye el silencio de la vida y la muerte”. Para ello Delbono apela a una estética circense y articula en una serie de cuadros heterogéneos, las particulares asociaciones que la experiencia del silencio provoca en él con imágenes costumbristas propias del lugar devastado y otras inspiradas en el cine de Fellini. Las reiteradas apariciones del director, que deambula de la platea al escenario, procuran amalgamar y comentar líricamente lo que transcurre en la escena, pero terminan resultando fastidiosas por el escaso valor poético que en general tienen los textos que lee, exceptuando el que dedica al silencio de Beethoven. La música ejecutada en escena así como el lirismo de algunas de las canciones –cuyo texto en español se incluye en el programa de mano– son elementos destacables de esta puesta en escena que deja una inocultable sensación de vacío y desconcierto.

Nº 2331 » Octubre 2007

DVD: Mr. Brooks, La vida en rosa, La esperanza vive en mí

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Mr. Brooks

EE.UU., 2007; dirección: Bruce A. Evans; intérpretes: Kevin Costner; William Hurt, Demi Moore, Dane Cook; A.M. 16

 

El señor Brooks es un industrial respetado, marido y esposo modelo que sin embargo guarda un secreto: es adicto a matar. Aunque intenta dejar el hábito, no puede evitar las recaídas. Tiene, además, una especie de alter ego (Marshall), que funciona como Pepe Grillo para Pinocho, pero con el rostro y la profunda voz de William Hurt. Hay, también, una mujer policía que le sigue los pasos. Potente al comienzo, con buen manejo del suspenso, el film intenta hablar de la locura oculta bajo la aparente normalidad, pero termina fracasando cuando las historias se bifurcan demasiado. Lo mejor es el tono de farsa que rodea la historia de Costner y su interacción con ese gran actor que es Hurt. Las escenas que le tocan en suerte a la pobre Demi Moore, en cambio, parecen salidas de una película de clase B.

 

 

 


La vida en rosa

Francia, 2007; dirección: Olivier Dahan; intérpretes: Marion Cotillard, Gérard Depardieu, Jean-Paul Rove; A.M. 13 

 

 

La joven actriz Marion Cotillard es la protagonista de esta biografía de Edith Piaf, cantante e ícono de París. Dueña de un talento extraordinario y con una historia para una novela de Dickens, Piaf es presentada aquí como una mujer frágil, inestable y despótica, que en los últimos años conoció el éxito y la adoración del público, junto a la obsecuencia de sus íntimos. Dahan no necesita cargar las tintas ni acentuar los golpes bajos porque el drama ya está allí. Con una estructura que no esquiva ciertos lugares comunes del género conocido como biopic, y con la mirada puesta en el mercado internacional, Dahan acierta al poner en evidencia la presencia de un talento tan grande que no puede separarse de la vida cotidiana del personaje. Nada de esto habría sido posible sin la extraordinaria transformación de Cotillard, quien además se encargó de cantar en las escenas que lo requirieron.

 

 

 

 


La esperanza vive en mí

EE.UU., 2007; dirección: Mike Binder; intérpretes: Don Cheadle, Adam Sandler, Jada Pinkett Smith, Liv Tyler; A.M.13

 

La película aborda el tema del 11 de septiembre de 2001 desde un enfoque diferente: ni desde lo político (como hizo Michael Moore en Fahrenheit 9/11), ni desde el registro semi documental (la recomendable Vuelo 93, de Paul Greengrass), y tampoco desde el melodrama más puro (a imagen de Oliver Stone y su olvidable World Trade Center).

 

Mike Binder se vale del 11-9 como pretexto para contar la historia de Alan y Charley, dos amigos de la universidad que vuelven a encontrarse después de años. Alan (excelente Don Cheadle) es un dentista exitoso que se siente aislado de su familia. Charley (un Adam Sandler contenido) lo perdió todo en uno de los aviones que impactó contra las Torres: su esposa, sus tres hijas y hasta su perro viajaban en él. Ahora vive encerrado solo en su departamento, con videojuegos y escuchando rock. Hasta que Charley se acerca, y simplemente se sienta junto a él. Emotiva, bien actuada, y casi exenta de lugares comunes, en la película hay un homenaje a una Nueva York nocturna, de calles despobladas, embellecida por la excelente fotografía.

Nº 2331 » Octubre 2007

Los mundos de Mignogna

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Las famosas miniseries de Eduardo Mignogna Desafío a la vida: discapacitados, y Horacio Quiroga, entre personas y personajes, y los especiales Mocosos y chiflados y Cartoneros de Villa Itatí, que hicieron época pero nunca habían vuelto a verse, reaparecieron ahora, gracias al Museo del Cine, en un ciclo gratuito de dos meses (setiembre y octubre) en el Colegio de Abogados. Sobre estos trabajos, charlamos con su coguionista, Graciela Maglie.

 

- ¿Por qué esas obras tuvieron tantos problemas para difundirse en su momento?

- Es que entonces no había producciones independientes, así que estábamos fuera de la grilla de los canales, y de su mundo. No nos daban fecha fija, nos mezquinaban segundos de publicidad, pasábamos de un canal a otro. Encima Quiroga coincidió con una campaña electoral, creo que por renovación de Cámaras, por lo cual sufríamos un maltrato terrible. Por ejemplo, anunciados a las 22, nos pasaban a las 24, o directamente a otro día. Fue muy duro.

 

- Al mismo tiempo eran muy elogiados.

- Éramos tan jóvenes que nos animábamos descaradamente con temas de los que nadie quiere hablar, ni siquiera hoy. El productor, doctor Jorge Garber, ya fallecido, nos daba ejemplo de lucha desde su silla de ruedas. Gracias a él, tuvimos mucho asesoramiento, mucho apoyo de discapacitados que empezaban a pedir rampas, etc. Pero no encontrábamos sostén económico. Mignogna generaba una mística, los actores trabajaban por cifras simbólicas, pero nunca nos cerraban las cuentas. De nueve programas, sólo pudimos hacer tres, a lo largo de dos años.

 

- ¿Cómo se incorporó usted al equipo?

- Primero, investigando durante meses aspectos médicos, segregación, zonas profundas muy íntimas, dolorosas; por ejemplo: cómo vivía un joven recién casado que por un accidente quedó lisiado. Cuando entregué mi informe, Mignogna y el gordo Santiago Oves (le decíamos así porque de joven era más robustito) me dijeron: “Graciela, esto ya es un libreto. Quedate con nosotros”.

 

- Después vino Mocosos y Chiflados.

- Una experiencia absolutamente alucinante, dentro de un ciclo de cultura popular impulsado por Pacho O’Donnell, donde también participaron Juan José Jusid, Bebe Kamin y Alberto Fischerman. Un día Rubén Stella nos presentó a su tío Carmelo, que de joven había sido no recuerdo si de Mocosos o de Chiflados de Liniers, y Carmelo nos presentó a Lauchín y Tarantela. Eran tres tipos maravillosos, con ganas de salir a bailar de nuevo. Y esto excede la ficción: ¡a partir de este encuentro renació la murga, y tuvo notables presentaciones a lo largo de muchos años! Y a Mignogna lo nombraron padrino murguero. También estaba Hugo Soto, como el chico que de niñito la madre no lo dejaba entrar en la murga. Cuando mi hijo era pequeño, varias veces le pesqué una lagrimita cada vez que miraba esa escena en un VHS que teníamos.


- Luego, la serie Misiones, su tierra y su gente, que el Museo dará el año próximo.

 - Registramos gente extraordinaria. ¡La maestra que cruzaba remando hasta donde la esperaban los chicos! ¡La maestra jubilada, de 91 años, que cuando llegó, todavía adolescente, los pumas rodeaban la escuelita! Cuando fuimos, el ministro de Salud y Educación era Sabato Romano, que nos apoyó muchísimo, estaba feliz, y desgraciadamente murió muy joven. Fue él quien nos propuso hacer una miniserie centrada en la etapa misionera de Quiroga, y en los cuentos ambientados en la provincia. Ni te cuento lo que fue escribir el guión y filmarlo. Una vida tan paroxísticamente cinematográfica que parecía inverosímil. Siendo un bebé de pecho, el padre, que volvía de caza, tropezó y se mató con la escopeta delante de la madre, que del susto soltó al chico que tenía en brazos. Así arranca su vida. Después el padrastro se queda parapléjico, sólo puede mover el dedo gordo del pie, y con ese dedo gordo se las ingenia para matarse de un escopetazo. Esto Horacio lo ve. Y son sólo las dos primeras muertes que habrá alrededor suyo. Por supuesto, representamos una sola de todas ellas. En esa filmación pasó de todo: vimos la famosa víbora de coral, arañas inmensas, inundaciones terribles, hacía 50º de calor. ¡Nos poníamos hielo en la cabeza! Recuerdo que Sofía Viruboff encarnaba a Egle, una hija de Quiroga, de la que teníamos una foto muy linda. Un día hicimos, en la propia casa de Quiroga, una reconstrucción minuciosa de la foto. Sofía quedó idéntica a la foto. En eso llega un viejito. “Me dijeron que están filmando la vida de Quiroga; yo fui su yerno, ¿puedo pasar?”. En su juventud había sido el marido de Egle. Cuando este hombre vio, así de pronto, esta reconstrucción fantasmal que habíamos hecho, se quedó lívido. Por varios minutos no pudo hablar. Otros viejos, en cambio, se nos acercaban para contarnos su impresión sobre Víctor Laplace, que estaba igualito (e hizo uno de los mejores papeles de su vida), pero unos decían que el verdadero Quiroga tenía un carácter insoportable; y otros, en cambio, que era el hombre más dulce que habían conocido en su vida. Víctor los escuchaba a todos, y también escuchaba los problemas de cada miembro del equipo. Siempre fue un gran compañero.

 

- Cartoneros ya es otra cosa, más cercana.

- Villa Itatí fue el último paraíso elegido por Mignogna. Él iba a comer asado con ellos los fines de semana. Les regaló una cámara para que registraran sus logros como cooperativa, les consiguió una camioneta. Pero jamás nos mencionó lo que él les daba, al contrario, siempre hablaba de lo que aprendía con ellos. Es decir, los cartoneros, el padre Coco, y Cecilia, una monja coreana que si la conocés te enamorás, porque es un ser superior. Es la monjita que aparece rodeada de chicos en una escena de Cleopatra, con Natalia Oreiro. Todo eso también formaba el mundo de Eduardo Mignogna.

Nº 2331 » Octubre 2007

La señal

por · Comentar 

Al cierre de esta página La señal va por su segunda semana de exhibiciones, y es realmente grato saber que el público la puso de inmediato al frente de la taquilla. Para cualquier artista eso es algo más que alentador (y también para quienes pusieron los fondos), sobre todo si la obra está realmente bien hecha. Pues bien, también es grato saber que éste es un debut realmente auspicioso de Ricardo Darín y Martín Hodara como realizadores, y de Pampa Films como nuevo sello productor. Aún más, ésta es, de lejos, la mejor película nacional en lo que va del año, y es difícil que otra pueda alcanzarla. Por supuesto que le caben algunas objeciones, sobre todo en la anteúltima parte, donde se notan algunas pequeñas arbitrariedades propias del género policial en que la obra está inmersa, pero por suerte el espectador acepta dichas arbitrariedades, porque el clima y algunos detalles de afinación lo han ido preparando.

 

Se trata, por si alguien todavía no lo sabe, de una historia de detectives porteños. En verdad, unos investigadores de segunda, con oficina en Mitre 315 de Avellaneda. Infidelidades, cobranzas, refuerzo de custodias, nada grande. Hasta que llega una determinada clienta, cuya verdaderas intenciones parecen bastante indeterminables. Lo de siempre, podría decirse, pero ambientado (impecablemente ambientado) en 1952, entre nosotros, con unos personajes, un sentido del humor, y también un sentido de la vida, reconociblemente argentinos. Y cabe agregar, casi entre paréntesis, un sentido de la amistad muy argentino, sin ostentaciones. Esto es precisamente lo que queda al final del cuento, mejor dicho, de la película, basada en la novela homónima de Eduardo Mignogna que él mismo pensaba llevar al cine, y que sus amigos llevaron adelante, en su memoria.

 

La adaptación es muy hábil. Aprieta lo que corresponde, mantiene las mejores réplicas, agrega con naturalidad una explicación al título, apura desde el sonido las sucesivas escenas, cambia incluso la madre de la novela por un padre, para evitar asociaciones inconvenientes con otra película de Darín (y para asociar, quizás, el oído de un bandoneonista con el de un violador de cajas fuertes, como se verá más tarde). Dicha adaptación propone, asimismo, un desenlace más contundente que el original, desenlace que, por rara paradoja, se da en el lugar más luminoso de todo el relato.

 

Lógicamente, varias cosas quedan afuera, entre ellas la progresiva tristeza que va sufriendo mucha gente alrededor del protagonista, y que a él le es ajena, pero igual lo penetra. Nos referimos a la agonía y muerte de Eva Perón, que aflige a la gente por las calles, hasta que las calles se vuelven enteramente silenciosas, y al dolor personal del cadete de la agencia, a quien el protagonista desprecia porque es un chico torpe, sin considerar que se está quedando solo, porque tiene la madre enferma. Pero esa tristeza igual lo penetra, decimos, y también en eso el personaje es argentino, ya que al menos respetará esos dolores, y hará llegar discretamente un dinero al chico, pidiendo mantener la reserva.

 

Asimismo, tras un par de episodios en que nuestro personaje se siente a la altura de un héroe de novelita policial, vendrá la sencilla realidad, y la decisión de alejarse del oficio de detective y llevar una vida de hogar con la clienta que, de- sarmada su apariencia de mujer fatal, también quiere iniciar una vida nueva y sencilla.

 

Todo esto en la película no aparece, y varias cosas del desenlace cambian bastante, lo que ocurre por decisión de Darín y Hodara, de acuerdo con lo que ellos mismos dijeron. Pareciera que en esto los noveles realizadores prefirieron caminar sobre seguro, vale decir, prefirieron cambiar la historia aplicando ciertas reglas del cinema noir, sobre el que se recuesta la obra, antes que seguir la novela con toda su pintura de la sociedad y su pequeña ironía final, trabajo que hubiera sido imaginable solo en la mano ya experta de Mignogna, que además había vivido aquellas épocas, y en aquellas zonas entonces rayanas con los suburbios.

 

Pero la película, aunque cambie todo eso, está bien como está. Muy bien actuada, además, por Darín (el socio contrera), Diego Peretti (el socio peronista que admira a los Estados Unidos), Julieta Díaz y todo un elenco exactamente elegido hasta el menor extra. Y muy bien cuidada, hasta el mínimo detalle, por un equipo donde resaltan los nombres de Margarita Jusid, directora de arte, Marcelo Camorino, director de fotografía, Beatriz Di Benedetto, diseñadora de vestuario, Ponce de León, director musical, y Carrillo Penovi, montajista que de paso, como saludando al género, hace el guiño de un fade (una “cortinita” que da paso a otra escena) en la misma dirección de un vehículo.

 

Precisiones adjuntas. Eliseo Mouriño, centrohalf del mejor Banfield, fue finalmente vendido a Boca, como temía el protagonista, hincha de Banfield. La cámara Leica que él usa para sus seguimientos, es exactamente la que se usaba entonces, lo mismo que el auto Opel descripto en la novela. El arma que usa Peretti remite a las semiautomáticas Ballester Molina, con que Argentina proveyó a Inglaterra durante la II Guerra Mundial (un dato que suele olvidarse a la hora de acusarnos de nazis). Y la palabra “patovica”, que surge en un diálogo, causando cierta perplejidad en los espectadores, surgió justo por ese entonces, asociando a los físicoculturistas que cuidaban la puerta del Tabarís, con los patos doble pechuga marca Vica, ya que criadero y cabaret eran del mismo dueño, don Víctor Casterán. Y un detalle, que parece hecho a propósito: justo cuando alguien dice “esto no es Chicago”, vemos, al fondo, una paloma caminando tranquila por el medio de la calle. Es difícil que sea casualidad, porque está bien centrada y en foco. Pero sería demasiado pensar que los de la producción la hayan puesto ahí a propósito, para lograr una asociación inconsciente en el espectador. ¿O quizá sí?

Nº 2331 » Octubre 2007

Presencia de Jesús. Caminos para el encuentro.

por Fernández, Víctor Manuel - Galli, Carlos María · Comentar 

El origen de este libro es un curso sobre “El encuentro con Jesucristo en sus variadas presencias”, denominación más acorde con el contenido que la más sencilla elegida para esta edición. De cualquier manera, es sobre las formas de presencias del Señor, variadas presencias que, por ello mismo, a veces escapan al cristiano o quedan relegadas en la catequesis y la predicación. El relevante conjunto de teólogos reunidos aquí nos permite detenernos en cada una de ellas para que podamos, exclamar como Pedro: “¡Es el Señor!”.

 

Los nombres, entre otros, de Víctor Fernández y Carlos M. Galli, autores además de directores de la edición, cobran especial significación apenas terminada la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, por su participación en la misma y cuando nos disponemos a adentrarnos en el documento que nos urge a  ser más y mejores “discípulos y misioneros” de ese Cristo que de tantas formas permanece con nosotros.

 

Una perfecta síntesis de lo que quiere transmitirse es el capítulo inicial de Carlos M. Galli. Pasadas cuatro décadas del Concilio Vaticano II no por ello ha terminado su recepción en la Iglesia. De ahí que ese acontecimiento pentecostal, ese comienzo de la preparación  del tercer milenio que ahora transitamos, deba ser hoy una fuente viva para la espiritualidad, la enseñanza, el compromiso de cada integrante del Pueblo de Dios. Galli nos habla de la “una epifanía de gracia y comunión que Dios regala para renovar su Iglesia”. Es con admiración que se leen, o releen, los textos mismos del Concilio y el luminoso magisterio de los dos Papas que lo llevaron adelante, Juan XXIII y Pablo VI. Y este misterio de la Iglesia, Pueblo de Dios, se proyecta a lo largo de los pontificados que siguieron, en el continente y en nuestro país como en documentos como “Navega mar adentro”. Galli nos muestra de qué manera el Concilio centró su mirada en Cristo, “lumen gentium”. Esta centralidad de Cristo, cuyo rostro Juan Pablo II llamó a contemplar en  Novo Millennio Ineunte, no cierra a la Iglesia al diálogo y al encuentro; más aún, todo diálogo y encuentro de la Iglesia para ser fiel a su esencia no puede  silenciar o relegar la verdad sobre Cristo. Pablo VI, en el discurso de clausura del Concilio, pieza de incomparable belleza y profundidad, habló de que ese inclinarse, ese “volverse” sobre el hombre es porque “en Cristo se manifiesta el misterio del hombre”. Galli nos recuerda que en Gaudium et spes “todo el misterio del Verbo encarnado es presentado como Luz o Revelación que esclarece todo el misterio del hombre”. Culmina este trabajo partiendo de la “multiforme presencia de Cristo”, que presenta con breves pero esclarecedores trazos abriendo la puerta a los trabajos que siguen: “¿Cómo son concretamente las variadas presencias de Cristo?” Y agrega: “Aquí el libro vuelve a empezar”.

 

José Carlos Caamaño escribe sobre la presencia de Jesús en la comunidad y sus ministerios. El punto de partida para la comprensión de esta dimensión es la ubicación del Pueblo de Dios en la Constitución Lumen gentium. La Iglesia es un pueblo sacerdotal, un instrumento de Cristo para la redención universal en el que debemos comprender que hay un “binomio superador” del que rígidamente definiera al laicado “por exclusión” del ministerio ordenado. Siguiendo al cardenal Pironio, Caamaño  sostiene que ese binomio que esclarece la cuestión es comunidad-ministerios.

 

De Cristo presente en su pueblo pasamos, de la mano de Víctor Fernández, a la liturgia en la que El está en medio de la comunidad, “un verdadero templo”  que celebra y alaba así como cuando  están “dos o más reunidos” para orar. La piedad popular, no siempre apreciada en el inmediato posconcilio, hoy encuentra su reconocimiento como expresión de un pueblo que desde su cultura transmite una experiencia cristiana. Fernández pasa luego a darnos dos claves para entender adecuadamente el significado del encuentro con Jesús en la misa. La primera, unir lo interno y lo externo, valorar los signos, los gestos, los ritos, que para algunos son vistos hasta como un estorbo o un elemento de libre y arbitraria disposición, hasta lo que puede parecer accesorio pero no lo son, como  las flores y las velas.  Por el contrario, si penetramos en el sentido de la liturgia, en el altar, en la palabra proclamada, en el sacerdote que preside y la asamblea que participa con aclamaciones y cantos, comprenderemos los signos a través de los cuales el Señor está presente. La segunda clave es unir celebración y vida, ya que la misa nos “envía” (el Ite missa est) a comprometernos con la sociedad. La contribución de Fernández es de una riqueza que conjuga con una llaneza que la hace más valiosa y recomendable para la siempre necesaria enseñanza sobre la liturgia.

 

Fernández por supuesto resalta la centralidad del misterio eucarístico, pero deja su desarrollo a Antonio Marino. Quizás sea esta presencia la que, a pesar del “sensum defectui”)  más espontáneamente, sin distinción de edad y de tiempo, responde a la pregunta: “¿Dónde está Jesús?”. Es así porque en la Eucaristía Cristo está presente real y substancialmente, “cuerpo, sangre, alma y divinidad”; es la presencia, expresa el Concilio, “por antonomasia”. Tan “admirable sacramento”  encuentra en Marino un expositor que sabe mostrar con claridad y fervor la doctrina católica, siguiendo el Concilio, Mysterium fidei de Pablo VI y en magisterio constante de la Iglesia. Es así que el autor entra a considerar las dificultades que aún subsisten con cristianos no católicos sobre el modo de la presencia real, el sentido de lo que decimos con la palabra “transubstanciación”, las expresiones que dentro de la teología y la pastoral aparecen tentadas de diluir en la comunidad la realidad de la presencia en las especies de pan y vino, la dimensión de la piedad eucarística, de la oración ante el sagrario o el culto externo como el del Corpus Christi. En síntesis, nos dice Marino, cuando nuestros ojos se abren a descubrir esa presencia “por antonomasia” del Señor, nos lanzamos a descubrirlo en el prójimo necesitado. Nuevamente, se nos llama la atención sobre la unidad de fe y vida, de la fe que debe encarnarse en la vida mientras caminamos al banquete eterno.

 

El eminente biblista Luis H. Rivas expone sobre la presencia de Jesús en la Palabra. En la proclamación litúrgica (sí, proclamación, aunque muy a menudo en nuestras iglesias los textos bíblicos más bien se musitan) Jesús habla, como habla cuando el cristiano lee y medita la Biblia. Por eso Rivas recorre un amplio y apasionante panorama de la Palabra de Dios a través del Antiguo y del Nuevo Testamento, que se subsume en la afirmación de San Juan: “La Palabra se hizo carne”, en Jesús, en la Palabra encarnada, está la luz verdadera que ilumina a todo hombre, que da la vida y obra la salvación.

 

Creativo, aunque más arduo por la terminología empleada, es el aporte de Marcelo González sobre la presencia de Jesús en los acontecimientos. Estos implican romper e instaurar y desencadenar efectos, lo que ilustra con citas tan diversas como Ionesco, Teilhard, García Morente, Elie Wiesel (en su “acontecer” en Auschwitz) y Scalabrini Ortiz (en su testimonio del 17 de octubre de 1945). Para González no sólo hay presencia de Jesús en los acontecimientos de la vida sino que él mismo se hace presente como un “acontecimiento radical, como evento fundador, despertador, conmocionador, llamador, invitador de la acontecimientalidad humana; como ámbito de realización”. Lo encontramos, dice el autor, en el discernimiento de los signos de los tiempos, en el grito (como el de Jesús en la cruz), o en las intensidades de la vida en que el Viviente se hace cercano y convocante.            

 

Por último Virginia R. Azcuy profundiza en lo que atraviesa todo el libro: la presencia de Jesús en los pobres y sufrientes. Pablo VI, en el citado discurso de clausura del Concilio, pudo decir que la espiritualidad de la Iglesia es la del samaritano que se compadece del hombre golpeado a la vera del camino. Azcuy toma de Jon Sobrino el concepto de Iglesia samaritana. En consecuencia, como el de la parábola, hay que  “hacerse prójimo” y adentrarse en el “misterio de la compasión”, una “mística de la compasión” que “puede ser una nueva fórmula abreviada de la fe”. “La compasión, como respuesta ante el sufrimiento humano, dice Azcuy, requiere la integración de una solidaridad entrañable con la humanidad en situación de exclusión y sufrimiento, y el ejercicio de una responsabilidad social que nos incluya a todos”.

 

El  conjunto es de una rica diversidad y  coherencia que alimentará a todos los que buscan renovar el gozo de la multiforme presencia del Señor que es Camino, Verdad y Vida. Debe alegrarnos, como católicos y como argentinos, la alta calidad intelectual y espiritual de quienes, como todos los autores, llevan a cabo su “ministerio docente” en la Facultad de Teología de la UCA.

Nº 2331 » Octubre 2007

La Hermana

por Márai, Sándor · Comentar 

Nuevamente la alegría de encontrarse con un libro del destacado escritor húngaro, esta vez centrado en la figura de un enfermo grave que padece terribles dolores, a los que escapa con dosis no pequeñas de morfina, y cuyos efectos son descriptos con una precisión diríamos que científica.

 

El autor cuenta con su habitual lucidez la historia de este enfermo, famoso pianista, hablando en primera persona y buceando en su interioridad en forma introspectiva.

 

Resultan notables sus alusiones religiosas, conociendo su arco vital más bien agnóstico, por su profundidad y su intuición de lo que es el contacto con el Dios vivo.

 

Volvemos a ver la aptitud de Márai para crear una trama atrapante, con diversas escenas, y en este caso con un paralelo entre un amor imposible y una enfermedad concreta que carcome las entrañas del protagonista, cuya mutua causalidad no deja de ser explícitamente sugerida por los médicos. Ciertas descripciones del autor nos recuerdan al inolvidable Iván Illich de Tolstoi, con una análoga capacidad de percepción y una análoga aptitud compasiva hacia el corazón del hombre sufriente, siempre desde una adecuada distancia que permita una mirada objetiva. A su vez, el mundo hospitalario con sus peculiares personajes, nos es presentado con imaginación: tanto los dos médicos principales, como las inefables hermanas de nombres que parecen sacados de Cosi fan tutte o de Nozze di Figaro: Dolorissima, Mattutina, Cherubina y Charissima.

 

Como en el caso del Último encuentro o Divorcio en Buda, la novela tiene concisión y factura precisa, casi mozartiana. Queda la duda sobre si la resolución final de la trama es convincente.

Nº 2331 » Octubre 2007

Aarón (Jean-Marie) Lustiger

por Calvez, Jean-Yves · Comentar 

El pasado mes de agosto murió el cardenal Jean-Marie Lustiger, “hombre fuerte” de la Iglesia contemporánea. Su período episcopal, primero en Orleáns y después en París (de 1979 a 2005) acompañó casi por completo el pontificado de Juan Pablo II. Estuvo cerca, marcadamente cerca, de ese Papa tan notable.

 

Fue posiblemente su mayor inspirador en el tema de la relación con los judíos (nuestros “hermanos mayores en la fe” al decir de Karol Wojtyla). Influyó en el pedido de perdón a los cristianos del Papa junto al Muro de los Lamentos.

 

Había nacido en París el 17 de septiembre de 1926, en el seno de una familia de origen judío-polaco. Se convirtió al cristianismo a los 14 años. Jamás dejó de proclamarse al mismo tiempo judío y cristiano. Desde el punto de vista no sólo étnico o cultural sino también religioso. Frecuentó la comunidad judía de Nueva York que siempre lo acogió con cordialidad.

 

Frente a sus hermanos obispos franceses se presentaba él como un bloque monolítico, a veces hombre de paz, otras con gestos de provocación.

 

Le dio a la Iglesia de París un rostro creativo y dinámico, y al mismo tiempo intransigente.

 

Era un hombre de muy marcada personalidad, no tan abierto al diálogo con sus pares.

 

Creó para sus seminaristas una institución llamada “escuela catedral” que devino en facultad de teología propia, que existe hoy en forma paralela a la facultad del Instituto Católico de París, por él considerada demasiado académica, independiente y alejada de la pastoral episcopal. Consolidó la formación espiritual de sus seminaristas de manera análoga a la de las órdenes religiosas.

 

Hombre de profunda fe, en cierto sentido desconfiado de la razón, en todo caso persuadido de los peligros de la Ilustración (racionalismo). Y contemporáneamente muy presente en el mundo de los medios de comunicación, capaz de encontrar palabras para nada propias del lenguaje eclesiástico, siempre pesado y hermético.

 

Lustiger veía lo mejor y lo peor de la cultura racionalista. Lo peor estaba expresado por Auschwitz, donde había muerto su madre, en la locura antisemita de Hitler y, pensaba también, en la secularización racionalista. Se presentaba en esto también cercano a Juan Pablo II. Pero Lustiger fue un tradicionalista original, ya que no dudó, por ejemplo, en admitir el uso de los preservativos en ciertos casos, como ante el SIDA: “¡No añadan un acto criminal a una inmoralidad!”.

 

Al momento de su muerte, puede decirse que este hombre de vida tan combativa ha encontrado la paz. De coraje similar al de Juan Pablo II, nos interroga con sus frases fuertes. Aquí una de ellas, como testamento, a propósito de las naciones de Occidente que “han pretendido apoderarse de la esperanza y de las promesas de Israel y quisieron realizarlas por sí mismas, para sí mismas”. “Siempre –continúa Lustiger– está presente la tentación de imaginar el Reino de Dios como la realización visible e inmediata de la justicia por parte de la potencia humana. Pero el hombre no puede vivir en justicia si sabe que es él mismo injusto. Si lo ignora, la injusticia humana sustituye a la justicia divina. Vuelve a ser pagano, sin Dios, sin esperanza, olvidando la profecía de Israel”. Un verdadero interrogante para judíos y cristianos por igual.

 

 

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