Revista Criterio
Febrero 2008
Nº 2334 » Febrero 2008

Sleuth, juego macabro

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Se informa que esta película es una remake de otra filmada en 1972. Conviene aclarar: no es una remake en el sentido que se emplea habitualmente, sino más bien una nueva versión de la misma pieza teatral que había inspirado a la primera. Así como Kenneth Branagh no ha hecho remakes del Hamlet y el Enrique V de Laurence Olivier, sino más bien nuevas versiones del Hamlet y el Enrique V de William Shakespeare –llevados al cine por Olivier y por varios otros a lo largo del siglo–, ahora presenta su versión de Sleuth, pieza teatral de Anthony Shaffer oportunamente llevada al cine por Joseph L. Mankiewicz.

 

El texto y la intención parecen los mismos. Las diferencias son bastante grandes, no sólo en la puesta en escena sino en la adaptación y actualización, que estuvieron a cargo nada menos que de Harold Pinter. No decimos “nada menos” en forma reverencial. La verdad, nos gustaba más la versión que el propio Shaffer hizo para Mankiewicz. Pero eso, quizá, porque también nos gustaba más aquella época, y aquel modo de mostrar las cosas. Porque pasaban cosas tremendas, pero era todo más divertido, luminoso, abierto. Había dos hombres que se estudiaban, se manejaban, se humillaban, se atacaban y se contraatacaban, yendo desde la ironía fina hasta la agresión física, pero nunca perdíamos del todo la sensación de juego. Aquí, el asunto se muestra cada vez más ácido, oscuro, enclaustrado, y el juego es cada vez más grave. El choque de edades, mentalidades y clases sociales que Shaffer ponía como pintura de personajes, Pinter lo hace pasar al frente, y lo pone como una verdadera lucha, donde, llegado cierto punto, ya no cabe más una palabra de diálogo. En fin, así serán (y se dan) las cosas hoy día, según él las expone.

 

Las diferencias más marcadas entre un autor y otro surgen en el último tercio de la obra, y se advierten particularmente en las réplicas de los personajes, que antes eran siempre brillantes y sutiles, y ahora se van haciendo vulgares y directas. Por su parte, las diferencias de puesta se aprecian desde un comienzo. La vieja casona señorial donde transcurre la acción en 1972, con su colección de muñecos, su mobiliario clásico (¡sin un solo televisor!), y su amplio jardín, en el que aparece hasta un significativo laberinto de ligustrina, ha sido reemplazada por una mansión ultramoderna, llena de chiches tecnológicos, cámaras de seguridad, objetos del diseñador Ron Arad y obras de Gary Hume y Antony Gormley, donde el dueño se mantiene prácticamente encerrado. La música que preanunciaba intriga, circo y grand finale, ahora nos oprime (digamos, John Addison vs. Patrick Doyle). Los planos amplios y la cámara quieta se extrañan frente a la incómoda inserción de primeros planos y los movimientos de un aparato que hace sentir su presencia, como si el investigador del título original fuera la cámara, y no alguno de los personajes que aparecen frente a ella.

 

Ah, claro, olvidamos comenzar con una síntesis argumental. Pues bien, ésta es, se supone, una comedia de intriga, donde un exitoso escritor de novelas policiales, ya setentón, invita a su casa al joven amante de su esposa, para conocerlo y proponerle un trato: ambos fingirán un robo de joyas, cuya única perjudicada sería la empresa de seguros. De este modo, el escritor evitaría los gastos de separación, y la nueva pareja tendría cierta fortuna inicial. Inglés rancio el primero, posible arribista el otro, nada bueno puede salir de allí, sobre todo cuando las reglas de juego empiezan a cambiar. “Un encuentro de floretes cada tanto interrumpido por sablazos imprevistos”, dijo alguien acerca de esta obra, donde el espectador se pone alternativamente a favor o en contra del viejo o el joven.

 

La hicieron, en el Teatro del Globo, Ernesto Bianco y Norman Briski (entonces jovencísimo, hiperkinético, flaco y con rulitos), dirigidos por Osvaldo Bonet. La hicieron, en la versión de 1972, Sir Laurence Olivier y Michael Caine, que entonces hacía papeles de pícaro de clase baja con ínfulas de ostentación y ascenso social (para el caso, su personaje era un peluquero de ascendencia italiana). Y la hacen, ahora, Jude Law, heredero de Caine en esos roles, y el propio (llamémosle con el título de nobleza que hoy ostenta) Sir Michael Caine. Un deleite, ver cómo juegan sus papeles semejantes actores. “Los actores ingleses leen la partitura, nosotros tocamos de oído”, exageraba humildemente Pepe Soriano, tras ver esta película en el reciente festival Pantalla Pinamar. Allí la presentó el mismísimo Kenneth Branagh, quien resultó no sólo un director excelente, sino además un tipo agradable, cordial, receptivo. Doble deleite, entonces, y doble recomendación: ver el Sleuth actual, y tratar de conseguir el anterior (pero no en su edición vhs, editada como El detective, porque está doblada).

 

P.D. Esto hay que decirlo. Branagh también trajo a Pinamar La flauta mágica. Y quien la presentó fue Pablo De Vita (nuestro Pablo De Vita), que dio toda una charla sobre Mozart, la ópera y las versiones cinematográficas. Más que en una función de festival, nos hizo sentir como en una hermosa reunión de un calificado cineclub. Y lo mejor es que después subió Branagh, quien además de agradecer la presentación agregó algunos comentarios muy específicos acerca de su obra, subrayando, en cuatro oportunidades, “como dijo Pablo”. No cualquiera.

Nº 2334 » Febrero 2008

4 meses, 3 semanas, 2 días

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¿Se trata de un film de denuncia contra el aborto ilegal y a favor de una legislación que permita la interrupción del embarazo?

 

Esta obra cinematográfica de excelencia formal, severa e implacable, magistralmente dirigida e interpretada, en todo caso pone de relieve dos cuestiones para nada secundarias: el horror de todo aborto (aquí particularmente acentuado) y la decadencia de un sistema político totalitario y corrupto.

 

Ambientada en la Rumania de los años finales de Ceacescu, en el ámbito oscuro de la delación, la desaprensión, la legendaria burocracia y una dosis no indiferente de hipocresía en los funcionarios del régimen, la película sabe impresionar al espectador.

 

Una joven (Otilia – la actriz Anamaria Marinca) domina la escena por la fuerza de sus convicciones y la extrema generosidad de su entrega, mientras que su amiga (Gabita – la actriz Laura Vasiliu) que se somete al terrible aborto clandestino, adopta una actitud errática, inmadura, irresponsable, acaso más dominada por el miedo que por la conciencia de los hechos.

 

El premiado film se sirve de los silencios, del contraste entre los planos fijos (que crean un clima claustrofóbico y deliberadamente incómodo) y las secuencias vertiginosas (que expresan la desesperación y la angustia existencial de una joven perdida en el mundo), y de las miradas y los breves gestos de su verdadera protagonista para componer un cuadro tan sórdido como ingenuo.

 

Se trata de una obra que requiere madurez y fuerza para ser vista, y exige una posterior reflexión en muchos planos: existencial, ético, cultural, político…

La creciente tensión narrativa que no conoce desmayos pretende dejar al espectador, sin embargo, fuera de los acontecimientos, como dolido observador o como juez mudo ante una terrible situación.

Nº 2334 » Febrero 2008

DVD: El buen nombre / Al otro lado del mundo

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El buen nombre (The namesake)

EE.UU., India, 2006; dirección: Mira Nair; intérpretes: Kal Penn, Irfan Khan, Tabu; AM 13 

 

Mira Nair (Salaam Bombay, La boda) dirige la que ella considera su película más personal: una saga familiar que comienza en India, cuando un joven llamado Ashoke sufre un accidente ferroviario, continúa con la boda por encargo con la bella Ashima, y termina en Nueva York, donde transcurre la vida del matrimonio, y la infancia, adolescencia y juventud de Gogol, el hijo mayor, a quien su padre decide bautizar como el famoso escritor ruso.

La adaptación a un mundo nuevo, el formar una familia, la relación entre padres e hijos, son temas universales que Nair aborda desde su personal visión. En la segunda parte, el argumento se centra en la identidad de Gogol, quien crece en un suburbio de los Estados Unidos rodeado de otras familias bengalíes, y al comenzar la universidad decide cambiarse el nombre por otro menos extraño. Muestra las dificultades de crecer siendo distinto en todas partes: cuando visitan a sus parientes en India y también en Nueva York, con su novia, Maxine, cuya aristocrática familia lo considera una novedad exótica.

Conocíamos a través de sus numerosos filmes la experiencia y maestría de esta directora. Aquí, con edición fluida, que alterna sin confundir los ambientes estadounidense e indio, y su ya demostrada habilidad para resolver situaciones dramáticas con frescura y escenas de singular belleza visual. Para destacar, la elección de los actores, en particular de los que interpretan a los padres: Irhan Khan y Tabu, ambos estrellas de Bollywood –la poderosa industria india de cine–, quienes crean un vínculo amoroso creíble y conmovedor. Una película que aquí no tuvo estreno cinematográfico y que merece ser disfrutada.

 

 


Al otro lado del mundo (The painted veil)

 

China, EE.UU., 2006; dirección: John Curran; intérpretes: Edward Norton, Naomi Watts, Liev Schreiber, Toby Jones; AM 13. 

 

Un film que parece de otra época: un drama romántico ambientado en los años 20 y basado en una novela de Somerset Maugham. Su protagonista masculino, Edward Norton (El ilusionista), luchó por realizar este filme, que produjo junto con la actriz Naomi Watts, en un intento de dos actores reconocidos por abordar un género no muy de moda hoy en Hollywood, invadido por comedias escatológicas y películas de aventuras dirigidas al público adolescente.

Aunque no lo ama, la caprichosa Kitty (Watts) decide aceptar la propuesta de matrimonio de Walter (Norton), un médico infectólogo algo retraído. Después del casamiento de su hermana menor, necesita alejarse lo antes posible de su opresiva madre, y él le ofrece llevarla bastante lejos: a Shangai. Mientras él trabaja todo el día, ella, para distraerse, termina enredada con el vicecónsul británico. Walter descubre su infidelidad y, para evitar el escándalo, prácticamente la obliga a viajar con él a un pueblo remoto donde se ha desatado una epidemia de cólera. Alejados del mundo, estos dos extraños comienzan a reconocerse y a perdonarse.

Una película intimista, que se apoya en la bellísima fotografía, los paisajes, en la algo remanida banda musical de Alexander Desplat y en las eficaces interpretaciones de todo el elenco. Edward Norton, siempre ajustado en su rol. Se destacan además la belleza y la inteligencia interpretativa de Watts, que le encuentra matices a su personaje, y Toby Jones, el Capote de Infame.

Nº 2334 » Febrero 2008

Tras de una ausencia

por Astudillo, Lorena · Comentar 

Este nuevo disco de Lorena Astudillo reúne poetas y músicos fundamentales (argentinos y extranjeros), para ofrecer una realización de calidad poco frecuente en nuestro medio. Se destacan obras de Raúl Carnota (Coplas sin luna), M. Castilla-G. Leguizamón (Zamba de Argamonte), Chacho Echenique (Doña Ubenza), Hermanos Núñez (Tristeza), M. Castilla-Ch. Valladares (Evangelina Gutierrez), y otros.

 

Fiel a su sobrio estilo interpretativo, Lorena presenta un trabajo en el que está presente la delicadeza como denominador común en el tratamiento de cada uno de los dieciséis temas que lo componen.

 

En diálogo con Criterio, la cantante comenta: “La interpretación es casi todo, un pequeño porcentaje lo ocupa la voz pero lo fundamental es transmitir con ella lo más honestamente posible las emociones que nos produce la obra, identificarnos profundamente con las que atravesó el autor, el compositor o el personaje al que alude la canción”.

 

Introduce, con acierto, homenajes a Miguel Hernández-Víctor Jara (El niño yuntero) y a Chabuca Granda (Coplas a Fray Martín): “Decidí incluirlos porque lo que dicen es insoslayable. ¡Sus letras son tan contundentes y tienen tanto que ver con lo que quiero decir! Además Chabuca me acerca a la música negra del Perú, a la que adoro, y a los ritmos afro a través de los cuales puede decirse lo más triste pero con absoluta vitalidad y esperanza.

 

En su nuevo trabajo Astudillo es acompañada por jóvenes músicos marcadamente virtuosos: Pepe Luna (guitarra, arreglos y dirección musical), Claudio Solino (contrabajo y bajo eléctrico), Hernán Crespo (piano y acordeón) y Horacio Cacoliris (percusión). Esto viene a confirmar el “renacer” del gusto por la música folclórica entre los jóvenes, que se advierte desde hace ya algunos años.

“Me complace enormemente contar con gente tan talentosa y tan joven. Por lo general son músicos que estudian responsablemente y en un momento llegan a sus manos obras y artistas realmente maravillosos, y surge el deseo de acercarse a la música folclórica que tiene de algún modo que ver con la historia de uno. Al escuchar la música de Gustavo “Cuchi” Leguizamón, o Raúl Carnota entre otros, se produce una especie de “afiliación” al folclore”.

 

Además de ellos, Lorena cuenta con la participación de dos grandes pianistas invitados: Lilián Saba (Tristeza y Zamba del Chaguanco) y Oscar Alem (Pelador del Concepción).

 

Si bien Lorena sugiere que la “voz es un pequeño porcentaje…”, no pasa inadvertida la refinada técnica vocal que despliega en sus actuaciones; su pronunciación es clara y su volumen y respiración adecuados, tanto en los agudos exigidos como en los graves profundos, sin apelar a innecesarios “trucos actorales”.

La línea de la poética de este disco atraviesa un camino donde se superponen historias de profunda tristeza, para concluir con la que le da título al mismo: “Tras de una ausencia”. “Es cierto, no busqué pero encontré cuales son las cosas que me duelen y que nos duelen. Entre ellas, la injusticia, la explotación infantil…, también descubrí que cantar es una forma de hallar sosiego frente a lo inexorable”.

 

 

 


Tras de una ausencia

(Rolando “Chivo” Valladares)

 

En los alfares que mece el viento,

Busca una ausencia

Mi pensamiento.

Mi pensamiento

busca una ausencia.

 

Hay en el verde

De los rastrojos

El mismo verde

Que hay en tus ojos.

El mismo verde

Que hay en tus ojos.

 

Nº 2334 » Febrero 2008

Berenice

por Racine, Jean · Comentar 

Racine no es un autor demasiado transitado en los escenarios porteños, posiblemente porque poner en escena una de sus tragedias supone un doble desafío: el inherente a la traducción del verso original y luego el que surge de la propia poética del autor. Éste, en franca discrepancia con el Corneille del último período, consideraba un verdadero logro de la inventiva artística presentar una acción simple, “sostenida por la violencia de las pasiones, la belleza de los sentimientos y la elegancia de las expresiones”. Este marcado despojamiento, que hace que la tragedia raciniana sea la expresión más perfecta de la doctrina teatral clásica, llegará a un caso extremo en Berenice, a punto tal que los propios contemporáneos se sorprendieron ante un texto en el que no vieron más que “un tejido galante de madrigales y elegías”.

 

Estrenada en 1670, la obra utiliza las figuras históricas de Tito, emperador de Roma, Berenice, reina de Palestina, y Antíoco, rey de Comagena, para indagar, a través del entramado de las relaciones que los unen y los alejan, algunas variantes del destino trágico que en ningún caso culminará en muerte. De allí la calificación de “tragedia defraudada” que le asigna el traductor del texto, Walter Romero, en el estudio crítico que antecede la edición en español publicada por Artes de Sur. En el caso de Tito, su sino trágico se precipita a partir del momento en que es proclamado Emperador: para acatar la ley de Roma, debe rechazar como esposa a la mujer que ama desde hace cinco años por ser una reina extranjera. Incapaz de transmitirle a Berenice semejante decisión, le encomienda a su amigo Antíoco que sea su portavoz. Quien apenas ha encontrado palabras para confesarle un amor, que sabe no correspondido, debe ahora encontrar palabras para poner fin a las dudas que el silencio y la elusividad de Tito han sembrado en su amante. Frente a las vacilaciones y los silencios de los personajes masculinos se opone la aguerrida y frontal personalidad de Berenice. La protagonista transita el camino de la heroína trágica partiendo de la incertidumbre, virando a la rebelión y la desesperación suicida para terminar renunciando al ser amado, pero no a la vida, sin más motivo que su amor por él. La magnitud y lucidez de su entrega opacan la figura del coprotagonista tal como queda expresado en el propio título de la obra.

 

Para la puesta en escena el joven pampeano Silvio Lang, según declara en el programa de mano, ha intentado una postura de equilibrio: comunicarse con el texto procurando no sólo conservarlo sino “concebirlo y decirlo de nuevo”. La traducción de Romero, realizada a pedido del propio director, rescata fluidamente toda la belleza del verso de Racine y salva así el primer escollo de esta propuesta. Lang ha optado por una escenografía despojada, un sugestivo acompañamiento de guitarra en vivo –que se complementa logradamente con el texto– y un vestuario que alterna las marcas de época con las de la contemporaneidad. Los actores enfrentan el desafío de recitar sus largos parlamentos, casi monológicos por momentos, desde el marcado estatismo de sus cuerpos, apelando a la expresividad de la mirada y la palabra. Ana Yovino supera con creces la prueba y brinda una destacada interpretación. Pablo Finamore, en cambio, no logra delinear acabadamente el perfil de Tito, ni desde lo gestual ni desde lo expresivo. Alfonso Tort se maneja con mayor ductilidad como Antíoco y recrea con más vigor su personaje.

 

De gira por varios escenarios europeos, Berenice se repondrá, posiblemente en el mismo teatro Payró, durante la próxima temporada. Merece la pena ir al encuentro de esta “elegía del amor desdichado” que, estreno en la Argentina, nos permite dialogar con un autor crucial del clasicismo francés de la segunda mitad del siglo XVII.

Nº 2334 » Febrero 2008

Amores de vidrio

por Barugel, Lidia · Comentar 

En esta primera colección de cuentos de Lidia Barugel, el título, más allá de la fragilidad a la que remite, señala un posible recorrido de lectura: el vidrio que refleja –el espejo– y el que permite ser atravesado por la mirada se constituyen en ejes de organización del texto.

 

Los dos primeros cuentos dibujan nítidamente la imagen del espejo: en La mulata de la Martinica, el que cuelga de la pared en el bar del Holandés se convierte en elemento central. No sólo por ser un objeto que vincula las historias que se reproducen, generando una auténtica “puesta en abismo”, sino por transformarse en puerta de entrada de la protagonista, nueva Alicia en el país del Espejo, a un mundo diverso y cautivante. En El hermano, el segundo de los relatos, se construye especularmente la reiteración de una relación incestuosa, por medio de la repetición de personajes –mi madre y su hermano eran dos calcos el uno del otro–, la duplicidad del ámbito de la casa y de la historia, también encerrada en una repetición siniestra en la que se perciben ecos cortazarianos.

 

El tercer cuento, Jaulas, introduce la mirada como elemento constitutivo. Tanto el león que tiene los ojos dorados fijos en la mujer con la que está encerrado en la jaula, como el público pendiente en la espera del formidable espectáculo del león devorando a la mujer, como la mujer misma, se entrelazan en un juego en el que cada uno acecha, por distintas causas, el mínimo movimiento del otro. En Presagio, la gota de agua es el aleph que contiene el universo entero reflejado; en él ve la muchacha todas las imágenes del desastre antes de hacerla desaparecer. En Mirada de madre, la protagonista, ignorada por su madre que no la mira ni siquiera de reojo encontrará en el cenicero de cristal la forma de lograr su atención.

 

La parte I cierra con El poema, un texto en el que los verbos forman una extensa red que nombra de distintas maneras la misma acción: investiga, espía, vigila, busca, revisa, examina, acecha. Organizado en dos segmentos (el primero, el poema que da título al cuento; el segundo, el desenlace que actúa la mujer que lo escribe), reitera la presencia de los ojos como núcleo de la función de mirar, que puede ser tanto una manera de cuidar, desear o defender, como una forma de agresión.

 

La parte II está compuesta por una serie de microrrelatos de diferente extensión que, tal como en la I, delatan la condición de texto inicial por la inclusión de algunos cuentos prescindibles. Vale en cambio detenerse en otros totalmente logrados, como el ya nombrado y deslumbrante La mulata de la Martinica, Las manos del beduino o El último acto.

Nº 2334 » Febrero 2008

“Para mí la vida es Cristo”

por Casaretto, Jorge · Comentar 

Me refería años atrás un prestigioso intelectual de izquierda que, después de haberse encontrado por primera vez con monseñor Jorge Casaretto, le fue preguntado en una reunión con colegas: “¿Qué tal ese obispo?”. La respuesta del sociólogo de marras fue: “Alguien como ustedes o como yo, un tipo normal”. En efecto, la primera impresión que tiene cualquier interlocutor del obispo de San Isidro es que se encuentra frente a una persona que, independientemente de sus ideas religiosas o de otra índole, es atento al escuchar, transparente al exponer sus impresiones y profundamente humano. No en balde recuerda en su libro la niñez en el porteño barrio de Caballito, el amor por el deporte, el secundario en el Nacional Buenos Aires, los años de estudio en la facultad de Ingeniería, la preocupación sociopolítica y el interés por los más necesitados. Todos estos tópicos fueron siempre de la mano de un intenso amor por la Iglesia y, en particular, por la persona de Jesucristo (en eso consiste precisamente ser cristiano).

 

Jorge Casaretto ocupó y ocupa cargos de singular importancia en el episcopado argentino y es uno de los principales referentes del diálogo con los dirigentes sociales y políticos. Su actividad con los jóvenes, con el laicado, con los medios de comunicación y en Cáritas le han permitido abarcar un amplio espectro de la sociedad argentina y de su problemática.

 

Integrar la fe y la vida es una constante en este libro, y en su preocupación personal y pastoral. A través de XXI breves capítulos, esta obra testimonial hace referencia a su experiencia existencial y a las palabras de la Escritura. Con sencillez coloquial, habla de la sabiduría y del arrepentimiento, de la utopía como ese horizonte que se ve pero no se alcanza, de la amistad (al estilo Jean Guitton), de la ciudad, del mar y la montaña, del aspecto lúdico de la vida, de su familia y sus allegados, de cómo comprender y no juzgar a los demás, de sus inquietudes políticas, de su vocación sacerdotal, de la oración, de los santos, de la virtud y de la cruz, del dolor y de la libertad.

 

“No podría imaginar –escribe en el capítulo IV– una vida sin amigos, esas personas que Dios puso en mi camino y que siempre estuvieron a mi lado en las diversas circunstancias de mi vida”.

 

En el capítulo V, meditando durante las vacaciones en el sur argentino, confiesa: “… cada vez más siento la necesidad de volver a estos espacios de mayor soledad, me alegra mucho sentirme también yo llamado y confirmado por Jesús en mi vocación sacerdotal… Me emociona mucho saber que sin ningún mérito de mi parte, yo sigo viviendo con toda felicidad las consecuencias de ese llamado, esperando el encuentro definitivo que por gracia de Dios, espero se dé en la eternidad”.

 

A propósito del futuro de la Iglesia, en el capítulo X afirma: “Los géneros musicales pasarán y las modas también, y lo que hoy es importante para la televisión dejará de serlo mañana. Pero el Evangelio de Jesús seguirá predicándose en la humildad de algunos templos, en algunos grupos que se reúnen en los barrios y en las casas, y anidará también en el alma de algunos jóvenes y adultos, que permitan que su mensaje siga tocando su corazón y entusiasmando sus vidas”.

 

Todos los que tenemos o hemos tenido la oportunidad de tratarlo personalmente conocemos la claridad espontánea de sus argumentaciones, la renovada capacidad de atender otras razones, la sinceridad de su fe y la alegría de su compañía.

Nº 2334 » Febrero 2008

La guerra al malón

por Prado, Manuel · Comentar 

“Hoy, en aquellos lugares donde tanto hemos sufrido, se levantan ciudades ricas y prósperas; el trigo crece de vicio en la pampa exuberante, abonada con la sangre de tantos pobres milicos y, en cambio, los hijos de éstos no tendrán, acaso, un rincón donde refugiarse, ni un pedazo de pan con qué alimentarse ahí mismo, en ese antiguo desierto que sus mayores conquistaron y que otros más felices, o más vivos, supieron aprovechar”.

 

La conjetura de Manuel Prado (1863-1962) registrada en las primeras páginas de este ameno libro de memorias y, ¿porqué no?, de aventuras, fue tristemente confirmada por los hechos posteriores a la conquista del desierto, culminada al expirar el año l878. Quedaron así desmentidos los embelecos de quien condujo aquella guerra de aniquilación contra el indio en su propio territorio, desde el sur del río Colorado hasta Choele-Choel, en una táctica feroz de “malones invertidos”. En efecto, según Roca, el estratega del operativo, aquellos campos desolados que hollaba su caballería se convertirían en pueblos florecientes donde millones de hombres vivirían ricos y felices.

 

Casi medio siglo antes, entre 1833-1834, Rosas había intentado disciplinar a los aborígenes con palos y regalos en tanto avanzaba sobre aquellos territorios vírgenes con vocación exploratoria y científica, acompañado por un agrimensor, un astrónomo, dos hidrógrafos y varios meteorólogos. Entre la denominada Campaña a los Desiertos del Sur y la guerra emprendida por Roca, la famosa zanja abierta por Adolfo Alsina intentó servir de freno a los malones.

 

Después de Roca las poblaciones crecieron, sí, alrededor de los antiguos fortines o a medio camino entre uno y otro, y hoy muchas son ciudades importantes (Azul, Chivilcoy, Pehuajó, Olavarría, entre otras). Ricos y felices vivieron, hacia finales del siglo XIX, menos de dos mil afortunados, desde altos jefes militares, como el propio Julio A. Roca y sus hermanos, Ataliva y Rudesindo, hasta los proveedores del ejército, devenidos todos ellos poderosas terratenientes. Es que las tierras liberadas del azote de Catriel, Pincén, Epumer, Cañumil, Paineo, Namuncurá, Baigorrita y demás caciques y capitanejos se repartieron después en concesiones de treinta y más leguas, condicionando el desenvolvimiento de la sociedad y de la economía.

 

“Aquella pobre gente no dormía, no descansaba; carecía de ropa y de calzado; en la botica no se encontraban medicamentos, y en cambio, a la menor palabra de protesta, al menor gesto de cansancio, funcionaban las estacas, llovían las palizas, y los consejos de guerra verbales dictaban la muerte”. También esto lo escribió Prado, sin ninguna pretensión literaria, tras un cuarto de siglo de carrera militar iniciada a los once años de edad. Le quedaron más de treinta por delante para ejercer el periodismo en La Nación, El Diario y La Tribuna, recordar su paso por el Tercer Regimiento de Caballería al mando del general Villegas y legarnos estas páginas donde lo dramático de las correrías detrás del indio no echan al olvido otras situaciones más propias de una comedia.

Nº 2334 » Febrero 2008

La universidad privada argentina

por Barsky, Osvaldo - Del Bello, Juan Carlos - Jiménez, Graciela · Comentar 

Las universidades privadas vienen creciendo en la Argentina desde hace medio siglo. Si bien en general de menores dimensiones, la cantidad de instituciones universitarias de gestión privada es superior a las de carácter estatal. Aunque todavía con un menor grado de desarrollo y participación en la atención de la demanda, ya acoge en sus aulas a casi una quinta parte de los estudiantes universitarios del país. Y no se puede decir que sean sólo “enseñaderos”, como a veces se dice con cierto afán despectivo. Aunque el crecimiento es también aumento de la diversidad institucional, y por tanto de su complejidad y heterogeneidad, en muchas de ellas no sólo se enseña, sino que también se investiga y se trabaja seriamente en líneas de innovación y transferencia a la sociedad. Y a pesar de que no cuentan con financiamiento estatal, la dinámica de ese crecimiento es inocultable y sostenida. Sin embargo, y a diferencia de lo que se observa en otros países, incluso vecinos, no existía hasta ahora entre nosotros un estudio de conjunto de esa realidad, basado en información seria y razonablemente objetiva.

 

Fue seguramente esa constatación la que hace un par de años llevó al Consejo de Rectores de esas Casas de Estudio, por iniciativa de su entonces presidente, Avelino Porto, a encargar a Juan Carlos Del Bello la preparación de un trabajo que diera cuenta de esa realidad compleja y multifacética. No se solicitaba, como suele ser frecuente, un estudio apologético sino que se esperaba un trabajo que diera cuenta de la realidad tal como es, con sus pliegues y claroscuros, con sus fortalezas y debilidades. Va de suyo que un encargo así implicaba asegurar la necesaria independencia intelectual de sus autores, decisión auténticamente universitaria que bien vale celebrar en tiempos en que muchos parecen privilegiar el pensamiento único.

 

El resultado, publicado ahora en forma de libro, es un producto muy respetable. Se trata de un estudio sólido, bien documentado, razonablemente objetivo, con algunas interpretaciones que se pueden compartir o no pero que los autores aportan razones para sostenerlas. Algunos capítulos, como el dedicado al estudio de las universidades privadas en el contexto del desarrollo histórico del sistema universitario, o el que analiza la economía del sector universitario privado, en mi opinión profundizan realmente el conocimiento existente hasta el presente. Otros, como el que lista la creación de estas instituciones en el marco de las regulaciones estatales de cada época, el que analiza la participación del sector en el sistema universitario nacional, o el que indaga en la organización académica, son más bien descriptivos y sintetizan una masa considerable de información. Otros, como el referido a los estudios de posgrado y la investigación, o el que tiene que ver con la calidad de las universidades privadas, son sólidos y se basan en una amplia información, hasta ahora dispersa, aun cuando hubiera sido interesante que se tuviera también en cuenta otro tipo de datos, no siempre disponibles es verdad, que reflejaran más integralmente lo que son por dentro estas instituciones.

 

El capítulo final, que los autores titulan ‘Las universidades privadas en perspectiva’, es en mi opinión excelente. Con conclusiones atinadas y bien planteadas, resulta muy equilibrado y aporta una visión prospectiva realista y alentadora.

 

A lo largo del libro subyace una doble mirada, que a mi modo de ver enriquece notablemente el análisis. Una es la mirada desde las políticas públicas, que los autores conocen muy bien desde adentro, porque sobre todo Del Bello las ha transitado intensamente y ha dejado en ellas huellas perceptibles. Tratándose de un estudio sobre las universidades privadas, la observación desde las políticas públicas es doblemente interesante. La otra mirada que subyace y me importa rescatar, es el enfoque comparativo, lo que le aporta al estudio una visión amplia y puntos de referencia que ayudan a situarnos y a evaluar dónde estamos realmente en esta materia. Esto es también para destacar en una sociedad como la nuestra que tiene muchas veces una visión demasiado “parroquial” de las universidades (y de tantas otras cosas…). En este sentido, la comparación con otras realidades y tendencias que se están dando en el mundo, enriquece el trabajo, en especial cuando se analizan los sistemas de organización y gobierno de las universidades privadas. Es una pena que no se hayan incorporado más referencias internacionales sobre cómo se financian hoy estas universidades en otras sociedades.

 

Se trata, en suma, de un libro que, sin exagerar, es ya una referencia ineludible para quienes se ocupan en serio y sin prejuicios de la problemática universitaria argentina.

Nº 2334 » Febrero 2008

Violencia y religión. Confrontación y diálogo

por Lucchetti Bingemer, María Clara · Comentar 

Esta obra realiza un valioso aporte a la construcción de la paz, mostrando la relación que existe entre religión y paz. La autora limita su reflexión a las tres religiones monoteístas de la familia de Abraham. Ahora bien, este estudio podría ser considerado un primer paso, ya que tratándose del tema de la paz, no podemos prescindir del budismo. Es la única de las grandes religiones que no ha bendecido nunca una guerra. En Myanmar, la antigua Birmania, se balea hoy a monjes que sólo poseen sus convicciones budistas.

 

Un acierto de la autora es ofrecer una doble lectura de la Escritura judía, primero como Antiguo Testamento desde la óptica cristiana, y luego como Biblia judía, en la perspectiva del judaísmo actual. Porque la interpretación que hacemos los cristianos del Antiguo Testamento, como una profecía sobre Jesús, el Mesías vivido en la fe, nos dificulta comprender el uso legítimo que de él hacen los judíos, refiriéndolo al Mesías, vivido en la esperanza.

 

Es interesante la explicación de la autora sobre la expulsión de los vendedores del templo, gesto aparentemente violento de Jesús. El látigo era un símbolo mesiánico, no un instrumento de tortura. Los animales sacados fuera del edificio representarían al verdadero pueblo conducido por el pastor, alejándolo del desvirtuado templo de piedra. Ahora bien, es verdad que el templo material se había desvirtuado, pero no olvidemos que los primeros cristianos continuaron asistiendo a él. Creo que podemos rescatar el valor del templo material, en cuyo interior no se permitía la violencia. En Israel existían las ciudades de refugio, institución que entronca con el derecho de asilo reconocido a los santuarios.

 

En todas las religiones los templos han gozado del derecho de asilo. La violencia quedaba contenida así por lo sagrado. Y no sólo por los lugares sagrados sino también por los tiempos sagrados, como la Tregua de Dios, en la Edad Media. Podemos hoy recuperar esta antigua y universal tradición, considerando a cada persona como sagrada e intocable. La tortura y la pena de muerte violan ese espacio sagrado. El respeto por los discapacitados no depende de sus cualidades, como el espacio sagrado no depende de sus murallas. Y el seno de la mujer embarazada es el espacio sagrado por excelencia, el templo de Dios, el taller donde Él trabaja, como le decimos en un salmo: “Tú me tejiste en el seno materno”. En el abrazo de dos futuras mamás, la Virgen María e Isabel, percibimos los frutos del Espíritu Santo: la alegría, la bondad y la paz.

 

El libro contiene algunos errores, como el hablar de las cuatro bienaventuranzas de Marcos en lugar de Lucas (pág. 66) o decir Moisés donde debería decir Mahoma (pág. 262). Pero ellos no le quitan valor a una obra que ayuda a los lectores a pensar e imaginar, como la reflexión que nació en mí sobre el espacio sagrado.

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