Revista Criterio
Mayo 2008
Nº 2337 » Mayo 2008

Francesca

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En rigor, Francesca se titula Francesca e Nunziata y es un libro de Maria Orsini Natale, editado con singular suceso en Italia. También tuvo una importante repercusión este trabajo de Lina Wertmüller, un drama familiar rodado para la televisión, aunque se lo conociera fundamentalmente a través del cine.

 

La historia sitúa a Francesca en Nápoles, en el sur de Italia, muy cerca del Vesubio. Allí se la conoce como la “Señora de la pasta”, gracias a su imperio de tallarines “Pastificio Montorsi e Figli”, que sostiene económicamente a su familia. Su marido, el príncipe Giordano Montorsi, es un aristócrata venido a menos. Cumpliendo la promesa hecha cuando uno de sus nueve hijos sobrevive a una enfermedad, Francesca (quien maneja los destinos de la familia) decide adoptar a Nunziata, una niña huérfana.

 

Pronto la empatía entre Francesca y Nunziata hará que la primera digite los destinos de la otra desde la infancia hasta la boda. Y cuando su madre adoptiva ya no pueda tener el control absoluto, las lecciones de Francesca convertirán a Nunziata en fiel heredera del tránsito hacia el poder. El amor de ésta por el hijo mayor del príncipe Montorsi, Federico, terminará reconvirtiendo la estructura económica de la familia para, según las costumbres de época, ocultar los conflictos familiares.

 

Interesada en la historia italiana, la filmografía de la veterana y talentosa Lina Wertmüller ha dado un vuelco con respecto a su gran obra (que fuera muy famosa aquí en la década del ’70 con Mimi metalúrgico o Pascualino siete bellezas). Pero, lamentablemente, esa labor de excepción ha llegado menguada al público argentino: en su retrato de figuras de otro tiempo, Wermüller no se privó de brindar hace unos años la estupenda Ferdinando y Carolina,también ambientada en Nápoles pero en épocas del rey Fernando. Aquí vuelve al sur italiano, pero a mediados del siglo XIX, desde el resurgimiento y la unidad de Italia hasta la llegada del fascismo.

 

Acierta al mostrar al príncipe Montorsi alejado de sus privilegios, ya que sólo unos años antes de lo que marca el inicio del film se había abolido el carácter patrimonial de las tierras y dado fin al feudalismo. Wertmüller acierta también al reflejar el cambio de la sociedad industrial a la de la especulación financiera, pero en suaves pinceladas, que dan poco relieve al cuadro histórico en favor del romance. Con magnificencia y suntuosidad, Sofía Loren brinda una actuación inolvidable. La acompañan eficazmente Giancarlo Giannini como el príncipe Montorsi, y la bella Claudia Gerini como Nunziata en edad adulta.

 

Una película madura e inteligente y un reencuentro con el genio de Lina Wertmüller, y con una época en la que el secado de pastas demandaba conocer la luna, el viento y hasta interrogar a las estrellas y a las nubes.

Nº 2337 » Mayo 2008

Poesía, casi sin palabras

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Dos valiosos films cercanos a la poesía se vieron en el reciente festival porteño de cine, el sobrevaluado pero siempre atendible Bafici. Uno de esos trabajos tiene ahora su difusión en salas, como corresponde. El otro, por el momento, sólo pudo verse en el festival y en el futuro podrá conseguirse sólo a través de internet. Vale la pena el esfuerzo, si interesa la historia.

 

Se trata, precisamente, de una breve historia social de los Estados Unidos, inspirada en el libro del izquierdista Howard Zinn A People’s History of the United States. Casi sin decir una sola palabra, ni falta que le hace, Gianvito muestra alternativamente el viento que agita las hojas en los bosques y los prados, con eterna armonía e indiferencia, y las tumbas, a veces abandonadas, o los monolitos y ocasionales monumentos, o placas recordatorias de diversas personas a lo largo de dos siglos: un niño de 12 años, primera víctima inocente de la Guerra de la Independencia, líderes negros o indios de revueltas fracasadas, esposas de pioneros, luchadoras por la tolerancia religiosa, educadoras, sufragistas, antiguos librepensadores, políticos honrados (John F. Kennedy nombró algunos de ellos en su libro Perfiles de coraje), y también escritores, pacifistas fallecidos ya en este siglo, y muchísimos inmigrantes obreros, huelguistas muertos por decenas, a veces con sus familias, a manos de la policía local, o de la Agencia Pinkerton.

 

El cartel indicando dónde cayó un capitán de Washington está lleno de agujeros de bala hechos por gente que practica tiro al paso desde la carretera. Algunas lápidas están cubiertas de musgo. La tumba de John Payne está al costado de una ruta donde nadie se detiene.

 

La de Henry David Thoreau, en pleno bosque, rezuma paz. Un pueblo cultiva siete perales en flor, en memoria de seis húngaros y de un italiano que pedían ocho horas de trabajo. El jefe indio Caballo Loco tiene una piedra escrita, y una cabañamuseo. En otro museo están las máscaras mortuorias de Sacco y Vanzetti con los certificados oficiales de defunción, que sólo dicen: “electroshock, homicide judicial”. Un sueco famoso en su tiempo, líder obrero fusilado, que nadie sabe dónde está. Pero se oye en el bosque la voz del bajo negro Paul Robeson cantando una vieja balada: “Anoche soñé que veía a Joe Hill. ‘Pero Joe’, le dije, ‘tú has muerto hace años’. ‘Yo nunca morí’, me dijo, ‘yo nunca mor풔. Estas son las únicas palabras que se oyen en toda la película, que dura poco menos de una hora, y deja pensando.

 

También nosotros pasamos tantas veces, sin detenernos, junto a los lugares que nos dicen “aquí cayó, o aquí soñó, alguien que debería importarnos como pueblo”. La orilla que se abisma, por su parte, nos habla del poeta Juanele Ortiz, de cuya apacible muerte se cumplirán, el 2 de septiembre, ya treinta años.

 

Pero no busca exactamente los lugares de su vida, aunque ha sido filmada en Puerto Ruiz, Pueblo Brugo, y otros sitios caros a su memoria, sino los detalles de sus paisajes. No es un documental, sino un ensayo, que busca acercarse al mundo del poeta a través de imágenes calmas, como el reflejo de los árboles que se hamaca en el agua, la niña que empuja una bicicleta casi más grande que ella, los animales simples, la resolana, las nubes, los ríos, el caminito entre los pastos crecidos, y el canto de los pájaros, las chicharras, los grillos.

 

Por ahí, en algún momento, se ven fragmentos de un registro en Súper 8 que hizo allá por 1977 el santafesino Juan José Gorasurreta, La intemperie sin fin, donde aparecen, en blanco y negro malheridos por el tiempo, una de sus gatas, uno de sus perros, y el propio Juanele, con su mate de bombilla larga y su extrema flacura, sentado al solcito en el sillón de sus últimos años. En otro momento se ve también su sombra, o quizá sea una figura digital muy bien elaborada. ¿Es acaso mi sombra esa sombra?, diría el poeta, como uno de sus eternos circunloquios.

 

Podría objetarse, quizá, que faltan la luz, el resplandor seco sobre los campos, los finos tallos, o que el poeta miraba la orilla desde la propia orilla, y nunca desde el medio del cauce, o que sus versos eran metafísicos, no abstractos, como esa abstracción lograda en demasiadas tomas mediante un premeditado desenfoque, y jugaban musicalmente con las reiteraciones y las preguntas humildes e inseguras, una música que el film juega muy poco. Pero son objeciones menores, o acaso subjetivas.

 

También podría discutirse la elección cromática, de una textura quizá más espesa que los versos, y la duración, aún cuando se trate de un film breve. Pero eso pierde importancia, desde el momento en que se oye la voz del mismo Juanele, recitando apenas una parte de su extenso poema “Villaguay”, ese que empieza diciendo, cariñosamente, “¿Dónde está mi corazón, al fin?/ Ah, mi corazón está en todo”.

 

Es cierto que los poetas son los peores recitadores de sus propios versos, pero oír de nuevo al viejo, después de tantos años, o acaso por primera vez, para muchos, recitando con íntima intensidad, con tanta ternura, con esa voz provinciana, sencilla, frágil, y sentida, su poema, va provocando algo indecible en el alma. Y cuando el poeta termina sus versos el clima de recogimiento es tan hermoso que nadie quiere que se prendan las luces de la sala.

Nº 2337 » Mayo 2008

El megaevento BAFICI

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Increíblemente (o no), los festivales en la Argentina siempre culminan con cifras exitosas y con más público que el año anterior. Seguramente, en esta estadística resida la fascinación por los megaeventos que pueden tornar lo malo en bueno y lo discreto en exitoso. En su décima edición, el Festival de Cine Independiente (Bafici) no es la excepción a esta regla mediática. Una vez al año, el Festival agrupa a estudiantes de cine y entusiastas que el resto de la temporada no concurren a las salas cinematográficas, lo que permite que varios de los documentales presentados –por ejemplo, los incluidos en la última edición del DocBsAs– sean considerados un descubrimiento.

 

Quizás no sea malicia, sólo desinformación; la misma que llevó a incluir en el catálogo a The epic that never was como un film de Josef von Sternberg cuando, en rigor, es el documental sobre el trabajo inconcluso del director de El ángel azul. Un error más grave que algo fuera de foco, la interrupción del subtitulado u otro desajuste que, a estas alturas, con el volumen de material proyectado, ya resulta folclórico y previsible.

 

Porque el Bafici forma parte del folclore de Buenos Airesy, con su aire tan personal y ligeramente arrogante, nadie puede discutirle el cetro de los festivales en la Argentina, dejando a las últimas ediciones de su par marplatense como una pálida sombra tercermundista. Con sus aciertos y sus excesos es un evento esperado en la Ciudad, necesario para conocer el panorama cinematográfico anual con películas para todos los gustos.

 

La competencia internacional no pudo exhibir títulos de la calidad del pasado, cuando Mundo grúa, La manzana, Recursos humanos, El regreso del Idiota, Esperando al Mesías, A la izquierda de  padre, El cielo gira, Juegos de amor esquivo, En el hoyo o La historia del camello que llora eran sucesos dentro y fuera del Bafici. Pero aún es prematuro discernir si la responsabilidad es de los programadores o de la situación general del mundo del cine. Esta polémica fue reavivada a partir de la película Historias extraordinarias de Mariano Llinás que obtuvo, sorpresivamente, el premio del público y los favores de la crítica local, pero no los de algunos miembros del Jurado Internacional, que consideraron al producto, lisa y llanamente, como una obra mal filmada. En este debate, donde los límites de la relación entre la crítica y el cine se tornan difusos, debe señalarse un defecto congénito del festival, y por qué no de la Argentina toda: a los amigos se le perdonan los errores y a los extraños se le critican hasta los aciertos.

 

Como elemento indudablemente positivo, el Festival conserva la ebullición en derredor del cine. Así, de la grilla extensa, y por ende inabarcable, podemos señalar algunas obras que quizás integren alguna otra muestra –y rara vez se estrenen comercialmente– pero que conviene tener presente. Como la última película de Manoel de Oliveira, Cristóvão Colombo, o enigma, un recorrido personal que introduce al espectador en algo que al director de Viaje al principio del mundo le fascina: el dominio del cine como “máquina del tiempo” y posibilidad de abordaje del pasado. Desde una historia absolutamente autobiográfica, el casi centenario director aparece en cámara junto a su esposa en recorrido por su querido Portugal, en un mundo contemporáneo urgido por la velocidad que ha olvidado el tiempo reposado de los marinos en búsqueda de nuevos horizontes.

 

Sobre la relación del hombre con la creación artística y el misterio de la música como posibilidad de acercamiento a Dios, el catalán Pere Portabella entregó una de sus obras más elaboradas, la sublime Der stille vor Bach, donde bucea con originalidad tal vez desmedida no sólo en la importancia de Bach en el mundo de la música sino en la relación que entabla la modernidad con su sensible legado histórico. Con imágenes que esconden referencias al estilo de Buñuel, Portabella interroga a la creación como posibilidad de viaje hacia nosotros mismos como una humanidad en constante devenir.

 

La misma que, en la lente de dos inteligentes documentalistas checos, se plasma en Citizen Havel siguiendo al prohombre y literato checo Václav Havel durante su largo mandato en la República Checa. En la construcción del poder, la soledad, la constante necesidad de referencia y la simpatía del autor de El comunicado revela lo absurdo de ciertos postulados de la sociedad contemporánea, presa de los medios masivos y acompañada por la señera visión de Estado de un hombre que tuvo en sus manos la reconstrucción de un país y de una identidad ante el mundo, y lo hizo con profundo sentido cívico y republicano.

 

De los documentales también se destacó Patti Smith: Dream of Life, siguiendo a la inoxidable estrella rockera, Berlin, con Julian Schnabel haciendo lo propio ante Lou Reed, y Shine a Light de Martin Scorsese, con los Rolling Stones (comentado en Criterio luego de su paso por el Festival de Berlín). Val Lewton y Krysztof Kieslowski se hicieron presentes en el recuerdo con sendas obras que retrataron su relación conflictiva con la sociedad de su tiempo. Para el público local, el renovado contacto con el autor del Decálogo (que estuvo dos veces en nuestro país) otorgó indudable dimensión al título del film de María Zmarz- Koczanowicz: Still Alive.

 

Con 427 películas, a las que se añaden 23 cortometrajes, cualquier aproximación es un cruel recorte y seguramente existen tantos “Baficis” como espectadores. Siempre necesarias, las retrospectivas hicieron foco en nuestro Manuel Antín, donde se incluyó la única copia completa de Los venerables todos, patrimonio del Museo del Cine porteño(que recordó a Luis Saslavsky con un homenaje); la del ruso Alexei Balabanov con su mirada a la desintegración social y a los valores humanos con intenso espíritu romántico; la del alemán Romuald Karmakar; al sueco Roy Andersson (su hilarante La comedia de la vida fue aplaudida a sala llena) y a Koji Wakamatsu, con una filmografía plena de sexo y violencia que incluyó la proyección de su film maldito Go, Go Second Time Virgin. Otro tanto hizo Gregg Araki, pero en tono de comedia, con Smiley Face, sobre una chica con una sonrisa a flor de piel debido a que… ha ingerido demasiadas sustancias alucinógenas.

 

Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo se llevó el premio a la Mejor Película; la cosecha también fue muy buena para Ballast (Mejor Director, y premios Fipresci y Signis) y Profit motive and the whispering wind (mención especial del Jurado y premio Derechos Humanos). En tanto que Night Train (Premio Especial del Jurado, Mejor Actriz y Mejor Fotografía) compartió podio con Help me Eros (Mejor Actor y Fotografía del jurado ADF). Otra que obtuvo dos premios fue Süden (Mención del jurado de Competencia Argentina y premio de la Asociación de Cronistas Cinematográficos).

 

Alguien dijo que el Bafici necesita de algunos ajustes menores de programación, mayor amplitud en la convocatoria para su organización (las mesas redondas siempre tenían en los moderadores las mismas caras) y un necesario circuito que permita que el hallazgo del cine 25 de Mayo de Villa Urquiza no se pierda en la distancia o que no se tenga que hacer malabares para alcanzar una sala alejada como el Malba. Quizás, en el día “de yapa” posterior a la ceremonia hubiese sido bueno programar todas las películas premiadas.

 

El Bafici cumplió una década y consiguió una fecha establecida en la agenda de la ciudad, de cara a su autarquía. Esa fue la promesa de Hernán Lombardi, ministro de Cultura de la ciudad, en la ceremonia de apertura. Lombardi asistió también a la entrega de premios pero no recibió aplausos, aunque, muy probablemente, haya anunciado el mejor premio del Festival: que al cabo de diez años, éste será, por fin, independiente.

 

Nº 2337 » Mayo 2008

Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet

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Benjamin Barker vivía feliz en Londres junto a su mujer y su pequeña hija cuando el envidioso juez Thurpin lo hizo encarcelar para apropiarse de ambas. Embarcado hacia Australia como prisionero, a su regreso se entera de que su esposa ha muerto, y su hija vive cautiva del malvado juez. Con la ayuda de Mrs. Lovett–dueña de un negocio de venta de pasteles de carne de dudosa procedencia– Barret retorna a su profesión de barbero con una nueva identidad (Sweeney Todd) para llevar a cabo una minuciosa venganza.

 

A lo largo de los años, Tim Burton ha mostrado una gran habilidad para imprimir estilo propio a textos ajenos, con materiales tan disímiles como el comic (Batman), novelas como El gran pez, o remakes de films como El planeta de los simios y Charlie y la fábrica de chocolate. Aquí se apropia de un musical de Broadway: sin canciones pegadizas ni grandes exhibiciones vocales o coreografías multitudinarias, Sweeney Todd es un nuevo ejemplo de su talento. Y sigue pisando sobre terreno seguro: lo bizarro, lo sangriento, lo perturbador, los personajes marginales son, de manera opuesta a lo que suele suceder con el resto de los directores, elementos que él maneja con la mayor comodidad. Sería interesante verlo correr sus propios límites una vez más.

 

En su sexta colaboración conjunta, Johnny Depp vuelve a lucirse: sin ser un gran cantante, susurra con gracia las letras e imprime a su personaje una credibilidad difícil de lograr. A pesar de tratarse de la mujer del director, Helena Bonham Carter despeja cualquier prejuicio y otorga a su Mrs. Lovett una combinación exacta de maldad, sensualidad y humor (negro, claro).

Nº 2337 » Mayo 2008

Expiación, deseo y pecado

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La historia comienza en Inglaterra, en 1930, en la mansión de campo de la familia Tallis. Cecilia, la hija mayor, espera la llegada de su hermano y de un amigo de éste. Briony, la menor, de trece años, intenta con poco éxito que sus primos actúen en la obra teatral que ella acaba de escribir. En una calurosa tarde, Cecilia encuentra en el jardín a Robbie, el hijo del ama de llaves, a quien el padre de ella le paga los estudios universitarios.

 

De lejos, Briony los mira discutir, y cree ver en la escena algo diferente de lo que sucede. Cecilia y Robbie en realidad se aman y lo descubrirán en una única noche, en la que Briony será responsable de un malentendido que amenazará con separarlos para siempre. Llega la Segunda Guerra, y cada personaje tomará un rumbo inesperado.

 

La exitosa (y muy lograda) novela de Ian McEwan (Amor perdurable, Sábado), fue hábilmente convertida en un drama para todo público, que además recibió siete nominaciones al Oscar. Aunque en el trayecto se perdieron algunas sutilezas propias de la novela, se resuelven de manera admirable los saltos temporales y los cambios en el punto de vista de la narración.

 

Con sólo 35 años de edad y un único filme en la pantalla grande (Orgullo y prejuicio) el director Joe Wright realiza un digno trabajo, en el que se destaca el plano secuencia de cinco minutos y medio que muestra a Robbie (convertido en un soldado inglés) en una caótica espera en la playa de Dunkirk.

 

El personaje de Briony es interpretado por tres actrices diferentes: la niña Saoirse Ronan, la joven Romola Garai y la experimentada Vanessa Redgrave. Si bien la calidad del elenco es pareja, Expiación funciona gracias a sus carismáticos protagonistas: la británica Keira Knightley y el escocés James McAvoy. Para preparar pañuelos.

Nº 2337 » Mayo 2008

Otros tiempos de vivir

por Wilder, Thornton · Comentar 

El tradicional estudio de Agustín Alezzo se ha convertido, desde julio del año pasado, en una opción más dentro del circuito de salas del teatro alternativo. Este año El Duende inauguró su actividad con el estreno de tres obras breves del renombrado novelista y dramaturgo Thornton Wilder. El título que las agrupa se justifica en el hecho de que, hace ya treinta dos años, el director había abordado otro corpus de piezas breves que hablaban de los tiempos iniciales de la vida. Las que se presentan ahora, en cambio, se centran en la adultez y en su proyección hacia la muerte, con el tiempo como gran protagonista en La gran cena de Navidad, la más rotunda en su planteo y elaboración.

 

El director destaca en Wilder, por una parte, su capacidad para apuntar a lo universal desde un anclaje realista y, por otra, el particular tratamiento escénico que demandan sus textos, en los que la escenografía y la utilería deben ser repuestas imaginariamente por los actores. Influenciado por el teatro chino y por el cine, en Feliz viaje –pieza que abre el espectáculo– Wilder va aún más allá en su afán innovador, al introducir, no sólo cambios de escena en un texto breve, sino la noción de movimiento dentro de un mismo espacio: el desplazamiento en automóvil de una familia que viaja para visitar a la hija mayor.

 

En la aparente intrascendencia de los diálogos que se cruzan durante el itinerario se ocultan certeros apuntes sobre la construcción de los afectos en las relaciones familiares y sobre su acción reparadora frente a los embates de la muerte. La familia reaparece como tema central en La gran cena de Navidad–la obra final– pero esta vez la reiterada celebración del rito a lo largo de noventa años permite reconocer la vida como un inevitable “ver volver” de situaciones, nombres y hasta frases.

 

La resolución escénica exigida por el autor vuelve a resultar desafiante por su condensación: sin cambios de vestuarios y con una larga mesa como único apoyo de utilería, los nacimientos y muertes que jalonan el paso del tiempo son simbolizados en las distintas puertas por las que ingresan o salen los personajes, además de la recurrente aparición de un coche de paseo y la niñera. La obra El amor y cómo curarlo completa de manera bastante deslucida la trilogía, y se aparta notoriamente de las otras dos piezas. Con un planteo escénico convencional, no logra plasmar la situación dramática en la creación de una atmósfera.

 

Sin embargo, resulta acertada la decisión de incorporar al personaje del director de escena de Feliz Viaje como el relator que engarza las distintas piezas con textos tomados de Los idus de marzo, célebre novela del propio autor. Un riguroso trabajo de marcación actoral le permitió a Alezzo sortear los escollos que propone el teatro de Wilder.

 

El elenco, compuesto por actores de trayectoria y jóvenes discípulos, alcanzó, más allá de algunos esperables desniveles, un nivel bastante homogéneo. Entre los experimentados merecen destacarse las interpretaciones de Lidia Catalano, Bernardo Forteza, Cristina Dramisino y Adolfo Mazzotta; entre los jóvenes, María Fernanda Bermúdez y Mariano Chiarenza.

Nº 2337 » Mayo 2008

Don Gil de las calzas verdes

por de Molina, Tirso · Comentar 

A dos años de su última visita, la Compañía Nacional de Teatro Clásico de España realizó una muy breve temporada en el teatro Alvear con un único espectáculo. El texto elegido fue una de las máximas creaciones de Tirso de Molina dentro del subgénero de las comedias de intriga. Para Eduardo Vasco, director de la compañía y responsable de la versión y puesta, Don Gil de las calzas verdes es “la mejor comedia de enredos que se haya escrito” y, tal vez por esta razón, su respeto por “la sabiduría del poeta” es casi absoluto. Aunque la Compañía tiene un decidido interés en abordar los materiales desde una perspectiva contemporánea, reconoce las dificultades de hacerlo con la comedia, por tratarse de “un sistema cerrado”.

 

No obstante, sí ha procurado no asociar lo clásico con lo museístico y para ello busca generar un vínculo activo entre la historia que se despliega y el público. En este caso, más allá de la dificultad que supone el verso, el espectador no puede dejar de sentirse seducido por la penetración psicológica con la que el autor presenta a sus personajes femeninos.

 

Doña Juana, la joven protagonista, se lanza disfrazada de hombre a una ciudad que desconoce para recuperar, con astucia y decisión, su honor. Juana responde a un tipo de mujer frecuente en Tirso: el “antitenorio”, que acaba siendo burladora de sus propios “burladores”. Las confusiones que generan los diversos cambios de identidades y de género configuran una compleja trama de acción, que en los tramos finales desborda hacia la farsa –desopilante la escena en que cuatro don Giles requiebran a la misma dama– y que el director ha logrado plasmar con acierto.

 

Desde lo meramente visual la puesta ya deslumbra, tanto por el imponente diseño escenográfico que reproduce pinturas y planos del Madrid del siglo XVII como por la suntuosidad y el juego cromático del vestuario.

 

La recreación de época se completa con canciones y bailes a cargo del propio elenco que van pautando el avance de las escenas. En el plano de la interpretación, un parejo nivel de excelencia tampoco da tregua al espectador. Se lucen en especial Montsé Díez y Pepa Pedroche –la protagonista y su rival, Doña Inés– , Joaquín Notario como el criado y Juan Meseguer como Quintana.

Nº 2337 » Mayo 2008

Árabes y judíos en América Latina

por , · Comentar 

El estudio de las minorías migratorias ha estado reducido hasta tiempos relativamente próximos a trabajos casi exclusivamente radicados en las respectivas colectividades y consecuentemente limitados a sus propias publicaciones. En los últimos años, en cambio, se advierte un interés más amplio que denuncia su extensión al ámbito general de una sociedad tradicional devenida en aldea multicultural.

 

Entre estas minorías lo dicho se aplica especialmente a árabes y judíos, puesto que italianos y españoles, debido a su condición mayoritaria, han constituido siempre un objeto de preferente atención por parte de los estudiosos, particularmente en los ambientes académicos. Se trata de pueblos lógicamente recibidos con luces y sombras por parte de un homogéneo universo social de clara matriz latina e hispánica, cuyos comportamientos fueron también, aunque sustancialmente similares, matizados de caracteres diferenciales.

 

La argamasa del siglo XX fue definiendo progresivamente sendas asimilaciones y rechazos, que desdibujarían sus respectivas identidades hoy en trance de recuperación.

 

En efecto, el nuevo interés étnico impulsado reactivamente por los vientos de la globalización, ha promovido también una mirada sobre aquellas acaso sumergidas identidades, así como la correlativa tarea de quitar la cobertura dibujada por la pátina del tiempo, para dejar al descubierto la pintura original. Comienza a perfilarse así una nueva visibilidad que hace presente a nuestra sociedad civil su ahora reconocida multiculturalidad. Menos frecuente todavía ha sido el tratamiento conjunto de la migración árabe y judía, como es el caso de los estudios compilados por Ignacio Klich en esta obra.

 

Dichas características brindan a su tarea una frescura y un aire de innovación que no le pueden ser desconocidos. No se trata de un objeto de estudio meramente histórico, al trasluz del conflicto mesoriental, que le confiere un particular interés desde la perspectiva de la actualidad, si bien los trabajos publicados no transitan por esta específica temática.

 

La convivencia conseguida, no solamente en nuestro país sino aun en toda la región latinoamericana abarcada, confieren a su consideración en paralelo un peculiar atractivo. Ignacio Klich acredita una destacada actividad investigadora y como coordinador de proyectos en el ámbito nacional e internacional, particularmente en el área cultural británica y norteamericana, también como consultor y colaborador de importantes publicaciones científicas.

 

La obra colectiva exhibe trabajos presentados en un seminario realizado en Buenos Aires a fines del año 2004 que fuera coordinado por Klich junto a Roberto Saba, de la Asociación de los Derechos Civiles, con apoyo de la Fundación Ford.

 

Las diversas miradas que se conjugan para concretar esa tornasolada visibilidad, pertenecen a una perspectiva interdisciplinaria que reúne la historia, la literatura, las ciencias políticas y sociales, las comunicaciones e incluso las creencias religiosas. Si se tiene en cuenta la conocida prescindencia local sobre su entorno continental, no es un aporte menor de la obra el conocimiento de las variopintas realidades regionales en relación a su inserción inmigratoria.

 

En este sentido, el libro brinda un completo panorama que incluye, entre otros, el comercio, el cine y la literatura. Resultan útiles en los trabajos presentados las necesarias distinciones resultantes de los factores en juego que pueden ser etnoculturales, religiosos, políticos o geográficos: en Argentina un sirio (un inmigrante proveniente de lo que hoy es Siria) pudo ser identificado como turco (por su procedencia otomana) pero con más probabilidades de ser cristiano que musulmán, sin que haya que descartar su condición de judío, aunque se exprese en lengua árabe.

 

En el México de los años cuarenta casi la mitad de los inmigrantes árabes eran

judíos. Los armenios suelen ser también incluidos en esa corriente migratoria cuando su nación no lo es, y también ellos pueden ser cristianos, judíos o islámicos, aunque seguramente no hablen árabe ni pertenezcan a su cultura.

 

Fruto del apuntado nuevo interés expresado en el libro son algunas actuales iniciativas que han comenzado a cuajar en diversos institutos y universidades, en las cuales se perciben primicias de un camino ulterior.

 

El Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, a través del Programa de Estudios sobre Medio Oriente, acaba de organizar la Jornada sobre “Árabes y judíos en Argentina. Herencia compartida y nuevos desafíos a la convivencia”.

 

De un modo similar, y en un nuevo paso, la Universidad de Tres de Febrero ha realizado también con la dirección de Hamurabi Noufuri y Samuel Amaral, las Jornadas Internacionales sobre “Árabe-hablantes/Iberoamericanos/Cristianos, judíos y musulmanes”, donde la bilateralidad es ampliada a la triculturalidad.

 

Esto explica que ambas hayan recibido el patrocinio de la Fundación de las Tres Culturas (Sevilla, España), quien también auspiciara un coloquio sobre la religión en la política internacional organizado en la Universidad Austral. Todas ellas han contado con la participación de Shmuel Hadas, primer embajador del Estado de Israel ante la Santa Sede.

Nº 2337 » Mayo 2008

Un rabbino parla con Gesú

por Neusner, Jacob · Comentar 

Se trata de una apología judía de cara al Jesús que surge del evangelio de Mateo, y en especial, al Jesús que predica el sermón de la montaña en sus capítulos 5 a 7. Por diversas razones, Neusner (por ejemplo el así llamado antijudaísmo de Juan) se concentra en este texto, que refleja de una manera peculiar la judeidad y la ruptura del judaísmo (continuidad y ruptura) que supone el Jesús de Mateo.

 

Neusner es evidentemente un judío norteamericano que explica su fe judía a los lectores, en el marco religioso pluralista típico de la sociedad norteamericana contemporánea. Su apología supone un ejercicio de diálogo con las diversas iglesias y confesiones cristianas, donde el autor explica su propia fe: su fidelidad a la Torah, su fidelidad a la pertenencia al pueblo elegido, y las razones de su no a Jesús.

 

Como lo advirtió Joseph Ratzinger en su libro sobre Jesús (donde elogia con calidez este texto dialogando con él), la cuestión de fondo es la del sentido de la autoridad de Jesús, en relación con la revelación de Moisés y la Torah. ¿Se trata de un profeta o de algo más, la Torah en persona, como llega a decir Ratzinger? Que lo hace entonces ocupar un lugar radicalmente diferente como singular revelador del Padre que lo envía, lo sostiene y se complace en Él, su amado.

 

Y quien a su vez se dirige a Dios como Abbá (papá), y llama en torno a sí a una comunidad nueva, distinta de la convocada en la primera alianza. Se trata entonces de un libro indispensable para quien le interese el diálogo judaísmocristianismo y el judaísmo a secas, escrito con lucidez, fair play y una profunda honestidad testimonial personal y religiosa.

Nº 2337 » Mayo 2008

Las maestras de Sarmiento

por Crespo, Julio · 7 Comentarios 

El tema del libro de Julio Crespo, periodista, profesor y hombre de letras, suscita apasionados aplausos y fuertes rechazos. Mientras la historiografía liberal alaba la iniciativa de Domingo Faustino Sarmiento de contratar a docentes formados en los Estados Unidos para fundar Escuelas Normales en la Argentina, la corriente revisionista la considera el más irritante ejemplo del afán extranjerizante y antinacional del educador sanjuanino.

 

Crespo se ha propuesto relatar este capítulo de nuestra historia en un marco amplio, que analiza los efectos de este implante cultural en el desarrollo de nuestra educación pública y destaca la capacidad transformadora de la iniciativa. El estilo literario, la precisión y la claridad de la escritura, contribuyen a que la lectura resulte tn grata como ilustrativa. Evoca al comienzo el encuentro en Boston en 1847 entre Horace Mann, del Borrad de Instrucción Pública de Massachusetts, y Sarmiento, cuando éste viajaba como enviado del Ministerio de Instrucción Pública de Chile. A la entrevista asistió Mary Mann, su amiga infatigable y colaboradora eficaz del proyecto.

 

Pasaron más de veinte años para que la idea pudiera ponerse en práctica. En ese lapso Sarmiento volvió del exilio, conquistó voluntades y prestigio, y finalmente accedió a la presidencia de la República (1868). Entretanto profundizó su experiencia desde el cargo de jefe del Departamento de Escuelas del Estado de Buenos Aires (1856). Utilizó métodos novedosos tales como la estadística y puso énfasis en la construcción de edificios adecuados y en contar con recursos propios para las escuelas. Para todo esto era imprescindible disponer de personal especializado, de ahí los choques con las señoras de la Sociedad de Beneficencia –Mariquita Sánchez entre ellas–, más confiadas en la buena voluntad que en el profesionalismo para dirigir las escuelas de niñas.

 

En Nueva Inglaterra Sarmiento había conocido a las jóvenes que se formaban con el objetivo de dedicar su vida a la educación y quedó fuertemente impresionado. Pero cuando siendo presidente estuvo en condiciones de convocarlas para trabajar en el país, la respuesta fue menos positiva de lo esperado. Vinieron pocas, algunas optaron por el matrimonio o la enseñanza privada mientras que otras cumplieron en plenitud el rol asignado. “Capaces, prácticas, intrépidas” son los adjetivos elegidos por el autor para calificar a estas pioneras.

 

La tarea no resultó fácil. Entre los obstáculos a toda iniciativa de progreso estaba en primer lugar la debilidad del incipiente Estado argentino, todavía en guerra con el Paraguay y con las montoneras, además de la pobreza, el atraso y al aislamiento del interior del país, donde debían instalarse los docentes extranjeros. Vinieron en total 61 mujeres y cuatro varones, entre 1869 y 1898. Crespo relata la cara íntima del proyecto; es decir, todo aquello que depende de los sentimientos, de los valores, de las expectativas personales de cada uno. Son historias por lo general tristes. Refieren desencantos, nostalgias, miedos, penurias económicas, hábitos diferentes, enfermedades, tragedias familiares, pero también ejemplos de firmeza, compromiso moral y esperanza.

El caso de George Albert Stearns, fundador de la Escuela Normal de Paraná, es admirable. Egresado de la Universidad de Harvard, supo inculcar a los alumnos su ideario en materia de organización, objetivos, disciplina, espíritu de investigación y civismo. Todo esto, en medio de la guerra civil y de la muerte prematura de su esposa.

 

Por su parte, las maestras debían vencer los prejuicios de la colectividad norteamericana en Buenos Aires, que les recomendaba no viajar al interior en tiempos agitados. Las destinadas a San Juan se negaron a hacerse cargo de la tarea, para desesperación del presidente, que tenía especial interés en el desarrollo de la educación en su provincia natal. Sin embargo, a medida en que el país se pacificaba y organizaba, las condiciones mejoraron. Siempre hubo dificultades en materia de sueldos, y hostilidad de los docentes criollos hacia las rivales gringas, pero el proyecto continuó, y las Escuelas Normales se fundaron y dieron lugar a nuevos establecimientos.

 

En este proceso de difusión se destacaron, entre otras, Clara Armstrong que trabajó en Paraná, Catamarca, San Juan, San Nicolás, La Plata y Buenos Aires; Sara Chamberlain de Eccleston (Mendoza, Paraná, Buenos Aires, Concepción del Uruguay) y Mary Olstine Graham (Paraná, San Juan, La Plata).

 

El recibimiento de la comunidad local fue afectuoso en localidades tan alejadas como Corrientes, entusiasta en las cosmopolitas San Nicolás y Rosario, mientras que en las sociedades más conservadoras hubo resistencia al cambio. Crespo analiza la situación planteada por la negativa del obispo de Córdoba a permitir que mujeres protestantes enseñaran a las niñas cordobesas católicas y la consiguiente ruptura con la Santa Sede en la primera presidencia de Roca. Este conflicto ratificó la decisión de la dirigencia liberal de la República de no interrumpir la experiencia fuera cual fuese el costo. Hacia 1900 la fase inicial estaba concluida y los docentes argentinos podían hacerse cargo íntegramente de la tarea.

 

El autor no se limita al relato de hechos pasados. Reflexiona en las páginas finales acerca de la disyuntiva que se plantea hoy en la educación argentina: seguir en el camino de la decadencia o retomar, sobre el modelo sarmientino, un proyecto para el siglo XXI. En el prólogo, Horacio Sanguinetti (ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires) considera, en sintonía con Sarmiento, que un buen sistema de educación pública constituye el mejor recurso para la inclusión social.

 

El libro, cuidadosamente editado, incluye la versión inglesa de la obra, a cargo de Christine Walsh, y una investigación gráfica, responsabilidad de María Flores, que ayuda al lector a trasladarse en el tiempo para comprender el esfuerzo realizado en el afán de darle el mejor sistema educativo a la entonces joven República Argentina.

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