Julio 2008
Aniceto
Parafraseando un viejo dicho, podríamos sintetizar así: La historia es chica, el corazón es grande. La historia, ya se sabe, es la de aquel romance del Aniceto y
Pero hay algo más, que contribuye a esa impresión, y es que ahora también mira con mayor detenimiento la dulce figura de esa muchachita sencilla y servicial que será más tarde y cuando ya sea tarde el recuerdo más lindo y culposo de una vida breve. El argumento tiene, asimismo, algunos otros cambios, todos para bien, pero no conviene anticiparlos.
Lo que, eso sí, conviene anticipar y/o afirmar, es la belleza del relato actual. Porque esta variante, intensa e inspirada, Favio la hizo apelando a la pintura, la música, la danza, la escenografía de estudios, la trabajada iluminación de tres rostros bien expresivos, en una unión de disciplinas artísticas como hace tiempo que el cine nacional no nos brindaba, y como pocos cineastas veteranos se animarían a probar con tantas ganas. ¡Ah, quién pudiera llegar a su edad con esas mismas ganas juveniles de seguir probando y descubriendo cómo se hace el cine, y en especial cómo hicieron el cine los maestros, y ese corazón abierto a la memoria y los afectos! Y la humildad, la afectuosa humildad de los grandes.
Poco antes del estreno, en su encuentro con la prensa (un encuentro, más que conferencia) contó que había querido hacer algo, no digo distinto, porque hacer algo distinto es fácil, sino algo para extraer todo aquello que has visto y que aprendiste durante tu vida, y querés reproducir. Y agregó que se trataba de una película como casi toda mi vida había soñado, que no sé si es cine, eso de incorporar la danza, pero con la que logré algo que siempre estuvo dentro mío: bocetar, apenas, apenitas, algo que le envidiaba a Kurosawa, la posibilidad de darle vida a las pinturas. ¡Como si no hubiera ya concretado ese sueño, haciendo de cada fotograma del Juan Moreira una pintura viviente de nuestros criollos y de nuestra tierra! Casi toda su vida habrá soñado, también, con ese tipo de ambientación de los pueblos chicos, medio fantasiosa, medio poética, y muy plástica, de las películas checas y yugoslavas que estaban en cartelera, cuando él iba al cine, a ver una cinta tras otra, para aprender cómo se filma.
Eso es, finalmente, su Aniceto, una pintura poética y viviente de aquellos seres y aquellos fondos de Luján de Cuyo que conoció, y compartió, hace añares, y que ahora nos muestra, mediante una representación artística propia, vibrante, que estiliza la trama sin hacerla falsa ni abstracta, sino aún más reconocible e impetuosa. Una vieja milonga, el artificio a la vista de un autito con altavoces, el canto más viejo de otra lengua, el rumorcito del agua que ondula llevándonos quién sabe dónde (agua del recuerdo, voy a navegar, decía otro poeta), la voz del narrador, que es el propio Favio, y ahí estamos, ante un escenario totalmente construido para la ocasión, y al mismo tiempo totalmente cierto, porque es minuciosamente evocativo. Quien conoce las acequias, quien tuvo algún amor ahí donde terminan el alumbrado público y la calle apisonada, quien caminó como en el aire una noche de luna, o una tarde, junto a los tapiales chorreantes de flores, lo vive como cierto. Ahí aparece, como un gallito de andurriales, el Aniceto, la vista fija en su presa. Ahí lo ve
Hernán Piquín, Natalia Pelayo (tan parecida a Elsita Daniel) y la otra, altiva y ondulante, Alejandra Baldoni, bailarines clásicos, danzan el romance y algunas cosas más, como decía el viejo título, en unos cinco números demasiado breves, cada uno bien distinto y más rico que el anterior, y brindan a la cámara, en primeros planos, unos rostros tan elocuentes que nadie diría que es la primera vez que actúan en cine. Los inspira, seguramente, la música de Iván Wizsogrod, que parece llenarles el pecho, y la fantasía de Chopin por donde se cuelan los dedos de Miguel Ángel Estrella, inesperada y a la vez atinada mención del encuentro del gran arte con los pobres, pero, sobre todo, los inspira Leonardo Favio.
Él dice que no dio mayores indicaciones, total a esta altura ya todos conocen su estilo, sus constantes. Descarga los méritos en los demás artistas y técnicos, en sus colaboradores, empezando por Rodolfo Mortola y Verónica Muriel, en las coreógrafas
¿Exageramos? Nosotros estuvimos en ese encuentro con la prensa, al que también asistieron varios de sus colegas. Allí el ambiente se envolvió de tanta ternura, que muchos terminaron llorando, y nadie quería irse. Ese milagro que casi siempre me acompaña, dijo el artista, mientras enunciaba su cosmogonía: A mi izquierda llevo la gente, a mi derecha la estética, y a Dios en el centro.
Superagente 86
Difícilmente pueda hablarse de esta película de reciente factura sin evocar la serie televisiva que la sustenta, éxito durante décadas en más de 180 países; y que el protagónico de Steve Carell, un actor inserto en la comedia con indudable solidez, no hace olvidar el rostro de Don Adams como el temible agente del recontraespionaje. La renovada versión del Superagente 86 debe luchar contra su fantasma.
Sucede que la serie que protagonizara Don Adams con indudable maestría entre 1965 y 1970 se constituyó en la caricatura de las películas de espionaje por excelencia, pero también en una mirada inteligente (y no exenta de humor) a la burocracia del poder, al uso indiscriminado de la tecnología, a la avaricia sin límites del dinero y a lo absurdo de la sociedad moderna. La sitcom (situation comedy) fue creada por Mel Brooks y Buck Henry y sirvió también de parodia a grandes clásicos del cine, como Casablanca, La ventana indiscreta o Bonnie & Clyde. Habitualmente se olvida que la serie tuvo un breve retorno en que resultó un fracaso y también dos películas dentro del universo del Agente 86; La bomba que desnuda (1980), con
Todas estas apariciones y reapariciones contaron con Don Adams en la composición del personaje que definió su éxito y selló su suerte. Ahora, ante su inevitable ausencia (Adams murió en 2005), el Agente 86 retorna al cine pero con renovado elenco. Aquí, Maxwell Smart es un analista de CONTROL desesperado por ser promovido a agente, pero no califica en las pruebas. Su desazón es grande, hasta que KAOS da un golpe maestro en el cuartel general de la organización y sólo Maxwell puede hacerse cargo de desbaratar los planes de la siniestra organización. Entonces entra en escena
Este pequeño argumento, no muy disímil a los que pergeñaban Mel Brooks y Buck Henry, sirve de introducción al nuevo universo del Superagente 86. Para los fanáticos de la serie seguramente este film resulte una traición y la imposibilidad de ver a los sobrevivientes del elenco original Barbara Feldon (la 99) o Bernie Kopell (Sigfried) en algún cameo a modo de homenaje, pero también el reencuentro con un personaje que es tratado con respeto y permite que esta remake se aleje de la actualización barata tan común al cine de Hollywood.
Se nota en la labor del director Peter Segal y de los guionistas Tom Astle y Matt Ember una interesante reelaboración de la historia original cuya progresión dramática combina equilibradamente acción y entretenimiento. Algunos elementos continúan modernizados e inalterables, como el clásico cono del silencio, y otros han ido a parar al museo de CONTROL, como el traje original del Agente 86, su descapotable rojo e incluso el zapatófono, que retoma vigencia en una época de teléfonos celulares con indudable ingenio. Buenos gags, algunos más propios de la comedia posmoderna que de la clásica serie.
Del elenco, Steve Carell compone a un Maxwell Smart menos arrogante pero también sin la elasticidad en las secuencias de acción que poseía Don Adams, aunque conforma con corrección la elaboración de un personaje asociado al rostro de aquel actor durante nada menos que 40 años. Cumplen con creces sus papeles Anne Hathaway, como una hermosísima Agente 99 pero mucho más lista y ruda que la de la serie original, y Alan Arkin, quizá el actor norteamericano actual más consustanciado con la comedia clásica norteamericana, como el Jefe de CONTROL. No puede omitirse el simpático cameo de Bill Murray, como el Agente 13 dentro de un árbol, que recuerda los largos años en la comedia de este sólido intérprete.
Dentro de lo políticamente correcto, algo que la serie omitía ferozmente, este Superagente 86 se permite algunas bromas sobre la política norteamericana y
Ameno pasatiempo, sin las virtudes del producto original pero sin traicionarlo demasiado, el nuevo Superagente 86 cumple su misión con la eficiencia que ha transformado a CONTROL en una gran empresa. La labor artesanal está ausente, y ésa era en parte la magia que tenía Don Adams en sus manos. Certeramente las copias dobladas cuentan con la voz de Jorge Arbizu, la misma del superagente en la serie original tal como se la conoció por estos lares. Esta correcta y entretenida remake permite vislumbrar nuevos tiempos en la vida de este héroe dispar, que cabalga entre la narración clásica y el masivo cine de pasatiempo del Hollywood contemporáneo.
4 de Julio, la masacre de San Patricio
Hace exactamente treinta años, el 4 de julio de 1976, la sociedad se conmovía ante la noticia del crimen en la iglesia de San Patricio del barrio de Belgrano. Los cuerpos descubiertos una mañana de domingo, cuando nadie abría la puerta para la misa, eran los de Alfredo Leaden (57), Pedro Duffau (65), Alfredo Kelly (40), Salvador Barbeito (29) y Emilio Barletti (23). Los tres primeros, sacerdotes de la orden palotina, y seminaristas los dos últimos. Todos brutalmente asesinados y una consigna escrita en la pared: “Esto les pasa por envenenar la mente de la juventud”, dejada por el sicario de turno. En la madrugada de aquel día, tres muchachos vieron que dos autos se detenían frente a la iglesia de San Patricio y descendían de él personas con armas largas. Los jóvenes relataron lo visto aquella mañana a Efraín Sueldo Luque y ese testimonio es hoy una de las pruebas vitales para reconstruir la masacre más grande que sufrió
Así comienza la historia y la aguda mirada de Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta en 4 de julio, la masacre de San Patricio que trabaja sobre tres líneas de relato, la investigación del periodista Eduardo Kimel, la historia de la masacre y la posterior, de Roberto Killmeate, uno de los sobrevivientes de la tragedia del barrio de Belgrano. Tantas líneas argumentales sean, probablemente, el único error de este potente documental que bucea con pericia el delicado equilibrio de
Con una clara posición en favor de la teología de la liberación, 4 de julio contrapone las voces del sacerdote Carlos Mujica y del entonces arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, mostrando así las diferencias de pensamiento. El material de archivo es concluyente. Expone las declaraciones del vicario castrense Adolfo Tortolo y del provicario Victorio Bonamín sobre la defensa, en cierto sector eclesiástico, del accionar de los militares; y como contrapartida, las homilías en San Patricio y la crítica implacable a la participación de algunos fieles en el remate de bienes secuestrados a desaparecidos.
Pese a las deficiencias en el curso de la narración, sobre todo en las subtramas que se abren en los años posteriores a la masacre, es interesante el trabajo de indagación en lo que respecta al silencio oficial que rodeó a la muerte de los sacerdotes. Un aporte fundamental es el testimonio del sacerdote Kevin O’Neill, que permite reconstruir la vida entera de los religiosos asesinados, e incluso de la misma comunidad palotina.
En un país impregnado por el asistencialismo, el desarrollo cooperativo de Killmeatte y Jorge Kelly, si bien dificulta la estructura del documental, es de indudable enseñanza y contribuye a la mirada posterior a los hechos del 4 de Julio, que marcó un “antes y un después” en la congregación.
En
DVD: La familia Savage/ Dos días en París
(EE.UU.) 2007; dirección: Tamara Jenkins; intérpretes: Philip Seymour Hoffman, Laura Linney, Philip Bosco, Peter Friedman; A.M. 13
Wendy y Jon son dos hermanos que rondan los cuarenta. Él es profesor de filosofía en una universidad y lucha por terminar un libro sobre Brecht. Ella hace trabajos temporarios mientras intenta conseguir una beca para concluir una obra de teatro. Ambos tienen obvios problemas para conservar una vida emocional y sentimental sana; y cuando suena el teléfono de la casa de Wendy, entendemos por qué. De niños, fueron maltratados por su padre, quien ahora vive en el otro extremo del país con su novia, Doris. El llamado de la hija de Doris anuncia que el padre padece demencia. Cuando en pocos días Doris muere, Wendy y Jon deben hacerse cargo del anciano.
La directora y guionista Tamara Jenkins muestra de manera descarnada una situación con la que muchos pueden sentirse identificados. Un solo plano le alcanza para plantear su crítica aguda a una sociedad que debe lidiar con el problema no resuelto de qué hacer con los ancianos. Con sentido común no entrega demasiada información sobre lo que los hermanos vivieron en el pasado con su padre, ni crea una escena en la que ambos lo enfrenten para que todo salga a la luz. Tentación difícil de resistir, si se cuenta con dos de los mejores actores norteamericanos que conocemos: Laura Linney y Philip Seymour Hoffman. Sin embargo, el tono melancólico y arrogante del film restringe notablemente el público al que está dirigido: con su exposición de las miserias humanas traducidas en diálogos llenos de citas cultas, Jenkins hace cine independiente norteamericano de intelectuales y para intelectuales.
Dos días en París
(Francia, Alemania) 2007; dirección: Julie Delpy; intérpretes: Julie Delpy, Adam Goldberg, Albert Delpy, Marie Pillet; A.M. 13
La francesa Julie Delpy es una mujer de personalidad imponente. Además de ser actriz desde muy joven, también canta, y ha colaborado en guiones como el de Antes del atardecer, que escribió junto al director Richard Linklater y su coestrella Ethan Hawke. Ahora presenta su segundo filme, una excusa para mostrarlo todo: en Dos días en París, Delpy actuó como directora, guionista, compositora, editora y también actriz principal. Como si fuera poco, su madre y padre, también actores, hacen de
su madre y su padre en la ficción.
El argumento presenta a Jack y Marion, una pareja de treintañeros neuróticos que viven en Nueva York. Jack es un decorador de interiores neoyorkino, inseguro e hipocondríaco, y Marion una fotógrafa francesa cuyo hobby principal es coquetear con otros hombres. Luego de un fallido viaje por Venecia, ambos hacen escala en París para ver a los padres de ella, y allí es donde el conflicto se desata, e intentarán averiguar si pueden permanecer juntos.
Dos días en París muestra sin pudores y desde un punto de vista femenino las dificultades de una generación para resignarse a la adultez. Aunque hacia el final acelera el conflicto emocional y acerca a sus personajes al desborde, la franqueza de Delpy en la voz en off alcanza para convertir a esta película en una experiencia valiosa, y a su creadora en un exponente interesante, que no por casualidad ha sido comparada con la del viejo (y mejor) Woody Allen.
El cerco
El Sr. Stein baja las escaleras: el ruido de sus zapatos, amortiguado por la espesa alfombra, es el único en el interior de
Ha sucedido nada más que algo imposible de imaginar hasta ese momento: a partir del chasquido metálico del pestillo que hace la puerta al cerrarse tras el desconocido, el mundo cerrado del Sr. Stein comienza a ser invadido progresivamente por el exterior. Y es a través del minucioso registro de sonidos en especial el repetido, pesadillesco, de los goznes de la puerta del box, en las viejas caballerizas que prolongan su lamento como una señal que se hace patente este ingreso. Tal como los ruidos, a los que no hay forma de detener, no existe ningún modo de poner freno al exterior amenazante que irrumpe de distintas formas y se filtra hasta los lugares que se creyeron inalcanzables.
Los hechos que comienzan a sucederse secuestros, persecuciones, asesinato no son extraños en el entorno del Sr. Stein. Pero lo terrible es su carácter, francamente inexplicable, que los transforma en algo siniestro. Con cada nuevo acontecimiento crece el clima de opresión: otro cerco es el que ciñe ahora al Sr. Stein, un círculo del que no existe posibilidad de salir.
En el angustioso clima de la novela alienta el horror del mundo de Kafka, anunciado en uno de los epígrafes seleccionados para el texto. Un relato despojado, que manifiesta la perfección de una sintaxis tan parca como necesita la historia, refiere a Borges, autor del otro epígrafe.
La reedición permite acceder a esta novela, publicada en 1977, premio Ciudad de Barbastro del mismo año, agotada durante muchos años. Con la misma actualidad que entonces, sigue confirmando que el poder
suele ser un acto de violencia. Y no es conveniente olvidarlo.
A las que amamos
El escritor George Steiner, agudo crítico literario y teórico del arte, suele decir que lo mejor de las letras europeas viene del Este. Y es verdad que de países antes casi ignorados por Occidente hoy podemos conocer numerosos autores deslumbrantes que engrosan las filas de los consagrados Joseph Roth, Franz Werfel o Sandor Marai, y de los más actuales como Milan Kundera o Imre Kertész. Uno de ellos, ciertamente, fue el serbo-húngaro Aleksandar Tisma (1924-2003), autor de
La pequeña novela que aquí comentamos transcurre en su natal Novi Sad, antigua ciudad serbia a orillas del Danubio, cuyo nombre significa nuevo jardín. Empobrecida en la posguerra, la localidad es un pálido espejo de la dulce tristeza del autor. De manera sobria y no carente de ternura, Tisma se asoma a la vida desde la pintura de algunas mujeres que han hecho de la prostitución su forma de subsistencia. Estas mujeres comercian con su cuerpo, pero es la naturaleza la que les ha regalado su mercancía, y no distinguen muy bien en dónde y en qué reside su valor.
Las descripciones tiene el tono tenue de una acuarela. No hay colores fuertes ni trazos expresionistas. Todo sucede, todo fluye en las breves anécdotas cotidianas, como quien rememora las vicisitudes familiares o las imágenes de infancia. Se combinan los caracteres con los escenarios, los acontecimientos con los sentimientos escondidos.
Así pues: Beba es nueva no sólo en la ciudad sino también en el oficio, es decir, la clase de chica más apreciada, de manera que aun reina un nerviosismo insólito sobre el modo en el que se va a dirigir su lenocinio, de un modo no exento de afectación consciente e inconsciente, femenina y profesional. O: De piernas y brazos largos, ojos verdes rasgados que brillan febriles, Envera se lanza al abrazo como un joven soldado al combate. Y la descripción de ambientes: Si la casa de Paula personifica el desorden, la de
El autor supo encontrar un raro equilibrio entre lo sórdido del tema aludido y la manera distante y comprensiva de narrarlo. Pero lo que más sorprende es que las figuras masculinas siempre se desdibujan (porque se mueren, porque abandonan, porque mienten, porque no logran cobrar consistencia), y cuando aparecen son circunstanciales y menores. La historia la rigen las mujeres. Ellas traman todo. Los hombres llenan por un momento su imaginación de promesas, desatan su pasión, pagan y olvidan. Las mujeres viven con hondura, aman o son indiferentes, comentan y se envidian entre sí, pero no consideran al varón un interlocutor de sus pensamientos y afectos.
Observa el autor en el final: Allí de pie, apoyada sobre una pierna y con un brazo levantado, muy alto, hasta el borde de la cortina, Beba siente el poder de su cuerpo sano y recio sobre los tejidos que lo envuelven y ocultan, sobre las telas de los vestidos y las medias, sobre el cuero de los zapatos. Siente que es mejor y más fuerte, y merecedor de esos seductores materiales que lo ciñen, y está dispuesta a conquistar los derechos que corresponden a semejante cuerpo.
La libertad religiosa en el derecho argentino
El Digesto de Derecho Eclesiástico, editado en abril de 2001 por
Horacio R. Bermúdez encara una completa reseña de las normas constitucionales y la jurisprudencia a que han dado lugar. Recuerda los antecedentes desde los primeros estatutos patrios y los debates tanto en
El abogado y profesor universitario cordobés Jorge H. Gentile presenta la dimensión federal. En 1983 se abrió un proceso de cambio, y señala al respecto que los argentinos somos más uniformes en nuestros comportamientos de lo que imaginamos: en lo referido al tratamiento de la dimensión trascendente de la persona humana y del fenómeno religioso en el Derecho Público provincial iniciado con la vuelta a la democracia en 1983 no hemos hecho una excepción. Al decir de Frías, no hubo guerra de religión, si bien según los resultados electorales y la idiosincrasia de cada lugar los tonos pueden ser diversos, desde quienes insisten en lo privado de la dimensión religiosa y la educación como laica, hasta los que definen, como en el caso de Córdoba, la relación con
Waldo Villalpando, especialista en discriminación en organismos de Naciones Unidas, desarrolla relaciones y conflictos entre ésta y
Marta Hanna, abogada y docente, valora la atención religiosa de las Fuerzas Armadas en su significado pastoral y señala que es, en cuanto a su regulación, una cuestión mixta en la que confluyen el ordenamiento canónico y el estatal. Debe resaltarse también que la autora pone el Acuerdo de 1957 (ajustado en
Lo Prete enfoca la libertad religiosa y
Hugo Adrián von Ustinov, sacerdote de
Leopoldo H. Schiffrin es juez de
Bosca y Navarro Floria han realizado un trabajo de excelencia tanto a través de sus propios aportes como de la convocatoria de especialistas, con un enfoque multidisciplinario. Es indudable la riqueza del panorama, no exento de sombras e imperfecciones, como es obvio, de la manera en que se legisla sobre el factor religioso en
Katerina y Vía férrea
Aharon Appelfeld nació en 1932 en Czernowicz, la que fuera capital del ducado de Bucovina, que por esas fechas formaba parte del territorio de Rumania y en la actualidad del de Ucrania. De familia judía de habla alemana, vivía en una región por la que deambulan los fascistas rumanos de entreguerras. En
Katerina, una de sus novelas más celebradas, narra en la voz del personaje la historia de su vida. Katerina, una campesina rutena católica vuelve a su pueblo al fin de sus días y redacta sus memorias. Hija de un padre alcohólico y muerta su madre, a la que idealiza no obstante no haber recibido afecto de ella, emigra a Czernowitz donde vive en una estación de ferrocarril junto con otros vagabundos con quienes comparte la evasión de la realidad y su miseria, que proporciona el vodka. Rosa, un ama de casa judía la rescata de la calle para llevarla a trabajar con ella. Allí aprende a leer alemán y a hablar yiddish. Por esa época, los judíos de la región padecían con fatalismo los pogromos con sus asesinatos y saqueos. Muertos sus patrones en esos episodios de violencia racista, Katerina se hace cargo de los huérfanos hasta que los lleva una tía. Gracias a la convivencia en esta casa y a continuación en la de una afamada pianista judía que vuelve a rescatarla del abandono y termina suicidándose, Katerina supera sus prejuicios ancestrales y se siente próxima al modo de vida de los judíos, de los que recibe un trato mucho más humano que el recibía de sus brutales parientes rutenos.
En la mitad de su vida, a los cuarenta años, es condenada a cadena perpetua por la muerte de un hombre que intenta violarla y asesina a su pequeño hijo. A la cárcel llegan como un eco lejano las noticias de
El fin de la guerra abre las puertas de la cárcel y Katerina, a punto de cumplir ochenta años, se refugia en las ruinas de la pequeña granja de su padre donde da cabo al monólogo interior con que nos cuenta su vida miserable y su conversión íntima al judaísmo.
Con una trama sencilla, la narración en primera persona y un estilo llano, el autor nos da cuenta del sacrifico de su pueblo, anunciado mucho antes de que la maquinaria nazi lo concluyera con su terrorífica eficacia.
En Vía férrea el autor cuenta las andanzas de un cazador de nazis que se gana la vida revendiendo reliquias judías a un coleccionista que las enviará a Israel. En su búsqueda de objetos preciosos escondidos en tiempos de la persecución, el protagonista recorre una y otra vez Austria. Vive en pensiones y, sobre todo, en vagones de ferrocarril. No tiene casa a donde regresar y su peripecia alude al mito del judío errante, al cual el personaje se refiere en forma expresa aunque sin mencionar el carácter antisemita que se le atribuye.
El narrador protagonista que, obviamente, no tiene familia y que limita su vida afectiva a contactos ocasionales con viajeras o con hospederas con estas últimas repite sus encuentros en sus rondas anuales- es cazador de un nazi en particular, el coronel Nachtigal, comandante del campo donde fueron confinados él, cuando niño, y su padre, militante comunista.
La novela es una parábola del desarraigo y del vacío de la vida votada a un solo objetivo. Cuando alcanza la meta, nada cambia para el protagonista salvo el vacío que se le hace más profundo.
Con los mismos recursos narrativos simples que en Katerina, es decir el narrador testigo en primera persona y la linealidad, Appelfeld logra, no obstante, en Vía férrea, mayor tensión dramática a medida que el perseguidor se acerca a su destino. Una vez éste alcanzado, la narración se diluye como metáfora de la dilución de la vida del protagonista.
Derechos de las personas con discapacidad
Señor Director: Durante el mes de junio último ocurrieron hechos que acapararon la atención del país. Esto ocultó la sanción de la ley 26.378 por la República Argentina. Con ella nuestro país ratificó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, aprobada mediante resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 13 de diciembre de 2006. Esta convención protege toda clase de discapacidades. Empero, en mi opinión, su mayor trascendencia institucional se vincula con el respeto de la dignidad de las personas con deficiencias mentales o intelectuales, a las que denomina así su artículo 1°.
La nueva norma procura que quienes por enfermedad o por cualquier otro motivo carezcan de un discernimiento apropiado y requieran de un régimen jurídico de protección para el ejercicio de sus derechos puedan ejercerlos por sí mismos, en la medida en que sus propias deficiencias se lo permitan. Se trata, generalmente, de hermanos carentes de afectos y de cuidados apropiados, de alimentación y vestimenta, que muchas veces se encuentran hasta privados de su libertad. (Ver Mt 25, 31 y ss). Ellos, aunque muchas veces no se los reconozca como personas, tienen todos los derechos humanos más uno: el de ser protegidos de sus propios errores.
En ese sentido, la convención exige, a través de su artículo 12, no sólo que se les garanticen todos esos derechos, sino que se les otorguen las “salvaguardias adecuadas y efectivas para impedir los abusos”; aunque la novedad más relevante radica en la exigencia de que esas salvaguardias “respeten los derechos, la voluntad y las preferencias de la persona”, de conformidad con el principio general asentado en el art. 3°: “El respeto de la dignidad inherente, la autonomía individual, incluida la libertad de tomar las propias decisiones y la independencia de las personas“. Procura esta normativa que quienes se encuentren disminuidos en su discernimiento sean protegidos sin ser anulados y que no sean convertidos en objetos en vez de sujetos. Se trata, de tal manera, de permitir que, por ejemplo, ancianos o afectados por síndrome de Down puedan ejercer sus opciones de vida, decidir por sí mismos, en la medida en que sus limitaciones se lo permitan. Se trata de adoptar lo que se ha dado en llamar el principio de una “capacidad como variable”, ajustada al sujeto en cuestión, principio vigente en legislaciones extranjeras como Quebec, Alemania, Francia y España, entre otras.
Si bien a este punto se ha llegado a través de una evolución legislativa que nace con la sanción del art. 152 bis del código civil en el año 1968 y que continuó con la ratificación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño y la sanción de la ley 26.061 (también referida a la niñez, aplicables las dos últimas por la remisión genérica que efectúa nuestra normativa sobre mayores con disminución en sus aptitudes intelectuales al régimen general de la minoridad); lo cierto es que la convención que comentamos acaba con el sistema rígido y vejatorio de nuestro centenario código civil. Según él, las decisiones acerca de la persona y de los bienes de la persona sujeta a un régimen de incapacitación son tomadas por su representante en su nombre, sin su concurso y prescindiendo de su voluntad (arts. 457 y 411 del código civil).
Este sistema puede tener asidero en la concepción de la enfermedad o de la deficiencia mental existente en el siglo XIX. Hoy sabemos que todos quienes por estas causas se encuentran en la necesidad de recibir “salvaguardias” que los protejan de sus propios errores, tienen un “resto” de facultades, mayor o menor, que hay que respetar.
Especialmente, ante la prolongación de la vida, el aumento de la cantidad de ancianos y la existencia de quienes, pese a sus carencias, pueden ser integrados, en mayor o en menor medida, dentro de la sociedad, siempre que se los proteja adecuadamente. Son seres humanos, hermanos, que pueden alcanzar un importante grado de autodeterminación en el ejercicio de sus derechos.
El régimen jurídico debía adecuarse. Ahora sólo resta que los operadores del derecho tomen conciencia.
Luis Rogelio Llorens
Buenos Aires
La Nación requiere gestos de grandeza
1.La Comisión Permanente del Episcopado Argentino se ha reunido con motivo de la grave situación planteada por el prolongado conflicto entre el sector agropecuario y el Gobierno Nacional. Deseamos, con nuestra palabra y nuestra acción pastoral contribuir al fortalecimiento de la paz social y de la democracia.
Nos sentimos obligados a preguntarnos nuevamente, y con dolor: ¿nuestras relaciones seguirán marcadas por la confrontación? ¿Una vez más nuestra vida social estará signada por la fragmentación y el enfrentamiento? ¿Seremos incapaces de fundamentar nuestros vínculos en un diálogo sincero y constructivo? ¿No hemos aprendido nada de nuestra historia?
2.Es preciso que tomemos conciencia de que situaciones como ésta que vivimos nos menoscaban como comunidad, nos aíslan del mundo y en definitiva perjudican especialmente a los más pobres. Es más, este conflicto ha puesto de manifiesto falencias profundas de nuestra vida republicana. La persistencia misma del conflicto y la aparente imposibilidad de resolverlo constituyen un signo de debilidad institucional; son una prueba del escaso aprecio que, como sociedad, otorgamos a la importancia y dignidad de la acción política como el ámbito propio para la superación de las diferencias y el afianzamiento de la amistad social.
3.Consideramos que la solución sólo puede encaminarse mediante gestos de grandeza y una vigencia aún más plena de las instituciones de
No es propio de los poderes públicos empeñarse como parte en los conflictos, sino abocarse a su solución como principales responsables del bien común de acuerdo a las funciones que a cada uno de ellos les atribuye
4.Como nos recuerda
5.Por otra parte, aunque hubieran reclamos justos, no es en las calles ni en las rutas donde solucionaremos nuestros problemas. Pedimos, por ello, encarecidamente al Gobierno de
6.Es necesario que los habitantes de esta tierra bendecida abundantemente por
7.En los momentos difíciles los cristianos experimentamos más intensamente la necesidad de la oración, de decirle a Jesucristo, Señor de
Exhortamos a nuestros compatriotas a acompañar la oración con un gesto de desprendimiento en favor de nuestros hermanos más necesitados.
Ponemos este mensaje en las manos y en el corazón de nuestra Madre de Luján, pidiéndole que una vez más interceda por nosotros y acompañe el camino de las autoridades, de los dirigentes de los diversos sectores y de todo el pueblo argentino.
Reunión Extraordinaria de
5 de junio de 2008




