Revista Criterio
Julio 2008
Nº 2339 » Julio 2008

Aniceto

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Parafraseando un viejo dicho, podríamos sintetizar así: “La historia es chica, el corazón es grande”. La historia, ya se sabe, es la de aquel romance del Aniceto y la Francisca, que Leonardo Favio contó hace tantos años, de una forma casi bressoniana, y a la vez reconociblemente nuestra. Un romance cortito, la decepción de la enamorada, el drama del varón confundido en su orgullo. Pero ahora Favio la cuenta de otro modo, no sólo por el estilo y los recursos elegidos –de eso ya hablaremos– sino por el afecto que ahora muestra hacia ese muchacho ocioso, gallardo, que se autodestruye por sus impulsos amorosos, empezando por el amor a sí mismo. Pareciera, casi, que estuviera mirando en ese personaje una parte de su propia juventud.

 

Pero hay algo más, que contribuye a esa impresión, y es que ahora también mira con mayor detenimiento la dulce figura de esa muchachita sencilla y servicial que será más tarde –y cuando ya sea tarde– el recuerdo más lindo y culposo de una vida breve. El argumento tiene, asimismo, algunos otros cambios, todos para bien, pero no conviene anticiparlos.

 

Lo que, eso sí, conviene anticipar y/o afirmar, es la belleza del relato actual. Porque esta variante, intensa e inspirada, Favio la hizo apelando a la pintura, la música, la danza, la escenografía de estudios, la trabajada iluminación de tres rostros bien expresivos, en una unión de disciplinas artísticas como hace tiempo que el cine nacional no nos brindaba, y como pocos cineastas veteranos se animarían a probar con tantas ganas. ¡Ah, quién pudiera llegar a su edad con esas mismas ganas juveniles de seguir probando y descubriendo cómo se hace el cine, y en especial cómo hicieron el cine los maestros, y ese corazón abierto a la memoria y los afectos! Y la humildad, la afectuosa humildad de los grandes.

 

Poco antes del estreno, en su encuentro con la prensa (un encuentro, más que conferencia) contó que había querido hacer “algo, no digo distinto, porque hacer algo distinto es fácil, sino algo para extraer todo aquello que has visto y que aprendiste durante tu vida, y querés reproducir”. Y agregó que se trataba de “una película como casi toda mi vida había soñado, que no sé si es cine, eso de incorporar la danza, pero con la que logré algo que siempre estuvo dentro mío: bocetar, apenas, apenitas, algo que le envidiaba a Kurosawa, la posibilidad de darle vida a las pinturas”. ¡Como si no hubiera ya concretado ese sueño, haciendo de cada fotograma del Juan Moreira una pintura viviente de nuestros criollos y de nuestra tierra! Casi toda su vida habrá soñado, también, con ese tipo de ambientación de los pueblos chicos, medio fantasiosa, medio poética, y muy plástica, de las películas checas y yugoslavas que estaban en cartelera, cuando él iba al cine, a ver una cinta tras otra, para aprender cómo se filma.

 

Eso es, finalmente, su Aniceto, una pintura poética y viviente de aquellos seres y aquellos fondos de Luján de Cuyo que conoció, y compartió, hace añares, y que ahora nos muestra, mediante una representación artística propia, vibrante, que estiliza la trama sin hacerla falsa ni abstracta, sino aún más reconocible e impetuosa. Una vieja milonga, el artificio a la vista de un autito con altavoces, el canto más viejo de otra lengua, el rumorcito del agua que ondula llevándonos quién sabe dónde (“agua del recuerdo, voy a navegar”, decía otro poeta), la voz del narrador, que es el propio Favio, y ahí estamos, ante un escenario totalmente construido para la ocasión, y al mismo tiempo totalmente cierto, porque es minuciosamente evocativo. Quien conoce las acequias, quien tuvo algún amor ahí donde terminan el alumbrado público y la calle apisonada, quien caminó como en el aire una noche de luna, o una tarde, junto a los tapiales chorreantes de flores, lo vive como cierto. Ahí aparece, como un gallito de andurriales, el Aniceto, la vista fija en su presa. Ahí lo ve la Francisca, con un temblor de animalito fascinado.

 

Hernán Piquín, Natalia Pelayo (tan parecida a Elsita Daniel) y “la otra”, altiva y ondulante, Alejandra Baldoni, bailarines clásicos, danzan el romance “y algunas cosas más”, como decía el viejo título, en unos cinco números demasiado breves, cada uno bien distinto y más rico que el anterior, y brindan a la cámara, en primeros planos, unos rostros tan elocuentes que nadie diría que es la primera vez que actúan en cine. Los inspira, seguramente, la música de Iván Wizsogrod, que parece llenarles el pecho, y la fantasía de Chopin por donde se cuelan los dedos de Miguel Ángel Estrella, inesperada y a la vez atinada mención del encuentro del gran arte con los pobres, pero, sobre todo, los inspira Leonardo Favio.

 

Él dice que no dio mayores indicaciones, total a esta altura ya todos conocen su estilo, sus constantes. Descarga los méritos en los demás artistas y técnicos, en sus colaboradores, empezando por Rodolfo Mortola y Verónica Muriel, en las coreógrafas Margarita Fernández y Laura Roatta, en el Amor Divino, en las selectas grabaciones de Alfredo de Angelis y Los Wawancó que amenizan el espectáculo. Tal vez tenga razón, y ya no necesite dar mayores indicaciones. Más bien, simplemente fluye, transmite, comparte. Y encuentra en los otros lo que él mismo da.

¿Exageramos? Nosotros estuvimos en ese encuentro con la prensa, al que también asistieron varios de sus colegas. Allí el ambiente se envolvió de tanta ternura, que muchos terminaron llorando, y nadie quería irse. “Ese milagro que casi siempre me acompaña”, dijo el artista, mientras enunciaba su cosmogonía: “A mi izquierda llevo la gente, a mi derecha la estética, y a Dios en el centro”.

Nº 2339 » Julio 2008

Superagente 86

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Difícilmente pueda hablarse de esta película de reciente factura sin evocar la serie televisiva que la sustenta, éxito durante décadas en más de 180 países; y que el protagónico de Steve Carell, un actor inserto en la comedia con indudable solidez, no hace olvidar el rostro de Don Adams como el “temible agente del recontraespionaje”. La renovada versión del Superagente 86 debe luchar contra su fantasma.

 

Sucede que la serie que protagonizara Don Adams con indudable maestría entre 1965 y 1970 se constituyó en la caricatura de las películas de espionaje por excelencia, pero también en una mirada inteligente (y no exenta de humor) a la burocracia del poder, al uso indiscriminado de la tecnología, a la avaricia sin límites del dinero y a lo absurdo de la sociedad moderna. La sitcom (situation comedy) fue creada por Mel Brooks y Buck Henry y sirvió también de parodia a grandes clásicos del cine, como Casablanca, La ventana indiscreta o Bonnie & Clyde. Habitualmente se olvida que la serie tuvo un breve retorno en que resultó un fracaso y también dos películas dentro del universo del Agente 86; La bomba que desnuda (1980), con la Emmanuelle de Sylvia Kristel y Vittorio Gassman como el villano, y ¡Llamen a Smart otra vez! (1989) hecha para televisión y con escasa repercusión. A diferencia de la primera, sin la presencia de la 99, el Jefe y Sigfried, este trabajo mantuvo su fidelidad (y nostalgia) hacia la serie original. En 1995 la cadena Fox quiso resucitar al Agente 86, quien, como jefe de Control, debía mandar a uno de sus hijos tan bufón como él. La serie resultó una terrible frustración para sus fans y sólo se emitieron siete capítulos.

 

Todas estas apariciones y reapariciones contaron con Don Adams en la composición del personaje que definió su éxito y selló su suerte. Ahora, ante su inevitable ausencia (Adams murió en 2005), el Agente 86 retorna al cine pero con renovado elenco. Aquí, Maxwell Smart es un analista de CONTROL desesperado por ser promovido a agente, pero no califica en las pruebas. Su desazón es grande, hasta que KAOS da un golpe maestro en el cuartel general de la organización y sólo Maxwell puede hacerse cargo de desbaratar los planes de la siniestra organización. Entonces entra en escena la Agente 99 y juntos se ven en la misión de frustrar un ataque nuclear contra los Estados Unidos por parte de KAOS con misiles nucleares fabricados en Rusia.

 

Este pequeño argumento, no muy disímil a los que pergeñaban Mel Brooks y Buck Henry, sirve de introducción al nuevo universo del Superagente 86. Para los fanáticos de la serie seguramente este film resulte una traición y la imposibilidad de ver a los sobrevivientes del elenco original –Barbara Feldon (la 99) o Bernie Kopell (Sigfried)– en algún cameo a modo de homenaje, pero también el reencuentro con un personaje que es tratado con respeto y permite que esta remake se aleje de la actualización barata tan común al cine de Hollywood.

 

Se nota en la labor del director Peter Segal y de los guionistas Tom Astle y Matt Ember una interesante reelaboración de la historia original cuya progresión dramática combina equilibradamente acción y entretenimiento. Algunos elementos continúan modernizados e inalterables, como el clásico cono del silencio, y otros han ido a parar al museo de CONTROL, como el traje original del Agente 86, su descapotable rojo e incluso el zapatófono, que retoma vigencia en una época de teléfonos celulares con indudable ingenio. Buenos gags, algunos más propios de la comedia posmoderna que de la clásica serie.

 

Del elenco, Steve Carell compone a un Maxwell Smart menos arrogante pero también sin la elasticidad en las secuencias de acción que poseía Don Adams, aunque conforma con corrección la elaboración de un personaje asociado al rostro de aquel actor durante nada menos que 40 años. Cumplen con creces sus papeles Anne Hathaway, como una hermosísima Agente 99 pero mucho más lista y ruda que la de la serie original, y Alan Arkin, quizá el actor norteamericano actual más consustanciado con la comedia clásica norteamericana, como el Jefe de CONTROL. No puede omitirse el simpático cameo de Bill Murray, como el Agente 13 dentro de un árbol, que recuerda los largos años en la comedia de este sólido intérprete.

Dentro de lo “políticamente correcto”, algo que la serie omitía ferozmente, este Superagente 86 se permite algunas bromas sobre la política norteamericana y la administración Bush. Como punto en contra, Terence Stamp aunque toque el violín no puede otorgarle a su Sigfried la estampa de antihéroe en tiempos de la guerra fría que tenía el villano de la serie.

 

Ameno pasatiempo, sin las virtudes del producto original pero sin traicionarlo demasiado, el nuevo Superagente 86 cumple su misión con la eficiencia que ha transformado a CONTROL en una gran empresa. La labor artesanal está ausente, y ésa era en parte la magia que tenía Don Adams en sus manos. Certeramente las copias dobladas cuentan con la voz de Jorge Arbizu, la misma del superagente en la serie original tal como se la conoció por estos lares. Esta correcta y entretenida remake permite vislumbrar nuevos tiempos en la vida de este héroe dispar, que cabalga entre la narración clásica y el masivo cine de pasatiempo del Hollywood contemporáneo.

Nº 2339 » Julio 2008

4 de Julio, la masacre de San Patricio

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Hace exactamente treinta años, el 4 de julio de 1976, la sociedad se conmovía ante la noticia del crimen en la iglesia de San Patricio del barrio de Belgrano. Los cuerpos descubiertos una mañana de domingo, cuando nadie abría la puerta para la misa, eran los de Alfredo Leaden (57), Pedro Duffau (65), Alfredo Kelly (40), Salvador Barbeito (29) y Emilio Barletti (23). Los tres primeros, sacerdotes de la orden palotina, y seminaristas los dos últimos. Todos brutalmente asesinados y una consigna escrita en la pared: “Esto les pasa por envenenar la mente de la juventud”, dejada por el sicario de turno. En la madrugada de aquel día, tres muchachos vieron que dos autos se detenían frente a la iglesia de San Patricio y descendían de él personas con armas largas. Los jóvenes relataron lo visto aquella mañana a Efraín Sueldo Luque y ese testimonio es hoy una de las pruebas vitales para reconstruir la masacre más grande que sufrió la Iglesia argentina en toda su historia. El Nunca Más relata que Tanto amigos como feligreses de los religiosos asesinados coincidieron en que éstos habían predicado siempre la paz y condenaban la violencia”. Sólo días faltaban para que monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, y los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, de Chamical, engrosaran la tragedia. De acuerdo con la Conadep, el Servicio Fe y Solidaridad del MEDH de Chile y otros estudios, durante la última dictadura militar fueron asesinados 18 sacerdotes, 10 seminaristas, 2 religiosas y 39 laicos.

 

Así comienza la historia y la aguda mirada de Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta en 4 de julio, la masacre de San Patricio que trabaja sobre tres líneas de relato, la investigación del periodista Eduardo Kimel, la historia de la masacre y la posterior, de Roberto Killmeate, uno de los sobrevivientes de la tragedia del barrio de Belgrano. Tantas líneas argumentales sean, probablemente, el único error de este potente documental que bucea con pericia el delicado equilibrio de la Iglesia en los denominados “años de plomo. En tal sentido, uno de los brillantes logros de Young y Zubizarreta es el prolijo, y nada fácil, trabajo de recopilación de archivo junto con el aporte del diario personal del padre Kelly quien, tan sólo horas antes de caer bajo la metralla de paramilitares ligados al gobierno de facto, había escrito: “Otro día tenso y doloroso. Oré muchas veces con bastante oscuridad pero no con intranquilidad. Fumo bastante; es una de las pruebas más grandes de mi vida, sino la mayor de todas. ¿Llevará a la final?”

Con una clara posición en favor de la teología de la liberación, 4 de julio contrapone las voces del sacerdote Carlos Mujica y del entonces arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, mostrando así las diferencias de pensamiento. El material de archivo es concluyente. Expone las declaraciones del vicario castrense Adolfo Tortolo y del provicario Victorio Bonamín sobre la defensa, en cierto sector eclesiástico, del accionar de los militares; y como contrapartida, las homilías en San Patricio y la crítica implacable a la participación de algunos fieles en el remate de bienes secuestrados a desaparecidos.

 

Pese a las deficiencias en el curso de la narración, sobre todo en las subtramas que se abren en los años posteriores a la masacre, es interesante el trabajo de indagación en lo que respecta al silencio oficial que rodeó a la muerte de los sacerdotes. Un aporte fundamental es el testimonio del sacerdote Kevin O’Neill, que permite reconstruir la vida entera de los religiosos asesinados, e incluso de la misma comunidad palotina.


En un país impregnado por el asistencialismo, el desarrollo cooperativo de Killmeatte y Jorge Kelly, si bien dificulta la estructura del documental, es de indudable enseñanza y contribuye a la mirada posterior a los hechos del 4 de Julio, que marcó un antes y un después” en la congregación.

 

En 2001, a 25 años de la masacre, se celebró una multitudinaria misa que contó con amplia participación de la jerarquía católica. La homilia estuvo a cargo del cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, quien impulsa la canonización de los cinco religiosos.

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DVD: La familia Savage/ Dos días en París

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La familia Savage

 

(EE.UU.) 2007; dirección: Tamara Jenkins; intérpretes: Philip Seymour Hoffman, Laura Linney, Philip Bosco, Peter Friedman; A.M. 13

 

Wendy y Jon son dos hermanos que rondan los cuarenta. Él es profesor de filosofía en una universidad y lucha por terminar un libro sobre Brecht. Ella hace trabajos temporarios mientras intenta conseguir una beca para concluir una obra de teatro. Ambos tienen obvios problemas para conservar una vida emocional y sentimental sana; y cuando suena el teléfono de la casa de Wendy, entendemos por qué. De niños, fueron maltratados por su padre, quien ahora vive en el otro extremo del país con su novia, Doris. El llamado de la hija de Doris anuncia que el padre padece demencia. Cuando en pocos días Doris muere, Wendy y Jon deben hacerse cargo del anciano.

 

La directora y guionista Tamara Jenkins muestra de manera descarnada una situación con la que muchos pueden sentirse identificados. Un solo plano le alcanza para plantear su crítica aguda a una sociedad que debe lidiar con el problema no resuelto de qué hacer con los ancianos. Con sentido común no entrega demasiada información sobre lo que los hermanos vivieron en el pasado con su padre, ni crea una escena en la que ambos lo enfrenten para que todo salga a la luz. Tentación difícil de resistir, si se cuenta con dos de los mejores actores norteamericanos que conocemos: Laura Linney y Philip Seymour Hoffman. Sin embargo, el tono melancólico y arrogante del film restringe notablemente el público al que está dirigido: con su exposición de las miserias humanas traducidas en diálogos llenos de citas cultas, Jenkins hace cine independiente norteamericano de intelectuales y para intelectuales.

 

 

 

Dos días en París

 

(Francia, Alemania) 2007; dirección: Julie Delpy; intérpretes: Julie Delpy, Adam Goldberg, Albert Delpy, Marie Pillet; A.M. 13

 

La francesa Julie Delpy es una mujer de personalidad imponente. Además de ser actriz desde muy joven, también canta, y ha colaborado en guiones como el de Antes del atardecer, que escribió junto al director Richard Linklater y su coestrella Ethan Hawke. Ahora presenta su segundo filme, una excusa para mostrarlo todo: en Dos días en París, Delpy actuó como directora, guionista, compositora, editora y también actriz principal. Como si fuera poco, su madre y padre, también actores, hacen de… su madre y su padre en la ficción.

 

El argumento presenta a Jack y Marion, una pareja de treintañeros neuróticos que viven en Nueva York. Jack es un decorador de interiores neoyorkino, inseguro e hipocondríaco, y Marion una fotógrafa francesa cuyo hobby principal es coquetear con otros hombres. Luego de un fallido viaje por Venecia, ambos hacen escala en París para ver a los padres de ella, y allí es donde el conflicto se desata, e intentarán averiguar si pueden permanecer juntos.

 

Dos días en París muestra sin pudores y desde un punto de vista femenino las dificultades de una generación para resignarse a la adultez. Aunque hacia el final acelera el conflicto emocional y acerca a sus personajes al desborde, la franqueza de Delpy en la voz en off alcanza para convertir a esta película en una experiencia valiosa, y a su creadora en un exponente interesante, que no por casualidad ha sido comparada con la del viejo (y mejor) Woody Allen.

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El cerco

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El Sr. Stein baja las escaleras: el ruido de sus zapatos, amortiguado por la espesa alfombra, es el único en el interior de la casa. Todos los ritos siguientes: desayuno, órdenes a sus empleados, forman parte de un mecanismo preciso, silencioso, repetido. Los hombres de su custodia lo rodean antes de salir al exterior: el Sr. Stein, de camino hacia el Mercedes Benz que lo va a llevar a sus oficinas, percibe, “casi dolorosamente, el intenso frío del mes de agosto que jamás ha sufrido”. Es el primer signo: el invulnerable Sr. Stein, protegido por el cerco que lo rodea –erigido no sólo por medio de las rejas infranqueables alrededor de su residencia, los ingresos rigurosamente vigilados en sus oficinas, la custodia permanente, sino por su manera de vincularse con el mundo– descubre a un desconocido que se ha infiltrado en su despacho mientras él está en el baño. Sus palabras, a pesar de que no encierran ninguna amenaza concreta, cambian repentinamente el orden establecido: “El señor Stein, conmovido, sabe que la normalidad fue interrumpida… en algún lugar…la lesión es permanente”.

 

Ha sucedido nada más que algo imposible de imaginar hasta ese momento: a partir del “chasquido metálico del pestillo” que hace la puerta al cerrarse tras el desconocido, el mundo cerrado del Sr. Stein comienza a ser invadido progresivamente por el exterior. Y es a través del minucioso registro de sonidos –en especial el repetido, pesadillesco, de “los goznes de la puerta del box, en las viejas caballerizas que prolongan su lamento como una señal”– que se hace patente este ingreso. Tal como los ruidos, a los que no hay forma de detener, no existe ningún modo de poner freno al exterior amenazante que irrumpe de distintas formas y se filtra hasta los lugares que se creyeron inalcanzables.

 

Los hechos que comienzan a sucederse –secuestros, persecuciones, asesinato– no son extraños en el entorno del Sr. Stein. Pero lo terrible es su carácter, francamente inexplicable, que los transforma en algo siniestro. Con cada nuevo acontecimiento crece el clima de opresión: otro cerco es el que ciñe ahora al Sr. Stein, un círculo del que no existe posibilidad de salir.

 

En el angustioso clima de la novela alienta el horror del mundo de Kafka, anunciado en uno de los epígrafes seleccionados para el texto. Un relato despojado, que manifiesta la perfección de una sintaxis tan parca como necesita la historia, refiere a Borges, autor del otro epígrafe.

 

La reedición permite acceder a esta novela, publicada en 1977, premio Ciudad de Barbastro del mismo año, agotada durante muchos años. Con la misma actualidad que entonces, sigue confirmando que “el poder… suele ser un acto de violencia. Y no es conveniente olvidarlo”.

 

Nº 2339 » Julio 2008

A las que amamos

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El escritor George Steiner, agudo crítico literario y teórico del arte, suele decir que lo mejor de las letras europeas viene del Este. Y es verdad que de países antes casi ignorados por Occidente hoy podemos conocer numerosos autores deslumbrantes que engrosan las filas de los consagrados Joseph Roth, Franz Werfel o Sandor Marai, y de los más actuales como Milan Kundera o Imre Kertész. Uno de ellos, ciertamente, fue  el serbo-húngaro Aleksandar Tisma (1924-2003), autor de la novela El libro de Blam. Judío por parte de madre, pasó los primeros años de la guerra de manera disipada en Budapest, como él mismo cuenta en su diario, hasta que fuera deportado a un campo de trabajo del que se fugó para sumarse a la resistencia.

 

La pequeña novela que aquí comentamos transcurre en su natal Novi Sad, antigua ciudad serbia a orillas del Danubio, cuyo nombre significa “nuevo jardín”. Empobrecida en la posguerra, la localidad es un pálido espejo de la dulce tristeza del autor. De manera sobria y no carente de ternura, Tisma se asoma a la vida desde la pintura de algunas mujeres que han hecho de la prostitución su forma de subsistencia. “Estas mujeres comercian con su cuerpo, pero es la naturaleza la que les ha regalado su mercancía, y no distinguen muy bien en dónde y en qué reside su valor”.

 

Las descripciones tiene el tono tenue de una acuarela. No hay colores fuertes ni trazos expresionistas. Todo sucede, todo fluye en las breves anécdotas cotidianas, como quien rememora las vicisitudes familiares o las imágenes de infancia. Se combinan los caracteres con los escenarios, los acontecimientos con los sentimientos escondidos.

 

Así pues: “Beba es nueva no sólo en la ciudad sino también en el oficio, es decir, la clase de chica más apreciada, de manera que aun reina un nerviosismo insólito sobre el modo en el que se va a dirigir su lenocinio, de un modo no exento de afectación consciente e inconsciente, femenina y profesional”. O: “De piernas y brazos largos, ojos verdes rasgados que brillan febriles, Envera se lanza al abrazo como un joven soldado al combate”.  Y la descripción de ambientes: “Si la casa de Paula personifica el desorden, la de la tía Ruza rezuma todo lo contrario. Un orden antiguo, de tiempos de paz, adornado con el sello de Francisco José, que en Novi Sad lleva todo lo que es civil, aunque, naturalmente, con una concesión coqueta al gusto provinciano”.   

 

El autor supo encontrar un raro equilibrio entre lo sórdido del tema aludido y la manera distante y comprensiva de narrarlo. Pero lo que más sorprende es que las figuras masculinas siempre se desdibujan (porque se mueren, porque abandonan, porque mienten, porque no logran cobrar consistencia), y cuando aparecen son circunstanciales y menores. La historia la rigen las mujeres. Ellas traman todo. Los hombres llenan por un momento su imaginación de promesas, desatan su pasión, pagan y olvidan. Las mujeres viven con hondura, aman o son indiferentes, comentan y se envidian entre sí, pero no consideran al varón un interlocutor de sus pensamientos y afectos.

 

Observa el autor en el final: “Allí de pie, apoyada sobre una pierna y con un brazo levantado, muy alto, hasta el borde de la cortina, Beba siente el poder de su cuerpo sano y recio sobre los tejidos que lo envuelven y ocultan, sobre las telas de los vestidos y las medias, sobre el cuero de los zapatos. Siente que es mejor y más fuerte, y merecedor de esos seductores materiales que lo ciñen, y está dispuesta a conquistar los derechos que corresponden a semejante cuerpo”.

Nº 2339 » Julio 2008

La libertad religiosa en el derecho argentino

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El Digesto de Derecho Eclesiástico, editado en abril de 2001 por la Secretaría de Culto, tuvo como coordinador a Juan G. Navarro Floria quien ahora, con Roberto Bosca, es compilador de este libro sobre La libertad religiosa en el Derecho argentino. Cuando surgió la idea de una nueva edición, se consideró oportuno aprovechar la tecnología y registrar en un disco normas constitucionales, tratados, leyes, decretos y resoluciones, y en papel un conjunto de trabajos especializados con los que acercarse con provecho a dicha normativa. Octavio Lo Prete tuvo a su cargo la tarea de reunir las normas, ampliando y actualizando el Digesto. La edición vio la luz a pocos meses del fallecimiento del primer presidente de CALIR y luego su presidente honorario, Ángel M. Centeno, a quien se dedica la obra. Pedro J. Frías honra la edición con su prólogo.

 

Roberto Bosca, docente, escritor y uno de los miembros fundadores de CALIR, hace una necesaria “introducción al Derecho Eclesiástico” que la mayoría, no ya del público sino de los abogados y universitarios, desconoce en la Argentina. El diplomático y profesor de la UCA, Juan Manuel Gramajo tiene a su cargo dos capítulos: “El derecho a la libertad religiosa frente a las normas y principios del Derecho Internacional Público” parte del jus cogens y los acuerdos firmados entre la Argentina y la Santa Sede y sus aplicaciones. En particular, el Acuerdo de 1957 sobre la atención militar y el de 1966 que liquidó al ya perimido Patronato. A punto de ser enviadas a imprenta estas líneas, llega la dolorosa noticia del fallecimiento de esta figura joven (frisando los cuarenta años), altamente respetada y querida en el ámbito docente y en la Cancillería por sus dotes personales y su capacidad profesional.

 

Horacio R. Bermúdez encara una completa reseña de las normas constitucionales y la jurisprudencia a que han dado lugar. Recuerda los antecedentes desde los primeros estatutos patrios y los debates tanto en la Constituyente de 1853 como el suscitado en la del Estado de Buenos Aires de 1860, cuando se reformó por primera vez la Constitución, donde se escucharon, en un sentido y otro, algunas de las más ilustres personalidades de nuestra historia. También se refiere a la institución del Patronato vigente hasta el Acuerdo de 1966 entre la Argentina y la Santa Sede. Bermúdez dedica atención a la jurisprudencia, en la que, sobre todo desde el retorno de la democracia, se ha pasado de hablar de “libertad de culto” a “libertad religiosa”. Así, desde 1983 la Corte Suprema hizo criticable invocación de dicho principio para declarar inconstitucional el matrimonio indisoluble, admitió la objeción de conciencia a la portación de armas y la relacionó con el derecho a la intimidad en un caso de transfusión de sangre a un Testigo de Jehová, y consideró el “derecho de rectificación o respuesta” parte del sistema pluralista en materia de libertad religiosa en el caso de quien reclamaba a raíz de denuestos a la Virgen María en un programa de televisión.

 

El abogado y profesor universitario cordobés Jorge H. Gentile presenta la dimensión federal. En 1983 se abrió un proceso de cambio, y señala al respecto que “los argentinos somos más uniformes en nuestros comportamientos de lo que imaginamos: en lo referido al tratamiento de la dimensión trascendente de la persona humana y del fenómeno religioso en el Derecho Público provincial iniciado con la vuelta a la democracia en 1983 no hemos hecho una excepción”. Al decir de Frías, “no hubo guerra de religión”, si bien según los resultados electorales y la idiosincrasia de cada lugar los tonos pueden ser diversos, desde quienes insisten en lo “privado” de la dimensión religiosa y la educación como “laica”, hasta los que definen, como en el caso  de Córdoba, la relación con la Iglesia católica como de “autonomía y cooperación”.

 

Waldo Villalpando, especialista en “discriminación” en organismos de Naciones Unidas, desarrolla relaciones y conflictos entre ésta y la religión. Considera críticamente el status preferencial de la Iglesia católica en relación con los cultos no católicos, sin personería religiosa y obligados a inscribirse. Cuestiona la presencia de simbología católica en oficinas públicas, estaciones y centros educativos. Cabe señalar que son expresiones de fe de la mayoría de la población, aunque sería atinado evitar sobreactuaciones como la instalación de una imagen mariana en el hall central del Palacio de Tribunales en los álgidos días de 2002. Otra dimensión a que alude el autor son las cuestiones de género, de identidad sexual y las referidas al aborto, en las que también ve, según los casos, un trato discriminatorio. La solución “humanitaria y práctica” no puede distorsionar la verdad antropológica –no solamente la religiosa– del matrimonio ni afectar la libertad de conciencia de quienes se oponen a estos supuestos avances igualitarios. Trata luego la situación de los indígenas, o pueblos originarios, y los Testigos de Jehová: en ambos campos ha habido sustanciales progresos en las últimas décadas. Discrepancias aparte, el trabajo de Waldo Villalpando llama a una reflexión serena y respetuosa, y por ello es un aporte de interés.

 

Luis Saguier Fonrouge, director general de Culto Católico en la Secretaría correspondiente, se detiene en el sostenimiento del culto a través de asignaciones y el registro de Institutos de Vida Consagrada, del que fuera su primer titular cuando se sancionó la ley 24.483 precisamente durante la gestión de Ángel Centeno. Por su parte, Ricardo Docampo desarrolla la historia del Registro Nacional de Cultos y sus aspectos prácticos y reclama una efectiva “igualdad religiosa”. En otros dos capítulos, Docampo analiza la cuestión de la radiodifusión y el derecho de las comunidades religiosas a acceder a licencias sin “disfrazarse” de entidades sin fines de lucro sino como lo que son, y en los derechos migratorios de dichas comunidades a recibir del exterior ministros y personal con dedicación exclusiva según sus necesidades.

 

Marta Hanna, abogada y docente, valora la atención religiosa de las Fuerzas Armadas en su significado pastoral y señala que es, en cuanto a su regulación, una cuestión mixta en la que confluyen el ordenamiento canónico y el estatal. Debe resaltarse también que la autora pone el Acuerdo de 1957 (ajustado en 1992 a la Spiritalis Militum Curae) en el marco más amplio de otros países, católicos o no. Tras un prolijo examen del Acuerdo, Hanna considera conveniente una revisión. Pero, con realismo, concluye: “Quizás, fieles a nuestra historia, dejemos el asunto para cuando la cosa ya no pueda sostenerse más. El tiempo lo dirá”.

 

Juan Navarro Floria,  presidente del Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa y miembro de CALIR desde sus orígenes, encara “La libertad religiosa en el Derecho Privado”, navegando en aguas en las que es experto. Cada uno de los breves capítulos es sustancioso. Señalo este concepto: “…la religión, en el Código Civil vigente, tiene relación estrecha con el concepto de orden público. Aún si se prescinde de la posición de quienes opinan que cuando reiteradamente la ley se refiere a la moral o a las buenas costumbres está aludiendo a la moral católica, existen textos expresos que deben traerse a colación”. Navarro Floria tiene a su cargo también el tema: “El Derecho Eclesiástico en el Derecho Procesal Argentino”, en que se pasa revista a aspectos tan importantes como el del “secreto religioso”, la protección de los bienes (por ejemplo, la inembargabilidad de los templos y objetos de culto, sobre lo que hay jurisprudencia de la Corte Suprema y de tribunales inferiores), o el juramento de quienes deben declarar.

 

Lo Prete enfoca la libertad religiosa y la educación. La enseñanza religiosa en las escuelas dio lugar en la Argentina a encendidos debates, en los que primó su supresión en horario escolar (con la ley 1.420), aunque fue restablecida en 1943 hasta 1954, cuando Perón la eliminó en el contexto de su conflicto con la Iglesia. Pero son varias las cuestiones en que libertad religiosa y derecho de enseñar y aprender (consagrado en el mismo artículo 14 de la Constitución) se relacionan. El derecho de la Iglesia católica y de otras confesiones a establecer universidades (algo que dio lugar a ríspidos debates y hasta incidentes al final de la década del 50) y la cuestión de los contenidos de la educación son singularmente destacables. De hecho, hoy hay muchas universidades privadas, de variado nivel, confesionales o no, pero que no merecen catalogarse, como hizo la Presidenta en su discurso inaugural, de “universidades para ricos”. Lo Prete ayuda a conocer las formas con que los Estados encaran hoy esta cuestión, que no es fácil. Mérito adicional del capítulo es que, concluido el trabajo, el Congreso sancionó una nueva “Ley de Educación Nacional”.

 

Hugo Adrián von Ustinov, sacerdote de la Prelatura del Opus Dei, profesor de Derecho Canónico, estudia la protección del patrimonio cultural de las confesiones en la Argentina. El derecho de las comunidades religiosas, en primer lugar de la Iglesia católica, es la protección por el Estado de ese patrimonio y ellas a su vez tienen el deber y la responsabilidad de preservarlo. No siempre se hace ni lo uno ni lo otro.

 

Leopoldo H. Schiffrin es juez de la Cámara Federal en lo Penal de La Plata y conocido especialista y docente. Comienza con el “terrible antagonismo” entre libertad religiosa y Derecho Penal en los tiempos en que el poder punitivo se extendía a causas de herejía y brujería, entre muchas otras. Yendo al Derecho argentino, diferencia libertad de conciencia, no necesariamente religiosa, de la propiamente religiosa, así como entre valores que el legislador protege y que grupos religiosos niegan. Un caso típico es el de la reverencia a los símbolos patrios y la negativa al servicio militar. Con el apartado “La conciencia religiosa y la problemática penal del aborto”, Schiffrin contribuye, aunque se disienta con sus enfoques, a precisar el problema y no intentar resolverlo con el único recurso de la teología, aunque él mismo agrega la mirada del judaísmo. Para esta religión, dice, podría admitirse una despenalización del aborto en los primeros tres meses, “aunque con precauciones”. El fallo de la Corte de la Provincia de Buenos Aires que por mayoría hizo lugar al aborto de una joven discapacitada víctima de una violación, es estudiado de manera pormenorizada. Éste y otros supuestos configuran para él “un problema eminente de libertad religiosa”, ya que a la posición contraria al aborto, que identifica con católica, y la total permisividad, hay un trecho con soluciones eclécticas como las que sostienen corrientes del judaísmo. Pero, como en el trabajo de Villalpando, la protección (o desprotección) de la vida naciente se relaciona con la libertad religiosa, pero se inscribe en el derecho a la vida, a la familia y a la dignidad humana. El autor no pasa por alto la “reserva interpretativa” argentina a la Convención de los Derechos del Niño, según la cual, el niño lo es desde la concepción, y esto tiene jerarquía constitucional. Con las discrepancias serias que suscitan algunos de sus planteos, Schiffrin estimula al ejercicio poco común de sentarse a pensar, confrontar y dialogar.

 

Antonio Vázquez Vialard, académico de Derecho, profesor, magistrado y tratadista, falleció cuando el libro estaba en prensa. El autor enfoca las diversas cuestiones que lo relacionan con el Derecho Eclesiástico: los feriados religiosos (no sólo tradicionalmente católicos sino los de judíos y musulmanes), la discriminación en materia laboral (con remisión a la ley 23.592, sancionada sobre la base de un proyecto del entonces senador Fernando de la Rúa con especial apoyo de las organizaciones judías), el sistema previsional y lo referido a ministros y religiosos.

 

Bosca y Navarro Floria han realizado un trabajo de excelencia tanto a través de sus propios aportes como de la convocatoria de especialistas, con un enfoque multidisciplinario. Es indudable la riqueza del panorama, no exento de sombras e imperfecciones, como es obvio, de la manera en que se legisla sobre el factor religioso en la Argentina, desde la Constitución misma que cierra su Preámbulo con la invocación a Dios, “fuente de toda razón y justicia”.

Nº 2339 » Julio 2008

Katerina y Vía férrea

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Aharon Appelfeld nació en 1932 en Czernowicz, la que fuera capital del ducado de Bucovina, que por esas fechas formaba parte del territorio de Rumania y en la actualidad del de Ucrania. De familia judía de habla alemana, vivía en una región por la que deambulan los fascistas rumanos de entreguerras. En 1940, a sus ocho años, fue asesinada su madre por los nazis. Deportado a un campo de concentración con su padre, fue separado de éste. Logró escapar y sobrevivió solo deambulando por Ucrania, hasta que en 1946 emigró a Israel donde fue enviado a una granja de estudio. Allí aprendió el hebreo, lengua en la que escribió todos sus libros. El autor ha recibido numerosos premios, entre ellos el Médicis francés para Narrativa Extranjera.

 

Katerina, una de sus novelas más celebradas, narra en la voz del personaje la historia de su vida. Katerina, una campesina rutena católica vuelve a su pueblo al fin de sus días y redacta sus memorias. Hija de un padre alcohólico y muerta su madre, a la que idealiza no obstante no haber recibido afecto de ella, emigra a Czernowitz donde vive en una estación de ferrocarril junto con otros vagabundos con quienes comparte la evasión de la realidad y su miseria, que proporciona el vodka. Rosa, un ama de casa judía la rescata de la calle para llevarla a trabajar con ella. Allí aprende a leer alemán y a hablar yiddish. Por esa época, los judíos de la región padecían con fatalismo los pogromos con sus asesinatos y saqueos. Muertos sus patrones en esos episodios de violencia racista, Katerina se hace cargo de los huérfanos hasta que los lleva una tía. Gracias a la convivencia en esta casa y a continuación en la de una afamada pianista judía que vuelve a rescatarla del abandono y termina suicidándose, Katerina supera sus prejuicios ancestrales y se siente próxima al modo de vida de los judíos, de los que recibe un trato mucho más humano que el recibía de sus brutales parientes rutenos.

 

En la mitad de su vida, a los cuarenta años, es condenada a cadena perpetua por la muerte de un hombre que intenta violarla y asesina a su pequeño hijo. A la cárcel llegan como un eco lejano las noticias de la Segunda Guerra y el monótono traqueteo de los trenes que cruzan la llanura colmados de judíos deportados a los campos de exterminio. Katerina comprueba cómo las campesinas simples compañeras de cautiverio subliman el rencor que sienten por sus vidas miserables depositándolo en el judío que se convierte en el chivo expiatorio.

 

El fin de la guerra abre las puertas de la cárcel y Katerina, a punto de cumplir ochenta años, se refugia en las ruinas de la pequeña granja de su padre donde da cabo al monólogo interior con que nos cuenta su vida miserable y su conversión íntima al judaísmo.

 

Con una trama sencilla, la narración en primera persona y un estilo llano, el autor nos da cuenta del sacrifico de su pueblo, anunciado mucho antes de que la maquinaria nazi lo concluyera con su terrorífica eficacia.

 

En Vía férrea el autor cuenta las andanzas de un cazador de nazis que se gana la vida revendiendo reliquias judías a un coleccionista que las enviará a Israel. En su búsqueda de objetos preciosos escondidos en tiempos de la persecución, el protagonista recorre una y otra vez Austria. Vive en pensiones y, sobre todo, en vagones de ferrocarril. No tiene casa a donde regresar y su peripecia alude al mito del judío errante, al cual el personaje se refiere en forma expresa aunque sin mencionar el carácter antisemita que se le atribuye.

 

El narrador protagonista que, obviamente, no tiene familia y que limita su vida afectiva a contactos ocasionales con viajeras o con hospederas –con estas últimas repite sus encuentros en sus rondas anuales- es cazador de un nazi en particular, el coronel Nachtigal, comandante del campo donde fueron confinados él, cuando niño, y su padre, militante comunista.

 

La novela es una parábola del desarraigo y del vacío de la vida votada a un solo objetivo. Cuando alcanza la meta, nada cambia para el protagonista salvo el vacío que se le hace más profundo.

 

Con los mismos recursos narrativos simples que en Katerina, es decir el narrador testigo en primera persona y la linealidad, Appelfeld logra, no obstante, en Vía férrea, mayor tensión dramática a medida que el perseguidor se acerca a su destino. Una vez éste alcanzado, la narración se diluye como metáfora de la dilución de la vida del protagonista.

 

Nº 2339 » Julio 2008

Derechos de las personas con discapacidad

por Llorens, Luis Rogelio · Comentar 

Señor Director: Durante el mes de junio último ocurrieron hechos que acapararon la atención del país. Esto ocultó la sanción de la ley 26.378 por la República Argentina. Con ella nuestro país ratificó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, aprobada mediante resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 13 de diciembre de 2006. Esta convención protege toda clase de discapacidades. Empero, en mi opinión, su mayor trascendencia institucional se vincula con el respeto de la dignidad de las personas con deficiencias mentales o intelectuales, a las que denomina así su artículo 1°.

La nueva norma procura que quienes por enfermedad o por cualquier otro motivo carezcan de un discernimiento apropiado y requieran de un régimen jurídico de protección para el ejercicio de sus derechos puedan ejercerlos por sí mismos, en la medida en que sus propias deficiencias se lo permitan. Se trata, generalmente, de hermanos carentes de afectos y de cuidados apropiados, de alimentación y vestimenta, que muchas veces se encuentran hasta privados de su libertad. (Ver Mt 25, 31 y ss). Ellos, aunque muchas veces no se los reconozca como personas, tienen todos los derechos humanos más uno: el de ser protegidos de sus propios errores.

En ese sentido, la convención exige, a través de su artículo 12, no sólo que se les garanticen todos esos derechos, sino que se les otorguen las “salvaguardias adecuadas y efectivas para impedir los abusos”; aunque la novedad más relevante radica en la exigencia de que esas salvaguardias “respeten los derechos, la voluntad y las preferencias de la persona”, de conformidad con el principio general asentado en el art. 3°: “El respeto de la dignidad inherente, la autonomía individual, incluida la libertad de tomar las propias decisiones y la independencia de las personas“. Procura esta normativa que quienes se encuentren disminuidos en su discernimiento sean protegidos sin ser anulados y que no sean convertidos en objetos en vez de sujetos. Se trata, de tal manera, de permitir que, por ejemplo, ancianos o afectados por síndrome de Down puedan ejercer sus opciones de vida, decidir por sí mismos, en la medida en que sus limitaciones se lo permitan. Se trata de adoptar lo que se ha dado en llamar el principio de una “capacidad como variable”, ajustada al sujeto en cuestión, principio vigente en legislaciones extranjeras como Quebec, Alemania, Francia y España, entre otras.

Si bien a este punto se ha llegado a través de una evolución legislativa que nace con la sanción del art. 152 bis del código civil en el año 1968 y que continuó con la ratificación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño y la sanción de la ley 26.061 (también referida a la niñez, aplicables las dos últimas por la remisión genérica que efectúa nuestra normativa sobre mayores con disminución en sus aptitudes intelectuales al régimen general de la minoridad); lo cierto es que la convención que comentamos acaba con el sistema rígido y vejatorio de nuestro centenario código civil. Según él, las decisiones acerca de la persona y de los bienes de la persona sujeta a un régimen de incapacitación son tomadas por su representante en su nombre, sin su concurso y prescindiendo de su voluntad (arts. 457 y 411 del código civil).

Este sistema puede tener asidero en la concepción de la enfermedad o de la deficiencia mental existente en el siglo XIX. Hoy sabemos que todos quienes por estas causas se encuentran en la necesidad de recibir “salvaguardias” que los protejan de sus propios errores, tienen un “resto” de facultades, mayor o menor, que hay que respetar.

Especialmente, ante la prolongación de la vida, el aumento de la cantidad de ancianos y la existencia de quienes, pese a sus carencias, pueden ser integrados, en mayor o en menor medida, dentro de la sociedad, siempre que se los proteja adecuadamente. Son seres humanos, hermanos, que pueden alcanzar un importante grado de autodeterminación en el ejercicio de sus derechos.

El régimen jurídico debía adecuarse. Ahora sólo resta que los operadores del derecho tomen conciencia.

Luis Rogelio Llorens

Buenos Aires

Nº 2339 » Julio 2008

La Nación requiere gestos de grandeza

por , Documento · Comentar 

1.La Comisión Permanente del Episcopado Argentino se ha reunido con motivo de la grave situación planteada por el prolongado conflicto entre el sector agropecuario y el Gobierno Nacional. Deseamos, con nuestra palabra y nuestra acción pastoral contribuir al fortalecimiento de la paz social y de la democracia.

 

Nos sentimos obligados a preguntarnos nuevamente, y con dolor: ¿nuestras relaciones seguirán marcadas por la confrontación? ¿Una vez más nuestra vida social estará signada por la fragmentación y el enfrentamiento? ¿Seremos incapaces de fundamentar nuestros vínculos en un diálogo sincero y constructivo? ¿No hemos aprendido nada de nuestra historia?

 

2.Es preciso que tomemos conciencia de que situaciones como ésta que vivimos nos menoscaban como comunidad, nos aíslan del mundo y en definitiva perjudican especialmente a los más pobres. Es más, este conflicto ha puesto de manifiesto falencias profundas de nuestra vida republicana. La persistencia misma del conflicto y la aparente imposibilidad de resolverlo constituyen un signo de debilidad institucional; son una prueba del escaso aprecio que, como sociedad, otorgamos a la importancia y dignidad de la acción política como el ámbito propio para la superación de las diferencias y el afianzamiento de la amistad social.

 

3.Consideramos que la solución sólo puede encaminarse mediante gestos de grandeza y una vigencia aún más plena de las instituciones de la República. Como ya hemos señalado, “tenemos que promover el verdadero federalismo, que supone el fortalecimiento institucional de las provincias, con su necesaria y justa autonomía respecto del poder central” (93º Asamblea Plenaria). 

No es propio de los poderes públicos empeñarse como parte en los conflictos, sino abocarse a su solución como principales responsables del bien común de acuerdo a las funciones que a cada uno de ellos les atribuye la Constitución Nacional. La efectiva independencia de los poderes legislativo y judicial es un punto clave de la plena vigencia del estado de derecho.

 

4.Como nos recuerda la Doctrina Social de la Iglesia: “Quienes tienen responsabilidades políticas no deben olvidar o subestimar la dimensión moral de la representación que consiste en el compromiso de compartir el destino del pueblo y en buscar soluciones a los problemas sociales. En esta perspectiva una autoridad responsable significa también una autoridad ejercida mediante el recurso a las virtudes que favorecen la práctica del poder con espíritu de servicio: paciencia, modestia, moderación, caridad, generosidad” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 410).

 

5.Por otra parte, aunque hubieran reclamos justos, no es en las calles ni en las rutas donde solucionaremos nuestros problemas. Pedimos, por ello, encarecidamente al Gobierno de la Nación que convoque con urgencia a un diálogo transparente y constructivo, y a los sectores en conflicto que revean las estrategias de reclamo. Ni la moderación en las demandas, ni la magnanimidad en el ejercicio del poder son signos de debilidad.

 

6.Es necesario que los habitantes de esta tierra bendecida abundantemente por la Providencia hagamos un profundo examen de conciencia y nos decidamos a obrar como ciudadanos responsables. Pensemos más en qué podemos aportar a la Patria y no tanto en qué tiene que darnos el país. Todavía son muchos los hermanos que viven en pobreza y exclusión y que esperan de todos los argentinos un compromiso firme y perseverante por la justicia y la solidaridad.

 

7.En los momentos difíciles los cristianos experimentamos más intensamente la necesidad de la oración, de decirle a Jesucristo, Señor de la Historia: “Precisamos tu alivio y fortaleza, queremos ser Nación”. Para lograrlo, “concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda”.

 

Exhortamos a nuestros compatriotas a acompañar la oración con un gesto de desprendimiento en favor de nuestros hermanos más necesitados.

 

Ponemos este mensaje en las manos y en el corazón de nuestra Madre de Luján, pidiéndole que una vez más interceda por nosotros y acompañe el camino de las autoridades, de los dirigentes de los diversos sectores y de todo el pueblo argentino.

 

 

Reunión Extraordinaria de la Comisión Permanente del Episcopado

5 de junio de 2008

 

 

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