Revista Criterio
Agosto 2008
Nº 2340 » Agosto 2008

Entre brechas y baches

por Facciola, Mariana · Comentar 

El pasado 20 de junio, en medio de las tensiones entre el Gobierno nacional y sectores del agro, se conoció un estudio que evalúa la educación en la Argentina y su evolución en un ranking regional. El informe, realizado por el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de Educación, dependiente de la Oficina Regional de Educación de UNESCO para América Latina y el Caribe, tiene como objetivo mostrar el estado de situación de los conocimientos de alumnos de 3º a 6º grado de escolaridad primaria en áreas específicas: matemáticas, lengua y ciencias naturales. A partir de los resultados comparados, analiza aquellos factores susceptibles de ser modificados por programas o por políticas públicas.

 

Las pruebas fueron diseñadas considerando el marco curricular común, con énfasis en las habilidades para la vida que se adquieren en la escuela. Desafía a la enseñanza a ir más allá de la búsqueda del éxito académico, a ofrecer espacios y aprendizajes que promuevan y aseguren una mejor calidad de vida tanto personal como social de los estudiantes.

 

En 1998, la Argentina había alcanzado el segundo puesto después de Cuba; diez años después, el descenso es llamativo. En esta evaluación, los alumnos argentinos descendieron al sexto lugar en matemáticas. En el área de lengua, se ubicaron en el séptimo puesto en las pruebas para 3° grado y en el octavo para las de 6° grado, siempre dentro del ranking de dieciséis países evaluados. En el examen de ciencias naturales los argentinos quedaron en el cuarto lugar (entre nueve países evaluados), y sus resultados fueron más bajos que el promedio general, con el nivel I o básico. “Los resultados no sorprenden”, dijo Juan Carlos Tedesco, ministro de Educación de la Nación, un día después de que se hicieran públicos. Pero preocupan.

 

Los resultados suscitan muchas preguntas en diversos ámbitos: ¿Qué nos pasó en los últimos diez años para desbarrancarnos en el ranking de la calidad educativa? ¿Cambiaron los parámetros de evaluación? ¿Los niños no son lo que eran? ¿Los cambios socioculturales invaden la escuela y ésta no logra responder a tiempo?

 

 

La balanza social

 

Un capítulo del informe está enfocado hacia el análisis de los factores asociados a los logros. Y destaca cuánto puede obrar la escuela en la mejora del rendimiento de los alumnos, incluso más que las condiciones socioeconómicas: “El clima escolar es la variable que mayor influencia ejerce sobre el rendimiento de los estudiantes”, sostiene el documento. También resalta como principales condicionantes la contribución de los recursos escolares (infraestructura, servicios básicos, el número de libros en la biblioteca y los años de experiencia del docente) y la segregación escolar por condiciones socioeconómicas y culturales.

 

Además, en los resultados se constata que hay diferencias por género (las niñas obtuvieron puntuaciones significativamente superiores a los niños: 11,5) a las que también se suman las brechas de aprendizaje entre las escuelas de nuestro país (urbanas versus rurales), de conocimiento y de acceso a la información, entre otras variables.

 

Como se mencionó antes, la evaluación de Naciones Unidas pretende ofrecer información para modificar aspectos susceptibles de ser modificados y nadie debería ofenderse: hubo y hay profesionales técnicos y políticos que han hecho enormes esfuerzos en las distintas gestiones al frente del Ministerio de Educación Nacional para proveer a las escuelas de recursos escolares, así como diversas organizaciones sociales se han comprometido con la inclusión educativa a lo largo y ancho del territorio nacional. El enfoque de este artículo tiene que ver con la base empírica del informe, que constata que “el clima escolar es la variable que mayor influencia ejerce sobre el rendimiento de los estudiantes”.

 

Quienes nos dedicamos a la educación sabemos que no se puede enseñar ni aprender sin clima escolar, entendiendo por tal el circuito dialógico-comunicacional que se establece entre los sujetos que constituyen un grupo o una comunidad. En él se ponen en juego creencias y valores filosófico-pedagógicos, algo que no puede resolverse con programas o políticas públicas. Son múltiples y complejas las variables que se ponen en juego y la intención no es simplificarlas.

 

Nos vemos permanentemente asediados por los medios, que hacen público y consideran general lo que en otras épocas pertenecía a lo privado y lo particular de las prácticas educativas. Más allá del debate existente entre público y privado en términos filosóficos y comunicacionales –no así en el ámbito educativo–, surge un interrogante: ¿dónde se origina el déficit que se observa en el clima escolar? ¿no se hallará, entre otros factores, en el sujeto humano que ejerce la educación? En este caso, posiblemente nos encontremos con lo que la doctora en Educación Inés Dussel llama “el declive del ideal humanista”, uno de los elementos clave para la acción educativa en el marco de la cultura escolar.

 

Aprendo… ¿Enseño?

 

Focalizar la mirada en ese centro posiblemente genere múltiples reacciones. No las evado. Las acepto. Todos tenemos necesidad de aprender, pero no todos poseemos capacidad para enseñar. Reconocer esta vulnerabilidad mutua es un buen punto de partida para el diálogo. Pensarnos como educadores y revisar nuestra práctica educativa, nuestras actitudes y nuestras concepciones y creencias filosófico-pedagógicas tanto en el nivel individual como comunitario puede ser un gran bache, aunque no el único. Es urgente afrontar esta situación porque lo que está en juego, en palabras del escritor Mempo Giardinelli, es el derecho mismo a seguir soñando, porque son los sueños, en otras palabras, lo cuestionado.

 

Desde esta perspectiva me pregunto si la estrategia de “intensificar los aprendizajes” anunciada por el ministro Tedesco será las más adecuada para afrontar el problema. En nuestro país sigue vigente el modelo de escuela reproductora de conocimientos, que no favorece el desarrollo de habilidades para la vida y refuerza el posicionamiento docente en el lugar del supuesto saber.

 

Pensar la escuela en un marco de diálogo interdependiente con su contexto es un modo de recuperar el significado y la credibilidad en la acción específica, acrecentando su valor social. Generar comunidades educativas cuyo eje sea el clima de aprendizaje centrado en el alumno constituye un gran desafío. Y la escuela, por sí sola, no puede hacerlo.

 

Todo parece indicar que nos encontramos ante nuevos retos: no sólo cambiar el modelo organizativo, haciéndolo más acorde con las realidades del siglo XXI, sino también ponderar las consecuencias que el declive del humanismo puede producirnos. Creo que se constituye en una urgencia moral.

 

Bibliografía

 

Dussel, Inés. (2007) “La transmisión cultural asediada: los avatares de la cultura común en la escuela”. Revista Propuesta Educativa. FLACSO 28. Año 2007, vol. 2, pág. 19.

 

Valdés Héctor (coordinador). Los aprendizajes de los estudiantes de América Latina y el Caribe. Resumen Ejecutivo del Primer Reporte de Resultados del Segundo Estudio Regional Comparativo y Explicativo. ISBN: 978-956-8302-94-8 Impreso en Chile por Salesianos Impresiones Santiago, Chile. Junio, 2008 http://www.unesco.cl/esp/

 

Nº 2340 » Agosto 2008

Escuelas porteñas, al rincón

por Fernández, Jorge Eduardo · Comentar 

“Educar es algo muy complejo, más aún en esta sociedad moderna en la que hay que dar las herramientas necesarias para que ese proceso, que es permanente, pueda sostenerse en el tiempo. Vivimos corriendo, tenemos poco tiempo, hay nuevas tecnologías y el medio en el que interactuamos es cada vez más exigente”, señaló la periodista Luisa Valmaggia, al introducir el diálogo entre Mariano Narodowski, ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, y Jorge Eduardo Fernández, doctor en Filosofía, docente y miembro del consejo de redacción de Criterio.

 

- Jorge Fernández: Desde mi vocación docente siempre alimenté la esperanza en la educación, pero confieso que últimamente mi optimismo decae. Como intelectual, como docente, como ministro, cambió su mirada sobre la sociedad? ¿Podemos seguir teniendo esperanza en la educación?

 

- Mariano Narodowski: Desde una visión ingenua, según la cual los deseos van a ser satisfechos por la voluntad racional de un educador y por los recursos que mecánicamente disponga un político, la respuesta sería negativa. Sin embargo, me parece que en la Argentina, y en la Ciudad de Buenos Aires en particular, tenemos una ventaja: nuestra enorme tradición educativa, que no siempre valoramos adecuadamente. La gente reclama educación, calefacción en las escuelas, las paredes pintadas, docentes con capacitación y bibliotecas abarrotadas de libros. En otros países de América latina y en otras ciudades argentinas en peor situación no existe, sin embargo, el mismo nivel de reclamo o reflexión sobre la importancia de la educación. Para un ministro, el reclamo constante es un dolor de cabeza, aunque también una esperanza: hay sectores sociales de bajos recursos ávidos de educación; saben que es necesaria. En cambio, en Brasil vi hermosas escuelas al lado de favelas, pero sin alumnos.

 

La reflexión, el mejor saber

 

Luisa Valmaggia: En educación, cuando se habla de eficiencia y eficacia, ¿el destinatario es  un cliente o un futuro ciudadano? ¿Cómo se construye más ciudadanía en este ámbito?

 

- Ese es uno de los desafíos políticos principales de mi gestión. El criterio de que una escuela es de calidad cuando satisface la demanda está muy extendido. Lamentablemente, la política educativa de los últimos años contribuyó a sostener la visión de que las relaciones docente-alumno y escuela-familia son simétricas. Nosotros no compartimos ese criterio, y aclaro que no es por autoritarismo ni despotismo. Tiene que ver con la necesidad de que haya un otro –el docente, responsable de lo que sucede en la escuela– que establezca un conjunto de valores, de prácticas, de saberes, porque la calidad de la educación es reflexión, es pensamiento científico. Como parte de una gestión, tenemos que ayudar a los educadores a sostener ese conflicto porque históricamente han sido desautorizados: si decían “no” o “basta”, la familia recurría al Ministerio y éste decía “sí”. Por eso tenemos que aplicar a la gestión pública un criterio de calidad vinculado a la formación de ciudadanos reflexivos.

 

J.F.: “Formar ciudadanía” exige un criterio de educación mucho más amplio que el que se enseña en la escuela y un concepto de política que no se limita a la política educativa. En ese sentido, la enseñanza no puede prescindir de la coherencia. Sin embargo, al docente se le reclama adultez desde una sociedad que no se maneja con criterios equivalentes. Por otro lado, hay que asumir que los medios educan y, en muchos sentidos, mal educan, y en ese contacto hay conflicto. ¿Qué implica sostener esa confrontación?

 

- Quince años atrás, con mi colega y amigo Ricardo Baquero (profesor de Psicología Educacional en la Facultad de Psicología de la UBA y co-director del Programa de Sujetos y Políticas en Educación de la UNQUI) publicamos un artículo titulado “¿Existe la infancia?”. Trabajamos la idea de que la proliferación de pantallas provoca la  equivalencia de las formas de lectura posibles del mundo y que, por lo tanto, la sociedad moderna genera una pérdida de la asimetría adulto-niño. Llegábamos a dudar de la existencia de la infancia tal y como la conocemos, porque representa un sentimiento adulto de obediencia, dependencia y heteronomía. ¿Qué pasa cuando los modelos son “las” modelos, cuando ya casi nadie ostenta con orgullo canas y arrugas, cuando la figura anhelada es la adolescente, cuando lo cool es vestir con dignidad la ropa que usan los adolescentes? Juan Bautista de La Salle inventó, hace 300 años, la sala de clase: un maestro enseña determinado contenido a un grupo de alumnos con el mismo nivel de dificultad y al mismo tiempo, a todos como si fueran uno. Sin embargo, para que el modelo sea eficaz, se necesita de un alumno que sea referente del resto y al que todos obedezcan. Y el modelo entra en crisis si la aspiración social es ser adolescente. Ahora bien: hay quienes utilizan estos argumentos como excusa para no educar, y yo insisto en que una cosa es comprender la situación y otra es aceptarla pasivamente.

 

J.F.: ¿Cuáles son las respuestas posibles?

 

- Una alternativa es la reacción pragmática, customizada: “Dado que ya no queda más nada por hacer, me adapto al cliente, me relajo y gozo”. Así, el docente se transforma en una especie de proveedor sin nada distinto que ofrecer más allá de lo que se le demanda desde la familia. Esto es lo que en La condición posmoderna de Jean Lyotard se llamó “la muerte del profesor”: la desaparición de la relación social que le da vida al educador y no con el reemplazo de los maestros por los televisores, como se pensaba en los ’50 y ’60, ni con un robot dando clase desde la pantalla, como en los dibujitos de Los Supersónicos. Este mecanismo es, lamentablemente, eficaz, por eso es peligroso. Otra alternativa es la nostálgica: dado que en otras épocas la educación funcionaba mejor, apliquemos las herramientas del pasado y tendremos éxito. Pero es una opción completamente ineficaz; el sistema de las amonestaciones ni siquiera servía en los últimos años en los que se aplicó. Cuando los docentes nos ponemos a gritar y a dar órdenes, damos pena. El chico quizás responde porque tiene miedo, pero después, en la casa, mira Bailando por un sueño, entiende cómo es el mundo, y se acabó. Pero no son las únicas opciones porque nuestra cultura política es facciosa. Piensa: “estás conmigo o en contra”, Boca o River, amonestaciones o consejo de convivencia. Hay opciones superadoras que se aplican en Irlanda y Corea, ejemplos preferidos de la clase política, o en Uruguay. Hay que pensar en qué es lo bueno de la historia sin nostalgia y lo positivo del presente sin utilitarismo y generar una posición superadora. Me parece que ya hay muchos que lo hacen en el país. El gran desafío del Estado es qué instrumentos pedagógicos, administrativos e ideológicos brinda para que se pueda debatir con seriedad y rigor.

 

Las “falsas falencias”

 

L.V: ¿Cuáles serían estas herramientas que el Estado debe ofrecer?

 

- Con respecto a la capacitación, me separo de la mayoría de mis colegas y del enfoque del Gobierno nacional durante los últimos veinte años. Considero que los docentes en la ciudad de Buenos Aires están aceptablemente bien capacitados, lo cual no quiere decir que no tengamos que seguir formándonos, pero no es “el” problema. En cuanto al presupuesto, los educadores siempre queremos más dinero y yo peleo por más fondos para Educación, pero hay que aclarar que en la Ciudad, durante mucho tiempo, el presupuesto era subejecutado, especialmente en las áreas de compras y de obras, por la complejidad de los mecanismos de licitación. El salario docente tampoco es el problema: en promedio, en la Ciudad de Buenos Aires, es de 2.700 pesos, uno de los mejores en la Argentina en términos relativos.

 

LV: ¿Qué falta?

 

- En cuanto a la disciplina escolar, se requieren herramientas administrativas, legales y pedagógicas para que el docente pueda decir “no” y se lo respete. Serían modificaciones al decreto que regula la ley 223 (Sistema Escolar de Convivencia). De hecho, hay muchos docentes que no tienen necesidad de que el Ministerio los respalde.

 

L.V.: Buenos Aires como Ciudad Educativa es un proyecto que viene de la gestión anterior y que usted retomó. Sin embargo, algunas voces dicen que todos los que llegan a Educación quieren ser fundacionales. ¿Lo comparte?

 

- No sólo mantenemos sino que fortalecemos muchos programas de inclusión escolar como el ZAP (Zonas de Acción Prioritaria) y el Maestro Más Maestro, que comenzaron durante el gobierno de De la Rúa y Olivera, hace más de diez años, y que son referentes internacionales. De hecho, Leonardo Schvarstein, quien estaba a cargo de un programa en la gestión anterior, ahora dirige la totalidad del área de inclusión escolar del Ministerio de Educación. Otro ejemplo son las orquestas ZAP, bajo la dirección de Claudio Espector, una herramienta maravillosa de inclusión social. Eran tres, ya son seis y a fin de año sumaremos otras cuatro. La gente nos votó para cambiar y en educación el desafío político es más claro porque perdió las elecciones quien era ministro de Educación de la Nación (Daniel Filmus).

 

L.V.: ¿Molestan los controles en el sector público?

 

- Hay gente que se enoja porque pierde privilegios. El ejemplo más claro y doloroso fue dar de baja a 800 comisiones de servicio que permitían que un maestro cobrara su salario pese a que no dictaba clases, como el caso de Luis D’Elía. Con los controles, muchos renunciaron y otros volvieron y son parte de la oposición al gobierno de Mauricio Macri. Lo digo con dolor, pero con mucha decisión. En la actualidad, utilizamos menos de la mitad de las comisiones de servicio por motivos estrictamente pedagógicos y vinculados al sistema educativo muy particularizado.

 

Equidad, una asignatura pendiente

 

J.F: ¿Podemos esperar una educación más equitativa en lo que hace a la distribución del conocimiento en la Ciudad? ¿Hay condiciones de caja para llevar ese proyecto adelante?

 

- Los cinco ejes de la política educativa componen el contrato con la sociedad: inclusión escolar, calidad educativa, nueva alianza escuela-familia, centralidad de la escuela y revalorización del rol docente.

 

J.F.:¿Cuáles son las prioridades?

 

- Es intolerable que en la Argentina, y en Buenos Aires en particular, las diferencias de cuna predigan el futuro de las personas con independencia del talento, el esfuerzo, el compromiso, la capacidad de construir proyectos colectivos. El Estado es la herramienta que la democracia liberal pudo construir para que esas desigualdades puedan ser superadas. Y la educación es igualadora de oportunidades porque implica redistribución de capital no financiero, no económico, que es el capital cultural. En ese contexto hay diversos desafíos; entre ellos, discutir si corresponde que un docente que trabaja en una escuela de clase media-alta en la zona norte gane lo mismo que quien con igual antigüedad se desempeña en una zona desfavorecida. Como el pago de salarios se lleva más del 80% del presupuesto, no hay diferencias socioeconómicas.

 

J.F.:¿Las distancias norte-sur son otro desafío?

 

- Hay una enorme diferencia, aunque cabe señalar que en la zona norte se dan situaciones de extrema pobreza que hace diez años no teníamos, o como dice Gustavo Lesbergueris, defensor adjunto de Educación de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires:  “De Rivadavia para acá o de Rivadavia para allá”. Hay que ver los cambios que han sucedido en la Ciudad, ver el matiz. Hay lugares de Rivadavia hacia el Riachuelo, como el eje Pedro Goyena, que es de clase media-alta. Por ejemplo: las escuelas primarias ofrecen 27.000 vacantes, lo que equivale a 50 escuelas vacías, porque no están en el sur sino en las zonas centro y norte, y esos chicos están hoy en la escuela privada. Realicé un estudio académico en el que pude corroborar que la ciudad consiguió ser el sistema educativo con mayor participación de matrícula privada del mundo: 50%. Para los barrios de la franja Río de la Plata, de Recoleta hasta Núñez, es de 65%; en el sur, en la zona Soldati-Lugano, es de 35%. Allí supera en 10 puntos la media nacional, que es de 25%. Es decir que en los barrios donde hay menos educación privada estamos 10 puntos por arriba de la media de la Argentina.

 

J.F.:¿Cómo modificar esa distribución?

 

- Estamos hablando de una situación de segregación socioeconómica importante. Hay dos sistemas paralelos y no un solo sistema educativo. ¿No sería una solución recurrir a un buen sistema de transporte escolar mientras construimos escuelas? Hay algunos que piensan que no porque a los chicos de Soldati, en Almagro, los discriminan. Yo digo que si los discriminan, hay que trabajar en eso; no generar ghettos. Ojalá tuviéramos la oportunidad de integrarlos, sería un gran desafío entendiendo la complejidad social que tiene la Ciudad.

 

L.V: Otro tema controvertido es  el de la educación sexual, tanto en nivel inicial como en la secundaria. ¿Se planean cambios?

 

- No, lo que hay que hacer es cumplir con la ley, que plantea educación sexual integral, no basada en la genitalidad sino en la concepción integral del ser humano. Es difícil, pero tenemos que lograr un equilibrio entre el derecho a la información, sabiendo que nunca es completamente neutral y objetiva –hay que transitar en esa cornisa–, versus la necesidad de muchas comunidades educativas de que se respete su idiosincrasia. Yo entiendo que no se resuelve en abstracto sino en concreto, pidiéndole a las escuelas que tengan un proyecto y nosotros ayudándolas a construirlo, garantizando lo que pide la ley porque somos agentes de control. Con el tiempo me parece que se va a naturalizar de manera más creativa. Estamos trabajando con las escuelas privadas, con la Dirección de Curriculum y con las ONGs especializadas en educación sexual del propio Ministerio para generar consensos y avanzar en esos contenidos mínimos.

 

J.F.: Desde que es autónoma, la Ciudad se debe una ley de educación. Pero cuando vemos que mantuvo resultados muchos mejores que aquellos distritos que entraron en las exigencias de la Ley Federal, es inevitable preguntarse si es  necesaria una ley de educación de la Ciudad.

 

- Tenemos un problema con el tema de las leyes. Durante el gobierno de Néstor Kirchner, los principales logros de política educativa nacional del ministro (Daniel) Filmus fueron las leyes: de financiamiento educativo, de educación nacional, de escuela técnica, etcétera. Y muchos pensamos que, como política educativa, es bastante defectuoso porque el Poder Ejecutivo no está para legislar. Si ésos son los principales logros, uno se queda con ganas de más. Esto genera muchas sospechas en la sociedad: ¿para qué sirve hacer leyes de educación si finalmente no se cumplen o, si se cumplen, traen problemas o tardan muchísimos años en producir cambios?

 

J.F: O no adquieren el consenso necesario.

 

- Las leyes, por sí mismas, nunca adquieren consensos necesarios. La ley 1420 no salió con consenso sino de una gran grieta republicana institucional que tardó mucho tiempo en saldarse, y no sé si se saldó del todo. Sin embargo, generó en el grupo político de ese momento una gran capacidad de operación, de gestión, con sus resultados, más allá de que nos gusten o no. El problema no era la Ley Federal -y lo dice quien escribió un libro para criticarla-, sino la política educativa de Menem. El conflicto es de orden político, y vale tanto para la ley de educación sexual como para la ley de la Ciudad. Junto con el presidente de la Comisión de Educación de la Legislatura, Enrique Olivera, tomamos la decisión de que él es el responsable de liderar el proceso de sanción de la ley, no el Ejecutivo. Por supuesto que opinamos, trabajamos, sugerimos cambios y sugerencias a ese proyecto. Tenemos muchos ejemplos históricos para entender que no podemos mitificar las leyes, que a veces son una coartada excelente para la clase política: “Nos estamos ocupando del problema, nos estamos ocupando de la ley”. Sin embargo, no es así. Por ejemplo, desde 1920 hubo un desarrollo de las escuelas secundarias que se popularizó, se masificó, a partir de los años 40 y 50. En los ’60 éramos un ejemplo mundial de acceso a la escuela media, superior incluso a los países europeos, y no había ninguna ley que promoviera la educación secundaria. Muchos de los docentes y los políticos se inspiraban en la ley 1420, que era para la educación primaria. Una cosa es pensar una ley y otra atacar el problema; hay que ocuparse de las dos cosas al mismo tiempo.

Nº 2340 » Agosto 2008

El rescate de secuestrados en Colombia: ¿realismo mágico?

por Rodríguez Porras, Anamaría · 1 Comentario 

El rescate de los secuestrados, calificado por Ingrid Betancourt como “perfecto”, ha sido narrado internacionalmente como una historia digna del realismo mágico colombiano. Los guerrilleros engañados por la inteligencia militar entregan voluntariamente a los 15 secuestrados de mayor “valor político” en el nivel internacional. Los militares, cuatro “valientes” al mejor estilo de las películas de acción norteamericanas, inmovilizan en un helicóptero a los “carceleros de las FARC” sin disparar un tiro, respetando la vida del enemigo.

 

Demasiado bueno para ser cierto, dicen los campesinos de las montañas colombianas. Y ha quedado en el ambiente una mezcla de alegría profunda por la libertad de estas personas que estaban muriendo en medio de la selva y una gran confusión sobre qué sucedió realmente en este episodio de la historia del país. Los llamados “carceleros” de las FARC ¿negociaron con el gobierno la entrega de estos secuestrados? ¿El gobierno pagó por ésta entrega? La extradición de los dos guerrilleros ¿es parte de las condiciones que negociaron? ¿Ingrid sabía lo que estaba pasando en el momento del rescate? ¿Por qué pocas horas después de ser liberada, tras 6 años y medio en la selva, decide apoyar políticamente al Presidente contradiciendo las opiniones de su familia? El uso de insignias de la Cruz Roja Internacional ¿fue una decisión militar o una decisión personal de un militar asustado?

 

Pasarán algunos años para conocer la verdad sobre los hechos, sin embargo, hay dos elementos que tendrán que ir cobrando importancia en la construcción de la democracia colombiana: la necesidad de plantear un proceso para “desmediatizar” la realidad, logrando una mayor formación en la opinión pública, hoy tan emocional, irracional y desinformada y una reflexión sobre la necesidad de la paz como construcción de una sociedad con más democracia y con reformas sociales que ayuden a la equidad y no la pax que se consigue con la guerra por el camino del autoritarismo y de la seguridad a costa del desmonte del Estado Social de Derecho.

 

El 87% de popularidad del presidente Uribe en medio de escándalos que vinculan a políticos regionales cercanos a su gobierno a procesos de paramilitarismo, compra de votos, desplazamiento regional y vínculos con el narcotráfico sólo puede entenderse en el seguimiento sistemático de algunos de los más importantes medios del país, en los que Uribe, de una gran inteligencia para el manejo del poder desde los medios, ha logrado posicionarse como el “mesías” colombiano.

 

Asistimos en los últimos años a una gran estrategia mediática donde el presidente se vuelve omnipresente en todas las regiones del país a través de cabildos en las poblaciones más alejadas que son transmitidos durante 10 horas todos los sábados. Todo lo que los políticos regionales no resuelven es contado en estos cabildos donde el presidente directamente escucha a cada persona con su queja y su propuesta, regaña al alcalde o responsable regional y da las órdenes para que sea solucionado. Además no solamente ejerce el poder sino que sabe cómo se siembra el arroz, como se maneja el ganado, como se exportan los productos y cuánto vale levantar un hospital, generando así la sensación de que no podrá haber país sin su presencia. El mensaje de fondo es claro: el Estado no es necesario porque él parece administrar bien un país con las mismas técnicas que ha educado a sus hijos y ha sido capataz de sus tierras: “con mano dura y corazón grande” como decía el lema de su primera campaña a la presidencia.

 

El manejo de la información en esta liberación es parte de ésta gran estrategia que toma la emocionalidad del pueblo que aspira a la rendición de las FARC y el fin de la violencia. En la opinión de las mayorías nuestro Presidente no puede estarnos mintiendo. Esto que ha sucedido tiene que ser verdad. Además si no es verdad pues tampoco importa, el caso es que lo logró y que “este es el más duro golpe dado a las FARC”.

 

Necesitamos medios al servicio de la verdad. Comunicadores de la vida y esperanza del pueblo. Informadores críticos de los hechos. Si los medios continúan sirviendo a los intereses particulares y al poder de turno, los ciudadanos convertidos en masa y no en pueblo, seguiremos celebrando la libertad de los que vuelven a la vida y saliendo a gritar como ríos humanos: ¡libertad!, mientras que en la selva siguen secuestrados más de dos mil personas; ésta guerrilla sin ideología continúa aferrada a sus intereses; el gobierno posiciona la guerra como camino para la paz y en medio de todo se continúa el desmontando el Estado de Derecho con la aprobación de las mayorías que son admiradoras eufóricas de las soluciones mágicas.

Nº 2340 » Agosto 2008

A propósito de Betancourt

por Restrepo, Javier Darío · Comentar 

Primer tiempo: La raíz del mal o los otros secuestrados

 

El taxista se detuvo, abrió la puerta y sin más, como si reanudara una conversación interrumpida: “Liberaron a Ingrid, ¿sabía?”. Y durante el viaje aprovechó los comerciales de la radio para comentar. En la calle veía a la gente en pequeños grupos escuchar la radio con caras de felicidad; el portero abrió mecánicamente la puerta sin prestarme atención porque estaba pendiente de un pequeño televisor cuando se contaba la historia; y las personas que iba a encontrar, no tuvieron otro tema. Había una alegría colectiva, la solidaridad con los recién liberados era contagiosa. La de ayer fue, pues, una jornada de alegre solidaridad.

 

Era una alegría más pura que la de un campeonato, o que la de un triunfo político; más pura, incluso, que la de aquel día en que celebramos el premio Nobel de García Márquez. Esta de ayer fue la alegría por el bien ajeno, por la vida y la libertad de unos seres humanos.

 

Pero esas celebraciones alegres operan como un anestésico e insensibilizan para otros datos. Es como si no dejaran ver el otro lado de la alegría.

 

Ayer mismo había la noticia de un bebé de Tulúa que había sido secuestrado; y en el último mes han aparecido réplicas del caso de aquella mujer aprisionada y violada por su propio padre. Son historias parecidas a las de los secuestrados por las FARC porque en ellas aparece la misma manifestación del mal: el ser humano convertido en medio para un fin. Para las FARC los secuestrados son medios para obtener provechos económicos o políticos, el secuestrador del bebé lo hizo para negociarlo y el violador de su hija la convirtió en instrumento de placer. Pero la enumeración no termina ahí.

 

El taxista se volvió para preguntarme: ¿A quién le servirá políticamente esta liberación? Antes había especulado sobre el monto de la recompensa para el infiltrado, recordó los millones pagados al que entregó la mano amputada del jefe guerrillero y del informante que sirvió para la localización del campamento de Raúl Reyes.

 

No se daba cuenta de que en su comprensión de las cosas el fin de las acciones no son los seres humanos. Estos siempre están subordinados a un fin; y al comentar la liberación que nos alegraba operaba la misma perversa lógica: el dinero como fin y la libertad de las personas como un medio.

 

Entre el dinero de la corrupción y estos dineros que persuaden informantes o infiltrados, estamos construyendo un imperio en el que el dinero es el gran motor de las acciones, aun de las que parecen más nobles.

 

A los narcotraficantes la sociedad les reprocha su febril e inescrupulosa búsqueda del dinero, y de haberlo convertido en la razón de ser de sus vidas; pero las diferencias no son tan grandes. El razonamiento es el mismo: todo vale con tal de obtener un fin. Se secuestra a seres humanos, se los libera, se los exhibe entre aplausos, con un fin: dinero, éxito político, consolidación de un gobierno. Mientras el ser humano se use como medio para cualquier fin, estará abierta la puerta por donde entran todas las opresiones.

 

Me alegra la liberación de Ingrid y de los demás, pero me apesadumbra saber que la raíz del mal sigue intacta.

 

Segundo tiempo: Hechos positivos o milagros inesperados

 

A pesar de la especialización de nuestros medios en las malas noticias, y no obstante la dificultad que encuentra el periodista cuando la noticia es buena, la liberación de los quince secuestrados se apoderó de la prensa. Ese fue un primer hecho positivo.

 

La noticia tuvo, entre sus componentes, acontecimientos que la prensa destacó porque una vez embarcada en esa marejada de lo positivo, no podía hacer otra cosa que registrarlos, contra su costumbre. Ese fue el otro hecho positivo.

 

Fue el caso de la exaltación del cabo primero William Pérez, el “ángel salvador” de Ingrid y de sus compañeros de secuestro. En medio de la desesperación, la tristeza y el pesimismo de aquella cárcel verde, debió brillar con luz propia la solidaridad de este hombre, y así la revelaron los medios.

 

El afecto familiar, aquí y en Texas, fue parte esencial de la noticia. La familia se tomó las pantallas, las lentes y los relatos sin miedo a lo sentimental y cursi. ¿Para qué corregir la realidad si ella se deja dominar por el sentimiento y por lo cursi? Para los liberados lo importante era su reencuentro con la familia: habían sobrevivido por su presión moral. El gran dolor había sido la separación de la familia y allí en Tolemaida, en Catam y en todas partes, las pantallas y las cámaras se llenaron de abrazos, besos y lágrimas. Los refinados clamaron: ¡qué cursilería!, pero la realidad es así de cursi.

 

Se destacó, había que destacarlo, el respeto por la vida, aun la de los secuestradores crueles y sin hígados. Los medios llamaron “limpia” a la operación, porque no se había disparado un tiro ni derramado sangre. Al imaginario popular, que vincula una operación militar al uso de la fuerza, los medios le corrigieron la plana: la mayor operación militar es la que se hace con inteligencia e imaginación, a pesar de lo que digan las películas gringas.

 

También descubrieron los medios una imagen del ejército distinta de la que había ofrecido al transmitir la contratoma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985. Aquel había sido un ejército que no consideró ni usó otro instrumento que la fuerza; este, tal como lo mostraron los medios, deliberadamente hizo a un lado el poder de las armas.

 

Los medios nunca habían mostrado tanta gente rezando. Difundieron la imagen de Ingrid y de su madre de rodillas, transmitieron sus manifestaciones de fe y de agradecimiento religioso, oyeron a los demás liberados cuando contaron el apoyo que les había dado su fe. Se agregó aquel rosario en el palacio presidencial y la imagen de los presidentes de la República y de la Corte arrodillados en la capilla del arzobispado, informaciones suficientes para sacar de casillas a los que creían que lo religioso era asunto del pasado, al menos en las esferas del poder, o de la política, o de las altas clases. Los medios dijeron otra cosa, no por su cuenta, sino por el discurso inapelable de los hechos.

 

Y desde el día de la liberación estuvo siempre presente en los medios la solidaridad. Los 15 habían sido nuestros secuestrados, esta vez fueron nuestros liberados, y pensando en los que aún quedan en manos de las FARC y del ELN se unieron para convocar y animar la marcha solidaria del 20 de julio.

 

Fueron días en que lo bueno, lo positivo, los valores, tomaron posesión de los medios. Lo  positivo de los medios es que respetaron su naturaleza de noticia a pesar de los refinados y de los pontífices del laicismo. Un hecho que los redime, por estos días al menos, de su trivialización, de su comercialización, de sus unanimismos y dependencias del poder, que son las cadenas que mantienen secuestrada a la prensa hasta que les llegue su propia Operación Jaque.

 

Tercer tiempo: Qué pasará después de la liberación o barajar y dar de nuevo

 

“No sentí alegría ni rencor, más bien compasión”, dijo Ingrid Betancourt al recordar cuando en el helicóptero blanco, agentes del ejército que se habían hecho pasar por personal de un grupo humanitario, derribaron, desnudaron y esposaron a dos guerrilleros, uno de ellos el comandante César, su carcelero, cruel e implacable.

La operación cinematográfica, de una impecable limpieza —no se disparó un tiro— dejó libres a 15 secuestrados, entre ellos Ingrid Betancourt y tres contratistas de los Estados Unidos.

 

Apenas repuestos de la sorpresa y de la alegría de este rescate inesperado, los colombianos hemos comenzado a hacernos preguntas sobre sus consecuencias.

¿Cómo incidirá este hecho en la política nacional? Muchos creen que el gran ganador es el presidente Álvaro Uribe. Horas después del rescate se conoció que la Corte Suprema había descartado la posibilidad de revisar el acto legislativo que abrió la instancia de la reelección. Al darse a conocer esa decisión, el pueblo colombiano ratificó su convicción sobre el doble triunfo de Uribe en la jornada de ayer: en las selvas y en la Corte.

 

También se preguntaron sobre la situación del presidente Hugo Chávez, quien hasta ayer se ufanaba de su condición de carta indispensable para el intercambio humanitario y para la liberación de los secuestrados. Tanto el presidente venezolano como su aliada colombiana, la senadora Piedad Córdoba, “quedaron sin trabajo”, según la gráfica expresión de un comentarista de televisión. Este rescate no le ha generado al gobierno colombiano deuda alguna con su ruidoso vecino, como sí había ocurrido en las anteriores liberaciones, cuyo crédito había reclamado el presidente Chávez.

 

Otra pregunta inquietó a los colombianos en medio de la euforia: ésta sobre el futuro político de la recién librada Ingrid Betancourt. Fue secuestrada hace seis años como candidata a la presidencia y regresa, al parecer, para reasumir esa condición. No se necesitan muchos análisis para concluir que Ingrid se convirtió en una candidata fuerte, para un electorado que ama a los héroes y a los mártires. Ingrid reúne esas dos privilegiadas condiciones. Y manifiesta saberlo, ante una pregunta sobre su posible arrepentimiento por el viaje a San Vicente del Caguán hace seis años, que culminó con su secuestro: manifestó que a pesar del dolor que esa decisión produjo, su experiencia fue tan valiosa que hoy repetiría el viaje.

 

Durante las principales acciones del regreso de Ingrid y de los otros 14 liberados fue notoria la omnipresencia del ministro de Defensa Juan Manuel Santos, registrada por los medios de comunicación. Fue el mismo ministro quien dio el primer parte de triunfo a una sorprendida opinión que, desde ese momento, lo vinculó a la exitosa operación. ¿Incidirá el rescate en la consagración de este ambicioso político como candidato presidencial? Aunque muchos no lo quisieran, pocos lo dudan: Juan Manuel Santos será candidato.

 

El otro interrogante es doloroso: ¿cuál será la suerte de los secuestrados que quedan en poder de las FARC? El engaño con que fueron rotos los anillos de seguridad será respondido con un reforzamiento de las medidas de vigilancia, con el muy probable fusilamiento de los guerrilleros engañados y con el alejamiento de las posibilidades de liberación de los secuestrados. Las gestiones humanitarias quedarán signadas por la  desconfianza, de modo que se intensificará el aislamiento de los secuestrados. Son personas que tendrán que pagar con mayores rigores la libertad de los que abandonaron su cárcel verde.

 

Uno de los comentarios más repetidos tiene que ver con el impacto de este rescate en las FARC. La purga interna es una posibilidad, el debilitamiento irremediable, al comprobarse la porosidad de la organización, es otra posible consecuencia; la victoria definitiva del ejército sobre la antigua y poderosa guerrilla es el anuncio triunfalista que más se ha escuchado.

 

¿Acelerará este hecho un proceso hacia una paz negociada? Algo ratificado por los liberados es que las FARC sortean severos problemas logísticos de abastecimiento y que su moral y disciplina internas están debilitadas. Pero de ahí a que estén derrotadas no parece ser una conclusión realista. Aún se empeñan en buscar apoyo externo y un reconocimiento político internacional, y por lo tanto una solución negociada se ve distante. El escenario sigue ocupado por las armas y los guerreros. Y por la inteligencia militar.

Nº 2340 » Agosto 2008

Una espiritualidad para el porteño

por Braun, Rafael · Comentar 

¿Qué es lo que queremos vivir como cristianos? Lo que decía Jesús al anunciar su partida: yo he venido del Padre, y ahora vuelvo al Padre. Nosotros hemos nacido, como confesamos en el Credo, creados por Dios, llamados a volver a nuestro Padre por el único camino que se nos ofrece: el de Jesucristo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas”. Y para poder vivir esta vida de Jesús junto con Jesús, el Padre y el Hijo nos entregaron su Espíritu. Por lo tanto, la vuelta al Padre es por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

 

No se trata de una vuelta solitaria. Hemos sido llamados a formar parte de un pueblo, que es la Iglesia; la espiritualidad cristiana es fundamentalmente eclesial. Vivimos –o tenemos que vivir– en comunión eclesial, fundada en el don del Espíritu Santo recibido en el bautismo; ese sacramento nos incorpora a ese pueblo, hace que Dios nos conceda el permiso de llamar Abba (Padre) a Dios y de confesar que Jesús es el Señor. De este modo, toda nuestra vida espiritual está centrada en Cristo y animada por el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones para amar como Jesús amó.

 

¿Cuál es la doble mirada de Cristo en su vida? Una mirada hacia su Padre y otra hacia el hombre, porque su misterio es el misterio de Dios hecho hombre; Dios ha manifestado de ese modo el amor por todos nosotros. Como decían los Padres de la Iglesia: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera partícipe de la comunión divina.

 

Miremos entonces a este hombre, a este porteño que somos. Uno de los rasgos claros y permanentes de la vida cristiana desde la venida de Jesús es que el camino espiritual no se recorre en soledad; Jesús tenía muchos discípulos que lo seguían, y eligió especialmente a doce. Por lo pronto, quien quiera realmente caminar de vuelta hacia el Padre, trate de buscar acompañante. Este es el servicio que la Iglesia ofrece a toda la comunidad. Una espiritualidad que no contemple este hecho esencial no puede ser verdaderamente cristiana: si ignoramos qué es el hombre, la espiritualidad va a ser incompleta. Como afirma el Concilio y repitió Juan Pablo II, el misterio del hombre se revela en el misterio del Verbo encarnado: al mirar a Jesucristo se entiende el misterio del hombre. Pero a su vez, mirando al hombre se entiende el misterio de Jesucristo; porque Cristo no es visible.

 

Desde el punto de vista espiritual, ¿cuáles son esas características centrales de todo ser humano y, por lo tanto, de nosotros mismos?

 

La primera es que el ser humano vive en el tiempo, en un cambio continuo, por eso tiene una historia personal marcada por los cumpleaños y por grandes cambios como el ingreso a la primaria, el trabajo, si se casa o tiene hijos. Pero además tiene una historia del encuentro con Dios, una historia de salvación. Toda la Biblia es la narración de la historia del encuentro de Dios con el hombre; Dios nunca lo abandona. Cuando el hombre perdió su amistad y se alejó, Dios salió a su encuentro: hizo una alianza con Abraham, habló por los profetas; hasta que finalmente habló a través de su Hijo. Por lo tanto, una espiritualidad cristiana no es una espiritualidad de mínima, como si fuera una cuestión de estar “en regla”. No es simplemente no pecar y cumplir los mandamientos, sino una respuesta a la invitación de Jesús: “Sean perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. El Concilio Vaticano, en su Constitución sobre la Iglesia, expresó que la vocación a la santidad es universal. Si queremos una espiritualidad para nosotros, hoy en Buenos Aires, es necesaria una espiritualidad personalizada de crecimiento, tener en cuenta la dimensión histórica del hombre: no se puede presentar una espiritualidad idéntica para todo el mundo. Si hay misas para jóvenes es porque ellos quieren escuchar la Palabra, quieren contestarle a Dios de un modo propio, distinto de otros. Y lo mismo sucede con las misas para niños o para ancianos.

 

La segunda característica es que el hombre es un ser social. Jesús se hizo hombre, tuvo una historia: nació en Belén, tenía vínculos con su madre y con su padre, una trama de familiares que lo consideraron medio loco cuando estaba en Cafarnaúm, pagaba los impuestos, vivía según las costumbres y la ley de Israel. Se hizo famoso en una comunidad humana concreta. ¿Cuáles son esas relaciones sociales por las cuales tenemos que empezar a vivir nuestra espiritualidad? La primera es la familia, que marca nuestra historia: la vida matrimonial, la relación de padres e hijos, la vida de hermanos, la familia ampliada. Un segundo grupo de relaciones están referidas a nuestra actividad en la sociedad civil (instituciones de educación, de recreación, de solidaridad, de espectáculos) y fundamentalmente en el trabajo, por eso pienso en personas que están horas y horas inmersas en sus tareas o en el transporte para cumplir con ellas, siempre están cansadas. Por otro lado, una persona que no extiende su examen de conciencia a la moralidad de su relación en la vida económica, social, política y cultural, ignora la doctrina social de la Iglesia. Sería abrazar una espiritualidad esquizofrénica: comulga el domingo y después acepta coimas. Pertenecemos a una comunidad política y, como cristiano, no puedo renunciar a las responsabilidades que me competen en ese campo. Como dice Jesús, hay que dar al César lo que es del César.

 

Él convoca a un valor central en estas relaciones sociales: vivir la fraternidad. Jesús enseñó: “Cuando recen digan Padre nuestro”, no dijo “Padre mío”. Si somos hermanos, nace la exigencia del amor recíproco: el amor de Jesús a los hombres. Y este amor tendrá que revestir las formas adecuadas a las características de la comunidad en la cual somos hermanos. Hay un mínimo de amor que tenemos que vivir diariamente: es el respeto al prójimo. Mirarlo como sujeto, no como objeto. Las reglas de la buena educación son el primer escalón del amor.

 

Por otro lado, el hombre es, también, un ser individual, dotado de diversas facultades y necesidades, y la espiritualidad cristiana tiene que abarcar la totalidad del hombre, incluido el cuerpo. El ejemplo más claro es el misterio de la Transfiguración de Jesús, que anuncia su Resurrección. Además, nos vinculamos con los demás a través del cuerpo; y tenemos que empezar a amarlo. Ello implica amarse como varones y como mujeres; tomar conciencia de que los caminos de santidad son complementarios pero distintos.

 

Tenemos inteligencia: creo para entender y entiendo para creer. Algo bueno en toda la historia de la Iglesia es su enorme aprecio por la razón humana; la prueba más clara es que fue la creadora, en Occidente, de las universidades. Para crecer como cristianos, hay que crecer en la inteligencia de la fe, ser permanentes alumnos y comprender la inteligencia práctica, que es la que nos conduce a determinar qué es el bien.

 

Tenemos voluntad. Somos libres, elegimos el bien o el mal. La decisión razonada de estudiar una carrera exige un compromiso a lo largo de muchos años; las decisiones de casamiento o de ser sacerdote son para siempre. Se compromete el ejercicio de la voluntad, que es sobreponerse a otras facultades del hombre: los afectos y los sentimientos, porque no siempre van por el mismo camino que la voluntad.

 

Tenemos sueños, tenemos sentimientos. Jesús habló muchísimo del corazón y no enseñó un camino que fuera sólo intelectual o puramente volitivo; una espiritualidad seca donde se cumplen deberes pero no se permite ninguna sensación y ningún placer sensible o espiritual. Una buena espiritualidad se asemeja a un árbol de raíces profundas y tronco sólido que se flexibiliza a medida que sus ramas alcanzan mayor altura. Por eso la verdad y los principios cristianos no son monolíticos, hay cosas que son negociables en la vida cristiana. Es necesario tener esa inteligencia de la fe para saber qué es lo esencial y qué es lo accidental en las rigideces de las costumbres. Es lo que nos va a permitir aplicar en la actualidad lo que Jesús decía en su tiempo: “El hombre no fue hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre” y “Yo he venido a buscar a los pecadores, no a los justos”. El cristiano que tiene seguridad afectiva no necesita huir del mundo: huye del pecado.

 

Finalmente, entre las dimensiones personales está el espíritu, que hacía exclamar a San Agustín: “Nos has creado para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Espiritualidad cristiana es contactarse con el corazón. Allí está el Espíritu Santo que Jesús prometió que fluiría como un manantial de agua viva.

 

Un cristiano está llamado a desarrollar las virtudes cardinales y teologales y a disponerse a recibir los dones del Espíritu Santo, proceso que requiere del trabajo de muchos años. No se crece por arte de magia, sin esfuerzo; la espiritualidad cristiana exige vivir cumpliendo la voluntad de Dios. Así habló Jesús en su sermón de la montaña: “No es el que dice ‘Señor, Señor’ el que entra en el Reino de los Cielos sino el que cumple la voluntad del Padre” y “Yo no he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió. Mi alimento es cumplir la voluntad del Padre”.

 

Para cumplir el primer mandamiento, “Amar a Dios con todo el corazón”, no es posible estar divididos. Divididos por la ignorancia, por creer que se puede amar con sólo una parte. Dios quiere que se ame con todo, sin divisiones. Se trata, en la práctica, de ir hacia el encuentro con Dios, con nosotros mismos y con los demás, en esta ciudad ruidosa, llena de gente, con poco tiempo, con cansancio físico. Abrirse a ese encuentro requiere buscar el silencio y buscar la soledad. Como Jesús, que después de días agotadores en contacto con la gente se iba, solo, a orar a la montaña. Los evangelistas lo acentúan: solo, a orar.

 

¿Cómo lograrlo? Uniendo lo que muchas veces son compartimentos especializados: ahora trabajo, después diversión, el fin de semana al cine, cocinar con la familia… Ahora voy a misa, ahora rezo… La vida pasa por un lado, la fe, por otro; como un gran ropero con cajones diferentes. Es necesario unir lo que ha sido separado. Unificarse. Propongo partir de la espiritualidad de la escucha, salir del atolladero interior; crear espacios, en la vida cotidiana, de escucha de la palabra de Dios. Si no se aprende a orar escuchando la palabra de Dios, la oración será siempre un monólogo.

 

El día del bautismo de Juan, el Padre dijo: “Este es mi hijo predilecto; escúchenlo”. El pan nuestro de cada día tiene que ser el Evangelio, conocer la vida de Jesús. No se puede ser otros Cristos si no se sabe nada, o poco, de la persona de Jesús. Nadie se enamora de alguien que no conoce, y la Palabra lleva a ese conocimiento. Hay que tener una espiritualidad de la escucha del Espíritu que habita en los corazones, aprender a rezar también en silencio, sin llenarse de palabras. Fue lo que dijo Jesús a los apóstoles: no hagan como los paganos, que usan muchas palabras. Ocupados por los propios ruidos y pensamientos es muy difícil prestar atención al Espíritu.

 

Tenemos que aprender a escuchar al otro. Expresiones como “¿Qué tal? ¿Cómo estás?” generan que el otro conteste: “Bien. ¿Te cuento?”, pero enseguida cambiamos de tema porque no estamos dispuestos a seguir un largo relato. No queremos des-centrarnos; priorizamos las propias preocupaciones y no queremos cargar con los problemas de los demás. Pero Pablo dice que la ley del amor es que nos ayudemos con las cargas. Por eso necesitamos crear espacios para compartirnos; necesitamos, en esta pedagogía de la escucha, modelos ejemplares que podamos imitar.

 

En este punto se ingresa en la profundidad de la espiritualidad cristiana. Si centramos nuestra vida en Jesús, no podemos entender su Misterio sin el de su madre, María. ¿Qué elemento nos da la verdadera dimensión de la Encarnación de Jesús? El hecho de que haya nacido de una mujer. María es la nueva Eva, figura y modelo de la Iglesia. Es la estrella de la evangelización y es aquella que ya realizó, por su proximidad con Jesús, lo que con esperanza aguardamos: la glorificación del cuerpo y del alma, de todo. A través de María podemos entender que Jesús lloraba, reía, jugaba, desobedecía; somos capaces de imaginar concretamente a Jesús, viril, varón, entero; con mal olor, sucio; con hambre, con sed, con sueño; un hombre. También hay que volver a leer, no las leyendas, pero sí la vida real de los santos, que eran diferentes pero estaban inmersos en su mundo. Tenemos la suerte de haber sido contemporáneos de una sucesión de Papas seguramente santos y haber conocido personas santas, cristianas, seres humanos.

 

Y todo hay que hacerlo en el torbellino de la ciudad. Pero no se trata de inventarnos sacrificios. El sacrificio es vivir bien, cristianamente, y descubrir los espacios de recogimiento. Habrá que aprender a hacer silencio en el colectivo o caminando por la calle, aprender a rezar cuando se va de un lugar a otro, aprender a vivir con jaculatorias, como la oración “Señor Jesús, ten piedad de mí”, que expresan todo lo que vivimos y que introducen la posibilidad de la oración continua, uniendo la vida, la fe y la oración. Y también necesitamos espacios de soledad, de recogimiento, de silencio, al fin del día; no sólo un poco de televisión para distraernos o para no pensar.

 

Tenemos que descubrir en el otro un principio de comunión y no un enemigo potencial, un atacante. Jesús nos llamó a seguirlo: “Quien quiera seguirme renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame”. En síntesis: La espiritualidad cristiana no es una estética de sentimientos espirituales sino una vocación sencilla, para personas simples pero fuertes, dispuestas a entregarse al Señor para servir con amor a sus semejantes. Eso fue lo que hizo Jesús: vino a revelarnos que Dios es Padre, y nos ama; quería que todos nosotros fuéramos hijos que entraran en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nosotros, como Iglesia, somos el cuerpo de Cristo, y tenemos que hacer lo mismo que hizo Cristo en su tiempo. Para eso nos regaló el Espíritu, sin el cual no podemos hacer nada. Y entonces, viviendo plenamente conectados en el Espíritu, vamos a volver al Padre por medio de Jesús.

 

Y aunque nos caigamos muchísimas veces, no debemos tener miedo de levantarnos. Por eso concluyo con la figura de Pedro. Con excepción de Judas, ninguno de los apóstoles, en las narraciones de los Evangelios, cometió tantos errores, fue tan débil y tan presuntuoso como Pedro. Pero fue a él a quien Jesús eligió como roca, como cabeza del colegio apostólico.

Nº 2340 » Agosto 2008

Mirar la ciudad

por Calvez, Jean-Yves · Comentar 

No hay lugar donde la vida social sea tan intensa como en la ciudad. El contraste con el campo, con el mundo rural, es marcado. La urbanización tan extendida es un fenómeno relativamente nuevo. Su expansión, sobre todo en Asia, América Latina y África en el siglo XX no tiene precedentes; en Europa, en cambio, el movimiento ya se registraba. Durante milenios, la inmensa mayoría de la población era campesina y unos pocos “privilegiados” habitaban las urbes.

 

Sin embargo, ya en el mundo antiguo se tiende a identificar comunidad política, estado, con “ciudad”. Cuando aún no había estado, existía la ciudad. Así era para los griegos. Y también para los romanos cuando su capital se expandió hasta convertirse en un Imperio mundial (en el contexto de ese tiempo). En el mundo romano la ciudad siguía siendo un concepto esencial. De civitate Dei, la gran obra de San Agustín, trata de la ciudad de Dios, por cierto, pero también de la civitas terrestre, política, romana. Y ya transitamos los siglos IV-V.

 

Ciudad, cité, civitas

 

En la literatura de moral política católica hasta la Segunda Guerra Mundial se solía emplear la palabra ciudad (no la ville sino la cité en francés, la civitas en alemán). Con ella no se aludía a la ville, la aglomeración urbana sino a la comunidad política (la cité). Se la prefería a estado, con una connotación administrativa, un concepto algo abstracto, hoy sustituida por comunidad política (posiblemente desde Juan XXIII y el Concilio Vaticano II en Gaudium et spes).

 

La idea de “ciudad”, cité, se ha extendido hasta lo internacional. Sugiere un ámbito nacional, aunque se la emplee generalmente sin adjetivo: comunidad francesa, alemana… Pero no hay “ciudad (civitas) europea”. Muchos lamentaron el cambio de Comunidad Europea por Unión Europea porque “comunidad” encierra un concepto más rico que “unión”.

 

En el siglo XX la palabra ciudad y otras equivalentes, incluso el vocablo ruso grazhdanstvo (país de nacimiento/ terruño), denotaban un concepto positivo, rico, de la comunidad política correspondiente. Città y civiltà (ciudad y civilización) tienen en italiano una estrecha proximidad por la histórica importancia de las ciudades, dado que sólo puede hablarse de estado con el Risorgimento, la aparición de la nación italiana. Hasta entonces, todo pasaba en las ciudades.

 

Tanto en la Antigüedad, como en el Renacimiento o en los siglos XIX-XX, la ciudad es “el lugar de las libertades, del refinamiento, de los sueños, de las aventuras” (L’atlas géopolitique et culturel du Petit Robert des noms propres). Pero en ciudades de más de diez millones de habitantes (México 18, San Pablo 19, Mumbai 19, Tokyo 12) el ciudadano se torna un individuo solitario en un mundo multitudinario. Sigue siendo libre pero está más expuesto a la imprevisibilidad, a la inestabilidad, “más abierto a los demás pero más impaciente”, anota la misma fuente.

 

En Europa, el típico habitante de las ciudades era el “burgués”. Esto cambió en el siglo XIX y todavía más en el XX con la industrialización y el éxodo rural. Es lo que hoy ocurre en Asia y en América latina. En África, donde el fenómeno es más reciente, e incompleto todavía, con una tasa de urbanización del 35 % en 1995, muchas veces se da el éxodo sin demasiada industrialización.

 

Los problemas de hoy

 

Los problemas de la ciudad, la ville, die Stadt, empezaron sin embargo a cobrar identidad propia en los años 60/70 con la enorme expansión del fenómeno urbano, las dificultades de alojamiento, circulación, desagüe, la creación de suburbios alrededor de los núcleos tradicionales. Los problemas urbanos comienzan a manifestarse con gravedad en las ciudades más viejas. En Europa, París con sus disturbios y motines es un buen ejemplo; en Francia desde los años 80 del siglo pasado existe el Ministerio de Vivienda y Ciudad.

 

Recientemente ha habido grandes problemas en los suburbios de las grandes ciudades francesas (no sólo de París sino también de Lyon, Marsella, Tolosa, Estrasburgo). Se recuerda particularmente la quema nocturna de millares de automóviles en noviembre de 2005 por adolescentes y jóvenes. No reaccionaban así ante su circunstancia social presente, sino por la perspectiva de un futuro difícil después de la escuela: falta de trabajo, discriminación. Se creó entonces un organismo para luchar contra las discriminaciones: HALDE (Alta Autoridad de Lucha contra la Discriminación y por la Igualdad). Al respecto cabe señalar que no es que haya habido abandono de las poblaciones migrantes y se planeara la segregación. En los años 60 y 70 las que en la Argentina se denominan villas miseria o en Brasil favelas quedaron atrás con la construcción de numerosas viviendas populares que constituyen barrios suburbanos, con la intención de la mayor mezcla social posible. Sin embargo, el resultado tendió lentamente hacia la segregación, dado que los más favorecidos se mudaron y el fenómeno persistió. El hecho clave es que en definitiva todos estos barrios nuevos, aunque cuenten con niveles de calidad, están bastante alejados del centro ciudadano; son núcleos suburbanos no son ciudad…

 

Ciudadanía

 

Vuelvo a la palabra “ciudad” para aludir de modo claramente positivo a lo político. La ciudad, la cité, está a mucha distancia del comunitarismo, un concepto de nuestro tiempo. Ciudad es comunidad de ciudadanos, conciudadanos, personas que comparten en igualdad. “Ciudad” tiene una connotación más democrática que patria, Vaterland, donde prevalece el carácter de dominación más que el de participación.

 

En la palabra ciudadano, citoyen, citizen, hay cierta dignidad; se habla del honor del ciudadano. Por la ciudadanía soy alguien, existo: no solamente soy parte, miembro… Soy más bien alguien, igual a los demás. Esta situación difícilmente se dé en los barrios periféricos, anejos, extramuros…

 

Sin bien algunas obligaciones ciudadanas tradicionales propias de la antigüedad, tales como la posibilidad de pagar impuestos y cumplir con la milicia, hoy no se perciben así, se advierte que la ciudadanía implica un deber de participación en la organización de la vida común, de asumir responsabilidades.

 

En Europa occidental la condición de ciudadanía es común. En Rusia se advierte más la comunidad que la ciudadanía (sentido de pertenencia: pertenezco, algo me precede…). En Suiza predomina la “confederación”. Hay Mitbürger, mit, avec, fuerte tradición ciudadana aunque con rasgos comunitarios.

 

¿Hacia dónde vamos? La tendencia es extenderse a vastos conglomerados: aglomeraciones de 15, 20, 30 millones de hombres. El desafío será ser ciudadanos, conciudadanos, lo característico de las “ciudades”, la mejor expresión de lo político. ¿Podremos alcanzarlo? De lo contrario, el caos reinará sobre gran parte de la humanidad. Se trata de una tarea enorme e inédita. Nunca antes intentada. ¿Es posible una gobernabilidad en tales conglomerados atenta a las exigencias de la mente y del corazón humanos? Estamos en un punto decisivo de la evolución social humana.

 

La doctrina social católica

 

Donde más se han considerado estos problemas es en Octogesima adveniens (1971), una carta encíclica de Pablo VI, el más moderno de los papas del siglo XX. Allí, el primero de “los problemas sociales nuevos”, tanto en los países industrializados como en las naciones en vías de desarrollo, es “la urbanización”. Entre sus causas, se menciona el éxodo rural permanente, el crecimiento industrial, el continuo aumento demográfico, la “atracción” que ejercen los centros urbanos. Llegan éstos a “concentraciones de población cuya amplitud apenas se puede imaginar, puesto que ya se habla de megápolis que agrupan varias decenas de millones de habitantes”. El gran problema es evitar la “proletarización” de los habitantes de estas nuevas concentraciones. Además, aunque no haya trabajo ni sustentabilidad para tantos, en la ciudad se vive la seducción de los nuevos productos y se crea la necesidad de lo superfluo. Pablo VI manifestaba una profunda inquietud: “Se puede uno preguntar, con todo derecho, si, a pesar de todas sus conquistas, el ser humano no está volviendo contra sí mismo los frutos de su actividad ”. Si después de haberse asegurado un dominio necesario sobre la naturaleza, no se esté convirtiendo ahora en esclavo de los objetos que fabrica. Bajo el título “Los cristianos en la ciudad”, insistía sobre la gran necesidad de participación de los cristianos en el ejercicio de las responsabilidades conciudadanas. Decía: “la urbanización plantea a hombres y mujeres difíciles problemas: ¿cómo frenar su crecimiento, regular su organización, suscitar el entusiasmo ciudadano por el bien de todos?”. Nos proponía así una tarea cristiana por excelencia: “construir la ciudad lugar de existencia de las personas y de sus extensas comunidades, crear nuevos modos de proximidad y de relaciones, percibir una aplicación original de la justicia social, tomar a cargo este futuro colectivo que se anuncia difícil, es una tarea en la cual deben participar los cristianos. A estos seres humanos amontonados en una promiscuidad urbana que se hace intolerable, hay que darles un mensaje de esperanza por medio de la fraternidad vivida y de la justicia concreta”. Treinta y siete años después de estas palabras, ¿podemos decir que hemos hecho algo al respecto como comunidad cristiana? Por cierto, es preciso reabrir hoy este capítulo de la doctrina social católica.

Nº 2340 » Agosto 2008

El ángel exterminador

por Vidal Fernández, Fernando · 1 Comentario 

“He ahí una revolución si supiésemos cómo”

 Hamlet

 

Luis Buñuel filmó en México en 1962 El ángel exterminador. Tras concurrir a la ópera un grupo de burgueses se reúnen a cenar en la mansión de uno de ellos. El grupo repite varias veces la misma escena, presentando esa dinámica de la historia como un gran círculo del que no se conoce el inicio ni el fin, no es una historia de progresión. Desde el comienzo, presenciamos cómo inesperadamente el personal doméstico de la casa va abandonando sus puestos de trabajo sin ninguna explicación, presentimiento de que algo malo va a suceder. Tan sólo el mayordomo en jefe –conexión jerárquica entre la burguesía y los obreros– permanece en la casa sirviendo para que todo siga normalmente su curso. El grupo de invitados entra en el salón comedor y disfruta su cena y la tertulia. Va trascurriendo el tiempo y misteriosamente nadie logra salir del umbral de la habitación en que se hallan. Nadie se lo impide, el umbral está abierto, pero todos los que van a salir a último momento no lo hacen. Poco a poco se van dando cuenta de que nadie sale del cuarto, que la voluntad impide que se salga de la habitación aun cuando necesidades fisiológicas o angustias obligarían a hacerlo. Paulatinamente la existencia en el habitáculo se va tornando insoportable; la convivencia se degrada llegando incluso a la violencia y la miseria. Lo que antes era una graciosa curiosidad ahora se convierte en urgente necesidad. Pero nadie en el grupo logra vencer su voluntad, hay una barrera invisible dentro de cada uno que impide consumar su necesidad de salir de la habitación. Ante ellos, una enorme estancia se abre tras el umbral pero todos están cautivos de sí y para sí en su cada vez más reducida habitación. 

 

Creemos que este es el rasgo que más caracteriza la actual vivencia de la revolución desde las clases medias occidentales: nuestro modo cortesano de vida contempla desde sus televisores cómo el mundo se ha revolucionado en lo laboral, lo medioambiental, lo financiero, lo cultural, lo político, etc. El siglo XXI está centrifugando el mundo. La gente, en vez de salir a tierra abierta, se incrusta en el caparazón de sus hogares y se produce un efecto general: nadie quiere salir de la normalidad. Preferimos refugiarnos en la ficción de la seguridad occidental, resguardarnos en la ficción de la normalidad en medio de un mundo que sufre cambios extremos en los que participamos. Como el grupo de burgueses de la película de Buñuel, aunque sintamos la necesidad, no somos capaces –por un desconocido proceso psicológico o moral– de abandonar nuestra estancia occidental. Quizás, miedo a un mundo en el que las masas trabajadoras proletarizadas –globalizadas, inmigradas, precarizadas, ideológicamente aburguesadas– y los sectores excluidos son un factor de riesgo frente al cual debemos amurallarnos en urbanizaciones fuera del hervidero de la ciudad. Como en El ángel exterminador, no sabemos por qué no salimos de la habitación cuando todo está abierto. No sabemos por qué no somos revolucionarios en medio de un mundo que no deja de serlo cada vez más. Ante nosotros, se muestra un mundo en el que parece haberse hecho presente un Ángel exterminador, en el que el Apocalipsis se ha adueñado de algunas de sus dinámicas. Pero precisamente quien más agita y se beneficia de la revolución, la niega y sigue sentado en su sillón creyendo que solamente la ve por televisión.

 

Ya no pero todavía tampoco

 

 (…) La fuente de la revolución sustancialmente distinta en nuestra época no procede de las pésimas condiciones dickensianas que sufren millones de obreros y obreras del mundo sino que lo más novedoso es que la revolución se ha convertido en el modo normal de cambio en la neomodernidad. Partimos, por tanto, de que la revolución es nuestro modelo de cambio social global. Cuando decimos que la sociedad de riesgo es un modelo de revolución no queremos decir que en cada cuestión se opere con revolución sino que está al borde de la revolución en cada paso que da. La neomodernidad es una revolución sin sujeto, una revolución sin proyecto histórico, una revolución como sistema. 

 

Cuando uno escucha revolución evoca dos tipos de conceptos bien distintos: uno nos recuerda a la revolución industrial, la revolución neolítica o la revolución informática; otro engloba a las revoluciones provocadas por sujetos que empujan un proyecto histórico, como la revolución francesa, la revolución rusa o la revolución gandhiana. Por supuesto, formalmente existe un carácter revolucionario en la contrarrevolución que busca contradecir las tendencias de la revolución que la motiva. Una primera cuestión que queremos asentar es que la revolución tiene dos aspectos formales: por un lado alude a una forma de cambio social, y por otro a una metodología para mejorar cualitativamente las condiciones humanas. En la primera, la revolución en general es provocada por la modificación cualitativa de algunos parámetros de la vida social como son la tecnología, el encuentro con sociedades desconocidas o el mundo de las ideas. En nuestro tiempo, en la neomodernidad que comenzó a fines de los años 70, lo diferente es que la revolución no es un acontecimiento único e inesperado sino que la revolución se ha convertido en la metodología ordinaria de cambio social. Por tanto, la revolución metodológica se ha instalado como un juego de “todo o nada”. Pero hemos visto que la revolución también tiene un aliento moral como cambio cualitativo moralmente comprometido con la dignidad de las personas.  

 

En el revolucionarismo metodológico, todos los agentes se ven afectados por la revolución aunque solamente unos pocos sean conscientes de ello. Pero potencialmente todos los actores sociales participan en la revolución o en la contrarrevolución. Respecto a esta segunda concepción de revolución, el posicionamiento de la población es antirrevolucionarista: lo revolucionario como estrategia política no sólo ha caído en un profundísimo desprestigio sino que es estigmatizado como algo indeseable. Esta es la paradoja del cambio social en nuestro tiempo: antes vivíamos en un tiempo conservador en el que había masas que predicaban la revolución y ahora vivimos en una revolución permanente en la que nadie quiere ser revolucionario. He ahí la gran contradicción que sujeta nuestro tiempo: el sistema actúa revolucionariamente con sujetos que no quieren serlo. No sé si hay otra opción razonable que no sea serlo. 

 

(…) La revolución sistémica que supone la neomodernidad tiene revolucionarios que quieren globalizar suscitando el menor grado de contradicciones en la conciencia de la gente. Tiene revolucionarios que asumen un nuevo paradigma cultural o que desarrollan nuevas tecnologías que abren posibilidades inéditas –los científicos no son sólo técnicos sino que la ciencia está guiada por la política de las temáticas y la determinación de hipótesis–. Tiene contrarrevolucionarios que buscan frenar la globalización o la reflexividad o buscan otras alternativas. Y tiene masas ingentes de personas que, asustadas por ese mundo que Giddens denomina desbocado, buscan conjurarlo con un ultranormalismo –o lo que Juan José Millás llama extremocentrismo que les hace huir de lo revolucionario como del diablo.

 

 

Cuando la revolución es la norma

 

Vivimos en un tiempo de neodesarrollismo en el que se busca la explotación bigeométrica del medio ambiente, los recursos, las personas y las instituciones (como por ejemplo, las ciudades). Por explotación geométrica entendemos que cada vez se acelera más el rendimiento de márgenes de beneficios: se explotan más las materias primas (con una sobreexplotación desarrollista de bosques o costas hasta ahora intocados, pero también por la búsqueda informacional de nuevas intervenciones en la propia estructura de los recursos como son los transgénicos o las estrategias de nutrición o crianza del ganado), a los productores (atendamos a las campañas que denuncian la sobreexplotación a que las grandes multinacionales someten a los productores de cacao, café o algodón), a los trabajadores (y no tenemos más que ver el documental China Blue que cuenta la historia de varias trabajadoras chinas en una fábrica textil de pantalones vaqueros) y a los consumidores (un buen ejemplo son los métodos de overbooking, que consiste en vender a otro el mismo producto que te han vendido a ti de modo que se reduce el riesgo de pérdida de la compañía y se multiplica el riesgo de pérdida del cliente). Los consumidores finalmente son explotados a veces no a través del precio sino de los sobrerriesgos que uno asume, como es por ejemplo el aumento de las probabilidades de devolución: las garantías se extienden porque la seguridad de calidad de la producción desciende.

 

(…) Los dilemas son cada vez más cruciales: más multiplicadores o más divisores. Se acabaron las decisiones con consecuencias de baja intensidad y además no hay más remedio que asumir riesgos. En el futuro encontraremos que las decisiones que tomemos habrán sido causa de efectos muy prósperos o habrán arrojado al tacho lo que se pusiera en juego. Estamos ante un juego de “todo o nada”. Se exageran los factores que intervienen, se vuelven más centrales, tienen un papel más definitivo. Todo cada vez es más estructural y dialéctico. El irrupcionismo que defendían las visiones de Walter Benjamin, Jünger o Bloch en la Alemania de entreguerras, se manifiesta finalmente como una dinámica de cambio cada vez más improbable pero a la vez más posible. Hay que precisar que la noción de catastrofismo de Thom no significa que necesariamente tenga que ser negativo el resultado sino que es una mera estructura de cambio que puede terminar con un bien mayor o un mal mayor; lo único seguro es que será un enorme cambio, una revolución. La sociedad de riesgo intenta hacer más probable la normalidad corriendo el riesgo de hacer más posible la revolución.  

 

Ataraxia social

 

Si se evita calificar de revolucionario a nuestro modo de cambio social es quizás por la estigmatización de dicho término. También porque existe una tendencia a conjurar lo revolucionario con el extremocentrismo. Somos arrastrados por una tectónica social de alta actividad, revolucionaria. Sin embargo, la experiencia cotidiana de la gente no siempre refleja esa vorágine revolucionaria tan aguda. Lo hace en la medida que se comprueba que la vida cotidiana está siendo atravesada y revuelta por una serie de tendencias que son difícilmente controlables: va en el autobús y comprueba que en pocos años el tipo de personas con los que solía compartir el transporte ha cambiado de color, vestimenta y muchas veces idioma. Siente que sin haberse movido de su barrio todo se ha movido alrededor, y ahora vive con gente de distintas procedencias nacionales. Sentimos que las cosas no están tan aseguradas como antes, que ahora ya casi no hay nada seguro: que no se sabe qué puede pasar en el futuro con las pensiones o los seguros médicos; que nadie va a garantizarle que mañana no sea despedido de su empresa porque ha sido absorbida por una gran multinacional ni que su matrimonio vaya a ser para siempre o que sus amigos permanezcan cerca de él. La vida cotidiana encuentra suspendidas sus garantías y entonces uno comienza a sentir que la tierra ha desaparecido de sus pies. Los antiguos galos temían que algún día el cielo pudiese caer sobre sus cabezas, y hoy los neomodernos tememos que el suelo que pisamos pueda esfumarse: vivir en un mundo incontrolable donde no se puede dar nada por seguro. Nadie sabe esto mejor que aquellos que sufren las nuevas condiciones de la exclusión social, que han visto truncadas sus biografías por procesos que han actuado revolucionariamente sobre su vida.

  

(…) No obstante, el neoliberalismo confía en la autolimitación de los grandes capitalistas ya que se piensa que buscan predictibilidad, estabilidad que dé confianza a sus inversiones y, por tanto, buscan que no existan revoluciones que varíen los parámetros de sus operaciones económicas. La actual globalización con sujetos especulativos operando a sus anchas por el mundo sería una fase de transición hasta que se genere un nuevo sistema global de control económico con reglas universales. El actual desorden económico mundial no sería sino una fase de acondicionamiento: ese desorden no es sustancial a la globalización del mismo modo que no lo era a las economías nacionales cuando se formaron partiendo de los mercados locales o regionales.

 

Sin embargo nuestro sistema tiende a ser una máquina sin sujeto, tal como predijo Max Weber al comienzo de la modernidad. La neomodernidad es la reconstitución de las claves modernas tras el intento de cuestionamiento civilizatorio por parte del postmodernismo y uno de los elementos más importantes es la tendencia a un sistema social sin sujeto, librado al instinto de especie, es decir al poder fáctico de los agentes dominantes. Un mundo sin sujeto es un mundo que no puede hacerse responsable. Una economía dejada a las leyes de compensación –oferta/demanda– del mercado, es un sistema sin sujeto. 

 

Las fuentes de riesgo son el avance de la ambivalencia en las estructuras sociales; la sobreexplotación de las personas, las materias primas y los capitales; la abstracción del poder que crea máquinas institucionales de tan alta especialización en las tareas que se pierde la trazabilidad del proceso y es fácil que uno transfiera las responsabilidades de su acción fuera de sus competencias.

 

 

Evolución, orden y Tradición

 

 (…) Uno de los conceptos que mayor potencia manifiesta para la reconstrucción de la revolución es el de sostenibilidad en especial y el de orden social en general. Parece una de esas contradicciones: ¿cómo revolucionar algo sin violar el orden social? ¿No son acaso antónimos orden y revolución? ¿No suena demasiado a esas fórmulas que manipulaban el principio de revolución con expresiones como “revolución institucional”?

 

Así como nuestros tiempos son cada vez más revolucionarios en su modo de cambio social, la conciencia de nuestro tiempo impone condiciones a las revoluciones posibles. Y dos de ellas entroncan con las ideas del orden social: el rechazo de la violencia y la procura de la sostenibilidad. Tenemos que preguntarnos, ¿es posible la revolución sin cierta violencia y sin cierto riesgo de insostenibilidad?

 

Habría una tercera condición que estableceríamos, derivada de estas dos primeras: la tradicionalidad. Creo que revolución y tradición pueden conciliarse. La tradición es la mayor solidaridad intergeneracional: el legado de sabiduría que se transmite como patrimonio de lo humano de generación en generación. Ser fiel a la tradición no es asumir los errores y venganzas de las generaciones pasadas sino que ser fiel a alguien es ser fiel a lo mejor de sí: la tradición es lo que merece la pena transmitir, aquello que crea y hace posible la solidaridad con la generación siguiente. El mal no constituye tradiciones sino, como mucho, instituciones. La tradición es un legado de sentido –verdad, bien, belleza, prácticas o experiencias– que hace posible la solidaridad con la siguiente generación y las anteriores.

 

Es más: no es posible el progreso si no es refiriéndose a una tradición –aunque sea tradición oculta, como expresa bellamente Arendt– y recobrando una tradición hacia el futuro. Hay tradiciones que han sido aplastadas y reemplazada su presencia pública por poderosos discursos alimentados por máquinas mediáticas masivas. Sustituimos la tradición –de la que forma parte sólo lo que solidariza a las generaciones– por la reproducción. El tradicionalismo no es muy preocupante en nuestro mundo: acabará convirtiéndose en solamente una estética, como en el caso de un tradicionalismo católico, que suele combinar con bastante facilidad la lucha por los bioderechos con la defensa del capitalismo más neoliberal. Lo preocupante es que los derechos de las generaciones pasadas a una justicia en la historia que las ponga en su lugar y permita aprehender de su experiencia lo mejor, que dichos derechos sean violados por los intereses presentistas de los que tienen poder para establecer el discurso dominante sobre la historia.

 

El problema no es la Tradición sino en qué tradición se incardina una revolución. Es más, los derechos de singularidad y alteridad solidaria, la sostenibilidad y la tradición de solidaridad intergeneracional son en sí principios cuya aplicación fiel hasta las últimas consecuencias suponen en sí mismos una revolución. (…)

 

Si supiésemos cómo

 

(…) En medio de este “ya no pero todavía tampoco”, se disparan todas las histerias. La histeria consiste en que uno crea un problema en un sitio distinto de donde está el conflicto. En el caso freudiano de la histeria, la paciente no era consciente de un dramático conflicto con su padre porque no imaginaba solución posible a éste, pero ese malestar continuaba con su presencia y se manifestaba somatizándose en una cojera. Los procesos metafóricos y metonímicos por los cuales transferimos el malestar de un sitio a otro son complejos y rozan lo literario: así, nosotros sentimos un profundo malestar por ser ciudadanos beneficiados –y benéficos– en un mundo que sufre hambre, pero somos inconscientes de hasta qué punto eso nos envenena y en realidad el problema se manifiesta con trastornos alimentarios –anorexia, bulimia– o con insatisfacción laboral o en la crisis de los cuarenta. Recuerdo un chiste que hace un tiempo publicó Forges, en el que un paciente pregunta a su médico: “Doctor, me duele la cabeza, no tengo fuerzas, me tiemblan las piernas, tengo un nudo en el estómago, no me encuentro bien, ¿qué me pasa?” Y el médico contesta sin aspavientos: “Precariedad laboral”. En efecto, como se dice vulgarmente, somatizamos todo el malestar que en realidad tiene su raíz en el mal del mundo y requeriría una cura moral. Es imposible que tanto mal social en el que participamos no tenga un efecto nocivo dentro de nosotros, un malestar que no sabemos cómo encauzar, cómo darle solución: y como “todavía no” hay formas institucionalizadas –visibles, legibles, transitables– de solución, no somos capaces de plantarnos cara a cara ante ellas y las convertimos en otras patologías sustitutivas derivadas.

 

(…) La revolución justa no surge de la lucha simétrica que sólo refuerza al mal poder desdoblándolo en uno mismo, sino que hoy en día la revolución surge de la reconciliación. La reconciliación que requiere denuncia y dolor por el mal, que exige propósito de enmienda, el sacramento de reconciliación que no puede prescindir de la reparación del mal, el perdón que reconstituye una comunidad que emprenda de nuevo.

 

La reconciliación en un mundo violento como el nuestro –en donde millones de personas se ven obligadas a la emigración, al trabajo inhumano, se ven tentados por la depresión y los divorcios, por la frivolidad o la violencia– necesita de medidas de resistencia. No es una reconciliación espontánea sino inducida. Pero no es una reconciliación que no tienda ningún puente al otro, que busque su aniquilación. Se trata de revoluciones de conciliación, de reconocimiento y toma de medidas prácticas y evaluables de mejora. Para ello hay que parar el mal del otro, hay que tomar medidas defensivas, hay que obligar a parar el mal. Y eso reclama medidas de colapso, el espíritu de huelga. Así como los obreros paran, los consumidores paran, los ciudadanos obligan a parar las máquinas. Pero no es suficiente con colapsar sino que es imprescindible alterar: la reconciliación solamente procede no del propio autoexamen sino del encuentro con el otro y lo otro –que luego es reflexionado–. La reconciliación no es un encuentro cara a cara entre agresor y víctima sino que es un encuentro para otro, un encuentro para constituir un tercero en el que ambos estén incluidos, en el que encaucen un proceso de reconciliación permanente.

 

Revolucionar hoy es reconciliar. Reconciliar con el mundo esperado, con las aspiraciones justas, reconciliar para superar el malestar que devora el corazón de Occidente al tiempo que lo infarta de grasa. (…)

  

La revolución de la pirámide de la solidaridad

 

Las revoluciones que conocemos han sido siempre vanguardias que arrastraron a su tiempo: una pirámide invertida que clavó el pico e hizo entrar violentamente al resto de la figura. Ese modo trepidante de revolución fue la que acabó aniquilándola en cada uno de los casos al convertirla en muchas ocasiones en dictaduras. La conciencia demócrata y especialmente la experiencia del siglo XX nos pone delante la necesidad de una revolución piramidal en la que el cambio cualitativo proceda de la extensión, profundidad y altura de la propuesta.

 

(…) Lo revolucionario en este momento no necesitaría para serlo llegar a un estado ideal de las cosas sino que para ser revolucionario ya sería suficiente con que se viviera una inflexión que diera suficiente esperanza en que se van a dar cambios cualitativos progresivos. Y eso no es cuestión de tanto tiempo sino de cuál es la irrupción necesaria, cuál es la experiencia macrosocial equivalente a la que facilita el voluntariado para producir ese cambio de timón. El asunto es cómo no impedir que esos cambios no se queden encerrados en lo microsocial sino que lleguen a producir transformaciones más amplias.

 

No hay revolución demócrata que no sea piramidal: sin una base suficiente de gente que comparta un estilo de vida solidario, no hay cambio cualitativo sostenible sino que tarde o temprano recurre a la violencia. El entusiasmo no es suficiente sino que es necesario otro estilo de vida. Lo revolucionario no lo da la brevedad del tiempo en que trascurre algo sino la sostenibilidad de la novedad que irrumpe: no lo rápido sino lo novedoso. No la demostración sino la esperanza. Es necesario no sólo construir una nueva acción social a lo ancho, ampliando el número de comprometidos, sino también a lo alto, logrando afectar objetivos cada vez más estructurales. Eso se logra si la pirámide de la solidaridad tiene raíces, tiene hondura, se asienta no sobre mucha gente sino sobre fundamentos sólidos y profundos. Hay que avanzar también hacia lo profundo, la solidaridad tiene que cultivar y enriquecer su arquitectura interior: el sentido. Sólo una revolucionaria solidaridad de sentido hace posible un sentido revolucionario de solidaridad.

 

(…)De todos modos, son necesarias formas vividas para irrumpir en nuestra conciencia y en nuestra cultura; vidas vanguardistas que traten de abrir espacios de libertad y es generalmente gracias a esos gestos de ruptura que se puede abrir una cuña donde surjan iniciativas más amplias. Todo cambio cualitativo necesita gestos de ruptura y eso lo vemos en nuestra propia experiencia. Necesitas salir de tu tierra para arriesgarte en la aventura hacia el otro. Son gestos de excepción hechos para denunciar que vivimos en un estado de excepción y que se trata de normalizar lo que no debe ser norma para nadie. Son gestos excepcionales en un mundo en estado de excepción y son llamadas a restablecer la normalidad. Es la normalidad de que las cosas vayan a mejor, es la normalidad de que la gente pueda vivir con dignidad, es la normalidad del sentido común que huye de todas las neurosis que buscan meternos. Ser normal no es lo mismo que ser neutral. Una vida normal no obliga a una vida neutral. Una vida normal no tiene que ser una vida neutral, no puede ser una vida neutral. La normalidad no puede ser coartada de neutralidad. Precisamente creo que reivindicar la normalidad es todo lo contrario a ser neutral, es apostar por un montón de cosas que son positivas para la dignidad de cada persona y de la gente. Para ser realmente normal hay que descentrarse, hay que crear espacios de libertad que nos dejen salirnos de tanta tontería y recrear la sociedad desde el sentido común del cariño de la gente y la salvaguarda de su dignidad, desde un nuevo derecho de gentes.

 

Nº 2340 » Agosto 2008

La Argentina en la prensa extranjera

por , · Comentar 

Durante los últimos tres o cuatro meses han proliferado de manera poco habitual en la prensa extranjera artículos referidos a nuestro país y su “drama”. Es sabido que Buenos Aires tiene numerosos corresponsales y de variado perfil. También lo es que el Gobierno no se lleva bien con muchos de ellos. En el ámbito local sucede lo mismo.

 

Sin embargo, ello no alcanza para explicar el talante general que se ha podido leer y escuchar en medios extranjeros respecto de nuestras peripecias. Una ínfima minoría trasciende aquí, es decir, llega en forma de citas para nuestro conocimiento. El resto –una inmensa mayoría– pasa inadvertida.


Durante la extensa confrontación con el sector del “campo”, la prensa extranjera escribió artículos sumamente críticos respecto del Gobierno. Y no sólo en aquellos pocos espacios –o medios– a los que acostumbramos prestar cierta atención, es decir, los “importantes”, los famosos, los grandes, sino también a los que solemos omitir. Si hubiera que definir con pocas palabras el común denominador de de esas piezas periodísticas cabría recurrir a términos tales como: desasosiego, perplejidad, crítica dura, lástima e, inclusive, sarcasmo.

Por eso importa preocuparse. Ya no se trata sólo de aquellos países y medios que acostumbran señalar los defectos típicos de casi todos nuestros gobiernos –no sólo el de Cristina Fernández de Kirchner–, sino de otros que hasta no hace tanto prestaban menor atención a nuestros problemas. Ejemplo: Brasil (recordémoslo, nuestro principal socio). La cantidad de artículos, opiniones y editoriales publicados conforman una masa crítica preocupante.


España es otro de los países comprometidos en forma directa con la suerte política y económica de nuestro país –y con la del Gobierno–. Allí hubo repercusiones similares, algunas incluso más duras que las brasileñas. Y los medios argentinos suelen recoger lo que dicen El País, El Mundo o ABC.


Lo mismo ocurre con Italia (Corriere della Sera), Inglaterra (los artículos dedicados a nuestro país en The Economist son traducidos y publicados por La Nación y algún otro medio), los Estados Unidos (con New York Times y Washington Post), o Francia.

Pero se trata también de conocer y apreciar lo que se opina en el resto de América Latina –con Brasil a la cabeza, seguida por México, Chile y Uruguay–, y en países europeos como Alemania o asiáticos como Japón. Un repaso por ese material arrojaría un resultado que podría definirse patético.

Y ¿entonces? La Argentina –gobierno y sociedad– se caracteriza desde hace tiempo por lo que en términos coloquiales denominamos: narcisismo y autismo. Nos “duele” –sin que se haga casi nada al respecto– que se opine negativamente de nosotros. Esa opinión suele ser descalificada tanto por los que están en el gobierno de turno como por sectores de la opinión pública (“No entienden cómo somos” o “No saben lo que pasa aquí”, se escucha). Simultáneamente, avanza desde hace unos años una especie de “autismo colectivo”. Describir este tipo de conductas es difícil. Quizás se trate más de una metáfora que de una realidad, pero sirve: negarse tozudamente, en tono inclaudicable, a ver el mundo real, todo aquello que no sea nosotros mismos.

La opinión de los “otros” –sociedades, países, culturas– es esencial para la compresión del “nosotros”. En lugar de cerrarse, aislarse, negarse, enojarse, repudiar y resistir, debiéramos conocer mejor esas afirmaciones porque son complementarias del juicio que cada uno se forma de sí mismo y del conjunto.

 

No vaya a ser que hoy, a treinta años de las tragedias que supimos autopropinarnos, repitamos el mismo error colectivo. Debiéramos recordar que, en aquellos momentos, el grueso de la sociedad argentina no creyó lo que se decía de aquel gobierno desde el exterior. La opinión era coincidente, sin diferencias ideológicas. Y, sin embargo, la mayor parte de nuestra sociedad se negaba a aceptarla. Hoy ocurre algo parecido. En otras latitudes se emiten juicios duros, muy críticos, dolorosos; mucho más que los que se dicen y escriben aquí. Pero no parecemos percibirlos. Nos haría falta.

 

 

La prensa extranjera

 

Los medios de un gran número de países del mundo reflejaron en sus noticias, comentarios, opiniones y editoriales los acontecimientos en nuestro país. Sigue una brevísima selección de citas de ellos. Se destacan en especial aquellos países y medios con menor presencia en la prensa local:

 

Brasil - Correo Braziliense:“La derrota de la confiscación al agro arrincona la autocracia de los Kirchner y lanza a la Argentina a una nueva crisis” (título)  /“Vencida por la soberbia” (título) /“Aviso para los populistas” (título). Época: “El aislamiento de Cristina” (título). Isto E: “Por una cabeza” (título). Veja: “La pareja quedó sola” (título) /“Hasta el vicepresidente se rebela contra el estilo populista de Cristina y su marido”/“Más que una derrota fue un desastre”. O Estado De Sao Paulo: “Los peronistas buscan alternativas a los Kirchner” (título) /“La crisis causó perjuicios por 22.000 millones de dólares”/“Crisis número 29” (título)”/“Desde 1823, cada cuatro a seis años Argentina enfrenta una crisis política. Seis de ellas fueron muy profundas, 11 fueron profundas y otras 11, suaves, con impacto sobre el PBI”/“Itamaraty teme que la crisis argentina perjudique Doha (OMC)”./“La previsión es que los negociadores de Buenos Aires tendrán un margen de maniobra escaso para concesiones”./“Falta de equilibrio” (título). Jornal Do Brasil: “La arbitrariedad de la dinastía Kirchner” (título) /“Derrota innecesaria” (título) /“¿Cuál es la causa de esta derrota? Un error gravísimo de conducción política, además de las fallas morales, que incluyen prepotencia y orgullo. Néstor se equivocó dos veces seguidas, seguramente por falta de formación política. Leen a Perón como si se tratara de una broma (brincadeira)”. Estado De Minas (Minas Gerais): “Ellos no aprenden” (título)/ “Una lección de cómo no gobernar y de lo que debe evitarse en la administración de la economía es lo que la Argentina está ofreciendo al Brasil y especialmente a ciertos sectores del Gobierno y del partido del Presidente Lula Da Silva”. O Globo:“La ira de Cristina contra Néstor”/“Los gritos de la Presidenta fueron oídos por testigos que pasaban por el frente de la residencia del matrimonio (en Calafate): Aquí la Presidenta soy yo, carajo!” 

 

España - El Mundo: “El Senado argentino rechaza el controvertido impuestazo a las exportaciones de cereales que ha encendido las protestas populares”. El País: “La polémica ley agraria ha tenido parado al país durante meses”.

 

Chile - La Tercera: “Senado argentino rechaza polémico impuesto agrario”. 

 

Estados Unidos - The New York Times: “La Argentina desaira a la Presidenta en la tasa sobre exportaciones del agro”. The Wall Street Journal: “El Senado argentino hizo sufrir un revés a la Presidenta Cristina Fernández al rechazar una controvertida tasa a la exportación de granos impulsada por el Gobierno”

 

Reino Unido - The Financial Times: “El partido peronista en peligro de fractura como resultado de las heridas abiertas por un conflicto de cuatro meses con productores agrícolas”.

 

Nº 2340 » Agosto 2008

Apuntes del día después

por Editorial · Comentar 

El Congreso de la Nación ocupó el primer plano. Las pantallas de televisión volvieron a mostrar imágenes que hacía mucho tiempo no gozaban de espacio en ese codiciado medio. El acalorado debate del proyecto de ley sobre las retenciones fue la causa de este súbito interés, manteniendo en vilo a la ciudadanía desde su inicio hasta el ajustadísimo desenlace.

 

La política vernácula tiene la rara virtud de tornar extraordinario lo que debería ser normal. En una república democrática, el debate parlamentario de las grandes decisiones de política económica debería ser algo de rutina, y las medidas en esa materia que pudiera tomar el Poder Ejecutivo, la excepción.

 

Pues bien, hoy contemplamos, con algún atisbo de esperanza, un pequeño esbozo de regreso a la normalidad: el Congreso debatió política económica. Más allá de la criticable técnica utilizada, en la que el Poder Ejecutivo solicitó la ratificación legislativa de una resolución ministerial con escaso (por no decir nulo) contenido constitucional, rescatamos la actitud del Parlamento de intentar recorrer el camino de la república democrática, a través del debate intenso y el intercambio de ideas. El Poder Ejecutivo utilizó muchos de los recursos a su alcance para imponer su voluntad, presionado por el Partido Justicialista en la figura de su actual presidente, Néstor Kirchner. El Congreso mostró independencia de criterio y finalmente rechazó el pedido de la Presidenta.

 

No es nuestro propósito ahora discutir el angustioso derrotero de las retenciones durante los últimos 130 días, ni su oportunidad y conveniencia económica. No obstante, caben trazarse algunas líneas de análisis que entendemos importantes para el futuro cercano. Una ley del Congreso podría o no resultar inconstitucional; materia tribunalicia finalmente. Hasta tanto, será ley de la Nación. Por otra parte, puede disentirse con las políticas que una norma expresa, persiguiendo en ese caso su reforma o derogación, tarea –entre muchas otras– para la que las instituciones políticas han sido creadas. Las elecciones periódicas permiten, pues, accionar en uno u otro sentido, mediante el ejercicio del voto. Por lo demás, las organizaciones intermedias y la opinión pública son la arena donde generar el debate y el diálogo. La acción directa, la violencia en la calle y en los escraches son claramente medios ilegítimos. Los hechos del pasado reciente se ocuparon de desmentir, a veces también de forma violenta, estos conceptos.

 

En ese contexto, en el que la crisis del campo absorbió la agenda política desde el 11 de marzo pasado, queda el interrogante acerca del día después. Temas que ya hemos tratado en estas páginas: energía en sus más variados aspectos, inflación, gasto público y la injerencia permanente del Poder Ejecutivo en un variopinto muestrario de actividades económicas. Todo ello precisa para su solución de una dosis contundente de legitimidad de ejercicio, que permita la instrumentación de políticas económicas consensuadas, generales y sectoriales, de largo aliento, que quizá en el corto plazo no sean todo lo populares que a cualquier político con mirada corta le gustaría. Esta masa crítica de legitimidad política no se obtiene con soluciones unilaterales tomadas en círculos cerrados de poder, para luego apelar a un arsenal de argumentos de lo más inverosímiles y contradictorios para intentar su posterior justificación.

 

Los temas mencionados no son menores. La inflación, por tomar uno, es un problema que afecta de manera directa a los que menos tienen, y cuya solución hoy el gobierno no ha comenzado a esbozar porque aún ni siquiera la reconoce (o no le conviene reconocer o no sabe qué hacer). No obstante, los sindicatos aliados al gobierno (valga ahora esta aclaración, en razón de los últimos sucesos) piden y negocian aumentos salariales que en mucho exceden los índices oficiales. Esta manera de hacer política, que tuvo su cenit en la crisis de las retenciones, provoca dinámicas de negación, rechazo y polarización, que intentan esconder las verdaderas dificultades. El resultado de la tristemente célebre resolución 125 demostró la futilidad de esta estrategia.

 

¿Cómo encauzar la discusión de políticas de estado de largo plazo, en un ambiente con tendencias a la polarización y la crispación generalizada? La pregunta parece huérfana de respuestas, si apelamos al ejemplo de la primera medida importante en materia de política económica que intentó imponer la Presidenta. El modo en que se manejó la cuestión de las retenciones es la muestra paradigmática de cómo no deben resolverse las cosas. Por motivaciones variadas, terminó el Congreso acometiendo y cerrando el debate. Pero la batalla dejó heridos, rencores y una amarga sensación de oportunidad perdida para la búsqueda de calidad institucional, tan pregonada durante la campaña electoral.

 

En el fragor de las discusiones, la Presidenta apeló con bastante frecuencia a su triunfo en las urnas como justificación del accionar de un gobierno “nacional y popular”, en expresión que combina lo nostálgico con lo ambiguo. Conviene quizá recordar la enorme diferencia entre democracia plebiscitaria y república democrática. A riesgo de simplificar, entendemos a la primera como aquella que sostiene que las urnas otorgan al representante elegido toda la legitimidad para imponer su agenda, con independencia de los marcos institucionales que le dieron origen a su poder. Esta visión tiende a encontrar límites en el ejercicio de gobierno sólo en las urnas. La república democrática, en cambio, acota los márgenes de decisión a quien resulta elegido presidente, repartiendo atribuciones entre los distintos poderes del Estado. El apoyo popular, en este caso, otorga al representante elegido la legitimidad necesaria para llevar adelante un plan de gobierno dentro de un marco institucional, que es a su vez el que le pone límites a su gestión.

 

Estas ideas, al parecer sencillas, no están suficientemente arraigadas en la sociedad y tampoco en la clase política. La visión plebiscitaria de la nación, en la que la presidenta en ejercicio se considera legitimada para tomar cualquier medida con fundamento en el respaldo popular, genera la creencia –también plebiscitaria– de que ante el desacuerdo, la manera de oponerse es ganar la calle. Este sistema perverso, que provoca círculos viciosos de conspiraciones y fabulaciones, en donde desde el oficialismo se demoniza a quien se opone, y desde algunos sectores de la oposición se conjetura sobre las eventuales maneras de acelerar el cambio político, no está capacitado para siquiera comenzar a tomar conciencia de los temas de la agenda que necesitan soluciones de consenso.

 

Reconstruir la confianza en la política, en el Congreso, en la representación, parece ser el camino a recorrer para solucionar los problemas que hoy tenemos, que exceden en mucho el tema del campo. No obstante, la visión de corto plazo de la mayoría de los actores (oficialismo, oposición e intereses sectoriales) es  hoy uno de los mayores obstáculos para esta reconstrucción.

 

La república democrática, por oposición a la democracia plebiscitaria, requiere de la construcción paciente de consensos en torno de los grandes temas que nos afectan a todos. La institucionalización de tales consensos otorga la legitimidad necesaria para llevarlos adelante en el tiempo.

 

Los debates recientes en el Congreso parecen ser un primer paso, acaso endeble y frágil. Pero no debemos olvidar que si bien la falta de práctica genera entumecimientos y rigidez, con ejercicio y gimnasia pueden superarse. El desafío es volcar hacia este camino toda nuestra confianza y energía. Soluciones distintas –aunque nos cueste reconocerlo– no han demostrado eficacia en el pasado.

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