Revista Criterio
Septiembre 2008
Nº 2341 » Septiembre 2008

Foro Argentino sobre el Antisemitismo Internacional

por Mendiola, Luis D. · Comentar 

El Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y la B´nai B´rith Argentina organizaron el Foro Argentino sobre Antisemitismo Internacional, que se llevó a cabo en la sede del CARI el 6 de agosto pasado. Del acto de apertura participaron Adalberto Rodríguez Giavarini, presidente del CARI, el vicecanciller Victorio Taccetti, Moishe Smith, presidente de la B´nai B´rith Internacional, y Boris Kalnicki de la B´nai B´rith Argentina.

 

Los expositores desarrollaron sus temas con precisión y brillo. La primera mesa, moderada por el embajador Fernando Petrella, consideró “El nuevo antisemitismo”. En ella Robert Wistrich, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, intentó establecer los parámetros de la cuestión, describiendo el desolador panorama del antisemitismo actual, especialmente en algunos países europeos, a pesar de los reiterados esfuerzos por combatirlo por parte de organizaciones, como la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), o por Estados, como las iniciativas del Congreso de los Estados Unidos o el Parlamento Británico. La perseverante negación de la Shoah, o el arreciar del antisemitismo entre algunos sectores ideológicos en algunos países árabes y asiáticos son fenómenos en expansión y consolidación. El discurso de Wistrich sonó como una enérgica alarma, que no suele llegar ni repercutir en nuestro medio. Si bien son conocidas las amenazas iraníes contra el Estado de Israel y la tensión permanente en la región medioriental, no alcanzan tanta difusión los episodios penosos y vergonzantes en algunos países europeos donde el acoso y la exclusión israelí alcanzan niveles patéticos. Wistrich señaló –y quizá sea éste el mayor aporte de su intervención– que con la actual ideología pretendidamente de “izquierda” en Europa se anatematiza no sólo lo israelí –el Estado mismo– sino incluso lo judío como tal. Wistrich propone formas de lidiar con este mal, aunque reconoce lo difícil de la tarea. En la misma mesa participaron Mónica Pinto, ex vicedecana de Derecho de la UBA y el canciller de Uruguay Sergio Abreu, ambos con exposiciones atinadas.

En la segunda mesa –moderada por Eduardo Kohn, director para Latinoamérica del B´nai B´rith– participaron: Claudio Escribano de La Nación, el juez Daniel Rafecas y  Pablo Jacovkis, matemático, ex decano de Ciencias Exactas de la UBA. Con su vasta experiencia periodística, Escribano ofreció un panorama referido a nuestro pasado.

 

El juez Rafecas aportó detallados elementos jurídicos tanto locales como internacionales. El Dr. Jacovkis, aun reconociéndose “no especialista”, dio una explicación excelentemente razonada de la cuestión, sobre la base de la experiencia argentina pero trascendiéndola con holgura. Su clasificación de los antisemitismos es relevante porque incluye viejos pero también nuevos elementos, como los intelectuales “con buenas intenciones” –concede (generosamente) – antiisraelíes y antisionistas, “a veces de izquierda”, agrega (con más generosidad aún). Pero es el mal denominado “progresista” el que más le preocupa (y no sólo a él). Los ejemplos locales señalados por Jacovkis son altamente significativos y es valioso recordarlos, como declaraciones públicas de intelectuales del “genocidio israelí” (en ocasión de la última guerra en territorio libanés) calificándolo como “no se ha visto nada igual” (de perverso) y sin ninguna contrapartida respecto de Hezbollah. Es oportuno que alguien muestre así hasta qué punto puede exagerarse en esta cuestión. Jacovkis recordó también el pasado antisemita en las ideologías de izquierda, y ejemplos extremos particulares como la ex Unión Soviética. Y eso viene muy bien hoy, cuando la memoria flaquea o se distorsiona el recuerdo.

La tercera y última mesa contó con la ministra de la Corte Suprema de Justicia, Carmen Argibay y con Dan Mariaschin, vicepresidente ejecutivo de B´nai B´rith Internacional. El cierre estuvo a cargo del canciller Jorge Taiana.

 

Cabe subrayar el alto y valioso nivel general de Foro, seguido por un numeroso público –más de 200 personas–  que colmó el CARI durante todo su transcurso. Es encomiable y positivo que ambas instituciones hayan cooperado para llevarlo a cabo y se haya desarrollado tan satisfactoriamente.

 

Nº 2341 » Septiembre 2008

Un fantasma recorre el Cáucaso…

por Derghougassian, Khatchik · 1 Comentario 

La iniciativa del presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, de recuperar Osetia del Sur mediante una ofensiva militar contra los separatistas locales el 8 de agosto último, rápidamente se transformó en una guerra contra Rusia, país que desde 1992, con consentimiento de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) y conocimiento de la ONU, mantiene en la zona una fuerza de paz. Ese mismo año, y a raíz de un conflicto armado entre osetos y georgianos, la antigua Región Autónoma de Osetia del Sur de la República Soviética Socialista de Georgia se había declarado independiente simultáneamente a la República Autónoma de Abkhazia, la cual también buscó garantías para su secesión de hecho mediante la presencia de una fuerza de paz rusa.

 

La reacción rusa a la ofensiva georgiana del 8 de agosto fue rápida: en menos de 48 horas no sólo obligó la retirada total de las fuerzas georgianas sino que expandió sus operaciones militares hacia un radio más amplio que Osetia del Sur, bombardeando durante varios días el territorio de Georgia, y postergó su resolución a la propuesta de fin de hostilidades gestada por la Unión Europea, con la intención apenas negada de “castigar” al presidente georgiano, Mijail Saakashvili. Una semana después -el 15 de agosto- se estableció el cese de fuego, Rusia empezó a retirar sus fuerzas a las posiciones que ocupaban antes del 8 de agosto y se procedió al intercambio de prisioneros de guerra entre las partes.

 

El breve conflicto bélico de Osetia del Sur rápidamente reavivó los fantasmas de la Guerra Fría. Los medios de comunicación en los Estados Unidos y, en menor medida, en Europa, esquematizaron el conflicto como la agresión de una Rusia expansionista reemergente contra un pequeño e indefenso país que, cinco años atrás y en virtud de la llamada “revolución de las rosas”, se había perfilado como un aliado de Occidente. Para varios intelectuales y analistas estadounidenses reconocidos, en general identificados con los “neoconsevadores”, Rusia se habría vengado de la humillación sufrida en Kosovo. Para los más lúcidos, Moscú habría marcado los límites de la expansión de la OTAN hacia el Este enviando un duro mensaje tanto a Georgia como a Ucrania -también protagonista de una “revolución de color”- para alejar a esas potencias de semejante tentación. El cálculo equivocado y la arriesgada apuesta de Saakashvili había disminuido mucho las chances de su país de formar parte de la Alianza Atlántica. De hecho, si bien Washington insistió en que la OTAN rompiera vínculos con Rusia, no hubo ningún gesto concreto para asegurar a Tbilisi la pronta cobertura de seguridad por parte de ese organismo.

 

Sin embargo, el 19 de agosto, los Estados Unidos y Polonia firmaron el acuerdo que transformaría al país centroeuropeo, junto con la República Checa, en escenario de una base del sistema antimisilístico desarrollado por el Pentágono. El acuerdo, que provocó la ira de Rusia y sus promesas de retaliación, marcó otro avance significativo de la proyección de poder estadounidense. Por la clara ventaja estratégica que concede a sus fuerzas nucleares no puede dejar de generar una percepción de amenaza para Moscú.

 

Esta rápida vinculación de un enfrentamiento armado -en otras circunstancias pasaría casi inadvertido- con la dinámica del balance de poder en el contexto global podría redefinir la geopolítica en términos clásicos. Es decir: aunque los islamistas de Al-Qaeda prosigan con sus atentados suicidas, la verdadera competencia para el poder no se define en la abstracción de la “guerra contra el terrorismo” sino en el terreno real de la ocupación espacial y la expansión de influencia.

 

Esta reacción en cadena de los acontecimientos responde a la compleja trama entre la irresuelta cuestión de las nacionalidades en el Cáucaso, el proceso de construcción del estado, la determinación de Moscú de mantener bajo su influencia a los países de la periferia de la ex URSS -llamada la “vecindad inmediata” por las históricas consideraciones rusas de seguridad nacional- y los intereses petroleros de los países occidentales. En un año electoral en los Estados Unidos, y con el auge de la popularidad del demócrata Barack Obama -más proclive a una política internacional de inclusión y de diálogo que su rival republicano John McCain-, los “halcones” han encontrado en la “causa” de Georgia un nuevo motivo para reactivar sus esfuerzos hacia la creación de estructuras de proyección de poder que dificulten a ambos candidatos una rápida modificación del curso de la política exterior y la política de defensa, basadas en la llamada Doctrina Bush.

 

Con respecto al tema pendiente de las nacionalidades en el Cáucaso, tanto Osetia del Sur como Abkhazia son territorios que jurídicamente formaron parte de la RSS de Georgia por decisión de Joseph Stalin -él mismo hijo de un padre georgiano y de una madre oseta-. Con los osetos y los abkhazos, otras etnias nacionales (armenios en la región de Samtske-Javakheti, azeríes en Marneliu, y adjaros en Adjaria) que históricamente habían convivido con los georgianos, tuvieron que aceptar la supremacía jurídica de esa etnia mayoritaria y el control político de Tbilisi impuesto por Moscú, sin siquiera tener derecho a una autonomía local. Los arreglos territoriales de aquellos años de formación de la Unión de las Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) respondieron, en primer lugar, a los cálculos estratégicos de supervivencia de la Revolución y, luego, a la consolidación del proyecto estalinista de “socialismo en un solo país”. El principio leninista de la libre autodeterminación de los pueblos así como las consideraciones demográficas o relativas a las aspiraciones de las poblaciones locales quedaron, a lo sumo, en un plano secundario.

 

Si el origen georgiano de Stalin jugó un rol a la hora de determinar el reparto territorial en el Cáucaso es una cuestión no explicitada todavía. Los georgianos sufrieron las represiones estalinista y postestalinista tanto como los otros pueblos, aun cuando en el liderazgo bolchevique hubo georgianos famosos como Grigori Ordjonikidze y Lavrenti Beria. Más aún, a pesar del posicionamiento tan cercano al poder en Moscú -siendo el último Eduard Schevardnatze, canciller de Mikhail Gorbachov-, en Georgia se desarrolló un sentimiento nacionalista muy fuerte que, por un lado, se enfrentó con el centro e hizo fracasar proyectos de asimilación -como la adopción del alfabeto cirílico en reemplazo del georgiano- y, por otro, se transformó en una amenaza para las demás etnias de Georgia. De hecho, el poder en Tbilisi nunca reconoció el derecho de estas etnias a una identidad propia y las consideró una suerte de quinta columna de los rusos. Inevitablemente, esta actitud, que se tradujo en políticas prohibicionistas e incluso represivas hacia las etnias no georgianas, generó rechazo, resistencia y, finalmente, enfrentamiento directo.

 

Georgia se independizó en 1991, e inmediatamente el Parlamento georgiano votó una ley que eliminaba las autonomías locales, una decisión que llevó directamente al estallido de los conflictos armados en Abkhazia y Osetia del Sur.

 

Desde que empezó a desarrollarse como fuerza de modernización con una burguesía emergente en las grandes ciudades, particularmente en la capital Tiflis (actual Tbilisi), el nacionalismo georgiano se distinguió por su carácter anti-ruso y no sólo anti-soviético o anti-comunista; este sentimiento, con el proceso de independencia, se profundizó aún más. Al igual que los checos y los polacos, los dirigentes de Georgia aspiraron a la integración de su país con Occidente -entiéndase Estados Unidos y los países europeos- como garantía contra la amenaza rusa. Pero, desde Washington o las capitales europeas, la inmediata preocupación posterior a la disolución de la URSS era evitar que se produjera una brutal fragmentación del continente eurasiático, con el potencial peligro de una desestabilización y hasta la amenaza de explosión del sistema internacional. Por lo tanto, George Bush (padre) y Bill Clinton en su primer mandato priorizaron a Rusia. No se buscó humillarla; se la reconoció como heredera de la URSS en el Consejo de Seguridad y hasta se le prometió al entonces gran héroe democrático Boris Yeltsin no expandir la OTAN hacia el Este.

 

Dos factores revirtieron esta situación. En primer lugar, que los georgianos empezaran una tarea de lobbying muy fuerte en Washington contratando firmas especializadas en esa actividad. En segundo lugar, que el descubrimiento de las reservas petroleras en el Mar Caspio despertara los intereses de las empresas petroleras occidentales, las cuales presionaron para lograr una mayor intervención diplomática de sus gobiernos en el Cáucaso. Ante el rechazo de Azerbaiján de incluir a Armenia en el proyecto del oleoducto que llevaría el crudo caspiano de Bakú a la ciudad portuaria turca de Ceyhan, en el mar Mediterráneo, Georgia se transformó en país clave para la concreción del proyecto. Sin embargo, fue con la administración de George W. Bush que Georgia se transformó en una pieza fundamental para la nueva proyección global del poder de Estados Unidos después del 11-S. Así, en abril de 2003, y con el pretexto de la aparición de “terroristas” en el valle de Pankisi, Washington empezó a entrenar fuerzas especiales georgianas. Georgia, a su vez, envió dos mil efectivos como parte de las Fuerzas de la Coalición en Irak.

 

La Revolución de las Rosas, en noviembre del mismo año, llevó al poder a Mikhail Saakashvili, quien pronto gozó del gran apoyo de Estados Unidos y de la Unión Europea como gran promesa democrática. Con la generosa ayuda de casi mil millones de dólares anuales que recibió de Washington y de Bruselas, Saakashvili inició un ambicioso programa de modernización atacando la corrupción y definiendo reformas radicales en la economía. Al mismo tiempo, sin embargo, multiplicó los gestos que exigían la reintegración de Abkhazia y Osetia del Sur, la finalización de la presencia y la influencia rusa, y el pedido de membresía de Georgia en la OTAN. En otras palabras, pese a sus credenciales de demócrata, Saakashvili no modificó la agenda nacionalista de sus antecesores. Por el contrario y a diferencia del débil pero prudente Eduard Shevardnadze, Saakashvili volvió a la opción militar en Osetia del Sur. Apostó muy fuerte. Probablemente lo indujo a ello su confianza en la rápida victoria militar y el apoyo efectivo de las potencias occidentales, además de considerar al nacionalismo como un factor de neutralización del descontento interno de Georgia luego del desencanto de un sector importante de la sociedad por las promesas incumplidas de la Revolución de las Rosas.

 

Todos estos acontecimientos, lógicamente, causaron fuerte preocupación en Moscú. Aún debilitada por el impacto de la transición económico-social durante los inicios de los ‘90, Rusia nunca dejó de preocuparse por la estabilidad de su “vecindad inmediata”. Ante el desafío georgiano, los rusos respondieron con su apoyo militar y diplomático a Abkhazia y Osetia del Sur sin reconocer jamás su independencia; esto hubiera podido generar un antecedente peligroso en la región. Desde 1991 y luego de asegurarse como garante de su permanencia en ambas regiones fuera del control georgiano, la estrategia rusa ha sido el mantenimiento del statu quo, sin arruinar sus relaciones con los países occidentales. Vladimir Putin en particular desarrolló una política externa pragmática y realista a la vez: una integración con Occidente manteniendo un estatus especial y exigiendo que éste fuera reconocido. La recuperación económica primero y luego, desde 2003, el crecimiento sostenido devolvieron la confianza en el Estado, el cual se veía regresar y consolidarse para quitar el destino de Rusia de las manos de los oligarcas. En esta renovada autoconfianza, el arquitecto del regreso del estatismo en Rusia, Vladimir Putin, percibía sin embargo un renovado desprecio hacia su país en gestos y decisiones, como la anulación del Tratado de Misiles Anti-Balísticos en 2002, el establecimiento de bases militares en Asia Central, el entusiasmo y apoyo a las llamadas “revoluciones de color” y, last but not least, el reconocimiento unilateral de la independencia de Kosovo por parte de los Estados Unidos y de países desarrollados en Europa.

 

El ataque de Georgia contra Osetia del Sur y la declaración de guerra de Saakashvili contra Rusia desbordaron su paciencia.

Nº 2341 » Septiembre 2008

Reflexiones sobre el lugar de la mujer en la Iglesia

por Irrazábal, Gustavo · 3 Comentarios 

La reciente publicación por parte de esta revista de un artículo sobre el problema del sacerdocio femenino ha suscitado perplejidad en algunos lectores, quienes han manifestado su abierto desacuerdo con la posición adoptada por el autor de dicha colaboración. Y no es de extrañar que cosas parecidas sucedan cada vez que se discute este tema, el cual reúne todos los elementos necesarios para una “tormenta perfecta”. Se trata de una cuestión zanjada por una declaración definitiva del magisterio, pero que sigue siendo objeto de un áspero debate: la imagen de una sacerdotisa católica provoca profundas resistencias culturales y afectivas, y al mismo tiempo parece ser un paso obvio en el camino de la emancipación de la mujer y su equiparación con el varón en todos los ámbitos de la vida social.

 

Volver sobre ello, sin embargo, no significa necesariamente reavivar la polémica. Por el contrario, el análisis de las razones que han llevado al magisterio a rechazar de plano esta posibilidad puede aportarnos elementos para trascender el debate puntual y encarar una cuestión mucho más amplia y urgente: el lugar de la mujer en la sociedad civil y en la Iglesia.

 

Una breve historia

 

A lo largo de sus dos milenios de vida, la Iglesia rechazó taxativamente la posibilidad del sacerdocio femenino. Para ello, el factor decisivo fue, indudablemente, el hecho de que Jesús eligiera sólo varones para conformar el grupo de los “Doce”, aunque también influyó la circunstancia de que fueran siempre sectas gnósticas las que propugnaran la ordenación femenina. Mientras tuvo vigencia una cultura patriarcal en la cual las mujeres, entre otras restricciones, eran incapaces de desempeñar cargos públicos, esta praxis permaneció incuestionada. Sin embargo, las condiciones culturales cambiarían dramáticamente con el proceso moderno de emancipación de la mujer.

 

El Concilio Vaticano II, al dar nuevo relieve al “sacerdocio universal” de los fieles en virtud del bautismo, y al proponer una visión más “funcional” del ministerio (visto ya no tanto como un “ser” sino sobre todo como un “actuar” in persona Christi), generó las condiciones para que la ordenación femenina se transformara en un tema candente dentro del ámbito católico, como estaba sucediendo en las Iglesias evangélicas desde hacía décadas.

 

En respuesta a una carta en la que el arzobispo anglicano de Cantórbery comunicaba a Pablo VI que la Iglesia anglicana no veía obstáculos fundamentales para la ordenación de las mujeres, el Papa respondió que ello significaría un grave escollo en el camino del ecumenismo, alegando razones derivadas de la Escritura, la Tradición y el Magisterio (1) . En 1977, la Congregación romana para la doctrina de la fe, con la aprobación de Pablo VI, publicó el documento Inter insigniores. El mismo, aun reconociendo la evolución positiva del rol de la mujer en la sociedad moderna, reafirmó los argumentos tradicionales:

 

- Jesús no confió a ninguna mujer el ministerio apostólico. Esto no se debe simplemente a que Jesús fuera “hijo de su época”, ya que su conducta hacia la mujer había roto muchos convencionalismos de su ambiente.

 

- La misma actitud adoptaron los apóstoles. Aunque María estuviera presente, y sin duda en un lugar privilegiado, en las reuniones en el Cenáculo después de la Ascensión del Señor, el lugar dejado vacante por Judas fue provisto con la elección de un varón. San Pablo tampoco elige mujeres para el ministerio. Cuando habla de “colaboradores suyos” (Rom 16,3) se refiere indistintamente a hombres y mujeres; cuando habla de “colaboradores de Dios” (1 Cor 3,9), se refiere sólo a hombres.

 

- A su vez, la Iglesia primitiva, si bien se había encontrado, en el ámbito helenístico, con cultos paganos desempeñados por sacerdotisas, y hubiera podido adaptarse a esta realidad cultural, no lo hizo.

 

A los argumentos de la S. Escritura y de la tradición, el documento agrega, sin pretensión demostrativa, uno extraído de la reflexión teológica. Los signos sacramentales tienen la función de simbolizar los acontecimientos fundacionales de nuestra fe y al mismo Cristo. Por ello, sacerdocio ministerial no es un mero servicio pastoral: el obispo o el presbítero actúan representando a Cristo (in persona Christi). En la Eucaristía el sacerdote actúa no sólo en virtud de la eficacia que le confiere Cristo, sino haciendo las veces de Cristo, hasta el punto de ser su imagen misma cuando pronuncia las palabras de la consagración. El sacerdote es un signo, y ese signo debe ser perceptible a los hombres según las leyes de la psicología humana, y en base a una semejanza natural. Por ello, sólo puede representar a Cristo, que de hecho es varón, un sacerdote varón. De lo contrario, difícilmente podría verse en el ministro la imagen de Cristo.

 

Además, la Revelación está atravesada por el simbolismo nupcial. Dios es el “esposo” de Israel; Cristo es el “esposo” de la Iglesia. También por esto Cristo debe ser varón, y el ser varón de Cristo debe estar representado sacramentalmente si se quiere preservar el modo concreto en que Dios ha querido revelarnos su Misterio (2).

 

El documento mencionado, sin embargo, no logró aplacar la polémica. El 22 de abril de 1994, Juan Pablo II publicó la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, en la cual confirma las conclusiones del documento anterior declarando en forma solemne “que la Iglesia no tiene ninguna potestad para administrar a mujeres la ordenación sacerdotal, y que todos los fieles de la Iglesia tienen que atenerse definitivamente a esta decisión”. A la consulta posterior acerca del grado de obligatoriedad de esta decisión pontificia, la Congregación para la doctrina de la fe respondió que esta doctrina “ha sido propuesta de manera infalible por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia” (3). Por lo tanto, aunque no constituya una doctrina formalmente revelada, es necesaria para guardar y exponer el depósito de la fe y, consiguientemente, exige un asenso firme y definitivo.

 

Debe entenderse bien que no se trata de un “derecho” del varón sino de una capacidad, que no deriva del bautismo sino del don gratuito de Dios, que no implica superioridad alguna sino consagración al servicio, y que no es fuente de mayores derechos que quiebren la igualdad fundamental entre los fieles, la cual consiste en una igualdad en dignidad y acción y no en una identidad de funciones. “El único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad” (4).

 

La visión sacramental de la realidad

 

Esbozados muy brevemente los datos fundamentales del tema, me parece útil profundizar ulteriormente la argumentación teológica a la que aludimos con anterioridad, y que tiene su fuente en lo que podemos denominar “la visión sacramental de la realidad” (5).

 

La sexualidad, el modo de ser varón o mujer, no es simplemente una realidad biológica, sino que incluye “las notas características que constituyen a las personas, como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual” (6). La psicología profunda nos ilustra acerca de cómo el varón y la mujer expresan aspectos profundos y complementarios del ser humano. En la mujer se hace presente el “elemento simbiótico”, es decir, el hecho de que el ser humano nace a la vida en un estado de unión fusional con la madre y anhela constantemente el retorno a esa unidad primitiva. En cambio, con el varón irrumpe en la vida del niño el “elemento de alteridad”, que quiebra esa unidad originaria, simbiótica, y lo proyecta hacia el mundo, de donde surge la posibilidad de vincularse a los otros en tanto que otros. Simbiosis y alteridad están presentes, a modo de énfasis, en la base del ser mujer o varón, más allá de sus expresiones sociales y culturales, y en su tensión recíproca abren el horizonte de las relaciones auténticamente humanas, caracterizadas por la capacidad conjunta de intimidad y auto-trascendencia.

 

Ahora bien, si consideramos el acontecimiento salvífico desde esta perspectiva simbólica implícita en la sexualidad, el hecho de que el Hijo de Dios sea varón no puede atribuirse simplemente a una inculturación de la Palabra, sino que constituye la expresión de la “alteridad” de Dios, su trascendencia respecto de este mundo. Por su parte, el hecho de que la creación, y más precisamente la Iglesia, sea mujer, la “esposa” de Cristo, es signo de su vocación a la unidad con Dios. Si faltara la nota de alteridad en Dios, éste se confundiría con el mundo. Pero si Dios fuera sólo alteridad, no habría posibilidad de auténtica comunión de vida con él. Sin la tensión y complementariedad entre alteridad y simbiosis, expresadas en el ser varón de Cristo y el ser mujer de la Iglesia, la salvación concebida en términos cristianos sería impensable.

 

Es significativo que sean precisamente las religiones que propugnan una relación simbiótica con la divinidad (por ej., los cultos de la fertilidad) las que tengan sacerdotisas a cargo del culto, mientras que aquellas religiones que enfatizan la trascendencia de Dios cuenten sólo con sacerdotes masculinos. Entre estos extremos, la fe cristiana, de algún modo, ocupa un lugar intermedio, en cuanto el ministro varón hace visible la trascendencia de la salvación que viene “desde fuera”, mientras que la figura de la Iglesia como mujer, Esposa de Cristo y Madre de los creyentes, expresa el llamado a la unión e intimidad con Dios.

 

El simbolismo matrimonial formulado por San Pablo en la Carta a los Efesios está en esta misma línea. Refiriéndose a la relación entre el esposo y la esposa, exclama: “Este es un gran misterio, y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (5,32). Si la unión entre el varón y la mujer puede ser expresión del amor de Dios por su Pueblo (AT) y de Cristo por su Iglesia (NT), no es por pura proyección subjetiva del creyente, o una interpretación mística que se sobreañade, sino por una objetiva virtualidad simbólica de dicha unión (7).

 

Una perspectiva necesaria

 

Por supuesto que no estamos ante argumentos apodícticos. A ello se suma otra dificultad: no es sencillo para la cultura occidental contemporánea, tan marcada por la mentalidad científica, acceder a una comprensión adecuada de este tejido de referencias simbólicas (aunque no carece de sustento científico). Sin embargo, debemos evitar la tentación de fáciles aggiornamenti que nos lleven a dejar de lado esta perspectiva, sin la cual algunos fenómenos sociales no pueden ser entendidos en su verdadera profundidad.

 

Es sugestivo que la reivindicación a favor del sacerdocio femenino se desarrolle principalmente en Europa occidental y en los Estados Unidos, es decir, en sociedades donde las tendencias igualitarias se asocian a un pensamiento que tiende a reducir la sexualidad a su dimensión estrictamente biológica, minimizando la diferencia entre los sexos y uniformando sus roles.

 

Como ha señalado agudamente von Balthasar, detrás de esa pretendida “asexualidad” late un ideal único de signo “masculino”, determinado por el rendimiento, la voluntad de poder y la búsqueda exclusiva de la autorrealización individual (8). Me atrevo a agregar que esta “asexualidad” también encubre una apelación de signo “femenino”, en el sentido degradado de una “masculinidad” y una “feminidad” que no se complementan y equilibran entre sí. Me refiero a la ausencia notoria de la figura masculina en la educación, entendida como presencia de la autoridad, la ley, la exigencia y el mérito, lo cual estimula la tendencia “simbiótica” a vivir en la fantasía de un universo sin límites, regido por el placer y por la propia veleidad.

 

Fenómenos como los mencionados deben hacernos comprender que “la cuestión acerca de lo específico del ser varón o de lo específico del ser mujer –con total independencia del problema de la ordenación de la mujer– es una de las cuestiones decisivas del momento actual” (9). Y por ello mismo, parecería sumamente contraproducente, en este contexto cultural preciso, admitir el sacerdocio femenino, ya que más allá de las buenas intenciones que pudieran inspirar esa medida, objetivamente no podría sino reforzar la tendencia a la equiparación indiscriminada entre los sexos.

 

La mujer en la Iglesia

 

En el trasfondo de la discusión sobre el sacerdocio femenino se encuentra también el problema más específico del rol de la mujer en la Iglesia. Inter insigniores alude a los progresos en este campo, que han permitido a las mujeres tener una mayor presencia en el apostolado, en organismos de reflexión pastoral, e incluso en organismos de trabajo de la Sede Apostólica. Es fácilmente comprobable el giro positivo que ha tenido la Iglesia católica en este tema desde el Concilio Vaticano II (10) y el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983, que eliminó las irritantes diferencias que persistían en el Código anterior de 1917 (11). En virtud de su condición de bautizados todos los fieles tienen los mismos derechos y deberes “teniendo en cuenta la condición de cada uno” (can.96). Los fieles laicos, varones y mujeres tienen, además, las obligaciones y derechos derivados de su condición de tales (can.224).

 

Ello implica que, sin otro requisito que su idoneidad, los laicos varones y mujeres tienen la capacidad (no derecho) de ser llamados por los sagrados Pastores para desempeñar oficios eclesiásticos y encargos. En este sentido, según el ordenamiento canónico, los laicos pueden participar a título consultivo, a nivel de la Iglesia universal, en concilios ecuménicos, pueden ser oficiales en dicasterios de la Curia romana (particularmente, en el Pontificio Consejo para los laicos y el Pontificio Consejo para la Familia), e incluso, al menos en teoría, ser nombrados como legados pontificios. En el ámbito de la Iglesia particular, pueden participar con voto consultivo en concilios particulares y en sínodos diocesanos; pueden ocupar cargos en consejos diocesanos de asuntos económicos y consejos pastorales (y lo mismo, obviamente, en las parroquias); pueden desempeñar los cargos diocesanos de ecónomo, canciller, vicecanciller, notario, etc. En cuanto a la potestad judicial, los laicos pueden desempeñar casi todos los oficios, desde peritos, defensores del vínculo, ponentes, auditores, hasta jueces, tanto en tribunales diocesanos como interdiocesanos.

 

Además de estas funciones propias, los laicos pueden ejercer funciones de suplencia de clérigos ante situaciones de necesidad, como la cura pastoral de parroquias, el ministerio de la palabra, la presidencia de oraciones litúrgicas, la administración de bautismos, la distribución de la comunión, la asistencia a matrimonios, la administración de sacramentales, etc. En relación con el anuncio de la Palabra, pueden colaborar con obispos y presbíteros como catequistas, misioneros, etc. En cuanto a los ministerios y funciones litúrgicas, y fuera del tema ya tratado del sacerdocio, hoy es posible para laicos de ambos sexos participar en el servicio del altar. Sólo los ministerios laicales de lector y acólito están reservados a varones, por motivos poco claros.

 

Ante este panorama, una pregunta se impone: ¿se aprovechan plenamente estas posibilidades para instaurar una igualdad efectiva entre varones y mujeres en el seno de la Iglesia? Es preciso reconocer que, en esta cuestión, el retraso respecto de la sociedad civil puede medirse en décadas. Por cuestiones de espacio sólo podemos dejar planteados algunos interrogantes. Ciertamente, se verifica en los documentos del Magisterio un avance notable en la percepción de la situación de la mujer en la sociedad y las ofensas a su dignidad, (12) pero, ¿se le “da la palabra” a la mujer en ellos? (13) La formación religiosa ha hecho progresos, pero, ¿no habría que preguntarse si, más allá de las buenas intenciones, muchos aspectos de la misma operan como reproductores de estereotipos de género? Juan Pablo II afirma: “No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas” (14). ¿Se está llevando este mismo criterio dentro de la Iglesia?

 

Como puede apreciarse, la decisión definitiva del magisterio acerca del sacerdocio femenino puede convertirse en una oportunidad, si en vez de empantanarnos en este debate puntual, encaramos un diálogo eclesial valiente y abierto sobre algo de mucho mayor alcance y urgencia: cómo dar al carisma femenino, en los hechos, el lugar que le corresponde. Ello produciría, sin duda, transformaciones importantes en el modo de pensar, en el estilo y en la praxis eclesial en todos los órdenes, y permitiría a los creyentes “descubrir de nuevo el verdadero rostro de la Iglesia” (15), que todavía sigue apareciendo a muchos, y con bastante razón, “una iglesia de varones”.

 

Notas

 

1. Pablo VI, Carta al Arzobispo de Cantórbery, 30 de noviembre de 1975, AAS 68 (1976) 599-601.

2. Esta misma argumentación es confirmada y desarrollada en Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, 15 de agosto de 1988, n.23ss.

3. Communicatio 27 (1995) 212.

4. Inter insigniores 39.

5. Sigo de cerca la reflexión de G. Greshake, Ser sacerdote hoy, Salamanca, Sígueme, 2003, 192-208.

6. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración «Persona humana», acerca de ciertas cuestiones de ética sexual (29-XII-1975) 1.

7. El texto de Efesios es comentado extensivamente en Mulieris dignitatem 23-27.

8. H. U. von Balthasar, Neue Klarstellungen, Einsiedeln 1979, 111, citado por G. Greshake, op.cit., 204.

9. Ibidem.

10. “(A)nte Cristo y ante la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo” (Lumen gentium 31); y señalando la mayor participación activa de las mujeres en toda la vida social, se afirma: “es de gran importancia su participación, igualmente creciente, en los diversos campos de apostolado de la Iglesia” (Apostolicam actuositatem 9).

11. Una exposición de las mismas puede verse en A. Bunge, “Varón y mujer, ¿igualdad de derechos?”, Anuario argentino de Derecho Canónico VIII (2001). Para el aspecto canónico me baso en este excelente estudio.

12. La evolución hacia una visión más igualitaria en el rol de los géneros puede apreciarse en Juan Pablo II, Familiaris consortio, 23-24.

13. Ch. Curran, Catholic Social Teaching, 1981 – present. A Historical, Theological and Ethical Analysis, Washington D.C., Geogetown University Press, 119-120.

14. Familiaris consortio 23.2.

15. Inter insigniores 40.

 

 

Nº 2341 » Septiembre 2008

Excomunión para quien “ordene” mujeres

por de Rosa, Giuseppe · Comentar 

El Osservatore Romano del 30 de mayo pasado publica el texto de un decreto general de la Congregación para la doctrina de la fe, según el cual “tanto quien haya intentado conferir el Orden sagrado a una mujer, como la mujer que haya intentado recibirlo, incurre en la excomunión latae sententiae, reservada a la Sede apostólica”, la forma más severa. Tal decreto, emanado “para tutelar la naturaleza y la validez del sacramento del Orden sagrado, entra inmediatamente en vigor desde el momento de su publicación”.

 

En el Osservatore Romano del 1º de junio de 2008, el arzobispo monseñor Angelo Amato, entonces secretario para la Congregación de la doctrina de la fe, expresó que tal decreto se había vuelto necesario porque “hubo episodios aislados de las así llamadas ordenaciones de mujeres en varias regiones del mundo. Además, el decreto general constituye un instrumento de ayuda para que los obispos puedan asegurar una respuesta uniforme en toda la Iglesia frente a estas situaciones”.

 

Se verificaron algunos casos, pero hay que aclarar enseguida que, para la Iglesia católica, no se trata de ordenaciones: son inválidas, es decir, nulas. En efecto, la disciplina canónica de la Iglesia afirma que “recibe con validez la sagrada ordenación exclusivamente el bautizado de sexo masculino” (can. 1024). ¿Por qué solamente los hombres pueden recibir las órdenes sagradas? La razón fundamental y única es clara: la Iglesia católica no se considera autorizada para cambiar la voluntad de su fundador, Jesucristo. En la participación de la vida y de la misión de la Iglesia, la mujer no puede recibir el sacramento del Orden y, por lo tanto, no puede cumplir las funciones propias del sacerdocio ministerial. Se trata de una disposición permanentemente renovada por la Iglesia a partir de la voluntad precisa, libre y soberana de Jesucristo, que sólo llamó a varones como apóstoles suyos. La Iglesia se reconoce, entonces, sujeta por esta opción realizada por el mismo Señor. Por este motivo, no es posible la ordenación sacerdotal de las mujeres. La Iglesia y su Magisterio no tienen autoridad a partir de sí mismos, sino sólo a partir del Señor. “La excomunión latae sententiae significa fundamentalmente que se trata de una excomunión automática, ipso facto. Por otra parte, la excomunión le impide al excomulgado (can.1331) tomar parte como ministro de la celebración del sacrificio eucarístico y de cualquier otra ceremonia de culto público; celebrar sacramentos o sacramentales y recibir sacramentos; ejercer funciones o cargos eclesiales de cualquier tipo y cumplir con actos de gobierno. Se trata de una forma de excomunión reservada a la Santa Sede, que puede ser levantada cuando las personas interesadas demuestran sincero arrepentimiento y se comprometen a seguir la doctrina y la disciplina de la Iglesia. La excomunión es una pena de carácter medicinal, que invita a la reconsideración, la conversión y la reparación del escándalo, ya que se trató de un hecho público”.

 

 

 

Nº 2341 » Septiembre 2008

Argentina: Una nación por construir

por López Rivarola, Eduardo · Comentar 

Debemos reflexionar sobre la manera de asumir las responsabilidades, de crecer como comunidad, de superar una larga historia de intolerancias mutuas, de fragmentaciones y escaladas de violencia para vivir en la verdad y el bien común. Tenemos que ir al encuentro de creencias y valores, indagando en las bases reales sobre las que construimos día a día la nación, para que ella pueda cobijar el sano desarrollo de las futuras generaciones. Como expresara Juan Pablo II en su encíclica Centesimus annus: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”.

 

En diciembre de 2008 se cumplirán 25 años de la reinstauración de la democracia en nuestro país. Tiempo exiguo para muchas repúblicas sólidamente establecidas, pero que para los argentinos representa un indudable logro de fines del siglo XX. Significa que pudimos superar más de una crisis y tender a la articulación de instituciones republicanas en el marco de la democracia. Y que también cabe reconocer aciertos en los sucesivos mandatos, superando reinterpretaciones históricas que minimicen logros del pasado sólo para magnificar supuestas grandezas presentes.

 

Isaac Newton decía: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”. ¿Cómo interpretarlo aquí y ahora? No es preciso que busquemos construir nuevos “gigantes de la Patria” sobre la base del menosprecio hacia líderes anteriores; más bien debiéramos encontrar en nuestra historia reciente y lejana puntos de apoyo para crecer y proyectarnos.

 

A escasos dos años del bicentenario de nuestro nacimiento como nación, nos encontramos frente a situaciones nuevas. En junio de 2001, ACDE presentó el documento “Pensando la Argentina del Bicentenario - Hacia una visión compartida de país”, un compendio de cómo anhelamos la Argentina de 2010. Al cabo de siete años, la situación social y económica es muy distinta, pero lamentablemente algunas cuestiones de fondo se mantienen. Esto debe movernos a acentuar nuestro compromiso con los objetivos propuestos e insistir en el camino correcto.

 

En los últimos tiempos se recuerda el Pacto de la Moncloa como una referencia para un acuerdo del Bicentenario en la Argentina. En el Encuentro de ACDE de mayo de 2003 Alfonso Osorio y García, participante privilegiado en las tratativas políticas que condujeron a aquel Pacto, confió que entonces era tal la voluntad de alcanzar la pacificación y el acuerdo que en menos de una hora la primera reunión había terminado. No fue un impedimento que intervinieran grupos antagónicos y con tantos muertos en ambos frentes. El haber alcanzado rápidamente los compromisos necesarios era fundamental para mirar hacia adelante en forma conjunta. La enseñanza es clara: el deber político y moral de una generación de dirigentes no es olvidar las cicatrices del pasado, sino superarlas.

 

No podemos dejar de preocuparnos por la situación de perplejidad en la que se encuentra nuestra patria, con tantos temas irresueltos, tantos frentes abiertos, tanta energía disipada, tan pocos resultados concretos y perdurables. Todos cuantos tenemos responsabilidades de conducción o hemos sido beneficiados en nuestras vidas con más talentos o más bienes, debemos estar presentes a la hora de aportar a la solución. Es básico en nuestra formación: haber recibido más supone mayor compromiso con la sociedad. Lo escribió el poeta John Donne, nacido en Inglaterra en el marco de una familia católica y ordenado sacerdote anglicano, durante la convalecencia de una enfermedad que casi lo lleva a la muerte, en 1623. Cito la traducción de Alberto Girri1:

 

“Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo; si un terrón fuese arrastrado por el mar (y Europa es el más pequeño), sería lo mismo que si fuese un promontorio, una finca de tus amigos o tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo estoy involucrado en la humanidad”.

 

Como argentinos, conocemos los grandes valores de nuestro pueblo, especialmente para sortear momentos difíciles. Pero también debemos ser conscientes de los grandes desafíos actuales. Siguiendo a John Donne  podríamos decir que el hambre, el frío y la falta de posibilidades de cualquier chico de la calle nos disminuyen como seres humanos e hijos del mismo Dios, abiertos a atender el sufrimiento del prójimo. El desempleo de un número significativo de compatriotas, que los conduce a la exclusión y a la pérdida de posibilidades de crecimiento, nos disminuye como custodios y generadores de riqueza. Las agresiones verbales y físicas, la toma por la fuerza de espacios públicos, los piquetes y cualquier corte de vías de comunicación disminuyen nuestra capacidad de convivencia. La reescritura y alteración arbitraria de nuestra historia nos disminuye en la búsqueda de consolidar una identidad como nación. La excesiva regulación de mercados y la falta de reglas confiables disminuye nuestra vocación empresaria y de co-creación. La búsqueda de concentración de poder antes que la construcción de autoridad moral y la continua interferencia entre los poderes independientes del Estado disminuye nuestra capacidad de consolidar instituciones sólidas, confiables y perdurables. La ambición de establecer un pensamiento único que acalle los disensos y amordace los pensamientos libres nos disminuye como ciudadanos que quieren construir soluciones sumando miradas distintas.

 

Que Dios nos dé sabiduría para realizar una profunda reflexión y llevar a nuestros lugares de trabajo acciones concretas de mejora; esperanza para redescubrirnos como pueblo que merece vivir mejor; y alegría para sentirnos protagonistas de nuestro destino, personal y como nación.

 

 

1. Devociones, capítulo XVII, página 104. Santiago Arcos Editor.

Nº 2341 » Septiembre 2008

Recuperar la economía amenazada

por Editorial · Comentar 

La economía argentina atraviesa un frente tormentoso. El famoso “viento de cola” internacional, cuyo impulso fue decisivo para la recuperación económica iniciada en 2003, ha virado y se ha puesto en contra, por ahora con intensidad moderada. Sin llegar al filo de la recesión plena, la desaceleración de los Estados Unidos se ha extendido a Europa y a parte de Asia. La actividad económica en Japón sufrió una fuerte caída en el segundo trimestre y las bolsas de China e India acumulan bajas del 60% y el 40%, respectivamente (cabe aclarar que desde valores muy altos). Las economías de los países desarrollados suman un 70% del producto interno bruto mundial, y su desaceleración no será inocua para el resto del mundo. La caída del 25% de los precios de las commodities se explica por el agotamiento natural de la especulación y la revalorización del dólar. Como bandera al viento, esos precios seguirán fluctuando pero difícilmente regresen a los niveles de la primera mitad del año.

 

Pero más acá del mundo, ha habido impericia en nuestro puente de mando (circunstancia traducida en la disparada del riesgo país y el derrumbe de la bolsa) al influjo de la resistencia a devolver al INDEC una credibilidad laboriosamente ganada y brutalmente destruida y del vaudeville de los bonos vendidos a Venezuela. Si el supuesto amigo presta a más del 15% anual en dólares, no caben dudas: hay problemas.

 

Hace ya varios años advertíamos que la muy exitosa recuperación de la economía argentina dependía demasiado del “viento de cola” y se estaba desaprovechando la oportunidad para sentar bases sólidas para un desarrollo sostenido; mientras, en cambio, se cultivaban pesadas herencias como la alta inflación, precios relativos distorsionados y una solvencia fiscal algo precaria por su dependencia de los precios externos. Se rehuía, y se rehúye, una mirada de más largo plazo, y su lógico resultado es un país a la deriva en el mundo, sin una estrategia de desarrollo, ineficientes contrarreformas del estado –como puede terminar siendo la reestatización de Aerolíneas Argentinas–, y un sistema impositivo centralista y plagado de distorsiones. Esta mochila –curioso “obsequio” del gobierno anterior al actual– será más difícil de cargar en el marco mundial 2008-2009.

 

Los desafíos más urgentes son restaurar la confianza perdida, mostrar un programa de estabilización coherente, superar las amenazas que se ciernen sobre la solvencia fiscal, hasta ahora la principal clave interna de la recuperación, y presentar un plan financiero coherente para el año 2009. Para reconquistar la confianza es crucial colocar al INDEC bajo una dirección creíble y competente, y empezar a producir números acordes, sobre todo en los precios al consumidor, la pobreza y la indigencia, que han sido los más afectados por las manipulaciones. Estabilizar la economía requerirá una política fiscal más austera, con menor crecimiento del gasto y aumento del superávit. Esto exige atravesar el trago amargo del ajuste de los precios de la energía y los combustibles, hasta ahora evitado con subsidios que este año casi alcanzarán a 30.000 millones de pesos, nada menos que un 3% del PIB.

 

Puede hacerse gradualmente, sin llegar a un “rodrigazo”. Pero hay que hacerlo por razones de lógica económica y también de equidad. En el primer caso, porque si no se alienta decididamente la exploración y la producción de petróleo y gas, en poco tiempo la Argentina se transformará en un país importador neto de energía, con la consecuente reducción del superávit comercial y un drástico aumento de precios a niveles internacionales.

 

En cuanto a la equidad, por dar sólo un ejemplo, resulta insólito que hoy el interior del país y el sector agropecuario, con su aporte a las retenciones a las exportaciones, subsidien el consumo energético de los sectores sociales pudientes del Gran Buenos Aires. Hay distorsiones aún peores, por ejemplo, que el precio del gas natural domiciliario sea casi seis veces menor que el de la garrafa que consumen los más pobres. Una mejora de la situación fiscal reduciría el nivel de riesgo soberano de la Argentina, que hace un año igualaba al de Brasil y hoy es tres veces mayor. La caída del riesgo abarataría el crédito y alentaría la inversión, lo que compensaría la menor demanda por disminución del gasto del sector público. Esto es necesario y conveniente, porque los márgenes empresarios se están reduciendo y los principales motores, que desde 2003 fueron el agro, la construcción, el turismo y la minería, ya no tendrán el mismo impulso, en parte por la sostenida apreciación del peso, que resulta principalmente de la alta inflación. El único modo coherente de evitar que este proceso continúe hasta límites inconvenientes –pues ya afecta a algunos sectores– es un aumento significativo del superávit del Tesoro, que entonces podría reemplazar al menos una parte de la compra de divisas que hoy realiza el Banco Central y que lleva a su creciente endeudamiento.

 

Estas medidas encontrarían también algunos datos de contexto favorables. Una es la caída del precio del petróleo, que permitiría reducir los subsidios. La otra es que la inflación, aunque todavía muy alta, muestra signos de desaceleración, por el insólito enfriamiento político de la economía, la nueva política monetaria de “tipo de cambio bajo” y la caída de los precios de las commodities. Más allá de esto, seguimos creyendo que la tendencia de fondo de crecimiento de los países emergentes es sólida y que, depurados los excesos especulativos, los precios externos de los alimentos de los próximos lustros serán claramente más altos que los del último cuarto del siglo XX.

 

La situación es compleja aunque técnicamente manejable, si se actúa rápidamente. Las dudas importantes surgen en torno de las decisiones políticas. ¿Serán las adecuadas? No se trata de una rectificación integral sino más bien de recurrir a la sensatez: respetar las estadísticas, recomponer la solvencia fiscal, atacar en serio la inflación y anunciar un plan financiero creíble.

 

Es mucho lo que está en juego. Porque significa también mostrar que la Argentina es capaz de superar el síndrome de una crisis grave que se manifiesta cada cinco o seis años desde 1975. Y, por sobre todas las cosas, significa evitar que la sociedad, pero en especial los más pobres, vean una vez más cómo se esfuman los proyectos y las esperanzas, junto a los ingresos y a los empleos. El estado no puede permanecer al margen. Para el gobierno se trataría, nada más pero nada menos, que restaurar la confianza reconciliándose con la realidad.

Nº 2341 » Septiembre 2008

DVD: Los crímenes de Oxford

por · Comentar 

Martin, un estudiante de matemáticas norteamericano, llega a Oxford con el objetivo de completar su tesis de doctorado cuando comienza a desencadenarse una serie de asesinatos. El responsable involucra a Arthur Seldom, un matemático famoso a quien el protagonista admira. De allí en más, ambos comenzarán a investigar juntos lo sucedido, con la intención de prevenir nuevas muertes.

 

El director Alex de La Iglesia adaptó y dirigió la exitosa y prolija novela del argentino Guillermo Martínez. Un juicio apresurado sin haber visto el filme podría haber anunciado que una historia ambientada en un frío ambiente académico, con un discurso lleno de argumentaciones matemáticas y lógicas, no parecía el material más adecuado para ser abordado por De La Iglesia. El talentoso director español ha logrado sus mejores trabajos (El día de la bestia, La comunidad, Crimen ferpecto) cuando se le permitió mostrar el costado más siniestro del ser humano, pero siempre con el humor como estandarte para resolver cualquier situación.

 

Los cálculos previos resultan aquí ser correctos. El director hace lo que puede con un material claramente adecuado para otro tipo de cineasta. Incorpora algún tipo de riqueza visual (destaca un largo travelling en el que se intercalan las acciones simultáneas de varios personajes antes de un asesinato), con un excelente trabajo de fotografía y un buen aprovechamiento de las locaciones, pero el resultado no es del todo exitoso. Existe, además, un error mayúsculo de casting: Elijah Wood no sólo parece demasiado joven e inocente como para interpretar a Martin, el protagonista del filme, sino que destaca por su inexpresividad absoluta. Alrededor suyo prestan su oficio el inglés John Hurt, el francés Dominique Pignon, la británica Julie Cox y la española Leonor Watling.

Nº 2341 » Septiembre 2008

DVD: Persépolis

por · Comentar 

Residente en París, la dibujante iraní Marjane Strapi realizó una novela gráfica semi-autobiográfica que fue best-seller y luego se convirtió en esta premiada película. La historia (co-dirigida por el también dibujante y artista Vincent Paronnaud) comienza con el relato su infancia en Irán durante los años 70, cuando la caída del sha dio paso a un régimen político estricto que lo cambió todo. Ella, su madre y abuela, al igual que el resto de las mujeres de ese país, debieron entonces cubrirse delante de los hombres, y seguir las disposiciones más estrictas de la religión musulmana. Durante su adolescencia, Marjane es enviada por su familia a Viena para estudiar en otro tipo de ambiente. Pero ella tampoco encaja en esta ciudad, lejos de sus valores y de los suyos, y decide regresar.

 

Persépolis fue nominada al Oscar al Mejor Filme Animado, y por el jurado del Festival de Cannes y recibió una dura respuesta de grupos fundamentalistas islámicos que afirman que “presenta una visión poco realista de la gloriosa revolución islámica”.

 

Es una película dura y poética a la vez, que muestra cómo los hechos cotidianos de la vida de sus personajes se modifican a través de los acontecimientos del país. Persépolis cuestiona el tratamiento dado a las mujeres en Irán y –aunque no ahorra en mostrar muertes y desgracias– deja en claro que Marjane y los suyos intentan de todos modos ser felices y salir adelante en el peor de los contextos. Lejos de alivianar el tono, esta falta de solemnidad le otorga a la película un peso político mayor.

 

Nº 2341 » Septiembre 2008

Un puñado de off-Hollywood al frente

por De Vita, Pablo · Comentar 

Muerte en un funeral y 2 días en París juegan con la muerte cercana y con la neurosis cotidiana de manera amena y divertida. Las dos constituyeron raros éxitos en una cartelera comercial que privilegia a los grandes “tanques” del cine norteamericano. Ahora salen en video y es válido analizar su escondido suceso, al que no escapa la certera comedia nacional Un novio para mi mujer, que en su estreno es un gran éxito de taquilla.

 

Consultada la opinión del espectador que supo del trajín de la calle Lavalle de antaño, dirá sobre Muerte en un funeral que es un ejercicio menor de humor farsesco. Quien se deleitó e incluso debatió en los pasillos universitarios las patologías psicoanalíticas de los personajes de Woody Allen, opinará que 2 días en París le resulta una fotocopia de baja calidad. Empero, no dudaron un instante en ir al cine y, por lo bajo, seguramente las alquilarán ahora que acaban de salir en video. Paradojas del destino, el cine que en otros tiempos otorgaba el halo indispensable del “intelectual”, ahora ofrece su cara vergonzante. Difícilmente, en las generaciones jóvenes, Indiana Jones, Hulk o cualquier superhéroe reciclado genere timidez. O por lo menos, la que en tiempos pretéritos llevaba a afirmar que todos habían visto la última de Bergman pero ninguna de cowboys, aunque los tiros en el desierto fueran un placer a escondidas. Al momento de su estreno en cines, los films de Frank Oz y Julie Delpy contaron con un insignificante lanzamiento comercial y lograron cifras más que aceptables. En el caso de la comedia mortuoria inglesa, fue la única película off-Hollywood que ingresó al top ten del primer semestre del año (octava y con más de medio millón de espectadores). No menos sorprendente es la cifra de cien mil espectadores de las amargas reflexiones de la “ex chica Kieslowsky” en sus devaneos recorriendo la Ciudad Luz.

 

La palabra que puede resumir la labor en ambos films es “eficacia”. No son productos para entrar en los anales del cine, pero sí sobreviven a un zapping de sábado por la tarde y siempre son la opción amena para el público adulto. El condimento tuvo un inusual y olvidado ingrediente, el famoso boca a boca que resurgió de sus cenizas y probó autonomía frente al cada vez más aceitado aparato publicitario. La crítica, que se ha separado del gusto popular y resulta ahora una vara distante y sólo atendible para productos de “autor”, se consustanció con las propuestas y brindó sus votos de aprobación. Ante un universo de anodinos personajes como Meteoro, por un lado, y un Honor de Cavalleria que alienta al sueño antes que a la reprobación, Muerte en un funeral y 2 días en París recuperaron el sano equilibrio del cine popular pero posible incluso para un público exigente. Se suma con pericia el último trabajo de Juan Taratuto, Un novio para mi mujer, que al cierre de esta edición es el único film nacional que logró el primer puesto de taquilla y un impactante éxito de público en lo que va del año. Asistencia que, para el cine argentino en relación con los primeros cuatro días de exhibición, sólo registra en la temporada 2006 la abominable Bañeros 3, Superpoderosos.

 

Muerte en un funeral traslada la escena al velatorio del patriarca de la familia y la reunión de sus dos hijos, uno que vivía con sus padres y otro afamado instalado en Nueva York, junto con una galería de personajes donde se destaca el que ingiere una pastilla por error y otro de muy pequeña estatura, pero con un secreto demasiado grande. Frank Oz, que instaló un clásico como La tiendita del horror, consigue una obra que es un crescendo de calamidades. Por su parte, la actriz Julie Delpy revitaliza la crisis de los 30 y las parejas disfuncionales tan de moda en el cine de hoy con 2 días en París y un paseo que dista mucho de ser romántico cuando Marion, la propia Delpy como una fotógrafa, y su novio estadounidense llamado Jack, llegan a París de un previo viaje por Venecia que no resultó lo halagador que se esperaba. En parecida sintonía trabaja Taratuto su último film, con una inolvidable Valeria Bertucelli y un correcto Adrián Suar. Aquí la historia se sumerge en la clase media argentina y una esposa, la Tana, abnegada pero de muy mal genio. Su marido, que tiene el particular apodo de el Tenso, opta por conseguirle un caballero que la seduzca y así librarse de ella. El cambio de situación, sumado a un trabajo que también funciona como válvula de escape, hace que el humor de la Tana cambie. A diferencia del cine de Hollywood, donde la mujer es un mero elemento decorativo o un personaje sin transiciones, Un novio para mi mujer permite reestablecer el mundo de las ilusiones olvidadas y el rol de la mujer como protagonista activa de la historia. Hieráticas, el cambio y la oportunidad es algo que no pertenece siquiera al universo de Sex and the city pero sí al off-Hollywood donde Bertucelli o Delpy motorizan la historia. La actriz francesa, Frank Oz, e incluso de manera explícita Taratuto, reinstauran el análisis psicoanalítico y autoral que el cine de ensayo había resignado en favor del contexto histórico. Aquí la sexualidad, la droga, la falta de horizontes y, fundamentalmente, el malhumor familiar son temas tocados sin miramientos y con una sonrisa. Las películas no ignoran la crítica a la sociedad consumista, superficial y materialista pero se preguntan cómo impacta la aceptación capitalista en los usos y costumbres del individuo, y principalmente cómo transforma su psiquis.

 

Los tiempos de George Cukor, Frank Capra o nuestro Carlos Schlieper han cambiando. El estereotipo de lo moderno, la familia disfuncional y la adolescencia tardía, sumados a diálogos ingeniosos, hicieron atractivas a propuestas por las que muchos sólo habrían apostado por su fracaso. Quizás el secreto sea que, en sus vulgaridades y destellos de ingenio, los personajes que velan al muerto o aquellos que hacen lo propio con un romance que perfecciona el arte de la discusión, no olvidan su escala humana. Ante tantos superhéroes miran lo cotidiano desde un lugar reconocible.

 

Nº 2341 » Septiembre 2008

Criterio presenta su blog

por , · Comentar 

¿Qué es un blog? Blog es la simplificación de web-log, y log es la traducción de bitácora o diario. Así, un web-log o blog es una bitácora donde se publican frecuentemente notas, comentarios, opiniones, que quedan presentadas cronológicamente en orden descendente, desde la más reciente (arriba) hasta la más antigua (al final), como si fueran apuntes o comentarios de un diario personal. Sus autores pueden ser personas individuales o instituciones. Los blogs se popularizaron en los últimos años sobre todo por permitir que una persona cuente con un medio propio de comunicación y opinión, con tecnología gratuita y de utilización sencilla. Además, los lectores o visitantes pueden opinar sobre los contenidos de los blogs, generando así intercambios, discusiones o debates sobre los temas publicados. Se trata de una herramienta de comunicación adoptada recientemente por muchos diarios online. 

 

Así, desde este mes, Criterio cuenta con su BlogCriterio, donde publicará notas de opinión o novedades, permitiendo a sus lectores compartir o disentir con mayor inmediatez y dinámica que la de la edición gráfica mensual. La herramienta permite también la realización de encuestas de opinión. 

 

No todo lo publicado en BlogCriterio aparecerá en la revista Criterio, ni todo lo publicado en ella se encontrará en el blog.  

 

Estarán disponibles todos los editoriales de Criterio, así como las notas que por su temática, naturaleza o abordaje se presten a un intercambio dinámico entre los lectores, algo que hoy sólo permite el medio digital.  

 

El acceso a BlogCriterio es libre y gratuito. Quien ingrese podrá leer las notas y realizar comentarios.  

 

A través de esta herramienta buscamos también desarrollar la misión de la Fundación Criterio: “Ser instrumento de diálogo y reflexión sobre las cuestiones fundamentales que interesan a los hombres y mujeres contemporáneos con relación al sentido de la vida y las formas de convivencia culturales, sociales y políticas, desde una perspectiva creyente y fiel a la Iglesia, pero abierta y ecuménica”.  

 

Los invitamos a visitar asiduamente nuestro BlogCriterio (www. blogcriterio.blogspot.com) y dejarnos en ese espacio sus impresiones.  

 

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