Revista Criterio
Octubre 2008
Nº 2342 » Octubre 2008

Películas en el tintero

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Los meses de Agosto y Septiembre suponen al cine los más álgidos de la temporada. En esas ocho semanas se aglutinan la mayor cantidad de estrenos de todo el año y son los que permiten tomar contacto con obras de diversas procedencias. El ritmo de una revista mensual se ve perjudicado por la sobreabundancia de títulos que terminan, en el mayor de los casos, anulándose entre sí. Tampoco posibilita que se pueda jerarquizar su lanzamiento como corresponde. A modo de anticipado balance, el cine de autor (o aquél que excede los límites de la industria del entretenimiento), brindó en el transcurso del año algunos que no fueron comentados por esta revista dado lo fugaz de su lanzamiento. La lógica periodística impide volver sobre lo que pasó, pero la propia del mercado audiovisual (con copias en DVD, legales y de las otras; la televisión por cable; los festivales especializados y los ciclos temáticos) permite repasar algunos de esos títulos que significan buenas recomendaciones.

 

El comienzo del año deparó el estreno de Días de Gloria, coproducción entre Francia y su antigua colonia Argelia con dirección de Rachid Bouchared. Fuerte drama bélico sobre magrebíes y pieds-noirs que conocieron Francia recién cuando fueron reclutados para defenderla durante la Segunda Guerra Mundial. No es sólo una película bélica, escapa al drama de la guerra para introducir también profundas (y en algunos casos entretenidas) reflexiones sobre el contexto sociocultural e incluso religioso que involucraba a la juventud de diferente extracción ante un mando común.

 

También es menester destacar la labor de Sandra Gugliotta en su film Las vidas posibles. Aquí, la perturbación que vive una mujer ante la desaparición de su marido da paso a la angustia y al duelo. Film psicológico, inteligentemente rodado en la aridez patagónica con una Ana Celentano de perfil kieslowskiano, permite a Gugliotta concretar una película que supera el contexto y la actualidad social para interrogarse sobre algunas de las constantes del ser humano. El cine argentino también brindó La León, del debutante Santiago Otheguy, que concentra la acción en una isla del Delta del Paraná como un duro y metafórico cuadrilátero donde la relación amor-odio del dúo protagónico masculino será excluyente en la trama. Su fotografía, tributaria de la Mikhail Kritchman en El regreso en su elección de paisajes desolados, es ahondada aquí por un blanco y negro que transmite la sórdida guerra personal en ese confín del mundo. Jorge Román y Daniel Valenzuela permiten sostener, en lo pausado del drama, la intriga con sólo el mínimo gesto.

 

Un estreno injustamente castigado por cierto sector de la crítica fue El sueño de Cassandra, de Woody Allen, que narra la vida de dos hermanos quienes a pesar de sus apuros económicos deciden comprar un velero de segunda mano llamado “Cassandra’s Dream”, con la idea de acondicionarlo y navegar en él los fines de semana. Los jóvenes pertenecen a la clase baja inglesa y, en tal condición, uno de sus anhelos es acceder a una vida de lujo y confort. En la mitología griega Casandra era la hija de Hécuba y Príamo, reyes de Troya, y poseía el don de la profecía obtenida por un encuentro carnal con Apolo. En el mito, luego diversas variaciones, el asesinato está siempre presente. El sueño de Cassandra quizás pueda traducirse como El síndrome de Casandra, por aquél que cree ver el futuro y no puede evitarlo. Esa es una de las intenciones planteadas por  el gran Woody que también se interroga sobre la ausencia de Dios. Lo divino y lo sublime contra la debilidad humana presa de su devenir.

 

Tan fascinante como –a primera vista- incomprensible es I’m not there, de Todd Haynes. El film reniega del biopic tan adocenado a la hora de hablar de biografías y permite un retrato abierto, azaroso y deslumbrante de Bob Dylan, no sólo como figura sino como arista del concepto de contracultura en permanente mutación. Así la película cambia constantemente y se evade casi por completo de la reconstrucción literal.

 

Francia no estuvo ausente con la bien desarrollada Un Secreto, de Claude Miller, y la nueva belleza del cine galo Cecile de France. De factura clásica y una potente novela detrás, analiza el saldo de la barbarie de la Segunda Guerra Mundial con la culpa, la hipocresía y el resentimiento como denominadores familiares. En sintonía, pero con otra densidad y estilo, trabaja Cuatro Minutos del alemán Chris Kraus, en la historia que cruza los destinos una joven que va a parar a la cárcel merced a su comportamiento cargado de violencia, con una tan exigente como anciana profesora de piano que intenta inculcarle a las presidiarias el amor por la música académica. La docente, empero, oculta un secreto que la atormenta. La patria de Claude Miller también permitió encontrar al veterano pero vigente Claude Chabrol con su precisa y metódica Una mujer partida en dos, donde analiza el afán por el éxito y la relación entre parejas disfuncionales. Todo dentro de las poses de los personajes frívolos y mediáticos, de aquellos salidos de los círculos intelectuales; y los que todo lo pueden poseer, o eso creen, de la alta burguesía, que sintetizan en la lente del director el individualismo del que hoy es presa el viejo continente.

 

El sórdido camino del “sálvese quien pueda” es retratado por el checo Jiri Menzel, en Yo servi al Rey de Inglaterra que analiza los destellos de poder como la más arbitraria de las convenciones. Todo mostrado con singular poesía, sensibilidad, tristeza, alegría y mucha ironía. Lógicamente, es un film que resultará incomprensible para aquél que en su fuero íntimo sienta que todo lo construye como factor de dominio. Engaño muy común, entonces y ahora, desenmascarado con el deleite de la seductora complicidad de Jiri Menzel, que señala que aquello por lo que el hombre lucha en su afán de poderío queda, finalmente, en manos del viento.

 

Para agregar surrealismo, se estrenó la película de un director tan talentoso como desconocido en la Argentina. El sueco Roy Andersson con La comedia de la vida consigue un film pleno de lirismo y ensoñación sobre los anhelos y frustraciones de la sociedad moderna en clave onírica. Film que invita a la risa, sobre todo en sus primeros cuarenta minutos, no esconde implícitos homenajes al cine de Luis Buñuel. Lástima que su paso por las carteleras haya pasado inadvertido. Como buena parte de lo que aquí se nombra.

Nº 2342 » Octubre 2008

Sacerdote, padre y abuelo

por Navarro Floria, Juan G. · 1 Comentario 

La noticia periodística, repetida como “nota de color” en muchos medios, daba cuenta de un acontecimiento ocurrido en una diócesis del interior del país: un hombre fue ordenado sacerdote en la Iglesia católica a los setenta y cuatro años. Tiene dos hijos, uno de ellos a su vez sacerdote que lo asistió en la ceremonia de ordenación, y el otro casado, que le ha dado nietos. Según la noticia, el neopresbítero quedó viudo hace dos años, lo que le permitió ahora acceder al sacerdocio. Hasta entonces, era diácono permanente. Desde joven fue catequista, lo mismo que su esposa fallecida. Una vida al servicio de la Iglesia, una familia que, como queda dicho, ya había dado un hijo sacerdote. Según el comentario de muchos fieles, ahora tendrán un confesor y consejero en la vida personal, conyugal y familiar “con conocimiento de causa” por su propia y valiosa experiencia.

 

La pregunta que cabe legítimamente hacerse, ante esta noticia sin duda simpática y emotiva, es: ¿recién ahora este buen cristiano tiene las condiciones para ser un buen sacerdote? En otras palabras, ¿era realmente necesario esperar a que enviudara para que pudiera responder a esta vocación que parece haber tenido desde mucho antes, al mismo tiempo que la vocación matrimonial? La norma y la praxis de la Iglesia latina (que no es igual en la Iglesia católica que sigue el rito oriental) le impidieron ser ordenado presbítero mientras vivió su esposa. Es la misma persona, con la misma vocación, y posiblemente con casi la misma dedicación que tenía antes como diácono permanente, casado. Posiblemente, la Iglesia podría haber aprovechado mucho antes esos talentos que los fieles descubren ahora en él, si hubiera podido ordenarlo sacerdote cuando su esposa aún vivía. Y él podría haber compartido ese don y el ejercicio ministerial, con su compañera a quien conoció cuando juntos eran catequistas.

 

No conozco a este sacerdote ni a su familia. Espero que si lee estas líneas no las considere irrespetuosas. Es posible que él mismo no comparta lo que digo. Pero más allá del caso concreto, que acaso tenga otros matices que no conocemos, creo que vale la pena plantear estos interrogantes, cuando la Iglesia sufre por la falta de ministros suficientes e idóneos. No es necesario siquiera postular las ordenaciones de mujeres, o el casamiento de los curas. Pero un caso como éste, que no es teórico sino real, invita a pensar si en nuestro tiempo la praxis apostólica, y permanente en el Oriente cristiano, de ordenar varones casados para el ministerio sacerdotal, no debería ser un camino a seguir. Ya el redescubrimiento del diaconado permanente, otorgado a varones casados, ha sido un bien precioso para la Iglesia y se ha demostrado valioso en sí mismo. ¿Cuántas comunidades podrían beneficiarse por la presencia de un sacerdote que presida en ellas la eucaristía, aporte su consejo, reconcilie a los pecadores, y cumpla el rol que en tantos barrios y pueblos ejercen esforzados pastores evangélicos en sus propias comunidades?  Se dirá que éste es otro tema. ¿Lo es?

Nº 2342 » Octubre 2008

Empresas, negocios y negociados

por Comentario, · Comentar 

El diccionario de la Real Academia Española define empresa como la “acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”. En el mundo de los mercados libres se extiende esta definición al organismo o entidad conformada por personas, bienes materiales y aspiraciones tendientes a brindar un servicio o producto. La conjugación armoniosa y sostenible en el tiempo de estos elementos constituye el fundamento y el sostén de cuanto la misma pueda alcanzar durante su existencia. La vocación de los accionistas, el anhelo de legar un emprendimiento a las futuras generaciones, la voluntad de brindar fuentes de trabajo y oportunidades de crecimiento digno a sus empleados, la búsqueda de progreso en un entorno de sana competencia y el liderazgo basado en la ejemplaridad y en valores son ejes necesarios para destacarse tanto en los sectores de la economía donde actúan como dentro de la sociedad.

 

El mundo empresario ha avanzado mucho en un sentido correcto, desde los primeros pasos de la sociedad industrial, cuando el empleado era una parte más, y acaso la menos importante, de la oferta final. Así nos lo recuerda el enternecedor personaje de Charles Chaplin en Tiempos modernos, uno de los llamados de atención más fuertes y logrados sobre los excesos de un modelo que conduce en su extremo a la explotación del ser humano. La empresa moderna se halla a gran distancia de ese arquetipo. Ha cambiado la forma de actuar, de organizarse, de entender y promover a los empleados y la visión de su aporte social. En su encíclica Populorum progressio el papa Pablo VI marcaba que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, desafío para el cual la empresa, entendida como “comunidad de personas”, tiene un mandato y papel fundamental, apoyando la promoción de la persona y la libre expresión y creatividad humana.

 

Por su parte, el mundo de los negocios tiene un horizonte de corto plazo y no necesariamente integra a un conjunto de personas con un anhelo compartido. Si bien usualmente se denomina negocio a un local comercial, también se llama así a operaciones concretas para obtener ganancias en condiciones de mercado propicias y bajo un marco normativo conocido. Los negocios así encuadrados no son en absoluto controvertidos desde un punto de vista ético, aunque su ejercicio rutinario y sistemático pueda no aportar mucho más que rendimientos pecuniarios de limitado horizonte y aporte a la sociedad. Asimismo se entiende que la realización de negocios forma parte necesaria de una empresa, por cuanto aporta recursos necesarios para su sostenimiento y en definitiva para alcanzar los resultados y aportes esperados en el largo plazo.

 

Tanto las empresas como los negocios requieren la existencia de sólidos marcos institucionales, jurídicos y políticos, así como condiciones de mercado que aseguren la transparencia en el acceso a información relevante para todos los potenciales participantes. Juan Pablo II señaló en Centesimus annus que “la actividad económica supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes”.

 

En cambio, cuando hablamos de negociados nos apartamos necesariamente de este escenario propicio para el libre emprendimiento. Se genera una flexibilización o rotura lisa y llana de las fronteras legales, afectando las expectativas de justicia e igualdad de oportunidades de progreso en una comunidad, basadas en la capacidad de las personas y su esfuerzo. Los negociados implican un ataque a las bases éticas de una sociedad con consecuencias devastadoras, en especial cuando no sólo se cometen al amparo del poder sino que provienen de él.

 

Crónicas periodísticas publicadas en nuestro país y en Chile dan cuenta de una operación inmobiliaria que le habría deparado al ex presidente Néstor Kirchner una renta más que extraordinaria, jamás imaginada por ningún trabajador argentino, y ni siquiera por muchos de los más poderosos terratenientes –tan demonizados por el actual gobierno–. La simplicidad del hecho resalta la impunidad con que se habría llevado a cabo: en 2006 la intendencia de El Calafate habría vendido, sin que mediara licitación pública, un terreno del Estado a una sociedad del entonces Presidente en ejercicio en la zona del aeropuerto viejo por US$ 50.000. Dos años después, sin la incorporación en el mismo de ninguna mejora ni obra, un grupo chileno declara haberlo comprado por US$ 1,8 millones –publicaciones chilenas, sobre la base de entrevistas realizadas a los compradores, ubican su valor en US$ 2,4 millones–. El hecho en sí mismo, de comprobarse, reviste una gravedad extrema. Es claro entender que el precio real del predio es el de venta y no el de compra. No parece casual que el entonces intendente calafateño sea hoy diputado oficialista; y aumenta el escándalo que la primera fiscal que intervino en la causa –iniciada por un abogado vecino de El Calafate– sea sobrina del ex presidente.

 

En un país donde empresas y negocios desarrollan su actividad dentro de marcos éticos y legales resulta imposible obtener rentas de semejante magnitud. Cero empleo generado, cero valor agregado, pura ganancia en un cortísimo plazo. Acaso pensando en este tipo de operaciones comerciales, donde el único objetivo es el lucro –y obtenido de una manera indudablemente cuestionable–, la Presidenta confesó en su reciente visita al presidente Lula da Silva tener un “poquito de envidia de Brasil” por sus empresarios, ya que son “sistemáticamente industrialistas”. En su discurso destacó que “se pueden tener infinitos recursos naturales, una gran extensión geográfica, pero si no se siente ese amor por la patria y ese espíritu de grandeza y de superación es muy difícil llegar a ser un país”.

 

Caben reflexiones y sobrevuelan preguntas desde distintas lecturas del hecho: ¿Qué inversor extranjero puede plantearse seriamente confiar en un país con instituciones tan débiles, donde los estrados judiciales parecen ponerse en movimiento sólo cuando los gobernantes caen en desgracia, fallecen o no tienen suficientes archivos con datos comprometedores de sus acusadores? ¿En qué tipo de sociedad son posibles enriquecimientos tan burdos con bienes del Estado? ¿Qué pensará el pequeño empresario que para evitar despedir a sus empleados y apenas subsistir en un escenario de creciente incertidumbre debe pagar tasas de interés altísimas, en el caso de que consiga quien le preste dinero? ¿Qué imagen prevalecerá en un joven ante la instancia de decidir su carrera profesional: la de m’ hijo el Dotor o la del amigo intendente? ¿Qué conjeturará un jubilado, con la dignidad ya olvidada, que acaso llega a fin de mes sólo con la ayuda de sus hijos? ¿Dónde están la justicia y los jueces? ¿Dónde la voz del empresariado, de las cámaras, de aquellos que quieren y necesitan reglas claras y transparentes para todos?

 

Muy pocos en toda una vida pueden acumular una fortuna de dos millones de dólares sobre la base de su trabajo. ¿Quién puede alcanzarla en sólo dos años?

Una nación seria construye una economía sustentable e inclusiva sobre la base de empresas que actúen brindando los mejores bienes y servicios, promoviendo la creatividad y el conocimiento de sus empleados y ajustándose a un marco jurídico que proteja a los más débiles y redistribuya a través de impuestos el bienestar a toda la sociedad. Una nación que sólo propicia el mundo de los negocios de corto plazo puede ver amenazadas sus expectativas de crecimiento para futuras generaciones. El reino de los negociados no hace más que destrozar los fundamentos de una nación y corporizar el fantasma del estado de naturaleza, con consecuencias tan impredecibles como temidas. En los albores del bicentenario, la Argentina se merece mucho más que hechos como el citado, propios de una república que se desliza hacia la anomia.

 

Nº 2342 » Octubre 2008

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

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Su Eminencia / Su Excelencia:

 

Por directiva del Santo Padre, y de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe, esta Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos considera conveniente comunicar lo siguiente a las Conferencias Episcopales, con respecto a la traducción y la pronunciación, en la liturgia, del Nombre Divino significado en el sagrado tetragrama, junto con algunas directivas.

 

I. Exposición:

 

1. Las palabras de la Sagrada Escritura contenidas en el Antiguo y en el Nuevo Testamento expresan la verdad que trasciende los límites impuestos por el tiempo y los lugares. Son la Palabra de Dios expresada en palabras humanas, y por medio de estas palabras de vida, el Espíritu Santo introduce a los fieles en el conocimiento de la verdad total y completa, y de este modo, la Palabra de Cristo va a morar dentro de los fieles en toda su riqueza (cf. Jn 14, 26; 16, 12-15). Para que la Palabra de Dios, escrita en los textos sagrados, pueda ser conservada y transmitida de una manera íntegra y fiel, las traducciones modernas de los libros de la Biblia intentan ser una transposición fiel y exacta de los textos originales. Este esfuerzo literario requiere que el texto original sea traducido con la máxima integridad y exactitud, sin omisiones ni agregados en lo que respecta a los contenidos, y sin introducir comentarios explicativos o paráfrasis que no pertenezcan al texto sagrado.

 

En cuanto al nombre sagrado de Dios mismo, los traductores deben actuar con la mayor fidelidad y el mayor respeto. En particular, como destaca la Instrucción Liturgiam authenticam (nº 41):

 

Según una tradición inmemorial recibida, que ya aparece en la citada versión “de los Setenta”, el nombre de Dios omnipotente, expresado en hebreo con el tetragrama sagrado, y en latín con el término “Dominus”, se debe traducir en toda lengua vernácula con un término del mismo significado. [iuxta traditionem ab immemorabili receptam, immo in (…) versione “LXX virorum” iam perspicuam, nomen Dei omnipotentis, sacro tetragrammate hebraice expressum, latine vocabulo “Dominus”, in quavis lingua populari vocabulo quodam eiusdem significationis reddatur].

 

A pesar de esta norma tan clara, en los últimos años, se suele pronunciar, en la práctica, el nombre propio del Dios de Israel, conocido como el santo o divino tetragrama, escrito con cuatro consonantes del alfabeto hebreo, en la forma הוהי, YHWH. La práctica de vocalizarlo tiene lugar tanto en la lectura de los textos bíblicos tomados del Leccionario como en las oraciones e himnos, y se da en diversas formas escritas y habladas, por ejemplo “Yahweh”, “Yahwé”, “Jahweh”, “Jahwé”, “Jave”, “Jehová”, etcétera. Por medio de esta carta, queremos exponer algunos puntos esenciales que subyacen detrás de la norma anteriormente mencionada, y establecer algunas directivas para cumplir en esta materia.

 

2. La venerable tradición bíblica de la Sagrada Escritura, conocida como Antiguo Testamento, presenta una serie de denominaciones divinas entre las que se encuentra el nombre sagrado de Dios revelado en el tetragrama YHWH (הוהי). Como expresión de la infinita grandeza y majestad de Dios, se consideraba impronunciable y por eso se ha reemplazado durante la lectura de la Sagrada Escritura por el uso de un nombre alternativo: “Adonai”, que significa “Señor”.

 

La traducción griega del Antiguo Testamento, la llamada Septuaginta, que data de los últimos siglos previos a la era cristiana, traduce el tetragrama hebreo con la palabra griega Kyrios, que significa “Señor”. Dado que el texto de la Septuaginta constituyó la Biblia de la primera generación de cristianos de habla griega, en cuya lengua fueron escritos también todos los libros del Nuevo Testamento, desde el principio, esos cristianos nunca pronunciaron el tetragrama divino. Algo similar sucedió con los cristianos de habla latina, cuya literatura comenzó a surgir a partir del segundo siglo, como lo manifiesta primero la Vetus Latina y, después, la Vulgata de San Jerónimo: también en estas traducciones el tetragrama era reemplazado por la palabra latina “Dominus”, que correspondía tanto al hebreo Adonai como al griego Kyrios. Lo mismo vale para la reciente Neo-Vulgata que la Iglesia emplea en la Liturgia.

 

Este hecho ha tenido importantes implicaciones para la Cristología del Nuevo Testamento. Cuando san Pablo escribe, con respecto a la Crucifixión, que: “Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2, 9), se refiere al nombre “Señor”, ya que continúa: “y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Flp 2, 11; cf. Is 42, 8: “Yo Soy el Señor, ése es mi nombre”). La atribución de este título a Cristo Resucitado corresponde exactamente a la proclamación de su divinidad. De hecho, el título del Dios de Israel y del Mesías de la fe cristiana se hace intercambiable, incluso cuando no es uno de los títulos usados para el Mesías de Israel. En un sentido estrictamente teológico, este título se encuentra, por ejemplo, ya en el primer Evangelio canónico (cf. Mt 1, 20: “El Ángel del Señor se apareció a José en un sueño”) y se ve como una regla en las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento (cf. Hch 2, 20: “El sol se convertirá en tinieblas… antes de que llegue el Día del Señor” (Joel 3, 4); 1P 1, 25: “La Palabra del Señor permanece por siempre” (Is 40, 8)). Sin embargo, en un sentido estrictamente cristológico, además del citado texto de Filipenses 2, 9-11, podemos recordar Romanos 10, 9 (“Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo”), 1 Cor 2, 8 (“no habrían crucificado al Señor de la Gloria”), 1 Cor 12, 3 (“Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, sino con el Espíritu Santo”), y la frecuente fórmula referente al cristiano que vive “en el Señor” (Rm 16, 2; 1Cor 7, 22; 1Tes 3, 8; etc.)

 

3. Que la Iglesia no pronuncie el tetragrama del Nombre de Dios tiene, por lo tanto, sus propios fundamentos. Además de un motivo de orden puramente filológico, existe también el de permanecer fieles a la tradición de la Iglesia: desde el principio, el sagrado tetragrama nunca fue pronunciado en el contexto cristiano, ni traducido a ninguno de los idiomas en los que fue traducida la Biblia.

 

II. Directivas

 

A la luz de lo expuesto, han de ser observadas las siguientes directivas:

 

1) En las celebraciones litúrgicas, en los cantos y las oraciones, el Nombre de Dios en la forma del tetragrama YHWH no deberá ser usado ni pronunciado.

 

2) En la traducción del texto bíblico a idiomas modernos, para el uso litúrgico de la Iglesia, debe seguirse lo que está prescripto en el nº 41 de la Instrucción Liturgiam authenticam, es decir, que el divino tetragrama debe ser traducido por el equivalente de Adonai/Kyrios: “Lord”, “Signore”, “Seigneur”, “Herr”, “Señor”, etcétera.

 

3) Al traducir, en el contexto litúrgico, los textos en los que están presentes uno después de otro, ya sea el término hebreo Adonai o el tetragrama YHWH, Adonai debe traducirse como “Señor”, y la palabra “Dios” se usará para el tetragrama YHWH, de forma similar a lo que sucede con la traducción griega de la Septuaginta y con la traducción latina de la Vulgata.

 

De la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 29 de junio de 2008.

 

Francis Card. Arinze

Prefecto

 

Albert Malcolm Ranjith

Arzobispo Secretario.

 

(Traducción del inglés: Silvia Kot)

Nº 2342 » Octubre 2008

Ana María Bovo y su novela Rosas colombianas

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El inicio de esta conversación, a propósito de la novela, es un recuerdo, una anécdota: una entrevista en un programa de radio Caracol. Le preguntaron qué pondría en un cofrecito que se abriera dentro de cien años y optó por pétalos de rosa y granos de café, aromas que exhala la tierra de Colombia. Del otro lado, agradecieron una percepción tan poética de un país al que no conocía. Así, la autora del libro Rosas colombianas.

 

- Se sorprendieron en la radio colombiana…

 

- Me pareció… dije que sabía que las rosas colombianas nacían a 1.500 metros de altura, en las laderas de Medellín, y quedaron impactados. Creo que sus rosas son tan lindas porque la brisa pura de la altura las embellece. Después de la devaluación ya no podía comprar la variedad de rosas colombianas que me gustan, pero ahora que mi economía mejoró un poco he vuelto a hacerlo, no todas las semanas como antes, pero sí una vez al mes. Tienen una conducta estupenda porque son buenos pimpollos, saben madurar y envejecer con dignidad, como una buena metáfora de lo que sería una existencia ideal para cualquier persona.

 

- ¿Está hablando Ana María, la autora de la novela, o Inés, su protagonista?

 

- Me conmueve un poco la pregunta. Hay una mezcla. Yo le he prestado a Inés mucho de mi propia mirada sobre las cosas; y le he prestado también mi pasión por la telenovela Café con aroma de mujer. Lamentablemente me perdí los primeros capítulos pero llegué a tiempo para enamorarme de los personajes. También le presté a Inés mi pasión por las rosas y  ella me devolvió nuevos recuerdos porque le pasaron cosas que no me ocurrieron a mí, y eso me permitió apropiarme de otros hechos, inventar acontecimientos que han enriquecido mi vida. Por ejemplo, se me ocurrió una situación: dos jovencitas muy particulares que viven en el Kavanagh y deben mudarse a un edificio más modesto. Dudé bastante hasta que lo decidí. Ahora, cuando paso por la plaza San Martín, pienso: “Ahí vivían Clarisa y Catherine”; la ficción amplió mi experiencia.

 

- Pasó de narradora oral de historias a novelista. ¿Siente que una cosa enriquece a la otra? ¿Qué le agregó el libro al oficio de contar cuentos y a los menesteres de su tarea docente?

 

- Escribir me sirvió mucho porque en el proceso de construcción de la novela repetí muchos de mis hábitos de narradora oral. El primer paso es contarme las cosas a mí misma. Como dice la escritora española Carmen Martín Gaite, autora del ensayo El cuento de nunca acabar, soy mi primera espectadora, veo cómo me tintinean las cosas, cuán verosímiles me resultan pese a provenir de la ficción; cómo suenan esas voces, la propia y las ajenas, y luego acuño las frases en la cabeza. Cuando trabajo como narradora oral, muy raramente transcribo la adaptación de un texto al papel; está todo en mi cabeza. Pero ahora tenía que escribir, tenía que demostrar a la editorial que tenía una novela por fuera de la cabeza. Entonces me senté al lado de Lourdes, mi colaboradora, que escribe divinamente sobre el teclado, como una pianista -yo soy una analfabeta informática- y le fui contando la historia en voz alta. Después imprimía y empezaba a corregir para dar al texto entidad literaria, la sintaxis propia de la literatura, pero sin perder una fuerte impronta coloquial. Me interesaba que la voz de Inés fuera de mirada aguda pero, a la vez, muy simple. La crítica Cecilia Absatz sostiene que “la sencillez es algo que no brota sino que hay que alcanzar”, y me sentí muy halagada cuando me dijo que yo lo había conseguido. Trabajé mucho en la elaboración de una mirada austera que otorgara significado a los actos de la experiencia de cada personaje. A veces se actúa sin demasiada conciencia de lo que producen las ondas expansivas de los silencios, de los estallidos. Traté de trabajar una poética de los acontecimientos que, a través de lo que hacen los personajes, pueda exhalar la fragancia o el hedor de sus conciencias. Para el personaje de Pascuala, en vez de hablar o reflexionar sobre la avaricia, preferí mostrar en qué actos cotidianos se mostraba su vicio, por ejemplo: cuando no quiere gastar dinero para que el albañil abra una ventana para que pase el cajón cuando se muera. Creo que es más elocuente que cualquier concepto elaborado sobre la avaricia. Quizás, si yo fuera una pluma privilegiada, podría dar cuenta de eso con muchísima poesía. Pero me parece que los acontecimientos tienen en sí mismos poesía; y un personaje puede narrarse a sí mismo a través de lo que hace, a través del acontecer.

 

- Pascuala es la avaricia. ¿Inés qué sería?

 

- Inés es una espectadora ávida, muy curiosa, que se narra a sí misma a través de los demás personajes. Llega un momento en que ella, aunque es la protagonista, entre comillas, y la narradora, delega lo propio en personajes aparentemente secundarios. Como en Nino, el plomero al que acompaña a Italia; su prima Elena; sus tías andaluzas. Ella se nutre de ellos, se espanta, se conmueve, se enamora de esos personajes secundarios que pasan a ser protagónicos en su vida, en la búsqueda de una nueva identidad. A partir de su divorcio repasa pasado y presente; conserva la ilusión de los finales felices de las telenovelas pero, insisto, elige narrarse a través de otros.

 

- Leyendo su novela se percibe esa alcanzada sencillez a la que se hacía mención antes, y se advierte que hay oficio de narradora. Curioso cuando usted juega con su identidad provinciana y el empleo o ubicación de las palabras que connotan socialmente a una persona. Una combinación entre lo propio de la escritura y todo lo que proviene de su experiencia como narradora oral.

 

- Claro. Un narrador oral tiene que observar y escuchar mucho, sólo se puede empezar a hablar a partir de un acopio de historias, una especie de reserva de muchas voces, para luego poder dar cuenta de ellas y que suenen verosímiles, que tengan hondura. Cuando un narrador asume el protagonismo absoluto no puede dar lugar a los otros personajes, lo impregna todo. Una buena narradora oral tiene que propiciar el espacio que habiten los otros y ser ella una mediadora entre la experiencia ajena, que va colándose con la propia. Eso es inevitable. Aunque uno narre historias de otros siempre está narrando algo de sí. Usé esa intermediación también en la construcción de Inés, para que le resonaran esas voces. En la presentación de la novela, leí un cuento de Molina Grande que iluminó mucho. Habla de la nieta de un sastre de toreros que tiene una tienda en Madrid. Está la niña detrás del mostrador, acompañando a su abuelo, cuando entra un torero joven, según dice ella, con la vida cosida a los ojos, con el afán por la vida, con la frente quizás arrugada por el temor y, al mismo tiempo, con la valentía que deberá poner en la arena. El abuelo lo mira de arriba abajo, lo mide y le dice de qué color debe ser el traje de luces: “Para ti, blanco y oro, maestro. Blancos la chaqueta y los pantalones, oro los hilos del bordado”. Entonces el torero repite: “Blanco y oro”. Y él le dice: “Sí, porque los colores oscuros no son para ti; a ti te traerán ruinas, hazme caso”. Luego entra otro torero. El abuelo lo mide con la mirada y le dice: “Para ti, tabaco y negro”. En mi caso, cada vez que aparecía un personaje, trataba de saber qué color le iba, qué tono era el adecuado para que pudiera lidiar con los vaivenes de su vida, con un traje que le quedara bien, con uno que pueda traer ruina o con otro que pueda traer fortuna; y después, de cara al espectador, saber si ese color era el apropiado o si había que cambiar.

 

- En tiempos de novelas y films que presentan mucha violencia, mal gusto y perversión, su novela se diría “blanca”…

 

- Yo espero que sea blanca y honda. Intento que haya algo virginal o blanco en la mirada, pero sin huir de los grandes conflictos de la vida. La novela trata también del culto a los muertos; y la dictadura también atraviesa la obra. Pero sí creo que Inés tiene una mirada candorosa, de cierta ingenuidad; no podía lidiar con una voz en primera persona que estuviera de vuelta de todo, que trabajara la sordidez; no está dentro de mi estética. En Lolita, de Nabokov, hay una manera tan extraordinaria de contar la relación incestuosa que me parece de un refinamiento absoluto. Cuando leo a Bukowski no me atrae para nada la fealdad de esas chicas. No me atrae alguien que ha perdido la curiosidad y que, sospecho, ha perdido el deseo.

 

- El personaje de Inés –a mitad de camino entre narrador y protagonista– está siempre proyectado en otros y en búsqueda.

 

- Exactamente, es una muy buena lectura del personaje: Inés hace un recorrido parecido a la heroína de las telenovelas. Cuando comienza la historia está frente a una situación muy desafortunada, sin saber quiénes son los otros; a través de las adversidades que se le van presentando y del modo en que las supera, termina conociendo su verdadera identidad y su lugar en el mundo. El inicio es su divorcio; se desencaja, se rompe su ideal romántico y queda como descentrada del mundo.

 

- Cerca de la alacena…

 

- Cerca, sí, mirando la alacena; la contemplación de la fiambrera. Es verdad.

 

- ¿La búsqueda tanto en Italia como en España responde a lo personal o refleja lo que le pasa sociológicamente a media Argentina?

 

 - Cuando era muy chica no entendía el mutismo, el silencio de los inmigrantes que nunca hablaban de sus padres, de sus hermanos, como si el decir reavivara el dolor para el que no tenían remedio. Porque los inmigrantes que yo conocí no tuvieron la posibilidad de volver, estaban convencidos de que no les era posible regresar a ese mundo que habían dejado atrás. Una vez, una viejecita aragonesa, una de las pocas españolas que había el pueblo y que gustaba visitar la casa de mis abuelos -mi abuelo era andaluz- se presentó, y yo, que tenía 12 o 13 años, empecé a hacerle preguntas. Sin saber lo que eso iba a provocar, le pregunté por su aldea, por su pueblo, por su familia. Después me volví a mi ciudad natal, que queda a 30 kilómetros, y al día siguiente ella volvió a la casa de mi abuelo con cantidad de boletas de un almacén de ramos generales porque por la noche no había podido dormir y con la linterna había ido hasta el taller del marido, y con el lápiz de carpintero había escrito en esos papeles las coplas que ella decía cuando era joven. Una pregunta puede desatar un mundo contenido y ese profundo desarraigo me sigue conmoviendo. En cierto modo, esos jóvenes, esos matrimonios jóvenes que emigraron sin poder volver nunca se convirtieron en una suerte de “desaparecidos”, porque los que quedaron allá nunca más supieron de su vida y, como muertos, están enterrados. Fueron exilios tremendos.

 

- ¿Es real su origen piamontés y andaluz?

 

- Tengo más sangre piamontesa que andaluza, pero la pizca andaluza me pegó. Una dosis muy fuerte.

 

- El final de Nino, cuando muere, ¿se parece a la realidad o es ficción?

 

- Lo cuidé mucho hasta el día de su muerte y algo que me conmovió fue que cuando se sintió morir dijo: Cara mamma, en italiano. Es verdad que me enfermé y que no pude ir y me dolió mucho, porque lo había llevado a una clínica muy buena. Me ocupé de su entierro, pero en la novela no lo cuento de esa manera sino al revés porque flotaba el tema mítico de si se puede o no enterrar debidamente a los muertos. La dictadura se ocupó de que eso no ocurriera. Ha cometido ese agravio, ese agravio que Antígona trata de reparar. En el pueblo de mi abuelo, como en todos los pueblos del interior, hay  un culto a los muertos; también para los piamonteses es sagrado. Tener una tumba atendida por los familiares, con flores frescas, limpia. A mí, como a Inés, me espantaban los cortejos fúnebres en medio de la ciudad, que una barrera de tren puede cortar su avance, que el cortejo se pierda en el tráfico.

 

- La figura de la hija está como entre brumas. ¿Por qué?

 

- No lo sé, la verdad es que no lo sé bien. A veces en los divorcios las madres se aferran mucho a sus hijos y los convierten en vehículo de la queja, de los reproches.

 

- ¿Moneda de cambio?

 

- Sí, y me parece que Inés la preserva de eso. Quizás lo más fácil hubiera sido presentar el amor de su hija como un lugar de refugio, pero yo quería que ese personaje estuviera a salvo de los dolores de la madre. Muy interesante la pregunta, pero creo que Lucía tiene una vida propia por fuera de la separación de sus padres.

 

- Fernando aparece como un tercero casi sustituible en cualquier momento. En realidad no aparenta ser una persona muy importante en la vida de Inés.

 

- Quizás, pretendí eludir el tema de la queja por el divorcio. Todos los divorcios son igualmente traumáticos y quise evitar que esa mujer se quejara del marido o revisara demasiado las razones por las cuales ya no lo tenía a su lado. Creo que lo que pierde es ese proyecto, esa ilusión del amor para siempre, y por eso Fernando queda más relegado.

 

- ¿Qué recibiste de tus lectores, por ejemplo, en la presentación de la novela?

 

- En la presentación hice un comentario sobre cómo había construido la novela, después habló Cecilia Absatz y luego hicimos un montaje escénico con Julieta Díaz. Terminé con esta plegaria a la tía Anica: “Bendita sea  la luz del día / y el Señor que nos la envía. / Gracias te doy, tu merced, / por dejarme vencer / que tan grande es tu poder. / Cúbreme con tu manto y tu Espíritu Santo”. La plegaria termina cuando la Virgen dice: “Vive, sueña, reposa y no tengas miedo de ninguna mala cosa, de ninguna mala cosa…”. Fue recibido por la gente como una especie de bendición de mi tía Anica, que murió a los 100 años y 4 meses, y era soltera. Musitaba y musitaba en la agonía y la vecina que la acompañaba le preguntó por qué tanta oración. Ella le contestó: “Rezo porque cuando muera no tendré quien lo haga por mí”. Fue como una plegaria colectiva. La gente recibía conmovida ese “ninguna mala cosa”; y todos  estaban rezando por ella. Creo que nunca ella pudo imaginar la huella tan fuerte que habría de dejar en la gente: una mujer anónima, muy inteligente, que yo pude llegar a retratar. Mi tía Anica fue una musa inspiradora porque siempre soñé con tener un antepasado que supiese flamenco; bailarlo es una deuda que tengo conmigo que ya no creo que pueda cumplir.

Nº 2342 » Octubre 2008

Universidad, Democracia y Reforma, algunas reflexiones y una propuesta

por · Comentar 

En varios números de Criterio se ha señalado la grave crisis que enfrenta el modelo universitario y la tendencia mundial a considerar a las universidades como mercancías puestas en juego en razón de la demanda. Menoscabadas por magros presupuestos en algunos países como la Argentina, se olvida su necesaria misión rectora como generadoras de ideas, ámbito trascendental para debates, necesario espacio para la investigación no atada a la especulación económica; además de su claro compromiso con la transmisión de conocimientos dentro del marco de la libertad académica, fundamental para el desarrollo social, cultural, tecnológico y económico de las sociedades democráticas. La universidad así entendida es reaseguro de la prosperidad comunitaria que encuentra en el progreso financiero su último eslabón y no, como pretenden las modernas irrupciones en la materia, una necesaria condición para su misión. Olvidan aquellos la cita de John Kenneth Galbraith, rescatada en el libro: “En este mundo no hay población educada que sea pobre, ni población no educada que no lo sea. Con una población educada, el progreso económico se vuelve en alguna medida inevitable”.

El actual senador nacional Rubén Giustiniani es un profundo conocedor de la realidad universitaria, en buena medida, por su trayectoria como decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura de la Universidad Nacional de Rosario. En tal sentido, es autor de un proyecto de ley para la Educación Superior que presentó en la cámara alta en junio de 2006. Dicha labor legislativa cierra, a modo de conclusión, Universidad, Democracia y Reforma, algunas reflexiones y una propuesta, escrito de manera conjunta con Lorena Carbajal, secretaria académica de la Universidad de Rosario. Ante todo, el volumen es un cuidadoso compendio de perspectivas para las universidades públicas de nuestro país sin olvidar su devenir histórico, que se funda en la gesta de la Reforma Universitaria, de la que se celebra el 90º aniversario. Se intuye además un homenaje a aquellos hombres que pensaron una Argentina donde la educación no estuviera atada a privilegios y a las decisiones coyunturales del poder, y a quienes brindaron un profundo sentido de renovación pedagógica que sirvió de ejemplo.

Anotan Giustiniani y Carbajal que la universidad latinoamericana debe entenderse a partir de una compleja superposición de modelos. La traslación inspirada en el modelo de origen español y portugués se verá influida por el napoleónico, por el anglosajón en su versión norteamericana y por el de inspiración humboldtiana, que brindaba espacio para la vida subjetiva del hombre junto a la investigación y la ciencia. De este crisol destacan las palabras de Ciria y Sanguinetti, cuando “el anticlericalismo de la etapa inicial, justificado por la lucha contra la preponderancia eclesiástica en la Universidad de Córdoba, se transformará después en antimilitarismo y antiimperialismo”. Dentro de la larga vida universitaria en la Argentina, Universidad, Democracia y Reforma no olvida citar los cambios bajo los gobiernos de Juan Domingo Perón, aquellos que sobrevinieron luego de su caída, y también el debate de “laica o libre” que cumple exactos 50 años. La fatídica “Noche de los bastones largos”, la larga intervención entre 1973 y 1976 y la de la última dictadura militar sirven para comprender la historia universitaria atada al país, la cual desconoció en muchas oportunidades lo necesario de su autonomía.

Pensada fundamentalmente para la universidad pública, que ve constantes nubes en el horizonte y una urgente necesidad de reinventarse, Universidad, Democracia y Reforma interpela al lector en la búsqueda de una salida, proponiendo la ampliación de los márgenes para la enseñanza. Giustiniani y Carbajal argumentan que difícilmente quien haya transitado una segmentada y deficitaria escolaridad básica pueda tener éxito en la educación superior; así “se evita el término derecho a la educación y se utiliza acceso porque no conlleva las obligaciones gubernamentales correspondientes”. Este libro es una luz de esperanza para el diálogo entre los diferentes actores sociales y un aporte al debate sobre las misiones de la universidad que, por desgracia, no es muy profuso y extenso dentro de nuestra alicaída cultura cívica. Por lo menos privilegia el diálogo antes que el escrache y las pintadas, tan de moda en estos tiempos dentro de la vida universitaria.     

Nº 2342 » Octubre 2008

Flannery O´Connor: el arte del cuento

por Barros, Raquel · Comentar 

Precisamente porque no se la conoce es necesario referir tres datos básicos acerca de Flannery O´Connor: era católica en una nación mayoritariamente protestante; vivió una vida breve, atravesada por la enfermedad; nació y se quedó en el sur de los Estados Unidos. Estos aspectos impregnan su escritura, que se suele vincular con otros nombres tan representativos de aquella región como William Faulkner y Katherine Anne Porter.

 

Flannery O´Connor nació en 1925 y murió en 1964. En el corto tiempo que le concedió el lupus escribió dos novelas –Sangre sabia (1952) y Los profetas (1960)– y dos libros de cuentos: Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955) y su póstumo Todo lo que asciende tiene que converger (1965).

 

Los dos últimos volúmenes incluyen una veintena de cuentos: en esa escasa cantidad, no son pocos los que pueden calificarse de memorables. A pesar de que entre ambos existe una innegable unidad dada por una serie de rasgos comunes, tanto en la temática como en el relato, también se pueden notar diferencias evidentes. En el primero vibran con mayor potencia el Sur y sus personajes; en el segundo, se intensifica la mirada sobre las relaciones humanas, privilegiando las de padres –sería mejor, tal vez, precisar “de madres”– e hijos, inevitablemente signadas por la incomprensión y el fracaso.

 

“El corazón del relato… es probablemente una acción, un gesto del personaje (…) Debe ser… totalmente correcto y, al mismo tiempo, totalmente inesperado”.

 

Flannery O´Connor, además de escribir cuentos, desarrolló reflexiones teóricas sobre el género (1). Hablar de una teoría sobre el cuento (short story) remite necesariamente a otro norteamericano, Edgar Allan Poe, que sentó sus bases en un escrito que sirvió como paradigma para la construcción del relato. Entre los elementos que cita en su definición del género están la acción única y el final sorprendente. Flannery O´Connor, en El arte del cuento, los retoma como “corazón del relato”. Poe considera central la tensión que se va generando en el texto para llegar al final; en los relatos de Flannery O´Connor la tensión es producto de la violencia, explícita o latente, pero siempre feroz.

 

Un hombre bueno es difícil de encontrar es, sin duda, el cuento más conocido de la autora; es, además, una buena puerta de acceso a su universo. Una anciana emprende un viaje hacia Florida con su hijo Bailey, su nuera y sus nietos. Va a disgusto: numerosos hechos van creando un clima de incomodidad, provocado en especial por ella, que no deja de intervenir para mostrar, elípticamente, su disgusto; abonan también el ambiente las respuestas de sus nietos y la ausencia de intervención de los padres. En el corazón del relato están la “acción” y el “gesto”: en medio del viaje, a causa de un desvío que ella misma sugiere, reconoce a un asesino: el Desequilibrado; este hecho firma la sentencia de muerte de todos los integrantes de la familia. La anciana habla sin parar con el criminal. En medio de la conversación en la que le reitera que es un hombre bueno e insiste en preguntarle si reza, se va escuchando el sonido de disparos: los tres finales matan a la mujer, quien acaba de llamar “hijo” al asesino.

 

De distinta manera, pero con no menos intensidad, la violencia es también el eje de Una vista del bosque. El cuento comienza con una pacífica escena familiar: un abuelo y una nieta –una pequeña réplica… del viejo– comparten las mañanas observando una máquina excavadora, imagen que anticipa el conflicto. La niña es la preferida, “la más lista y más guapa que había conocido” y “el único miembro de la familia que él respetaba”, ya que considera que el resto (su yerno, su tercera o cuarta hija –nunca recordaba de cuál se trataba– y los otros seis hijos de la pareja) es “imbécil”. El viejo profesa la fe en el progreso, es expresión del “hombre que miraba hacia el futuro”. Esto lo impulsa a poner en venta una parcela del terreno, en la que juegan los niños, para instalar una estación de servicios. Su nieta, a raíz de la decisión, le entabla una guerra sorda. La primera manifestación de la violencia es la omisión de los ritos que los unen: no le habla, no lo despierta poniéndose a horcajadas sobre él, no acepta su dinero. Pero luego pasa a la acción, en la que estalla, incontenible:

 

“Una botella se estrelló contra los estantes de conservas que había detrás de donde antes estaba el hombre. El viejo se volvió rápidamente. Mary Fortune estaba en la puerta, con el rostro encendido y una expresión iracunda, preparada para lanzar otra botella. Cuando él se agachó, se rompió a sus espaldas sobre el mostrador y la niña ya estaba cogiendo otra de la caja. Se precipitó sobre ella. (…) El viejo volvió a lanzarse sobre ella y esta vez la agarró por el borde del vestido y la sacó a rastras de la tienda”.

 

El final, totalmente inesperado, comienza con la brutal paliza que le propina a la nieta –a quien siempre había intentado defender de las agresiones de su padre– y culmina del mismo modo: en obvia oposición al principio, el abuelo se encuentra solo frente a un paisaje desolado en el que la única presencia es la máquina, “un enorme monstruo amarillo, tan inmóvil como él…”.

 

Un motivo que se reitera como generador de violencia es la amenaza que ejerce el otro, el de afuera. Una extensa lista de cuentos lo aborda; algunos ejemplos son Un círculo en el fuego, Los lisiados serán los primeros, Las dulzuras del hogar, La vida que salvéis puede ser la vuestra. Tal vez es en La persona desplazada donde se despliega con mayor intensidad el juego discriminatorio con el extranjero. El cuento se construye a través de la mirada: se observa a los Gobblehook, los inmigrantes europeos que llegan a trabajar en la granja de la señora McIntyre, precedidos por las imágenes de un noticiero que muestra las cosas espantosas que estaban ocurriendo en Europa, y que “podían haber acarreado con ellos, a través del océano, todas esas costumbres criminales hasta ese mismísimo lugar. Si venían de donde esa clase de cosas se practicaban contra ellos, ¿quién podía decir que no eran de la especie de gente que podía hacer lo mismo a sus semejantes?”

 

 “En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia”.

 

Los cuentos de O´Connor ponen en práctica esta declaración teórica: los personajes son centrales, verdaderos actantes que sustentan la acción del relato. Pertenecen a la misma cepa que los de Faulkner: gente del Sur, la clase menos acomodada, granjeros que han obtenido con esfuerzo algún bienestar; por debajo de ellos, los “pobres blancos”, despreciados por el resto de la población, apenas un escalón por encima de los negros, a los que desprecian ambos. Pero además del corte social existen otros rasgos que los vinculan: podría definírselos, como mínimo, como “particulares”. El conjunto forma una galería de seres grotescos, figuras ubicadas en el límite, frente a las cuales el lector experimenta sentimientos encontrados: inquietud, desagrado, compasión. Otro rasgo común es la significativa dificultad para las relaciones interpersonales que los enfrenta a la incomunicación.

 

El primer acercamiento de los personajes al lector se realiza, habitualmente, a través del clásico modelo de la descripción: “Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aun en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo y que no representaba ningún peligro. El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa”(2).

 

La primera mirada puede engañar: así le sucede a la anciana Lucynell Crater en su juicio sobre el recién llegado, al que no considera peligroso. O bien estar cargada de prejuicios, como la de la señora McIntyre cuando recibe a los desplazados: éstos la sorprenden ya que se parecen “al resto de la gente”, mientras que antes de conocerlos, “la imagen que había tenido de ellos era la de tres osos, caminando en fila india”.

 

La autora sostiene que en la escritura de ficción “el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas”, así que, además de exponer en detalle a los personajes, hace que actúen. Actúan con violencia de distinto tipo y, como ya se señaló, no está ausente la discriminación: los granjeros tienen una mirada negativa sobre sus empleados, los cuales, a su vez, tienen una mirada similar sobre los negros. Otra de las formas en que se puede manifestar es a través del engaño, un engaño flagrante y dañino. En La vida que salvéis puede ser la vuestra, éste se pone en juego entre Shiftlet –el extraño que se presenta como un hombre de corazón puro e “inteligencia moral” mientras que “hoy día la gente hace cualquier cosa”–, y la anciana Crater, que pregona las cualidades de su hija, “la criatura más dulce de la tierra (que)… además es lista”, y a quien “no dejaría ni por un cofre de joyas”. Negando su discurso, ambos se mostrarán en sus acciones: la vieja entrega sin problemas a su hija –que en realidad “rondaba los treinta años”, por más que su madre le adjudicara la mitad, “era por completo sorda y no había hablado una palabra en su vida”– a Shiftlet, que después de obtener el auto y unos pesos la abandona a unos pocos kilómetros, dormida, en un parador del camino.

 

Los personajes también actúan a través del diálogo. No es extraño que después de su presentación se produzca una charla entre dos personajes, muy habitualmente la dueña de la granja y la mujer del casero. Lo notable es la facultad para que estas conversaciones sean auténticos “diálogos de sordos”, en los que cada uno de los participantes expone su propia idea, sin registrar la del otro o negándola. Así se muestra en Un círculo en el fuego, en el que la señora Cope intenta sustraerse al relato tremendista de la señora Pritchard, insistiendo en la necesidad de estar agradecidos por todo lo que la vida brinda. O, peor aún, en el encuentro entre la anciana y el Desequilibrado, en el que cada uno va desarrollando su propia idea hasta un final que demuestra que nunca pueden encontrarse.

 

“Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.”

 

El segundo volumen de relatos, Todo lo que asciende tiene que converger, está integrado por nueve cuentos producidos en los últimos ocho años de vida de la autora. La presencia constante de la muerte y de los mismos conflictos, intensificados, los vuelve una sensible reflexión acerca de la condición humana.

 

El primero de la serie, que da título al volumen, ubica el vínculo madres / hijos en el centro de las problemáticas relaciones humanas. Un sombrero estrafalario, una madre excedida de peso que lo lleva puesto a su clase de adelgazamiento y un viaje en autobús son los pocos elementos que permiten, a través de la mirada narrativa focalizada en Julián, el hijo, una reflexión sobre el vínculo y sobre un orden que está cambiando. Mientras la mujer evoca con nostalgia el tiempo en el que su familia disfrutaba de una posición importante, tanto que su abuelo “tenía una plantación y doscientos esclavos”, su hijo piensa en la dificultad que le provoca vivir “de acuerdo con las leyes de su propio mundo imaginario y nunca… aventurarse fuera de él”. Un incidente con una negra hará que amargamente se lo señale: “Lo que todo esto significa es que ha desaparecido el viejo mundo […] De ahora en adelante tendrás que vivir en un mundo nuevo y enfrentarte por primera vez a algunas cosas.”

 

El segundo relato, Greenleaf, ubicado nuevamente en el ámbito de una granja, enfrenta a la señora May, la dueña, con el señor Greenleaf y sus dos hijos, propietarios de un toro que invade su tierra. Dos son también los hijos de la señora May, muy distintos pero con un rasgo común: a ninguno le importa lo que ocurra en la propiedad. La situación se tensa por su pasividad, por la prescindencia de Greenleaf y sus dos hijos, que nunca aparecen para responsabilizarse del toro y por el riesgo en que pone a su vacada. Finalmente la señora May –que se siente “una víctima”– se hace cargo de la situación e intima al señor Greenleaf a que sus hijos retiren el toro o a matarlo al día siguiente. En el final, en una figura de intenso contenido violatorio, se convierte efectivamente en víctima de la embestida del toro, que “había sepultado la cabeza en su regazo, como un amante loco y atormentado… Un cuerno se hundió hasta clavársele en el corazón y el otro le rodeó el costado aprisionándola en un abrazo irrompible”. Mientras cae, “su mirada era la de una persona que ha recuperado la vista de golpe y encuentra la luz insoportable”. En el gesto final, “parecía que la mujer estuviera susurrando una última revelación al oído del animal”.

 

Podría citarse cada uno de los cuentos como nuevo ejemplo de un relato que se conforma en la consideración de un mundo viejo que concluye y uno nuevo al que se accede en una visión que lo devela: esta epifanía se produce en el enfrentamiento con la muerte. Lo sintetiza, en duras palabras, uno de los personajes: “Estamos todos condenados –dijo– pero algunos nos hemos arrancado las vendas de los ojos y vemos que no hay nada para ver. Es una especie de salvación”.

 

Los cuentos completos de Flannery O´Connor se reúnen en la edición de bolsillo de Contemporánea. Antes de abordarlos, es útil tener en cuenta dos problemas: la traducción en un dialecto que nos resulta ajeno, en especial en los diálogos; y que efectivamente estén reunidos todos los cuentos, incluso algunos muy prematuros que pueden desalentar al lector no avisado. Una frase del prólogo afirma: “Los relatos de Flannery O´Connor tienen el poder supremo de agitar nuestra conciencia. No es posible permanecer indiferentes ante ellos”. Vale la pena saltear los escollos señalados para coincidir: nadie sale igual de la lectura de estos relatos.

 

Notas:

 

1. En un ensayo breve, El arte del cuento, F. O´Connor pone las bases de su concepción del relato corto.

2. O´Connor, Flannery. “La vida que salvéis puede ser la vuestra” en Cuentos Completos, Buenos Aires, Debolsillo, 2007, p.228

 

Nº 2342 » Octubre 2008

Una mirada histórica a la función vicepresidencial

por Padilla, Norberto · Comentar 

El cargo de vicepresidente ha recuperado protagonismo en la escena política e institucional.

Los constituyentes de 1853, apartándose del proyecto de Juan Bautista Alberdi y de los precedentes de 1819 y 1826, siguieron el modelo norteamericano al introducir la magistratura de vicepresidente de la Nación.

Desde el punto de vista de la doctrina jurídica, la propia naturaleza del cargo fue objeto de discusiones con consecuencias políticas. Para algunos, el vicepresidente integra el Poder Ejecutivo. Pero se responde a ello que esa rama es unipersonal. Para otros, es parte del Legislativo; pero tampoco resulta del todo convincente ya que no tiene voz (por ello el actual vicepresidente Julio Cobos tuvo que solicitar al cuerpo autorización para hacer uso de la palabra), y sólo puede votar en caso de empate. Por fin, otra parte de la doctrina lo califica de “órgano extrapoder” adscripto al Ejecutivo pero sin formar parte de él.(1)

La razón de ser del vicepresidente es darle un sucesor nato al Presidente, tal es el principal argumento para justificar la existencia del cargo. Dicha sucesión puede ser temporal, como consecuencia, por ejemplo, de viajes presidenciales –como lo ha hecho Cobos antes y después del 16 de julio–, o definitiva, por destitución, renuncia o fallecimiento del titular.

En nuestra historia, Carlos Pellegrini, José E. Uriburu, José Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza, Ramón S. Castillo y María Estela Martínez de Perón reemplazaron a presidentes renunciantes o muertos, y ciertamente no pasaron por la titularidad del Ejecutivo sin dejar huella. Dos de ellos, los sucesores de Roque Sáenz Peña y de Roberto M. Ortiz, llegaron tras ejercer provisoriamente el Ejecutivo por enfermedad de los titulares y, al asumir en plenitud, respondieron de distinta forma a la expectativa ciudadana: Victorino de la Plaza, pese a sus íntimas preferencias, siguió la obra de Sáenz Peña y entregó el poder al primer Presidente surgido del voto universal, secreto y obligatorio. Castillo, en cambio, careció de la visión necesaria para dar continuidad al proceso de purificación del sufragio iniciado por su predecesor y terminó depuesto el 4 de junio de 1943.(2)

El desempate

El vicepresidente ejerce la Presidencia del Senado. Se le confía esta misión a alguien elegido para que ninguna provincia y la Ciudad de Buenos Aires queden privadas de sus tres votos iguales. Los autores se han explayado poco hasta ahora sobre la facultad del Presidente de dicho cuerpo de desempatar y no citan casos en que haya ocurrido. En cambio, sí les ha tocado a presidentes provisionales del cuerpo. En febrero de 1914 el enfermo presidente Roque Sáenz Peña pidió licencia y el Senado se la concedió, en ajustada votación, hasta el 30 de abril, para lograr su renuncia. Pero la Cámara de Diputados modificó el proyecto, otorgando la licencia “para residir fuera del territorio de la Capital por el tiempo que lo exija el restablecimiento de su salud”. Vuelto al Senado, se produjo el empate, nueve por la insistencia con el plazo, y otro tanto como se había votado en Diputados. El Presidente provisional, Benito Villanueva, desempató por la concesión sin término, lo que fue rubricado con “aplausos en la barra”, compuesta seguramente por partidarios del Presidente que habría de morir en ejercicio ese mismo año.(3) En la última década se recuerdan los desempates de los Presidentes provisionales del Senado: el radical Mario Aníbal Losada en julio de 2001 a favor de la ley de “déficit cero”; y el justicialista (y actual juez de la Corte Suprema) Juan Carlos Maqueda en 2002 para la derogación de la ley de subversión económica, de importancia capital para el gobierno de Eduardo Duhalde. 

Ejercer la atribución como hace poco hizo Julio Cobos, ¿constituye una falta a la ética o, peor, una traición, tal como se insinuó en clave bíblica? Ciertamente, lo que cabe esperar del vicepresidente es que acompañe al mandatario y a la fuerza política que los postuló. La disciplina partidaria existe hasta en Gran Bretaña, donde el encargado de asegurarla lleva el sugestivo nombre de whip (látigo). Eso sí, no hay obediencia ciega (digamos, no hay “obediencia debida”) o no debe haberla, y menos por parte del vicepresidente. De ahí que el desempate de Cobos deba juzgarse no tanto desde lo que normalmente se espera de quien ejerce ese cargo sino desde las circunstancias que confluyeron en esa decisión. Cobos, en principio, no pertenece al sector del peronismo gobernante sino a uno  desprendido del radicalismo, aliado del kirchnerismo. Desde que el conflicto con el campo se trasladó al Congreso, intentó reunirse con gobernadores y dirigentes del agro, pero fue enérgicamente llamado a silencio. Que se haya visto en la situación de desempatar, por último, se debió a que el oficialismo, que tiene (o tenía) una cómoda mayoría en el Senado, veía encolumnarse en la disidencia a legisladores de peso como Carlos Reutemann y Juan Carlos Romero, por citar a sólo a dos.

* * *

En los Estados Unidos fueron varios los vicepresidentes que completaron mandatos interrumpidos, entre ellos: Andrew Johnson, Chester Alan Arthur y Theodore Roosevelt, por los asesinatos de Lincoln, Garfield y McKinley, respectivamente; Harry Truman, por muerte de Franklin D. Roosevelt, Lyndon B. Johnson por el asesinato de John F. Kennedy y Gerald Ford por renuncia de Richard Nixon. 

En aquel país, más allá de la complementariedad de líneas partidarias, color, religión o región, la candidatura de vicepresidente es seleccionada por quien encabezará la fórmula, asegurando una coherencia interna. No sorprende, por ejemplo, que Barack Obama haya descartado a Hillary Clinton para integrar la fórmula, como en su momento Lyndon B. Johnson no quiso de compañero a Robert Kennedy. Theodore Roosevelt dijo: “El vicepresidente debería en lo posible representar las mismas opiniones y principios que han asegurado el nombramiento y elección del Presidente…  Debiera ser siempre un hombre susceptible de ser consultado por el Presidente sobre toda gran cuestión política”. (4)

La Enmienda 25 de la Constitución norteamericana dispone que, siempre que haya una vacancia de la vicepresidencia, el Presidente la cubrirá previa obtención de la mayoría de votos de ambas Cámaras. Ello ocurrió en el caso de Gerald Ford, que resultó el único presidente norteamericano no originado en el sufragio popular, que, además, le fue adverso cuando enfrentó a James E. Carter.  La misma enmienda establece el procedimiento para el caso de incapacidad, tanto temporal como definitiva. La gran superpotencia no puede darse el lujo de un minuto de vacío de poder: recordemos a Johnson jurando en el avión al lado de la viuda de Kennedy con la ropa ensangrentada y la conjunción de medidas de protección de George W. Bush y Dick Cheney el fatídico 11-9.

En vísperas de una nueva elección en los Estados Unidos, los candidatos a vicepresidente han sido noticia, en especial la republicana Sarah Palin, gobernadora de Alaska. La importancia electoral de ese cargo se advierte por la complementariedad que cada candidato presidencial ha buscado para integrar su fórmula: la experiencia del católico irlandés Joseph Biden para Obama, la juventud y proximidad con la derecha evangélica de Palin, para McCain.

La fórmula

En la Argentina, el concepto de “fórmula” como unidad de postulación se afirmó a partir de la reforma de 1994; la palabra es utilizada en los artículos 96, 97 y 98 de la Constitución. (5) Desapareció así la posibilidad que daba el texto de 1853-1860 de que el Congreso eligiese entre los candidatos, como sucedió en los casos de Salvador María del Carril y Juan Esteban Pedernera, claro está, con el sistema de elección indirecta. Tampoco podría integrarse, de acuerdo con la reforma de 1994, una fórmula para la segunda vuelta combinando las de la primera.

Esta situación refuerza el concepto de identidad entre Presidente y Vice. Pero no es algo nuevo. Baste citar un dictamen de la Comisión de Asuntos Constitucionales apenas instalado Pelagio B. Luna al frente del Senado en 1916. La Comisión, entre cuyos miembros estaba Joaquín V. González, expresaba ante reivindicaciones de Luna que éste no formaba parte del cuerpo sino del Ejecutivo por lo que: “Sería inadmisible que un ciudadano a quien el voto de la mayoría de la Asamblea electoral ha elegido para formar parte del Poder Ejecutivo de la Nación pueda emplear la autoridad de que eventualmente ha sido investido, o la que pudiera recobrar de aquél, en destruir la armonía entre el Congreso y el Poder Ejecutivo de la Nación”. Además de dejar en claro que las funciones del vicepresidente en tanto presidente del Senado no son otras que las que fija el reglamento, el dictamen dice que el Senado ha sido “el refugio del espíritu de orden, de armonía, de serenidad y ecuanimidad, que ha procurado salvar la integridad de las instituciones tantas veces amenazadas por la demagogia, la anarquía y las excitaciones de los partidos políticos, tan inclinados a confundir su interés exclusivo y excluyente con el común interés de la Nación o de la Constitución, patrimonio de todos los argentinos y de todas las divisiones partidistas… Esta corporación ha sido formada casi siempre, y ha visto ocupadas sus bancas por los más eminentes estadistas de la República”. En cuanto al vicepresidente, por “la alternativa presencia en la silla presidencial de uno y otro poder” viene a ser “un funcionario de la más primordial importancia para mantener una continua comunicación de ideas, sentimientos e inspiraciones entre esta rama del Poder Legislativo y el Ejecutivo, del cual forma parte esencial y directa”. El vicepresidente “ejerce una de las misiones más altas en la República” ya que “lleva a las funciones del Poder Ejecutivo… las inspiraciones, las ideas y la orientación necesaria de la política del Presidente, el que centraliza, mueve e imprime dirección al dinamismo del país”. Y continúa: “No puede existir un papel más elevado, ni más digno ni más honroso para un ciudadano argentino que presidir este cuerpo, representar su dignidad y su decoro, dirigir y facilitar sus discusiones; contribuir a la más fecunda acción del poder legislador; decidir sus diferencias con su voto, el cual constituye un verdadero privilegio, no teniendo origen electivo en la misma fuente que el de los senadores, y velar por la conservación de las inmunidades y derechos colectivos, que sólo son una representación de las provincias de la Nación”. En estas palabras se encuentra una admirable síntesis de lo que puede esperarse de un vicepresidente que asuma en plenitud su responsabilidad constitucional.

A Enrique Martínez, otro vicepresidente radical, le tocó protagonizar un incidente en la sesión del 21 de noviembre de 1929. El Senado había decidido citar a Elpidio González, entonces ministro del Interior, por los sucesos de Mendoza, en los que había sido muerto Carlos W. Lencinas. Pero Martínez decidió no despachar la comunicación “porque sus términos afectan atribuciones privativas del poder central”. Tras asentar su posición, dejó a cargo de la sesión al Presidente provisorio. El senador Luis Linares fue rotundo en su rechazo a lo manifestado por Martínez, calificando de “gravísimo error” la pretensión de revocar una resolución del Senado o negarse a cumplirla. El senador Luis Ruzo recurrió a la cita de Joaquín V. González, agregando que la función de vicepresidente es como un “puente de plata” entre el Senado y el Ejecutivo. Mario Bravo fue más terminante aún, ya que propuso encomendar el envío de la nota al Presidente provisorio, que se hiciera saber al Ejecutivo que el Senado se mantenía en sesión a la espera del comparendo del ministro y que se remitiera a la Comisión de Asuntos Constitucionales las constancias de lo expresado por el Presidente del cuerpo ya que “pueden importar una desconsideración, una violación de los deberes inherentes al cargo”. El senador Diego Luis Molinari ensayó la defensa de Martínez. Aparece la expresión “fórmula presidencial”, se caracteriza al vicepresidente como funcionario “eminentemente ejecutivo”, “presidiendo un cuerpo eminentemente deliberativo”. Para este legislador, que luego adhirió al peronismo, no debe olvidarse que el Poder Ejecutivo se compone de dos personas, y que el vicepresidente es integrante de la fórmula ejecutiva nacional. Ambos son “la expresión más clara, más terminante de un anhelo popular. De un gran movimiento de opinión, como es la Unión Cívica Radical”. Molinari insiste en que este Senado jamás podrá obligar al vicepresidente a que rubrique una comunicación que va en desmedro del Poder Ejecutivo del que forma parte, ni a aceptar “cortapisas y restricciones que no estén contenidas dentro del espíritu y la letra de la Constitución”.

Cuando queda vacante la vicepresidencia

La Constitución no prevé la elección de vicepresidente y entendemos que si no procedía antes de 1994, menos aún tras esa reforma, en función de lo que hemos señalado sobre la “fórmula”. 

Marcos Paz murió en ejercicio provisional del Ejecutivo, con Bartolomé Mitre en la Guerra del Paraguay, en medio de una situación de la impropiamente llamada “acefalía de la República” que dio lugar al dictado de la ley 252. Francisco Beiró, elegido en 1928 con Hipólito Yrigoyen, falleció antes de asumir, y, en lo que suscitó muchos reparos, se volvió a reunir a los colegios electorales designándose a Enrique Martínez, a quien el general Uriburu le exigió la renuncia el 6 de septiembre de 1930. Hortensio Quijano también murió antes de volver en un segundo período en 1952. En 1954 se convocó a comicios para cubrir la vicepresidencia exclusivamente, con el triunfo del marino Alberto Teisaire. Es el único caso de elección de vicepresidente, aunque antes y después el cargo quedara vacante. Desde una “historia contrafáctica”, ¿cabe imaginar a un Perón, en la cúspide de su autoritarismo, con el radical Crisólogo Larralde como vice?

Hace precisamente cincuenta años, a pocos meses de asumir, el vicepresidente Alejandro Gómez renunció por desavenencias con Arturo Frondizi. Esto no ayudó, por cierto, a la estabilidad ya que en la crisis de marzo de 1962 hubo que recurrir al Presidente provisional del Senado como intento de salvar las instituciones o, por lo menos, evitar una presidencia militar. En un rápido juego político, José María Guido juró ante la Corte Suprema y puso a los generales ante el hecho consumado. 

La renuncia de Carlos “Chacho” Álvarez contribuyó no poco a erosionar el gobierno elegido en octubre de 1999. Enfrentado al Senado tras denunciar episodios de corrupción, sintiéndose sin suficiente apoyo del presidente Fernando de la Rúa, se alejó del cargo a menos de un año de haber asumido. Su gesto, si debía tener algo de ejemplar, se perdió en el tumulto de un país voluble y sin rumbo, asediado por grupos de interés y por medios de comunicación al servicio de esos grupos.

Ni Adolfo Alsina, ni Victorino de la Plaza ni Ramón Castillo juzgaron que sus disensos con los titulares del Ejecutivo les impidieran ejercer su propio cargo de origen constitucional. Mariano Acosta, en los sucesos de 1880, no acompañó a Nicolás Avellaneda al pueblo de Belgrano donde se había establecido la capital provisoria, quedándose en la ciudad alzada contra el gobierno federal. Su actitud no tuvo consecuencias por cuanto al mismo tiempo se realizaba la transmisión del mando al general Julio A. Roca. Ciertamente Víctor Martínez tenía posiciones divergentes con el presidente Alfonsín en muchos temas pero su desempeño fue ejemplar. En la dramática renuncia anticipada de ambos en julio de 1989, él quiso dejar a salvo su posición discrepante con la decisión del Presidente.

La solidaridad del vicepresidente con el titular del Ejecutivo no implica la condena a la irrelevancia. En tal sentido, los amagues de cierta independencia, por ejemplo, de Daniel Scioli, le valieron ser pública y severamente puesto en línea. Lo mismo ocurrió en un primer momento con Julio Cobos, y las consecuencias esta vez fueron las conocidas. El constitucionalista Carlos M. Bidegain afirma: “Es conveniente una cercana vinculación con el presidente y su sustituto, que permita a éste tener en todo momento una buena información sobre los problemas que puede verse en la necesidad de afrontar” (6); un vicepresidente a quien se informa, se consulta y a quien se le permite consultar, dándole precisamente el lugar de compañero de fórmula.

Esta proximidad debe obrar para el fortalecimiento de la decisión del electorado que consagró una dupla, cuyos integrantes, con las diferencias que deben complementarlos armónicamente (pensemos en el típico equilibrio Buenos Aires-interior, como en la fórmulas de 1983 y 1989) tienen la responsabilidad de asegurar la continuidad en la jefatura suprema de la Nación.

En tal sentido, el vicepresidente debe cuidar no interferir en los poderes presidenciales. Ante divergencias insalvables, debe quedar claro el rol de cada uno; el del vicepresidente es de discreto segundo plano. Numerosas funciones de representación interior y exterior pueden ser asumidas por delegación presidencial, y su presencia en el Gabinete, como ocurrió, entre otros, con José Evaristo Uriburu y Norberto Quirno Costa (7), será valiosa en la práctica aunque no forme parte de él. Pero, cabe recordar, las reuniones con o sin presencia del vicepresidente, no existen desde 2003. Eso sí, merece señalarse que el vicepresidente Scioli compensó innumerables tareas protocolares rehuídas por Néstor Kirchner.

A diferencia de los Estados Unidos, las posibilidades de reelección son limitadas, ya que el vicepresidente durante un período no podrá aspirar a dos como presidente, ni el que ha estado ocho años como segundo podrá ser candidato a la presidencia sin el intervalo de un período. No obstante, el cargo no es políticamente desdeñable, como a veces se pretende, ya que puede seguirse en el servicio al país como ocurrió, con personalidades eminentes citadas más arriba.

Buen número de vicepresidentes han honrado la función de ser presidentes de la Cámara por la que habían pasado o volverían como senadores. Esta presidencia debería redundar en una fluidez de comunicación entre ambos poderes. Presidir es administrar, cuidar el equilibrio de las partes, enderezar, persuadir, incluso, para utilizar un léxico moderno, consensuar.   

El cargo de vicepresidente posee una dignidad sólo superada por la del propio titular del Poder Ejecutivo y es asimismo un reaseguro para la continuidad institucional. Para quien esto escribe, no es un cargo superfluo sino que merece conservarse en la Constitución. Sin embargo debe reconocerse que la reducción del mandato de seis a cuatro años implica que sea menos gravoso anticipar la elección si vacase la presidencia. Y, más allá de los comportamientos deseables, un sucesor presidencial colocado antagónica o minoritariamente frente a estructuras partidarias hegemónicas tendría escaso margen de maniobra y la gobernabilidad estaría en riesgo. Pero mucho dependerá del piloto de tormentas en un supuesto semejante. Hemos tenido a Carlos Pellegrini y a Isabel Perón reemplazando a titulares del Ejecutivo. Aunque, en menos de un siglo, los separa un abismo. Roguemos que el primero no quede como una rara avis porque la suerte de la República se juega también con quien es elegido para ser vicepresidente.

Este artículo es una reelaboración y actualización de uno anterior, “El Vicepresidente de la Nación, un cargo a conservar”, publicado en el Suplemento de Derecho Constitucional de El Derecho (EDCO 2003-2004).

Notas:

(1) CORWIN, EDWARD S., El Poder Ejecutivo, función y poderes, 1787-1957, Bibliográfica Argentina, 1959.

PRITCHETT, C. HERMAN, La Constitución Americana, Tea, 1965, pág. 397.

BIDART CAMPOS, G.J. Derecho Constitucional del Poder, t. I; ZARINI, H. Derecho Constitucional, Astrea, 1999, pág. 776; SAGÜÉS, N. Elementos de Derecho Constitucional, Astrea, t. I, pág. 344.  Los más recientes trabajos sobre la institución: BADENI, G. Las funciones del Vicepresidente de la Nación. E.D. nº 12.067,p. 1 (11.8.08) y SERRAFERO, M. D., La icepresidencia (nuevamente en escena), E.D. Serie Especial Derecho Constitucional, nº 12.072, p. 1 (20.8.08)  

 

(2).  Podemos sistematizar de esta forma la serie de presidentes y vicepresidentes:

    1.  Presidentes y Vicepresidentes que cumplieron íntegramente los seis  años de mandato: Urquiza-Carril, Sarmiento-Alsina, Avellaneda-Acosta,  Roca-Madero, Roca-Quirno Costa(9), Alvear-González, Justo-Roca, Perón-Quijano,  Menem-Ruckauf (ya reformada la  Constitución en 1994, el período fue de 4 años), KJirchner-Scioli. 

 

    2.  Vicepresidentes que han accedido a la Presidencia por  renuncia o muerte del titular: Carlos Pellegrini, José Evaristo Uriburu,  José Figueroa Alcorta, Victorino de la  Plaza, Ramón S. Castillo, María Estela Martínez de Perón. 

 

    3.  Vicepresidentes que han cesado por renuncia, destitución o  fallecimiento en funciones: Marcos Paz (fallecimiento), Pelagio B. Luna  (fallecimiento), Enrique Martínez (depuesto), Alberto Teisaire (depuesto),  Alejandro Gómez (renuncia), Carlos H. Perette (depuesto), Vicente Solano Lima  (renuncia), Víctor H. Martínez (renuncia), Eduardo Duhalde (renuncia), Carlos  Alvarez (renuncia).  En los casos de Lima y V.H.Martínez sus renuncias se produjeron simultáneamente con la de los, respectivamente, presidentes Héctor J. Cámpora (el 13 de julio de 1973) y Raúl Alfonsín (el 9 de julio de 1989), en un caso a tres meses de asumir y en el otro, finalizando el mandato con la fórmula sucesora ya electa.  

 

    4. Vicepresidentes “de facto”:  Enrique Santamarina (1930), Sabá H. Sueyro, Edelmiro J. Farrell y Juan D. Perón  (1943-46), Isaac F. Rojas (1955-58). El primero, civil, renunció al poco tiempo. Perón acumuló a la vicepresidencia, los cargos de Secretario de Trabajo y ministro de Guerra, y fue elegido presidente el 23 de febrero de 1946.  

 

    5.  Vicepresidentes fallecidos antes de asumir: Francisco Beiró fue  proclamado Vicepresidente el 12 de junio de 1928 pero falleció el 22 de julio  siguiente. Los electores volvieron a reunirse y proclamaron vicepresidente a  Enrique Martínez. La posibilidad de que los electores realizaran una segunda  votación fue objeto de fuertes críticas. J. Hortensio Quijano falleció luego de  ser elegido en forma directa para un segundo período de acuerdo a la  constitución de 1949, pero antes de la fecha de asunción, 4 de junio de 1952.

  

(3) Congreso Nacional, Cámara de Senadores, sesiones del 7 y 12 de febrero de 1914.

 

(4) ROOSEVELT, T., American Ideals, 231-232, citado en el Dictamen de la Comisión de Asuntos Constitucionales, Senado de la Nación, Sesión del 5.6.1917, en GONZÁLEZ, JOAQUÍN V, Obras Completas, Universidad Nacional de La Plata, 1935, t. V, pág. 379.

 

(5) MENEM, E. y DROMI, R.  La Constitución reformada, Ediciones Ciudad Argentina, l994, pág. 325.

 

(6) BIDEGAIN, C. M., Curso de Derecho Constitucional, Abeledo-Perrot, 1996, t. IV, pág. 236.

 

(7) MADERO, F. M., Norberto Quirno Costa en “Entre la genealogía y la historia”, ediciones del Círculo, 1989, pág. 425. 

Nº 2342 » Octubre 2008

Aerolíneas Argentinas, un cambio de enfoque

por Laura, Guillermo · Comentar 

La nueva debacle de Aerolíneas Argentinas exhibe el crónico problema del servicio aerocomercial en el país.

 

El debate se circunscribe a lo que se mueve, lo más visible y ruidoso: los aviones. Se soslaya, en cambio, lo que no se mueve ni origina ruidos: la infraestructura, lo cual nos impide de disponer de un servicio aéreo pujante y poderoso como el de Brasil. Se vuelve a hablar de una nueva línea estatal de bandera (y no se trata de LAFSA, que existe sin operar y está dotada de personal pero no de aviones) y se discute si nos haremos cargo de una deuda ajena.

 

Argentina tiene 287 ciudades y 36 aeropuertos operables comercialmente y sólo el 12% de las ciudades tiene infraestructura aérea. El tráfico se limita a ese puñado de ciudades, mientras que en el 88% restante la operación resulta físicamente imposible. Ocurre lo mismo que en otras áreas del transporte: tenemos trenes sin vías (El Libertador a Posadas) y ocho millones de automotores sin autopistas suficientes.

 

El país tuvo una extraordinaria oportunidad de equiparse con una verdadera red de aeropuertos sin costo fiscal pero que se perdió por el incumplimiento del concesionario que explota todos los aeropuertos del país. Para tener idea del daño infligido a la comunidad basta señalar que el canon anual, pactado y nunca pagado, comenzó siendo de 171 millones de dólares anuales, cifra suficiente para construir diez aeropuertos internacionales por año y al contado –un aeropuerto dotado de la más moderna tecnología cuesta 17 millones de dólares, según se verá más adelante–. En doce años se hubieran podido construir 120 aeropuertos.

 

Pero el canon de alquiler por la explotación de 32 estaciones aéreas de alta rentabilidad como las de Ezeiza, Aeroparque y Córdoba nunca se pagó y los funcionarios responsables, en lugar de exigir el cumplimiento del contrato, redujeron paulatinamente la carga. En una primera etapa, hasta sólo la tercera parte del monto original (febrero de 2002), luego a la sexta parte (mayo de 2003) y, finalmente, a cero (febrero de 2007). El resultado de este privilegiado negocio es que hoy el Estado, único propietario legal de todas las estaciones aéreas, es socio minoritario al 20%, por graciosa concesión de su inquilino.

 

Por medio de esta vía de rentabilidad excepcional se creó una multinacional privada que construyó aeropuertos en Ecuador, Armenia y Uruguay con el dinero de argentinos que, paradójicamente, en su gran mayoría, carecen del servicio. Por ejemplo, en ciudades de la importancia de Pergamino (Buenos Aires), Rafaela (Santa Fe), San Francisco (Córdoba), Metán y Orán (Salta), Concepción (Tucumán), Oberá (Misiones), Charata (Chaco), Frías (Santiago del Estero) y otras 239 ciudades esparcidas en nuestro dilatado territorio.

 

Para centrar la cuestión hay que partir de un dato básico: ¿cuánto cuesta un aeropuerto dotado de moderna tecnología como los de El Calafate (Santa Cruz), Merlo (San Luis), Ushuaia (Tierra del Fuego) o, inclusive, Punta del Este (Uruguay)? Como ya se especificó, a precios actuales, 17 millones de dólares cada uno. Nuestra Fundación, Metas Siglo XXI, realizó un estudio de factibilidad cuyas conclusiones se incluyen en Abundancia de lo Indispensable para Todos, libro escrito en colaboración con Adolfo Sturzenegger. Dicho estudio demuestra que cincuenta ciudades de nuestro país, con un área de influencia de 8.500.000 habitantes, carecen de aeropuerto. Construir cincuenta nuevos aeropuertos de moderna tecnología, dimensionados para las exigencias de ciudades medianas, costaría 850 millones de dólares. La deuda confesada de Marsans en Aerolíneas Argentinas es de 900 millones, es decir, lo suficiente para construirlos, y sobrarían 50 millones.

 

Hay que cambiar el enfoque. En lugar de la polémica estéril de si el servicio aéreo debe ser estatal o privado debemos preguntarnos cómo beneficiar a los usuarios, a todos los argentinos y no sólo a los que habitan en un puñado de ciudades que tiene el “insólito” privilegio de acceder a un aeropuerto. Para ello hay que descartar el monopolio, sea estatal o privado. Como se repite con fervor en el Himno Nacional, necesitamos tres libertades: libertad de cielos, libertad de itinerarios y libertad de tarifas para provocar un boom aéreo que posibilite la conectividad de las regiones sin pasar por Buenos Aires. Concretamente debemos rechazar el pasivo de Marsans y destinar esos fondos a construir aeropuertos.

 

El rol básico del Estado está en los cimientos, en la infraestructura y el adecuado ejercicio del poder de policía para la seguridad aérea. Si el Estado cumple su rol y da libertad de vuelos, la actividad aérea hará eclosión. La misma eclosión del transporte de buses de larga distancia, que trasladan al 91% de pasajeros al año con elevado confort. Magníficas unidades del siglo XXI cuyo único problema es la seguridad vial por la precariedad de la infraestructura, con rutas obsoletas con diseños de la década del ‘30. La actividad aérea, además, está asfixiada por la concentración de rutas en un solo prestador y el exceso de regulaciones. Los aviones de cabotaje llevan apenas la décima parte de los pasajeros de ómnibus de larga distancia. Aviones, seis millones; buses, sesenta millones.

 

Reitero: Nuestro país no podrá progresar con trenes sin vías, autos sin autopistas y aviones sin aeropuertos.

 

El transporte es siempre un binomio: el vehículo que se mueve y la infraestructura fija que le sirve de cimiento. Sin cimientos sólidos nada duradero podremos edificar. Algo serio habrá que hacer en la infraestructura ferroviaria, vial y aérea si queremos acompañar la extraordinaria evolución de los vehículos fabricados por particulares, ya que la infraestructura en manos del Estado permanece estancada por la morosidad de los funcionarios, la carencia de gestión y la ausencia absoluta de planificación de largo plazo, perjudicando la seguridad y la eficiencia de algo tan esencial como el transporte.

 

Como decía Einstein: “Si el problema está bien planteado, la solución es obvia; si el problema esta mal planteado, se torna insoluble”.  Esto es lo que nos ocurre con el sistema de transportes argentino, en todas sus formas.

 

 

El autor es presidente de la Fundación Metas Siglo XXI

www.autopistasinteligentes.org

Nº 2342 » Octubre 2008

El lugar del Vicepresidente

por Editorial · Comentar 

La noche del 16 de julio último, la mirada de ciudadanos y gobernantes se posó sobre la figura de alguien que hasta ese momento había suscitado poca atención. Fue cuando Julio César Cleto Cobos, desde el sitial de la presidencia del Senado, tras palabras que supieron conmover, formuló su voto “no positivo” al proyecto sobre las retenciones.

 

Vituperado por el oficialismo que consideró ese voto como una derrota propia, Cobos experimentó desde el viaje inmediato a Mendoza, su tierra natal, los halagos de la popularidad. En los dos meses siguientes, pese a un encuentro formal con la Presidenta y a sus declaraciones sobre la voluntad de seguir en la misma alianza, no parece que haya en el mundo regido por Néstor y Cristina Kirchner espacio para él. Menos tozudez de parte de éstos podría haber capitalizado lo ocurrido, ya que paradójicamente el voto de Cobos descomprimió una situación cuya salida no se avizoraba. Al mismo tiempo, importantes correligionarios del radicalismo se preguntan si el regreso del “hijo pródigo”, expulsado del viejo partido de Alem e Yrigoyen, no podría ser el signo del retorno de la diáspora de tantos dirigentes que buscaron cobijo en otras alternativas electorales. ¿Podría Cobos ser en 2011 el candidato de un radicalismo redivivo? En tal caso, ¿podría batir en las urnas a la sucesión de la actual presidenta? Naturalmente, muchos querrán aportar lo suyo a esa especulación sobre la suerte de la fracción en el poder, empezando por el peronismo histórico, también revitalizado a expensas del desgaste kirchnerista, que intentarán que, como en 2003, estemos ante una nueva interna justicialista.     

 

Desde el punto de vista ético, ¿puede un vicepresidente protagonizar el armado de un proyecto cuyo objetivo sea desplazar electoralmente a quienes lo incluyeron en su fórmula? ¿El justificable voto “no positivo” podría derivar en acción opositora durante los tres años que quedan para Fernández de Kirchner-Cobos? Con razón, desde diversas tribunas radicales se condiciona el retorno de Cobos a la finalización de su mandato, no antes.

 

Dos actitudes, al menos, cabe esperar del vicepresidente. La primera, que no sucumba a tirios y troyanos que quieren su renuncia al cargo. A ella aspiran sectores oficialistas, porque ya Cobos no es confiable. Y también algunos opositores que hasta ven con él una oportunidad para las elecciones de 2009. No hay indicios de que Cobos vaya tras las huellas de Carlos “Chacho” Álvarez. Una renuncia dañaría las instituciones, mostraría escasa responsabilidad y mucho oportunismo, todo lo contrario del temple avizorado aquella madrugada del 17 de julio. Aunque, eso sí –la segunda actitud–, el gobierno no tendría que temer otro voto de desempate en contra, al menos mientras pudiera evitar lo que sucedió en las postrimerías de la presidencia de Fernando de la Rúa: tener como presidente provisional del Senado a un opositor.

 

* * *

 

Con motivo de la elección de 2003, uno de los candidatos, Carlos Menem, que quizás no guardaba buen recuerdo de sus dos vicepresidentes, hizo pública su voluntad de llevar a su segundo, el salteño Juan Carlos Romero, a la jefatura de gabinete y dejar vacante la vicepresidencia.

 

Hoy es posible que el matrimonio Kirchner se cuestione el rédito de haber integrado la fórmula con el ex gobernador mendocino. Y éste se planteará de qué concertación se hablaba, de qué espacios de poder.

 

Pero unos y otro no se deben al cortoplacismo, que tanto tienta a nuestros políticos, sino a instituciones que deben vigorizarse y ser creíbles. Algo de eso ocurrió cuando la ciudadanía siguió por televisión el debate del Senado, donde no sólo el Vicepresidente sino varios legisladores impresionaron por la calidad de sus intervenciones. Lástima que eso no ocurre sino muy de vez en cuando.

 

El lugar del Vicepresidente es el que le marca la Constitución. Se trata de un segundo plano, mientras una circunstancia excepcional no lo catapulte al primero. Es el precio de la responsabilidad confiada por la ciudadanía. En un país donde los capitales políticos son malgastados en cuestión de meses –piénsese en Roberto Lavagna o Ricardo López Murphy–, la sabiduría del vicepresidente actual estará en el ejercicio escrupuloso de su función, con independencia y lealtad, sin obstaculizar al Ejecutivo, encontrando formas de servir al país desde su cargo, algo que sería de gran torpeza no favorecer, tal el caso de funciones de representación exterior, como es habitual tanto en los Estados Unidos como en los precedentes argentinos. Cobos tendrá que saber esperar, y sobre la paciencia en la política tiene ejemplos admirables en Mandela y Lula. El futuro, proclamaba Víctor Hugo en dicterio contra Napoleón, no es de nadie, es de Dios. En una Argentina tan imprevisible, esforcémonos al menos por hacer previsibles las instituciones.

 

 

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