Revista Criterio
Noviembre 2008
Nº 2343 » Noviembre 2008

Belle Toujours

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Belle Toujours, ante todo, es un homenaje y también una pregunta. El recuerdo es al genio indómito de Luis Buñuel, a 38 años de que Belle de Jour entregara a la magnética Catherine Deneuve. La indagación apunta a los márgenes de la vida, cuando se arrastra la culpa y la expiación. ¿Cómo acarrear la perversión y los recuerdos de la juventud en una sociedad en la que todo parece permeable, posible y lícito?

 

Belle Toujours también muestra la noción de identidad en la modernidad, llevada hasta los límites del consumo y enviciando la diferenciación entre lo público y lo privado. La historia devuelve a dos personajes, Henri Husson y Séverine Serizy, 38 años después de que los dejara Luis Buñuel. Así pareciera encontrarlos Manoel de Oliveira, casi por accidente, en un excelso concierto con la batuta de Lawrence Foster y música de Dvorak. La pregunta ¿qué fue de ellos? ronda la mente del realizador de Viaje al principio del mundo y es trasladada a su vital protagonista, Michel Piccoli. En el papel de Husson accidentalmente ve a Séverine en la gala orquestal.

 

Husson intenta por todos los medios llegar a Séverine, y ésta lo esquiva constantemente. El disparador es el final mismo de Belle de Jour: conocer el secreto que Husson le contó al marido de Séverine, mudo y paralítico, y al que ella nunca accedió. Con esta excusa, él logra concertar un encuentro para develar el fantasma que acompañó a Séverine durante casi cuatro décadas.

 

Manoel de Oliveira es siempre sorprendente, deslumbrante y, principalmente, exquisito. Aquí continúa su senda evocativa sobre el sentido del cine, como lo hiciera en La Carta con Bresson y en Un filme falado con Rossellini, pero el resultado es mucho más directo desde el título; el homenaje en créditos a Luis Buñuel y Jean-Claude Carriere; y los protagonistas, el original de Belle de Jour, Michel Piccoli, y la recordada musa del cine vanguardista de los setenta -y figura de El discreto encanto de la burguesía- Bulle Ogier, cuando Catherine Deneuve se negó a participar. El consejo para el desprevenido es conocer, o repasar, el gran clásico “buñueliano” para que el deleite sea completo.   

 

La excepcional cena incluye los artilugios surrealistas de Buñuel (la gallina y la caja), para demostrar la revancha final, plena de sadismo y deseo por poseer, de algún modo, a la mujer que, se sabe, será imposible. También brinda la seguridad de que Manoel de Oliveira domina el arte cinematográfico como un juguete propio, a poco de cumplir activos cien años y con sólo trece de distancia del nacimiento del cine. Tímidamente, da a entender que comprendió como pocos a Luis Buñuel. Este explícito homenaje es un ensayo sobre el tiempo de insoslayable carácter metadiscursivo, nos dice que la vejez puede ser la otra cara de la sabiduría.

 

 

Nº 2343 » Noviembre 2008

La cámara oscura

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Humorísticamente, dijimos por ahí que esta película basada en un cuento de Angélica Gorodischer es ideal para el Día de la Madre. Hay dos madres en ella, y varios hijos. Gorodischer puso también un nieto, que, muy ofendido, revela a los lectores la historia de su vergonzante abuela Gertrudis, que “parecía una buena mujer, tan de su casa”, e hizo lo que hizo “de pura maldad nomás, sin ningún motivo”. Pero él mismo deja sospechar más de un motivo, sólo que ninguno entra en su consideración, porque mira las cosas desde otro ángulo. Precisamente, el efecto de una cámara oscura consiste en ver todo igual, pero invertido. Y, como se sabe, todo depende, siempre, de quién mira y quién cuenta la historia. Así de simple.

 

También la historia es simple. Una mujercita muy poco agraciada, nacida en el momento menos adecuado, criada como con vergüenza, de pronto la pide un viudo rico y buen mozo, que sólo busca una mujer de su casa, para que le dé hijos, mantenga el hogar y ayude en las tareas rurales, ya que se trata de colonos judíos allá por los años 20, aunque lo mismo da que fueran turcos o ruso-alemanes. Esta mujer tuvo la suerte de la fea, podría decirse, pero ella, aparte de trabajar hasta el cansancio, también piensa. Vaya uno a saber lo que piensa, porque es tan apagada que casi ni habla, pero se ve que su mente se va con las estrellas, la luz del campo, los versos que lee antes de dormirse.

 

Un día el marido trae un fotógrafo ambulante, medio rengo, francés, para que registre familia y propiedades. Ella no quiere salir en la foto. “Él sabía muy bien lo que era no querer salir en ninguna foto”, dice el cuento. El hombre pasa menos de dos días en la casa, ahí mismo revela, encuadra y entrega su trabajo, y charla un poco con la familia, cuenta cosas que ha visto por el mundo, quizá también sea de contar las estrellas antes de irse a dormir. No corresponde avanzar más; simplemente digamos que, tras haber escuchado la versión del nieto, Jaia, su esposa, pone en lugar privilegiado la única foto que existe de doña Gertrudis. Cuando el marido le pide explicaciones, ella le responde: “No. Si necesitás que te lo explique, quiere decir que no merecés que te lo explique”. Y punto. Aunque al día de hoy siga sin entenderlo, como, al parecer, tampoco entiende a las mujeres en general, y a las abuelas y esposas en particular.

 

Hasta ahí el cuento. La placentera adaptación que ahora vemos prescinde del nieto, expone directamente la historia de esa abuela, y nos pone a la vista, sin subrayado alguno pero bien presentes, esos varios motivos sospechados, que toda la familia de Gertrudis puede ver, pero nadie se detiene a mirar y considerar, invirtiendo un momento su posición. Es digno de elogio cómo María Victoria Menis y su coguionista, Fernández Murray (ambos ya apreciados en El cielito) despliegan lo que el cuento resume, y en sólo 83 minutos amplían y enriquecen datos preciosos acerca del comportamiento humano, agregan varios momentos muy sugestivos, más que suficientes para hacer entender ciertas cosas de la vida familiar, y, como un regalo, nos transportan a un tiempo en que todavía podía escucharse el silencio, y una tierra donde tantas cosas estaban todavía por sembrarse.

 

Al respecto, nos comentó la directora: “Hoy estamos rodeados de muchísimos sonidos, que no dejan oír. Creo que es ideal, justo ahora que todo está tan inestable, volver a ciertas raíces de simplicidad, revalorar afectos, bellezas sencillas, labores cotidianas, incluso el verdadero color de la naturaleza, sin trucos digitales que resalten los verdes como si hiciéramos una publicidad de desodorante de ambientes”. Ya que está, agregamos otros comentarios suyos, de esa misma charla:

 

“En el cuento, el marido es medio mujeriego. No pusimos eso. Basta que él no la considere, y ella no lo ame. Uno de los temas de El cielito fue la violencia conyugal. Acá mostramos otra violencia, la del desamor, la desatención, la indiferencia. Someter a la pareja a esas humillaciones es muchísimo más común que golpearla, y también duele”.

 

“¡Cómo nos cuesta a veces apreciar algo que vemos todos los días! Gente que vive frente al mar, me dice “ah, yo ni lo veo”. ¿Qué podemos esperar de cosas más pequeñas?”

 

“En un momento un hijo le dice ‘¿Te pasa algo?’. ‘No, estoy mirando la luz del campo, qué linda es’. Y siendo el hijo y todo él no puede ver lo mismo”.

“A su manera la quieren, pero han puesto el automático en función de recibir. Y ella tampoco tiene mucha facilidad para comunicarse con el exterior. Más que fea, está como replegada, siempre al fondo”.

 

“En cierto momento con el fotógrafo, se dicen algo que ni a mí me lo dijeron. Y ella sonríe”. ¿Será que pasó algo entre esa mujer ocupada y apagada, a quien la adaptación le redujo fealdades originales, y le agregó dos lindos episodios de infancia, y ese fotógrafo, al que le quitó la renguera original, y le agregó sensibilidad de artista (incluso hace unos collages a lo Man Ray, propios de aquel entonces)? Habrá quien capte algo que empieza a revelarse, habrá quien se despabile a lo último. Lo cierto es que la propia Angélica Gorodischer ha elogiado públicamente la película. Y que las espectadoras salen regocijadas, con una placentera, muy femenina sensación de haberse desquitado a gusto de quién sabe qué desprecios cotidianos. Ya nos imaginamos al nieto diciendo: “Y eso que ahora las tratamos bastante bien”.

 

Nº 2343 » Noviembre 2008

DVD: WALL-E

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El título refiere al modelo de un robot algo destartalado, que se encarga de compactar desechos en un planeta Tierra futuro, completamente desierto luego de que los humanos se retiraran a vivir en estaciones espaciales. WALL-E (sigla de Waste Allocation Load Lifter Earth-Class) revuelve en la basura para rescatar pequeñas joyas para su colección personal, como una cuchara, un cubo rubik o el estuche de terciopelo de un anillo. A pesar de la compañía de una expresiva cucaracha, se siente muy solo. La llegada de una robot llamada EVE (Extra-terrestrial Vegetation Evaluator), enviada desde una estación espacial para buscar alguna forma de vida, lo llevará a dejar de lado la comodidad de su hogar.

 

Colmada de referencias cinéfilas (desde 2001 Odisea del espacio, de Kubrick, a Jacques Tati) y de las otras (críticas a Windows, a las grandes corporaciones), WALL-E presenta una primera media hora casi perfecta, y todo casi sin emplear diálogos. Cuando la acción se traslada a la estación espacial y los humanos entran en escena, esa poesía y sutileza se diluyen y cede el paso a la abierta crítica a la sociedad de consumo; hay tiempo hasta para la sátira política. Esto no implica que WALL-E sea un producto fallido, incluso se presta para ver con los más chicos y conversar sobre gran cantidad de temas que se disparan del argumento. Sin embargo, quedará la duda sobre lo que habría podido obtenerse con los mismos protagonistas y un guión menos ambicioso.

Nº 2343 » Noviembre 2008

DVD: El sabor de la noche

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La trama es simple: en Nueva York, Elizabeth, una joven abandonada por su novio, regresa una y otra vez al bar que frecuentaba con su ex, y comienza a conversar con Jeremy, quien regentea el local. Después, con el corazón roto, Elizabeth decide viajar por el interior de los Estados Unidos, donde se topa con diferentes personajes: jugadores empedernidos, alcohólicos, noctámbulos, siempre solitarios.

 

El chino Won Kar Wai, director de Con ánimo de amar, es un artista de la imagen, capaz de componer fotogramas de gran belleza, y de, además, musicalizarlos de manera perfecta. Sus actores y actrices habituales (Tony Leung, Gong Li, Ziyi Zhang) son, siempre, imposiblemente bellos. Ahora presenta su primera película hablada en inglés: a pesar de que no tenía experiencia como actriz, la cantante y compositora de jazz Norah Jones fue su protagonista.

 

Pero aquella densidad emocional que se traslucía de sus películas anteriores, toda esa desesperación y remordimiento contenidos en sus fallidas historias de amor, aquí aparecen desdibujados. El sabor de la noche (My blueberry nights) está más cercana a la perfección estética de un comercial de autos que a aquellas películas que convirtieron a Kon Wai en quien es. Y en las que actrices como Natalie Portman, Rachel Weiz eligieran participar en roles secundarios y en personajes desdibujados. Y que la tímida pero fotogénica Norah Jones dejara su lugar detrás del piano para actuar por primera vez.

 

Disfrutable pero no memorable, puede apreciarse la banda de sonido original de Ry Cooder, y la interpretación de David Strathairn, con un personaje mínimo, pero que en cada gesto destila amargura y frustración conmovedoras.

Nº 2343 » Noviembre 2008

Historia de un conflicto

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Más que una contribución académica histórica precisa, este libro es más bien un racconto sociológico del conflicto entre los mapuches y el Estado chileno, especialmente durante el fin del siglo XIX y el siglo XX. No exento de ideología y también de simpatía, el autor describe el “despojo” de la tierra y la instalación y colonización auspiciada por el Estado, sin respeto por los derechos de los dueños originarios. No deja de asombrar la afirmación de que el indio “comerciaba” ganado, sin alusión al modo como lo obtenía, en ambos lados de la cordillera, lo que no obsta naturalmente a que tuviera “marca propia” y criara sus propios animales. En tierras cuya posesión sería de una legitimidad análoga, una cosa sería criarlos al borde del Cautín o el Toltén y otra al borde del Salado en Buenos Aires.

 

Pasan ante nuestros ojos toda clase de reivindicaciones y de luchas, todo tipo de posiciones, por ejemplo, respecto a la propiedad comunitaria o privada de la tierra, que comienza con el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931) hasta hoy, y donde no siempre las izquierdas acompañaron la posición comunitarista.

 

El autor advierte el modo en que los medios ingresan en la actualidad en la vida doméstica de la población indígena, que goza ya de electricidad y de televisión, relacionando las culturas rurales con las urbanas, teniendo en cuenta que un porcentaje creciente reside en ciudades (400.000 mapuches o descendientes viven en Santiago, según censo del 2002, mientras que 250.000 lo hacen en el campo).

 

Sin embargo, la línea central del libro es la defensa y la apología del concepto de nación mapuche y su legitimidad –utópica y discutible, digna de un diálogo constructivo– ante el Estado chileno (y el argentino, agregaríamos nosotros).

 

Más allá entonces de los muchos silencios de este libro (por ejemplo, la conducta de los mapuches con respecto a otras familias indígenas como los pehuenches, los tehuelches, y otros), y de no pocas imprecisiones (demográficas, por ejemplo), su lectura ayuda a un ejercicio de comprensión de la realidad de tantos hermanos que también conforman ambas naciones (chilena y argentina). Bengoa es, efectivamente, un buen guía en este ejercicio, y por ello estas páginas merecen ser leídas por quienes se interesan en nuestro sur común.

 

Nº 2343 » Noviembre 2008

Religión y política

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La religión y la política en sus mutuas relaciones han sido un tema perenne de la historia, pero en nuestros días ha adquirido un vivo interés. En el ámbito local, la aparición de esta monografía representa una consolidación de ese quehacer, proyectándolo a un prometedor futuro después de estar reducido por un dilatado tiempo a ámbitos confesionales o ajenos al quehacer científico.

 

La obra exhibe dos partes independientes, aunque complementarias, que podrían leerse separadamente sin mengua de su inteligencia. Sin embargo, la una enriquece a la otra, porque de ordinario aparecen tratadas en un enfoque unidimensional que limita su plena comprensión.

 

En la primera se presenta una exposición introductoria de los términos de la discusión actual, en la perspectiva histórica y cultural. El autor dedica un particular tratamiento al debate planteado en el año 2004 entre Habermas y Ratzinger, y en un segundo momento a la relación de Benedicto XVI con la comunidad musulmana, ocasionalmente conflictiva a partir de textos expuestos en universidades europeas como Colonia y Ratisbona. Forman parte de esta sección diversas cuestiones con gran repercusión social como el preámbulo de las Constitución Europea, la prohibición del chador en las escuelas públicas francesas y el conflicto por los crucifijos de Baviera. También se aborda el tratamiento de la homosexualidad y un panorama de la sociedad norteamericana, incluyendo varios casos judiciales poco conocidos en el ambiente argentino pero de previsible interés.

 

Este primer tramo está integrado por tres capítulos destinados a brindar un enfoque fenomenológico tal como está planteado en el contexto cultural contemporáneo y una presentación del magisterio de la Iglesia católica en la materia, además de un importante aparato de citas. Un eje central que vertebra la sección: la dimensión social de la religión, en lenguaje teológico-canónico, el munus regale o señorío de Dios. Estamos aquí en el ámbito de las relaciones entre el orden natural-secular y el sobrenatural-teológico o, dicho de otro modo, en la jurisdicción eclesiástica sobre lo temporal. Este primer eje se complementa con el que aparece en la segunda parte: la función propia del Estado como gerenciador del bien común y, como tal, creador del marco para la realización de la comunidad política.

 

El panorama actual registra un doble sentido. De una parte asistimos a la irrupción de lo religioso en la vida social, con una visible floración de nuevos movimientos y corrientes dentro y fuera de las religiones tradicionales. Un segmento no menor en este escenario es representado por la escalada de los fundamentalismos. De la otra, se profundiza el proceso de secularización mediante la operatividad de un nuevo laicismo que cuestiona no ya la presencia de las creencias religiosas en los espacios públicos, sino que incursiona en una pretensión excluyente de una moral objetiva. Este dato constituye el mayor punto de tensión, especialmente -aunque no sólo- con la Iglesia católica, en cuyo marco se sitúa la obra reseñada, en tanto los valores sustentados por ésta son reivindicados como una exigencia de la dignidad humana y no solamente como una consecuencia de la fe religiosa.

 

Después de describir la posmodernidad y ya en plena referencia a la Iglesia católica, Santiago se detiene, en una perspectiva propia de la filosofía política y la ética social, en episodios que han tenido como protagonista a Benedicto XVI, incluyendo una consideración de la ley religiosa y la ley civil en los países islámicos y el diálogo católico-islámico. En este estadio de su investigación el autor realiza una revista de los diversos puntos de tensión entre la religión y la política, objeto de vivo interés en todo el mundo y que encuentran un amplio eco en la Argentina.

 

Finalmente, se accede a un completo desarrollo de los principios que expresan el magisterio eclesiástico, como el dualismo cristiano, que fundamentan la relación de la sacra potestas con las cuestiones temporales y, en este mismo contexto, la laicidad, concepto al cual Benedicto XVI se refirió en numerosas oportunidades. Santiago se adentra en el tratamiento de la libertas Ecclesiae y del principio de libertad religiosa, en este tramo de la obra desde la perspectiva teológica y aun canónica, sin tomar estrictamente la propia del Derecho eclesiástico. Además, particular atención dedica a uno de los grandes temas de la vida cristiana en nuestros días: la participación de los fieles laicos en la animación del orden temporal.

 

La segunda parte de la obra está compuesta por tres capítulos que abordan la materia desde un enfoque histórico-jurídico, acerca de las relaciones Iglesia-Estado y la libertad religiosa en el ámbito local. Se reseñan los principales instrumentos jurídicos como los textos normativos (en especial los constitucionales) y la jurisprudencia, particularmente la emanada de la Corte Suprema. Se realiza también un prolijo estudio del acuerdo de 1966 que puso fin al régimen del patronato. No hay referencias, sin embargo, al primer acuerdo entre la Santa Sede y el Estado argentino celebrado en 1957 sobre el obispado castrense. También es objeto de un valioso tratamiento la reforma del año 1994, que institucionaliza en su configuración actual la materia religiosa, la Constitución de 1949 y  las constituciones provinciales.

 

A continuación, Santiago aborda las principales leyes y situaciones de conflicto mediante una lograda periodización metodológica hasta la actualidad. Esto constituye uno de los mayores aportes de la obra en cuanto representa el estudio más completo en esta materia en el país. Finalmente, la obra culmina con la jurisprudencia de la Corte Suprema en doce periodos, lo que constituye otro ponderable aporte. Como en los anteriores capítulos, se reseñan criterios conclusivos que permiten obtener una visión panorámica del texto. Un anexo documental completa la meritoria labor del autor. El resultado es de notable calidad histórica, teológica y jurídica, que le confiere el primer rango en la literatura nacional en la materia.

Nº 2343 » Noviembre 2008

Coloquios nocturnos en Jerusalén, por Carlo M. Martini

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El reconocido biblista jesuita y cardenal Carlo Maria Martini (Turín, 1927), ex arzobispo de Milán y figura de gran valía intelectual, ofrece su reflexión y su testimonio sobre el futuro de la Iglesia en una larga entrevista que llevó varias noches de conversación con el sacerdote austríaco Georg Sporschill en su tan amada Jerusalén (la ciudad más cargada de memoria religiosa, donde murió Jesús para la salvación del mundo y se venera su sepulcro vacío que hace memoria de su resurrección). El original se editó en alemán (Jerusalemer Nachtgespräche). La traducción al castellano fue tarea de Roberto Heraldo Bernet.

 

Después de haber ocupado importantes cargos académicos, Martini fue nombrado por Juan Pablo II pastor de la diócesis acaso más importante del mundo, sucesor de san Ambrosio (“Los jesuitas no tiene que llegar a ser obispos, y en ningún caso alguien oriundo de Turín debe convertirse en obispo de Milán, pero el Papa me envió allí”). Sus aportes a los colegas europeos, sus múltiples iniciativas sociales y culturales, su constante diálogo ecuménico e interreligioso, su contacto con jóvenes e intelectuales, su particular interés por comprender la cultura contemporánea y la fe de quienes no tienen fe (escribió con Umberto Eco ¿En qué creen los que no creen?), su maravilloso conocimiento de los textos bíblicos… lo han convertido en una de las personalidades más significativas de la Iglesia actual.

 

Considerado por la prensa como un cardenal “liberal y progresista” (de él dicen que enfrentó a Joseph Ratzinger en el cónclave que debía elegir al nuevo papa), cuando su interlocutor le recuerda que los medios de comunicación italianos a menudo lo presentan como “antipapa”, Martini sonríe y dice: “En todo caso, seré un ‘ante-papa’, alguien que se adelanta al Santo Padre como colaborador suyo y trabaja para él”. Por eso recuerda Sporschill que “Benedicto XVI le pidió que se hiciera cargo de la presentación de su libro Jesús de Nazaret en París”.

 

El texto del presente volumen, que se lee de corrido, como quien conversara con su autor en el silencio de la noche, está signado por su preocupación ante el futuro del cristianismo, siempre iluminado por la permanente referencia a la Biblia. El tono es, se diría, existencial. Un poco al estilo de Agustín de Hipona. No teme plantearse interrogantes sobre el sentido de la vida ante la proximidad de la muerte. Tiende más a ocuparse de las preguntas que a dar respuestas. Sostiene que las autoridades de la Iglesia deberían escuchar mucho a la gente, sobre todo a los jóvenes, para comprender su problemática (“Sólo podemos abrirnos a los jóvenes partiendo de ellos mismos. ¿Cuáles son sus intereses? ¿Dónde viven? ¿Cómo viven ellos sus relaciones? ¿Qué critican y qué compromiso exigen de nosotros?”).

 

Se advierte que a sus espaldas hay una gran confianza y un gran amor por sus padres, por sus maestros jesuitas, por sus amigos. La amistad es para él un don selecto, que fue descubriendo poco a poco: “Antes estaba mucho tiempo dedicado a los libros y era tímido en el trato con la gente. Como obispo me vi subyugado por la confianza de la gente. Los jóvenes acudieron a mí e hicieron que desapareciera toda desconfianza. La amistad es para mí algo precioso e infrecuente: es un don de Dios. Yo distingo entre amigo y amigable. Amigables deberíamos ser con todos, pero no podemos ser amigos de todos. Un signo de amistad es cuando ves a alguien después de un año y puedes hablar con él o con ella como si los hubieses visto ayer. Los amigos no tienen que estar siempre juntos, pero siempre pueden intercambiarse cosas importantes”.

 

Este hombre de personalidad excepcional, a veces cuestionado en su diócesis por estar demasiado ocupado en iniciativas que le quitaban tiempo a la atención del clero, sincero y crítico (para algunos por demás), parco en los elogios y ajeno a todo lenguaje de palacio, curioso e infatigable, por motivos de salud ha debido abandonar Jerusalén y muchas actividades.

 

Con varias de las afirmaciones de este libro se podrá o no estar de acuerdo (sobre todo cuando se refiere a la Humanae vitae de Pablo VI, al sacerdocio de los casados, al lugar de la mujer en la Iglesia anglicana, a la condición homosexual), pero probablemente nadie deje de advertir el aire fresco y la libertad de espíritu que sabe comunicar Martini. La Iglesia que se desprende de sus palabras intenta abrirse espacio entre escollos. No hay resabios de malestar en él; sus críticas no tienen la dureza amarga de algunos otros autores contemporáneos. Se percibe que una profunda dimensión espiritual anima sus palabras, independientemente de que se las apruebe o cuestione.

 

Martini vislumbra en la juventud un valor profético, a veces incómodo, pero que debe ser escuchado con atención. También se ocupa del papel de los adultos y de los ancianos en la Iglesia, con original sabiduría. Cada tanto, con la misma serenidad con que trata estos temas, su reflexión levanta un vuelo insospechado: “Cuando llegue el reino de Dios, ¿cómo será? ¿Cómo me encontraré después de mi muerte con Cristo, el Resucitado? Siempre he sido un entusiasta de Teilhard de Chardin, que ve encaminarse el mundo hacia una gran meta donde Dios es todo en todo”.

 

Por momentos sorprende al lector con palabras que suenan paradojales, cuando no temerarias: “A mí no me asustan tanto las defecciones en la Iglesia o el hecho de que alguien abandone el ministerio eclesiástico. Mucho más me oprime cuando las personas no piensan, cuando se dejan arrastrar sin más. Yo quisiera hombres pensantes. Esto es lo más importante. Sólo entonces se plantea la pregunta de si son creyentes o no creyentes”.

 

Impresiona también cuando explica cómo aproximarse a los textos sagrados, cómo alimentarse de la Palabra (tanto “un religioso como una madre o un padre de familia, o un dirigente económico”), cuando describe las figuras del rey David  o del apóstol Juan, del joven rico, cuando se refiere al Concilio Vaticano II, a los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, a los conflictos de la Iglesia con Galileo o con Darwin, a la actividad política o la teología de la liberación.

 

A pesar de la conflictividad propia de algunos temas, no hay derrotismo en su manera de expresarse, sino más bien audacia y capacidad para atreverse a pensar lo nuevo. Hay momentos en que gana espacio el silencio o la preocupación por la circunstancia final de la existencia terrena (“Yo confío en que Dios no me exigirá en demasía; él sabe cuánto es lo que resistimos. Tal vez, alguien sostenga mi mano en el momento de la muerte”).

 

Repetidas veces vuelve su mirada al Señor: “La vida de Jesús culmina en la cruz. Él pagó su compromiso con la vida. Tal vez haya que renunciar al éxito para tener éxito. Y eso es más que una estrategia inteligente contra el mal. La entrega de la vida no puede explicarse fácilmente de forma racional. Esa entrega es posible con la confianza en Él”.

 

 

Nº 2343 » Noviembre 2008

Postales y comentarios

por Poirier, José María · Comentar 

Costumbre, la de anotar impresiones durante los viajes en algún cuaderno de bolsillo. Después, al leerlas ya de regreso, recrean la memoria y, muchas veces, ayudan a entender mejor lo que se ha vivido. Dan testimonio de los lugares o de las personas que más despertaron nuestro interés; o acaso reflejen la efímera voluntad de cada noche cuando se escribieron esas líneas… A veces puede más la curiosidad, otras el cansancio. Hoy parecen la imitación de ciertas crónicas decimonónicas de viajeros.

 

En los Países Bajos

 

Apeldoorn es una pequeña y muy elegante ciudad a cien kilómetros al sudeste de Ámsterdam, famosa por sus tiendas de marca (el centro comercial Oranjerie y la calle Hoofdstraat), sus bosques y su espléndido palacio-museo de Het Loo (con salones barrocos y parques estilo francés). Al caminar en las primeras horas de la noche, pueden verse las casas iluminadas con grandes ventanales sin cortinas: en una leen el diario, en otra juegan a las cartas, en la tercera alguien mira televisión…Se advierten un orden y una seguridad que asombran. Además, los holandeses son discretos. Nadie, desde la calle, dirige su mirada hacia el interior de las viviendas. En todo caso, al revés, muy cada tanto. Los negocios y hoteles exhiben fotos y retratos de la reina Beatriz y de la princesa Máxima. Son populares y queridas.

 

Allí tuvo lugar el congreso organizado por la Fundación Porticus sobre la vida en las ciudades (nacer, estudiar, trabajar, tener hijos, crear expresiones artísticas, investigar y hacer negocios, enfermarse, morir en la ciudad) con un centenar de personas que en todo el mundo llevan adelante las más diversas iniciativas cristianas en favor de los demás. Las diferencias entre la calidad y las expectativas de vida en ciertas ciudades de Europa occidental o Japón y en otras de América latina o África son aterradoras, e ilustran el mapa de la gran injusticia mundial.

 

Particularmente interesante fue la proyección del documental The colors of Charity, sobre la obra del artista plástico y sacerdote jesuita esloveno Marko I. Rupnik, seguido de una conversación con ese realizador de mosaicos, coordinada por un periodista norteamericano. Rupnik ha realizado obras en importantes iglesias y santuarios de muchos lugares (entre otros: Roma, Lourdes, Fátima…). Dirige un atelier en Roma, donde vive una comunidad de hombres y mujeres dedicados a la recreación del arte bizantino.

 

Ámsterdam, en los días largos de finales de verano, lucía toda su belleza con los pintorescos canales y las casas cuyos cimientos fueron cediendo en esa superficie construida sobre el agua: con una perpendicularidad que los sucesivos propietarios se vieron obligados a corregir según avanzaban las obras, de manera que muchos edificios parecen diseñados por algún arquitecto bizarro. A pocos pasos del barrio rojo (hoy más patético que erótico, con respecto a muchos años atrás) se encuentra el curioso templo católico del siglo XVII Ons’Lieve Heer op Solder (una iglesia en el ático). Se dice que el mercader Jan Hartman unió tres estrechas casas para construir en madera la iglesia dedicada a San Nicolás, patrono de la ciudad. La Reforma prohibía formalmente los templos católicos, pero la proverbial tolerancia de los Países Bajos permitía que discretamente se reunieran los “papistas” o “romanos” para celebrar sus liturgias. La iglesia está construida en varios niveles y recuerda la estructura de un barco.

 

Los museos de arte más característicos de Ámsterdam son el riquísimo Rijksmuseum y el dedicado a la obra de Van Gogh. En este último puede seguirse con detenimiento toda la evolución pictórica, espiritual y psicológica del genial artista a través de sus múltiples obras (más de 200) y los acertados comentarios escritos. Hay también obras de otros autores modernos y exposiciones temporales (en esos días, una dedicada al vanguardista ruso Kasimir Malevich, 1878-1935, creador del suprematismo).

 

Roma eterna

 

Llegar a Roma desde Ámsterdam supone un gran salto en los estilos de comunicación humana y de organización, pero la ciudad -consciente de su historia y de su belleza- recibe al visitante con tradicional desdén. Los característicos pinos mediterráneos ya alegran desde el aeropuerto.

 

Es domingo. La Misa en la imponente catedral de San Juan de Letrán constituye todo un símbolo. Acababa de inaugurarse una estupenda muestra sobre la pintura de Giovanni Bellini en las caballerizas de Il Quirinale, esa sala de exposiciones desde cuyas ventanas se goza una de las vistas más extraordinarias de la ciudad.

 

La conversación con amigos y personas de la cultura (de señalar la londinense Helen Alford, decana de la facultad de Ciencias Sociales del Angelicum, y el milanés Gianpaolo Salvini, director de La Civiltà Cattolica, entre otros) permite, más allá de los inevitables comentarios sobre la crisis financiera internacional, relacionar situaciones y conocer nuevas perspectivas de análisis. Hasta los más entusiastas de Ratzinger, por ejemplo, quienes le reconocen enorme presencia intelectual y buena voluntad en el gobierno de la Iglesia, se muestran algo decepcionados porque “se mueve como alguien de transición, ya viejo, poco dispuesto a cambios sustantivos”. No obstante, el mundo de la cultura “laica” demuestra tener por él un altísimo respeto.

 

Una gran vitalidad transmite Matteo Zuppi, simpatiquísimo e inteligente párroco de Santa Maria in Trastevere, una de las iglesias más bellas de Roma, con sus estupendos mosaicos, centro de la Comunidad de Sant’Egidio. Lo habíamos conocido en Buenos Aires y ahora nos recibe con sincera calidez; saluda a todos en la plaza: vecinos, comerciantes, linyeras italianos y extranjeros (a muchos los conoce por su nombre y refiere anécdotas, nos presenta incluso a algún clochard argentino), también obispos y monseñores. Nos invita a un pequeño bar, frente al edificio donde vive el cardenal Jorge Mejía (quien fuera director de esta revista durante largos años) y nos aclara: “Es uno de los de los lugares más mugrientos del barrio pero preparan un excelente café”. Allí se saluda con un parroquiano que gracias a su ayuda ha dejado el alcohol. El señor en cuestión nos confirma que tiene “mal vino” y que varias veces después de tomar terminó en furiosas grescas. “Nunca por plata –aclaración por pura bronca”. Como lo ve con un cigarrillo encendido, Matteo le recomienda seguir fumando pero perseverar en la abstinencia de bebidas con graduación.

 

Don Matteo coordina una numerosa y variopinta comunidad de personas e irradia un afecto y una comprensión humana que transmite esperanza incluso en situaciones límite.

 

El mal de Sthendal

 

Pasar por Florencia siempre comporta sumergirse en ese sentimiento que, a veces, puede desconcertar por el exceso y la perfección de las formas. Lo sufrió el escritor francés Stendhal (1783-1842) que legó su nombre a un síndrome o “mal” que puede aquejar al visitante y obligarlo a buscar reparo en la campiña, como quien necesita tomar aire para reponerse de un fuerte mareo.

 

La campiña toscana, por otra parte, ofrece en su placidez monástica (la ocurrencia no es mía sino de Giovanni Papini) una lograda combinación de naturaleza y arte. Los cipreses, los viñedos y los olivares acompañan ciertos castillos, casas coloniche e iglesias, como la maravillosa pieve de Gropina (palabra esdrújula), de arquitectura románico-longobarda, con un deslumbrante púlpito en mármol blanco del siglo VIII, lleno de complejos simbolismos.

 

El puerto austro-húngaro

 

Ir a Trieste es un poco salir de Italia y volver al viejo Imperio austro-húngaro, el de Francisco José, ese mundo añorado en las obras de Joseph Roth, Sándor Márai y Franz Werfel, donde en sus  calles todavía se oyen hablar lenguas eslavas. La ciudad es famosa además por el impetuoso viento invernal llamado “bora”; cuentan que obliga a veces a aferrarse de las cadenas dispuestas en las calles para no ser arrojados al golfo (hay impresionantes fotos, convertidas en tarjetas de época, con la gente protegiéndose del feroz viento).

 

Muy característicos los hermosos cafés, estilo vienés, donde siempre se reunieron escritores y hombres de la cultura (San Marco, Tommaseo, Stella Polare, degli Specchi), verdaderos salones… y refugios en los meses fríos.

 

En Trieste pudimos saludar a Claudio Magris, ensayista notable y especialista en literatura germánica, autor de El Danubio, en esos días muy nombrado como candidato al premio Nobel, que después obtuvo merecidamente también el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, autor de El africano, esa obra admirable que recuerda la prosa sensible de Albert Camus.

 

Hay que visitar el castillo de Duino, famoso por Rilke, el canal grande que entra hasta la plaza de san Antonio en el corazón de la ciudad, recorrer las animadas calles con sus ferias, admirar las  iglesias ortodoxas y sus íconos, el teatro romano, el castillo de san Justo y la catedral en la cima del cerro desde donde se domina la vista del espléndido golfo. La librería de la estación lleva el emblemático nombre de James Joyce y una estatua recuerda en un puente al escritor irlandés que vivió allí muchos años, donde escribió parte de Ulises.

 

Tierras de Andalucía

 

Imposible narrar en pocas líneas la elegante belleza y la gracia de Sevilla, con su giralda y su archivo de Indias, la vieja fábrica de tabacos (hoy universidad) donde imaginamos que amó y peleó la Carmen de Bizet, y el puente que cruza al popular barrio de Triana, tan cantado por García Lorca. La catedral de Córdoba (primero mezquita y antes todavía templo cristiano de la alta Edad Media) y su judería (patria de Maimónides, más amigo de musulmanes que de cristianos). Las postales de Granada, con la austera tumba de los reyes católicos en la capilla real. Y siempre la presencia de las culturas árabe y judía. Atravesar, cerca de Jaén, el desfiladero “Despeñaperros”, donde los cristianos hirieron de muerte a muchos moros (para ellos “perros”) produce escalofríos. Habría que revisar la historia española de esos siglos que culminan hacia finales del XV.

 

Hay una pequeña y mágica ciudad, Ronda, capital de los “pueblos blancos”, cuya plaza de toros conmovería con sus perfectas proporciones y su encanto hasta al más acérrimo opositor del arte taurino.

 

Mientras en España discuten sobre la decisión incomprensible del juez Garzón de revolver los huesos de Federico, mientras todos advierten que la crisis internacional terminará con la exagerada bonanza económica de los últimos años y no alcanzan a comprender la lógica de la política argentina, se sigue viviendo con horarios de siesta, tapas y pinchos, buen vino y excelente aceite de oliva.

Nº 2343 » Noviembre 2008

Estados Unidos logró nuevos récords de donaciones

por Prins, Arturo · Comentar 

“En 2007 ocurrieron fenómenos como el conflicto en los mercados de crédito, la crisis de las hipotecas sub-prime, el aumento en los precios de los combustibles, el colapso de la compra de viviendas, etc. Con tantos problemas económicos -se pregunta el editorial de Giving USA 2008, la más completa guía estadística de donaciones- ¿cómo pudieron los norteamericanos encontrar un espacio en la cabeza y en el corazón para ser caritativos?”

 

“Lo encontraron”, fue la respuesta: en 2007 donaron US$ 306.390 millones a 1.400.000 instituciones de bien público, monto equivalente al 2,2% del PBI norteamericano de casi US$ 14 billones. La donación per cápita llegó a US$ 1.000, índice de generosidad no igualado por ningún país del mundo. Dos tercios de los hogares norteamericanos hicieron una donación, equivalente a US$ 2.000 por hogar donante. Además se crearon 2.150 fundaciones y 64.100 instituciones llamadas de “caridad”.

 

Muchos se sorprenden al saber que la mayoría de las donaciones proviene de “la gente común, como usted, como nosotros”, dice Giving. Las donaciones individuales y los legados constituyen habitualmente más de los cuatro quintos del total: en 2007 representaron el 82,4% (74,8% donaciones individuales y 7,6% legados). El resto, 17,6%, lo donan empresas y fundaciones.

 

A comienzos de 2008, era vox populi que “las donaciones habrían disminuido en 2007, pues estábamos atravesando una época de recesión”. Cuando hay recesión los norteamericanos limitan sus donaciones, pero no en la medida de lo que se cree. En las cinco recesiones, desde 1967, los donativos cayeron a un promedio del 1% anual y sin recesión aumentaron el 4,3% (porcentajes ajustados por inflación).

 

Si bien en 2007 la economía mostraba debilidades, aun estaba comparativamente sólida: el PBI había crecido 2,3%; los ingresos personales 3,5% y los de las empresas 1,3% (porcentajes ajustados por inflación); la bolsa terminó por encima del cierre de 2006. Por eso las donaciones aumentaron 3,9% (1% con ajuste por inflación); crecimiento menor al de las épocas de bonanza, pero crecimiento al fin.

 

La situación económica afectó a empresas y personas, por eso las donaciones corporativas y de individuos tuvieron en 2007 una caída de 0,9% y 0,1%, respectivamente; los legados, en cambio, aumentaron 4%, y los aportes de las fundaciones 7,3% (porcentajes ajustados por inflación).

 

Destino de las donaciones

 

El principal destino de las donaciones sigue siendo la religión, aunque el porcentaje que recibe este sector viene disminuyendo: en el quinquenio 1983-87 las instituciones religiosas recibían el 56,3% del total donado; el último quinquenio 2003-07 el 36,7% y en 2007 el 33,4%. No obstante el sector recibió más fondos: si entre 1983-87 le ingresaron US$ 369.100 millones, entre 2003-07 recibió US$ 493.400 millones (montos ajustados por inflación). En 2007 las contribuciones llegaron al récord de US$ 102.320 millones, 1,8% más que en 2006 (porcentaje ajustado por inflación). Estas donaciones incluyen las colectas en los templos, aportes a congregaciones y obras misioneras, impresos, etc. El 65% de los adultos dona a las iglesias.

 

El segundo destino de las donaciones fue la educación, que recibió US$ 43.320 millones (14,1% del total donado). Desde 1978, la educación desplazó del segundo lugar a la salud.

 

Los siguientes destinos y donaciones fueron, en orden decreciente: organizaciones que prestan servicios comunitarios, que incluyen catástrofes, bancos de alimentos, deportes, etc. (US$ 29.640 millones: 9,7% del total); fundaciones que dan subsidios (US$ 27.730 millones: 9,1% del total:); salud (US$ 23.150 millones: 7,6%); entidades benéficas, como federaciones judías, organizaciones de derechos civiles y otras (US$ 22.650 millones: 7,4%); arte, cultura y humanidades (US$ 13.670 millones: 4,5%); asuntos internacionales y ayuda exterior (US$ 13.220 millones: 4,3%); medio ambiente y fauna (US$ 6.960 millones: 2,3%:). Las deducciones realizadas y las contribuciones sin asignar se estima que fueron por US$ 23.730 millones (7,7% del total), entendiéndose por “sin asignar” las donaciones que reciben organizaciones de reciente formación, contribuciones para organismos públicos u organizaciones fuera del país, etc.

 

De los sectores mencionados, todos recibieron más fondos que en 2006, a excepción de las fundaciones que dan subsidios, que recaudaron -11,9% ajustado por inflación. Las organizaciones de asuntos internacionales tuvieron el mayor incremento: 12,9% ajustado por inflación.

 

Anticipándose al año electoral, en 2007 se donaron US$ 580 millones a las campañas de todos los pre candidatos a ocupar la presidencia. En 2008, un solo candidato, Barack Obama, había recaudado hasta septiembre US$ 605 millones. De todas maneras los aportes a las campañas políticas no son nada ponderables, si se tiene en cuenta que el total de las donaciones individuales, en 2007, fue de US$ 229.030 millones. En la campaña presidencial de 2004, del 1% al 2% de la población realizó donaciones, mientras el 70% de los hogares lo hizo a obras de caridad.

 

Las mejores campañas de fundraising

 

Muchas instituciones y publicaciones de los Estados Unidos analizan las mejores campañas de fundraising, realizadas por vías habituales y por los nuevos medios electrónicos.

 

El Philanthropic Giving Exit, del Centro de Filantropía (Universidad de Indiana), informa semestralmente sobre las principales innovaciones y el éxito de estrategias de recaudación de fondos, basado en un sistema de 100 puntos.

 

Target Analytics analiza los logros del marketing directo en distintas instituciones. En 2007 observó un crecimiento promedio de respuestas, del 1,5%. Pese a que el crecimiento fue lento, el 61% de las instituciones analizadas informaron que las donaciones recibidas por esa vía habían aumentado. Las tendencias en 2006 y 2007 muestran que los fondos se incrementan más por las campañas de upgrade (aumento de fondos de donantes existentes) que por las de obtención de nuevos donantes.

 

El Philanthropic Giving Index publicó un estudio sobre el uso de Internet o del correo electrónico y qué porcentaje del total de las donaciones se realizaba on line: el 23% de las instituciones consultadas no recibía donaciones por internet, mientras que el 47% recaudaba hasta el 5% por esa vía; el 13% recibía el 50% o más on line; el 11% entre el 6% y el 15%, y el 6% entre el 15% y el 49%.

 

El American Express Charitable Gift Study hizo una encuesta sobre una muestra representativa en el nivel nacional, donde el 10% de los donantes hacía contribuciones por internet, por montos que no diferían mayormente de los aportados por otros medios.

 

Finalmente se destaca la creación de redes sociales por internet –como Facebook, MySpace, Live Journal– donde la gente, la juventud en particular, crea asociaciones voluntarias para recaudar fondos con fines benéficos: las personas se conectan, sin encontrarse físicamente, en función de una causa social. Cada vez hay más instituciones de bien público que utilizan estos mecanismos para recibir donaciones y tener presencia.

 

Todos los estudios indican que la recaudación por los nuevos medios electrónicos creció, pero la mayor parte de las donaciones aún se realiza por las vías tradicionales.

 

El gran interrogante ahora es qué estará sucediendo con las donaciones de 2008, ante el agravamiento de la crisis financiera y la recesión. Lo sabremos el año próximo.

Nº 2343 » Noviembre 2008

Josef Sudek o el retrato de la bella Praga

por · Comentar 

Se la llama la ciudad “de las cien cúpulas” o donde reside el “corazón de Europa”. Seguramente en el encanto de sus calles de empedrado con nocturna y mortecina iluminación, la ensoñación permita vislumbrar a Otakar II caminando, aún hoy, por la Malá Strana que fundó en el siglo XIII. Evocarla desde la zona del kafkiano castillo que encierra la callecita de los plateros y la torre de Dalibor o desde el Puente de Carlos que permitió intuir la urbe moderna, anima al desvarío: bien podría haber sido una de las nueve musas de la mitología griega. Como lo es hoy de infinidad de artistas enamorados de sus luces y sus sombras.

 

El fotógrado checo Josef Sudek (Kolín 1896 - Praga 1976) fue uno de ellos, y prácticamente toda su obra temprana gira en torno a esta ciudad. Su labor registrará luego diferentes regiones de Chequia, pero la serie de La Praga panorámica o del Puente de Carlos son joyas que lo sitúan entre los grandes maestros. Allí su nombre se confunde con el de Jan Saudek o el de Josef Koudelka, pero Sudek confiere a sus trabajos una inusual ternura que trasmite al más cotidiano de los objetos.

 

Un hecho trágico le permitió descubrir su vocación y su talento. Durante la Primera Guerra Mundial fue enviado al frente italiano, donde la explosión de una granada le arrancó su brazo derecho truncando su profesión de encuadernador. Se dedicó entonces a otra de sus pasiones: la fotografía. Ocupó el primer lugar en la categoría paisaje con su impresión noble mediante la técnica de bromóleo en la exposición de fotografías del Club Checo de Fotógrafos Aficionados de Praga de 1921. Ese mismo año, esperando un reconocimiento inmediato, se presentó en la Escuela Gráfica Estatal pero fue admitido un año más tarde. Como fotógrafo se profesionalizó a finales de la década del ’20; instaló su estudio en Malá Strana, donde funcionó hasta 1958, cuando se mudó a Úvoz.

 

De la búsqueda expresiva durante los primeros años conmueve la serie sobre los veteranos e inválidos de la guerra, donde retrato a muchos compañeros de armas. Confundida con las vanguardias que abrazó la intelectualidad checa de los años 20, la obra del fotógrafo puede definirse dentro de los márgenes de un neo-romanticismo, que no evade la idea de la instantánea como captura del tiempo, reforzando la impresión de fuga de muchos de sus retratos. La dimensión espiritual no está ausente en su obra y en muchos casos plantea profundos interrogantes. Cómo evocar Memorias de ensueños sin detenerse en la fantasmal presencia-ausencia que esconde una silla con vista hacia ninguna parte.

 

La casa que hoy invita a descubrir su universo privado, en rigor, es una réplica inaugurada hace menos de una década luego de que el fuego consumiera la precaria construcción de madera original. Pero en sus fotografías puede accederse a aquel primigenio refugio, desde donde construye un universo de árboles añosos y ventanas que retratan el correr de las horas. El uso del claroscuro como cualidad natural del ambiente urbano se enfatiza en Atardecer sobre la isla Slovanský, donde la iluminación envuelve como un collar de perlas a la pequeña isla, en el centro mismo de la capital del imperio checo. La obra de Sudek es amplia, excede los límites de la panorámica Praga y su famosa serie sobre la desolación en las minas de carbón en la región de Bohemia noroccidental. Paisaje triste es uno de esos fundamentales testimonios que llevaran al autor a afirmar: “Sí, ese paisaje es un poco triste. Pero no me gusta sacar fotos de un paisaje alegre, porque cuando es alegre es siempre igual. A su vez, cuando es triste, tiene mil y una variaciones. Es triste, y más triste, y luego menos triste, y eso es lo que me atrae”.

 

Con todo, miles de lentes han retratado a la ciudad que enamoró a Mozart, pero si Jan Neruda brindó al mundo el devenir praguense con Cuentos de Malá Strana (Povídky malostranské), lo propio puede afirmarse sobre Sudek y sus retratos, desde el microcosmos de una naturaleza muerta sobre la mesa de madera, con vista a un jardín cuyo follaje infinito no olvida que la iglesia de San Nicolás domina los tejados, hasta que el río Moldava (Vltava) nos invite a pasar a la Ciudad Vieja (Staré Mesto), donde el reloj astronómico marque las horas de ese viaje en el tiempo.

 

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