Revista Criterio
Marzo 2009
Nº 2346 » Marzo 2009

DVD: Mamma Mia!

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Una oportunidad de ver a Meryl Streep, esa actriz todo terreno acerca de quien nadie jamás parece tener objeciones, protagonizar una comedia musical y evaluar los resultados. Mamma mía! enhebra su argumento con las canciones del famoso pop sueco de ABBA y su versión teatral fue y es exitosísima en escenarios de Londres, Australia y Estados Unidos. El film, por su parte, fue el estreno cinematográfico más exitoso en la historia de Inglaterra.

 

Una boda es el disparador del argumento: Sophie, la hija de Donna (Streep), está a punto de casarse en el hotel que su madre dirige, en una paradisíaca isla griega. La chica encuentra el diario íntimo de juventud de su madre y se entera así de que hay tres hombres que podrían ser su padre. Invita a los tres al casamiento, creyendo que ninguno vendrá. Pero todos aparecen, y Donna colapsa al verlos.

La historia está estructurada a la manera de una comedia griega según Aristófanes, con un coro representando a la gente común, con máscaras y otros elementos típicos. Pero no hay demasiados ejemplos de comedias musicales teatrales que hayan sido llevadas al cine con éxito, y éste tampoco es la excepción. La fuerza que adquieren las canciones en vivo, con la participación del público, se diluye en su traslado a la pantalla. Y más aún cuando los actores aparecen incómodos con sus personajes: Streep al menos puede cantar, aunque baila como una adolescente desquiciada; Pierce Brosnan intenta transmitir convicción pero su performance vocal deja bastante que desear. Sólo recomendable para fanáticos del género… o de ABBA, si es que quedan algunos.

Nº 2346 » Marzo 2009

DVD: Una guerra de película

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Esta es la cuarta película de Ben Stiller como director; la anterior, Zoolander, pertenece a 2001 y es una parodia al mundo de los modelos, ahora convertida en una especie de clásico en el zapping del cable. En Una guerra de película (Tropic Thunder en inglés), Stiller y sus co-guionistas se meten con Hollywood. El título original hace referencia a un film rodado en una selva asiática basado en las memorias de un ex combatiente de Vietnam. Los protagonistas son Thug Speedman (Stiller), un actor de acción en busca de prestigio; Kirk Lazarus (Robert Robert Downey Jr.), un australiano ganador de seis Oscar; y Jeff Portnoy (Jack Black) un comediante especialista en chistes escatológicos. Todos ellos son lanzados a la selva para un rodaje caótico en el que se cruzan con unos traficantes de heroína que los confunden con agentes de la DEA. La sátira incluye alusiones a Apocalypse now, Pelotón, Rescatando al soldado Ryan y participaciones especiales de estrellas que se autoparodian cuyos nombres es importante no develar aquí. Entre las interpretaciones se destaca Downey Jr. como Lazarus, quien se somete a un oscurecimiento permanente de la piel para interpretar a un soldado negro y que –casualmente– cuando no está en personaje, habla muy parecido a Russell Crowe. Los 100 millones de dólares que costó Una guerra… se ven bien invertidos, si algo así fuera posible, con un despliegue importante de cámaras y explosiones en la pantalla.

Nº 2346 » Marzo 2009

Clásico y popular: Clint Eastwood

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No vamos a hablar mal de las películas que compitieron este año por el Oscar. No es necesario, ni conveniente, ni justo, desvestir a un santo para vestir a otro. Pero, eso sí, bien podemos consignar la perplejidad de muchos aficionados al cine cuando Changeling no figuró siquiera entre las candidatas, y anotar además la emoción intensa de las plateas por esta obra, y la emoción cordial por la siguiente, Gran Torino. Esta última es comparativamente chiquita, y se apoya en una serie de guiños del personaje Eastwood con sus seguidores, pero, quizá por eso mismo, llega tanto a los jóvenes como a los viejos que lo conocen desde la serie Cuero Crudo, crecieron con él, y a veces hasta quisieron imitarlo, en su admirable autocontrol, en su modo de pararse frente a los dramas ajenos e intervenir en el momento justo y en la medida justa. Admirable, también, su evolución.

 

Décadas atrás, nadie hubiera pensado que ese muchacho alto, fibroso, de una América Rural ajena a las delicadezas artísticas del “pensamiento urbano”, vaquero de televisión, shooter de spaghetti-western, policía inclemente, autor y protagonista de cintas de entretenimiento donde hacía de peleador por apuestas junto a un orangután igualmente peleador (Clyde, se llamaba el mono), ese tipo de expresiones reducidas, iba a hacer, con los años, obras de tanta madurez, fuerza, profundidad, y llegada pública, como Million Dollar Baby, La conquista del honor, Cartas desde Iwo Jima, y las dos que vemos ahora. Obras con las que habría de acercarse, y acercarnos, a culturas ajenas a la suya, o exponer su propia vejez, y hasta su afición por la buena música, muy apreciable en su documental Piano Blues y en varias bandas sonoras de sus propias películas.

 

Nunca quiso revolucionar el negocio del cine, y menos su lenguaje. Simplemente, quiso compartir el discernimiento de las cosas que le van dando la experiencia y el trato con los demás, rumbo a una mediana sabiduría. Eso es lo que hace, con un estilo de emoción contenida, sobrio, llano, tomado de los viejos narradores clásicos de inmediata llegada al público, como ciertos libretistas y directores que moldearon su imagen, y algunos maestros que nunca lo dirigieron, pero cuyas obras le quedaron grabadas cuando chico, junto a las lecciones de algunos religiosos.

 

Él mismo suele mencionar Conciencias muertas, de William Wellman (The Ox-Bow Incident, 1943), cuando alguien elogia a alguno de sus films dedicados a reflexionar sobre la violencia y el prejuicio, como La venganza del muerto, El fugitivo Josey Wales, Los imperdonables y Río Místico. Pero ahora fue un paso más allá. ¿Cuál es la escena más fuerte de Changelling? (objetamos el título de venta hispana, El sustituto, porque alude a uno solo, y ni siquiera es el principal, de los muchos cambios que hay en el relato). Como se recordará, la historia se inspira en la doble prueba de una mujer a la que un psicópata secuestró su hijo, y en vez de ayuda policial encontró un sistema armado para culpabilizar a las víctimas. Por suerte la protegió un pastor presbiteriano con todos sus fieles. Es tremendo lo que ella sufre, y peor aún lo que imaginamos que habrá sufrido el niño. Pero la escena que muchos cuestionan por su extensión y crudeza, es cuando el trastornado se enfrenta con los rostros duros, despreciativos (y tan americanos) de los representantes del orden y la justicia. No pasa allí nada que el público no hubiera deseado que ocurra. Simplemente, no hubiera deseado que ocurra ante sus ojos. Y es el momento en que la historia nos obliga a sentir algo que no esperábamos, al menos ese día. Hay que remitirse a M el vampiro de Düsseldorf o El vampiro negro en su versión argentina, de Fritz Lang para hallar en breves diálogos lo que acá se expone, casi como un capítulo entero, y con un nivel dramático apabullante.

 

El siguiente film, Gran Torino, pareciera un ejercicio de distención, de bajo presupuesto, centrado en la difícil convivencia de un típico viejo americano de los suburbios, de esos que izan la bandera en el frente de sus casas, con la edad, la familia, y encima sus vecinos coreanos, que sólo esperan que se mande a mudar. Justo él, que estuvo en la Guerra de Corea. Es cierto, estuvo en la guerra. Pero recién ahora empieza a conocer a los coreanos. La primera mitad combina cuadro de costumbres (el viejo acaba de enviudar, los hijos quieren mandarlo al asilo, etc.), comedia (él rezongando y haciendo burlas como Popeye) y western (él interviniendo justo a tiempo frente a las bandas juveniles que molestan a sus vecinos).

 

La historia no oculta su intención demagógica, ni siquiera oculta su previsible resolución, ya que enseguida vemos que se llevará mejor con los extraños que con los hijos, y con el pibe de los vecinos que con sus propios nietos (gracioso, y bastante justificado, el fastidio que le causa la nieta adolescente). Sin embargo, esa previsible resolución tiene un giro inesperado, que convierte al ejercicio menor en reflexión mayor, cercana a la parábola, sobre los viejos valores y los actuales desvalores, la comodidad y la conciencia (para lo cual está el insistente curita de la parroquia), la pertenencia y la inclusión, la responsabilidad y el sacrificio, y hasta la obligación del americano como hombre moral. Todo ello, expuesto a nivel popular, como si acá hiciéramos algo así entre un tipo que anda con la camiseta de la selección, y sus vecinos peruanos, por ejemplo. Pero no lo hacemos.

 

En su primer discurso presidencial, Obama recordó una máxima de George Washington: “Esperanza y Virtud”. Sobre ambas hablan las dos últimas obras de Clint Eastwood. Que, en fin, es, o ha sido, militante republicano (y hasta fue alcalde de un pueblo por ese partido).

 

Nº 2346 » Marzo 2009

Regreso a Fortín Olmos

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Allá por 1966, cuatro muchachos entusiastas (“éramos jóvenes, dormíamos cómodamente en el suelo”) hicieron en las espesuras del norte santafesino un tocante corto documental, Hachero nomás. Mucha gente de aquella época lo vio y se sintió motivada de diversas formas para hacer algo por los pobres. Detalle valioso, al final aparecía una serie de nombres, de gente que ya estaba haciendo algo, y a la cual se dedicaba la obra. “A veces pensábamos qué habría sido de ellos”. La pregunta fue macerando cuarenta años. Hasta que al fin hicieron Regreso a Fortín Olmos, un elogio de dos agnósticos al espíritu de entrega de los católicos postconciliares.

 

Ya habíamos mencionado este Regreso… cuando su pre-estreno en el festival marplatense, donde sucedió algo hermoso: apenas terminó la proyección, dos señoras de las primeras filas ni esperaron que alguien les acercara un micrófono, para exclamar, con voz fuerte, “¡Todo eso es verdad! Lo vivimos cuando chicas, y otras cosas nos contó nuestro padre, Mamerto Verón, que recibió una cuchillada cuando quiso ir a una asamblea cooperativa”. El hombre sobrevivió, emigró, vive en las afueras de Mar del Plata, y al día siguiente fue a ver la película. Cosas así compensan todo esfuerzo. Y justamente de esfuerzos y experiencias charlamos con los autores del film, Patricio Coll (Cicatrices) y Jorge Goldenberg (guionista de Plata dulce, De eso no se habla, etc.).

 

- Patricio Coll: Estábamos terminando nuestros estudios de cine documental en la Universidad Nacional del Litoral, cuando un compañero, Hugo Bonomo, nos trajo una propuesta del CUT para rodar un corto institucional, sobre los jóvenes que hacían trabajo social en Fortín Olmos. El CUT eran los Campamentos Universitarios de Trabajo, una creación del cura mendocino José María Llorens, alias Macuca Llorens. Contrapropusimos con Luisito Zanger que en vez de filmar a los jóvenes que iban todo un mes a compartir la vida de los pobres, nos concentráramos en quienes viven pobres todo el año. Allá había pueblos deslumbrantes, creados por La Forestal para sus empleados jerárquicos, con diseño perfecto, igual a sus construcciones en África, pero salías un poco y entrabas en la nada, sólo vivían los conchabados por subcontratistas, golondrinas por generaciones, sólo autorizados a protegerse de las inclemencias con una ranchadita.

 

- Jorge Goldenberg: Para colmo, el trabajo era escaso, porque La Forestal estaba desmantelando hasta los tanques de agua potable, para irse a otro país. Ya sólo quedaba lo que hoy llamaríamos “La Forestal residual”.

 

- P.C.: Fortín Olmos era un caserío con escuela y almacén, formado alrededor del playón adonde llegaban los cachapé (carros de bueyes cargando troncos) rumbo a una fábrica de tanino, pero la fábrica había sido desmantelada. Ahí es donde conocimos a los integrantes de La Fraternidad y otros cristianos que proponían convertir a los golondrinas en campesinos de verdad, con terrenito propio, educación y organización cooperativa para subsistir. Los impulsaba el padre Arturo Paoli, pero no es que vino un cura y punto, era algo más orgánico.

 

- J.G.: Una organización francesa de curas obreros (belgas, italianos, franceses), la Hermandad de Foucault, se integraba en algo más amplio, de curas y laicos –La Fraternidad– que atraía voluntarios de distintos lugares, creo que siempre católicos.

 

- J.G.: Así se instaló Rubén, el médico, pero no todos debían necesariamente ser miembros de La Fraternidad. Luego empezó a circular otra gente, que iba a estudiar el modelo. Muchos, de clase media, incluso alta, ya tenían cierto recorrido buscando un lugar, como Emaús o San Miguel. Y ésta era una instancia francamente superadora del asistencialismo. No era dar ropita en los barrios pobres.

 

- P.C.: Era una experiencia con fuertes rasgos cristianos de entrega, enorme sacrificio, ahí te jugabas en medio del monte, proponiendo un cambio de mentalidad. En ese momento los católicos con sensibilidad social, comprometidos con los necesitados, teníamos la oportunidad de construir…

 

- J.G.: Encarnar.

 

- P.C.: … el comienzo de un proyecto de cambio.

 

- J.G.: Había cierta influencia marxista.

 

- P.C.: Nos sentíamos habilitados por el Concilio Vaticano II y las encíclicas Mater et Magistra y Populorum Progressio. Aclaremos: en nuestro caso ellas no despertaron nuestra conciencia. La legalizaron. Por entonces yo militaba en El Ateneo, una asociación de estudiantes cristianos, y llevábamos al cura Paoli al paraninfo de la UNL. Paoli tenía un pensamiento muy claro y estimulante, era casi un ideólogo, y monseñor Fasolino, el arzobispo de Santa Fe, no toleraba. Le prohibió la entrada a la ciudad. “Usted no viene más a melonearme la muchachada”.

 

- J.G.: Y yo por entonces había dejado de militar en la Federación Juvenil Comunista, y tenía vínculos con el Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria, que luego se transformó en el PCR, cuando sus dirigentes fueron a buscar un amo nuevo en Pekín. Ahí me alejé del todo.

 

- P.C.: Éramos amigos personales, y enemigos acérrimos en el ámbito universitario. ¡Nos dábamos con distintos palos!

 

- J.G.: ¡El diálogo entre católicos y marxistas fluía entre nosotros!

 

- P.C.: Así es como hicimos juntos aquel corto, pero sólo por sensibilidad, sin intención de hacer un frente político ni nada de eso. Muy poco después, mientras parte de aquella gente seguía haciendo su tarea en Fortín Olmos, otra parte se radicalizó y se volvió montonera. Por ejemplo, yo al jefe montonero Roberto Perdía (ahora líder de Quebracho) lo conocí en Reconquista, cuando era un abogado laboral democristiano, socio de uno de mis compañeros del Ateneo. Se transformó. Y ese desgraciadamente fue un camino de radicalización que se les presentó a los jóvenes; culpa de La Máquina de Impedir que fue asfixiando los intentos pacíficos de desarrollo. Ya cuando presentamos Hachero nomás en el Festival Internacional de Cine Experimental y Documental que organizaba la Universidad Católica de Córdoba, muchos de mis compañeros habían empezado a radicalizarse, y yo me había apartado. Ya no tenía nada que ver, ni en términos políticos ni en términos de fe. Y ahora se da una paradoja: esto de Regreso a Fortín Olmos, esto de sacar a luz el trabajo pacífico de una corriente medio desconocida de cristianos, lo hacen dos tipos que hoy están fuera de ese punto ideal.

 

- J.G.: Pero tiene que ver con la simpatía hacia las personas y su capacidad de entrega. Yo poco después me había cruzado con algunos de ellos…

 

- P.C.: Yo ni eso.

 

- J.G.: …incluso fui a comer a casa de unos, pero luego pasaron casi cuatro décadas sin que supiéramos qué habría sido de sus vidas. Hasta que por azar, el Instituto Cervantes de París me invita a presentar De eso no se habla, la última película de María Luisa Bemberg, de la que yo había sido guionista, y a la salida me encuentro con el ingeniero agrónomo Iván Bartolucci, que había ayudado entonces a La Fraternidad, y ahora es importante experto en conservación de campos y ecología ambiental. Creo que ahí se detonó la posibilidad de hacer la película.

- P.C.: Tuvimos que rastrearlos bastante. Pero fue enorme suerte. Encontramos al padre Paoli, de 92 años, todavía de voz firme. Al padre Esteban de Quiriny, muy viejito pero muy lúcido, en Vera, que casi enseguida se lo llevaron a Bélgica por razones de salud. Al matrimonio de Rubén D’Urbano, médico, y Ana María Seghezzo, alfabetizadora, en Montreal.

 

- J.G.: A María Rosa Mastropaolo, la única campamentera que volvió a Olmos y ahí fue alfabetizadora, dirigió el taller, tomó un cargo de maestra rural, se enamoró de un colono, y se quedó definitivamente. Una mujer muy interesante, inteligente, sensata.

 

- P.C.: Y a doña Amadea, justo en vísperas de recogerse en los brazos del Señor. Ella era dirigente peronista, enemiga del dirigente radical, que era un contratista taita, pero ambos eran aliados estrechos contra el proyecto del padre Paoli, absolutamente incompatible con la visión que ellos tenían del mundo.

- J.G.: Era el desorden.

 

- P.C.: La amable viejecita, recuerdo muy bien haber hablado con ella en la galería de su casa, enemiga declarada de la gente de La Fraternidad. Cuando volvimos, hablamos con su hija, le preguntamos si la madre querría decir algo, y la señora estaba en su lecho, cabeza lúcida, muy memoriosa, se despachó todo lo que quería.

- J.G.: El rol del documentalista es investigar una verdad. No fuimos a ilustrar una tesis. Fuimos a ver la verdad de ellos.

 

- P.C.: Tuvimos una mala suerte con el catálogo del festival, donde doña Amadea aparece calificada como villana. Eso debe decidirlo cada espectador, no hay que condicionarle la mirada. Lástima, que ya no estaban los hacheros que conocimos, como Federico Monzón, presidente de la cooperativa, Jacinto su hermano, los hermanos Ordóñez. Con esa vida, difícil llegar a los cuarenta y pico. Pero charlamos con Ramón Cirilo, hijo de Federico, y otros habitantes, y con las chicas del taller de la cooperativa, que todavía siguen, de algún modo, y recuerdan muy bien lo que pasó entonces. Se perciben los frutos, entre la pobreza.

 

- J.G.: El gran avance de la zona ocurre unos kilómetros más allá, por San Javier, donde se ha levantado un complejo turístico para los cazadores franceses de patos. Como en su país quedan pocos y están más protegidos, vienen acá y tiran a lo loco.

 

 

Nº 2346 » Marzo 2009

Los premios Oscar y la veracidad en la información

por De Vita, Pablo · Comentar 

Tan sólo horas antes de que Slumdog millionaire se convirtiera en la gran ganadora de los premios de la Academia de Hollywood, cosechando 8 discutibles estatuillas, una lista supuestamente auténtica circuló por la amplia red mundial. Internet, no cabe duda, es un cúmulo de información que deja al periodismo informativo acorralado ante la proliferación de noticias provenientes de cualquier fuente y su inmediata transmisión. Por primera vez este mecanismo, tan usual en la política como en la farándula, tuvo su ejemplo en el mundo del cine con la difusión de los aparentes ganadores de la codiciada estatuilla. 

 

Señaló el diario español El País que el primero en publicar la noticia fue un blog dado de baja por el proveedor del servicio. El documento, que se convirtió en la comidilla de la prensa mundial, ofrecía en detalle la nómina de los ganadores de los premios Oscar y el portavoz de la Academia, Leslie Unger, tuvo que indicar el completo fraude, que coronaba coincidentemente a Slumdog Millionaire como la Mejor Película del año, argumentando que el presidente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, firmante del supuesto comunicado, no conoce anticipadamente a los ganadores de cada edición. Los triunfadores eran quienes, en las encuestas, corrían con todas las ventajas: Mickey Rourke (finalmente su premio lo obtuvo un gran actor como Sean Penn, por Milk), Heath Ledger (Batman), Kate Winslet (El Lector) y Amy Adams, por su destacado trabajo en un pequeño gran diamante llamado La Duda, aunque debió resignar su suerte en la ceremonia (¿o debemos decir “en la vida real”?), en favor de Penélope Cruz por su ágil composición en Vicky, Cristina, Barcelona de Woody Allen. Como la lista era tan conocida como los mismos premios, la empresa Pricewaterhouse afirmó que solo dos personas participan del recuento de votos, que se hace con lápiz y papel, y son las únicas con acceso a la lista de ganadores antes que los sobres den su veredicto final en escena. Con todo, si el pronóstico del fatal documento se confirmaba con exactitud, cosa que no ocurrió, la duda habría quedado instalada para siempre.

 

En definitiva, la lista de los “ganadores virtuales” de los Oscar pone nuevamente en discusión los alcances y realidad de la información disponible en la red. Frente a las voces que declaman el fin del periodismo en manos de la información libre, éste caso suma a otros ejemplos donde la necesidad de mecanismos de verificación de la noticias se hacen cada vez más necesarios.

 

El caso de los Oscar y su apócrifa lista on-line es la infamia de aquella nómina que, aún en la veracidad -de haber sido cierta-, exprime hasta los límites de lo impensado el libre acceso a la información y a su creación en aras de la libertad de expresión. Lo lamentable es que, con los Oscar como con tantas otras noticias dadas al ruedo, el daño de algún modo fue hecho y por ende los organizadores debieron mostrar las virtudes del eficiente conteo de votos aunque el comunicado a todas luces fuese falso.

 

Este sistema evidencia el fascinante y peligroso juguete denominado Internet: una suerte de interminable mesa de café de alcances igualmente ilimitados, donde todos son jugadores y jueces, invirtiéndose la “onus probandi” en manos del primero que acciona. Se añade al problema su utilización por medios de comunicación “reconocidos” del sistema, que intentan ponerse a la par de mecanismos de acceso que están muy por debajo de parámetros de rigor en cuanto a la objetividad, veracidad y credibilidad de la información. Ante la crisis mundial, muchos importantes medios de comunicación perseveran en una intención simplista convirtiendo al arte en espectáculo, a este en marketing y por ultimo en farándula (el famoso y popular “nivelar para abajo”), reducen su plantilla laboral interesándose sólo en aquellos capaces de dominar la tecnología informática y se vuelcan de lleno al universo de la web sin medir las consecuencias. La lista de los “ganadores” del Oscar (nunca las comillas pudieron ser tan grandes), añade al debate sobre si la caída en picada de los soportes tradicionales de información ante los medios electrónicos se debe a que los primeros no han equivocado su batalla al emular el asedio del caballo de Troya. Olvidan que los troyanos, homéricos y digitales (léase espías informáticos), abundan por todos lados y se confunden en el campo de batalla. 

Nº 2346 » Marzo 2009

Turistas, por Hebe Uhart

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Esta brillante colección de nuevos cuentos de la autora de Camilo asciende, confirma una vez más a Hebe Uhart (Moreno, provincia de Buenos Aires, 1936) en un lugar privilegiado de las letras argentinas contemporáneas.

 

Con sorprendente capacidad lúdica –tan cortaziana, se diría- indaga más en los personajes de las narraciones y en sus cotidianidades que en la trama misma, y se detiene con especial oído, según el caso, en las maneras de decir de la clase popular porteña, en el substrato linguístico del guaraní, en la estructura gramatical del alemán y en la retórica de ciertos pequeños grupos culturales sobre los que ironiza.

 

Así, entonces, sabremos de la familia que finalmente pudo viajar a Nápoles, justo para carnaval: “Yo lo hubiera insultado pero no sé el idioma y tardamos en volver al hotel, todos enchastrados, porque nos perdimos como diez cuadras, qué cuadras, como diez redondeles, porque si las calles de Nápoles fueran como deben ser, nos hubiéramos escapado lo más bien”. O acerca de Stephan, el alemán que ama el tango y a las chicas porteñas, aunque no las entienda: “Segundo día avanzo mi viaje con mucha aceleración. He ido Abasto, a café Las Violetas, yo he cogido el subte A y asimismo hice Tortoni. Y miré suficiente el Once, tiene mucha organización, calle de botones, calle de pulóveres, calle de la novia y asimismo de zapatos; no hallé los zapatos de tango (…) He reñido por siempre con Malena. Yo ahorita nomás, mañana parto”.

 

Conoceremos a los de una revista literaria que se reúnen, como los poetas ciudadanos de antaño, en el bar La Perla de Once y “dan la sensación de que algo importante se cocina allí”. Son pluralistas, pero “por razones de espacio y otras” deben “tener ciertas restricciones”, porque no son “blandos” o “condescendientes” sino “flexibles pero no maleables”. Por otra parte, en la reunión de consorcio de la calle Encarnación 375,  que tiene lugar como siempre en el hall de la planta baja, oiremos decir a la administradora: “Desgraciadamente en este país no somos puntuales…”.

 

La paraguaya Bernardina, nacida en Ibicuy, es la protagonista del cuento que más emociona al lector por su transparencia tanto lingüística como afectiva: “Y la virgen de Caacupé es del todo Ipoiraité, con esa carita que te mira. A mí me miró. Fuimos a caballo, como cuatro horas y ahí en el santuario, por fuera, venden chipá, venden collares y asimismo venden a nuestra señora de Caacupé, pero en rubia, de pelo largo y con ojos azules, como la Barbi de ahora”. Por este relato, Hebe Uhart volvió a la obra de Roa Bastos, siguió los diarios de Asunción y buscó la colaboración de dos señoras paraguayas para “ir viendo como se componía el lenguaje”.

 

En diferente universo, abatida por su tía loca, la protagonista de “Turismo urbano” decide no volver a casa y “fue entonces cuando me vinculé con Ignacio, que como decía un amigo suyo, era maestro en introducciones…”. La de “La excursión larga” se va a Mendoza para huir del calor de Buenos Aires y “salir de una rutina y entrar en otra distinta”. Mientras que la de “El departamento en la costa”, después de llegar a San Bernardo, la playa de la familia, ella, que no tenía familia, se deja engatusar por una desconocida gitana que luego le reprocha: “No me llevás a tu casa porque vos discriminás, tenés prejuicios y tenés vergüenza de que te vean con una gitana”.

 

En el relato que cierra el libro, “El centro cultural”, todo termina contradiciendo el optimismo docente de Arturo y la labor encomiable de su centro multidisciplinario en un barrio periférico: “Códigos eran los de antes. Toda esa manga de inexpertos, perdonando la expresión, se iban de noche por los techos, con riesgo de su vida, había chicos, mujeres embarazadas y robaban a los propios vecinos. Lo que es la ignorancia humana”.

 

Como señala Hebe Uhart, “al escritor le conviene tener trato con todo tipo de gente”. En efecto, atraída por esa variedad ella sabe reflejar en su narrativa a los personajes más curiosos. Lo hace con respeto, con humor, con cierta mirada misericordiosa.

Nº 2346 » Marzo 2009

Una mística compartida

por Bosca, Roberto · Comentar 

La prensa internacional recogió, apenas comenzado el nuevo año, el signo dialogal y más estrictamente pontifical de una de esas vidas que dejan una honda huella no solamente entre quienes han sido sus próximos, en tanto la energía sublime de sus ondas se expande en círculos cada vez más amplios hasta alcanzar espacios infinitos. Es que si algo puede identificar a León Klenicki con su significado más auténtico fue su oficio existencial de construcción de puentes entre las religiones en una perspectiva humanista y al mismo tiempo poseedora de un profundo sentido de lo sagrado.

 

Su raigal religiosidad judía se encarnaba en una dimensión plenamente humana, y por lo mismo, universal. Aunque descendía de inmigrantes polacos, Klenicki había nacido en la Argentina pero emigró a los Estados Unidos en los años setenta, y miraba desde allí con sincero interés todo lo nuestro. Su judeidad no era ningún obstáculo para su argentinidad.

 

Su vida se resume en la vocación de hablar de los cristianos a los judíos y a los judíos de los cristianos. Este era y es un punto central en su pensamiento y en su sensibilidad, en tanto que siendo judío, él  pondría sus mejores esfuerzos en tratar de borrar la mancha de la ignominia en el rostro de la Iglesia católica, mostrar y hacer comprender a sus hermanos cristianos la contradicción del antisemitismo con el mensaje de Jesucristo.

 

Había nacido en 1930, diez años después de la llegada de sus padres a nuestro país, y ya en sus primeros estudios de bachillerato un profesor le hizo conocer el pensamiento mariteniano, que completó con los de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, graduándose en 1959 como  Bachelor of Arts in Philosophy en la Universidad de Cincinnati. Obtuvo también un Master of Arts in Hebrew Letters y su diploma rabínico en 1967, para alcanzar su reconocimiento como Ph.D (Philosophy Doctor) en 1992.

 

Habiendo recibido el influjo de grandes pensadores como Franz Rosenzweig y Martin Buber, desde sus años de estudiante Klenicki tuvo una peculiar sensibilidad para el diálogo con el “otro distinto”, especialmente con la Iglesia católica, pero también con el resto de las confesiones cristianas.

 

Deseaba volver a unir el Antiguo y el Nuevo Testamento, presentados como antagónicos por una errónea interpretación de las enseñanzas de Jesucristo que incluso había sido condenada en los primeros siglos como una verdadera herejía. La  Antigua Alianza no ha sido revocada por Jesucristo, que vino a conferirle su plenitud, y el mensaje cristiano se traicionaría a sí mismo si olvidara sus raíces judías. Más aún, el Nuevo Testamento sólo puede ser plenamente comprendido en el marco y a la luz del Antiguo. Por eso él veía en la nueva singladura de la Iglesia un reencuentro con sus raíces más auténticas.

 

Del mismo modo que llamaba a superar el triunfalismo teológico de los cristianos no dejaba de exigir desde el amor y la justicia que sus hermanos judíos superaran también ellos el triunfalismo del dolor y pensar y repensar el significado del cristianismo, para no quedar presos de los demonios interiores del pasado.

 

Su primera tesis versó sobre el lenguaje místico en San Juan de la Cruz, una figura a la que significativamente también dedicaría su tesis nada menos que Karol Wojtyla. El no dejaba de gozarse en esa significativa coincidencia. “Somos colegas en San Juan de la Cruz”, le había dicho Juan Pablo II en uno de sus encuentros interreligiosos, e intercambiaron sonrisas. El amaba al Papa incluso más que algunos católicos.

 

Con apreciable ternura escribió junto a Jorge Mejía el prólogo de un pequeño libro de Gian Franco Svidercoschi en el que se descubre la amistad de Jerzy Kluger y Karol Wojtyla, una entrañable historia personal de amor mutuo que prefiguraría una nueva relación institucional entre ambas religiones.

 

Tea and Sympathy

 

Klenicki buscaría una y otra vez y de un modo incansable caminos concretos que permitieran superar el prejuicio antijudío que durante siglos había enturbiado la presentación del mensaje cristiano y que se había encarnado de un modo muy profundo en la Iglesia católica. Algunas de sus observaciones sobre el tratamiento del judaísmo en la enseñanza de la Iglesia fueron incorporadas en textos magisteriales.

 

Pero a él no le satisfacía una relación de formas o buenas maneras que le gustaba calificar con buen humor con el nombre de la película “Tea and Sympathy” (1956), sino que apreciaba que cada una de las partes mantuviera y mostrara con honestidad y fair play su auténtica identidad. Klenicki se planteaba ir más allá de las recriminaciones y  los meaculpismos,  alentando el intento de superar las limitaciones del presente con un sentido siempre constructivo, en un marco más amplio que los lamentos y reproches.

 

Su horizonte no se circunscribía ciertamente a la cristiandad. El era un judío universal, en la misma saga de Maimónides y del humanismo de los grandes espíritus que han sido una fuente de luz para la humanidad de todos los tiempos.

 

En el año 1969 fue rabino de la Congregación Emanu-El, en Buenos Aires, y en 1973 comenzó a ser director del Departamento de Relaciones entre católicos y judíos de la Anti-Defamation League of B’nai B’rith, para pasar a ser director en el mismo organismo del Departamento de Interfaith Affairs durante varias décadas hasta su retiro.

 

El rabino Klenicki era consultado no solamente por organizaciones judías sino también invitado por universidades católicas como la Universidad de Lovaina; incluso dictaba cursos de teología rabínica en un seminario norteamericano. Disfrutó también muchísimo de un programa que dictó en sus últimos años en la Universidad de Cambridge y fue profesor visitante de la Universidad Austral.

 

En Argentina tuvo muchos y muy buenos amigos, como los secretarios de Culto Norberto Padilla y Angel Miguel Centeno, y especialmente del cardenal Antonio Quarracino y también del cardenal Jorge Mejía, una amistad que comenzó cuando el entonces joven sacerdote comenzaba a cultivar, antes del Concilio Vaticano II, las relaciones con el judaísmo, y se prolongó después en la Santa Sede.

 

Para Klenicki, la revista Criterio, que entonces dirigía Mejía, constituía el ejemplo de una conversión: habiendo sido una expresión de antijudaísmo teológico y aun de antisemitismo, su antiguo director Gustavo Franceschi viajó a Europa en la inmediata posguerra y descubrió en los campos de concentración una nueva realidad que determinaría un giro copernicano en su sensibilidad cristiana.

 

Primacía de lo teológico

 

Tenía una particular admiración y afecto por Jorge Mejía y valoraba mucho el haber abierto con él un nuevo rumbo en un encuentro de católicos y judíos en Bogotá durante el año 1968, junto a la célebre conferencia de Medellín a la que concurriría Pablo VI, en el ámbito del Consejo Episcopal Latinoamericano. A su término comenzó un período de trabajo conjunto en el CELAM, como prólogo de una representación de Klenicki ante la Santa Sede.

 

En 2007 Benedicto XVI premiaría una vida consagrada al bien con la Gran Cruz de San Gregorio El Grande, que él recibió emocionado y lleno de gratitud. Un par de años antes, al regreso de una audiencia con el Papa, me escribía con su buen humor habitual: “Sí, estuve en Roma por vacaciones y asistí al encuentro con Benedicto XVI. Lo conocía de antes y me reconoció con una sonrisa que sorprendió a muchos”.  Después acotaba con su peculiar gracejo y fina ironía: “y otros que dijeron: ‘este Klenicki tiene sus contacto en todos lados’”, para rematar su relato con un concepto bien sustancioso: “Cambié unas palabras con él y enfaticé la necesidad de la consideración teológica mas que el énfasis sobre historia o política. Me dijo que estaba completamente de acuerdo”.

 

Cuando fui por primera vez a New York, mi más grande ilusión era ir con él a una sinagoga y a Saint Patrick’s, donde me presentaría al cardenal O’Connor, que celebraba la misa del domingo en la catedral. Desde el aeropuerto me dirigí a su departamento en Gramercy Park donde me recibió con su cálida hospitalidad, pero para mi desconsuelo, no me pudo acompañar porque un fuerte resfriado le retenía en casa.  No le impediría, sin embargo, esperarme con un reparador desayuno, un ticket de transporte y las indicaciones necesarias para llegar a tiempo al oficio religioso.

 

En los días siguientes me levantaba muy temprano para asistir a la eucaristía y él me esperaba invariablemente con el New York Times y el desayuno caliente preparado por él mismo, mientras me daba algún consejo para el día. Estos detalles –facilitarme mediante pequeños servicios la estancia en tierra extraña– no me pasaron desapercibidos ni los voy a olvidar porque es en las cosas pequeñas donde se ven las almas grandes.

 

Un rabino en misa

 

En otra ocasión, aquí en Buenos Aires, le expliqué que debíamos interrumpir nuestro trabajo porque tenía que asistir a misa en la capilla de la universidad. Pensé que se quedaría esperándome en la oficina pero quiso estar conmigo en la celebración y  como un gesto de fraternidad, estuvo rezando en silencio a mi lado todo el tiempo, como cualquier otro fiel. No se lo dije pero estaba realmente sorprendido, aunque él lo hizo de un modo muy natural. Nunca me había sucedido esa singular experiencia de concurrir a misa con un rabino.

 

Ahora que León ha muerto, y cuando escucho en la proclamación del Evangelio que Jesús enseñaba en la sinagoga, pienso en el rabino Klenicki cuando me hablaba de Jesús el rabbi y rezo por él, del mismo modo que él quiso compartir conmigo la fracción del pan rezando juntos en la celebración de la liturgia cristiana, nacida en la celebración de la pascua judía.

 

Rezo por él porque ése es un deber de la amistad, pero del mismo modo me veo en situación de rezarle a él. Aunque rezar a un rabino pueda resultar un tanto inusual desde la perspectiva de la propia fe cristiana no deja de parecerme tan natural como a él el asistir conmigo al sacrificio de la cruz, sabiendo que las sinagogas fueron el lugar de culto de los primeros discípulos de Jesús.

 

Me gusta recordarlo caminando juntos por Buenos Aires, con su paso algo inseguro pero siempre animoso, en alguno de sus frecuentes viajes. Era un buen conocedor de la filosofía, de las letras y de las artes y aunque sin hacerlo notar, se percibía en él una honda cultura universal. Por eso tuve el gusto de nombrarlo miembro del consejo académico del fondo editorial de la Fundación Carolina de Argentina, junto a nombres egregios como Félix Luna, Lucía Gálvez, José Enrique Miguens y José Luis de Imaz.

 

La universalidad del rabbi Klenicki tenía una profunda raíz religiosa que partía de entender al otro como persona de Dios. Fue un verdadero humanista que encarnó lo mejor de su tiempo, el varón justo, un hijo de la alianza, un hombre de Dios.

Nº 2346 » Marzo 2009

Una nueva etapa para la Iglesia Ortodoxa Rusa

por Padilla, Norberto · Comentar 

Elegido en 1990 en el clima de naciente libertad, el patriarca Alexy II, fallecido repentinamente el 5 de diciembre de 2008, se vio enfrentado a enormes desafíos (1). La libertad junto con la descomposición de la URSS se reflejaron en la vida de la Iglesia: así, los católicos ucranios salieron de la clandestinidad y reivindicaron, a veces con violencia, lugares de culto de los que habían sido privados. Sectores de la ortodoxia misma, alentados por el clima de nacionalismo, buscaron independizarse allí y en otros países de la Unión Soviética, como Estonia, tierra natal del Patriarca. Pese a las dificultades, la Iglesia recuperó mucho de su antiguo poder: se abrieron iglesias y conventos, se reconstruyeron las destruidas (como la Catedral del Salvador en Moscú) en medio de la dramática crisis económica, hubo que aprender a ejercer la obra caritativa, no tolerada en el tiempo precedente. El Patriarca estuvo en las juras de los presidentes Yeltsin, Putin y Medvedev, con quienes además se alineó, porque en Rusia es impensable otra cosa. Alexy II condujo esta obra de restauración, tras décadas de persecución abierta o larvada y sujeción permanente y seguramente esterilizadora al régimen soviético. Obra que debe seguir y profundizarse, ya que si bien la gente afluye a las iglesias, hay una “nueva evangelización” en generaciones educadas en el ateísmo oficial, que hasta convirtió en Museo dedicado a ello a la Catedral de San Isaac en Leningrado, hoy devuelta al culto. La Iglesia Católica a través de movimientos, congregaciones e innumerables grupos religiosos se concentró en la conquista de adeptos, a veces sin reparar en la sensibilidad ortodoxa y otras sucumbiendo a la tentación proselitista. Para satisfacer a la Iglesia, el Estado dictó leyes restrictivas de los grupos “extranjeros”, entre ellos la Iglesia Católica. Sobre el final de su vida, el Patriarca logró recomponer la unidad de la propia ortodoxia rusa bajo su jurisdicción. Con la firma del Acta de Comunión el 17 de mayo de 2007 por parte del Patriarca y el Primer Jerarca de la Iglesia “fuera de las fronteras” (compuesta de antiguos emigrados y su descendencia) se superó una división dolorosa, que se remontaba a los años de la Revolución Rusa (2). Con este signo de comunión, Alexy II culminaba de manera admirable, sus casi dos décadas al frente de la Iglesia. Bien pudo exclamar con el anciano Simeón: “Ahora puedes dejar, Señor, que tu siervo se vaya en paz” (Lc 2, 29).

 

Así pues por primera vez desde 1917 el Sínodo Local de la Iglesia se constituyó con obispos y delegados sacerdotes y laicos de toda la ortodoxia rusa. El metropolita Kirill de Smolensk y Kaliningrado, jefe del Departamento de Relaciones Exteriores, designado Locum Tenens del Trono Patriarcal al día siguiente del deceso de Alexy II, fue elegido el 27 de enero último por amplia mayoría de votos: 508 sobre 169 para el Metropolita Kliment de Kaluga. En una ceremonia deslumbrante, llevada a cabo en la Catedral del Salvador, el nuevo Patriarca asumió su ministerio ante una multitud de fieles. Asistieron el presidente Medvedev y el premier Putin, con sus esposas de rigurosa mantilla. La Santa Sede fue representada por el cardenal Walter Kasper, que había participado de las exequias de Alexy II.

 

Incorporado al Consejo Mundial de Iglesias en 1961, el Patriarcado fue invitado a enviar observadores al Concilio Vaticano II, decisión audaz para ambas partes, que inició un diálogo difícil pero ininterrumpido. Una de las figuras más destacadas fue el metropolita Nikodim de Leningrado, quien tras asistir a la misa inaugural de Juan Pablo I murió súbitamente en sus brazos durante la audiencia concedida días más tarde. El papa Luciani dijo en el Angelus del domingo siguiente que nunca había oído cosas tan bellas sobre la Iglesia como las de Nikodim en sus últimos momentos (3).

 

Kirill I (Vladimir Mijailovich Gundyaev) nació en 1946 en Leningrado, en una familia de sacerdotes. Ordenado en 1969, fue secretario de Nikodim, y su obispo auxiliar con el título de Vyborg, rector de la Academia de Teología de esa ciudad y, desde 1971, delegado ante el Consejo Mundial de Iglesias. Nombrado primero arzobispo y luego metropolita de Smolensk y Kaliningrado, Kirill fue primero presidente adjunto y luego, desde la muerte del Metropolita mencionado, titular del órgano patriarcal para las relaciones exteriores. En ocasión del Milenio del cristianismo en esas tierras, redactó los estatutos de la Iglesia sobre el concepto de sobornost (conciliariedad). El nuevo Patriarca, que estuvo dos veces en la Argentina, tiene una excepcional experiencia ecuménica, como interlocutor de todas las confesiones con las que su Iglesia tiene alguna forma de diálogo así como con autoridades civiles (4).

 

En su mensaje inaugural acentuó su misión de custodio de la unidad de la Iglesia y de la pureza de su doctrina, y subrayó asimismo la necesidad de un diálogo abierto, cordial e interesado con el mundo contemporáneo.

 

Entre los desafíos internos está consolidar la comunión con los ortodoxos en otros países de la ex URSS y con las comunidades de la emigración. Kirill I conoce bien a la Iglesia Católica. Sabe de las prevenciones que ella suscita en muchos en su grey, aunque tal vez menores que cuando el Papa era, además, un polaco. Nadie se atreve a pronosticar para el futuro cercano ni al Papa en Moscú ni al Patriarca en Roma. Entretanto, Benedicto XVI, con un cálido mensaje de salutación en el que, tras rendir homenaje a Alexy II, destaca que el ahora elegido “desempeñó un papel relevante al forjar una nueva relación entre nuestras Iglesias, una relación basada en la amistad, en la mutua aceptación y el diálogo sincero al afrontar las dificultades de nuestro viaje común”. Signo de la anhelada unidad plena por la que hay que orar sin cesar, le envió también un cáliz.

 

Inicia una nueva etapa esa parte del “pulmón oriental”, surcada por la sangre de incontables mártires, partícipe fundamental de la historia y de la cultura de Rusia en ese “milenio de fidelidad bautismal”, cuyo pueblo profesa una conmovedora devoción a la Madre de Dios en sus distintas advocaciones (alguna, la de Vladimir, extendida entre nosotros). Nos unimos a su esperanza en el vínculo de la caridad.

 

Notas:

[1]. Sobre la ortodoxia rusa pueden verse en Criterio, entre otros: Mejía, Jorge: “Un atisbo de la Iglesia en Rusia”, nº 1583, 13-XI-69. Padilla, Norberto: “Impresiones de un viaje a Rusia”, nº 1869, 8-X-81; “Mil años de fidelidad bautismal”, nº 2009, 23-VI-88; “El Obispo de Hipona está en la URSS”, nº 2035, 14-IX-89. “Alexy II, nuevo Patriarca de Moscú y toda Rusia”, nº 2052, 12-VII-90. Krpan, Domingo: “La Iglesia ortodoxa en la URSS”, nº 2057,  27-9-90.

 

2. En Buenos Aires el arzobispo Platón compartió liturgias en su Catedral y en la de la emigración, en la calle Núñez, con el Metropolita sucesor del firmante del Acta, con la participación del Coro del Monasterio ruso de Sretensky en noviembre de 2008. El coro dio un concierto en la Facultad de Derecho a sala repleta y entusiasta. La Iglesia de la calle Brasil, la más antigua y conocida, sin embargo, no ha adherido al restablecimiento de la comunión. Al Sínodo en que se eligió al nuevo Patriarca asistieron, por nuestra región, además del arzobispo Platón, un sacerdote y un laico de la emigración.

 

3. Pasados veinte años he buscado en el Archivo de los Pontífices, en la página web del Vaticano, pero estas palabras del “Papa de la sonrisa”, que recuerdo muy bien, han desaparecido. Agreguemos que Nikodim era calificado en la época de agente de la KGB, acusaciones de las que no se han librado el pasado ni el actual Patriarca. No cuesta comprender que en un régimen totalitario como el soviético, nadie con semejantes responsabilidades, y menos que menos, de permanentes viajes al exterior, podía estar indemne de alguna vinculación con ese organismo.

 

4. Una de las últimas actividades como jefe del departamento citado fue la visita a Cuba para agradecer la construcción de una catedral ortodoxa rusa. No encontró dificultades en obtener la fotografía con Fidel Castro.

 

Nº 2346 » Marzo 2009

Cómo se gestó la mediación

por Giaquinta, Carmelo J. · Comentar 

En 1978 la embriaguez del Mundial de Fútbol, con la victoria argentina, nos hizo olvidar por un momento la pesadilla que vivíamos, con acontecimientos cada vez más terribles. Primero había sido el estado de terror creado por la guerrilla revolucionaria que, además de convulsionar a la sociedad, había puesto en jaque a las comisarías y a los cuarteles. Después, fue el terror que impuso el Estado con un estilo de represión que emuló el vivido en la Alemania nazi con Heinrich Himmler y en la Rusia soviética con Laurenti Beria, cuyas consecuencias todavía lloramos.

Pasada la resaca de la borrachera del Mundial, ¿nos hacía falta más? ¿Y esta vez con sangre, en una guerra contra la nación hermana de Chile? Nadie en el pueblo la quería. Sin embargo, un laudo arbitral sobre tres islas inhóspitas en el lejano Sur, rechazado por la Argentina, comenzó a proyectar su fantasma. Éste se corporizó y agigantó tanto que la guerra pareció inevitable.

 

Hubo medios de prensa que propiciaron la paz, gestiones de representaciones diplomáticas ante las dos naciones, en especial de las dos nunciaturas apostólicas, tiras y aflojas dentro de ambas Fuerzas armadas. Y, desde el comienzo del conflicto, conversaciones entre los episcopados.

 

Pero ¿quiénes fueron los que miraron de frente al fantasma y se propusieron vencerlo, como David a Goliat, con el arma sencilla de una intervención pacificadora que reportó la victoria de la paz para nuestros pueblos?

 

Sólo recordaré aquí los pasos dados por los episcopados argentino y chileno ante la Santa Sede y las respuestas de ésta, hasta que el papa Juan Pablo II aceptó actuar como mediador entre ambos países. Es decir, las gestiones realizadas durante poco menos de cuatro meses, entre el 26 de agosto, cuando fue elegido el papa Juan Pablo I, y el 22 de diciembre de 1978, cuando Juan Pablo II decidió enviar a un representante especial.

 

El cónclave del papa Luciani (agosto 1978)

 

El 6 de agosto murió el papa Pablo VI, incansable apóstol de la paz. El cónclave que eligió a su sucesor se realizó los días 25 y 26 de ese mismo mes. El sábado 26, poco antes de las 18.30, resultó elegido el cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia.

 

Esa misma noche, tras escoger el nombre de Juan Pablo I, recibió el saludo y la obediencia de los cardenales electores. Cuando llegó el turno del cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de Córdoba y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, le dijo: “Le hago presente la obediencia de todo el episcopado argentino. Le pido por la pronta beatificación del Cura Brochero y de Fray Mamerto Esquiú. Y hoy, sobre todo, le pido que tenga una palabra sobre la cuestión del Beagle”. Y le anunció que le enviaría una carta. El 30 de agosto, durante su reunión con el Colegio Cardenalicio, el Papa le comentó al Cardenal: “Leí su carta y lamento todo lo que dicen los diarios”.

 

Ciertamente, los cardenales Juan Carlos Aramburu y Raúl Francisco Primatesta de la Argentina, y Raúl Silva Henríquez de Chile conversaron en los pasillos del cónclave sobre el peligro de una guerra. Pero también lo hicieron formalmente. El domingo 27 por la mañana, Silva Henríquez se entrevistó con Primatesta. “Una guerra sería un suicidio -le dijo-. No es una iniciativa que cuente con el apoyo popular de los chilenos”. Y enterado de lo que el cardenal Primatesta le había dicho al Papa, prometió hacer lo mismo. Y ambos quedaron en pedirle que dijera alguna palabra a los episcopados para alentar su accionar de paz.

 

El domingo 3 de septiembre, día del inicio del ministerio del Supremo Pastor, llamado antes de la “entronización” o “coronación”, entre las numerosas misiones especiales llegadas a Roma estaba el entonces presidente de la Argentina, teniente general Jorge Rafael Videla. No le había sido fácil sortear la oposición interna para viajar. De Chile estaba el ministro de Relaciones Exteriores, Hernán Cubillos Sallato. Durante el saludo protocolar posterior a la misa, ¿habrá intercambiado el Papa con cada uno de ellos alguna palabra sobre la preocupante cuestión? No es fácil saberlo.

 

Sin embargo, la semilla de la futura mediación estaba sembrada. Pero habría que cultivarla y defenderla de muchas malezas y abrojos.

 

Obispos argentinos y chilenos en Mendoza (septiembre 1978)

 

El martes 5 de septiembre, en Buenos Aires, se reunió la Comisión permanente del episcopado argentino. Se dispuso hacer una reunión entre obispos argentinos y chilenos para redactar un documento conjunto exhortando a la paz. Tal reunión era propiciada desde noviembre de 1977 por el obispo de San Felipe, Francisco de Borja Valenzuela Ríos, presidente de la Conferencia Episcopal Chilena, pero estaba demorada por recelar la parte argentina de su oportunidad. El miércoles 6, al sumarse a la reunión los dos cardenales recién llegados, la votación fue fácil. Y se resolvió que una comisión episcopal integrada por el cardenal Primatesta, y por los arzobispos Vicente F. Zazpe, de Santa Fe, y Olimpo S. Maresma, de Mendoza, se reuniese con representantes del episcopado chileno para redactar una declaración exhortando a la paz.

 

La reunión se concretó en Mendoza casi de inmediato los días 11 y 12 de septiembre. De la parte chilena vinieron monseñor Valenzuela y monseñor Fresno. Y se redactó el “Mensaje de los obispos de Argentina y Chile sobre la paz”, que se publicó el día 12. Sin perder tiempo, ya el día anterior, los presidentes de ambos episcopados, el cardenal Primatesta y monseñor Valenzuela, le enviaron una carta al papa Juan Pablo I pidiéndole “una paterna intervención ante nuestros respectivos gobernantes para confirmarlos en la decisión cristiana de resolver las diferencias limítrofes por los caminos de la paz”.

 

La respuesta papal no tardó en llegar. El 20 de septiembre, nueve días antes de su inesperada muerte, el papa Luciani escribió a los obispos de la Argentina y de Chile, exhortando “a que, con toda la fuerza moral a vuestra disposición, hagáis obra de pacificación, alentando a todos, gobernantes y gobernados, hacia metas de entendimiento mutuo y de generosa comprensión para con quienes, por encima de barreras nacionales, son hermanos en humanidad, hijos del mismo Padre, a Él unidos por idénticos vínculos religiosos”.

 

El cónclave del papa Wojtyla (octubre 1978)

 

Los miembros del colegio cardenalicio se reunieron nuevamente en cónclave en Roma entre el 14 y el 16 de octubre. El día 16, a las 18.18, la chimenea comenzó a despedir la famosa “fumata bianca”. Media hora después, el cardenal Pericle Felici hizo el asombroso anuncio de la elección de un cardenal no italiano, proveniente de Polonia, país de régimen comunista: el arzobispo de Cracovia Karol Wojtyla, que tomó el nombre de Juan Pablo II.

 

Es muy probable que esa noche, en el saludo al nuevo Papa, los tres cardenales de la Argentina y Chile, Silva Henríquez, Aramburu y Primatesta, le hayan hecho presente la delicadísima situación que se vivía entre las dos naciones y lo interesasen en la propuesta hecha al papa Luciani. Ciertamente lo hicieron el día 18, durante la primera audiencia del Papa a los cardenales. Cuando llegó el turno del cardenal Primatesta, a su saludo el Papa respondió: “Polonia y la Argentina están muy lejanas del centro, pero quizás vivan situaciones más o menos semejantes. Ahora tenemos que estar muy unidos”. Al día siguiente, 19 de octubre, los tres cardenales le dirigieron una carta de dos páginas “para solicitar su alto consejo y apoyo en las difíciles circunstancias que amenazan la paz de nuestras naciones”, y “reiterar nuestro pedido” de intervención de la Santa Sede ante los gobiernos de las dos naciones. El cardenal Silva Henríquez, por su parte, fue recibido por el Papa en audiencia privada el martes 24 de octubre.

 

No deja de tener interés que los presidentes de ambos países se hiciesen presentes con telegramas. En el de Augusto Pinochet se lee: “Confiamos en que nos iluminéis con cristiana bondad”. El domingo 22 de octubre, para la inauguración oficial del nuevo pontificado, ambos países enviaron misiones especiales. La de la Argentina, representada por el ministro de Relaciones Exteriores, vicealmirante Oscar Antonio Montes. Y la de Chile, por el doctor Enrique Ortúzar Escobar, miembro del Consejo de Estado. Además, el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Hernán Cubillos Sallato, fue recibido por el Papa en audiencia privada el día 30. Más allá de la cortesía propia de esos eventos, ¿se tanteaba la posibilidad de una intervención papal?

 

En Buenos Aires, Jorge R. Videla lo intentaba desde su viaje a Roma. En una cena en la nunciatura, a la que monseñor Pio Laghi invitó también a los cardenales, el Presidente los tomó aparte para preguntarles cuáles serían las posibilidades de acudir al Papa en ese problema, si no sería algo fuera de lugar. Los cardenales respondieron que ya habían considerado ese tema con el Nuncio, y que acudir al Papa, no como árbitro sino como mediador, podría ser interesante.

 

El fantasma de la guerra y el empeño por la paz (noviembre-diciembre 1978)

 

A pesar de los tanteos y esfuerzos, el fantasma de la guerra siguió tomando cuerpo. Se dispuso, por tanto, que la asamblea del episcopado a reunirse en noviembre de 1978, tratase el tema de la paz. Sobre su conveniencia se venía especulando desde la reunión de la comisión permanente en marzo de ese año. Fue así que la asamblea episcopal el 18 de noviembre publicó una enjundiosa carta pastoral, “La Paz es obra de todos”, de nueve capítulos, orientada a desarmar el corazón de los cristianos y de la opinión pública, a armarlo espiritualmente para la paz, desistiendo de recurrir a la violencia en todos los ámbitos de la vida. Un capítulo está dedicado a “la paz y la naciones”, referido directamente a la situación entre la Argentina y Chile. Y otro, a “la paz interior”, referido a la situación nacional, especialmente la derivada de la represión del Estado, que el mundial de fútbol no había logrado hacer olvidar.

 

Viaje a Roma del cardenal Primatesta (diciembre 1978)

 

Qué información sobre los preparativos para la guerra tenía el cardenal Primatesta, no es fácil saberlo. A comienzos de diciembre, estando en Córdoba, decidió un viaje relámpago a Roma. Le pidió a Miguel Pérez Gaudio, su encargado de prensa, que hiciera un llamado telefónico “persona a persona” con el cardenal Jean Villot, secretario de Estado. Luego informó por teléfono de su decisión al Presidente de la Nación, y partió. El hecho de que el Cardenal fuera miembro del Consejo de la secretaría general del sínodo de los obispos, que se reunía por esos días, era una buena pantalla para ocultar el motivo más profundo de su viaje.

 

Apenas llegado a Roma, el cardenal Primatesta se entrevistó con el padre Cavalli, del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, encargado del área “Argentina”, para preparar la entrevista con el Papa. El Santo Padre lo mandó llamar enseguida. El Cardenal estaba muy preocupado. El Papa, un tanto receloso. La cuestión no era fácil. Había un laudo arbitral de por medio. En un momento el Cardenal le dijo: “Perdóneme, Santidad, si la Santa Sede no tomara interés en este asunto y llegara a declararse la guerra…”. El Cardenal se cortó allí.

 

Roma dio pronto una buena señal. El 12 de diciembre, el papa Juan Pablo II dirigió una carta a los presidentes de la Argentina y de Chile en vista del encuentro que ese día tenían los cancilleres de ambos países en Buenos Aires, haciendo votos para que “el coloquio allane el camino para una ulterior reflexión, la cual, obviando pasos que pudieran ser susceptibles de consecuencias imprevisibles, consienta la prosecución de un examen sereno y responsable del contraste”.

 

El Cardenal se entrevistó también con monseñor Agostino Casaroli, responsable del consejo mencionado, y con el cardenal Villot, secretario de Estado. El 17 de diciembre, en el aeropuerto de Roma de regreso a Buenos Aires, el Cardenal fue despedido por el embajador Rubén Blanco con malas noticias: “El Presidente de la República me acaba de comunicar que el estallido es cuestión de horas”. El Cardenal le pidió que fuera a ver a monseñor Casaroli y le explicara todo.

 

Último round (diciembre 1978)

 

Llegado a Buenos Aires el 18 de diciembre, el Cardenal se rehusó a hablar con los periodistas. El 19, por la mañana, presidió la reunión de la comisión permanente del episcopado, informó de su gestión ante la Santa Sede, pidió el apoyo de la comisión, y comunicó que a las 11 tenía una audiencia con el Presidente de la Nación. Frente a la sugerencia de los obispos de esperar su regreso antes de hablar a Roma, el Cardenal fue taxativo: La diferencia horaria los obligará a hablar a Roma recién mañana. Y eso es demasiado”. No quiso forzar a la Comisión a dar consentimiento a su iniciativa. Pero insistió en que, desde que había llegado de Roma, había una situación mucho más urgente; y preguntó si ante eso era posible que los obispos no dijeran nada al Papa. Los obispos resolvieron, entonces, enviar el siguiente telegrama: “Ante urgencia crítica situación Episcopado Argentino pide al Santo Padre interponga su paternal influencia de manera apremiante ante Gobiernos Argentino y Chileno, para encontrar caminos de convivencia, equidad y paz”.

 

El Cardenal salió para la audiencia con el Presidente de la Nación. La comisión permanente siguió sesionando y resolvió invitar al episcopado chileno a hacer igual gestión ante la Santa Sede, y, además, con fecha 20 de diciembre, publicó un breve comunicado de exhortación a la paz, recomendando la lectura de la carta pastoral.

 

El viernes 22, en Roma, en la reunión con el colegio de cardenales para los saludos natalicios, el papa Juan Pablo II reveló que “en el día de ayer (jueves 21) frente a las noticias cada vez más alarmantes que llegaban sobre el agravamiento y la posible precipitación de la situación, temida por no pocos como inminente, hice conocer a las partes mi disposición - e incluso el deseo- de enviar a las dos capitales un representante mío especial, para tener informaciones más directas y concretas sobre las respectivas posiciones y para examinar y buscar juntos las posibilidades de una composición honorable y pacífica de la controversia. A la noche ha llegado la noticia de la aceptación de tal propuesta por parte de ambos Gobiernos, con expresiones de gratitud y de confianza”.

 

David voltea a Goliat

 

David había derribado al gigante Goliat. Faltaba el golpe de gracia. El embate final para degollarlo, aunque largo y difícil de dar, comenzó casi enseguida. El día de Navidad, el cardenal Antonio Samoré, representante especial del Papa, acompañado de un sacerdote español, Faustino Sainz Muñoz, partió de Roma rumbo a Buenos Aires y Santiago de Chile. El 26 comenzaron las rondas de entrevistas. El 8 de enero de 1979, los cancilleres de la Argentina y de Chile, reunidos en Montevideo, suscribieron un acta por la que ambos gobiernos acordaron solicitarle a Juan Pablo II que actúe “como Mediador con la finalidad de guiarlos en las negociaciones y asistirlos en la búsqueda de una solución del diferendo para el cual ambos Gobiernos convinieron buscar el método de solución pacífica que consideraran más adecuado”.

 

El miércoles 24 de enero de 1979 el papa Juan Pablo II aceptó actuar como mediador. Lo que siguió después está ampliamente documentado.

Al cardenal Raúl F. Primatesta no me vinculó una relación de afecto. Pero siempre sentí respeto por él. Y en situaciones delicadas lo consulté. Aunque no era muy sonriente, nunca lo vi irritado. A veces me parecía titubeante. Pero otras admiré su capacidad de resolución. Por ejemplo, cuando se redactó el documento Iglesia y Comunidad Nacional, y algunos obispos perfeccionistas hubiésemos deseado su postergación. Pero fue en la crisis entre la Argentina y Chile cuando el Cardenal mostró al máximo su capacidad de decisión. El que ayer titubeaba en reunirse con los obispos chilenos, de pronto viajó a Roma, y, contra toda humana prudencia, logró del Papa una desacostumbrada intervención.

 

Los argentinos no tenemos idea de la magnitud de los males de los que nos salvó la mediación del papa Juan Pablo II y de los beneficios que nos ha reportado. Esto vale también de la paciente y sabia labor realizada por el cardenal Antonio Samoré, en llevar a cabo la tarea concreta de la mediación. Pero vale, igualmente, de la labor del cardenal Raúl Francisco Primatesta para lograr una intervención papal ante los dos gobiernos, que desembocó en la mediación.

 

Tal vez no se le levante un monumento, como en justicia lo merecería según el sentir de muchos. Pero el Cardenal tiene ya uno, el más bello y perdurable de todos, esculpido por el mismo Jesús en las Bienaventuranzas del Sermón del Monte: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5,9).

Nº 2346 » Marzo 2009

Julio Cortázar vuelve a sorprendernos

por Barros, Raquel · Comentar 

Julio Cortázar es desde hace mucho tiempo un autor insoslayable en el canon literario argentino. Al cumplirse los 25 años de su muerte en París, cabe destacar que su obra de ficción se construyó sobre el andamiaje de una profunda reflexión teórica y sobre una escritura que también le exigió pensar sobre el hecho mismo de escribir.

 

Esa actitud se torna evidente a lo largo de toda su obra: en los extremos de su producción están Bestiario (1951), el primer libro de cuentos que contiene en germen una parte importante de su escritura posterior (en especial, todos los cambios que introdujo en el género fantástico) y Deshoras (1982), el último volumen, con mucho de síntesis y de legado.

 

Teoría y práctica de la escritura

 

Aun a riesgo de repetir datos conocidos, es oportuno recordar que mientras escribía los cuentos de Bestiario, Cortázar comenzaba su obra crítica: redactaba la Teoría del túnel, en la que –a partir del análisis de la novela clásica– propone un nuevo modelo para la renovación del género. El extenso texto, con mucho de manifiesto literario, no se limita al análisis y la propuesta, sino que además sostiene la necesidad de un cambio radical en el novelista, a fin de convertirse en alguien capaz de emplear la escritura como vehículo de exploración de la condición humana, a través de un lenguaje que pugne por dejar lo enunciativo y se transforme en poético.

 

En el campo de la ficción, con los cuentos de Bestiario –que lo alinean con los ineludibles nombres de Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares– renueva la concepción de un género que seguirá frecuentando hasta el final. Si en su primer volumen nos sorprenden los extraños ruidos que expulsan a los habitantes de la “Casa tomada” y las angustias que experimenta la “Lejana”, desde Buenos Aires, presintiendo a “la otra” que sufre en un lugar extraño, en Deshoras nos sacuden las “Pesadillas” de Mecha, que preanuncian el horror que late –como siempre en Cortázar– en el ámbito más reconocible y familiar.

 

A partir del gesto inicial, Cortázar continuará la producción de textos de ficción y una extensa obra crítica (1). En muchos de sus textos teoriza acerca del cuento: es imposible soslayar la mención de algunos que se han convertido en referentes básicos de la concepción del autor acerca del género. En primer término, tal vez el más conocido: “Del cuento breve y sus alrededores” (2), en el que sienta la idea del cuento no como simple artificio retórico sino como un hecho que compromete íntegramente a quien lo escribe. Afirma también que cuento y poesía son caras de una misma moneda. En “Algunos aspectos del cuento” (1962/63) lo expresa bellamente al definirlo como “hermano misterioso de la poesía en otra duración del tiempo literario”, e insiste en que el cuento inolvidable surge de un tema excepcional, no en el sentido de “fuera de lo común” sino como revelador de “la esencia misma de la condición humana”. Para alcanzar un cuento excelente no basta con acertar en la elección del tema: “es necesario un oficio de escritor (…) un estilo en que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema.”

 

Tanto en “Notas sobre lo gótico” (1975) como en “El estado actual de la narrativa en Hispanoamérica” (1976) se desarrollan especialmente aspectos referidos al cuento fantástico, en particular la negativa cortazariana a desplegarlo dentro de los ámbitos característicos del género para ubicarlo “dentro de un contexto cotidiano”. Propone, en cambio, la posibilidad de considerarlo no solamente “una ruptura con lo razonable y lo lógico”, sino un hecho que nos habilite a “atisbar”, de un modo “intersticial”, lo otro. “La posibilidad latente de una tercera frontera, de un tercer ojo”, que nos permita “sacarnos por un momento de nuestras casillas habituales y mostrarnos, aunque sólo sea a través de otro, que quizá las cosas no finalicen en el punto en que nuestros hábitos mentales presuponen”.

 

El legado

 

En Deshoras, su último libro, además de reformular muchas de las ideas que estructuran la totalidad de su obra, Cortázar exhibe la voluntad de poner de manifiesto la problematización acerca de lo literario, y específicamente la construcción del texto narrativo. No es casual que tres –el número cabalístico que gustaba usar en sus libros– de los ocho textos (“Botella al mar”, “Deshoras” y “Diario para un cuento”) aborden desde distintos ángulos cuestiones vinculadas como la ficción autobiográfica, la problemática del realismo o la recepción del texto.

Tampoco parece casual que el último relato del volumen, “Diario para un cuento”, se convierta en una extensa reflexión acerca de estas cuestiones. El texto adopta la forma clásica del género: se van consignando, día por día –o más– distintas anotaciones. La elección de esta forma genera la ilusión autobiográfica, reforzada por algunos datos concomitantes, como las actividades de traductor y escritor que ejerce el protagonista. A través de sus notas, el narrador despliega la forma en que se lleva a cabo el proceso de escritura, es decir: va desarrollando las etapas que transita cualquier escritor para construir un texto (3).

 

En primer término, se enfrenta a la máquina de escribir donde la página en blanco, que no convoca a la producción, lo hace sentir un “estúpido”, por lo que él mismo desalienta su intento: “¿para qué un cuento, al fin y al cabo, por qué no abrir un libro-de-otro cuentista, o escuchar uno de mis discos?”

 

No hay forma, no hay nada aún, salvo ese deseo de escribir sobre Anabel, esa especie de “cosquilla de cuento” que rodea al narrador. Ideas, espacios no logran plasmarse, y en una prepoética –que remite al comienzo de La mayor de Juan José Saer, también teñido por la negación– el narrador toma en préstamo una cita de Jacques Derrida que le permite reflexionar sobre lo que todavía es “una nada, que es este cuento no escrito, un hueco de cuento”.

 

En esta morosa reflexión previa –aún no hay cuento– nos encontramos con las decisiones que debe plantearse el escritor acerca de la mejor manera de enfrentar el desafío del relato: ¿será la escritura una mera “relación analógica”? O, más bien, “habrá que hablar de Anabel sin imitarla, es decir, sin falsearla?”. ¿Se podrá aspirar a escribir como alguno de los referentes adecuados para el caso –Bioy, citado reiteradamente– que logra (“no puedo creer que no sea una decisión”) tomar distancia de sus personajes, a pesar de que al final de la entrada de ese día el narrador concluya: “no soy Bioy y no conseguiré nunca hablar de Anabel como creo que debería hacerlo”?

 

La aparición sorpresiva de una foto de Anabel, “puesta como señalador en nada menos que una novela de Onetti” (4) permite esbozar la situación y el personaje. Sin embargo, la duda se introduce en la siguiente entrada, cuando el narrador vuelve a problematizar la manera de organizar el relato de la historia de la prostituta del Bajo que acudía a él para pedir traducción de cartas. Hay que decidir si, una vez comenzado, se justifica sostener “el aire cronológico, la primera visita de Anabel. Seguir o no seguir esas hebras: me aburre lo consecutivo pero tampoco me gustan los flashbacks gratuitos que complican tanto cuento y tanta película”.

Aunque “cansa releer para encontrar una hilación”, el relato comienza a avanzar y en su camino plantea un nuevo problema: la construcción del diálogo, que ofrece resistencia porque “tendría más de invención que de otra cosa”. Más adelante, en otro gesto característico de las idas y vueltas habituales en el proceso de escritura, el narrador acotará, después de consignar un diálogo: “No me acuerdo, cómo podría acordarme de este diálogo. Pero fue así, lo escribo escuchándolo, o lo invento copiándolo, o lo copio inventándolo. Preguntarse de paso si no será eso la literatura”.

 

En medio de estas cuestiones, va avanzando el mes: la primera entrada en el diario es una anotación correspondiente al 2 de febrero de 1982, mientras que la última es del 28. Las reflexiones se suceden en los primeros días. En la tarde del 6 el narrador se pregunta: “¿Estoy escribiendo un cuento o siguen los apuntes para probablemente nada?”. El 8 afirma: “esto no es el cuento”. Dos días después medita: “Es que no es fácil seguir, me voy hundiendo en recuerdos y a veces queriendo huirles, exorcizarlos escribiéndolos (pero entonces hay que asumirlos de lleno y ésa es la cosa)”. El 13 continúan las dudas acerca de que “Anabel no me dejará escribir el cuento porque en primer lugar no será un cuento y luego porque Anabel hará (…) todo lo posible por dejarme solo delante de un espejo”. Concluyen con la pregunta: “¿Vas a seguir?” Sin embargo, con el correr de los días, progresivamente, las dudas van quedando atrás y el cuento avanza hasta desplazar las reflexiones a pequeñas anotaciones dispersas.

 

En el largo diario del mes de febrero, intentando escribir un cuento, el traductor reflexiona sobre la imposibilidad de traducir una experiencia “real” a la literatura. En este texto, el último que nos lega Cortázar, además de brindar una clase magistral acerca del oficio de escribir, confirma firmemente que en el último round, después de todos los combates previos que impone el texto, la que gana es la literatura: el cuento, triunfante, devora el diario de apuntes.

 

Notas:

 

1. Algunos –pocos– de los textos que constituyen esta obra están en Último round, La vuelta al día en ochenta mundos y Territorios., pero el resto se reunió a partir de materiales diversos: cartas, reseñas, conferencias, que abordan diversos temas, siempre alrededor del eje de la literatura. Alfaguara reunió toda esta producción en tres volúmenes con el título común de Obra crítica.

2. En Último round, 1969.

3. La concepción de la escritura como un proceso presupone un cambio radical respecto de la idea de que el texto es producto exclusivo de la inspiración. Considera, en cambio, que es el resultado de un proceso reflexivo por medio del cual el escritor transita diferentes etapas, de las que la invención –que no incluye solamente la idea generadora del texto, sino también otros aspectos– es solamente la primera.

4. El destacado es mío.

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