Revista Criterio
Abril 2009
Nº 2347 » Abril 2009

Brochero, el buen pastor

por Olivera, Santiago · Comentar 

El 26 de enero se cumplieron 95 años del fallecimiento del cura José Gabriel del Rosario Brochero y fue ocasión oportuna para, una vez más, enfocar nuestra mirada en este buen pastor a quien el Señor le pidió anunciar el Evangelio, manifestando con su palabra y en su vida el amor y la Pasión por Jesucristo. En el Salón del Peregrino de la Villa Cura Brochero participamos de la Eucaristía unas dos mil personas, entre ellos siete obispos y más de setenta sacerdotes.

 

José Gabriel del Rosario Brochero, conocido como el Cura Gaucho, ejemplar evangelizador en las Sierras Grandes de Córdoba, modelo de sacerdote diocesano, nació en Santa Rosa del Río Primero el 16 de marzo de 1840. Comenzó sus estudios en el Colegio Seminario Nuestra Señora de Loreto, en la ciudad de Córdoba, el 5 de marzo de 1856. El retorno de los Jesuitas a esa ciudad en 1859 le permitió conocer el que sería su principal método de evangelización: los Ejercicios Ignacianos. Ocupó gran parte de su tiempo en conducir a las personas que tenía confiadas a vivirlos, convencido de que la renovación de la parroquia y de su pueblo estaría dada por la renovación del corazón de cada persona. Ordenado sacerdote el 4 de noviembre de 1866, fue Capellán de Coro, Prefecto de estudios del Seminario Mayor y obtuvo el grado de Maestro de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba. Enviado a Traslasierra, tomó posesión del Curato de San Alberto el 5 de diciembre de 1869.

 

En Villa del Tránsito construyó el Colegio de Niñas e inauguró la Casa de Ejercicios para que también en esos pagos se hicieran los Ejercicios espirituales que tienen vigencia y son tan necesarios como entonces. Sólo así habría –según Brochero– un país mejor, más justo y solidario, con hombres nuevos y renovados. Desde su inauguración no han dejado de predicarse los Ejercicios en la Casa, para el bien de tantos hermanos que acuden al encuentro con Jesús.

 

El padre Brochero murió enfermo de lepra, contraída al visitar a un enfermo, fruto de su caridad pastoral. Fue allí donde se santificó, en el propio ejercicio de su ministerio de buen pastor. Ciego y casi solo en el pueblo que vio gastar y desgastar su vida, murió el 26 de enero de 1914.

 

Vivió en la época en que la Argentina se construía como nación. Transitó los años más duros de acuerdos y discusiones políticas e ideológicas, donde todo estaba por hacerse. Colaboró en la edificación no sólo de caminos serranos: también cimentó en sus hijos, a la luz del Evangelio, el camino hacia la identidad nacional. Les inculcó la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Era tal la situación que se vivía en ese tiempo que al marchar al Seminario, su madre lo despidió diciendo: “Dios cuenta contigo, hijo, para construir nuestra Patria; no lo defraudes”. Fue un precursor: trabajó para que los habitantes de esta tierra se transformaran en ciudadanos. No discriminó a nadie, se entregó a cada uno con el mismo ardor. A todos llamaba y sentía como verdaderos amigos, a todos miraba con amor. Como Jesús, pasó haciendo el bien.

 

Hay mucho para profundizar en la vida de este hombre de Dios. Le tocaron situaciones difíciles de la Patria, situaciones difíciles de la Iglesia, situaciones difíciles de su diócesis… Siempre tuvo la mirada sobrenatural y el corazón de buen padre. Y mantuvo su sacerdocio apasionado en Jesucristo. Su “ser sacerdote” orientó sus desvelos y sus preocupaciones para ayudar a que sus hermanos serranos de la Traslasierra progresaran y tuvieran una vida más digna.

 

Hombre de Dios que murió ciego, tuvo sin embargo una gran mirada, una luminosa visión, como la de los santos, para adelantarse a los tiempos. Y descubrió que la transformación de la sociedad y el progreso aun material están unidos al progreso espiritual. Es un ejemplo como Pastor porque hizo una síntesis de su amor a Dios y de su compromiso por el crecimiento de la dignidad de su gente. La perfecta síntesis. Lo expresará muchos años después el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes 39). No disoció su trabajo para que sus serranos pudieran crecer mejor como personas, cultural y también socialmente. Pero siempre desde Dios. Porque Brochero tuvo pasión por acercar a sus hombres a Jesús. Esa es la causa de sus Ejercicios espirituales, de su predicación, de su pasión por vivir la Gracia de Dios, de su ser puente para que el hombre se encontrara con Jesús. Por y desde el compromiso evangélico trabajó para que hubieran caminos, rutas, trenes. Así lo entendieron también sus contemporáneos. Un grupo de docentes, en reconocimiento a su labor, le entregó una medalla en cuyo reverso decía: “Evangelio, escuelas y caminos”. El Evangelio, su norte y su punto de partida.

 

El 26 de febrero se abrió el proceso instructivo del presunto milagro en la sede del arzobispado de Córdoba, la ciudad donde se produjo. Además de los actores de la Causa, Mons. Nañez y quien esto escribe, estuvieron presentes los demás obispos de la Región Centro: Ángel Rovai (Villa María), Aurelio Kuhn (Deán Funes), Carlos Tissera (San Francisco), Eliseo Martín (Río Cuarto), Abdo Arbach (Exarca Apostólico Greco Melquita), Omar Félix Colomé (Cruz del Eje), y los padres Julio Merediz, Vicepostulador de la Causa; y Jorge Frigerio, Rector del Santuario de Nuestra Señora del Tránsito, donde reposan los restos del venerable sacerdote José Gabriel; y la comunidad de Laicas de la Virgen de Luján, quienes tienen a su cargo el trabajo de búsqueda y seguimiento de posibles milagros y gracias que llegan a la Parroquia y al Obispado. También participó el Tribunal que llevará a cabo el proceso, presidido por el sacerdote salesiano juez R.P. Dante Simón.

 

Pidamos al Señor especialmente durante este tiempo en que se realizará la instrucción para que si es para su gloria y nuestro bien, podamos ver pronto beatificado a este venerable sacerdote, auténtico prócer de nuestra patria. Quiera Dios que en el marco del Bicentenario los argentinos lo tengan presente porque ha sido un hombre que desde la identidad profunda de su fe pudo comprometerse con la construcción de un país para que todos, aun los más alejados, se sintieran incluidos.

Nº 2347 » Abril 2009

Fortalecer la amistad social

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Acercándonos a la Semana Santa, en la que reviviremos los gestos del infinito amor de Dios por nosotros, encarnados en la entrega de Jesús que murió en la Cruz y resucitó para que podamos vivir como hijos de Dios, los Obispos argentinos, reunidos en la Comisión Permanente, convocamos a todos los ciudadanos a fortalecer la amistad social y las instituciones de la Patria, porque “cuando priman intereses particulares sobre el bien común, o cuando el afán de dominio se impone por encima del diálogo y la justicia, se menoscaba la dignidad de las personas, e indefectiblemente crece la pobreza en sus diversas manifestaciones” (1).

 
Es un hecho que “toda democracia padece momentos de conflictividad. En esas situaciones complejas, alimentar la confrontación puede parecer el camino más fácil. Pero el modo más sabio y oportuno de prevenirlas y abordarlas es procurar consensos a través del diálogo”(2).

 

Creemos que éste es el camino a recorrer. Debemos volver a afirmar en este difícil momento que “sólo el diálogo hará posible concretar los nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro. Ello es fundamental en este tiempo, donde la crisis de la economía global implica el riesgo de un nuevo crecimiento de la inequidad, que nos exige tomar conciencia sobre la “dimensión social y política del problema de la pobreza”. En este sentido, la promoción de políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos”(3). Esta amenaza de posible crecimiento de la pobreza, en los próximos meses, es el mayor desafío social que tenemos por delante y debe ser respondido por gestiones solidarias tanto del sector público como del privado. La Argentina sólo va a crecer con el esfuerzo, la unidad y la solidaridad de todos los argentinos.

 

Hermanos, con sincero amor a nuestra patria y espíritu de servicio a nuestro pueblo, pedimos a todos evitar las actitudes que nos enfrenten y dividan, y que como tales generan un clima de confrontación propicio a la violencia. El momento actual reclama diálogos sinceros y transparentes, reconciliación de los argentinos y búsqueda de consensos que fortalezcan la paz social.

 

Estas reflexiones que surgen de nuestra fe en Dios, el Padre de todos, y de nuestro servicio pastoral las ponemos a los pies de nuestra Madre de Luján, Patrona de nuestro pueblo.

 

152º Comisión Permanente
Buenos Aires, 25 de marzo de 2009
Solemnidad de la Anunciación del Señor

 

 

1. CEA, “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad, 11”
2. idem, 17.
3. idem, 18.

 

 

Nº 2347 » Abril 2009

“Si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente”

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Queridos hermanos en el ministerio episcopal:

La remisión de la excomunión a los cuatro obispos consagrados en el año 1988 por el arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho tiempo. Muchos obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy.

A pesar de que muchos obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento.

Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.

Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia.

Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico.

Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.

Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación.

La excomunión afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía.

La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro obispos al retorno. Este gesto era posible después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio.

Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia.

A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los cardenales el miércoles y la plenaria anual o bienal) garantizan la implicación de lo
s prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar.

No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive.

Espero, queridos hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más importantes?

Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: “Tú… confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: “Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 Pe 3,15).

En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.

Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes.

En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo- está incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor “hasta el extremo” debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la encíclica Deus caritas est.

Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota.

Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que “tiene quejas contra ti” (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible– en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto?

Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?

Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces?

¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.

Queridos hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15 *. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: “No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: Amarás al prójimo como a ti mismo. Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente”.

Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este “morder y devorar” existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada
. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los gálatas? ¿Que quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor?

En el día en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones.

Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.

Con una especial Bendición Apostólica me confirmo vuestro en el Señor

BENEDICTUS PP. XVI

Vaticano, 10 de marzo de 2009

Nº 2347 » Abril 2009

Postales fueguinas

por De Vita, Pablo · 1 Comentario 

Es costumbre del viajero realizar una serie de apuntes sobre las impresiones que genera todo lugar desconocido. Algunos recuerdos se esfuman rápido de la memoria, otros permanecen inalterables como lo mejor de ese tiempo efímero. Al acercarse al extremo austral de la Argentina, la sensación de estar perteneciendo a otra realidad se hace presente.

 

Territorio nacional hasta 1990 y por lo tanto provincia más joven del país, la historia de Tierra del Fuego es tan azarosa como impactante. Yámanas y Onas habitaban desde hacía diez mil años la porción fría del territorio que exploró Fernando de Magallanes en 1520. De lento arraigo, sus tierras fueron recorridas por holandeses, ingleses, croatas y españoles hasta que el misionero anglicano Thomas Bridges y la misión católica salesiana de Río Grande, al aceptar la soberanía argentina, izaron nuestra bandera.

 

Con capital eminentemente turística, Ushuaia; otra ciudad de cónclave industrial, Rio Grande; y una menos conocida pero cabecera del imponente lago Fagnano, Tolhuin, Tierra del Fuego posee 27 localidades que administra, en lo político, la primera mujer en ser electa gobernadora de una provincia en toda la historia argentina. Su belleza natural compuesta de lengas, ñires, canelos y glaciares aloja los lobos marinos, pingüinos, cormoranes y aves antárticas.

 

Ushuaia es cautivante: a orillas del canal de Beagle y con la cadena montañosa del glaciar Martial como fondo, se extiende la ciudad fundada por Augusto Laserre en 1884. Sus casas bajas, sus calles ondulantes y su famosa bahía rematan en un extremo en el no menos conocido Museo Marítimo y del Presidio, antigua cárcel de reincidentes que tanto fascinara al cine. Allí encontró su destino final el Petiso Orejudo, uno de los presos más peligrosos que alternó su estada con presos políticos (Simón Radowitzky, el anarquista que asesinó al jefe de la Policía Federal, Ramón Falcón, entre otros militantes socialistas y anarquistas allí deportados) hasta que se dispuso el cierre definitivo del penal en 1947. También conocieron el confinamiento en habitaciones de casas fueguinas dirigentes políticos de renombre como Ricardo Rojas u Honorio Pueyrredón, cuando el régimen de José Félix Uriburu se encarnizaba en la persecución política.

 

Devenido en uno de los museos más interesantes del país, en los pabellones del antiguo presidio se sitúan el Museo Antártico, del Presidio, Marítimo y de Arte Marino. Sobre este último, su director Carlos P. Vairo, señaló a Criterio la importancia que para la provincia tiene la conformación de un patrimonio pictórico con temas referidos a la náutica y la etnografía marina, y firmas como las de Eduardo Sívori, Fortunato Lacámera, Juan Carlos Castagnino, Benito Quinquela Martín, Antonio Berni, Raúl Soldi y Vicente Forte, entre otros. Se posibilita así que los jóvenes tomen contacto con la pintura sin tener que movilizarse hasta Buenos Aires para participar de una exposición de tal calibre. También se realizan muestras temporarias en la Galería de Arte que dirige María Alejandra Rosell, como fueron las de Gabriela Pertovt, Griselda Ferreyra, Jesús Marcos, Alicia Giacomelli y Javier Iparraguirre, todos artistas de trayectoria, provenientes de diferentes puntos del país e invitados a exponer su obra.

 

La ciudad tiene otros atractivos culturales importantes como la Bienal del Fin del Mundo, el Cine Club Ushuaia (que contrarresta la deficiente programación del cine local), y el afamado Festival Internacional de Ushuaia dedicado a la música clásica.    

 

De clima frío y día prácticamente continuo durante el verano, las largas jornadas significan una opción fundamental para el visitante. Así los paseos pueden realizarse desde un insólito amanecer a las 4.30 de la madrugada hasta bien entrada las 22, cuando comienza a caer la noche. Pese a su intención de ser atractiva para el turismo internacional, los visitantes extranjeros son los que más protestan cuando los precios revisten un carácter que el servicio no presenta, sobre todo en gastronomía. Las distorsiones de precios son, en algunos casos, demasiado significativas.  Mal argentino, se sabe que el turista es “ave de paso” a bordo de cruceros y difícilmente retorne a estas tierras, pero se olvida que el famoso “boca a boca” las desestimará, sobre todo en tiempos de crisis internacional. Valga un ejemplo: una cerveza en un restaurant es más costosa que en la mismísima Praga, cuna internacional de esa bebida, y su precio convertido en euros es aún más alto que en España, tal como confió un turista de aquél país.

 

Sí observa una inmensa eficacia y es acorde al estándar del turismo internacional el Tren del fin del mundo. Originariamente conocido como el “tren de los presos”, el tendido, de trocha angosta, se utilizaba para que los reclusos confinados en el presidio fueran conducidos al bosque y trabajaran en la tala de árboles. En la actualidad, con una traza acortada en siete de los veinticinco kilómetros de la extensión original, una parte del trayecto atraviesa el Parque Nacional Tierra del Fuego y deja ver en su recorrido, amén de los magníficos paisajes, los restos de raíces y troncos que los reclusos talaron hace más de 70 años. Gracias al frío, la degradación natural de la madera se produjo con extrema lentitud; por eso que existen los vestigios de aquella misión en el valle del Río Pipo. Si bien la trocha del ferrocarril es lo único original (la máquina y un vagón del tren se encuentran en exhibición en el Museo del Presidio), lo bucólico de los paisajes matizados por la gracia de la pequeña formación a vapor, además de una guía completa en español, inglés y portugués, hacen del paseo un verdadero deleite.

 

Dentro del Parque Nacional Tierra del Fuego, que presenta un típico paisaje glaciario, la Bahía Ensenada, el lago Roca y la Bahía Lapataia, con su suave mirador, son tres de los atractivos de la zona. Creado en 1960 y con una extensión de 63.000 mil hectáreas, limita al este con Chile (al punto limítrofe hito XXIV puede accederse luego de tres horas de escarpada caminata), y alberga el final de la Ruta Nacional N° 3 o Panamericana, a 3079 kilómetros de Buenos Aires. Alarma que las áreas protegidas sólo representen un 3,5% del territorio y organizaciones ambientalistas consideran que la conexión a través de un “corredor biológico” con la península Mitre resulta indispensable. Diversos senderos son ideales para caminatas de diverso grado de complejidad en el interior del parque.

 

Al sur, el Parque Nacional limita con el Canal de Beagle, geografía que salvó del conflicto bélico la mediación papal y su eficiente ejecutor, el cardenal Samoré, hace treinta años. El paseo resulta la máxima excursión marítima para el turismo en Ushuaia. La combinación necesaria de suerte y olfato hizo que la elección recayera en un barquito de hace cincuenta años antes que en los modernos catamaranes que se agrupan en el puerto. Nunca la experiencia pudo ser más satisfactoria, dado que el “Barracuda” permite acercarse a la costa de las islas del circuito con increíble proximidad y su ambiente anticuado hace que el paseo también sea una suerte de viaje en el tiempo. El capitán Danilo Clement cuenta el increíble dato de que la nave tuvo un primer circuito para la navegación por el río Paraná en los años ‘50 y que en 1975 fue la primera en realizar travesías turísticas en la Bahía. Con velocidad crucero de ocho nudos, el “Barracuda” atraviesa las gélidas aguas para llegar al faro Les Eclaireurs, el más austral pese a que Julio Verne inmortalizó al de San Juan de Salvamento en “El faro del fin del mundo”. Allí tuvo lugar una suerte de Titanic a la criolla cuando el buque Monte Cervantes, que paseaba con la crema y nata de la aristocracia de la década del ’30, se hundió después de una extraña maniobra. Nadie, a excepción del Capitán por aquello de “defender el honor”, resultó muerto en el hundimiento.  

 

Alejada geográficamente de Buenos Aires, los reflejos de la televisión sobre la realidad nacional agigantan sus distorsiones al brindar sólo crímenes, caos y marginalidad en contraposición al tranquilo discurrir en la provincia. Si bien los conflictos de carácter gremial y económico permanecen ignotos para el visitante, el cotidiano que muestra el caos urbano sumado a los crímenes diarios de la violencia en el Gran Buenos Aires son postales en movimiento de poco correlato aquí, aunque signifiquen un modelo no edificante de consumo que tiene presencia las 24 horas del día, interrumpiendo la paz de este lugar en el mundo. Pareciera que aún debe aprenderse de estas geografías a las que se bombardea mediáticamente aunque no exista nada más impropio que una congestión de tránsito ante semejante paisaje. 

Nº 2347 » Abril 2009

Las manías conspirativas en la Argentina

por Del Bosco, Guillermo · Comentar 

 

En nuestro país suele circular una especie de “teoría” de conspiraciones (¿cabe realmente llamarla teoría?) como recurso del que abusan sectores que pretenden adjudicar los sucesos y los miedos a fuerzas siniestras, generalmente externas, casi siempre demoníacas. Si bien las opiniones sobre a qué atribuir las desgracias son variables, hay algunos sujetos de atribución que se reiteran. Entre los más permanentes, al menos en el pasado, figuraron la masonería, el comunismo, el capitalismo, los Estados Unidos. Y hasta jesuitas y judíos aparecieron en los elencos estables conspirativos.

 

En la actualidad los recursos naturales, como la tierra, el agua, el petróleo, el gas, los minerales, parecen ser los ejes de supuestas confabulaciones. Conviene aquí citar al gran escritor Alejandro Herzen (1812 - 1870), que explicó: “Si la historia siguiera un libreto establecido, perdería todo interés, se volvería innecesaria, aburrida ridícula…La historia es toda improvisación…”.

 

Karl Popper fue uno de los filósofos que con más sagacidad analizó en el siglo XX la teoría conspirativa. Judío austríaco, su experiencia en vísperas del arribo del nazismo al poder y de la Segunda Guerra Mundial lo indujo años después a abordar el tema en La sociedad abierta y sus enemigos, su obra más famosa (aunque tiene varias similares), y en artículos y conferencias recogidos en Conjeturas  y refutaciones. También aparece en la recopilación de David Miller, Popper: Escritos selectos.

 

Aclara Popper que la conspiración “es justamente una variante…de una creencia en dioses cuyos caprichos y deseos gobiernan todo”, originada en  las leyendas de los dioses conspiradores descriptas por Homero.

 

Popper no niega que existan conspiraciones. Por ejemplo, acepta como tales a las revoluciones que llevaron al poder a Lenin y años después a Hitler, pero aclara: “Lo que quita fuerza a la teoría conspirativa es que son muy pocas las que se ven finalmente coronadas por el éxito. Los conspiradores raramente llegan a consumar su conspiración.”

Según el filósofo, quienes sostienen dicha teoría enfatizan que “todo lo que ocurre en la sociedad  –especialmente sucesos como la guerra, la desocupación, la pobreza, la escasez– es resultado del designio de algunos individuos y grupos poderosos y secretos” (los Sabios Ancianos de Sión, los monopolios, los capitalistas,  los imperialistas, etc.) Señala: “Se  trata de un mito… Es la concepción errónea de que cuando ocurre algo malo, ello se debe a la mala voluntad de un poder maligno”.

Además, relaciona dicha teoría con el historicismo, que argumenta que “la historia de la humanidad sigue una trama” y  refuta cualquier determinismo al afirmar que “no todas las consecuencias de nuestras acciones son voluntarias o queridas y, por lo tanto, la teoría conspirativa de la sociedad no puede ser cierta pues equivale a sostener que todos los resultados, aun aquellos que a primera vista no parecen obedecer a la intención de nadie, son el resultado voluntario de los actos de gente interesada en producirlos”.   

 

Umberto Eco –que sigue a Popper–  agrega: “El síndrome del complot sustituye los accidentes y las casualidades de la historia por un proyecto malvado y siempre oculto”. Recuerda que Daniel Pipes pone al descubierto la lógica de este razonamiento en su obra El lado oscuro de la historia, en la cual comenta que diplomático austríaco Metternich,  al enterarse de la muerte del embajador ruso habría dicho: “¿Cuáles habrán sido sus motivaciones?”(1) En otro artículo, Pipes denuncia a Stalin y a Hitler como grandes inspiradores de las  fabulaciones conspirativas(2). En términos generales, la teoría conspirativa forma parte de una cultura que tiende a simplificar los acontecimientos históricos, aun los más complejospasando por alto si existe o no una “evidencia verificable” de su existencia. Se trata de una cultura que demuestra tener graves debilidades internas (en los sujetos que la sostienen, y en sí mismo), además de evidenciar resentimientos, prejuicios y hasta odios que impiden reconocer los hechos y toda la realidad con racionalidad.  Sólo atina a fundamentar el transcurso histórico en el actuar de “fuerzas siniestras” que se escudan en el secreto y que buscan, a través de la conjura, apoderarse de la conducción de una sociedad, una nación, un país o un grupo social determinado –y hasta de todo el mundo–, para lo cual se valen de todo tipo de recursos: las guerras, la transmisión de enfermedades, la adquisición de empresas y de tierras, el dominio de minerales estratégicos y de elementos indispensables para la existencia humana, como el agua dulce.

 

Cabe tener en cuenta que los seguidores de estas tendencias conspirativas las explican tanto desde la derecha como desde la izquierda. ¿Quiénes dirigen esa confabulación? Desde el siglo XX, dicen sus afectos, los responsables son frecuentemente los mismos y puede llegar a actuar de consuno; por ejemplo: el muy genérico “imperialismo”, la plutocracia, la masonería (algo en desuso ya), los judíos (aún son acusados, a pesar del Holocausto) o el comunismo; Francisco Franco, por ejemplo, hablaba de una conspiración contra su Gobierno en esa línea. En la actualidad, algunos de sus prosélitos divulgan, por ejemplo, que la unión de países como Estados Unidos y de movimientos como el sionismo alcanzan el nivel más alto de la conjura. 

 

Un caso típico en la teoría de la conspiración es la figura clásica del “chivo emisario”: un mecanismo inconsciente de simplificación ideológica que puede formar parte de la cultura de un grupo, que descarga las culpas y frustraciones sobre uno o varios actores (3).

 

Popper reconoció que la teoría conspirativa “se halla muy difundida, aunque contenga muy poca verdad”, y la Argentina ha sido víctima de esta forma de explicación de las cosas. Encontró terreno fértil para su expresión en buena parte de la sociedad argentina. Se justifican así las distintas crisis vividas como país con el argumento del “chivo emisario”. Se sintetiza que determinados hechos se debieron a una “confabulación internacional” en la que intervienen agentes internos, países “imperialistas”, organismos financieros, minorías, etc.

 

Estas teorías se construyen mediante los diversos discursos de las corrientes nacionalistas, que explican la situación que vivía el país como consecuencia de “conspiraciones” fraguadas entre la oligarquía y el imperialismo de turno, por ejemplo, como la más clásica. El abogado, poeta y ensayista político de hace dos generaciones, Federico Ibarguren, calificaba a las fuerzas externas como plutocracia, judaísmo y masonería y a las internas como a sus respectivos testaferros (puede verse en Los Nacionalistas, de Marysa Navarro Gerassi). FORJA populariza esa teoría, que en el caso anterior estaba restringida a círculos reducidos. Incluye a los Estados Unidos y en el país a los “antipatria”, los “vendepatria” y los “cipayos”, neologismos clásicos, muy difundidos durante generaciones, hasta el presente, fuertemente descalificativos que forman parte casi ineludible del vocabulario político para desacreditar a los opositores. La influencia del nacionalismo de derecha y de FORJA se extendió al peronismo e incluso, aunque parezca insólito, hasta a la izquierda marxista.

 

Perón calificaba a la conspiración de fuerzas internas y externas coaligadas contra gobiernos nacionales y populares como “sinarquía”. Dentro de ella incluyó al capitalismo, al comunismo, a la masonería, al judaísmo y a la Iglesia católica –“que cuando le pagan, entra”(4)– llegó a presumir. Afirmaba que su caída en 1955 se debió a una conjura entre “la sinarquía internacional y el cipayismo vernáculo”(5), y comentó: “Yo me fui del país porque estaban los ingleses y los norteamericanos detrás de esto (su derrocamiento) y no quise hacer una guerra civil” (6).

 

En la Argentina la teoría conspirativa tuvo diseños variables que permitieron explicar una gran variedad de hechos, y hasta para negar actos de corrupción. Actualmente atiende con exaltada preocupación temas como el agua y la tenencia de la tierra. En el primer caso, el asunto más emblemático en la Argentina es el de Douglas Tompkins, quien tiene tierras en la Patagonia y en los Esteros del Iberá, sobre el acuífero guaraní. Recurrentemente es acusado de querer controlar cursos o cuencas de agua con intenciones sospechosas; según Clarín, “sus enemigos creen que viene por el agua” (7). Al principio se le imputaba ser un instrumento de intereses norteamericanos, pero luego se agregó que es de ascendencia judía, con lo cual la confabulación saltó de categoría. En Argentina y en Chile es un defensor del medio ambiente, es decir, una visión precisamente opuesta a la de los partidarios de la teoría conspirativa. Y en caso de que pudiera haber “conjurados buenos”, Tompkins estaría complotando a favor de los ecosistemas.

 

En diciembre de 2007  tomó estado público un artículo de la revista Fortuna (8) referido al entonces presidente George W. Bush y a su hermano Jeb, el ex gobernador de Florida, quienes junto a “socios israelitas, cubanos, chilenos y judíos” (Soros) se disponían a comprar tierras en Córdoba, Neuquén y otras provincias en las que hubiera fuentes de agua. Una vez purificada, la trasladarían por barco (en tanques) a Escocia para envasarla y venderla en Europa bajo la marca “Patagonia Valley Gourmet”. El relato señala que una de las partes había festejado el acuerdo con salmón kosher y vino chileno. El tema fue debatido, a comienzos de 2008, en un popular programa periodístico de televisión que suscitó entre la mayoría de los invitados manifestaciones de desconfianza por la presencia de extranjeros interesados en adquirir campos en Argentina e ingresar en el negocio del agua.

 

Según Roberto Bendini, entonces jefe de Estado Mayor del Ejército, el agua hace a nuestra defensa nacional –lo que la eleva a la categoría de “hipótesis de conflicto”. Pero resulta que también desde ya hace varios años el país exporta agua mineral y agua gaseada. En el año 2007 el monto ascendió a 156.681 dólares, siendo nuestros principales compradores Chile, Países Bajos, Estados Unidos; no debe ser fácil competir con el agua envasada por países que tienen larga tradición en el mercado mundial como Francia, Italia, etc. Pero más allá del volumen, si es malo que los extranjeros exporten agua, ¿será lícito que lo hagan argentinos? Esta contradicción perfecta no parece hacer mella.

 

En cuanto a la tenencia de la tierra, los extranjeros que compran o manifiestan estar  interesados en adquirir campos en la Argentina, particularmente en la Patagonia, están bajo sospecha. ¿Cuál será su interés real?, suele escucharse, como si esa región hubiera sido históricamente ajena a capitales, empresarios y trabajadores extranjeros.

 

Con respecto a la extranjerización de la tierra, los escépticos pueden considerar que desde nuestros orígenes como Estado independiente los extranjeros fueron grandes, medianos y pequeños propietarios, pero honraron el campo con su trabajo y apostaron a la innovación. Tal vez se pretenda expulsar a los holandeses, que están desarrollando la fruti-horticultura en Formosa, o negar que la calidad de los vinos argentinos, en crecimiento en cuanto a las exportaciones, es deudora al menos en parte de las inversiones  italianas, francesas, portuguesas, chilenasetc.

 

Es muy de lamentar que se desconfíe de todo forastero que quiera comprar, arrendar o trabajar tierras. Quizás estas teorías conspirativas traten de explicar la evidente presencia de bolivianos al sur del Río Negro. Como inmigrantes respetados por su laboriosidad ¿se librarán de la acusación de formar parte de una confabulación o se convertirán en chivos emisarios de algún preconcepto racial? Ciertamente su presencia se explica porque están haciendo trabajos que el común de los argentinos rechaza en esas latitudes. ¿No estará pasando lo mismo con los inversores extranjeros?


Notas:


1. La Nación, Buenos Aires, 20/I/2008.

2. The New York Sun, 14/I/2004.

3. Harry Johnson, Sociología: una introducción sistemática, Ed. Paidós, Buenos Aires; 1972.

4. Gambini, Hugo, Historia del Peronismo, La Violencia: 1956-1983, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 2008.

5. Perón, Juan Domingo, La hora de los pueblos, Ed. Norte, Buenos Aires, 1968.

6. Peicovich, Esteban, El ocaso de Perón, Ed. Marea, Buenos Aires, 2008

7. Revista Viva, 7/IX/08.

8. Revista Fortuna, Año II, N° 238, 15/XII/07.

Nº 2347 » Abril 2009

La mirada de Cristo

por De Carli, Francisco · 1 Comentario 

¿Mira Dios en, y a través de, la obra del artista? ¿O es la obra más bien reflejo de lo que el artista ve de Dios? No resulta ilógico, en primera instancia, inclinarse por esta segunda opción. El artista, de alguna manera, pone en imágenes –o en palabras, en acordes…–un mundo interior. Plasma, podría decirse (1). Así, pues, lo que él representa se le presenta antes, ya sea a través de los sentidos y su percepción del mundo exterior, ya sea desde su imaginación, su mente o su espíritu. Incluso, tal vez, desde su experiencia de Dios. Y es que la tarea del artista, según Juan Pablo II, es “poner en contacto las capacidades operativas, dando forma estética a las ideas concebidas en la mente” (2).

 

Cuanto más nos acerquemos a la comprensión de una obra religiosa, mejor podremos ponernos en la piel del artista. No nos olvidemos que él experimentó la mirada de Dios. ¿Podremos vivir lo mismo comprendiendo con plenitud –asumiendo que eso fuese posible– su obra?

 

Creer esto no deja de representar un sueño inconcluso, una meta trunca. La mirada experimentada por el artista fue de un modo particular suya y propia, y lo que nosotros tengamos que ver –y yendo al caso, la mirada de Dios sobre nosotros– no tiene por qué ser idéntico a lo que vio el artista. Resulta ilusorio creer que la obra es un reflejo inefable de lo experimentado por el artista. Tal vez resulten ilustrativas al respecto estas palabras de Juan Pablo II: “Todos los artistas tienen en común la experiencia de la distancia insondable que existe entre la obra de sus manos, por lograda que sea, y la perfección fulgurante de la belleza percibida en el fervor del momento creativo: lo que logran expresar en lo que pintan, esculpen o crean es sólo un tenue reflejo del esplendor que durante unos instantes ha brillado ante los ojos de su espíritu”. (Op cit).

 

La obra de arte, según la lógica platónica –no en vano echa el filósofo a los artistas de su República–, no es más que un pálido reflejo de la Idea original. En definitiva la obra es culminación y condensación del proceso del artista, y punto de partida o catarsis del nuestro, que es independiente del primero, aunque pueda enriquecerse con sus aportes.

 

Además, cometemos el error de considerar que una mera contemplación racional (que nunca puede llegar a ser acabada y completa) de por sí basta para hacer propio lo que la obra –y, a través de ella, Dios– tenga para decirnos a nosotros y no al artista. Lo que la obra tiene de único y particular para cada uno, y que excede a lo que haya dispuesto el artista, corresponde más bien al plano de la revelación (3). 

 

¿Qué procesos de catarsis (divina) y cuáles de condensación se han dado en la historia? No cabe duda de que más de los que puedan contener las páginas de cualquier libro; sin embargo, nos detendremos en una serie de ejemplos de obras canónicas que nos permitirán adentrarnos en el misterio de mirarlo y de ser mirados por Él; en definitiva, el encuentro de los ojos de Dios y de los hombres.

 

El arte paleocristiano

 

Ya en los registros artístico-artesanales de los primeros cristianos se pueden encontrar imágenes representativas de Cristo que denotan gran ternura y cercanía. Esto tiene íntima relación con situaciones de vida particularmente difíciles.

Estamos en pleno Imperio Romano, mano férrea de parte de los Césares y la proscripción de la nueva religión considerada peligrosa, contraria a la autoridad y hasta quizás subversiva (no olvidemos que, en un mundo regido por el sistema esclavista y en el que el César era endiosado, la idea de la igualdad de todos los hombres ante Dios, por sólo nombrar una, resultaba inquietante), convirtieron a las primeras comunidades cristianas en víctimas de numerosas persecuciones y matanzas. La fe de estos grupos, sin embargo, parecía robustecerse más y más. No deja de sorprender, como puede verse en el arte cristiano durante la proscripción, la esperanza y la serenidad con que afrontaban la muerte y la persecución en una sociedad tan viciada y vacía de sentido.

 

Probablemente nos permita entender mejor esto la firme confianza que se tenía en la Resurrección a la vida eterna (habiendo preparado Cristo el camino con la suya propia), de la cual la terrena era un mero anticipo y preparación. Esta idea es de las más representadas en el arte paleocristiano, y no es casual que fuera en sarcófagos y tumbas donde más proliferara.

 

La realidad de la proscripción forzaba a los primeros cristianos a mantener sus actividades en secreto, y esto conllevó una comunicación a través de distintos sistemas de códigos y de símbolos. Así, el arte paleocristiano toma las bases del arte romano de la época (numerosas veces las mismas temáticas) y lo resignifica, dándole un sentido simbólico a los elementos que para el resto de la cultura romana eran puramente naturalistas. De hecho, poco o nada cambió la estética con el advenimiento del arte simbolista paleocristiano; sí lo hicieron los significados. Esto permitía la expresión y la comunicación de una fe vedada y prohibida por el mundo. Y decimos expresión porque las realidades que vivían estas comunidades necesitaban ser expresadas.

 

Uno de los motivos más frecuentes es el del Buen Pastor. Resulta curioso que, a la hora de representar a Dios, de volver visible lo invisible, de poner a la vista su mirada, los artistas tomaran elementos cotidianos. Las representaciones no podían ser demasiado explícitas, cierto; pero al referirse a Cristo, en vez de una figura omnipotente, solemne y magnificente como la de un rey, se solía optar por la de un pastor adolescente. Tal vez, a la hora de referirse a Dios, estas comunidades vieran antes al pastor que al juez, antes al cercano que al solemne, antes el cariño que la lejana grandeza. La imagen primera, extraída de un sarcófago, expresa a Cristo salvando el alma del difunto, representado por el animal que carga en sus hombros. Es un arte que, aún en la congoja, transmite esperanza; arte que denota el acento de la fe en la Resurrección. Los colores, cálidos y serenos, tienden a confirmar la visión de un artista –y detrás de él, a toda una comunidad– que ve a un Dios de la Esperanza, a un Dios de la Vida (son escasas las representaciones de la cruz en este período), a un Dios cercano (debemos estar atentos, sin embargo, dado que el uso de los colores podría más bien corresponder al estilo naturalista imperante en Roma, del cual estos artistas tomaban la estética pero no el significado original).

 

Iconos y mosaicos

 

Todo ello cobrará un giro radical con la legalización y la posterior elección del cristianismo como religión oficial del Imperio. Se abandona la recurrencia a lo secreto y, con ella, al uso de lugares ocultos y austeros para el culto. Junto a esta nueva búsqueda de espacios mayores, majestuosos e imponentes, ligada a la difusión de la nueva religión entre gente de clases cada vez más acomodadas y ligadas al poder –como los propios emperadores– surgirá un nuevo tipo de arte religioso, impregnado de influencias orientales y libre ya del estilo pictórico naturalista romano: el arte de los íconos y los mosaicos bizantinos.

 

Ver una imagen representativa de esta época como el Pantócrator de Sant’Apollinaire Nuovo, Ravenna, marca el cambio. Ya no predomina un Dios sencillo, pobre y cercano; vemos al Pantócrator, impregnado de la majestuosidad y la pompa de los grandes reyes y emperadores. Es un Cristo eterno, inmutable, que trasluce con facilidad su condición divina. Hubo un cambio en la perspectiva: se al Dios poderoso, omnipotente, de mirada fija y alerta. En ese arte, más que la forma, importa la esencia; de hecho, voluntariamente se despoja a las imágenes de elementos como el volumen y el fondo, recurriéndose a la planimetría y a los fondos dorados como muestra de un Dios que está más allá de lo que nuestros sentidos perciben; un Dios de mirada penetrante (y sin embargo serena y amable) que invita a ir más allá de las apariencias (recordemos la fuerte presencia de un dualismo entre materia y espíritu, entre cuerpo y alma, de  impronta platónico-agustiniana). Así y todo, se muestra bendiciente y con rasgos humanos, sin perder la majestad y el hieratismo que nos invitan a ir más allá. Es un arte donde el simbolismo supera y desborda cualquier vestigio naturalista: todo, incluso las proporciones, los colores, las formas y los tamaños, están definidos más por el significado que por la estética. Es un arte de profunda exposición teológica, exposición que enseña a los creyentes y a la vez funciona, según Juan Pablo II, “en cierto sentido como un sacramento” (op.cit). Siguiendo en esta línea, un destello de ese Dios infinito se manifiesta a través de los íconos; se hace presente y mira a través de ellos.

 

El arte bizantino ejerció una influencia que perduró hasta bien entrado el románico, en plena Edad Media, y con el cristianismo como religión ya difundida por toda Europa, tanto en lo que hace al estilo de varias imágenes como a la preeminencia del significado sobre la estética, manteniendo un sentido didáctico y un rol de expositor teológico, con figuras de tamaño variable acorde a su jerarquía y superposición de escenas para representar relaciones semánticas. Uno de los ejemplos más particulares es la llamada Cruz de San Damián, de autor anónimo: imagen de un Cristo Resucitado, pero herido y clavado en la Cruz. Los numerosos personajes que acompañan la escena (33 en total) representan varios principios teológicos expresados a partir de la disposición de las imágenes y de su relación con el Crucificado.

 

Impresionan los ojos abiertos de Cristo. Pese a la cruz, estamos frente a un Dios vivo. Pese a los clavos en sus manos y pies, la cruz de fondo y la herida de su costado (es probable pauta de Resurrección que le falte la corona de espinas), Jesús mantiene los ojos bien abiertos y penetra en lo profundo del alma de quien lo contempla. Un Jesús con vida aún en la muerte; un Jesús de esperanza y gran profundidad teológica.

 

La Cruz de San Damián fue testigo y protagonista de uno de los más hermosos procesos de conversión de la historia. En una capilla destruida, Cristo tomó contacto directo con Francisco de Asís a través de la imagen frente a la cual rezaba. La imagen le habló, le indicó qué hacer. Este episodio es tal vez la más explícita mirada de Dios a partir de la obra de un artista.

 

En el convento de San Marcos

 

No lejos en el tiempo está uno de los más conocidos artistas que condensaron su experiencia de trato personal con Dios a través del arte. Guido di Pietro, más conocido como fra Angélico, se dedicó a pintar escenas de la vida de Cristo y de la biblia con  profundidad espiritual y mística. Juan Pablo II lo destaca como “modelo elocuente de contemplación estética que se sublima en la fe” (op.cit). Hombre que supo combinar imaginario divino con maestría técnica, que afirmó que nunca comenzaba un cuadro sin una oración previa y que no retocaba sus obras por considerarlas ya realizadas según el designio de Dios, abocó la totalidad de su talento al servicio de la Iglesia. Sus frescos, que se sitúan en el albor del Renacimiento y combinan influencias de grandes pintores como Giotto o Massaccio, fueron pensados para fomentar la oración. Eran su intento de transmisión de la experiencia de Dios, un puente para que otros entraran en contacto con esa realidad. Así, muchos de sus frescos se encuentran en celdas de monjes, incluso representados admirando la escena, como invitación y exhortación a la contemplación constante.

 

Se reincorporan técnicas como la perspectiva y el volumen, con iluminación difusa y de poco contraste, que contribuye a dar a las escenas ese clima de tranquilidad y sosiego que descubríamos en el Buen Pastor.

 

Sin perder sus atributos divinos y quizás más explicitados a través de los rasgos distintivos de cada personaje (la barba y el pelo largo del Cristo, signo éste de divinidad) y elementos como las aureolas, nos reencontramos con un Jesús representado en forma cada vez más humana. Así, se redescubre en el arte un Dios encarnado que comparte la misma humanidad que el resto de los hombres, de un modo idealizado, siguiendo cánones de belleza utilizados ya en el mundo grecorromano, y que más que priorizar lo esencial trascendente a la imagen, como los bizantinos, dan especial relieve a la estética. Fra Angélico supo dar cabida en un mundo cada vez más antropocéntrico a ese Cristo hombre, sin dejar de transmitir un mensaje y poner claro relieve en los significados evangélicos.

 

En Noli me tangere, uno de los frescos que pintó para el convento de San Marcos, en la ciudad de Florencia, podemos reencontrar esos colores agrisados y terrosos de la pintura paleocristiana, con una composición austera y sencilla y un aire de serena alegría gravitando en la escena. No estamos frente a una Santa Magdalena eufórica sino que tenemos delante a una muchacha que sonríe tranquila y en actitud más de pose que de movimiento. Tanto ella como el Resucitado manifiestan una bondad natural en los rostros, una serena alegría que se hace extensiva al resto de la pintura. Basta detenernos en la mirada de Jesús para percibir algo del espíritu de serena contemplación de fra Angélico, santo de la Iglesia: son ojos serenos y sencillos, llenos de pura ternura, en una suerte de composición perfecta y encuentro entre lo humano y lo divino, lo terreno y lo sublime, lo material dando rostro visible a lo trascendente, y lo trascendente llevando la materia a su plenitud. Un fra Angélico que al mirar a Dios encarnado lo descubre plenamente hombre pero, al mismo tiempo, plenamente Dios; una humanidad impregnada de un algo más, de una ternura serena que supera lo humano y remite a Dios Padre.

 

El Greco y Rembrandt

 

Dentro de la enorme profusión de obras de los siglos que siguieron hay dos en particular cuya mirada y profundo sentido espiritual quisiera destacar. La primera es El Redentor, de El Greco, pintor manierista cretense que vivió en Venecia, Roma y Toledo, probablemente uno de los artistas con mayor sello propio de la historia. Con este cuadro lo que logra es invitar al encuentro. La atmósfera de intimidad generada por el fondo oscuro y los colores terrosos, destacando sobre las sombras la figura cercana de Cristo, que tiene una iluminación propia, la sensación de una creciente cercanía, la serenidad lograda en la integridad de la figura pese al dinámico pincel de El Greco y al hieratismo heredado de los íconos bizantinos (que pierde aquí rigidez y se vuelve suave, calmo), la sensación de arrullo generada por los contornos difusos y, sobre todo, la enorme humanidad presente en su rostro, la sincera, pura, plena y (a la manera de fra Angélico) “divina humanidad”, generan la sensación de estar frente a un Dios hermano que invita al lento y seguro acercamiento, a la mutua compañía.

 

Difícil imaginar que tal obra no haya surgido de una experiencia de encuentro con Dios. En ese sentido, intenta demostrar Jerónimo López de Ayala y Álvarez de Toledo que El Greco, al modo de la sociedad toledana de la época, poseía un profundo espíritu religioso y místico.

 

La segunda de las dos obras es El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt, que, a diferencia de las anteriores, no tiene a Cristo retratado sino a Dios Padre, o al menos su representación a través de la parábola del padre misericordioso. Es éste un dato curioso pues hasta bien avanzado el Renacimiento poco se lo representa, manteniéndoselo en la esfera de lo invisible. ¡Y de qué forma lo hace visible Rembrandt! ¡Cómo emana ternura al abrazar al hijo que lo había dejado! ¡Cómo se constituyen esas figuras en foco de luz (literal y figuradamente) de la escena!

Pintor barroco, supo captar una humanidad profunda apelando al claroscuro y al dinamismo para reflejar de mejor modo la psicología y las emociones de cada personaje. ¡Cuán serena es, sin embargo, la emoción en este cuadro! Estamos ante la paradoja del momento eterno, del abrazo que parece durar días, años, eternidades, sin perder por ello el dinamismo presente en la marea de sentimientos que se desatan. Con juegos de luces, calidez de las figuras y colores íntimos y terrosos, la imagen invita, como el hijo perdido, a ir al encuentro del Padre. Este efecto se logra aún sin estar el personaje en el centro de simetría de la escena, rompiendo de ese modo un canon de composición renacentista.

 

Resulta curioso que Rembrandt haya tenido una vida licenciosa y despreocupada, en la que se rodeó de opulencia y derroche. El libro El regreso del hijo pródigo de Henri Nouwen no sólo ilumina algo al respecto sino que ayuda a comprender el misterio de la propia vida del artista y su relación con Dios plasmada en el cuadro, que fue el último que pintó. Según describe Nouwen, sus últimos años fueron dolorosos y le permitieron descubrir el fondo del abismo. La muerte de seres queridos y la ruina económica fueron algunos de los elementos que provocaron su profunda crisis. Sin embargo, a medida que se acrecentaban sus dificultades, se robustecía su arte y su búsqueda personal. Terminó el pintor retratado de alguna manera en el hijo pródigo (derrochador) y en su hermano mayor (juez duro y violento), retornando como el menor de los hijos a la casa, y retratando su experiencia de conversión de un modo significativo: no a través de la condena y el escarnio sino del abrazo de un padre. Rembrandt pinta y condensa, según Nouwen, la mirada que supo ver en Dios: la misericordiosa. Mi hijo estaba muerto y vive, resuena como un eco de la obra.

 

Un fauvista superior y solitario

 

Para concluir esta serie, vayamos a una de las pinturas en que Georges Rouault representó a la Santa Faz. El pintor francés vivió su carrera artística profundamente comprometido con su espiritualidad. Sin embargo, las particularidades de su estilo y la tragedia con la que abordaba sus temas hizo que la propia Iglesia demorara en reconocer sus obras.

 

Fauvista, pertenecía a las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. Más que por la perfección de las proporciones y la correspondencia con lo físicamente real, se preocupaba por expresar, a través de los colores y las formas, un mundo de sentimientos y emociones. Sus pinturas, por lo tanto, muestran figuras deformadas y de contornos gruesos (se cree que influyeron sus años de aprendizaje con un vidriero), con colores de tonalidades que denotan un fuerte sentimiento trágico y de desengaño frente a la hipocresía y la corrupción del mundo.

 

El arte de Rouault mostró un carácter denunciante y trágico, poniendo de relieve la tragedia humana no tanto en clave de juicio sino de iluminación, manifestando lo duro y desidealizado de la realidad, encontrando allí un principio cristiano que lo ayudaría a concientizar a la gente y generar un cambio.  Este arte es directamente representativo de un mundo interior atormentado y de intensa búsqueda. La obra escogida, sin embargo,  posee importantes diferencias y pertenece al último período de su vida, en el que vivió más sosegado y feliz. Esto se hace patente en un Cristo representado con colores cálidos y serenos. El dolor no está ausente como lo estaba tal vez en el Cristo de San Damián; de hecho, la realidad dolorosa del hombre sigue plenamente representada. El artista pone de manifiesto un Dios que se hace visible no sólo en la idealidad del hombre sino también en su dolor. Cristo está dibujado con el mismo trazo grueso y dramático que en el resto de las obras de Rouault. Y, sin embargo, no se nos presenta como uno más. Hay algo distinto en la Santa Faz; un rostro sereno aún en esa realidad tormentosa. Los ojos de Cristo denotan sufrimiento, pero encarado con serenidad. Es el Cristo que asume el dolor humano con dignidad y entereza. Es el Cristo que no sólo se compenetra con nuestro dolor sino que hace presente a Dios en Él. Es el Cristo que en el dolor y a través de él, en la Cruz, redime.

 

Podemos apreciar, en ese sentido, una mirada de misericordia, de redención frente al mundo oscuro tan denunciado por Rouault en sus creaciones anteriores. Los distintos cuadros de la Santa Faz son, de alguna manera, la culminación de su obra. La Redención que resignifica todo el dolor, que salva del pecado denunciado. La Redención que, traída desde un Padre Misericordioso como Rembrandt, se hace visible en un Hijo que ofrece la vida por la multitud. Y por cada uno de la multitud.

 

Notas:

 

1. Habla Belluci en “Las reglas imprecisas del arte” de la fruición de aspectos significativos de la realidad. La palabra fruición remite a “fruto”, que implica el florecimiento de algo que ya estaba allí en potencia.

2. Juan Pablo II en su carta a los artistas en 1999.

3. Puede resultar ilustrativo el análisis de los tres pasos del cumplimiento de la fruición de aspectos significativos de la realidad en la contemplación de una obra realizado por Alberto Bellucci en “Las reglas imprecisas del arte”. Describe el autor tres instancias: el disfrute, la comprensión y la revelación. El error consistiría en quedarse en la instancia de la comprensión.

Nº 2347 » Abril 2009

Obama, Potash y una carta

por Floria, Carlos · Comentar 

Días atrás, el diario La Nación publicó un artículo de mi autoría con el título “Hay que leer la historia sin ira”. En su párrafo inicial aludía de manera crítica a la particular lectura de la historia que expone con alguna reiteración la Presidenta, con abordajes comparativos muchas veces cuestionables. Mi intención era asumir lo que alguna vez propusimos con Rafael Braun al considerar la educación política: toda explicación política supone el difícil recorrido de, al menos, cuatro “estaciones”: la lectura de la historia, la lectura de la sociedad, la lectura de las instituciones y el abordaje de las dimensiones éticas de la vida pública.

 

El artículo en cuestión se refería a manifestaciones atribuidas a la Presidenta –que no fueron desmentidas– comparando la carrera política del presidente Barack Obama (para serlo, habría dicho, “tuvieron que pasar muchas cosas en el mundo”) con la de Néstor Kirchner, un “joven desgarbado” después de haber pasado (¿en el mundo, en el país?) otras tantas. A esas expresiones pueden añadirse otras, como la reiterada afirmación de que la Argentina viene de “doscientos años de fracasos”, lo cual no sólo incluiría  la gestión de su esposo sino a la vigencia entera de Perón y el peronismo “histórico”, el pensamiento y la gestión de figuras ejemplares y toda la formación de la Argentina moderna.

 

Ese tipo de abordaje de nuestra historia debe preocuparnos, porque el primer paso de la secuencia recomendada para la mejor explicación de la política sería un paso en falso: advierte el poeta que cuando se camina no es indiferente saber si se pisa una semilla o un despojo.

 

La mayor parte del artículo aludido trata, sin embargo, de la disputas entre los llamados progresistas e integristas en el mundo católico de medio siglo atrás (cuyas huellas persisten) y la caracterización de aquellas posiciones apasionadas y pasionales, cuando no sectarias. Sugiere ciertas analogías con querellas actuales, con rasgos aplicables no sólo a católicos, sino a expresiones políticas cuyos militantes se atribuyen la calificación de “progresistas” aunque expresen formas de ser y de pensar reaccionarias, mientras por otro lado los “integristas” casi no se manifiestan como tales aunque piensen y actúen de manera análoga a sus parientes ideológicos del pasado, y por lo tanto a sus competidores del presente.

 

El profesor Robert Potash, autor de libros magistrales sobre militares y política en la Argentina, de lectura necesaria para el conocimiento cabal de los procesos y protagonistas entre los años 30 y 70 del siglo pasado, sigue los acontecimientos de nuestro país a través de la prensa on-line, y así pues leyó mi artículo.

Su lectura le inspiró una carta que –con su consentimiento—creo interesante reproducir. En la primera parte, breve, deja constancia de una crítica sustantiva a las manifestaciones pretendidamente comparativas entre “jóvenes desgarbados” (por mi parte, recordé que el instructor militar de De Gaulle cuando éste era capitán, prestó atención a ese “joven desgarbado” con aires de “rey en el exilio”…) y refuta aquel calificativo para el presidente Obama. En la segunda parte, más extensa y testimonial, da cuenta de polémicas  universitarias en las que participó, frente a pretendidos “judíos progresistas” en los años 40. Como me dijo un gran amigo: “en todas partes se cuecen habas…”.

 

 

Dear Carlos:

Me alegré mucho de ver tu nombre impreso como autor del artículo “Hay que leer historia sin ira, en La Nación de hoy (12.II.09). Como suelo hacer para estar seguro de entender las palabras que me son desconocidas, tuve que buscar “desgarbado” en el diccionario. Sin duda, Cristina empleó la palabra, y pienso que es la apropiada para describir a Néstor Kirchner aplicable no sólo a su apariencia y modales, sino también a sus emociones y procesos de pensamiento. No ha hecho la transición desde el joven torpe hasta el hábil político, y sigue recurriendo a la belicosidad propia de algunos jóvenes al ocultar su sentido de inferioridad cuando se relacionan con otros. Cristina debería alentarlo a tomar lección de los modales políticos de Barack Obama, con quien lo ha comparado. Kirchner actúa como un chico consentido, Obama como un adulto o como lo que, para usar una palabra yiddish, llamamos mensch (Nota: “una persona de bien).

 

Tu mención de la rivalidad entre progresistas e integristas en el mundo católico de los cincuenta me recuerda las pasiones que generó en mi college el pacto entre Hitler y Stalin y la guerra en Europa. En 1940, con la caída de Francia, muchos de los que nos considerábamos liberales apoyamos una propuesta para ayudar por todos los medios a los aliados que estaban por entrar en guerra; la moción se debatió en la organización estudiantil conocida como Harvard Student Union.

 

Los estudiantes “progresistas” de entonces se oponían a la moción; los miembros reales de la Liga de Jóvenes Comunistas y sus “compañeros de ruta”, muchos de ellos judíos, que seguían prefiriendo a la Unión Soviética a pesar de sus vínculos con los nazis, en contraposición con las “potencias imperialistas” de Occidente, rechazaban la moción. Con la ayuda de un grupo estudiantil sionista con el que yo estaba involucrado y que adhirió a la Unión de Estudiantes antes de la votación crucial, la moción fue aprobada por un pequeño margen sobre la oposición de los progresistas. Desde luego, cuando nos retiramos del recinto felices con nuestra victoria, los “progresistas” exigieron una nueva votación y frustraron la propuesta.

 

Es claro que sólo éramos parte del debate nacional en torno a la política exterior que en última instancia condujo a la adopción de la política de préstamo y arriendo del presidente Roosevelt; fue un paso importante que llevó en definitiva a nuestra participación en la guerra. Mis compañeros “progresistas” se aferraron a su postura incluso cuando Alemania atacó a la Unión Soviética en junio de 1941 y nunca admitieron haberse equivocado al negarse a ayudar a los aliados occidentales. Insistían en que conocían la “verdad” y en que el resto de nosotros éramos, sencillamente, inocentes. Esta es, sospecho, la forma en que los “militantes de los setenta” en la Argentina seguirán pensando su historia.

 

 

 

El psicólogo Daniel Goleman –autor de Inteligencia emocional, un texto impactante– escribió poco después un pequeño libro titulado Psicología del autoengaño (de lectura recomendable para quienes dirigen instituciones, sea un estado nacional, una organización internacional, una universidad, una empresa). En conversación reservada con uno de sus pacientes, Arthur Schlesinger, historiador renombrado, integrante del primer grupo asesor del presidente John Kennedy, Goleman le pidió autorización para que la reserva personal y profesional propia de la relación de ambos pudiera ser “levantada” en algún caso excepcional, concerniente a su vida pública.  El psicólogo presentía la probabilidad de alguna experiencia de su paciente ilustre que pudiera corresponderse con reflexiones que tenía en elaboración. 

 

Schlesinger había vivido un episodio tenso y conflictivo. Cuando un “lobby” anticastrista de Miami propuso al Presidente una operación militar que tendría consecuencias espectaculares para el líder político a poco de comenzar su gestión: una operación comando en la Bahía de los Cochinos, en Cuba;  entre otras consecuencias, preveía un golpe contra el régimen castrista que alentaría a la oposición y produciría una crisis. Schlesinger leyó todo, como buen historiador, y entre otras dudas profundas surgió el hecho comprobable de que tal oposición con semejante capacidad de acción en una situación de poderío del castrismo con apoyo soviético… no existía. Preparó un borrador de dictamen en disidencia y lo adelantó a Bob Kennedy. Su intento quedó frustrado: el grupo asesor tendía a la unanimidad a favor del proyecto. Goleman encontró en la anécdota una base para su teoría sobre la “psicología del autoengaño” que tiende a predominar en los entornos del poder: el grupo reducido con acceso privilegiado a  quien manda, carece de disposición para el debate, tiende a la unanimidad y rechaza la disidencia. El disidente suele terminar expulsado. Siempre existe algo así como un “custodio de las almas” que vigila y desalienta las discrepancias… A una conclusión similar había llegado Irving L. Janis en una investigación que en 1972 lo llevó a escribir Victims of Groupthink, un examen de “fiascos” –según el subtítulo –que incluyen Pearl Harbor, Bahía de los Cochinos, Corea y Vietnam, inspirado entonces por las anécdotas incomparables de 1984, el libro de Orwell.

 

Todo esto viene a cuento porque la presente gestión de los Kirchner se encamina con paso firme hacia la plataforma de la psicología del autoengaño, si no están desde el principio seriamente instalados en ella. Hay antecedentes en nuestra historia política contemporánea, pero no han tenido tantos rasgos comunes reunidos en torno de las evocaciones de Orwell.

 

El caso Obama, que refiere Potash, necesita una apreciación más inteligente e informada y menos frívola que la atribuida a expresiones oficiales no desmentidas. Como se señala Russell Reno, profesor de teología en la Universidad de Creighton en First Things, revista  norteamericana de inspiración católica, el caso Obama expresa un simbolismo elocuente: “El simbolismo de la elección de un presidente negro es poderoso. Norteamérica puede tener sus defectos, arrogancia en el poder y opulencia hasta la saturación… pero la mayor significación del gobierno entrante no reside en lo más mínimo en el factor racial… obsesión antigua y hoy insustancial en la política norteamericana. Lo sorprendente de Obama es algo más profundo: desde John F. Kennedy, no hemos elegido un hombre tan íntimamente identificado con las élites norteñas”. Obama y su círculo íntimo comparten  el perfil de los intelectuales formados en la Ivy League –la Liga de la Hiedra– en la universidad de Chicago y demás. Retorna the Best and Brightest –nosotros diríamos la Flor y Nata. Obama y su gente necesitan aprovechar talentos del nuevo establishment sin dejarse dominar por éste. Y llegan para hacer frente a la enorme prueba de una crisis que el viejo y mediocre, codicioso y torpe establishment encabezado por Bush, deja como herencia.

 

La amarga crítica de Potash en el párrafo inicial de su carta, retrata el efecto bloqueante de la psicología del autoengaño al obnubilar el entendimiento de la realidad; en momentos, además, en el que no hay cambios en el mundo sino que cambia el mundo.

 

Nº 2347 » Abril 2009

La crisis financiera, ¿un problema moral?

por Groppa, Octavio · Comentar 

La crisis financiera internacional ha comenzado a hacer sentir sus efectos sobre la vida cotidiana. Semeja una inundación que penetra hasta el rincón más íntimo porque trastoca la base material sobre la cual se edifica nuestra vida.

Dado que toda crisis es una oportunidad, vale la pena detenerse a reflexionar acerca de sus causas. Según la explicación que propongan, los especialistas conforman dos grandes grupos: los que consideran que la crisis se debe a un déficit de regulaciones, y quienes la atribuyen a una causa moral (la codicia indiscriminada). ¿Cuáles son, entonces, las raíces del problema?

¿Problema moral o ausencia del Estado?

Quienes consideran que faltaron regulaciones suponen que el problema de fondo es el mercado. Básicamente, apuntan a la liberalización del mercado financiero que tuvo lugar en los últimos treinta años. Lo que se está desmoronando, entonces, es la concepción del mercado libre como receta para los problemas económicos, como la propusiera la economía neoclásica y los consejos del “consenso” de Washington. La solución sería pues sencilla: más regulaciones, mayor predominio del Estado en la economía1. Tal parece ser la apuesta que se está ensayando a lo largo y a lo ancho del globo. El Estado ya no sólo regula sino que capitaliza empresas y hasta se queda con ellas. No parece ser ésta una solución de largo plazo, pues el experimento del Estado paternalista ya fue ensayado, y sus resultados –segunda guerra mundial mediante– no son para imitar ni desear.

 

Frente a esta postura reaccionan los partidarios del libre mercado. Para ellos, es la organización espontánea más brillante que ha dado la sociedad porque permite transmitir información de manera eficiente y tomar decisiones conscientes (es decir, con conocimiento de las elecciones del resto de las personas) a los individuos. Consideran que el problema no puede radicar en el sistema y hacen recaer la culpa del fracaso en los individuos que lo conforman; se busca la causa en la moral individual. Aquí distinguen varios grupos con responsabilidades diferentes: los burócratas que insistieron en reducir tasas de interés más allá de lo que la economía real soportaba, los financistas y calificadores de riesgo inescrupulosos que desarrollaron instrumentos inviables y, finalmente, la sed irrefrenable de consumo por parte de los ciudadanos de a pie.

 

Ahora bien, si la condición necesaria para el buen funcionamiento del sistema es la transformación de las conciencias, ¿cómo lograr semejante objetivo perseguido por las religiones desde hace milenios con tan pocos resultados ostensibles? ¿O acaso debemos postular que el libre mercado funciona en una sociedad angélica? Si el problema es de comportamiento agregado, la solución no puede apelar sólo a los comportamientos individuales. Existe una asimetría de niveles. Responsabilizar a los individuos sin denunciar ni, por tanto, abordar el problema sistémico sería una forma de encubrir las causas verdaderas. Las conductas codiciosas obedecen a un sistema que da rienda suelta a la codicia y, antes que domeñarla, la premia apelando al sofisma de que ella (el afán de lucro, el interés personal) es la motivación fundamental de todo agente económico.

 

Las alternativas de educar al soberano o fortalecer al Leviatán tienen en común que mantienen la organización económica vigente. Empero, si el problema radica en el diseño del sistema, ellas no agotan los modos de acción posibles. El abordaje de la solución debe partir de una perspectiva teórica que cuestione los fundamentos del orden vigente.

El origen del crédito y el dinero

Un sistema de crédito es la manera como las sociedades organizan la solidaridad para mayor beneficio del conjunto. Los ahorros de unos se derivan a otros que los requieren para realizar actividades económicas.

 

Un problema en el mercado financiero revela una falla en la organización del crédito en una economía. En nuestro sistema, el crédito se distribuye como dinero que crean los bancos centrales y los bancos privados bajo su supervisión. Como se sabe, esta emisión secundaria por parte de los bancos comerciales implica que los fondos mantenidos en reserva sean sólo una porción del total de la oferta monetaria, pues ellos vuelven a prestar buena parte del dinero que reciben en depósito. Es fácil reconocer el riesgo de fraude que conlleva esta situación, y la historia de las finanzas está plagada de ejemplos de insolvencia. El esfuerzo por regular la creación privada de dinero debe ser enorme. El problema es que las regulaciones siempre están mirando hacia atrás. Su función es evitar que vuelvan a ocurrir en el futuro crisis idénticas a las que ya tuvieron lugar. Son inútiles para prevenir crisis inéditas; pero los estafadores siempre están inventando nuevas formas de estafa.

 

Ahora bien, del mismo modo como la palabra humana no tiene la eficacia de la divina, la mera emisión de signos monetarios no crea riqueza real. Hace falta que los receptores de dichos pagarés crean y los usen para sus intercambios. Para ello es preciso que la tasa de incremento de dichos medios corra pareja con la tasa de incremento posible de la producción de bienes. Cuando esta correlación se pierde, los agentes económicos dejan de creer (el testimonio del signo no es creíble); pero, ¿cómo será eficaz la palabra si ya no hay nadie que crea en ella? Si el reembolso de los valores emitidos no puede realizarse en un plazo no infinito, el dinero pierde su significado y se convierte en signo vacío (un pedazo de papel, si el dinero es representado por un papel). Esto es lo que ocurre de manera parcial (o total en los casos de hiperinflación) cuando la moneda se de-valúa. La devaluación implica reconocer que la economía en su conjunto no puede, en un plazo razonable, recuperar los valores emitidos devolviendo bienes, por lo que se genera ahorro forzoso reduciendo los salarios en términos internacionales.

La crisis actual

En el mercado global ocurre algo análogo, pero magnificado: los mecanismos del crédito se sofistican al punto de que de un solo bien real se crean varios instrumentos derivados que incrementan contablemente el valor que les dio origen. Los increíbles apalancamientos2 generados en el origen de esta crisis no son sino otra manera de crear dinero. De tal forma se consigue derivar valor –trabajo humano, en última instancia– hacia actividades que difícilmente habrían podido ser desarrolladas, pues habrían carecido de acceso al crédito. En efecto, la creación de artilugios financieros permite acumular una enorme cantidad de fondos para invertir en actividades que se espera serán fuertemente lucrativas, lo que redunda además en una concentración del ingreso y la riqueza globales. Pero llega un punto en el que el ritmo de la actividad real no alcanza para respaldar los valores emitidos en un lapso razonable. Aparecen las dudas sobre la capacidad de solvencia de la economía y la inflación de valores no puede sostenerse en el tiempo. La burbuja resultante, tarde o temprano, se pincha.

 

El movimiento mediante el cual los valores se ajustan a su nivel real no es neutral. No sólo sufren las consecuencias quienes se habían beneficiado llevando agua para su molino, es decir, quienes estaban directamente involucrados en esta derivación del trabajo de otros hacia sus propios negocios. Las cargas y responsabilidades no se distribuyen (tampoco aquí) de manera justa, por lo que se ve afectada también la economía real en su conjunto. El cáncer extiende su metástasis a todo el cuerpo.

La pretensión de crecimiento ilimitado

Ahora bien, ¿son necesarios tales fondos acumulados para la inversión? La respuesta, a mi entender, es negativa. El crecimiento no puede ser constante por estar sujeto a ciclos generados por la dinámica propia de la transformación microeconómica. La inversión es equivalente a una aceleración en la producción de bienes y toda aceleración se enfrenta a una resistencia creciente. Como consecuencia, el requerimiento de fondos excedentes para financiar crecimiento de largo plazo no puede ser permanente ni mucho menos creciente (como se vino verificando a nivel global en los últimos años).

 

Una organización económica más sana debería permitir que en las etapas de menor crecimiento los ahorros tendieran a desaparecer –por el aumento del consumo–, mejorando concomitantemente el estándar de vida de la población y la distribución del ingreso. El punto clave aquí es –como lo señala B. Lonergan– que el sistema capitalista pretende generar siempre beneficios excedentes y crecimiento agregado permanente. No está preparado para tolerar una disminución en el excedente, porque se supone que, salvo en mercados imperfectos, el mayor beneficio lo obtendrán los más eficientes, y el capitalismo es un sistema que desea premiar a los más eficientes. Lamentablemente, esta conclusión no se fundamenta más que en el mito liberal del progreso infinito. Se convierte al beneficio en criterio último, cuando no debería ser más que el motor de la dinámica económica. Y los motores sólo en un modelo teórico abstracto pueden ser sometidos a aceleración constante ilimitada.

Después de la crisis

No debe sorprendernos que, después de explotar una burbuja financiera, en los años subsiguientes el crecimiento sea menor. La masa de fondos disponibles para crédito se reduce en forma notable, por lo que las actividades que se financiaban sobre dicha estructura crediticia (ficticia) se verán severamente limitadas. Hasta tanto no aparezca una nueva arquitectura financiera las actividades que las reemplacen tampoco podrán desplegarse de manera inmediata. Para sobreponerse a la contracción del crédito, la liquidez deberá aumentar de manera de no restringir los intercambios reales por falta de medio de pago. Por supuesto que si esta mayor cantidad de dinero no alcanza para revertir malas expectativas de manera que la actividad no se contraiga, la situación deriva en una estanflación en el mediano plazo: estancamiento porque el nivel de actividad no reacciona a pesar de la mayor disponibilidad de crédito; inflación, como resultado de una mayor oferta de dinero con cantidad de bienes que no crece. Por ello dicha emisión debe favorecer sobre todo el consumo de aquellos bienes producidos internamente a fin de que la demanda agregada no disminuya y las empresas no deban reducir abruptamente su producción –y, concomitantemente, el nivel de empleo– por no encontrar quién les compre los bienes elaborados.

 

Finalmente, si el recurso a la mayor liquidez de la moneda de curso legal no es eficaz para revertir la desconfianza generalizada, quizá sea el momento de volver al patrón oro o apelar a las monedas locales o complementarias, pues la reconstrucción de la confianza sólo es posible a partir de las relaciones inmediatas.

Las conductas y las reglas de juego

La raíz fundamental de esta crisis no está en la moral de los individuos. La solución definitiva tampoco puede venir por el lado del agrandamiento de la intervención estatal si no se ponen en cuestión algunos aspectos fundamentales de nuestra organización económica que hacen al mercado de dinero y crédito. Los problemas son, a mi juicio, dos: los riesgos que impone la creación privada de dinero sobre reservas fraccionarias y –mucho más grave aún– el afán de maximización permanente de beneficios. Este axioma a partir del cual teoriza la escuela neoclásica es abstracto, pues desconoce el contexto macroeconómico. Entonces tiene origen una lucha por el ingreso como si siempre hubiera excedente por el cual luchar, en la que terminan perdiendo todos. Quienes mantienen ahorros sin consideración de la existencia o no de excedente a nivel agregado, porque a las sobreexpansiones del ciclo económico le siguen depresiones; quienes nunca fueron receptores de excedente, porque la generación de ahorro en la fase decreciente del ciclo económico sólo puede hacerse a costa del salario, de modo que difícilmente ven mejorados sus ingresos reales y, por ende, su estándar de vida.

 

El problema de moral individual viene después. Sin duda que en la génesis también existieron conductas desproporcionadamente codiciosas, pero las conductas se dan en el marco de determinadas reglas de juego. Existen contextos que favorecen los comportamientos solidarios y contextos que favorecen los egoístas. Si a diez personas hambrientas se les ofrece tan solo una ración de comida, la regla de juego implícita es que el más fuerte se quede con ella. Así se fomentan los valores que tienen que ver con la competencia y la supervivencia del más apto. Si a ese mismo grupo se les da la consigna de que por cada bocado ofrecido a un compañero se les dará el doble, probablemente los comportamientos serán diferentes. En este punto radica la cuestión moral que nos aqueja.

 

Necesitamos reglas más inteligentes. Un mundo más razonable y justo requiere menos dinero secundario, menos crecimiento ilimitado y una teoría económica más realista, no tan unilateral ni entrampada en los juegos de poder vigentes. Lamentablemente, la visión actual está muy a la zaga de los acontecimientos económicos que estamos viviendo. Pero si los pilotos desconocen el instrumental de vuelo, entonces preparémonos para más turbulencias. La justicia económica deberá seguir esperando.

 

1. Existe otra propuesta en este punto: la autorregulación por parte de empresas y entidades financieras. Quienes después de los casos de corrupción corporativa (Enron, WorldCom, Baring, etc.) todavía apuestan a ella no deberían olvidar la fábula de la rana y el escorpión.

 

2. Apalancamiento es la relación entre crédito invertido y capital propio en una operación financiera.

Nº 2347 » Abril 2009

Vieja cizaña y nuevo trigo

por Gopeguy, Pedro · Comentar 

En las últimas semanas, los argentinos escuchamos o leemos diversas opiniones de observadores; y prestigiosas instituciones advierten sobre el riesgo de que las dificultades y los efectos combinados de las crisis de origen global y local, puedan dar lugar a reacciones extra-institucionales, disruptivas y aun violentas. Alguno podría creer que somos innecesariamente originales en esto, pero –sin perjuicio de la necesidad de que nuestros ánimos se calmen– puede ser útil echar una mirada a lo que pasa en otros lugares.

 

En Alemania, que se apresta a votar en septiembre, hay políticos que expresan el temor al posible fortalecimiento de partidos nacionalistas y extremistas como reacción a la crisis. Se dice que si la población no recibe explicaciones satisfactorias sobre las razones de esta situación, pondrá en duda su fe no sólo en las virtudes del mercado, sino también en las instituciones democráticas que no supieron evitar este colapso. Una indicación en este sentido la da el hecho de que hay propuestas para que las investigaciones sobre la crisis sean confiadas a personalidades independientes, fuera del parlamento, ya que los políticos que lo integran forman parte también de la categoría social de la que se desconfía.

 

La desocupación y el temor por el aumento de la criminalidad coinciden con el crecimiento de la venta de armas en la población civil de los Estados Unidos, al tiempo que en la frontera con México se está librando una matanza entre distintos narcocarteles.

 

Como señales de signo contrario, vemos multiplicarse los contactos del más alto nivel en la dirigencia mundial: líderes progresistas en Chile, países árabes y América del Sur en Qatar, G-20 en Londres…

 

Asimismo, se van produciendo algunos hechos que preanunciarían profundos cambios para responder a lo que ya ha comenzado a llamarse “proceso de desglobalización”: los chinos piden que el FMI establezca una nueva moneda como unidad de referencia, sobre la base de los derechos especiales de giro, a esto se suma Brasil; los suizos cedieron ante la presión de los Estados Unidos para que suministraran información sobre clientes norteamericanos que evadían impuestos, con lo que el secreto bancario suizo perdió su proverbial inviolabilidad; a poco de registrarse los primeros “escraches” contra los ejecutivos de las instituciones financieras que recibieron primas millonarias en Europa y los Estados Unidos, comenzaron a producirse renuncias a dichas primas o su devolución por parte de algunos de ellos.

 

Por su parte, desde la asunción de la presidencia por parte de Barak Obama, se intentan crear condiciones para un renovado entendimiento entre Moscú y Washington, esta vez sobre nuevas bases.

 

Como puede verse, mientras la cizaña asegura estragos, el trigo que crece a su lado no deja de prometer y posibles frutos del diálogo. Algo que se verifica en el mundo y que también es posible –y necesario– entre nosotros.

 

Nº 2347 » Abril 2009

La República patas arriba

por Botana, Diego · Comentar 

Comentar el adelantamiento de las elecciones, en un marco de crispación generalizada, en donde los conflictos se intentan resolver mediante la confrontación, no resulta tarea fácil.

 

¿Qué decir? Hemos reiterado en estas páginas la necesidad de marcos de convivencia, instituciones, diálogo y consenso como herramientas para construir una nación en forma. No obstante, la maniobra elucidada por el matrimonio gobernante –una más de muchas otras– no hace sino aumentar la sensación de desazón: el límite no es la ley.

 

Quizá convenga recordar que la propuesta de adelantamiento de las elecciones, confirmada por el Congreso Nacional el pasado 26 de marzo, se inscribe dentro de una manera particular de gestionar la política. En el pasado cercano, baste mencionar la tristemente célebre resolución 125 y el “voto no positivo” del vicepresidente Cobos, como la primera y fallida acción de gobierno de la gestión encabezada (al menos en lo formal) por Cristina Fernández de Kirchner. El conflicto con el campo mantiene en vilo a la nación desde hace casi un año. La dialéctica de la confrontación y la agresión prevaleció sobre las herramientas del diálogo y el consenso. Luego, el vertiginoso cambio en la política previsional, resuelto en menos de dos meses, dejó la amarga sensación de que el apetito por la “caja” estaba detrás de esa maniobra, presentada como un salto hacia adelante en la calidad de la seguridad social. Siguió el blanqueo de capitales y la moratoria impositiva, instrumentos presentados como útiles para aumentar las inversiones genuinas en el país ante la debacle financiera internacional. Tales medidas generaron sospechas de privilegios para los amigos del poder.

 

Estas pinceladas que jalonan el último año y medio de gobierno explican, de algún modo, la nueva “herramienta” propuesta por el gobierno: adelantar la fecha de las elecciones legislativas con el objeto de “superar el escollo electoral” (tal la frase utilizada por la Presidenta), y acometerse a trabajar en pos de conjurar la crisis internacional, que –al fin– el gobierno ahora avizora seria.

 

Esta situación pone nuevamente a la República en crisis, frente al avance de un esquema de ejercicio del poder que se aleja –y mucho– de los principios republicanos, que no son otros que los que permiten formar consensos básicos ante situaciones de conflicto. Por el contrario, maniobras cortoplacistas como la propuesta por la Presidenta y homologada por el Congreso, parecieran perseguir un intento de triunfo en las urnas –aunque sea nimio– que le otorgue apoyo en los meses venideros.

 

Esta estratagema puso en aprietos también a la oposición, que se encontró huérfana de  candidatos, alianzas y acuerdos programáticos que le permitan presentar a la ciudadanía una alternativa confiable. Hoy, la discusión parece centrarse en la viabilidad de generar polos opositores al kirchnerismo, mediante el intento de conformar listas y alianzas en los distritos clave para derrotar al enemigo. Pareciera que la oposición entra en la dialéctica del oficialismo, planteando una batalla a todo o nada, en la que el triunfo de los Kirchner significará una “profundización” del modelo, y la derrota –por el contrario– su final más estrepitoso.

 

No podemos dejar de preguntarnos por la racionalidad de este planteo, el que desde la óptica del oficialismo resulta coherente con la manera en que se ejerce el poder. Pero desde la oposición, cabría esperar que el planteo sea de salvaguarda republicana, y no de confrontación y final.

 

Los obispos, en su declaración del 25 de marzo pasado, alertan sobre la necesidad de fortalecer la amistad social y las instituciones de la patria, a fin de evitar la profundización del afán de dominio y la primacía de los intereses particulares. Caso contrario –advierten– los más afectados serán los más pobres y excluidos, primeras víctimas de la crisis global en la que estamos inmersos. Las actitudes del gobierno no colaboran con el espíritu republicano y democrático necesario para conjurar una debacle de estas proporciones.

 

Por último, es bueno recordar que uno de los ámbitos fundamentales en los que la amistad social y el diálogo deberían primar es en el seno de los partidos políticos. La reforma de 1994 otorgó rango constitucional a estas agrupaciones, declarando que resultan “instituciones fundamentales del sistema democrático”. Vale la pena detenerse por un instante en estos conceptos, e imaginar a los partidos políticos como estructuras de diálogo piramidales: en la base, los ciudadanos alineados con determinadas ideas y valores, deliberan sobre los programas de gobierno, compitiendo democráticamente para sumar partidarios a sus ideas. Tal deliberación permite la sana negociación, mediante concesiones y acuerdos programáticos, que generan un ascenso desde la base hacia el vértice superior de la pirámide, a fin de elegir al o a los dirigentes que mejor representan ese consenso. En esta estructura, los extremos se suavizan y las actitudes polarizantes se ven diluidas frente al acuerdo.

 

En este simplificado esquema, los dirigentes que resultan elegidos dentro de un partido para defender sus ideas ante la opinión pública y en los órganos deliberativos correspondientes, poseen una base programática fundamentada en el acuerdo previo alcanzado.

 

Hoy, la situación es inversa: en el oficialismo, la toma de decisiones pasa por un cerrado círculo, el que una vez autoconvencido de una acción, la impone por el medio que fuera a los miembros del partido o movimiento que se dice oficialista. La oposición, como consecuencia de la fragmentación en que vive, no puede articular los acuerdos básicos necesarios para ofrecer a la ciudadanía alternativas de participación.

 

Ciertamente, la crisis de 2001 hizo epicentro en la estructura de partidos políticos. Lo que la Constitución Nacional llama “institución fundamental”, a casi nueve años de esa eclosión, no pudo o no quiso recrearse para cumplir su rol.

 

Entre las muchas cuentas pendientes de la República, la de los partidos políticos podría comenzar a otorgar pisos de dialogo y participación, tan necesarios para evitar los arrebatos cortoplacistas.

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