Durante casi un mes he vivido con Gilbert, y también con Frances, su mujer. Terminar de leer este voluminoso libro, ha sido, para mí, como abandonar la casa de un amigo querido. Aun quienes han leído su Autobiografía, o alguna de sus biografías (por ejemplo la de Maisie Wards), encontrarán en esta nueva obra una gran cantidad de material nunca publicado antes. Su autor, Joseph Pearce, que también encontró su hogar en la Iglesia católica, dedicó más de cuatro años de investigación para lograr este resultado.

 

El libro comienza de una manera curiosa para los argentinos:

 

“El 28 de mayo de 1995, el principal artículo de la sección Libros, del Sunday Telegraph, llevaba el título: ‘¿Un santo entre los periodistas?’. El artículo se originaba en una carta recibida desde la Argentina, firmada por políticos, diplomáticos y un arzobispo, dirigida al cardenal Hume de Westminster. La carta pedía la ´iniciación de los procedimientos formales tendientes a la canonización de Gilbert Keith Chesterton´.”

 

El autor no opina sobre el tema de la posible canonización de Chesterton, pero considera que la carta es un “oportuno recordatorio de la permanente influencia que él sigue ejerciendo en el mundo”.

 

El libro relata los episodios de la vida de Chesterton, desde su infancia, con vívidas descripciones de sus estudios, sus tareas periodísticas, sus famosas polémicas, sus viajes, su vida familiar, sus enfermedades, su lento acercamiento hacia la Iglesia católica (tan lento, que Hilaire Belloc no creía que alguna vez llegara).

 

Su obra de periodista, ensayista, novelista, filósofo, está descripta con minucioso detalle. Las circunstancias de su gestación, las opiniones de los críticos, resúmenes y abundantes citas, nos permiten situar esas páginas que tanto admiramos, en el contexto de una vida.

 

Vemos, así, nacer a El Napoleón de Notting Hill, El club de los negocios raros, El hombre que fue Jueves, Herejes, Enormes minucias, Charles Dickens, Ortodoxia, La esfera y la cruz, Hombrevida, La hostería volante, Breve historia de Inglaterra, Cuatro granujas sin tacha, El hombre eterno, El poeta y los lunáticos, El regreso de don Quijote, El hombre que sabía demasiado, Eugenesia y otros males, San Francisco de Asís, Santo Tomás de Aquino, Chaucer, Autobiografía, los diferentes libros sobre las aventuras del famoso detective, el padre Brown, desde La inocencia del padre Brown, en 1911, y La sabiduría del padre Brown en 1914 hasta El escándalo del padre Brown, en 1935, y toda su obra poética y periodística. Asistimos también a sus interminables polémicas con su adversario-amigo Bernard Shaw, y a sus infructuosas luchas para implantar un régimen económico alternativo, el distributismo.

 

Es imposible hacer una síntesis de este extenso libro. Sólo quiero presentar, para que se conozca el estilo del autor dos párrafos:

 

Uno de la Introducción:

 

“En esta rara combinación de diversión y filosofía, y en la conexión de la lógica con la risa, reside el secreto del encanto de Chesterton, y el secreto de su éxito como defensor del cristianismo. Es una combinación que ha disipado el agnosticismo y el ateísmo de muchos. C.S. Lewis, Evelyn Waugh y Graham Greene admiten la profunda influencia de Chesterton sobre sus respectivas conversiones. Otra que admite su deuda con Chesterton fue Dorothy Sayers. ´El fue´, escribía en 1952, ´un liberador cristiano´…

 

Uno sospecha que la lista de famosos que encontraron la fe, al menos en parte, por el contacto con Chesterton es sólo la punta de un iceberg  espiritual mucho más grande. Por cada C.S. Lewis o Sir Alec Guinness, ¿cuántas conversiones desconocidas ha habido?”.

 

El otro párrafo está tomado del final del libro:

 

El cardenal Pacelli, en su telegrama de pésame, dice que el papa Pío XI lamenta la muerte de Mr. Gilbert Keith Chesterton, “Defensor de la Fe Católica”. Y el autor comenta:

 

“Hubo una peculiaridad irónica en el telegrama del Papa, porque la prensa secular se negó a publicarlo por la razón de que ´el Papa ha conferido a un súbdito británico un título que corresponde al Rey´. El hecho de que el título Fidei Defensor hubiera sido dado al Rey, por el Papa, había sido pasado por alto, por supuesto, ya que Enrique VIII había recibido ese título de manos del papa León X, poco antes de haberse rebelado contra la Iglesia. Sin duda, Chesterton se habría divertido mucho con la insensata respuesta que su querida Fleet Street había dado al honor póstumo que el Papa le había conferido. No es necesario decir que él tenía poco en común con el monarca que había recibido antes el mismo honor de parte del Papa –excepto, quizá, el tamaño de la cintura–”.

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