La insigne figura del Libertador que hoy recordamos, su trayectoria, sus principios éticos, su grandeza moral y su conducta de soldado ejemplar, me animan e imponen formular algunas reflexiones, que sé que no conformarán a los enrolados en posturas extremas. Lo que voy a expresar lo hago plenamente consciente de mi responsabilidad. Sería una cobardía inaceptable de mi parte, si, en lugar de hacerlo ahora y ante ustedes, lo hiciera cuando ya no sea jefe del Ejército.

 

El militar en el desempeño de su cargo, ante situaciones poco gratas y difíciles, tiene dos conductas posibles: una, tratar de aislarse, con la intención de no tener que opinar y no comprometerse; otra, afrontar la situación y asumir las dificultades con sus riesgos. El ejemplo sanmartiniano nos impulsa a no eludir las responsabilidades y enfrentar los desafíos con equilibrio, sin distorsiones ni voluntarismo, con independencia de juicio y sin una actitud intolerante que nos impida percibir la realidad tal cual fue o tal cual es.

 

Hace casi tres años, en un difícil mensaje, el Ejército, consciente de su responsabilidad institucional, trató de iniciar un diálogo doloroso no sostenido, sobre un pasado que se mantiene como una herida abierta en la conciencia colectiva de los argentinos.

 

Hoy, el contexto nacional nos sumerge nuevamente en ese pasado de lucha fratricida, nos trae a víctimas y victimarios desde el ayer, intercambiando su rol, en forma recurrente según la época y tras la desesperación de quienes no encuentran explicación posible para la pérdida irreparable de sus seres queridos, sin excepciones: políticos, religiosos, sindicalistas, empresarios, militares, artistas, periodistas, policías, estudiantes, profesionales y obreros. Ello nos ata al pasado, impidiendo la reconciliación definitiva.

 

Nos duele que reaparezca el fantasma de la condena institucional de asignarnos la culpabilidad absoluta de la violencia que nos envolvió a todos. No obstante, es necesario que, una vez más, reconozcamos la responsabilidad que nos cupo.

 

La verdad es un bien preciado a respetar y es lo único que va a permitir la continuidad histórica de la institución.

 

Es tan inmoral el “por algo serᔠque escuchábamos en el pasado que no quisiéramos haber vivido, como el “yo no sabía” que escuchamos hoy, por parte de algunos dirigentes.

 

La historia es pasado esclarecido, y es pródiga en ejemplos que ilustran sobre el funesto desenlace al que conduce tarde o temprano la mentira, la distorsión, los eufemismos y el ocultamiento de la verdad. En tal sentido, recordemos que en el marco de una sociedad con pocas convicciones democráticas, nuestro país vivió años de usurpaciones del poder constitucional por militares, con consentimiento, apoyo y complicidad de parte de la sociedad civil. Habiendo ingresado al Ejército en el año 1952, y con 48 años en servicio activo, recuerdo a cierta dirigencia política, golpeando la puerta de los cuarteles en las décadas de los años 50, 60 y 70, estimulando a los militares, y calificándolos de “reservas morales y salvadores de la patria”.

 

También viví, como mis compatriotas, la violencia desatada, en la década de los años setenta por un terrorismo demencial y mesiánico, que no respetó ni el período democrático entre 1973 y 1976. Recordemos la masacre de Ezeiza, los copamientos de Unidades militares y el accionar de la “Triple A”, hechos que con sus secuelas de asesinatos, secuestros, torturas y robos, han signado a civiles y militares por igual.

 

Ante ese escenario “político-militar”, el Ejército no supo enfrentar esa realidad, con todo el rigor que emergía del orden jurídico vigente, confundiendo su accionar con el del oponente y abandonando el camino de la legalidad constitucional. En ese contexto, debemos ser claros y sinceros con nosotros mismos y con nuestra sociedad:

 

– Es cierto que cumplimos órdenes de un gobierno constitucional, pero sólo lo hicimos hasta el 24 de marzo de 1976. A partir de esa fecha perdimos la legalidad que proporciona el estado de derecho en su monopolio del uso de la fuerza.

– Es cierto que se había ordenado “aniquilar la subversión”, pero como profesionales sabemos que el concepto aniquilar se refiere a “quebrar la capacidad de lucha del enemigo” y que el aniquilamiento puede ser “físico” pero en la mayoría de los casos es “moral”. La historia militar es abundante en ejemplos de lo que expreso.

– En aquel entonces no se habló de “guerra” sino de “lucha contra bandas de delincuentes subversivos”, lo cual era una realidad. Pero como soldados sabemos que el combate debe regirse por lo establecido y aceptado en la Convención de Ginebra. Muchos de los aquí presentes y los que escuchan mis palabras en todas las Unidades saben a qué me refiero por haber sido prisioneros de guerra en Malvinas, y el resto del Ejército, por el conocimiento del “derecho internacional humanitario”, materia que se ha incorporado en los planes de estudio de nuestros institutos.

– El “subversivo terrorista” no tiene responsabilidad institucional, en cambio, el militar debe regirse por códigos que le son propios y aun por la ética sanmartiniana. La violación de los derechos del hombre, de los derechos individuales o los derechos humanos, es siempre espantosa, pero aún más cuando, explícita o tácitamente, es aceptada por el Estado.

– En una lucha o en una guerra, la figura del desaparecido es la excepción, nunca la norma; reconozcamos con humildad, que faltó atreverse al juzgamiento legal del oponente y a la aplicación, de ser necesario, de las máximas condenas. Se optó por recurrir a macabros procedimientos que privaron a los familiares de enterrar a sus muertos, contrariando con ello las normas elementales de cualquier religión.

– Haciendo historia militar, convengamos que en la lucha contra la subversión se feudalizó el accionar. Esta descentralización dio lugar a operaciones sin el control necesario de quienes tenían la responsabilidad de la conducción en los niveles más altos; esta falta de supervisión posibilitó la impunidad de algunos, muy pocos, que apartándose de las leyes, reglamentos militares y principios éticos elementales, cometieron actos repudiables y comprometieron la imagen institucional. ¿Acaso puede alguien justificar, entre otros actos, la disposición de niños nacidos en centros de detención y la sustitución de sus identidades como parte de la lucha contra la subversión?

 

En estos días, un tema ha ocupado la atención de nuestra sociedad: me refiero al concepto de obediencia. En tal sentido, quiero recordarles una vez más, lo que vengo repitiendo desde que asumí el cargo en noviembre de 1991: una orden no es una pregunta, una sugerencia, una insinuación o una invitación. Una orden tiene características compulsivas. La obediencia instantánea que esperamos de nuestros subordinados, en la paz o en la guerra, es compatible con la negativa a hacer algo inmoral, porque sólo se debe ordenar y cumplir aquello encuadrado en las leyes de la nación y reglamentos militares.

 

Esto no es nuevo, forma parte, desde siempre, de nuestra educación militar, heredada de las ordenanzas del rey Carlos III que no obligaban al cumplimiento de órdenes que causaren una violencia innecesaria. El espíritu de la obediencia a las órdenes está contenido en la fórmula de puesta en posesión de un militar cuando asume un cargo, la que expresa taxativamente: “…a quien obedecerán y respetarán en todo lo que mandare en bien del servicio y en cumplimiento de las leyes y reglamentos militares…”. Y en el mismo acto el superior que lo pone en funciones, previamente le toma el juramento de fidelidad ante la Nación y ante Dios en los siguientes términos “Juráis a la Patria, sobre estos Santos Evangelios, defender la Constitución Nacional hasta perder la vida…”.

 

Quienes conocemos profundamente la vida militar, y vivimos la experiencia de “Malvinas”, sabemos que los planteos morales ante la impartición de una orden sólo surgen en circunstancias realmente excepcionales.

 

La obediencia ciega es inaceptable y no conozco ningún país civilizado que la haya adoptado.

 

Como institución estamos participando en la consolidación de la democracia y el esfuerzo para la pacificación y reconciliación que anhelamos. Quiero hacer público mi reconocimiento y felicitación a todos ustedes, por lo mucho que hacen con lo poco que podemos darles.

 

– Son ustedes quienes sufrieron en 1982, al regreso de Malvinas, el inmerecido, oscuro e incalificable recibimiento que las autoridades militares hicieron a miles de soldados que combatieron por un sentimiento, sin haber participado de las decisiones políticas.

– Son ustedes quienes defendieron el estado de derecho y las instituciones de la República, particularmente, el 3 de diciembre de 1990, enfrentando a camaradas, en incomprensibles y luctuosas jornadas.

– Son ustedes quienes no dudaron en dar la vida ante un rebrote subversivo-terrorista que tomó el ex cuartel de La Tablada, pese a la incomprensión que sufríamos en aquel entonces.

– Son ustedes quienes concretaron la reforma y modernización del sistema educativo de los Institutos Militares, adecuándolos a la Ley de Reforma Educativa y sometiéndolo a la aprobación del Ministerio de Educación.

– Son ustedes quienes comprendiendo un reclamo de la sociedad y en cumplimiento de una decisión política del Poder Ejecutivo, implementaron el Servicio Militar Voluntario (incluyendo la activa participación de la mujer). Lo hicieron de un año para el otro, sin transición y sin recursos extraordinarios, constituyendo un caso único en el mundo.

– Son ustedes quienes desde hace 7 años se constituyen, por decisión del Poder Ejecutivo Nacional, en brazo armado de la política exterior de nuestro país, cumpliendo importantes misiones de mantenimiento de la paz, en lejanos países, ofrendando vidas y mereciendo el reconocimiento mundial.

– Son ustedes quienes con entusiasmo e iniciativa lograron una integración con los ejércitos de la región, generando medidas de confianza, comprensión y respeto mutuo.

– Son ustedes quienes a diario se brindan a nuestra comunidad en apoyo humanitario, y además colaboran con el esfuerzo científico en la Antártida.

‑ Son ustedes quienes con el más reducido presupuesto operativo de la historia del Ejército, están materializando trascendentes acciones de reestructuración y modernización.

– Son ustedes quienes en forma ejemplar respetan, acatan y colaboran con gran cantidad de requerimientos judiciales, mereciendo el reconocimiento de los jueces de la Nación.

– Son ustedes quienes no devuelven agravios y no alimentan odios.

– Son ustedes quienes dijeron nunca más a la política dentro del Ejército.

 

Todo lo expuesto pone en evidencia una conducta institucional que apreciamos no merece ser vivida bajo el estado de sospecha y culpabilidad permanente.

 

¿Hasta cuándo tendremos que seguir con este estigma que censura en forma unilateral a miles de oficiales y suboficiales que, en los años del “Proceso”, no habían ingresado aún al Ejército?

 

¿Cómo pueden sentirse la inmensa mayoría de los oficiales y suboficiales, que durante toda su vida profesional han tenido una conducta honrada?

 

¿Cómo se puede educar y formar a una institución bajo un estado de rechazo por la indigna conducta de muy pocos veinte años atrás?

 

Quiera Dios que no se nos reste la esperanza de que avanzamos por el camino correcto para alcanzar un futuro común.

 

Todavía hoy, asistimos a la frustración de jóvenes oficiales que no habiendo sido ni imputados, ni procesados en causa judicial alguna, ven cercenadas sus aspiraciones profesionales, por sólo “figurar en listas”. ¿Acaso alguien quiere volver a épocas pasadas de “listas negras” que todos repudiamos?

 

Paradójicamente, conocidos funcionarios del llamado “Proceso”, como así también algunos integrantes de organizaciones ilegales de aquellos años, no son inhabilitados hoy para ocupar puestos prominentes. Esto lo valoramos y lo comprendemos, porque con muchos de los que en el pasado eran considerados oponentes, tenemos hoy un diálogo abierto, sincero, constructivo, en un marco de comprensión, cooperación y respeto mutuo. Esto se inserta en la pacificación que debe hermanarnos; pero aspiramos a un trato igualitario y justo.

 

Señores oficiales, suboficiales y soldados: sé de la tristeza que experimentan cuando escuchan a un ex diputado de la Nación decir “el Ejército que tenemos no sirve para nada… Es totalmente inoperante y lo demostró en Malvinas”; o a otro señor diputado tildar de “anacrónicas, obsoletas e ineficientes” a las Fuerzas Armadas, o a un tercero, atribuirle a la institución ser parte de una “asociación ilícita para la venta de armas”. Quizás todo ello sea consecuencia de prejuicios por falta de conocimiento.

 

La agresión, el odio y la confrontación son emociones que separan y no dejan espacio para el reencuentro.

 

Deseamos que nuestros legisladores, particularmente los que integran las comisiones de Defensa, Presupuesto y Acuerdos, visiten frecuentemente nuestras unidades. Además de ser bienvenidos, con respeto y con orgullo rendiremos cuenta de lo que hacemos, cómo lo hacemos y con qué lo hacemos. Creemos firmemente que ello contribuirá a vencer cualquier barrera de aislamiento, de discriminaciones y de desintereses recíprocos.

 

En el último peldaño de mi carrera militar, me enorgullezco de mandar un ejército reconocido internacionalmente por su profesionalidad, sufrido, leal, disciplinado, cohesionado y respetuoso de las instituciones de la República y de los derechos del hombre.

 

Como Jefe del Ejército quiero puntualizar, expresamente, que los conceptos vertidos aquí y en el mensaje del 25 de abril de 1995, no constituyen una postura personal de quien les habla, porque de ser así tendría un valor relativo y sería perentoria. Muy por el contrario, representa la política institucional de la Fuerza, y por ello trasciende y tendrá continuidad histórica.

 

El deseo del Ejército es contribuir al reencuentro de los argentinos, y es por ello que rogamos a Dios para que nos guíe por el camino que trazó el insigne prócer nacional que hoy recordamos para que su ejemplo nos ilumine a todos y nos permita brindar un sincero aporte para que juntos, sin exclusiones, podamos: “ganar la paz”.

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