El sexto tomo de la colección “Los nombres del poder” nos acerca al hombre que allá por los años sesenta introdujo en la temática del radicalismo, tan profusa en folklorismos y emociones, un sentido más objetivo de la realidad nacional. Electo presidente constitucional en 1958, tras agotar su ciclo la Revolución Libertadora, Frondizi accedió al cargo con votos prestados (los del peronismo, obtenidos supuestamente a través del pacto Perón-Frigerio, que el propio Frondizi siempre negó), y mientras los militares lo dejaron gobernar, su oposición política tuvo otros dos fogoneros: sus antiguos correligionarios de la escindida UCR y los sindicatos. 

La disyuntiva orteguiana que contrapone al intelectual y al político abre esta biografía de quien –rara avis entre nuestros hombres públicos contemporáneos– no desdeñó el pensamiento sistemático ni en sus escritos ni tampoco en su oratoria. Y aunque resolviera aquella divergencia en detrimento de un cultivo metódico del saber –como él mismo se encargaría de recordar– “no es seguro que hubiera renunciado nunca y por entero a la idea de representar, en persona, la reunión del hombre de ideas y el hombre de Estado”, señala el autor con perspicacia. Un buen punto de partida, sin duda, para abordar a una personalidad tan enigmática y aún poco comprendida.  

Cierto frustrado intento de ingresar al Colegio Militar, antes de concluir el bachillerato, evidencia que su proyecto de vida no estuvo prefijado. Es más: el breve trienio que le insumió graduarse en la Facultad de Derecho con diploma de honor, lo mantuvo al margen de la política universitaria, no obstante simpatizar con los radicales. Su vocación le fue revelada al caer Yrigoyen y, partícipe en los actos de agitación contra el nuevo orden autoritario, sufrió la primera de sus prisiones. 

“La hora no es de premios ni de halagos”, escribió en abril de 1931 en carta abierta, negándose a recibir de manos del dictador Uriburu su diploma. No era un mal comienzo en vísperas de la reacción antidemocrática que envenenaría al país. Afiliado a la UCR en 1932, pronto asume la defensa de sus correligionarios presos por participar en una conspiración insurreccional. Mediante un sólido alegato logra la libertad de los detenidos y esta circunstancia lo arranca del anonimato. Como profesional dedicado al Derecho Civil, su labor en pro de las libertades públicas lo convertirá en militante de los derechos humanos. De aquí viene el sanbenito de “comunista embozado” con que hasta más allá de la madurez lo adornarán maníacamente sus adversarios. 

Concisión y pluma ágil valorizan el empeño de Altamirano en indagar la agitada vida política de su biografiado. Podemos conocer así el tránsito de Frondizi por los laberintos radicales, su denodado empeño para definir la identidad y la misión que el partido tenía asignada en la vida nacional, su brillante labor parlamentaria como opositor al orden erigido por Perón. Desfilan por las páginas del libro el abanderado del ideario de Moisés Lebensohn, el analista de la dependencia argentina en clave básicamente marxista, el artífice del proyecto transradical como síntesis entre masas y élites progresistas, el portavoz de la nación industrial, su amistad con Frigerio, la amplia pero frágil alianza que lo catapultó a la primera magistratura, su conflictiva relación con los militares (a quienes en vano procuró atraer a su causa a lo largo de cuatro años de gobierno y no obstante los 32 “planteos” sufridos), el giro copernicano de su pensamiento para sustentar la estrategia desarrollista, en fin, su defensa de la enseñanza libre a contrapelo de antiguas y opuestas concepciones. 

Eterno peregrino de los caminos de la política, Frondizi no terminó su itinerario en los fortines radicales: como el ave fénix, renació tras su derrocamiento, y el Movimiento de Integración y Desarrollo que contribuyó a fundar, cobijó esta sobrevida. Aunque ya gastado, donde hubo fuego… 

Quizás la rancia inquina contra sus antiguos correligionarios lo guiara al deshauciar el gobierno del doctor Illia, su tocayo, y bendecir la charrasca de Onganía, primera espuma que precedió al hervor de un país en descomposición. Concluida la vela de los espadones, al regreso de Perón y legalizado su movimiento, malos vientos aventaron sus sueños integradores, donde se reservaba un papel fundamental. En la mesa de juego él era de palo y ahora miraba de afuera. El propio Perón tenía por interlocutor privilegiado a Ricardo Balbín, su adversario de ayer (¿Cuántos recuerdos le habrá traído a A.F. verlo en ese lugar a su antiguo correligionario, de quien los quehaceres de la política lo habían alejado hacía ya tanto tiempo?). No le quedaba sino sumarse al furgón conducido por el viejo general y hacer equilibrios entre el apoyo y la crítica durante esos trágicos años del 73 al 76, donde perdería a su hermano Silvio, asesinado por la Triple A. Después, frente al terrorismo de Estado, no soslayó su apoyo a la dictadura militar, aunque cuestionara académicamente la política económica de Martínez de Hoz. 

Tras el retorno a la democracia, por la que ya no sentía apego –según propia confesión– “fue como el recuerdo viviente de otro tiempo y, para los políticos sobre todo, una suerte de patriarca al que rendían homenajes en nombre del pasado, pero cuyas posiciones públicas presentes era mejor pasar por alto”. Un triste final. 

Frondizi murió a los 86 años, un 18 de abril de 1995. Tres años antes, el Ejército lo había condecorado con la máxima distinción del arma. Acaso una tardía compensación para su malogrado berretín de ser cadete.

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