Cuatro libros de poesía de Delia Pasini han precedido al que ahora queremos comentar: Un decir se repite entre mujeres (1979), Los peces de ceniza (1984), Adiós en el original (1985) y Títere sin cabeza (1991). Toda la obra insiste tenazmente en la búsqueda de un sentido esencial que, desde las experiencias más íntimas de la poeta, se torna pregunta por el destino de todo un pueblo. Hay continuidad en la obra de Delia Pasini, pero, simultáneamente, una maduración que sorprende, que crece en cada texto apoyándose en los anteriores.

 

De artes y oficios tiene tres partes. Cada una comienza con una pequeña nota que alude al mundo de la pintura (Títere sin cabeza, se movía más bien en el ámbito de la música). Luego cada sección prosigue con una prosa en la que desde el recuerdo (en el que ocupa un lugar importante la infancia) la historia cobra sentido al hacerse historia familiar y, por tanto, personal. Surgen después los poemas, que intentan volverse sobre la historia recuperada, para simbolizarla como tradición que debiera responder a la pregunta por el destino de lo fundado.

 

“Sólo la mirada de un artista puede mitigar tanto dolor, al convocarlo”, dice Delia Pasini en su primera prosa: Caballos de bronce bajo el agua. Mitigar, convocar, no ocultar. El horror desenmascarado, sin líricas que consuelen con excesiva facilidad, es uno de los hilos de la trama de la obra de Pasini, el hilo rojo: “En tanto, parte del mundo proseguía / el horror de su faena, / forjando elegías para muertos / jamás inevitables, heroicos sólo / por la inutilidad de sus ofrendas”. En Títere sin cabeza había dicho: “Sólo madres en cuclillas sobre el pasto / anunciando a sus hijos para reinados de infortunio”. Y también: “ …canal inmundo de peste / y de conciencias”. La conciencia (o el disimulo) aparece siempre ligada al horror en la obra de Delia Pasini, que ante la hipocresía o ante la frialdad de los documentos históricos manifiesta una sensibilidad erizada y lúcida: “Cruzar siempre de prisa al otro lado / aunque no lleve a ninguna parte… Dan propinas. Llevan el nombre en andas” (Adiós en el original). “Es tiempo de impunidad”, dice en el final de su primera referencia pictórica en De artes y oficios. Y no es casual que la primera referencia sea al pintor Francis Bacon (1909-1992), que pintó a sus amigos desfigurándoles el rostro, sin que por esto dejaran de ser inmediatamente reconocibles en esas pinturas. Es decir: el dolor desfigura, nunca enmascara. Su mismo Autorretrato con el ojo lastimado lo muestra a Bacon en comunión con el dolor que toda su pintura expresa. El hecho de que en varios retratos y autorretratos pintara huellas digitales sobre los rostros indica hasta qué punto a Bacon le interesaba la asociación entre dolor e identidad. Pero la alusión concreta de Delia Pasini es a Pintura, obra que hizo famoso a Bacon, en la que, a partir de la pintura holandesa del siglo XVII, muestra una carnicería alucinante presidida por una res crucificada. (El tema de la crucifixión atraviesa toda la obra de Bacon). Bajo la res, cubierto por un paraguas negro, hay un clérigo… Ver o no ver, ésa es la cuestión. “Pingajos de carne cuelgan de los ganchos sobre el mostrador. Bacon transformado en ilustración de la galería humana. Demasiadas láminas por donde transcurrimos.” Así comienza Delia Pasini su libro. Luego, en la segunda parte, será van Gogh. La mirada sobre tanto horror se vuelve pregunta dramática: “El dolor rueda a través de preguntas que los siglos no lograrán saciar”. Hay respuestas, pero no deben acallar a la conciencia, que necesita seguir interrogándose, incesantemente, por un sentido. Y el sentido está dado principalmente por el modo de labrar un presente insuperable que impone una obligación: a pesar de todo, seguir fundando (“es necesario recomponer un orden, volverlo necesario”). Delia Pasini se ocupa, en sus primeros libros, de recuperar la infancia, de establecer un memorial, de percibir un origen. Europa está muy presente. En Títere sin cabeza, la fundación principal es la ciudad. Ahora, en De artes y oficios, ocupa un lugar principal el sentido de una tradición que compone un mundo propio, una síntesis: la ciudad, España, América latina. “España la agorera, / con su fiesta de duelo en las tonadas. / La trágica, / con la sangre impregnando los vestidos. / La alegre, / con refranes de lógica y prudencia / por aventar la condenación ante la muerte.” Según Pasini hay que estar alerta, porque hasta las ruinas pueden heredarse, según describe en Autorretrato sobre papel en blanco. La historia está siempre presente como una paradoja compuesta de huérfanos y madres: “Tantos son los que yacen sin regazo / sin una lágrima que pueda recordarlos…” (Stabat Mater). “Toca un cantar que hable de un cordero” (junto con Oneness, una de las páginas más bellas del libro) abre una esperanza que va desde la infancia, de disimulada timidez, hasta las lecciones de la vejez y de la muerte: “es redención eso que imploras sin saberlo”. La ardiente ausencia (de la que hablaba Rilke) se hace tensión hacia lo definitivo: “¿Dónde está Dios? Está en lontananza”.

 

Delia Pasini está componiendo una obra que rescata muchos elementos de nuestra tradición para forjar un símbolo abierto al futuro de nuestras fundaciones. Símbolo que va desde el más hondo dolor humano, hasta el destino y sentido religioso de este dolor. En cuanto a esto último creo que Delia Pasini está, todavía, cerca de mucho más.

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