La situación de conflicto desatada con motivo de los concursos para proveer los cargos de directores en tres museos nacionales ha tomado estado público, particularmente focalizado por la prensa en el caso del Museo Nacional de Bellas Artes. Su actual director se ha encargado de avivar el avispero al defender su permanencia en el cargo y objetar al jurado designado por la Secretaría de Cultura.

 

Con falacia, se pretende colocar el conflicto entre dos polos conceptuales: un museo abierto al público, con sentido populista, o un museo más elitista, reservado a sectores más especializados de frecuentadores del arte. Esta disyuntiva es falsa y no hace al fondo de la cuestión. Lo que se debate tiene más bien que ver con cuestiones personales y no con conceptos institucionales.

 

Es interesante observar cómo los defensores del actual director todo lo legitiman a través de la mayor cantidad de público visitante lograda durante su gestión. Se trata de una legitimación performativa, desde la eficacia supuesta por esa circunstancia. No se analizan otros aspectos, como el personalismo impuesto, la arbitrariedad y la parcialidad manifiestas al llevar a exponer allí a artistas vivos, sin ningún otro requisito que la elección del director; la realización de premios y concursos con jurados reiterados, en algunos casos carentes de idoneidad para integrarlos, (con la misma reiteración en los premiados); catálogos con textos del director que excluyen a cualquier otro redactor, en una sorprendente y heterogénea productividad. Así, la ausencia de debate serio es notoria. Circunscribirlo todo a ese enfrentamiento supuesto entre populistas y elitistas es parte de un reduccionismo inaceptable.

 

A su vez, el nombramiento del jurado para el concurso no parece haber sido acertado. Constituido por notorios opositores al actual director, su imparcialidad dista de ser evidente. Lo que se puede observar es que se quiere hacer de nuestro principal museo de arte un instrumento de poder personal, que está muy lejos de la vocación de servicio que debe exigirse como requisito para cumplir cualquier función rectora.

 

La actual gestión ha privilegiado las exposiciones temporarias que, en abrumadora cantidad, han marcado la orientación del museo, transformado, más bien, en un centro de exposiciones que compite con el Palais de Glace, el Centro Cultural Recoleta o el Centro Cultural Borges. Es una desnaturalización. Nadie puede objetar muestras como la de Antonio Berni, hace un año, o las retrospectivas de artistas que constituyen referentes para nuestro medio (Noé, Torres Agüero, Benedit y alguna otra), o las históricas (Cándido López, Prilidiano Pueyrredón), o las venidas de afuera (equipo crónica de España, los vanguardismos españoles, Henry Moore, Yaacob Agam, por citar algunas). Junto con éstas se han presentado exposiciones menores, de artistas aún no consagrados, de escaso relieve. Mientras tanto la colección de arte argentino ha quedado cada vez más arrinconada y reducida. El museo debe trabajar con su patrimonio, exhibiéndolo en forma alternativa, realizando muestras por épocas y períodos, tendencias determinadas, etc. Han transcurrido los centenarios del nacimiento de Lino E. Spilimbergo y Ramón Gómez Cornet sin que el museo se diera por enterado.

 

La Asociación de Amigos del museo así como su presidenta desde hace años, Nelly Arrieta de Blaquier, han cumplido a lo largo del tiempo una acción de reconocidos méritos. Sin su apoyo económico el museo hubiera cerrado sus puertas hace rato. En un país en el que la cultura está tan relegada de los presupuestos oficiales, sin el apoyo económico de asociaciones de esta índole es casi imposible cualquier gestión. Pero ese apoyo debe ser incondicionado, sin crear derechos. Frente a una conducción tan personalista, autoritaria y parcial como la de estos últimos años era lógico que los enfrentamientos se produjeran. Para evitarlos en el futuro sería necesario dotar a los museos de estructuras directivas más abiertas y pluralistas; tal vez, a través de un directorio presidido por el director que permita una mejor representatividad en las exposiciones y una acción más institucional que personalista. No hay que olvidar que los hombres pasan (entre otras cosas porque son mortales) y las instituciones quedan. Por último, no puede dejar de mencionarse la inoportunidad de este llamado a concurso. Si bien con él se cumple con un antiguo decreto de 1991, poco es lo que puede lograrse ante un inminente reemplazo de autoridades como lo hace suponer el proceso eleccionario del año próximo. ¿Qué necesidad había de armar todo este conflicto a tan poco tiempo del cambio?

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