Concesio, 26 de septiembre de1897. Una fecha, el nombre de una pequeña aldea, que permanecerán en la memoria de la Iglesia y de la humanidad, vinculados al recuerdo de quien aquel día, en ese desconocido rincón de la provincia de Brescia, se asomaba a la vida y a la historia: Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo Vl. Un Papa llamado a desempeñar su función en un momento de extraordinaria importancia y dificultad, y que supo responder al Señor con generosidad sin reservas.

 

Casi paralelamente, mas no sin profundos sobresaltos para la Iglesia, el mundo viviría el esfuerzo del pasaje de antiguas situaciones coloniales a nuevas independencias, de una situación de subdesarrollo extendido y a veces extremo a la búsqueda impaciente de rápidos progresos en el plano político, social, económico, y del dominio de ideologías asfixiantes, ampliamente dominantes en vastas regiones del mundo, a la afirmación progresiva –especialmente en la Europa del denominado socialismo real– de un lento pero incontenible esfuerzo para el regreso a la libertad: un mundo en fermento y en ebullición, en el que la Iglesia no sería tan solo testigo, sino activo partícipe.

 

De hecho, ella elegiría vivir ese importante período de la historia de la humanidad no de modo aislado e indiferente, sino haciendo suyas “las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de la familia humana. Otro amplio campo abierto al compromiso de la Iglesia, de sus pastores, especialmente del Pastor supremo, por la posición de prestigio y por las nuevas posibilidades de acción que la comunidad internacional iba reconociéndole cada vez más.

 

Los años de la preparación

 

Giovanni Battista Montini llegaría a las grandes responsabilidades a las que estaba destinado en plenitud de energías, próximo a los 66 años, rico de las cualidades con las que la Providencia lo había generosamente dotado y de los frutos de una inmejorable educación familiar y eclesiástica, preparado y forjado por una amplia, variada y poco común experiencia humana y sacerdotal.

 

Inteligencia superior, vivísima curiosidad intelectual, hondo interés por todas las problemáticas espirituales, culturales y humanas del momento. Dotes sabiamente cultivadas durante largos años de estudio, de meditación, de pacientes lecturas, de encuentros con distintos interlocutores.

 

Una cultura amplia y una sed prácticamente insaciable de nuevas adquisiciones. Ya Papa, cuántas veces confesaba, como con un suspiro de pesar y nostalgia, el sueño de poder encerrarse en su biblioteca, con sus libros: ¡y cuántos tenía! En cambio –como es suerte inevitable de un Papa–, entre papeles, audiencias, preparación de discursos y estudio de documentos, sus días se veían inexorablemente comprometidos; quedaban las noches, y no poca parte de éstas, tras haber terminado muy tarde de trabajar, las dedicaba a la lectura de libros a menudo voluminosos, que con mucha frecuencia mostraban sus señales y anotaciones.

 

Al mismo tiempo, una espiritualidad alimentada en sólidas fuentes y continuamente tendida hacia cumbres cada vez más altas, hasta alcanzar puntas –discretas y casi escondidas, como era en su estilo– de santidad genuina.

 

Joven sacerdote, inteligente y bien preparado, sus superiores lo envían a Roma y seguidamente se lo encauza hacia el servicio de la Santa Sede, en lugar del ministerio parroquial, o en oficinas o en un seminario diocesano, como antes había pensado y tal vez esperado. Sigue un período de preparación específica en la Academia destinada a la formación de los jóvenes diplomáticos de la Santa Sede, con una estancia experimental de algunos meses en una nunciatura apostólica (que fue la de Varsovia, en 1923 aún en fase de organización).

 

Después, a causa de sus condiciones de salud, abandona la perspectiva de un servicio en las representaciones diplomáticas de la Santa Sede diseminadas por el mundo, para ingresar en cambio en un servicio estable en el centro, en la Secretaría de Estado.

 

Con el paso de los años van aumentando sus responsabilidades, pero aumenta también su estima. Agudeza de pensamiento, elegancia de estilo, trabajo hecho “pronto y bien”, como se expresaba el secretario de Estado, cardenal Pacelli, caracterizaban a monseñor Montini. Recién cumplidos los 40 años, fue nombrado a fines de 1937 jefe de la sección de la que había sido miembro durante dieciséis años, con el título de sustituto de Asuntos Ordinarios, función que mantuvo cuando, elegido Papa el cardenal Pacelli, la Secretaría de Estado pasó a la dirección del cardenal Luigi Maglione. Al morir éste en 1944 sin que el Papa nombrase un sucesor, su autoridad y sus responsabilidades evidentemente se incrementaron mucho.

 

Cambio de rumbo

 

Nubes cada vez más amenazadoras se cernían sobre Europa. Muere Pío XI. En agosto de 1939 su sucesor trata una vez más de detener la ya inminente caída al abismo. Su admonición: “Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra” se hallaba en un texto preparado por monseñor Montini, quien en realidad había escrito: “Todo se pierde con la guerra”. Le pareció entonces al Papa demasiado absoluta esa afirmación, que pocos años después la invención del arma nuclear haría plenamente acorde con la trágica realidad.

 

Nadie podía dudar de que el servicio prestado con tanta competencia y con creciente prestigio por parte de monseñor Montini se vería coronado con un nombramiento como miembro del Colegio Cardenalicio.

 

A fines de noviembre de 1952 se anunciaba para enero del año siguiente el segundo consistorio de Pío XII, con el nombramiento de 24 nuevos cardenales. El Papa quiso que fuera de dominio público que los nombres de monseñor Montini y del responsable de la otra Sección de la Secretaría de Estado, monseñor Tardini, los había colocado él encabezando la lista preparada para el consistorio, pero que los interesados habían solicitado insistentemente que se les dispensara de aceptar.

 

La principal consecuencia para los dos prelados fue que, al no ser cardenales, no participarían en el futuro cónclave como electores y que, en la práctica, aunque no según el derecho, no se encontrarían entre los posibles sucesores de Pío XII: sucesión que, por lo que se refería a monseñor Montini, muchos habrían considerado incluso probable.

 

Arzobispo de Milán

 

Pero una sorpresa aún más fuerte, casi traumática para muchos, reservaría a la opinión pública, el 3 de noviembre de 1954, la decisión de Pío XII de prescindir de los servicios del pro-secretario de Estado monseñor Montini, nombrándolo arzobispo de Milán como sucesor del fallecido cardenal Ildefonso Schuster.

 

Sucesor de Pedro

 

Cualesquiera que fueran las intenciones o las previsiones del papa Pío XII, lo cierto es que el 21 de junio de 1963, tras la desaparición del Sumo Pontífice Juan XXIII, fue indudablemente un día de particular importancia en la vida de la Iglesia, que había entrado en una fase de confrontación cada vez más exigente con la época moderna. Pablo VI empieza, en la Cátedra de Pedro, un servicio que se prolongaría hasta el día radiante de la Transfiguración, el 6 de agosto de 1978.

 

Su mirada honda y pensativa, que tanto impresionaba al interlocutor cuando la conversación tocaba temas más serios, oteaba el amplio panorama y los “signos de los tiempos” –como se dio en llamarlos– para tratar de descubrir cada vez con mayor claridad lo que la Providencia le pedía que hiciera al servicio de la Iglesia y de la humanidad.

 

La colegialidad episcopal

 

Entre las numerosas cuestiones eclesiásticas que reclamaban su atención y responsabilidad algunas se destacaban por el especial interés que parecían despertar en su ánimo.

 

En primer lugar, la colegialidad episcopal y su relación con el primado del Sucesor de Pedro.

 

La institución del Sínodo de los Obispos es testimonio elocuente, aunque no el único, de tales sentimientos.

 

El ecumenismo

 

La cuestión de la colegialidad era para él fundamental por estar vinculada a otra que igualmente le preocupaba, la del ecumenismo: ese movimiento de acercamiento que había hallado en Juan XXIII un promotor profundamente convencido, pero que encontraba tantas lentitudes, incertidumbres y dificultades. Precisamente al inicio de su pontificado, Pablo VI vivió una experiencia particularmente hermosa en este campo, relacionada con un acontecimiento igualmente singular: la de haber sido el primer Sucesor de Pedro que podía realizar el sueño de todo cristiano, visitar los lugares de la vida, pasión y resurrección de Cristo. Y, en esa ocasión, el histórico abrazo con el patriarca ecuménico de Constantinopla. Atenágoras abrigaba por Pablo VI un aprecio, mejor dicho, un afecto fuera de lo ordinario; su nombre –decía– no debe ser Pablo VI, sino Pablo II, como inmediato sucesor del Apóstol de los gentiles.

 

El Concilio Vaticano II

 

Colegialidad y ecumenismo, junto a muchos otros puntos de vital interés para la Iglesia, fueron objeto de la labor del concilio ecuménico Vaticano II, querido e iniciado por Juan XXIII, quien, tras haberle dado un fuerte impulso, indicando sus objetivos y su característica fundamental –sustancialmente su carácter y finalidades eminentemente pastorales–, sólo había alcanzado a ver su primera sesión.

 

La actitud que Pablo VI se había propuesto mantener ante el Concilio él mismo quiso precisarla, asegurando en seguida a los Padres conciliares que su intención era “orar, hablar, deliberar y actuar” con ellos, sin “ninguna voluntad de dominio ni ninguna búsqueda de poder absoluto”, sino con el único “deseo y voluntad de obedecer el mandato divino que nos constituye entre vosotros en Pastor supremo”.

 

Muchos –y a veces divergentes– han sido y sin duda alguna seguirán siendo las opiniones sobre su acción en el Concilio. Creo sin embargo indudable que a la hora de dar una definitiva valoración histórica de éste, se reconocerán ampliamente su sabiduría y eficacia.

 

En realidad, todos los documentos conciliares –algunos con bastante esfuerzo– obtuvieron amplísimas mayorías de voto. Que no hubiera unanimidad absoluta podía comprenderse, por triste que pareciera; pero en algunos temas la oposición de la minoría resultó ser extremadamente tenaz, hasta provocar, en el caso harto conocido de monseñor Lefèbvre, dolorosas rupturas.

 

Después del Concilio

 

Y el “posconcilio”, con sus disensiones, sus polémicas, los retrasos o algunas exageraciones precipitadas e ilegítimas en la aplicación de sus conclusiones, no fue, en los años de Pablo VI, esa fase de serena, gozosa y fructuosa cosecha de los frutos de las largas fatigas conciliares que él se esperaba. Ello le provocó un hondo dolor, que a veces manifestó. Pero habría sido difícil esperar que una renovación tan grande en la secular vida de la Iglesia como la ideada por el Vaticano II se realizara sin sobresaltos, resistencias y abusos, máxime en una época de tan hondas perturbaciones sociales y culturales en todo el mundo. Abusos seguramente deplorables y peligrosos, pero ciertamente superables con la ayuda del Espíritu, que guió la labor del Concilio.

 

Pablo VI lo sabía: actuaba y esperaba. Al anunciar el Año Santo de 1975 escribía: “Nos parece que, a diez años de la clausura del Concilio Vaticano II, el Año Santo puede ser la conclusión de un tiempo de reflexión y de reforma y la apertura de una nueva etapa de construcción teológica, espiritual y pastoral que se desarrolle sobre las bases fatigosamente sentadas y consolidadas en los años pasados” (Bula Apostolorum limina, I).

 

Con el mundo comunista

 

Su serenamente audaz predecesor había dejado a Pablo VI otro legado: una herencia que era al mismo tiempo un reto y una grave responsabilidad.

 

Tras la llegada del régimen comunista, el estado de la Iglesia católica en los países de Europa de allende la –en expresión de Winston Churchill– Cortina de Hierro, era parecido al de un campo devastado.

 

Al impedirse las relaciones con la Santa Sede, ésta lograba saber muy poco, y no podía hacer prácticamente nada para tratar de ayudar a esas Iglesias.

 

Las cosas parecen cambiar un poco con la llegada de Juan XXIII, al haberse modificado mientras tanto –aunque sólo superficialmente– también la atmósfera general de las relaciones entre Este y Oeste, tras el nombramiento de Nikita Kruschev como secretario del Partido Comunista soviético.

 

Gran alegría supuso para el Papa la participación de algunos obispos de allende la Cortina de Hierro en la primera sesión del Concilio Vaticano II, si bien deplorando la ausencia de muchos otros. Otra alegría, una vez clausurada la sesión, fue la puesta en libertad del metropolita Jozep Slipyi. El encuentro con el yerno de Kruschev, Adjubej, le confirmó posteriormente los amistosos sentimientos del líder soviético hacia su persona.

 

No era mucho, pero lo cierto es que se trataba de una apertura en una muralla que había permanecido impenetrable durante años.

 

Pablo VI no mostró ninguna duda a la hora de hacer suyo el compromiso de proseguir el Concilio Ecuménico, aun previendo los problemas que ello le causaría. Antes de tomar una decisión para la prosecución del diálogo con los gobiernos comunistas, quiso en cambio pedir la opinión de los miembros de la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, heredera de la Congregación “super Negotiis Extraordinariis Regni Galliarum” instituida por Pío Vl en 1793 tras estallar la Revolución Francesa; formaban parte de ella, además de antiguos nuncios apostólicos, cardenales como Tisserant, Confalonieri y Ottaviani. Si bien con distintos matices y consejos de prudencia, el parecer fue positivo. El Papa acordó entonces informar a los gobiernos húngaro y checoslovaco que la Santa Sede estaba dispuesta a continuar las conversaciones iniciadas bajo su antecesor.

 

Y no le pareció poca cosa obrar para este fin, tan acorde con la misión de la Iglesia. Y las objeciones, seria y respetuosamente examinadas, no le parecieron tales como para prevalecer, en una visión global del interés de la Iglesia, no sólo bajo el aspecto institucional, sino aún más como comunidad de almas redimidas por Cristo.

 

Visión global: hacia el presente y en la perspectiva del futuro.

 

La Iglesia y el Papa veían; y aun confiando sobre todo en Dios y sin excluir, naturalmente, la posibilidad de intervenciones providenciales extraordinarias, se sentían confortados en sus esperanzas, sabiendo que podían contar ya con la evolución natural de las cosas.

 

La sociedad y sus problemas

 

Además de la Iglesia, el mundo: la comunidad de miles de millones de hombres que viven sobre la faz de la tierra, millones de los cuales son también sus miembros.

 

Pablo VI era bien consciente de que la misión propia de la Iglesia –en palabras de la constitución conciliar Gaudium et spes– “no es de orden político, económico o social”, sino espiritual. Pero era igualmente consciente de los vínculos que precisamente a causa de su misión religiosa hacen a la Iglesia “real e íntimamente solidaria con el género humano y con su historia”, especialmente cuando los problemas del mundo presentan aspectos e implican cuestiones de orden moral.

 

El primero de estos problemas, la “gran y universal cuestión de la paz”, como Pablo VI la definía en la encíclica Ecclesiam suam. A ella declaraba sentirse particularmente obligado a dirigir no sólo su “vigilante y cordial atención”, sino su “interés más asiduo y eficaz”, contribuyendo a la educación de los hombres a la paz, fomentando “la convivencia armónica y la colaboración fructífera entre los pueblos” (casi un anticipo de lo que sería el tema de la Conferencia de Helsinki sobre Seguridad y Cooperación en Europa), dispuesto a intervenir “para coadyuvar a las partes en conflicto con vistas a soluciones honrosas y fraternas”.

 

Un programa que el Papa se esforzó por realizar fielmente, siguiendo las huellas de Juan XXIII y cediendo después la antorcha a su sucesor Juan Pablo II, que de la paz ha hecho igualmente uno de los puntos característicos de su pontificado y que –resulta interesante notarlo– con la mediación papal entre la Argentina y Chile ha realizado concretamente la disposición anunciada por Pablo Vl a intervenir en ayuda de las partes en conflicto para alcanzar un honroso entendimiento.

 

Numerosísimos son los actos y palabras de Pablo VI en favor de la paz.

 

El mundo que encontró al llegar al pontificado yacía aplastado bajo el peso de actos o amenazas de guerra: es suficiente recordar Vietnam o el Oriente Próximo. Pero se cernía especialmente sobre gran parte del mundo la fisura entre el Este y el Oeste de Europa, con los Estados Unidos de América enfrentados a la Unión Soviética. Guerra fría, pero armada y en peligro continuo de transformarse en guerra guerreada, con el espectro de un conflicto nuclear a sus espaldas; peligro que precisamente por su incalculable gravedad se había transformado casi en una garantía: sólo casi, eso sí, como se experimentó en octubre de 1962, durante la crisis de los misiles soviéticos en Cuba.

 

Vinculado a las guerras o a la amenaza de guerras, el enorme peso de los armamentos, que desangraban muchas economías, enriqueciendo por desgracia a otras. Particularmente grave y peligrosa la carrera armamentista nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

 

Pablo VI pudo hacer resonar su grito de profeta desarmado ante el mundo, hablando el 4 de octubre de 1965 a la Asamblea general de las Naciones Unidas: “Nunca unos contra otros, jamás, jamás en lo sucesivo. Es la paz, la paz, la que debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad”.

 

Él siguió haciendo que ese grito resonara de cien maneras y en centenares de ocasiones. Y con la institución de la Jornada mundial a ella consagrada, quiso que en cada principio de año la Iglesia y el mundo reflexionaran sobre el problema de la paz.

 

¡De la paz con la justicia! Porque bien sabía –y es preciso que nadie lo olvide– que una paz sin justicia, amén de no ser una paz auténtica, es también una paz esencialmente inestable. “Justicia y Paz” fue precisamente el nombre de la Comisión (hoy Pontificio Consejo) por él instituida en enero de 1967.

 

Es el año de la Populorum progressio, la encíclica sobre el desarrollo del Tercer Mundo: ese desarrollo que responde a una exigencia de justicia, pero que es también –conforme a una expresión que gozó merecida suerte– “el nuevo nombre de la paz”.

 

Para dar un fuerte apoyo moral a la lucha contra la carrera armamentista y contra la acumulación de las armas, especialmente atómicas, Pablo VI, con una decisión que suscitó en algunos una cierta sorpresa, dispuso en febrero de 1971 que la Santa Sede adhiriera al Tratado de no proliferación de armas nucleares. Y a finales de mayo de 1978, algo más de dos meses antes de su muerte, pareció casi querer sellar solemnemente su acción a favor de la paz y contra la amenaza de las armas haciendo llegar su mensaje a la Sesión especial de las Naciones Unidas sobre el Desarme (sesión que fue, en realidad, la primera; a la segunda, en junio de 1982, el papa Juan Pablo II mandó presentar otro amplio mensaje).

 

Tampoco quisiera dejar de recordar, en este contexto, la decisión tomada por Pablo VI, superando algunas perplejidades iniciales, de que la Santa Sede participara a pleno título en la Conferencia para Seguridad y Cooperación en Europa, concluida en Helsinki el 1 de agosto de 1975; un gesto en favor de la paz en Europa y en el mundo, cosa que preocupaba muchísimo al Santo Padre, pero también en favor del compromiso de Europa entera por el respeto de los derechos y de las libertades fundamentales del hombre, incluidos los de carácter religioso.

 

La persona

 

Para cerrar esta demasiado pobre celebración de un gran Papa, quedaría por añadir una última palabra sobre la persona y la espiritualidad de Pablo VI.

 

Breve palabra, aunque mucha podría decir quien tuvo el privilegio de tener un largo trato con Pablo VI, si bien prevalentemente de encuentros de trabajo.

 

Sólo pues algún rasgo o recuerdo. Por otra parte, el Instituto que lleva su nombre ha publicado y sigue publicando escritos y documentos de Pablo VI y sobre él que ponen cada vez en mayor relieve su figura y actividad.

 

Sucedido inmediatamente a Juan XXIII, percibió en un principio que el pueblo, romano y de todo el mundo, tal vez sentía respecto de él una cierta desilusión, que diríamos sentimental. El Papa Giovanni bastaba que se presentara, con ese rostro bueno y sonriente, para cautivar inmediatamente a los corazones. Sin embargo, difícil sería hallar una persona más cordial –aunque controlada– y más buena y sensible que Pablo VI.

 

La acogida que Roma y los romanos le reservaron a su regreso de Tierra Santa, la tarde de Reyes de 1964, fue grandiosa. A la mañana siguiente, hablándome de ello, el Papa se mostraba casi maravillado: “¡Si se hubiera tratado de Pío XII, defensor civitatis! Pero yo llevo aquí pocos meses, y poco he podido hacer hasta ahora…”. No me fue difícil responderle que era la primera vez desde la toma de Roma en 1870 que el Papa se alejaba tanto de su sede, y los romanos casi habían tenido la impresión de haberlo perdido. Al verlo regresar, el entusiasmo popular había estallado.

 

Desde entonces los encuentros incluso con grandes masas, fuera y dentro de Italia, se volvieron para él algo normal.

 

Hombre de sólida fe, se comprometió enérgicamente, como Papa, a defenderla y proclamarla. Ésta –afirmó en la homilía de su última celebración de la fiesta de los santos Pedro y Pablo, el 29 de junio de 1978–, fue “la tentativa infatigable, vigilante, agobiante que nos ha movido en estos quince años de pontificado”. Y recordaba de manera especial su “Credo del Pueblo de Dios” de diez años antes.

 

Y fue hombre de firme esperanza, fundada en la fe y por la fe sostenida. Ella ilumina su compromiso personal durante el Concilio y explica su tenacidad a la hora de proseguir, incluso contra spem, las conversaciones con regímenes contrarios a la Iglesia.

 

La Iglesia, su gran amor. En su “Pensamiento sobre la muerte” escribía: “Ruego al Señor que me otorgue la gracia de hacer de mi próxima muerte un don de amor a la Iglesia. Podría decir que la he amado siempre, para ella, no para otra cosa, creo haber vivido”. Seguidamente, como con timidez conmovedora, añadía: “Pero quisiera que la Iglesia lo supiera, y que yo tuviera la fuerza de decírselo, como una confianza del corazón, que sólo en el extremo de la vida se tiene el valor de hacer”.

 

Pero su amor no se limitaba a la Iglesia. Ampliando el discurso, se dirigía un poco más abajo a la humanidad: “Oh hombres, compréndanme, los amo a todos en la efusión del Espíritu Santo (…) Así los miro, así los saludo, así los bendigo. A todos”.

 

Con esta profesión de amor voy a cerrar ya mi modesta conmemoración.

 

En las notas para su testamento, el Papa escribía: “No quiero ningún monumento”.

 

Querido y gran Pablo VI, tu monumento ya lo has tenido, y nadie podrá destruirlo: ¡en la memoria y en el corazón de la Iglesia y del mundo!

 

 

 


Texto original italiano: O. R. 24/25-11-97; traducción de Ecclesia. Selección de Ignacio J. Navarro.

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