Un excelente documental de Chris Marker sobre la filmación de Ran, esa apabullante y shakespeareana superproducción de época, que Akira Kurosawa encaró a los 74, se titula, simplemente, A.K. Allí se señala que a él le decían, aún más simplemente, maestro. Ni director, ni realizador, ni artista, ni genio: maestro. Cuando, como pagando anteriores injusticias, Hollywood le entregó el Oscar a la Trayectoria, ese hombre, ya ligeramente encorvado, concentrado y octogenario, no dijo una palabra sobre sus obras, ni sus méritos propios. Al contrario, dio humildemente las gracias y comunicó sus dudas: “A esta altura de mi vida, todavía no sé qué es exactamente la esencia del cine. He tratado de averiguarlo, y aún espero tener la posibilidad de hacerlo”.

 

Mucha gente cree saber cuál es la esencia del cine, y escribe libros muy complejos y confusos al respecto. Otra gente directamente ignora la pregunta, y le basta con saber cuál es el negocio del cine. Ingmar Bergman, Akira Kurosawa, Krszystof Kieslowski (que dejó de filmar porque consideraba que nunca estaría a la altura de sus maestros) fueron de los pocos que buscaron entender la esencia del cine. Y en su búsqueda nos enseñaron algo: la esencia del cine está fuertemente ligada a la esencia del hombre.

 

A través de sus películas, Kurosawa fue un maestro socrático interrogándose por esa ligazón, y comprometiéndose con ella, una y otra vez, en historias de seres comunes, o de enérgicos médicos de lugares pobres, o de guerreros decididos, o de simples indecisos, o de enseñantes superiores a cualquier cátedra, pero todos ellos con algo en común, siempre: el sentido de responsabilidad.

 

El gangster agradecido y moribundo de El ángel ebrio, los testigos del juicio a Rashomon, los siete desechos samurais, el empleadillo de oficina que dedica sus últimas fuerzas al servicio del público en Vivir, el empresario que arriesga su fortuna por rescatar al hijo de su chofer en El cielo y el infierno (siendo que los secuestradores, al fin y al cabo, se lo habían llevado equivocado, y el hijo propio estaba a salvo), el viejo baqueano de las taigas, Derzu Uzala, que enseña a respetar la naturaleza y a pensar en los que vengan detrás, el comandante que habla con sus soldados muertos en el episodio más tocante de Sueños, y la viejita de Rapsodia en agosto, que no olvida a los suyos, perdidos bajo la bomba de Hiroshima, y el anciano profesor de Madadayo, que, con humor infantil, confesaba no estar listo aún para el gran viaje… ¿Ya estaría listo, Kurosawa, para el viaje que ahora ha comenzado?

 

Había nacido en marzo de 1910 en Tokio, hijo menor de un ex-militar, profesor de deportes. Era aún una criatura, cuando un pavoroso terremoto destruyó casi por entero la ciudad. Uno de sus hermanos lo tomó entonces del brazo, y lo llevó por las calles, por lo que quedaba de las casas, por entre los cadáveres, obligándolo a mirar todo, con los ojos abiertos. “Así nunca más tendrás miedo. Si cierras los ojos, el miedo entrará y quedará dentro tuyo”, lo dijo. Así también, con los ojos abiertos, Akira Kurosawa presenció la dictadura militar japonesa, la Segunda Guerra, la ocupación norteamericana, la desintegración de su país, y la construcción de otro, sin olvidarse nada.

 

Integrado al cine desde las artes plásticas, supo amalgamar las riquezas de la cultura japonesa con las riquezas de la cultura occidental, y habló del presente a través de películas realistas, como Los malvados duermen bien, y a través de películas de época, como La fortaleza oculta. Alguna vez estuvo a punto de matarse, porque sus connacionales habían despreciado su poema Dodes-kaden. Otra vez lo salvaron productores franceses y admiradores norteamericanos (Lucas, Spielberg, Coppola y Scorsese). De ese modo, ya más anciano, y más sabio, hizo sus Sueños, ese ejemplar compendio que comienza reproduciendo la puerta de su casa natal, y termina dejándonos la posibilidad de un paraíso en la tierra, de un lugar armónico, donde acaso haya entrevisto algo de la esencia que tanto buscaba.

 

Pero él siguió buscando, y pidiendo disculpas por no encontrarlo, y por no darnos más respuestas de las que había ido hallando en el camino. Hizo su última película a los 83 años. Y ahora estaba por empezar otra…

 

Gran humanista. Gran maestro. El cine entero ganó mucho con su obra, y el mundo entero ha perdido mucho con su muerte. Ojalá conozcamos pronto a discípulos capaces de llegar a su altura.

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