Tras haber pasado muchos años relegado en el gueto de la ciencia ficción, donde tampoco era muy popular, J.G. Ballard ha sido reconocido como el importante escritor que es, especialmente desde que dos de sus novelas, El Imperio del Sol y Crash, fueran llevadas al cine por Spielberg y Cronenberg.

 

Gracias a la fama, Ballard se ha dado el gusto de publicar su autobiografía. Pero ahora parece sentirse asechado por el fantasma de Hollywood. Al incursionar en el género policial, parecería que pensara en un guión.

 

Lo estrictamente policial es mínimo. La novela parte de un crimen, sigue las líneas de una informal investigación, se estira hasta perder fuerza y acaba en un final poco convincente.

 

Hay un incendio intencional en un exclusivo pueblo cerrado de la Costa Brava, un lugar que Ballard conoce muy bien. El hermano del imputado se improvisa detective y poco a poco va desentrañando, si no el crimen, la trama perversa que apenas disimula ese mundo de ocio perpetuo.

 

De algún modo, Estrella de Mar se parece a Vermilion Sands, la utopía ballardiana de hace algunas décadas. Pero si allí los ociosos estaban entregados al arte, aquí practican todos los vicios conocidos.

 

Tras los cineclubes, las escuelas de cerámica y las canchas de tenis, se han instalado la droga, el sexo violento y la pornografía casera. Detrás de todo parece estar un carismático profesor de tenis, un personaje que va creciendo de a poco. En esa suerte de Peyton Place, se mueve un protagonista que se parece más a Harrison Ford que a los “hombres de traje blanco” que paseaban por las novelas de Ballard.

 

Sin embargo, en la recreación de ese no-lugar sin tiempo, también encontramos algunas páginas inconfundiblemente ballardianas: las casas climatizadas y sus asépticos jardines, las piscinas, las ruinas del incendio. Un mundo desolado (como suele decir Clarín) y un escritor tan impersonal que es capaz de congelar hasta la pornografía.

 

Estrella de Mar pertenece a los Ochenta, es un civilizado vacío de sexo, confort y narcisismo. A pocos kilómetros, la Residencia Costasol es el mundo paranoico de los Noventa, con rejas, cámaras de vigilancia, guardias y pobladores que ven televisión en penumbra. Todo es tan estático que el protagonista se propone volver a fumar, ahora que está prohibido en todas partes, pero descubre que su débil voluntad no se lo permite.

 

El tenista loco irrumpe en Costasol como un genio del mal para despertar a sus habitantes. Restaura el delito, la suciedad y el absurdo, y pronto consigue que se organicen comités de seguridad y reaparezcan las competencias. Cuando el revolucionario es aclamado por sus propias víctimas y se dispone a culminar su obra con otro crimen, muere a manos de la mujer que siempre lo ha secundado.

 

El ambiguo personaje merece morir, para conformar a la moral pública, pero como transgresor parece gozar de las simpatías del autor. La veta nihilista de Ballard, nutrida del dadaísmo y el surrealismo de siempre, vuelve a brotar en esta novela, que sólo por momentos levanta vuelo. En el tenista se reconoce al Ballard de Compañía de Sueños, ahora pervertido, y Costasol involuciona como La ciudad última. Pero salvo algunos momentos logrados, la novela no dice nada nuevo, y es casi inevitable que tentará a los productores.

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?