Se me ocurrió escribir, tomando un café a la salida del Museo Nacional de Artes de Singapur, el antiguo y magnífico colegio Saint Joseph, de los hermanos de las escuelas cristianas. Tiene, además, un estupendo jardín de orquídeas, la flor emblemática de la isla. Mi amiga Norah Maier, profesora del Temasek Polytechnic, que me invitó a dar unas conferencias sobre nuevas tecnologías en educación, nos recibió en el aeropuerto con un ramo de orquídeas, como se estila. El ex-colegio La Salle, de amplias galerías blancas y perfumados jardines, fue construido en 1853 en la progresista colonia inglesa, y se convirtió en un gran centro de irradiación cristiana. Miles de alumnos egresaron de sus aulas. Conocí a uno de ellos, un músico destacado, Peter Low. Viajaba en esos días con su espléndido coro al Vaticano y me invitó como despedida a cenar con su mujer y dos amigos. Allí comprobé la prodigiosa delicadeza del paladar chino y de la luna sobre el mar. La temperatura es inmutable, siempre muy elevada.

 

Singapur es hoy uno de los mayores puertos del mundo, una ciudad estado en una pequeña isla de gran densidad poblacional (unos 3.500.000 habitantes) que deslumbra al visitante por haber ya ingresado, en muchos sentidos, aunque no en todos, en el s. XXI. La estricta censura estatal y las restricciones políticas son aún una asignatura pendiente para esa “nación que aprende”, como reza un lema ciudadano. El aprendizaje de la libertad es el más difícil. En este viaje tuvimos la oportunidad de realizar la primera videoconferencia entre esa ciudad y Buenos Aires, más precisamente entre el Temasek Polytechnic y el Instituto Cultural Argentino-norteamericano (ICANA). Aproveché también para visitar otros centros educativos, colegios y universidades. Me deslumbró la notable calidad de las construcciones (Temasek es obra del gran arquitecto británico James Stirling), la belleza de las aulas y el cuidado extremo de los jardines y patios, la extraordinaria abundancia de equipos informáticos y de comunicaciones, pero sobre todo me impresionó la férrea voluntad de progreso de esa sociedad. La ambición de obtener una “calidad total” se expresa en los ámbitos más variados. La exigencia imperiosa por aprender es, ciertamente, mayor que en los países occidentales. Singapur ha alcanzado los mayores puntajes educativos en el mundo internacional y los responsables se esmeran en conservar la delantera. Hoy el lema de Singapur es: “Thinking Schools, Learning Nation”. Un lema que deberíamos poder aceptar y traducir en nuestro país con actos magnánimos y efectivos, no con palabras huecas y mentirosas.

 

Tuve además una experiencia alucinante, en sentido estricto. Me invitaron en la Universidad Nacional a ensayar un “banco de prueba de imágenes cerebrales”. Me dieron dos instrumentos de “cirugía virtual”, dos pinzas electrónicas y me colocaron unos anteojos especiales. Me senté frente al equipo generador de imágenes virtuales y comencé a manipular el cerebro “virtual” –que flotaba como un fantasma en el espacio físico de mis manos– de un paciente que estaba en su casa a la espera de ser intervenido a causa de un tumor. Los expertos habían obtenido la “imagen digital” de su cerebro por Resonancia Nuclear Magnética y el cirujano podía simular la operación en esa mesa de trabajo antes de proceder a la intervención definitiva, como un piloto de avión en su simulador de vuelo antes de aterrizar en un aeropuerto desconocido.

 

Ese “simulador quirúrgico”, tal vez el más poderoso de la actualidad, desarrollado en Singapur, me dejó pensativo. Tuve en mis manos un “cerebro virtual” lo veía pero no estaba allí, lo seccionaba con mis instrumentos pero no sangraba, lo expandía para ver los detalles más ínfimos, lo coloreaba por partes, volvía atrás, recomponía lo que había hecho, sin prisa ni temor de hacer daño. Ver para creer, “lo virtual es real”. Extraña fenomenología tecnológica. Y esto es apenas el comienzo de un nuevo aprendizaje que se avecina a pasos agigantados, el de la “neuroeducación”. Y pensé, si ese cerebro fuese el mío, ¡lo tendría virtualmente en mis manos (como un nuevo Hamlet, contemplando no el cráneo sino el cerebro del pobre Yorick)! En todo caso, un dato nuevo para una reflexión filosófica sobre el cuerpo humano, el objetivo y el subjetivo, el natural y el vivido, como dicen los fenomenólogos. Aprovecho esta ocasión para recomendar la lectura –no siempre fácil– del diálogo apasionante entre dos sabios franceses, el filósofo Paul Ricoeur y el neurobiólogo Jean-Pierre Changeux (Ce qui nous fait penser: la nature et la règle, París, O. Jacob, 1998) donde se trata, con una profundidad pocas veces vista, este tema crucial del cerebro y la mente a la luz de las nuevas tecnologías de imágenes cerebrales.

 

Antes de tomar el vuelo de regreso hice un alto en Kuala Lumpur, la capital de Malasia donde tuve mi segunda experiencia alucinante, esta vez en clave poética. Quedé literalmente sin habla ante la obra genial de nuestro compatriota tucumano el arquitecto Pelli, creador del edificio más alto del mundo y ciertamente uno de los más bellos. Son dos torres gemelas que brillan como plata, unidas por un puente a gran altura. Me deslumbraron como una versión futurista de las torres de piedra de la catedral inconclusa de Gaudí en Barcelona. ¿Pero quién podrá vivir allí? ¿Podremos adaptarnos a esa nueva escala? ¿No estaremos exigiendo demasiado a nuestro cerebro? Son cuestiones que deberíamos encarar con el mayor cuidado.

 

En el larguísimo viaje de avión de vuelta a casa, que daba media vuelta al planeta, nuestra Tierra se me apareció vívidamente como una pequeña isla en el espacio. La percibí ocupada por seres inteligentes que apenas comienzan a pensar, que se encuentran en la frontera de una nueva era de la humanidad y que no saben aún cómo superar muchas conductas primitivas. En aquellos días Pakistán y la India probaban con odio sus bombas atómicas. Para los responsables de esos hechos vergonzosos los ciudadanos son simplemente una realidad virtual… pero las armas son una realidad real. Nos queda mucho por hacer para crear una civilización planetaria, una ética universal. Como decía Saint Exupéry, “la inteligencia no vale sino al servicio del amor”. El mundo está en nuestras manos, pero las manos del Señor son aún más fuertes.

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