Instigado por cartas anónimas, un hombre vuelve deliberadamente temprano a su casa, encuentra a su esposa en actitud indecente, y la mata. Él ha ignorado el cariño con que horas antes ella le preparó la merienda, y le arregló el cuello de la campera. En el momento irreparable, tal vez llega a percibir el rostro de aceptación con que la mujer recibe su destino. La pantalla se tiñe de rojo y, sin tal vez, él incorpora para siempre la imagen de la muerte. A continuación, tinto en sangre, toma la bicicleta y se presenta en la comisaría. Recién ahí aparece el título del filme.

 

El grueso del relato transcurre ocho años después, cuando el hombre, totalmente adaptado a las pautas carcelarias, sale en libertad condicional. Un monje budista será su tutor. Un negocito apartado, en las afueras de la ciudad, su refugio, apenas visitado por unos pocos clientes y dos o tres vecinos amistosos: un carpintero que gusta de la pesca como él, un loco tranquilo que espera a los ovnis… El río cercano lo entretiene. Y una mascota criada en prisión, una anguila, lo escucha. En verdad, él no habla casi nada. Además, al salir de la cárcel le dijeron que evite meterse en el menor problema.

 

Pero el problema se presenta, cuando él salva a una mujer del suicidio (el cuerpo de ella, tendido en el pasto junto a unas florecitas silvestres, le recordará de inmediato el cuerpo de su esposa, casi en la misma posición pero menos presentable). Poco después la mujer lo visita, agradecida, y se ofrece a ayudarlo. ¿Aceptará él su intromisión? ¿Se animará a iniciar un nuevo afecto? ¿Qué secretos tendrá ella, que algún día puedan saltar a la luz y perturbarlo? ¿No volverá el pasado, de a poco, en algún rostro, en otra carta, en la sangre? De cualquier manera, ¿podrán adaptarse mutuamente? ¿Podrá él confesarle su pasado? ¿Y podrá ayudarle a solucionar el de ella?

 

La película –lo hemos descrito– empieza como un drama japonés, tenso, preciso, apabullante. Shohei Imamura, veterano de 71 años experto en narrar con franqueza lo tortuoso de las relaciones de pareja (en los años 60 lo calificaron como “Kurosawa del porno”), pudo seguir más o menos en ese tono. Él sabe mostrar con inteligencia los problemas, y sabe también hacer escenas tremendas, que por suerte son breves. El ejemplo está en la única película suya que aquí se estrenó comercialmente, La balada de Narayama, cuadro coral sobre la economía de subsistencia y la aceptación casi suicida de sus términos, en una aldea perdida de otros tiempos. La balada de Narayama impresionó muchísimo en todas partes, y, a través de la Palma de Oro en Cannes 1983, consagró internacionalmente a su autor. Sin embargo, luego hizo sólo dos películas, una de ellas sobre las consecuencias de la bomba atómica, y dejó de filmar durante casi ocho años (y algo más que coincidencia pueda haber aquí con su personaje). Serán los años, será la edad o será su verdadero carácter, ya que también supo hacer cosas risueñas en otros tiempos, el asunto es que esta “… anguila” que comienza como drama, poco a poco se va transformando en un relato amable, simpático, liviano, hasta un poquito tonto, va aflojando las tensiones y ofreciéndoles, a sus personajes y a los espectadores, un poco de satisfacción en la vida. Eso sí, del mismo modo que nuestro antihéroe tiene la libertad condicionada, la pareja tendrá su futuro, si lo tiene, condicionado. La historia termina en un tiempo de espera, aunque todo hace prever que los peores momentos ya quedaron atrás para ambos, y que la vida siempre nos da una segunda oportunidad.

 

Entretenida, crecientemente simpática y optimista, aunque para ello tenga que concederse circunstancialmente algunas licencias argumentales, la obra resulta ser un estímulo que se agradece sinceramente, y que dice, como al pasar, ciertas cosas de importancia, que también se agradecen. Tal vez por esas razones, y algunas otras, compartió con El sabor de la cereza la Palma de Oro en Cannes 97.

 

 

PD: Cabe citar otra Palma, la de 1961 para Une longue absence de Henri Colpi, que aquí se conoció, recuérdese el título, como El invierno te hará volver, historia de una mujer madura que cree reconocer a su viejo amor en un vagabundo solitario, más o menos reticente a sus afectos. Según cuenta el propio Imamura, esa película lo impresionó mucho, al punto de interesarse en conocer al director Henri Colpi. Lo cuenta con inesperada gracia. “Al conocer a Colpi me di cuenta de que se parecía mucho a mi maestro, el señor Yasumiro Ozu, de quien fui asistente en Una historia en Tokio y otras películas. Se parecía mucho, especialmente en cuanto a la forma de su nariz”. Esa forma inesperada de humor, es la que también aparece en La anguila, basada, corresponde decirlo, en la novela de Akira Yoshimura Brillando en la oscuridad.

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