“Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará”. Quizá ningún pasaje sea más perturbador para nuestros modernos ideales igualitarios que estas palabras del Génesis (3,16). ¿Deben dominar los hombres y las mujeres ser subordinadas?

 

Juan Pablo II, en su carta pastoral sobre La dignidad y la vocación de la mujer (1988), brinda una respuesta poderosa. Antes de la caída, señala, varones y mujeres vivían juntos en armonía con Dios y entre sí, inocentes de pecado y libres de las luchas y discordias que causa el pecado. Sólo después de la caída se propone el dominio de los hombres sobre las mujeres. Esa dominación, prosigue el Papa, indica la pérdida de la igualdad fundamental que el varón y la mujer poseían originalmente en su unidad con Dios y entre sí. Ello implica que sólo liberándonos a nosotros mismos del pecado y volviendo nuestros corazones hacia Dios podemos reconquistar la verdadera dignidad como varones y mujeres en relaciones igualitarias y armónicas.

 

Como psicólogo e investigador, me pregunto dónde concuerdan los hallazgos de la ciencia social con las pautas y el significado de las relaciones familiares. Puesto que la religión se preocupa por cómo Dios quiere que seamos, y las ciencias sociales observan cómo en realidad somos, las dos perspectivas se entrelazan necesariamente. Todo viaje comienza con el primer paso. Si podemos entender con la ayuda de la ciencia social dónde nos encontramos ahora, estaremos en mejores condiciones de delinear el curso hacia donde Dios quiere que estemos.

 

¿Qué puede decir la investigación social acerca de la igualdad en los matrimonios? Mucho. Una nutrida resma de investigación señala que los matrimonios en los cuales los esposos y las esposas participan igualitariamente son los más satisfactorios. Por lo general, igual participación significa que el esposo y la esposa comparten el poder casi igualitariamente, se escuchan el uno al otro y encuentran soluciones mutuamente acordadas a los problemas que afectan sus vidas en común. El alto grado de satisfacción que se registra en estos matrimonios apoya nuestros ideales igualitarios. Es correcto y apropiado respetarse mutuamente y trabajar juntos como pares; esto también nos hace felices y estabiliza nuestras relaciones.

 

Hay otros hallazgos sorprendentes. Esta misma investigación revela que los matrimonios con esposas dominantes son los menos satisfactorios, mientras que aquellos con esposos dominantes se ubican en un lugar intermedio. Los matrimonios en los cuales las mujeres dominan abiertamente a sus esposos tienden a ser más problemáticos y menos satisfactorios que aquellos en los cuales los varones parecen dominar. Ellos no los encuentran satisfactorios –lo cual sería obvio–, pero tampoco las mujeres.

 

¿En qué medida deberíamos preocuparnos por el hecho de que las mujeres dominen a los hombres? Vivimos en lo que muchos consideran una sociedad patriarcal, donde los hombres ocupan las posiciones de poder en la política y en la industria, y se espera que sean dominantes también en sus familias. Echemos una mirada más cercana a lo que realmente sucede en el conflicto familiar.

 

Hombres: ¿el sexo más débil?

 

John Gottman, investigador en la Universidad de Washington, observó a esposos y esposas discutiendo y midió en ellos el stress fisiológico. Constató que en las disputas maritales los hombres tienden a estresarse más que las mujeres. Son más vulnerables al conflicto emocional; reaccionan con más vehemencia a la menor provocación. Un hombre medio se perturba seriamente cuando su esposa lo critica, mientras que una mujer por lo general puede sobrellevar la crítica, a menos que su cónyuge se torne verdaderamente ofensivo. Contrariamente a la expectativa popular, los varones se sienten mucho más intimidados por una mujer enojada, que ellas por un marido enojado. En tales circunstancias los hombres se tornan más confusos que las mujeres, perdiendo el cauce de lo que se dice y hacia dónde va la discusión. “En el mar del conflicto –señala Gottman– los hombres naufragan y las mujeres nadan”.

 

Contradiciendo al estereotipo, se advierte que las mujeres son más libres y abiertas que los hombres para expresar su enojo. Gottman observa que las esposas plantean quejas con mayor frecuencia que los maridos, iniciando la mayoría de las discusiones. En el fragor, las esposas tienden a justificar sus posiciones con nuevos detalles y aportando otras quejas, mientras los esposos tratan de moderar la tensión.

 

Gottman concluye que las mujeres son más proclives a iniciar el conflicto, más dispuestas a la escalada conflictiva, más capaces de manejarlo y más rápidas para recuperarse. Por el contrario, los hombres tratan de evitar el conflicto, intentan contenerlo cuando se produce, lo soportan con mayor dificultad y les lleva más tiempo recuperarse. En síntesis, las mujeres por lo general se desenvuelven con mayor comodidad en el conflicto personal y son más combativas, mientras los hombres, más estresados por el conflicto, tienden a aplacar, conceder o soportar. ¿Son significativos estos hallazgos? Las mujeres dominan en las discusiones maritales casi en el doble de los casos que los varones. Varios investigadores observan la misma pauta en diferentes grupos sociales y generacionales, y en diversas localizaciones geográficas.

 

En los altercados más desiguales, sólo una de las partes de la pareja expone argumentos, mientras la otra permanece en silencio, inmovilizada por el bombardeo, esperando para escapar. ¿Les sorprendería a ustedes que la mayoría de los silenciados en las discusiones maritales sean hombres? En esas controversias unilaterales en las cuales sólo uno esgrime razones, son las mujeres, en proporción de seis a uno, quienes demandan y reprenden; y los hombres, los reprendidos. Si no está convencido, haga su propia investigación. Encueste a una docena de amigos. Pregúnteles: “¿Quién enuncia la mayoría de los argumentos y tiene la última palabra en su familia: su madre o su padre?” Y también: “¿Quién presenta los argumentos más duros y por lo general se sale con la suya?”

 

El poder emocional de las mujeres

 

Muchas mujeres no se sienten poderosas en las relaciones, y supondrían así que los hombres deben poseer el poder real. Se ha sostenido que el varón reprendido por su esposa tiene el poder real en la medida que él la controla no haciendo lo que ella quiere que haga. Pero el hombre reprendido y que no se sale con la suya difícilmente pueda sentirse más poderoso que la mujer que lo increpa por no hacer lo que ella quiere. Siendo igual todo lo demás, ¿no preferiría usted reprender a alguien con quien está enojado más bien que ser el reprendido?

 

También se ha afirmado que las mujeres son dominantes en las discusiones sólo para ser oídas, ya que los hombres tienen el poder real. Pero esta opinión es totalmente opuesta al modo en que funciona dicho poder. Quien posee el poder real es quien comúnmente domina en las discusiones, no el subordinado. El sargento instructor domina al recluta porque posee el poder real, y el recluta lo acepta en lugar de discutir porque carece de poder. El jefe reprende al cadete y no a la inversa porque el jefe es propietario de la empresa y el cadete, circunstancial. De hecho, el predominio en la confrontación verbal es un camino obvio para ganar poder, mantener poder, mostrar poder y determinar metas. Quien fracasa en sostener lo suyo o no posee poder o va en camino de perderlo rápidamente. El poder se manifiesta en muchas formas. El varón tiene, en efecto, más poder físico que la mujer, y los hombres responsables de actividades poseen por esto mayor autoridad o poder formal. En el ámbito de las discusiones personales es donde las mujeres sacan ventaja: parecen estar más dotadas de lo que podría llamarse poder emocional, el que cuenta en las relaciones personales.

 

Estas observaciones no son halagüeñas ni para los varones ni para las mujeres. Esperamos de ellos que sean más fuertes y más independientes de lo que aquí parecen serlo, y esperamos de ellas que sean más dóciles y apacibles. Los hombres comúnmente ocultan su debilidad y aparentan responsabilidad, esperando parecer fuertes aun cuando pierdan en las discusiones o se retiren para evitar perder. Las mujeres en general tienen poco respeto por los hombres que se repliegan en las confrontaciones. Y aquellas que se ven como víctimas maltratadas luchando por un corte honorable, no quieren reconocer que ellas generalmente vencen a sus oponentes en las confrontaciones personales. Varones y mujeres buscamos ocultar cómo somos y en cambio nos mostramos como quisiéramos ser vistos.

 

Ordenamientos patriarcales

 

Volvamos ahora a nuestro pasaje problemático: el marido dominará a su esposa. ¿Por qué nuestros ancestros habrían de sostener una afirmación tan obviamente tendenciosa y por qué san Pablo se haría eco de ellas en su tiempo y les daría plena autoridad? Si tuviera algún sentido o pudiera producir un beneficio, ¿cuál sería?

 

Quizá nuestra investigación pueda ayudarnos. Supuesto que la naturaleza humana en los primeros tiempos era similar a la de hoy, en aquellas mujeres había más potencia emocional y tendían a dominar en las controversias maritales. Al proclamar que los varones deben dominar, como la presumible voluntad de Dios, nuestros ancestros alentaban a las mujeres a contener sus enojos y escuchar a sus maridos, y daban confianza a los varones para que pudieran tener voz real en las relaciones familiares.

 

Tradicionalmente, se esperaba que un hombre se comprometiera al sostenimiento de su esposa e hijos. Como contrapartida, en la medida en que cumpliera con sus responsabilidades, era honrado como cabeza de familia. A cambio del sostenimiento de su esposa, de hacer lo que ella y los chicos necesitaran de él, con frecuencia cediendo ante ella cuando estuviere contrariada con él y por lo general perdiendo cuando él intentara discutir con ella, él era honrado como cabeza de familia.

 

Estos ordenamientos dispensan algo a cada uno. Él obtiene honor, y ella el beneficio del sostenimiento. El ordenamiento abiertamente patriarcal parece beneficiar como mínimo tanto a las mujeres como a los varones. El tradicional apoyo cristiano a éstos como cabezas de familia parecería ayudar a restaurar el equilibrio en las relaciones, manteniendo juntos a varones y mujeres para su mutuo beneficio y el de los hijos.

 

El matriarcado se presenta como una alternativa pobre. En los matrimonios donde la mujer es cabeza de familia, ¿cuál es el intercambio? Ella está oficialmente a cargo y también esgrime el oculto poder emocional, dejando al varón sin respeto y sin voz. ¿Qué hay para él? ¿Y para ella, que no tiene motivo para respetarlo? ¿Resulta sorprendente que los ordenamientos matriarcales sean los menos satisfactorios?

 

Búsqueda de equilibrio

 

Hoy buscamos la igualdad. Sin embargo no podemos proclamar meramente la igualdad y luego congratularnos por nuestros altos ideales mientras un matrimonio tras otro se desata en permanentes conflagraciones emocionales. Las mujeres cuentan con mucha potencia emocional, y los hombres están demasiado afectados por ello como para que la igualdad emerja por sí misma.

 

John Gottman observó a sus parejas tres años después para registrar sus progresos. Halló que las reacciones de stress entre los hombres parecían ser más predecibles. Los matrimonios en los cuales los hombres presentaban mayores signos de stress en las controversias tendían a deteriorarse, mientras que la satisfacción crecía en aquellos en los que los varones eran más calmos. Por cierto, Gottman comprobó que su medición de stress podía predecir el 80% o más de los cambios sucesivos en la satisfacción marital. Un hombre cómodo en el conflicto sugiere un futuro común brillante y promisorio, mientras que si él exhibe un alto grado de stress el pronóstico es de tiempo tormentoso.

 

¿Hacia dónde vamos? Para fortalecer los matrimonios – sugiere la investigación– debemos sostener a los varones. John Gottman está trabajando con las mujeres para que presenten sus quejas de manera más gentil para no afectar a sus maridos. Howard Markman de la Universidad de Denver aplica el siguiente método: cuando la discusión se acalora, las parejas deben repetir lo que el cónyuge dice para suavizar la situación y los varones puedan procesar la conversación. Por mi parte, utilizo una técnica de reducción de stress que llamo defensa mental, para preparar a los hombres a repeler la hostilidad en lugar de tomar las acusaciones muy personalmente. Todas estas intervenciones muestran beneficios alentadores.

 

¿Cómo podría la Iglesia responder a estos hallazgos? Pasó mucho tiempo desde cuando se podía ordenar a las mujeres obedecer a sus esposos. Sin embargo la Iglesia podría aun hallar caminos para sostener a los hombres, si se debe promover algo que se parezca a matrimonios igualitarios. ¿Podemos aconsejar a las mujeres que escuchen a sus maridos y respeten sus opiniones? De lo contrario, los matrimonios continuarán desuniéndose, hasta que las familias monoparentales lleguen a ser la norma.

 

 

 


El presente artículo recoge pasajes adaptados del libro del autor: The Stronger Sex (El sexo más fuerte).

 

Texto de America, vol.179, n. 11, octubre 1998.

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