Acaso las reediciones de viejos discos ofrezcan no sólo la posibilidad de volver a ciertos temas olvidados sino también la de abordar el trabajo de ese artista y situarse en el tiempo en que gestó la obra. Tal vez, de ese modo, puedan recobrarse climas, estéticas, sonidos, sentimientos, ciertas limitaciones tanto musicales como tecnológicas que en el presente ya no existen (o todo lo contrario). También, son como instantáneas que permiten hurgar en el pasado que, inexorablemente, remite al presente de ese artista.

 

El tiempo quizás… es una recopilación de temas de los primeros dos discos que grabó Liliana Herrero, hace poco más de diez años. El primero de ellos apareció en 1987 y se tituló simplemente Liliana Herrero, al que le siguió Esa fulanita (1989). Hasta ahora, ese material era inhallable.

 

“Este disco tiene la urgencia del tiempo y la calma de los años transcurridos” dice la propia Herrero en un texto que presenta al CD. Allí cuenta brevemente la idea de este proyecto y, también, brinda algunos datos sobre cada disco. Aclara: “no sé si (los temas elegidos) son los que más me gustan, pero sí sé que reflejan de manera vivaz aquellas ideas que me surgieron en la búsqueda de nuevos caminos para la música popular”.

 

“Zamba para la viuda” (Cuchi Leguizamón – Miguel A. Pérez), “Subo” (Rolando Valladares), “La añera” y “Para el Cachilo dormido” de Atahualpa Yupanqui, “La media luna” de Miguel de Unamuno, más algunos anónimos, una vidala y una baguala recopilada por Leda Valladares, componen entre otros los 13 temas de esta selección, más un bonus track que, al cierre del CD, alcanza un marcado sentido emotivo: “Zamba del lino” (O. Matus – J. José Manauta), una versión que Liliana grabó en 1973 para un disco de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil de Rosario. “Esta institución fue intervenida en 1976 –cuenta– y, quienes lo hicieron la vaciaron, la robaron y hasta quemaron su biblioteca”. Y concluye: “Vaya este tema como un homenaje a los compañeros con los que trabajé y ya no están y como rememoración emocionada de una argentina que no fue”. Un atinado aporte a la conservación de la cultura y de la memoria, sustancial para el desarrollo de los pueblos y de su historia. En otro plano, se percibe también en “Zamba…” el timbre juvenil de la cantante por aquellos años.

 

Participaron en Liliana Herrero y en Esa fulanita Luis Alberto Spinetta, Emilio del Guercio, Fabiana Cantilo, Rubén Goldín y Fito Páez, quien produjo ambos trabajos. Se advierte que, cuando Herrero comenzaba su carrera discográfica, tenía ya entonces una idea clara acerca de qué quería hacer con la música popular: se oye ese cruce tan característico en su obra del folclore con otros géneros musicales como el rock, la bossa nova o el jazz. En este caso, hay un acercamiento al rock y al pop sobre todo (por ejemplo “Para el Cachilo dormido” que tiene arreglos en teclados con el sonido propio del pop local de los 80), junto a músicos que, desde su género, también intentaban tomar contacto con el folclore. No obstante, la raíz de la zamba o la baguala que se interpreta se mantiene, aunque con ciertas alteraciones, producto de disonancias, juegos en el canto, en la melodía y de la mixtura de instrumentos eléctricos y autóctonos. En suma, en El tiempo… hay un claro predominio de teclados (obra de Páez) acompañado con buena percusión y precisa batería, más pasajeros arreglos en guitarra y vientos.

 

Completan su discografía Isla del tesoro (1994), acaso su disco más ambicioso: un trabajo bien eléctrico en el que se hace más explícito el interesante eclecticismo de sus interpretaciones como “La chacarera del expediente” (Leguizamón), que penetra en los tiempos del reggae, y El diablo me anda buscando (1997), una suerte de unppluged que se grabó en vivo luego de una serie de conciertos dados en el Foro Gandhi y en el Anfiteatro de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata.

 

Un dato que vale tener en cuenta de El tiempo quizás… es que la edición estuvo a cargo de una universidad pública: en este caso la del Litoral. Además, el arte de esta reedición-selección es muy cuidado: tapas duras de cartón forradas en negro con un librillo que contiene el texto mencionado más arriba, las letras de cada tema y los músicos que participaron en cada uno; todas ellas ilustradas con figuras que bien podrían ser indígenas o símbolos rupestres. Para coleccionar.

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