Estamos bajo la impresión provocada por el fallecimiento del hermano Roger, uno de los grandes líderes espirituales y uno de los padres espirituales de nuestro tiempo. No obstante, al mismo tiempo, nuestro dolor se transforma en esperanza.

 

El abandono ante la voluntad de Dios y el humilde don de sí se habían convertido en el hermano Roger en una fuente de paz interior, esperanza e, incluso, felicidad. ¿Quién podría haberse imaginado que este humilde don de sí acabaría un día en semejantes circunstancias? Y, sin embargo, incluso en estos momentos y con mayor motivo si cabe, podemos recordar las palabras que al hermano Roger le encantaba repetir: “Tú que nos amas; tu misericordia y tu presencia hacen que nazca en nosotros la luz de la alabanza”.

 

Gracias al testimonio de sus amigos y siervos, Dios no deja de guiar a su Iglesia ni de prepararle un futuro. Con su presencia, sus palabras y su ejemplo, el hermano Roger hacía que el amor y la esperanza brillaran a su alrededor, más allá de las barreras y divisiones de este mundo. Hombre de comunión, alimentaba en su corazón y en su oración un profundo deseo de reconciliación y encuentro. Con los hermanos de la Comunidad de Taizé, quería plantar un fermento de unidad en la Iglesia y el mundo.

 

La primera escisión que le dolía al hermano Roger era la de la división entre cristianos. Desde su juventud, se unió a la oración de Cristo: “que todos sean una sola cosa, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Juan 17, 21). Quería vivir la fe de una Iglesia sin divisiones, sin romper con nadie, dentro de una gran fraternidad. Creía, sobre todo, en el ecumenismo de la santidad, que cambia lo más profundo del alma y que, por sí sola, lleva hacia la comunión plena. Sí, la primavera del ecumenismo floreció en una colina de Taizé, en esta Iglesia de la Reconciliación, en la que miembros de distintas tradiciones cristianas se reúnen en un marco de respeto y diálogo, en oración y compartiendo como hermanos, inspirados por la presencia y el ejemplo del hermano Roger.

 

La segunda escisión que le dolía al hermano Roger era la división entre pueblos y naciones, entre países ricos y países pobres. Toda forma de injusticia y abandono lo entristecían profundamente. Quería que algunos hermanos de la comunidad se fueran a vivir a otros países con los más pobres de entre los pobres, en pequeños grupos, como un símbolo sencillo de amor y comunión. Sentía especial aprecio por esta sencilla forma de testimonio, como una profecía en miniatura del Reino de Dios, como una semilla de amistad y reconciliación en un mundo plagado por la indiferencia. Para el hermano Roger había una continuidad completa entre el amor de Dios y el amor de los seres humanos, entre la oración y el compromiso, entre la acción y la contemplación.

 

El hermano Roger era contemplativo, un hombre de oración, al que el Señor había llamado al silencio y la soledad de la vida monástica. Sin embargo, quería abrir el corazón de los monjes y de la Comunidad de Taizé a los jóvenes de todo el mundo, a su búsqueda y su esperanza, a su alegría y su sufrimiento, a sus caminos de fe y de vida. Éstas son las últimas líneas de su último libro, publicado hace un mes: “Por mi parte, llegaría hasta los confines de la tierra, si pudiera, para repetir una y otra vez que confío en las generaciones más jóvenes”. Más allá de ser un guía o un padre espiritual, el hermano Roger fue, para muchos, un padre, un reflejo del Padre eterno y de la universalidad de su amor.

 

No estamos aquí reunidos para contar la historia de una vida, sino para alabar a Dios y orar. Agradecidos por todo lo que la Iglesia de Cristo y la humanidad han recibido de la vida del hermano Roger y de su testimonio, hoy lo confiamos al amor eterno de Dios.

 

Señor, permite que tu siervo vea “los cielos abiertos y a Jesús de pie a la derecha de Dios” (Hechos 7, 55), el Jesús al que tanto amó y buscó durante toda su vida. Permítele, en el Espíritu Santo, que entre en la comunión de los santos y en la liturgia perfecta del Cielo, la comunión en Dios en la que tanto deseaba vivir, entonar cantos y orar todos los días. Permítele contemplar el rostro del Padre eterno en toda su belleza, el rostro en el que toda mirada de amor se ve materializada y sobre la que brilla la vida eterna. Concédenos la gracia de continuar, según su ejemplo y con esperanza, en el camino de la reconciliación, la comunión y la paz, como anticipo de tu Reino eterno.

 

 

 


El texto fue leído el 23 de agosto pasado y su traducción distribuida por la Comunidad de Taizé (Zenit)

 

 


Taizé se encuentra en el sur de la Borgoña. Allí el hermano Roger Schutz, de origen suizo y calvinista, fundó en 1940 una comunidad ecuménica internacional. Sus miembros se comprometen de por vida a compartir los bienes materiales y espirituales, en el celibato y en una gran simplicidad de vida. Hoy, la comunidad reúne a un centenar de hermanos, católicos y de diversos orígenes evangélicos, de más de veinticinco nacionalidades.

En la vida cotidiana de Taizé hay tres momentos de oración común. Los hermanos viven de su trabajo; no aceptan donaciones ni regalos. Algunos viven en pequeñas fraternidades entre los más pobres.

Desde finales de los años 50, miles de jóvenes comenzaron a llegar a Taizé para participar en los encuentros de oración y reflexión, semana tras semana. Asimismo, algunos hermanos realizan visitas y animan encuentros, pequeños y grandes, en África, América del Norte y del Sur, en Asia y en Europa, como parte de una “peregrinación de confianza sobre la tierra”.

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