El viaje de AACREA

 

Cuando recibí el mail de AACREA (Asociación Argentina Consorcios Regionales de Experimentación Agropecuaria) proponiendo un “viaje de capacitación a Chi…”, me inscribí, con Isabel, mi mujer, sin terminar de leerlo. Hice bien, pues quedó mucha gente sin viajar por falta de lugar. Me pareció una oportunidad para aproximarnos a su cultura a través de la agricultura, para tratar de comprender al menos algo de esa mezcla inasible de comunismo y capitalismo, ver de cerca ese país del cual depende en gran medida nuestro futuro como productor de alimentos.

 

Partimos el 3 de agosto por la noche en un largo viaje de más de 40 horas. Éramos 35 personas, algunos amigos, otros simplemente conocidos y todos o casi todos unidos por el vínculo de CREA. Esto nos dio un lenguaje, una actitud, una metodología de observación y de intercambio, invalorables en una experiencia de esta naturaleza. Y me apresuro a aclarar que volvimos con muchísimas más preguntas que las que teníamos en el momento de la partida. Pero derribamos paradigmas y preconceptos, relativizamos la acepción de muchísimos términos que utilizamos corrientemente, dejamos de lado juicios apresurados y comenzamos a comprender un poquito.

 

El viaje, bien armado, intentaba una mirada sobre la administración pública china y un contacto con los representantes de nuestro país en Beijing. Luego seguiría Harbin, el corazón de la soja, al noroeste de Beijing; Dalian, el gran puerto de exportación e importación de granos y petróleo; para terminar en Shanghai, la Nueva York de China.

 

No pudimos llegar a Harbin. Nuestros anfitriones dijeron que no iba a ser interesante, y que mejor fuéramos a Changchun, el corazón del maíz, y no tuvimos más remedio que hacer así. Harbin está cerca de la frontera chino-rusa, una zona donde los extranjeros aparentemente no éramos tan gratos. No quiero dejar de mencionar que el viaje se gestó con toda la colaboración de nuestros representantes diplomáticos.

 

Primeras impresiones

 

Antes de entrar en los detalles, algunos comentarios acerca de los impactos iniciales. El primero parece una necedad: China está llena de chinos. Hay gente en todos lados. En las ciudades, en los supermercados, en las rutas, en las calles, en las veredas, en las escaleras mecánicas; de día, de noche; van en bicicleta, en auto. No estamos acostumbrados a semejante densidad de población. Tampoco a la distancia que imponen el idioma y la escritura. El chino es un idioma gutural y cantado. Hablan sin mover los labios. Nada que ver, por ejemplo, con el malayo que no se entiende pero que suena a lengua pariente de las nuestras. Algunos pocos, muy pocos, poquísimos, hablan algo de un inglés que no se entiende. Ni siquiera en los hoteles internacionales. Existe sin duda una dificultad fonética y gramatical para compatibilizar su idioma con las lenguas occidentales, lo que nos hace difícil la comprensión, inclusive de los buenos traductores, que confunden la “r” con la “l”, dicen “lata” en lugar de “rata”.

 

Y tampoco nos resultan familiares sus costumbres. La comida merece un párrafo aparte. Nada o poco que ver con los restaurantes chinos de Europa o de Buenos Aires. Se compone de un mínimo de 14 platos, de los cuales uno “elige” lo que más o menos aconseja el buen sentido. En casi ninguno se adivina lo que se está comiendo. Todo cortado en pedacitos, con salsas agridulces y muy picantes, que dejan una duda enorme acerca de qué animalito o qué hortaliza se utiliza en su elaboración. “Nunca preguntes de qué está hecho lo que vas a comer”, me dijo un día sabiamente uno de mis compañeros de viaje.

 

No hay que preocuparse por los perros, porque no hay. Se los comieron. ¡En todo el viaje vi sólo dos! Y se los comieron para paliar el hambre. También se comieron las palomas. Y son nuestro único comprador de orejas de vacuno. En el mercado se exhiben alacranes, ciempies, hormigas y otros animalitos. En los restaurantes de mariscos exhiben las langostas vivas, los peces vivos, que uno puede elegir, como en muchos restaurantes occidentales elegantes. Y también forman parte de la exhibición los sapos vivos, grandotes como los sapos toro de Corrientes y con la piel lustrosa como las ranas. Uno de nuestros compañeros, ante nuestro horror, pidió uno. Por supuesto que cuando lo trajeron, cuidadosamente cortado en trocitos, fuimos muchos los que nos precipitamos a probar, pensando que era la única oportunidad de nuestra vida de tragarnos un sapo de verdad (de los otros, ya conocemos el sabor). Y era una carne ni blanca ni negra, con bastante grasa y muchos huesitos, ni muy fea ni muy rica. Y esa variedad de comidas, que hace que “todo bicho que camina va a parar a la sartén” se debe sin duda al hambre ancestral.

 

Burocracia, política y administración

 

Pero volvamos a la faceta “seria” de nuestro viaje. Y empecemos por la administración pública.

 

Lo más importante que iluminó gran parte de lo que vimos, fue la frase de Deng Xiao Ping: “No importa si el gato es negro o blanco. Lo importante es que cace ratones”. Ese dicho resume todo el pragmatismo que permitió la apertura china y su crecimiento fenomenal. Y esto muy poco después de la Revolución Cultural. ¡Y vaya si los caza, y de qué manera! Comenzamos con los burócratas del Ministerio de Agricultura. Aburridos y cerrados. Pensábamos que esta gente no podía cazar ningún ratón. Pero al día siguiente fuimos a la Academia de Ciencias Sociales; aquí había gente pensante, no contestaban a nuestras preguntas como autómatas, discutían entre sí. Era obvio que las políticas se gestaban en algún lugar que no era la burocracia de los ministerios. Y tampoco eran burócratas los administradores de las empresas del Estado, sino que funcionaban con una mentalidad empresaria. Finalmente, llegamos a la conclusión de que había tres perfiles básicos y diferentes de funcionario estatal (seguramente habrá muchos más, pero uno tiende a clasificarlos para entender): los burócratas de los ministerios, ejecutores de políticas; los “pensadores de políticas” (su máxima expresión sería el consejo consultivo del Partido Comunista Chino) que están en gran parte en las academias y las universidades. Ninguna duda de que para ello tienen think tanks en distintos niveles, a los que cuidan con esmero. El tercer perfil sería el de los administradores, verdaderos empresarios; con una mezcla bastante grande en los colores del gato. Hay muchos gatos overos. Y cuando uno escarba un poquito debajo de lo privado, está el Estado; y dentro del Estado está siempre, inexorablemente, el Partido Comunista. ¿Cómo se articularán los distintos perfiles de los funcionarios entre sí, especialmente “tomadores de decisiones” e “intelectuales”? ¿Y, a su vez, estos dos con el Partido?

 

Estuvimos en una planta de molienda de soja, East Ocean, a 150 km de Shanghai, que importa y muele 3 millones de toneladas por año (sic); trabajan 1500 obreros. ‘¿Es estatal o privada?’ (el grupo se reía de mí porque yo siempre preguntaba lo mismo). Nos contestaron que era una empresa nueva, a su vez formada por otras tres: ADM, estadounidense súper privada importadora y exportadora de granos; una empresa de Singapur, también privada, y COFCO, estatal, que tiene el 54 % de las acciones (sic). COFCO es la empresa import/export de granos en China. East Ocean: fenomenal, moderna, imponente. Nos recibieron en la sala de reuniones con la bandera del Partido Comunista Chino (el único lugar en el cual vimos la hoz y el martillo). También vimos una empresa 100% de capital privado: un modernísimo frigorífico que faena según el rito musulmán y exporta; es propiedad de una familia china.

 

Migraciones internas y urbanización

 

Esta mezcla de gatos (en realidad, gatos verdaderos tampoco vimos) se repite en el campo y en las ciudades de la costa.

 

¿Cuáles nos parecieron los grandes problemas chinos? El hambre (darle de comer a 1300 millones) y el trabajo. Ahí vimos planteada una contradicción fenomenal repetida muchas veces. Necesitan mano de obra en las ciudades. Tienen que sacar gente del campo porque la tecnificación la torna innecesaria; allí hay más de 400 millones de personas que viven con un ingreso inferior a un dólar diario. Pero no quieren que se amontone en las ciudades, en villas miserias, donde en un ratito, si dejaran libertad para establecerse donde cada uno lo desea, podrían armarse “15 ciudades como Calcuta”, dijo alguien. Tratan entonces de frenar la política de expansión de la construcción urbana, pero por otro lado la promueven, a lo que se suma la falta de tierra rural, devorada por la urbe y la escasez de agua potable.

 

Para establecerse en una ciudad hace falta la “carta verde”, una especie de documento de identidad que permite vivir allí. Y esa carta no se la dan a cualquiera y tampoco es para siempre (aparentemente hay un mercado negro de “cartas verdes”). Shanghai, por ejemplo, es una inmensa ciudad con 17 millones de habitantes, de los cuales 2 o 3 millones son “extranjeros”. Tiene una superficie cuyo diámetro es poco más de 100 km (la distancia de Buenos Aires a San Andrés de Giles). Los rascacielos crecen como hongos. Los barrios viejos han sido volteados y la tarea continúa. No conservan un solo “San Telmo”; no tienen un “China town”. Cuando fuimos a East Ocean, a 150 km de distancia, no advertimos claramente dónde terminaba la ciudad y dónde empezaba Zhangjiagang, de 820.000 habitantes. La famosa frontera urbano-rural avanza violentamente comiendo campo, y más aún en esa provincia que tiene una densidad de población de 720 habitantes/km2 (en la Argentina es de 13). Alguien dijo que los chinos no eran consumistas, pero a nosotros nos pareció lo contrario: los shoppings están llenos, los Mc Donald’s llenos, los salones con cyberjuegos llenos –probablemente como los de Buenos Aires, que desconozco–. La globalización cultural avanza.

 

Hay una enorme burbuja inmobiliaria. Los departamentos cuestan entre 1500 y 8500 dólares por metro cuadrado, según ubicación y lujo. La tierra es del Estado quien la cede por 70 años, las empresas constructoras son… ¿estatales o privadas? ¿O mixtas? Lo que está claro es que las políticas son estatales, claras y estables y que tienen una enorme vocación y necesidad de crecimiento. Y nos pareció –aclaro que a Isabel y a mí, porque no estoy seguro de que la totalidad del grupo comparta esta afirmación– que un gato de un solo color, capitalista, no hubiera podido llevar adelante el despegue de este país del modo en que se ha hecho. Es preciso tener en cuenta la historia del pueblo chino. Miles de años sin libertad, con un emperador con mano de hierro, luego invasiones europeas y japonesas, luego Mao Tse Tung. Difícilmente este pueblo se hubiera acostumbrado a la libertad y a la democracia, por lo menos en esta etapa. Muy distinto es este ‘modelo gatuno’ al modelo de la India, por ejemplo.

 

Campo

 

Vayamos al campo, nuestro punto de referencia. El deseo de aproximarnos a la cultura a través de la agricultura, es verdadero. Imagino que pocos lectores habrán oído hablar de Changchun. Yo nunca había oído ese nombre. Esta ciudad es la Pergamino de China. Sólo que con 7 millones de habitantes, casas de 20 pisos, enclavada en el centro de la zona maicera. Suelos arcillosos con una excelente capacidad de retención de agua, maíz hasta donde la vista alcanza, con suaves ondulaciones. Maizales impresionantes, que nos dejaron absortos. Genética de última generación (estadounidense), unas mazorcas espléndidas, un color oscuro espléndido, 250 kg de fertilizante/ha, una homogeneidad envidiable. Nunca vimos el sol. Vimos muy poquita soja. Al parecer está más al norte y más al oeste, donde llueve un poco menos. ¿Qué pasará más al oeste? Porque aparentemente están pensando ahora en avanzar sobre el Far West. Otra similitud con los Estados Unidos.

 

 Y volviendo a nuestro maíz. ¿Cómo logran esa homogeneidad sobre una superficie media por agricultor de 10 mu (una ha=15 mu)? Es decir algo así como 0,6 ha por agricultor ¿Quién decide la tecnología a usar? ¿Cómo lo siembran? Dicen que “a mano”, pero los surcos están paralelos y equidistantes. En algunos casos hay cooperativas a las cuales el agricultor aporta su tierra. Y la cooperativa siembra y aplica el fertilizante. Y la cosecha se hace a mano, cortando la caña porque ésta sirve de leña para el invierno (20° bajo cero). Y el agricultor queda “libre” de ir a trabajar a otro lado y ser electricista o lo que fuere. ¿Cómo será? ¿Y quién trabajará cuando no están en cooperativa? El mu es una unidad de superficie ligada a los surcos de maíz, pero no se ven diferencias entre hileras, por lo menos en 0,6 ha. Se ven cambios varietales pero en superficies aparentemente mayores. Y las cooperativas no están en todos lados. E hicimos 600 km en bus desde Changchun hasta Dalian y siempre el mismo mar de maíz homogéneo. La “propiedad” de la tierra es estatal pero los agricultores tienen derecho a cultivar la superficie que les fuera adjudicada por los próximos 70 años. Este derecho se transmite hereditariamente. No nos quedó claro si se puede vender o alquilar.

 

Comercio de productos agropecuarios

 

Una cosa sí nos quedó clara. En esa zona por lo menos, el margen que tienen para incrementar la producción agregando tecnología parece muy pequeño. Eso es bueno para nosotros. Varias veces surgió, en distintas entrevistas, que era altamente probable que en el futuro China fuese también un importador neto de maíz. Hoy lo importa en el sur y lo exporta en el norte, haciendo una diferencia de precios o por lo menos ahorrándose el flete. Le compran a los Estados Unidos y le venden a Corea y a Japón. Son comerciantes habilísimos.

 

 Aparentemente, la venta del producto es libre. Aparentemente, el productor puede decidir si siembra maíz o si siembra otra cosa. Cada vez que salíamos de una entrevista nos preguntábamos: “¿será verdad?”. La comercialización del arroz no es libre y está 100% en manos del Estado. Es la base de la alimentación del pueblo chino. Donde el clima lo permite, trasplantan el arroz porque de ese modo pueden hacer dos cosechas por año. No ocupan la superficie total del predio durante el período del almácigo. Son 20 días + 20 días = 40 días en 10 metros cuadrados. Transplantan los plantines a mano y el “potrero” permite así dos cosechas en el año. He oído decir que en algunas partes hacen lo mismo con el trigo.

 

Visitamos un muy correcto criadero de cerdos donde no nos dejaron ver la maternidad (con razón, debido a restricciones sanitarias, porque éramos muy numerosos). Como no tenían ni flushing ni piso ranurado, una atenta chica iba limpiando con una palita la suciedad a medida que se producía. También visitamos un galpón de engorde de vacunos (toros para consumo). Un novillo gordo o un toro gordo –que es en realidad lo que faenan– vale alrededor de 1000 dólares.

 

No pudimos ver “un agricultor”. Encontramos uno en un camino, que tenía una vaca que llevaba con una soguita para hacerla pastorear en la ruta, que había vendido la otra que poseía, pero no nos llevaron a la casa ni al campo de ninguno para poder conversar. Varios nos informaron que, en 13 provincias, habían quitado “impuestos al agricultor” y que eso había tenido una importancia enorme en su bienestar. No logramos saber cuál era la naturaleza de los impuestos quitados. Si era al producto o a las personas. Los impuestos directos y los indirectos tienen consecuencias económicas muy diferentes sobre la producción. Aparentemente, en algunos productos, otorgan subsidios. También para la utilización de determinadas tecnologías, por ejemplo algunas semillas. ¿De qué manera se instrumenta? No logramos saberlo. Vimos personas arriando algunos gansos (alrededor de quince por persona). Quizá el símil de nuestras vacas en la costa de algunos caminos o en las vías del ferrocarril. Habría 200 millones de productores agropecuarios en China…

 

Tecnología, ciencia y educación

 

Un hueco importante fue la falta de visitas a universidades y centros de gestación del conocimiento y de la tecnología. No visitamos un INTA chino ni nacional ni provincial. ¿Cómo se gesta ese conocimiento que uno ve por todas partes? ¿Cómo se realiza la extensión? ¿Quien la lleva a cabo? El único lugar que se parecía un poco a un think tank fue la ya mencionada Academia de Ciencias Sociales. Y tampoco pudimos tener una idea acabada de la política agrícola en su conjunto. Cabos sueltos que tratamos de anudar.

 

 Aparentemente, grandes esfuerzos en educación. Masiva alfabetización. A partir de este año inglés obligatorio en todas las escuelas primarias del país de 3º grado en adelante (sic). Y se me ocurre que si lo dicen y disponen, lo hacen. Siempre “aparentemente”, problemas con la salud pública. Están en una etapa de “privatización” (seguramente con empresas privadas, estatales y mixtas) y eso hace que los más pobres empiecen a tener dificultades.

 

Imponente la ciudad de Dalian, la “Rosario” o “Bahía Blanca” china, de 3 o 4 millones de habitantes. Nuestro Swiss-hotel tiene 35 pisos. Fenomenal el puerto de aguas profundas, que no se congelan en invierno, con una empresa estatal que lo maneja. Impresionante el empuje de los empresarios privados que vimos (Carrefour, ADM, etc. etc.). Se ve que el sector público chino tiene un “gran respeto” por ellos o por lo menos una clarísima conciencia de que los necesitan. Hay muchas cosas para aprender de China. Y siempre o casi siempre los extranjeros asociados a un partner chino.

 

Gente y costumbres

 

No puedo terminar estas impresiones sin anotar dos palabras acerca de los chinos y las chinas. Por supuesto, mucho más interesantes estas últimas. Muy bonitas, muy finas, con un cutis maravilloso. En 15 días vimos sólo dos mujeres embarazadas. Cuando tienen dinero y trabajo y se quedan esperando un segundo hijo, les imponen multas fenomenales ¿Y cuándo no tienen ni dinero ni trabajo? Cero temor a ser asaltados en la calle. Mucho temor, en cambio, de ser engañados en una negociación, en un regateo (que a los argentinos nos divierten). Cantidad de marcas “truchas”. En Shanghai hay un “Mercadillo de cosas falsificadas” donde se venden las marcas más famosas de cualquier cosa por la décima parte de su precio. Al subir a un paseo en barco por el río que atraviesa Shanghai, uno de los del grupo, para divertirse, compró 7 “Lolex watchs” por 10 dólares y… todos funcionan.

 

Arte y cultura

 

Dos palabras también sobre algunas maravillas que pudimos ver a la disparada, además de la Gran Muralla: la Ciudad Prohibida, donde estuvimos sólo unas tres horas, el Palacio de Verano de los Emperadores (destruido durante la guerra del opio por las fuerzas anglo-francesas) y reconstruido en 1860, el Buda de Jade con su templo y el Jardín del Mandarín Yu Yuan también maravillosos, ambos en Shanghai. Una gran diferencia con las maravillas occidentales: arquitecturas, esculturas y decoraciones, todas ellas llenas de recovecos. ¿Tal vez como la mente de los chinos? Un jardín o un palacio, “no debe verse todo al mismo tiempo”, las cosas se deben ir descubriendo de a poco. En cada vuelta de cada camino, de cada sendero, aparece un techo nuevo, un palacete nuevo, un rincón lleno de encanto, con el dragón de cinco garras, propio de un emperador o con la grácil figura en piedra de una garza. Pero a pesar del enorme atractivo que tiene el aproximarse a la cultura por el arte, nos tuvimos que resignar a esas visitas fugaces, porque a China no habíamos ido con ese objetivo.

 

Amistad

 

Hicimos, en cambio, un viaje que nunca podríamos haber llevado a cabo solos. Vimos cosas y tuvimos entrevistas que sólo eran posibles en ese marco y con esa organización. Una organización impecable del Área de Economía de AACREA. Preparación previa, profesionalismo, reuniones cotidianas de evaluación en las cuales todos participábamos, orden, puntualidad, excelencia. Dos “presidentes” del grupo, que encabezaban nuestra “delegación” y que ceremoniosamente, al final de cada entrevista, se acercaban a nuestro anfitrión y con una suave inclinación, al mejor estilo oriental, decían “del mismo modo que ustedes toman té, en nuestro país tenemos la costumbre de tomar una bebida que denominamos mate y que simboliza la amistad, pues la compartimos” y les regalaba un lindísimo mate y su correspondiente bombilla, junto con la tarjeta entregada como corresponde, con ambas manos.

 

Vayan estas líneas como un apresurado resumen de impresiones de un agricultor argentino en ese deslumbrante país, sin pretensión de informe ni de exactitud sino sólo de cuentos chinos.

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