Debo decir desde el comienzo que, en su prolija y sencilla edición, este libro que parece breve, escueto, contiene sin embargo la posibilidad de una experiencia de lectura, de las más intensas que podamos tener en la Argentina de nuestros días. Buena parte de lo mejor, de lo más perdurable, de lo universal y lo eterno (en los pobres términos o alcances humanos que nos corresponde dar a estas palabras) que ha producido la cultura literaria de nuestro país durante los últimos 60 años, se encuentra en el volumen cuidado con sutileza y amor al saber por Osvaldo Svanascini. Quizás no sea aventurado pensar que muchos versos de la antología ingresarán pronto en el territorio de los loci communes que nos identifican como una comunidad de creadores y lectores, particular y muy individualizada entre las naciones. Reivindico la noción de “lugares comunes”, no por supuesto para la ciencia o el saber tecnológico sobre el mundo donde no cabe sino aceptar la crítica que Descartes hizo del topos y de la práctica desprendida de su uso, pero sí la saludo en el campo de la recepción del fenómeno poético. Porque, si bien el poeta es grande cuando, como aseguraba Lucrecio, ha abierto senderos nunca hollados por las Piéridas, el poeta se convierte paradójicamente en vate de un pueblo cuando algunos de sus versos, aunque sea unos pocos, ingresan en el repertorio espontáneo de que disponemos los hombres ordinarios para iluminar nuestras existencias con la luz súbita de una metáfora, del desvelamiento estético que nos muestra en un relámpago el núcleo enigmático de lo real. Y estoy seguro de que en estas páginas hay, por lo menos, 25 loci, digamos, uno por cada poeta, pero podrían ser perfectamente más, que merecen ser apresados y engarzados en el bagaje colectivo de nuestra experiencia poética.

 

¿Cómo debería de comentar, la persona prosaica que soy, un libro de poesía sin caer en el ridículo, esto es, sin glosar lo que ha sido dicho de un modo inmodificable, por la definición misma de lo poético? En principio, intentaré adoptar un punto de vista general y transmitirles cuáles entiendo que son los caracteres comunes que recorren, a mi juicio, la totalidad de la antología. Me temo que resultaré una especie de entomólogo despiadado y frío para muchos de ustedes, pero allá voy:

 

Surrealismo. Tal es el horizonte al que se remite de forma constante la mayoría de los autores y poemas. Por supuesto que afirmar semejante cosa de Aldo Pellegrini con su peste cromática y su pesadilla litúrgica, de Enrique Molina con su doble y la hipérbole de sus metamorfosis, de Raúl Gustavo Aguirre con la oda a Apollinaire, de Olga Orozco con el ritualismo imposible entre solar y ctónico, o de Oliverio Girondo con sus experimentos disparatados de lenguaje, no entraña novedad, pero sí quizás señalarlo en Juan L. que nos hace ver una cristalería de pájaros, un sueño de cal y de follaje, un bosque de brazos para sostener el día puro, y también en Basilio Uribe en quien la impronta asume un tono jocundo, risueño, que resulta asombroso. Me animaría a decir que el libro se hace en buena medida incomprensible si no nos remitimos a la práctica de la metáfora por sí misma que Vicente Huidobro trajo a esta parte de América en los años 20 y que nos hizo descubrir el primer Borges. El par Surrealismo-Ultraísmo, entonces, podría ser nuestra primera brújula.

 

Tradición clásica. Es un elemento fortísimo, tal vez inesperado, si bien a posteriori la sorpresa se nos aparece claramente como un prejuicio. ¿Cómo no iban a irrumpir los antiguos, desde Píndaro hasta Virgilio, en la literatura argentina que ha exhibido una voracidad perenne hacia ellos, desde Juan Cruz Varela hasta Marechal o Ciocchini y hoy Daniel Samoilovich, por ejemplo? La impronta de Grecia y del Mediterráneo es también nuestro bajo continuo, a semejanza de la literatura española moderna y de nuestras hermanas de Hispanoamérica. Fragmentos: Saturno devorador, identificado con la patria en Rodolfo Alonso. La Gorgona de Juan Jacobo Bajarlía. Palmira, Casandra y el Olimpo de los dioses tardíos en Alberto Claudio Blasetti. El paganismo mistérico de Juan José Ceselli. Las Hécates convocadas por Dolores Etchecopar y Alberto Girri (quien también reconstruye en pocos versos el abrasarse de la primera Enéada de Plotino). El Hades de Jorge Andrés Paita. La Circe y los simulacros de Enrique Molina. El Ulises radicalmente inmóvil, mucho más que lo fue el joyceano alguna vez, de Ricardo Molinari. La burla amable e incisiva de la gesta troyana en los diez mil barcos de Basilio Uribe. La refracción de la tradición bíblica en Alejandra Pizarnik: el Jacob de Toda la noche ha forcejeado con su nueva sombra, la música como muerte o la trampa de los sentidos que conjura la condena mosaica de la idolatría. La Antigüedad como Renacimiento en la Vida Nueva de Rodolfo Godino y en el homenaje a John Donne de Juan Jacobo Bajarlía.

 

Hacia la poesía universal. Más allá de los horizontes greco-latino y euro-atlántico, está la resonancia y cita explícita de los poetas T’ang en el sentimiento de la naturaleza de Juan L. El modelo haiku en Jorge Andrés Paita. Las deidades de piedra, el dragón y el mono cargado de estrellas en Osvaldo Svanascini (allí también se entrecruzan el cíclope y la sibila). Ni la incorporación de nuestra antigüedad pagana ni la del legado universal son procesos pacíficos en estos poetas; por el contrario, son acontecimientos producidos por una gran tensión que se percibe y se vive respecto del Otro, pero el conflicto cultural se resuelve en el abrazo poético donde nunca se extinguen la “mismidad” del que canta ni la “alteridad” del que es imitado.

 

Relación desgarrada con el país, cuando no directamente hostil. Vuelvo al Saturno-patria de Alonso. El tremendo país de rutas estranguladas de Bajarlía. El Hubo un país de Julio Llinás (qué maravilla toparse con el blend de hondura y ligereza de este poeta). El contrapunto entre la proclama dramática del Yo no tengo país y el Viaje estival con Lucio de Francisco Madariaga. El muro violento de Molinari. Apenas un asomo de la épica en Paita y su El general Paz en la Aduana de Santa Fe (no es raro entonces que en él mismo despunten explícitos los dicterios, a la manera de Arquíloco, contra la globalización y sus orígenes hitlerianos); es Mario Trejo el otro poeta político de la antología, casi benjaminiana en su pretensión de redimir, mediante la poesía, la tensión entre los muertos y las profecías. Chispazos reveladores en Etchecopar: ¿qué si no político es su clamor de lo enterraron en la sombra de su sombra por haber vivido sólo de hambre?

 

Síndrome de Godot. Un ansia de lo no condicionado, un vislumbre de Dios. La poesía vertical de Roberto Juarroz. Edgard Bayley, el nombre indecible y el puente reconstruido de nuestra relación con lo divino. Otra vez el dios desconocido en Juan José Ceselli. La masmédula de Girondo.

 

El sempiterno amor. Alberto Vanasco, entre el ella en particular y la gran extranjera. La masmédula de Girondo. Juarroz y el amor como manía erotiké. La soledad del pelícano de Molinari, que es amor perdido. Otra soledad, por despedida e inmensidad de lo amado en Elizabeth Azcona Cranwell. La transfiguración simbolista de lo erótico en Orozco.

 

Si me referí en passant a la manía erotiké a propósito de Juarroz, quisiera recordar la otra manía de la que Sócrates habló en el Fedro como forma superior y divina del delirio: la manía telestiké. Esta aparece, primero, en calidad de castigo de los dioses por nuestra falta contra ellos, no la que cometemos al haber olvidado o despreciado a Eros que por ello recibimos la locura de la erotiké, sino al habernos burlado, dice Sócrates, de la mitología, es decir, al haber, en el mejor de los casos, interpretado los mitos a la luz de nuestra racionalidad, como si no fueran más que metáforas cognitivas. Los dioses nos castigan entonces enviándonos la manía telestiké. Pero, ¿cómo curarnos de ella? Aquí Sócrates nos explica que sólo con más delirio de esta naturaleza, sólo con la inmersión sin mediaciones en el furor poético podremos aplacar la cólera de las deidades y, más aún, poner su poder de nuestro lado.

 

 

                                                        


NO SÉ LAS PALABRAS

 

Yo no sé decir las palabras

No sé decir el mar la olla el sueño

No sé la palabra narcótica

que los días iguales susurran

No sé las palabras que hablan solas y de prisa

No sé decir la luna

ni su rodilla lastimada sobre el cerro

No sé decir hoy es un día

una calle

un gemido

una época remota del deseo

En este lugar oscuro y sin noticias

llevo mi piedra de lágrimas

unas palabras que nada dicen

y muy lentamente

 

Dolores Etchecopar

 

  


ESCRÚPULO

 

Me parece que vivo,

que estoy entre los ruidos,

que miro las paredes,

que estas manos son mías,

pero quizás me engañe

y paredes y manos

sólo sean recuerdos

de una vida pasada.

He dicho “me parece”.

Yo no aseguro nada.

 

Oliverio Girondo

 

 


14

 

Fruto de dos mitades,

una creciendo en lo amargo,

otra en lo dulce.

Fruto tal vez de más de dos mitades,

cuya madurez parece estar afuera,

en una boca sin gusto

o en el reencuentro de la savia por abajo,

antes que el tronco la suba.

Fruto que ignora su árbol,

quizá porque no hay árbol

para tan difícil fruto.

La tómbola del aire

lo acierta en la quinta estación,

la que está por debajo de las temperaturas.

 

Roberto Juarroz

 

 


1 

 

Cualquier cosa…

con tal de barrer de la memoria

el mono errado de la muerte.

 

Yo no tengo País,

tengo isletas voladas por el agua.

Siempre he sostenido un placer de confesión

violento en el honor de mi memoria.

 

Islas de patos amarillos

para las mujeres más niñas de la voluntad,

mi sol, mi sol, mi sol,

he resuelto seguir hablando,

seguir bebiendo los juncales de los terrores de la suerte.

 

Francisco Madariaga

 

 


LA MAÑANA PENÉTRAME…

 

La mañana penétrame

con su éxtasis

de agua luminosa

y de delicados prados verdes que mueren

en tenue arboleda azul:

éxtasis traspasado de una íntima

cristalería de pájaros…

 

Juan L. Ortiz

 

 


JONÁS EL POETA

 

¿Esa agua, dónde acaba?

¿Dónde comienza la infinitud

que anega, la impalpable espuma

de la luna perdida en el oscuro espacio

que habita el corazón de la luz?

¿Amanecerá el canto que dilata

el silencio?

¿La voz en otra voz en otra voz,

herida la voz en la herida

que navega y tiembla

en el océano inmenso,

se resumirá en la voz

que habla en uno y uno hable?

Las palabras son esa pelambre

de grasas verdes y olas trastornadas

como víboras,

que claman con los ángeles.

 

Basilio Uribe

 

 


FIGURAS Y SILENCIOS

 

Manos crispadas me confinan al exilio.

Ayúdame a no pedir ayuda.

Me quieren anochecer, me van a morir.

Ayúdame a no pedir ayuda.

 

Alejandra Pizarnik

 

 


* Osvaldo Svanascini (editor), 25 poetas argentinos contemporáneos, Buenos Aires, Papiro-Fundación Sales, 2005.

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