Las nuevas autoridades elegidas de la conferencia de obispos católicos de la Argentina –encabezadas por Jorge M. Bergoglio, cardenal-arzobispo de Buenos Aires, y los vicepresidentes Luis H. Villalba y Agustín R. Radrizzani, de Tucumán y Lomas de Zamora, respectivamente– señalan, por una parte, una continuidad en la línea marcada por Estanislao Karlic y Eduardo Mirás –anteriores presidentes– y, por otra, una búsqueda de clara distancia con poderes políticos y económicos y de cercanía con la gente y sus necesidades concretas y urgentes.

 

Dos figuras emergen con clara presencia más allá de los ámbitos eclesiales y religiosos: la de Jorge Bergoglio y la de Jorge Casaretto, obispo de San Isidro y a cargo de dos áreas clave: presidente de la Comisión de Pastoral Social y asesor nacional de Justicia y Paz.

 

La continuidad de Sergio A. Fenoy, obispo auxiliar de Rosario, en la secretaría general, la presencia del ya nombrado Agustín Radrizzani en la comisión ejecutiva, los presidentes miembros de la comisión permanente, cierta renovación generacional, el desplazamiento de algunas figuras conflictivas y poco proclives a la labor conjunta, permiten suponer que la Iglesia argentina quiere transitar etapas más signadas por la comunión y la colegialidad, más autónomas y menos corporativas en el quehacer social del país.

 

La Iglesia, siempre llamada a renovar su fidelidad al Evangelio de Jesús y a seguir caminos de santidad y de unidad, parece mostrarse más abierta al diálogo con toda la sociedad, menos rectora y más acompañante, dispuesta a dar mayor protagonismo al laicado y voz a los que muchas veces no la tienen. Una Iglesia preocupada por el futuro de la Nación más allá de banderías políticas o discursos de coyuntura.

 

Por eso no podía dejar de sorprender la reacción –tan desproporcionada como injustificada– del presidente Néstor Kirchner y algunos allegados ante lo que sería, en la mejor de las hipótesis, una equivocada lectura de la Carta sobre el pensamiento social: Una luz para reconstruir la Nación (texto que se incluye íntegro en la página web: www.revistacriterio.com).

 

Se abre ahora una nueva etapa, acaso con más expectativas que otras veces en nuestra historia. A la luz del pesebre de Belén, conviene recordar –jerarquía y laicos– que el gran mensaje cristiano llega con humildad en la fragilidad de un recién nacido y quienes primero lo acogen son pobres pastores que corren a recibirlo. La estrella de Navidad marca una guía que todos los cristianos debemos esforzarnos por seguir en medio del arduo camino de la historia.

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