¿Qué es lo que caracteriza al laicado en la Argentina? Intentaré una respuesta.

 

La Acción Católica fue indiscutiblemente la expresión privilegiada del laicado en una etapa en que el país demográficamente era la mitad del actual y culturalmente mucho más homogéneo, al menos en las grandes ciudades, y atento al influjo europeo. Su aporte a la Iglesia ha sido y es significativo.

 

Luego llegó el tiempo de los movimientos y las asociaciones, de la Prelatura y de la Prioridad Juventud, que se sumaron a la ACA y contribuyeron considerablemente a revitalizar los cuadros laicales. Pero su proyección, no obstante su importancia cualitativa, no parece haber alcanzado a permear la cultura de los argentinos, su influjo habría quedado circunscripto a ámbitos relativamente acotados.

 

¿Qué es entonces lo que caracteriza hoy al laicado? Creo que es preciso buscar la respuesta en los criterios de conciencia de la hora, de conciencia de responsabilidad y de conciencia de pertenencia.

 

Conciencia de la hora, porque se sale del letargo y de la inercia de una suerte de vida de renta de la “Argentina católica”. En este sentido, la participación de los laicos en la mesa del Diálogo Argentino representó un punto de inflexión a partir del cual la Iglesia advirtió la necesidad de un laicado capaz de generar una visión y asumir el momento.

 

Conciencia de responsabilidad, porque el pozo profundo en que cayó la Argentina y el empobrecimiento material y cultural de nuestra sociedad representó una llamada que no podía ser desatendida sin grave compromiso para los cristianos.

 

Conciencia de pertenencia, porque el desafío es inmenso y la tarea sería imposible de afrontar si quedara librada a cada uno individualmente. En cambio, a partir de la vivencia de una comunión de fieles que comparten una fe, una misión y una esperanza, “nada es imposible”.

 

A su modo, incipiente y entusiasta, el Congreso ha querido comenzar el camino de esa triple toma de conciencia.

 

En cuanto a la conciencia de pertenencia, al buscar que entre los destinatarios estuvieran también quienes por muchos motivos están alejados de la vida sacramental, con una pertenencia parcial, débil o declinante, para convertirla en una participación viva y plena. Una vez más, gracias también a los encuentros de universitarios y de comunicadores sociales, muchos tuvieron la alegría de reencontrarse.

 

En cuanto a la conciencia de responsabilidad, al tratarse en los debates la superación de una larga adolescencia de fe, aprovechando los medios propuestos por el Concilio Ecuménico Vaticano II para llegar a una fe operante. Con su Carta al Pueblo Argentino –fruto del trabajo de seis representantes elegidos– los laicos se sitúan en la palestra de la opinión pública y asumen pronunciarse en los grandes temas de la agenda del bien común de la sociedad.

 

Queda pendiente la cuestión de la conciencia de la hora, que es en realidad una tarea continuada, permanentemente renovada. Así como las mujeres y los hombres que a principios del siglo XIX vieron con claridad los signos de aquellos tiempos que impulsaban a la vida independiente de nuestra patria, hoy el desafío nos toca a nosotros. La lectura de los signos de estos tiempos en la política, la sociedad, la economía y la cultura son nuestra responsabilidad cotidiana como ciudadanos.

 

Pero esto no sería posible si, en cuanto laicos, no estuviéramos en actitud dócil frente a Cristo. En otras palabras: lo que ante todo se espera de nosotros es que nos propongamos el horizonte de la santidad, cándidos como palomas y astutos como serpientes en medio del barro del poder y del dinero, sacramentos de paz entre los hombres, como decía el recordado cardenal Eduardo Pironio.

 

***

 

El Congreso ha creado un espacio inédito de posibilidades a aprovechar. Como levadura en la masa, estamos en una Argentina donde convivimos cristianos, judíos, otros creyentes y hermanos que sin creer en Dios son creyentes en el hombre, imagen y semejanza de Dios.

 

Nuestro lugar es estar junto a todos sin dejar de ofrecer el tesoro de nuestra fe, una opción respetuosa de la dignidad de la persona, alternativa válida al fundamentalismo secular cuyo dogma postula la falsa opción entre cuerpo y espíritu, entre fe y ciencia, entre libertad y verdad.

 

Nuestra tarea es seguir expandiendo los espacios de libertad de los argentinos; denunciando, si es preciso, toda ideología que nos aleje de la realidad sobre la que debemos construir en paz, reconciliados; sin autoritarismos y sin dogmatismos de viejo o de nuevo cuño.

 

Los participantes del Congreso pueden a partir de ahora crear una densa red de vinculaciones con muchos puntos de encuentro y con vocación de extenderse más y más, reproduciendo espacios de oración y espiritualidad, de testimonio, de apoyo, de reflexión, de diálogo y de acción en común.

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