La obra literaria de Pinter incluye 29 piezas de teatro, 22 guiones, poemas y algunos ensayos. Tiempo atrás comunicó su renuncia al teatro para dedicarse a la poesía y al ensayo político. Aunque en realidad su obra teatral y cinematográfica siempre fue expresión de su pensamiento político.

 

Pinter nació el 10 de octubre de 1930 en Hackney, un barrio de obreros industriales del East End de Londres. Allí pasó su infancia y vio de cerca la violencia, que años después incorporó a sus piezas teatrales bajo distintas formas.

Hijo único de un sastre de ascendencia judía, a los 13 años rechazó la religión y a los 18 se negó a cumplir el servicio militar como “objetor de conciencia”. En otras palabras: su conciencia no le permitía portar armas.

 

Estudió en la Real Academia de Arte Dramático de Londres y aunque se inició en la poesía, su interés se orientó hacia la dramaturgia. Entre 1951 y 1956 se fogueó como actor, participando en giras teatrales por Irlanda e Inglaterra interpretando obras de Shakespeare, bajo el seudónimo de David Baron. Durante ese trajín conoció a la actriz Vivien Merchant, su primera esposa, de quien se separó años después para casarse con la historiadora Antonia Fraser.

 

Cuando escribió su primera obra (La habitación, 1957), en Londres se vivía un doble fenómeno cultural: el surgimiento de un teatro realista por impulso de John Osborne, Arnold Wesker y otros, conocidos como “jóvenes iracundos” (Angry Young Men); y la explosión del free cinema, promovido entre otros por Lindsay Anderson, Tony Richardson, Jack Clayton y Karel Reisz, quienes se dieron a conocer en sociedad en febrero de 1956.

 

Ambos grupos cuestionaron el conformismo moral, que consideraban hipócrita, y el principio de autoridad emanada de la tradición monárquica, en tanto glorificaban la importancia de lo cotidiano. Estas posturas quedaron plasmadas en el Manifiesto de los jóvenes airados, publicado en 1958.

 

Aunque en su obra procuró sintetizar el teatro del absurdo de Beckett y Ionesco con el de los “iracundos” ingleses, Pinter mantuvo sus ideas contestatarias de manera inclaudicable durante toda su vida: condenó el golpe de Estado que derrocó en Chile al presidente Salvador Allende; se opuso al gobierno de Margaret Thatcher; en 1996 rechazó el título de Caballero que le ofreció el gobierno británico, porque le parecía “sórdido”; criticó a Tony Blair por su actuación en la guerra de Irak, a la que calificó de “masacre premeditada”, y definió a los Estados Unidos como un país “dirigido por una pandilla de delincuentes”. También arremetió contra lo que denomina “la nueva dictadura de las élites empresarias”. Desde hace algunos años integra el Comité para el Desarme Nuclear.

 

Apuntes sobre su obra teatral

 

Pinter es autor de una obra dramática profunda, a veces virulenta y obsesiva, que hizo escuela y modificó parámetros de la puesta en escena. Fue un pragmático que en ocasiones se permitió jugar con lo trivial y lo absurdo.

 

Desmontar las contradicciones que subyacen en las relaciones humanas e indagar en la naturaleza del poder y los peligros del fascismo cotidiano, fueron algunas de las preocupaciones que Pinter demostró en su obra teatral. También la traición entre hombres por causa de la mujer y la lucha entre el mundo exterior (el medio social) y el individuo.

 

Jorge Cruz señaló que “en las piezas de Harold Pinter, el encierro de un cuarto es el refugio desesperado de quienes temen la realidad insoportable de la vida cotidiana” 1. Para Susana Freire, “en La habitación (The Room) se encuentra el embrión temático de toda su obra: el individuo despojado de afectos y recursos que desarrolla mecanismos de defensa ante la amenaza del terror que le provoca la realidad exterior” 2.

 

El secretario de la Academia Sueca de la Lengua, Horace Engdahl, manifestó que la obra de Pinter: “descubre el precipicio de las conversaciones cotidianas e irrumpe en los espacios cerrados de la opresión. En la habitación típica del dramaturgo británico se encuentran seres que se defienden contra intrusiones foráneas o contra sus propios impulsos, atrincherándose en una existencia reducida y controlada”.

 

Entre sus obras más recordadas cabe mencionar: La habitación (1957), El montaplatos (1957), La fiesta de cumpleaños (1958), El cuidador (1959), El amante (1963), Los enanos (1963), La vuelta al hogar (1965), Viejos tiempos (1971), Tierra de nadie (1982), Luz de luna (1994), Cenizas sobre cenizas (1996) y Celebración (1999).

 

Su último trabajo es Voces (Voices), drama musical de treinta minutos, que reúne textos de distintas obras suyas y que fue escrito en colaboración con el compositor James Clark, quien lo definió como una obra política que “se pronuncia contra toda clase de opresión”. Voces fue emitida por la BBC en homenaje a Pinter al cumplir los 75 años.

 

En Buenos Aires se representaron varias obras de Pinter, pero quizás la experiencia más memorable fue la puesta en escena que Leopoldo Torre Nilsson realizó en 1967 de La vuelta al hogar, con Julia von Grolman, Sergio Renán y Fernando Siro. Esta versión fue prohibida por la Comisión Calificadora Honoraria de la Municipalidad el 5 de agosto de 1967, apenas dos días después de su estreno.

 

El fundamento de los censores fue que Pinter había escrito una obra “repulsiva a la sensibilidad y repugnante desde el punto de vista ético”. Cabe recordar que esa pieza había sido estrenada a nivel mundial en 1965 por la Royal Shakespeare Company de Londres.

 

Esta vergüenza cultural se reparó recién en 1972, cuando Torre Nilsson repuso la obra en el Teatro Regina, con la actuación de Héctor Alterio, Cipe Lincovsky, Hugo Arana, Sergio Renán, Osvaldo Terranova y Jorge Rivera López.

 

Pinter y el cine

 

La vinculación de Pinter con el cine, como guionista, se produjo en 1963 con El sirviente (The servant), dirigida por Joseph Losey, un estadounidense que se asiló en Gran Bretaña para escapar de la “caza de brujas” que se había desatado en su país. Los personajes fueron interpretados por Dick Bogarde, James Fox, Wendy Craig y Sarah Miles.

 

Pinter escribió el guión a partir de la novela de Robin Maugham. Trata sobre la relación entre Tony y Barret. El primero es un aristócrata inglés que contrata al segundo como su mayordomo y hombre de confianza. Pero Barret, por su eficiencia, se vuelve indispensable, despertando los celos de la novia de Tony.

 

Como en los juegos de espejos deformantes que abundan en la película, las situaciones se invierten una y otra vez, y hacia el final, cuando todo vuelve a comenzar, ya no se sabe –o sí– quién es el criado y quién el amo. Porque el filme analiza el paciente trabajo de destrucción que ejecuta el sirviente sobre su patrón, con el propósito –quizás no deliberado, pero manifiesto– de reducirlo a la mayor sumisión.

 

Pinter colaboró en otras dos oportunidades con Losey: Extraño accidente (Accident, 1967), interpretada por Dirk Bogarde, Jacqueline Sassard, Stanley Baker, Michael York y Vivien Merchant; y El mensajero del amor (The Go-Between, 1971), protagonizada por Julie Christie, Alan Bates, Margaret Leighton y Michael Redgrave.

 

Extraño accidente recrea un libro de Nicholas Mosley y constituye un minucioso estudio de las pasiones humanas, manifiestas u ocultas, planteado a través de la relación entre una joven princesa austríaca y tres hombres que la quieren: un profesor de filosofía, un segundo profesor y un aristócrata, que es alumno del primero. El relato es un prolongado flashback narrado a partir de un accidente automovilístico.

 

El mensajero del amor, sobre una novela de H. P. Hartley, es una suma de flashbacks que equivalen a otros tantos recuerdos que desfilan por la memoria del protagonista, mientras evoca un ardiente verano vivido años atrás en una mansión de la campiña inglesa, cuando sólo tenía 12 años. En esa ocasión, ofició de secreto “mensajero del amor” entre la hija de los aristócratas dueños de casa y un granjero plebeyo.

 

La historia se desarrolla a comienzos del siglo XX. Los días transcurren idílicos, entre partidos de croquet y cenas fastuosas. Pero tras esa fachada de placidez y modales en apariencia corteses, acechan la frustración y el resentimiento. Y el escándalo no tarda en estallar.

 

Este filme es quizás el pico más alto de exquisitez artesanal escalado por Losey, pero con una característica distintiva: la belleza formal está labrada únicamente por amor al arte. Al arte de las formas que Losey utiliza para delinear impecables y sugestivos cuadros de época. Sin embargo, esa pintura social aparece embebida de la más aguda crítica de costumbres.

 

Pero los filmes que probablemente mejor reflejan el pensamiento de Pinter son El guardián nocturno y Traición de amor, basadas en sus propias obras de teatro The caretaker y Betrayal, respectivamente.

 

El guardián nocturno (El cuidador) fue dirigida en 1964 por Clive Donner, con la magnífica actuación de Donald Pleasence, Alan Bates y Robert Shaw. Trata sobre dos hermanos que habitan una casona decadente, y un mendigo que es invitado por uno de ellos a compartir su cuarto del altillo. Mientras los hermanos, por separado, le ofrecen el puesto de “cuidador”, el mendigo se alía alternativamente con uno y otro para obtener ventajas.

 

“La historia –escribió Pinter– se desarrolla de una manera absolutamente fantástica, hilarante y cruel, sin ofrecer ningún razonamiento claro ni explicaciones: la ambigüedad es su misma esencia”.

 

“Si usted prefiere –añade Pinter– puede pensar que es la historia de un hermano fuerte (Mick) que trata de proteger a su hermano más débil (Aston) de una influencia corruptora (Davies). Igualmente, usted puede pensar de mil maneras diferentes. Davies, pese a toda su beligerancia, muy bien podría ser el inocente, y los dos hermanos los villanos de la obra. O podría ser que Aston representase la figura simbólica del bien, Mick la del mal y Davies el hombre común presionado, de alguna manera, entre los dos. Usted debe elegir”.

 

Traición de amor (1983), de David Jones, es la radiografía de una infidelidad matrimonial, pero narrada al revés a través de sucesivos flashbacks. Es decir, comienza en tiempo presente y luego retrocede hasta descubrir el origen de esa traición.

 

El procedimiento es original e implica, de hecho, un estudio de Pinter sobre la psicología de los personajes (un matrimonio de clase media y un amigo de ambos), sus motivaciones y cambiantes estados de ánimo. La historia es sencilla y compleja a la vez, en un verdadero ejercicio de estilo en el que cada encuadre y cada uno de los diálogos es situado en su exacta dimensión.

 

Pinter también adaptó En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, que debía dirigir Joseph Losey. Si bien el proyecto fracasó, el guión fue publicado en formato de libro.

 

Otros guiones para el cine

 

The Pumpkin Eater (1963), de Jack Clayton, con Anne Bancroft, basada en una novela de Penelope Mortimer, que trata la depresión nerviosa que padece la esposa de un guionista, por causa de las infidelidades de éste.

 

Conspiración en Berlín (The Quiller Memorandum, 1966), de Michael Anderson, con Max von Sydow, George Segal, Alec Guinness, George Sanders y Senta Berger. Un filme de espionaje, sobre la acción de un agente secreto inglés, enviado a Berlín para investigar las actividades de un grupo neonazi que opera clandestinamente y ha ejecutado varios asesinatos.

 

La fiesta de cumpleaños (The Birthday Party, 1968), de William Friedkin, sobre la obra de teatro del propio Pinter. Fue protagonizada por Robert Shaw, Patrick Magee, Sydney Tafler y Helen Fraser.

 

La vuelta al hogar (The Home-coming, 1973), de Peter Hall, sobre la pieza teatral de Pinter, con la actuación de Cyril Cusack, Ian Holm, Jonathan Sachar, Paul Rogers y Vivien Merchant. La adaptación de Pinter difiere levemente del original. La historia se desarrolla en una casona londinense. La visita de un hombre y su esposa y la revelación de un secreto familiar, reabre viejas heridas y pone en acción un juego de crueldades, que es uno de los temas preferidos del autor.

 

El último magnate (The Last Tycoon, 1976), de Elia Kazan, con Robert De Niro, Tony Curtis, Robert Mitchum, Jeanne Moreau, Jack Nicholson y Donald Pleasence. El punto de partida es la novela inconclusa de Francis Scott Fitzgerald, que narra una historia de amor en el Hollywood de los años treinta.

 

El protagonista es Monroe Stahr (en la novela es la réplica de Irving Thalberg, que fuera brillante productor de la Metro, fallecido a los 37 años), que posee la talla de los personajes predilectos de Kazan: un hombre que habiendo venido desde muy abajo (es hijo de inmigrantes judíos), llegó a la cumbre por mérito propio, en base a voluntad y esfuerzo. Sthar se enamora, pero la joven objeto de sus deseos se casa con un ingeniero que la llevó desde Europa a los dos Unidos, lo que le provoca una profunda crisis.

 

La adaptación de Pinter concede excesiva importancia a esa historia de amor, en perjuicio de la cuestión más relevante del texto original, que era la lucha infructuosa del ejecutivo contra las potencias anónimas que controlan la industria del cine. A pesar de su belleza formal, la película fue muy cuestionada por la crítica y resultó un fracaso comercial.

 

La amante del teniente francés (The French Lieutenant’s Woman, 1981), de Karel Reisz, con Meryl Streep, Jeremy Irons, Hilton McRae y Emily Morgan, sobre la novela de John Fowles. Contrapone la filmación de una película a un hecho supuestamente acaecido hace un siglo, bajo el esplendor victoriano. La originalidad radica en esa duplicidad del relato, que evoluciona en dos historias de amor paralelas, correspondientes a dos tiempos distintos, pero asumidas por la misma pareja de actores. Por este andarivel, también constituye una reflexión sobre los mecanismos de la creación.

 

Los personajes centrales son un aristócrata dedicado a la paleontología y una mujer obsesionada por el recuerdo del amor que le habría brindado un náufrago francés que la abandonó. Pero la fuerza interior de esta mujer, capaz de desafiar los cánones de una aristocracia hipócrita que la estigmatizó, más ese dejo de fatalidad, de fabulación, de misterio que la rodean, harán tambalear las convicciones del paleontólogo, hasta hacerlo caer en una trampa que lo convierte en víctima de una sutil venganza.

 

Esta variante le sirve a Pinter para explorar dos temas que forman parte de sus obsesiones: la transferencia de personalidades y la duplicidad de las conductas humanas.

 

Reunión (Réunion, 1989), de Jerry Schatzberg, con Jason Robards, Christian Anholt, Samuel West y Françoise Fabian. Recrea la novela homónima de Fred Uhlman, que fue escrita en los años sesenta, pero fue publicada recién en 1977.

 

La historia transcurre en la ciudad alemana de Stuttgard durante el año 1933 y las huellas de Pinter se pueden rastrear en el desarrollo de la amistad juvenil que une a Hans Strauss y Conrad von Lohenburg. El primero es hijo de un médico judío y el segundo, un aristócrata. Es una amistad que se cuenta desde el presente, a través del viaje al fondo de la memoria que realiza Henry, un norteamericano que busca en el pasado las cenizas de una amistad perdida. Henry es el nombre que adoptó Hans tras su exilio.

 

Las dudas religiosas, el antisemitismo, el fantasma de la guerra, la lucha de clases y los enfrentamientos sociales que presidían la convulsa Alemania de los años treinta, son el trasfondo histórico de esta amistad que duró sólo un año, pero permaneció fijada en la memoria de Hans toda su vida.

 

Una relación indecente (The Comfort of Strangers, 1990), de Paul Schrader, con Christopher Walken, Natasha Richardson, Rupert Everett y Helen Mirren. Esta historia moral, compleja y sinuosa a la vez, basada en la novela de Ian McEwan y ambientada en la ciudad de Venecia, se filmó en los estudios Cinecittà e Roma.

 

Trata sobre una pareja en crisis, conformada por un editor inglés y una actriz del mismo origen, que deciden regresar a Venecia –que ya conocían por anteriores visitas– en busca de recuerdos que puedan vivificar su relación. Pero a poco de andar, comprueban que nada es como fue antes: ni la ciudad, ni sus recuerdos, ni ellos mismos. Y se hace palpable la certeza de que su relación como pareja está tocando a su fin.

 

Su itinerario cambia cuando se topan con un veneciano afable y misterioso que los invita a una mansión que comparte con su esposa. Y allí, en ese escenario cerrado, claustrofóbico, se inicia entre las dos parejas un sutil juego de puntos de vista, de ejercicio de poder y agresiones. Una suerte de partida de caza en la que habrá victimarios y víctimas.

 

Entre la furia y el éxtasis (The Handmaid’s Tale, 1990), de Volker Schlöndorf, con Natasha Richardson, Robert Duvall, Faye Dunaway y Aidan Quinn, sobre la novela futurista o anticipatoria de Margaret Atwood, publicada en 1986, que observaba un porvenir amenazado por un retorno de los Estados Unidos a un calvinismo fundamentalista.

 

La historia transcurre en un país llamado Gilead, que ofrece similitudes con los Estados Unidos por ciertos símbolos mercantiles. Una alianza entre militares y fundamentalistas impone el Antiguo Testamento como ley absoluta. Los pecados del siglo XX (el aborto, el control de la natalidad, la contaminación) son interpretados por las autoridades como los causantes de una maldición divina: la infertilidad en gran parte de la población femenina. Esto obliga a la adopción de drásticas medidas para preservar la especie humana.

 

En ocasión de su estreno en los Estados Unidos, grupos de extrema derecha y ciertos influyentes telepredicadores objetaron el mensaje de la película y la encuadraron como una obra narrada desde la perspectiva feminista.

 

Condenado sin justicia (The Trial, 1991), de David Jones, con Kyle Mac Lachlan, Anthony Hopkins, Polly Walker y Jason Robards. Es una nueva versión de la novela El proceso de Franz Kafka adaptada por Pinter. La historia del cine reconoce como principal antecedente el filme dirigido e interpretado en 1962 por Orson Welles, con Anthony Perkins en el papel del acosado Josef K.

 

Este personaje, interpretado en este caso por MacLachlan, es arrestado por la policía el día de su trigésimo cumpleaños, pero dejado luego en libertad condicional con la obligación de acudir a una audiencia pública en un laberíntico edificio por el que pululan acusados que esperan, desde hace años, sus sentencias. Josef K tendrá el apoyo de su tío y por su intermedio, el del abogado Huld. Sin embargo, nadie sabe explicarle las causales de su juicio, hasta que un sacerdote le proporciona, tardíamente, las claves de su situación y de su destino.

 

Esta versión del inglés David Jones es una correcta y rigurosa ilustración –en términos de adaptación y ambientación– de la novela de Kafka, pero no es equiparable a la genial realización de Welles, ni tampoco logra transmitir con la misma intensidad el absurdo que caracteriza a la obra del escritor checo y que envuelve a sus personajes en una fatídica amenaza de una culpabilidad sin culpa, de un proceso sin proceso y de una pena sin justicia.

 

Cerrando el círculo

 

Los guiones para el cine le reportaron a Pinter varios galardones. Entre otros, el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1963 por El sirviente; la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1971 por El mensajero del amor; y sendas nominaciones al Oscar de la Academia de Hollywood por La amante del teniente francés y Traición de amor.

 

A diferencia de Graham Greene, que apareció sólo en una película, Harold Pinter actuó en varias: El sirviente (1963); Extraño accidente (1967), como un empleado de un canal de televisión; Rompiendo normas (Breacking the Code, 1995), de Herbert Wise; Mansfield Park (1999), de Patricia Rozema, sobre la novela de Jane Austen; El sastre de Panamá (The Tailor of Panama, 2001), un filme de espías de John Boorman, en la que interpreta al tío Benny; y Wit (2001), un telefilme de Mike Nichols, cuya protagonista (Emma Thompson) es una madura profesora de literatura que recibe la noticia de que padece cáncer.

 

Pinter también dirigió cuatro mediometrajes para la televisión y un largometraje titulado Butley (1976), con Alan Bates, Richard O’Callaghan y Jessica Tandy, basado en la obra de Simon Gray. Trata sobre un profesor universitario llamado Ben Butley, que dicta clases en el Queen Mary’s College de Londres. Es un hombre amargado, mordaz y masoquista, que no soporta la docencia ni se acepta a sí mismo.

 

La historia transcurre durante un solo día y en ese tiempo el protagonista soporta un cúmulo de adversidades, que no logra asimilar. El espacio fílmico se circunscribe casi exclusivamente al despacho que Butley comparte con su amante y protegido Joey Keyston.

 

Quiero cerrar esta evocación de Harold Pinter con dos pensamientos suyos: “Me preocupan desde hace años, y cada vez más, dos cosas. Una es la tortura oficial, que suscriben muchos gobiernos. Y la otra es la situación nuclear”.

 

“Ustedes y yo, como los personajes que crecen desde una página en blanco, somos casi siempre gente evasiva, inexpresiva, desconfiada, a la defensiva. Pero es desde aquí que nacen las palabras… un lenguaje donde, debajo de lo que se dice, en realidad se dicen otras cosas”.

 

 

 


1
. Jorge Cruz, “Cautivos de la monotonía y la angustia”, en diario La Nación, Buenos Aires, 16 de octubre de 2005.

2. Susana Freire, “El Nobel: esperando a Harold Pinter”, en diario La Nación, Buenos Aires, 15 de octubre de 2005.

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