El libro de Hugo R. Mancuso –licenciado en Letras por la UBA, doctor en Letras por la Universidad de Roma I “La Sapienza”– se propone revitalizar la obra de Michael M. Bachtin (1895-1975), quien a juicio de Todorov fuera “el mayor teórico de la literatura rusa del siglo XX”.

 

El primer capítulo presenta una breve semblanza de este enigmático autor, cuyo derrotero es difícil de trazar. Perseguido por el stalinismo y encerrado de cárcel en cárcel siberiana, en los años 70 muchos lo creían muerto y en realidad daba clases de literatura rusa en una escuelita secundaria de un pequeño pueblo de los Urales. Se desliza una anécdota: Bachtin era un gran fumador y, debido a la miseria a que lo habían sometido sus perseguidores, utilizó el papel del manuscrito de su monumental ‘teoría de la novela’ para envolver el tabaco, quedando de la obra sólo fragmentos.

 

Mancuso establece similitudes entre su figura, la de Gramsci (1891-1937) y la de Wittgenstein (1889-1951), al coincidir los tres en algunos principios teóricos tales como el de la autorreferencialidad de todo texto, o al tomar distancia de la dialéctica hegeliano-marxista, ya que para estos autores el diálogo produce acuerdos o desacuerdos que no están previstos en los postulados: el resultado no está legitimado a priori y puede no ser evolutivo ni justo. Amén de sufrir cárcel o persecuciones por sus ideas (o retractaciones en el caso del vienés) por el totalitarismo de turno.

 

Con fama de outsider, Bachtin nunca fue un engranaje clave de la vida académica rusa. Escribía sus textos en colaboración con sus discípulos, y sus diversos encierros dieron pie a que se pensara que muchos de sus textos eran apócrifos, pero a lo largo de su frondosa vida intelectual pueden observarse principios de coherencia, principios que lo llevaron al exilio y a la detención por parte del stalinismo, molesto por cualquier desviación del modelo del realismo socialista que se había impuesto como único vehículo cultural actualizado.

 

El segundo capítulo de esta biografía intelectual indaga sagazmente en los conceptos fundamentales de su retratado: el dialogismo, la carnavalización, la autorreferencialidad del texto y las posturas éticas al respecto. El tercero corrige a la vez que informa sobre la interpretación y la divulgación que de esos escritos se hizo en Occidente. Una segunda parte del texto explora diversas aplicaciones del problema de los géneros discursivos, siempre con escritura clara y precisa, con el rigor intelectual que caracteriza al autor.

 

Debido al uso en muchos de sus textos de palabras como “tercera voz”, “palabra ajena”, “fiesta de la resurrección”, Mancuso revela que muchos de los revisionistas contemporáneos de Bachtin y de la cultura rusa lo considerarían una versión académica de la mística ortodoxa rusa. Y si bien considera exagerada la afirmación, entiende que puede estar fundamentada en la reformulación de un pensamiento que no se basa en la concepción moderna del sujeto, en un concepto mecanicista de ideas “claras y distintas”.

 

Sin duda, lo que debe haber irritado al totalitarismo es el concepto de responsabilidad bachtiniano. La palabra entra en crisis cuando quiere afirmar un significado único porque –justamente– cancela la responsabilidad, que no es otra cosa que la delimitación de un enunciado parcial. Cuando se pretende universalizar la palabra aparece la crisis, porque la palabra no es más responsable cuando pretende ser absoluta. Se trata de un buen recordatorio para nuestros políticos.

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