La última novela de Saer comienza un martes; el resto del texto se desarrolla a lo largo de los siguientes días de la semana y culmina el lunes, en el que solamente se consigna: “Con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino”, única frase del capítulo final que llegó a escribir el autor antes de su muerte. Más allá de la marca externa que esto supone como referencia, la estructura elegida subraya la importancia del tiempo, uno de los ejes en la producción de Saer (vale recordar, al respecto, dos textos ejemplares: la novela Cicatrices y el relato Sombras sobre vidrio esmerilado) y elemento constructivo central en esta novela.

 

En La grande confluyen distintos tiempos, mezcla subrayada por el comienzo en un martes y el cierre en lunes –que no son, respectivamente, ni comienzo ni fin de la semana– y por la presencia de “un verano insistente y desmedido”, a pesar de que ya transcurre el otoño. Según piensa Nula, en el paseo que inicia la novela, aunque los personajes compartan el espacio, parecen moverse en “dimensiones temporales diferentes”, como en las series de ciencia ficción. Así, mientras los sucesivos días eslabonan hechos menores que tienen como centro la organización de un asado que se realiza en lo de Willy Gutiérrez el domingo, la impresión de una sucesión temporal está desmentida permanentemente por las reiteraciones del relato, las expansiones de un mismo hecho y el racconto de otros ocurridos en diferentes momentos del pasado. Presente, pasado y futuro se amalgaman: Willy Gutiérrez ha vuelto a la región después de treinta años de vivir en Europa, y evoca sus amores con Leonor Calcagno, patentizados en la hija que tal vez sea fruto de su relación; es también uno de los informantes para la investigación sobre el precisionismo, supuesto movimiento que intentó “una renovación del lenguaje poético por medio del vocabulario científico”, y que en los años cuarenta renovó la vida cultural de la provincia; distintos episodios de la infancia de Nula, en especial la muerte de su padre en los años de plomo, impregnan su presente. En el relato, la reiteración del “ahora” y el uso del presente narrativo, marcas características de la escritura de Saer, vuelven a poner de manifiesto la necesidad de señalar la desconfianza en la posibilidad de fijar los hechos, por lo que se insiste en el relato moroso de lo que se percibe en el presente, y se dan diferentes versiones de lo que está sucediendo y de lo ya sucedido. “No hay dos astillas del tiempo que sean iguales”, se afirma; y el relato da cuenta de esta afirmación.

 

El presente está también marcado por la presencia de personajes jóvenes: Pinocho Soldi, Gabriela Barco y Nula Anoch, los tres menores de treinta años, que se suman a la galería de los clásicos saerianos. Ya en el último cuento de Lugar (2000), la hija de Barco, Gabriela, mantenía largas charlas sobre literatura con Tomatis; en La grande, lleva a cabo, junto con Soldi (otro integrante de la nueva generación que ya había hecho su entrada en La pesquisa), la investigación sobre el movimiento precisionista. Nula Anoch, el vendedor de vinos que también apareció en Lugar, mezcla su ocupación con el interés por la filosofía; casualmente, su tema es la ontología del devenir.

 

Además de los otros personajes, viejos conocidos, está, como siempre, la zona de Saer, los lugares recorridos una y otra vez: Guadalupe, Rincón, Colastiné, el puente colgante. Y el río, la lluvia, la luz y la sombra, recuperados a partir de la percepción minuciosa que desmenuza cada detalle. Y están también las clásicas charlas de los amigos, reunidos alrededor del asado y el vino. Pero del mismo modo que irrumpen los jóvenes marcando el cambio y el devenir, irrumpe en la región el “anacronismo chillón del supercenter” de nombre extranjero, presencia de un mundo que amenaza “el lugar mítico, mentado en textos y tradiciones orales, que desde su infancia frecuentaban sus padres y los amigos de sus padres”.

 

En esta mezcla de lo permanente y lo nuevo, La grande se constituye en una novela de cierre y apertura, y se erige en una verdadera summa saeriana: un texto para leer morosamente, siguiendo el ritmo de una escritura en la que esplende el lenguaje.

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