Los argentinos llegamos a la celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo con la sensación de que nuestras expectativas de progreso no se han visto satisfechas, embargados por un sentimiento de desasosiego y desaliento.

En los medios de comunicación, en los discursos de políticos y analistas, se ha convertido en un tópico frecuentemente visitado la comparación entre la supuesta bonanza del momento en que festejamos el primer Centenario y nuestra situación actual. Se ha ido acuñando una suerte de lectura decadentista de nuestro presente que abreva en comparaciones a menudo más impresionistas que fundamentadas de las Argentinas de 1910 y 2010. Aunque detrás de esas comparaciones hay por cierto verdades, idealizar 1910 y deplorar 2010 puede resultar, sin embargo, algo equívoco.

Sin dudas la Argentina de 1910 se encontraba en varios sentidos en una situación más aventajada, lo que explica una primera y obvia diferencia respecto de la actual: el primer Centenario encontró al país convencido de que su futuro sería mejor que su presente y de que, a su vez, su presente era mejor que su pasado. Compartían el diagnóstico incluso algunos sectores críticos o revolucionarios que entonces señalaban como contracara de los festejos la realidad de la desocupación, los bajos salarios, las malas condiciones de vivienda y de trabajo, o la represión que sufrían muchos argentinos y extranjeros residentes. Los argentinos de hoy, en cambio, hemos visto a lo largo de las últimas décadas cómo se ha ido desdibujando ese horizonte de progreso colectivo. No sin razones: si bien en 1910 había pobres y excluidos, desocupados, déficit de viviendas y servicios sociales, en nuestro presente la pobreza ha devenido un rasgo estructural. La precariedad laboral, las altas tasas de desempleo, el aumento de la brecha entre ricos y pobres, no son problemas coyunturales que una aceleración del crecimiento pueda revertir por sí sola, dado que en buena medida constituyen rasgos de un modelo de acumulación mundial sobre el que el país parece tener escasas posibilidad de influir, aunque se lo propusiera. Desde mediados de la década de 1970 se han deteriorado muchos de los parámetros socioeconómicos que hacían de la Argentina un caso más bien excepcional en América Latina. Sin embargo, otros países que por entonces mostraban niveles inferiores de desarrollo nos han ido alcanzando e incluso superando.

La tendencia a la movilidad social ascendente que caracterizaba a la Argentina del Centenario ha dejado lugar a una tendencia inversa, generadora de una mayor polarización social y de fenómenos como el de los “nuevos pobres” o clases medias empobrecidas. La desigualdad, por otra parte, no afecta sólo a los individuos: existe una tendencia a la disparidad regional que responde en parte a las diferencias en relación a la disponibilidad de recursos naturales y humanos y en parte a las posibilidades de acceso a los mercados.

La educación pública, especialmente la primaria, que en 1910 cumplía una función integradora y niveladora, hoy ha perdido esa capacidad a causa del deterioro del nivel de enseñanza, de políticas desacertadas y de la imposibilidad de reducir los altos índices de deserción entre los estratos más pobres, que encuentran en la escuela más bien un espacio de contención y de nutrición que de formación.

El deterioro no deja de tener su correlato político: desde la recuperación del estado de derecho en 1983 los argentinos nos interrogamos acerca de qué democracia política es posible construir sin democracia social, es decir, sin acceso de todos los ciudadanos a un trabajo y a una vivienda dignos y a servicios públicos de calidad. Sin embargo, esta breve revisión de nuestros problemas, a la que por cierto podrían agregarse muchos otros elementos, a veces induce a exageraciones que no nos ayudan. La Argentina sigue siendo un país de inmensas potencialidades, donde existen canales de ascenso social, incluso por vía de la educación. Sin dudas existe un desequilibrio entre los inagotables recursos naturales con que contamos y el capital humano necesario para aprovecharlos como debiéramos, pero se trata de un déficit subsanable en el mediano y largo plazo. Ciertos datos, además, nos permiten afirmar que, a pesar del aumento general de la desigualdad, en algunos planos ha habido, en los últimos años, una cierta nivelación de oportunidades, por ejemplo en el acceso a la tecnología (celulares, computadoras, internet).

No deberíamos olvidar tampoco que a pesar de nuestras recurrentes crisis –1975, 1989, 2001– los servicios públicos no se han deteriorado todo lo que habría sido posible imaginar o prever. Los hospitales siguen atrayendo a pacientes de países limítrofes no sólo porque los de sus países son peores, sino porque aquí las estructuras asistenciales conservan estándares de calidad bastante aceptables en términos internacionales. En realidad, muchos inmigrantes siguen sintiéndose atraídos por La Argentina en sí misma, y no sólo por su sistema de salud. Los recursos naturales y el capital humano permiten pensar, además, que nuestro país recuperará un sitio relevante en el mercado global no sólo como productores de alimentos y materias primas, sino también a través del desarrollo de producciones más sofisticadas.

Los mayores problemas argentinos son de naturaleza política, no económica. Nuestras dificultades económicas son incomprensibles sin apelar a ciertas taras de nuestra cultura cívica. Por ejemplo, la incapacidad para encontrar una feliz vía de superación de las oscilaciones entre la ingobernabilidad y el autoritarismo y la que hemos demostrado a la hora de construir consensos. Las Argentinas del Centenario y del Bicentenario tienen en el plano político un punto en común: ambas enfrentan el desafío de generar inclusión a través de ampliar los canales de participación. La Argentina del Centenario fue la de la Ley Sáenz Peña que en 1912 estableció el sufragio universal masculino y secreto. La Argentina del Bicentenario está dejando en evidencia que el voto no ha sido ni puede ser suficiente para generar ciudadanía y cultura ciudadana de alta calidad. A contramano de este diagnóstico, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner insistió durante la campaña electoral en el objetivo del fortalecimiento de las instituciones, pero ha contribuido a debilitarlas toda vez que los cálculos de conveniencia política así se lo sugirieron. ¿Qué formas de participación ciudadana y de inclusión política que favorezcan la madurez cívica puede ensayar la Argentina del Bicentenario? Como en 1910, el desafío es reconciliar a la sociedad con la clase política; sólo que hoy más que entonces gran parte del elenco dirigente da muestras día a día de no estar a la altura de las circunstancias.

La Argentina del Bicentenario revela que un rasgo negativo de nuestra cultura cívica goza,  lamentablemente, de excelente salud: la búsqueda del unanimismo. Recordemos tan sólo, para no ir demasiado lejos en el racconto histórico, que la propia Ley Sáenz Peña pretendió dar expresión a los “intereses de la nación”; que Hipólito Yrigoyen, que accedió al gobierno gracias a ella en 1916 y en 1928, identificaba a su partido con “la nación misma”; que Juan Domingo Perón buscó el unanimismo en las urnas y en las plazas y descalificó a sus adversarios como enemigos de la patria; y hasta Raúl Alfonsín creyó que sólo un “tercer movimiento histórico” podría sacar al país de su empantanamiento tras la catástrofe de la última dictadura militar. Las democracias maduras, en cambio, nos han enseñado que uno de los rasgos que las caracterizan es la capacidad de generar consensos, lo que implica aceptar como legítima la diversidad de intereses, incluso de algunos que se muestran contrapuestos y contradictorios.  Los han enseñado que la democracia pasa por generar actitudes e instituciones que permitan gestionar los conflictos sin que se los perciba como cuestiones de vida o muerte.

Los argentinos estamos llamados a construir una cultura cívica donde convivan la igualdad y el ejercicio de la autoridad, en la que el reclamo de derechos se comprenda como indisociable del cumplimiento responsable de deberes. Son muchos los planos en los que debe introducirse esa mayor conciencia de la responsabilidad ciudadana. Por ejemplo en el fiscal, que requiere, por otra parte, de una largamente esperada reforma que modifique una estructura regresiva e injusta. Por cierto, decir que los argentinos debemos aprender a construir consensos y responsabilidad ciudadana no debería hacernos olvidar que existen sectores a los que la sociedad tiene el derecho de exigir que muestre el rumbo: los sectores dirigentes y en particular, la clase política, que hoy da muestras de su ineptitud o de su maquiavelismo, más que de virtudes cívicas. Es necesario que la política, la clase política, empiece a entender su misión no sólo en términos dirigenciales, sino también pedagógicos. Se lo deben no sólo a la sociedad que los vota periódicamente, sino también a las generaciones futuras.

Los argentinos de hoy y de mañana necesitamos, y nuestra clase política tiene el deber de ofrecernos, dirigentes con la madurez necesaria para pensar el largo plazo, para poner en marcha verdaderas políticas de Estado que no se modifiquen o eliminen en cada administración que desembarca en la Casa Rosada.

La erradicación de la pobreza es cuanto menos un objetivo cuya consecución requerirá no sólo décadas de prosperidad, sino además estrategias públicas con incidencia positiva en la redistribución del ingreso. Lo mismo puede decirse de la necesidad de recuperar una educación pública capaz de igualar situaciones de desequilibrio, en lugar de la tendencia a la segregación entre escuela pública y privada que hoy ofrece estándares diferenciados de calidad a ricos y a pobres. Sólo la confianza en estrategias de largo plazo y consensos en torno al futuro nos permitirán combatir la pobreza y el atraso.

 

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  1. Juan Carlos Lafosse on 9 Mayo, 2010

    Necesitamos un mejor nivel de análisis en los editoriales de Criterio. El tono general depresivo, las expresiones y palabras usadas en este editorial son las típicas del “periodismo” opositor actual. Basta contar cuantas veces se usan la expresiones “construir consenso” o “clase política” y la mención de nuestra presidenta como único ejemplo de acciones “contra las instituciones”. Ni siquiera falta la melancólica mención de Raúl Alfonsin.
    También coincide en la demonización de la “clase política”. Ninguna responsabilidad es atribuida a empresarios, militares, banqueros, estancieros, sindicalistas, jueces, periodistas, corporaciones e instituciones diversas. ¿Acaso los grandes ganadores de los desastres argentinos no tienen la culpa de nada, ni mienten, ni atacan las instituciones? ¿El poder real, con sus medios y capacidad de lobby y corrupción no existe? ¿La culpa es de “los argentinos”, que son unos tarados?
    Personalmente tampoco coincido con el análisis histórico y político. Se desconocen demasiados hechos y hay lugares comunes que no resisten el análisis.
    Hacerse eco de la remanida apelación a las presuntas “taras” de los argentinos es, además de ofensivo, paralizante y erróneo. Ignora la historia y a quienes, por razones ideológicas y de conveniencia personal hicieron del país lo que es hoy. Además, ¿las crisis actuales de las economías de Estados Unidos y Europa las causamos los argentinos?
    La comparación con “otros países” que nos habrían superado también es una afirmación vacía que nos desmerece y desalienta. Son habituales las comparaciones con algunos en especial. Brasil y Chile sin duda han realizado avances importantes, pero muy pocos saben que hoy su nivel de inequidad social los pone mucho más cerca de Haití que de Argentina. En el Centenario nos comparábamos con Estados Unidos. Ellos fueron colonizados, nosotros conquistados. Acá la provincia de Buenos Aires impuso militarmente un modelo librecambista, agroexportador, centralizado y dependiente de Inglaterra. En cambio, Estados Unidos tuvo desde su nacimiento una industria fuertemente protegida y en una guerra civil durísima ganó el Norte industrial sobre el Sur agrícola. Y, si como algunos dicen, los ingleses hubieran ganado en 1806, hoy Buenos Aires bien podría ser Calcuta en lugar de Ottawa o Wellington.
    Argentina tendrá una democracia que necesita madurar, fruto también de tantos golpes militares y fraudes patrióticos. Pero fue en “democracias maduras” donde se originaron el nazismo, el fascismo y un sistema neoliberal global sobre el cual, como bien dice el editorial, muy poco podemos influir. Obispos y Papas han señalado su responsabilidad directa y cruel sobre el crecimiento de la exclusión social y la miseria, especialmente en países periféricos como Argentina.
    La expresión “redistribución de la riqueza” es nueva en la política argentina y vino de la mano de los Kirchner. Este reclamo ético es tergiversado en muchos medios como “lucha contra la pobreza” que, en el mejor de los casos, tiene un contenido más paternalista que fraternal. La pobreza se resuelve con plata, que no quieren analizar de donde debe salir.
    El editorial pide “estrategias públicas con incidencia positiva en la redistribución del ingreso” pero no menciona la Asignación Universal por Hijo, un instrumento que tiene un impacto real y significativo sobre la pobreza, la salud y la educación. Tampoco se sugieren mejoras o alternativas.
    También reclama “recuperar una educación pública” que no segregue a ricos y pobres, pasando por alto hechos trascendentes como la modificación de la Ley 1.420 en 1958 que abrió el negocio educativo del nivel superior con apoyo explícito de la Iglesia argentina y la Ley Federal de Educación que en 1993 desfinanció y deshizo estructuras básicas del sistema educativo. Pero la actual Ley Nacional de Educación que busca corregir décadas de destrucción del sistema público es ignorada completamente. Ni siquiera se la critica.
    Es verdad que, con mucho esfuerzo, nuestros hospitales han logrado mantener una calidad de servicio mejor que en algunos países limítrofes. También que los extranjeros – pocos en proporción – que se atienden en ellos son inmigrantes, que trabajan en Argentina por lo que tienen derecho a recibir atención médica. Muchos de ellos trabajan en negro y no tienen otra alternativa.
    Argentina necesita mas participación política, mas conflicto y discusión de nuestros problemas que consensos lavados impuestos mediáticamente para impedir avances sociales necesarios.
    Por todo esto, repito, necesitamos un mejor nivel de análisis en los editoriales de Criterio.

  2. ejv on 12 Mayo, 2010

    ¿Hace falta más participación política o todos tanto los políticos como nosotros somos responsables de la falta de un poco de sentido común?
    1) ¿Que no se haya debatido desde 1984 a la fecha una ley sobre el seguro de salud obligatorio, donde todo el que trabaja en sector privado y publico aporta un mínimo porcentaje de su sueldo que alcance a cubrir necesidades básicas de salud a más del 75% de la población y el que quiere más servicios recurre a una empresa prepaga u obra social con experiencia?
    2) ¿una ley de educación superior que establezca que el Estado garantiza la educación hasta el nivel universitario, donde se aporta un 1% del sueldo del sector privado o publico y el que quiere mandar a los hijos a la universidad privada lo paga?
    3) ¿ Una ley que derogue la ley Saenz Peña de 1912 que establezca el voto libre? Si somos grandes para debatir también somos grandes para decidir a quien votar, ¿o no?
    4) Una ley que grave con más impuestos al que más gana y a quien menos cobre menos. Hasta cuando seguirán los subsidios. Nosotros en capital gastamos menos por m3 de gas y megawatts en electricidad ( que usamos mucho) que la gente que vive en La Quiaca o en Neuquén que paga más por el gas y la electricidad (que usan poco, menos si es garrafa de gas). ¿De que equidad hablamos?

    El listado de las omisiones sigue, pero no quiero enumerar más para no sentirme peor.

  3. Luis Alejandro Rizzi on 13 Mayo, 2010

    El bicentenario no nos encuentra bien.
    Pienso que la “cuestión argentina”, por darle un nombre no es sólo política. Por el contrario la política nos refleja como realmente somos, con todos nuestros vicios y muy pocas virtudes.
    La falta de respeto por el prójimo no sólo en el debate político sino también en diversos episodios de la vida diaria pone, en evidencia el dominio de una “incultura cultural” de la que nos sentimos paradójicamente orgullosos.
    Creo que el “Kirchnerismo” nos refleja como somos, “patoteros” en la conducta publica y privada, “sofistas” en la expresión cultural, “hipócritas” al fingir sentimientos que no sentimos, “avaros” en cuanto a al uso de la riqueza personal y colectiva, “paranoicos” al insistir que todas las culpas siempre están en el otro, lo que es síntoma evidente de una enfermedad que se manifiesta también en lo personal y en lo colectivo, “anómicos” en nuestros comportamientos ya que la única ley que se reconoce es la propia voluntad de lo que dio muestras exultantes la Señora Presidenta el 1º de marzo pasado al inaugurar las sesiones legislativas ordinarias anunciando la sanción de un decreto ley, porque los DNU son verdaderos decretos leyes, en fin podríamos seguir…
    Estos son nuestros problemas, si la cuestión fuera sólo política sería fácil, pero la “cuestión” son nuestros “abusos” hoy convertidos en “usos y costumbres”.
    Es cierto, la cultura del mundo viene mal y en eso creo que los argentinos somos alumnos aventajados.
    Mientras estos sean nuestros “usos” oscilaremos entre el setentismo y el noventismo, es decir nos seguiremos atrasando y muy felices porque todos nuestros fracasos son exitosos a tal punto que los repetimos cada vez con mas rigor, fuerza, convicción y hasta casi con cierto misticismo.

  4. juan ismael gaytan on 18 Mayo, 2010

    Hay muchos argentinos que no tienen una visión tan negativa como la tuya. Nunca en la historia argentina estuvimos tan bien. Sólo un pesimista puede no darse cuenta. El que estudia trabaja y se esfuerza está re bien, los que están mal (sinceramente voz estas mal?) comés todos los dias, tenés casa, auto y plata en el banco? Estoy seguro que si. Y mucha gente esté mal por que vos tenés plata en los bancos les das de comer a los buitres(si buitres avaros) que son los bancos y no invertís eso que tenés en el banco para realizar algo le de trabajo o cuide en medio ambiente. Disculpa mi franqueza estoy seguro que esto no sale.
    Vivo en San Martin y está lleno de Hospitales que no me cobran nada y me atienden muy bien. Mi hijo estuvo gravemente herido y en el Castex ( prefiero llamarlo Eva Perón) lo salvaron. En un radio de veinte cuadras tengo tres salitas. Termino diciendo que “el estado soy yo” como decia una de los ladrones más grandes que tuvo la humanidad. Yo tengo que controlar a los corruptos, inmorales, los que no cuidan en medio ambiente y a gente como vos que escribe muy bien pero con fundamentos de clase alta que vive muy bien. Te invito a recorrer el río Reconquista que pasa por San Martín. Me gustaría que me contestes.

  5. Carlos H. on 24 Mayo, 2010

    Sólo una observación sobre una afirmación de Juan Carlos Lafosse: “…fue en “democracias maduras” donde se originaron el nazismo, el fascismo …” Esto es un grave error histórico. Ni Italia ni Alemania eran democracias maduras al momento en que surgieron el fascismo y el nazismo. Existe una amplia bibliografía sobre el tema. Es más, donde más arraigada estaba la democracia y una fuerte sociedad civil, fue donde menos pudieron afirmarse los partidos autoritarios de derecha o izquierda.

    Esperando que el próximo Centenario lo podamos ver ; ) en un país libre de fascistas y populistas… Feliz 25 de mayo a todos… desde la 25° provincia argentina…!

  6. Juan Carlos Lafosse on 11 Junio, 2010

    Carlos H., muchas gracias por su comentario.
    Ud. tiene razón, es exagerado llamarlas democracias maduras aunque tanto Italia como Alemania eran regímenes parlamentarios con elecciones, razonablemente mejores que las de la Argentina coetánea del fraude patriótico, varias décadas antes de la Marcha sobre Roma y la Cancillería de Hitler.
    Estoy de acuerdo con Ud. en no celebrar ningún 25 de Mayo con fascistas, es decir, autoritarios violentos de ideología derechista más bien confusa.
    En cambio, lo opuesto a populista es elitista. Estos últimos fueron mayoría en la conducción de nuestro país en los últimos 150 años, con el agregado de una cuota de autoritarismo abundantísima.
    Vistas las consecuencias, quizás prefiero celebrar con los populistas.
    Muy cordialmente,
    jc

  7. Juan Carlos Lafosse on 9 Julio, 2010

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