El escándalo, o mejor dicho, el drama de los casos de abusos de menores por parte de clérigos y religiosos católicos aconseja reflexionar madura y responsablemente acerca de las condiciones en que se desenvuelven la formación del clero y la vida sacerdotal, en particular en relación con instituciones como el celibato obligatorio y los seminarios. Cabe preguntarse si son adecuadas para quienes viven inmersos en un mundo muy diferente del que les dieron luz, la alta Edad Media en el caso del celibato y el siglo XVI en el de los seminarios. En este artículo voy a recordar brevemente los debates que generó el celibato obligatorio en tiempos de la revolución francesa, cuando ya se lo advertía como fuente de desórdenes en el plano sexual y en algunos círculos letrados se proponía su abolición. Personalmente creo necesario que la Iglesia dé ese paso y me pregunto si no sería conveniente, además, eliminar los seminarios o reformarlos de manera drástica, mucho más de lo que lo han sido desde el Concilio Vaticano II en adelante. No creo que el celibato necesariamente deba generar conductas sexuales agresivas o perversas, pero sí que su obligatoriedad las favorece, a causa de razones de orden cultural que señalaré al final del texto.

Hace doscientos años, en un clima cultural impregnado por la sensibilidad ilustrada, llegaba a Buenos Aires el debate europeo en torno al celibato clerical y la castidad religiosa. En Francia, especialmente, el tema había hecho correr ríos de tinta en el siglo XVIII. Basta recordar que en 1764 se había debatido públicamente el caso de las religiosas de un monasterio de clausura que habían acusado a su abadesa de lascivia en sede judicial. Ese mismo año Voltaire incluyó en su Dictionnaire Philosophique una entrada sobre el celibato en la que discurría con gran erudición sobre las variaciones de la normativa eclesiástica en la materia, de época en época y de una a otra confesión cristiana. En 1767 Joseph- Gaspard Dubois-Fontanelle publicó Ericie ou la Vestale, un drama en el que abordaba el tema de la castidad de las religiosas y los enclaustramientos forzosos. En 1781 Jean Gaudin editó en Ginebra su Inconvénients du célibat des prêtres, de gran difusión en los siguientes decenios. Durante la revolución el tema fue ampliamente debatido y la convención controlada por los jacobinos absolvió al clero del celibato. Por último, Napoleón propuso su abolición en el primer imperio.

En Buenos Aires el Comisario del Santo Oficio secuestró en 1804 un escrito intitulado Memorias contra el Celibato escrita[s] en el Perú en el que se sostenía que la propuesta de Napoleón sólo podía traducirse en “mayor gloria a Dios, mejor servicio á la Ig[lesi]a y un imponderable consuelo á las almas”. Bastaba un mínimo “conocim[ien]to de lo q[u]e es la miseria y fragilidad humana”,

decía el autor anónimo del texto, para comprender que de la abolición del celibato “se seguiria menor precipitación en los vicios, y mas exacta dedicacion de los sagrados misterios al culto divino”. Un sacerdote “impuro y relaxado” era “malo p[ar]a la Religión, malo p[ar]a su Estado, malo p[ar]a si mismo, y malo p[ar]a todos los fieles”. No era de extrañar, entonces, que la obligación del celibato no encontrase sanción ni “en la ley de la naturaleza, ni en la ley Escrita”, y que Jesucristo no la hubiese incluido “en la ley de gracia”. La obstinación con que la Iglesia católica defendía el celibato podía considerarse un claro indicio de que el fin del mundo estaba en ciernes: en las Sagradas Escrituras la prohibición del matrimonio se presentaba, en efecto, como obra de los hombres sin fe que prevalecerían en los últimos tiempos.

Luego de 1810 un sector de la elite porteña calificó al celibato y a la castidad de instituciones antinaturales y los asoció a modalidades despóticas de ejercicio del poder eclesiástico a las que la revolución debía poner fin. Se alegaba que el precepto celibatario era fuente de males tanto para la Iglesia como para la sociedad, y un verdadero obstáculo en la construcción del nuevo orden.

En 1816 se discutió en la tertulia de Melchora Sarratea un libro publicado en Londres que llevaba por título Observaciones sobre los inconvenientes del celibato de los clérigos. Se trataba de una traducción y adaptación de la obra de Gaudin realizada por el sacerdote aymara Vicente Pazos Silva, traductor a su lengua madre de nuestra declaración de independencia, que tras el estallido revolucionario comenzó a hacerse llamar Pazos Kanki. Vicente había vivido en Londres desde 1812 con Manuel Sarratea, que se encontraba en la capital británica en misión diplomática, y a su regreso a Buenos Aires en 1816 dejó el sacerdocio, contrajo matrimonio y, según Mitre, abrazó el protestantismo.

Observaciones… incluye algunos de los muchos capítulos del libro de Gaudin, al que sin embargo no hace la menor referencia, y agrega dos textos salidos, al parecer, de la pluma de Pazos Kanki: un largísimo “discurso preliminar sobre la libertad cristiana” y unas “reflexiones sobre el Celibato de los Clérigos en los payses Españoles”, ambos del mayor interés para el historiador de la religión. En las “reflexiones” se parte de la observación de que la Iglesia católica ha tenido la sabiduría de elevar el matrimonio a la categoría de sacramento, por lo que “el clérigo casado legítimamente no seria indigno, por este hecho, de administrar los santos mysterios”. Se dice además del matrimonio que es “un remedio contra la incontinencia”, mal del que nadie está libre, y mucho menos los clérigos. De tal modo, así como una enfermedad es más temible para las personas que no toman el  correspondiente antídoto, la incontinencia lo es para los clérigos célibes en mayor medida que para los fieles que no lo son. El resultado es que los misterios de la fe se encuentran más expuestos a la profanación del pecado en una Iglesia en la que el clero está obligado al celibato. Sin embargo, el libro no propone la abolición del celibato sino la de su carácter obligatorio: “célibes continuarian los que ahora lo son por amor á la continencia, y la iglesia gozaria todo el adorno de sus virtudes, sin aumentar el riesgo de la infamia con que le amenazan los que son célibes por fuerza”.

En nuestros “payses españoles” cualquiera puede “señalar con el dedo á varios eclesiásticos que, á no poderlo dudar, profanan su ministerio por razon del celibato forzado en que viven”. Según el  texto, de los muchos que ingresan al clero, muy pocos guardan durante toda la vida la abstinencia sexual que conlleva el celibato. La mayoría se cansa muy pronto “del estado intolerable de  separacion y singularidad en que los pone lo que se llama vida devota” y termina cayendo en el vicio y en la disipación. Así, países que apenas están dando sus primeros pasos sufren el nefasto “influxo indirecto que necesariamente debe tener este estado de cosas en las costumbres de los pueblos que tienen semejantes pastores”. Y más adelante, escribe: “El medio racional y verdaderamente Cristiano que respira el Evangelio, aquella virtud que se dirige á purificar el corazon sin ahogarlo; que dexa al hombre libre para todo lo que no sea injusto, ó vicioso; que le inspira una devocion habitual, y no de ritos ni formularios –semejante especie de virtud es rarisima en todo pays donde se habla Español. La causa de su escasez es que no hay quien la enseñe; y el origen de esto es, el estado del clero que hemos descrito”.

Los dos remedios que el autor propone son la abolición del celibato obligatorio y de los seminarios. Allí los jóvenes “destinados á la iglesia” se impregnan de “un espíritu no mui raro en semejantes casas” que “los inclina á burlarse de la severidad de los reglamentos, y á evadirlos en quanto está á sus alcanzes”, y agrega que ese espíritu en la adultez los inclina a la hipocresía, la malicia y el vicio. Por eso, para el autor, la eliminación del celibato obligatorio y de los seminarios, las dos instituciones que separan al clero del laicado, convertiría a esos jóvenes en ministros santos, como muestra el ejemplo de los países en que se permite el matrimonio de los clérigos (el autor, que tiene a la vista la vida eclesiástica inglesa, se jacta de no hacer sino consignar “lo que se ve en casi cada pueblo del pays en donde esto se escribe”). En esos países “la vida y ocupaciones de un parroco rural, son una escuela de virtud, en que solo un alma absolutamente infame puede desviarse del buen camino”. El clérigo casado está libre del “perpetuo combate exterior” al que lo obliga el celibato y puede ejercer plenamente  la paternidad espiritual propia de su ministerio. Incluso de su esposa cabe esperar grandes bienes, porque “en vez de ser estorbo á sus ocupaciones, es una compañera utilisima en ellas”. La esposa del sacerdote, “a su lado en la casa del enfermo, del afligido, y de la viuda, libra á un tiempo á su marido de peligro y de sospecha” y se convierte en “la amiga, y consoladora de las personas pobres, ó afligidas de su sexo: dando consejos á las jóvenes, contribuyendo directa ó indirectamente á la educacion de las niñas pobres y desvalidas, y enseñando á la poblacion entera moderacion y decoro con su exemplo”.

Dejando de lado su alto voltaje anticlerical, el libro relaciona la obligatoriedad del celibato y la institución del seminario con trastornos en la vida afectiva de los eclesiásticos que se traducen en la abundancia de casos de clérigos concubinarios. Hoy, en un contexto cultural profundamente mutado, la Iglesia católica enfrenta el drama de los abusos de menores por parte de algunos miembros de su clero. Por cierto, no se trata de sacar conclusiones simplistas. Por cierto, el problema actual no es exclusivo de la Iglesia católica. No caben dudas, tampoco, de que los casos de abuso por parte de eclesiásticos son una pequeña porción del total de los que lamentablemente se verifican. También es cierto que determinados medios baten el parche con especial saña cuando se trata de incriminar a un sacerdote. Pero el problema existe, como muestran elocuentemente los escándalos de los Estados Unidos, Irlanda, Alemania, Inglaterra y ahora Bélgica, y me parece que la obligatoriedad del celibato y las modalidades de la formación del clero conspiran contra su solución.

El libro editado por Pazos Kanki y Sarratea proponía dos soluciones que no me parecen  descabelladas tampoco: la abolición del celibato clerical obligatorio y la de introducir cambios en la formación del clero eliminando los seminarios. El celibato, como se sabe, se extendió a la totalidad del clero y se definió como impedimento dirimente para el matrimonio a partir del siglo XII; los seminarios fueron creados por el Concilio de Trento en el siglo XVI. Ambas instituciones están, a mi juicio, perimidas. El celibato fue pensado para hombres con una esperanza de vida de menos de cuarenta años que vivían en una sociedad en la que el sexo ocupaba un lugar muy diferente del que le ha otorgado la nuestra. Los tabúes cambian, explicaba en un ya clásico libro Philippe Ariès: mientras en las sociedades antiguas la muerte era un hecho cotidiano y se vivía con naturalidad, pero el sexo constituía una suerte de tabú, en las nuestras se esconde la muerte, pero hay alusiones al sexo por todas partes. Nos guste o no, nuestra relación con el sexo es otra, y nuestra esperanza de vida más que se duplicó en los últimos doscientos años. El psicoanálisis, además, nos ha explicado muchas cosas que ignoraban los hombres de los siglos XII y XVI acerca de las pulsiones sexuales y su manejo o represión. No existe “el hombre”, así, en términos intemporales; existe el hombre en la historia y en la cultura, el hombre impregnado de valores, armado de formas de ver y de concepciones que cambian.

Imponer el celibato de por vida a hombres y mujeres de menos de 30 años que viven bombardeados de manera constante por una infinitud de estímulos sexuales y que pueden razonablemente suponer que van a vivir más de 80, resulta cuanto menos temerario; como lo es encerrar en un seminario a adolescentes o jóvenes en la plenitud de su vida sexual –que cronológicamente no coincide con la madurez psicológica y afectiva–.

Después de todo, nuestra propia experiencia histórica y las de otras Iglesias cristianas demuestran que se puede vivir sin celibato y sin seminarios; los clérigos pueden compatibilizar perfectamente el matrimonio con el ministerio, los aspirantes al sacerdocio pueden formarse en las disciplinas que necesitan conocer sin que ello implique compartir el hecho. La formación espiritual tampoco lo requiere necesariamente. El número de quienes sienten vocación por la vida célibe no coincide con el de quienes se sienten atraídos por la vida sacerdotal. La Iglesia católica podría poner remedio al déficit de clero que experimenta de manera cada vez más evidente si quitara la obligatoriedad del celibato, como demuestran los muchísimos casos de deserción de sacerdotes motivados por el deseo de conformar una familia.

Por lo que hace a los casos de abuso, no basta con pedir disculpas y pagar indemnizaciones post factum. Si la Iglesia católica ha declarado la “tolerancia cero” hacia ellos, lo que es sin dudas muy loable, debe además acompañar los discursos con medidas eficaces que permitan prevenirlos. El desprestigio del clero católico es un dato menor frente a un fenómeno delictivo que está arrojando, como dramático fruto, un tendal de vidas destrozadas.

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7 Readers Commented

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  1. Graciela Moranchel on 12 mayo, 2010

    Muy buen y fundamentado análisis. La obligatoriedad del celibato para los sacerdotes de la Iglesia occidental parece más un “capricho” del Vaticano, que se niega a escuchar las razones en contra de su conveniencia, que una supuesta voluntad de Cristo al respecto, que no parece haber existido, al menos de modo tan explícito.
    Creo que la Iglesia toda, especialmente la Iglesia jerárquica, debe repensar su esencia y misión a la luz del Evangelio, dejando de lado tantas disposiciones disciplinares que hoy se muestran totalmente extemporáneas. Ello requiere lucidez teológica, mucha humildad y gran valentía para afrontar los cambios que los tiempos requieren. Pero su puesta en práctica es totalmente urgente y necesaria.

  2. Eddie Lawrence on 22 mayo, 2010

    De ninguna manera creo que la obligación del celibato estimule la aparición de conductas sexuales antisociales. Presumo que casi es al revés: ese requerimiento desalienta el ingreso al sacerdocio de quienes desean una vida plena que incluya -como debe ser- la sexualidad. Y queda así ofrecido el camino a los que se sienten que su sexualidad los pone en conflicto consigo mismos y con la sociedad. Los resultados, lamentablemente, son conocidos.

  3. Fernando Miguens on 4 junio, 2010

    El celibato por el Reino de los cielos es un valor evangélico evidente. Pero a tenor de las palabras de Cristo es sólo para aquellos que reciben un especial carisma, y sólo ellos pueden entenderlo. Según los últimos textos magisteriales tiene un carácter esponsal (una de las maneras de realizar la esponsalidad natural del hombre, según el Catecismo de la IC). Es una idea hoy día consensuada en el campo de la Antropología Teológica que allí radica la esencia del vínculo celibatario por el Reino.
    Pero no lo entiende así, de hecho, la disciplina eclesiástica, ya que lo considera dispensable. En ese caso, también debería considerar dispensable el compromiso matrimonial. Y no lo hace.
    El celibato sacerdotal es, por tanto, de facto, una mera “condición” (imposición) jurídica. Lo cual, a mi parecer, lesiona la dignidad del celibato por el Reino e, indirectamente el matrimonio, e incluso la dignidad del ministerio sacerdotal. Esta lesión, no es un problema de hoy, como parece insinuar el artículo y los precedentes comentarios. Es de toda la historia de la Iglesia. Los desbordes pueden comprobarse desde el mismísimo canon 9 del Concilio de Elvira (hacia el 300). El celibato sacerdotal tiene profundas raíces encráticas y de minusvaloración de la sexualidad. En los casos en que se ha cumplido, se ha hecho frecuentemente con detrimento de la castidad de los sacerdotes. Se trata de un facaso histórico reiteradamente comprobable. No es de hoy el problema, y lamento que se trate a la luz de aberraciones que no tienen ninguna relación con su vigencia incomprensible.

  4. Luis on 11 agosto, 2010

    Si el casarse es la solución del problema ¿cómo es que hay tantos divorcios y separaciones?
    Otra cosa, se habla de la “imposición” del celibato a hombres y mujeres. Debe saber el autor que el celibato es obligatorio sólo para ser sacerdote. Hay miles de diáconos casados. Y hay miles de sacerdotes que antes de serlo hicieron voto de castidad libremente. Si se sacara la ley del celibato sacerdotal, este “beneficio” sólo le llegaría a aquellos sacerdotes que no sean de órdenes religiosas, o sea un porcentaje. Ninguna mujer de una orden religiosa lo tomaría ya que ellas se hicieron célibes libremente y no por ninguna ley eclesial.
    Creo que todo este debate del lado de la Iglesia es una claudicación más de los católicos que vivimos haciendo nuestros los argumentos del mundo jugando para el lado del padre de toda mentira…
    Es increíble con cuánta dialéctica se defiende el matrimonio cuando se habla de curas y homosexuales pero cómo se lo denigra cuando se trata de jovenes, heterosexuales y casados …
    Hipocresía pura de la mucha que he visto en este pasquín. Es la primera vez que entro aquí. No tenía idea de que existían … y de verdad … no existen …

  5. Cristian on 31 agosto, 2010

    Para nuestro hermano Luis, que seguramente el celo por el Señor y su Reino lo hace situarse en una posición un poco radical y alabo su fe y fervor en las cosas de Dios. Pero es necesario decir que en la Iglesia sólo se crece con la verdad. El Concilio Vaticano II en su Decreto Presbyterorum Ordinis Nº 16 aclara: “…el celibato, es al mismo tiempo emblema y estímulo de la caridad pastoral y fuente peculiar de la fecunidad espiritual en el mundo. NO ES EXIGIDA ciertamente por la NATURALEZA MISMA DEL SACERDOCIO, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva…”. O sea que no es esencial al sacerdocio aunque ayuda en sus diversas dimensiones, especialmente ordenadas a lo pastoral. Esta DISCIPLINA, como lo dice el Concilio, no es regla de fe y podemos debatir diferentes puntos como cristianos que vamos en busca de la verdad pero sobre todo vivirla. Comparto el artículo de este autor, siendo yo testigo directo de las vivencias mediocres en cuanto al celibato de MUCHOS sacerdotes, pero que aman la iglesia y desean seguir sirviéndola. El carisma del celibato es para aquel que ha oído en su corazón ese llamado, por eso el carisma es una INVITACION a vivir de una manera diferente el Reino de Dios. ¿Hipocresia? ¿No será hipocresía que muchos sacerdotes, sin juzgarlos, celebran misas con tanta devoción y luego, terminada la noche, llegan a sus habitaciones a sus oscuros vicios? ¿Hipocresia? ¿No es hipocresía ver a tantos sacerdotes defender el celibato con uñas y dientes y luego descubrir que son padres de hijos negados? ESO SI EXISTE!! aunque usted hermano luis niegue esta realidad y este artículo. Con toda la caridad de Cristo, lo invito a que juntos descubramos la verdad que es Cristo y en él podamos ser luz para el mundo. Que se entienda: no busco la abolición del celibato sino que se busque replanatear la obligatoriedad.

  6. Marita on 23 octubre, 2010

    Señor Roberto: creo que el tema de la pedofilia es un grave desorden psicológico cuya curación no es tener mujer. El problema de fondo es otro: es una perversión sexual. El pedófilo no quiere mujer, quiere a un niño o a un joven, casi siempre de su mismo sexo, lo cual nos hace reconocer el desorden de la homosexualidad.
    Hay muchos desórdenes sexuales, pero no ocurren por no tener relaciones sexuales, sino justamente por lo contrario, por no conservar la castidad, que es un don, un regalo de la gracia que el religioso tiene el deber de cuidar, así como los esposos debemos sernos fieles, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad, en la juventud y en la vejez. Siempre fieles, cueste lo que cueste.
    El problema de las perversiones es la falta de VIRTUD.

  7. Juan Carlos Lafosse on 26 enero, 2011

    Interesante la propuesta del libro de Gaudin y Pazos Kanki de abolir los seminarios. Me gustaría conocer sus razones, posiblemente resultaran actuales.

    Tal como funciona hoy la Iglesia, para ser sacerdote se requiere una formación académica comparable a una carrera universitaria. En los hechos, esta exigencia reserva el sacerdocio para quienes provienen – en su mayoría – de las clases medias y altas de la sociedad, excluyendo a los más pobres. Solo quienes pueden superar esta barrera cultural son los que se incorporan en una institución de verticalidad institucional absoluta, que también deja afuera de la carrera eclesial a los laicos e incluso a las mujeres consagradas.

    Agreguemos a esto el manejo del poder que durante tantos siglos ejerció su jerarquía y que aún ahora algunos defienden. Basta ver la descomunal basílica de San Pedro, con sus llaves del reino omnipresentes, para entender como se veía la Iglesia a si misma y como esa imagen ha perdurado – al menos en parte – hasta hoy día. Esto también se transmite en los seminarios, consciente o inconscientemente, y es parte importante de los requisitos para alcanzar cargos en la jerarquía.

    Valoro enormemente la entrega y capacidad de muchos sacerdotes para acercarse a todas las personas, pero también conozco lo difícil que es vencer distancias sociales y culturales.

    Por eso, quizás no es mala idea pensar que es lo que hace falta realmente para ser sacerdote y como ayudar a un joven de extracción social humilde a llegar a serlo, sin obligarlo a salir de su comunidad y de su historia, enriqueciendo así a la Iglesia con su cultura y valores. Después de todo, Cristo eligió a pescadores y no a sacerdotes y doctores de la ley para fundar su Iglesia.

    Quisiera que tuviéramos un Papa que se llame Francisco, mucho más cerca de Dios y de sus hermanitos los pobres que de la teología, la filosofía y el poder.

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