Recuerdo del arzobispo de San Salvador, asesinado mientras celebraba misa, quien sigue vivo en la memoria de su pueblo. Pese a que el Vaticano aún no lo ha beatificado, muchos llaman a Romero “el santo de América”.Han transcurrido treinta años desde que monseñor Oscar Arnulfo Romero fuera asesinado cuando celebraba la Eucaristía, la acción litúrgica más grande para un Ministro de la Iglesia, el momento de la misa en que el sacerdote actúa como mediador entre el pueblo y Dios, es decir, cuando presenta las ofrendas para el sacrificio.

En la celebración de esta memorable fecha, en San Salvador, por primera vez se han dado signos claros de la superación de las divisiones de años anteriores. Por un lado, la Iglesia oficial, es decir, la Arquidiócesis de la capital salvadoreña, celebró a lo largo de estos treinta años una misa de exequias por el alma de quien fuera su cuarto arzobispo. Por su parte, la Fundación Romero, la organización de laicos asesorada por el prestigioso clérigo Ricardo Urioste, ha convocado a centenares de laicos

año a año para dar tributo, desde el pueblo pero siempre con sesgos de testimonio cristiano, al obispo profeta y mártir.

Desde el gobierno de El Salvador nunca hubo un tributo público en memoria de Romero. No obstante, las últimas administraciones de Arena toleraron la inauguración de monumentos públicos en su honor, en parte porque así lo había decidido la Alcaldía de San Salvador, gobernada por el partido de izquierda FMLN.

Las diferencias entre el Arzobispado y la Fundación Romero derivaban de que la Iglesia oficial no quiso adelantarse y dar tributo público ni aclamar a Romero como mártir antes de que lo hiciera el Papa. Sin embargo, la Fundación Romero ha organizado manifestaciones públicas aclamándolo como profeta y mártir con el único interés de no dejar morir en la memoria del pueblo al más preciado obispo de la historia de la Iglesia peregrina en El Salvador.

Este año, la Arquidiócesis de San Salvador y la Fundación Romero actuaron en conjunto. Superaron aprehensiones y dudas y unieron el amor del pueblo a su Pastor con la oración gracias a la mediación de sus sacerdotes para pedir por el descanso de su alma y la pronta beatificación, y para edificación del pueblo en la construcción del Reino de Dios en este mundo.

Dos novedades se pueden destacar de la celebración de los treinta años. Por una parte, el actual gobierno de El Salvador, de corte socialista y sostenido por el partido de izquierda comunista FMLN, que decidió hacer un gesto de tributo y admiración en honor al guía espiritual del pueblo salvadoreño, monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez. Varios actos de corte cultural y un monumento en su honor en el aeropuerto internacional, además del pedido de perdón en nombre del Estado salvadoreño por el asesinato marcaron la participación, por vez primera, del Gobierno de El Salvador en la calenda conmemorativa de la muerte del arzobispo de los pobres salvadoreños.

Para los que desean su beatificación, la participación del Gobierno podría resultar todavía ambigua o, por lo menos, de poca contribución a dicha causa, porque ha exacerbado el espíritu de los católicos de derecha. Muchos opinan que el pedido de perdón por parte del Estado salvadoreño significa responsabilizar a los que perpetraron el acto, es decir, a los que la Comisión de la verdad estableció como actores del mismo, todos ellos de la facción política de derecha con sus consortes militares o paramilitares. Aunque la vox populi está de acuerdo con la Comisión de la verdad, existe una ley de amnistía que impediría incluso insinuaciones indirectas de culpación de parte de autoridades públicas.

La otra novedad, esta vez más decididamente en favor de la beatificación, es el hecho que los obispos de El Salvador, por fin, se han puesto de acuerdo para pedir oficialmente a la Congregación de los Santos que continúe y acelere el proceso. La causa de beatificación de monseñor Romero es solicitada por la diócesis en la que desempeñó su servicio de Pastor, es decir, la Arquidiócesis de San Salvador, y que, por ende, todo el peso cae sobre el Arzobispo en funciones. Habida cuenta de la división social en que ha quedado El Salvador tras los doce años de guerra civil, división que afectó a la propia jerarquía de la Iglesia, Roma había dilatado el proceso hasta tanto no visualizara la unidad en este punto del resto de los obispos con el Arzobispo.

Aún en medio de ciertas aprehensiones colaterales, la conmemoración de los treinta años de la muerte de Romero ha sido, en este 2010, un momento de gozo y esperanza. Benedicto XVI –el propio Ratzinger tuvo en sus manos este proceso cuando fue Prefecto de la Congregación de la fe– conoce bien la causa; y habiendo confirmado en dos oportunidades la bondad de la misma, tanto por la Doctrina de la fe como por el uso de la Doctrina social de la Iglesia, podría estar de acuerdo en acelerar la fecha de beatificación de Romero.

Sangre de mártires riega la tierra de cristianos y de ella nacen más testigos de la presencia de Jesús, dándonos signos claros que la semilla sembrada por Romero da y seguirá dando frutos de la misma calidad.

Quiero, en este punto, hacer memoria de un joven que, perteneciendo a la Comunidad de San Egidio que sirve en la Iglesia de San Salvador, dio también él su vida por la causa de la redención de los amigos jóvenes de la comunidad de Apopa, un sector terriblemente violento del gran San Salvador.

William Quijano era un joven de 21 años. Orientaba a otros jóvenes en sus vidas, en sus estudios, en  sus trabajos, en el deporte. Trabajaba a través de la alcaldía. Era un muchacho transparente, jovial y servicial. Estaba en la pobreza; con lo poco que ganaba sostenía a su madre y hermanos. Cuando lo mataron, regresaba de la alcaldía después de recibir su cheque mensual, con el que había ido a la tienda a comprar pan dulce para sus hermanitos. Dos muchachos lo interceptaron cuando llegaba a la puerta de su casa. Hubo un altercado. Se oyeron dos o tres disparos. Cuando la madre de William salió a ver qué pasaba, encontró el cuerpo muerto de su hijo. La opción por los pobres era clara en la vida de William, y la vivió como laico y como cristiano. Lo llevó a comprometerse con la comunidad de San Egidio. Estaba de acuerdo con el espíritu humano y cristiano de esta Comunidad que se empeña en hacer de la sociedad una comunidad de oración y de servicio para construir juntos la paz. William coincidía con San Egidio en salvar a los niños y jóvenes de la violencia, y crear posibilidades de vida lejos de la lógica del enfrentamiento y de la criminalidad juvenil. Desde hacia cinco años, William dedicaba su tiempo libre como voluntario en una “Escuela de la Paz”, que es un centro de formación organizado por San Egidio para ayudar a los niños a vivir juntos y ayudarse  mutuamente.

Aparecida valorizó a los grupos cristianos y católicos como la Comunidad de San Egidio: “Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres. Día a día, los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral: educan a sus hijos en la fe, viven en una constante solidaridad entre parientes y vecinos, buscan constantemente a Dios y dan vida al peregrinar de la Iglesia. A la luz del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre como ellos, excluido entre ellos. Desde esta experiencia creyente, compartimos con ellos la defensa de sus derechos” (DA 398). Los amigos de San Egidio han reaccionado ante la muerte de William.

De todo el mundo llegaron testimonios. Quizás el que mejor representa el sentimiento de todos podría ser el mensaje del obispo Antonio Scopelliti de Ambatondrazaka, en Madagascar: “Un mártir más, testigo del amor de Cristo por los más pobres y débiles. Ruego al Señor que bendiga a la Comunidad de San Egidio en San Salvador y la haga crecer siempre más, en número y en santidad”.

A la luz de estas alentadoras palabras y del testimonio comprometido de William, reverdece la esperanza de la Iglesia católica en América latina. Esperamos ver el surgimiento en nuestro continente de una nueva generación de cristianos católicos capaces de renovar la faz de estas tierras bañadas con sangre de mártires.

 

El autor es vicario general de la arquidiócesis de San Salvador, doctor en Teología Bíblica y licenciado en Historia y Filosofía. Ha publicado numerosos libros, entre ellos la biografía de Monseñor Romero y Pensamiento de monseñor Romero en sus cartas. Es co-postulador para la causa de beatificación de monseñor Oscar A. Romero.

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