teatrode Federico García Lorca. Dramaturgia de Juan Carlos Gené. Teatro CELCIT

La figura de Federico García Lorca es una presencia obsesiva en la trayectoria creativa de Juan Carlos Gené, tal como él mismo lo ha reconocido. El descubrimiento que, por vía familiar, hace del poeta, cuando éste viaja a Buenos Aires en 1933, y el posterior impacto que le genera su trágica muerte, marcan su vida y, quizás, explican que sea el autor con el que más intensamente ha trabajado y experimentado, siempre junto a la actriz Verónica Oddó.

A diferencia de sus espectáculos anteriores, que recogían fragmentos de las obras o poemas del autor granadino, Gené ha optado ahora por encarar una obra completa, precisamente aquella que está ligada a sus recuerdos infantiles. Lo hace, sin embargo, desde un abordaje que no abandona lo experimental al incluir, precisamente,  l rescate de las circunstancias familiares que lo introdujeron al mundo de Federico. De allí el subtítulo del espectáculo: un yo rememorante –el propio Gené– desgrana sus recuerdos, y al hacerlo los reinventa, a la vez que introduce a los personajes, comenta y verbaliza algunas de las  acotaciones para luego incorporarse a la ficción representada. Este enmarque, naturalmente, distancia al espectador y, por momentos, corta la tensión y la atmósfera concentrada que normalmente exige la tragedia, pero, a la vez, da cuenta de la cautivante energía y arrojo que caracterizaba al autor y que comparte, junto con su destino trágico, con los cuatro protagonistas de la obra. Algunos de ellos  sucumben, a pesar de su resistencia, al embate de la pasión mientras que todos por igual ven frustrados sus deseos amorosos y sus ansias de plenitud vital. En esta primera tragedia rural quedan así  enfrentados, y sin posibilidad de conciliación, los dos principios antagónicos que dominan todo el universo lorquiano: el de libertad y el de autoridad.

La reducción del número de actores a cuatro y las posibilidades espaciales que ofrece la sala, explican la mayor parte de las modificaciones y recortes que Gené se vio obligado a hacer al texto original en escenas corales como la de la boda o el inicio del cuadro final. Sorprende un tanto la elección de música popular litoraleña para el baile de la fiesta de casamiento dado el protagonismo que tiene la tierra andaluza en la obra. La despojada escenografía intensifica con su carga simbólica las fuerzas en conflicto: la tierra calcinada por el calor, presente en esas hojas secas que delimitan el espacio escénico, y las vidas arrasadas por ella, representadas por las cuatro sillas que se ubican en diagonal para alojar a los cuatro actores que, casi sin desaparecer de la escena, se desdoblan en varios personajes con un mínimo cambio de vestuario o la incorporación de un accesorio. Esta austeridad escenográfica limita el desborde plástico exigido por la fantasía poética que caracteriza al tercer acto, pero se compensa con el vuelo poético alcanzado por el recitado de los parlamentos en verso, fruto de un esmerado trabajo técnico. Verónica Oddó recrea con rotundidad los personajes de la Madre, la Suegra y la Muerte en forma de Mendiga, mientras que Gené, hace lo propio como Padre de la Novia, además de asumir algunos roles menores. Violeta Zorrilla compone con igual ductilidad expresiva los dos personajes femeninos a los que la muerte violenta condena a la soledad y, en el caso de la Novia, a una vida estéril y sin honra. Camilo Parodi –responsable también de la música– da vida alternativamente y con igual entrega a dos personajes tan disímiles como el Novio y Leonardo, además de corporizar a la Luna, siguiendo las acotaciones del propio autor que pedía que fuera un joven leñador quien encarnara este papel.

Dramaturgia y dirección logran que esta puesta confirme uno de los tantos juicios que sobre Bodas de sangre formuló la crítica: “tragedia de desnudez enteramente clásica”.

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