Si bien desconocemos el desarrollo que podrán seguir los acontecimientos, parece apresurado comparar el levantamiento popular que ocupó durante 18 días la emblemática plaza Tahrir en El Cairo con la caída del muro de Berlín, las protestas chinas en la plaza de Tiananmen, o el levantamiento popular recordado como la “primavera de Praga”, circunstancias y contextos muy diferentes. Por otra parte, no cabe hablar de una eclosión de fervor islamista. En todo caso, lo que llama la atención es que nadie había previsto lo que está ocurriendo.

Primera constatación: el llamado “mundo árabe” es mucho más heterogéneo de lo que parece a simple vista. La práctica de la religión islámica varía de sociedad a sociedad; el Islam es mucho menos unitario y homogéneo de lo que suele creerse o admitirse. El idioma árabe tiene menos similitud de país a país que lo que sucede con el castellano en América latina, por ejemplo. Lo que sucede en un lugar no es fácilmente equiparable o transmisible a otro. Entonces, ¿qué ha llevado, como en un efecto contagio, a que distintas sociedades árabes se expresen con tanta fuerza, decisión y coraje –superando el miedo a los regímenes autoritarios y dictatoriales– a comenzar a producir cambios que ya se presentan como epocales y probablemente irreversibles? Más aún: si es que esta explosión de descontento, de hartazgo, pudo haber sido prevista, ¿por qué no se dieron cuenta a tiempo no sólo los propios regímenes sino otros países directamente interesados en la estabilidad de una región casi por naturaleza conflictiva?

Hubiera bastado seguir, prestar atención y advertir las estadísticas económicas y sociales para constatar que varios países –en eso sí se parecen– experimentan cambios estructurales profundos desde hace al menos dos generaciones. La demografía, en primer lugar: el aumento notable de la población, con importante prevalencia de los jóvenes en la composición de la pirámide social. No son novedad la gravedad de la desocupación, las profundas desigualdades, la concentración de riqueza y la corrupción. Por último, corresponde detenerse en cuán inadecuados son los regímenes predominantes en relación con los fenomenales cambios que está experimentando todo el mundo desde hace sólo un par de décadas.

Esto lleva a otra cuestión, siempre actual y no menos importante: ¿es legítimo que otras naciones –los vecinos, las potencias regionales o mundiales– intervengan para influir, condicionar o definir situaciones internas de esos países? Si se responde negativamente, en función del respeto a la soberanía de cada Estado, la consecuencia puede ser la extensión de la inestabilidad política y, peor aún, la inseguridad internacional. De allí que la injerencia de otras potencias, de cualquier envergadura, sea moneda corriente, admitida, y a veces hasta deseada, por los actores, aunque en no pocas oportunidades, ocultada o negada. Pero si se responde positivamente, aparecen las controversias acerca de cuáles son los intereses que, en verdad, se intenta preservar.

Analistas y comentaristas han destacado la globalización y el peso creciente de las nuevas tecnologías de comunicación (internet, Facebook y Tweeter, telefonía celular…) como factor esencial en esta circunstancia. Esas herramientas, que no existían cuando la revolución iraní de 1979, están íntimamente asociadas a la cultura de los jóvenes, y no sólo permitieron organizar la revuelta egipcia, sino que antes vincularon a esos jóvenes con la cultura global y con sus muchos amigos y parientes que hoy viven en Europa o Estados Unidos.

Otros señalaron las inconcebibles diferencias sociales, particularmente en Egipto con sus 80 millones de habitantes. ¿Era necesaria una rebelión masiva, popular, juvenil, para ponerlo de manifiesto? Son preguntas que todos los regímenes, independientemente de su legitimidad (monárquica, republicana o religiosa), tienen que comenzar a formularse y, más aún, a responder ante esta avalancha.

Al escribir estas líneas, ya caído Muhammad Husni Sayyid Mubarak y habiendo quedado el poder en manos de las fuerzas armadas –actor clave también durante las últimas tres décadas y verdadera elite empresaria que maneja más del 50 por ciento de la economía egipcia–, la tensión inicial parece estar encaminándose hacia alguna forma de orden. Las partes negociaron –siempre mejor que la confrontación violenta– y por el momento las fuerzas armadas y los manifestantes (y la oposición en general) parecen mirarse con simpatía. A este propósito, escribía Sergio Romano en el Corriere della Sera que las democracias occidentales festejaron con alivio un golpe militar. Si bien los cambios iniciados pueden llegar a ser muy relevantes (todo cambio de régimen necesariamente lo es), el fantasma de un gran caos en la región parecería –a juicio de algunos expertos– estar apaciguándose. Aunque aún las aguas no bajen tranquilas, no se trataría ya de un aluvión incontenible.

Los variados regímenes en los países árabes no son tan frágiles ni tan faltos de racionalidad como suele describírselos. Tienen más “resiliencia” de lo que se les adjudica. Aunque a los ojos occidentales no guste tanto, en realidad gozan de más legitimidad de lo que parece evidente. Por otra parte, será necesario encontrar un delicado equilibrio entre una injerencia positiva, prudente, eficiente, y el respeto imprescindible por las idiosincrasias de cada país.

El camino a recorrer es largo, difícil, complejo y lleno de avatares. Una sociedad con la  envergadura histórica, política e internacional como la egipcia se ve ahora súbitamente enfrentada con la necesidad de un cambio desde adentro, pero realista. Deberá hallar un modus vivendi con reformas constitucionales e institucionales y también económico sociales realmente profundas. Túnez, por su parte, tendrá que realizar sus propios cambios, quizás no tan dramáticos, pero sí igualmente trascendentes.

También son diversas las realidades de otros países árabes tocados en estas semanas por la súbita oleada de protestas. Yemen, uno de los países más pobres del mundo, suele ser calificado como “estado fallido” donde se han refugiado y enquistado grupos terroristas procedentes de otros conflictos. En Jordania, donde gobierna una monarquía, es posible que el cambio de gabinete reciente encuentre una salida lógica al descontento. Y en Siria, el presidente Assad ha demostrado en los diez años que lleva en el poder suficiente ductilidad como para salir airoso de este momento.

Resta el trasfondo del conflicto palestino-israelí. La seguridad de Israel puede quedar comprometida si Egipto efectúa un viraje en su política que se aleje demasiado de lo que se consideró una garantía durante el gobierno de Mubarak. Y el mérito del ex presidente egipcio, en este sentido, no fue menor. Las declaraciones de las fuerzas armadas egipcias hoy confirman esa posición. Pero muchos piensan que quizá sea éste un momento de oportunidad histórica para intentar, de una vez por todas, un principio de solución al conflicto que Israel arrastra desde su creación como Estado y que el pueblo palestino vive dramáticamente, cuando se le sigue negando un territorio y un desarrollo económico y social, multiplicando el resentimiento y la desesperación entre sus jóvenes, también numerosos.

El proceso en curso en algunos países del Medio Oriente sugiere una pregunta de fondo que es más cultural que política: lo que se está poniendo de manifiesto ¿son ciertas aspiraciones, históricamente surgidas en la cultura occidental, pero que se han revelado como aspiraciones universales, como derechos humanos, límites institucionales al poder, democracia, aspiración a una vida digna y a un mínimo de bienestar, rechazo creciente a la idea organicista de pueblo y Estado que absorbe a los individuos y sus destinos? En una palabra, ¿estamos en presencia de una mentalidad y una sensibilidad incompatibles con el fundamentalismo religioso y con regímenes dictatoriales?

 

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  1. Creo que es una visión interesante y clara de lo que está ocurriendo en el mundo árabe. Realmente tenemos poca información y un gran desconocimiento de la realidad en que viven.

  2. antonio marco on 7 marzo, 2011

    Lama la atención que se hable de ” A este propósito, escribía Sergio Romano en el Corriere della Sera que las democracias occidentales festejaron con alivio un golpe militar.” . Pareciera asomar aquí la hipocresía de las llamadas ” democracias occidentales europeas”. Hablan de las insalvables falencias de lo otros países no europeos , aceptando que en ellos tenga lugar el golpe de estado. Pero si alguien les quisiera hacer lo mismo a ellos, se escandalizarían y opondrían el santo y seña de “La Democracia” como exorcismo contra esos intentos. Claro: Las democracias europeas son impecables. Las democracias del primer mundo son estructuras benditas por…….la Democracia, y así es impensable que dentro de ellas se geste el germen de la corrupción. Llama la atención como esas sociedades laicistas y antireligiosas ( mejor dicho anticatólicas) postulan el “dogma ” de la impecabilidad política; como si ser partes de la Comunidad Europea los hiciera merecedores de un ” sacramento bautismal laico” que hubiese extinguido en ellos el” pecado original” de la nefanda decadencia. Es demasiado pedirles lógica en sus procesos mentales a estos señores: Los Europeos son fundamentalistas que sostienen a rajatablas su dogma democrático, y con tal de salvarlo morirían en la peor de las corrupciones.(Siendo tan Rousonianos pasaron por alto el capítulo del “Contrato Social” sobre la dictadura). Asimismo, como contracara de sus hipocresías, olvidan que Hitler, Lenín , Stalin y toda la bellaquería comunista, y quienes los sustentaron con sus ideas y máximas , fueron en su totalidad Europeos: Los monstruos salieron de sus comunidades, allí se nutrieron y crecieron, y allí explotaron. Es difícil que en el festín de los dichosos de hoy, de los epulones de los banquetes, pueda haber alguna pizca de verdad y caridad. Pero no se procupen.Dios se sirve de la propia naturaleza para castigar al hombre. Esta Europa egoísta y que es estéril en hijos, no dentro de mucho va a caer en la cuenta de la invasión de los hijos de árabes, sudamericanos, negros y demás culturas no europeas que viven y emigran hacia allí ; y que creen, aunque sea no más vitalmente, en el creced y multiplicaos. Y seguramente, cuando vean esta realidad en sus ciudades, nacerán de nuevo los Hitler y Racistas que pretenderán salvarlos de las invasiones extrañas. ¡ Cuando el pellejo egoísta los impulse, estos señores pulcros y amanerados, se olvidarán de la tan mentada democracia,y les quedará la cracia( poder) para ejercerla vilmente como sus últimos arquetipos.!. Dejarán el violín y querrám pasar a los “invasores por el piolín. Cuando se acaban las clase teóricas de revolución guevariana y tercermundista de la Sorbone y Cia, la realidad de las calles hará nacer al furibundo egoísta que se siente invadido y reaccionará como tal.

  3. Macabelico on 20 marzo, 2011

    Llama la atención que afirmes que la injerencia extranjera sea deseada en algunos casos…yo quisiera saber quienes la desean ¿los pueblos?…..El síndrome de la injerencia, tiene como signo patognomónico que solo se aplica en países ricos en petróleo y otros recursos…. pueblos africanos han vivido verdaderos genocidios donde no he visto a los “magnánimos” del norte “desarrollado” intervenir….Impera una doble moral asqueante. Él caso de Libia y Reino de Baréin son lapidarios, aquí tenemos a dos dictaduras protestadas, pero en una Libia, los rebeldes son buenos; y en la otra, Reino de Baréin, los rebeldes son malos…..Esto no tiene salida, por eso suscribo la frase: “Creo que he encontrado el eslabón perdido entre el animal y el hombre civilizado. Somos nosotros.” (Konrad Adenauer)

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