El diálogo entre creyentes y no creyentes, promovido por el Pontificio Consejo para la Cultura, es una iniciativa que parte de la idea de que el Dios conocido en la fe es siempre un Dios misterioso, y sus adoradores no se sienten de hecho lejos de quienes buscan verdaderamente a un Dios desconocido. www.atriumgentium.org es la dirección de la página web que se encuentra en construcción, tal como el proyecto al que sirve.El papa Benedicto XVI sugirió el 21 de diciembre de 2009 la necesidad de “crear un espacio de diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin él, sino sintiéndolo al menos como desconocido”.

La experiencia de Taizè

Desconociendo esta convocatoria, mi esposa Virginia, mi hija Ana y yo aprovechamos el paso por París para participar de un encuentro de Taizè, que se anunciaba en Notre-Dame, esperando una experiencia de diálogo entre miembros de diferentes Iglesias cristianas en la oración.

Caminar a Notre-Dame de París es para un argentino una mezcla de turismo y devoción; es inevitable revivir los versos del “Vals Municipal” de María Helena Walsh, tanto como la proximidad entre los distantes Paul Claudel y Ernesto Sabato, al relatarnos su primer experiencia al entrar durante una misa. A mi derecha, un hombre que cruza la puerta, se arrodilla y besa el suelo, no deja lugar a dudas sobre el sentido de nuestra visita. Sin embargo, todavía hay que sortear el tráfico de los turistas en el circuito perfectamente establecido por las galerías laterales, para consolidar la opción.

Una vez en la nave principal, su altura, la multiforme luminosidad de sus vitreaux y una estructura sostenida por columnas que se elevan semejando pares y grupos de manos que se unen en oración, suaviza los sentidos, aquieta las pasiones y, al principio, alerta a la razón. Un coro perfectamente colocado tras el altar, presente (identificable hasta en el vestir) pero no protagonista, nos indica que la misa está por comenzar. En la procesión de entrada ocupa su lugar indiscutido la Palabra, las luces, el incensario, los celebrantes y acólitos. Un grupo de monjes, mayoritariamente jóvenes, cuyo hábito semeja al de los cistercienses se coloca a la derecha del altar. Frère Alois prior de Taizè los acompaña, sucesor del venerado fundador, tristemente asesinado como tantos actores de la paz, el Frère Roger1. El Evangelio es leído en francés e inglés y luego unos versículos escogidos son reiterados una y otra vez en distintos idiomas, el español entre ellos. La predicación a cargo del cardenal italiano Gianfranco Ravasi es en francés, la consagración y comunión van acompañadas por el lenguaje universal de los gestos cuidadosamente cumplidos.

Al llegar la bendición, es como si el tiempo se hubiera detenido, no fue ni mucho ni poco, simplemente estuvimos dentro de nosotros, fuera del tiempo.

El regalo esperado

Luego de la bendición, se retira la mayoría, unos pocos curiosos nos quedamos al fondo porque parece que fuera a suceder algo… un grupo de jóvenes de remera y jeans retira todas las sillas de la nave principal, extiende alfombras, coloca a ambos lados del altar un icono del Crucificado y otro de Pedro y Pablo. Sobre el altar había una pantalla suspendida, desde donde este segundo icono presidirá la celebración.

Pequeñas velas comienzan a encenderse en el altar, en rejas laterales y en el suelo. Los monjes se arrodillan en un rectángulo frente al altar, bajo el crucero. Hay unos “banquitos” para facilitar los tiempos prolongados de rodillas, como alguna vez compartiéramos en el  Centro de Espiritualidad Santa María y ahora usamos en Santo Domingo de Tandil.

Alguien nos invita a ir mas adelante, en tres oportunidades, hasta que quedamos en la primera fila junto a ellos; se abren las puertas y un buen número de jóvenes ocupa toda la nave central y otros las laterales. Hay entre ellos religiosas católicas y clérigos de distintas confesiones cristianas, dos cardenales, cuatro obispos y varios monseñores.

De algún modo queda en nuestras manos una prolija fotocopia con los cantos y lecturas del día y una fina vela. El cardenal Gianfranco Ravasi nos da formalmente la bienvenida.

Se van encendiendo las luces y comenzamos a cantar breves antífonas en diferentes idiomas que se repiten una y otra vez en un clima de recogimiento (“The Kingdom of God”, “Laudate omnes gentes”, “Psaume 130”). Se proclama lenta y claramente la Palabra (Mt 5, 1-10), nos hacemos eco de ella con cantos breves, muchas veces reiterados, entre la lectura en distintos idiomas del versículo: “Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios”. Se canta “Nada te turbe”, y nuevamente hay un silencio para el viaje interior.

El regalo inesperado

Luego: la oración de petición y de intercesión, los cantos, la meditación de Frère Alois, el canto del Magnificat y la sorpresa de ver en la pantalla gigante al papa Benedicto XVI. Trasmite su invitación a abrir en la Iglesia varios patios de los gentiles, una imagen que evoca el espacio abierto en la explanada junto al templo de Jerusalén, que permitía a todos los que no compartían la fe de Israel acercarse al templo e interrogarse sobre la religión.

Benedicto XVI subraya que un motivo fundamental de este atrio es promover la fraternidad más allá de las convicciones, sin negar las diferencias. Al terminar, los hermanos giran sobre sus espaldas y el icono del Crucificado se recuesta al centro, y mientras los cantos acompañan, cada uno puede acercarse y besarlo; muchos lo hacen de rodillas. Cuando salimos ya es de noche, han pasado casi dos horas sin que nos diéramos cuenta, Anita y Virginia (para quienes era la primera experiencia de Taizè) se han sentido cómodas; y salvando las distancias comentamos la semejanza con el clima de las adoraciones que los chicos realizan todos los viernes en Santo Domingo deTandil.

Ya es de noche y la brisa nos refresca, mientras nuestros ojos se asombran con lo que ven… afuera hay tantos como adentro, o tal vez más. Aunque todo está conectado: en la plaza frente a la catedral dos pantallas gigantes presentan, con la dinámica de un show televisivo a distintas personas que explican sus creencias e invitan a los grupos de diálogo que se han estado celebrando entre creyentes y no creyentes en pequeñas carpas  laterales, mientras nosotros rezábamos por ellos. Alguien nos ofrece una sonrisa y un té caliente. Con el calor de nuestra Iglesia en el corazón y en el estómago, seguimos camino a casa.

El patio de los gentiles ha comenzado a caminar en dirección al Reino. Hubo una presentación previa en Bolonia. Pero la primera sesión propiamente dicha, la inaugural, se ha celebrado en París. Así fue elegido por el cardenal Ravasi dado el simbolismo de la Ciudad de las Luces. La Ilustración, la laicidad positiva, la libertad, la independencia entre Iglesia y Estado. Las diferentes sesiones han tenido lugar en escenarios significativos; la sede de la UNESCO, la Universidad de la Sorbona, la catedral de Notre-Dame.

Las palabras del Papa siguen resonando. “En el corazón de la Ciudad de las Luces, frente a esta magnífica obra maestra de la cultura religiosa francesa, Notre-Dame de París, se abre un gran atrio para dar un nuevo impulso al encuentro respetuoso y amistoso entre personas de convicciones diferentes. Ustedes, jóvenes, creyentes y no creyentes, Tal como en la vida cotidiana, esta noche quieren estar juntos para reunirse y hablar de los grandes interrogantes de la existencia humana (…) Estoy profundamente convencido de que el encuentro entre la realidad de la fe y de la razón permite que el ser humano se encuentre a sí mismo”.

1. El Hermano Roger Schutz, suizo de confesión cristiana calvinista, de joven ayudó a escapar a judíos a Suiza desde el Sur de Francia. Terminada la guerra quedó vagando como tantos otros, se guareció una noche en unas ruinas que a la mañana descubrió eran una iglesia. Se sintió llamado a reconstruirla y comenzó a hacerlo, a poco se le unieron otros jóvenes, cristianos católicos, luteranos, etc. Un día decidieron vivir en radicalidad el Evangelio. Hoy pasan por el Monasterio de Taizè y su iglesia de Nuestra Señora de la Reconciliación de 5 a 6 mil jóvenes cada fin de semana, y entre 50 y 100 mil en Semana Santa. En su última visita, Juan Pablo II, comenzó a hablar diciendo: “vengo aquí, como viene el peregrino, a beber de la fuente siempre clara del Evangelio”.

 

 

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  1. Graciela Moranchel on 5 mayo, 2011

    La experiencia luminosa de tantos jóvenes en Taizé, reunidos para adorar al único Dios y Señor de todos, habla claramente sobre la creciente sed de Absoluto que vive en los corazones de la gran mayoría de las personas.
    Estos hechos tan bellos, no se condicen con los anuncios de los agoreros de siempre que pululan aún dentro de las mismas iglesias, que viven denostando la sociedad actual, tildándola de hueca y materialista, y despreciando a la juventud, por considerarla vacía y secularista.
    El anhelo del encuentro con Dios está puesto por el Señor mismo en el corazón del hombre. Cuando la gente percibe que hay modos más puros, más libres, menos estructurados, para vivir el encuentro con Dios y con los demás, no duda en adherirse a ellos de corazón.
    El “vaciamiento” de los templos cristianos, la indiferencia ante la Iglesia-Institucional, no nos hablan de un vacío interior ni de indiferencia ante lo religioso, sino más bien de que esta sed de Dios no ha encontrado los cauces adecuados para saciarse.
    La renovación de las iglesias pasa por la vuelta a las fuentes más puras de nuestra espiritualidad. Ante todo, volver la mirada al centro de la Revelación, a Jesucristo (como decía Hans Urs von Balthasar) y anteponer la Palabra de Dios a cualquier disquisición dogmática o moral.
    Esta vuelta a lo esencial implica también un regreso al silencio en la oración, único ámbito donde esta Palabra puede resonar con toda su fuerza y plenitud.
    Muchas gracias a Roberto Estévez por este hermoso testimonio que nos permite reflexionar sobre el futuro de nuestras comunidades, que no podrán subsistir si no están abiertas al diálogo y al encuentro con todos.
    Saludos cordiales,
    Graciela Moranchel
    Profesora y Licenciada en Teología

  2. Me parece que la idea del “atrio de los gentiles” es totalmente coherente con los fundamentos de la fe cristiana. En efecto, tal como analizo con mis alumnos de “Fenomenología de la religión”, una de las características del fenómeno religioso radica en la interpelación personal que experimenta todo aquel que tiene una fe definida. Algo que es especialmente vivido dentro de la fe cristiana, dado que la Biblia nos muestra que Dios es quien ha tomado la iniciativa en su diálogo con el ser humano y que se ha dado a conocer mediante su revelación. Debido a ello, los discípulos de Cristo bien podemos seguir el ejemplo de lo que hizo el apóstol Pablo en Atenas, cuando ante la inscripción que decía “al dios desconocido”, tomó esto como punto de referencia con sus interlocutores para presentarles a los atenienses las buenas noticias sobre Jesucristo: “vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer” (Hechos 17:23, “El libro del pueblo de Dios”), ¡Qué Dios nos guíe a todos los cristianos a compartir así nuestra fe: con amor hacia nuestros prójimos y con seguridad en lo que creemos; pero también con sabiduría y con respeto!
    Raúl Ernesto Rocha Gutiérrez
    Doctor en Teología.
    Magíster en Ciencias Sociales.
    Licenciado en Letras

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