costantini-teatroEl precio (1968) se ubica en la que podríamos denominar segunda etapa de la producción de Miller, que se inicia después de casi ocho años de alejamiento de su actividad de dramaturgo. Más de dos décadas la separan de su primer estreno, Todos eran mis hijos (Criterio n. 2362), repuesta el año pasado en Buenos Aires y ahora de gira por diversos teatros del conurbano y de la capital. Estrenada en Nueva York, donde recibió críticas dispares, se la considera uno de sus últimos éxitos de gran repercusión. Dos hermanos, y la esposa de uno de ellos, se reencuentran después de dieciséis años de silencio para decidir el destino de un desván atestado de muebles y objetos diversos en la vieja casa familiar ya próxima a la demolición. La ocasión servirá para intentar echar luz sobre un pasado que ambos cargan de manera traumática y para intentar saldar viejas deudas.

Con una clara impronta ibseniana, el pasado de los protagonistas se va revelando mediante las largas conversaciones que arman el texto en el que la palabra es a la vez instrumento y tema de reflexión. El diálogo como vehículo de la comunicación es, precisamente, una de las cuestiones primordiales que aborda la pieza: Miller cuestiona los usos sociales y terapéuticos de una palabra en la que él mismo no parece creer demasiado y para ello va escalonando sucesivos diálogos interdependientes.

La conversación que abre la obra, entre Víctor y su esposa Esther da cuenta de una relación tensa, en la que demasiados años de fingimiento no permiten saber “donde está la verdad”: entre ellos las palabras sugieren o deliberadamente ocultan. Le sigue luego el diálogo entre el viejo tasador de muebles y Víctor que, lejos de ser un mero interludio cómico, es una puesta en práctica de cómo la palabra puede llegar a ser eficaz para lograr un entendimiento tácito que va más allá del acuerdo sobre el precio de los muebles y que le sirve a Víctor para comenzar su buceo introspectivo. Finalmente con la llegada de Walter se produce la tan esperada contienda verbal entre ambos hermanos: allí las palabras surgirán a borbotones con recriminaciones y acusaciones pero sin que lleguen a la tan esperada reconciliación, en parte, porque como Walter afirma, una conversación no puede reparar la fractura de años de silencio. Mal que le pese a Esther, para quien la palabra es un medio sanador, ese perdón que viene buscando Walter y que los elevaría a todos, no llega. Si de algo le sirve la palabra a Víctor será para confrontarse consigo mismo y aceptar las consecuencias de sus actos: el precio que pagó por un sacrificio innecesario que lo arrastró a él y a su esposa a una vida mediocre. Su mansa aceptación del pasado y su reconciliación con el presente contrastan con la furibunda desaparición de la escena de Walter.

Un sólido elenco bajo la dirección de Helena Tritek, recientemente galardonada por la Fundación Konex, permite el lucimiento de un texto que privilegia la palabra por sobre la acción. Arturo Puig como Víctor asume con solvencia el personaje posiblemente más complejo de la obra, tironeado como está por el deseo de encontrarle un sentido a su sacrificio pasado para justificar así su insatisfacción presente y la de su esposa. Selva Alemán encarna con un matizado trabajo a Esther, involuntario árbitro y víctima a la vez, de la contienda no resuelta entre los hermanos. Antonio Grimau transmite la impotencia de Walter, el hombre que con un mar de palabras intenta sin éxito persuadir y obtener el perdón del otro, mientras que Pepe Soriano como el judío negociante, se luce en un rol que le permite desplegar todo su histrionismo. La escenografía da cuenta con eficacia del abarrotamiento espacial que sólo posibilita la acción verbal y la iluminación va subrayando con sutileza los cambios de atmósfera que generan las palabras.

 

 

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