La investigación teológica cristiana se interroga sobre el diálogo interreligioso, y las respuestas oscilan entre el exclusivismo y el pluralismo.¿Qué significa para el cristianismo la idea de que existan otras religiones universales o su potencial destino universal en extensas áreas del planeta? ¿Las demás religiones son caminos equivalentes al cristianismo para acceder al misterio de la divinidad y para hacer una experiencia salvífica? De ser así, ¿por qué un cristiano debería empeñarse por anunciar el Evangelio en el mundo? De no ser así, ¿qué sentido tiene el diálogo interreligioso y cómo entenderlo? La investigación teológica cristiana, alentada por encuentros emblemáticos como el de Asís en 1986 y el reciente del 27 de octubre, se mueve entre dos extremos: por un lado, el “exclusivismo”, para el cual ninguna religión salva fuera del cristianismo ya que son, en el mejor de los casos, expresión de la sed de Dios que tiene el hombre (el teólogo evangélico Karl Barth constituyó el punto de referencia más alto de esta posición en el siglo XX); por el otro, el “pluralismo” de carácter relativista, con teólogos que han puesto en evidencia la relatividad del cristianismo. Para ellos el Logos universal y el Logos manifestado en la historia serían equivalentes y se podría llegar a Dios también a través del Logos universal, de manera tal que el cristianismo no sería la única religión absoluta, porque lo divino tiene muchos nombres y no se halla sólo en Jesucristo. En positivo, la posición pluralista afirma que las religiones no tienen sólo valor supletorio, sino que son respuestas humanas diferentes al llamado del único misterio divino, según un modelo de interpretación de la salvación no cristocéntrico, sino teocéntrico. Muchas de estas posiciones pluralistas reconocen a Jesús como el Cristo, Verbo encarnado de Dios, pero no aceptan que la totalidad del Logos esté contenida en él. La idea del Cristo se torna así en una suerte de categoría teológico-salvífica universal, de la cual la revelación cristiana sólo ofrece un ejemplo, acaso incluso el más alto (como sugiere por ejemplo el pensador indio catalán Raimon Panikkar). La rápida e inmediata adhesión a este tipo de hipótesis teológicas ha

llevado a menudo a crisis de identidad en quienes habían jugado la propia vida por Cristo. Es más, estas ideas contrastan con lo que afirman los textos de Pablo, de Juan y del mismo Jesús, que se presenta como el camino necesario para ir al Padre; y es evidente que, si cada uno alcanzara su camino a la divinidad sin necesidad del Dios encarnado, no tendrían sentido la misión del Hijo y la del Espíritu.

¿Para qué se habría encarnado el Hijo de Dios? Si una motivación tuvo la encarnación fue para que el hombre pudiera llegar más fácilmente a Dios y de manera auténtica.

Es por ello que entre exclusivismo y relativismo se va configurando en el mundo cristiano una posición mayoritaria de “inclusivismo”. Es decir, Cristo es el único mediador y sin él no hay salvación; sin embargo, la adhesión a Cristo puede darse de manera explícita o más o menos implícita, a través por ejemplo del bautismo de deseo para quienes no conocen aún a Dios en Jesús, pero están unidos de alguna manera a Dios. Los caminos misteriosos del Espíritu de Cristo, en otras palabras, alcanzan a toda persona sincera que busca a Dios y le abre las puertas de su corazón. De allí entonces, la importancia de descubrir a Cristo como punto de referencia irrenunciable sin negar el respeto al otro. El sentido de la singularidad de Cristo puede conjugarse para el cristiano con el reconocimiento de la dignidad de todo hombre, con esa teología de las religiones que ve en ellas un instrumento de auténtica búsqueda del encuentro con Dios.

Por otra parte, el desafío de las grandes religiones y de su relación con el cristianismo es cada vez más actual. El otro habita en nuestra casa, concretamente y en el mundo virtual. Diálogo y proclamación tienen que conjugarse. Algunos agregan a la tesis “pluralista” como fundamento hermenéutico la consideración de que el pensamiento asiático, en particular el hindú, no se construye sobre el principio de no contradicción, y por lo tanto de la contraposición, sino más bien sobre el ampliarse de la identidad en generosa acogida, que puede expresarse en una pluralidad de formas concretas.

Personalmente no comparto esta tesis, porque sin la aceptación del principio de no contradicción no podría establecerse entre los hombres ningún diálogo o comunicación verdaderos. Se perfila así la validez de una interpretación de la relación entre cristianismo y religiones en el camino del inclusivismo. Es decir, manteniendo firme la necesidad del Cristo y de su mediación, se toma en serio la posibilidad universal de salvación según tendencias interpretativas diferentes. Para algunos pensadores cristianos, el cristianismo realizaría los valores de las demás religiones, las cuales son “más que mediaciones salvíficas” signos de espera. Por otra parte, debe reconocerse una cierta sacramentalidad de las demás religiones, un efectivo constituirse como caminos de trascendencia. Para otros pensadores es siempre determinante la distinción entre historia general e historia especial de salvación, sobre la base de la cual las religiones tienen un valor de mediación de trascendencia que, sin embargo, sólo encontraría plenitud en el cristianismo. Fruto del súbito desplazamiento de la teología cristiana debido a la práctica del diálogo con las grandes religiones mundiales, la reflexión teológica sobre las religiones se presenta como un campo de investigación aún abierto y no poco problemático, incluso por las consecuencias que comporta en la relación entre proclamación del mensaje y diálogo con otros mundos culturales y espirituales. Experiencias como el encuentro de Asís, lejos de favorecer confusiones indebidas, constituyen la ocasión de retomar los interrogantes mencionados de manera seria y responsable por parte de todo aquel que ame la verdad y la causa de Dios en este mundo.

El autor es obispo y teólogo.

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  1. Alfredo on 10 diciembre, 2011

    La pregunta: “¿Para qué se habría encarnado…?” que se plantea en el artículo me recuerda la homilía de Pascua (1971) de Pablo VI en San Pedro, que comenzó: “Il uomo bisogna un ridentore…” El hombre necesita un Redentor ¿por eso se encarnó Jesucristo?. El quid de la cuestión ¿pasa por el pecado original-redención o desaparece esta necesidad? Porque como concluye el párrafo que comienza con tal pregunta: “Si una motivación tuvo la encarnación, etc…pareciera que se trata solo de la encarnación para conocer-llegar a Dios y no de la encarnación para redimir (redentor). Luego, ¿la afirmación de PabloVI es divergente de lo que aquí se dice o dice R. Paniker? Tal mi inquietud

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